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Saga El Despertar 1: Predestinados por chloe_moony

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Notas:

Hola!


¿Cómo están? Espero que la semana no haya sido tan mala pero, tanto si lo ha sido como si no, aquí os dejo el regalito de hoy: el tercer capítulo de esta adaptación!!


Quiero dar la bienvenida a Tulipan y Moon blue y agradecer sus comentarios, así como a los demás: Muchas gracias y estoy muy contenta de que os guste este libro!!! Sinceramente, a mi me atrapó desde el primer momento y devoré la saga en cuestión de dos días o cosa así... COmo en todos, al principio es un poco más aburrido con todas las explicaciones y eso pero luego se vuelve interesante ^^


No me enrollo más, disfrutad de la lectura!!!


 


Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Capítulo 3

 

Por la mañana, cuando se despertó, se miró los pies y descubrió  que no tenía ningún rasguño. Durante un instante pensó que todo aquello había sido producto de su imaginación, pero entonces se fijó en que las sábanas estaban manchadas de sangre seca y de mugre. En un intento de poner a prueba su cordura, decidió dejar las sábanas puestas, ir a la escuela y, cuando regresara a casa, comprobar si aún seguían sucias. Si estaban limpias cuando llegara del instituto, todo  habría sido una mera ilusión y solo estaría un poco chiflada. Si,  en cambio, estaban embarradas e inmundas, significaría que estaba tan rematadamente loca que era capaz de caminar somnolienta por la noche y manchar las sábanas de barro y sangre sin tan siquiera recordarlo. Sakura trató de desayunar un bol de yogur con bayas, pero no pudo ni con la primera cucharada, así que ni se molestó en coger el bocadillo para el almuerzo. Si más tarde le entraba hambre, ya compraría algo más apetitoso, como sopa y galletas.

Pedaleando su bicicleta de camino al instituto, se percató de que hacía un calor y una humedad insoportables por segundo día consecutivo. La única brisa que soplaba era el viento que se desprendía de sus propias ruedas. Cuando por fin ató la bicicleta en el armazón se dio cuenta de que no solo el aire estaba inmóvil y quieto, sino que los sonidos naturales, como el piar de los pájaros o el zumbar de los insectos, se habían evaporado. Todo estaba demasiado silencioso, como si la isla no fuera más que un barco anclado en medio del vasto océano.

Llegó más pronto que el día anterior, de forma que todos los pasillos estaban atestados de estudiantes. Ino la vio entrar. Tras verla sonreír de oreja a oreja, supo que la había perdonado. Su amiga se coló entre el tráfico de alumnos y serpenteó hasta llegar a Sakura para ir juntas a clase de tutoría. De repente, mientras las dos amigas se acercaban, Sakura empezó a  notar que le costaba caminar, de modo que al final se vio obligada a detenerse. Le daba la sensación que todos los alumnos del pasillo se habían  esfumado por arte de magia. En el inesperado vacío del instituto, oyó que unos pies descalzos se arrastraban por el suelo acompañados por unos inconsolables sollozos de pena y dolor. Dio media vuelta justo a tiempo para vislumbrar que una figura blanca y polvorienta, con los hombros encorvados y temblorosos, doblaba una esquina. La joven advirtió que la mujer que se lamentaba acababa de cruzarse con alguien, con una persona real que también se giró para observar a la desconocida. Sakura concentró su atención en aquella jovencita de tez cetrina y con el cabello negro recogido en una trenza que  se deslizaba sobre un hombro. Sus labios, de un color rojizo luminoso, dibujaron una O de sorpresa. En ese preciso instante, el sonido volvió a encenderse, como si alguien hubiera pulsado un botón, y el pasillo volvió a abarrotarse de estudiantes con prisas. Sakura permanecía inmóvil, entorpeciendo el tráfico; no podía apartar la vista de la deslumbrante trenza que se balanceaba tras la espalda de aquella chica, quien desapareció en un aula.

Sintió un escalofrío por todo el cuerpo; un escalofrío causado por una emoción que tardó unos segundos en reconocer. Era rabia.

