Saga El Despertar 1: Predestinados por chloe_moony
Summary:

Un amor fatal.

 Una antigua disputa entre familias.

 Una historia que se repite.

 

Cuenta la historia de Sakura Haruno, una chica de 16 años diferente a las demás. Suele tener pesadillas con una travesía por el desierto de las que despierta agotada y con las sábanas manchadas de sangre. Además cada vez que se cruza con Sasuke Uchiha, el nuevo y guapísimo chico nuevo,  siente unas ganas irrefrenables de matarle. Algo le dice que están predestinados a repetir una historia que lleva repitiéndose siglos…


CategorŪas: NARUTO Personajes: Asuma Sarutobi, Gaara, Genma Shiranui, Haku, Hanabi Hyūga, Hiashi Hyūga, Hinata Hyūga, Hizashi Hyūga, Ino Yamanaka, Itachi Uchiha, Jiraiya, Kakashi Hatake, Kiba Inuzuka, Kurenai Yūhi, Naruto Uzumaki, Neji Hyūga, Orochimaru, Sai, Sakura Haruno, Sasori, Sasuke Uchiha, Shikamaru Nara, Shino Aburame, Temari, Tenten, Tsunade, Uchiha Madara
Generos: Accion/Aventura, Fantasía, Romance, Universo Alternativo
Advertencias: Ninguno
Desafio:
Serie: Ninguno
CapŪtulos: 8 Finalizado: No Numero de palabras: 47966 Leido: 833 Publicado: 01/01/2018 Actualizado: 17/01/2018
Story Notes:

Bienvenidos al primer libro de la saga El Despertar:  Predestinados, perteneciente a Josephine Angelini. Espero que os guste y lo disfruteis.


Como casi todos mis fic, es SxS


Disfruten de la lectura!


 


Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

1. Capítulo 1 por chloe_moony

2. Capítulo 2 por chloe_moony

3. Capítulo 3 por chloe_moony

4. Capítulo 4 por chloe_moony

5. Capítulo 5 por chloe_moony

6. Capítulo 6 por chloe_moony

7. Capítulo 7 por chloe_moony

8. Capítulo 8 por chloe_moony

Capítulo 1 por chloe_moony
Notas de autor:

Primer capítulo de Predestinado!!

¿Cómo están? Aquí les traigo el primer capítulo de la nueva adaptación. Espero que les guste y disfruten mientras la leen tanto como yo lo hice!!

 

Ni la historia ni los personajes me pertenece.

Capítulo 1


 


—Pero  si  me  compraras  ahora  un  coche,  podría  ser tuyo cuando acabara el instituto, dentro de un par de años. Estaría   prácticamente nuevo —dijo  Sakura con optimismo.


Desafortunadamente, su padre no era tan fácil de engañar.


—Saku, solo porque el estado de Massachusetts crea que los adolescentes de dieciséis años pueden conducir… —empezó Kizashi.


—Casi diecisiete —le recordó Sakura.


—…no significa que esté de acuerdo —finalizó. Kizashi llevaba ventaja, pero ella se resistía a darlo todo por perdido.


—Ya sabes que el Cerdo solo aguantará un año más, dos como mucho — insistió Sakura refiriéndose al viejo Jeep Wrangler que su padre conducía y que sospechaba que podría haber estado aparcado en el castillo donde se firmó la Carta Magna—. Piensa en todo el dinero en gasolina que nos ahorraríamos si compráramos un híbrido, o incluso un coche eléctrico, papá.


—Ajá… —fue todo lo que dijo su padre. Ahora sí había perdido definitivamente.


Sakura Haruno refunfuñó para sí misma y desvió la mirada hacia la verja del transbordador que la iba a llevar de nuevo a Nantucket. Un año más se repetía la misma historia; iría al instituto en bicicleta y en noviembre, cuando la capa de nieve fuera demasiado gruesa, se vería obligada a pedirle a alguien que la llevara o, peor aún, a coger el autobús. Con solo pensarlo le daban escalofríos, de modo que intentó quitarse ese recuerdo de la cabeza. Algunos de los turistas que habían ido a pasar el Día del


 Trabajo1  a la isla la observaban con detenimiento, lo cual era bastante habitual. Intentó mirar hacia otro lado de la forma más sutil y discreta que pudo. Cuando se miraba en el espejo, lo único que veía era lo básico: dos ojos, una nariz y una boca, pero todas las personas que no eran de la isla tendían a quedarse embobadas, incapaces de apartar la vista de Sakura, lo cual le resultaba tremendamente molesto.


 Por suerte para ella, la mayoría de los turistas que la acompañaban en el transbordador estaban ahí por las vistas y el increíble paisaje de la isla a finales de verano, y no para inmortalizar su retrato. Estaban tan decididos a  admirar  esa  belleza  que  parecía  que  se  veían  obligados  a exclamar «oohhh» y «aahhh» ante cada maravilla del océano Atlántico, aunque Sakura no lograba comprenderlo. En su opinión, crecer en una isla diminuta era una lata, todo un fastidio, y no veía el día de irse a la universidad y salir de esa isla, de Massachusetts y de toda la costa Este de los Estados Unidos. No es que despreciara su vida familiar, de hecho, se llevaba a las mil maravillas con su padre. Su madre los había abandonado cuando ella no era más que un bebé, pero Kizashi enseguida aprendió a prestar la cantidad exacta de atención a su hija. No merodeaba a su alrededor constantemente, aunque siempre estaba allí cuando le necesitaba.


Aunque en esos momentos estaba resentida por la discusión sobre el coche, sabía que no podría tener un padre mejor.


—¡Hola, Saku! ¿Qué tal va ese sarpullido? —preguntó una voz familiar.


Era Ino, la mejor amiga de Sakura. Apartaba de su camino a los  turistas, vacilantes e inseguros por el movimiento de las olas, con unos empujones dignos de admiración y con una astucia verdaderamente artística.


Los excursionistas, de apariencia ridícula y algo bobalicona, viraban con brusquedad cuando ella pasaba por su lado, como si se tratara del quarterback de un equipo de fútbol y no de una delicada y diminuta chica con aspecto de elfo que se aguantaba con elegancia y delicadeza sobre unas sandalias de plataforma. Ino  serpenteó  con  relativa  facilidad  entre  los  diversos  traspiés y tropiezos que ella misma había ocasionado y se deslizó junto a Sakura, que estaba frente a la verja.


—¡Risitas! Ya veo que tú también has ido a comprar cosas para la vuelta al cole —saludó Kizashi mientras señalaba las abarrotadas bolsas de Ino.


Ino Yamanaka, alias  Risitas,  era  tan  excepcional  que  incluso  podía  resultar intimidante. Cualquiera que  echara  un  vistazo  a  su  frágil y quebradiza            silueta y a sus rasgos asiáticos sin reconocer un espíritu luchador   innato corría el riesgo de sufrir terriblemente a manos de una oponente a menudo demasiado subestimada. El apodo era su cruz personal. La llamaban así desde que era un bebé. En defensa de sus amigos y su familia, cabe decir que resultaba imposible resistirse a ese mote. Ino tenía, sin duda alguna, la mejor risa del universo. Jamás forzada ni estridente, era ese  tipo de carcajada que hace que cualquiera que esté alrededor sonría tímidamente.


—Desde luego, queridísimo padre-de-mi-mejor-amiga-para-siempre — respondió Ino. Abrazó a Kizashi con un cariño genuino, ignorando por completo el hecho de que había utilizado el apodo que ella tanto detestaba—. ¿Podría tener unas palabras con tu hija en privado? Siento ser tan grosera, pero es un asunto confidencial, top-secret. Te lo diría… — empezó Ino.


—Pero entonces te verías obligada a matarme —concluyó Kizashi, sabiamente. Se alejó arrastrando los pies hacia un puesto de comida rápida, donde compró un refresco azucarado aprovechando que su hija, que siempre controlaba todo lo que comía, como si se tratara de una  policía alimentaria, no miraba.


—¿Qué te has comprado? —preguntó Ino. Agarró rápidamente las  bolsas de Sakura y empezó a revolver el interior—. Unos tejanos, una chaqueta de punto, una camiseta y ropa… ¡Guau! ¡Te has ido de compras de ropa interior con tu padre!


¡Bah!


—¡No es que tenga elección, la verdad! —se quejó Sakura mientras le arrebataba la bolsa repleta de ropa interior—. ¡Necesitaba sujetadores nuevos! De todas formas, mi padre se esconde en la librería mientras me las pruebo. Pero créeme, incluso a sabiendas de que está en la otra  punta de la calle, comprar ropa interior es insoportable —admitió al fin algo ruborizada y sonriendo con timidez.


—No puede ser tan bochornoso. Y no nos engañemos, tú tampoco vas a comprarte algo sexy. Por el amor de Dios, Saku, si te vistes igual que mi abuela —comentó Ino mientras sujetaba un par de braguitas blancas de algodón.


Sakura  le  arrancó  de  las  manos  esas  bragas  de  abuelita  y  las  metió  de nuevo  en  el  fondo  de  la  bolsa  mientras  su  mejor  amiga  esbozaba su magnífica sonrisa.


—Lo sé, soy tan pazguata que creo que se ha convertido en algo vírico — replicó Sakura, perdonando así las burlas de su amiga, como siempre—.


¿No te asusta que pueda contagiarte y te transformes en una perdedora como yo?


—Para nada. Soy tan formidable que me considero inmune. De todas formas, los pazguatos sois los mejores. Sois todos deliciosamente corruptibles. Y me encanta ver cómo te ruborizas cada vez que menciono tu ropa interior.


De repente, dos parejas que querían fotografiarse se entrometieron entre las dos amigas. Ino, valiéndose de los balanceos de la cubierta, empezó a dar codazos a los turistas que entorpecían su camino con tan solo uno de sus movimientos de equilibrio de ninja. Tambaleándose a trompicones y riéndose sobre el «mar picado», ni siquiera advirtieron que Ino los había rozado. Sakura jugueteaba con el colgante en forma de corazón del collar que siempre llevaba y aprovechó la oportunidad para encorvarse ligeramente hacia la verja y estar más a la altura de su amiga.


Por desgracia para la tímida Sakura, era una adolescente llamativa, puesto que medía más de metro ochenta, y subiendo. Había rogado a Jesús, a Buda, a Mahoma y a Vishnú para dejar de crecer, pero todavía notaba esos dolorosos calambres que le recorrían los músculos de los brazos y piernas cada noche. Se prometió a sí misma que si alcanzaba los dos metros escalaría la verja de seguridad del faro de Siasconset y se lanzaría desde la cima al vacío. Las dependientas de las tiendas de ropa siempre le recordaban la suerte que tenía, pero lo cierto era que no lograba encontrar unos pantalones que le sentaran a la perfección. Sakura ya se había resignado a la idea de   que si quería comprarse unos tejanos asequibles que fueran lo bastante  largos tendría que escoger unos de varias tallas más grandes, pero si prefería que no se le cayeran, no tendría más remedio que pasar frío en los tobillos. Sakura estaba bastante segura que las vendedoras «perversamente celosas» no iban por ahí con los tobillos congelados.


O enseñando el culo.


—Ponte derecha —ordenó de forma automática Ino al ver que su mejor  amiga se encorvaba.


Sakura obedeció de inmediato. Su amiga estaba obsesionada con eso, algo que solía atribuir a su madre japonesa, extremadamente correcta, y a su abuela, que siempre lucía un kimono y que incluso era aún más correcta.


—¡De acuerdo! Vayamos al grano —anunció Ino—: ¿recuerdas aquella gigantesca y millonaria parcela propiedad de un jugador de los New England Patriots?


—¿La que está en Sconset? Claro que sí. ¿Qué ha pasado? —preguntó Sakura mientras se imaginaba la playa privada de aquella mansión. Al recordar que su padre jamás ganaría bastante dinero para comprar una casa cerca del mar, la muchacha se sintió aliviada.


Cuando no era más que una niña, Sakura estuvo a punto de ahogarse y, desde ese mismo instante, se convenció, en secreto, de que el océano Atlántico estaba decidido a asesinarla. Siempre había preferido no compartir esa pequeña paranoia con nadie…, sobre todo porque seguía siendo una pésima nadadora. A decir verdad, era capaz de mantenerse a flote durante varios minutos, pero le desagradaba sobremanera aquella sensación. Al final, siempre se hundía como si de una piedra sólida se tratara, sin importar sus esfuerzos por agitar los pies e independientemente de la cantidad de sal marina que contenía el océano.


—Al fin se ha vendido a una familia muy numerosa —informó Ino—. Puede que se trate de dos familias. No sé muy bien cómo va la cosa, pero supongo que los dos padres son hermanos. Los dos tienen hijos, así que imagino que deben de ser primos, ¿verdad? —comentó Ino arrugando la frente—. Bueno, da igual. Lo importante es que sea quien sea quien se ha mudado allí tiene un montón de niños. Y todos rondan más o menos la misma edad. De hecho, hay un par de chicos que irán a nuestro mismo curso.


 —Y  déjame  adivinar  —interrumpió  Sakura  del  todo  inexpresiva—,  has echado las cartas del tarot y has visto que los dos se van a enamorar perdidamente de ti y que tarde o temprano se enzarzarán en una pelea de vida o muerte por tu amor.


Ino le atizó una suave patada en la espinilla.


—No, tonta. Hay uno para cada una.


Sakura  se  acarició  la  pierna,  para  fingir  que  le  había  hecho  daño.  Pero  aunque su amiga le hubiera golpeado con todas sus fuerzas, jamás sería lo bastante fuerte como para dejarle un moretón.


—¿Uno para cada una? Eso es demasiado poco dramático para ti, Ino — bromeó Sakura—. Es demasiado sencillo. No me lo creo. ¿Qué te parece esto? Las dos nos enamoramos del mismo chico, o del chico equivocado, o del que jamás nos amará, y entonces tú y yo nos enfrentamos a un duelo a vida o muerte.


—¿Se puede saber a qué viene tanto parloteo? —preguntó con dulzura Ino mientras contemplaba sus uñas, fingiendo así no entender los comentarios de Sakura.


—Por favor, Ino, eres demasiado predecible —explicó Sakura entre carcajadas—. Cada año desempolvas esa baraja de cartas que compraste en Salem aquella vez que fuimos de excursión y siempre predices que algo asombroso y alucinante nos va a ocurrir. Pero cada año lo único que me asombra y alucina es que no hayas caído en un coma de aburrimiento antes de Navidad.


—¿Se puede saber por qué te resistes a creerlo? —protestó Ino—. Sabes que en algún momento nos ocurrirá algo maravilloso. Tú y yo somos demasiado fabulosas para ser normales y corrientes.


Sakura se encogió de hombros.


—Yo soy feliz siendo normal y corriente. De hecho, creo que mi mundo de vendría abajo si, para variar, predijeras algo que se cumpliera.


Ino inclinó la cabeza hacia un lado y clavó la mirada en su amiga durante unos instantes. Sakura se despeinó de tal manera que los mechones de cabello le taparon el rostro. Odiaba que la contemplaran fijamente.


 —Lo sé. Pero para serte sincera no creo que «normal y corriente»   funcione contigo —confesó Ino con aire pensativo.


Sakura cambió de tema en un abrir y cerrar de ojos. Estuvieron charlando sobre los horarios de clases, de atletismo y de si deberían o no cortarse el flequillo. Ella deseaba un cambio, pero Ino se oponía en rotundo a que Sakura tocara su maravillosa cabellera rubia con unas tijeras. De repente, las dos amigas se percataron de que estaban merodeando muy cerca de lo que la gente denominaba la «zona de pervertidos» del transbordador, así que de inmediato retrocedieron a toda prisa.


Las dos detestaban esa zona, aunque Sakura era mucho más susceptible. Le recordaba a aquel tipo repulsivo y espeluznante que estuvo persiguiéndola durante todo un verano, hasta que un día desapareció, sin más. En vez de sentirse aliviada al saber que jamás volvería a encontrárselo, tenía la vaga sensación de haber hecho algo mal. Jamás se lo había confesado a Ino, pero, en un momento dado, cuando se acercó a ella saltó una especie de relámpago muy brillante y pudo percibir el inconfundible hedor de cabello quemado. Después, el tipo desapareció sin dejar ni rastro. Cada vez que pensaba en aquel episodio de su vida, se estremecía, pero intentaba tomárselo con humor, como si aquello hubiera sido una broma pesada. Se obligó a esbozar una sonrisa y permitió que Ino la arrastrara hacia otra parte del transbordador. Cuando llegaron al muelle, Kizashi se unió a ellas y los tres desembarcaron. Ino se despidió y prometió que, si podía, iría a ver a Sakura al trabajo al día siguiente, lo cual era bastante improbable, teniendo en cuenta que era el último día de las vacaciones de verano.


Sakura trabajaba unos días a la semana para su padre, que era copropietario de una de las tiendas tradicionales de la isla, de esas de toda la vida. Además del periódico matutino y de una taza de café caliente y humeante, la tienda también ofrecía caramelos de sal marina, golosinas por un penique, caramelos y dulces que ocupaban jarras de cristal y cordones de regaliz que vendían en el astillero. Siempre había flores  frescas recién cortadas, tarjetas de felicitación elaboradas a mano, regalos divertidos y trucos mágicos, cachivaches típicos para los turistas y una nevera con alimentos básicos, como leche o huevos.


Unos seis años atrás, la tienda había expandido sus horizontes y había adquirido Shizune’s Cake’s. Desde entonces, el negocio subió como la espuma. Shizune Kato era simple y llanamente una maestra de la repostería. Con cualquier cosa era capaz de hacer una tarta, un pastel, un panecillo,   una galleta o una magdalena. Incluso las verduras menos apetecibles, como las coles de Bruselas o el brócoli, sucumbían a las artimañas de Shizune para convertirse en un relleno de cruasán que causaba furor. A sus treinta y pocos años seguía siendo creativa y astuta.


Cuando se asoció con Kizashi modernizó la parte posterior de la tienda y  convirtió en un paraíso para los escritores y artistas de la isla. De   alguna forma se las había arreglado para conseguir un resultado que no incluía el «factor esnob». Shizune era extremadamente cuidadosa y siempre procuraba que todos aquellos que apreciaran la repostería y un buen café, desde  altos ejecutivos hasta poetas, pasando por los trabajadores isleños y los tiburones empresariales, se sintieran cómodos sentados en su mostrador leyendo el periódico. Sabía perfectamente cómo conseguir que todo el mundo se sintiera bienvenido. Sakura la adoraba.


Cuando Sakura fue a trabajar al día siguiente se encontró a Shizune intentando colocar una entrega de harina y azúcar. A decir verdad, Shizune era muy blandengue.


—¡Saku! Gracias a Dios que has llegado. ¿Podrías ayudarme…? — balbuceó mientras señalaba los sacos de veinte kilos.


—Ya está, lo tengo. No tires de la esquina así o te harás daño en la espalda —advirtió Sakura mientras se apresuraba a detener los jalones en vano de Shizune. Alzó el primer saco y lo colocó fácilmente sobre su hombro—. ¿Por qué no te ha ayudado Louis con esto? ¿No trabajaba esta mañana? — preguntó Sakura, aludiendo a uno de los trabajadores que también tenía el turno de mañana.


—¿Cómo lo haces? Dios, ojalá fuera tan fuerte como tú —deseó Shizune—. El pedido llegó después de que Louis acabara su turno. He intentado aparcarlo hasta que llegaras tú, pero un cliente casi se tropieza y lo mínimo que podía hacer era fingir que iba a mover esos malditos sacos.


—¡Menuda tragedia! —exclamó Sakura mientras se dirigía caminando hacia su puesto de trabajo.


Abrió el saco y vertió un poco de harina en un envase de plástico que Shizune tenía en la cocina. Mientras la joven apilaba con sumo cuidado el resto del pedido en el almacén, Shizune le sirvió una limonada rosa burbujeante. A  Sakura le encantaba ese refresco típico de Francia, uno de los muchos lugares desconocidos que se moría por visitar.


—Lo que me resulta extraño no es tu asombrosa fortaleza, teniendo en cuenta tu delgadez. Lo que me tiene alucinada —dijo mientras troceaba unas cerezas y unos tacos de queso como tentempié para Sakura—, es que parece que nunca te cansas. Jamás te he visto jadear ni sudar. Ni siquiera con este calor tan sofocante.


—Sí que jadeo —mintió Sakura.


—Suspiras, que es distinto.


—Sencillamente tengo los pulmones más grandes que los tuyos.


—Pero al ser más alta, necesitarías más oxígeno, ¿o no?


Brindaron con sus respectivos vasos y probaron la deliciosa limonada, olvidando aquella conversación. Shizune era un poco más bajita y regordeta que Sakura, aunque eso no la convertía en una mujer rechoncha en absoluto. Cuando la veía, le venían a la cabeza las palabras «rellenita» y «curvilínea», lo cual venía a ser lo mismo que «curvas sensuales». Sin embargo, jamás lo mencionó, pues temía que Shizune se lo tomara mal.


—¿Te reúnes con el club de lectura esta noche? —quiso saber Sakura.


—Así es. Aunque dudo que alguien quiera debatir sobre Kundera —admitió Shizune con una sonrisita mientras hacía tintinear los cubitos de hielo de su copa.


—¿Por qué? ¿Cotilleos calentitos?


—Recién sacados del horno. Se ha mudado una familia más que numerosa a la isla.


—¿A ese lugar de Sconset? —preguntó Sakura.


Al ver que Shizune asentía, la joven puso los ojos en blanco.


—¡Vaya, vaya! ¿Qué ocurre? ¿Son demasiado buenos como para mezclarse con nosotros? —se burló Shizune mientras sacudía el agua condensada de su copa y salpicaba a Sakura.


 Ella  soltó  un  chillido  y  después  dejó  sola  a  Shizune  para  que    pudiera telefonear a un par de clientes. Cuando acabó las transacciones, regresó y retomó la conversación justo donde la había dejado.


—No es eso. Simplemente creo que no es tan raro que una familia tan numerosa adquiera una propiedad de esas dimensiones. Sobre todo si piensan quedarse por aquí al menos un año. A decir verdad, eso es mucho más sensato que el hecho de que una pareja anciana y adinerada compre una casita de verano tan gigantesca que incluso se pierdan de camino al buzón.


—Tienes razón —acordó Shizune—, aunque pensé que mostrarías más interés por la familia Uchiha. Si no me equivoco, te graduarás con alguno de sus hijos.


De forma inesperada, Sakura se levantó mientras el nombre Uchiha seguía retumbando en su cabeza. Aquel nombre no significaba absolutamente nada para ella, pero en algún rincón de su cerebro, la palabra «Uchiha» resonaba sin cesar.


—¿Saku? ¿Adónde vas? —preguntó Shizune.


Sin embargo, antes de que Sakura pudiera contestar, los primeros miembros del club de lectura empezaron a llegar, ansiosos y preparados para una sesión de especulación salvaje.


El pronóstico de Shizune era cierto. La insoportable levedad del ser no podía competir con la llegada de los nuevos vecinos, sobre todo desde que el hervidero de rumores había desvelado que se mudaban desde España. Aparentemente, eran de Boston, pero se habían trasladado a Europa hacía tres años para poder estar más cerca de su familia. Sin embargo, ahora habían decidido, de forma repentina, volver al continente americano. La parte «de forma repentina» era lo que había causado más sensación entre los isleños. La secretaria de la escuela había insinuado a algunos de los miembros del club de lectura que habían matriculado a los niños fuera del plazo establecido, así que prácticamente tuvieron que sobornar al colegio además de acordar todo tipo de pactos especiales para poder enviar su mobiliario de forma que llegara a tiempo. Al parecer, la familia Uchiha había abandonado España a toda prisa y todo el club de lectura estaba de acuerdo en que, sin duda, se habrían peleado con sus primos.


 Lo único que Sakura sacó en claro de todo aquel chismorreo fue que la familia Uchiha era muy poco convencional. Estaba formada por dos padres que eran hermanos entre sí, su hermana menor, una madre (el otro hermano era viudo) y cinco criaturas. Y todos vivían bajo el mismo techo. Por lo visto, aquella familia era elegante a rabiar, hermosa y acaudalada. Sakura ponía los ojos en blanco cada vez que escuchaba ciertos episodios de todas aquellas habladurías que enaltecían al clan Uchiha a  dimensiones míticas. De hecho, no podía soportarlo.


Trató de permanecer detrás del mostrador para así ignorar los alborotados murmullos, pero era imposible. Cada vez que oía mencionar a un miembro de la familia Uchiha por su nombre, sentía una especie de atracción, como  si alguien hubiera gritado ese nombre en voz alta, lo cual la fastidiaba sobremanera. Salió del mostrador y se dirigió hacia la estantería donde estaban colocadas las revistas y comenzó a ordenarlas, simplemente para  mantener las manos ocupadas. Pero incluso así, no podía evitar oír los chismes del club de lectura, cuyos miembros ahora se mostraban escandalizados tras descubrir que Konan, de tan solo trece años, asistiría a un curso por encima del que le correspondía. Al parecer, era  una niña excepcional y brillante, pero, en general, el club de lectura no aprobaba que los niños pudieran adelantar un curso, probablemente porque ninguno de sus hijos jamás lo lograría.


«No les gusta estar separados —pensó Sakura—. Es más seguro si están juntos. Esa es la verdadera razón de por qué Konan ha adelantado un curso.»


No tenía la menor idea de dónde había extraído esa conclusión, pero sabía, sin duda alguna, que era la verdad. También sabía que debía alejarse lo más posible de aquellos chismorreos o en cualquier momento empezaría a gritar a todos los amigos y amigas de Shizune. Necesitaba estar ocupada, distraerse.


Mientras sacaba brillo a las estanterías y llenaba los tarros de caramelos, hacía una lista mental de los hijos de la familia Uchiha. «Neji es un año mayor que Kiba y Hinata, que por cierto son gemelos. Sasuke y Konan son hermanos y primos de los otros tres.»


Cambió el agua de las flores y telefoneó a algunos clientes.


 «Neji no asistiría al primer día de clase porque aún estaba en España con su tía Pandora, aunque nadie del pueblo conocía el motivo.»


Sakura se enfundó un par de guantes de caucho que le llegaban hasta el hombro, un delantal hasta los pies y empezó a escarbar en la basura para separar todo lo que se podía reciclar.


«Sasuke,  Kiba  y  Hinata  estarán  en  mi  mismo  curso.  Así  que   estoy rodeada.»         


Se dirigió hacia la parte trasera de la cocina y puso en marcha el lavaplatos industrial. Barrió y fregó el suelo y finalmente empezó a contar el dinero.


«Sasuke, qué nombre tan estúpido. ¿A quién se le ocurre? Llama demasiado la atención.»


—¿Saku?


—¡Qué! ¡Papá! ¿Acaso no ves que estoy contando? —replicó


Sakura al mismo tiempo que golpeaba las manos contra el mostrador con tal dureza que un puñado de monedas saltaron. Kizashi alzó las manos en un gesto apaciguador.


—Mañana es el primer día de instituto —le recordó en su tono de voz más cariñoso.


—Lo sé —respondió ella con la mirada vacía. Inexplicablemente, todavía estaba molesta, pero intentó con todas sus fuerzas no pagarlo con su padre.


—Son casi las once, cariño —dijo Kizashi.


Shizune salió de la trastienda para comprobar de dónde provenía todo ese ruido.


—¿Aún estás aquí? Lo siento muchísimo, Kizashi —se disculpó Shizune, perpleja—. Sakura, te dije que cerraras con llave y te fueras a casa hace un par de horas.


Ambos se quedaron mirando fijamente a Sakura, que ya había colocado cada factura y cada moneda en su lugar.


—Me distraje —respondió Sakura de forma poco convincente.


 Después de lanzar una mirada de preocupación a Kizashi, Shizune relevó a la joven en el recuento de monedas y los envió a ambos a casa. Todavía aturdida, la chica se despidió con dos besos e intentó explicarse cómo había perdido las últimas dos horas de su vida. Kizashi acomodó la bicicleta de su hija en el maletero del Cerdo y puso en marcha el coche sin pronunciar una sola palabra. Le echó varios vistazos de camino a casa, pero hasta que aparcó el  en el garaje no se decidió a hablar con ella.


—¿Has cenado? —le preguntó con cierta dulzura mientras arqueaba las cejas.


—No… ¿Sí? —respondió de modo dubitativo.


Lo cierto es que no tenía la menor idea de qué ni cuándo había comido por última vez. Lo único que recordaba, y de forma muy vaga e imprecisa, era que Shizune le había preparado un plato con cerezas.


—¿Estás nerviosa por el primer día de clase? El penúltimo año de instituto es muy importante.


—Supongo que sí —comentó Sakura algo abstraída de la conversación.


 


Kizashi observó a su hija y se mordió el labio inferior. Tomó aire antes de hablar.


—He estado pensando que quizá deberías hacerle una visita al doctor Cunningham y pedirle unas pastillas para esa fobia, ya sabes, esa en que la gente se angustia cuando está rodeada de multitud de personas… ¡Fobia social! Ese es el nombre —exclamó al recordarlo—. ¿Crees que podrían ayudarte?


Sakura esbozó una tierna sonrisa mientras jugueteaba con el colgante de su collar.


—No lo creo, papá. No tengo miedo a los desconocidos, sencillamente soy tímida.


Sabía que mentía. No solo era tímida. Cada vez que se erguía y llamaba la atención, aunque fuera de manera fortuita, sentía un dolor horrible en el estómago, similar a los retortijones típicos de la menstruación o a la tortura de una gastroenteritis.  Sin embargo, antes se quemaría el cabello con una cerilla que confesárselo a su padre.


—¿Y no te importa? Ya sé que nunca me lo pedirías, pero ¿necesitas ayuda? Porque creo que tu timidez te está reprimiendo… —anunció Kizashi, empezando así la discusión de siempre.


Pero Sakura enseguida le cortó.


—¡Estoy bien! De verdad. No deseo hablar con el doctor Cunningham y  quiero tomar ningún tipo de medicación. Lo único que me apetece es entrar en casa y comer algo —dijo apresuradamente mientras salía de la furgoneta.


Su padre la observó con una pequeña sonrisa mientras ella descargaba su bicicleta, pasada de moda y muy pesada, del portaequipajes del todoterreno para después apoyarla en el suelo.


Tocó el timbre del manillar con garbo y desenvoltura y le dedicó una  amplia sonrisa a su padre.


—¿Lo ves? Estoy la mar de bien —afirmó.


—Si supieras lo difícil que es para una chica de tu edad hacer lo que tú acabas de hacer, entenderías a lo que me refiero. Tú no eres como las demás, Sakura. Lo intentas, pero no lo eres. De hecho, eres idéntica a ella.


Por enésima vez, Sakura maldecía a aquella madre que no lograba recordar y que le había roto el corazón a su padre. ¿Cómo alguien era capaz de abandonar a un tipo como su padre sin tan siquiera despedirse? ¿Sin dejar una fotografía para que pudiera  recordarla?


—¡Está bien, tú ganas! No soy como las demás, soy especial, al igual que lo es todo el mundo —bromeó Sakura, que estaba ansiosa por subir el ánimo a su padre. Al pasar junto a él, empujando su bicicleta, le dio un suave golpe con la cadera y añadió—: Bueno, ¿qué tenemos para cenar? Me muero de hambre y esta semana te toca a ti pringar en la cocina.

Notas:

Y esto es todo por hoy! 

Espero que les haya gustado y nos leemos el miércoles con el siguietne capítulo!!


Abrazos virtuales!!

Capítulo 2 por chloe_moony
Notas de autor:

Hola!!!


¿Cómo están? Espero que bien. Aquí os traigo el segundo capítulo de esta adaptación y, antes de nada quiero agradecer a Hitsupink, kroosaku  y alma US por vuestros primeros comentarios en este fic.


Ahora quiero aclarar unas cosillas:


- Sasuke y Konan son hermanos, pero ella es más joven que él.


- Hinata, Kiba y Neji son hermanos. Los dos primeros, son mellizos. Neji es mayor que sus hermanos.


- Konan s más joven pero la subieron un curso en el instituto aunque no está en la misma clase que Sasuke, Sakura y los mellizos.


- TenTen no sale en este libro, pero saldrá más adelante.


Creo que esto es todo por ahora... Ahora, llega el momento del siguiente capítulo!: Disfrútenlo!!


 


Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Capítulo 2

 

Todavía sin coche propio, Sakura tuvo que ir a la escuela en  bicicleta a la mañana siguiente. A las ocho menos cuarto solía hacer una temperatura agradable, aunque a veces, si soplaba la brisa marina, podía incluso refrescar. Pero en cuanto se despertó, pudo sentir el aire caliente y húmedo sobre su cuerpo, como si de un abrigo de pieles se tratara. En mitad de la noche se había destapado, empujando las sábanas con los pies hasta el suelo, se había quitado la camiseta con cierta dificultad, se había bebido el vaso de agua de un sorbo y aun así se  levantó exhausta por el bochorno. Aquel clima era muy poco habitual. Sakura no quería levantarse e ir a la escuela, bajo ningún concepto.

Pedaleó con lentitud en un intento de evitar pasar el resto del día oliendo a sudor. Lo cierto era que, en general, no acostumbraba a sudar mucho, pero se había despertado con tal letargo aquella mañana que no lograba recordar si se había echado desodorante. Agitó los codos, como si fuera una gallina, para comprobar su olor sin dejar de dar pedaladas y se sintió aliviada al percibir un perfume afrutado. El aroma era apenas perceptible, lo cual significaba que era de ayer; lo único que necesitaba era que no se evaporara hasta la hora de entreno de atletismo, justo después de las clases, lo cual sería un milagro, pero qué más podía hacer. Mientras avanzaba por la calle Surfside, notó que los cabellos más cortos se le escurrían de la goma de pelo por el viento y se le enganchaban en las mejillas y en la frente. A decir verdad, el camino de su casa al instituto no era muy largo, pero con aquella humedad su cabello, peinado con máximo esmero para el primer día de clase, se había alborotado por completo; cuando al fin aparcó la bicicleta en el armazón, ya era un absoluto desastre. Tenía la costumbre de ponerle el candado únicamente en la estación más turística, puesto que era más que evidente que nadie de la escuela se dignaría robarla. Además, el candado era malísimo y cualquiera podría abrirlo.

 Se quitó todas las horquillas y gomas de pelo e intentó desenredarse el cabello peinándolo con los dedos. Al final, se lo ató con una sencilla y aburrida coleta. Soltó un suspiro de resignación y se colgó la mochila con los libros de un hombro y la bolsa de deporte del otro. Agachó ligeramente la cabeza y se dirigió hacia la entrada del instituto caminando con los hombros caídos. Llegó justo un segundo antes que Karin Clifford, así que tuvo que sujetarle la puerta abierta.

—Gracias, bicho raro. ¿Intentarás no arrancar la puerta de sus   bisagras? —se burló la chica con aires de superioridad al pasar junto a ella.

Sakura se quedó como una estúpida en las escaleras, manteniendo la puerta abierta mientras otros estudiantes pasaban ante ella sin tan solo dirigirle la palabra. Nantucket era una isla pequeña, de modo que todos conocían cada detalle de la vida de los demás; a veces, sin embargo, deseaba con todas sus fuerzas que Karin supiera menos cosas sobre  ella. Habían sido grandes amigas hasta quinto de primaria, cuando cierto día, mientras Karin, Sakura y Ino estaban jugando al escondite en casa de la primera, Sakura arrancó la puerta del baño accidentalmente. Había intentado pedirle perdón, pero al día siguiente empezó a mirarla de forma extraña y a llamarla «bicho raro». Desde entonces, le daba la sensación de que Karin invertía todos sus esfuerzos en amargarle la vida. Tampoco ayudaba mucho que ahora se juntara con los chicos más populares del instituto, mientras Sakura se refugiaba entre los cerebritos de la clase. Ansiaba contestarle con desprecio, espetarle algo ingenioso, tal y como Ino haría, pero no conseguía que las palabras salieran de su garganta. Así pues, se limitó a deslizar la cuña para mantener la puerta abierta para el resto de los alumnos. Oficialmente, había empezado un año más de pasar desapercibida entre la multitud.

El tutor de Sakura era el señor Hergeshimer, jefe del Departamento de Inglés, y a decir verdad tenía un estilo un tanto loco para un tipo que rondaba los cincuenta años. Lucía pañuelos de seda cuando hacía calor, bufandas de cachemir de colores chillones y horteras en invierno, y conducía un descapotable Alpha Romeo de estilo vintage. Era millonario y no necesitaba trabajar, pero, aun así, ejercía como profesor. Según él, lo hacía porque no quería estar obligado a tratar con paganos analfabetos allá por donde fuera. O eso decía, quién sabe. Sin embargo, Sakura creía que lo que sucedía era que le encantaba su trabajo. Muchos alumnos le detestaban y argumentaban que era un aspirante a esnob británico, un quiero y no puedo, pero Sakura creía que era el mejor profesor que jamás había tenido.

—Señorita Haruno —saludó con una sonrisa al ver entrar a Sakura al mismo tiempo que sonaba el timbre del instituto—. Tan puntual como siempre. No me cabe la menor duda de que se sentará junto a su cohorte, pero antes déjeme advertirle de que si observo cualquier demostración del talento por el cual se ha ganado el sobrenombre de Risitas las separaré de inmediato.

—De eso ni se preocupe, Hergie —contestó Ino con desparpajo.

Sakura se deslizó hacia el pupitre y vio que Hergie ponía los ojos en blanco ante la falta de respeto afable de su amiga, aunque parecía contento.

—Resulta gratificante saber que al menos una de mis alumnas sabe que «sobrenombre» es sinónimo de «apodo», sin tener en cuenta la  impertinencia de su contestación. Bien, alumnos, otra advertencia. Como este año se preparan para el SAT, la prueba de aptitud para los alumnos que dentro de dos años irían a la universidad, espero que todos traigan la definición de una nueva e interesante palabra cada mañana.

Todos los alumnos se quejaron. Tan solo el señor Hergeshimer podría ser lo bastante sádico como para mandarles deberes para la clase de tutoría. Iba en contra del orden natural.

—¿Podría ser la palabra «impertinencia» la que aprendamos para mañana? —preguntó Zach Brant con cierta ansiedad.

Zach siempre se mostraba ansioso por alguna cosa, incluso cuando estaba en la guardería. Junto a él se sentaba Naruto Uzumaki, que miró de reojo a Zach y sacudió la cabeza como diciendo: «Yo en tu lugar no lo intentaría». Naruto, Zach y Ino eran los alumnos más avanzados del aula y asistían a clases especiales. Habían sido amigos desde la infancia, pero a medida que fueron creciendo se dieron cuenta de que solo uno de ellos podría obtener el título de El Mejor de la Promoción y entrar en Harvard. Sakura prefirió mantenerse alejada de esa competición porque Zach no le daba buena espina. Desde que a su padre lo nombraron entrenador del equipo de fútbol y empezó a presionarlo para ser el número uno tanto en la cancha como en el aula, se había convertido en alguien tan competitivo que Sakura apenas soportaba estar cerca de él.

