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Saga El Despertar 1: Predestinados por chloe_moony

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Notas:

Hola, familia!!

 

¿Cómo están? Espero que su semana haya acabado bien y ahora disfruten de su fin de semana para relajarse y pasárselo bien!! 

 

La verdad es que la cosa con Sakura no se sabe... ¿qué es?¿Mutante?¿Superheroina? ¿Le picó un pájaro mutante o algo así?  En un principio todo parece super extraño pero a medida que van avanzando, se va explicando todo.

 

Muchas gracias por vuestros comentarios y visitas, espero que disfruteis de este capítulo también ^^

 

 

 

Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Capítulo 6

 

Otra pesadilla en el páramo. Sakura se sorprendió al descubrir que en un lugar como aquel existiera el tiempo. Se sentía algo confusa, pues,  por  mucho  que  mirara  a  su  alrededor,  no  era  capaz  de adivinar dónde estaba. Tras unos momentos, decidió que se trataba del mismo terreno árido de cada noche, solo que en esta ocasión el terreno accidentado era más llano y abierto. El cielo, oscuro y sin una estrella, parecía estar más bajo, como si, de algún modo inexplicable, pesara más. Entonces miró por encima del hombro. Tardó unos instantes en comprender lo que sus ojos estaban viendo.

A kilómetros de distancia, en el horizonte, el paisaje nocturno se transformaba en el panorama más rocoso y habitual, bañado, como siempre, por un cielo cegador. Las diferentes zonas horarias se acomodaban la una junto a la otra como si fueran dos lienzos colgados en el estudio de un artista, inmóviles, inalterables y reales. Aquí, el tiempo era un lugar y nunca cambiaba. En cierto modo, aquello tenía sentido. Sakura empezó a caminar. En la versión nocturna del páramo hacía frío y ella no podía evitar castañear los dientes. En la versión diurna, por la que tantas veces había merodeado, el calor no daba tregua, de modo que Sakura supuso que, por mucho que se frotara los brazos para dejar de tiritar, el frío nunca desaparecería. De repente alzó la vista y vio a alguien a lo lejos. Parecía aterrado.

Se apresuró en alcanzar al desconocido y, cuando estuvo lo bastante cerca, descubrió que era Sasuke. Avanzaba a gatas, merodeando por aquel insólito lugar como si estuviera ciego, sujetándose en las piedras afiladas y cortándose las manos con los bordes. Tenía miedo. Ella le llamó por su nombre, pero Sasuke no lograba escucharla. Se arrodilló a su lado y le rodeó el rostro con las manos. Al principio, el chico sintió miedo y se alejó, pero tras unos instantes alargó el brazo a tientas y pareció más aliviado. El joven articuló el nombre de Sakura, pero no produjo sonido alguno. Entre sus brazos, Sasuke se notaba muy liviano. La joven le ayudó a incorporarse, pero tenía  tanto  miedo  en  el  cuerpo  que  no  lograba  ponerse  erguido sobre aquellas piernas tambaleantes. Sasuke lloró en silencio. Sakura sabía que, en realidad, le estaba suplicando que le abandonara. Estaba demasiado asustado para moverse, pero Sakura era consciente de que, si hacía caso a sus ruegos, él jamás conseguiría escapar de este páramo oscuro.

A pesar de los gritos, le obligó a levantarse y a caminar. Sakura sentía un dolor agonizante. Quería protestar, pero no tenía fuerzas para emitir sonido alguno. Podía escuchar el murmullo del océano cerca, pero no era capaz de abrir los ojos para ver dónde estaba. Sentía un suave balanceo en la cabeza, como si su cuerpo estuviera apoyado boca abajo sobre una balsa y estiró los labios en un intento de sonreír. Algo le había amortiguado la caída y la sujetaba con ternura. Procuró pensar en su buena suerte y dividir su dolor en pequeñas dosis para poder soportarlo. Decidió contar los latidos del corazón para calmarse. Tras pasar la decena, alcanzó los veinte y, al llegar a veinte, se obligó a seguir hasta cuarenta, y así sucesivamente. De repente interceptó otro ritmo estable bajo su cuerpo y, tras unos minutos, su corazón se sincronizó con el sonido latente que provenía de su bote salvavidas. Latían al mismo tiempo, animándose entre ellos. Sakura se mantuvo muy quieta.

 

Tras lo que le parecieron horas, la joven continuaba inmóvil, pero al fin pudo abrir los ojos. A través de los destellos parpadeantes de luz cegadora que emitía algún faro desde la lejanía, Sakura se percató de que estaba rodeada por muros de arena. Bajo su mejilla derecha sentía el calor de una camiseta. Después de unos instantes se dio cuenta de que lo que realmente tenía debajo era una persona de carne y hueso. Estaba tumbada sobre un hombre. El bulto sobre el que apoyaba la cabeza era su pecho y la sensación de balanceo  era su respiración. Dejó escapar un grito sofocado. Los chicos Uchiha  habían conseguido atraparla.

—¿Sakura? —llamó Sasuke con voz débil y desalentada—. Di algo… si estás viva —dijo con dificultad. No parecía que fuera a matarla, así que Sakura decidió responderle.

—Estoy viva. No puedo moverme —susurró.

 Cada palabra le provocaba un flujo de dolor que nacía en el diafragma y se extendía por todo el cuerpo.

—Espera. Escucha las olas. Relájate —aconsejó Sasuke mientras se retorcía de dolor, pues el peso del cuerpo de Sakura le presionaba los pulmones.

