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Mica y Micaela por Tsunami Akira

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Notas del fanfic:

Espero les guste y dejen cualquier comentario que les parezca. 

Notas:

Dejen cualquier comentario con lo que les pareció la historia. 

Me levante de golpe de la cama, estaba sudando y respirando entrecortadamente. La misma pesadilla me seguía persiguiendo. Habían pasado ya dos años desde aquel accidente, el accidente donde murieron mi padre y mi hermana gemela: Micaela. Pese al tiempo transcurrido, todavía puedo saborear el rico helado de vainilla que yo y mi hermana comíamos antes de subirnos al vehiculo, aun recuerdo la música que mis padres escuchaban en la radio del auto mientras mi gemela y yo platicábamos de tonterías, luego… ¿Qué paso después de eso…? Es en este punto que la pesadilla se convierte en lo que es…, un terrible recuerdo lleno de dolor y sufrimiento.

            Fue en alguna parte del camino, me volví para decirle algo a Micaela y en ese momento lo vi. Su cabello largo hasta la espalda, de un claro color castaño, sus mejillas sonrojadas y su linda e inocente sonrisa… ¡Dios, éramos tan parecidos ella y yo! Lo único que nos diferenciaba era el largo del cabello y quizás las prendas que vestíamos, ella con sus vestidos y yo con mis camisas y pantaloncillos cortos hasta las rodillas. Pero no fue eso lo que me llamo la atención en ese momento, sino el enorme camión que se dirigía hacía nosotros a gran velocidad. Recuerdo el estruendo, luego los gritos de mi madre y, finalmente, a mí mismo girando dentro del vehiculo familiar luego…, luego… Borroso. Todo estaba borroso cuando abrí mis ojos. Habías restos de cristales por todos lados, manchas de sangre y el irritante sonido de un pitido en mis oídos.

            No tarde en perder el conocimiento pero, antes de caer en la oscuridad, recuerdo que a mi alrededor se podían apreciar decenas de pares de piernas que se aproximaban a paso lento, luego… Nada. Cuando volví a abrir los ojos, una brillante luz blanca me esperaba. La dureza del suelo fue sustituida por una suave y calida sensación en mi espalda.

            — ¡Doctor! ¡Doctor!—escucho a una mujer gritando—. ¡El niño ya ha despertado!

            Luego, un hombre maduro llega y comienza a hablarme. ¿Qué me estaba diciendo? No lo recuerdo. Usualmente despierto antes y, a los pocos segundos tras despertar, recuerdo el hospital, a la enfermera, al doctor y demás cosas que son de poco interés. De eso han pasado dos años. Dos años desde la última vez que mi madre y yo fuimos al cementerio a enterrar a mi padre y luego a mi pequeña hermana, la cual no paso su décimo cumpleaños.

            — ¡Mica! ¡Micaela! ¡El desayuno esta servido!—escucho los gritos de mi madre que nos llama desde la planta baja.

            Me baje de la cama y camine hacía el espejo rectangular que había sobre el buró y ahí, me veo reflejado. Han pasado dos años desde aquel acontecimiento y como mis recuerdos, mi aspecto físico no ha cambiado la gran cosa. He crecido un par de centímetros, nada más. Mi piel blanca y tersa, así como mis mejillas, un poco sonrojadas y mi cabello lacio un poco más arriba de mis hombros, no han cambiado en lo más mínimo. Desde hace tiempo le oía decir a mi padre que yo y mi hermana nos parecemos más a mi madre que a él y después de estos dos años me doy cuenta de que tenía razón. Pese a que soy un chico tengo rasgos más femeninos que masculinos y si no tuviera un pene y testículos entre las piernas, incluso yo dudaría de mi género.

