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"Dolce Inferno" por Luxuria

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Notas del capítulo:

Siento haber tardado tanto en subir el siguiente capítulo. Hace bastante que lo tenía escrito pero estoy sin internet y me es imposible conectarme :( en septiembre se supone q ya vuelve a ir todo bien definitivamente(espero porque vaya racha...) el caso es que aquí lo tenéis. me voy de vacaciones así que estaré unas dos semanas fuera pero como tampoco me puedo conectar...en fin, q yo sigo escribiendo aunque sea en mi cuaderno

me gustaría pediros un favor. Esta historia ha sido seleccionada como candidata a la mejor blognovela de fantasía pero para ganar necesito vuestro voto. El plazo para votar dura hasta la medianoche del 28 de agosto(hora de España).

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¡Muchas gracias!!
 

PdE 22: Nada es lo que parece

Cuando Caín regresó a su castillo no sabía cómo actuar. Se sentía débil, como si aún estuviese sumergido en un extraño sueño. Todavía tenía muy reciente la visión de su voluptuoso cuerpo tendido sobre él sometiéndole a sus besos y caricias. ¿Por qué el destino era tan cruel? Podía oír la despiadada risa de éste regocijándose de sus reversados entramados. Tenía que haberla matado el primer día que la había conocido, por insolente. Su inocente y frágil apariencia le había engañado. Su cálida sonrisa le había hecho confiar en ella. Por su culpa no sólo se había distanciado de Ireth, sino que sus motivaciones se veían ofuscadas. Matar a su hermano había sido su obsesión, la primera meta que se había marcado para seguir adelante por muchas veces que tropezara y cayera. Ahora resultaba que aquel que tanto ansiaba matar era aquella encantadora criatura que le había acogido a pesar de su monstruoso aspecto. La había dejado marchar porque si no lo hacía tendría que matarla. Cuando el corazón duda, la fuerza y valentía también menguan alimentadas por la confusión y la incertidumbre.

Samael se encontraba acomodado sobre un gran sillón tapizado en brocado de láminas plateadas, desde donde observaba de reojo al diablo.
—¿Por qué estás tan enojado, hijo mío?
—No es asunto tuyo.
—Los asuntos de un hijo son los asuntos de un padre.
—Yo no tengo padres.
—Ahora resulta que naciste por generación espontánea.
—Ése es el único lazo que nos une, pero es un lazo demasiado fino y hace tiempo que lo cortasteis. Un ser que lo único que hace es utilizarme no es mi padre.
—No tengo ganas de discutir sobre eso. Algún día tu madre y tú os daréis cuenta de todo lo que he hecho por vosotros y entonces me entenderás y quizás enjuagarás tus ojos con lágrimas arrepentidas por tu obcecamiento —Caín no le estaba escuchando. Aquel chico no tenía remedio, pero Samael sabía muy bien como funcionaba su mente—. No ha pasado apenas una hora desde que la viste por última vez y ya la echas de menos.
—Ya te he dicho que me dejes en paz y deja también de espiarme.
—Si tanto te molesta será por algo. ¿No será que realmente la amas?
—Por supuesto que no la amo. No soy tan idiota.
—Amar no es de idiotas. Lo que ocurre es que te niegas a aceptar la realidad.
—Te he dicho que no la amo. Sé perfectamente lo que siento, tú puedes pensar lo que te dé la gana.
—Deberías prestar más atención a aquellos que son mayores y más sabios que tú. Estás loco por ella. La sola idea de su ausencia ya produce en ti un miedo irracional. Tu alma la anhela, Caín.
—Maldita sea, Zadquiel no puede haber sido tan astuta. Ya no puedo confiar en nadie…
—¿Me vas a contar qué ha pasado? No te he seguido hasta tan lejos.
—Ya te he dicho que no es asunto tuyo.
—Tras todos estos años parece mentira que no sepas reconocer una orden —tras esa falsa tranquilidad que empleaba al hablar Caín reconoció la amenaza. Había mencionado esas palabras mirando hacia arriba, hacia donde Ireth se encontraba. El diablo captó la indirecta.
—…Es la reencarnación de Mikael…
Samael dejó escapar una profunda carcajada a la que Caín correspondió con una mirada inquisitiva.
—Bueno, tampoco hay mucha diferencia de ser su tío a su hermano. Para ti lo del incesto no es ningún inconveniente.
—Sabes lo que pienso de Mikael.
—Mikael no recordaba nada de su vida anterior, no sabía quién eras.
—Me da igual. Estoy cansado de sufrir un castigo por un crimen que no cometí.
—Entonces secuéstrala. Tráemela a Infernalia, Caín. Por cierto, hablando de secuestros, sigo interesado todavía en Gabriel. Ya te dije que si me lo traes devolveré a Ireth a la normalidad.
—¿Para qué le quieres? Es el hijo de Belial.
—Por eso. A la larga nos traerá problemas. Te traerá problemas a ti. Ya sabes por qué.
—¿Qué sabes de él?
—Ya te lo conté una vez: es el descendiente de Lucifer más directo que queda a parte de su hermana que ni siquiera es demonio. Sólo puede traer problemas. Yo también tengo cuentas pendientes con el señor de las seis alas.
Caín posó su mirada en las cuatro angelicales alas que adornaban la figura de Samael. A pesar de haberse pasado al bando de los demonios seguía conservando su apariencia de ángel, con sus níveas plumas adornadas con finas cadenas de color púrpura. En los huecos que había entre unas y otras sabía que en otro tiempo habían resplandecido cuatro alas más. Ahora tan sólo quedaba de ellas una cicatriz en la espalda del Caído. Algo había pasado entre Metatrón, Lucifer y él, aunque Caín desconocía la historia completa. Samael se paseó por la habitación hasta detenerse ante el sable del demonio que yacía apoyado contra la pared. Lo sostuvo entre sus manos y unas runas se iluminaron sobre la hoja. Samael emitió una amplia sonrisa.
—Quién iba a imaginar que acabarías siendo el espíritu de la espada de un diablo. La vida nos trae muchas sorpresas, ¿eh Uriel? —le comentó al mandoble. Éste se inmaterializó de sus manos para reaparecer en las de su dueño.
—No toques mis cosas —Caín había adoptado un tono bastante brusco.
—No hace falta que te pongas así. De todas formas tengo que irme ya. Tú verás qué haces. Pero quiero que te quede bien clara una cosa: no vas a conseguir nada enfrentándote al mundo entero. Tu existencia está maldita, no deberías ni existir puesto que sólo puedes traer dolor y desgracias. Así que deja de jugar al adolescente rebelde y sé consciente de tu situación.