Sakura sabía que no podía ni levantar un brazo, así que se calmó, tal y como él le había recomendado, y se dedicó a observar el paisaje, que se bamboleaba al ritmo de la respiración de Sasuke. Esperaron acompañados por la luz intermitente del faro, escuchando el oleaje que burbujeaba en  la arena. A medida que la agonía empezó a menguar y a hacerse un poco más soportable, Sakura fue fijándose en algunas reacciones de su cuerpo pegajoso y blando, con la misma textura que adquiere una galleta de chocolate al calentarla en el microondas. Le parecía que sus huesos no podrían soportar el peso de los músculos y percibía una quemazón insufrible en la médula. Reconoció esa sensación, pues era muy similar a la que experimentó cuando estaba aprendiendo a conducir una  motocicleta y, de manera accidental, se volcó. Una parte de ella supo al instante que se había fracturado el brazo, pero cuando llegó a urgencias y le hicieron una radiografía pudo comprobar que el hueso estaba intacto. El ardor significaba que estaba curándose.

No podía explicárselo, pero de alguna manera se había desvanecido desde el cielo y había logrado sobrevivir. Sin duda, era un monstruo. Un bicho raro. Quizás incluso una bruja. Entonces, rompió a llorar.

—No te asustes —intentó articular Sasuke—. El dolor se esfumará.

—Debería de estar muerta —lloriqueó—. ¿Qué diablos me pasa?

—No te pasa nada malo. Eres de los nuestros —informó con la voz un poco más firme, lo cual indicaba que estaba recuperándose con la misma velocidad que Sakura.

— ¿Y quiénes sois?

—Nos definimos como vástagos —respondió.

 —¿Descendientes? —murmuró Sakura al recordar cuando aquel vocablo salió en «la palabra del día», la tarea más odiosa de la clase de Hergie— ¿Descendientes de qué?

Sasuke le respondió. Sakura le escuchó, pero al mismo tiempo no oyó su voz. La palabra «semidiós» distaba mucho de la respuesta que esperaba, así que se tomó unos instantes para meditar. Estaba esperando oír algo horroroso, posiblemente incluso malvado, que la definiera.

—¿Eh? —espetó tan confundida que incluso dejó de llorar. Sakura advirtió que Sasuke estaba riéndose a carcajadas cuando su campo de visión empezó a sacudirse con violencia.

—¡Ay! No me hagas reír —tartamudeó sin dejar de agitar el pecho.

El constante zarandeo le pareció gracioso y empezó a desternillarse, uniéndose así a Sasuke. Enseguida se arrepintió y quiso parar, pero, por lo visto, no podía. Era como si el dolor fuera tan desgarrador que la única manera de soportarlo fuera riendo.

—Esto duele muchísimo —confesó en un intento de controlarse.

—Si tú paras, yo también —añadió Sakura, que también estaba agotando sus energías.

Entre risas, los dos adolescentes procuraron, otra vez, controlar el dolor mientras esperaban que sus huesos se soldaran. A pesar del suplicio, el tiempo pasaba dulcemente. De manera simultánea, Sakura lograba  percibir los latidos del corazón de Sasuke por un oído y el runrún de las gaviotas por el otro. El sol estaba a punto de asomar por el horizonte y, por primera vez en semanas, Sakura se sintió a salvo.

—¿Por qué ya no te odio? —preguntó al notar que el cráneo ya se le había solidificado lo suficiente para comunicarse como era debido.

—Estaba preguntándome lo mismo. Me da la sensación de que las furias han desaparecido —contestó Sasuke tras un profundo suspiro, como si se hubiera quitado un gigantesco peso de encima, aunque Sakura sabía que, probablemente, su cabeza pesaba igual que una bola de boliche— Me asusté cuando estábamos en el aire. Me costó una barbaridad atraparte.

—¿Estábamos? ¡Oh, puedes volar! —exclamó Sakura al darse cuenta.

 De  repente, se acordó de la capacidad de Sasuke  para  aparecer y desaparecer con tanta velocidad; de ese modo, podía explicar los ruidos sordos y las marcas en el suelo que dejaba tras sus despegues y aterrizajes. Jamás le había visto volar porque nunca se le había ocurrido alzar la vista.

—¿Por qué estás debajo de mí? —preguntó Sakura mientras cambiaba de postura con suma delicadeza.

—Al fin te atrapé. Vi como te desplomabas e intenté frenar la caída como pude, pero cuando te rodeé con el brazo ya casi estabas rozando el suelo —explicó al mismo tiempo que se retorcía y se estremecía del dolor—. Aún no me creo que estemos vivos.

—Yo tampoco. Estaba convencida de que esta noche vendrías a matarme, y no a salvarme la vida —se maravilló Sakura.

Daba la sensación de que el golpe no solo había amortiguado su cuerpo, sino que también había eliminado todo sentimiento de rabia o ira. Ya no despreciaba a Sasuke. En ese instante notó la presión de los brazos del chico sobre su espalda y enseguida volvió a relajarse.

—Está amaneciendo —dijo Sasuke tras unos momentos— Con un poco de suerte, mi familia podrá vernos.

—Ya que lo mencionas, lo único que puedo ver es tu pecho y montones de arena. ¿Dónde se supone que estamos?

—En el fondo del cráter que hemos formado al impactar con el último trozo de playa que quedaba delante del faro Great Point, en la punta del pedazo de tierra más estrecho del extremo de la isla de Nantucket.

—Muy… fácil de encontrar —bromeó Sakura.

—Estamos prácticamente en mi jardín trasero —se mofó Sasuke. Al soltar una risotada, se retorció otra vez del dolor. Antes de volver a abrir la boca, se tranquilizó— ¿Quién eres? —preguntó al fin.