            Tome la peluca que descansaba sobre el buró y me la puse sobre la cabeza, luego baje al primer piso de la casa para desayunar junto a mi madre. Al bajar, ahí estaba ella. Después de aquel accidente, mi progenitora había bajado mucho de peso, casi tanto que me costaba reconocerla pero, el cambio físico no era el único que imperaba en ella. Mi madre siempre había sido una mujer alegre, con una sonrisa en el rostro para cualquier persona, era positiva y siempre veía lo mejor de las personas… Aun la recuerdo, hace dos años, en la cama de aquel hospital. Ella despertó antes que yo y la expresión que tenía en el rostro era de una profunda tristeza y desesperanza, con toda seguridad, el doctor que me atendió le había dicho sobre la abrupta muerte de mi padre y hermana. Según el medico, ya que el camión impacto del lado del conductor y ya que mi hermana estaba sentada detrás de mi padre, ellos recibieron el mayor daño del impacto y según el hombre de la bata blanca, la muerte fue casi instantánea. Ninguno de los dos sufrió al momento de morir. Aquellas palabras, más que hacer sentir mejor a mi madre, la hundían cada vez más en el abismo de la desesperación, a mis diez años de edad, fui capaz de verlo. La desesperanza se reflejaba en los ojos sin brillo de mi madre.

            La alegre, positiva y entusiasta madre que yo recordaba, había desaparecido hace ya mucho tiempo atrás. Dejo su trabajo, apenas comía y pasaba muchas horas en cama, durmiendo y, cuando no dormía, lloraba y le preguntaba a Dios porque había pasado lo que había pasado. Por supuesto, Dios no le respondió de ninguna manera. Hace un año de eso.

            Un día, como cualquier otro, entre a la habitación mi madre. Ahí estaba ella, sentada sobre la cama, con la cabeza hacía abajo y con el cabello tapándole el rostro, me acerque para dejarle un plato con alimentos y, para mi sorpresa, me había tomado del brazo. El movimiento fue tan rápido y repentino, que me asuste un poco en cuanto lo hizo pero, el susto le dio paso al dolor, pues me sujetaba el brazo con mucha fuerza. Demasiada para una mujer que se alimentaba muy poco y cuyos brazos estaban casi esqueléticos.

            — ¡Ya veo! ¡Ya lo entiendo todo! ¡No estas muerta, sigues aquí, a mi lado!—fue lo que me dijo, hace un año—. ¡Micaela! ¡Llegue a creer que habías muerto…! ¡Me alegra… Me alegra tanto que sigas aquí, con tu hermano, Mica!

            Yo estaba asustado por la forma en que mi madre hablaba y confundido por sus palabras. Como empezaba a gritar, mi tía, la hermana de mi mama, fue a la recamara a revisar que pasaba y ahí, nos encontró a los dos. Mi madre lloraba a gritos de alegría mientras me abrazaba y gritaba: ¡Micaela! ¡Mica! ¡Mis hijos!

            — ¡Micaela! ¿Por qué te cortaste el cabello? Si te lo cortas de esa manera, todos te confundirán con tu hermano—es lo que decía mientras veía con ojos grandes y brillosos—. Pero no importa. Cabello corto o largo, te vez igual de preciosa que siempre—fue entonces que mi madre advirtió la presencia de su hermana—. ¡Ah! ¡Ana! ¿Estabas aquí? Lo lamento, no me había dado cuenta, estaba demasiado ocupada jugando con mis pequeños angelitos. Mica, espero que no le hayas causado problemas a tu tía con tus travesuras…

            Era inevitable, tanto mi tía como yo veíamos a mi madre con ojos llenos de sorpresa y composición. Después de eso, mi madre comenzó a salir de la cama, su apetito había regresado y había dejado de llorar, gritar y maldecir a Dios por el accidente ocurrido. Todo había regresado a la normalidad. Era lo que me obligaba a creer, pero no. Nada nunca volvió a ser normal.

            Mi madre nos veía a Micaela y a mí, juntos en el mismo cuerpo, fue lo que nos dijo un psicólogo cuando revisó a mi madre. Al parecer, el trauma de perder a su esposo y a su hija el mismo día, provoco a mi mama un colapso mental y para protegerse a sí misma, ella invento su propia realidad, donde todo funcionara perfecto, o algo así fue lo que comento el hombre que la analizo. Ella no discernía entre mi hermana y yo, nos veía a los dos en el mismo cuerpo. Y como éramos gemelos, casi idénticos en voz y aspecto, no le fue nada difícil converse a sí misma que yo y mi hermana éramos la misma persona.   

