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Saga El Despertar 1: Predestinados por chloe_moony

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Notas:

Hola!

¿Que tal están? Simplemente vuelvo a subir el capi porque estaba incompleto.

 

Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Capítulo 4

 

Sakura llenó la bañera de agua helada y, con las luces del baño apagadas, se dedicó a escuchar el incesante timbre de su teléfono móvil. No sabía qué decir y cada vez que se acordaba de cómo había atacado a Sasuke Uchiha delante de toda la escuela, gruñía en voz alta, completamente avergonzada. Tendría que abandonar el país, o al menos la isla de Nantucket, porque no había modo alguno de olvidar que había intentado estrangular al chico más apuesto del lugar. Volvió a dejar escapar un quejido de humillación y se salpicó el rostro, que aún mostraba cierto rubor a pesar de estar sumergida en agua gélida. Ahora que al fin la rabia no le corría por las venas, podía concentrarse y pensar en Sasuke de forma objetiva y lúcida; Ino no había exagerado ni un ápice al decir que era el chico más atractivo que jamás había visto. Completamente de acuerdo. Había intentado matarle, pero no estaba  ciega. Ese chico era distinto.

Sakura llegó a la conclusión que ni su altura ni su bronceado, ni tan siquiera sus músculos, hacía de él un chico tan cautivador. Era su forma de moverse. Solo se había cruzado con él un par de veces, pero estaba segura de que a él le importaba menos su aspecto físico que a todos los que le rodeaban. Su mirada, la más hermosa que había visto nunca, parecía mirar hacia otro lado, y no hacia sí mismo.

Sumergió la cabeza bajo el agua y gritó a pleno pulmón para desfogonarse sin alarmar a su padre. Cuando subió a la superficie, a pesar de sentirse algo mejor, seguía decepcionada. Le daba la impresión de que, de algún modo no era capaz de explicar, ya conocía a Sasuke, y eso tenía sus efectos secundarios; estaba empezando a idealizarle, a creerle más perfecto de lo que humanamente era posible, lo cual le resultaba bastante incómodo, teniendo en cuenta que aún deseaba arrebatarle la vida. Quitó el tapón de goma con los dedos del pie y contempló en silencio cómo el agua se arrastraba lentamente hasta que el desagüe se tragó la última gota. Sakura permaneció desnuda en la bañera vacía, con la mirada fija en sus pies blanquecinos y arrugados hasta notar un cosquilleo doloroso en  el trasero. Sabía que, de un momento u otro, tendría que salir de la oscuridad del cuarto de baño y tratar de actuar con normalidad.

Se vistió con ropa de andar por casa y, mientras bajaba las escaleras, se encontró a su padre entrando por la puerta a toda prisa. Había ido a comprar helados para cenar, pero no unos helados cualesquiera, sino los que vendían en una deliciosa heladería italiana a la que Sakura le había prohibido acercarse desde que el médico le aconsejó vigilar su dieta.

—Son para bajarte la temperatura —le respondió con inocencia mientras se sacudía las gota de lluvia del pelo.

—¿Ese es tu pretexto? —le preguntó con las manos apoyadas en las caderas.

—Sí, y pienso ceñirme a él.

Sakura decidió dejar pasar el tema. Ya habría más tiempo para preocuparse de su colesterol por la mañana. Después de varios días comiendo tan poco, probablemente ingerir un delicioso gelato no era la  idea más acertada, pero lo cierto es que lo digirió con facilidad. Ambos se acomodaron en el suelo del salón, con el partido de sus queridos Boston Red Sox iluminando en televisor, turnándose el tarro de helado y la cuchara mientras despotricaban de los Yankees. Ninguno de los dos respondía las llamadas de teléfono, que seguían sonando de vez en cuando, y Kizashi tampoco presionó a su hija para que le explicara lo sucedido. La madre de Ino jamás hubiera permitido que su hija saliera indemne de algo así. En ciertas ocasiones, haber sido criada por un padre soltero tenía sus ventajas.

Sakura tuvo que cambiar las sábanas antes de acostarse. Las manchas de la noche anterior no habían desaparecido, tal y como ella había esperado, pero tenía cosas más importantes de que preocuparse que su sonambulismo. Para empezar, de repente oyó algo o alguien que se movía por el mirador. Los sonidos eran distintos de los de la noche anterior; sin duda, se trataban de pasos que caminaban por el balcón, justo encima de su habitación, y no sonidos amorfos que provenían de todos lados. Pero tomó la decisión de no subir a comprobar qué estaba sucediendo. Ya había visto bastantes fantasmas por aquel día.

 Al día siguiente, Sakura fue a la consulta del doctor Cunningham. Después de inspeccionarle la vista con un lápiz óptico de luz intermitente y examinar el pecho con suaves golpecitos, dijo que no parecía sufrir ninguna lesión permanente. Después riñó a Sakura por haber sido tan irresponsable de no ponerse un sombrero con el sol que caía. Resultaba inexplicable pero, tras una visita al médico, su pérdida de control junto con su comportamiento violento y agresivo habían quedado reducidos a la imperdonable negligencia de no cubrirse la cabeza. Al menos la revisión médica le permitió no asistir al instituto en todo el día. Cuando llegó a casa, encendió el ordenador y perdió varias horas  buscando información en Internet sobre las tres mujeres que la asediaban. Se sentía frustrada porque cada búsqueda le ofrecía un millón de posibilidades diferentes y no podía acotarla más, pues ni siquiera era capaz de qué había visto. ¿Eran fantasmas? ¿Demonios? ¿O sencillamente manifestaciones de su propia locura? Era más que probable que todo aquello no fuera más que una alucinación, un mero producto de su mente imaginativa, y, de hecho, empezada a pensar que realmente había sufrido una insolación. Pero no era así.

Por la tarde, Ino vino a darle malas noticias.

—En estos momentos, todo el instituto está convencido de que estás de camino a un manicomio —informó en cuanto se sentaron en el sofá del salón—. Deberías haber asistido hoy a clase.

—¿Por qué? —preguntó Sakura con una mueca—. Da lo mismo cuándo vuelva, nadie olvidará lo de ayer.

—Tienes razón. Fue muy fuerte —reconoció Ino. Hizo una pausa antes de volver a intervenir, un tanto apurada—. Ayer me acojonaste, lo sabes, ¿verdad?

—Lo siento —se disculpó Sakura con una leve sonrisa—. Y él, ¿ha ido al instituto hoy?

Por alguna razón necesitaba saberlo, pero no era capaz  de pronunciar su nombre en voz alta.

—Sí, y me ha preguntado por ti. Bueno, en realidad no ha hablado conmigo directamente, pero Kiba sí. Y por cierto, tengo que decir que es un imbécil. —Y entonces Ino empezó a parlotear cada vez más enfadada—: ¡Fíjate! Se me acercó a la hora de comer, ¿vale? Y empieza a interrogarme con preguntas sobre ti, que si desde cuando nos  conocemos, que si de dónde eres, que si conocí a tu madre antes de que te abandonara…

—¿Te preguntó sobre mi madre? Eso sí que es raro —interrumpió Sakura.

—Así que yo he empezado a contestarle con mi estilo habitual de conversación inteligente —aclaró Ino con tono demasiado inocente.

—Traducción: le has insultado.          

—Llámalo como quieras. Y entonces el subnormal tiene los huevos de decirme que soy muy «infantil», ¿puedes creerlo?

—Figúrate. Llamarte a ti «infantil» —contestó Sakura con aire gracioso— ¿Y qué le respondiste?

—Pues la verdad. Que tú y yo somos amigas desde que nacimos y que ninguna de nosotras recuerda a tu madre y que además ella no dejó ninguna fotografía ni nada parecido, pero que tu padre siempre anda recalcando su increíble belleza, su gran inteligencia, su talento y bla, bla, bla. No hace falta ser un lumbreras para saber que tu madre debía ser preciosa. A ver, echa un vistazo a tu padre y después mírate a ti —dijo Ino con los ojos brillantes.