Una parte de ella sentía lástima por Zach. Le habría compadecido aún  si él no se comportara de un modo tan hostil hacia ella. El chico parecía que tenía que serlo todo: presidente de tal club, capitán del equipo y el tipo que conocía todos los rumores que circulaban por el instituto. Sin embargo, tampoco parecía disfrutarlo. Ino estaba convencida de que Zach estaba enamorado en secreto de Sakura, pero ella jamás lo creyó; de hecho, en ciertas ocasiones sentía que la menospreciaba, y eso le molestaba. De pequeños, Zach solía compartir sus galletas de animales durante el recreo con Sakura y ahora buscaba cualquier oportunidad para emprender una discusión con ella. ¿Cuándo empezaron a complicarse tanto las cosas? ¿Y por qué no podían ser simplemente amigos, como lo habían sido en primaria?

—Señor  Brant  —articuló  el  señor  Hergeshimer— usted  puede  utilizar «impertinente» como palabra si lo desea, pero de alguien con sus  facultades mentales esperaría algo más. ¿Qué le parece escribir una redacción sobre un ejemplo de impertinencia en la literatura inglesa? —preguntó. Después asintió y añadió—: Sí, cinco páginas sobre cómo Salinger utiliza la impertinencia en su controvertida obra El guardián entre el centeno. Para el lunes, por favor.

Zach aceptó la tarea en silencio y con las palmas sudorosas. La capacidad de Hergie para mandar lecturas adicionales a los estudiantes más competentes era legendaria y, por lo visto, estaba decidido a castigar ejemplarmente a Zach el primer día de clase. Sakura agradeció a su angelito de la guarda no haber sido ella la escogida. Sin embargo, la alegría duró muy poco. Después de que el señor Hergeshimer entregara los horarios, llamó a Sakura para que se acercara a su escritorio. Comentó al resto que podían charlar libremente y, de inmediato, todos se lanzaron a cuchichear sobre el primer día de clase. Hergie colocó una silla para Sakura junto a la suya para evitar hablar con el escritorio en medio de ambos. Al parecer, no quería que ningún  alumno escuchara su conversación, lo cual la calmó momentáneamente.

—He visto que ha decidido no matricularse en ninguna clase avanzada  este año —anunció mirándola por encima de sus gafas de lectura.

—Pensé que no podría con todo el trabajo extra —farfulló mientras colocaba las manos bajo los muslos para disimular cómo le temblaban.

—Creo que usted es perfectamente capaz de hacer mucho más de lo que está dispuesta a admitir —prosiguió Hergie frunciendo el ceño—. Sé que  no es una holgazana, Sakura. También soy consciente de que es una de las estudiantes más brillantes de su clase. ¿Qué le impide aprovecharse de todo lo que nuestro sistema educativo pone a su disposición?

—Tengo que trabajar —respondió indecisa mientras se encogía de hombros—. Necesito ahorrar dinero para ir a la universidad.

—Si asistiera a las clases avanzadas y se aplicara para el SAT, tendría más oportunidades de conseguir suficiente dinero para la universidad gracias a una beca que trabajando a cambio de un sueldo ridículo en la tienda de su padre.

—Mi padre me necesita. No somos ricos, como el resto de la población de  la isla, así que tenemos que ayudarnos mutuamente —contestó un tanto a la defensiva.

—Y eso merece toda mi admiración —admitió Hergie con tono serio—, pero usted está a punto de acabar el instituto y es momento de pensar en su propio futuro.

—Lo sé —admitió Sakura asintiendo con la cabeza. El rostro arrugado por la expresión preocupada de su profesor le demostraba que hablaba en serio, que intentaba ayudarla—. Creo que podré conseguir una buena beca gracias al atletismo. Lo cierto es que soy más rápida que el año pasado. De verdad.

El señor Hergeshimer contempló el semblante serio de su alumna, rogándole que dejara el tema y, al final, se dio por vencido.

—De acuerdo. Pero si siente que necesita más retos académicos, sepa que es más que bienvenida a unirse a mi clase avanzada de inglés en cualquier momento del semestre.

 —Gracias,  señor  Hergeshimer. Si  al final decido asistir  a las clases avanzadas, se lo comunicaré de inmediato —contestó ella, agradecida de que su tutor dejara el tema en paz.

De repente, mientras se dirigía hacia su pupitre se le ocurrió que debía mantener a Hergie y a su padre alejados entre ellos a toda costa. No quería que se pusieran a comparar notas hasta decidir que necesitaba asistir a clases especiales para competir por una mención especial. Solo de  pensarlo le dolía el estómago. ¿Por qué no podían dejarla en paz y ya está? En secreto, siempre se había sentido distinta a los demás, pero estaba convencida de que se las había apañado bastante bien para disimularlo toda su vida. Al parecer, sin darse apenas cuenta, había dejado entrever ciertas pistas que evidenciaban el bicho raro que habitaba en su interior. Mantenía la cabeza agachada en todo momento, pero ahora comenzaba a preguntarse cómo podría seguir haciéndolo si seguía creciendo cada maldito día.

—¿Qué ocurre? —preguntó Ino en cuanto Sakura se acomodó en la silla.

—Solo era otra charla de motivación de Hergie. Opina que no me esfuerzo mucho en las clases —respondió Sakura del modo más jovial que pudo.

—Y no te esfuerzas. De hecho, nunca haces los deberes —protestó Zach más ofendido de lo que debería.

—Cierra el pico, Zach —espetó Ino cruzando los brazos de manera agresiva. Después, se giró hacia Sakura y, con un tono de disculpa, agregó—: Aunque tiene razón, Saku. Nunca haces los deberes.

—Sí, sí. Cerrad el pico los dos —dijo entre risas para zanjar el tema.

El timbre sonó y Sakura recogió sus cosas. Naruto Uzumaki le dedicó una sonrisa, pero enseguida se apresuró a salir de clase. Con una sensación de culpabilidad, Sakura se percató de que aún no le había saludado. No había sido su intención ignorarle y mucho menos el primer día de clase. Según Ino, todo el mundo sabía que Naruto y Sakura supuestamente estaban juntos. Naruto era inteligente, atractivo y capitán del equipo de golf, aunque a veces se comportaba como un cretino. Además, Sakura era considerada una paria desde que Karin empezó a difundir rumores sobre ella, así que debía tomarse como un cumplido que todos pensaran que era lo bastante buena para alguien como Naruto. Desafortunadamente, nunca sintió algo especial por él. Ni un mínimo hormigueo en el estómago. La única vez que habían estado solos fue en una fiesta, cuando algunos compañeros los encerraron en un armario para que se besaran y el resultado fue catastrófico. A Sakura le dio la sensación de estar besando a su hermano y Naruto se sintió rechazado. Después de aquel episodio, él se había mostrado dulce y comprensivo, y siempre bromeaba sobre el tema para quitarle hierro al asunto. Sin embargo, se creó una extraña tensión entre ellos desde entonces. Sakura le echaba muchísimo de menos, pero temía que si se lo decía, él pudiera tomárselo del modo equivocado. «Parece que todo lo que hago últimamente me sale mal», pensó.

Durante el resto de la mañana, estuvo deambulando de aula en aula de forma automática. No conseguía concentrarse en nada; cada vez que intentaba centrarse, lo único que lograba era irritarse. Había algo que no cuadraba. Todo el mundo la incordiaba, empezando por sus profesores preferidos y acabando por sus pocos amigos, a los que, por cierto, debería haberse alegrado de ver. Además, cada dos por tres sentía que estaba en el interior de un avión a miles de metros de altura; se le tapaban los oídos, de forma que todos los sonidos se amortiguaban, y sentía que en cualquier momento la cabeza le iba a estallar. Entonces, con la misma repentina rapidez con la que había empezado, ese malestar se desvanecía. Pero incluso entonces podía notar una presión, una especie de energía eléctrica, como si estuviera a punto de descargarse una tormenta, pero el cielo estaba azul y despejado. A mediodía la situación empeoró. Desgarró a toda prisa el envoltorio de su bocadillo porque estaba convencida de que el dolor de cabeza se debía a  un nivel bajo de azúcar, pero estaba equivocada. Kizashi le había preparado su bocadillo favorito, pavo ahumado, manzana verde y queso brie en pan de baguete; sin embargo, en cuanto probó el primer bocado, lo escupió con disgusto.

—¿Tu padre te ha preparado otra birria asquerosa? —preguntó Ino.

Cuando Kizashi se asoció con Shizune se animó y empezó a experimentar con almuerzos  creativos.  El  desastroso  bocadillo  de  extracto  de  levadura y pepino de primer año de instituto se había convertido en una leyenda en su mesa.

—No, es el número tres de siempre. Simplemente no puedo comer — admitió Sakura envolviéndolo otra vez.

Con cierto regocijo, Ino lo recogió y se lo zampó.

—Mmm, está buenísimo —farfulló con la boca llena—. ¿Qué te pasa?       

—Es solo que no me encuentro bien —contestó Sakura. Ino dejó de masticar y miró a su amiga con preocupación.

—No estoy enferma. Así que puedes tragártelo —le aseguró.

Entonces vio a Naruto acercándose y le saludó con un alegre «¡Hola!» en un intento de enmendar el no haberle dirigido la palabra en toda la mañana. Él estaba inmerso en una conversación con Karin y Zach y no respondió, pero aun así se acomodó, como de costumbre, en la mesa de los pazguatos. De hecho, tanto Karin como Zach estaban tan absortos en lo que comentaban que ni siquiera se dieron cuenta de que estaban merodeando por el territorio de los marginados.

—Oí que eran estrellas de cine en Europa —explicaba Zach.

—¿Dónde lo has oído? —preguntó Naruto con incredulidad— Es absurdo.

—También me han llegado noticias de otras dos personas que aseguran que Hinata era modelo. Y tenemos que admitir que es muy guapa —contestó Zach apasionadamente; odiaba no estar en lo cierto, aunque solo era un vulgar chismorreo.

—Por favor. Está como una foca como para ser modelo —dijo entre dientes Karin, implacable. Tragó saliva y añadió—: Por supuesto, estoy de acuerdo en que es guapa, si te gusta el estilo exótico y voluptuoso. Pero no le llega ni a la suela de los zapatos a su hermano gemelo, Kiba. ¡Por no mencionar a su primo! Sasuke es de otro mundo, no cabe una explicación diferente —finalizó con efusividad.

Los chicos se lanzaron una mirada cómplice, acordando, en silencio, que estaban en desventaja y que lo más sensato era dejar pasar el tema.

 —Kiba  es  incluso  demasiado  guapo  —resolvió  con  solemnidad Ino después de unos instantes de reflexión— Sasuke, sin embargo, está cañón. De hecho, es posible que sea el chico más atractivo que jamás he visto. Y Hinata es un bombón, Karin. Lo que pasa es que tienes envidia.

Karin se enfurruñó y posó el puño sobre la cadera.

—Como si tú no la tuvieras —fue lo único que respondió.

—Por supuesto que sí. Estoy casi tan celosa de ella como de Saku. 

Sakura advirtió que Ino se giraba para ver su reacción, pero la joven tenía los codos apoyados sobre la mesa y se masajeaba las sienes.

—¿Saku? —llamó Naruto tras acomodarse junto a ella— ¿Te duele la cabeza?

El chico alargó el brazo para rozarle el hombro, pero Sakura se puso en pie de repente, murmuró una excusa y se apresuró a salir del comedor. Cuando al fin llegó al baño de chicas, ya se sentía mucho mejor, pero igualmente se mojó el rostro con agua fría por si acaso. En ese instante se acordó de que se había aplicado máscara de pestañas por la mañana en  un intento de arreglarse. Cuando se miró en el espejo parecía un mapache y no pudo evitar explotar a reír. Sin duda, este era el peor primer día de escuela de toda su vida. Superó como pudo las últimas tres horas de clase. Cuando al fin sonó el último timbre, Sakura se dirigió hacia el vestuario femenino para cambiarse de ropa y prepararse para el entreno. La entrenadora Tar parecía estar entusiasmada. Dio un lamentable discurso lleno de optimismo que avergonzó a todas las presentes; habló sobre las posibilidades de ganar carreras esta temporada y les repitió varias veces cuánto creía en ellas, como atletas y como jovencitas. Y entonces se dirigió a Sakura.

—Haruno, esta temporada competirás con el equipo masculino —dijo con rotundidad. Al resto les ordenó que se pusieran en marcha.

Sakura permaneció sentada en el banquillo durante unos instantes, considerando sus opciones, mientras el resto del equipo desfilaba por la puerta. No quería montar un escándalo, pero aquella idea la mortificaba. De repente, los músculos de la parte inferior de su abdomen empezaron a contraerse.

—¡Ve a hablar con ella! No permitas que te toree —le aconsejó Ino antes de irse, mostrando así su indignación.

Algo confundida y asustada, Sakura asintió con la cabeza y se puso en pie.

—¿Entrenadora Tar? ¿No podemos seguir como hasta ahora? —comentó. La mujer se detuvo y se giró para escucharla, pero no parecía estar muy contenta con la idea. Sakura continuó—: Me refiero a que… ¿por qué no puedo entrenar con el resto de las chicas? Yo soy una chica —finalizó de modo poco convincente.

—Hemos decidido que debes empezar a esforzarte más —respondió la entrenadora Tar con tono serio. Siempre había tenido la sensación de no caerle demasiado bien a la entrenadora, pero ahora no tenía la menor duda.

—Pero no soy un chico. No es justo que me obliguen a correr por todo el país con ellos —intentó discutir Sakura mientras se apretaba el vientre.

—¿Retortijones? —preguntó la entrenadora Tar con un ápice de compasión en su voz. La joven dijo que sí con la cabeza—. El entrenador Brant y yo nos hemos fijado en un detalle interesante sobre tus tiempos, Sakura. Da igual con quién compitas ni lo rápidas o lentas que sean tus oponentes, siempre acabas segunda o tercera. ¿Cómo puede ser? ¿Tienes una respuesta para ello?

—No. No lo sé. Simplemente corro, ¿vale? Intento hacerlo lo mejor posible.

—No, no lo intentas —la interrumpió la entrenadora con brusquedad— Y si quieres una beca, vas a tener que empezar a ganar carreras. He tenido una pequeña charla con el señor Hergeshimer…

Sakura dejó escapar un quejido, pero la entrenadora Tar siguió impertérrita.

—Es una escuela pequeña, Haruno, así que acostúmbrate.

El señor Hergeshimer me ha comentado que esperas obtener una beca de atletismo, pero si de veras la quieres, vas a tener que ganártela. Quizá competir con los chicos te enseñe a tomarte tu talento con seriedad.  Sakura temía esos los retortijones, así que empezó a tener un pequeño ataque de pánico y comenzó a balbucear.

—Lo haré, lo prometo, ganaré carreras, pero, por favor, no me aíslen de esta manera —suplicó. Articulaba las palabras a una velocidad increíble mientras aguantaba la respiración para contener el dolor.

La entrenadora Tar era estricta e inflexible, pero no era cruel.

—¿Estás  bien?  —preguntó  un  tanto  angustiada  mientras  acariciaba la  espalda de Sakura—. Coloca la cabeza entre las rodillas.

—Estoy bien, son solo nervios —contestó apretando los dientes. Tras recuperar el aliento, añadió—: Si juro ganar más carreras, ¿podré correr con las chicas?

La entrenadora estudió la expresión de desesperación de Sakura y asintió, un tanto conmocionada tras haber sido testigo del ataque de pánico. Dejó que fuera con el resto del equipo, pero le advirtió que esperaba victorias. Y no solo unas pocas. Mientras corría por la pista, Sakura no podía separar la mirada del suelo. Una beca académica sería genial, pero eso significaría competir con Ino en las notas y eso no entraba en absoluto en sus planes.

—¡Eh, Risitas! —la llamó adelantando a su amiga. A estas alturas, Ino ya estaba jadeando y sudando.

—¿Qué ha pasado? Dios mío, ¡qué calor! —exclamó casi sin aliento.

—Creo que todo el profesorado está intentando comprobar hasta dónde pueden tensar la cuerda.

—Bienvenida a mi vida —resolló Ino—. Los niños japoneses… japoneses… crecen así… Te acostumbrarás. —Tras unos momentos aún más  fatigosos  por  intentar  seguir  el  ritmo  de  Sakura,  Ino añadió—: ¿Podemos… ir más… despacio? No todos venimos del planeta Krypton.

Sakura ajustó el paso a sabiendas de que podría tomar la delantera en los últimos metros de pista. Raras veces se esforzaba cuando corría en la pista, pero sabía, sin tan siquiera haberlo intentado, que podría acabar la primera sin problema alguno.  La idea le aterrorizaba, así que obró como siempre lo hacía cuando aquel asunto de su alarmante velocidad aparecía de repente: lo ignoró y continuó charlando con Ino. Mientras las dos chicas avanzaban por Surfside y cruzaban los páramos hasta llegar al estanque de Miacomet, Ino no dejó de hablar sobre los chicos de la familia Uchiha. Le dijo a Sakura, al menos tres veces, que Sasuke le había sujetado la puerta al final de clase. Esa acción demostraba no solo que era todo un caballero, sino también que estaba enamorado de ella. Kiba, según decidió Ino, o bien era gay, o bien era un esnob, porque solo le había echado un vistazo y muy fugaz. Y no dejó de alabar su estilo  a la hora de vestir, como si fuera europeo o algo.

—Ha estado viviendo en España unos tres años, Ino. Podríamos decir que es europeo. Y, si no te importa, ¿podríamos dejar de hablar de ellos? Me está dando dolor de cabeza.

—¿Sabes que eres la única persona en todo el instituto que no muestra interés alguno por la familia Uchiha? ¿No te pica la curiosidad?

—¡No! Y, para ser sincera, me parece patético que todo el mundo se quede paralizado y con la boca abierta, ¡como si no fuéramos más que un puñado de pueblerinos! —gritó Sakura.

Ino se detuvo en seco y miró a su amiga. No era muy típico de Sakura ponerse a discutir en medio de la calle y menos todavía chillar de esa manera, pero, por lo visto, no podía parar.

—¡Estoy harta de oír hablar de la familia Uchiha! —continuó a pesar de haber visto la expresión de estupefacción de Ino— Esta fijación que tenéis todos me pone enferma. ¡Espero no tener que encontrármelos, ni verlos, ni compartir el mismo espacio vital con ninguno de ellos!

Reemprendió la carrera y dejó a su amiga plantada en mitad de la pista. Acabó primera, tal y como había prometido, pero lo hizo demasiado rápido; la entrenadora Tar la miró perpleja al comprobar el tiempo. Sakura resopló y se fue a toda prisa hacia el vestuario. Recogió sus cosas y huyó como un rayo sin cambiarse ni despedirse de ninguna de sus compañeras. De camino a casa, rompió a llorar. Dejó atrás las aceras limpias y pulcras de las casas de tejas grises con sus contraventanas blancas o negras e intentó calmarse. El cielo parecía aposentado sobre una tierra especialmente  rasa,  como si estuviera  presionando  los  gabletes  de los antiguos  balleneros  e  intentara  aplanarlos  después  de  varios  siglos de desafío persistente. Sakura no podía imaginarse el motivo de su descomunal enfado y no lograba comprender cómo había sido capaz de abandonar a Ino de aquella forma. Necesitaba un poco de paz y tranquilidad.

En Surfside,  al parecer, un gigantesco  todoterreno había  intentado  girar hacia una calle secundaria angosta y cubierta por una capa de arena, y al  derrapar había dado una vuelta de campana. Aunque los pasajeros no tenían un solo rasguño, el monstruo playero había bloqueado el tráfico por completo. Aún enojada, Sakura sabía perfectamente que no podría inmiscuirse entre los turistas sin perder los nervios, así que decidió tomar el camino más largo para llegar a casa. Dio media vuelta y se dirigió hacia el centro del pueblo, pasando por la sala de cine, el transbordador y la biblioteca que, con su arquitectura al más puro estilo de templo griego, desentonaba sobremanera en aquel pueblecito, cuyo carácter arquitectónico pretendía ser una oda a la vieja arquitectura puritana. Y quizá por esa razón a Sakura le encantaba. El ateneo parecía un faro de luz cegadora justo en la mitad de una monotonía de colores verdosos, y lo cierto es que Sakura se identificaba con ambas cosas. La mitad de la edificación se asemejaba al estilo de Nantucket de los pies a la cabeza,  pero la otra mitad consistía en columnas de mármol y una gran escalinata, algo que encajaba poco con el lugar donde las habían puesto. Al pasar junto al ateneo en bicicleta, Sakura alzó la vista y sonrió. Le consolaba saber que había algo que resaltaba más que ella.

Cuando llegó a casa, intentó serenarse y decidió darse una ducha de agua helada antes de telefonear a su mejor amiga para pedirle perdón por lo ocurrido. Ino no contestó a sus llamadas. Le dejó un mensaje en el contestador culpando a las hormonas, al calor, al estrés y a todo aquello que se le ocurrió en esos momentos, aunque, en el fondo, sabía que nada de aquello era la verdadera razón por la que se había comportado como una auténtica chiflada. Había estado muy quisquillosa todo el día.

 El aire en el exterior se notaba pesado e inmóvil. Sakura abrió todas las ventanas de su casa de dos plantas decorada al austero estilo Shaker, pero no corría ni una brizna de brisa. ¿Qué le estaba ocurriendo al tiempo? Que no soplara el viento en Nantucket era algo fuera de lo común, tan cerca del océano.

Se vistió con una camiseta de tirantes fina y un par de pantalones muy cortos.  Puesto  que  era  demasiado  modesta  para  ir  a  cualquier  sitio  tan ligerita de ropa, decidió preparar la cena. Aunque esta semana le tocaba a su padre pringar en la cocina y, técnicamente, era el responsable de hacer la compra durante unos días más, Sakura creyó que necesitaba tener las manos ocupadas o empezaría a subirse por las paredes. En general, la pasta era su capricho culinario más preciado y la lasaña era la reina de todas las pastas. Si hacía ella misma los tallarines estaría ocupada durante horas, precisamente lo que quería, así que sacó harina y huevos y se puso manos a la obra. Cuando Kizashi llegó a casa lo primero que percibió fue el delicioso aroma de la cena; después, se percató de que hacía un tremendo bochorno en el interior, lo cual era muy poco habitual. Encontró a Sakura sentada en la mesa de la cocina, con restos de harina en el rostro sudoroso y en los brazos, jugueteando con el colgante en forma de corazón del collar que su madre le había regalado cuando no era más que un bebé. Kizashi miró a su alrededor tensando los hombros y abriendo los ojos de par en par.

—He hecho la cena —informó Sakura con voz apagada.

—¿He hecho algo mal? —preguntó su padre con cautela.

—Por supuesto que no. ¿No ves que te he preparado la cena? ¿Por qué me lo preguntas?

—Porque normalmente cuando una mujer se pasa horas cocinando una cena muy elaborada y se sienta a la mesa con una mirada de fastidio significa que algún chico ha hecho algo muy estúpido —explicó aún un poco asustado—. Ha habido otras mujeres en mi vida, ya lo sabes.

 —¿Tienes hambre o no? —preguntó Sakura, que sonrió, en un intento de deshacerse de su mal humor.

El hambre ganó esa batalla. Kizashi cerró el pico y fue a lavarse las manos. Ella no había comido nada desde el desayuno, así que debería de estar muriéndose de hambre. Cuando probó el primer bocado se dio cuenta de que no sería capaz de comer más. Se esforzaba para escuchar a su padre mientras empujaba su comida favorita a los bordes del plato y Kizashi se servía varias veces. Su padre se interesaba por el primer día de clase al mismo tiempo que, con todo el disimulo posible, intentaba ponerse más sal en la comida. Sakura se lo impedía, como siempre hacía, pero no tenía energía suficiente para responder a todas sus preguntas con más de un monosílabo.

A eso de las nueve decidió acostarse, mientras su padre veía un partido de los Boston Red Sox en la televisión, pero no consiguió conciliar el sueño. A medianoche, justo cuando el partido acabó y su padre subió las escaleras, ella aún seguía despierta en la cama. Estaba agotada, pero cada vez que empezaba a adormilarse oía unos susurros. Al principio pensó que eran reales y que alguien le estaba gastando una broma pesada, así que se encaramó al alféizar de la ventana y trepó hasta el techo para observar entre la oscuridad. Todo estaba en calma, ni siquiera una brisa que agitara los rosales que rodeaban la casa. Se quedó allí sentada durante un rato, contemplando la marea negra que parecía el océano tras las luces del vecindario. Hacía tiempo que no subía allí. Le embargó una sensación de  romanticismo al pensar que las mujeres de épocas pasadas languidecían en estos miradores mientras escudriñaban los mástiles en busca del barco de su marido. Cuando era niña, solía inventarse que su madre estaría en una de esas embarcaciones, volviendo a casa después de que unos piratas, o el capitán Ahab o alguien igual de peligroso y legendario, la hubieran mantenido prisionera. Se había pasado horas y horas en esa terraza, explorando el horizonte en busca de un barco que jamás navegaría hacia el muelle de Nantucket. Sakura se removió incómodamente en el suelo de madera y entonces recordó que aún tenía su pequeño alijo allí arriba. Durante años, su padre se empeñó en convencerla de que un día u otro se caería de allí y se partiría el cuello, así que le prohibió subir al mirador sola. Por muchas veces que la castigara, siempre se escapaba a hurtadillas hasta allí  arriba para comer barritas de muesli mientras soñaba despierta. Tras unos meses de continuos castigos por la atípica desobediencia de su hija, Kizashi finalmente se rindió y le dio permiso para que trepara hasta allí siempre y cuando no se apoyara en la barandilla. Al final, incluso le construyó un baúl impermeable para que pudiera guardar cosas.

Abrió el baúl y extrajo un saco de dormir que solía esconder en su interior y lo extendió sobre las tablas de madera del mirador. Sakura distinguió unos barcos navegando a lo lejos, a los que, técnicamente, no debería ser capaz de oír ni ver a tal distancia, pero que sin duda veía y oía. Cerró los ojos y se entregó al placer de escuchar el zarandeo de las velas y el crujir de las tablas de madera de teca de una diminuta embarcación que seguía el ritmo apacible del oleaje nocturno. Completamente sola y sin que nadie pudiera verla, Sakura se dejó llevar por unos momentos. Cuando empezó a cabecear, decidió bajar a su habitación a intentar, por fin, sumirse en un profundo sueño.

 

Estaba caminando sobre un terreno rocoso y accidentado. El sol que bañaba aquel paisaje era tan abrasador que el aire seco avanzaba serpenteando y se movía en rachas, como si partes del cielo estuvieran fundiéndose. Las piedras y rocas eran de un color amarillo pálido además de muy afiladas; por todas partes se podían distinguir diminutos arbustos que no crecían ni un palmo del suelo y estaban recubiertos de espinas. Un único árbol con el tronco retorcido se asomaba por una cuesta. Sakura estaba sola. Un segundo más tarde estaba acompañada. Bajo las raquíticas ramas aparecieron tres siluetas. Eran tan esbeltas y diminutas que, en un principio, las confundió con tres niñas pequeñas. Pero entonces observó que sus antebrazos, demacrados y arrugados, colgaban de unos huesos como cuerdas; en ese momento Sakura se dio cuenta de que eran tres mujeres muy ancianas. Las tres tenían la cabeza inclinada, y su  cabello, negro azabache y muy largo, les cubría el rostro por completo. Lucían vestidos blancos desgarrados y estaban cubiertas por una capa de polvo blanquecino de la cabeza a los pies. De rodillas hacia abajo su piel estaba manchada de barro y mugre, y tenían los pies embadurnados de sangre seca por andar descalzas en este páramo inhóspito y baldío.

A Sakura la invadió un miedo transparente y brillante.  Retrocedió, alejándose de ellas de forma compulsiva, cortándose las plantas de los pies y arañándose las piernas con las espinas de los arbustos. Las tres abominaciones dieron un paso hacia delante y empezaron a zarandear los hombros mientras sollozaban en silencio. Gotas de sangre se derramaban de sus cabelleras y recorrían sus vestidos. Susurraban nombres mientras lloraban lágrimas sangrientas.

 

Sakura se despertó con una bofetada. Sentía la mejilla adormecida además de un pitido intenso en el oído izquierdo. Tenía la cara de su padre a pocos centímetros de la suya y, sin duda, reflejaba una preocupación absoluta que enseguida comenzó a mostrar signos de culpabilidad. Jamás le había puesto la mano encima. Kizashi tuvo que tomar aliento varias veces antes de hablar.

El reloj junto a la cama marcaba las 3:16 de la madrugada.

—Estabas gritando. Tuve que despertarte —tartamudeó.

Sakura tragó saliva para intentar humedecer la lengua, que súbitamente  se le había hinchado, y la garganta, lo cual le produjo un dolor tremendo.

—Está bien. Solo era una pesadilla —murmuró mientras se incorporaba.

Tenía las mejillas húmedas, aunque no sabía si por el sudor o por las lágrimas. Sakura se secó los pómulos y esbozó una sonrisa para tratar de tranquilizar a su padre, pero no funcionó.

—¡Qué demonios, Sakura! Eso no era normal —confesó con un tono de voz agudo— Estabas diciendo cosas, cosas realmente espantosas.

—¿Como qué? —dijo con voz ronca. Tenía mucha sed.

—La mayoría eran nombres, listas de nombres. Y luego empezaste  a repetir «sangre por sangre» y «asesinatos». ¿Qué narices estabas soñando?

Sakura recordó a aquellas tres mujeres, «tres hermanas», pensó, y supo que no podía decirle ni una palabra de eso a su padre. Se encogió de hombros y mintió. Se las apañó para convencer a Kizashi que tener pesadillas sobre asesinatos era algo normal y le prometió que jamás volvería a ver películas de miedo sola. Al final consiguió que se fuera a la cama sin rechistar.  El vaso de agua que había dejado sobre la mesita de noche estaba vacío y tenía la boca completamente seca. Balanceó las piernas y decidió ir al  baño a llenar el vaso. En cuanto rozó los pies con el suelo de madera, dejó escapar un grito ahogado. Encendió la lámpara para echar un vistazo a sus pies, aunque ya sabía el panorama que iba a encontrarse. Las plantas de los pies mostraban cortes profundos y estaban manchadas de  barro;  además,  tenía  las  espinillas  arañadas  por  lo que parecían espinas.

Notas:

Y esto es todo por hoy!


El siguiente capítulo estará el sábado. Espero que el de hoy os haya gustado, los primeros siempre son un poco más aburridos por esto de presentar la situación y los personajes.


 


Nos leemos el sábado!!! Abrazos virtuales!!!

Capítulo 3 por chloe_moony
Notas de autor:

Hola!


¿Cómo están? Espero que la semana no haya sido tan mala pero, tanto si lo ha sido como si no, aquí os dejo el regalito de hoy: el tercer capítulo de esta adaptación!!


Quiero dar la bienvenida a Tulipan y Moon blue y agradecer sus comentarios, así como a los demás: Muchas gracias y estoy muy contenta de que os guste este libro!!! Sinceramente, a mi me atrapó desde el primer momento y devoré la saga en cuestión de dos días o cosa así... COmo en todos, al principio es un poco más aburrido con todas las explicaciones y eso pero luego se vuelve interesante ^^


No me enrollo más, disfrutad de la lectura!!!


 


Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Capítulo 3

 

Por la mañana, cuando se despertó, se miró los pies y descubrió  que no tenía ningún rasguño. Durante un instante pensó que todo aquello había sido producto de su imaginación, pero entonces se fijó en que las sábanas estaban manchadas de sangre seca y de mugre. En un intento de poner a prueba su cordura, decidió dejar las sábanas puestas, ir a la escuela y, cuando regresara a casa, comprobar si aún seguían sucias. Si estaban limpias cuando llegara del instituto, todo  habría sido una mera ilusión y solo estaría un poco chiflada. Si,  en cambio, estaban embarradas e inmundas, significaría que estaba tan rematadamente loca que era capaz de caminar somnolienta por la noche y manchar las sábanas de barro y sangre sin tan siquiera recordarlo. Sakura trató de desayunar un bol de yogur con bayas, pero no pudo ni con la primera cucharada, así que ni se molestó en coger el bocadillo para el almuerzo. Si más tarde le entraba hambre, ya compraría algo más apetitoso, como sopa y galletas.

Pedaleando su bicicleta de camino al instituto, se percató de que hacía un calor y una humedad insoportables por segundo día consecutivo. La única brisa que soplaba era el viento que se desprendía de sus propias ruedas. Cuando por fin ató la bicicleta en el armazón se dio cuenta de que no solo el aire estaba inmóvil y quieto, sino que los sonidos naturales, como el piar de los pájaros o el zumbar de los insectos, se habían evaporado. Todo estaba demasiado silencioso, como si la isla no fuera más que un barco anclado en medio del vasto océano.

Llegó más pronto que el día anterior, de forma que todos los pasillos estaban atestados de estudiantes. Ino la vio entrar. Tras verla sonreír de oreja a oreja, supo que la había perdonado. Su amiga se coló entre el tráfico de alumnos y serpenteó hasta llegar a Sakura para ir juntas a clase de tutoría. De repente, mientras las dos amigas se acercaban, Sakura empezó a  notar que le costaba caminar, de modo que al final se vio obligada a detenerse. Le daba la sensación que todos los alumnos del pasillo se habían  esfumado por arte de magia. En el inesperado vacío del instituto, oyó que unos pies descalzos se arrastraban por el suelo acompañados por unos inconsolables sollozos de pena y dolor. Dio media vuelta justo a tiempo para vislumbrar que una figura blanca y polvorienta, con los hombros encorvados y temblorosos, doblaba una esquina. La joven advirtió que la mujer que se lamentaba acababa de cruzarse con alguien, con una persona real que también se giró para observar a la desconocida. Sakura concentró su atención en aquella jovencita de tez cetrina y con el cabello negro recogido en una trenza que  se deslizaba sobre un hombro. Sus labios, de un color rojizo luminoso, dibujaron una O de sorpresa. En ese preciso instante, el sonido volvió a encenderse, como si alguien hubiera pulsado un botón, y el pasillo volvió a abarrotarse de estudiantes con prisas. Sakura permanecía inmóvil, entorpeciendo el tráfico; no podía apartar la vista de la deslumbrante trenza que se balanceaba tras la espalda de aquella chica, quien desapareció en un aula.

Sintió un escalofrío por todo el cuerpo; un escalofrío causado por una emoción que tardó unos segundos en reconocer. Era rabia.

—¡Santo Cielo, Saku! ¿Vas a desmayarte? —preguntó Ino algo ansiosa

Sakura desvió la mirada hacia su mejor amiga y tomó aire temblorosamente. En ese momento se dio cuenta de que estaba cubierta  de sudor frío y tiritaba. Abrió la boca, pero no logró articular palabra.

—Voy a llevarte a ver a la enfermera —anunció Ino. Agarró a Sakura por la mano y empezó a tirar de ella, intentando arrastrarla— Naruto —llamó  por encima del hombro de su amiga—, ¿me echas una mano con Saku? Creo que en cualquier momento va a perder el conocimiento.

—No me voy a desmayar —espetó Sakura con brusquedad, aunque hasta entonces no se había percatado de lo raro de su comportamiento.

Sonrió con timidez a sus amigos para compensar el resquemor y la rabia que había desprendido sus palabras. Naruto le rodeó la cintura con el brazo, pero ella le apartó suavemente para hacerle saber que no era necesario. El muchacho la observó dudando.

 —Estás muy pálida y tienes unas ojeras espantosas —confesó Naruto.

—Me he acalorado un poco viniendo en bicicleta.

—No me digas que estás bien —advirtió Ino.

Su amiga tenía los ojos llorosos y parecía frustrada; Naruto no tenía mucho mejor aspecto. Sakura no podía ignorar lo que acababa de ocurrir y, aunque realmente hubiera perdido la chaveta, sus amigos no tenían que pagar el pato.

—No, tienes razón. Creo que me ha dado una insolación.

Naruto asintió con la cabeza, aceptando así su excusa como la única lógica.

—Ino, acompáñala al baño. Le explicaré a Hergie lo ocurrido para que  no os ponga retraso. Y deberías comer algo. Ayer no probaste bocado en el almuerzo —le recordó.

Le chocó que su amigo se acordara de ese incidente, pero lo cierto es que Naruto era especialista en no olvidar ningún detalle. Quería ser abogado y ella tenía claro que algún día sería uno de los mejores. Ino empapó a Sakura en el baño, vertiéndole agua fría sobre la espalda cuando, en principio, solo debía mojarle ligeramente el cuello. Acabaron enzarzadas en una gigantesca guerra de agua que, al parecer, tranquilizó a Ino, ya que era la primera respuesta normal que obtenía de su íntima amiga en los últimos días. La propia Sakura sintió que al fin había cruzado un muro agotador y ahora todo se había vuelto divertido. Hergie les concedió un permiso y se tomaron su tiempo para asistir a la primera clase. Tener un permiso del señor Hergeshimer era como  conseguir uno de los billetes dorados de Willy Wonka: podías ir a cualquier parte y hacer cualquier cosa durante todo el día sin que ningún profesor te dijera nada.

En la cafetería, compraron naranjas para subir los niveles de azúcar de Sakura y compartieron una magdalena con virutas de chocolate. Logró darle un bocado y milagrosamente empezó a sentirse mejor. Después, se dirigieron hacia el auditorio y encendieron el gigantesco ventilador para refrescarse, turnándose para cantar frente al aire arremolinado como estrellas del pop mientras vociferaban y se desgañitaban y se reían descaradamente la una de la otra. Sakura  se  sentía  tan  aturdida  por  haber  hecho  novillos  gracias  a la justificación de Hergie y por ingerir azúcar a palo seco teniendo el estómago vacío que ni siquiera era capaz de recordar a qué clase se suponía que debía dirigirse. Las dos amigas estaban por casualidad andando por el pasillo equivocado en el momento equivocado cuando el timbre que marcaba el final de la primera clase sonó. Se miraron y se encogieron de hombros, como queriendo decir: «Bueno, ¿qué se le va a hacer?». Y estallaron a reír. En ese preciso instante, Sakura vio a Sasuke por primera vez.

