El mundo, nuestro mundo. Porque no hay otro, al menos conocido. Un lugar único para todos los que viven en él, y desde el punto de vista de cualquiera, sin duda lleno de todo. Desde algo tan simple como el caminito que forman las hormigas en el suelo, que nunca varía ni se rompe –si no interviene nada ni nadie- hasta algo tan complejo como la mente y condición humana, que si no fueran alteradas por nada ni nadie, no sería algo tan complejo; sin embargo, algo que se ha convertido en un aspecto imprescindible para las personas. ¿Qué sería de ellas si no sintiesen, pensasen, actuasen, sobre todo por su propia voluntad, libres? Pues serían como esas hormiguitas, nacidas para una única, sin ánimo de ofender a estos bichitos, insignificante misión.
Los humanos, condenados a tener conciencia de sí mismos y de lo que les rodea, víctimas de los hechos, determinados por su mente, prisioneros de su condición. La condición y la mente, términos que se enfrentan durante toda la vida. Desafortunadamente los deseos más profundos llegan más allá de la condición, como aquel que desea volar o como el que desea solucionar todos los problemas de su vida; como el que anhela ser algo más de lo que es. ¿Para qué? Para llegar a esa meta común para todos: la felicidad. Cuando se cree que ya se ha alcanzado, pronto se tiene más sed de ella. Llegar a algo más... ¿Hasta qué punto? Nadie lo ha descubierto jamás. Es más, los humanos están condenados a no llegar nunca a ese punto de felicidad absoluta, por mucho que algunos digan de estar satisfechos con lo que son y tienen ahora. Siempre hay algo más, todo puede ser más perfecto de lo que es, pero es una meta tan lejana para todos... Y la vida es relativamente corta, a juzgar por este hecho.
Están aquellos que viven satisfechos, sí, aunque dentro de sí mismos anhelen algo más, pero sabiendo que no lo podrán conseguir, desarrollan ese sentimiento de conformidad y siguen adelante, lo que se dice que han llegado a una felicidad con la que pueden vivir. Y están esos otros... Esos otros que desgraciadamente han sido privados de conformarse, de ser felices. Aquellos que miran a su alrededor y no pueden vivir en paz con lo que ven, por lo que desarrollan un sentimiento de rabia acompañado por la fuerte necesidad de hacer algo al respecto. Los males del mundo, por así llamarlos, son los culpables de privar a muchos de vivir conformes o más o menos felices. Y lo peor de todo es que los males nunca acaban, siempre han existido. Y dicen que ha de haberlos igual que existe el bien. El equilibrio. Las primeras personas mencionadas son capaces de aceptarlo, capaces de asimilar que ha de haber un equilibrio entre el bien y el mal. Sin embargo, las segundas, no pueden soportarlo, son inconformistas activos, o sea que tratan de actuar. Hay personas de todo tipo, sin duda, con sus puntos de vista, y ahora estamos hablando de dos tipos de personas, dos grupos, tomando como punto de referencia el punto de vista hacia los males y bienes del mundo. No se incluye en esto los males de la naturaleza, tal como esta no puede ser cuestionada; hablamos de las justicias e injusticias. Los males humanos.
Pues bien, aquí destaca este segundo grupo de inconformistas. Hablemos de él. A su vez se divide en dos tipos de personas, pero con el mismo punto de vista. El primer tipo está formado por aquellos que, a causa de lo que ven y lo poco que les agrada, poseen esa fuerte necesidad de hacer algo al respecto. Es su modo de llegar a la conformidad, es como “si no arreglo esto no estoy tranquilo”, al igual que los otros tienen su modo, menos complicado, de llegar a ella. El segundo tipo de este segundo grupo está formado por aquellos que, habiendo vivido antes conformes, un suceso de la vida injusto, haciendo referencia a algo más personal, les ha cambiado radicalmente provocando en ellos el sentimiento de hacer algo al respecto. Pongamos un ejemplo del primer tipo de este segundo grupo: un policía. ¿Cómo ha llegado a serlo? Mismamente, porque desde niño ha observado los males que suceden en el mundo, y le surge la necesidad de actuar. Luego, un ejemplo del segundo tipo: una viuda que quiere vengar la injusta muerte de su marido, no importan las consecuencias. Por esto es algo más personal. Ese alguien, porque es humano, no puede evitar sentir una rabia y una tristeza. Y pertenece a este grupo de inconformistas porque, por mucho que pase el tiempo, sabe que jamás podrá superarlo. Y de ahí que necesite hacer algo, desahogarse, luchar, para llegar de este modo a la conformidad. Pocas de estas personas del segundo tipo han llegado a ella.
Pero no estoy hablando de policías o viudas exactamente. Nadie los conoce, nadie puede imaginarse que pueda existir algo así. Los del primer tipo reciben el nombre de Menores, humanos que, por haber hecho crecer su mente y su cuerpo a partir de ese sentimiento de inconformidad activa, son gente normal pero con habilidades físicas considerablemente desarrolladas, gracias a las cuales pueden luchar contra el mal de forma eficaz. No obstante, sólo tienen desarrollada la parte física, por lo que solamente son usados como armas. ¿Por quiénes? Por los del segundo tipo, los llamados Mayores, o “iris”, su denominación más famosa. Los “iris”, al contrario que los Menores, no son humanos. Lo parecen, pero tienen esa característica por la cual no pueden ser considerados humanos. La fuente principal por la que desarrollan su mente y cuerpo es presenciar la pérdida injusta de un ser querido. Esto, al ser mayor sufrimiento que lo otro, y que cualquier cosa, les hace desarrollar habilidades físicas y mentales, por ello no son personas normales. Con estas habilidades, sin contar con que si quieren o no, están obligados a usarlas para dos fines: para llegar a la conformidad o bien felicidad personal, y por trabajo. Cuando uno es “iris” ya está destinado y obligado a actuar contra los males e injusticias. Es una cuestión personal y por otra parte trabajo.
Los “iris” trabajan en una asociación cuyo fin es abolir el mal del mundo lo máximo posible. Aparte de este trabajo, tienen su propio fin de cumplir, mientras tanto, la venganza de la pérdida del ser querido. Lo que hay que apuntar es que, una vez hayan cumplido con su venganza, tienen el derecho de decidir si dejar la asociación y recuperar una vida normal o no. Por el contrario, los Menores trabajan en ésta por propia voluntad, así que se les define como “los que echan una mano”.
La Asociación del Monte Zou, cuyo director y máxima autoridad es Alvion Zou, el Señor de los “Iris”, es quien los controla, quien los protege y para el que trabajan. Una asociación que los “normales” no conocen. Muchos dirían: ¿cómo va a existir algo así, que sólo sale en las películas y novelas de ficción? Y habrá uno que piense: ¿y cómo lo saben? ¿Cómo saben que no puede existir algo así? Porque alguien o algo lo oculta, y ese algo es el Gobierno. El Gobierno oculta a los ciudadanos de todos los países numerosas cosas, mejor dicho, las amenazas contra la humanidad, entre ellas, ésta. Así, por esto, el Gobierno es el principal enemigo de esta asociación, cuyos miembros han estado durante décadas tratando de cazar a los “iris”, o escoria o monstruos, como ellos los llaman. ¿Por qué? Porque los gobiernos mantienen ese temor de que algún día esa asociación sea la que domine el mundo y no ellos. Les temen, y hacen bien en temerles, pero mal en intentar enfrentarse a ellos. Los “iris”, los seres más superiores del planeta, que no nacen, sino que se hacen. Puede ser cualquiera, un niño, una joven, un anciano... No son malos, luchan contra el mal pero... a su modo. No son una amenaza contra la humanidad, sino más bien contra los humanos que destruyen el mundo poco a poco.
Actualmente la situación es la siguiente: los gobiernos y policías han abandonado un poco su afán por cazar a los “iris”, cansados de no conseguir éxito alguno. Y los “iris” siguen con su trabajo en la Asociación y con sus respectivos procesos de cumplir sus venganzas personales. Así que hoy en día existe una calma. Y cómo no, algún día ha de haber un cambio, una alteración de esa calma, pues la vida sigue, las realidades cambian, el mundo avanza.
La mayor actividad de caza contra los “iris” se concentra en Japón, país donde viven algunas personas muy peculiares que están o estarán relacionadas con una joven normal y corriente, la cual no sabe nada de esto. Su nombre es Cleventine Vernoux.
1.
--Estupendo...—dijo Nakuru con ironía cuando salió del edificio del instituto y ver que fuera llovía a cántaros.
--Oh... ¡Me voy a mojar los zapatos!—protestó su amiga, viendo el mismo panorama, mientras sacaba una mano en la zona donde caía la lluvia, pues estaban debajo de los soportales del edificio.
El Instituto Tohoeda, situado en el distrito de Shibuya, donde estaba el famoso centro comercial 109, era un recinto limitado por altas verjas de hierro que comenzaban por un murillo de piedra gris. Lo que rodeaba al edificio era, nada más entrar, un amplio patio cubierto de césped y escasos árboles con caminitos que se cruzaban al azar, más el que conducía a la puerta principal del instituto. A los laterales estaban las zonas más tranquilas, con abundantes chopos y bancos de piedra que en los recreos solían ocuparse por la gente que sólo quería descansar. De estas dos zonas, la de la izquierda acababa con una hilera de arbustos seguida por otra verja de hierro, que limitaba con el recinto del Colegio Tohoeda, donde impartían la educación infantil y primaria; a la derecha no había verja, sino un muro alto, que al otro lado se encontraba la calle. Finalmente, tras el edificio, estaba el campo de atletismo, los de fútbol y los de baloncesto. Un poco más allá, otro edificio donde estaba la piscina cubierta y los vestuarios. Luego el edificio principal ascendía lo que eran cinco pisos, donde se encontraban las clases de primer y segundo curso. Detrás de éste, casi pegado, separado por un callejón, estaba el otro de las clases de tercero más los laboratorios, los ordenadores y el salón de actos. Además, ambos se unían por unos puentecillos, o pasillos aéreos, predispuestos en cada piso de forma escalonada unos con otros. Pasando por ellos, si se asomaba a la ventana uno vería el suelo del callejón a varios metros bajo él. Era un centro de gran reputación, pero no por ello sólo iba gente adinerada. Había de todo, tanto buena como mala gente, como en todos lados.
--Me sorprende que no hayas mencionado tu pelo—le espetó Nakuru con sarcasmo, apoyándose contra una de las altas columnas que se alzaban en lo alto de las escaleras.
Varios chicos y chicas también iban saliendo del instituto. Unos, los que habían previsto el mal tiempo, sacaron sus paraguas y los compartían con sus amigos o amigas o con su pareja; los otros se cubrían con algún libro cuya asignatura no cayera muy bien a su dueño o se las apañaban poniéndose la chaqueta del uniforme sobre sus cabezas, y salían corriendo a coger el metro, o el autobús, o bien iban a patita a sus casas.