Sakura, al escuchar el cumplido, hizo una mueca de dolor.

—¿Y ya está? ¿Sasuke no ha dicho nada sobre el tema?

Sakura cerró los puños. Le costaba una barbaridad pronunciar su nombre sin sentir la tentación de atestar un puñetazo a alguien en la cabeza. Era más que evidente que, o todavía estaba sufriendo los síntomas de la insolación o, simplemente, estaba volviéndose majara.

—Ni una palabra. Pero me ha llegado el rumor de que Zach estaba poniéndote verde y Sasuke le mandó a cerrar el pico.

—¿De veras? —se sorprendió Sakura, más animada—. ¿Y qué le dijo?

—Dijo que no permitiría a nadie que hablara mal de ti, eso es todo. Pero ya conoces a Karin y a Zach; continuaron cuchicheando sobre ti a sus espaldas mientras él juraba y perjuraba que padecías una fiebre muy alta cuando él… te hizo eso. Por cierto, ¿cómo lo llamarías tú? ¿Un abrazo de oso por la espalda?

 Sakura gruñó y se tapó el rostro con las manos.

—Ya ha pasado —le consoló Ino acariciándole la espalda—. Sasuke no va a ir por ahí diciendo a todo el mundo que estás como una cabra, así que al menos has tenido la suerte de enfrentarte a un chico la mar de dulce.

Sakura volvió a gruñir, esta vez con más intensidad, mientras se acurrucaba en el sofá y Ino se reía de ella.

Esa noche, tuvo otra pesadilla en la que volvía a aparecer el mismo paisaje árido. Cuando se despertó, sentía tal agotamiento que, por un momento, creyó que había estado caminando durante días, tal y como había soñado. Siempre se le había dado bien ignorar las cosas extrañas que solían ocurrirle e intentó convencerse a sí misma de que esta no era una excepción. Pero las manos empezaron a temblarle al comprobar que las sábanas estaban otra vez mugrientas, así que las recogió para llevarlas a lavar. Se limpió el barro de las piernas en la ducha y procuró concentrar su atención en el instituto, aunque eso tampoco iba a ser un gran consuelo. En cuanto apareciera por la puerta se daría inicio la caza del pazguato, y ella tenía todos los números para ser la víctima.

Seguía lloviendo de forma torrencial, así que Sakura fue al instituto con Ino y su madre. Tenía miedo de sentir retortijones incluso antes de apearse del coche y se apretó el vientre con ambas manos. Jamás había logrado entender por qué sentía esos pinchazos en el estómago; lo único que sabía era que, a veces, cuando hacía algo que provocaba el desconcierto y asombro de los demás, notaba unos espasmos en el vientre tan atroces e intensos que se veía obligada a parar lo que estaba haciendo.

—Relájate —le recomendó Ino mientras abrían la puerta principal—. Todo lo que tienes que hacer es superar el día de hoy, Después tendrás todo el fin de semana para… —Su amiga se quedó sin habla durante unos segundos, meditando. Finalmente, añadió—: Ni de Broma. Lo siento, Saku, he querido ser optimista, pero el lunes no habrá cambiado nada.

Ino soltó unas ruidosas carcajadas que animaron un poco a Sakura, hasta que entraron al instituto. Fue mucho peor de lo que imaginaba. Unas chicas de un curso debajo  del suyo se quedaron literalmente boquiabiertas nada más ver entrar a Sakura y se arremolinaron en un corrillo para chismosear. Otro chico con  chaqueta negra de cuero lanzó una mirada lasciva a Sakura y le susurró «Heladito» al pasar junto a ella. Al girarse, asombrada y confundida, él articuló la palabra «llámame» sin pronunciarla y continuó su camino.

—No creo que pueda sobrevivir a esto —murmuró ella. Ino le puso una mano en la espalda y la empujó.

Cada vez que la mirada de alguno de sus compañeros aterrizaba en ella y la reconocían, Sakura sentía que el ataque de pánico estaba cada vez más cerca. ¿Su penúltimo año de instituto iba a ser así de angustioso? Probó de mimetizarse con la sombra de su mejor amiga, pero enseguida se dio cuenta de que si lo buscaba era cobijo, tendría que encontrar amigos más corpulentos que Ino.

—¡Deja de pisarme los talones! —se quejó Ino—. ¿Por qué no te  escondes en clase de Hergie mientras cojo tus cosas de la taquilla?

Agradecida, Sakura se inmiscuyó en el aula de tutoría y se apoyó sobre su pupitre. El señor Hergeshimer le preguntó si se encontraba mejor y, al oír que estaba bien, la ignoró por completo. Sakura le hubiera besado por ese detalle.

Naruto la saludó con una mano y se sentó sin dedicarle ni una palabra. Sakura adivinó, y no se equivocó, que su mejor amiga había amenazado a Naruto, obligándole a actuar como si nada hubiera sucedido; pero el chico no podía reprimirse y la miraba de reojo de vez en cuando, lo cual demostraba que seguía preocupado por ella. Sakura le dedicó una cariñosa sonrisa y,  al parecer, su amigo se quedó más tranquilo. Zach, en cambio, decidió mirar por la ventana en cuanto se sentó, para evitar mirar a Sakura. Logró sobrevivir el resto de la mañana sin sufrir ningún incidente; hasta la hora del almuerzo. De camino a la cafetería del instituto, se percató demasiado tarde de que estaba muy cerca de la taquilla de Sasuke. Estaba  a punto de dar media vuelta y tomar otro camino, lo cual era absurdo además de ridículo, ya que para ello tendría que rodear el edificio, pero alguien detectó su incertidumbre.

Karin y Zach la vigilaban sin quitarle ojo de encima mientras Sakura titubeaba de manera indecisa en la mitad del pasillo. Estaban frente a  sus respectivas taquillas que, por casualidad, eran las de al lado de las de Sasuke y Kiba. De repente, le vino a la memoria la imagen de Karin y de Zach el día anterior, estupefactos y petrificados observándola mientras ella intentaba asfixiar a Sasuke. Era lógico que sus taquillas estuvieran juntas, ya que estaban ubicadas por orden alfabético, B de Brant, C de Clifford y D de Uchiha; sin embargo, Sakura maldecía y culpaba a su mala suerte por el hecho de que los estudiantes más populares de su curso hubieran   sido testigos de primera mano de su momento de máxima humillación.

No tenía elección: debía pasar por delante de todos ellos. Karin y Zach  no dijeron ni mu y, a decir verdad, sus caras no mostraron expresión alguna cuando Sakura se arrastró a toda prisa por su lado, con los hombros tan encogidos que prácticamente le rozaban las orejas. Al menos Sasuke no estaba allí, pensó mientras entraba en la cafetería.

—¡Ponte derecha! ¡Vas a provocarte escoliosis! —la reprendió Ino  cuando llegó a su mesa.

—Lo siento, pero es que he tenido que pasar por delante de la taquilla de él —explicó Sakura en voz baja. Naruto, como respuesta, dejó escapar  un sonido de indignación.

—Sosiégate, Saku —espetó su amigo con brusquedad—. Hoy no han venido al colegio.

—Supuestamente se han tomado el día libre porque la tía, el mayor de los hijos Uchiha y su padre al fin han aterrizado en la isla esta mañana —aclaró Ino.

—Oh, genial; justo lo que me faltaba —musitó Sakura—. Otro más.

—Se llama Neji. Es estudiante de último curso —añadió su amiga con amabilidad.

Ino no sospechaba que al pronunciar su nombre en voz alta le hacía un flaco favor a Sakura, puesto que, por alguna razón inexplicable, su amiga empezó a sentirse irritada y molesta otra vez.

