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Los novios - NaruHina -OneShot por YUE_HYUGA

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Notas del fanfic:

Este es otra pequeña historia de mi pareja favorita: Naruto y Hinata.

Es una adaptacion de uno de los relatos del autor Francisco Rojas González. Este autor escribe sobre costumbres de México y esta historia me ha parecido muy bonita.

Si tiene opotunidad de leer el texto original se darán cuenta de cómo el autor narra el machismo en México y la nula toma de decisiones de la mujer. Aún así, pude ver el lado romántico de la historia y lo traté de plasmar en esta adaptación.

Sin más, a leer se ha dicho.

N: Espero que les guste tanto como a mí.

Notas:

LOS NOVIOS


–Francisco Rojas González–


Adaptación al NaruHina

Él era de Konoha, venía de una familia de alfareros; sus manos desde niñas habían aprendido a manejar el barro con tal delicadeza, que cuando moldeaba, más parecía que hiciera caricias. Era hijo único, más cierta inquietud nacida del alma lo iba separando día a día de sus padres, llevado por una dulce ilusión… Hacía tiempo que el murmullo de la gente que viene y va lo extasiaba y su corazón tenía palpitaciones inusuales; también el aroma de los lirios en primavera había dado por embelesarlo y los suspiros acurrucados en su pecho brotaban en silencio, a ocultas, como aflora la intranquilidad cuando se ha cometido una falta grave… A veces se posaba en sus labios una tonadita triste, que él tarareaba quedo, tal si saboreara egoístamente un manjar acre, pero placentero. «Este pájaro quiere cantar», comentó su padre cierto día, cuando sorprendió el canturreo.

El muchacho lleno de vergüenza no volvió a cantar; pero el padre —Minato, del clan Namikaze de Konoha —se había adueñado del secreto de su hijo.

Ella también era de Konoha; pequeña, azabache, esbelta y suave. Día con día, cuando iba hacia el riachuelo, pasaba frente a la casa del señor Namikaze… Ahí un joven rubio sentado ante una vasija de barro crudo, un cántaro redondo y amplio, al que nunca daban fin aquellas manos diestras e incansables…

Nadie da fe de cómo, una mañana chocaron dos miradas: azul y gris. No hubo ni chispa, ni llama, ni incendio después de aquel cruce, que apenas si pudo hacer palpitar las alas del pajarillo fiel testigo de lo acontecido.

Sin embargo, desde entonces, ella acortaba sus pasos frente a la casa del alfarero y, tímidamente, buscaba a aquel al que quería mirar.

Él, por su parte, suspendía un momento su labor, alzaba los ojos y abrazaba con ellos la silueta que se iba perdiendo hasta el final del camino.

Fue una tarde, cuando el padre —Minato Namikaze— hizo a un lado el torno en que moldeaba una pieza… Siguió con la suya la mirada de su muchacho, hasta llegar al sitio en que éste la había clavado… Ella, el fin, el secreto, al sentir sobre sí los ojos penetrantes del hombre, quedó petrificada a medio camino. La cabeza cayó sobre el pecho, ocultando el rubor que había en sus mejillas.

— ¿Es ella? —preguntó en seco el hombre a su hijo.

—Sí —respondió el muchacho, y escondió su desconcierto reanudando su labor.

Una mañana de invierno, el «Sexto», un hombre de grises cabellos, sabio e imponente líder, escuchó solícito la demanda de Minato Namikaze:

—El hombre, como la mujer, necesitan mutua compañía, que para el uno es flor perfumada y, para el otro, cálido rayo de sol… Mi hijo, ya ha elegido compañera.

—Pues démosle alegría al muchacho como tú y yo, Minato, lo tuvimos un día… ¡Tú dirás lo que se hace!

—Quiero que pidas a la niña para mi hijo.

—Ese es mi deber como «Sexto»… Vamos, ya te sigo, Minato.

Frente a la casa de la elegida, Minato Namikaze, cargado con una libra de chocolate, varios cestos de canela y vainilla, un tercio de leña y madera de roble, aguarda, en compañía del «Sexto» de Konoha, que los moradores de la casa atiendan a la llamada que han hecho sobre la puerta. A poco, se escuchan pasos.