Por fin el cielo se desprendió de todo el aire que había estado custodiando durante dos días. Unas ráfagas de viento caliente y viciado se colaron por cada ventana abierta hacia el sofocante interior del instituto. El viento hizo volar hojas sueltas de papel, alzó los dobladillos de las faldas, alborotó las cabelleras de las chicas y atrapó todos los chismes y abalorios que encontró en el camino y los elevó hasta el techo, como los sombreros el día de la graduación. Por un momento, Sakura creyó que todo se había  elevado, que se había quedado atrapado en el arco de la bóveda, con la misma ingravidez que el espacio. Sasuke estaba delante de su taquilla, a unos seis metros de distancia, con la mirada clavada en Sakura mientras el resto del mundo aguardaba el momento en que la gravidez volviera a su lugar. Era alto, sobrepasaba el metro ochenta, y de complexión fuerte, aunque sus músculos eran alargados y delgados en vez de voluminosos. Tenía el cabello corto y un bronceado típico de finales de verano que hacía resaltar su bonita sonrisa blanca y sus ojos negros.

Mirarse a los ojos fue un despertar. Por primera vez en su vida, Sakura sintió en sus propias carnes un odio puro, envenenado. No se dio cuenta de que estaba corriendo hacia aquel chico, pero sin duda sí percibió los sollozos y murmullos de las tres hermanas que poco a poco se transformaron en llantos y lamentos; podía distinguirlas detrás del  joven moreno, que «sabía» que era Sasuke, y de otro chico más bajito pero también de aspecto bronceado que estaba junto a él. Las hermanas se tiraban del pelo hasta arrancarse mechones dejando un charco de sangre. Señalaban a los dos chicos de modo acusador mientras chillaban una serie de nombres, nombres de personas muertas. De repente, Sakura entendió  lo que tenía que hacer.  En la fracción de segundo que tardó en alcanzarlos, advirtió que el otro chico se abalanzaba sobre ella, pero Sasuke detuvo la embestida; estiró un brazo y el desconocido salió volando hasta chocar con las taquillas que había detrás de ellos. En ese instante, el cuerpo de Sakura se paralizó y se quedó en tensión.

—¡Konan! ¡Quédate dónde estás! —ordenó Sasuke por encima del hombro de Sakura. Su rostro estaba a tan solo unos milímetros del de Sakura. Después, concluyó—: Es muy fuerte.

Sakura sentía un terrible ardor en los brazos y notaba que los huesecillos de las muñecas le rechinaban. Entonces se dio cuenta de que Sasuke  estaba sujetándola por las muñecas para mantenerla alejada de su cuello. Estaban atrapados en un punto muerto, pero si ella alargaba unos pocos milímetros sus dedos podrían alcanzar la garganta de él.

«¿Y ahora qué?», le preguntó una vocecilla en su cabeza. «¡Ahógale hasta que deje de respirar!», respondió otra voz. Los asombrosos ojos de color ónix de Sasuke no daban crédito a lo que estaban presenciando: Sakura estaba ganando. La joven rozó la piel que le cubría la arteria principal con una uña y la rasgó. Entonces, antes de poder procesar lo que estaba sucediendo, Sasuke la giró y la sujetó contra su pecho, agarrándole los brazos para inmovilizarlos y colocándose entre sus piernas. La postura que habían adoptado desequilibraba a Sakura, que no lograba pisar el suelo. No podía moverse.

—¿Quién eres? ¿A qué casta perteneces? —le susurró al oído mientras le atestaba una fuerte sacudida. Pero Sakura estaba fuera de sí y no podía entender ni una sola palabra.

Sin poder maniobrar e indefensa por completo, comenzó a chillar furiosa y exasperada. De repente, se calló. Ahora que no lograba atisbar la mirada negra de Sasuke empezó a percatarse de que la mitad del profesorado del instituto estaba intentando separarlos. Todo el mundo los estaba observando. Sakura se retorcía agónicamente mientras unos fuertes retortijones le agarrotaban el abdomen. De inmediato, Sasuke la soltó, como si se hubiera transformado en una cerilla en llamas. El cuerpo de la joven se convulsionaba de forma espasmódica. Sakura se desplomó sobre el suelo.

 —¡Señorita Haruno! Señorita...  Sakura.  Sakura, míreme  —dijo  el señor Hergeshimer.

Estaba arrodillado en el suelo junto a ella mientras la chica jadeaba e intentaba relajar los músculos. Alzó la vista y observó el rostro sudoroso  de su tutor. Estaba completamente despeinado y, al parecer, las gafas habían salido disparadas durante la pelea. Durante un instante se preguntó si habría golpeado a su profesor de literatura. No pudo evitar echarse a llorar.

—¿Qué me sucede? —gimoteó en voz baja.

—Ya ha pasado todo. Cálmese —comentó el señor Hergeshimer con tono más severo—. Todos los demás, vayan a sus clases. ¡Inmediatamente! —gritó a la muchedumbre de alumnos con la boca abierta que se había arremolinado alrededor.

Todos se dispersaron cuando el señor Hergeshimer se levantó y se hizo cargo de la situación.

—Ustedes dos —llamó señalando a Sasuke y Kiba—, acompáñenme al despacho del director. ¡Señor Uzumaki! ¡Señorita Yamanaka! Lleven a la señorita Haruno a la consulta de la enfermera y después diríjanse directamente a sus clases. ¿Entendido?

Acto seguido, Naruto dio un paso hacia adelante y deslizó el hombro por debajo del brazo de Sakura, ayudándola así a levantarse. Ino la cogió de la mano y la acarició de modo tranquilizador. Sakura levantó la mirada y vio que Sasuke se giraba para echarle un rápido vistazo por encima del hombro mientras avanzaba con pesadumbre y lentitud junto al señor Hergeshimer. Otra oleada de aversión se apoderó de ella y los ojos se le humedecieron con lágrimas de odio. Naruto la guió hasta la enfermería, acariciándole el pelo mientras ella no dejaba de llorar. Ino, temblando y en silencio, no se separó del lado de su amiga.

—¿Qué te ha hecho, Saku? —preguntó Naruto con vehemencia.

—¡No lo había visto n-n-nunca en mi v-v-vida! —farfulló Sakura entre lágrimas.

—¡Buena idea, Naruto! ¡Hazle preguntas! ¿Puedes estarte calladito? —le contestó Ino con rudeza e intentando no perder los nervios.

 No volvieron a hablar durante el resto del camino. Cuando al fin llegaron a la enfermería, le explicaron a la señora Crane lo que había ocurrido, sin olvidar el hecho de que Sakura había sufrido una insolación por la mañana. La enfermera la obligó a tumbarse en la camilla y le cubrió la frente con una toalla húmeda. Después, se fue al despacho para llamar  por teléfono a Kizashi.

—Tu padre está de camino, tesoro. No, no, mantén los ojos cerrados. La oscuridad te ayudará a sentirte mejor —aconsejó la señora Crane al pasar junto a la camilla de su paciente.

La enfermera se apresuró hacia el pasillo para cruzar un par de palabras con alguien durante unos instantes. Después regresó a la enfermería y se sentó tras el escritorio. Sakura permaneció tumbada bajo el frescor de la toalla, agradecida de estar sola. No era capaz de pensar con coherencia, por no hablar de intentar justificar lo sucedido. Lo que más le asustaba era que, por alguna razón, estaba convencida de que su intención era buena, o al menos eso era lo que se esperaba de ella. En el fondo, sabía que debería haber matado a ese chico si hubiera podido y, a decir verdad, no se sentía culpable por pensarlo. Hasta que vio a su padre. Tenía un aspecto deplorable. La señora Crane le relató lo ocurrido. Le explicó que Sakura había sufrido un grave episodio de insolación y que, probablemente, esa fuera la causa de su extraño comportamiento. Él escuchó con paciencia y después le pidió a la señora Crane que le dejara un momento a solas con su hija. La enfermera accedió a su petición. Al principio, Kizashi no dijo nada; únicamente caminaba de un lado al otro de la enfermería. Sakura se incorporó y se quedó sentada sobre la camilla, jugueteando con el collar. Al fin, él decidió sentarse a su lado.

—Ahora mismo serías incapaz de mentirme, ¿verdad? —le preguntó en voz baja. Sakura negó con la cabeza—. ¿Estás enferma?

—No lo sé, papá. No me encuentro bien, pero no sé exactamente qué me pasa —le contestó de todo corazón.

—Tenemos que ir al médico, ya lo sabes.

—Me lo imaginaba —susurró asintiendo con la cabeza.

 Padre  e  hija  se  sonrieron  y,  de  repente,  ambos  se  giraron  hacia el estruendo de unos pasos apresurados que se dirigían a la enfermería. Kizashi se levantó y se encaminó hacia la puerta, colocándose así enfrente de Sakura. Un tipo que rondaba los cuarenta, alto e indescriptiblemente atlético, entró de repente en la habitación. La chica bajó de un brinco de la camilla y, siguiendo su instinto, escrudiñó la enfermería en busca de otra salida. Pero no la había. Tenía la sensación de que iba a morir. En la esquina de la diminuta sala apareció una de las hermanas compungidas. Estaba en cuclillas, con la cara cubierta por una mata de cabello grasiento, gimiendo nombres y sollozando «sangre por sangre» mientras se golpeaba la frente contra la pared.

Sakura se tapó los oídos con las manos. Apartó la vista de aquella horrorosa imagen y reunió el valor suficiente para mirar a los ojos al descomunal hombre que acababa de entrar en la enfermería. Una chispa de reconocimientos los iluminó a ambos. Jamás lo había visto, pero de algún modo sabía que debía temerle. Al principio, su rostro anguloso denotaba determinación, pero enseguida se transformó en desconcierto y, más tarde, en confusión. Su mirada apuntaba directamente a Kizashi, pero, de pronto, una expresión casi cómica causada por incredulidad desbarató lo que podría haber sido una pelea terrible.

—¿Usted es…? ¿Usted es el padre de la jovencita que ha atacado a mi hijo? —preguntó con voz titubeante. Kizashi dijo que sí con la cabeza.

—Mi hija, Sakura —la presentó señalándola—. Y yo soy Kizashi Haruno.

—Fugaku Uchiha —respondió el gigantesco hombre—. Mi esposa, Mikoto, no ha podido venir. ¿Y la madre de Sakura?

Kizashi sacudió la cabeza a modo de negativa.

—Saku y yo vivimos solos —soltó.

Fugaku se fijó en Sakura y en su padre y después frunció la boca, como si hubiera entendido algo.

—Perdóname. No era mi intención preguntar por asuntos tan personales. ¿Es posible que tengamos una conversación a solas?

 —¡No! —gritó Sakura. Se lanzó violentamente hacia su padre y lo agarró por el brazo para alejarle de aquel hombre.

—Pero ¿qué pasa contigo? —chilló Kizashi. Intentó apartar a Sakura, pero no lo consiguió.

—¡Por favor, no vallas con él a ningún sitio! —rogó Sakura con los ojos llorosos.

Kizashi dejó escapar un soplido, rodeó con los brazos a su hija y la sostuvo en un intento de tranquilizarla.

—No se encuentra muy bien —se excusó ante Fugaku, quien contemplaba la historia con cierta compasión.

—Yo también tengo una hija —respondió con amabilidad, como si eso lo explicara todo.

La señora Crane y el director, el señor Hoove, entraron a toda prisa a la enfermería, como si hubieran estado persiguiendo a Fugaku.

—Señor Uchiha —empezó el director con tono irritado, pero el hombre le interrumpió.

—Espero que tu hija se mejore pronto, Kizashi. Yo también sufrí una insolación y me dijeron que hice un montón de cosas extrañas. Puede hacerte alucinar, imagínate —comentó dirigiéndose a nadie en particular.

Sakura vio que le echaba un último vistazo y que se fijaba en la esquina donde la hermana suplicante todavía seguía balanceándose adelante y atrás. Se preguntó si él también la veía, y si ese era el caso, ¿cómo diablos dos personas podían tener la misma alucinación?

—Bueno…, está bien. ¿Todo solucionado, entonces? —preguntó el señor Hoove, algo inseguro mirando a Fugaku y a Kizashi.

—Por lo que se refiere a mi hijo y a mí, sí, sin duda. De hecho, estoy más preocupado por ti, jovencita —añadió dirigiéndose educadamente a Sakura—. Sasuke me dijo que fue, bueno, un poco brusco. ¿Te hizo daño?—inquirió. A primera vista parecía que era un tipo con unos modales más que correctos, pero Sakura no se fiaba de él. Intentaba calibrar sus  fuerzas.

—Estoy bien —respondió de manera cortante—. Ni un rasguño.

 Él abrió los ojos como platos. Sakura no entendía cómo se había atrevido a provocar a alguien más corpulento y mayor que ella, a un tipo gigantesco en flor de la vida, pero simplemente no pudo evitarlo. En general,  detestaba tanto las discusiones que ni siquiera soportaba ver esos programas de debate que emitía la televisión basura, donde los invitados  se gritaban y se insultaban entre ellos. En cambio, ya era la segunda vez en menos de media hora que sopesaba la opción den pelearse con alguien mucho más grande y corpulento que ella. Menos mal que las ansias por asesinar a Fugaku no eran tan irreprimibles como las de matar a su hijo. Nunca se había encontrado con alguien que la enfureciera tanto como Sasuke, aunque no descartaba abollarle el coche a Fugaku. Ese impulso la confundió profundamente.

—Me alegro de que estés bien —comentó Fugaku con una sonrisa, relajando la situación.

El hombre se volvió hacia el director y le dejó claro que ni él ni su familia creían que Sakura se mereciera un castigo. Por lo que a él respectaba, ella se había sentido mal y todo el incidente debía olvidarse. Se marchó tan súbitamente como había llegado. En cuanto los pasos de Fugaku se desvanecieron, la hermana lloroso se esfumó y los susurros de disiparon. Al mismo tiempo, la ira de Sakura desapareció. Se derrumbó sobre la camilla como un globo que se deshincha de repente.

—Lo mejor será que la llevas a casa ahora, Kizashi —sugirió la señora Crane con un tono de voz suave y una sonrisa reconfortante—. Muchos líquidos, luz tenue y un buen baño de agua fría para bajarle la temperatura, ¿de acuerdo?

—Claro que sí, señora Crane. Muchas gracias —replicó él, convirtiéndose por un momento en el chico adolescente que había visitado hacía tantos años la enfermería de la señora Crane.

Sakura se dirigió hacia el aparcamiento con la cabeza agachada, sin apartar la vista del suelo; sin embargo, notaba las miradas de otros estudiantes clavadas en su nuca. Cuando se acomodó en el asiento del acompañante del Cerdo, observó la puerta del despacho del director y vio a los chicos Uchiha, que salían junto a Fugaku. La mirada de Sasuke buscó rápidamente la de Sakura. Su padre se acercó a él y le rodeó el cuello con el brazo, como si quisiera hablarle. Al final, Sasuke desvió la mirada de la de Sakura y miró a su padre antes de asentir con la cabeza y hundir los ojos en el suelo.

Empezó a llover. Primero una, después dos y después tres gotas enormes de lluvia veraniega rociaron el parabrisas del coche. Un segundo más tarde, empezó a jarrear con más fuerza. Sakura cerró la puerta de golpe y miró de reojo a su padre, quién también estaba observando a la familia Uchiha.

—¿Sobre cuál de ellos te abalanzaste? —preguntó Kizashi con una sonrisa maliciosa.

—Sobre el más grande —le respondió Sakura con media sonrisa. Kizashi miró a su hija, silbó y arrancó el coche.

—Tienes suerte de que no te hiciera daño —comentó, esta vez sin bromear.

Sakura asintió de forma sumisa, pero estaba convencida de que era Sasuke quien había tenido suerte. Se sintió sorprendida y aterrada a un tiempo; durante el resto del trayecto a casa, Sakura no volvió a abrir la boca.

Notas:

Esto es todo por hoy! Lo que se dice ser amigos... xD


Espero que lo hayan disfrutado y el lunes tendrá la continuación!!


 


Abrazos virtuales!!

Capítulo 4 por chloe_moony
Notas de autor:

Hola!

¿Que tal están? Simplemente vuelvo a subir el capi porque estaba incompleto.

 

Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Capítulo 4

 

Sakura llenó la bañera de agua helada y, con las luces del baño apagadas, se dedicó a escuchar el incesante timbre de su teléfono móvil. No sabía qué decir y cada vez que se acordaba de cómo había atacado a Sasuke Uchiha delante de toda la escuela, gruñía en voz alta, completamente avergonzada. Tendría que abandonar el país, o al menos la isla de Nantucket, porque no había modo alguno de olvidar que había intentado estrangular al chico más apuesto del lugar. Volvió a dejar escapar un quejido de humillación y se salpicó el rostro, que aún mostraba cierto rubor a pesar de estar sumergida en agua gélida. Ahora que al fin la rabia no le corría por las venas, podía concentrarse y pensar en Sasuke de forma objetiva y lúcida; Ino no había exagerado ni un ápice al decir que era el chico más atractivo que jamás había visto. Completamente de acuerdo. Había intentado matarle, pero no estaba  ciega. Ese chico era distinto.

Sakura llegó a la conclusión que ni su altura ni su bronceado, ni tan siquiera sus músculos, hacía de él un chico tan cautivador. Era su forma de moverse. Solo se había cruzado con él un par de veces, pero estaba segura de que a él le importaba menos su aspecto físico que a todos los que le rodeaban. Su mirada, la más hermosa que había visto nunca, parecía mirar hacia otro lado, y no hacia sí mismo.

Sumergió la cabeza bajo el agua y gritó a pleno pulmón para desfogonarse sin alarmar a su padre. Cuando subió a la superficie, a pesar de sentirse algo mejor, seguía decepcionada. Le daba la impresión de que, de algún modo no era capaz de explicar, ya conocía a Sasuke, y eso tenía sus efectos secundarios; estaba empezando a idealizarle, a creerle más perfecto de lo que humanamente era posible, lo cual le resultaba bastante incómodo, teniendo en cuenta que aún deseaba arrebatarle la vida. Quitó el tapón de goma con los dedos del pie y contempló en silencio cómo el agua se arrastraba lentamente hasta que el desagüe se tragó la última gota. Sakura permaneció desnuda en la bañera vacía, con la mirada fija en sus pies blanquecinos y arrugados hasta notar un cosquilleo doloroso en  el trasero. Sabía que, de un momento u otro, tendría que salir de la oscuridad del cuarto de baño y tratar de actuar con normalidad.

Se vistió con ropa de andar por casa y, mientras bajaba las escaleras, se encontró a su padre entrando por la puerta a toda prisa. Había ido a comprar helados para cenar, pero no unos helados cualesquiera, sino los que vendían en una deliciosa heladería italiana a la que Sakura le había prohibido acercarse desde que el médico le aconsejó vigilar su dieta.

—Son para bajarte la temperatura —le respondió con inocencia mientras se sacudía las gota de lluvia del pelo.

—¿Ese es tu pretexto? —le preguntó con las manos apoyadas en las caderas.

—Sí, y pienso ceñirme a él.

Sakura decidió dejar pasar el tema. Ya habría más tiempo para preocuparse de su colesterol por la mañana. Después de varios días comiendo tan poco, probablemente ingerir un delicioso gelato no era la  idea más acertada, pero lo cierto es que lo digirió con facilidad. Ambos se acomodaron en el suelo del salón, con el partido de sus queridos Boston Red Sox iluminando en televisor, turnándose el tarro de helado y la cuchara mientras despotricaban de los Yankees. Ninguno de los dos respondía las llamadas de teléfono, que seguían sonando de vez en cuando, y Kizashi tampoco presionó a su hija para que le explicara lo sucedido. La madre de Ino jamás hubiera permitido que su hija saliera indemne de algo así. En ciertas ocasiones, haber sido criada por un padre soltero tenía sus ventajas.

Sakura tuvo que cambiar las sábanas antes de acostarse. Las manchas de la noche anterior no habían desaparecido, tal y como ella había esperado, pero tenía cosas más importantes de que preocuparse que su sonambulismo. Para empezar, de repente oyó algo o alguien que se movía por el mirador. Los sonidos eran distintos de los de la noche anterior; sin duda, se trataban de pasos que caminaban por el balcón, justo encima de su habitación, y no sonidos amorfos que provenían de todos lados. Pero tomó la decisión de no subir a comprobar qué estaba sucediendo. Ya había visto bastantes fantasmas por aquel día.

 Al día siguiente, Sakura fue a la consulta del doctor Cunningham. Después de inspeccionarle la vista con un lápiz óptico de luz intermitente y examinar el pecho con suaves golpecitos, dijo que no parecía sufrir ninguna lesión permanente. Después riñó a Sakura por haber sido tan irresponsable de no ponerse un sombrero con el sol que caía. Resultaba inexplicable pero, tras una visita al médico, su pérdida de control junto con su comportamiento violento y agresivo habían quedado reducidos a la imperdonable negligencia de no cubrirse la cabeza. Al menos la revisión médica le permitió no asistir al instituto en todo el día. Cuando llegó a casa, encendió el ordenador y perdió varias horas  buscando información en Internet sobre las tres mujeres que la asediaban. Se sentía frustrada porque cada búsqueda le ofrecía un millón de posibilidades diferentes y no podía acotarla más, pues ni siquiera era capaz de qué había visto. ¿Eran fantasmas? ¿Demonios? ¿O sencillamente manifestaciones de su propia locura? Era más que probable que todo aquello no fuera más que una alucinación, un mero producto de su mente imaginativa, y, de hecho, empezada a pensar que realmente había sufrido una insolación. Pero no era así.

Por la tarde, Ino vino a darle malas noticias.

—En estos momentos, todo el instituto está convencido de que estás de camino a un manicomio —informó en cuanto se sentaron en el sofá del salón—. Deberías haber asistido hoy a clase.

—¿Por qué? —preguntó Sakura con una mueca—. Da lo mismo cuándo vuelva, nadie olvidará lo de ayer.

—Tienes razón. Fue muy fuerte —reconoció Ino. Hizo una pausa antes de volver a intervenir, un tanto apurada—. Ayer me acojonaste, lo sabes, ¿verdad?

—Lo siento —se disculpó Sakura con una leve sonrisa—. Y él, ¿ha ido al instituto hoy?

Por alguna razón necesitaba saberlo, pero no era capaz  de pronunciar su nombre en voz alta.

—Sí, y me ha preguntado por ti. Bueno, en realidad no ha hablado conmigo directamente, pero Kiba sí. Y por cierto, tengo que decir que es un imbécil. —Y entonces Ino empezó a parlotear cada vez más enfadada—: ¡Fíjate! Se me acercó a la hora de comer, ¿vale? Y empieza a interrogarme con preguntas sobre ti, que si desde cuando nos  conocemos, que si de dónde eres, que si conocí a tu madre antes de que te abandonara…

—¿Te preguntó sobre mi madre? Eso sí que es raro —interrumpió Sakura.

—Así que yo he empezado a contestarle con mi estilo habitual de conversación inteligente —aclaró Ino con tono demasiado inocente.

—Traducción: le has insultado.          

—Llámalo como quieras. Y entonces el subnormal tiene los huevos de decirme que soy muy «infantil», ¿puedes creerlo?

—Figúrate. Llamarte a ti «infantil» —contestó Sakura con aire gracioso— ¿Y qué le respondiste?

—Pues la verdad. Que tú y yo somos amigas desde que nacimos y que ninguna de nosotras recuerda a tu madre y que además ella no dejó ninguna fotografía ni nada parecido, pero que tu padre siempre anda recalcando su increíble belleza, su gran inteligencia, su talento y bla, bla, bla. No hace falta ser un lumbreras para saber que tu madre debía ser preciosa. A ver, echa un vistazo a tu padre y después mírate a ti —dijo Ino con los ojos brillantes.

Sakura, al escuchar el cumplido, hizo una mueca de dolor.

—¿Y ya está? ¿Sasuke no ha dicho nada sobre el tema?

Sakura cerró los puños. Le costaba una barbaridad pronunciar su nombre sin sentir la tentación de atestar un puñetazo a alguien en la cabeza. Era más que evidente que, o todavía estaba sufriendo los síntomas de la insolación o, simplemente, estaba volviéndose majara.

—Ni una palabra. Pero me ha llegado el rumor de que Zach estaba poniéndote verde y Sasuke le mandó a cerrar el pico.

—¿De veras? —se sorprendió Sakura, más animada—. ¿Y qué le dijo?

—Dijo que no permitiría a nadie que hablara mal de ti, eso es todo. Pero ya conoces a Karin y a Zach; continuaron cuchicheando sobre ti a sus espaldas mientras él juraba y perjuraba que padecías una fiebre muy alta cuando él… te hizo eso. Por cierto, ¿cómo lo llamarías tú? ¿Un abrazo de oso por la espalda?

 Sakura gruñó y se tapó el rostro con las manos.

—Ya ha pasado —le consoló Ino acariciándole la espalda—. Sasuke no va a ir por ahí diciendo a todo el mundo que estás como una cabra, así que al menos has tenido la suerte de enfrentarte a un chico la mar de dulce.

Sakura volvió a gruñir, esta vez con más intensidad, mientras se acurrucaba en el sofá y Ino se reía de ella.

Esa noche, tuvo otra pesadilla en la que volvía a aparecer el mismo paisaje árido. Cuando se despertó, sentía tal agotamiento que, por un momento, creyó que había estado caminando durante días, tal y como había soñado. Siempre se le había dado bien ignorar las cosas extrañas que solían ocurrirle e intentó convencerse a sí misma de que esta no era una excepción. Pero las manos empezaron a temblarle al comprobar que las sábanas estaban otra vez mugrientas, así que las recogió para llevarlas a lavar. Se limpió el barro de las piernas en la ducha y procuró concentrar su atención en el instituto, aunque eso tampoco iba a ser un gran consuelo. En cuanto apareciera por la puerta se daría inicio la caza del pazguato, y ella tenía todos los números para ser la víctima.

Seguía lloviendo de forma torrencial, así que Sakura fue al instituto con Ino y su madre. Tenía miedo de sentir retortijones incluso antes de apearse del coche y se apretó el vientre con ambas manos. Jamás había logrado entender por qué sentía esos pinchazos en el estómago; lo único que sabía era que, a veces, cuando hacía algo que provocaba el desconcierto y asombro de los demás, notaba unos espasmos en el vientre tan atroces e intensos que se veía obligada a parar lo que estaba haciendo.

—Relájate —le recomendó Ino mientras abrían la puerta principal—. Todo lo que tienes que hacer es superar el día de hoy, Después tendrás todo el fin de semana para… —Su amiga se quedó sin habla durante unos segundos, meditando. Finalmente, añadió—: Ni de Broma. Lo siento, Saku, he querido ser optimista, pero el lunes no habrá cambiado nada.

Ino soltó unas ruidosas carcajadas que animaron un poco a Sakura, hasta que entraron al instituto. Fue mucho peor de lo que imaginaba. Unas chicas de un curso debajo  del suyo se quedaron literalmente boquiabiertas nada más ver entrar a Sakura y se arremolinaron en un corrillo para chismosear. Otro chico con  chaqueta negra de cuero lanzó una mirada lasciva a Sakura y le susurró «Heladito» al pasar junto a ella. Al girarse, asombrada y confundida, él articuló la palabra «llámame» sin pronunciarla y continuó su camino.

—No creo que pueda sobrevivir a esto —murmuró ella. Ino le puso una mano en la espalda y la empujó.

Cada vez que la mirada de alguno de sus compañeros aterrizaba en ella y la reconocían, Sakura sentía que el ataque de pánico estaba cada vez más cerca. ¿Su penúltimo año de instituto iba a ser así de angustioso? Probó de mimetizarse con la sombra de su mejor amiga, pero enseguida se dio cuenta de que si lo buscaba era cobijo, tendría que encontrar amigos más corpulentos que Ino.

—¡Deja de pisarme los talones! —se quejó Ino—. ¿Por qué no te  escondes en clase de Hergie mientras cojo tus cosas de la taquilla?

Agradecida, Sakura se inmiscuyó en el aula de tutoría y se apoyó sobre su pupitre. El señor Hergeshimer le preguntó si se encontraba mejor y, al oír que estaba bien, la ignoró por completo. Sakura le hubiera besado por ese detalle.

Naruto la saludó con una mano y se sentó sin dedicarle ni una palabra. Sakura adivinó, y no se equivocó, que su mejor amiga había amenazado a Naruto, obligándole a actuar como si nada hubiera sucedido; pero el chico no podía reprimirse y la miraba de reojo de vez en cuando, lo cual demostraba que seguía preocupado por ella. Sakura le dedicó una cariñosa sonrisa y,  al parecer, su amigo se quedó más tranquilo. Zach, en cambio, decidió mirar por la ventana en cuanto se sentó, para evitar mirar a Sakura. Logró sobrevivir el resto de la mañana sin sufrir ningún incidente; hasta la hora del almuerzo. De camino a la cafetería del instituto, se percató demasiado tarde de que estaba muy cerca de la taquilla de Sasuke. Estaba  a punto de dar media vuelta y tomar otro camino, lo cual era absurdo además de ridículo, ya que para ello tendría que rodear el edificio, pero alguien detectó su incertidumbre.

Karin y Zach la vigilaban sin quitarle ojo de encima mientras Sakura titubeaba de manera indecisa en la mitad del pasillo. Estaban frente a  sus respectivas taquillas que, por casualidad, eran las de al lado de las de Sasuke y Kiba. De repente, le vino a la memoria la imagen de Karin y de Zach el día anterior, estupefactos y petrificados observándola mientras ella intentaba asfixiar a Sasuke. Era lógico que sus taquillas estuvieran juntas, ya que estaban ubicadas por orden alfabético, B de Brant, C de Clifford y D de Uchiha; sin embargo, Sakura maldecía y culpaba a su mala suerte por el hecho de que los estudiantes más populares de su curso hubieran   sido testigos de primera mano de su momento de máxima humillación.

No tenía elección: debía pasar por delante de todos ellos. Karin y Zach  no dijeron ni mu y, a decir verdad, sus caras no mostraron expresión alguna cuando Sakura se arrastró a toda prisa por su lado, con los hombros tan encogidos que prácticamente le rozaban las orejas. Al menos Sasuke no estaba allí, pensó mientras entraba en la cafetería.

—¡Ponte derecha! ¡Vas a provocarte escoliosis! —la reprendió Ino  cuando llegó a su mesa.

—Lo siento, pero es que he tenido que pasar por delante de la taquilla de él —explicó Sakura en voz baja. Naruto, como respuesta, dejó escapar  un sonido de indignación.

—Sosiégate, Saku —espetó su amigo con brusquedad—. Hoy no han venido al colegio.

—Supuestamente se han tomado el día libre porque la tía, el mayor de los hijos Uchiha y su padre al fin han aterrizado en la isla esta mañana —aclaró Ino.

—Oh, genial; justo lo que me faltaba —musitó Sakura—. Otro más.

—Se llama Neji. Es estudiante de último curso —añadió su amiga con amabilidad.

Ino no sospechaba que al pronunciar su nombre en voz alta le hacía un flaco favor a Sakura, puesto que, por alguna razón inexplicable, su amiga empezó a sentirse irritada y molesta otra vez.

—No se sabe nada de él. Lo más seguro es que Zach me llame con algunas novedades este fin de semana —informó Naruto encogiéndose de hombros—. Siempre sabe dónde está todo el mundo y qué está haciendo.

El resto del día pasó sin pena ni gloria, aunque tras saber que no iba a toparse  con  ninguno  de  los  chicos  Uchiha,  ni  con  ninguna aparición espectral, se sintió aliviada. De hecho, durante el entrenamiento incluso empezó a animarse mientras corría entre la niebla y chapoteaba sobre charcos fangosos con Ino. La entrenadora Tar no hizo comentario alguno sobre la marca tan pobre de Sakura, pero sabía que aquello no se alargaría mucho más. Necesitaba ganarse esa beca, y la entrenadora no iba a olvidarse con tanta facilidad.

Había conseguido escabullirse durante todo el día, esquivando miradas y comentarios. Cuando Sakura llegó al trabajo por la tarde, mucho más tranquila, se percató de que la tienda estaba repleta de niños del colegio que habían entrado a comprar algún que otro caramelo o una lata de refresco.

—¿Por qué no vas a la trastienda y me echas una mano con el almacén? — le pidió Shizune mientras le daba un suave codazo en el brazo—. Dejarán de venir para quedarse embobados y boquiabiertos si creen que te has marchado.

—¿Acaso no tienen nada mejor que hacer un viernes por la noche? — preguntó desesperada.

—Pero, bueno, ¿en qué isla has crecido tú? —le respondió Shizune con ironía. Sakura apoyó la frente en el hombro de Shizune durante unos instantes y después se incorporó—. Deberías hacer también el inventario. Y tómate el tiempo que necesites —añadió Shizune mientras Sakura se dirigía hacia la trastienda.

Hacer inventario no solía ser la tarea predilecta de Sakura, pero sin duda, esta noche se había convertido en su favorita. Estuvo tan ocupada contando cada objeto de la tienda que, antes de que se diera cuenta, ya estaban iniciando el ritual de recoger y echar el cierre.

—Así pues, ¿qué ha pasado exactamente entre tú y ese chico, Sasuke? — inquirió Shizune sin apartar la vista del montón de facturas que se disponía a clasificar.

—Ojalá lo supiera —suspiró Sakura al mismo tiempo que se apoyaba en el mango de la escoba.

—Todo el mundo cuchichea sobre vosotros. Y no solo los niños —agregó Shizune con una sonrisa picarona—. Así que dime, ¿qué pasa?

 —Mira,   si   tuviera   una   explicación   para   ello,   créeme   que   estaría pregonándola a los cuatro vientos por las calles. No tengo ni la menor idea de por qué le ataqué —confesó Sakura—. Y, por si fuera poco, lo de ayer no es lo peor de todo.

—Oh, vas a tener que explicarme eso, jovencita —dijo Shizune apartando las facturas—. Venga, dímelo. ¿Qué es lo peor de todo?

Sakura sacudió la cabeza y empezó a barrer la tienda sin ton ni son. Oía una vocecita en el interior de su cabeza que le murmuraba cosas como«bicho raro», «monstruo» o incluso «bruja». A pesar de silenciarla con destreza, en un momento u otro la voz siempre regresaba. Descubrir que en realidad era alguna de esas cosas lo que más le aterrorizaba era lo peor de toda aquella historia.

—No es nada —respondió incapaz de alzar la vista.

—Que no hables del asunto no implica que se esfume como si nada, ya lo sabes —insistió Shizune.

Sakura sabía que tenía razón y que podía confiar en Shizune. Además, necesitaba hablar con alguien sobre aquel tema o enloquecería por completo.

—Tengo pesadillas. En concreto, me persigue una que se repite una y otra vez. Parece real, como si me trasladara a otro lugar mientras duermo.

—¿Y adónde vas? —preguntó Shizune con tono amable mientras salía de detrás del mostrador e impedía a Sakura seguir barriendo la tienda.

La chica evocó aquel mundo desamparado y estéril por el que había merodeado durante las últimas noches.

—Es un lugar árido. Todo es de color blanquecino y anodino. Oigo el murmullo del agua a lo lejos, como si hubiera un riachuelo en alguna parte, pero no puedo alcanzarlo. Es como si intentara encontrar algo, o eso creo.

—¿Con que un paisaje desértico, eh? Es algo muy habitual en el  imaginario de los sueños —le aseguró Shizune—. Aparece en todos los libros de interpretación de sueños, y todos los países que he visitado narran pesadillas como la tuya.

 Sakura tragó saliva, algo frustrada, y asintió con la cabeza.

—Sí, pero cuando me levanto por la mañana mis pies…

La joven se frenó rápidamente al darse cuenta de que sonaba como una chiflada. Shizune la observó con detenimiento durante un momento.

—¿Eres sonámbula, cielo? ¿Es eso? —le preguntó Shizune tomándola por   los hombros para zarandearla, obligándola así a mirarle a los ojos.

Sakura levantó las manos y sacudió la cabeza.

—No sé lo que me pasa. Pero me despierto agotada, Shizune —admitió mientras unas lágrimas se deslizaban por su rostro—. Aunque consigo conciliar el sueño, me levanto con la sensación de haber estado corriendo durante horas. Creo que me estoy volviendo loca —reconoció antes de  dejar escapar una risa nerviosa.

Shizune la envolvió en uno de sus abrazos con aroma a bizcocho.

—No te preocupes. Ya lo resolveremos —la alentó con ternura—. ¿Ya has hablado con tu padre sobre esto?

—No. Y tampoco quiero que tú lo hagas —insistió Sakura mientras retrocedía para mirar a Shizune, quien la observaba con una mirada inquisitiva—. La semana que viene, si aún estoy pirada, se lo contaré, pero creo que ya hemos tenido suficiente dramatismo esta semana.

Shizune asintió con la cabeza.

—Cuando decidas que estás preparada para contárselo a tu padre, estaré allí, a tu lado. Mi pequeña crazy —bromeó, y ambas esbozaron una  sonrisa.

Sakura agradecía tener a alguien como Shizune, alguien que la escuchara con seriedad cuando lo necesitaba y que dejara esa prudencia a un lado en el momento apropiado.

—Creo que deberíamos marcharnos y dejar el resto como está —añadió antes de volver a estrecharla entre sus brazos—. ¿Lista para irnos? — preguntó mientras guardaba el dinero en la caja fuerte que había detrás del mostrador.

 Sakura guardó la escoba y se dirigió hacia la puerta trasera de la tienda. Tras apagar las luces, cerró con llave y siguió a Shizune, que caminaba por el callejón hacia su coche con las llaves tintineando en la mano. Ninguna de las dos oyó ruido alguno. De pronto, tras un débil destello de luz azul, Sakura comenzó a ver borroso y a percibir un extraño olor. Aquel aroma, una mezcla de cabellos chamuscados y ozono viciado, le resultaba nauseabundo a la vez que familiar. En ese preciso instante, Shizune se desplomó sobre el suelo como si de una marioneta a quien le han cortado los hilos se tratara. Siguiendo su instinto, Sakura estiró los brazos para intentar evitar que su amiga se hiciera daño al toparse con el suelo, de forma que el agresor, desde atrás, aprovechó la oportunidad para cubrirle la cabeza a Sakura con una bolsa oscura.

Estaba tan sobresaltada que no era capaz de gritar. En el momento en que se apoyó sobre el pecho de su atacante, supo que se trataba de una mujer. Sakura era consciente de su fortaleza: no era la de una chica, sino la de un oso. Flexionó las rodillas y apoyó con seguridad las plantas de los pies en la acera, preparada para darle a su raptora el susto de su vida. Dobló la espalda e intentó deshacerse de los brazos de su atacante, pero cuál fue su sorpresa al averiguar que la mujer desconocida era tan increíblemente fuerte como ella. Sakura tenía las de perder.