—Sakura Haruno —respondió algo dubitativa, pues no sabía adónde quería llegar Sasuke. En ese momento deseaba verle el rostro.

—El apellido de tu padre es Haruno, pero esa no es tu casta —añadió— Lo habitual hubiera sido adoptar el apellido de vástago de tu madre, y no el nombre mortal de tu padre. ¿Quién era tu madre? —quiso saber. A decir verdad, Sasuke llevaba toda la noche intentando hacerle esa pregunta.

—Beth Smith.

—Beth Smith. Sí, claro —dijo con tono sarcástico.

—¿Qué?

—Bueno, es más evidente que «Smith» es un alias.  

—Pero tú no lo sabes. No sabes nada de ella. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que no es el apellido de mi madre? —preguntó, a la defensiva.

Ella no había llegado a conocer a su madre, y ahora, de la nada, aparecía un completo desconocido que aseguraba saber más sobre ella que Sakura. Sin embargo, tal vez fuera cierto. Por primera vez desde hacía horas fue consciente de que estaba tumbada encima de él, y decidió cambiar de postura. Intentó apoyarse en el antebrazo, pero un pinchazo agudo le dio a entender que no soportaría su peso. Tras varios intentos fallidos para apartarse de Sasuke, se rindió. Notaba cómo él se reía por lo bajo mientras apretaba los brazos para impedir que se alejara de él.

—Sé que tu madre no puede apellidarse Smith porque puedes volar, Sakura. Haz el favor de estarte quieta, me haces daño —añadió con franqueza.

—Lo siento —se disculpó la joven. Lo más probable era que sus heridas fueran mucho más dolorosas, pues había tenido que amortiguar todo el peso de ella.

Con la luz del alba, la arena fue tiñéndose de distintas tonalidades, desde el gris más triste hasta el coral más intenso, pasando por un rosa pálido. Sakura cayó en la cuenta de que era el segundo amanecer que presenciaba en pocos días. De los dos, sin duda prefería este. A pesar del sufrimiento, estaba viva y alejada de cualquier peligro. No se había percatado del peso que había cargado odiando y detestando a Sasuke hasta que, al fin, logró deshacerse de ese lastre.

Escuchó una voz que estaba llamando a Sasuke y, aunque sabía que corrían un serio peligro tumbados en aquel foso, en el fondo deseó que no los encontraran. ¿Y si las furias regresaban con el resto de la familia?

—¡Aquí! —respondió Sasuke con voz débil.

 —Espera —rogó Sakura— ¿y si todavía pueden ver a las furias cuando estoy cerca? No puedo defenderme en este estado.

—Nadie te va a hacer daño —le prometió Sasuke sin dejar de rodearla con los brazos.

—Neji… —empezó Sakura.

—Antes tendrá que pasar por encima de mi cadáver.

—Sasuke, por favor… —continuó Sakura sin querer insultarle, pero señalando lo evidente.

—Ya lo sé —respondió sin evitar reír entre dientes tras pillar la indirecta  de Sakura— Ya sé que ahora mismo no parezco del Servicio Secreto, pero tienes que confiar en mí. Jamás permitiría que alguien de mi familia te hiciera daño, ni siquiera el perverso de Neji. Deberías saber que no es tan horrible como piensas —aclaró Sasuke mientras intentaba ladear la cabeza para mirar a Sakura a los ojos.

—Eres su primo. Es normal que le veas un lado bueno.

—Entonces dejaré que decidas tú. No puedo ocultarnos en ningún sitio, pero no los llamaré, si eso es lo que tú quieres —concluyó.

Permanecieron allí tendidos, escuchando los gritos de su familia que le llamaban una y otra vez, pero Sasuke cumplió su palabra. No emitió sonido alguno, aunque se estremeció al oír la voz de Konan, que sonaba exhausta. Su voz denotaba desesperación y miedo. De hecho, toda la familia parecía estar exasperada y asustada. Y todo por culpa de Sakura. Tras unos instantes Sakura no pudo soportarlo más.

—¡Aquí! —chilló tan alto como pudo— ¡Estamos aquí!

—¿Estás segura? —preguntó Sasuke con cuidado.

—No.

Se rió entre dientes, algo nerviosa, antes de volver a gritar, esta vez con la inestimable ayuda de Sasuke. Se escuchaban multitud de alaridos desde la playa además de las continuas pisadas en la arena. Un segundo más tarde, Sakura notó que Sasuke intentaba mover la cabeza para mirar a alguien que se asomaba por la boca del cráter.

—Hola, papá —saludó con tono de disculpa.

Fugaku murmuró una especie de juramento que Sakura no logró reconocer, aunque no dudaba de su significado. Entonces empezó a dar órdenes y la joven advirtió que alguien se agachaba junto a ella.

—Dios mío —susurró Hinata para sí— ¿Sakura? Voy a llevarte por la arena, ¿de acuerdo? Pero antes déjame que intente acelerar un poco la cicatrización ósea. Notarás un poco de calor, pero no te asustes, la sanación es uno de los talentos que comparto con mi hermano, Kiba. Kiba, acércate y échame una mano con las piernas —ordenó.