—Bienvenidos sean —dice una voz que sale por entre las rendijas del portón.

 —Solicita entrada el «Sexto» —responde el Hokage de la aldea.

El portón se abre. Los recién llegados pasan al interior para ser llevados ante el señor de la casa.

Al fondo de la sala, la joven motivo del ceremonial acontecimiento teje una bufanda. Su cara, enrojecida por el calor de la chimenea, disimula su turbación a medias, porque está inquieta como ave recién enjaulada; pero acaba por tranquilizarse frente al destino que de tan buena voluntad está dispuesta a aceptar.

Cerca de la ventana el padre de ella, Hiashi Hyuga, mira impenetrable a los dos hombres. Hana Hyuga, su mujer, hermosa y saludable, no esconde el gozo y señala a los visitantes dos sillones para que se sienten.

—   ¿Sabes a lo que vinimos? —pregunta por protocolo el «Sexto».

—   No —contesta mintiendo descaradamente Hiashi Hyuga —.  Pero de todas maneras mi pobre casa se mira alegre con su visita.

—   Pues bien, Hiashi Hyuga, aquí nuestro vecino y amigo Minato Namikaze pide la mano de tu hija para unirla en matrimonio con su hijo.

—   No es mala respuesta… pero yo quiero que mi buen amigo Minato no se arrepienta algún día: mi muchachita es torpe, es débil y no entiende de razones…  Tímida y callada, pues, no le pide nada a la hermosura… No sé, la verdad, qué le han visto…

—Yo tampoco —tercia Minato — he tenido inteligencia para hacer a mi hijo digno de buena fortuna… Es necio al querer cortar para él una florecita tan fresca y hermosa. Pero la verdad es que al pobre le han robado el corazón y mi deber de padre es, pues…

En un rincón de la casa Hana Hyuga sonríe ante el buen aspecto que toman las cosas: habrá boda, así se lo indica con toda claridad la vehemencia de los padres para desprestigiar a sus mutuos retoños.

—   Es que la decencia no deja a ustedes ver nada bueno en sus hijos… La juventud es noble cuando se le ha guiado con prudencia —dice el «Sexto», recitando algo que ha repetido muchas veces en actos semejantes.

La joven, ocupada en su labor, escucha; ella es la pieza fundamental en aquel torneo de palabras. Al sentir la mirada de su padre, le devuelve el gesto. En aquellos ojos, grises como los suyos, puede leer la pregunta que su padre, por respeto a los presentes, no puede pronunciar. Ella, tímidamente, asiente.

— Mira, vecino y buen amigo —agrega Minato Namikaze—, acepta estos presentes que en prueba de buena fe yo te oferto.

Y el señor Hyuga, con gran dignidad, repite las frases de rigor en casos tan particulares.

—   No es de buena cortesía, amigo, recibir regalos en casa cuando por primera vez nos son ofrecidos, tú lo sabes… Vayan con cuidado.

Los visitantes se ponen en pie. El dueño de la casa ha realizado una reverencia al «Sexto» y abrazado fraternalmente a su amigo Minato. Los dos últimos salen cargados con los presentes que la exigente etiqueta del País del Fuego impidió aceptar al buen señor Hyuga.

La señora Hyuga está rebosante de gusto: el primer acto ha salido de maravillas.

La muchacha levanta con el dorso de su mano el mechón de pelo que ha caído sobre su frente y finaliza los últimos movimientos sobre el rojo tejido. Se levanta y tras darle una sonrisa de agradecimiento a su padre, se retira; tiene mucho por hacer.

Hiashi Hyuga, silencioso, se ha sentado en el lugar que ha dejado su hija.

—Ko —ordena—, tráeme un trago de sake.

El joven sirviente escucha la petición de su señor y pone en sus manos una copa de sake. Él empieza a beber despacio, saboreando los sorbos mientras su esposa se acerca y se sienta a su lado…

A la semana siguiente la entrevista se repite. En aquella ocasión, visitantes y visitado deben beber sake y así lo hacen… Más la petición reiterada no se acepta y vuélvanse a rechazar los presentes, enriquecidos ahora con jabones de olor, marquetas de panela y un saco de azúcar. Los hombres hablan poco esta vez; es que las palabras pierden su elocuencia frente al protocolo indoblegable.