Las suelas de las zapatillas de deporte se resquebrajaron bajo la presión de los pies de Sakura, quien seguía intentando quitarse de encima a su raptora. Dio un paso hacia delante y después otro, avanzando descalza  con dificultad mientras arrastraba a la mujer con ella. Sakura oyó un grito ahogado y acto seguido la atacante la soltó sin más. Mientras forcejeaba con la bolsa de terciopelo negro que  seguía cubriéndole la cabeza, distinguió una rápida sucesión de bofetadas, golpes secos y jadeos de aturdimiento. Tras una ráfaga de aire y un sonido entrecortado, como si alguien se alejara a gran velocidad, la joven se quitó la capucha y se apartó el cabello de la cara.

Sasuke Uchiha estaba frente a ella, con el cuerpo en tensión y escudriñando el horizonte en busca de algo que Sakura, desde su posición, era incapaz de divisar.

—¿Estás herida? —le preguntó con voz temblorosa sin apartar la vista de la lejanía. Tenía el labio manchado de sangre y la camisa hecha jirones.

 Sakura dudó durante unos instantes en decirle que se encontraba bien, pero entonces oyó los susurros de las hermanas lamentándose.

Sasuke bajó la vista y en cuanto su mirada gélida se cruzó con la calidez de los ojos verdes de la chica, ella sintió un escalofrío que le recorrió las piernas. Sakura se puso de pie de un salto y adoptó una postura de  ataque. Los susurros aumentaron hasta transformarse en gemidos; en ese instante, pudo vislumbrar los cuerpos blanquecinos y trémulos y las cabezas inclinadas de las tres hermanas titilando en su campo de visión. Retrocedió un paso y apretó los párpados de manera voluntaria. La ira y la rabia eran tan intensas que incluso creía que sus órganos explotarían en cualquier momento.

—Vete, por favor —rogó—. Me has ayudado y te lo agradezco. Pero todavía quiero, ansío con todas mis fuerzas, matarte.

Se produjo un silencio breve y Sakura notó como Sasuke recobraba el aliento.

—Esto también es difícil para mí, ¿lo sabes? —le respondió con voz entrecortada.

Con los ojos aún cerrados, la joven oyó un sonido deslizante, como si algo raspara el suelo, y sintió una ráfaga de aire. Cuando al fin se atrevió a abrirlos, Sasuke había desaparecido por arte de magia y, con él, los  espíritus burlones.

Sakura se agachó junto a Shizune para comprobar si estaba sangrando. Le revisó las manos e inspeccionó cada centímetro hasta las rodillas, pero,  por increíble que pudiera parecer, no tenía magulladuras, ni rasguños, ni arañazos de ningún tipo. Respiraba con regularidad, pero aún seguía inconsciente. Sakura se arriesgó a recogerla con la esperanza de estar haciendo lo correcto al mover su cuerpo. Con amabilidad y ternura, colocó a Shizune en la parte trasera del coche y, mientras marcaba el teléfono móvil de su padre, se acomodó en el asiento del conductor. Al arrancar el motor, escuchó la primera señal de llamada.

—¡Papá! Tienes que venir al hospital —espetó en cuanto él descolgó el teléfono.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Estás…? —empezó asustado.

 —No  es  por  mí,  es  por  Shizune.  Estoy  de  camino  a  urgencias  y estoy conduciendo, así que no puedo hablar mucho por teléfono. Ve hacia allí — ordenó. Después, pulso el botón rojo y lanzó el teléfono en el asiento del copiloto sin esperar la respuesta de su padre.

Ya podía inventarse una mentira de las buenas; y más le valía que fuera rápida, porque el hospital estaba a tan solo unos minutos. Aparcó frente a la entrada y llamó a la policía. Dijo que habían atacado a una amiga y que estaba en el hospital. Sakura titubeó. Se sentía   insegura y nerviosa, sin saber cómo debía entrar en la sala de urgencias. No quería abandonar a Shizune en el coche, pero tampoco podía cogerla en volandas y dejar al descubierto su estrafalaria fortaleza delante de tantísimas personas, así que finalmente decidió entrar sola.

—¿Ayuda? —farfulló con timidez a la enfermera encargada de la admisión de pacientes. Su intervención no sirvió para nada en absoluto, así que alzó el tono de voz y se dispuso a saltar—. ¡Ayuda! Mi amiga está afuera, ¡y está inconsciente!

Eso hizo que la gente empezara a correr.

Cuando al fin su padre llegó y ambos se aseguraron de que Shizune saldría indemne del ataque, Sakura declaró ante la policía. Les contó que una mujer, a la que no tuvo la oportunidad de ver en ningún momento, provocó el desmayo de Shizune con una cosa que destellaba una luz azulosa. Cuando Sakura advirtió que Shizune se desplomaba repentinamente, salió corriendo por el callejón; al parecer, aquello había asustado a la desconocida, por que huyó sin más. Por supuesto, no dijo una palabra sobre el casi estrangulamiento, la lucha libre o el hecho de que Sasuke Uchiha hubiera aparecido de la nada para darle una paliza a superwoman. Lo último que necesitaba era complicar esa situación y mucho menos vincularse con Sasuke Uchiha, que, por cierto, ¿qué estaba haciendo allí?

—¿Qué les ha pasado a tus zapatos? —le preguntó el agente de policía. A Sakura empezó a palpitarle el corazón. ¿Cómo había podido pasar por alto que iba descalza?

—No los llevaba —afirmó algo precipitada. Después, titubeando añadió—: Antes, mucho antes, se me rompieron…, mientras estaba arreglando el almacén, en la trastienda. Así que me descalcé. Cuando vi que Shizune estaba herida los tiré y vine directamente hacia aquí.

 «Es la peor mentira del mundo», pensó Sakura. Sin embargo, el agente asintió con la cabeza.

—Encontramos un par de zapatillas de deporte rotas en el callejón — confirmó como si Sakura le hubiera detallado justo lo que él esperaba.

Le explicó que Shizune había recibido el impacto de una pistola eléctrica y que, como la agresora había descargado toda el arma con Shizune, se vio obligada a huir al ver llegar a otra persona. 

—Una cosa más —dijo el agente antes de dar media vuelta—. ¿Cómo has podido subirla al coche tu solita?

Tanto el agente de policía como su padre se quedaron mirándola durante un instante, con cara de asombro y perplejidad.

—¿Fuerza de voluntad? —respondió de manera poco convincente con la esperanza de que se lo creyeran.

—Ha tenido suerte de tenerte cerca. Has sido muy valiente.

El agente le regaló una sonrisa de aprobación, pero ella no podía soportar que la alabaran por engañar y mentir. Agachó la cabeza y contempló sus pies descalzos, lo cual le recordó lo tonta que había sido por descuidar ese pequeño detalle desde el principio. Tendría que aprender a ser más cuidadosa. Cuando la policía acabó de interrogar a Shizune, la joven y su padre entraron en la sala para ver qué tal estaba. A diferencia de Sakura, ella sí tuvo tiempo de echar un vistazo a la desconocida antes de perder el conocimiento.

—Era mayor que yo… Rozaba los sesenta. Tenía el cabello corto con canas. Por su aspecto hubiera jurado que era totalmente inofensiva, pero por lo visto estaba equivocada —comentó algo arrepentida—. ¿Qué demonios? ¿Desde cuándo las ancianas se pasean por ahí disparando pistolas eléctricas?

Shizune intentaba quitarle hierro al asunto con sus bromas, pero Sakura estaba segura de que aún estaba conmocionada, pues tenía el  rostro pálido y los ojos vidriosos, como si estuviera a punto de llorar. Kizashi decidió pasar la noche con Shizune y acompañarla a casa cuando recibiera  el  alta  médica.  Los  médicos  aconsejaron  que  no condujera durante  algunos  días,  así  que  Sakura se  ofreció  a llevarse  su  coche y traérselo de vuelta el domingo. Shizune le agradeció el gesto, aunque ella tenía sus propios motivos para querer el coche de su amiga. Había un detalle más del que debía ocuparse antes de llegar a casa.

Tras cruzas la isla por la carretera Milestone en dirección a la finca en donde vivía la familia Uchiha en Siasconset, el miedo empezó a apoderarse de ella. Cuanto más se aproximaba, más intensos eran sus temblores, pero no tenía elección. Debía cerciorarse de que Sasuke no abriera la boca y desvelara información sobre el ataque; de lo contrario, estaría metida en  un lío horrible. Sin embargo, tenía el presentimiento de que no se lo contaría a nadie. El clan Uchiha invertía muchísimos esfuerzos en aparentar normalidad, pero Sakura sabía que aquella naturalidad no era real. Nadie con una fuerza humana habría sido capaz de impedir que estrangulara a Sasuke si se lo hubiera propuesto. Sasuke era igual que ella.

La idea le revolvió las tripas. ¿Cómo podía parecerse a alguien que odiaba de tal manera? Primero, tenía que asegurarse de que el chico no mencionara una sola palabra de todo aquel asunto a la policía; pero tras ese encuentro estaba decidida a despreciarle desde la máxima distancia. Tenía que concentrarse para conducir entre la niebla. Bajo la tenue luz de la aurora, la joven se adentraba en una propiedad privada, sin saber en qué dirección debería girar el volante. Frenó el vehículo y se apeó de él  para caminar sigilosamente hacia el arrullador sonido del océano. Solo había podido disfrutar de las vistas de la finca desde la playa y, en estos momentos, intentaba indagar en su memoria en busca de alguna estatua o elemento decorativo que podría reconocer. Entonces advirtió un traspié,  un ruido sordo detrás de ella. Dio media vuelta sobre su talón y avistó a Sasuke, que avanzaba con su paso firme hacia ella, acercándose a zancadas largas y enérgicas.

—¿Qué estás haciendo aquí? —medio ladró, medio susurró.

Sakura retrocedió un par de pasos y se detuvo de manera inesperada para no dejarse intimidar por Sasuke. Bajo aquel resplandor grisáceo la joven vislumbró los cuerpos blanquecinos de las tres hermanas, que se arrastraban sigilosamente por el césped arenoso, dejando tras de sí una estela de polvo mientras temblequeaban entre sollozos.

—¿Qué hacías allí? ¿Acaso estabas siguiéndome? —le preguntó con voz acusadora.

 —Pues sí —le replicó toscamente sin dejar de avanzar hacia ella—. ¿Qué diantres estás haciendo en la finca de mi familia?

Cuando Sakura se dio cuenta de que al ir a su casa había cruzado el  límite, ya era demasiado tarde. Allí donde antes hubo odio y rencor, ahora había violencia. Esa tensión deformaba los rasgos de Sasuke, quien adoptó una postura amenazante hacia Sakura. Seguía siendo grácil, pero demasiado cruel para resultar atractivo.

«Está bien —se dijo a sí misma— Hagámoslo de una vez».

Sakura bajó los hombros, se acercó y se propulsó como un bólido hacia su pecho; un instante más tarde, ambos estaban dando volteretas por el suelo hasta que él quedo tumbado debajo de ella. Sakura se dispuso a endiñarle un puñetazo en la cara, pero él la agarró por los brazos. Ella estaba  encima y, en teoría, atraparla por el brazo hubiera sido imposible, pero jamás se había peleado, ni había golpeado a nadie, así que no tenía experiencia. Él, en cambio, parecía no desperdiciar ninguno de sus movimientos, como si hubiera mantenido luchas como esa toda su vida. Sakura notó que hacía algo con las caderas y, de un momento a otro, era él quien estaba encima. Tenía las manos sujetas por encima de la cabeza y los pies inmovilizados; solo podía mover los talones, lo cual le servía para apañarse inútilmente con el suelo. Intentó morderle en la mejilla, pero él la esquivó sacudiendo la cabeza.

—Quédate quieta o te mataré —avisó Sasuke apretando los dientes.

Él jadeaba, pero no porque estuviera sin aliento, sino por que estaba procurando controlarse.

—¿Por qué has venido aquí? —le preguntó casi rogándole.

Sakura dejó de resistirse y miró su rostro enfurecido. Sasuke tenía los ojos cerrados. La joven se percató de que estaba utilizando el mismo truco que ella había empleado en el callejón. Ella también había apretado los ojos y lo cierto es que se sintió un poquito mejor.

—He mentido a la policía. No les he contado que tú también estabas allí — gruñó Sakura mientras sentía un peso inhumano sobre el pecho que le impedía respirar—. ¡Me estás aplastando!

—De acuerdo —accedió él mientras desplazaba el peso de forma que Sakura pudiera llenar de aire sus pulmones—. ¿Tú también tienes los ojos cerrados? —le preguntó con más curiosidad que rabia.

 —Sí.  La  verdad  es  que  ayuda  un  poco  —respondió  enseguida— Tú también las ves, ¿verdad? A las tres mujeres, me refiero.

—Claro que sí —contestó algo desconcertado. —¿Qué son?

—Las Euménides. Las furias. Tú no puedes entenderlo, pero… —De pronto, tras escuchar que alguien le llamaba desde lo que Sakura supuso que era su casa, Sasuke se calló. Instantes más tarde añadió—: Maldita sea. Si te encuentran aquí estás muerta. ¡Vete! —le ordenó. Rodó por el suelo y, tras alzarse de un brinco ágil, desapareció corriendo.

De inmediato, Sakura echó a correr como un bólido sin mirar atrás. Sentía cómo las tres hermanas intentaban alcanzarla con sus brazos blancos y pegajosos y sus dedos manchados de sangre, casi rozándole el cuello por detrás. Huyó aterrada hacia el coche de Shizune, se lanzó hacia el interior y condujo a toda velocidad. Tras un kilómetro, tuvo que frenar para recuperar el aliento. En ese instante se percató de que el aroma de Sasuke se había quedado aferrado a su ropa. Un tanto indignada, se quitó la camiseta y condujo el resto del viaje en sujetador. Nadie podría verla y, en caso de que lo hicieran, pensarían que había salido de darse un baño antes del amanecer. Al principio, arrojó la camiseta en el asiento del conductor, pero la esencia de Sasuke seguía enturbiando el ambiente, desprendiendo un aroma a hierba fresca, pan recién salido del horno y nieve. En un arranque de impotencia, gritó a pleno pulmón al volante y lanzó la camiseta por la ventanilla.

Cuando llegó a casa estaba tan cansada que lo único que quería era dormir, pero no podía tumbarse en la cama sin ducharse antes. Tenía que deshacerse del olor de Sasuke o el hedor la perseguiría en sus sueños. Sakura estaba hecha un asco. Tenía los codos y la espalda enfangados y los pies completamente negros. Mientras observaba cómo la mugre se escurría de las piernas y los tobillos hacia el desagüe, pensó en las tres hermanas y en su eterno sufrimiento. Sasuke se había referido a ellas como las furias, y debía admitir que el nombre era más apropiado. En ese instante recordó con vaguedad una charla de Hergie en la que mencionaba ese nombre en algún momento, pero, por mucho que le diera vueltas, no lograba acordarse en qué historia estaban involucradas. Por alguna razón, imaginaba un escenario con togas y armaduras, pero no estaba del todo segura.

Cogió la piedra pómez y raspó cada mota de suciedad antes de cerrar el grifo de la ducha. Después, permaneció entre el vapor de agua y unos segundos; más tarde, se aplicó crema hidratante con un aroma dulzón, dejando que su piel la absorbiese para borrar todo rastro de Sasuke. Cuando al fin se derrumbó sobre la cama, todavía envuelta en una toalla húmeda, el sol ya bañaba la isla de Nantucket.

Sakura estaba caminando por las mismas tierras desérticas, oyendo el crujido de la hierba marchita con cada paso que daba. Unas diminutas nubes de polvo se arremolinaban alrededor de sus pies descalzos y se aferraban a la humedad que le bañaba las piernas, como si la inmundicia intentara brincar del suelo para beberse su sudor. Incluso el aire se respiraba arenoso. No oía el zumbido de ningún insecto junto a los matorrales y, hasta el momento, no había avistado a ningún animal merodeando por el páramo. El cielo era de un azul brillante que resultaba cegador, pero no había ni rastro del sol. No soplaba el viento y no había una sola nube; hasta donde la alcanzaba la vista, aquello no era más que un paisaje maldito y rocoso. Sin embargo, su corazón le decía que en algún lugar cercano corría un río, así que Sakura continuó caminado, caminando y caminando.

Se despertó unas horas más tarde con los brazos y las piernas entumecidos, con un dolor de cabeza que le amartillaba el cráneo y los  pies sucios. Se levantó de un salto de la cama para limpiarse el barro de  las piernas, una costumbre nocturna que cada vez era más habitual, y se puso un vestido de tirantes. Después se sentó frente al ordenador para buscar información sobre las furias. La primera página que apareció le produjo escalofríos. Nada más abrirla  vio una sencilla línea que dibujaba un esbozo en el costado de una vasija. Representaba con todo lujo de detalles los tres horrores que habían estado atormentándola durante los últimos días. Leyó con detenimiento el texto que había al pie de la ilustración, que describía con exactitud el aspecto físico de las tres hermanas. Sin embargó, el resto del texto la dejó algo confusa. Según la mitología clásica griega, eran tres erinyes, o furias, que lloraban sangre, igual que en las visiones de Sakura. No obstante, sus investigaciones le desvelaron que la tarea de las furias era perseguir y castigar a malhechores. Sakura sabía que no era perfecta, pero jamás había actuado con maldad y, sin duda, nunca había hecho nada que mereciera una visita de los tres personajes mitológicos que encarnaban la venganza.

A medida que continuaba leyendo, averiguó que las furias hicieron su primera aparición en la Orestíada, un ciclo compuesto entorno al  personaje de Agamenón. Después de dos horas seguidas esclareciendo y desenmarañando lo que tuvo que ser la primera y más sangrienta telenovela de la historia, al fin logró entender el hilo de la trama. Lo esencial era que un pobre niño llamado Orestes fue obligado a asesinar a la madre porque esta había matado a su padre, Agamenón. Sin embrago, la madre había mandado al otro mundo al padre porque este, a su vez, había ejecutado con sus propias manos a su hija, a su querida hermana pequeña de Orestes, Ifigenia. Para rizar aún más el rizo, el padre había matado a su hija porque así se lo habían pedido los dioses, como sacrificio para que el viento soplara y los griegos pudieran llegar hasta Troya para combatir en la guerra de Troya. El pobre Orestes se vio coaccionado a matar a su madre, lo cual no dudó en hacer, y por ese pecado las furias le persiguieron por todo el mundo hasta que él perdió la cordura. Lo irónico del asunto es que jamás tuvo elección. Desde el principio estaba condenado, tanto si cometía el crimen como si no.

Después de leer la tragedia de cabo a rabo, siguió sin tener ni la más remota idea de cómo relacionarla con sus propias circunstancias. Las furias deseaban que matara a Sasuke, eso lo tenía claro, pero si lo hacía, ¿la perseguirían por haber cometido un asesinato? Le daba la sensación de que las furias no conocían el significado de «justicia», si rogaban que asesinaras a alguien para después castigarte por cometer tal crimen. Se trataba de un círculo vicioso sin fin, y Sakura continuaba sin saber cómo había empezado todo. Las furias habían aparecido sin más en su vida, como si se hubieran trasladado a Nantucket junto con la familia Uchiha.

De repente, la adrenalina le empezó a correr por las venas. ¿Era posible que los Uchiha fueran unos asesinos? Había algo que la empujaba a no creérselo. Sasuke había gozado de varias oportunidades para arrebatarle la vida y, sin embargo, no lo había hecho. Incluso se había enfrentado a una desconocida para salvarla. A Sakura no le cabía ninguna duda de que él ansiaba matarla, pero el hecho era que jamás le había levantado la mano. Si en algún momento le había hecho daño, había sido en defensa propia.

 Sakura apagó el ordenador y bajó al comedor en busca de su padre. Al   no encontrarle en casa, corrió hacia el coche y cogió el teléfono móvil del asiento del copiloto. Kizashi le había enviado un mensaje de texto diciendo que aún estaba en casa de Shizune. Sakura comprobó la hora, eran las tres de la tarde. ¿Qué demonios estaba haciendo aún allí? Se le ocurrió una idea fantástica, aunque le resultaba un poquito repugnante.

Tendría sentido que Kizashi y Shizune empezaran a salir. Se lo pasaban en grande en mutua compañía, trabajaban en armonía juntos y resultaba más que evidente que se preocupaban el uno por el otro. Shizune era más joven que su padre y, sin duda alguna, podría conseguir a cualquier chico que se propusiera, pero no creía que pudiera encontrar a un hombre más bueno que su padre. Y, definitivamente, Kizashi se merecía empezar  de nuevo y pasar página. La madre de Sakura le había tratado como a un perro y él jamás lo había superado, lo cual hacía que se sintiera mal.

Acarició el colgante de su collar favorito. Por enésima vez en su vida estaba considerando seriamente quitárselo, pero sabía que no lo haría. Cada vez que había intentado salir a la calle sin el collar, no podía evitar obsesionarse con él, imaginándoselo sin parar. Al final siempre acababa rindiéndose y volvía a atárselo alrededor del cuello para recuperar su paz y tranquilidad mental. Sakura se dio cuenta de que a lo mejor eso significaba que quizá sufría algún trastorno maternal grave, pero comparado con el resto de las cosas que no acababan de encajar, aquel era el menor de sus problemas. De repente, emergió una imagen en su cabeza: el rostro de Sasuke a menos de un palmo del suyo, con los ojos cerrados y ambos rodeados de una oscuridad absoluta. Tenía que inventarse algo que hacer para distraerse antes de empezar a arrojar objetos al suelo, así que decidió que iría al supermercado.

El término oficial de «esclavo de la cocina», acuñado por la propia Sakura, consistía en un sistema de semanas alternas que empezó en cuanto ella cumplió la edad mínima para cocinar y, aunque su turno comenzaba el domingo por la mañana, la nevera estaba vacía. Confeccionó una lista, cogió el dinero destinado a los gastos de la casa del bote de galletas y condujo hasta el supermercado en el coche de Shizune. Le llamó la atención el gigantesco y lujoso todoterreno del aparcamiento y meneó la cabeza con desaprobación. La isla estaba repleta de personas que se paseaban con vehículos que ni tan siquiera cabían por los antiguos callejones de adoquines,  pero,  por  alguna  razón  que  desconocía,  aquel  vehículo   le provocaba aún más fastidio. A pesar de ser un coche híbrido y a sabiendas de que no contaminaba en exceso el medioambiente, se sentía irritada.

Cogió un carrito de la compra y lo empujó hacia el interior de la tienda. En cuanto saludó con la mano a unos compañeros del instituto que se ganaban un dinero extra trabajando como cajeros del supermercado, empezó a oír los murmullos de las tres hermanas. Se planteó la opción de salir corriendo de allí, pero, a estas alturas, todo el instituto creía que estaba como una cabra. Si desaparecía del supermercado como si hubiera visto un fantasma, los rumores sobre ella jamás cesarían. De modo que continuó empujando el carrito sin alzar la mirada, evitando así observar a las furias, aunque nada pudo hacer para impedir escuchar sollozos. Debía moverse con velocidad y comprar las cosas que necesitaba lo más rápido posible. Dedicó un solo instante a compadecerse por lo injusta que era su situación. No se merecía que alguien la atormentara de tal manera. No era justo. Se deslizó con brío por el supermercado, cogiendo tan solo alimentos que necesitaba para un par de días. De repente, el frenesí de pensamientos fue interrumpido por voces, voces humanas, que provenían del pasillo lateral.

—Ella no debería estar aquí —dijo una voz joven aunque muy seria. Sakura supuso que era Konan.

—Lo sé —respondió una voz masculina que Sakura adivinó que pertenecía a Kiba—. Tenemos que encontrar el modo de llegar a ella. No creo que Sasuke pueda soportarlo mucho más tiempo.

Sakura se quedó paralizada. ¿Qué quería decir con lo de «llegar a ella»? Permaneció inmóvil en mitad del pasillo, pensando a cámara lenta, hasta que se dio cuenta de ambos estaban doblando la esquina, adentrándose en su pasillo. En un intento de pasar desapercibida, Sakura se escondió detrás de un hombre que estaba justo a su lado. El llanto de las furias era tan atronador que incluso resultaba doloroso.

Dio media vuelta y, tras echar la cabeza hacia atrás para no colisionar con ese muro de musculatura, se dio cuenta que estaba frente a un descomunal pecho masculino. Bajo unos rizos castañoss, una mirada lila brillante taladró la de Sakura. A la jovencita se le antojó que aquel extraño fácilmente podía confundirse con la versión castaña del Adán de Miguel Ángel, que hasta entonces había decorado la cúpula de la Capilla Sixtina y que ahora merodeaba en tres dimensiones por el mundo. Jamás le había tenido tanto pavor a nadie en su vida.

De manera automática, dio un paso atrás y salió escopeteada sin dejar de empujar el carrito de la compra. El aire apenas le llegaba a los pulmones y, casi sin aliento, dio un traspié; el miedo había entorpecido todos sus movimientos. Entonces se produjo un destello momentáneo de luz trémula y el joven se alejó de ella a toda prisa mientras su cuerpo se convulsionaba con espasmos. Sakura olisqueó la combinación repugnante de cabello quemado y ozono que siempre le hacía pensar que había actuado mal. Mientras escudriñaba al monstruo rubio que se erguía ante ella, se le pasó por la mente la imagen del transbordador de Nantucket e intentó recuperar del olvido qué había sucedido aquel día exactamente. Tras unos instantes de aturdimiento, el extraño se recuperó y se inclinó hacia Sakura esbozando una sonrisa maligna y demoniaca en su rostro angelical. Estaban tan  cerca que incluso notó el calor que desprendía su cuerpo.

—¡Neji! —ordenó una voz familiar.

Sakura solo contó un segundo para certificar que se trataba de Sasuke, quien, de inmediato, la agarró por el hombro para arrastrarla lejos del Goliat que estaba hecho su primo. De forma instantánea, el miedo se convirtió en ira. Sakura rodeó a Sasuke y sacudió el brazo hasta soltarse.

—No me toques —bufó, algo mareada—. ¿Se puede saber por qué no puedes mantenerte alejado de mí?

—¿Se puede saber por qué no puedes quedarte en casa? —le contestó— ¿No te divertiste suficiente en el callejón anoche?

—¡Tengo que hacer recados! No creerás que voy a quedarme escondida en mi habitación el resto de mi vida mientras unas mujeres… —En ese instante, Sakura se dio cuenta de que había empezado a chillar, así que hizo una breve pausa y bajó el tono de voz antes de continuar—. ¿Todavía me persigues?

—Tienes suerte de que siga haciéndolo. Ahora, vete a casa —gruñó tras agarrarla por el brazo otra vez.

—Ten cuidado, Sasuke —advirtió Neji, pero Sasuke solo sonrió.

—Aún no puede controlarlo —contestó.

 —¿Controlar el qué? —escupió Sakura, furiosa; estaba llegando al límite de su paciencia.

—Ahora            no es el momento. Ni el lugar —susurró Kiba con voz entrecortada.

Sasuke asintió, demostrándole así que estaba de acuerd

Notas:

 


La chica volvió a liberarse con violencia de Sasuke. Sin inmutarse, el joven  la cogió de la mano y la sujetó con fuerza. Sakura tenía dos opciones.  Podía iniciar otra pelea delante de toda la tienda, y de sus clientes y trabajadores, o podía salir tranquilamente de allí cogida de la mano del chico más despreciable y vil del mundo libre. Se sentía tan frustrada que le daba la sensación de que un grito reprimido le retorcía los pulmones, pero no tenía elección.


Sasuke arrastró a la fuerza a la joven por toda la tienda, pasando por delante de una belleza con cabello oscuro que Sakura suponía era su otra prima, Hinata, quien, al verla, le dedicó una sonrisa de compasión. A ella las furias también le ponían los pelos de punta, de eso Sakura no tenía la menor duda. Durante un instante, pensó en responderle con el mismo gesto, pero no gozaba del mismo autocontrol que Hinata. Estaba demasiado enfadada como para manejar aquella situación. Si  aquella chica era capaz de ser amable en un momento tan crítico, sin duda alguna debía de ser la persona más agradable del mundo.


—Ni te atrevas a mirar a mi hermana —rugió Sasuke apretando los dientes mientras jalaba con brutalidad la mano de Sakura al pasar junto a la pequeña Konan.


La niña abrió la boca para decirle algo a su hermano, pero rápidamente la cerró y se dio media vuelta.


—No tengo comida en casa. ¿Qué se supone que tengo que hacer para cenar? —gruñó Sakura con la garganta reseca.


—¿Acaso te parece que me importa? —respondió mientras la sacaba a rastras de la tienda.


—No puedes tratarme así —dijo Sakura mientras avanzaban por el aparcamiento— Nos odiamos. De acuerdo. Entonces, ¿por qué no nos mantenemos alejados y punto?


 —¿Y cómo es que eso no ha funcionado hasta ahora? —preguntó Sasuke con frustración en vez de sarcasmo— ¿Acaso siempre vienes a este supermercado a la misma hora todo los sábados o, sencillamente, hoy te has acercado porque se te ha antojado?


—Nunca vengo el sábado porque hay demasiada gente. Pero necesitaba comprar comida —se justificó Sakura.


Sasuke, incrédulo, soltó unas carcajadas y apretó el brazo de la chica con más fuerza todavía. De repente, ella reparó en la cantidad de acontecimientos casuales y de impulsos que habían marcado sus decisiones en los últimos días. Al pensar sobre ello sintió que hacía días que no pensaba por sí misma, como si alguien estuviera eligiendo por ella.


—Las furias no permiten que nos rehuyamos —confesó Sasuke con voz adormecida.


—Entonces podemos elaborar una especie de horario o algo parecido… — empezó Sakura. Pero enseguida advirtió que era una sugerencia poco convincente, así que prefirió callarse antes de que él aprovechara la oportunidad de humillarla.


Una fuerza ancestral y sobrenatural la empujaba a matar a Sasuke. Lo más probable era que algo tan prosaico como un horario no disuadiera ese impulso.


—Mi familia todavía no ha tomado una decisión respecto a esto, respecto a ti. Pero estaremos en contacto —informó Sasuke.


Cuando llegaron al coche, Sasuke arrojó a Sakura contra la puerta del conductor, como si no pudiera evitar hacerle daño una última vez.


—Ahora vete a casa y quédate allí —le ordenó. El chico no se movió hasta que Sakura encontró las llaves del vehículo.


Durante un momento, mientras echaba marcha atrás con el coche de  Shizune, consideró la idea de acelerar el motor y atropellar a Sasuke, pero lo último que quería era echar a perder la capa nueva de pintura del coche de Shizune. En cuanto abandonó el aparcamiento, unas lágrimas de ira le brotaron de los ojos y no dejó de llorar durante todo el trayecto. Cuando al fin llegó a casa, fue directo a la cocina y se refrescó la cara.


 Se  sentía  completamente  avergonzada.  Parte  de  esa  humillación  se la había causado ella misma, al atacar a Sasuke en la escuela, aunque, por lo visto, él estaba decidido a denigrarla todavía más. Ni siquiera podía ir al supermercado de la isla a comprar comida. ¿Cómo iba a explicárselo a su padre?


Pensó en largarse de allí, pero al pensar en Kizashi… Era evidente que sus enemigos la superaban en número y, a no ser que estuviera dispuesta a renunciar a su padre y a abandonarle por el resto de sus días, tenía que esperar a que los chicos Uchiha decidieran qué hacer con ella. Se inclinó sobre el fregadero de la cocina y miró fijamente los cuchillos que estaban sobre la encimera. Si tuviera a Sasuke acorralado, tal y como él había apabullado, seguramente ya habría escogido con qué cuchillo le  atravesaría el corazón. Seguía sin conocer por qué sentía ese irreprimible impulso por asesinarlo. ¿Por qué se odiaban de tal manera? ¿Qué  propósito podía tener esa ira? De repente se acordó de Neji, de su sonrisa, y se le puso la piel de gallina. Si alguna vez se encontraban a solas, él no dudaría un segundo en quitarle la vida. No solo la acosaría, como había hecho hasta ahora su primo, sino que la mataría con regocijo.


Media hora más tarde, cuando su padre llegó a casa, Sakura seguía frente al fregadero. Se quedó inmóvil en la entrada de la cocina mientras echaba una rápida ojeada a su alrededor.


—¿He vuelto a hacer algo mal? —preguntó con los ojos como platos.


—¿Por qué me preguntas eso continuamente? —resopló Sakura.


—Porque desde hace días cuando llego a casa me miras como si hubiera olvidado tu cumpleaños o hubiera hecho algo igual de imperdonable.


—Bueno, ¿lo has hecho?


—¡No! ¡No he hecho nada! Nada malo, me refiero —reafirmó con el rostro serio, aunque el rubor que enrojecía las mejillas le delataba.


—¿Debería preguntarte qué hay entre Shizune y tú o sería demasiado grosera?


—Eh. No hay nada entre nosotros. Solo somos buenos amigos —contestó con gestos adusto.


 Sakura  sabía  que  había  algo  detrás  de  esas  palabras,  pero  en  aquel momento no le interesaba seguir por ese camino.


—Allá tú —dijo Sakura mientras se encogía de hombros para demostrar su falta de interés.


Kizashi alzó la cabeza enseguida, algo asombrado por el resentimiento que destilaba la voz de su hija.


—Antes no eras tan mezquina, Sakura.          


Ella se cruzó de brazos y miró hacia su izquierda, donde no había absolutamente nada, pero estaba demasiado avergonzada como para mirar a su padre a la cara. Podía controlar el miedo de ser perseguida por espíritus vengativos del Hades, pero no estaba dispuesta a tolerar que ese terror la convirtiera en una arpía. Fuera cual fuera la decisión del clan Uchiha, solo esperaba que la tomaran rápido. Empezó a balbucear una disculpa, pero alguien llamó a la puerta y se libró. Kizashi fue a abrir la puerta y, después de unos segundos, llamó a su hija.


—¿Quién es? —quiso saber mientras se disponía a salir de la cocina. En la puerta principal había un repartidor cargado con bolsas y más bolsas de comida.


—Aquí dice que son tuyas —informó Kizashi, quien sujetaba una nota con el nombre de Sakura escrito.


—Pero yo no he encargado comida —notificó Sakura al repartidor.


—El encargo se realizó a nombre de la señora Mikoto Uchiha, que nos pidió que se entregara a la señorita Sakura Haruno. Está todo pagado —añadió con ganas de marcharse.


Kizashi le dio algo de propina al chico, agarró las bolsas de comida y las llevó a la cocina mientras Sakura leía la nota.


 


Señorita Haruno:


Te ruego que disculpes a mi hijo por el vergonzoso comportamiento que ha mostrado hacia ti en el supermercado esta tarde. Si no puedes aceptar una disculpa, por favor, acepta estas pocas cosas que te he enviado. Sé lo que es intentar preparar la cena sin tener los alimentos necesarios, aunque, por lo que parece, mi Sasuke no lo entiende.


MIKOTO DELOS


 


Sakura se quedó mirando la nota aun después de haberla leído un par de veces. El gesto le llegó al corazón. Le daba la impresión de que Mikoto Uchiha era distinta al resto de la familia, pero no sabía qué la diferenciaba.


—¿A qué se refiere con lo de «vergonzoso comportamiento», Saku? — preguntó Kizashi, que revisaba la nota por encima de su hombro. Sakura conocía a la perfección ese tono de voz, entre indignado y enfurecido— ¿Qué te ha hecho Sasuke esta vez?


—No, papá, no ha pasado nada. Mikoto está exagerando —mintió Sakura  para quitar hierro al asunto.


—No podemos aceptar el regalo. Hay más de cien dólares en esas bolsas — discutió.


—Oh, ¡por el amor de Dios, papá! —protestó mirando al techo. Inspiró profundamente y dio una explicación—. De acuerdo, tú ganas. Sasuke y yo hemos vuelto a pelearnos hoy en el supermercado, pero esta vez no hemos llegado a las manos. En fin, el caso es que él empezó la discusión y no pude comprar todas las cosas que necesitaba, y lo más probable es que uno de sus hermanos o primos le haya contado a su madre que no he podido hacer la compra, y por eso me ha enviado todas estas bolsas repletas de comida. Es más que evidente que es una bellísima persona, así que no quiero le digas nada al respecto. Y ahora, ¿podemos, por favor, por favor, dejar el tema?


—¿Qué demonios os pasa? —preguntó Kizashi, atónito tras unos instantes de silencio absoluto—. ¿Estáis saliendo juntos? —preguntó aterrorizado.


Sakura soltó unas risotadas.


—No, no estamos saliendo. Estamos intentando no matarnos. Y lo cierto es que, de momento, no está funcionando demasiado bien —respondió  Sakura confiando en que la verdad sería tan inconcebible que su padre se lo tomara a broma. Y desde luego, así fue.


Parecía afligido.


—Nunca has tenido novio. ¿Quizás ha llegado el momento de tener una charla sobre lo que hacen un hombre y una mujer cuando se aman?


—En absoluto, papá —respondió Sakura, convencida.


 —Bien —contestó más aliviado. De repente, se produjo un silencio extraño e incómodo—. Entonces… Podemos comernos todo eso, ¿verdad?


—Desde luego.


Sakura dio media vuelta y se dirigió hacia la cocina mientras su padre de apresuraba hacia el comedor para sintonizar el canal de deportes, que jamás le decepcionaba.


Sakura  preparó  unas  deliciosas  bruschettas  con  sabrosa  mozzarella  de búfala, tomate fresco, perejil y unas gotas del exquisito aceite de oliva español que la señora Uchiha había incluido en las bolsas. Entonces pensó en su padre, en cómo ignoraba las fuerzas que estaban destruyendo la  vida de su hija. Con todo lo que estaba sucediéndoles en aquellos momentos, sabía que, probablemente, no podría disfrutar de más noches de cena casera y partido de béisbol, aunque lo cierto era que la idea no le perturbaba tanto como hacía unos días. Si la familia Uchiha quería a Sakura, vendrían a buscarla. Estaba harta de estar enfadada todo el tiempo. Luchar y matar o luchar y morir, la verdad es que no le importaba. Siempre y cuando pudiera mantener a su padre alejado de toda esa tragedia griega absurda, se enfrentaría a todo lo que se le cruzara en su camino.

Capítulo 5 por chloe_moony
Notas de autor:

Hola!

¿Qué tal están? Espero que bien. Ya he puesto un capítulo adicional con lo que falta del capi anterior... Lo siento mucho pero no me di cuenta u.u

Pero ya está arreglado, ahora pueden continuar leyendo el capítulo 4 y seguir con el 5 ^^

Muchas gracias a todos por los comentarios y las visitas!!! Disfruten de su lectura!!