***

Amara se sentía extraña, como si hubiese dejado atrás algo muy valioso y necesitase volver hacia atrás para recuperarlo. Ahora se sentía incompleta, pero no iba a retroceder. Había hecho una promesa y la decisión ya estaba tomada, era demasiado tarde para arrepentirse. En sus manos se materializó la figura de cristal de Miranda. La pareja seguía inmersa en su eterna danza. Los últimos rayos nocturnos envolvían a la figurita y si cerraba los ojos Amara podía incluso escuchar la melodía danzante. Aquel diablo la confundía. Se encontraba tan inmersa tratando de poner en orden las ideas de su confuso corazón que no se percató de la llegada del arcángel del Rayo Verde.
—¿De dónde vienes?
La joven dio un pequeño respingo y rápidamente se adecentó como pudo. Raphael la estudió de arriba a abajo. Su vestido aún no se había secado por completo y la húmeda y ensangrentada tela seguía pegada su cuerpo. Los inmutables iris del arcángel quedaron atrapados en la telaraña de barro que trepaba por el tejido desde los raídos bajos.
—He estado en la playa, entrenando—improvisó rápidamente. En cierta parte era verdad.
Para Raphael no fue suficiente aquella respuesta.
—Conozco demasiado bien la composición de la arena de esta playa. La tierra de tu vestido no pertenece a esta isla —proclamó señalando los embarrados bajos.
Amara permaneció en silencio. No sabía qué podía añadir salvo la verdad.
—Tenía un asunto importante que aclarar, pero ya está, ya no volveré a traicionaros nunca más.
Raphael negó con la cabeza a la vez que dejaba escapar un abatido suspiro.
—Tu pecadora alma se siente culpable. Estás confusa, Amara, y tus propios pensamientos se te descontrolan llegando a mi mente. Así no será muy difícil que te descubran.
Amara recordó de golpe todo lo que había averiguado hasta entonces y por fin se decidió a formular las preguntas que hacían mella en su interior.
—Raphael, necesito que me hables de Mikael y Zadquiel, dime todo lo que sepas. Tengo derecho a saber la verdad completa de una vez por todas.
—Es mejor que sigas sin saberlo. Acabo de decir que estás inestable, Serafiel podría enterarse de todo con un simple vistazo pues transmites más imágenes de lo que pretendes.
—Una vez usé el rayo violeta de la transmutación por lo que llegué a pensar que pertenecería a ese coro, pero también puedo usar el fuego azul y hoy mismo he usado el rayo verde de la vida.
—Los elohim tenéis poderes sorprendentes. Veo que no queda más remedio —sentenció tras una profunda pausa.
La muchacha le miró interrogante y con una chispa de esperanza brillando en sus pupilas. Entonces Raphael extendió su brazo y el Caduceo de Hermes apareció entre sus dedos. Amara quedó paralizada por la intensidad de las esmeraldas que las dos serpientes enroscadas en torno al magnífico bastón poseían como ojos. Las piedras preciosas comenzaron a desprender una potente luz verdosa y los ofidios cobraron vida transformando sus doradas y metálicas escamas en láminas del mismo color que la luz que las dotaba de vitalidad. Las serpientes reptaron por las piernas de Amara mientras ésta seguía paralizada por el terror. Enroscaron sus anillos en torno a su cuerpo y clavaron sus bífidos colmillos entre el akasha de sus omóplatos. La chica gritó, aunque ya era demasiado tarde pues el veneno fluía dentro de sus venas, mezclándose rápidamente con su sangre. Se trataba de un líquido muy frío y desagradable. Se desfalleció. Raphael la sostuvo entre sus brazos para salvarla de la caída y la llevó hasta su habitación, depositándola cuidadosamente sobre las sábanas de franela. La dejó soñando y ella soñó. Soñó con Caín reviviendo todos los momentos que había pasado junto a él. Sin embargo, a medida que los sueños se sucedían, la figura del diablo se iba desvaneciendo poco a poco y pronto no era más que un pequeño montón de polvo brillante. Una susurrante voz en su mente la incitaba a deshacerse de sus restos y ella, hipnotizada por ese veneno, así lo hizo. Juntó con sus manos el polvo estelar y dejó que se escurriese entre sus dedos, siendo tragado por las negras aguas del oscuro mar. Las cadenas de Leteo habían sellado sus recuerdos.