--Eso ahora no me importa, pensaba lavármelo ahora en casa de todas maneras—contestó la chica, abrochándose la chaqueta y alisándose la falda con delicadeza—. Tía, ¿dónde está Cleven? Está tardando.
--La ha llamado el tutor para hablar a solas... Supongo que le reprochará su mal comienzo en el curso.—Nakuru le dedicó media sonrisa a su amiga y ésta le respondió con una mirada de complicidad antes de suspirar.
Ambas permanecieron en los soportales, esperando a que saliera su amiga.
Mientras tanto, en la sala de profesores, Cleven estaba sentada frente a una mesa, con los brazos caídos entre las piernas y mirando al vacío, atontada. Al otro lado de la mesa se encontraba su nuevo tutor de la clase de Segundo-A, hablándola de algo que no era capaz de alcanzar sus oídos. Era un hombre joven, de unos 26 años, muy peculiar, por cierto. Era además profesor de Historia, y de Física Cuántica, lo que no era muy usual, que un profesor impartiese dos asignaturas tan diferentes, por lo que el hombre era un genio. Vestía, como todos los demás profesores, con traje negro, pero había unas cuantas diferencias, como llevar la camisa blanca por fuera de los pantalones, la corbata negra desatada y, algo que nadie se explicaba, dos aros bastante bonitos de plata en su oreja izquierda, pulseras de tela o de cuero trenzado en las muñecas y un anillo de plata con extraños grabados en el pulgar de la mano derecha. Por último, siempre, todo el tiempo, llevaba puestas unas gafas negras que le ocultaban los ojos, unas gafas de sol. Nunca nadie le había visto sin ellas puestas. Estos artículos, como bien se sabe en cualquier centro de educación de Japón, están prohibidos llevarlos dentro del instituto, norma dedicada a los alumnos, por lo que en un profesor resultaba un tanto más contradictorio. No obstante, los demás miembros del profesorado ya habían intentado convencerle de que se quitara dichos artículos mientras estuviese en el instituto y dar buen ejemplo a los alumnos, pero había sido inútil. A aquel hombre le gustaba llevarlos y se negaba a cumplir la norma, la cual él mismo consideraba una estupidez. Con respecto a las gafas de sol, él decía que tenía las retinas muy sensibles y que su oftalmólogo le había mandado protegerlas de la luz. Nadie comentaba nada respecto a eso, pero seguía siendo misterioso.
Incluso su pelo no respetaba la norma. Era negro, limpio, liso y revuelto, pero lo que más llamaba la atención eran aquellos dos mechones blancos y largos que tenía en las sienes y el tercero que le salía desde su frente. Muchos pensaban que el hombre se había teñido de blanco aquellos mechones, lo que incumplía la norma de no llevar el pelo teñido ni aunque fuera un poco. Sin embargo, él había asegurado que eran canas. ¿Tan joven y con canas? Se habían preguntado sus compañeros arqueando una ceja, pero acabaron por creerle después de haberles asegurado que sólo se trataba de una herencia genética.
Denzel era nuevo. Había comenzado a trabajar en el Instituto Tohoeda desde el comienzo de aquel curso, hacía más de dos semanas. En Japón el año escolar comienza en abril, pero aquel instituto era un instituto internacional y seguía otro sistema, y era después de la Navidad cuando se pasaba de curso. Todos sus alumnos, al ir conociéndole en esos días, se habían quedado asombrados por la gran espontaneidad del hombre. Era increíblemente simpático, divertido y capaz de convertir la asignatura de Historia y de Física Cuántica en algo interesante en todos sus aspectos e incluso divertido, gracias a su forma de explicar las cosas. Tal vez fuera porque era jovencísimo y su estilo se asemejaba mucho al de los alumnos. A todo el mundo le caía muy bien. Bueno, exceptuando a la mayoría de los profesores, que no aprobaban su actitud tan poco disciplinaria hacia los alumnos, que les consentía demasiadas cosas y era demasiado comprensivo con ellos. No obstante, dada su buena experiencia en la enseñanza, la cual sus compañeros se preguntaban de dónde la había sacado siendo tan joven, pues todos los alumnos le atendían como debía ser, provocaba gran envidia en el profesorado, y gracias a sus grandes conocimientos sobre la Historia y la Física, el director del centro estaba encantado con él y sabía que era una gran oportunidad tenerlo ahí.
Pese a todo esto, Cleven no escuchaba las palabras que le estaba diciendo, sólo conseguía oír cosas como “... deberías estar más atenta en las clases...”, “... los demás profesores me piden que haga algo contigo...”, “... acabamos de empezar el curso y será mejor que arregles esto antes de que...”. No escuchaba, sólo oía. Estaba absorta, atontada, en la inopia... como siempre. Desconectaba los oídos automáticamente cuando iban a sermonearla. Ya era la tercera vez que se sentaba en esa silla mientras su tutor la sermoneaba desde que empezó el curso.
Había unos cuantos más profesores en la sala, haciendo papeleo y mirando de vez en cuando al profesor de Historia en proceso desesperado de educar a una adolescente de 16 años, para 17. También echaban vistazos hacia el otro lado de la sala, donde un chico de la misma edad que la joven corría la misma suerte, solo que quien le sermoneaba era el director, caso que se daba cuando tal alumno había hecho algo más grave que el no atender en las clases.
--... y entonces aproveché que estaba como una cuba y fui directo a ella, pensaba llevármela a mi apartamento... Qué buena estaba. Salimos del pub y fuimos a mi casa. Acto seguido le arranqué el vestido, mientras la besaba, y pasó... ¡No sabía desabrochar su sujetador! Por lo que fui a la cocina a por unas tijeras y...
--¿¡Qué!?—saltó Cleven de la silla en un abrir y cerrar de ojos, mirando a su tutor boquiabierta, pasmada, asustada.
--Uff... Por fin he conseguido llamar tu atención, me ha costado dar con un tema que te despertara—sonrió el hombre cruzándose de brazos sobre la mesa—. Lástima que en Historia, Física y en tutoría no podamos hablar de la vida privada de las personas, ¿eh?
Cleven se quedó en silencio, recapacitando. Entendió que el hombre estaba de guasa, y le sorprendió el hecho de que hubiera usado la táctica de hablar de algo fuera de contexto y chocante para llamar su atención. Por poco no se daba cuenta de que su tutor estaba hablando de cosas picantes, y frunció los labios, viendo que esa clase de temas fueran los únicos que consiguieran sacarla de sus pensamientos de golpe.
Se sentó de nuevo en la silla, lentamente, observando al hombre con detenimiento. ‘Este tío no es normal’ pensó, ‘Está loco, no puedo creer que sea un profe’.
--A ver, señorita Vernoux—continuó el hombre—, resumiendo, te suplico que te esfuerces en las clases, te aseguro que si empiezas así será peor más adelante. Puede que tengas cosas importantes en las que pensar fuera de tu vida colegial, pero te pido que mientras estés aquí, te centres en los estudios, en las clases. Te quitarás un peso de encima de tu lista de problemas cotidianos, y no es tan difícil, sólo se trata de aprender cosas nuevas sobre la vida. Dedícale un poquito de importancia a los estudios, ve con calma, sin agobios, organízate...
--No me es tan fácil, profesor—protestó Cleven, apoyándose con desgana sobre el respaldo.
--¿Que no?—sonrió con cierta sorpresa—Mírame a mí, por ejemplo: levantarme, ducharme, desayunar, dar mis clases de la mañana, comer, dar mis clases de la tarde, volver a casa, preparar las clases del día siguiente, corregir deberes o exámenes, merendar magdalenas, ver la tele o jugar al Pro Evolution Soccer, rascarme la barriguita, pensar en mis cosas, dar una vuelta, cenar...
--... quedar con una tía que esté buena y lo suficientemente borracha para llevarla al catre sin problemas...—continuó Cleven, medio riendo.
--Eso ya es confidencial, señorita—sonrió el hombre.
--Vaya, pues antes me lo estabas contando con mucho entusiasmo, profesor—le dijo con una mirada pícara—. Pobre chica, seguro que ese sujetador era caro y vas tú y te lo cargas.
--Jajaj...—rió—¿Crees de verdad que me pasó eso?
--Por supuesto que no—contestó, sonriéndole—. No lo creo.
--¿Y eso por qué?—preguntó, fingiendo estar ofendido.
--Porque llevas una alianza—respondió, señalando el anillo dorado de su mano con un rápido movimiento—. No creo que un hombre casado haga esas cosas. Bueno, sí, hay muchos que lo hacen, pero tú no pareces ser de ésos. Sólo te has inventado eso para llamarme la atención.
--Qué perspicaz...—sonrió, apoyando la cabeza en una mano.
--Pero... no entiendo una cosa, profesor—comentó, frunciendo el ceño—. En tu horario de tareas que acabas de contarme no mencionas nada sobre tu esposa.
--Anda, ¿y eso qué te hace pensar?—le preguntó, arqueando una ceja.
--Pues... o que no haces nada con tu mujer en todo el día, o que llevas la alianza por gusto. ¿Cuál de las dos razones es correcta?
--No has mencionado la tercera razón—contestó.
Cleven levantó la vista hacia él, ciertamente sorprendida. Al principio no entendió lo que quería decir, pero aquella respuesta había sonado con mucho abatimiento, y el tutor intentaba disimularlo con aquella expresión risueña en su cara de siempre, tranquilo. Cleven sospechó cuál debía de ser la tercera razón, que ya no había esposa, en ninguna parte, pero no quiso comentar nada más. El hombre sonreía, como si nada, natural y sereno. Miraba los jardines del recinto a través de la ventana, también sin comentar nada más. Si no tuviese las gafas puestas, Cleven juraría que vería en sus ojos algo totalmente contrario a lo representa una sonrisa. Sin embargo, no estaba completamente segura de cuál era la tercera razón, que podían ser varias, por lo que decidió no dar conclusiones demasiado rápido.
El momento de silencio duró hasta que los dos vieron por el rabillo del ojo al director acercándose a ellos. Su charla con el chico había acabado y éste se estaba poniendo el abrigo y cogiendo su mochila para irse. Por un momento Cleven, no supo por qué, se quedó mirando a aquel chaval al otro lado de la sala, pero él se puso la capucha de su sudadera, ocultándose la cara y se marchó, pasando desapercibido entre todo el mundo. Se vio a sí misma en la inopia de nuevo, observando la puerta por donde había salido el chico, hasta que algo la sobresaltó de golpe.
--¡Como no vuelvas a prestar atención en las clases tendré que castigarte, incluso llamaré a tus padres para contarles lo mal que se porta su hija, te lo aseguro!
Su tutor la estaba gritando. Aquel hombre con el que acababa de entablar una conversación tan extraña la estaba riñendo de mala manera, parecía uno de esos viejos profesores amargados que desahogaban la desgraciada vida que tenían en los alumnos. Se quedó sin habla, no entendía qué estaba pasando.