Sakura percibió otro ruido sordo, como si alguien se derrumbara junto a ella. Enseguida notó las manos de los mellizos, que se deslizaban con ternura por sus brazos y piernas. Sentía una quemazón en los huesos que le resultaba casi insoportable y, durante unos segundos, meditó la idea de no aceptar ningún tipo de «sanación». Antes de poder suplicarles que pararan, el ardor se desvaneció. Los gemelos contaron hasta tres y, con suma cautela, procuraron darle la vuelta, como si de un crepe resbaladizo se tratara. Sakura trató de mostrarse valiente, pero no pudo aguantar el grito sofocado después de que los gemelos la movieran. Cada músculo, cada centímetro de piel, cada hueso de su cuerpo estaba sumido en un inmenso dolor, como si alguien le inyectara una dosis de fragmentos de cristal en llamas en la sangre. Apretó los dientes y respiró profundamente, intentando así calmarse, hasta haber recuperado el control y abrir los ojos. Cuando lo hizo, lo primero que vio fue la luminosa mirada color avellana de Hinata; los gemelos lucían las mismas pestañas, de una longitud casi  infinita.  Hinata la observaba con lástima mientras inspeccionaba el rostro de Sakura con cuidado y, al cabo de un rato, le dedicó una cansada sonrisa. Hinata parecía extenuada, como si lo que había hecho por ella hubiera consumido toda su energía. Sus labios en forma de lazo se habían teñido de un color pálido, perdiendo así su tono cereza habitual, y su cabello, largo y castaño, se le quedaba pegado en las mejillas sudorosas.

—No te preocupes. Tu rostro ya está volviendo a su forma habitual. Al anochecer estarás como siempre, exquisita —piropeó a Sakura mientras le acariciaba la cabellera— No te muevas. Vuelvo enseguida.

Sakura miró a su alrededor. Por primera vez pudo contemplar el lugar donde Sasuke y ella habían pasado la noche. Tardó unos instantes en percatarse de que el hoyo en el que estaba medía al menos dos metros de profundidad y el triple de ancho, pero aún le costó más darse cuenta de que el agujero lo habían creado sus cuerpos al desplomarse sobre el suelo.

El agua que se filtraba por la arena empezaba a empaparle la ropa; entonces, reparó en que Sasuke había pasado la noche sumergido en un charco de agua congelada. Giró la cabeza para poder mirarle. Se presumía una ligera huella del cuerpo de Sakura sobre el de Sasuke. El joven tenía el pecho casi hundido por el peso que había soportado de la cabeza y hombros de Sakura. Apretaba la cara con fuerza, creando así una mueca más dolorosa. Canturreó para sí durante unos instantes, como si intentara impedir soltar un gruñido. Su padre se arrodilló junto a él, lo miró directamente a los ojos y le habló en voz baja. Sakura vio que Sasuke asentía con la cabeza, se mordía el labio inferior y, después de respirar hondo, forzaba su musculatura. El pecho del joven se expandió hasta unos límites extraordinarios y, de pronto, Sasuke dejó escapar el aire y resolló como si acabara de alzar en enorme peso. Una lágrima se escurrió de sus ojos, serpenteó por su mejilla y se perdió entre el cabello.

Su padre le dijo algo tranquilizador antes de levantarse y salir de aquel agujero para planear una estrategia con Neji. Después de haber recuperado el aliento, Sasuke giró la cabeza hacia un lado para poder mirar a Sakura.

—Creo que ya ha pasado lo peor —alentó apretando la mano de Sakura. Hasta ese momento la muchacha había pasado por alto que estaban cogidos de la mano, pero lo cierto es que le gustaba.

Ella respondió con el mismo gesto y sonrió. Sasuke tenía un aspecto horrible, mucho peor de lo que Sakura pudiera haber imaginado.

—Bizcochito —le llamó con aire risueño y despreocupado en un intento de distraerle— ¿qué planes tienes para el próximo viernes por la noche?

—¿Qué tienes planeado?

—Podríamos intentar atropellarnos —sugirió Sakura con alegría.

—Qué lástima, ya lo hice con Kiba el pasado fin de semana —se lamentó.

—¿Qué te parece ir al zoo y lanzarnos a la jaula de los leones? —replicó enseguida para no perder su atención e impedir que se fijara en su pecho hundido.

—Los romanos ya sacaron todo el jugo a esa actividad. ¿Algo más original?

 —Pensaré en algo —soltó Sakura.

—No veo la hora —suspiró. Tras una oleada de dolor intenso, Sasuke apartó la mirada de Sakura y giró el rostro.

—¡Eh! ¿Un poco de ayuda? —gritó Sakura al ver que Sasuke empezaba a tiritar— ¡Sasuke no está bien!

—No, no está bien —intervino Konan con voz ronca y expresión resentida desde los pies de Sakura.

La joven no se había dado cuenta de que alguien más estaba en el mismo agujero mientras ella y Sasuke se tomaban de la mano y se dedicaban bromas. Al oír su voz, a Sakura le dio la impresión de que a Konan no le había gustado ni una pizca lo que acababa de presenciar.

—Baja las tablas. Ha llegado el momento de moverlos —ordenó a su padre, como si Konan estuviera a cargo de toda la operación.

Sakura abrió los ojos como platos al presenciar cómo una chica de trece años se dirigía a su padre con ese tono y, además, esperaba que este obedeciera; de inmediato, las tablas descendieron por el cráter sin que su padre hiciera un comentario al respecto. Los gemelos trasladaron con sumo cuidado a Sakura y Sasuke sobre los largos tablones y les recomendaron quedarse inmóviles. Kiba y Konan deslizaron las  manos, que emitían un resplandor dorado, sobre el cuerpo de Sasuke. Sakura observó que el joven hacía rechinar los dientes mientras sus  primos aceleraban su sanación. Justo cuando creía que Sasuke empezaría a chillar desaforadamente, los gemelos pararon, se miraron cómplices, comunicándose en silencio, y después asintieron con la cabeza. Ambos estaban tan pálidos que parecían almas en pena, aunque lo cierto es que también parecían contentos, como si nada pudiera satisfacerles más que ayudar a los suyos. Sakura intentó darles las gracias, pero Hinata se lo impidió pellizcándole los labios con ternura y aconsejándole que guardara fuerzas. Neji y Fugaku cargaron con los tablones sobre los que yacían Sakura y Sasuke y los sacaron del agujero para colocarlos, el uno junto al otro, en el maletero del mismo monstruoso todoterreno que Sakura había maldecido tantas y tantas veces. Ahora que funcionaba como su ambulancia, se juró que no volvería a perder los estribos cuando viera un vehículo de tales características.