 

Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

 

P.D.: Si, el tipo que se parece a Miguel Angel es Neji, al fin salió y se presentó

 Capítulo 5

 

 

 

Asistir  al  instituto la  semana  siguiente  fue  una  tortura. El lunes, Sakura procuró mantenerse lejos de la familia Uchiha, pero cada esfuerzo que hacía  para evitar cualquier tipo de contacto parecía conducirla directamente hacia ellos. Llegó a la escuela más pronto de lo habitual para asegurarse de entrar antes que ellos, pero al asomarse por el aparcamiento avistó a los Uchiha apeándose del gigantesco todoterreno oscuro que había visto en el supermercado. Se apresuró en poner el candado a su bicicleta y coger las mochilas, pero las prisas solo le sirvieron para toparse con Kiba y Neji. La joven aminoró el paso para dejar que ellos se adelantaran y, de forma casual, se colocó junto a Sasuke, que estaba ayudando a su hermana pequeña a sacar el violonchelo del maletero. Sakura dio un paso hacia delante y enseguida se encaminó hacia su bicicleta, donde se quedó esperando hasta que todos ellos hubieron desaparecido por la puerta de entrada de la escuela.

 

Ese mismo día consiguió un permiso que le autorizaba a almorzar fuera del comedor y cuál fue su sorpresa al encontrarse con Konan practicando en silencio con su violonchelo en el patio. Al dar media vuelta para deshacer el camino, se topó de frente con Hinata. Tras el roce físico, Sakura notó un extraño picor en todo el cuerpo, como si se tratara de una reacción alérgica y, a pesar de pretender ser agradable y esbozar una sonrisa a modo de disculpa, Hinata apretó los puños sin dejar de sujetar el estuche en el que guardaba su violín. Sakura se tropezó en un intento de alejarse  de ella mientras las dos murmuraban disculpas.

 

—A Konan y a mí nos han dado un permiso especial para salir al patio a ensayar. Estaremos aquí fuera a la hora del almuerzo los próximos días —explicó velozmente Hinata evitando cualquier tipo de contacto visual mientras se distanciaba de Sakura.

 

—Gracias —replicó Sakura con los dientes apretados. Después volvió al interior de la cafetería para localizar a Ino.

 

 —¿No íbamos a almorzar en el patio? —preguntó encaminándose hacia la salida. Reconoció a Hinata y a Konan allí fuera y se giró hacia Sakura con una expresión incrédula en el rostro—. ¿Lo dices en serio? No tenemos que sentarnos en la misma mesa que ellas.

 

—Lo sé. Pero no quiero estar cerca de esas chicas. —Se defendió Sakura mientras jugueteaba con el cierre de su fiambrera. Ino puso los ojos en blanco.

 

—Eh —saludó Naruto cuando las alcanzó—. Pensé que salíamos hoy al patio. Hay muchas mesas libres… —Se quedó en silencio tras ver a las chicas Uchiha ensayando.

 

El chico se contuvo para no soltar un silbido dedicado al pronunciado escote de Hinata, el cual impresionaba bastante teniendo en cuenta que la joven Uchiha lucía una camiseta de tirantes y estaba agachada en ese preciso instante. Sakura sabía que estaba arruinando un momento de máximo placer visual para su amigo Naruto, además de privar a Ino de tomar el sol, pero no era capaz de tomar el sol, tan cerca de ellas.

 

—Salid vosotros, chicos. Está bien —dijo Sakura mientras les dejaba plantados  en la puerta y se encaminaba sola hacia la cafetería.

 

—¡Saku! ¿Qué demonios? —gritó Ino, algo frustrada—. ¿Podrías dejar de pensar con el culo?

 

La voz de Ino dobló la esquina y llegó hasta Sakura. La palabra «culo» retumbó en los pasillos en el mismo instante en que Sakura se encontró de frente con Neji y Kiba, en las taquillas. Estaban charlando con Karin y una chica de último curso que era miembro del equipo de animadoras: Tayuya Heart. Las dos adolecentes estaban utilizando la artillería pesada para conquistar a los chicos Uchiha. Karin y Tayuya cruzaron sus miradas y después se giraron a la vez para mirar a Sakura con expresión de asco. Las furias empezaron a sollozar. Sakura inspiró hondamente e intentó silenciar sus lamentos.

 

—Hola, Sakura —saludó Neji, con su voz optimista y con una mirada vacía, lo cual resultaba inquietante.

 

Notó que inclinaba su cuerpo ligeramente hacia delante, como si no pudiera evitar querer llegar hasta ella para agarrarla. En broma, Kiba golpeó a su hermano en el pecho con muchísima más fuerza de la que personas normales como Tayuya y Karin pudieran imaginar.

 

—No seas maleducado.

 

—Solo estaba diciéndole hola a Sakura. Hola, Sakura. Sakura Haruno, hola. ¿Has estado hace poco por Sconset? —Se burló.

 

—No, no ha estado por allí —respondió de manera inesperada Sasuke, que acababa de aparecer detrás de ella. Sakura dio media vuelta y le fulminó con la mirada— De lo contrario, yo lo sabría —añadió con un susurro tan suave que habría pasado desapercibido por cualquier mortal, pero Sakura lo oyó alto y claro.

 

De repente, decidió que ya había tenido suficiente intimidación por un día. Acosada por las furias, dio un pequeño paso hacia Sasuke, quien, en ese instante, inhaló profundamente para aguantar la respiración. Fue en ese preciso momento cuando Sakura entendió que a Sasuke también le había costado un esfuerzo tremendo deshacerse del perfume de ella después de sus pequeñas volteretas y retozos en el jardín de la mansión de los Uchiha. La idea la alegró tanto que incluso estuvo tentada a soltar una carcajada.

 

—Dile a Mikoto que el aceite de oliva que me envió es el mejor que jamás he probado —agradeció Sakura con una sonrisita perversa.

 

Sasuke abrió los ojos de par en par, dejando al descubierto su miedo y, sin saberlo, demostrando a Sakura que estaba en lo cierto. Su madre era distinta al resto de la familia.

 

—Dile que si quiere probar mi deliciosa bruschetta está más que invitada.

 

Sasuke hizo un amago de aproximarse a la chica, pero, de una manera inexplicable, Kiba apareció junto a ella y la empujó con sumo cuidado hacia un lado al mismo tiempo que arrastraba por la fuerza a Sasuke hacia las taquillas. Sakura no dudó en aprovechar la oportunidad para escapar de allí, pero no sin antes lanzar un último disparo.

 

—Saluda a tu tía de mi parte —murmuró Sakura imitando el tono amenazador que había utilizado Neji.

 

No se paró ni para escuchar la respuesta. Mientras caminaba con tranquilidad por el pasillo, la joven Haruno podía notar las miradas de  los chicos Uchiha clavadas en su espalda, pero lo cierto era que aquello no la ponía ni un poquito nerviosa. Estaba tan orgullosa de sí misma que incluso olvidó caminar con los hombros caídos y sin apartar los ojos del suelo.

 

El martes no fue mucho mejor, pero al menos Sakura dejó de alterar sus horarios para evitar a los Uchiha. En cambio, ellos modificaron sus agendas para esquivarla durante todo el día y, al igual que había sucedido el día anterior, no funcionó en absoluto. Daba la sensación de que cada vez que doblaba la esquina de un pasillo tenía que chocar con alguno de ellos. Para empeorar aún más las cosas, sus amigos empezaban a mostrar cierto recelo hacia ella. Ino opinaba que su mejor amiga se comportaba como una blandengue sin carácter. Naruto adoptaba un semblante huraño y enfurruñado al comprobar que Sakura se estremecía cada vez que miraba a Sasuke.

 

El miércoles, el clan Uchiha cambió de estrategia. A primera hora de la mañana, Sakura fue hacia su taquilla y se sorprendió al descubrir a Kiba apoyado en la pared como si le hubieran colocado allí para decorar el pasillo. Estaba esperándola. El cuerpo de aquel chico parecía estar hecho para holgazanear, como si fuera capaz de desperezarse y echar una cabezadita en cualquier momento del día, como si fuera un gato. Lucía  una figura más esbelta que su hermano y que su primo; de hecho, cuando estaban los tres juntos, el parecía un enclenque, de la misma forma en que una pantera aparenta ser pequeña al compararse con un león o un toro. Sin embargo, ahora que no estaba rodeado de sus familiares, parecía enorme. Sakura no se amedrentó y continuó su trayecto hacia las  taquillas. Cuando Kiba la miro, se percató que tenía las pestañas más largas que jamás había visto en un chico.

 

—¿Tienes un segundo? —le preguntó un tanto rígido pero con buenos modales.

 

Sakura advirtió que el joven Uchiha estaba concentrado, posiblemente para intentar silenciar con todas sus fuerzas a las furias, que no cesaban sus lamentos.

 

—De acuerdo —aceptó sin apartar la mirada del suelo.

 

Los alumnos que tenían sus taquillas cerca de la de Sakura estaban tomando su tiempo para recoger el material que necesitaban. Sakura deseaba  con  todas  su  fuerzas  que  se  largaran  de  allí,  pero ningún estudiante del instituto Nantucket dejaría pasar la oportunidad de disfrutar de una posible pelea.

 

—Algunos de nosotros consideramos que sería buena idea limar asperezas —explicó rápidamente, como si quisiera terminar la conversación lo antes posible. Sakura meditó la respuesta durante unos instantes.

 

—¿Algunos  de  vosotros?  ¿Insinúas  que  todavía  no  habéis  tomado una decisión unánime? Respecto a mí, claro —apuntó Sakura.         

 

—No, lo siento —se disculpó, entendiendo de inmediato el comentario de Sakura— Pero creemos… Bueno, algunos creemos que al menos deberíamos ser más amables entre nosotros.

 

—Te confieso que no veo la manera de conseguirlo, ¿y tú? —quiso saber Sakura, sin pretender ser hostil pero incapaz de callarse.

 

En ese instante se oyó chasquear la lengua a modo de desaprobación a  una de las chicas que pululaba perdiendo el tiempo a su alrededor.

 

—Lo único que te pedimos es que seamos amigos. O, al menos, dejar de ser enemigos. Piénsalo —dijo antes de irse.

 

Con tanta gente a su alrededor vigilando cada uno de sus movimientos, Sakura tardó una eternidad en abrir su taquilla; hasta tres veces tuvo que introducir la llave en la cerradura. Tras haber consumido toda su energía en no atacar a Kiba, mientras este se alejaba con lentitud y sosiego, ya  no le quedaba ni una gota de paciencia. Quería gritar a todos aquellos que la juzgaban, pero eso jamás pasaría. ¿Qué les podía decir? «Por lo general no soy una mala pécora, pero tres espíritus con lágrimas sangrientas me acosan constantemente hasta el punto de no dejarme dormir por las noches, así que me he vuelto un poco gruñona.»

 

A la hora del almuerzo, Sakura se quedó paralizada al comprobar que Hinata y Konan estaban sentadas en la misma mesa que sus amigos. Desde lejos ya notó que Naruto tenía las mejillas sonrosadas por el esfuerzo que suponía reprimir sus hormonas. Karin y Zach, que jamás se habían dignado sentarse en la misma mesa que ella, también estaban allí, lamiéndoles el culo a las dos nuevas chicas populares del instituto. Desde la puerta del comedor, Sakura titubeó durante un instante, cavilando  la  posibilidad  de  escabullirse  sin  ser  vista,  pero Hinata enseguida la vio y le hizo un gesto con la mano, invitándola a sentarse con ellos. Durante el incómodo almuerzo, Hinata se mostró tan amable como pudo con Sakura; las sonrisas de Konan eran quebradizas, pero le dedicó muchísimas. A pesar de aquella tentativa genuina de establecer una amistad, la insoportable presencia de las furias, que merodeaban a su alrededor, inquietaba a Sakura sobremanera. Su comportamiento, algo malhumorado e irritable, escandalizó a Karin y preocupó a Ino. Al salir de la cafetería, su mejor amiga, se llevó a Sakura aparte.

 

—¿Te morirías si intentaras ser simpática? —le preguntó.

 

—No te imaginas cuánto me estoy esforzando —respondió Sakura con la boca pequeña.

 

—Pues esfuérzate más. Estás quedando como una esnob de primera y sé que no lo eres, así que, por favor, no te conviertas en una —explicó Ino tras la protesta de su amiga—. Deduzco que está pasando algo raro, algo que no quieres contarme. Y no me importa. Pero tienes que empezar a aparentar que te caen bien; de lo contrario, gentuza de la talla de Karin  y Zach se asegurarán de amargarte bien la vida hasta el día de la graduación.

 

Sakura asintió sumisamente. Era consciente de aquel buen consejo, pero su vida ya era desdichada sin tener que adular a la familia Uchiha. Aún así, al día siguiente hizo todo lo posible por sonreír cada vez que se cruzaba con Hinata y Kiba en los pasillos. A decir verdad, el gesto no era natural y agradable, sino que más bien se parecía a una mueca dentuda, pero los mellizos lo recibían encantados. Con Neji era distinto, por lo visto, él no compartía la idea de procurar llevarse bien y tras otro angustioso día intentando esconder el estremecimiento que le recorría el cuerpo cada vez que veía a Sasuke, Sakura se cruzó con él de camino al entreno. Como si unos cables tiraran de él, Neji cambió de rumbo e intentó perseguir a Sakura. La llamó en voz baja, como si tarareara una canción para sí mismo. Sakura miró a su alrededor en busca de otra persona, de un testigo. Cuando avistó a un grupo de chicas que se dirigían hacia ella, Sakura suspiró con tranquilidad. Todas observaron atónitas que Sakura prácticamente huía de Neji y analizaban sus movimientos como si fuera un bicho raro con cuernos. La mayoría de las alumnas se lanzarían a los brazos de Neji si él les sonriera de aquella manera.

 

El jueves no logró conciliar el sueño toda la noche por los constantes gemidos de las furias, como si algún miembro del clan Uchiha estuviera cerca. Al día siguiente, tuvo que madrugar para llevar a Shizune y Kizashi al aeropuerto. Iban a tomar un vuelo a Boston para asistir a una conferencia para pequeños empresarios que duraría todo el fin de semana. Sakura estaba encantada con la idea, ya que le apetecía pasar unos días sola. Entre la falta de sueño y el hostigamiento diario, estaba para el arrastre. Solo tenía que sobrevivir un día más en el instituto y después podría tirarse en la cama y esconderse allí hasta el lunes. Quizás, al fin, podría incluso quedarse dormida. Por desgracia, descubrió que lo que ella contemplaba como la línea de meta del viernes, se había transformado en un cable detonador. Al principio, no entendía por qué todo el instituto se tropezaba con ella continuamente, de modo que dio por supuesto que se trataba de una  nueva moda de la cual no tenía constancia, hasta que Ino empezó a gritarles a todos que la dejaran en paz. Hasta entonces, Sakura no había prestado atención a los comentarios que escupía la gente cada vez que chocaba con ella a propósito. Estudiantes con las que jamás había cruzado una sola palabra le susurraban insultos tales como «zorra» o «guarra » al pasar junto a ella en el pasillo. Durante todo el día, oyó un insulto detrás de otro. En tres ocasiones distintas la joven se vio obligada a correr al baño de chicas a esconderse. A pesar de haber pasado un día entero sin ver a ningún miembro de la familia Uchiha, Sakura Haruno se había convertido en el centro de la diana de sus compañeros, el blanco perfecto. Horas más tarde, mientras se cambiaba en el vestuario para entrenar, tenía los  nervios tan destrozados que no sabía si iba a llorar o a vomitar. Una vez en la pista, notó que las piernas le flaqueaban, pero aún así alcanzó a su mejor amiga. Menos mal que las otras chicas del equipo optaron por mantenerse alejadas mientras avanzaban corriendo por la pista.

 

—Pero ¿qué más les da? —exclamó Sakura, hundida— ¿Qué importa si  me caen bien los Uchiha o no?

 

—Ese no es el meollo del asunto —informó Ino con tono dulce.

 

—¿De  qué  te  has  enterado?  —preguntó,  desesperada por conocer la respuesta.

 

—Pues me ha llegado el rumor de que Sasuke y Neji están peleándose por ti y ahora todas las chicas te odian —explicó Ino con la esperanza de que el chisme fuera ridículo, pero no estaba segura de que lo fuera.

 

—Estás de broma ¿verdad?

 

Ino meneó la cabeza.   

 

—Por lo que tengo entendido, se pelearon a puñetazo limpio ayer después de clases, durante el entrenamiento de fútbol. Por eso, hoy no han venido al colegio. Los han expulsado.

 

—Pero ¿qué ocurrió? —demandó Sakura asombrosamente calmada.

 

—Sasuke vio a Neji siguiéndote hacia el vestuario de las chicas y empezó a gritarle que se alejara de ti. Imagino que dijo algo así como que eras suya —informó Ino con aire tímido. Sasuke en realidad se había referido a ella como la presa a la que se disponía matar en cualquier momento, pero eso no podía explicárselo a su amiga.

 

—¿Todas las chicas me desprecian porque Sasuke es un pirado que me acosa? ¿Cómo puede ser? Le odio —afirmó con vehemencia. Se produjeron unos instantes de silencio y, de repente, le vino otra idea a la cabeza—  Un momento. Esa historia solo justifica que las chicas me detesten. Hay algo más, ¿a que sí?

 

—No lo sabes bien. Lo cierto es que no solo los han expulsado —continuó Ino con el ceño fruncido— Zach me ha contado que Neji y Sasuke empezaron a actuar como dos desequilibrados mentales delante del equipo de fútbol, de los entrenadores y, bueno, al fin y al cabo, delante de todo el mundo. Fue horroroso. Una pelea a vida o muerte. Kiba se entrometió e intentó separarlos, pero ya era demasiado tarde. Y… Bueno… Los han echado del equipo de fútbol. Por eso toda la escuela te odia, incluidos los chicos —dijo como si hubiera llegado a la conclusión de su historia— Por lo visto, los tres Uchiha son unos atletas increíbles que dejarán huella en la historia del fútbol americano y todo el instituto te culpa por haber echado a perder la única oportunidad de Nantucket de ganar un campeonato.

 

—¿Me estás tomando el pelo? —farfulló Sakura— La familia Uchiha me está arruinando la vida.

 

 En  lo  más  profundo  de  su  autocompasión,  se  dio  cuenta  de  que ella también estaba destrozando la vida de aquella familia. Llevaban tan solo dos semanas en el pueblo y los tres chicos ya destacaban por sus problemas disciplinarios. Si seguían así, los expulsarían definitivamente de la escuela y, si eso ocurría, ¿adónde irían? Se verían obligados a viajar a tierra firme cada mañana, porque en la isla solo había un instituto. Todo aquello había sucedido después de que acordaron intentar llevarse bien: la gente del instituto que incordiaba a Sakura, la pelea, la expulsión. De pronto, se sintió horrorizada. Aunque lograra controlar la ira y el clan Uchiha dominara la rabia, las furias jamás les permitirían coexistir. La pelea en la que se enzarzaron Sasuke y su primo demostraba que si no  hostigaban a Sakura, los chicos Uchiha empezarían a acosarse y a perseguirse entre ellos. No había una solución del tipo vive y deja vivir. Por algún motivo que Sakura aún no lograba comprender, las furias exigían un baño de sangre a cualquier precio.

 

—¿De veras no estás saliendo con Sasuke? —preguntó Ino con suma cautela. Sakura se despertó de repente de su ensoñación taciturna.

 

—¿Que si estoy saliendo con él? Cada vez que lo miro quiero arrancarme los ojos —respondió Sakura con sinceridad.

 

—¡Ahí! ¡Justo ahí es donde quería yo llegar! —gritó Ino—. Jamás habías odiado a nadie de esa manera, ni siquiera a Karin, que te ha tratado como un felpudo desde quinto curso. Tú sencillamente te alejaste de ella como si nada, y eso que erais como uña y carne, tan inseparables como nosotras. Pero ¿todo este asunto de Sasuke? ¡Está consumiéndote! Desde que esa familia se trasladó a la isla, andas todo el día enfurruñada y, perdona, pero no lo entiendo. La única explicación razonable es lo que todo el mundo comenta —puntualizó Ino tras detener la carrera.

 

—¿Y qué es lo que se supone todo el mundo comenta? —quiso saber Sakura parándose también en seco. Ino reanudó la marcha, pero su amiga en seguida la frenó, pues necesitaba una respiración de inmediato— ¿Que comentan? —repitió.

 

Ino suspiró y, sin dar más rodeos terminó con la cuestión.

 

—Que tú y Sasuke os conocisteis por casualidad en la playa antes de empezar las clases y os acostasteis juntos. Luego, te mintió diciéndote que estaba aquí de vacaciones y que por eso no te llamaría nunca. Por eso te  dio un ataque cuando le viste en el pasillo, porque te utilizó a sabiendas de que tú estabas perdidamente enamorada de él.

 

—Guau. Menudo drama —dijo Sakura mostrándose indiferente.

 

—Sí, pero ¿es cierto? —suplicó Ino.

 

Sakura suspiró y rodeó a su amiga con el brazo, invitándola a dar un paseo.           

 

—Primero de todo, nunca había visto a Sasuke antes del encontronazo en el pasillo. Ni hablar de lo de habernos acostado. En segundo lugar, si  hubiera besado a otro chico hubiera corrido a contártelo ipso facto, sobre todo, después del desastre con Naruto. Tercero, y seguramente más importante, Karin y yo jamás fuimos inseparables. Tú siempre has sido mi mejor amiga, Risitas —la aduló, y no dejó de abrazarla hasta que esta  se rindió y esbozó una sonrisa— Sé que he estado muy rara últimamente, y lo siento. Me están pasando cosa muy extrañas que me encantaría contarte, pero aún no he logrado entenderlas. Así que, por favor,  de rodillas te pido, no te vayas de mi lado, aunque esté enfadada y amargada todo el tiempo.

 

—Sabes que siempre estaré a tu lado, pero ¿quieres que te sea sincera? — añadió Ino mirando a su amiga con detenimiento—. Sé que esperas que te muestre mi apoyo incondicional diciéndote que esto no es nada y que todo el instituto lo olvidará en un santiamén, pero no puedo. Lo cierto, es que no sé cómo puede mejorar tu situación y estoy muy preocupada por ti.

 

Después del entrenamiento de atletismo. Sakura se encaminó hacia la tienda para trabajar. Se había ofrecido para sustituir a Louis esa noche, ya que, como Shizune y Kizashi estaban en Boston, el pobre chico pasaría un fin de semana maratoniano atendiendo mañana y tarde a los clientes. Así que Sakura pensó que Louis se merecía, al menos, una noche completa de descanso. Las noticias sobre su descontrol sexual recorrieron cada rincón de la isla, así que todo cliente que entraba en la tienda la miraba como un bicho raro. Sin embargo, tenía demasiadas cosas que hacer y asuntos que atender como para que un puñado de pueblerinos la sacara de sus  casillas. Cuando al fin acabó de limpiar y ordenar el almacén, dejándolo todo listo para Louis, ya era más de medianoche.  Tras cerrar con llave la tienda, Sakura fue hacia el Cerdo con las llaves en la mano. Durante unos momentos, se puso en guardia y buscó atentamente alguna señal que indicara peligro, pero tras arrancar el coche e iniciar el trayecto que la llevaría a casa, se relajó. Fue prudente y cautelosa, pero no sirvió para nada. Justo después de aparcar el vehículo, alguien se abalanzó sobre ella.  

 

Lo primero que sintió fue agradecimiento. Al menos la maña Uchiha había esperado a que Kizashi saliera de la escena antes de venir a matarla. Un brazo fuerte y enjuto la agarró por el cuello para tirar de ella mientras, al mismo tiempo, la forzaba a arrodillarse frente a la entrada de su casa. Apenas podía respirar, y no podía ver quien la estaba atacando. Se preguntaba quién habría ganado la apuesta en que ella era el premio, ¿Sasuke o Neji? La falta de oxígeno le empezaba a nublar la vista. En ese instante se imaginó a su padre llegando a casa y encontrando su cuerpo sin vida en la entrada y, de inmediato, supo que tenía que defenderse e intentar enfrentarse al atacante. No podía permitir que Kizashi perdiera otra persona querida. Jamás lo superaría.

 

Sakura dobló el brazo y atizó un codazo en el plexo solar de su atacante, dejándole así sin aire en los pulmones. Oyó que su agresor respiraba con dificultad al mismo tiempo que la arrojaba hacia el jardín. Se arañó las palmas de las manos al intentar frenar la velocidad con la que se arrastraba con el suelo. Tomó aliento antes de alzar la vista y sorprenderse al comprobar que el agresor no había saltado sobre ella para sujetarla. Sasuke la miraba fijamente. Tenía a su primo Neji agarrado por la camiseta, impidiendo así que hiciera algo estúpido. Le pareció extraño que Neji desviara la mirada hacia otro lado como si evitara mirarla. Apenas tuvo tiempo de asimilar esto cuando Sasuke habló. Al articular la primera palabra, las furias empezaron a aullar detrás de él. Se preguntó por qué habían tardado tanto en hacer su aparición estelar, pero no tuvo tiempo de mortificarse.

 

—¡Kiba! ¡Hinata! Traedla con vida —ordenó haciendo especial hincapié en las palabras «con vida» mientras lanzaba una miraba una mirada deliberada a Neji.

 

Los gemelos salieron rápido donde miraba Neji. Sakura tardó una milésima de segundo en levantarse de un brinco y correr para salvar su vida.  Nunca antes había intentado correr a toda velocidad; siempre había sabido que si lo probaba, descubriría que cada atrocidad que pensaba sobre sí misma era verdad. Monstruo, bicho raro, animal, bruja; si se dejaba llevar y se liberaba de sus propias ataduras, toda la lista de nombres que se había susurrado cada vez que hacía algo humanamente inverosímil saldría a la superficie a borbotones. Pero cuando oyó a Neji gruñir su nombre, no pensó en las consecuencias de correr tan rápido como sus piernas le permitían. Sencillamente, lo hizo.           

 

El instinto la condujo hacia las llanuras anegadizas. Aquellas planicies sumergidas en una obscuridad absoluta le resultaban, de algún modo inexplicable, más seguras que las calles de su vecindario. Si moría lo haría en soledad, sin personas normales y débiles dispuestas a sacrificarse para salvar la vida a la pobre Sakura Haruno. Si, en cambio decidía dar media vuelta y enfrentarse a sus agresores, deseaba que la contienda se desarrollara en una zona deshabitada de su isla, y no rodeada por los pintorescos balleneros cubiertos de guijarros. Trotó en dirección oeste, cruzando la parte norte de la isla, donde las tranquilas aguas que bañaban la zona de Nantucket Sound murmullaban dulcemente a su izquierda. Sasuke y Neji dejaban de gritar su nombre desde atrás. Cada vez estaban más cerca. Sakura atravesó la calle Polpis, bordeando la laguna de Sesachacha hasta avistar el verdadero océano Atlántico, donde rompían las olas más salvajes y las aguas más bravas de todo el continente. Tenía que esconderse, pero el paisaje era llano y no había una nube de niebla tras la que pudiera ocultarse. Sakura contempló las ondas oceánicas que, bajo el resplandor de la luna, parecían papel de estaño negro meciéndose suavemente y rogó que apareciera algún tipo de neblina o bruma para cubrirla. El maldito océano le debía una por casi arrebatarle la vida cuando no era más que una niña y ya era hora de pagar esa deuda, pensó Sakura, histérica. Tras unas zancadas más, sus suplicas fueros milagrosamente escuchadas. La joven bordeó la costa en dirección norte, atravesó un depósito de arena deshabitado ubicado en la punta norte de la isla y se sumergió en una niebla húmeda y salada.

 

Entre aquella densa bruma, podía escuchar a sus perseguidores con más nitidez, lo cual le indicaba que ellos la oían a la perfección. Aterrorizada y exhausta, daba vueltas a ciegas entre la nube de niebla y pedía a su cuerpo ir aún más rápido. Avanzaría hasta quedarse sin espacio para correr. Al llegar al borde del precipicio notó como su cuerpo se agilizaba y como su respiración, hasta el momento agitada, menguaba de forma inesperada. Las titánicas zancadas de Sakura le habían causado un dolor discordante en las articulaciones y la espalda y, de repente, ese suplicio desapareció. Continuaba en movimiento, pero ya no notaba nada, tan solo el frío y la brisa marina que le arremolinaba el cabello. De pronto, dejó atrás la niebla y se sorprendió al no ver nada. Mirara donde mirara, solo veía oscuridad y estrellas a su alrededor. Había estrellas por todas partes. Y entonces echó un vistazo hacia abajo. Bajo sus pies, miles de lucecitas parpadeantes perfilaban las orillas de una isla en forma de coma que le resultaba familiar. Mientras Sakura buscaba  a su alrededor el avión en el que, en una situación normal, estaría montada para desplazarse a esa altura, se percató de que estaba flotando en el aire, como si estuviera sumergida en el agua. Volvió a mirar hacia abajo y advirtió que aquella isla titilante era la preciosa isla donde había nacido.

 

Poco a poco, su campo de visión se fue estrechando como si de un tubo negro se tratara. Zambullida en un silencio absoluto, perdió el conocimiento y su cuerpo inerte se desplomó desde el cielo.

Notas:

Y esto es todo por hoy! Espero que lo hayan disfrutado y me comenten que piensan del capítulo!!

Nos leemos el sábado!

Abrazos virtuales!!!

Capítulo 6 por chloe_moony
Notas de autor:

Hola, familia!!

 

¿Cómo están? Espero que su semana haya acabado bien y ahora disfruten de su fin de semana para relajarse y pasárselo bien!! 

 

La verdad es que la cosa con Sakura no se sabe... ¿qué es?¿Mutante?¿Superheroina? ¿Le picó un pájaro mutante o algo así?  En un principio todo parece super extraño pero a medida que van avanzando, se va explicando todo.

 

Muchas gracias por vuestros comentarios y visitas, espero que disfruteis de este capítulo también ^^

 

 

 

Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Capítulo 6

 

Otra pesadilla en el páramo. Sakura se sorprendió al descubrir que en un lugar como aquel existiera el tiempo. Se sentía algo confusa, pues,  por  mucho  que  mirara  a  su  alrededor,  no  era  capaz  de adivinar dónde estaba. Tras unos momentos, decidió que se trataba del mismo terreno árido de cada noche, solo que en esta ocasión el terreno accidentado era más llano y abierto. El cielo, oscuro y sin una estrella, parecía estar más bajo, como si, de algún modo inexplicable, pesara más. Entonces miró por encima del hombro. Tardó unos instantes en comprender lo que sus ojos estaban viendo.

A kilómetros de distancia, en el horizonte, el paisaje nocturno se transformaba en el panorama más rocoso y habitual, bañado, como siempre, por un cielo cegador. Las diferentes zonas horarias se acomodaban la una junto a la otra como si fueran dos lienzos colgados en el estudio de un artista, inmóviles, inalterables y reales. Aquí, el tiempo era un lugar y nunca cambiaba. En cierto modo, aquello tenía sentido. Sakura empezó a caminar. En la versión nocturna del páramo hacía frío y ella no podía evitar castañear los dientes. En la versión diurna, por la que tantas veces había merodeado, el calor no daba tregua, de modo que Sakura supuso que, por mucho que se frotara los brazos para dejar de tiritar, el frío nunca desaparecería. De repente alzó la vista y vio a alguien a lo lejos. Parecía aterrado.

Se apresuró en alcanzar al desconocido y, cuando estuvo lo bastante cerca, descubrió que era Sasuke. Avanzaba a gatas, merodeando por aquel insólito lugar como si estuviera ciego, sujetándose en las piedras afiladas y cortándose las manos con los bordes. Tenía miedo. Ella le llamó por su nombre, pero Sasuke no lograba escucharla. Se arrodilló a su lado y le rodeó el rostro con las manos. Al principio, el chico sintió miedo y se alejó, pero tras unos instantes alargó el brazo a tientas y pareció más aliviado. El joven articuló el nombre de Sakura, pero no produjo sonido alguno. Entre sus brazos, Sasuke se notaba muy liviano. La joven le ayudó a incorporarse, pero tenía  tanto  miedo  en  el  cuerpo  que  no  lograba  ponerse  erguido sobre aquellas piernas tambaleantes. Sasuke lloró en silencio. Sakura sabía que, en realidad, le estaba suplicando que le abandonara. Estaba demasiado asustado para moverse, pero Sakura era consciente de que, si hacía caso a sus ruegos, él jamás conseguiría escapar de este páramo oscuro.

A pesar de los gritos, le obligó a levantarse y a caminar. Sakura sentía un dolor agonizante. Quería protestar, pero no tenía fuerzas para emitir sonido alguno. Podía escuchar el murmullo del océano cerca, pero no era capaz de abrir los ojos para ver dónde estaba. Sentía un suave balanceo en la cabeza, como si su cuerpo estuviera apoyado boca abajo sobre una balsa y estiró los labios en un intento de sonreír. Algo le había amortiguado la caída y la sujetaba con ternura. Procuró pensar en su buena suerte y dividir su dolor en pequeñas dosis para poder soportarlo. Decidió contar los latidos del corazón para calmarse. Tras pasar la decena, alcanzó los veinte y, al llegar a veinte, se obligó a seguir hasta cuarenta, y así sucesivamente. De repente interceptó otro ritmo estable bajo su cuerpo y, tras unos minutos, su corazón se sincronizó con el sonido latente que provenía de su bote salvavidas. Latían al mismo tiempo, animándose entre ellos. Sakura se mantuvo muy quieta.

 

Tras lo que le parecieron horas, la joven continuaba inmóvil, pero al fin pudo abrir los ojos. A través de los destellos parpadeantes de luz cegadora que emitía algún faro desde la lejanía, Sakura se percató de que estaba rodeada por muros de arena. Bajo su mejilla derecha sentía el calor de una camiseta. Después de unos instantes se dio cuenta de que lo que realmente tenía debajo era una persona de carne y hueso. Estaba tumbada sobre un hombre. El bulto sobre el que apoyaba la cabeza era su pecho y la sensación de balanceo  era su respiración. Dejó escapar un grito sofocado. Los chicos Uchiha  habían conseguido atraparla.

—¿Sakura? —llamó Sasuke con voz débil y desalentada—. Di algo… si estás viva —dijo con dificultad. No parecía que fuera a matarla, así que Sakura decidió responderle.

—Estoy viva. No puedo moverme —susurró.

 Cada palabra le provocaba un flujo de dolor que nacía en el diafragma y se extendía por todo el cuerpo.

—Espera. Escucha las olas. Relájate —aconsejó Sasuke mientras se retorcía de dolor, pues el peso del cuerpo de Sakura le presionaba los pulmones.

Sakura sabía que no podía ni levantar un brazo, así que se calmó, tal y como él le había recomendado, y se dedicó a observar el paisaje, que se bamboleaba al ritmo de la respiración de Sasuke. Esperaron acompañados por la luz intermitente del faro, escuchando el oleaje que burbujeaba en  la arena. A medida que la agonía empezó a menguar y a hacerse un poco más soportable, Sakura fue fijándose en algunas reacciones de su cuerpo pegajoso y blando, con la misma textura que adquiere una galleta de chocolate al calentarla en el microondas. Le parecía que sus huesos no podrían soportar el peso de los músculos y percibía una quemazón insufrible en la médula. Reconoció esa sensación, pues era muy similar a la que experimentó cuando estaba aprendiendo a conducir una  motocicleta y, de manera accidental, se volcó. Una parte de ella supo al instante que se había fracturado el brazo, pero cuando llegó a urgencias y le hicieron una radiografía pudo comprobar que el hueso estaba intacto. El ardor significaba que estaba curándose.

No podía explicárselo, pero de alguna manera se había desvanecido desde el cielo y había logrado sobrevivir. Sin duda, era un monstruo. Un bicho raro. Quizás incluso una bruja. Entonces, rompió a llorar.

—No te asustes —intentó articular Sasuke—. El dolor se esfumará.

—Debería de estar muerta —lloriqueó—. ¿Qué diablos me pasa?

—No te pasa nada malo. Eres de los nuestros —informó con la voz un poco más firme, lo cual indicaba que estaba recuperándose con la misma velocidad que Sakura.

— ¿Y quiénes sois?

—Nos definimos como vástagos —respondió.

 —¿Descendientes? —murmuró Sakura al recordar cuando aquel vocablo salió en «la palabra del día», la tarea más odiosa de la clase de Hergie— ¿Descendientes de qué?

Sasuke le respondió. Sakura le escuchó, pero al mismo tiempo no oyó su voz. La palabra «semidiós» distaba mucho de la respuesta que esperaba, así que se tomó unos instantes para meditar. Estaba esperando oír algo horroroso, posiblemente incluso malvado, que la definiera.

—¿Eh? —espetó tan confundida que incluso dejó de llorar. Sakura advirtió que Sasuke estaba riéndose a carcajadas cuando su campo de visión empezó a sacudirse con violencia.

—¡Ay! No me hagas reír —tartamudeó sin dejar de agitar el pecho.

El constante zarandeo le pareció gracioso y empezó a desternillarse, uniéndose así a Sasuke. Enseguida se arrepintió y quiso parar, pero, por lo visto, no podía. Era como si el dolor fuera tan desgarrador que la única manera de soportarlo fuera riendo.

—Esto duele muchísimo —confesó en un intento de controlarse.

—Si tú paras, yo también —añadió Sakura, que también estaba agotando sus energías.

Entre risas, los dos adolescentes procuraron, otra vez, controlar el dolor mientras esperaban que sus huesos se soldaran. A pesar del suplicio, el tiempo pasaba dulcemente. De manera simultánea, Sakura lograba  percibir los latidos del corazón de Sasuke por un oído y el runrún de las gaviotas por el otro. El sol estaba a punto de asomar por el horizonte y, por primera vez en semanas, Sakura se sintió a salvo.

—¿Por qué ya no te odio? —preguntó al notar que el cráneo ya se le había solidificado lo suficiente para comunicarse como era debido.

—Estaba preguntándome lo mismo. Me da la sensación de que las furias han desaparecido —contestó Sasuke tras un profundo suspiro, como si se hubiera quitado un gigantesco peso de encima, aunque Sakura sabía que, probablemente, su cabeza pesaba igual que una bola de boliche— Me asusté cuando estábamos en el aire. Me costó una barbaridad atraparte.

—¿Estábamos? ¡Oh, puedes volar! —exclamó Sakura al darse cuenta.

 De  repente, se acordó de la capacidad de Sasuke  para  aparecer y desaparecer con tanta velocidad; de ese modo, podía explicar los ruidos sordos y las marcas en el suelo que dejaba tras sus despegues y aterrizajes. Jamás le había visto volar porque nunca se le había ocurrido alzar la vista.

—¿Por qué estás debajo de mí? —preguntó Sakura mientras cambiaba de postura con suma delicadeza.

—Al fin te atrapé. Vi como te desplomabas e intenté frenar la caída como pude, pero cuando te rodeé con el brazo ya casi estabas rozando el suelo —explicó al mismo tiempo que se retorcía y se estremecía del dolor—. Aún no me creo que estemos vivos.

—Yo tampoco. Estaba convencida de que esta noche vendrías a matarme, y no a salvarme la vida —se maravilló Sakura.