--¡Tienes que estudiar a diario y hacer tus tareas, además de atender en clase! ¿Me has oído?—continuó su tutor señalándola con un dedo amenazador, encolerizado—¡Si no te mandaré el doble de deberes! ¡Como no mejores tu comportamiento te las verás conmigo!
--Sí señor, ya le has oído, jovencita—asintió el director.
Cleven se dio cuenta de pronto de que el viejo director estaba de pie junto a ellos, con una expresión orgullosa en su rostro, observando cómo el tutor de la clase 2-A ejercía su trabajo. Cleven pudo cerrar la boca por fin, saliendo de su asombro.
--Obedece a tu tutor y compórtate como es debido—añadió el viejo y dirigió su mirada hacia el hombre—. Denzel, así se hace, me tranquiliza saber que usted puede disciplinar a estos monstruitos adolescentes como es debido. Ojalá hubiese más profesores como usted, con la fuerza suficiente para poner orden entre sus alumnos. Buenas tardes.
El director dio media vuelta, con las manos cogidas tras la espalda y salió como un soldado de la sala, perdiéndose de vista, seguido de los demás profesores que ya habían acabado con sus papeleos. Sólo quedaban ellos dos en la sala y un profesor que estaba a punto de marcharse, y mientras éste recogía su cartera, no paraba de lanzarle miradas inquisitivas a Denzel, con recelo. Denzel fue consciente de ello.
--Muy bien, señorita Vernoux—dijo, poniéndose en pie e indicándole a su alumna, la cual seguía sin entender qué estaba pasando, que hiciera lo mismo—, ya hemos acabado, espero haberte dejado claro lo que te he dicho—. Su tono seguía siendo estricto y cargado de malas pulgas; la acompañó hacia la puerta y se detuvieron ante ella para dejar que el otro profesor saliese primero—Si das más problemas tendré que castigarte y...
Se calló al instante, justo cuando el otro profesor se había perdido de vista y quedaban ellos dos solos en la sala. Denzel suspiró con cansancio. Cleven estaba sumergida en la confusión, y contemplaba a su tutor, el cual le sacaba dos cabezas, con el ceño fruncido.
--Ah, ¿qué pasa?—preguntó Denzel al verla así—Te has quedado tiesa, ¿estás bien?
Cleven sacudió levemente la cabeza, volviendo a la realidad, y le miró con cierto enfado.
--¿Por qué me has gritado de esa manera, así, de repente?—le preguntó.
--¡Oh, perdona!—rió el hombre a carcajada limpia—No iba en serio, de verdad, es que quiero que el director me aumente el sueldo—. Cleven se quedó estupefacta—Entiéndelo, debo actuar como él espera, ya sabes, para caerle bien y eso... Pero en realidad no soy así.
--No, si ya me he dado cuenta.
--Sí, oye, pero no se lo digas a nadie.
--Eres raro—le espetó—. ¿De verdad eres un profe?
--Vernoux—le sonrió, llevándose su cartera al hombro—. Lo que te he dicho sobre que atiendas en clase y que estudies iba en serio. La vida es complicada, hay muchas cosas malas en ella, difíciles de superar. Estudiar y aprobar es una obligación, no tiene remedio. No hagas que estas dos cosas se comparen con los reales problemas de la vida, no las asocies con tu vida fuera de las clases. El instituto es un problema muy fácil de superar, hazlo, y podrás ocuparte de los demás. Te juro que si estudias no te arrepentirás, es la base fundamental para que puedas tener la vida que deseas, ya sabes, trabajar en lo que te guste y que no te falte pan en la mesa.
--Me estás sermoneando—protestó.
--Te estoy aconsejando—le corrigió—. Apenas te conozco. —’En realidad te conozco desde que naciste’ pensó para sí—, al igual que a tus compañeros, pero créeme, sé de lo que hablo. En verdad puedes hacer lo que te dé la gana, pero no viene mal saber experiencias o consejos de otras personas para facilitar tus decisiones sobre lo que vas a hacer o no.
Cleven miró al suelo, cansada, aunque reflexiva. Por un lado sentía que era lo de siempre, un adulto informándola de cómo se deben hacer las cosas, pero por otro sentía que lo que acababa de oír merecía la pena tenerlo en cuenta.
--Me voy, tengo prisa—declaró Denzel, saliendo por la puerta mientras echaba un vistazo a su reloj.
--¿Prisa para hacer tus deberes de profesor?—preguntó Cleven asomándose al pasillo, sonriendo.
--¡Qué va! ¡Me van a cerrar la panadería y me voy a quedar sin mis ensaimadas para el desayuno!—respondió, alejándose por el pasillo a todo correr.
Cleven sonrió. La verdad que ese hombre le resultaba muy extraño, por su forma de comportarse, su forma de llevar la contraria a los demás profesores a escondidas, su forma de vestir... Agradecía que fuera él su tutor durante este curso y no otro de esos amargados viejos. Primera novedad del curso.
--Siento haber tardado—se disculpó al ver que sus dos amigas la habían estado esperando, y las tres emprendieron la marcha, cobijadas bajo el paraguas de Cleven.
--¿Qué? ¿Ha sido un coñazo?—preguntó Nakuru mirando a su amiga.
--No... Bueno, sí, pero nada. Lo de siempre—contestó. No le apetecía detallar todo lo que había pasado, con decir “lo de siempre” sus amigas ya entendían y no comentaban nada más al respecto.
La tarde estaba realmente gris, tanto en el cielo como en la tierra. En las calles corría la misma rutina de siempre. La gente iba con sus paraguas, en silencio, y algunos aventurados caminaban bajo la lluvia como si estuviesen dando un paseo. Sólo se oían los coches, formando el tráfico a medida que se adentraban en Shibuya y salpicando el agua acumulada en charcos de la carretera. En Shibuya había mucha gente por las calles, lo que daba un poco más de animación a aquella grisácea tarde.
--Oye, ¿os apuntáis a ver un peli en mi casa? No tenemos muchos deberes—propuso Raven cuando se detuvieron en un semáforo en rojo.
--Lo siento, ya he quedado—dijo Nakuru desviando la mirada.
--¿Con quién?—quiso saber Raven, mirándola con interés—¿Con Alex?
--Sip—contestó con naturalidad, aunque se la veía algo inquieta, raro en ella.
--Ella está en la clase B, ¿no?—recordó Cleven—Lástima que no la hayan puesto en nuestra clase, es muy maja, según lo que nos cuentas de ella.
--Bueno, ¿qué?—sonrió Raven sin apartar una mirada ansiosa de su amiga—¿Es sólo quedar... o es más bien una cita?
--Supongo que una cita—se encogió de hombros.
--Te gusta Alex, ¿verdad?—sonrió Cleven arqueando una ceja, mientras cruzaban el paso de cebra.
--Pues sí, la verdad es que sí—se ruborizó Nakuru—. Espero que salga bien. ¡Bueno, ya está! No quiero hablar de esto, ya sabéis que me da corte.
Cleven y Raven rieron por lo bajo al ver el estado de nerviosismo de su amiga.
Nakuru era homosexual, lo tenía muy claro. Era una chica bastante guapa, tenía el pelo a capas cortas, castaño oscuro, casi negro, y era punk de pies a cabeza. Sus ojos eran de color azul –su madre era griega- y tenía una sonrisa preciosa, la cual no solía mostrar muy a menudo. Generalmente era seria y tranquila, aparentemente pesimista, pero sólo aparentemente. Adoraba la rutina, los días de lluvia y las canciones tristes. Era una chica increíblemente lista, llevaba los estudios sin problemas y no había nada ni nadie que pudiera engañarla. Muy buena persona, pensaba Cleven. Hacía años que eran amigas, desde la infancia. Al comenzar el instituto el año pasado se les unió Raven, que era norteamericana, más bien, afromericana.
En ese momento, justo cuando iban a llegar al otro lado de la acera, las sobresaltó el ruido de un frenazo de coche. Las tres saltaron a un lado, asustadas, evitando que el coche las tocara, el cual se había parado en mitad del paso de cebra.
--¡Eh, capullo, ten cuidado!—exclamó Cleven de mala gana, haciéndole un corte de manga al conductor.
--¡Eso, capullo!—la imitó Raven.
--Quitaos de en medio—les dijo el conductor, sin levantar la voz, pero con una voz tan fría que a Cleven y a Raven se les encogió el alma por un momento.
--¡Pues no nos da la gana ahora, idiota! ¡Casi nos matas!—replicó Cleven pegando un manotazo en el capó, y Raven fue a imitarla, pero Nakuru agarró los brazos de ambas y las arrastró hasta la acera pacientemente.
En una fracción de segundo, pero que transcurrió como a cámara lenta, Nakuru volvió la vista hacia atrás y fijó sus ojos en los del joven que conducía el coche, que le sostuvo la misma mirada y sacudió levemente la cabeza en señal de saludo, sin cambiar su expresión fría de la cara mientras se marchaba calle arriba, después de que Nakuru le hiciera otra discreta señal de saludo. No quería que sus amigas supiesen que conocía muy bien, desde hacía años, a ese chico que había estado a punto de atropellarlas.
--¿Has visto ése?—decía Cleven, aún enfadada por el susto que se habían llevado, sacudiéndose la falda del uniforme.
--Sí, ¿pero no te has fijado?—sonrió Raven con entusiasmo, dando saltitos—¡Estaba como un queso gouda, tía! ¿¡No has visto lo súper guapo que era!? ¡Me he enamorado a primera vista!
--¿De quién? ¿Del que ha estado a punto de matarnos?—le espetó con sarcasmo.
--En realidad es culpa nuestra, el semáforo ya se había puesto en rojo—dijo Nakuru.
--Me da igual—masculló Cleven.
--Era guapísimo...—seguía diciendo Raven—¿Será modelo? Vaya pibonazo... ¡Y qué rubio!
--No creo que sea para tanto—saltó Cleven, molesta.
--No le has visto, ¿verdad? No te has fijado en su cara—le sonrió Raven.
--Pues no—contestó, indiferente.
--¿Y tú, Nakuru? ¿Le has visto?—preguntó soñadora.
--Sí, pero ya sabéis que no me van esas cosas—suspiró—. Bueno, os dejo que voy a llegar tarde. Hasta mañana.
--Hasta mañana—se despidió Cleven.
--¡Qué te vaya bien! ¡Mañana nos cuentas!—exclamó Raven mientras se alejaba calle abajo y seguidamente se volvió hacia Cleven—¿Tú puedes venir?
--Lo siento, también tengo una cita—se excusó Cleven.
--¿Con Kaoru?—adivinó—Bueno, entonces te dejo, yo me voy a la peluquería con mi madre, no veas qué ofertas. Hasta mañana, que te vaya bien.
--Gracias, adiós—sonrió Cleven, quedándose sola con su paraguas, en mitad de la calle.