Fugaku estaba al volante, ansioso por arrancar el vehículo y salir de allí. Si se quedaban mucho tiempo en la playa, el sol iluminaría toda la isla y tendrían más posibilidades de ser descubiertos. Konan fue con ellos, pero Kiba, Hinata y Neji prefirieron quedarse en la playa para tapar el hoyo y dejar el lugar como si nada hubiera ocurrido.

—¿Por qué no colocamos una piedra gigantesca en el centro y fingimos que es un asteroide? —escuchó Sakura preguntar a Neji, que sonaba exhausto.

—¿Realmente crees que funcionaría? —soltó Kiba, quién se mostró animado ante la idea de recostarse en la cama al cabo de menos de una hora.

—No —respondió Konan con rotundidad—. Esta parte de la isla es una reserva natural. Hay científicos por toda la zona, así que enseguida averiguarían que la piedra no proviene del espacio.

Kiba y Neji soltaron sus respectivos quejidos y, de inmediato, se pusieron manos a la obra. Una vez más, la opinión de Konan era indiscutible. Tácticamente, Sakura siempre había asumido que Sasuke era el líder de los más jóvenes y que, de la misma forma, su padre era el cabeza de familia Uchiha. Sin embargo, comenzaba a creer que alguien menos tradicional dirigía la familia. Cuando Konan abría la boca, todos la escuchaban, incluido Fugaku. Y, por lo visto, Konan no necesitaba la presencia de las furias para sentir antipatía por Sakura, lo cual le recordó que…

—¡No veo a las furias! —exclamó de repente Sakura.

—Nadie las ve —intervino el padre de Sasuke con voz pensativa. El cuero del asiento crujió cuando Fugaku se retorció para mirar hacia atrás— Ya lo resolveremos más tarde. Ahora tenéis que descansar.

Sakura no podía discutir con él, pues a duras penas lograba mantener los ojos abiertos. En cuanto escuchó el ronroneo soporífero del motor, cerró los ojos y se quedó dormida como un tronco.

Al anochecer, Sakura se despertó en una cama con sábanas blancas. A través de la ventana de la habitación podía contemplar un cielo con tal paleta de colores que los pintores de la isla deberían estar perdiendo la chaveta. Movió los dedos de los pies. Al comprobar que todo estaba en orden, se incorporó y se sentó sobre el colchón. Mientras balanceaba las piernas se percató de que vestía un camisón ajeno y que no llevaba ropa interior. A pesar de estar recuperándose de una experiencia casi mortal,  no había perdido ni una pizca de su timidez habitual. Así que de inmediato se sonrojó. Aquel camisón parecía un vestido ligero, corto y un tanto transparente. Cuando se cercioró de que podía mantenerse en pie, se olvidó por completo de su pudor, dejó escapar un grito y, de inmediato, recibió una mano que se ofrecía a ayudarla.

 —Tranquila. Ven, sujétate en mi brazo —aconsejó Hinata—. Vaya, no puedo creerme lo rápido que te estás curando. Sin embargo, deberías descansar un poco más.

Hinata procuró acostarla en la cama, pero Sakura quiso quedarse sentada en el borde mientras respiraba hondamente.

—Es que… no puedo —replicó con una mirada avergonzada.

Hinata desvió la mirada hacia las rodillas de Sakura, que las mantenía unidas con fuerza, y pilló enseguida la indirecta.

—Lavabo, ¿eh? De acuerdo —dijo mientras soltaba una risita ahogada— Te acompañaré, pero no te me mees encima.

Sakura lanzó una carcajada de gratitud. Hinata tenía la habilidad de convertir una situación embarazosa en algo divertido, y eso la hacía sentirse más cómoda. Era una de esas cosas que Ino también habría hecho. Seguía avergonzada, pero tras varios chistes más y un poco de tacto, ambas consiguieron llegar al baño.

—¿Te importa que revise cómo va tu sanación? —preguntó educadamente cuando volvió a estar arropada en la cama— Eso significa que tengo que posar mis manos sobre ti, así que necesito saber si estás dispuesta a pasar por esto otra vez.

—Acabas de verme hacer pis —respondió Sakura con una risotada tímida— así que no me importa que hagas una revisión. Bueno, espera. ¿Me va a hacer daño?

—En absoluto. Solo quiero echar un vistazo. Lo que antes te ha torturado es el crecimiento celular. Y, si te sirve de consuelo, tampoco es plato de buen gusto para mí. Es demasiado agotador —repuso Hinata con una sonrisa al mismo tiempo que empujaba a Sakura para que se estirara por completo.

—De acuerdo —accedió Sakura, algo insegura.

Se acomodó en los cojines y aguardó el calvario que sospechaba viviría de un momento al otro, a pesar de la negativa optimista de Hinata. Posó sus manos sobre las costillas de la paciente y se concentró. Sakura sintió una ligera sensación vibratoria, como si estuviera frente a un gigantesco altavoz de graves, pero, tal y como le había prometido, no sintió ni una pizca de dolor. Tras unos instantes, levantó las manos y miró a Sakura.