—¡Santo Cielo, Saku! ¿Vas a desmayarte? —preguntó Ino algo ansiosa

Sakura desvió la mirada hacia su mejor amiga y tomó aire temblorosamente. En ese momento se dio cuenta de que estaba cubierta  de sudor frío y tiritaba. Abrió la boca, pero no logró articular palabra.

—Voy a llevarte a ver a la enfermera —anunció Ino. Agarró a Sakura por la mano y empezó a tirar de ella, intentando arrastrarla— Naruto —llamó  por encima del hombro de su amiga—, ¿me echas una mano con Saku? Creo que en cualquier momento va a perder el conocimiento.

—No me voy a desmayar —espetó Sakura con brusquedad, aunque hasta entonces no se había percatado de lo raro de su comportamiento.

Sonrió con timidez a sus amigos para compensar el resquemor y la rabia que había desprendido sus palabras. Naruto le rodeó la cintura con el brazo, pero ella le apartó suavemente para hacerle saber que no era necesario. El muchacho la observó dudando.

 —Estás muy pálida y tienes unas ojeras espantosas —confesó Naruto.

—Me he acalorado un poco viniendo en bicicleta.

—No me digas que estás bien —advirtió Ino.

Su amiga tenía los ojos llorosos y parecía frustrada; Naruto no tenía mucho mejor aspecto. Sakura no podía ignorar lo que acababa de ocurrir y, aunque realmente hubiera perdido la chaveta, sus amigos no tenían que pagar el pato.

—No, tienes razón. Creo que me ha dado una insolación.

Naruto asintió con la cabeza, aceptando así su excusa como la única lógica.

—Ino, acompáñala al baño. Le explicaré a Hergie lo ocurrido para que  no os ponga retraso. Y deberías comer algo. Ayer no probaste bocado en el almuerzo —le recordó.

Le chocó que su amigo se acordara de ese incidente, pero lo cierto es que Naruto era especialista en no olvidar ningún detalle. Quería ser abogado y ella tenía claro que algún día sería uno de los mejores. Ino empapó a Sakura en el baño, vertiéndole agua fría sobre la espalda cuando, en principio, solo debía mojarle ligeramente el cuello. Acabaron enzarzadas en una gigantesca guerra de agua que, al parecer, tranquilizó a Ino, ya que era la primera respuesta normal que obtenía de su íntima amiga en los últimos días. La propia Sakura sintió que al fin había cruzado un muro agotador y ahora todo se había vuelto divertido. Hergie les concedió un permiso y se tomaron su tiempo para asistir a la primera clase. Tener un permiso del señor Hergeshimer era como  conseguir uno de los billetes dorados de Willy Wonka: podías ir a cualquier parte y hacer cualquier cosa durante todo el día sin que ningún profesor te dijera nada.

En la cafetería, compraron naranjas para subir los niveles de azúcar de Sakura y compartieron una magdalena con virutas de chocolate. Logró darle un bocado y milagrosamente empezó a sentirse mejor. Después, se dirigieron hacia el auditorio y encendieron el gigantesco ventilador para refrescarse, turnándose para cantar frente al aire arremolinado como estrellas del pop mientras vociferaban y se desgañitaban y se reían descaradamente la una de la otra. Sakura  se  sentía  tan  aturdida  por  haber  hecho  novillos  gracias  a la justificación de Hergie y por ingerir azúcar a palo seco teniendo el estómago vacío que ni siquiera era capaz de recordar a qué clase se suponía que debía dirigirse. Las dos amigas estaban por casualidad andando por el pasillo equivocado en el momento equivocado cuando el timbre que marcaba el final de la primera clase sonó. Se miraron y se encogieron de hombros, como queriendo decir: «Bueno, ¿qué se le va a hacer?». Y estallaron a reír. En ese preciso instante, Sakura vio a Sasuke por primera vez.