Repentinamente soltó un suspiro y caminó lentamente por la calle. Había quedado en Shibuya con Kaoru, no había especificado dónde exactamente, pero ya se encontrarían, como siempre. Últimamente se sentía rara, se sentía demasiado despistada, y no sabía muy bien por qué. En los últimos tres días notaba que no era ella misma, extravagante, inquieta, charlatana y alegre. Ahora más bien se veía demasiado callada, se distraía fácilmente, se le iba la mente a otro lugar... Empezaba a sospechar que se trataba de Kaoru. Habían empezado a salir desde que empezó el curso. Ya se conocían del año pasado, estaban en la misma clase, pero no solían tratarse, hasta que el primer día de clase de este curso, en el que Cleven había descubierto que Kaoru estaba en la 2-B y no en la suya, éste se la acercó en el recreo y le había pedido salir después de charlar un rato a solas, siendo espiados por Nakuru y por Raven a lo lejos. Cleven había aceptado a la primera, sin poder creérselo. Kaoru era uno de los chicos más populares del instituto, guapo y atractivo. Tenía fama de haber salido con un montón de chicas, tenía éxito entre ellas. Y Cleven, que se derretía a la primera ante un tío bueno, conocido o desconocido, dijo que sí a su proposición.
Esas dos semanas saliendo juntos habían sido maravillosas, ella no se despegaba de él cuando caminaban por las calles, se quedaba embobada mirándolo y trataba de abrazarle constantemente y robarle un beso cada dos por tres; y él otra de lo mismo, solo que no iba embobado con Cleven. Había salido con tantas chicas que ya se comportaba como el no-va-más. Cleven pensaba que se había enamorado de él y que no podía ser más afortunada, pero justo en este momento, pisando el suelo mojado y envuelta en el ruido de las gotas de la lluvia chocando contra su paraguas, se preguntó por primera vez si Kaoru iba en serio con ella o se trataba de una más en el bote. Se percató que hasta entonces había estado demasiado absorta con su novio, con la guardia demasiado baja, dejando pasar por alto importantes detalles. Nunca se habían parado a hablar de las cosas, de su relación, sólo se habían dedicado a pasear muy pegaditos y a besarse, a acariciarse, a tomar algo en una cafetería mirándose sin decir nada... La joven se preguntó si de verdad en eso consistía una relación. Y debería saberlo, porque Cleven no se quedaba corta, había salido con un montón de chicos desde que tenía doce años. Tenía mucho éxito entre los chicos, pues era guapísima y sin duda tenía un cuerpo, lo que se dice, para mojar pan. Algunas relaciones habían sido normales, otras sólo se trataban de rollos a corto plazo, y otras Cleven no se las tomaba en serio porque el chico no era de su tipo. Todas sus antiguas relaciones las había dejado ella, nunca le gustó de verdad ninguno de esos chicos tan esperanzados con ella, les había dado calabazas con IVA incluido. Lo que de verdad le gustaba a ella eran chicos, o que estuviesen como un tren, o mayores que ella y que también estuviesen como un tren. Los mayores a ella la volvían loca, y había salido con unos pocos, pero eran los del tipo rollo a corto plazo.
--Al fin te encuentro—oyó una voz tras ella y se volvió como el rayo, sorprendida.
Antes de que pudiera decir nada, sus labios quedaron sellados por un largo beso de Kaoru, mientras la abrazaba por la cintura. Cuando se separaron Cleven le sonrió como una tonta, pues el beso la había dejado así.
--¿Dónde te habías metido? Después de las clases te vi saliendo a todo correr del instituto—le dijo al chico.
--Ah, no, es que había quedado con Hiroshi, del Instituto Jouda, para devolverle unos CDs que me había prestado y que los quería en seguida...
--Aam...—entendió, y le cogió de la mano, mirándole con una sonrisa cariñosa—Estás muy guapo con el pelo mojado.
--¿Sí?—preguntó, tocándose su pelo castaño, ensimismado—No sé si debería dejar que se moje, se me puede estropear. Creo que no realza mi cara como es debido.
--Estás muy bien...—le repitió Cleven, suspirando.
--Oye, no puedo quedarme mucho tiempo, tengo que estar dentro de media hora en el instituto para una reunión con los del equipo de fútbol.
--¿Otra vez?—preguntó, desanimada—¿Por qué no me lo habías dicho antes?
--Eh... Me lo acaban de comunicar, lo siento, de verdad, la próxima vez nos vamos a tomar algo, ¿vale?
--Está bien—resopló, con media sonrisa en la cara—. El insti está a quince minutos de aquí, ¿por qué no dedicamos los otros quince despidiéndonos?
--Hm...—sonrió Kaoru abrazándola más y pegando su cuerpo al de ella—Claro, nena.
Sus labios volvieron a unirse, una y otra vez, mientras Cleven cerraba el paraguas, lo guardaba y lo abrazaba por el cuello. Ya había dejado de llover, y los dos permanecieron ahí, a un lado de la calle, bajo un árbol, siendo observados brevemente por la gente que pasaba. Kaoru recorría con sus manos la cintura y la espalda de Cleven mientras ella le revolvía el pelo y le acariciaba las mejillas. Así fueron pasando los minutos, y a cada uno Kaoru dirigía sus manos cada vez más cerca del trasero de Cleven. Parecía ansioso por ir al grano y tocarla de todo, pero ella ya le había pedido que no hiciera eso mientras estuviesen en público, por lo que intentaba disimular e ir poco a poco a ver si caía.
Mientras tanto, en la acera opuesta, bastante distanciada de la otra, se alzaba uno de los muchos rascacielos que recorrían la calle, un poco lejos de la zona central de Shibuya. Era un edificio de oficinas, una empresa muy importante de Tokio de tecnología industrial y de telecomunicaciones. Era una multinacional de muy buena reputación, que tenía más empresas y multinacionales repartidas por casi todo el mundo: la multinacional Hoteitsuba, fundada por un hombre nacido en París, Neuval Vernoux, uno de los cuatro mejores ingenieros industriales y de telecomunicaciones del mundo. Y en ese mismo momento salían del enorme edificio dos hombres trajeados, muy elegantes, portando sus distinguidas carteras. Uno de ellos, un viejo de unos 67 años, de pelo blanco y ojos negros como el azabache, era el vicepresidente de la multinacional, un hombre importante, pero no tanto como el que iba a su lado. El otro era más joven, de unos 45 años, pelo castaño claro, repeinado, de ojos grises claros, del mismo color que las nubes, y se trataba nada más y nada menos que del presidente de la multinacional, el puesto más alto de la pirámide, por lo que se veía que era un hombre muy adinerado, podían salirle yenes por las orejas. Neuval Vernoux… Para la vista de algunos esos dos no eran más que unos viejos ricachones y pedantes, tan trajeados y repeinados, tan distinguidos, tan señoritos... Aunque el vicepresidente no era lo que aparentaba.
--¿Una copita antes de irse a casa, jefe?—preguntó mientras andaban por la calle.
--Lao, no he salido pronto para tomarme una copita, tengo trabajo en casa que hacer—contestó el presidente.
--Neuval, trabajas demasiado, deberías tomártelo con más calma.
--Cumplo con mis obligaciones, Lao, eres tú el que se toma la vida con demasiada calma—replicó, cansino—. He de preparar cinco reuniones para esta semana y revisar media centena de informes.
--Yo también tengo mucho trabajo que hacer, ¿eh?—sonrió—Pero yo no dejo que el trabajo me domine de la misma manera que a ti.
--Te cambio el puesto, entonces—le dijo mirándole a la cara.
--No, gracias—contestó rápidamente, rindiéndose—. ¿Y Hana? ¿Se ha quedado en la oficina?
--Sí, acabando unos artículos.
--Entonces vas a estar solo en casa.
--No, mis hijos ya deben de estar ahí, hace rato que acabaron sus clases—dijo, mirando su reloj, apresurándose para llegar pronto a casa y ponerse a trabajar.
--Ah, esos dos—sonrió con nostalgia—. Hace tiempo que no los veo. Yenkis es un chaval estupendo, vaya granujilla, y la alocada y avispada de...
--¡¡Cleventine!!—exclamó Neuval de pronto, parándose en seco en mitad de la acera, con la vista clavada en el otro lado de la calle.
Lao se detuvo, sorprendido, y lo miró con extrañeza.
--No hace falta que me grites, ya sé cómo se llama tu hija—se cruzó de brazos, molesto.
--¿¡Qué hace!?
Lao se dio cuenta de que no estaba hablando con él y miró hacia el mismo sitio, aún más extrañado. Abrió los ojos como platos, boquiabierto, al reconocer a la joven de largo pelo rojo oscuro y de ojos verdes eléctricos, dándose el lote con un chico, el cual se había salido con la suya y ya le estaba tocando el trasero a Cleven. El viejo Lao miró a Neuval por el rabillo del ojo, en tensión. ‘Uy... qué faena...’ pensó.
--¿¡Qué hace, qué haceee!?—volvió a decir Neuval, sin salir de su asombro, dispuesto a saltar a la carretera para ir directo hacia la parejita, sin preocuparse por los coches que pasaban.
--¿¡Qué haces tú, Neuval, te has vuelto loco!?—saltó el viejo Lao agarrándole por el brazo, evitando el suicidio imprevisto de su amigo.
--¡Suéltame, Lao!—se enfadó Neuval sin apartar la vista de los dos jóvenes, intentando liberarse el brazo aferrado para salir de nuevo directo a la otra acera—¡Ya ha llegado muy lejos! ¡Se la ha ganado! ¡No puedo creerlo! ¡Le voy a decir cuatro cosas a esa niña!
--Jefe, jefe...—le intentó tranquilizar—¿De qué te sorprendes? Cleventine ya es mayorcita, es normal que a su edad empiece a estar con chicos.
--¡Pero si sólo tiene 16 años, no es más que una cría!—replicó, hecho una furia.
--Para ti lo será todavía, pero ese chico no parece opinar como tú...—dijo, observando la escena al otro lado de la acera—Vaya manos más largas tiene el chaval...
--¡Kei Lian!—saltó Neuval, esta vez mirándole a él, estupefacto. Sólo le llamaba por su nombre cuando estaba enfadado con él.
--Lo siento, Neuval, pero es verdad—sonrió con calma—. Tranquilízate, hombre, esto es muy normal entre los jóvenes. ¿Tengo que recordarte que tú...?
--Kei Lian—le interrumpió, serio.
--Vete a casa, Neuval, no vayas a montarle el numerito a Cleventine ahora que está ocupada. Luego ya en casita le dices lo que sea, pero ahora déjala en paz, por favor—le pidió mientras tiraba de él calle arriba, en dirección a un parking, donde tenían aparcados sus coches.
--Pero...—Neuval cedió a la petición del viejo, aunque para ello necesita seguir estando amarrado de su amigo, pues no dejaba de mirar a su hija a lo lejos y Lao no se atrevía a soltarle de momento.
* * * *
Los dos se separaron tras un largo rato, aunque para Cleven había sido muy breve. Se miraron a los ojos, cogidos de la mano, sonriéndose.