La joven ha dejado de ir al riachuelo —así lo establece el ritual que sus ancestros establecieron—, pero el muchacho no descansa sus manos en dar forma al barro día tras día.

Durante la tercera visita, Hiashi Hyuga ha de sucumbir con elegancia… Y así sucede: entonces acepta los regalos con un gesto indiferente, a pesar de que ellos han aumentado con cestos de hilos de lana, un «kimono» bordado con flores y mariposas de seda, aretes, gargantillas y una argolla nupcial, presentes todos del novio a la novia.

La muchacha sigue alimentando a las avecillas que no pudieron migrar hacia lugares más cálidos, su cara encendida por el frio del invierno, escucha a lo lejos los murmullos de los visitantes, mientras su mano acaricia el lomo del pequeño animal que come de su palma.

El día está cercano. Hana Hyuga y su hija han pasado la noche en vela. Las jóvenes ayudantes de la casa Hyuga, han preparado el kimono que la novia utilizará en la ceremonia nupcial, además, en una tina han colocado agua caliente y hierbas de olores que servirán para el baño de purificación que su joven señora tomará. En las cocinas de la casa Hyuga, se puede ver los distintos platillos y bebidas que se ofrecerán a los invitados, y el jardín de la casa, adornado con mesas y jarrones con flores, espera la llegada de la comitiva del novio.

Ya están aquí. Él y ella se miran por primera vez a corta distancia. La muchacha lleva un kimono ceremonial blanco mientras que el joven lleva un kimono negro. Él observa la cara sonrojada de su bella novia mientras ella le sonríe tiernamente; él le devuelve la sonrisa y se rasca la cabeza, mientras no deja de pensar que tiene a la mujer más hermosa de toda la aldea frente a él.

El «Sexto» se ha plantado en medio del altar. Hana Hyuga riega pétalos de rosa sobre el piso. Se escucha el sonido de la flauta de bambú, mientras los invitados invaden el recinto.

Ahora la pareja se ha arrodillado frente al «Sexto». La concurrencia los rodea. Los novios dicen sus votos: amarse y respetarse todos los días de su vida, habla el novio; apoyarse tanto en los días de sol como de sombras, recita la novia. El «Sexto» hace que los novios se tomen de las manos y reza con ellos por la felicidad del matrimonio…

La desposada se pone de pie y va hacia su suegra —Kushina, del clan Uzumaki de Konoha— y hace una reverencia de rodillas. Ella la alza con cortesía y la entrega a su hijo.

Y, por fin, entra en acción Hana Hyuga… Su papel es corto, pero interesante.

—   Ahora son compañeros —dice con solemnidad al joven—… cuando quieras, puedes besar tu esposa.

Entonces el joven responde con la frase consagrada:

—   Bueno, madre, tú lo quieres…

El novio toma las manos de su esposa mientras la distancia que hay entre los dos se va haciendo más pequeña. Con un corto beso sellan el rito ceremonial.

—Naruto… —Lo llama por primera vez—Te veo.

—Hinata…— Contesta —También te veo.

La pareja abandona el altar con la felicidad reflejada en sus rostros. Ella le ha tomado del brazo y lo sigue como un ave sigue al calor de la primavera. Hana Hyuga, ya fuera del protocolo, llora enternecida, a la vez que dice:

—Muy contenta va mi hija, porque es el día más feliz de su vida. Los hombres nunca sabrán lo dichosas que nos sentimos al sabernos de verdad amadas…

Al acercarse a la concurrencia, él toma entre sus dedos el suave y blanquecino meñique de ella, mientras escuchan, bobos, los gritos y vítores de sus invitados.

Notas finales:

Espero les haya gustado esta historia tanto como a mí me gustó. Si tienen alguna duda no duden en hacermela saber en los comentarios. Sin más me despido: hasta la próxima.

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