Por fin el cielo se desprendió de todo el aire que había estado custodiando durante dos días. Unas ráfagas de viento caliente y viciado se colaron por cada ventana abierta hacia el sofocante interior del instituto. El viento hizo volar hojas sueltas de papel, alzó los dobladillos de las faldas, alborotó las cabelleras de las chicas y atrapó todos los chismes y abalorios que encontró en el camino y los elevó hasta el techo, como los sombreros el día de la graduación. Por un momento, Sakura creyó que todo se había  elevado, que se había quedado atrapado en el arco de la bóveda, con la misma ingravidez que el espacio. Sasuke estaba delante de su taquilla, a unos seis metros de distancia, con la mirada clavada en Sakura mientras el resto del mundo aguardaba el momento en que la gravidez volviera a su lugar. Era alto, sobrepasaba el metro ochenta, y de complexión fuerte, aunque sus músculos eran alargados y delgados en vez de voluminosos. Tenía el cabello corto y un bronceado típico de finales de verano que hacía resaltar su bonita sonrisa blanca y sus ojos negros.

Mirarse a los ojos fue un despertar. Por primera vez en su vida, Sakura sintió en sus propias carnes un odio puro, envenenado. No se dio cuenta de que estaba corriendo hacia aquel chico, pero sin duda sí percibió los sollozos y murmullos de las tres hermanas que poco a poco se transformaron en llantos y lamentos; podía distinguirlas detrás del  joven moreno, que «sabía» que era Sasuke, y de otro chico más bajito pero también de aspecto bronceado que estaba junto a él. Las hermanas se tiraban del pelo hasta arrancarse mechones dejando un charco de sangre. Señalaban a los dos chicos de modo acusador mientras chillaban una serie de nombres, nombres de personas muertas. De repente, Sakura entendió  lo que tenía que hacer.  En la fracción de segundo que tardó en alcanzarlos, advirtió que el otro chico se abalanzaba sobre ella, pero Sasuke detuvo la embestida; estiró un brazo y el desconocido salió volando hasta chocar con las taquillas que había detrás de ellos. En ese instante, el cuerpo de Sakura se paralizó y se quedó en tensión.

—¡Konan! ¡Quédate dónde estás! —ordenó Sasuke por encima del hombro de Sakura. Su rostro estaba a tan solo unos milímetros del de Sakura. Después, concluyó—: Es muy fuerte.

Sakura sentía un terrible ardor en los brazos y notaba que los huesecillos de las muñecas le rechinaban. Entonces se dio cuenta de que Sasuke  estaba sujetándola por las muñecas para mantenerla alejada de su cuello. Estaban atrapados en un punto muerto, pero si ella alargaba unos pocos milímetros sus dedos podrían alcanzar la garganta de él.

«¿Y ahora qué?», le preguntó una vocecilla en su cabeza. «¡Ahógale hasta que deje de respirar!», respondió otra voz. Los asombrosos ojos de color ónix de Sasuke no daban crédito a lo que estaban presenciando: Sakura estaba ganando. La joven rozó la piel que le cubría la arteria principal con una uña y la rasgó. Entonces, antes de poder procesar lo que estaba sucediendo, Sasuke la giró y la sujetó contra su pecho, agarrándole los brazos para inmovilizarlos y colocándose entre sus piernas. La postura que habían adoptado desequilibraba a Sakura, que no lograba pisar el suelo. No podía moverse.

—¿Quién eres? ¿A qué casta perteneces? —le susurró al oído mientras le atestaba una fuerte sacudida. Pero Sakura estaba fuera de sí y no podía entender ni una sola palabra.

Sin poder maniobrar e indefensa por completo, comenzó a chillar furiosa y exasperada. De repente, se calló. Ahora que no lograba atisbar la mirada negra de Sasuke empezó a percatarse de que la mitad del profesorado del instituto estaba intentando separarlos. Todo el mundo los estaba observando. Sakura se retorcía agónicamente mientras unos fuertes retortijones le agarrotaban el abdomen. De inmediato, Sasuke la soltó, como si se hubiera transformado en una cerilla en llamas. El cuerpo de la joven se convulsionaba de forma espasmódica. Sakura se desplomó sobre el suelo.

 —¡Señorita Haruno! Señorita...  Sakura.  Sakura, míreme  —dijo  el señor Hergeshimer.