—No podría tener un paciente mejor —la animó con una sonrisa radiante—. Tengo que confesar que después de ver vuestras heridas tuve mis dudas. Pero te aseguro que te pondrás bien.

—Gracias —agradeció Sakura de todo corazón—. Por curarme y ayudarme…

—Gracias a ti por no mearte encima… —bromeó Hinata mientras una cabeza de duendecillo se asomaba por la puerta entreabierta. Se trataba de una mujer espectacular que rondaba los treinta años.

—Para estar en la enfermería, parece que os lo estáis pasando en grande — declaró con una mirada traviesa y pícara.

Sakura enseguida se fijó en aquellos ojos gatunos y amarillos. Le dio la sensación de que aquella mirada destilaba una malicia mundana y, solo por ese detalle le gustó aquella mujer. Le recordaba a Shizune. La desconocida entró en la habitación, tintineando como una bolsa repleta de calderilla. Tenía el cabello corto y de punta. Sakura advirtió que tenía las muñecas cubiertas de capas y capas de pulseras y brazaletes centelleantes y, a pesar de no tener forma de comprobarlo, a la joven no le cabía la menor duda de que tendría los tobillos también recubiertos de bisutería.

—Sakura, te presento a mi tía Anko. Anko esta es… —presentó Hinata mientras chasqueaba los dedos sobre la colcha a modo de redoble—. ¡La famosa Sakura Haruno!

—¡Tachán! —añadió Sakura algo débil. Anko se sentó a los pies de la cama.

—¡Divina! Ahora entiendo por qué Sasuke perdía el control continuamente— comentó con una sonrisa pícara.

—¡No! ¡Eso ya ha acabado! Desde que nos despertamos en la playa, las furias parecen haberse esfumado —soltó Sakura. Cuando Anko le dedicó una mirada burlona y algo inquisitiva, se vio obligada a justificarse—: Seré clara: ya no siento el impulso de mataros.

—Bueno, me alegro, porque he oído por ahí que tienes un buen arsenal —añadió Anko como si estuviera lanzándole un cumplido, pero Sakura no tenía ni idea de lo que hablaba, así que prefirió cambiar de tema de conversación.

—¿Cómo está Sasuke? —preguntó con cautela, aún sorprendida de poder pronunciar su nombre sin sentir un arranque de ira.

Anko y Hinata se miraron por el rabillo del ojo.

—Se pondrá bien —anunció al fin Anko con firmeza. La mujer movió las muñecas y se produjo una cascada de destellos y tintineos procedentes de la multitud de brazaletes y pulseras, como si estuviera convencida de que aquel sonido tan alborozado y divertido alejaría cualquier pensamiento oscuro.

 —Estuvo cerca, pero está curándose —añadió Hinata con rostro optimista.

Sakura no podía mirarlas. La tensión de aquellos momentos se rompió por los interminables ruidos que salían de su estómago.

—Bueno, está claro que tienes hambre —rompió con frialdad Anko—. Creo que, con un poco de ayuda, podremos bajar a picar algo.

Sakura rebuscó en el armario de Hinata y se vistió con un largo albornoz que llevaba inscrito el escudo de un famoso equipo de fútbol español. Tras varios comentarios jocosos sobre la vestimenta de Sakura, sus nuevas mecenas la trasladaron en volandas al piso de abajo. Cuando llegaron a la cocina, les embargó el aroma a comida recién hecha y las tripas de Sakura volvieron a rugir. Neji escuchó el ruido y alzó una ceja en el mismo instante en que colocaban con amabilidad a Sakura en  una silla de la cocina. Le dijo algo a la mujer que organizaba la cena y esta, de inmediato, se dio media vuelta para mirar a Sakura.

—No imaginaba que nos acompañarías. —La desconocida se sorprendió—. Me alegro muchísimo.

—Gracias. Y gracias otra vez por la comida que nos enviaste a mi padre y a mí —añadió Sakura.

Enseguida adivinó que se trataba de Mikoto Uchiha. Podía asegurar que era una mujer normal y corriente, sin una gota de fuerza sobrehumana. Una sensación de culpabilidad empezó a martillearle el pecho. Ella había amenazado a esta mujer frágil rodeada de una familia de superhéroes al desafiar, nada más y nada menos, que a su hijo y a sus sobrinos. Mikoto le sonrió cariñosamente, consciente del arrepentimiento de Sakura.

—Eres más que bienvenida. Lo primero es lo primero. ¿Cómo puedo ponerme en contacto con tu padre para hacerle saber que estás sana y salva?

—Ha ido a Boston a pasar el fin de semana y no regresará hasta mañana por la noche.

—De acuerdo, como tú quieras, pero si me aceptas el consejo, creo que lo mejor sería que tuvieras una larga charla con tu padre y le explicaras todo esto —asesoró Mikoto con una mirada penetrante.

Después, se giró y volvió a ponerse manos a la obra. A Sakura le dio la impresión de que le habían concedido una suspensión provisional, pero aún no la habían perdonado.

—¿Puedes comer? —preguntó Mikoto sin dejar de revolotear por la cocina.

—No recuerdo haber tenido tanta hambre en mi vida —respondió, Sakura con toda sinceridad.

—Es por la sanación —le explicó mientras colocaba pan, sal y aceite delante de Sakura. Le sirvió un vaso de leche antes de empezar a hacer gestos de impaciencia—. Come. Ahora no es el momento de ser tímida, Sakura. Lo necesitas.