            El psicólogo nos dijo que si tratábamos de hacer entender a mi madre y explicarle que su marido y Micaela habían muerto un año atrás, es posible que ella reaccionaria de forma violenta o que inclusive lo negara a niveles alarmantes, aislándose aun más en sus fantasías y perdiendo poco a poco, la percepción de la realidad.

            Mi tía y yo, por el bien de mi madre, decidimos seguirle el juego. La tía Ana me consiguió una peluca castaña, parecida al largo cabello de Micaela, el propósito era convencer a mi madre, todavía más, que todo era normal. Que aquel accidente nunca sucedió y todo fue un mal suelo. De forma increíble, funciono. Mi tía le inventó a mama que mi padre fue trasladado a otra ciudad por cuestiones de trabajo pero que cada semana, le depositaba en una tarjeta de crédito dinero para los gastos semanales. Ese dinero en realidad era el seguro de vida de mi hermana y de mi padre, mi tía los administraba, yo aun era menor de edad y mi madre estaba mentalmente inestable, por lo que la hermana de mi mama se encargaba de los gastos de la casa, así como los gastos de mi educación. Todo siguió normal estos dos años.

            Tome asiento en la silla que estaba al frente de mi madre y empecé a comer por dos: por Mica y por Micaela. Cada vez que mi madre le hacía una pregunta a su hija, yo trataba de poner la mejor voz femenina que podía y, cuando le hablaba a su hijo, me quitaba la peluca y le hablaba con mi voz normal. Pese a que me quitaba la peluca frente a ella y ella me veía cambiar de voz cada vez que se dirigía a uno de los dos, mi madre parecía no notar nada. Para ella, Mica y Micaela, eran dos personas habitando un mismo cuerpo.

            Pese a todo lo que ha pasado en estos dos años, yo amo a mi madre. Su sonrisa, su alegría que era casi contagiosa, su hábito de ver lo mejor de las personas en todo momento… Me dolía mucho verla en ese estado tan triste, escucharla llorar todas las noches, maldecir su suerte, escucharla gritar entre pesadillas el nombre de mi hermana y el nombre de mi padre, verla tan perdida en la miseria y en el sufrimiento.

            Tanto mi tía como yo sabemos que esto no puede durar para siempre, tarde o temprano, este breve momento de paz y calma, tendrá que terminar. ¿Cómo reaccionara mi madre cuando se enfrente a la crueldad de la realidad? No lo sé. Por el momento, quiero disfrutar de estos momentos de paz y dejar que las cosas del futuro, lleguen cuando tengan que llegar. Nada más.

            —Mica, Micaela, apúrense. Tienen que ir a la escuela—nos dijo mi madre.

            Es verdad, lo había olvidado. Para que el acto fuera más realista, mi tía me saco de mi antigua escuela y me inscribió en una nueva. Nueva escuela, nuevos amigos, nuevas posibilidades y, una nueva identidad. Públicamente, Mica había muerto y solo Micaela había sobrevivido al accidente de hace dos años, lo hicimos así para que el engaño fuera más simple. Los únicos que sabíamos la verdad éramos mi tía Ana, yo y unas pocas personas más, para el resto del mundo, yo era una linda chica de largo cabello castaño cuyo nombre era: Micaela.

            Fui a mi habitación, la cual era una mezcla de cuarto de niño y cuarto de niña, pero no le di importancia. Me vestí con prendas de niña y me ajuste la peluca y, al final, me vi en el espejo. Mi padre tenía razón, yo y mi hermana nos parecíamos tanto a nuestra madre y entre nosotros, sino fuera por el pene y los testículos que me cuelgan entre las piernas, yo hubiese sido una perfecta niñita. 

Notas finales:

Hasta la proxima y espero que hayan disfrutado de la lectura. 

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