La luz del nuevo día la despertó. Había estado tiritando toda la noche, pero ahora su cuerpo se encontraba sumido en una reconfortante calidez. Cuando abrió los ojos por completo, para su sorpresa se encontró con Nathan, que estaba sentado en un taburete junto a ella sonriendo como era característico en él.
—Me alegro de que estés bien, Bella Durmiente. Raphael me ha pedido que cuidase de ti y ya me estaba preocupando.
—¿Raphael?
La muchacha hizo un esfuerzo por recordar lo que había pasado, pero fue incapaz. Lo último que recordaba era unas pesadillas que había tenido con serpientes, pero más allá de eso había un vacío que no lograba llenar.
—Te encontró desmayada en la costa, pero no temas, ya ha pasado todo —la consoló.
—Es extraño—respondió ella aún haciendo esfuerzos por comprender lo que había pasado— pero siento como si me hubiesen arrancado parte de mí, una parte muy importante, además.
—Has pasado una mala noche llena de pesadillas, es normal que te sientas así.
Raphael se había encargado de hablar previamente con el chico. Le contó que ella había roto su relación con aquel bastardo de Caín y que por su propia seguridad y con la aprobación de ella, había procedido a borrarle todos sus recuerdos relacionados con el diablo. De ahora en adelante sería él, Nathanael, el que cuidaría de ella. Amara asintió mientras su amigo le ayudaba a incorporarse, pensando que lo más lógico eran las palabras del elemental.
—¿Qué hora es? —le preguntó a su compañero.
—Ya es prácticamente mediodía, pero no te preocupes por las clases, hoy es sábado, así que no nos estamos perdiendo nada.


Durante los siguientes días Amara pudo recordar lo que era la felicidad. Apenas se separaba de Nathan, pero es que el joven ángel sabía cómo arrancarle alguna sonrisa constantemente, y no se sentía tan cómoda, apreciada y segura como cuando estaba junto a él. Hacían carreras y jugaban con la forma de las esponjosas nubes. Otras veces simplemente daban un paseo tranquilo perdiéndose entre la abundante vegetación de la selva, introduciendo los pies en las cristalinas aguas y dejándose envolver por el manto de la maravillosa naturaleza. Y otras, desafiaban al volcán. Lo único que ensombrecía sus corazones era la atmósfera de miedo y preocupación que se estaba formando pues las desapariciones no habían acabado. La explicación que se les daba era bastante simple: ángeles que desobedecían las normas metiéndose en problemas y por tanto no era de extrañar que los diablos les matasen. Los amigos de Nathan se veían muy interesados en averiguar más cosas y se la pasaban entrevistando a la gente, pero no conseguían sacar nada en claro. De todas formas, Nathan hacía que se le olvidasen estas cosas. Y aún así había algo inexplicable que la azoraba. Las noches de los días impares sentía que la luna la llamaba. Era extraño, pero sentía la obligación de acudir a esa llamada. El problema era que no sabía a dónde tenía que acudir ni el porqué. A veces aquello la angustiaba demasiado. Le hacía sentir como que aquella aparente felicidad era artificial y en cualquier momento desaparecería dando lugar a la cruda realidad. Se sentía perseguida por el viento, acusándola de no estar donde debería encontrarse. Entonces acudía a Nathan y él la reconfortaba con el abrazo de sus blancas alas y todas sus paranoias desaparecían.