Estaba arrodillado en el suelo junto a ella mientras la chica jadeaba e intentaba relajar los músculos. Alzó la vista y observó el rostro sudoroso  de su tutor. Estaba completamente despeinado y, al parecer, las gafas habían salido disparadas durante la pelea. Durante un instante se preguntó si habría golpeado a su profesor de literatura. No pudo evitar echarse a llorar.

—¿Qué me sucede? —gimoteó en voz baja.

—Ya ha pasado todo. Cálmese —comentó el señor Hergeshimer con tono más severo—. Todos los demás, vayan a sus clases. ¡Inmediatamente! —gritó a la muchedumbre de alumnos con la boca abierta que se había arremolinado alrededor.

Todos se dispersaron cuando el señor Hergeshimer se levantó y se hizo cargo de la situación.

—Ustedes dos —llamó señalando a Sasuke y Kiba—, acompáñenme al despacho del director. ¡Señor Uzumaki! ¡Señorita Yamanaka! Lleven a la señorita Haruno a la consulta de la enfermera y después diríjanse directamente a sus clases. ¿Entendido?

Acto seguido, Naruto dio un paso hacia adelante y deslizó el hombro por debajo del brazo de Sakura, ayudándola así a levantarse. Ino la cogió de la mano y la acarició de modo tranquilizador. Sakura levantó la mirada y vio que Sasuke se giraba para echarle un rápido vistazo por encima del hombro mientras avanzaba con pesadumbre y lentitud junto al señor Hergeshimer. Otra oleada de aversión se apoderó de ella y los ojos se le humedecieron con lágrimas de odio. Naruto la guió hasta la enfermería, acariciándole el pelo mientras ella no dejaba de llorar. Ino, temblando y en silencio, no se separó del lado de su amiga.

—¿Qué te ha hecho, Saku? —preguntó Naruto con vehemencia.

—¡No lo había visto n-n-nunca en mi v-v-vida! —farfulló Sakura entre lágrimas.

—¡Buena idea, Naruto! ¡Hazle preguntas! ¿Puedes estarte calladito? —le contestó Ino con rudeza e intentando no perder los nervios.

 No volvieron a hablar durante el resto del camino. Cuando al fin llegaron a la enfermería, le explicaron a la señora Crane lo que había ocurrido, sin olvidar el hecho de que Sakura había sufrido una insolación por la mañana. La enfermera la obligó a tumbarse en la camilla y le cubrió la frente con una toalla húmeda. Después, se fue al despacho para llamar  por teléfono a Kizashi.

—Tu padre está de camino, tesoro. No, no, mantén los ojos cerrados. La oscuridad te ayudará a sentirte mejor —aconsejó la señora Crane al pasar junto a la camilla de su paciente.

La enfermera se apresuró hacia el pasillo para cruzar un par de palabras con alguien durante unos instantes. Después regresó a la enfermería y se sentó tras el escritorio. Sakura permaneció tumbada bajo el frescor de la toalla, agradecida de estar sola. No era capaz de pensar con coherencia, por no hablar de intentar justificar lo sucedido. Lo que más le asustaba era que, por alguna razón, estaba convencida de que su intención era buena, o al menos eso era lo que se esperaba de ella. En el fondo, sabía que debería haber matado a ese chico si hubiera podido y, a decir verdad, no se sentía culpable por pensarlo. Hasta que vio a su padre. Tenía un aspecto deplorable. La señora Crane le relató lo ocurrido. Le explicó que Sakura había sufrido un grave episodio de insolación y que, probablemente, esa fuera la causa de su extraño comportamiento. Él escuchó con paciencia y después le pidió a la señora Crane que le dejara un momento a solas con su hija. La enfermera accedió a su petición. Al principio, Kizashi no dijo nada; únicamente caminaba de un lado al otro de la enfermería. Sakura se incorporó y se quedó sentada sobre la camilla, jugueteando con el collar. Al fin, él decidió sentarse a su lado.

—Ahora mismo serías incapaz de mentirme, ¿verdad? —le preguntó en voz baja. Sakura negó con la cabeza—. ¿Estás enferma?