—No se sabe nada de él. Lo más seguro es que Zach me llame con algunas novedades este fin de semana —informó Naruto encogiéndose de hombros—. Siempre sabe dónde está todo el mundo y qué está haciendo.

El resto del día pasó sin pena ni gloria, aunque tras saber que no iba a toparse  con  ninguno  de  los  chicos  Uchiha,  ni  con  ninguna aparición espectral, se sintió aliviada. De hecho, durante el entrenamiento incluso empezó a animarse mientras corría entre la niebla y chapoteaba sobre charcos fangosos con Ino. La entrenadora Tar no hizo comentario alguno sobre la marca tan pobre de Sakura, pero sabía que aquello no se alargaría mucho más. Necesitaba ganarse esa beca, y la entrenadora no iba a olvidarse con tanta facilidad.

Había conseguido escabullirse durante todo el día, esquivando miradas y comentarios. Cuando Sakura llegó al trabajo por la tarde, mucho más tranquila, se percató de que la tienda estaba repleta de niños del colegio que habían entrado a comprar algún que otro caramelo o una lata de refresco.

—¿Por qué no vas a la trastienda y me echas una mano con el almacén? — le pidió Shizune mientras le daba un suave codazo en el brazo—. Dejarán de venir para quedarse embobados y boquiabiertos si creen que te has marchado.

—¿Acaso no tienen nada mejor que hacer un viernes por la noche? — preguntó desesperada.

—Pero, bueno, ¿en qué isla has crecido tú? —le respondió Shizune con ironía. Sakura apoyó la frente en el hombro de Shizune durante unos instantes y después se incorporó—. Deberías hacer también el inventario. Y tómate el tiempo que necesites —añadió Shizune mientras Sakura se dirigía hacia la trastienda.

Hacer inventario no solía ser la tarea predilecta de Sakura, pero sin duda, esta noche se había convertido en su favorita. Estuvo tan ocupada contando cada objeto de la tienda que, antes de que se diera cuenta, ya estaban iniciando el ritual de recoger y echar el cierre.

—Así pues, ¿qué ha pasado exactamente entre tú y ese chico, Sasuke? — inquirió Shizune sin apartar la vista del montón de facturas que se disponía a clasificar.

—Ojalá lo supiera —suspiró Sakura al mismo tiempo que se apoyaba en el mango de la escoba.

—Todo el mundo cuchichea sobre vosotros. Y no solo los niños —agregó Shizune con una sonrisa picarona—. Así que dime, ¿qué pasa?

 —Mira,   si   tuviera   una   explicación   para   ello,   créeme   que   estaría pregonándola a los cuatro vientos por las calles. No tengo ni la menor idea de por qué le ataqué —confesó Sakura—. Y, por si fuera poco, lo de ayer no es lo peor de todo.

—Oh, vas a tener que explicarme eso, jovencita —dijo Shizune apartando las facturas—. Venga, dímelo. ¿Qué es lo peor de todo?

Sakura sacudió la cabeza y empezó a barrer la tienda sin ton ni son. Oía una vocecita en el interior de su cabeza que le murmuraba cosas como«bicho raro», «monstruo» o incluso «bruja». A pesar de silenciarla con destreza, en un momento u otro la voz siempre regresaba. Descubrir que en realidad era alguna de esas cosas lo que más le aterrorizaba era lo peor de toda aquella historia.

—No es nada —respondió incapaz de alzar la vista.

—Que no hables del asunto no implica que se esfume como si nada, ya lo sabes —insistió Shizune.

Sakura sabía que tenía razón y que podía confiar en Shizune. Además, necesitaba hablar con alguien sobre aquel tema o enloquecería por completo.

—Tengo pesadillas. En concreto, me persigue una que se repite una y otra vez. Parece real, como si me trasladara a otro lugar mientras duermo.

—¿Y adónde vas? —preguntó Shizune con tono amable mientras salía de detrás del mostrador e impedía a Sakura seguir barriendo la tienda.

La chica evocó aquel mundo desamparado y estéril por el que había merodeado durante las últimas noches.

—Es un lugar árido. Todo es de color blanquecino y anodino. Oigo el murmullo del agua a lo lejos, como si hubiera un riachuelo en alguna parte, pero no puedo alcanzarlo. Es como si intentara encontrar algo, o eso creo.

—¿Con que un paisaje desértico, eh? Es algo muy habitual en el  imaginario de los sueños —le aseguró Shizune—. Aparece en todos los libros de interpretación de sueños, y todos los países que he visitado narran pesadillas como la tuya.

 Sakura tragó saliva, algo frustrada, y asintió con la cabeza.

—Sí, pero cuando me levanto por la mañana mis pies…

La joven se frenó rápidamente al darse cuenta de que sonaba como una chiflada. Shizune la observó con detenimiento durante un momento.

—¿Eres sonámbula, cielo? ¿Es eso? —le preguntó Shizune tomándola por   los hombros para zarandearla, obligándola así a mirarle a los ojos.

Sakura levantó las manos y sacudió la cabeza.

—No sé lo que me pasa. Pero me despierto agotada, Shizune —admitió mientras unas lágrimas se deslizaban por su rostro—. Aunque consigo conciliar el sueño, me levanto con la sensación de haber estado corriendo durante horas. Creo que me estoy volviendo loca —reconoció antes de  dejar escapar una risa nerviosa.

Shizune la envolvió en uno de sus abrazos con aroma a bizcocho.

—No te preocupes. Ya lo resolveremos —la alentó con ternura—. ¿Ya has hablado con tu padre sobre esto?

—No. Y tampoco quiero que tú lo hagas —insistió Sakura mientras retrocedía para mirar a Shizune, quien la observaba con una mirada inquisitiva—. La semana que viene, si aún estoy pirada, se lo contaré, pero creo que ya hemos tenido suficiente dramatismo esta semana.

Shizune asintió con la cabeza.

—Cuando decidas que estás preparada para contárselo a tu padre, estaré allí, a tu lado. Mi pequeña crazy —bromeó, y ambas esbozaron una  sonrisa.

Sakura agradecía tener a alguien como Shizune, alguien que la escuchara con seriedad cuando lo necesitaba y que dejara esa prudencia a un lado en el momento apropiado.

—Creo que deberíamos marcharnos y dejar el resto como está —añadió antes de volver a estrecharla entre sus brazos—. ¿Lista para irnos? — preguntó mientras guardaba el dinero en la caja fuerte que había detrás del mostrador.

 Sakura guardó la escoba y se dirigió hacia la puerta trasera de la tienda. Tras apagar las luces, cerró con llave y siguió a Shizune, que caminaba por el callejón hacia su coche con las llaves tintineando en la mano. Ninguna de las dos oyó ruido alguno. De pronto, tras un débil destello de luz azul, Sakura comenzó a ver borroso y a percibir un extraño olor. Aquel aroma, una mezcla de cabellos chamuscados y ozono viciado, le resultaba nauseabundo a la vez que familiar. En ese preciso instante, Shizune se desplomó sobre el suelo como si de una marioneta a quien le han cortado los hilos se tratara. Siguiendo su instinto, Sakura estiró los brazos para intentar evitar que su amiga se hiciera daño al toparse con el suelo, de forma que el agresor, desde atrás, aprovechó la oportunidad para cubrirle la cabeza a Sakura con una bolsa oscura.

Estaba tan sobresaltada que no era capaz de gritar. En el momento en que se apoyó sobre el pecho de su atacante, supo que se trataba de una mujer. Sakura era consciente de su fortaleza: no era la de una chica, sino la de un oso. Flexionó las rodillas y apoyó con seguridad las plantas de los pies en la acera, preparada para darle a su raptora el susto de su vida. Dobló la espalda e intentó deshacerse de los brazos de su atacante, pero cuál fue su sorpresa al averiguar que la mujer desconocida era tan increíblemente fuerte como ella. Sakura tenía las de perder.