--Nos vemos mañana—le susurró Kaoru con palabras cariñosas, le dio un beso en la mejilla y dando media vuelta se marchó en dirección al instituto.
Cleven le siguió con la mirada hasta que se perdió de vista. Suspiró, permaneciendo un rato parada en el sitio, y bajó la vista al suelo. Se sentía extraña, sentía que algo raro pasaba. Intuía que algo no iba bien en aquella relación, era un presentimiento, pero no sabría decir si se trataba de ella o de Kaoru. Necesitaba hablarlo con alguien, necesitaba contarle a alguien lo que sentía, estaba confusa. Pensó en Raven y en Nakuru, sin embargo, sabía de sobra que ellas le dirían que si no estaba segura o que si tenía alguna duda con respecto a su relación, lo dejase, cortara enseguida y que dejase de comerse el coco. De lo que Cleven no estaba segura era de dejar a Kaoru o no. Era un chico que lo tenía todo, popularidad, belleza, buen estudiante, deportista, cariñoso... Todo el mundo quería estar con él, todos le reclamaban. Y ella, por primera vez en aquellas dos semanas se preguntaba si de verdad era eso lo que quería de Kaoru. ¿Qué buscaba ella realmente en un chico? Se sintió una estúpida al verse incapaz a estas alturas de responder a esa pregunta.
Dio media vuelta y bajó las escaleras hacia el metro, para volver a casa. Los andenes estaban abarrotados de gente, como siempre. Esperó a que llegara el tren, entre toda la masa de gente. Una más. Eso es lo que era, una persona más de entre millones, tan insignificante y normal como todas las demás. Muchas veces había soñado con ser algo más que eso. A veces deseaba ser más de lo que era. A diferencia de Nakuru, Cleven odiaba la rutina. Le parecía tan aburrida, tan repetitiva, siempre lo mismo, una y otra vez... ¿Por qué no me puede pasar algo emocionante algún día, emocionante de verdad? Se preguntaba de vez en cuando. Pero, ¿qué era lo suficientemente emocionante para ella? Las cosas nuevas. Había empezado un nuevo curso, un nuevo año, con nuevos compañeros de clase, un nuevo tutor a tener en cuenta, porque no era normal, una nueva relación amorosa con un nuevo chico... No. No era capaz de considerar todo eso como algo emocionante. Lo seguía viendo dentro de la rutina. ¿Qué era, entonces, lo que esperaba que sucediese? Típica comedura de coco de la adolescencia.
Cuando llegó el tren se apresuró a entrar de las primeras para coger sitio. Lo consiguió, y no como la gran mayoría de la gente, que se quedaron sin silla y tuvieron que permanecer de pie, sujetos a los barrotes. Tal vez su suerte se debía a que era muy ágil moviéndose. Justo cuando fue a apoyar el trasero en la silla, vio por el rabillo del ojo que otra persona hacía lo mismo al mismo tiempo, en la silla de al lado, la que aún quedaba libre. Cleven giró la cabeza por un momento para ver quién se había sentado a su lado, y se quedó algo abstraída. Era ese chico, el que había visto en la sala de profesores. Seguía teniendo la capucha de su sudadera puesta, bajo un abrigo negro lleno de cremalleras. Sólo se le veía la cara de nariz para abajo, y a Cleven no se le ocurrió otra cosa que fijarse en sus labios. Se vio a sí misma ruborizándose, y apartó la mirada. Le sonaba de algo. Si no tuviese la capucha puesta seguro que lo reconocería de algo.
Las puertas se cerraron y el tren se puso en marcha. Comenzó a oírse a la gente charlar tranquilamente. El vagón estaba muy lleno, pero como Cleven se baja casi en la última parada, no le preocupó el hecho de que no pudiera salir del tren entre tanta gente. El trayecto transcurrió tan normal como todos los días.
De vez en cuando se atrevía a mirar de reojo al chico que tenía al lado. Estaba muy quieto, de brazos cruzados, en silencio, casi tumbado en la silla, indiferente. Parecía muy serio, y pensó que tal vez se debía a la charla que el director le había dado esa tarde. Era normal, escuchar al director era insufrible. Dirigió la vista discretamente hacia abajo, entre los pies del muchacho, y vio ahí, en el suelo, la mochila de éste. ‘¡Ah, ya caigo!’ pensó Cleven, sorprendida. Había reconocido esa mochila negra, llena de pintadas con típex, llaveros colgando... ‘Este tío es de mi clase’ recordó. En efecto, se acordaba de él, vagamente. Era nuevo en su clase, y no pudo afirmar si era nuevo en el instituto o había estado antes en otra clase de su mismo curso. No recordaba haberlo visto antaño, por lo que supuso que sí, era nuevo en el instituto. Intentó recordar su nombre, mencionado el primer día de clase junto con los de los otros nuevos alumnos.
Cleven miró hacia otro lado, pensativa, lo tenía en la punta de la lengua. El chico, a su vez, miró hacia el lado contrario, pasivo. Así fueron pasando los minutos, y las paradas. Cada vez el vagón estaba más vacío, y Cleven seguía mirando hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados, como si fuera a encontrar el nombre que estaba buscando escrito en las paredes, techo y suelo del vagón. Lo sabía, juraría que sabía el nombre. Se mordió la lengua y cerró los ojos. Por un momento se sintió estúpida, ensimismada por recordar un simple nombre de un simple chico de su clase, pero entonces...
--¡Ah, Kyosuke!—exclamó de tal manera, dándose un puñetazo en la palma de la mano, que todos los presentes en el vagón se la quedaron mirando en un breve periodo de tiempo, sobresaltados.
Cleven giró la cabeza hacia su derecha como una bala, y se cruzó con la mirada del muchacho clavada en ella, aunque seguía de brazos cruzados. Había dado en el clavo, había pronunciado su nombre, y se sintió avergonzada de haberlo proclamado a los cuatro vientos de aquella manera. Seguro que lo había asustado, porque el chico no desviaba la vista. Cleven fue a mirar a otro lado, como si no hubiese pasado nada, pero no pudo. Se quedó observándole, sin poder reaccionar. Los ojos del chaval estaban fijos en ella, podía sentirlo, aunque estaban sumergidos en la sombra, bajo la capucha. No obstante, la luz del vagón, según pudo divisar, se reflejaba en su ojo derecho, desprendiendo un diminuto brillo blanco, pero no en el izquierdo. Se extrañó, porque adivinó que el otro ojo lo tenía cerrado. Aquel hecho le resultó familiar: el ojo izquierdo cerrado en la oscuridad. No pudo resolver ese enigma, pues el vagón se paró en la siguiente parada y el chico volvió la cabeza hacia atrás en una fracción de segundo, observando el andén, fuera, como si hubiese explotado una bomba al lado. Se había sobresaltado, Cleven podía notar que estaba en tensión. Confusa, miró hacia el mismo sitio, y a través del ventanal percibió, en las escaleras que bajaban al andén, a un grupo de hombres vestidos enteramente de negro, con los rostros ocultos bajo capuchas y tras los cuellos altos de sus gabardinas, bajando las escaleras a toda velocidad, con una agilidad asombrosa.
Fue entonces cuando vio que el chico, Kyosuke, cogía su mochila rápidamente, se puso en pie de un salto y salió disparado por la puerta opuesta del vagón, perdiéndose de vista escaleras arriba del otro andén. Cleven, con un nudo en la garganta, estupefacta, vio a ese grupo de hombres, media docena de ellos, entrar en el vagón y salir por el otro lado tan rápido que parecían sombras. Vio cómo seguían el mismo camino que había cogido el muchacho para salir del metro. Tenía toda la pinta de ser una persecución, y Cleven se preguntó si se trataba de una película de mafiosos o era completamente real.
Trató de recapacitar sobre lo que había pasado. Los demás ocupantes del vagón también se habían sorprendido durante la escena, pero después habían seguido con lo suyo, como si nada. Cleven, sin embargo, tenía todavía el corazón latiéndole con fuerza, más confusa que nunca.
No obstante, algo consiguió apartarla de lo sucedido de golpe. Miró a través de la ventana que tenía detrás, después de haber escuchado unas exclamaciones, y el corazón le latió con más violencia. Vio a un niño corriendo como un descosido por el andén, esquivando a la gente que caminaba por ahí con una agilidad parecida a la suya, y portaba al hombro una mochila grande, a la que aferraba como si dentro guardase su vida. Le vio sonreír, reírse de los dos agentes de la policía de Tokio que le seguían por detrás con las porras en alto, ordenándole a gritos que se detuviese.
--Ay, madre...—resopló Cleven, con desasosiego, tapándose la cara con una mano.
--¡¡Detente, niño!!—le gritaba uno de los agentes—¡¡Vuelve aquí, párate!!
El niño se rió, parecía estar divirtiéndose, mientras era observado con sorpresa por la gente que iba por el andén. ‘Por favor, no entres aquí...’ rezaba Cleven por lo bajo, muerta de la vergüenza. Tenía la cara tapada con las manos, pero para su desgracia oyó los pasos del niño adentrándose en el vagón, y acto seguido las puertas se cerraron. Oyó cómo los agentes golpeaban con las manos la puerta, lanzándole gritos de cólera al niño, amenazas y palabrotas. Al parecer el pequeño había conseguido cabrearlos a más no poder.
--Au revoir, imbéciles!—exclamó el niño haciéndoles cortes de manga a los dos agentes mientras el vagón iba avanzando—Idiotes! Je vais introduire vous les matraques pour le cul!
--¡Yenkis!—gritó Cleven hecha una furia, tirando del brazo del niño hacia sí y haciéndole caer al suelo.
El chavalín alzó la vista de sus ojos grises claros, casi cercanos al blanco, hacia la chica que tenía al lado, la que le estaba clavando una mirada fiera, lo que lo hizo estremecer. Sonrió inocentemente.
--Voulue sœur! Comment ça va?—le saludó el niño, agrandando su encantadora sonrisa.
--¡No me vengas con esas, enano!—estalló la joven amenazándole con el puño—¿¡Se puede saber qué has hecho!? ¿¡Por qué te estaban siguiendo esos maderos!?
--Néant...—murmuró, mirando a otro sitio para disimular.
--¿Qué pasa? ¿Me hablas en francés para que la gente del vagón no te entienda? ¡Respóndeme! ¿Qué has hecho esta vez?
Yenkis se la quedó mirando, sin hacer nada, sin borrar su sonrisa, sin saber qué decir. Fue entonces cuando Cleven le arrebató la mochila, la abrió y lo vio. Otra vez, cacharros de todo tipo: restos de teléfonos móviles, cables viejos, restos de otros aparatos tecnológicos, láminas de aluminio oxidadas... Toda la mochila rebosando de lo mismo. La dejó caer al suelo con brusquedad y volvió a clavar la mirada en el chico.