La joven atacó sin rubor al pan como si fuera una glotona medieval con un nivel de azúcar en la sangre ínfimo. Mikoto volvió a sonreír y le pidió a Neji que cogiera el queso curado de la nevera. Él obedeció a regañadientes. Cuando dejó el queso curado sobre la mesa, gastó una broma de mal gusto sobre tener miedo de acercar sus dedos a la boca de Sakura.

—Mira quién habla —refunfuñó Anko—. Hace tan solo dos semanas tenía que contar la vajilla de plata después de cada comida para comprobar que no te habías zampado alguna pieza.

—¿Estabas curándote hace dos semanas? —preguntó Sakura, quien, al instante, recordó que Neji y Anko habían llegado a la isla más tarde que el resto de la familia.

Habían ocurrido tantísimas cosas en tan pocos días que le daba la sensación de que habían pasado semanas. Asombrada, pensaba en cuánto había cambiado su vida y, de repente, advirtió que se había producido un silencio absoluto en la cocina. Al parecer, había sacado a relucir un tema delicado, pues toda la familia intercambiaba miradas nerviosas.

—Lo siento. No quería entrometerme —enmendó Sakura enseguida.

—No te preocupes. Lo que pasa es que la sanación de Neji forma parte de un asunto mucho más complicado —aclaró Mikoto—. Ahora, come.

Al principio, se mostraba algo reticente por ser la nueva invitada a cenar, pero en cuanto le sirvieron el estofado, perdió todos los miramientos y se dispuso a comer. Apenas se fijaba en el resto, que se sentaba a la mesa, o merodeaba por la cocina probando este o aquel plato, se servía una ración o conversaba con otro miembro de la familia. Estaba demasiado concentrada en el banquete de guisos para advertir los movimientos del clan Uchiha. Mikoto no dejaba de servir comida. En varias ocasiones reparó en que Konan llevaba bandejas arriba y abajo, pero no entendió que todas aquellas raciones eran para Sasuke hasta que empezó a quedarse dormida sobre una masa dulce y almendrada.

—¿Preparada para el helado? —preguntó Mikoto mientras, distraída, le deslizaba un mechón de cabello del hombro para que no se manchara de comida.

 —Creo que me he empachado —respondió Sakura, incapaz de masticar o tragar otra cucharada de comida.

—Por fin —suspiró Mikoto mientras se dejaba caer sobre la silla frente a la chica. Parecía tan cansada como la invitada—. ¿Kiba? ¿Crees que puedes llevarla arriba?

 —Desde luego —contestó el chico. De inmediato, cogió a Sakura y la levantó de la silla.

Inesperadamente, Sakura se dio cuenta de algo.

—¡Puedo caminar! De verdad, no tienes que llevarme —exclamó mientras se retorcía entre los brazos de Kiba.

—Ya lo veo. Quédate quieta o te tiraré al suelo —bromeó sin dejar de sonreír.

No tenía elección, así que se relajó y le permitió que la llevase en volandas. Cuando llegaron al piso de arriba, Konan estaba saliendo de las muchas habitaciones sujetando una bandeja repleta de platos sucios. Por la puerta entreabierta, Sakura pudo atisbar a Sasuke, tumbado en la cama. Se puso tensa e intentó estirar el cuello por encima de los hombros de Kiba para echar un vistazo, pero Konan cerró la puerta de golpe.

—Se pondrá bien, ¿verdad? —le preguntó Sakura a Kiba mientras  entraban en la habitación de invitados.

—Sí —le confirmó Kiba, aunque no se atrevió a mirarla a los ojos. Con una risa algo forzada, añadió—: Sasuke está aprovechándose de los mimos de Konan. Se pondrá bien —aseguró.

Tras tumbarla con sumo cuidado sobre la cama, Kiba dio media vuelta y se fue.

—Lo siento mucho —gritó ella. El joven se detuvo, vacilante en el umbral y se giró para escuchar a Sakura, que deseaba poder desahogarse con alguien—. Estaba aterrada, así que eché a correr, atravesé la niebla y, de repente, me sentí liviana y ligera y tenía mucho frío. Cuando bajé la vista y vi que estaba volando, perdí el conocimiento. Siempre supe que no era como los demás, que era diferente, pero no sabía…

Sakura no supo cómo continuar, pero Kiba se acercó a la cabecera de la cama y le rozó el hombro.

—Nadie te culpa —la tranquilizó.

Ella hizo un gesto desdeñoso con la mano.

 —Claro que sí. Todos  me culpáis. Porque  yo  empecé  todo  esto cuando ataqué a Sasuke en el pasillo del instituto.

—Tú no empezaste todo esto —replicó Kiba con convicción— Esta guerra comenzó hace miles de años.

Sakura le miró algo confusa, pero él sacudió la cabeza antes de que pudiera formular cualquier pregunta.

—Descansa, intenta dormir y deja de preocuparte por Sasuke. Incluso comparado con otros hijos de Apolo, es realmente muy resistente.

Kiba apagó la luz al salir de la habitación, pero dejó la puerta entreabierta por si Sakura necesitaba ayuda en mitad de la noche. La chica se acurrucó entre el edredón e intentó relajarse, pero el cansancio podía con ella, y se sentía abrumada por estar en una habitación y una  casa ajena. Y no podía obviar que era capaz de volar. Ahora no tenía sentido continuar negándolo. No era una atleta con talento e ideas paranoicas que creía formar parte de algún tipo de experimento genético. Podía volar, maldita sea, lo cual era aerodinámicamente imposible para un Homo sapiens, así que tenía que pertenecer a otra especie, a una distinta de la humana. La única explicación que se le ocurría era lo que Sasuke había sugerido, pero aquello tampoco tenía mucho sentido. Los dioses griegos eran mitos, manifestaciones antropomórficas de las fuerzas de la naturaleza, y no personajes históricos con una línea de sucesión, o eso era lo que le habían enseñado hacía un par de años. Pero ahora lo ponía en duda. Recordó la sensación de volar, la solidez que tomó el aire que la rodeaba, como si se hubiera convertido en un objeto maleable y, al fin, tuvo que dejar de luchar con la razón. De algún modo, ella era una semidiosa y no tenía más remedio que aceptarlo.