Las suelas de las zapatillas de deporte se resquebrajaron bajo la presión de los pies de Sakura, quien seguía intentando quitarse de encima a su raptora. Dio un paso hacia delante y después otro, avanzando descalza  con dificultad mientras arrastraba a la mujer con ella. Sakura oyó un grito ahogado y acto seguido la atacante la soltó sin más. Mientras forcejeaba con la bolsa de terciopelo negro que  seguía cubriéndole la cabeza, distinguió una rápida sucesión de bofetadas, golpes secos y jadeos de aturdimiento. Tras una ráfaga de aire y un sonido entrecortado, como si alguien se alejara a gran velocidad, la joven se quitó la capucha y se apartó el cabello de la cara.

Sasuke Uchiha estaba frente a ella, con el cuerpo en tensión y escudriñando el horizonte en busca de algo que Sakura, desde su posición, era incapaz de divisar.

—¿Estás herida? —le preguntó con voz temblorosa sin apartar la vista de la lejanía. Tenía el labio manchado de sangre y la camisa hecha jirones.

 Sakura dudó durante unos instantes en decirle que se encontraba bien, pero entonces oyó los susurros de las hermanas lamentándose.

Sasuke bajó la vista y en cuanto su mirada gélida se cruzó con la calidez de los ojos verdes de la chica, ella sintió un escalofrío que le recorrió las piernas. Sakura se puso de pie de un salto y adoptó una postura de  ataque. Los susurros aumentaron hasta transformarse en gemidos; en ese instante, pudo vislumbrar los cuerpos blanquecinos y trémulos y las cabezas inclinadas de las tres hermanas titilando en su campo de visión. Retrocedió un paso y apretó los párpados de manera voluntaria. La ira y la rabia eran tan intensas que incluso creía que sus órganos explotarían en cualquier momento.

—Vete, por favor —rogó—. Me has ayudado y te lo agradezco. Pero todavía quiero, ansío con todas mis fuerzas, matarte.

Se produjo un silencio breve y Sakura notó como Sasuke recobraba el aliento.

—Esto también es difícil para mí, ¿lo sabes? —le respondió con voz entrecortada.

Con los ojos aún cerrados, la joven oyó un sonido deslizante, como si algo raspara el suelo, y sintió una ráfaga de aire. Cuando al fin se atrevió a abrirlos, Sasuke había desaparecido por arte de magia y, con él, los  espíritus burlones.

Sakura se agachó junto a Shizune para comprobar si estaba sangrando. Le revisó las manos e inspeccionó cada centímetro hasta las rodillas, pero,  por increíble que pudiera parecer, no tenía magulladuras, ni rasguños, ni arañazos de ningún tipo. Respiraba con regularidad, pero aún seguía inconsciente. Sakura se arriesgó a recogerla con la esperanza de estar haciendo lo correcto al mover su cuerpo. Con amabilidad y ternura, colocó a Shizune en la parte trasera del coche y, mientras marcaba el teléfono móvil de su padre, se acomodó en el asiento del conductor. Al arrancar el motor, escuchó la primera señal de llamada.

—¡Papá! Tienes que venir al hospital —espetó en cuanto él descolgó el teléfono.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Estás…? —empezó asustado.

 —No  es  por  mí,  es  por  Shizune.  Estoy  de  camino  a  urgencias  y estoy conduciendo, así que no puedo hablar mucho por teléfono. Ve hacia allí — ordenó. Después, pulso el botón rojo y lanzó el teléfono en el asiento del copiloto sin esperar la respuesta de su padre.

Ya podía inventarse una mentira de las buenas; y más le valía que fuera rápida, porque el hospital estaba a tan solo unos minutos. Aparcó frente a la entrada y llamó a la policía. Dijo que habían atacado a una amiga y que estaba en el hospital. Sakura titubeó. Se sentía   insegura y nerviosa, sin saber cómo debía entrar en la sala de urgencias. No quería abandonar a Shizune en el coche, pero tampoco podía cogerla en volandas y dejar al descubierto su estrafalaria fortaleza delante de tantísimas personas, así que finalmente decidió entrar sola.

—¿Ayuda? —farfulló con timidez a la enfermera encargada de la admisión de pacientes. Su intervención no sirvió para nada en absoluto, así que alzó el tono de voz y se dispuso a saltar—. ¡Ayuda! Mi amiga está afuera, ¡y está inconsciente!

Eso hizo que la gente empezara a correr.

Cuando al fin su padre llegó y ambos se aseguraron de que Shizune saldría indemne del ataque, Sakura declaró ante la policía. Les contó que una mujer, a la que no tuvo la oportunidad de ver en ningún momento, provocó el desmayo de Shizune con una cosa que destellaba una luz azulosa. Cuando Sakura advirtió que Shizune se desplomaba repentinamente, salió corriendo por el callejón; al parecer, aquello había asustado a la desconocida, por que huyó sin más. Por supuesto, no dijo una palabra sobre el casi estrangulamiento, la lucha libre o el hecho de que Sasuke Uchiha hubiera aparecido de la nada para darle una paliza a superwoman. Lo último que necesitaba era complicar esa situación y mucho menos vincularse con Sasuke Uchiha, que, por cierto, ¿qué estaba haciendo allí?

—¿Qué les ha pasado a tus zapatos? —le preguntó el agente de policía. A Sakura empezó a palpitarle el corazón. ¿Cómo había podido pasar por alto que iba descalza?

—No los llevaba —afirmó algo precipitada. Después, titubeando añadió—: Antes, mucho antes, se me rompieron…, mientras estaba arreglando el almacén, en la trastienda. Así que me descalcé. Cuando vi que Shizune estaba herida los tiré y vine directamente hacia aquí.

 «Es la peor mentira del mundo», pensó Sakura. Sin embargo, el agente asintió con la cabeza.

—Encontramos un par de zapatillas de deporte rotas en el callejón — confirmó como si Sakura le hubiera detallado justo lo que él esperaba.

Le explicó que Shizune había recibido el impacto de una pistola eléctrica y que, como la agresora había descargado toda el arma con Shizune, se vio obligada a huir al ver llegar a otra persona. 

—Una cosa más —dijo el agente antes de dar media vuelta—. ¿Cómo has podido subirla al coche tu solita?

Tanto el agente de policía como su padre se quedaron mirándola durante un instante, con cara de asombro y perplejidad.

—¿Fuerza de voluntad? —respondió de manera poco convincente con la esperanza de que se lo creyeran.

—Ha tenido suerte de tenerte cerca. Has sido muy valiente.

El agente le regaló una sonrisa de aprobación, pero ella no podía soportar que la alabaran por engañar y mentir. Agachó la cabeza y contempló sus pies descalzos, lo cual le recordó lo tonta que había sido por descuidar ese pequeño detalle desde el principio. Tendría que aprender a ser más cuidadosa. Cuando la policía acabó de interrogar a Shizune, la joven y su padre entraron en la sala para ver qué tal estaba. A diferencia de Sakura, ella sí tuvo tiempo de echar un vistazo a la desconocida antes de perder el conocimiento.

—Era mayor que yo… Rozaba los sesenta. Tenía el cabello corto con canas. Por su aspecto hubiera jurado que era totalmente inofensiva, pero por lo visto estaba equivocada —comentó algo arrepentida—. ¿Qué demonios? ¿Desde cuándo las ancianas se pasean por ahí disparando pistolas eléctricas?

Shizune intentaba quitarle hierro al asunto con sus bromas, pero Sakura estaba segura de que aún estaba conmocionada, pues tenía el  rostro pálido y los ojos vidriosos, como si estuviera a punto de llorar. Kizashi decidió pasar la noche con Shizune y acompañarla a casa cuando recibiera  el  alta  médica.  Los  médicos  aconsejaron  que  no condujera durante  algunos  días,  así  que  Sakura se  ofreció  a llevarse  su  coche y traérselo de vuelta el domingo. Shizune le agradeció el gesto, aunque ella tenía sus propios motivos para querer el coche de su amiga. Había un detalle más del que debía ocuparse antes de llegar a casa.