Caín no cesó de acudir a las citas, como dictaba el pacto. Intentó contactar mentalmente con el ángel, mas una sagrada fuerza se lo impedía. Envió a Claudia a investigar y ésta le aseguró que la chica se había olvidado por completo de él. Caín no podía, no quería creerlo. No podía haberse olvidado tan fácilmente de él después de todo lo que había pasado. Claudia también le avisó de que no fuese a la isla. Serafiel y los arcángeles le estaban esperando y si iba caería inevitablemente en alguna trampa. A Caín eso le daba igual, pero Claudia consiguió insistir lo suficiente para detenerle. Tenía que comenzar a olvidarse de Amara y concentrarse en Ireth. Si le entregaba a Gabriel a ese condenado de Samael la devolvería a la normalidad. Tampoco perdía nada por intentarlo. Todo iría bien mientras Ireth no descubriese que él era su hermano. Su retorcida mente comenzó a maquinar.


***

A medida que el examen se iba acercando, el entrenamiento de Nathan también se había intensificado, sobretodo por las noches. Amara lo respetaba por lo que le dejaba tranquilo. Eran las doce en punto, medianoche, y Amara se paseaba por los jardines del hotel. Aquella madrugada la luna había decidido no hacer acto de presencia, por lo que era una noche oscura, pero tranquila. La piscina brillaba iluminada por varios focos de luz blanca. El resto del jardín tampoco estaba completamente a oscuras: de vez en cuando pasaba algún vigilante de la Inquisición y también había más focos colocados estratégicamente a modo de guirnaldas de luz verde, roja y violeta. Aún así tan sólo se trataba de luz artificial. Amara sabía que en los rincones más insólitos del Planeta Azul existían seres cuya propia piel era fluorescente: gusanos de luz, hongos, plantas acuáticas…
Ancel se encontraba clavado rígidamente sobre el borde de la piscina. Permanecía muy quieto y con la mirada fija en las suaves ondas que la depuradora producía. Amara se acercó a saludarle. Él se sobresaltó al sentir una mano en su hombro, pero se tranquilizó cuando vio de quien se trataba.
—Siento haberte asustado… —musitó ella tímidamente.
—No ha sido nada. Lo que pasa es que estaba concentrándome, por eso no te sentí llegar.
—¿Estás entrenando?
—Eso intento.
Amara posó sus grandes ojos azulones primero en el chico y después en la gran masa de agua que se extendía ante ellos.
—Ya veo. Entonces déjame ayudarte.
—Ya es demasiado embarazoso de por sí como para además permitir que me ayudes.
—…Aunque lo que voy a hacer es más típico de Evanth.
La muchacha sonrió ladeando la cabeza inocentemente y momentos después empujó el cuerpo del joven ángel que se tambaleó y cayó sobre el agua farfullando un surtido de improperios que se entrecortaban por el agua que tragaba.
—Cuanto más nervioso te pongas más agua tragarás. Cálmate, ésta es la parte donde menos cubre por lo que deberías hacer pie perfectamente.
Ancel dejó de agitarse y cuando sus pies palparon el fondo se tranquilizó.
—¿Por qué has hecho eso? —la regañó.
Ella se acuclilló junto al borde para hablar con él mejor.
—He tenido que hacerlo. Podría llegar la nueva era y tú seguirías aquí clavado como una estaca.
—¿Y qué estás haciendo tú aquí?
—Esperar a que Nathan regrese de entrenar.
Ancel asintió.
—Me alegro que hayáis arreglado lo que sea que ocurrió entre vosotros.
—Yo también, aunque no logro recordar exactamente qué pasó…Por cierto, ¿y Yael?
—Se ha quedado imprimiendo las últimas páginas del periódico de este mes. Ya sabes que tenemos que contar todo lo que ocurre durante el Entrenamiento.
—Ya estáis de nuevo atentando contra la intimid… —calló de repente al percibir unos brazos rodeándola y elevándola en el aire. Amara gritó y forcejeó, pero al final nada pudo salvarla de ser zambullida en la piscina. Cuando emergió a la superficie se encontró con el rostro de Yael que se reía a carcajadas.
—¿Tú no tenías mucho trabajo que hacer? —le reprochó Amara
—La tecnología de los humanos deja mucho que desear. La impresora imprime a un ritmo que desespera.
Amara le salpicó.
—¡Ey! ¡Que llevo colgando del cuello la cámara! Ni se os ocurra mojarme —les advirtió al adivinar las intenciones de ambos pues Ancel ya le estaba susurrando algo a Amara.
—¿De dónde habéis sacado esos aparatos? Las ciudades humanas que he visitado desconocen la tecnología y están atrasadísimos.
—Son de unas islas del este— le contó Ancel—. Están cubiertas complemente por unas cúpulas y allí la Inquisición no tiene influencia, aunque son aliados. Tienen su propia forma de vida y están bastante desarrollados, aunque tampoco son nada del otro mundo.
—Ajá. Pues tú te lo pierdes—le dijo Amara dirigiéndose nuevamente a Yael—porque está buenísima el agua. Vamos a nadar un poco más allá, Ancel—exclamó señalando el otro lado de la piscina.