Daba la sensación de que el golpe no solo había amortiguado su cuerpo, sino que también había eliminado todo sentimiento de rabia o ira. Ya no despreciaba a Sasuke. En ese instante notó la presión de los brazos del chico sobre su espalda y enseguida volvió a relajarse.

—Está amaneciendo —dijo Sasuke tras unos momentos— Con un poco de suerte, mi familia podrá vernos.

—Ya que lo mencionas, lo único que puedo ver es tu pecho y montones de arena. ¿Dónde se supone que estamos?

—En el fondo del cráter que hemos formado al impactar con el último trozo de playa que quedaba delante del faro Great Point, en la punta del pedazo de tierra más estrecho del extremo de la isla de Nantucket.

—Muy… fácil de encontrar —bromeó Sakura.

—Estamos prácticamente en mi jardín trasero —se mofó Sasuke. Al soltar una risotada, se retorció otra vez del dolor. Antes de volver a abrir la boca, se tranquilizó— ¿Quién eres? —preguntó al fin.

—Sakura Haruno —respondió algo dubitativa, pues no sabía adónde quería llegar Sasuke. En ese momento deseaba verle el rostro.

—El apellido de tu padre es Haruno, pero esa no es tu casta —añadió— Lo habitual hubiera sido adoptar el apellido de vástago de tu madre, y no el nombre mortal de tu padre. ¿Quién era tu madre? —quiso saber. A decir verdad, Sasuke llevaba toda la noche intentando hacerle esa pregunta.

—Beth Smith.

—Beth Smith. Sí, claro —dijo con tono sarcástico.

—¿Qué?

—Bueno, es más evidente que «Smith» es un alias.  

—Pero tú no lo sabes. No sabes nada de ella. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que no es el apellido de mi madre? —preguntó, a la defensiva.

Ella no había llegado a conocer a su madre, y ahora, de la nada, aparecía un completo desconocido que aseguraba saber más sobre ella que Sakura. Sin embargo, tal vez fuera cierto. Por primera vez desde hacía horas fue consciente de que estaba tumbada encima de él, y decidió cambiar de postura. Intentó apoyarse en el antebrazo, pero un pinchazo agudo le dio a entender que no soportaría su peso. Tras varios intentos fallidos para apartarse de Sasuke, se rindió. Notaba cómo él se reía por lo bajo mientras apretaba los brazos para impedir que se alejara de él.

—Sé que tu madre no puede apellidarse Smith porque puedes volar, Sakura. Haz el favor de estarte quieta, me haces daño —añadió con franqueza.

—Lo siento —se disculpó la joven. Lo más probable era que sus heridas fueran mucho más dolorosas, pues había tenido que amortiguar todo el peso de ella.

Con la luz del alba, la arena fue tiñéndose de distintas tonalidades, desde el gris más triste hasta el coral más intenso, pasando por un rosa pálido. Sakura cayó en la cuenta de que era el segundo amanecer que presenciaba en pocos días. De los dos, sin duda prefería este. A pesar del sufrimiento, estaba viva y alejada de cualquier peligro. No se había percatado del peso que había cargado odiando y detestando a Sasuke hasta que, al fin, logró deshacerse de ese lastre.

Escuchó una voz que estaba llamando a Sasuke y, aunque sabía que corrían un serio peligro tumbados en aquel foso, en el fondo deseó que no los encontraran. ¿Y si las furias regresaban con el resto de la familia?

—¡Aquí! —respondió Sasuke con voz débil.

 —Espera —rogó Sakura— ¿y si todavía pueden ver a las furias cuando estoy cerca? No puedo defenderme en este estado.

—Nadie te va a hacer daño —le prometió Sasuke sin dejar de rodearla con los brazos.

—Neji… —empezó Sakura.

—Antes tendrá que pasar por encima de mi cadáver.

—Sasuke, por favor… —continuó Sakura sin querer insultarle, pero señalando lo evidente.

—Ya lo sé —respondió sin evitar reír entre dientes tras pillar la indirecta  de Sakura— Ya sé que ahora mismo no parezco del Servicio Secreto, pero tienes que confiar en mí. Jamás permitiría que alguien de mi familia te hiciera daño, ni siquiera el perverso de Neji. Deberías saber que no es tan horrible como piensas —aclaró Sasuke mientras intentaba ladear la cabeza para mirar a Sakura a los ojos.

—Eres su primo. Es normal que le veas un lado bueno.

—Entonces dejaré que decidas tú. No puedo ocultarnos en ningún sitio, pero no los llamaré, si eso es lo que tú quieres —concluyó.

Permanecieron allí tendidos, escuchando los gritos de su familia que le llamaban una y otra vez, pero Sasuke cumplió su palabra. No emitió sonido alguno, aunque se estremeció al oír la voz de Konan, que sonaba exhausta. Su voz denotaba desesperación y miedo. De hecho, toda la familia parecía estar exasperada y asustada. Y todo por culpa de Sakura. Tras unos instantes Sakura no pudo soportarlo más.

—¡Aquí! —chilló tan alto como pudo— ¡Estamos aquí!

—¿Estás segura? —preguntó Sasuke con cuidado.

—No.

Se rió entre dientes, algo nerviosa, antes de volver a gritar, esta vez con la inestimable ayuda de Sasuke. Se escuchaban multitud de alaridos desde la playa además de las continuas pisadas en la arena. Un segundo más tarde, Sakura notó que Sasuke intentaba mover la cabeza para mirar a alguien que se asomaba por la boca del cráter.

—Hola, papá —saludó con tono de disculpa.

Fugaku murmuró una especie de juramento que Sakura no logró reconocer, aunque no dudaba de su significado. Entonces empezó a dar órdenes y la joven advirtió que alguien se agachaba junto a ella.

—Dios mío —susurró Hinata para sí— ¿Sakura? Voy a llevarte por la arena, ¿de acuerdo? Pero antes déjame que intente acelerar un poco la cicatrización ósea. Notarás un poco de calor, pero no te asustes, la sanación es uno de los talentos que comparto con mi hermano, Kiba. Kiba, acércate y échame una mano con las piernas —ordenó.

Sakura percibió otro ruido sordo, como si alguien se derrumbara junto a ella. Enseguida notó las manos de los mellizos, que se deslizaban con ternura por sus brazos y piernas. Sentía una quemazón en los huesos que le resultaba casi insoportable y, durante unos segundos, meditó la idea de no aceptar ningún tipo de «sanación». Antes de poder suplicarles que pararan, el ardor se desvaneció. Los gemelos contaron hasta tres y, con suma cautela, procuraron darle la vuelta, como si de un crepe resbaladizo se tratara. Sakura trató de mostrarse valiente, pero no pudo aguantar el grito sofocado después de que los gemelos la movieran. Cada músculo, cada centímetro de piel, cada hueso de su cuerpo estaba sumido en un inmenso dolor, como si alguien le inyectara una dosis de fragmentos de cristal en llamas en la sangre. Apretó los dientes y respiró profundamente, intentando así calmarse, hasta haber recuperado el control y abrir los ojos. Cuando lo hizo, lo primero que vio fue la luminosa mirada color avellana de Hinata; los gemelos lucían las mismas pestañas, de una longitud casi  infinita.  Hinata la observaba con lástima mientras inspeccionaba el rostro de Sakura con cuidado y, al cabo de un rato, le dedicó una cansada sonrisa. Hinata parecía extenuada, como si lo que había hecho por ella hubiera consumido toda su energía. Sus labios en forma de lazo se habían teñido de un color pálido, perdiendo así su tono cereza habitual, y su cabello, largo y castaño, se le quedaba pegado en las mejillas sudorosas.

—No te preocupes. Tu rostro ya está volviendo a su forma habitual. Al anochecer estarás como siempre, exquisita —piropeó a Sakura mientras le acariciaba la cabellera— No te muevas. Vuelvo enseguida.

Sakura miró a su alrededor. Por primera vez pudo contemplar el lugar donde Sasuke y ella habían pasado la noche. Tardó unos instantes en percatarse de que el hoyo en el que estaba medía al menos dos metros de profundidad y el triple de ancho, pero aún le costó más darse cuenta de que el agujero lo habían creado sus cuerpos al desplomarse sobre el suelo.

El agua que se filtraba por la arena empezaba a empaparle la ropa; entonces, reparó en que Sasuke había pasado la noche sumergido en un charco de agua congelada. Giró la cabeza para poder mirarle. Se presumía una ligera huella del cuerpo de Sakura sobre el de Sasuke. El joven tenía el pecho casi hundido por el peso que había soportado de la cabeza y hombros de Sakura. Apretaba la cara con fuerza, creando así una mueca más dolorosa. Canturreó para sí durante unos instantes, como si intentara impedir soltar un gruñido. Su padre se arrodilló junto a él, lo miró directamente a los ojos y le habló en voz baja. Sakura vio que Sasuke asentía con la cabeza, se mordía el labio inferior y, después de respirar hondo, forzaba su musculatura. El pecho del joven se expandió hasta unos límites extraordinarios y, de pronto, Sasuke dejó escapar el aire y resolló como si acabara de alzar en enorme peso. Una lágrima se escurrió de sus ojos, serpenteó por su mejilla y se perdió entre el cabello.

Su padre le dijo algo tranquilizador antes de levantarse y salir de aquel agujero para planear una estrategia con Neji. Después de haber recuperado el aliento, Sasuke giró la cabeza hacia un lado para poder mirar a Sakura.

—Creo que ya ha pasado lo peor —alentó apretando la mano de Sakura. Hasta ese momento la muchacha había pasado por alto que estaban cogidos de la mano, pero lo cierto es que le gustaba.

Ella respondió con el mismo gesto y sonrió. Sasuke tenía un aspecto horrible, mucho peor de lo que Sakura pudiera haber imaginado.

—Bizcochito —le llamó con aire risueño y despreocupado en un intento de distraerle— ¿qué planes tienes para el próximo viernes por la noche?

—¿Qué tienes planeado?

—Podríamos intentar atropellarnos —sugirió Sakura con alegría.

—Qué lástima, ya lo hice con Kiba el pasado fin de semana —se lamentó.

—¿Qué te parece ir al zoo y lanzarnos a la jaula de los leones? —replicó enseguida para no perder su atención e impedir que se fijara en su pecho hundido.

—Los romanos ya sacaron todo el jugo a esa actividad. ¿Algo más original?

 —Pensaré en algo —soltó Sakura.

—No veo la hora —suspiró. Tras una oleada de dolor intenso, Sasuke apartó la mirada de Sakura y giró el rostro.

—¡Eh! ¿Un poco de ayuda? —gritó Sakura al ver que Sasuke empezaba a tiritar— ¡Sasuke no está bien!

—No, no está bien —intervino Konan con voz ronca y expresión resentida desde los pies de Sakura.

La joven no se había dado cuenta de que alguien más estaba en el mismo agujero mientras ella y Sasuke se tomaban de la mano y se dedicaban bromas. Al oír su voz, a Sakura le dio la impresión de que a Konan no le había gustado ni una pizca lo que acababa de presenciar.

—Baja las tablas. Ha llegado el momento de moverlos —ordenó a su padre, como si Konan estuviera a cargo de toda la operación.

Sakura abrió los ojos como platos al presenciar cómo una chica de trece años se dirigía a su padre con ese tono y, además, esperaba que este obedeciera; de inmediato, las tablas descendieron por el cráter sin que su padre hiciera un comentario al respecto. Los gemelos trasladaron con sumo cuidado a Sakura y Sasuke sobre los largos tablones y les recomendaron quedarse inmóviles. Kiba y Konan deslizaron las  manos, que emitían un resplandor dorado, sobre el cuerpo de Sasuke. Sakura observó que el joven hacía rechinar los dientes mientras sus  primos aceleraban su sanación. Justo cuando creía que Sasuke empezaría a chillar desaforadamente, los gemelos pararon, se miraron cómplices, comunicándose en silencio, y después asintieron con la cabeza. Ambos estaban tan pálidos que parecían almas en pena, aunque lo cierto es que también parecían contentos, como si nada pudiera satisfacerles más que ayudar a los suyos. Sakura intentó darles las gracias, pero Hinata se lo impidió pellizcándole los labios con ternura y aconsejándole que guardara fuerzas. Neji y Fugaku cargaron con los tablones sobre los que yacían Sakura y Sasuke y los sacaron del agujero para colocarlos, el uno junto al otro, en el maletero del mismo monstruoso todoterreno que Sakura había maldecido tantas y tantas veces. Ahora que funcionaba como su ambulancia, se juró que no volvería a perder los estribos cuando viera un vehículo de tales características.

Fugaku estaba al volante, ansioso por arrancar el vehículo y salir de allí. Si se quedaban mucho tiempo en la playa, el sol iluminaría toda la isla y tendrían más posibilidades de ser descubiertos. Konan fue con ellos, pero Kiba, Hinata y Neji prefirieron quedarse en la playa para tapar el hoyo y dejar el lugar como si nada hubiera ocurrido.

—¿Por qué no colocamos una piedra gigantesca en el centro y fingimos que es un asteroide? —escuchó Sakura preguntar a Neji, que sonaba exhausto.

—¿Realmente crees que funcionaría? —soltó Kiba, quién se mostró animado ante la idea de recostarse en la cama al cabo de menos de una hora.

—No —respondió Konan con rotundidad—. Esta parte de la isla es una reserva natural. Hay científicos por toda la zona, así que enseguida averiguarían que la piedra no proviene del espacio.

Kiba y Neji soltaron sus respectivos quejidos y, de inmediato, se pusieron manos a la obra. Una vez más, la opinión de Konan era indiscutible. Tácticamente, Sakura siempre había asumido que Sasuke era el líder de los más jóvenes y que, de la misma forma, su padre era el cabeza de familia Uchiha. Sin embargo, comenzaba a creer que alguien menos tradicional dirigía la familia. Cuando Konan abría la boca, todos la escuchaban, incluido Fugaku. Y, por lo visto, Konan no necesitaba la presencia de las furias para sentir antipatía por Sakura, lo cual le recordó que…

—¡No veo a las furias! —exclamó de repente Sakura.

—Nadie las ve —intervino el padre de Sasuke con voz pensativa. El cuero del asiento crujió cuando Fugaku se retorció para mirar hacia atrás— Ya lo resolveremos más tarde. Ahora tenéis que descansar.

Sakura no podía discutir con él, pues a duras penas lograba mantener los ojos abiertos. En cuanto escuchó el ronroneo soporífero del motor, cerró los ojos y se quedó dormida como un tronco.

Al anochecer, Sakura se despertó en una cama con sábanas blancas. A través de la ventana de la habitación podía contemplar un cielo con tal paleta de colores que los pintores de la isla deberían estar perdiendo la chaveta. Movió los dedos de los pies. Al comprobar que todo estaba en orden, se incorporó y se sentó sobre el colchón. Mientras balanceaba las piernas se percató de que vestía un camisón ajeno y que no llevaba ropa interior. A pesar de estar recuperándose de una experiencia casi mortal,  no había perdido ni una pizca de su timidez habitual. Así que de inmediato se sonrojó. Aquel camisón parecía un vestido ligero, corto y un tanto transparente. Cuando se cercioró de que podía mantenerse en pie, se olvidó por completo de su pudor, dejó escapar un grito y, de inmediato, recibió una mano que se ofrecía a ayudarla.

 —Tranquila. Ven, sujétate en mi brazo —aconsejó Hinata—. Vaya, no puedo creerme lo rápido que te estás curando. Sin embargo, deberías descansar un poco más.

Hinata procuró acostarla en la cama, pero Sakura quiso quedarse sentada en el borde mientras respiraba hondamente.

—Es que… no puedo —replicó con una mirada avergonzada.

Hinata desvió la mirada hacia las rodillas de Sakura, que las mantenía unidas con fuerza, y pilló enseguida la indirecta.

—Lavabo, ¿eh? De acuerdo —dijo mientras soltaba una risita ahogada— Te acompañaré, pero no te me mees encima.

Sakura lanzó una carcajada de gratitud. Hinata tenía la habilidad de convertir una situación embarazosa en algo divertido, y eso la hacía sentirse más cómoda. Era una de esas cosas que Ino también habría hecho. Seguía avergonzada, pero tras varios chistes más y un poco de tacto, ambas consiguieron llegar al baño.

—¿Te importa que revise cómo va tu sanación? —preguntó educadamente cuando volvió a estar arropada en la cama— Eso significa que tengo que posar mis manos sobre ti, así que necesito saber si estás dispuesta a pasar por esto otra vez.

—Acabas de verme hacer pis —respondió Sakura con una risotada tímida— así que no me importa que hagas una revisión. Bueno, espera. ¿Me va a hacer daño?

—En absoluto. Solo quiero echar un vistazo. Lo que antes te ha torturado es el crecimiento celular. Y, si te sirve de consuelo, tampoco es plato de buen gusto para mí. Es demasiado agotador —repuso Hinata con una sonrisa al mismo tiempo que empujaba a Sakura para que se estirara por completo.

—De acuerdo —accedió Sakura, algo insegura.

Se acomodó en los cojines y aguardó el calvario que sospechaba viviría de un momento al otro, a pesar de la negativa optimista de Hinata. Posó sus manos sobre las costillas de la paciente y se concentró. Sakura sintió una ligera sensación vibratoria, como si estuviera frente a un gigantesco altavoz de graves, pero, tal y como le había prometido, no sintió ni una pizca de dolor. Tras unos instantes, levantó las manos y miró a Sakura.

—No podría tener un paciente mejor —la animó con una sonrisa radiante—. Tengo que confesar que después de ver vuestras heridas tuve mis dudas. Pero te aseguro que te pondrás bien.

—Gracias —agradeció Sakura de todo corazón—. Por curarme y ayudarme…

—Gracias a ti por no mearte encima… —bromeó Hinata mientras una cabeza de duendecillo se asomaba por la puerta entreabierta. Se trataba de una mujer espectacular que rondaba los treinta años.

—Para estar en la enfermería, parece que os lo estáis pasando en grande — declaró con una mirada traviesa y pícara.

Sakura enseguida se fijó en aquellos ojos gatunos y amarillos. Le dio la sensación de que aquella mirada destilaba una malicia mundana y, solo por ese detalle le gustó aquella mujer. Le recordaba a Shizune. La desconocida entró en la habitación, tintineando como una bolsa repleta de calderilla. Tenía el cabello corto y de punta. Sakura advirtió que tenía las muñecas cubiertas de capas y capas de pulseras y brazaletes centelleantes y, a pesar de no tener forma de comprobarlo, a la joven no le cabía la menor duda de que tendría los tobillos también recubiertos de bisutería.

—Sakura, te presento a mi tía Anko. Anko esta es… —presentó Hinata mientras chasqueaba los dedos sobre la colcha a modo de redoble—. ¡La famosa Sakura Haruno!

—¡Tachán! —añadió Sakura algo débil. Anko se sentó a los pies de la cama.

—¡Divina! Ahora entiendo por qué Sasuke perdía el control continuamente— comentó con una sonrisa pícara.

—¡No! ¡Eso ya ha acabado! Desde que nos despertamos en la playa, las furias parecen haberse esfumado —soltó Sakura. Cuando Anko le dedicó una mirada burlona y algo inquisitiva, se vio obligada a justificarse—: Seré clara: ya no siento el impulso de mataros.

—Bueno, me alegro, porque he oído por ahí que tienes un buen arsenal —añadió Anko como si estuviera lanzándole un cumplido, pero Sakura no tenía ni idea de lo que hablaba, así que prefirió cambiar de tema de conversación.

—¿Cómo está Sasuke? —preguntó con cautela, aún sorprendida de poder pronunciar su nombre sin sentir un arranque de ira.

Anko y Hinata se miraron por el rabillo del ojo.

—Se pondrá bien —anunció al fin Anko con firmeza. La mujer movió las muñecas y se produjo una cascada de destellos y tintineos procedentes de la multitud de brazaletes y pulseras, como si estuviera convencida de que aquel sonido tan alborozado y divertido alejaría cualquier pensamiento oscuro.

 —Estuvo cerca, pero está curándose —añadió Hinata con rostro optimista.

Sakura no podía mirarlas. La tensión de aquellos momentos se rompió por los interminables ruidos que salían de su estómago.

—Bueno, está claro que tienes hambre —rompió con frialdad Anko—. Creo que, con un poco de ayuda, podremos bajar a picar algo.

Sakura rebuscó en el armario de Hinata y se vistió con un largo albornoz que llevaba inscrito el escudo de un famoso equipo de fútbol español. Tras varios comentarios jocosos sobre la vestimenta de Sakura, sus nuevas mecenas la trasladaron en volandas al piso de abajo. Cuando llegaron a la cocina, les embargó el aroma a comida recién hecha y las tripas de Sakura volvieron a rugir. Neji escuchó el ruido y alzó una ceja en el mismo instante en que colocaban con amabilidad a Sakura en  una silla de la cocina. Le dijo algo a la mujer que organizaba la cena y esta, de inmediato, se dio media vuelta para mirar a Sakura.

—No imaginaba que nos acompañarías. —La desconocida se sorprendió—. Me alegro muchísimo.

—Gracias. Y gracias otra vez por la comida que nos enviaste a mi padre y a mí —añadió Sakura.

Enseguida adivinó que se trataba de Mikoto Uchiha. Podía asegurar que era una mujer normal y corriente, sin una gota de fuerza sobrehumana. Una sensación de culpabilidad empezó a martillearle el pecho. Ella había amenazado a esta mujer frágil rodeada de una familia de superhéroes al desafiar, nada más y nada menos, que a su hijo y a sus sobrinos. Mikoto le sonrió cariñosamente, consciente del arrepentimiento de Sakura.

—Eres más que bienvenida. Lo primero es lo primero. ¿Cómo puedo ponerme en contacto con tu padre para hacerle saber que estás sana y salva?

—Ha ido a Boston a pasar el fin de semana y no regresará hasta mañana por la noche.

—De acuerdo, como tú quieras, pero si me aceptas el consejo, creo que lo mejor sería que tuvieras una larga charla con tu padre y le explicaras todo esto —asesoró Mikoto con una mirada penetrante.

Después, se giró y volvió a ponerse manos a la obra. A Sakura le dio la impresión de que le habían concedido una suspensión provisional, pero aún no la habían perdonado.

—¿Puedes comer? —preguntó Mikoto sin dejar de revolotear por la cocina.

—No recuerdo haber tenido tanta hambre en mi vida —respondió, Sakura con toda sinceridad.

—Es por la sanación —le explicó mientras colocaba pan, sal y aceite delante de Sakura. Le sirvió un vaso de leche antes de empezar a hacer gestos de impaciencia—. Come. Ahora no es el momento de ser tímida, Sakura. Lo necesitas.

La joven atacó sin rubor al pan como si fuera una glotona medieval con un nivel de azúcar en la sangre ínfimo. Mikoto volvió a sonreír y le pidió a Neji que cogiera el queso curado de la nevera. Él obedeció a regañadientes. Cuando dejó el queso curado sobre la mesa, gastó una broma de mal gusto sobre tener miedo de acercar sus dedos a la boca de Sakura.

—Mira quién habla —refunfuñó Anko—. Hace tan solo dos semanas tenía que contar la vajilla de plata después de cada comida para comprobar que no te habías zampado alguna pieza.

—¿Estabas curándote hace dos semanas? —preguntó Sakura, quien, al instante, recordó que Neji y Anko habían llegado a la isla más tarde que el resto de la familia.

Habían ocurrido tantísimas cosas en tan pocos días que le daba la sensación de que habían pasado semanas. Asombrada, pensaba en cuánto había cambiado su vida y, de repente, advirtió que se había producido un silencio absoluto en la cocina. Al parecer, había sacado a relucir un tema delicado, pues toda la familia intercambiaba miradas nerviosas.

—Lo siento. No quería entrometerme —enmendó Sakura enseguida.

—No te preocupes. Lo que pasa es que la sanación de Neji forma parte de un asunto mucho más complicado —aclaró Mikoto—. Ahora, come.

Al principio, se mostraba algo reticente por ser la nueva invitada a cenar, pero en cuanto le sirvieron el estofado, perdió todos los miramientos y se dispuso a comer. Apenas se fijaba en el resto, que se sentaba a la mesa, o merodeaba por la cocina probando este o aquel plato, se servía una ración o conversaba con otro miembro de la familia. Estaba demasiado concentrada en el banquete de guisos para advertir los movimientos del clan Uchiha. Mikoto no dejaba de servir comida. En varias ocasiones reparó en que Konan llevaba bandejas arriba y abajo, pero no entendió que todas aquellas raciones eran para Sasuke hasta que empezó a quedarse dormida sobre una masa dulce y almendrada.

—¿Preparada para el helado? —preguntó Mikoto mientras, distraída, le deslizaba un mechón de cabello del hombro para que no se manchara de comida.

 —Creo que me he empachado —respondió Sakura, incapaz de masticar o tragar otra cucharada de comida.

—Por fin —suspiró Mikoto mientras se dejaba caer sobre la silla frente a la chica. Parecía tan cansada como la invitada—. ¿Kiba? ¿Crees que puedes llevarla arriba?

 —Desde luego —contestó el chico. De inmediato, cogió a Sakura y la levantó de la silla.

Inesperadamente, Sakura se dio cuenta de algo.

—¡Puedo caminar! De verdad, no tienes que llevarme —exclamó mientras se retorcía entre los brazos de Kiba.

—Ya lo veo. Quédate quieta o te tiraré al suelo —bromeó sin dejar de sonreír.

No tenía elección, así que se relajó y le permitió que la llevase en volandas. Cuando llegaron al piso de arriba, Konan estaba saliendo de las muchas habitaciones sujetando una bandeja repleta de platos sucios. Por la puerta entreabierta, Sakura pudo atisbar a Sasuke, tumbado en la cama. Se puso tensa e intentó estirar el cuello por encima de los hombros de Kiba para echar un vistazo, pero Konan cerró la puerta de golpe.

—Se pondrá bien, ¿verdad? —le preguntó Sakura a Kiba mientras  entraban en la habitación de invitados.

—Sí —le confirmó Kiba, aunque no se atrevió a mirarla a los ojos. Con una risa algo forzada, añadió—: Sasuke está aprovechándose de los mimos de Konan. Se pondrá bien —aseguró.

Tras tumbarla con sumo cuidado sobre la cama, Kiba dio media vuelta y se fue.

—Lo siento mucho —gritó ella. El joven se detuvo, vacilante en el umbral y se giró para escuchar a Sakura, que deseaba poder desahogarse con alguien—. Estaba aterrada, así que eché a correr, atravesé la niebla y, de repente, me sentí liviana y ligera y tenía mucho frío. Cuando bajé la vista y vi que estaba volando, perdí el conocimiento. Siempre supe que no era como los demás, que era diferente, pero no sabía…

Sakura no supo cómo continuar, pero Kiba se acercó a la cabecera de la cama y le rozó el hombro.

—Nadie te culpa —la tranquilizó.

Ella hizo un gesto desdeñoso con la mano.

 —Claro que sí. Todos  me culpáis. Porque  yo  empecé  todo  esto cuando ataqué a Sasuke en el pasillo del instituto.

—Tú no empezaste todo esto —replicó Kiba con convicción— Esta guerra comenzó hace miles de años.

Sakura le miró algo confusa, pero él sacudió la cabeza antes de que pudiera formular cualquier pregunta.

—Descansa, intenta dormir y deja de preocuparte por Sasuke. Incluso comparado con otros hijos de Apolo, es realmente muy resistente.

Kiba apagó la luz al salir de la habitación, pero dejó la puerta entreabierta por si Sakura necesitaba ayuda en mitad de la noche. La chica se acurrucó entre el edredón e intentó relajarse, pero el cansancio podía con ella, y se sentía abrumada por estar en una habitación y una  casa ajena. Y no podía obviar que era capaz de volar. Ahora no tenía sentido continuar negándolo. No era una atleta con talento e ideas paranoicas que creía formar parte de algún tipo de experimento genético. Podía volar, maldita sea, lo cual era aerodinámicamente imposible para un Homo sapiens, así que tenía que pertenecer a otra especie, a una distinta de la humana. La única explicación que se le ocurría era lo que Sasuke había sugerido, pero aquello tampoco tenía mucho sentido. Los dioses griegos eran mitos, manifestaciones antropomórficas de las fuerzas de la naturaleza, y no personajes históricos con una línea de sucesión, o eso era lo que le habían enseñado hacía un par de años. Pero ahora lo ponía en duda. Recordó la sensación de volar, la solidez que tomó el aire que la rodeaba, como si se hubiera convertido en un objeto maleable y, al fin, tuvo que dejar de luchar con la razón. De algún modo, ella era una semidiosa y no tenía más remedio que aceptarlo.

A primera hora de la mañana, se despertó sobresaltada y echó un vistazo rápido a la habitación, aún sumida en la penumbra. Había soñado que volaba, lo cual era magnífico, hasta que se dio cuenta de que no sabía aterrizar. Lo primero que pensó nada más abrir los ojos fue que tendría que convencer a Sasuke para que le enseñara a volar. En ese instante le vino a la cabeza la idea de que, quizá, Sasuke jamás podría volver a alzar el vuelo. A pesar de la insistencia de la familia en que se pondría bien, Sakura no lograría conciliar el sueño hasta comprobarlo por sí misma. Necesitaba asegurarse de que su tez había recuperado su bronceado habitual y olvidarse de la imagen del chico tendido en la arena, pálido y asustado.

Apoyó los pies en el suelo, aplicando, más y más presión hasta constatar que podía ponerse en pie y avanzó tambaleándose por el pasillo hasta la habitación de Sasuke. Jamás había sufrido torceduras o esguinces, nunca se había lesionado practicando deporte, pero a medida que se arrastraba por el pasillo imaginó que debía de parecerse a lo que ella notaba en ese instante o incluso peor. Los músculos no se estiraban lo suficiente y las articulaciones estaban entumecidas. Cuando empujó con suavidad la puerta de la habitación de Sasuke, estaba sudando. El chico permanecía tumbado boca arriba, contemplando la luna a través de la ventana pero en cuanto ella se asomó a la habitación, Sasuke giró la cabeza. Hubo unos instantes de silencio.

—Hola —susurró él.

—Hola —musitó Sakura—. ¿Puedo entrar?

—Claro, pero no hagas ruido —accedió señalando a Konan, que estaba adormilada sobre un sofá al otro lado de la habitación—. No ha pegado ojo desde hace dos días.

Sakura entró en la habitación encorvada como si de una anciana se tratara y haciendo muecas de dolor por el peso que estaban soportando sus pies. La chica se sintió como la bruja de algún cuento ridículo que perseguía a niños a través de un campo de galletas de jengibre y no pudo evitar reírse entre dientes.

—No deberías haber venido sola. Estás agotada —la regañó Sasuke.

—Estaba perfectamente hace dos segundos, pero tu habitación está mucho más lejos de lo que pensaba. Tu casa es enorme —susurró Sakura mientras se acomodaba en la silla que había junto a la cama.

—No podrás sentarte. Ven —ordenó mientras retiraba el edredón—,  estarás más cómoda tumbada.

Sakura vaciló durante unos segundos. Había pasado la noche anterior a su lado, pero, de algún modo, esta vez era diferente. Sasuke le sonreía de oreja a oreja y ella interpretó que la consideraba una estúpida ridícula, lo cual era cierto, pues las piernas no paraban de temblarle por el sobreesfuerzo que le suponía mantenerse en pie. Intentó sentarse con todo el cuidado que pudo para no molestarle, pero en el último instante las piernas le flaquearon y cayó pesadamente sobre la cama.

—Lo siento —murmuró mientras se arropaba.

—No pasa nada. Vigila los pies, porque tengo las piernas destrozadas —avisó Sasuke. Sakura miró a hurtadillas bajo las sábanas y observó que todo su cuerpo estaba  recubierto  de  gasas  y  vendas— ¿Lo  ves? Estás completamente a salvo conmigo —dijo con una amplia sonrisa que Sakura correspondió con el mismo gesto. Pero la sonrisa de la joven se desvaneció al recordar por qué se había deslizado hasta su habitación.

—¿Es muy grave'? —le preguntó con tono serio.

Sakura se apoyó sobre el codo para poder mirarle a los ojos y escudriñar cada gesto, para no pasar por alto ninguna mentira piadosa. Incluso bajo el tenue resplandor de la luz de la luna que atravesaba el cristal, podía distinguir el color zafiro brillante de sus ojos.

—Me pondré bien —aseguró casi sin mover los labios.

—¿Bien del todo? ¿Podrás volver…, ya sabes…, a caminar, a correr… y… a volar?

—Claro que sí —susurró casi antes de que Sakura acabara la frase— Dentro de poco, estaré como nuevo.

A Sakura se le ocurrió que, si se inclinaba un poquito, le besaría. Le parecía algo más que natural, como si tuviera que hacerlo, así que se decidió a besarle, pero a medio camino se detuvo y se echó atrás, asombrada por su falta de autocontrol, Sakura advirtió que Sasuke tragaba saliva.

—Túmbate, Sakura —dijo.

Sin pensárselo dos veces, obedeció para intentar esconder su confusión. De inmediato a los dos se les aceleró la respiración, pero, tras unos instantes, Sasuke logró relajarse lo suficiente para tomarle de la mano bajo las sábanas. No tenía intención de soltarla. Sakura prestó atención a la respiración de Sasuke, que ya le resultaba muy familiar, y se durmió con una sonrisa en los labios.

Notas:

Y ahí lo teneis! Es un vástago.... Más adelante se eplicará con más detalle pero al menos un misterio está resuelto xD

 

Muchas gracias por leer y espero que les haya gustado. El siguiente capítulo estará el lunes.

 

 

 

Abrazos virtuales!

Capítulo 7 por chloe_moony
Notas de autor:

Hola! ¿Cómo se encuentran? Espero que bien.

Aquí os traigo el siguiente capítulo de esta adaptación, el séptimo Antes quería decir que no os preocupéis si no entendéis muy bien lo de vástago porque en este capítulo se explica más detalladamente, así como las habilidades que tiene... Eso no tanto pero tambien se explica un poco.

Sé que el Sasuke original no tiene esta personalidad pero aún así le va que ni pintado xD Muchas gracias a todos por las visitas y los comentarios, me encanta que os encante!! ^^ Y si teneis preguntas, dudas o quereis decir algo, no dudeis en hacerlo ^^

Sin más, disfrutad de la lectura!

 

Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Capítulo 7

 

—¡Porque no quería despertar a Sasuke! —siseó una voz descontenta.

Sakura no lograba comprender cómo Hinata había conseguido subir hasta la mesita de té ubicada en la parte  más  alta  del  puente  Golden  Gate,  ya  que, hasta donde ella sabía, no podía volar.

—¿Por qué no confías en mí? —suplicó Konan.

Hmm. Sakura no podía estar en la cima del puente Golden Gate; seguía postrada en la cama, pero no se explicaba qué hacía Konan en la cama con ella. Deseaba poder abrir los ojos y hechar un vistazo, pero no se atrevió.

—No dudo de ti. Pero ¿qué podemos hacer? —preguntó Mikoto.

—Deberíamos irnos de aquí. Ahora mismo. Hacer las maletas y regresar a Europa.

—Estas exagerando —vociferó Hinata, que no se molestó ni un ápice en mantener el tono de voz de Konan y Mikoto.

—Dos noches seguidas, Hina. Los dos han comido lo mismo. Han  compartido un techo y una cama, ¡y hay testigos! —exclamó Konan en el mismo tono de voz.

—¡Pero no han hecho lo más importante! —gritó Hinata como respuesta.

—¡Chicas!

Sakura estaba tan agotada que le daba la sensación de que se había enganchado al colchón, pero, al oír todos aquellos alaridos no pudo evitar abrir los ojos de par en par. Vio a Hinata, Konan y Mikoto junto a su cama. Corrección: estaban junto en la cama de Sasuke, donde ella había decidido acostarse. Abrió los ojos de golpe y giró de inmediato la cabeza hacia Sasuke que, en ese instante, fruncía el ceño, algo molesto por el incómodo despertar.

—Id a discutir a otro sitio —gruñó al mismo tiempo que se giraba hacia Sakura.

Se hizo un ovillo junto a ella, arrastrando las piernas con cuidado  mientras hundía la cabeza en el cuello de la joven. Ella le asestó un suave codazo y alzó la mirada hacia Mikoto, Hinata y una más que furiosa Konan.

—Vine a ver cómo estaba y después no tuve fuerzas para volver a mi cama —intentó explicar Sakura, muerta de vergüenza.

Dejó escapar un grito sofocado cuando Sasuke deslizó una de las manos por su pierna para abrazarla por la cintura. Después, Sakura notó que se ponía tenso, como si acabara de descubrir que las almohadas no tenían la misma forma que los relojes de arena. Sasuke alzó la cabeza y miró a su alrededor, preparado para una pelea.

—Ah, sí —le susurró a Sakura cuando se acordó. Relajó los ojos hasta sumergirse otra vez en un letargo somnoliento. Sonrió a las chicas de su familia y se desperezó hasta que los movimientos empezaron a dolerle. De no tan buen humor, se frotó el pecho, aún dolorido, y añadió—: ¿Un poco de privacidad?

Su madre, su hermana y su prima, o bien se cruzaron de brazos, o bien  los posaron sobre sus caderas. Humillada, Sakura procuró desenmarañarse de las sábanas y arrastrarse de la cama sin llamar demasiado la atención. Konan se dio media vuelta y salió de la habitación pisoteando el suelo con fuerza.

—Hina, ayuda a Sakura —dijo Mikoto al ver que Sakura no había recuperado todas sus fuerzas. Entonces la matriarca de la familia Uchiha se giró súbitamente y bramó por el pasillo—: ¡Neji! ¡Ven aquí ahora mismo y échale una mano a tu primo!

—Estoy bien —protestó Sakura mientras se ponía de pie apoyándose solo en la mano de Hinata para no perder el equilibrio.

En ese instante se acordó de que llevaba el ridículo trozo de tela  de seda que Hinata  tenía  el valor de llamar pijama, aunque ese pequeño detalle se le había pasado por alto la noche anterior; cuando decidió quitarse el albornoz.

 —¡Guau! Esto es... interesante —soltó Neji en cuanto vio a Sakura.

—¿El qué es interesante? —preguntó Kiba mientras cruzaba el pasillo. Asomó la cabeza por la puerta y observó con detenimiento lo mismo que su primo— ¡Ah, caramba!

Los dos contemplaban fijamente a Sakura, que estaba medio desnuda e indefensa delante de la cama de Sasuke. Después se miraron entre ellos, echaron la cabeza atrás al mismo tiempo y empezaron a reírse a carcajada limpia.