Tras cruzas la isla por la carretera Milestone en dirección a la finca en donde vivía la familia Uchiha en Siasconset, el miedo empezó a apoderarse de ella. Cuanto más se aproximaba, más intensos eran sus temblores, pero no tenía elección. Debía cerciorarse de que Sasuke no abriera la boca y desvelara información sobre el ataque; de lo contrario, estaría metida en  un lío horrible. Sin embargo, tenía el presentimiento de que no se lo contaría a nadie. El clan Uchiha invertía muchísimos esfuerzos en aparentar normalidad, pero Sakura sabía que aquella naturalidad no era real. Nadie con una fuerza humana habría sido capaz de impedir que estrangulara a Sasuke si se lo hubiera propuesto. Sasuke era igual que ella.

La idea le revolvió las tripas. ¿Cómo podía parecerse a alguien que odiaba de tal manera? Primero, tenía que asegurarse de que el chico no mencionara una sola palabra de todo aquel asunto a la policía; pero tras ese encuentro estaba decidida a despreciarle desde la máxima distancia. Tenía que concentrarse para conducir entre la niebla. Bajo la tenue luz de la aurora, la joven se adentraba en una propiedad privada, sin saber en qué dirección debería girar el volante. Frenó el vehículo y se apeó de él  para caminar sigilosamente hacia el arrullador sonido del océano. Solo había podido disfrutar de las vistas de la finca desde la playa y, en estos momentos, intentaba indagar en su memoria en busca de alguna estatua o elemento decorativo que podría reconocer. Entonces advirtió un traspié,  un ruido sordo detrás de ella. Dio media vuelta sobre su talón y avistó a Sasuke, que avanzaba con su paso firme hacia ella, acercándose a zancadas largas y enérgicas.

—¿Qué estás haciendo aquí? —medio ladró, medio susurró.

Sakura retrocedió un par de pasos y se detuvo de manera inesperada para no dejarse intimidar por Sasuke. Bajo aquel resplandor grisáceo la joven vislumbró los cuerpos blanquecinos de las tres hermanas, que se arrastraban sigilosamente por el césped arenoso, dejando tras de sí una estela de polvo mientras temblequeaban entre sollozos.

—¿Qué hacías allí? ¿Acaso estabas siguiéndome? —le preguntó con voz acusadora.

 —Pues sí —le replicó toscamente sin dejar de avanzar hacia ella—. ¿Qué diantres estás haciendo en la finca de mi familia?

Cuando Sakura se dio cuenta de que al ir a su casa había cruzado el  límite, ya era demasiado tarde. Allí donde antes hubo odio y rencor, ahora había violencia. Esa tensión deformaba los rasgos de Sasuke, quien adoptó una postura amenazante hacia Sakura. Seguía siendo grácil, pero demasiado cruel para resultar atractivo.

«Está bien —se dijo a sí misma— Hagámoslo de una vez».

Sakura bajó los hombros, se acercó y se propulsó como un bólido hacia su pecho; un instante más tarde, ambos estaban dando volteretas por el suelo hasta que él quedo tumbado debajo de ella. Sakura se dispuso a endiñarle un puñetazo en la cara, pero él la agarró por los brazos. Ella estaba  encima y, en teoría, atraparla por el brazo hubiera sido imposible, pero jamás se había peleado, ni había golpeado a nadie, así que no tenía experiencia. Él, en cambio, parecía no desperdiciar ninguno de sus movimientos, como si hubiera mantenido luchas como esa toda su vida. Sakura notó que hacía algo con las caderas y, de un momento a otro, era él quien estaba encima. Tenía las manos sujetas por encima de la cabeza y los pies inmovilizados; solo podía mover los talones, lo cual le servía para apañarse inútilmente con el suelo. Intentó morderle en la mejilla, pero él la esquivó sacudiendo la cabeza.

—Quédate quieta o te mataré —avisó Sasuke apretando los dientes.

Él jadeaba, pero no porque estuviera sin aliento, sino por que estaba procurando controlarse.

—¿Por qué has venido aquí? —le preguntó casi rogándole.

Sakura dejó de resistirse y miró su rostro enfurecido. Sasuke tenía los ojos cerrados. La joven se percató de que estaba utilizando el mismo truco que ella había empleado en el callejón. Ella también había apretado los ojos y lo cierto es que se sintió un poquito mejor.

—He mentido a la policía. No les he contado que tú también estabas allí — gruñó Sakura mientras sentía un peso inhumano sobre el pecho que le impedía respirar—. ¡Me estás aplastando!

—De acuerdo —accedió él mientras desplazaba el peso de forma que Sakura pudiera llenar de aire sus pulmones—. ¿Tú también tienes los ojos cerrados? —le preguntó con más curiosidad que rabia.

 —Sí.  La  verdad  es  que  ayuda  un  poco  —respondió  enseguida— Tú también las ves, ¿verdad? A las tres mujeres, me refiero.

—Claro que sí —contestó algo desconcertado. —¿Qué son?

—Las Euménides. Las furias. Tú no puedes entenderlo, pero… —De pronto, tras escuchar que alguien le llamaba desde lo que Sakura supuso que era su casa, Sasuke se calló. Instantes más tarde añadió—: Maldita sea. Si te encuentran aquí estás muerta. ¡Vete! —le ordenó. Rodó por el suelo y, tras alzarse de un brinco ágil, desapareció corriendo.

De inmediato, Sakura echó a correr como un bólido sin mirar atrás. Sentía cómo las tres hermanas intentaban alcanzarla con sus brazos blancos y pegajosos y sus dedos manchados de sangre, casi rozándole el cuello por detrás. Huyó aterrada hacia el coche de Shizune, se lanzó hacia el interior y condujo a toda velocidad. Tras un kilómetro, tuvo que frenar para recuperar el aliento. En ese instante se percató de que el aroma de Sasuke se había quedado aferrado a su ropa. Un tanto indignada, se quitó la camiseta y condujo el resto del viaje en sujetador. Nadie podría verla y, en caso de que lo hicieran, pensarían que había salido de darse un baño antes del amanecer. Al principio, arrojó la camiseta en el asiento del conductor, pero la esencia de Sasuke seguía enturbiando el ambiente, desprendiendo un aroma a hierba fresca, pan recién salido del horno y nieve. En un arranque de impotencia, gritó a pleno pulmón al volante y lanzó la camiseta por la ventanilla.

Cuando llegó a casa estaba tan cansada que lo único que quería era dormir, pero no podía tumbarse en la cama sin ducharse antes. Tenía que deshacerse del olor de Sasuke o el hedor la perseguiría en sus sueños. Sakura estaba hecha un asco. Tenía los codos y la espalda enfangados y los pies completamente negros. Mientras observaba cómo la mugre se escurría de las piernas y los tobillos hacia el desagüe, pensó en las tres hermanas y en su eterno sufrimiento. Sasuke se había referido a ellas como las furias, y debía admitir que el nombre era más apropiado. En ese instante recordó con vaguedad una charla de Hergie en la que mencionaba ese nombre en algún momento, pero, por mucho que le diera vueltas, no lograba acordarse en qué historia estaban involucradas. Por alguna razón, imaginaba un escenario con togas y armaduras, pero no estaba del todo segura.

Cogió la piedra pómez y raspó cada mota de suciedad antes de cerrar el grifo de la ducha. Después, permaneció entre el vapor de agua y unos segundos; más tarde, se aplicó crema hidratante con un aroma dulzón, dejando que su piel la absorbiese para borrar todo rastro de Sasuke. Cuando al fin se derrumbó sobre la cama, todavía envuelta en una toalla húmeda, el sol ya bañaba la isla de Nantucket.