--¿Se puede saber qué haces con todas estas cosas? Has vuelto a entrar en la fábrica abandonada, ¿verdad? Donde hay montones de estas cosas tiradas por ahí. Es una propiedad privada todavía, ¿estás loco o qué? No puedes coger esta basura sin un permiso.
--Cleven, Cleven…—intentó tranquilizarla mientras se ponía en pie y se sacudía el pantalón del uniforme de su colegio de educación primaria—, esta basura, como tú la llamas, es muy valiosa en realidad. Todas estas pobres piezas están destinadas a formar parte del olvido, a ser inútiles, pero yo las estoy salvando de ese cruel destino—le explicó poniendo un tono dramático—. Yo las aprovecho como se merecen.
--¿Transformándolas en esos raros aparatejos que construyes? Idiota, van para reciclaje—le espetó con sarcasmo—Yenkis, un enano como tú no puede tener idea de cómo inventar aparatos útiles, tienes un estúpido hobby.
--Lo dices porque no has visto aún lo que ya tengo construido.
--Pues muéstramelo.
--No puedo, es alto secreto—le susurró poniendo un tono misterioso.
--Yenkis, que seas hijo de uno de los mejores ingenieros industriales y de telecomunicaciones del mundo no significa que tú seas uno. Sólo tienes 12 años.
--Bueno, lo que tú digas—le sonrió tan simpático, agarrándose al barrote—. Pero no le digas nada a papá.
--Huh, no creo que a ese viejo le vaya a sentar bien al corazón el saber que su hijo se dedica a escapar cada dos por tres de la policía—casi rió, con ironía.
--No me importa que sepa lo de la poli, lo que no quiero es que se entere de lo que hago con estos preciosos y destrozados aparatitos—dijo acariciando con la mejilla la mochila, mimoso.
--Otro tío raro. ¿Y si se lo cuento a papá, qué?
En ese momento vio que su hermano miraba por la ventana, hacia delante. Cleven se percató de que iban a entrar por el túnel que siempre hacía que se apagasen las luces del tren, a causa de un fallo técnico que nadie se molestaba en arreglar porque a nadie le importaba, y al volver la vista hacia su hermano, le vio cerrar su ojo izquierdo justo antes de que las luces se apagasen. Fue un momento breve, sólo se oía el ruido que emitían las ruedas del metro sobre las vías y la poca gente que quedaba en el vagón charlando de sus cosas. Por un momento se acordó del chico que había estado sentado a su lado.
Cuando volvió la luz, Yenkis volvió a mirar a su hermana, sonriéndola con simpatía.
--Pues yo le contaré a papá que en tu vocabulario, ir a estudiar toda la tarde en casa de Raven o de Nakuru significa en realidad morrearte con Kaoru y meteros mano—le soltó, risueño, y comenzó a hacer gestos sensuales, cerrando los ojos y moviendo las manos y los labios en el aire exageradamente—. Mm, sí, Kaoru... Qué lengua más larga tienes, mm... mua, mua...
¡¡CHUN!! La vena de la sien de Cleven había despertado en tan solo un segundo, apretó los dientes con rabia, roja como un tomate y le lanzó chispas por la mirada.
--¡¡Te vas a enterar, enano de mierda!!—le gritó abalanzándose sobre él, pero las puertas del vagón se abrieron de nuevo tras haberse detenido en la parada donde ambos tenían que bajarse, y Yenkis había salido disparado, riéndose a carcajadas—¡¡Te voy a cortar los morros!!—exclamó, rabiosa, corriendo tras él.
El niño salió a la calle tras haber subido la escalinata del metro, y vio que su hermana, en mitad del trayecto, tenía la lengua fuera, jadeando, agotada. Al llegar junto a su hermano recuperó el aliento y pasó olímpicamente de vengarse. Yenkis, victorioso, emprendió la marcha junto a ella.
Se encontraban en un barrio de chalets de lujo, un barrio limpio y elegante, lejos del centro de la ciudad. Todo estaba silencioso y tranquilo, como de costumbre. A Cleven le parecía la zona más aburrida de Tokio, no le gustaba nada vivir ahí. Para ir de marcha, o al cine o de tiendas siempre tenía que coger el metro y esperar media hora. Lo odiaba. Siempre había deseado vivir en plena ciudad, le gustaba el ruido, verse envuelta de gente, coches, luces. Pero era algo imposible. Con 16 años su padre no la dejaría vivir sola en un apartamento en el centro de la ciudad. No se fiaba de ella, y con razón, porque Cleven era capaz de meterse en líos con sorprendente facilidad, cosa que ella no veía así.
Por un momento, mientras caminaban por la acera y pasaban junto a un chalet limitado por un alto muro blanco y bajo los árboles que recorrían toda la calle, se le vino a la cabeza un nombre ‘Brey’. Miró al cielo, pensativa, asegurándose de que el dueño de ese nombre era el de un tío suyo. ¡Sí, era verdad! Recordó entonces, por primera vez en mucho tiempo, que tenía un tío llamado Brey, pero al que no conocía de absolutamente nada. Sólo sabía su nombre, que era un hermano de su difunta madre y que vivía en plena Shibuya. Se imaginó por unos segundos a sí misma yéndose a vivir con su tío, en la ciudad, sin tener al lado a un padre que empezaba a chochear y que no paraba de regañarla, sin estar en un barrio tan aburrido que de sólo mirarlo produjese sueño, lleno de viejos y de silencio, y sin tener encima de ella a un amago de madre, Hana, la novia de su padre desde hacía tres años, mandándole cada dos por tres que ordenase la habitación, que estudiase, que recogiera los platos cuando le tocaba, etc.
Sí, sería maravilloso, pensó. Se preguntó por qué nunca había oído hablar de su tío Brey. Era familia, al fin y al cabo, pero sólo era consciente de su existencia desde que tenía 9 años, año en que murió su madre, de una enfermedad, según le contó su padre. Pero nada más, sólo lo oyó mencionar de bocas ajenas, no recordaba dónde ni cuándo, pero sabía que tenía un tío llamado Brey Saehara. No sabía cómo era, qué edad tenía, en qué trabajaba, si estaba casado y tenía hijos... La verdad es que a Cleven le entusiasmaría muchísimo la idea de saber si tenía primos o no. Nada de nada, no obstante, le atraía la idea de irse a vivir con él, y así estaría más cerca del instituto, lo tendría todo más fácil. ‘Si es hermano de mamá, seguro que no le importará que me acople’ pensó, sonriendo para sus adentros.
--¿Estás bien?
Cleven miró a su hermano, quien le sostenía una mirada llena de preocupación. Otra vez, ya era el Yenkis de siempre. En realidad su hermano pequeño nunca solía chincharla ni pelearse con ella, nunca buscaba provocarla para reírse de ella o divertirse a su costa. La actitud que había mostrado en el metro la adoptaba una vez cada mucho tiempo, porque a Yenkis, en verdad, no le gustaba pelearse con ella ni hacerla pasarlo mal, ni chincharla. Cleven no lo comprendía, ella tenía entendido que todos los hermanos pequeños eran unos pelmazos y que sólo estaban ahí para poder pegarles voces o tortas. Su hermano no era normal, ella lo sabía. Era tan maduro como un adulto, teniendo 12 años, era algo insólito. Yenkis era un niño demasiado inteligente para su edad, maduro y con un increíble don para atraer la atención de las mujeres con su encanto.
Ese niño había sido todo su apoyo desde que murió su madre. Había sido él quien desde la muerte de Katz Saehara había cuidado de Cleven en todo momento. Nunca se había despegado de ella, no para buscar protección, sino para proteger. Realmente Yenkis era la persona que más quería Cleven en el mundo. Todos podían verle como un simple niño, pero ella sabía que era mucho más que eso. No entendía cómo su hermano pequeño podía ser tan diferente a los demás, pero no le importaba, no lo cambiaría por nada. Incluso desde hace unos años había empezado a acudir a él para contarle sus problemas, y Yenkis la había consolado. Más bien era como un hermano mayor.
--Claro que estoy bien, como una rosa—contestó al mismo tiempo que cruzaban la verja del jardín y se adentraban en la enorme casa.
--No me mientas—sonrió Yenkis volviendo la vista al frente—. Si puedo ayudarte en algo, ya sabes.
La joven le siguió con la mirada cuando éste subía las escaleras al piso de arriba y se metía en su habitación. No era un hermano pequeño normal. Pero pese a la invitación del niño, Cleven se convenció a sí misma de que no tenía ningún problema, que estaba perfectamente.
Fue a subir a su cuarto para quitarse el uniforme y ponerse más cómoda, luego pensaba pasarse el resto de la tarde en el ordenador, su pasatiempo favorito, donde chateaba con los amigos, navegaba por internet… y todas esas cosas a las que su padre llamaba pérdida de tiempo y estupideces. Al ir a dejar su chaqueta del uniforme en el perchero, al otro lado del vestíbulo, y al pasar junto a una puerta entreabierta al lado de las escaleras, oyó la frase que oía todos los días clavándose en sus oídos.
--Cleventine, ven aquí ahora mismo.
Era la voz de su padre, desde su despacho, que tenía la puerta entreabierta. No alzó la voz, pero aquel tono causaba el mismo impacto. ‘Maldición...’ masculló Cleven. Si su padre la había llamado por el nombre completo significaba que no pasaba nada bueno.
--¿Tiene que ser ahora? Estoy cansada—replicó mientras colgaba la chaqueta en el perchero.
--Que vengas aquí, te he dicho—volvió a ordenarle desde su despacho.
Cleven lanzó un largo resoplido, no tenía ni pizca de ganas de oír otro sermón, y ni si quiera sabía de qué se trataba esta vez. De mala gana entró en el amplio despacho, donde dos de las cuatro paredes, opuestas, estaban cubiertas por estanterías llenas de libros de todo tipo. En la pared de en frente a la puerta había un ventanal enorme, por donde entraba la luz gris del cielo. Su padre estaba sentado en una mesa muy grande frente al ventanal, de espaldas a él, y estaba escribiendo en varios folios que tenía sobre la mesa, con las gafas puestas y la luz de la lamparita encendida. Sobre la mesa también había montones de carpetas y dos tazas de café, además de un ordenador de última tecnología.
Su padre, en casa, encerrado en su despacho, trabajando. Era la misma escena de siempre, siempre trabajando. O si no, siempre en la empresa, también trabajando. Cleven le observó de nuevo, mientras se adentraba en la estancia. Veía en él lo mismo que todos los días. Un viejo, siempre bien peinadito, pedante, arreglado y elegante, tan sofisticado y señorito que a Cleven le daban ganas de tener otro padre. No se llevaba bien con él, porque siempre éste la estaba regañando a la mínima que hacía algo. Pensaba que su padre sólo vivía para trabajar y para disciplinar a sus hijos, nada más. Para ella no era más que un viejo despistado, algo torpe, débil, con miedo de hacerse un rasguño o de perder la cartera o el reloj de oro. Incluso su forma de hablar la ponía enferma, siempre tan educado, sin decir un taco en su vida... Le daba escalofríos. ‘Al menos no está gordo, ni tiene canas...’ pensó.