—Ya vale, ya vale. Suficiente —dijo Sasuke a la defensiva— Estaba preocupada y vino a verme, pero cuando llegó estaba a punto de desmayarse. No quería despertar a Konan para que la llevara a la habitación de invitados, así que le dije que se acostara aquí, conmigo. Es más que evidente que solo hemos dormido. Ahora, ¿podéis todos, excepto Neji y Kiba, salir de mi habitación, por favor? Mamá, eso también te incluye a ti. Necesito una ducha.

Sakura logró llegar hasta la habitación de invitados sin tener que pedir  más ayuda de la ofrecida. Estaba tan avergonzada que lo único que ansiaba hacer era salir corriendo de esa casa gritando a pleno pulmón, pero necesitaba demostrarles que se había recuperado para que la  dejaran.

—No, gracias. Ahora puedo yo sola —respondió Sakura cuando Hinata se ofreció para ayudarla a darse una ducha.

—De acuerdo. Si me necesitas, da un grito y vendré —concluyó entrecerrando los ojos.

Sakura tuvo que sentarse dos veces en el suelo de la ducha para descansar, pero, al fin, se las arregló para deshacerse de todos los  molestos granitos de arena que se le habían enredado en el pelo. Tardó nada más y nada menos que diez minutos en vestirse con su ropa, recién lavada, pero mereció la pena. Lo único que quería era dar las gracias a la familia Uchiha y salir de allí sin llamar mucho la atención. Cuando bajó el último peldaño de la escalera, toda la familia estaba reunida en la cocina, incluido Sasuke. Su rostro se iluminó al ver aparecer a Sakura por la  puerta. Automáticamente, la chica se dirigió hacia él y se sentó. La esperanza de huir de allí a hurtadillas se fue al traste cuando notó un tirón en la rodilla. No tenía la intención de quedarse a desayunar, pero, de forma inexplicable, sentía que debía quedarse cerca de él.

—Comenzábamos a pensar que se te había tragado la ducha —bromeó Mikoto.

—Sakura es muy pudorosa y quería vestirse ella sola —informó Hinata mientras vertía un poco de miel sobre un bol lleno de gachas de avena que, segundos después, se colocó delante.

—¿Pudorosa? Sí, claro... —añadió Neji con sarcasmo mientras le alcanzaba a Sasuke un plato lleno de panceta.

—Ese era el camisón de tu hermana, ¿verdad? —preguntó Sasuke sin alterarse.

Neji fue prudente y cerró el pico.

—Sí —respondió Hinata por Neji sin comprender la tensión— ¡Es tan cómodo! ¿Qué pasa? ¿De qué os reís?

—De nada, Hina. Déjalo correr —respondió Kiba, algo afligido y tapándose los ojos con la mano. Todos estaban desternillándose de la risa, incluidos Fugaku y Mikoto.

Sakura estaba destrozada. No quería reírse, pero tampoco lo podía evitar. Contuvo la risa y bajó la mirada hacia el plato, que rebosaba de comida. Era el tipo de desayuno que, en general siempre iba acompañado de una siesta, y Sakura se moría por esconderse en algún lugar. Se planteó la idea de no desayunar y escapar de allí lo antes posible.

—Sé que tienes hambre —susurró Sasuke— ¿Qué ocurre?

—Creo que debería ir a casa. Ya os he importunado bastante... —se justificó mientras Sasuke negaba con la cabeza con desaprobación.

—Ese no es el motivo —le dijo—. ¿Qué pasa?

—¡Me siento imbécil! No tenía planeado levantarme medio desnuda en tu cama con la mitad de tu familia observando el bochornoso espectáculo —explicó apretando los dientes al mismo tiempo que se le sonrojaban las mejillas. Sonrió tímidamente al comprobar que Sasuke también se había ruborizado.

—Si ese episodio no hubiera ocurrido, ¿querrías quedarte? —le preguntó con un repentino tono serio y la mirada clavada en ella. Sakura agachó la cabeza y asintió aún un poco sofocada—. ¿Por qué? —quiso saber Sasuke.

—Por una única razón. Tengo preguntas —aclaró con la osadía de mirarle a los ojos. Sasuke tenía una expresión ilegible.

—¿Es la única razón? —susurró.

—Vosotros dos, basta de charla ya. Tenéis que comer —interrumpió Mikoto desde  el otro lado de la mesa.

La intervención de la matriarca pilló desprevenida ? Sakura, que no pudo evitar brincar de la silla, lo cual provocó una risa entre dientes de Sasuke. La pareja de jóvenes devoró la comida con la ferocidad de dos personas  que literalmente están reconstruyendo sus cuerpos célula por célula. Al  fin, cuando Sakura alzó la vista del plato tras una hora entera de masticar y engullir sin descanso, el resto de la familia había terminado de desayunar, aunque seguía alrededor de la mesa tomando un café y  leyendo las diversas secciones del periódico. Le dio la impresión de que la familia Uchiha tenía la costumbre de invertir la mitad del domingo compartiendo un copioso desayuno y, durante la otra mitad, se dedicaba a merodear por la cocina, a esperar la cena. Sakura se sorprendió al percatarse de que estaba disfrutando de aquel momento familiar.

Sasuke seguía comiendo, así que Sakura cogió la sección de deportes del periódico cuando Neji la dejó sobre la mesa y leyó un artículo sobre su querido equipo de béisbol, los Boston Red Sox, que estaban haciendo una gran temporada. Sin duda, debió de murmurar el artículo en voz alta, porque cuando termino de leer las estadísticas, notó la atención de todos los hombres de la mesa.

—Con que «un buen pitcher puede hacer ganar bases», ¿eh? —soltó Fugaku con una sonrisa que denotaba satisfacción.

—Así que «tenemos demasiados jugadores lesionados», ¿verdad? —repitió Kiba a Sakura. Después, desvió la mirada hacia Sasuke y, de manera enigmática, dijo—: De acuerdo, tú ganas.

—Gracias —respondió Sasuke con una sonrisa temblorosa, echó el cuerpo atrás y cerró los ojos.

 En ese instante, Sakura advirtió que tenía la frente empapada de sudor, así que le rozó la cabeza para comprobar si tenía hambre, pero Kiba enseguida se puso en pie para impedírselo.

—Ya me encargo yo, Sakura —comentó mientras rodeaba la mesa. Kiba se disponía a levantar a Sasuke, pero este no se lo permitió. En cambio, apoyo el brazo sobre el hombro de su primo y se apoyo en él para ponerse en pie.

—Solo hasta las escaleras, ¿de acuerdo?

Kiba asintió con la cabeza; era evidente que el vínculo que los unía era tan fuerte que no necesitaban palabras para comunicarse. Sakura observó a Mikoto, que meneaba las manos demostrando impotencia y frustración.

—Deja que vaya a su ritmo —le comentó Fugaku con amabilidad a su esposa.

Mikoto hizo un gesto con la cabeza que daba a entender que aquello sucedía cada dos por tres. Entonces desvió su atención hacia las sobras del desayuno.

—¡Neji! ¡Te toca a ti recoger la mesa!

Sakura se dio cuenta de que Mikoto tendía a desmenuzar sus enfados con la mayor sensatez y sentido común posibles. Necesitaba desahogarse y gritar, pero era consciente de que no debía chillarle a un convaleciente, ni tampoco podía bramar a Kiba porque estaba ayudando a su primo, así que no tuvo más remedio que buscar a otra persona en quien descargar su ira. Lo mismo había ocurrido por la mañana; cuando Sakura se despertó, Mikoto se dirigió a ella con ternura, pero en cuanto Neji apareció por la puerta Mikoto alzó el tono de voz de forma racional. Al parecer, el pobre Neji sufría la exasperación de su tía y, por la forma en que se escabulló hacia la cocina sacudiendo la cabeza, Sakura entendió que Neji se había convertido en la cabeza de turco desde que Sasuke se había hecho daño. Durante un breve instante sintió lástima por él, pero cuando advirtió a Mikoto mirando a su hijo con semblante preocupado mientras este hacía muecas de dolor al salir de la cocina, no pudo culparla  por ello.

Sasuke se detuvo en el umbral.

—Papá —llamó sin girarse— Sakura tiene preguntas.

Todavía sentado en la cabecera de la mesa, Fugaku afirmo con la cabeza con expresión pensativa y, tras unos momentos, se levantó.

—Ya lo suponía —anunció dedicándole una amable sonrisa a Sakura— ¿Te gustaría reunirte conmigo en mi despacho?

Fugaku la condujo hacia una zona mucho más tranquila de su inmensa mansión, donde se hallaba su estudio, aún repleto de cajas sin desempacar y con unas vistas espectaculares al océano. Multitud de sillas de cuero e incontables cajas abarrotadas de libros escritos en una docena de lenguas distintas se peleaban por conseguir un espacio en el suelo, donde también se distinguían alfombras enrolladas y cuadros aún por colgar. A ambos lados de la habitación había dos gigantescos escritorios, cuyas superficies estaban cubiertas de papeles, sobres y paquetes. La pared posterior consistía en una serie de puertas con cristaleras y vidrieras que daban a un patio con vistas a la playa. Delante de las puertas se acomodaban dos sofás gigantescos y un sillón orejero. Konan estaba sentada en el inmenso sillón leyendo un libro, que dejó a un lado cuando Fugaku y Sakura entraron en la estancia. Sakura albergaba la esperanza de que Konan los dejara solos, pero tras unos momentos cayó en la cuenta de que llevaba allí un rato esperando a que ellos llegaran para poder mantener esta conversación. El hecho de que Konan supiera que tendría una charla sobrepasaba a Sakura, pero, por lo visto, Fugaku ni se inmutó.

El padre de Sasuke la invitó a sentarse en un sofá; después, él se acomodó en el otro. Miró de reojo a Konan, acurrucada en la descomunal butaca y, al fin, empezaron a hablar.

—¿Qué sabes de mitología griega? —preguntó Fugaku.

—¿A qué te refieres? ¿A la guerra de Troya? ¿A Homero y todo eso? — contestó Sakura. Fugaku dijo que sí con la cabeza y la joven se encogió de hombros— Sé algo sobre eso. Supuestamente tenía que leer la Ilíada, pero tenía un examen de química...

La excusa de Sakura quedó interrumpida cuando Konan le ofreció el libro que estaba leyendo. Se trataba de una antología que comprendía la Ilíada y la Odisea.

 —Quédatelo. Tenemos de sobra —dijo con una sonrisa irónica. Era la primera vez que veía que Konan soltaba una gracia, así que fingió una sonrisa como respuesta.

—Estoy casi seguro de que mi hijo ya te ha desvelado que somos los descendientes de los conocidos como dioses griegos —comenzó Fugaku. Al ver que Sakura hacía una mueca, como si se sintiera incómoda, el hombre asintió con la cabeza destilando buen humor— Imagino que es difícil de asimilar, pero tienes que entender que Homero era un historiador y que la Ilíada y la Odisea son versiones de una verdadera guerra que se fraguó hace miles de años. La mayoría de los mitos antiguos y de las obras dramáticas están basados en personas que existieron. Hércules y Perseo, Edipo y Medea. Todos son reales, y nosotros somos sus descendientes. Sus vástagos.

—De acuerdo —contestó Sakura, todavía incrédula—. Imagínate que te creo y que, en realidad, todas estas tragedias griegas ocurrieron. ¿Que los dioses tuvieron hijos con mujeres de carne y hueso? De acuerdo. Pero,  ¿toda esa magia, esas habilidades divinas, o como quieras llamarlas, no habrían desaparecido a estas alturas? Aquello fue hace mucho, pero que mucho tiempo.

—Los dones no desaparecen —respondió Konan—. Algunos vástagos son más fuertes que otros, algunos poseen un abanico más amplio de facultades, pero la solidez de esas capacidades es independiente de la fortaleza de sus ascendientes.

Fugaku asintió con la cabeza y reanudó la conversación para aclarar el comentario de Konan.

—Por ejemplo, mi esposa es totalmente mortal, pero nuestros hijos son más fuertes que yo. Y eso teniendo en cuenta que yo soy muy fuerte —dijo sin pretender fanfarronear—. Creemos que tiene algo que ver con el hecho de que los dioses sean inmortales. Jamás se desvanecen, al igual que sucede con los talentos que nos han concedido, sin importar las generaciones que pasen. De hecho... —empezó, pero se detuvo para mirar a Konan.

—Cada vez somos más fuertes y cada generación de vástagos está dotada con más y más aptitudes. Sin embargo, aún no hemos logrado descifrar el porqué —finalizó Konan.

—De acuerdo —se dijo a sí misma Sakura—. Sabía que no era enteramente humana, pero ¿puedo haceros otra pregunta? ¿Qué son las furias? ¿Y por qué han dejado de hostigarme de repente?

Una larga pausa siguió a la pregunta. Konan y Fugaku se cruzaron las miradas, como si intentaran leerse la mente hasta que la joven tomó la palabra.

—No estamos del todo seguros de por qué se han alejado sin más. En el pasado, corrían rumores sobre parejas de vástagos, habitualmente formadas por un hombre y una mujer, que  encontraban la manera de estar juntos sin sufrir el constante acoso de furias, pero estas habladurías jamás se han podido demostrar. Hasta donde sabemos, Sasuke y tú sois los únicos que le habéis conseguido. En mi opinión, puede que se deba al hecho de salvar una vida. De algún modo, vosotros os salvasteis, y esto os redimió del ciclo de venganza, pero no lo sé con total seguridad —finalizó.

Sakura se acordó fugazmente de la imagen de Sasuke en el páramo, ciego y perdido, incapaz de ponerse en pie. Se deshizo de inmediato de aquel pensamiento y regresó a la conversación

—¿Venganza?

Fugaku intuyó su confusión.

—La guerra de Troya fue muy larga y causó muchas víctimas. Fue el conflicto mundial más horrible de la historia de la humanidad. Se derramó mucha sangre y se crearon reyerta familiares. Empezó como un castigo dirigido a una sola familia que regresó de la guerra, pero a medida que pasaban los años, se extendió a las cuatro grandes castas, que se enemistaron de por vida.

—Las castas son las cuatro líneas sucesorias de los vástagos —aclaró Konan cuando percibió que Sakura fruncía el ceño—. En la antigua Grecia formaban parte de la realeza.

—Las furias son nuestra maldición, nuestro castigo —dijo Fugaku,

—Obligaban a miembros de castas opuestas a matarse entre ellos para pagar una deuda de sangre que debemos a nuestros ancestros. Es un pez que se muerde la cola. Sangre por sangre por más sangre —susurró Konan.

El resplandor vacío de la mirada de la chica estremeció a Sakura.

 —Esta parte sí la conozco. Orestes tuvo que matar a su madre porque  ella había matado a su padre porque este había matado a su hija —relató Sakura—. Pero cuando leí esas obras teatrales, todas tenían un final feliz. Apolo negoció con las furias para que perdonaran a Orestes.

—Esa parte era pura ficción —confesó Fugaku meneando la cabeza—. Las furias nunca perdonan, y jamás olvidan.

—Entonces ¿nuestras familias llevan asesinándose entre ellas desde la guerra de Troya? —resumió Sakura—. No podemos quedar muchos, entonces.

—Tienes razón. La casta a la que nuestra familia pertenece se denomina la casta de Tebas. Hasta el momento creíamos que era la única que había sobrevivido..., hasta que las furias nos condujeron hacia ti, por supuesto —respondió Fugaku.

—¿Y a qué casta pertenezco yo?

—No podremos averiguarlo hasta saber quién era tu madre —aclaró Konan.

—Se llamaba Beth Smith —informó enseguida Sakura con la esperanza de que Sasuke estuviera equivocado y de que Fugaku la reconociera. Pero el hombre negó con la cabeza.

—Es evidente que se inventó un nombre para protegeros a ti y a tu padre. Sin duda, te pareces muchísimo a alguien que conocí hace mucho tiempo, pero los vástagos no heredan los rasgos físicos del mismo modo que los mortales —dijo Fugaku con voz entrecortada mientras se retorcía en el sofá—. Por ejemplo, Sasuke no se parece a mí en absoluto. De hecho, no guarda ningún parecido con el típico hijo de Apolo. Nosotros, los vástagos, somos medio humanos, medio arquetipos, y a veces nuestra apariencia se asemeja más a los personajes históricos cuyos pasos estamos destinados a seguir que a nuestros propios padres.

—Entonces, ¿a quién me parezco yo? —quiso saber Sakura

—No queremos adelantar acontecimientos. ¿Tienes alguna fotografía de tu madre o algún vídeo en el que salga? Quizás así podamos confirmar quién era —dijo Fugaku con impaciencia, como si estuvieran a punto de descubrir un misterio que desde hacía tiempo intentaban esclarecer.

—No tengo nada. Ni una sola fotografía —respondió Sakura rotundamente

 Konan espiró con brusquedad y asintió al ocurrírsele una idea.

—Lo más probable es que lo hiciera para protegerte. Si cortaba  todo vínculo contigo y se aseguraba de que crecieras en una isla diminuta rodeada por un pequeño grupo de amigos era menos factible que una  casta rival te descubriera —observó, como si fuera una detective reuniendo todas las pistas.

—Al parecer, no ha funcionado —se mofó Sakura.

—Lo ha hecho durante bastante tiempo, pero las furias no iban a permitir que durara para siempre —indicó Fugaku.

Sakura jugueteó con el colgante de su collar y, tras unos instantes, se lo enseñó a Konan y a Fugaku.

—Esto es todo lo que tengo de ella. Una joya. ¿Os dice algo? —preguntó ansiosa.

Una parte de ella siempre había albergado la esperanza de que su collar fuera importante y de que, algún día inesperado, respondiera todas sus preguntas. En sus fantasías más dementes, se imaginaba que era un talismán que un día la guiaría hasta su madre. Konan y Fugaku inspeccionaron el colgante del collar con minuciosidad, pero la gargantilla no tenía nada de especial.

—Es  muy bonito —declaró Konan.

—Lo es, ¿verdad? Pero es de Tiffany's, así que lo más seguro es que haya miles repartidos por ahí. Pero es todo lo que tengo de ella —repitió Sakura—. Mi padre está seguro de que estaba decidida a abandonarnos, porque cuando se dio cuenta de que se había ido, no quedaba ni rastro de ella, ni fotografías, ni ropa, ni nada. Incluso desaparecieron instantáneas que pensó que mi madre no tenía ni idea de que se habían tomado.

Sakura se levantó súbitamente y empezó a merodear sin rumbo fijo. Se encaminó hacia el extremo de la biblioteca y echó un rápido vistazo a los libros que la familia Uchiha había coleccionado, fijándose en el mobiliario antiguo que habían heredado generación tras generación. Era un legado familiar que a ella le había sido negado. De repente, se sintió perdida por no saber dónde estaba su madre ni cuáles eran sus raíces. Pero, al mismo tiempo, ese no saber hacía que albergara cierta esperanza.

 —Vuestra familia está muy unida, ya lo veo. Siempre habéis sabido dónde estabais en cada momento, pero mi madre hizo algo drástico, ¿vedad? Huyó de nosotros.

Sakura no logró encontrar una manera adecuada para expresar lo que pensaba, así que decidió que lo mejor sería hacerlo a  modo de pregunta.

—¿Por qué estabais tan seguros de que la casta de Tebas era la única sobre la faz de la Tierra? ¿Cómo podíais saberlo de todo?

—Vigilamos muy de cerca a los nuestros, Sakura —respondió Konan.

—De todas formas, ¿cómo podíais estar tan seguros?

—Es algo primitivo —interrumpió Fugaku meneando la cabeza. Sakura le hizo un gesto para que continuara su explicación—: Cuando un semidiós mata a otro perteneciente a una casta rival, se lleva a cabo una  celebración tradicional dedicada al vencedor: el llamado «triunfo». Se considera un gran honor.

—Pero eso no significa que mi madre esté muerta. Quizás ha desaparecido y punto. ¡Ni siquiera sabéis quién es! —gritó Sakura mientras unos lagrimones se deslizaban por su rostro hasta aterrizar sobre su camiseta.

—Tu propia existencia demuestra que cualquier cosa es posible —calmó Konan, incapaz de mirar a Sakura a los ojos.

—Durante la época en que naciste, las castas estaban sufriendo un período de constantes conflictos que, en teoría, desembocarían en la confrontación final. Hubo muchos muertos —constató Fugaku mirándose las manos.

Sakura se dio media vuelta, dando la espalda a Fugaku y Konan, y procuró relajarse y dejar de llorar, aunque tardó unos momentos en dejar de sollozar por completo. Ni siquiera sabía por qué estaba tan triste y disgustada. Siempre había creído que odiaba a su madre.

—Entendemos que, tal vez, necesites un tiempo de reflexión antes de conocer más detalles. Aún tenemos mucho de qué hablar. Sin embargo, por el momento, no estamos llegando a ningún lado y podemos reanudar esta conversación cuando estés preparada. Mientras tanto, por favor, no olvides que queremos ayudarte, de veras —finalizó Fugaku desde el otro extremo de la sala.

 Sakura los oyó levantarse y salir del despacho, pero no logró reunir fuerzas para despedirse. Cuando al fin se halló sola, abrió los ventanales y salió al patio de la casa. Las vistas a la playa prístina y las olas azul turquesa ablandaron el caparazón que protegía sus emociones y antes de que pudiera darse cuenta, se arrastró hacia la playa.

—¿Estás bien? —le preguntó Sasuke, cuando apareció detrás de ella.

Sakura dijo que sí con la cabeza y no se sorprendió ni un ápice al verlo aparecer. Ambos observaban la playa, donde un gigantesco perro muy peludo saltaba entre las olas con regocijo. Después de unos instantes, Sasuke la alcanzó y se colocó a su lado.

—Me siento aliviada —confesó Sakura mientras se giraba hacia el chico—. Toda mi vida he creído que mi madre me despreciaba tanto que ni siquiera quería que la reconociera —reveló. Una expresión de dolor oscureció el rostro de Sasuke, pero Sakura continuó antes de que él pudiera interrumpirla—: No estoy diciendo que una contienda ancestral entre familias sea algo bueno, pero al menos es una razón que explica el motivo de que me abandonara. Jamás había encontrado ninguno.

—Aún podría seguir con vida, ¿lo sabes? —insistió Sasuke—, a pesar de lo que piensen mi padre y Konan.

—Lo cierto es que no sé qué pensar —confesó Sakura—. Shizune ha sido como una madre para mí, mucho más que Beth, si es que ese es su verdadero nombre. Supongo que cuando descubra la verdad, toda la verdad, sabré qué pensar.

—No te preocupes por eso —la consoló Sasuke, que sonreía al mar. De repente, una idea le cruzó por la mente y la sonrisa se desvaneció—. Al menos, por ahora.

Tomó de la mano a Sakura y se la apretó con delicadeza. De inmediato, ella bajó la vista, asombrada de cómo se habían cogido de la mano sin que se diera cuenta. No tenía la menor idea de quién había iniciado esta nueva costumbre entre ellos, pero estaba casi segura de que era imposible detenerla. Era la primera vez que caminaba con un chico cogida de la mano y, teniendo en cuenta su terrible timidez, debería de ser algo que la sonrojara, pero no era así. Acariciar a Sasuke le parecía lo más natural del mundo. Al pensarlo, se quedó perpleja y meneó la cabeza, como si no pudiera creerse lo que se le pasaba por la imaginación. Alzó la mirada y advirtió que Sasuke también estaba contemplando sus manos unidas y, seguramente, estaría pensando lo mismo.

—¿Te apetece sentarte? —le preguntó Sakura al caer en la cuenta de que la última vez que lo había visto era incapaz de caminar sin la ayuda de  Kiba.

—No. Pero no me importaría picar algo —contestó echando un vistazo distraído hacia la casa.

—A mí tampoco. Dios mío, ¡soy una tragona! —exclamó Sakura,  asombrada de no habar  saciado aún su hambre.

—Durante la sanación hemos casado muchas horas sin comer nada — explicó él mientras paseaban por la orilla.

—Si no fuera por el dolor agonizante que acarrean, creo que me encantarían las curaciones. La gente te lleva de aquí para allá y te atiborra de comida deliciosa. Es como volver a ser un niño, con la diferencia de ser lo suficientemente mayor como para apreciarlo.

—Aunque no es tan divertido cuando necesitas ir al baño.

—¡Toda la razón! Sobre todo cuando estás rodeada de desconocidos —subrayó Sakura, a esperas de una risotada o un comentario ingenioso por parte de Sasuke.

—No somos desconocidos —aclaró en voz baja y mirándola fijamente a los ojos.

—Bueno, ahora ya no —concedió.

Notó que se le sonrojaban las mejillas y agachó la mirada. Los ojos de Sasuke eran tan sinceros y tan azules que Sakura sabía que si no se obligaba a desviar la mirada desde el principió, jamás conseguiría dejar de mirarlos.

De vuelta a casa, la pareja no se soltó de la mano. Cuando se acercaron a la mansión, Sakura descubrió a Konan mirándolos con recelo desde  uno de los balcones del segundo piso. No parecía muy contenta. Cuando entraron en la cocina se toparon con Mikoto, quien estaba  sumergida entre ollas y sartenes. Les sirvió una copa de helado con salsa de  caramelo,  galletas  y  frutos  secos  y  les  comentó  que  ya  se  habían recuperado lo suficiente como para prepararse sus propias copas heladas antes de darse media vuelta para gruñirle al asado de buey que se  disponía a meter en el horno. Tras tan exquisito tentempié que tentó al resto de la familia a acercarse hasta la cocina para saciar su apetito, Mikoto advirtió a todo el mundo que la cena no estaría lista hasta dentro de veinte minutos, así que era mejor que aún no se sentaran.

—No puedo. Tengo que ir a casa —admitió Sakura con un tono decepcionado mientras jugueteaba con unas pacanas empapadas.

—Es ridículo. Tú no te vas a ningún lado —espetó Sasuke.

—No, de veras. Tengo que ir a casa, coger el todoterreno e ir a recoger a Shizune y a mi padre al aeropuerto.

—Cualquiera de nosotros puede hacerlo por ti —agregó Hinata levantándose del banco que tenía Sakura a su derecha.

—Siéntate, Hina, aún estás agotada por la sanación. Y ni se te ocurra pensar que el colorete que llevas puede engañarme —añadió Anko con los ojos brillantes y meneando el dedo índice a modo de negación, lo cual hizo tintinear sus decenas de brazaletes—. Me encantaría ir a recogerlos y conocer a tu padre, Sakura.

—¡No! —gritó ella perdiendo los nervios. Cuando logró controlarse, continuó en un tono más amable—: Mi padre no tiene la menor idea de todo esto. Por favor. Es muy amable de vuestra parte, pero os agradecería que me llevarais a casa.

Era incapaz de alzar la cabeza, pero sabía que toda la familia Uchiha estaba lanzándose miradas elocuentes entre ellos. Hinata acarició la mano de Sakura y abrió la boca para decir algo, pero Sasuke se le adelantó.

—Yo te llevaré a casa —anunció mientras se deslizaba del banco y empujaba a Sakura consigo cogiéndola de la mano— Vamos.

—No estás en condiciones de conducir —dijo Mikoto sacudiendo la cabeza mientras Sasuke se acercaba a ella con una sonrisa pícara y maliciosa.

—Voy a ir en coche, no volando —comentó.

Inesperadamente, Sasuke  abrazó a su madre con un movimiento rápido y ágil y la besuqueó en la frente. No debía de ser muy cómodo, pero era lo bastante divertido para que Mikoto se echara a reír y admitiera, al fin, que su hijo estaba recuperado para conducir.

Sakura procuró dar las gracias a todos los miembros de la familia Uchiha, pero tras unos instantes de agradecimientos, Sasuke fingió que se aburría y empezó a imitar el sonido de unos ronquidos, la cogió por la mano y la arrastró por la cocina diciendo:

—Sí, sí. De todos modos, mañana volverás a estar por aquí.

—¿Qué? —dijo Sakura algo aturdida mientras Sasuke la guiaba hacia un gigantesco garaje repleto de coches estrambóticos y al alcance de muy pocos.

La llevó bruscamente hasta un pequeño Mercedes descapotable de estilo clásico y puso en marcha el vehículo mientras pulsaba el botón para deslizar la capota.

—Volverás mañana por la tarde —repitió tras unos instantes,  respondiendo así a su pregunta mientras pisaba el acelerador y ambos se alejaban de la finca de los Uchiha en dirección a la calle Milestone.

—No puedo. Tengo entreno —le recordó Sakura.

—Yo tengo fútbol, así que te recogeré cuando los dos hayamos acabado. Y también puedo pasarte a buscar por casa por la mañana, si quieres.

—Tenía entendido que te habían expulsado del equipo.

—Ese asunto ya está casi solucionado —anunció con una sonrisa de oreja a oreja—. Mira, solo digo que he visto como juegan el fútbol los chicos del instituto, y, créeme, nos necesitan, a mis primos y a mí.

—Tu arrogancia debería ofenderme, pero lo cierto es que yo también he visto jugar al equipo de fútbol —dijo Sakura—. De todas formas, no puedo pasar por tu casa mañana. Los lunes por la noche trabajo.

—El martes, entonces —replicó Sasuke.

—No puedo. Tengo que hacerle la cena a mi padre —respondió rápidamente Sakura.

—El también está invitado. A mi madre le apetece conocerle —comentó Sasuke algo inseguro—. ¿No quieres venir a casa?

—No es eso —reculó Sakura, sintiéndose culpable y frustrada sin saber muy bien el motivo—. Mi padre no querrá, ¿de acuerdo?

Sakura desvió la mirada hacia la ventanilla y observó el campo de golf mientras Sasuke le agarraba la mano y la sacudía con ternura para hacer que se girara hacia él.

—Nadie le contará nada a tu padre a menos que tú quieras —comentó sin dejar de mirar a la carretera.

 

 —No es eso. Lo que ocurre es que no le gusta que salga entre semana — confesó.

Sasuke frunció el ceño sin apartar la mirada de la carretera. A medida que pasaban los minutos sin que ninguno de los dos dijera nada, Sakura se percató que el humor del chico estaba yendo de mal en peor.

—No. Esto no va a funcionar —anunció de repente, aparcando el coche en la acera. Debía hablar con Sakura cara a cara cuando Sasuke advirtió el miedo en el rostro de la chica, tomó aliento temblorosamente para tranquilizarse antes de hablar—: No sé si mi padre te lo ha explicado, pero las distintas castas son descendientes de dioses diferentes —empezó.

—Sí, dijo algo parecido a eso —respondió Sakura en voz baja. Le daba la impresión de estar en el despacho del director. El joven intentó esbozar una sonrisa, pero al fin se rindió.

—La casta de mi familia, la de Tebas, desciende de Apolo. Se conoce, ante todo, como el dios de la Luz, pero también fue el de la Música, de la Curación y de la Verdad. Los descubre mentiras, vástagos que presienten calumnias o falsedades, son muy poco comunes, pero yo soy uno de ellos. Reconozco una mentira en cuanto la oigo, y si proviene de alguien cercano a mí, no puedo soportarlo. Así que no puedes engañarme, Sakura, Nunca. Si no quieres contarme la verdad, por favor, por mi propio bien, no digas nada —suplicó.

—¿Te duele? —preguntó Sakura con curiosidad.

—He intentado explicarle la sensación a Kiba miles de veces, no consigo transmitírsela. ¿Sabes cuando has perdido algo muy importante para ti y no consigues encontrarlo? Pues la percepción es parecida, pero mucho peor. Cuanto más tardo en averiguar la verdad, más me desespero. No puedo parar de escarbar y escarbar hasta hallarla...

—Solo necesito algo más de tiempo para asimilar todo esto —se apresuró en admitir Sakura—. Aún no estoy preparada para contarle a mi padre... mi secreto, o el de mi madre, porque la verdad es que no tengo la más remota idea de cómo va a reaccionar. Si quieres que sea sincera, no sé si algún día llegaré a contárselo. Lo único que sé es que necesito tiempo para recapacitar y asumir todo esto. Unos días, al menos.

El rostro de Sasuke se relajó de inmediato y al fin soltó la respiración contenida.

—¿Por qué no me has dicho eso desde el principio?

—Porque es... es muy... —empezó Sakura, pero no lograba encontrar las palabras apropiadas para describirlo.

—Muy crudo. Es como ir desnudo por ahí —acabó Sasuke.

Sakura asintió.

—Bueno, lo siento. Pero conmigo tienes que ser sincera o callarte.

Soltó el freno, puso el coche en marcha y se incorporó al tráfico otra vez. En cuanto pudo dejar de girar el volante, tomó la mano de su  acompañante y la sujetó sobre su pierna. Empezaba a anochecer, de modo que Sasuke encendió las luces, aunque prefirió dejar el volante que soltarse de la mano de Sakura.

Sasuke aparcó en la entrada de la casa de Kizashi y Sakura, justo detrás del Cerdo, y apagó el motor y las luces.

—Quédate aquí un segundo —ordenó antes de apearse de un brinco del vehículo para desaparecer entre la oscuridad que reinaba en la parte trasera de la casa.

Sakura estiraba el cuello cada dos por tres para intentar localizarlo mientras esperaba, pero no percibía ni un sonido, ni siquiera el de sus pasos. Estaba algo molesta porque Sasuke se había escapado corriendo de aquella forma, así que decidió bajarse del coche y avanzar hasta el Cerdo para tener una mejor perspectiva. Encontró su bolso tirado en el suelo, justo detrás del neumático delantero. Ups. Lo recogió y pescó su teléfono móvil. Tenía más de una docena de llamadas perdidas. Cuando rescató su móvil cayó en la cuenta de que, tan solo dos días atrás, alguien la había atacado y, de repente, adivinó que su atacante no había sido Neji, ni Sasuke, tal y como había asumido aquella noche. Ahora que podía recordar sin que las furias la molestaran, se percató de que aquella noche había alguien más esperándola cuando llegó a casa. Alguien con los brazos fuertes y enjutos, una mujer, advirtió al recordar el inconfundible aroma de los productos de belleza. Su agresora la había atacado por detrás, pero la llegada de la familia Uchiha la asustó y huyó de inmediato. Sasuke envió a Hinata y a Kiba tras ella, pero seguramente la desconocida había logrado escapar, pues nadie la había mencionado durante todo el fin de semana. Las sorpresas de los últimos días habían provocado que olvidara por completo el ataque.

—¿Sasuke? —llamó mientras se dirigía hacia las sombra que ennegrecían la parte trasera de la casa. Estaba tardando demasiado. De pronto, oyó un ruido sordo detrás de ella.

—Te pedí  que te quedaras en el coche. Es por tu propia seguridad, Sakura —dijo Sasuke con frustración.

Ella se giró mientras gesticulaba aún con el teléfono en la mano.

—¡Esa mujer! Estás buscando a la mujer que se abalanzó primero sobre Shizune y después me atacó —anunció Sakura cuando al fin comprendió lo que sucedía— Ella también es un vástago. ¡Tiene que serlo!

—Sí, por supuesto que lo es... —interrumpió Sasuke— Pero escúchame: son dos, Sakura. Son dos mujeres distintas las que te persiguen, pero todavía no hemos logrado atrapar a ninguna.

Un par de luces los deslumbraron. Un vehículo estaba aparcado delante  de la casa de los Haruno. Sasuke se colocó delante de Sakura, como si pretendiera protegerla, y miró a través de los destellos cegadores, que impedían a la chica ver quién conducía  el coche.

—Es tu padre —anunció Sasuke.

—¿Sakura? ¡Estás aquí! ¿Dónde demonios te habías metido? —gritó Kizashi mientras se apeaba del coche sin que el conductor hubiera echado aún el freno. Hacía años que la joven no veía a su padre tan enfadado— No he parado de llamarte. ¡Nunca llegas tarde! ¡Pensé que te habría ocurrido  algo!

—¿Qué hacéis aquí? —chilló Sakura.

—Conseguimos un vuelo que salía antes. ¿No has recibido ninguno de mis mensajes?

 —Yo...

Con el teléfono móvil en la mano, la voz de Sakura se fue apagando poco a poco. Tenía que inventarse algo rápido, pero sabía que era una mentirosa horrible. Empezó a dejarse llevar por el pánico. Sasuke le arrebató el teléfono y, de inmediato, se produjo un crujido apenas perceptible.

—Su teléfono está roto —dijo Sasuke entregándole a Kizashi el teléfono de su hija para que pudiera comprobarlo con sus propios ojos— Al ver que no contestaba ninguna de mis llamadas, decidí pasarme por su casa para comprobar que estaba bien y  la encontré de camino al aeropuerto.

Sakura miraba estupefacta a Sasuke, con la boca abierta y preguntándose cómo alguien que exigía sinceridad ante todo a su entorno podía  inventarse una mentira tan rápido.

—Pero ¿qué has hecho, Saku? —preguntó Kizashi con voz consternada mientras examinaba el mejunje de plástico pulverizado y microchips— Estaba nuevecito, casi sin estrenar.

—¡Lo sé! —exclamó ella de modo tajante— Menuda calidad, ¿no crees? Lo siento, papá. No sabía que llegarías más pronto. Te lo prometo.

—Oh, no pasa nada —perdonó Kizashi un tanto avergonzado ahora que la preocupación se había desvanecido por completo. Padre e hija se sonrieron y todo quedó en el olvido. En ese instante, Kizashi se dirigió a Sasuke—: Me resultas familiar —comentó en tono misterioso.

Hasta ese instante, el padre de Sakura había hecho caso omiso a la presencia del joven Uchiha; al verlo, de inmediato desconfió de él. Durante un segundo, ella le vio con los mismos ojos de su padre: un jovencito atractivo con pinta de rompe corazones, demasiado corpulento y excesivamente bien vestido y que conducía un vehículo demasiado caro. En definitiva, un chico que, a primera vista, no caería bien al padre de ninguna jovencita.

—Sasuke Uchiha —se presentó ofreciéndole la mano.

—¿No era este chico al que odiabas tanto? —le preguntó Kizashi a su hija sin rodeos mientras estrechaba la mano del joven.

—Bueno, ya lo hemos solucionado —respondió Sakura en voz baja.

—Bien —soltó Kizashi. Después se dio media vuelta, pasó por delante del despampanante descapotable de Sasuke y se dirigió hacia el taxi para pagar la cuenta y recoger las maletas—. O quizá no —corrigió.

Sakura aprovechó ese momento para señalar con un gesto de ceja el teléfono móvil.

—¿Y qué pasa con esa mujer? ¿Cómo piensas contarme el resto de la historia ahora? —susurró con tono desesperado— Si utilizo el teléfono de la cocina, mi padre escuchará la conversación.

—Lo siento —respondió Sasuke con el mismo tono de voz— es lo único que se me ha ocurrido.

—Mañana —amenazó Sakura— quiero conocer el resto de la historia.

—Te recogeré media hora antes de las clases. Iremos a tomar un café —prometió Sasuke.

—¿Qué pasa? —quiso saber Kizashi.