Sakura estaba caminando por las mismas tierras desérticas, oyendo el crujido de la hierba marchita con cada paso que daba. Unas diminutas nubes de polvo se arremolinaban alrededor de sus pies descalzos y se aferraban a la humedad que le bañaba las piernas, como si la inmundicia intentara brincar del suelo para beberse su sudor. Incluso el aire se respiraba arenoso. No oía el zumbido de ningún insecto junto a los matorrales y, hasta el momento, no había avistado a ningún animal merodeando por el páramo. El cielo era de un azul brillante que resultaba cegador, pero no había ni rastro del sol. No soplaba el viento y no había una sola nube; hasta donde la alcanzaba la vista, aquello no era más que un paisaje maldito y rocoso. Sin embargo, su corazón le decía que en algún lugar cercano corría un río, así que Sakura continuó caminado, caminando y caminando.

Se despertó unas horas más tarde con los brazos y las piernas entumecidos, con un dolor de cabeza que le amartillaba el cráneo y los  pies sucios. Se levantó de un salto de la cama para limpiarse el barro de  las piernas, una costumbre nocturna que cada vez era más habitual, y se puso un vestido de tirantes. Después se sentó frente al ordenador para buscar información sobre las furias. La primera página que apareció le produjo escalofríos. Nada más abrirla  vio una sencilla línea que dibujaba un esbozo en el costado de una vasija. Representaba con todo lujo de detalles los tres horrores que habían estado atormentándola durante los últimos días. Leyó con detenimiento el texto que había al pie de la ilustración, que describía con exactitud el aspecto físico de las tres hermanas. Sin embargó, el resto del texto la dejó algo confusa. Según la mitología clásica griega, eran tres erinyes, o furias, que lloraban sangre, igual que en las visiones de Sakura. No obstante, sus investigaciones le desvelaron que la tarea de las furias era perseguir y castigar a malhechores. Sakura sabía que no era perfecta, pero jamás había actuado con maldad y, sin duda, nunca había hecho nada que mereciera una visita de los tres personajes mitológicos que encarnaban la venganza.

A medida que continuaba leyendo, averiguó que las furias hicieron su primera aparición en la Orestíada, un ciclo compuesto entorno al  personaje de Agamenón. Después de dos horas seguidas esclareciendo y desenmarañando lo que tuvo que ser la primera y más sangrienta telenovela de la historia, al fin logró entender el hilo de la trama. Lo esencial era que un pobre niño llamado Orestes fue obligado a asesinar a la madre porque esta había matado a su padre, Agamenón. Sin embrago, la madre había mandado al otro mundo al padre porque este, a su vez, había ejecutado con sus propias manos a su hija, a su querida hermana pequeña de Orestes, Ifigenia. Para rizar aún más el rizo, el padre había matado a su hija porque así se lo habían pedido los dioses, como sacrificio para que el viento soplara y los griegos pudieran llegar hasta Troya para combatir en la guerra de Troya. El pobre Orestes se vio coaccionado a matar a su madre, lo cual no dudó en hacer, y por ese pecado las furias le persiguieron por todo el mundo hasta que él perdió la cordura. Lo irónico del asunto es que jamás tuvo elección. Desde el principio estaba condenado, tanto si cometía el crimen como si no.

Después de leer la tragedia de cabo a rabo, siguió sin tener ni la más remota idea de cómo relacionarla con sus propias circunstancias. Las furias deseaban que matara a Sasuke, eso lo tenía claro, pero si lo hacía, ¿la perseguirían por haber cometido un asesinato? Le daba la sensación de que las furias no conocían el significado de «justicia», si rogaban que asesinaras a alguien para después castigarte por cometer tal crimen. Se trataba de un círculo vicioso sin fin, y Sakura continuaba sin saber cómo había empezado todo. Las furias habían aparecido sin más en su vida, como si se hubieran trasladado a Nantucket junto con la familia Uchiha.

De repente, la adrenalina le empezó a correr por las venas. ¿Era posible que los Uchiha fueran unos asesinos? Había algo que la empujaba a no creérselo. Sasuke había gozado de varias oportunidades para arrebatarle la vida y, sin embargo, no lo había hecho. Incluso se había enfrentado a una desconocida para salvarla. A Sakura no le cabía ninguna duda de que él ansiaba matarla, pero el hecho era que jamás le había levantado la mano. Si en algún momento le había hecho daño, había sido en defensa propia.

 Sakura apagó el ordenador y bajó al comedor en busca de su padre. Al   no encontrarle en casa, corrió hacia el coche y cogió el teléfono móvil del asiento del copiloto. Kizashi le había enviado un mensaje de texto diciendo que aún estaba en casa de Shizune. Sakura comprobó la hora, eran las tres de la tarde. ¿Qué demonios estaba haciendo aún allí? Se le ocurrió una idea fantástica, aunque le resultaba un poquito repugnante.

Tendría sentido que Kizashi y Shizune empezaran a salir. Se lo pasaban en grande en mutua compañía, trabajaban en armonía juntos y resultaba más que evidente que se preocupaban el uno por el otro. Shizune era más joven que su padre y, sin duda alguna, podría conseguir a cualquier chico que se propusiera, pero no creía que pudiera encontrar a un hombre más bueno que su padre. Y, definitivamente, Kizashi se merecía empezar  de nuevo y pasar página. La madre de Sakura le había tratado como a un perro y él jamás lo había superado, lo cual hacía que se sintiera mal.

Acarició el colgante de su collar favorito. Por enésima vez en su vida estaba considerando seriamente quitárselo, pero sabía que no lo haría. Cada vez que había intentado salir a la calle sin el collar, no podía evitar obsesionarse con él, imaginándoselo sin parar. Al final siempre acababa rindiéndose y volvía a atárselo alrededor del cuello para recuperar su paz y tranquilidad mental. Sakura se dio cuenta de que a lo mejor eso significaba que quizá sufría algún trastorno maternal grave, pero comparado con el resto de las cosas que no acababan de encajar, aquel era el menor de sus problemas. De repente, emergió una imagen en su cabeza: el rostro de Sasuke a menos de un palmo del suyo, con los ojos cerrados y ambos rodeados de una oscuridad absoluta. Tenía que inventarse algo que hacer para distraerse antes de empezar a arrojar objetos al suelo, así que decidió que iría al supermercado.

El término oficial de «esclavo de la cocina», acuñado por la propia Sakura, consistía en un sistema de semanas alternas que empezó en cuanto ella cumplió la edad mínima para cocinar y, aunque su turno comenzaba el domingo por la mañana, la nevera estaba vacía. Confeccionó una lista, cogió el dinero destinado a los gastos de la casa del bote de galletas y condujo hasta el supermercado en el coche de Shizune. Le llamó la atención el gigantesco y lujoso todoterreno del aparcamiento y meneó la cabeza con desaprobación. La isla estaba repleta de personas que se paseaban con vehículos que ni tan siquiera cabían por los antiguos callejones de adoquines,  pero,  por  alguna  razón  que  desconocía,  aquel  vehículo   le provocaba aún más fastidio. A pesar de ser un coche híbrido y a sabiendas de que no contaminaba en exceso el medioambiente, se sentía irritada.

Cogió un carrito de la compra y lo empujó hacia el interior de la tienda. En cuanto saludó con la mano a unos compañeros del instituto que se ganaban un dinero extra trabajando como cajeros del supermercado, empezó a oír los murmullos de las tres hermanas. Se planteó la opción de salir corriendo de allí, pero, a estas alturas, todo el instituto creía que estaba como una cabra. Si desaparecía del supermercado como si hubiera visto un fantasma, los rumores sobre ella jamás cesarían. De modo que continuó empujando el carrito sin alzar la mirada, evitando así observar a las furias, aunque nada pudo hacer para impedir escuchar sollozos. Debía moverse con velocidad y comprar las cosas que necesitaba lo más rápido posible. Dedicó un solo instante a compadecerse por lo injusta que era su situación. No se merecía que alguien la atormentara de tal manera. No era justo. Se deslizó con brío por el supermercado, cogiendo tan solo alimentos que necesitaba para un par de días. De repente, el frenesí de pensamientos fue interrumpido por voces, voces humanas, que provenían del pasillo lateral.