Ancel fingió no haber escuchado nada. Amara echó unas brazadas y buceó unos metros, pero cuando vio que no la seguía se detuvo.
—Es agua salada —exclamó con una mueca—. Es imposible que te ahogues, Ancel. Además, aquí no hay vampiros acuáticos que puedan atacarte.
Ancel captó la ironía.
—Eso es porque es agua del mar que le habrán echado algo químico para mantenerla limpia —aclaró Yael—. Seguramente cloro.
—¡¿Cloro?! —gritó asustado Ancel
—Tranquilo, ya sabes que el cloro de la Tierra no es el mismo que el del Cielo. El cloro que conocemos es un gas muy voluble ya que sus partículas están muy separadas y por tanto penetran con facilidad en nuestras células, modificando las reacciones metabólicas. Sin embargo, las moléculas de cloro aquí están más unidas, no corremos ningún peligro —le tranquilizó Amara.
—Eso ya lo sabía. ¡Sólo estaba tratando de asustarte! —sus palabras no sonaron muy convincentes por lo que decidió dejar el tema—. Oye, Amara. Tu pelo se ha vuelto de colorines.
—¡Ah, esto! Pasa siempre que se moja —aclaró ruborizada
—Es algo bastante extraño. ¡Podríamos publicarlo en la sección de secretos! —proclamó Yael emocionado.
Amara le dirigió una mirada que dejaba bien claro que no era una buena idea.
—Vale, vale. Sólo era una idea.
—Una idea bastante mala.
—A veces das miedo.
Amara se relajó y dejó su cuerpo flotando libremente. Siempre le había gustado contemplar el inmenso manto estrellado. El que se observaba desde allí era bastante diferente al que estaba acostumbrada. Desde que sentía aquella extraña sensación le había cogido miedo a mirarlo, pues la llamada de la luna la inquietaba. Y después estaban aquellos ojos grises.
—¿Ocurre algo? —le preguntó Ancel.
Ella tardó en responder. No podía decirles que el eco del viento susurraba su nombre.
—No es nada. Lo único que a veces siento que la luna ejerce una gran influencia sobre mí, como si tratara de decirme algo. Pero son tonterías mías.
—Bueno, pero hoy hay luna nueva, es decir, no hay luna —dijo Ancel que también había elevado la vista hacia el cielo.
—Quizás eres un ángel de la noche—apuntó Yael—. Los ángeles del Rayo Blanco suelen sentirse más poderosos con la luna. A lo mejor estás a punto de despertar tu verdadera esencia.
—O a lo mejor la has despertado ya…Los ángeles blancos tienen alas blancas, por eso quizás no te hayas dado cuenta.
—Nathan piensa que seré una virtud, aunque yo no me veo encajando en ningún coro.
—Bueno, eso es normal —aventuró nuevamente Ancel—. Yo tampoco me veo en ninguno, pero no por ello hay que pensar que no lo conseguiremos.
—¿Qué os gustaría ser si pudierais elegir? —les preguntó la chica
—La verdad es que conseguir información de los demás se me da bien y me gusta—respondió Yael—. Estaría bien trabajar como espía, además que con la gema de mi abuelo tendría ventaja.
—Esto me ha hecho recordar un sueño tonto que tenía de pequeño –Ancel dejó escapar una pequeña sonrisa al recordar la tontería del asunto—. Antes quería pertenecer al Coro de Dios, ya sabéis, a los ángeles que están colocados en La Rosa Dorada cantando sin parar.
Yael se sorprendió al escuchar estas declaraciones por parte de su amigo y comenzó a reírse a carcajada limpia.
—Pues yo no lo veo absurdo –saltó Amara—. Si ese de verdad es tu deseo deberías luchar por ello, si nos lo proponemos no hay nada que no podamos lograr.
—Por Dios, Amara, ¿para qué quiero estar toda mi existencia haciendo de sujeta paredes y elevando cánticos a un ser que probablemente no me escucharía? ¡Qué le cante Serafiel!
—Tampoco hace falta que menosprecies el sagrado trabajo de otros… —musitó ésta en un tono prácticamente inaudible—. ¿Y entonces qué te gustaría ser?
—Pues no lo sé. Mi padre pertenece a la Guardia Sagrada. Quizás mi destino sí que sea acabar de sujeta paredes.
—De todas formas no tiene mucho sentido darle vueltas a esto —añadió Yael—. No tenemos elección así que no es importante pensar en sueños tan…humanos.
El trío se quedó en un silencio inmaculado, cada uno inmerso en sus propios pensamientos.
—¿Sabéis lo que se me está ocurriendo? —decidió Amara quebrar aquel mutismo. Los otros dos la miraron, interrogantes—. ¿No podemos tomar de tus plumas, Ancel?
—Ya sabes el efecto que producen en la gente, son peligrosas, Amara.
—Cuando “comercializáis” con ellas no ponéis tantas pegas.
—¡Pero eso es diferente!
Miró a su amigo en busca de apoyo, pero la mirada de ella resultaba mucho más inquietante.
—Si algo te pasara Nathan no nos lo perdonaría nunca.
—Asumo completamente todos los riesgos y consecuencias, y si se enfada, ya me encargaré de convencerle para que os perdone.
A cada instante que transcurría parecía que los inocentes ojos de Amara se iban agrandando cada vez más. Ancel se quedó fascinado al advertir que en aquella oscura noche sin luna sus iris se habían tornado violáceos y con cada segundo que pasaba admirándolos, éstos brillaban más.