—No lo sé, papá. No me encuentro bien, pero no sé exactamente qué me pasa —le contestó de todo corazón.

—Tenemos que ir al médico, ya lo sabes.

—Me lo imaginaba —susurró asintiendo con la cabeza.

 Padre  e  hija  se  sonrieron  y,  de  repente,  ambos  se  giraron  hacia el estruendo de unos pasos apresurados que se dirigían a la enfermería. Kizashi se levantó y se encaminó hacia la puerta, colocándose así enfrente de Sakura. Un tipo que rondaba los cuarenta, alto e indescriptiblemente atlético, entró de repente en la habitación. La chica bajó de un brinco de la camilla y, siguiendo su instinto, escrudiñó la enfermería en busca de otra salida. Pero no la había. Tenía la sensación de que iba a morir. En la esquina de la diminuta sala apareció una de las hermanas compungidas. Estaba en cuclillas, con la cara cubierta por una mata de cabello grasiento, gimiendo nombres y sollozando «sangre por sangre» mientras se golpeaba la frente contra la pared.

Sakura se tapó los oídos con las manos. Apartó la vista de aquella horrorosa imagen y reunió el valor suficiente para mirar a los ojos al descomunal hombre que acababa de entrar en la enfermería. Una chispa de reconocimientos los iluminó a ambos. Jamás lo había visto, pero de algún modo sabía que debía temerle. Al principio, su rostro anguloso denotaba determinación, pero enseguida se transformó en desconcierto y, más tarde, en confusión. Su mirada apuntaba directamente a Kizashi, pero, de pronto, una expresión casi cómica causada por incredulidad desbarató lo que podría haber sido una pelea terrible.

—¿Usted es…? ¿Usted es el padre de la jovencita que ha atacado a mi hijo? —preguntó con voz titubeante. Kizashi dijo que sí con la cabeza.

—Mi hija, Sakura —la presentó señalándola—. Y yo soy Kizashi Haruno.

—Fugaku Uchiha —respondió el gigantesco hombre—. Mi esposa, Mikoto, no ha podido venir. ¿Y la madre de Sakura?

Kizashi sacudió la cabeza a modo de negativa.

—Saku y yo vivimos solos —soltó.

Fugaku se fijó en Sakura y en su padre y después frunció la boca, como si hubiera entendido algo.

—Perdóname. No era mi intención preguntar por asuntos tan personales. ¿Es posible que tengamos una conversación a solas?

 —¡No! —gritó Sakura. Se lanzó violentamente hacia su padre y lo agarró por el brazo para alejarle de aquel hombre.

—Pero ¿qué pasa contigo? —chilló Kizashi. Intentó apartar a Sakura, pero no lo consiguió.

—¡Por favor, no vallas con él a ningún sitio! —rogó Sakura con los ojos llorosos.

Kizashi dejó escapar un soplido, rodeó con los brazos a su hija y la sostuvo en un intento de tranquilizarla.

—No se encuentra muy bien —se excusó ante Fugaku, quien contemplaba la historia con cierta compasión.

—Yo también tengo una hija —respondió con amabilidad, como si eso lo explicara todo.

La señora Crane y el director, el señor Hoove, entraron a toda prisa a la enfermería, como si hubieran estado persiguiendo a Fugaku.

—Señor Uchiha —empezó el director con tono irritado, pero el hombre le interrumpió.

—Espero que tu hija se mejore pronto, Kizashi. Yo también sufrí una insolación y me dijeron que hice un montón de cosas extrañas. Puede hacerte alucinar, imagínate —comentó dirigiéndose a nadie en particular.

Sakura vio que le echaba un último vistazo y que se fijaba en la esquina donde la hermana suplicante todavía seguía balanceándose adelante y atrás. Se preguntó si él también la veía, y si ese era el caso, ¿cómo diablos dos personas podían tener la misma alucinación?

—Bueno…, está bien. ¿Todo solucionado, entonces? —preguntó el señor Hoove, algo inseguro mirando a Fugaku y a Kizashi.