--¿Qué quieres ahora, viejo?—preguntó de mala gana, quedándose de pie al otro lado de la mesa—No tengo tiempo para...
--Borra ese tono conmigo, jovencita—la interrumpió, alzando la vista de sus papeles y mirándola por encima de sus gafas—. ¿Quién era ese chico?
--¿Eh?—se sorprendió, y empezó a ponerse nerviosa—¿Qué chico?
--Ese que estaba tan pegado a ti, en Shibuya, junto a la entrada del metro—contestó severamente.
Cleven miró a otro lado, no sabía qué podía contestarle.
--Sólo es chico, papá, más bien, es mi novio. ¿Algún problema?
--Sí, unos cuantos—terció, enfadado—. No quiero volver a verte con ese chico.
--¿Perdona?—saltó, sin poder creer lo que estaba oyendo—Oye, es mi novio, puedo hacer lo que me dé la gana con él, ¿sabes? No eres quien para meterte en mi vida.
--Soy la persona que más derecho tiene a meterse en tu vida—replicó, dejando la pluma sobre la mesa bruscamente—. ¿Qué crees que estabas haciendo con él?
--Sólo nos besábamos, lo más normal del mundo.
--Él no estaba sólo besándote, no creas que he pasado por alto dónde tenía las manos cuando os vi—dijo, alzando la voz, cada vez más enfadado—. No voy a permitir que sigas saliendo con ese chico.
--¡Pero bueno!—saltó, hecha una furia, apoyado las manos sobre la mesa con un manotazo—¿¡Quién te crees que eres!? ¡Él y yo nos queremos! ¡Llevamos tiempo ya juntos! ¡Yo puedo salir con el chico que me dé la gana!
--¡No me levantes la voz!—exclamó Neuval, aunque permaneció de brazos cruzados en su sitio—Puedes salir con quien quieras, pero con ese chico no te lo consiento.
--¡Ah! ¿No? ¿¡Y por qué razón, si puede saberse!?—preguntó.
--Porque no es más que un mujeriego, se está aprovechando de ti.
--¿Qué? ¿¡Pero qué dices!? ¿¡Tú qué sabes!? ¡Estás desvariando demasiado, viejo! ¡Él me quiere, y yo a él, y ni siquiera le conoces! ¿¡De qué vas!? ¡No tienes ni idea de lo que estás hablando!
--¡Te he dicho que no quiero que vuelvas a salir con ese sujeto! Sé muy bien de lo que hablo, Cleventine, no es bueno para ti.
--¡No le conoces!—repitió, encolerizada, con lágrimas en los ojos—¿¡Crees que voy a cumplir tus órdenes!? ¡Estoy harta de esta casa, lo tengo todo prohibido! ¿¡Pero qué vas a saber tú de si se está aprovechando de mí!?
--¡No permito que me hables en ese tono!
--¡No hay más que verte ti!—continuó Cleven—¡Esa arpía de Hana es 8 años más joven que tú! ¡Sólo está contigo por la pasta! ¿¡Por qué, si no, iba a estar con un viejo como tú!? ¡Eres un calzonazos, todo le que dice ella que hagas lo haces! ¡Seguro que mamá debe de odiarte por haberla sustituido por una busca-tesoros después de su muerte!
Ya está. Había metido el dedo en la yaga. Se había pasado cien pueblos de la raya. Su padre se puso en pie de un salto, apoyado en la mesa, temblando de furia, mirándola con tanto enfado que daba miedo. Cleven se arrepintió de haber dicho todo eso, no era justo. Pero se había dejado llevar por la rabia. En ese momento de tenso silencio, la joven pensó que su padre iba a gritarla de todo.
--Vete de aquí—dijo sin más, con un frío susurro—. Vete a tu habitación.
Cleven permaneció un momento parada en el sitio, respirando con fuerza, pero enseguida dio media vuelta y salió del despacho, subió las escaleras y se encerró en su cuarto. Se arrepintió. Le había hecho el peor daño que podía hacerle a su padre. Sin embargo, seguía enfadada con él por haberle dicho que dejase de salir con Kaoru. Eso tampoco era justo, pero no era nada, nada comparado con la injusticia de mencionar a su madre junto a esas otras palabras delante de su padre. Se había pasado.
* * * *
Llegó la noche, y Misae, la cocinera, después de haber preparado la cena, se marchó a su casa. Hana ya había vuelto de trabajar, y los cuatro comenzaron a cenar en el comedor. Nadie decía nada. Reinaba un silencio sepulcral. Sólo Yenkis se aventuró a abrir la boca.
--He invitado al grupo a tocar en el garaje el lunes—dijo, tan risueño, mirando a su padre—. Pueden venir, ¿verdad?
Neuval alzó la mirada perdida de su plato hacia él.
--Creía que tu guitarra estaba rota.
--Sí, pero la he conseguido arreglar, no era nada grave—sonrió el niño—. Un corte por aquí, una inyección por allá…
--No hables como si fueses un médico—comentó Cleven, aún enfadada con el mundo—. Aquí el único médico de la familia es nuestro hermano mayor.
--Bueno—se encogió de hombros, y volvió a mirar a su padre—, pueden venir, ¿no?
--Sí, pero te recuerdo que a partir de cierta hora tendréis que dejar de tocar, no quiero más problemas con los vecinos.
Otro momento de silencio. Yenkis sólo pretendía romperlo y animar a los demás a hablar sobre algo, pero nada. ‘Vaya sosos...’ se dijo. No le gustaba comer con tanto callamiento. Cleven procuraba no mirar a nadie, no estaba de humor, y menos a su padre. Se sentía culpable, pero a la vez seguía enfadada con él. Hana fue consciente de que el aire estaba congelado entre los dos, y adivinó que habían vuelto a discutir. Estaba tan acostumbrada que no dijo nada al respecto.
--He admitido a un nuevo miembro en el grupo, un bajista—. Yenkis volvió a hacer su segundo intento de transformar la hora de la cena en algo mejor de lo que era.
--¿Ah, sí?—dijo Hana, mirándole con interés—¿Alguien de tu clase?
--No, es dos años mayor que yo, del cole, y toca muy bien—contestó; el momento de silencio volvió a dar señales de vida, pero Yenkis miró de nuevo a su padre con detenimiento—. ¿Sabéis cómo se llama?—preguntó, poniendo un tono de misterio, aunque sabía que el nombre sólo iba a causarle impacto a una persona.
--¿Cómo se llama, Yenkis?—preguntó su padre pasivamente, llevándose el vaso de agua a la boca.
--Daiya Miwa—contestó.
Hana y Cleven fueron las únicas que se sobresaltaron cuando Neuval empezó a toser, se había atragantado repentinamente, y Yenkis sonrió, sabía que iba a pasar eso.
--Neu, ¿estás bien?—se preocupó Hana.
--Sí, sí, sólo me he atragantado—dijo, disimulando su sorpresa.
‘Torpe’ pensó Cleven, volviendo con su plato.
--¿De qué le conoces, papi?—preguntó Yenkis, que seguía mirando a su padre con una inocencia bien fingida.
--¿Qué? No sé quién es ese tal Daiya, Yen, ¿cómo voy a conocerle de algo?—le dijo, con un tono aparentemente normal, pero miraba a Yenkis lanzándole claras advertencias para que cerrase la boca.
Yenkis lo captó y, sonriendo con astucia para sus adentros, siguió comiendo. Había conseguido pillar a su padre con las manos en la masa, que era lo que él quería.
Cleven se dio cuenta de que Yenkis y su padre habían vuelto a tener ese extraño momento en el que Yenkis le hacía unas preguntas a Neuval capaces de ponerle nervioso, aunque lo intentase disimular. Se preguntó qué clase de rollo se traían esos dos, le resultaba un tanto rara la relación que había entre su padre y su hermano. Hana no parecía darse cuenta de lo extraño de esos momentos, para ella era normal, pero para Cleven, que los conocía desde hace años, los consideraba muy misteriosos.
Poco antes de que todos acabasen de cenar, sonó el teléfono. Neuval se levantó de la silla y se dirigió al salón para cogerlo.
--¿Diga?—preguntó, metiéndose una mano en el bolsillo del pantalón del traje.
--“Neu, he de hablar contigo.”
--¿Lao?—se sorprendió al oír la voz del viejo que trabajaba con él—Te oigo ronco, ¿has estado bebiendo?
--“No, lo que pasa es que acabo de correr una maratón, y no estoy de broma.”
Neuval dejó el auricular sobre el sofá y fue rápidamente a cerrar la puerta del salón para evitar que su familia oyese algo. Volvió con premura, cogió el auricular y se sentó en el sofá.
--¿Qué ha ocurrido?—preguntó en voz baja, serio.
--“No puedo explicártelo por teléfono, puede que lo hayan pinchado, por si no lo recuerdas”—masculló, con la voz temblorosa.
En ese momento Cleven, Hana y Yenkis habían acabado de cenar. Las dos chicas se levantaron para recoger, pues les tocaba a ellas, y Cleven le lanzó una mirada de pocos amigos a Hana cuando ésta le indicó que recogiera el plato de su padre también y no solo el suyo. Hana le devolvió la misma mirada. Yenkis, mientras tanto, salió al vestíbulo, decidido. Miró hacia atrás para asegurarse de que Hana y su hermana se habían perdido de vista en la cocina, y caminó haciendo el menor ruido posible hasta la puerta cerrada del salón. Espiar a su padre, uno de sus pasatiempos favoritos. Abrió unos pocos centímetros la puerta corrediza y vio a su padre sentado en el sofá, apoyado sobre sus piernas, concentrado en lo que oía por el auricular. Pegó la oreja.
--“Necesito verte en el Yoho Pub dentro de diez minutos, porque no quiero perder mucho tiempo”—le decía el viejo.
--Lao, ¿cómo esperas que esté allí en diez minutos si no puedo coger el coche? Y el metro está cerrado. Los demás transportes públicos son igual de indiscretos.
--“De la manera más rápida y segura, hijo”—contestó como si fuera obvio—. “Abrígate, el cielo está helado esta noche.”
--Gracias por el consejo—dijo con cierto sarcasmo—. Voy para allá.
Colgó el teléfono y se apresuró a salir de la casa. Yenkis, al verlo acercarse a la puerta, pegó un brinco y fue a irse pitando de ahí. No obstante, antes de que pudiese esconderse oyó la voz de su padre antes de que éste saliera por la puerta.
--Yen—dijo sin más.
El niño se paró en seco, con los pelos de punta, le había pillado. Se dio la vuelta y miró a su padre, con un nudo en la garganta. Neuval, de pie frente a él, lo miraba con extrema seriedad. Yenkis sabía perfectamente que su padre era consciente de que lo había estado escuchando. Sin embargo, a Neuval no pareció importarle demasiado, porque fue derecho a coger su abrigo y abrió la puerta para salir. Se detuvo antes de salir por ella, y volvió a mirar a su hijo.