Aquella misma noche, horas más tarde, Nathan se disponía a regresar al campamento, pero unos sollozos irrumpiendo en el silencio de la tranquila noche le apartaron de su camino. Alguien estaba llorando por lo que se apresuró por averiguar de quién se trataba. Una blanca y resplandeciente figura se encontraba arrodillada sobre unos troncos apilados. Le rezaba a la luna, pero ésta se negaba a aparecer. Nathan reconoció a Evanth. Se acercó hacia ella. La joven aprendiz de ángel le escuchó y escondió su afligido rostro entre sus manos.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó tímidamente.
—No es nada…Deberías irte a descansar.
Nathan consiguió separar las manos de su rostro y se sobresaltó cuando avistó unas brillantes gotas rojas resbalando por sus mejillas.
—No te asustes. Esto es normal—le tranquilizó—. Cuando lloro mis lágrimas se congelan cortando mis lacrimales, pero me regenero rápido.
—No está bien que llores aquí tú sola. Hay desapariciones extrañas, puede ser peligroso.
La chica emitió una sonrisa franca.
—Gracias por preocuparte por mí. No temas, me las sé apañar bastante bien.
—¿Se trata de Haziel? ¿Te ha hecho algo? —aventuró Nathan.
—…Bueno… —no parecía estar muy segura de querer contárselo, aunque la calidez de sus ojos le incitaban a hacerlo.
—Prometo no decírselo a nadie.
—…Haziel…Es extraño, sé que no lo vas a entender, pero a pesar de todo no puedo odiarlo.
—¿Qué te hace?
—Más bien me obliga a hacer. No quiero disgustarle por eso a él le dejo que haga lo que quiera conmigo.
—Pues no, ahora sí que no lo entiendo —exclamó con repugnancia—. No entiendo cómo alguien como tú permite algo así.
—Él me acusa de que soy muy fría…
—¡Y tú le haces caso! No deberías dejar que haga contigo lo que quiera. Tu cuerpo es tuyo y de nadie más. Si fueses feliz no estarías aquí llorando.
—Sí que soy feliz. Cuando me sonríe créeme que soy muy feliz. ¿Tú no eres feliz cuando Amara te sonríe?
—Por eso mismo. Jamás le haría algo así a ella, antes prefiero la muerte.
Se había sonrojado al recordar el beso en el viejo teatro.
—Pero eso es porque tú eres encantador.
Evanth analizó al muchacho. Siempre contenía esa llama encendida en sus grandes pupilas. Tiempo atrás se había sentido intimidada por aquel fuego y decidió no mirarlos nunca más. Temía que si los contemplaba durante largo y tendido ella acabaría derritiéndose. Ahora que volvía a fijarse en él le parecían fascinantes. Además era realmente atractivo y de los mejores de su curso.
—Tu fuego me fascina, aunque reconozco que también me da miedo.
—Yo no debería darte miedo.
—Gracias Nathan, ahora me siento mejor. Tenía que contárselo a alguien, pero no me atrevía. Lisiel me miraría mal y los demás también.
—Pero sigo preocupado por ti.
—Hablaré con él, te lo prometo. Y si se enfada le plantaré cara. Creo que ya va siendo hora de ponerle en su sitio.
Nathan no terminaba de creerse su repentino cambio de opinión. El elemental de hielo depositó un frío beso sobre el candente moflete del chico, dejando como marca un fino velo de escarcha.
—Estaré bien, te lo prometo —le aseguró una última vez más antes de desaparecer entre las altas palmeras.
No tenía nada más que hacer allí por lo que el elemental de fuego decidió que era mejor volver, pero en vez de dirigirse directamente al campamento pensó que primero pasaría por la piscina del hotel por si Ancel seguía practicando, aunque por lo tarde que era no creía que su amigo siguiera allí. Aún así decidió probar.
Para su sorpresa se encontró con Amara y sus dos amigos tumbados en el borde de la piscina mojados, con los ojos enrojecidos y con una risilla estúpida que les impedía decir algo coherente. El primero que reparó en su presencia fue Yael que le dirigió una mirada significativa a Ancel. Los dos se incorporaron.
—Bueeeno, creo que la impresora ya habrá terminado de imprimir así que tenemos que continuar con el trabajo —exclamó el primero.
—Sí, será mejor que os dejemos a solas. A ver qué hacéis, ¿eh? —y tras darle dos palmadas en el hombro a Nathan se retiró junto con Yael.
Los habían dejado completamente solos. Las luces de la piscina y del jardín las habían apagado ya, aunque sus propios cuerpos resplandecían tenuemente por lo que no estaban sumidos en una completa oscuridad.
—No te hacía por aquí levantada a estas horas —habló primero él mientras se acuclillaba junto a ella.
Amara se levantó mientras intentaba aderezar sin saber muy bien lo que estaba haciendo su enmarañado pelo.
—Te estaba esperando —le respondió
—No hace falta que hagas estas cosas por mí.
—No lo hacía sólo por ti, sino por los dos. Me apetecía pasar un rato contigo esta noche. ¿O es que a ti no te apetece estar conmigo? —encaró adoptando un tono acusador y acercándose peligrosamente al rostro de su amigo.
—¡No digas tonterías! Sabes que me encanta estar cerca de ti.
—¿Cómo de cerca?
Aquellas palabras le arañaron lentamente el pecho. Sus cuerpos estaban demasiado próximos. Los ojos de la chica brillaban anhelantes, su postura era más que tentadora y la mueca de sus finos labios demasiado sugerente. Nathan tragó pesadamente. Todo el cuerpo le temblaba. No pudo evitar mirar por el rabillo la voluptuosa carne que asomaba sobre su escote. Para que su ropa se secara antes se la había quitado, quedándose en una especie de mini vestido de lino blanco—si es que a eso se le podía llamar “vestido”—que usaba como ropa interior. Se reprendió a sí mismo por tener aquellos pensamientos tan vulgarmente humanos. Ella le miraba ahora de forma que le estaba indicando que se apresurara, que no se demorase más. Afortunadamente para Nathan un vigilante les interrumpió. Por los colores de su uniforme pertenecía a la Inquisición.
—Ya va siendo hora de que regreséis a vuestras respectivas habitaciones —pronunció con dureza
Nathan jamás había sentido tanta vergüenza como la que estaba pasando en esos momentos. Con suerte aquel humano no recordaría su rostro ya que ángeles rubios había muchísimos. Sin embargo Amara no parecía demasiado cohibida, más bien todo lo contrario. Se había apartado del cuerpo de Nathan y ahora sus ojos estaban clavados de forma indescifrable en el guardia. Se aproximó hacia él.
,le gritó mentalmente Nathan.