A primera hora de la mañana, se despertó sobresaltada y echó un vistazo rápido a la habitación, aún sumida en la penumbra. Había soñado que volaba, lo cual era magnífico, hasta que se dio cuenta de que no sabía aterrizar. Lo primero que pensó nada más abrir los ojos fue que tendría que convencer a Sasuke para que le enseñara a volar. En ese instante le vino a la cabeza la idea de que, quizá, Sasuke jamás podría volver a alzar el vuelo. A pesar de la insistencia de la familia en que se pondría bien, Sakura no lograría conciliar el sueño hasta comprobarlo por sí misma. Necesitaba asegurarse de que su tez había recuperado su bronceado habitual y olvidarse de la imagen del chico tendido en la arena, pálido y asustado.

Apoyó los pies en el suelo, aplicando, más y más presión hasta constatar que podía ponerse en pie y avanzó tambaleándose por el pasillo hasta la habitación de Sasuke. Jamás había sufrido torceduras o esguinces, nunca se había lesionado practicando deporte, pero a medida que se arrastraba por el pasillo imaginó que debía de parecerse a lo que ella notaba en ese instante o incluso peor. Los músculos no se estiraban lo suficiente y las articulaciones estaban entumecidas. Cuando empujó con suavidad la puerta de la habitación de Sasuke, estaba sudando. El chico permanecía tumbado boca arriba, contemplando la luna a través de la ventana pero en cuanto ella se asomó a la habitación, Sasuke giró la cabeza. Hubo unos instantes de silencio.

—Hola —susurró él.

—Hola —musitó Sakura—. ¿Puedo entrar?

—Claro, pero no hagas ruido —accedió señalando a Konan, que estaba adormilada sobre un sofá al otro lado de la habitación—. No ha pegado ojo desde hace dos días.

Sakura entró en la habitación encorvada como si de una anciana se tratara y haciendo muecas de dolor por el peso que estaban soportando sus pies. La chica se sintió como la bruja de algún cuento ridículo que perseguía a niños a través de un campo de galletas de jengibre y no pudo evitar reírse entre dientes.

—No deberías haber venido sola. Estás agotada —la regañó Sasuke.

—Estaba perfectamente hace dos segundos, pero tu habitación está mucho más lejos de lo que pensaba. Tu casa es enorme —susurró Sakura mientras se acomodaba en la silla que había junto a la cama.

—No podrás sentarte. Ven —ordenó mientras retiraba el edredón—,  estarás más cómoda tumbada.

Sakura vaciló durante unos segundos. Había pasado la noche anterior a su lado, pero, de algún modo, esta vez era diferente. Sasuke le sonreía de oreja a oreja y ella interpretó que la consideraba una estúpida ridícula, lo cual era cierto, pues las piernas no paraban de temblarle por el sobreesfuerzo que le suponía mantenerse en pie. Intentó sentarse con todo el cuidado que pudo para no molestarle, pero en el último instante las piernas le flaquearon y cayó pesadamente sobre la cama.

—Lo siento —murmuró mientras se arropaba.

—No pasa nada. Vigila los pies, porque tengo las piernas destrozadas —avisó Sasuke. Sakura miró a hurtadillas bajo las sábanas y observó que todo su cuerpo estaba  recubierto  de  gasas  y  vendas— ¿Lo  ves? Estás completamente a salvo conmigo —dijo con una amplia sonrisa que Sakura correspondió con el mismo gesto. Pero la sonrisa de la joven se desvaneció al recordar por qué se había deslizado hasta su habitación.

—¿Es muy grave'? —le preguntó con tono serio.

Sakura se apoyó sobre el codo para poder mirarle a los ojos y escudriñar cada gesto, para no pasar por alto ninguna mentira piadosa. Incluso bajo el tenue resplandor de la luz de la luna que atravesaba el cristal, podía distinguir el color zafiro brillante de sus ojos.

—Me pondré bien —aseguró casi sin mover los labios.

—¿Bien del todo? ¿Podrás volver…, ya sabes…, a caminar, a correr… y… a volar?

—Claro que sí —susurró casi antes de que Sakura acabara la frase— Dentro de poco, estaré como nuevo.

A Sakura se le ocurrió que, si se inclinaba un poquito, le besaría. Le parecía algo más que natural, como si tuviera que hacerlo, así que se decidió a besarle, pero a medio camino se detuvo y se echó atrás, asombrada por su falta de autocontrol, Sakura advirtió que Sasuke tragaba saliva.

—Túmbate, Sakura —dijo.

Sin pensárselo dos veces, obedeció para intentar esconder su confusión. De inmediato a los dos se les aceleró la respiración, pero, tras unos instantes, Sasuke logró relajarse lo suficiente para tomarle de la mano bajo las sábanas. No tenía intención de soltarla. Sakura prestó atención a la respiración de Sasuke, que ya le resultaba muy familiar, y se durmió con una sonrisa en los labios.

Notas finales:

Y ahí lo teneis! Es un vástago.... Más adelante se eplicará con más detalle pero al menos un misterio está resuelto xD

 

Muchas gracias por leer y espero que les haya gustado. El siguiente capítulo estará el lunes.

 

 

 

Abrazos virtuales!

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