—Ella no debería estar aquí —dijo una voz joven aunque muy seria. Sakura supuso que era Konan.

—Lo sé —respondió una voz masculina que Sakura adivinó que pertenecía a Kiba—. Tenemos que encontrar el modo de llegar a ella. No creo que Sasuke pueda soportarlo mucho más tiempo.

Sakura se quedó paralizada. ¿Qué quería decir con lo de «llegar a ella»? Permaneció inmóvil en mitad del pasillo, pensando a cámara lenta, hasta que se dio cuenta de ambos estaban doblando la esquina, adentrándose en su pasillo. En un intento de pasar desapercibida, Sakura se escondió detrás de un hombre que estaba justo a su lado. El llanto de las furias era tan atronador que incluso resultaba doloroso.

Dio media vuelta y, tras echar la cabeza hacia atrás para no colisionar con ese muro de musculatura, se dio cuenta que estaba frente a un descomunal pecho masculino. Bajo unos rizos castañoss, una mirada lila brillante taladró la de Sakura. A la jovencita se le antojó que aquel extraño fácilmente podía confundirse con la versión castaña del Adán de Miguel Ángel, que hasta entonces había decorado la cúpula de la Capilla Sixtina y que ahora merodeaba en tres dimensiones por el mundo. Jamás le había tenido tanto pavor a nadie en su vida.

De manera automática, dio un paso atrás y salió escopeteada sin dejar de empujar el carrito de la compra. El aire apenas le llegaba a los pulmones y, casi sin aliento, dio un traspié; el miedo había entorpecido todos sus movimientos. Entonces se produjo un destello momentáneo de luz trémula y el joven se alejó de ella a toda prisa mientras su cuerpo se convulsionaba con espasmos. Sakura olisqueó la combinación repugnante de cabello quemado y ozono que siempre le hacía pensar que había actuado mal. Mientras escudriñaba al monstruo rubio que se erguía ante ella, se le pasó por la mente la imagen del transbordador de Nantucket e intentó recuperar del olvido qué había sucedido aquel día exactamente. Tras unos instantes de aturdimiento, el extraño se recuperó y se inclinó hacia Sakura esbozando una sonrisa maligna y demoniaca en su rostro angelical. Estaban tan  cerca que incluso notó el calor que desprendía su cuerpo.

—¡Neji! —ordenó una voz familiar.

Sakura solo contó un segundo para certificar que se trataba de Sasuke, quien, de inmediato, la agarró por el hombro para arrastrarla lejos del Goliat que estaba hecho su primo. De forma instantánea, el miedo se convirtió en ira. Sakura rodeó a Sasuke y sacudió el brazo hasta soltarse.

—No me toques —bufó, algo mareada—. ¿Se puede saber por qué no puedes mantenerte alejado de mí?

—¿Se puede saber por qué no puedes quedarte en casa? —le contestó— ¿No te divertiste suficiente en el callejón anoche?

—¡Tengo que hacer recados! No creerás que voy a quedarme escondida en mi habitación el resto de mi vida mientras unas mujeres… —En ese instante, Sakura se dio cuenta de que había empezado a chillar, así que hizo una breve pausa y bajó el tono de voz antes de continuar—. ¿Todavía me persigues?

—Tienes suerte de que siga haciéndolo. Ahora, vete a casa —gruñó tras agarrarla por el brazo otra vez.

—Ten cuidado, Sasuke —advirtió Neji, pero Sasuke solo sonrió.

—Aún no puede controlarlo —contestó.

 —¿Controlar el qué? —escupió Sakura, furiosa; estaba llegando al límite de su paciencia.

—Ahora            no es el momento. Ni el lugar —susurró Kiba con voz entrecortada.

Sasuke asintió, demostrándole así que estaba de acuerd

Notas finales:

 


La chica volvió a liberarse con violencia de Sasuke. Sin inmutarse, el joven  la cogió de la mano y la sujetó con fuerza. Sakura tenía dos opciones.  Podía iniciar otra pelea delante de toda la tienda, y de sus clientes y trabajadores, o podía salir tranquilamente de allí cogida de la mano del chico más despreciable y vil del mundo libre. Se sentía tan frustrada que le daba la sensación de que un grito reprimido le retorcía los pulmones, pero no tenía elección.


Sasuke arrastró a la fuerza a la joven por toda la tienda, pasando por delante de una belleza con cabello oscuro que Sakura suponía era su otra prima, Hinata, quien, al verla, le dedicó una sonrisa de compasión. A ella las furias también le ponían los pelos de punta, de eso Sakura no tenía la menor duda. Durante un instante, pensó en responderle con el mismo gesto, pero no gozaba del mismo autocontrol que Hinata. Estaba demasiado enfadada como para manejar aquella situación. Si  aquella chica era capaz de ser amable en un momento tan crítico, sin duda alguna debía de ser la persona más agradable del mundo.


—Ni te atrevas a mirar a mi hermana —rugió Sasuke apretando los dientes mientras jalaba con brutalidad la mano de Sakura al pasar junto a la pequeña Konan.


La niña abrió la boca para decirle algo a su hermano, pero rápidamente la cerró y se dio media vuelta.


—No tengo comida en casa. ¿Qué se supone que tengo que hacer para cenar? —gruñó Sakura con la garganta reseca.


—¿Acaso te parece que me importa? —respondió mientras la sacaba a rastras de la tienda.


—No puedes tratarme así —dijo Sakura mientras avanzaban por el aparcamiento— Nos odiamos. De acuerdo. Entonces, ¿por qué no nos mantenemos alejados y punto?


 —¿Y cómo es que eso no ha funcionado hasta ahora? —preguntó Sasuke con frustración en vez de sarcasmo— ¿Acaso siempre vienes a este supermercado a la misma hora todo los sábados o, sencillamente, hoy te has acercado porque se te ha antojado?


—Nunca vengo el sábado porque hay demasiada gente. Pero necesitaba comprar comida —se justificó Sakura.


Sasuke, incrédulo, soltó unas carcajadas y apretó el brazo de la chica con más fuerza todavía. De repente, ella reparó en la cantidad de acontecimientos casuales y de impulsos que habían marcado sus decisiones en los últimos días. Al pensar sobre ello sintió que hacía días que no pensaba por sí misma, como si alguien estuviera eligiendo por ella.


—Las furias no permiten que nos rehuyamos —confesó Sasuke con voz adormecida.


—Entonces podemos elaborar una especie de horario o algo parecido… — empezó Sakura. Pero enseguida advirtió que era una sugerencia poco convincente, así que prefirió callarse antes de que él aprovechara la oportunidad de humillarla.


Una fuerza ancestral y sobrenatural la empujaba a matar a Sasuke. Lo más probable era que algo tan prosaico como un horario no disuadiera ese impulso.


—Mi familia todavía no ha tomado una decisión respecto a esto, respecto a ti. Pero estaremos en contacto —informó Sasuke.


Cuando llegaron al coche, Sasuke arrojó a Sakura contra la puerta del conductor, como si no pudiera evitar hacerle daño una última vez.


—Ahora vete a casa y quédate allí —le ordenó. El chico no se movió hasta que Sakura encontró las llaves del vehículo.


Durante un momento, mientras echaba marcha atrás con el coche de  Shizune, consideró la idea de acelerar el motor y atropellar a Sasuke, pero lo último que quería era echar a perder la capa nueva de pintura del coche de Shizune. En cuanto abandonó el aparcamiento, unas lágrimas de ira le brotaron de los ojos y no dejó de llorar durante todo el trayecto. Cuando al fin llegó a casa, fue directo a la cocina y se refrescó la cara.