El guardia se había quedado muy asombrado al ver que aquella hermosa criatura se dirigía hacia él. La contemplaba como si fuese lo más extraordinario que había visto nunca y eso a Nathan no le gustó. El aspecto de Amara en esos momentos no era el más adecuado para un ser de su condición.
—¿Cómo osa alguien de tan baja frecuencia vibratoria hablarnos de ese modo?
El inquisidor se quedó perplejo.
—Lo siento…Yo sólo estoy haciendo mi trabajo.
—¿Que lo sientes? Lástima que nosotros los ángeles no podemos usar esa excusa para salvar tu alma. Alguien como tú no puede entender los designios de los seres superiores así que no interfieras.
Tras unos momentos de vacilación el guardia asintió en silencio haciendo una pequeña reverencia con la cabeza y dio media vuelta. Cuando ya estaban a solas de nuevo, Amara volvió a dirigirse a Nathan.
—¿Por dónde íbamos? —su voz había vuelto a adoptar un cariz meloso.
Nathan se aproximó hacia ella, la tomó con cuidado entre sus brazos y echó a andar.
—¿Dónde me llevas?
—Pues he tenido tentaciones de tirarte a la piscina, pero creo que es mejor que te lleve a tu habitación.
—No entiendo. Entonces, ¿me estás rechazando?
—Ya hablaremos de esto cuando seas tú de verdad y no estés bajo el efecto de sustancias extrañas.
—¿Qué estás insinuando?
—Que te quiero y me preocupo por ti.
Al llegar a la recepción del hotel la depositó de nuevo sobre el suelo.
—Supongo que puedo confiar en que seas capaz de llegar tú solita a tu habitación. Te acostaría y arroparía en tu cama, pero no me está permitido pasar de aquí.
Ella le lanzó una última mirada de soslayo y arqueó los labios pidiéndole un beso, pero él simplemente le acarició la mejilla.
—Buenas noches, Amara.
La chica comprendió que no tenía nada que hacer y subió sin mirar atrás las escaleras. Nathan aguardó hasta perderla vista, después volvió a su tienda de campaña.