—Sasuke tiene que irse a casa a cenar —respondió Sakura. El chico gesticuló una horrorosa mueca al percibir la mentira, pero pilló la  indirecta enseguida.

—Un placer conocerle, señor Haruno —se despidió antes de encaminarse hacia el coche.

—Maldita sea, cómo desearía que tuvieras acné en la cara. O que no te creciera el pecho —replicó Kizashi.

—¡Papá! —se enfurruñó Sakura, avergonzada— Buenas noches, Sasuke —se despidió como si estuviera excusándose.

—Buenas noches, Sakura —respondió en voz baja, con los ojos brillantes.

—De acuerdo, ya basta. Para casa, Sakura —ordenó Kizashi con una sonrisa nerviosa mientras empujaba suavemente a su hija hacia la puerta principal— Creo que preferiría que le odiaras.

Escuchó que Sasuke se reía entre dientes mientras ponía en marcha el coche. Ese sonido tan cálido hizo que esbozara una dulce sonrisa.

 

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Sasuke se tomó su tiempo en volver a casa. Necesitaba algo de tiempo para reflexionar  y  tomar  el  control  antes  de  enfrentarse  a  toda  su familia.  Aunque  no  le  sirvió  de  mucho.  Konan  y  Kiba  siempre  se habían mostrado comprensivos con sus sentimientos, pero ahora le vigilaban continuamente y no le quitaban el ojo de encima en ningún momento. Desde el día en que vio a Sakura por primera vez, en el pasillo del instituto, los dos empezaron a preocuparse por él. Y, visto lo visto, la situación parecía ir a peor. De hecho, ya había empeorado. Sin duda, le invitaría a tener una larga charla entre primos, pero Sasuke no tenía la paciencia para ello. No quería la compasión de nadie; lo único que deseaba era estar solo por una vez en la vida.

Sasuke aparcó el coche en el garaje y se quedó sentado, con el motor apagado, durante unos minutos, intentando ordenar sus pensamientos. Le daba la impresión de que, desde hacía varios días, todas sus emociones estaban sujetas con resortes y que si deslizaba la lapa, saldrían volando como el confeti de una piñata de cumpleaños. Sabía, sin duda alguna, que en estos momentos no podría soportar ver a Konan, aunque, con la misma seguridad, intuía que estaría esperándole. Se bajó del coche, cruzó el jardín a pie y despegó para volar hasta el balcón de su habitación, evitando así a su hermana pequeña. Desde luego, ella sospechó que haría tal cosa, así que al aterrizar en la terraza descubrió a Konan sentada en el sofá de su habitación. Sasuke esbozó una sonrisa de arrepentimiento incluso antes de abrir la ventana. Más le valía procurar ser mejor estratega que su hermanita.

—No quiero hablar sobre esto, Konan —confesó con la esperanza de que  su voz sonara paciente pero firme a la vez.

—Tú no eres el indicado para decidir sobre tal cosa —respondió Konan con tono triste.

—No. Somos vástagos. Supongo que no podemos tomar ninguna decisión, ¿me equivoco? —dijo con amargura mientras entraba planeando por la ventana y antes de aterrizar sobre la alfombra.

El peso de la gravedad regresó al cuerpo de Sasuke en cuanto sus pies rozaron el suelo.

—Has tardado —le regañó Konan con tono insinuante.

—Me quedé por la zona un rato, vigilando el vecindario en busca de alguna pista de esas mujeres —dijo como si nada. Y lo cierto es que no estaba diciendo ninguna mentira.

 —Te lo dije: no tienes por qué preocuparte. Está a salvo, al menos durante unos días más —garantizó Konan sacudiendo la cabeza—. Aunque no puedo decir lo mismo de ti.

—No la he tocado.

—Pero tampoco eres capaz de alejarte de ella.

Y, a decir verdad, no lo era. Incluso cuando las furias le hostigaban, no lograba separarse de Sakura. No encontraba las palabras para definir la sensación, pero era como si una vocecita interior le invitara a no distanciarse de ella.

—No tienes motivos para angustiarte. No tengo ninguna intención de tocarla.

—Eso no es lo único que me inquieta... —advirtió. Sasuke la interrumpió cansado de tanta ambigüedad.

—Sí, claro, pero es lo que más lo inquieta; a ti y a todos los demás,  Konan —replicó Sasuke. Se desabrochó la correa del reloj y lo colocó sobre su mesita de noche. No se atrevía a mirar a su hermana, pues sabía que estaba siendo cruel con ella, pero no podía evitarlo.

—Esto no es verdad. Lo sabes, ¿no? —le preguntó.

De repente, Konan se convirtió únicamente en su dulce hermanita. Sasuke la miró de reojo y se le ablandó el corazón. Ella tenía que soportar una carga mucho más pesada que la suya, y no debía olvidarlo.  En algunas ocasiones, el resentimiento y el rencor le dominaban, pero confiaba en que Konan supiera que él la adoraba y que jamás dejaría de quererla aunque le pidiera que abandonara lo que más deseaba en este mundo. Este pequeño detalle no facilitaba las cosas, aunque nunca les habían preguntado qué deseaban.

—¿Qué importa lo que sintamos? —murmuró— No podemos estar juntos, o la guerra volvería a estallar. Nuestros deseos no harán cambiar las  cosas.

—Eso no lo sé —añadió Konan algo dubitativa— Aún no me he recuperado por completo.

—Pero estás muy segura —comentó Sasuke, que se derrumbó

Notas:

Y esto es todo por hoy.


Espero que les haya gustado el capítulo y nos leemos el miércoles!


 


Abrazos virtuales!

Capítulo 8 por chloe_moony
Notas de autor:

Hola!

¿Cómo les va la semana? Espero que muy ocupados para no decirme nada sobre el capítulo anterior... Nah! Es broma, pero espero que els vaya bien.

Quiero agradecer por las visitas al fic, espero que os siga gustando y disfrutéis tanto de leerlo como yo hago. No quiero enrollarme mucho así que disfruten de su lectura!!

 

Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Capítulo 8

 

Sakura pasó las siguientes horas escuchando cada detalle del viaje de su padre e insistiendo en que Sasuke no era su novio. No tardó mucho en percatarse de que la única manera de que Kizashi dejara de hacerle un minucioso interrogatorio sobre Sasuke era preguntándole por Shizune. Además, sentía verdadera curiosidad por averiguar qué había entre ellos. Él no dejaba de reiterar que jamás habían pasado la frontera de la amistad inocente. Era evidente que aún no había superado el abandono de su madre y que todavía arrastraba un dolor insoportable y, a decir verdad, eso decepcionaba a Sakura. Lo único que quería era huir del comedor y subir corriendo a su habitación para reflexionar, pero sabía que tenía que esperar hasta acabar de cenar. Cuando al fin terminaron de cenar, después de discutir sobre la cantidad de sal que Kizashi debía incluir en sus comidas y hablar sobre la tienda, Sakura estaba tan cansada que a punto estuvo de quedarse dormida sentada en la bañera mientras se cepillaba los dientes.

Al día siguiente, se saltó el desayuno, se preparó la fiambrera con el almuerzo y se despidió de su padre desde la puerta antes incluso de que él se hubiera desperezado. Kizashi la llamó en el instante en que Sakura se montaba de un brinco en el coche de Sasuke, pero fingió no haberle oído.

—¿No deberíamos esperar y averiguar qué quiere? —le preguntó Sasuke.

—No. Vámonos —soltó Sakura.

El joven se encogió de hombros y arrancó justo cuando Kizashi asomaba la cabeza por la puerta principal. Su hija le hizo un gesto con la mano, a sabiendas de que su ingeniosos truco daría de qué hablar. Largo y tendido, además.

—De  acuerdo.  Soy  nuevo  por  aquí,  así  que  no  conozco  las cafeterías. ¿Dónde hay un lugar agradable en esta zona de la isla?

 —Pueeees, ¿el centro comercial? —ofreció Sakura—. Aunque no creo que podamos hablar allí.

—¿Qué te parece aquí? —dijo mientras aparcaba junto a una cadena de restaurantes muy famosa entre los turistas.

Sakura esbozó una mueca, pero accedió. Había otras opciones más familiares, pero conocía a todas las personas que trabajaban en esos negocios y, para esta charla, necesitaba un poco de intimidad. Permanecieron en silencio en la fila, esperando su turno para sentarse antes de entablar conversación. Ella procuraba no quedarse embobada mirándolo, pero le costaba una barbaridad. Le asombraba lo cómodo que se sentía en cualquier lugar, como si el mundo fuera algo tan privado e íntimo como su propia habitación. Sakura le miraba continuamente por el rabillo del ojo, fijándose en si arrastraba los pies o se movía de manera nerviosa, tal y como hacía ella en público, pero no atisbó nada de eso. En realidad, a él poco le importaba si la gente le observaba o no, Sasuke, a deferencia de Sakura, no se disculpaba de modo subconsciente ante el mundo por su presencia encorvándose, cruzándose de brazos o jugueteando con las llaves. El hecho de que pudiera estar allí y no hacer nada en absoluto la incomodaba y la inspiraba al mismo tiempo. ¿Por qué se encorvaba y se avergonzaba por ocupar más espacio que la mayoría de la gente a su alrededor? Mientras le contemplaba, se puso erguida.

—¿Suficiente? —espetó Sasuke sonriendo ante la descarada admiración de Sakura.

—De acuerdo.

En cuanto se sentaron, Sasuke le preguntó qué quería saber. Ella se tomó unos instantes para reflexionar, pues no estaba del todo segura.

—Supongo que lo primero que necesito averiguar es quién atacó a Shizune — dijo al fin, aunque la respuesta le daba miedo.

—No tenemos la más mínima idea —respondió el chico con seriedad.

La respuesta le encogió el corazón. La noche anterior había comprobado por sí misma que, a pesar de que Sasuke no resistía los engaños, era capaz de contar unas mentiras tremendas.

 —Eso no tiene sentido. Tu padre me dijo que yo era la única de... nuestra especie... que no formaba parte de vuestra casta. ¿Cómo no puedes conocer a dos mujeres que, siguiendo esa lógica, están emparentadas contigo?

Sasuke asintió, como si comprendiera el motivo que llevaba a Sakura a desconfiar de él.

—La casta de Tebas es muy extensa. Nuestra familia más inmediata, los que nos hemos trasladado aquí, a Estados Unidos, somos tan solo un grupo diminuto, pero el seno familiar de la casta de Tebas es mucho, mucho más grande. Se hacen llamar los «Cien Primos» y todos están dirigidos por mi tío Madara —explicó con la cabeza gacha y la mirada distante— Tengo muchísimos familiares lejanos de los que jamás he oído hablar, y que mucho menos he visto.

—Si tu tío es el cabecilla que los dirige, ¿no puedes llamarle y preguntarle quién está intentando matarme?

—Es probable que el propio Madara las haya enviado —dijo con semblante misterioso—, pero todavía no estamos seguros. Mi tío Hiashi, el padre de Neji, Kiba y Hinata, regresó a Europa para tu primer ataque, para tantear el terreno y averiguar hasta qué punto Madara es responsable de esto, o no.

Sakura estudió el rostro de su acompañante durante un instante. De manera imprevista, sus facciones se habían endurecido y su mirada se había tornado más sombría.

—Te refieres a que está espiando al resto de la casta —desveló Sakura, algo sorprendida. Sasuke hizo un gesto afirmativo con la cabeza—. Pero ¿por qué tu familia está dispuesta a pasar por esto por mí? Os lo agradezco, pero no lo entiendo. ¿Hay algo más que no me hayas contado?

Despedazó el cruasán que había pedido para desayunar y después dejó escapar un suspiro.

—Los Cien Primos son una especie de culto. Creen en algo que nuestra familia no acepta, y lo hacen con tal fervor y fanatismo que incluso están dispuestos a matar por ello. Por eso huimos de España. Neji… —Su voz perdió intensidad. Sasuke meneó la cabeza, como si tuviera que aclarar las ideas antes de volver a centrarse en Sakura—El caso es que corres un grave peligro. He estado pisándote los talones cada segundo. Si cualquiera de esas mujeres te encuentra sin que yo esté presente, no dudes en que intentará matarte, y todavía no has aprendido a defenderte sola.

—Bueno, es que nunca me he encontrado en esa situación —protestó Sakura— No nos engañemos, estamos en Nantucket. ¡Mi padre y yo olvidamos cerrar la puerta con llave cada dos por tres!

—Tú eres muy importante para nosotros. Más de lo que te imaginas —admitió Sasuke inclinándose hacia adelante y tomándole la mano— Sé que te apetece estar unos días a solas para pensar y no quiero asustarte con lo que voy a decirte, pero creo que deberías empezar a entrenarte con nosotros lo antes posible. Mi familia te enseñará a luchar.

—¿Te refieres a aprender yudo y cosas por el estilo?

—Algo así —respondió Sasuke con una sonrisa—. No te preocupes tanto. Con el talento que tienes no tardarás en patear el culo a cualquiera que se atreva a desafiarte.

—¿Qué talento? —preguntó Sakura algo titubeante.

—No tienes la menor idea, ¿verdad? —se asombró Sasuke.

—Eh, Sasuke, ¿qué tal? —preguntó Zach al entrar en la cafetería.

Su sonrisa se desvaneció en el mismo instante en que averiguó quién era la acompañante de Sasuke. Tras él entraron unos chicos del equipo de fútbol que se quedaron patidifusos al advertir a la extraña pareja.

—Hola, Jack. Mira, tomando un café, ¿y tú? —respondió Sasuke sin inmutarse.

Sakura sonrió tímidamente y se soltó el cabello para poder esconder su rostro tras él. De inmediato, alargó el brazo y lo deslizó detrás del hombro, dejando así al descubierto la expresión de la joven.

—También, sí —farfulló Zach dando un traspié mientras intentaba alejarse de la pareja sin dejar de mirar a Sasuke y Sakura con incredulidad— Nos vemos dentro de un rato —se despidió antes de ponerse en la cola de la cafetería, junto a los demás chicos de equipo.

Sakura se mordisqueó el labio inferior y clavó la mirada en su taza de café mientras se frotaba el estómago debajo de la mesa con toda la sutileza posible. «Retortijones ahora no, por favor», pensó.

 —¿Qué te pasa? —preguntó Sasuke.

—Nada. ¿Podemos irnos? —rogó. Estaba desesperada por cambiar de tema de conversación, o por huir de allí lo antes posible, o que se la tragara la tierra.

—Desde luego —respondió Sasuke poniéndose en pie. La miró con preocupación y añadió—: Sé que no es verdad que sea nada Sakura. Preferiría que me dijeras la vedad, sea cual sea. Hinata nos dio la lección sobre los trastornos femeninos hace ya bastantes años. Y cuando digo lección, en realidad me refiero a paliza.

—Bueno, se lo agradezco, pero no es lo que piensas —confesó Sakura mientras le cogía de la mano para arrástrale hacia la puerta.

Sasuke se despidió de Zach al salir, pero el pobre muchacho seguía sin dar crédito a lo que veía.

—Creo que acabo de quitarte algunos puntos. Lo siento —se disculpó Sakura en cuanto se subieron al Mercedes plateado.

—¿De qué estás hablando? —preguntó mientras daba marcha atrás en el aparcamiento.

—Bueno, Zach y todos los demás nos han visto juntos —dijo, como si el comentario fuera de lo más evidente.

—¿Y?

—Zach y Karin no son mis mayores fans, lo cual me convierte en una especie de antimateria de popularidad en el instituto —explicó abochornada.

El rostro de Sasuke se transformó en una ruidosa carcajada; cogió a Sakura de la mano una vez más, aunque tuvo que soltarla para cambiar de marcha.

—Creo que voy a tener que conducir un coche automático —comentó entre dientes antes de continuar— ¿Crees que no eres popular? Tras una hora de haber puesto un pie en esta isla me llegaron comentarios de la  hermosa, perfecta y celestial Sakura Haruno. ¿Sabías que los chicos te llaman así? ¿Cielo Haruno?

 Sasuke buscó la mano de la chica, que decidió esquivarle, aunque, al final, el joven se salió con la suya.

—Para, Sasuke. A mí no me hace ninguna gracia. ¿Y qué opinas de esto? — preguntó señalando sus manos.

—No lo sé —admitió ladeando la cabeza— Pero me gusta, ¿a ti no? Oye, ¿por qué no me dices de una vez qué es lo que tanto te molesta de que nos vean juntos? ¿Te da miedo que la gente empiece a cuchichear?

—Sí y no. Tú no lo entiendes porque hace muy poco que vives aquí, pero la gente popular del instituto tiene algo en mi contra, y la única fijación de algunos de ellos es hacerme la vida imposible. Nunca he encajado bien aquí.

—Y nunca encajarás —añadió Sasuke con tono severo— Allá donde vayas, siempre serás distinta al resto, Sakura. Quizá ya va siendo hora de acostumbrarte.

—¡Estoy acostumbrada! ¡He tenido toda una vida para acostumbrarme! — exclamó mientras se adentraban en el aparcamiento del instituto.

—De acuerdo, deja de perder los estribos y escúchame un segundo. Los chicos del equipo no nos observaban porque te detestan; nos miraban incrédulos porque no logran comprender cómo he convencido a la chica que intentó estrangularme la semana pasada para salir a tomar un café.

—Ah, sí. Ya me había olvidado de eso —dijo Sakura mirando al suelo mientras salía del coche y se colocaba la mochila en el hombro.

—Y me encantaría poder retroceder en el tiempo y borrarlo, pero es imposible. Así que me conformaría con que no volviéramos hablar sobre nuestros mutuos intentos de asesinato —aclaró Sasuke en voz baja.

Sin más rodeos, tomó la mano de Sakura con firmeza y la pareja se dirigió hacia la puerta principal. Todo el instituto tenía la mirada clavada en ellos. En los pasillos se alineaban seres de rostros pálidos y mandíbulas desencajadas en cuanto los rumores se interrumpían porque Sasuke y Sakura andaban cerca. Al principio, ella intentó soltarse de la mano en más de una ocasión, pero Sasuke se resistió. Cuando se dio cuenta de que el gesto de Sakura no era solo por modestia, sino que estaba a punto de perder los nervios, se  resignó y se despegó de ella.

 —¿Saku? —llamó Ino con recelo.

Sakura sonrió a Sasuke y se giró hacia su mejor amiga.

—¿Dónde te has metido todo el fin de semana? —interrogó Ino mirando a Sasuke con desconfianza.

—¿Me llamaste por teléfono? —le preguntó.

Sakura agradeció que su amiga apareciera, pues era la excusa perfecta para deshacerse de Sasuke y detener el fisgoneo que se estaba creando a su alrededor.

—Unas  cinco veces. ¿Qué ha ocurrido?

—Mi móvil se ha estropeado —respondió excusándose. Entonces se giró hacia Sasuke y añadió—: Tengo que ir a mi taquilla antes de entrar en tutoría. Gracias por traerme.

—De acuerdo. Te veo más tarde —respondió aceptando el rechazo de Sakura con la mayor cortesía.

Sasuke todavía no había dado tres pasos cuando Ino agarró a su amiga por el brazo y la empujó hacia su taquilla.

—¿Qué demonios ha sido eso? —le gritó.

Sakura la acalló mientras intentaba recordar la combinación numérica para abrir su taquilla.

—Tuvimos una charla bastante larga —dijo rápidamente— y ahora ya no nos odiamos.

—¿Una charla? Sí, claro. Estoy segura de que vuestras lenguas hicieron  un gran trabajo, pero, por alguna razón, intuyo que no fue precisamente para hablar —espetó Ino.

Su mejor amiga se mostraba enfadada, pero Sakura ahora estaba furiosa.

—¡Déjalo ya, Ino! ¡Te lo digo en serio! He tenido un fin de semana muy intenso. Siento no haberte llamado anoche pero mi padre estaba de un humor de perros por haberle dejado colgado en el aeropuerto.

—Bueno, ¡entonces cuéntamelo! —respondió Ino, a la defensiva— Aunque lo cierto es que no tienes que decirme nada. A todos nos ha quedado claro que tú y Sasuke sois ahora así, de repente, una pareja.

 —No sé lo que somos, pero te aseguro que no puede resumirse bajo la etiqueta de «pareja», ¿de acuerdo?

Tensa y nerviosa, Sakura hojeaba los libros, percatándose de que no había hecho los deberes de ninguna asignatura.

—¿Por qué te cuesta tanto decirme la verdad? Te has acostado con él —acusó Ino. Su mirada revelaba que se sentía herida, pero lo cierto es  que tenía algo de razón.

—¿Quieres la verdad? Pues sí, me he acostado con él. Dos veces. Pero no como tú crees —dijo con sinceridad. Rodeó a Ino y las dos amigas se dirigieron hacia el aula—. Ni siquiera nos hemos besado.

—¡Que te lo crees tú! —declaró Ino quedándose inmóvil en mitad del pasillo.

—Pregúntaselo a él. Tienes clase con Sasuke todo el día —respondió Sakura, calmada y seria.

El timbre del instituto vibró y las dos subieron corriendo los últimos peldaños para llegar a clase antes de que Hergie cerrara la puerta.

Tuvo una mañana horrible. Varios profesores la castigaron por no traer los deberes hechos a clase y todas sus compañeras estaban enfadadas porque Sasuke la había acompañado al instituto en su despampanante coche. La relación de Sakura con las demás chicas de la clase siempre había sido algo tensa. Durante años, se había esforzado por mostrarse agradable y simpática con ellas, pero en cuanto cayó en la cuenta de que si agachaba la cabeza y cerraba el pico estaba fuera del radar, se rindió. Dejó de ser el blanco de las críticas durante años, hasta ahora, que había aparecido en el instituto cogida de la mano de Sasuke Uchiha. Había cruzado una especie de línea imaginaria, rompiendo así una tregua que ella misma había aceptado al negarse a competir, y ahora sus compañeras le habían declarado una guerra. En todas las clases Sakura se dedicaba a mirar únicamente la pizarra, pues si desviaba la vista solo advertía miradas desagradables. Y, como guinda del pastel, Karin difundía rumores viciosos sobre Sakura a todo aquel que estuviera dispuesto a escucharla y, como colofón, Ino seguía dolida.

 Al ver a Sasuke en su taquilla, antes del almuerzo, se sintió aliviada y sonrió. Al parecer, era la única persona en todo el instituto dispuesta a devolverle la sonrisa.

—Con que vuelvo a caerte bien, ¿eh? —se burló Sasuke mientras se aproximaba a él.

—Por favor, tú no —se quejó Sakura— ¿Tengo algún cartel en la espalda que ponga «patéame el culo»?

—Solo son rumores, Sakura. No puedes permitir que te hagan daño —aconsejó dejando las bromas a un lado.

—Quizás a ti no te afectan —murmuró Sakura. Se llevó una mano al estómago, gesto que Sasuke advirtió.

Estaba a punto de preguntarle qué le sucedía cuando, de forma inesperada, Neji y Kiba aparecieron de la nada.

—Tu madre está aquí.

Sasuke asintió con la cabeza, como si estuviera esperándola.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sakura.

—Nada. Tenemos una reunión con el director porque mi madre va a intentar convencerle de que nos readmita en el equipo de fútbol.

—Está jugando la carta de «tenga compasión por esta pobre mujer que está criando a tantos hombretones» y después le rogará que nos permita competir y ganar a equipos de otras escuelas para evitar que nos enfrentemos entre nosotros —explicó Kiba con una amplia sonrisa—. Nunca falla. Es como la Einstein de la culpabilidad.

—Un momento, ¿a vosotros tres se os permite jugar al fútbol? —preguntó Sakura frunciendo el ceño, como si no diera crédito a lo que oía—. Quiero decir que vosotros tenéis mucha ventaja, lo cual es injusto para el resto del equipo.

—Mira quién habla, la estrella de atletismo —respondió Neji con vehemencia.

—Sakura entrena porque necesita una beca para la universidad —justificó Sasuke lanzándole una mirada de advertencia a su primo—. Practicamos deporte porque eso es lo natural y habitual. De hecho, en ocasiones nos molesta porque nos vemos obligados a fingir que somos lentos y débiles.

—Y también invertimos mucho tiempo en asegurarnos de que nadie sale herido cuando jugamos —añadió Kiba con una sonrisa compungida— La verdad es que deberíamos competir entre nosotros en vez de fingir que nos enfrentamos a mortales, pero no sé si parecería muy normal.

—En fin, buena suerte en vuestra parodia de aparentar normalidad —dijo Sakura con brío mientras se hacía a un lado para que Kiba y Neji pasaran.

—Nos vemos después de las clases —prometió Sasuke mientras seguía a sus primos.

Sin que Kiba ni Neji se dieran cuenta, miró de reojo a Sakura con cierta angustia. La joven procuró sonreír, pero su expresión era tan falsa que incluso llegó a preguntarse si Sasuke podía notar la mentira oculta en ella. La chica se encorvó al entrar en la cafetería, con la esperanza de pasar desapercibida y no llamar la atención de nadie. Avistó a Karin cuchicheando algo a Tayuya Heart y, acto seguido todas las chicas de la mesa de animadoras empezaron a mofarse de Sakura. Se quedó pasmada. De hecho, tardó tanto en reaccionar que cuando se dispuso a seguir su camino, todos los presentes en la cafetería la miraban fijamente. Se refugió en su mesa habitual con Naruto y Ino, convencida de que en breve notaría retortijones.

—¿Quieres hacer el favor de ponerte derecha? —ladró Ino— No hay nada más patético que observarte arrastrando los pies por el jodido suelo. Te prometo que si vuelvo a pillarte haciéndolo una vez más acabarás con mi paciencia.

Aquello era el colmo. Sakura se dio media vuelta y huyó de la cafetería. A toda prisa se escondió en el baño de chicas, donde intentó almorzar sentada sobre un lavamanos, pero el ambiente era tan poco apetecible que tras unos bocados se dio por vencida y tiró el bocadillo. Logró sobrevivir a las tres últimas horas de clase y prácticamente salió corriendo hacia el vestuario femenino cuando el timbre sonó por última vez. Sin embargo, cuando llegó, Ino ya estaba allí, esperándola.

 —Siento haberte gritado antes —reconoció con las mejillas sonrojadas.

Estaba tan guapa cuando se disculpaba que Sakura no era capaz de guardarle rencor.

—Bah, no te preocupes. Últimamente parezco más excéntrica de lo habitual. Si yo fuera tú, también me habría enfadado —dijo Sakura mientras rodeaba a su amiga por los hombros y la guiaba hacia el exterior.

—Solo una cosa. Después te dejaré en paz para siempre, o hasta que tú decidas que quieres hablar conmigo sobre todo este asunto —comentó Ino mientras cruzaban el campo de fútbol.

A Sakura se le había agotado la paciencia y no soportaría más preguntas.

—No nos hemos besado, Risitas —respondió antes de que su mejor amiga pudiera articular la pregunta.

—¿De verdad? —vociferó Ino.

Sakura afirmo con la cabeza y le atizó un golpe con la cadera.

—De verdad, de verdad. Estuvimos a punto de besarnos una vez, pero Sasuke insistió en que me acostara e intentara dormir.

—¡Qué me dices! —chilló Ino.

Sakura la agarró por el brazo y le tapó la boca con la mano.

—Está justo allí —indicó señalándole con la barbilla—. Ya te dije que si ocurría algo entre nosotros serías la primera en saberlo. No estoy  ocultando ningún secreto.

Ino le dedicó una mirada cómplice.

—Siempre me has ocultado secretos, pero no me importa. Sé que cuando estés preparada me los desvelarás —dijo con tono paciente.

Entonces, de manera espontánea, Ino le hizo una zancadilla e intentó forcejear con ella en el suelo. Sakura fingió estar dominada por su íntima amiga, que pesaba como una pluma. Las dos reían a carcajada limpia. Pero la diversión solo duró unos instantes.

—Marchaos a un motel —dijo una voz masculina.

—Ya te gustaría —respondió enseguida Ino—. Espera, ¿cómo has  llegado hasta aquí tan rápido?

 Sakura dio una voltereta en el suelo, se apartó el pelo enredado de la cara y distinguió las siluetas de Kiba y Sasuke, que estaban de pie junto a ellas.

—Desde el campo vimos que os caíais del suelo y vinimos corriendo por si os había ocurrido algo —respondió Sasuke, ignorando la pregunta de Ino.

—Gracias. Ino tiene sed de sangre —añadió Sakura mientras Sasuke se ofreció a ayudarla a levantarse.

—Un metro cincuenta y siete centímetros de puro terror —bromeó Ino mientras extendía la mano, para que Kiba la agarrara y tirara de ella. No obstante, Kiba optó por cruzarse de brazos deliberadamente.

—¿Eso es lo que mides sin tus ridículos zapatos? —preguntó con sorna— Creo que cuando nací ya era más alto que tú.

—No me cabe la menor duda. Un metro cincuenta de cara y siete centímetros de culo —murmuró Ino mientras se ponía en pie.

—¡Ino! —exclamó Sakura, asombrada por el comentario de su amiga.

Sasuke no pudo contener la risa. Kiba fingió tomarse bien la broma, pero Sakura sospechaba que había herido sus sentimientos, por lo que se aguantó la risa y pellizcó a Ino como castigo. Su amiga aulló a modo de protesta, indicando que los pellizcos habían dejado de ser una medida de mortificación desde que cumplieron diez años. Estaba a punto de burlarse otra vez de Kiba cuando su entrenador de fútbol ordenó a los chicos Uchiha que regresaran a su entrenamiento.

Sakura observó a Sasuke trotar por el campo de fútbol. La imagen de Sasuke bajo el resplandor del sol vespertino era la más hermosa que jamás había contemplado.

—Mierda, llegamos tarde —se quejó Ino.

De inmediato, las dos aceleraron el paso para alcanzar a sus compañeras de equipo hasta llegar a la línea de salida, donde la entrenadora Tar estaba esperándolas con su carpeta. Ya había empezado a anunciar la salida, así que Sakura y Ino no aminoraron el ritmo cuando cruzaron la línea. Apuntó su tiempo y meneó la cabeza.

—¡Haruno! ¡Por llegar tarde me debes una última vuelta un minuto más rápida que las demás! —gritó.

—¡Desde luego, entrenadora! —chilló Sakura, que en cuanto se dispuso a reprender a su amiga, bajo la voz—: ¿Por qué has dicho eso? —preguntó. Todavía se sentía mal por Kiba.

—¡Porque la sensación ha sido formidable! —respondió Ino, que no mostraba ninguna intención de sentirse culpable.

—Kiba me cae bien —admitió Sakura, lo cual era cierto. Él siempre se había mostrado amable y, al parecer, tenía la cabeza bien amueblada— Es un chico muy majo y te has portado fatal con él.

—Lógico que te caiga bien. Kiba es simpático con todo el mundo, excepto conmigo. Tú no vienes a clase con nosotros, así que no has podido verlo con tus propios ojos, pero cuando discutimos siempre intenta dejarme a la altura del betún. Se pone en mi contra sea cual sea mi opinión sobre el tema. Incluso cuando estamos de acuerdo en algo, discute por discutir.

—¿Y por qué crees que lo hace? —preguntó Sakura con una sonrisilla maléfica.

—Se lo pregunté. ¿Quieres saber qué me dijo? —continuó Ino, cada vez más encendida por la conversación—: Me contestó que al resto de la clase le asusta enfrentarse a mí en un debate, pero que a él no le importa, y que debería estar contenta por tener a alguien que me obliga a esforzarme por una vez en la vida.

—¿Cómo se atreve a retarte para que te esfuerces más? —preguntó  Sakura, fingiendo estar horrorizada ante la idea.

—Créeme, no lo está haciendo como un favor. Simplemente está intentando demostrar que es más listo que yo.

—¿Y lo es?

—Oh, y yo qué sé. Quizá. Sasuke es más listo que todos nosotros, así que se merece el título de mejor estudiante del año, sin duda. Y no olvidemos a Hinata. Es una chica brillante, pero creo que puedo superarla. Ya veremos qué pasa —dijo Ino mordiéndose el labio inferior.

Estaba muy preocupada por esa nueva competencia, y eso que Sakura aún no le había preguntado por cómo iban las clases. Al parecer, su mejor amiga se había resignado, dando por perdido el sueño de graduarse como la mejor de la promoción, y por lo visto, Sakura lo había pasado por alto.

 —Estos últimos dos días he sido una amiga terrible, ¿verdad? —aseguró

Sakura, que de repente se sintió indignada consigo misma.

—No diría terrible —respondió Ino con una sonrisa irónica—, pero, si quieres, puedes hacerme un favor y todo quedaría en el olvido.

—Lo que sea —replicó Sakura de inmediato.

—Podrías mantener a Sasuke despierto y ocupado la noche antes de los exámenes… —sugirió Ino, que enseguida alzó los brazos para defenderse de la ira fingida de su amiga— No sé por qué no lo aceptas de una vez. Primero, es asquerosamente atractivo. Segundo, es tan asquerosamente atractivo que necesitas decirlo dos veces. Tercero, vio que te caías y abandonó su entrenamiento para comprobar que estabas bien. Eso es… como devoción.

Sakura no sabía qué responder. No podía explicarse que Sasuke solo se había acercado para asegurarse de que estaba bien porque varios familiares suyos estaban intentando matarla. De repente, le vino la imagen de Shizune inconsciente y abatida sobre el barro, y su estómago se quejó. Ino también estaba en peligro por estar cerca de ella.

—Voy a acelerar el ritmo —anunció Sakura.

Su amiga asintió con la cabeza y, antes de que la otra saliera a toda prisa, exclamó:

—¡Demuéstrale a Sasuke que esas piernas, además de hacer que a todos se nos caiga la baba, valen para mucho más! ¡Y llámame más tarde!

Cuando Sakura perdió de vista la silueta de su mejor amiga, suspiró e intentó deshacerse del sentimiento de culpa que la embargaba. Si alguien hacía daño a Ino, no sabía cómo reaccionaría. La idea la distrajo durante unos instantes y se olvidó de recuperar una velocidad normal, de forma que estuvo a punto de aparecer ante la entrenadora Tar demasiado temprano. En el último momento se escondió tras unos arbustos y esperó un rato antes de fingir que hacía un esfuerzo sobrehumano para avanzar los últimos metros. Aun así, acabó la primera, por supuesto, así que tuvo que esperar una media hora a que Sasuke acabara el entrenamiento. Puesto que estaba decidido a acompañarla al instituto cada mañana en coche, Sakura tendría que inventarse otro plan para llegar al trabajo después de clases.

 En cuanto entró a la tienda, Shizune no dejó de seguirla a todos lados con una expresión de sombro e incredulidad.

—¡Vaya! —logró articular después de unos minutos en que se quedó sin habla—. Es como… ¡Vaya! podría ir a la cárcel por pensar lo que estoy pensando.

—¡Shizune! —exclamó Sakura, lanzándole un servilleta hecha una bola— ¡Te consideraba una feminista!

—¿Y qué tiene que ver eso?

—¿Acaso no estás siempre predicando que no puede haber igualdad si lo sexos se menosprecian entre sí?

—Sí, ¡pero maldita sea! —gritó Shizune, abanicándose con la mano—. Cuando tenía tu edad, los chicos demostraban su inconformismo compitiendo a ver a quién era más feo. ¡Incluso a mí me robaron el corazón!

—Continúa así y me veré obligada a decirle a mi padre que tiene competencia —se pitorreó Sakura, aunque la broma no tuvo el efecto deseado.

A Shizune no le hizo ninguna gracia y la sonrisa que hasta el momento dibujaba sus labios se desvaneció.

—No creo que le importara demasiado —declaró y, como si tal  cosa, cambió de tema— Pero no es de mí de quien estamos hablando. Estamos hablando de ti, de Sasuke  y de la importancia de los condones.

Tras varios asaltos y diversas interrupciones para atender a la clientela, Shizune al fin aceptó el que hecho de que Sakura seguía siendo pura como la nieve

—¿Es gay? —preguntó Shizune— Vamos, no hay más que mirarte, Saku.

—No se lo he preguntado directamente, pero estoy bastante segura de que no lo es —respondió Sakura con un suspiro— Si quieres que te sea sincera, no sé lo que ocurre.

—No debes tener prisa y, sobre todo, no permitas que nadie te haga sentir culpable por querer esperar. De todas formas, es más divertido si te lo tomas con calma —aconsejó Shizune con una cálida sonrisa. Al advertir el primer  gesto  de  Sakura  que  denotaba  incomodidad,  decidió  volver a cambiar de tema drásticamente.

Si bien parecía estar convencida de que, en algún momento y otro, Sasuke y Sakura cruzarían el límite virginal del ir cogidos de la mano, la jovencita no las tenía todas consigo. La única vez que había tratado de besar a Sasuke,  él le aconsejó que se fuera a dormir. A pesar de lo que todo el mundo cuchicheaba sobre ellos, lo cierto es que eran solo amigos. Sasuke podía conquistar a cualquier chica y, teniendo en cuenta la reacción que provocaba en Shizune, eso incluía mujeres de todas las edades. La idea no ayudaba mucho a fortalecer la confianza de Sakura. Estaba segura de que él sentía algo hacia ella, de hecho le había pillado mirándola fijamente y había oído los fuertes latidos de su corazón cuando estaban juntos,  pero,  por  alguna  razón,  Sasuke  parecía  no  querer involucrarse. ¿Acaso las relaciones de pareja siempre empezaban así? ¿O, sin querer, ella estaba haciendo algo que alejaba a Sasuke? Jamás había salido con un chico, así que, sinceramente, no sabía qué era «normal» en una relación.

Después del trabajo se dirigió a casa y se obligó a hacer todas las tareas y trabajos del instituto antes de irse a la cama. Cuando apagó la luz, eran más de las dos de la madrugada. Estaba agotada, pero, por algún motivo, no lograba conciliar el sueño. Tenía la sensación de que algo se le escapaba, o de que quizás había malentendido algo. Era más que evidente que a Sasuke le gustaba, pues se mostraba muy protector con ella, pero eso no significaba que sintiera una fuerte atracción. Quizás Sakura no era su tipo. Tal vez tenía una novia en España. Se imaginó una sirena morena, con el cabello azabache y ondulado, la piel cetrina y acento sensual, que esperaba ansiosa el regreso de Sasuke a Europa.

Se dejó caer pesadamente sobre la cama y se tapó la cabeza con una almohada, prometiéndose no convertirse en una fracasada patética que persigue a un chico que jamás podrá tener. Necesitaba más información sobre Sasuke. Sin embargo, como acababa de llegar al instituto, nadie conocía sus historial femenino, así que Sakura decidió que intentaría sonsacarle algo de Hinata con disimulo, sin que resultara demasiado evidente.

Notas:

Y esto es todo por hoy!


El domingo subiré la continuación, espero que les haya gustado!!


 


Abrazos virtuales!

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