 Se  sentía  completamente  avergonzada.  Parte  de  esa  humillación  se la había causado ella misma, al atacar a Sasuke en la escuela, aunque, por lo visto, él estaba decidido a denigrarla todavía más. Ni siquiera podía ir al supermercado de la isla a comprar comida. ¿Cómo iba a explicárselo a su padre?


Pensó en largarse de allí, pero al pensar en Kizashi… Era evidente que sus enemigos la superaban en número y, a no ser que estuviera dispuesta a renunciar a su padre y a abandonarle por el resto de sus días, tenía que esperar a que los chicos Uchiha decidieran qué hacer con ella. Se inclinó sobre el fregadero de la cocina y miró fijamente los cuchillos que estaban sobre la encimera. Si tuviera a Sasuke acorralado, tal y como él había apabullado, seguramente ya habría escogido con qué cuchillo le  atravesaría el corazón. Seguía sin conocer por qué sentía ese irreprimible impulso por asesinarlo. ¿Por qué se odiaban de tal manera? ¿Qué  propósito podía tener esa ira? De repente se acordó de Neji, de su sonrisa, y se le puso la piel de gallina. Si alguna vez se encontraban a solas, él no dudaría un segundo en quitarle la vida. No solo la acosaría, como había hecho hasta ahora su primo, sino que la mataría con regocijo.


Media hora más tarde, cuando su padre llegó a casa, Sakura seguía frente al fregadero. Se quedó inmóvil en la entrada de la cocina mientras echaba una rápida ojeada a su alrededor.


—¿He vuelto a hacer algo mal? —preguntó con los ojos como platos.


—¿Por qué me preguntas eso continuamente? —resopló Sakura.


—Porque desde hace días cuando llego a casa me miras como si hubiera olvidado tu cumpleaños o hubiera hecho algo igual de imperdonable.


—Bueno, ¿lo has hecho?


—¡No! ¡No he hecho nada! Nada malo, me refiero —reafirmó con el rostro serio, aunque el rubor que enrojecía las mejillas le delataba.


—¿Debería preguntarte qué hay entre Shizune y tú o sería demasiado grosera?


—Eh. No hay nada entre nosotros. Solo somos buenos amigos —contestó con gestos adusto.


 Sakura  sabía  que  había  algo  detrás  de  esas  palabras,  pero  en  aquel momento no le interesaba seguir por ese camino.


—Allá tú —dijo Sakura mientras se encogía de hombros para demostrar su falta de interés.


Kizashi alzó la cabeza enseguida, algo asombrado por el resentimiento que destilaba la voz de su hija.


—Antes no eras tan mezquina, Sakura.          


Ella se cruzó de brazos y miró hacia su izquierda, donde no había absolutamente nada, pero estaba demasiado avergonzada como para mirar a su padre a la cara. Podía controlar el miedo de ser perseguida por espíritus vengativos del Hades, pero no estaba dispuesta a tolerar que ese terror la convirtiera en una arpía. Fuera cual fuera la decisión del clan Uchiha, solo esperaba que la tomaran rápido. Empezó a balbucear una disculpa, pero alguien llamó a la puerta y se libró. Kizashi fue a abrir la puerta y, después de unos segundos, llamó a su hija.


—¿Quién es? —quiso saber mientras se disponía a salir de la cocina. En la puerta principal había un repartidor cargado con bolsas y más bolsas de comida.


—Aquí dice que son tuyas —informó Kizashi, quien sujetaba una nota con el nombre de Sakura escrito.


—Pero yo no he encargado comida —notificó Sakura al repartidor.


—El encargo se realizó a nombre de la señora Mikoto Uchiha, que nos pidió que se entregara a la señorita Sakura Haruno. Está todo pagado —añadió con ganas de marcharse.


Kizashi le dio algo de propina al chico, agarró las bolsas de comida y las llevó a la cocina mientras Sakura leía la nota.


 


Señorita Haruno:


Te ruego que disculpes a mi hijo por el vergonzoso comportamiento que ha mostrado hacia ti en el supermercado esta tarde. Si no puedes aceptar una disculpa, por favor, acepta estas pocas cosas que te he enviado. Sé lo que es intentar preparar la cena sin tener los alimentos necesarios, aunque, por lo que parece, mi Sasuke no lo entiende.


MIKOTO DELOS


 


Sakura se quedó mirando la nota aun después de haberla leído un par de veces. El gesto le llegó al corazón. Le daba la impresión de que Mikoto Uchiha era distinta al resto de la familia, pero no sabía qué la diferenciaba.


—¿A qué se refiere con lo de «vergonzoso comportamiento», Saku? — preguntó Kizashi, que revisaba la nota por encima de su hombro. Sakura conocía a la perfección ese tono de voz, entre indignado y enfurecido— ¿Qué te ha hecho Sasuke esta vez?


—No, papá, no ha pasado nada. Mikoto está exagerando —mintió Sakura  para quitar hierro al asunto.


—No podemos aceptar el regalo. Hay más de cien dólares en esas bolsas — discutió.


—Oh, ¡por el amor de Dios, papá! —protestó mirando al techo. Inspiró profundamente y dio una explicación—. De acuerdo, tú ganas. Sasuke y yo hemos vuelto a pelearnos hoy en el supermercado, pero esta vez no hemos llegado a las manos. En fin, el caso es que él empezó la discusión y no pude comprar todas las cosas que necesitaba, y lo más probable es que uno de sus hermanos o primos le haya contado a su madre que no he podido hacer la compra, y por eso me ha enviado todas estas bolsas repletas de comida. Es más que evidente que es una bellísima persona, así que no quiero le digas nada al respecto. Y ahora, ¿podemos, por favor, por favor, dejar el tema?


—¿Qué demonios os pasa? —preguntó Kizashi, atónito tras unos instantes de silencio absoluto—. ¿Estáis saliendo juntos? —preguntó aterrorizado.


Sakura soltó unas risotadas.


—No, no estamos saliendo. Estamos intentando no matarnos. Y lo cierto es que, de momento, no está funcionando demasiado bien —respondió  Sakura confiando en que la verdad sería tan inconcebible que su padre se lo tomara a broma. Y desde luego, así fue.


Parecía afligido.


—Nunca has tenido novio. ¿Quizás ha llegado el momento de tener una charla sobre lo que hacen un hombre y una mujer cuando se aman?


—En absoluto, papá —respondió Sakura, convencida.


 —Bien —contestó más aliviado. De repente, se produjo un silencio extraño e incómodo—. Entonces… Podemos comernos todo eso, ¿verdad?


—Desde luego.


Sakura dio media vuelta y se dirigió hacia la cocina mientras su padre de apresuraba hacia el comedor para sintonizar el canal de deportes, que jamás le decepcionaba.


Sakura  preparó  unas  deliciosas  bruschettas  con  sabrosa  mozzarella  de búfala, tomate fresco, perejil y unas gotas del exquisito aceite de oliva español que la señora Uchiha había incluido en las bolsas. Entonces pensó en su padre, en cómo ignoraba las fuerzas que estaban destruyendo la  vida de su hija. Con todo lo que estaba sucediéndoles en aquellos momentos, sabía que, probablemente, no podría disfrutar de más noches de cena casera y partido de béisbol, aunque lo cierto era que la idea no le perturbaba tanto como hacía unos días. Si la familia Uchiha quería a Sakura, vendrían a buscarla. Estaba harta de estar enfadada todo el tiempo. Luchar y matar o luchar y morir, la verdad es que no le importaba. Siempre y cuando pudiera mantener a su padre alejado de toda esa tragedia griega absurda, se enfrentaría a todo lo que se le cruzara en su camino.

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