--Diles a Hana y a Cleven que he ido a resolver un asunto de trabajo en la empresa, procura que se lo crean—le dijo, dando media vuelta, pero al dar un paso se paró de nuevo, mirando al niño otra vez, aunque esta vez le sonreía con suspicacia—. Por cierto, ten cuidado...
Yenkis le observó, confuso, sin entender a qué se refería.
--... con Daiya Miwa. Ese nuevo amiguito tuyo no es lo que parece ser.
Después cerró la puerta tras él y reinó el silencio en el vestíbulo. Yenkis sonrió, parado en el sitio. ‘Lo sabía’ pensó. Tras unos segundos se quedó reflexivo, pensando qué podía hacer ahora para pasar el tiempo y sacar provecho a la ausencia de su padre. Volvió a sonreír, malicioso, y se metió a hurtadillas en el despacho de su padre, mientras sacaba de uno de los muchos bolsillos de sus anchos pantalones un extraño cable azul marino, en cuyos extremos había unos enchufes caseros poco peculiares. Se sentó frente al ordenador personal de su padre, frotándose las manos, y enchufó su cable.
* * * *
Neuval llegó a la zona de Ikebukuro cinco minutos antes de lo previsto. Se encontraba en una avenida que recorría toda la zona, por lo que era inmensa. Las calles estaban más vacías a esas horas de la noche, varios transeúntes caminaban bajo las luces que las iluminaban, y apenas pasaban coches por la carretera. Dirigiéndose a un lugar determinado no muy lejos de donde estaba, Neuval se abrochó el abrigo hasta arriba, pues la noche se iba enfriando por momentos. La acera estaba mojada, había seguido lloviendo durante el resto de la tarde. Iba mirando a un lado y a otro, con atención, como si temiera que un atracador apareciese de entre las sombras. Sí, tenía miedo de los atracadores, de los gamberros y demás. No parecía más que un hombre indefenso caminando por la ciudad.
Giró hacia la izquierda para adentrarse en un callejón donde predominaba la oscuridad, y se apresuró a guiñar su ojo izquierdo y a mantenerlo así, hasta que se detuvo frente a una puerta de madera, vieja y desgastada, con los cristales translúcidos por la suciedad. Miró una vez más a su alrededor, asegurándose de que no había ni un alma que pudiera verle, e ingresó dentro del local, acompañado por el chirrido que soltaron las bisagras de la puerta. Echó un vistazo a la estancia. Hacía tiempo que no iba a ese lugar, pero estaba tal y como lo recordaba, no se diferenciaba mucho al estado en el que estaba la misma puerta por la que había entrado. La pobre luz que desprendían las viejas lámparas del techo inundaban de penumbra todo el lugar, no obstante había suficiente luz, la justa, por lo que pudo abrir de nuevo su ojo.
A medida que se iba adentrando, fue pasando entre las mesas centrales, vacías y sucias. Sólo en las que estaban en los rincones o pegadas a las paredes, lo suficientemente camufladas, se encontraban hombres de aspecto un tanto tétrico, bebiendo, disfrutando de su soledad, en silencio. Al fondo, tras la barra, la parte más iluminada del local, un camarero de pelo grasiento y bastante corpulento hacía un amago de limpieza con los vasos, con un entusiasmo que daban ganas de sentir pena por él.
Fue hasta la mesa más camuflada y solitaria, donde reconoció a su viejo amigo, mirando al frente, sin ningún motivo en especial, con una copa de wisky sobre la mesa y un cigarrillo consumiéndose lentamente sobre el cenicero, mientras Lao jugueteaba con el mechero casi sin darse cuenta. Estaba nervioso.
--Con este silencio se puede dormir muy a gusto, a lo mejor me mudo aquí—le sonrió Neuval, sentándose frente a él; Lao le miró sin comprender—. Mi hija pega voces en sueños, me da miedo—le explicó, pero sólo pretendía romper un poco la tensión que había en el ambiente—. Cuéntame.
Lao se incorporó un poco en su asiento, miró a su alrededor para asegurarse de que todo bicho viviente dentro del local estuviese lo bastante trompa para que no les oyeran.
--Se trata de mi nieto—le susurró; Neuval, al oír eso, se le transformó la cara, quedándose en una mezcla de preocupación y asombro—. Esta tarde he llamado a la casa donde vive con su hermana, como de costumbre, para saber cómo les iba, pero Mei Ling me dijo que el chaval no ha vuelto a casa y que no puede contactar con él. Le dije que me llamara cuando supiese de él, pero sigo sin recibir noticias. Antes de llamarte había salido de casa para ir a la de mis nietos y hablar con Mei Ling con calma, pero los simpáticos agentes del Gobierno andaban por ahí, no sé por qué, y me fui pitando porque uno de ellos me vio, y por la cara de desconfianza que puso decidí no arriesgarme.
Se quedó en silencio, mirando a su jefe de trabajo, esperando a que dijese algo.
--¿Qué intuyes que está pasando?—preguntó Neuval seriamente.
--No estoy seguro...—suspiró, inquieto—No sé si se trata de su vida normal o de la otra que tú y yo sabemos. O simplemente ha ido a dar una vuelta con los amigos durante...—miró su reloj—... las seis horas y media de las que no se sabe nada de él, o tiene problemas con cierta gente.
--¿Crees que alguna RS la tiene tomada con él?—preguntó, alzando una ceja.
--Saquemos conclusiones de esto cuanto antes, Neuval. Kyo nunca desaparecería de repente sin antes habérselo comunicado a su hermana, y siempre lleva el móvil a disposición. Como no ha resultado ninguna de las dos cosas debe significar que tiene problemas. Sé que ya es mayorcito para cuidarse de la típica gentuza que anda por las calles con navajas y armas, así que lo único que me queda por pensar es que alguna RS anda detrás de esto. Tenemos que descubrir qué pasa antes de que le ocurra algo—dijo, mirando a Neuval con gran preocupación en sus viejos ojos.
--Tranquilo, Lao, no empecemos a pensar en esas cosas tan pronto—murmuró, rascándose la perilla, reflexivo.
Lao le dejó un momento de silencio al ver que estaba pensando en algo, y esperó, impaciente, a que dijera algo.
--Supongamos que una de las RS enemigas la ha tomado con él, que dadas las expectativas, parece lo más probable—comenzó a deducir Neuval—. ¿Qué es lo que quieren? ¿A él, o a algo que él tiene?
--Si lo quieren a él, puede ser que, o pretenden tenerlo de rehén para pedirnos algo a cambio, o para hacerle daño sin más y darnos con eso un aviso, el primer aviso en muchos años—dijo, estremeciéndose a cada palabra.
--Lao, si le han hecho daño lo habríamos sabido al instante—le tranquilizó—. Si lo tienen de rehén para pedir algo a cambio, ya nos lo habrían dicho... A no ser que haya estado huyendo y lo hayan atrapado recientemente. O eso, o sigue huyendo.
--Lo que no entiendo es cómo han podido dar con él, ahora que nuestra RS está fuera de servicio—. Neuval bajó la mirada, incómodo—. Todos estamos bien protegidos, no nos pueden localizar así como así.
Surgió otro rato de silencio, los dos permanecieron pensativos.
--¿Y si han sido los del Gobierno quienes le han descubierto, y no es cosa de una RS?—preguntó Lao.
Neuval soltó una carcajada llena de sarcasmo.
--Por favor... Los niños del Gobierno no han podido llegar tan lejos, además, también lo habríamos sabido, recuerda que Agatha está muy al tanto de las actividades del Gobierno. Es lo único a lo que se dedica, así que es probable que Agatha no sepa nada de esto. A no ser que Mei Ling se lo haya dicho...
--No, no, antes me lo dice a mí y, si no le digo nada, ella no se lo comunica a nadie más.
--Bien, mejor así—suspiró—. No quisiera meter a Agatha en más problemas, luego nos reprocha que no sabemos solucionarlos nosotros solitos.
Hubo otro momento de silencio.
--Entonces...—murmuró el viejo, dubitativo, haciendo girar su copa sobre la mesa—Nos falta por saber si Kyo está en algún lugar de Tokio, huyendo todavía de la RS que lo persigue, o si le han atrapado ya. En ese caso, ¿qué quieren de él o qué quieren de nosotros? Si no recibimos noticias significa que sigue huyendo de ellos. Es posible que se haya deshecho de su teléfono móvil y de sus datos de identidad por si acaso le cogen, ya que a través de ellos podrían dar con algunos de nosotros. Si a estas alturas no ha pedido ayuda es que cree que puede salir él solito de esto, sin embargo yo no me quedo tranquilo.
--A ver—dijo Neuval inclinándose hacia delante—. Lo primero que hay que hacer es descubrir cuál es su paradero.
--Tienes razón, vayamos paso a paso—intentó tranquilizarse a sí mismo, bebiéndose de golpe lo que le quedaba de su bebida.
--Toda la culpa de esto la tiene el rubio—masculló Neuval con desdén.
--Vaya, veo que sigues odiando a ese chico—comentó Lao con naturalidad, pero miraba a su amigo con desaprobación por lo que había dicho.
--Ese impresentable es el Guardián de Tokio, se supone que tiene el deber de tener vigilados a los demás—gruñó, poniéndose de mal humor, intentando no elevar mucho la voz—. ¿Cuánto te apuestas a que no tiene ni idea de lo que ha pasado con tu nieto? ¿Quién demonios le nombró Guardián de Tokio cuando nuestra RS se pasó al exilio?
--Fuiste tú—le cortó, con una mueca de burla; Neuval pegó un suspiro de cansancio, cerrando los ojos y apoyándose contra el respaldo—. Y a juzgar por cómo le sigues odiando deduzco que te diste un gran golpe en la cabeza cuando le diste ese cargo.
--Mira, Lao...—resopló—Que el rubio se encargue de esto contigo. Es su misión aquí, pero como se trata de tu nieto supongo que tú también querrás estar involucrado.
--¿Tú no vas a ayudarme?—preguntó, serio.
Neuval le miró en silencio, y bajó la mirada.
--No me hagas esto—murmuró—. Sabes perfectamente que desde que murió Katz, por nada en el mundo quiero volver a esa vida. Te ruego que no me metas en esto si realmente no necesitas mi ayuda. Ya he tenido suficiente—dijo, levantándose de la silla, y Lao adivinó que iba a marcharse.
--Neu...
--Contacta con el rubio y cuéntale lo que sucede—le dijo, parándose a mitad del trayecto, sin siquiera volverse—. Si necesitáis recurrir a alguien más, ponedme en el último lugar, por favor.
Lao lo vio marcharse por la puerta, y se quedó solo, rodeado de cinco borrachos somnolientos y de un camarero que iba por el mismo camino, bebiéndose una botella entera de su propia cosecha.