—Por lo que se refiere a mi hijo y a mí, sí, sin duda. De hecho, estoy más preocupado por ti, jovencita —añadió dirigiéndose educadamente a Sakura—. Sasuke me dijo que fue, bueno, un poco brusco. ¿Te hizo daño?—inquirió. A primera vista parecía que era un tipo con unos modales más que correctos, pero Sakura no se fiaba de él. Intentaba calibrar sus  fuerzas.

—Estoy bien —respondió de manera cortante—. Ni un rasguño.

 Él abrió los ojos como platos. Sakura no entendía cómo se había atrevido a provocar a alguien más corpulento y mayor que ella, a un tipo gigantesco en flor de la vida, pero simplemente no pudo evitarlo. En general,  detestaba tanto las discusiones que ni siquiera soportaba ver esos programas de debate que emitía la televisión basura, donde los invitados  se gritaban y se insultaban entre ellos. En cambio, ya era la segunda vez en menos de media hora que sopesaba la opción den pelearse con alguien mucho más grande y corpulento que ella. Menos mal que las ansias por asesinar a Fugaku no eran tan irreprimibles como las de matar a su hijo. Nunca se había encontrado con alguien que la enfureciera tanto como Sasuke, aunque no descartaba abollarle el coche a Fugaku. Ese impulso la confundió profundamente.

—Me alegro de que estés bien —comentó Fugaku con una sonrisa, relajando la situación.

El hombre se volvió hacia el director y le dejó claro que ni él ni su familia creían que Sakura se mereciera un castigo. Por lo que a él respectaba, ella se había sentido mal y todo el incidente debía olvidarse. Se marchó tan súbitamente como había llegado. En cuanto los pasos de Fugaku se desvanecieron, la hermana lloroso se esfumó y los susurros de disiparon. Al mismo tiempo, la ira de Sakura desapareció. Se derrumbó sobre la camilla como un globo que se deshincha de repente.

—Lo mejor será que la llevas a casa ahora, Kizashi —sugirió la señora Crane con un tono de voz suave y una sonrisa reconfortante—. Muchos líquidos, luz tenue y un buen baño de agua fría para bajarle la temperatura, ¿de acuerdo?

—Claro que sí, señora Crane. Muchas gracias —replicó él, convirtiéndose por un momento en el chico adolescente que había visitado hacía tantos años la enfermería de la señora Crane.

Sakura se dirigió hacia el aparcamiento con la cabeza agachada, sin apartar la vista del suelo; sin embargo, notaba las miradas de otros estudiantes clavadas en su nuca. Cuando se acomodó en el asiento del acompañante del Cerdo, observó la puerta del despacho del director y vio a los chicos Uchiha, que salían junto a Fugaku. La mirada de Sasuke buscó rápidamente la de Sakura. Su padre se acercó a él y le rodeó el cuello con el brazo, como si quisiera hablarle. Al final, Sasuke desvió la mirada de la de Sakura y miró a su padre antes de asentir con la cabeza y hundir los ojos en el suelo.

Empezó a llover. Primero una, después dos y después tres gotas enormes de lluvia veraniega rociaron el parabrisas del coche. Un segundo más tarde, empezó a jarrear con más fuerza. Sakura cerró la puerta de golpe y miró de reojo a su padre, quién también estaba observando a la familia Uchiha.

—¿Sobre cuál de ellos te abalanzaste? —preguntó Kizashi con una sonrisa maliciosa.

—Sobre el más grande —le respondió Sakura con media sonrisa. Kizashi miró a su hija, silbó y arrancó el coche.

—Tienes suerte de que no te hiciera daño —comentó, esta vez sin bromear.

Sakura asintió de forma sumisa, pero estaba convencida de que era Sasuke quien había tenido suerte. Se sintió sorprendida y aterrada a un tiempo; durante el resto del trayecto a casa, Sakura no volvió a abrir la boca.

Notas finales:

Esto es todo por hoy! Lo que se dice ser amigos... xD


Espero que lo hayan disfrutado y el lunes tendrá la continuación!!


 


Abrazos virtuales!!

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