***

Zadquiel se encontraba arrodillada sobre la pequeña criatura. Se hallaba sumergida en un tranquilo sueño por lo que el arcángel no se atrevió a despertarla. Decidió abandonar la sala pues aunque le gustaría no separarse de allí, ya había pasado demasiado tiempo por ese día en el interior de aquella oscura sala. Nosferatus la estaba esperando afuera.
—Debería prohibirte que entraras en esta habitación —espetó el vampiro.
—Es uno de los motivos por los que sigo aquí así que no puedes prohibírmelo.
Nosferatus no replicó. No había venido con intención de enfadarla.
—Sabes que nunca te he exigido nada, pero esta vez necesito que hables con Caín, Zad.
Su esposa arqueó una ceja. Aquella petición resultaba surrealista procediendo de alguien tan posesivo como resultaba ser su marido.
—¿Me estás pidiendo en serio que vaya a verle? Pensaba que no querías ni que se acercara a mí.
—No te preocupes, ya he pensado sobre eso.
Con la rápida velocidad que le caracterizaba la agarró fuertemente por los brazos y la arrojó sobre dos vampiresas que habían aparecido de la nada. Éstas la sostuvieron firmemente para impedir que se moviese. Nosferatus se acercó hacia ella sin expresar sentimiento alguno en sus rígidas facciones y desgarró la túnica que cubría el curvilíneo cuerpo del ángel. Hundió sus mortíferos colmillos en sus sienes y la sangre brotó cayendo en forma de pequeños riachuelos que serpenteaban sobre su pecho desnudo. El líquido carmesí estaba dibujando extrañas marcas en su sagrado cuerpo. Zadquiel permaneció sujeta hasta que su sangre hubo resbalado por toda ella. Nosferatus la mordió una vez más para que también quedase marcada por detrás. Cuando terminó, se inclinó sobre ella y retiró el fino cabello que caía etéreamente por los hombros de su esposa y se los recogió con delicadeza.
—Así me aseguro de que no te toque. Si lo hace la sangre se correrá y yo lo advertiré. Si eso pasa vais a desear ser mortales para que un rayo os fulmine y salvaros así de lo que ocurrirá a continuación.
La sedienta mirada bicolor del temible vampiro la atemorizaba y sabía que sus amenazas no se podían tomar a la ligera. Asintió casi imperceptiblemente, pero a Nosferatus le bastó. Las vampiresas la ataviaron con una túnica de gasa negra y transparente que caía hasta el suelo.
—¿Y para qué quieres que le vea? —le preguntó decididamente, aunque ya se hacía una idea. Caín no estaba muy contento con el vampiro y había oído rumores sobre una reorganización de Infernalia. Nosferatus enarboló una siniestra mueca y un escalofrío recorrió el cuerpo del arcángel.

***

Caín regresaba de haber hablado con Agneta. Sabía que la tenía conquistada y haría lo que él le ordenase. Antes de entrar en su castillo se planteó el ir a Infernalia a intentar hablar con Zadquiel. Estaba bastante enfadado con ella por haberle utilizado. Pero primero tenía que ir a ver a Ireth. Se dirigió a su habitación para cambiarse y nada más enroscar sus dedos anillados sobre el pomo de la puerta se disparó su alarma interior. Alguien había entrado antes que él. El arcángel Zadquiel yacía recostada sobre su cama.
—Nadie tiene permiso para entrar aquí.
Los labios de ella se curvaron aún más.
—Pero necesitaba hablar contigo. Ya sabes que Nosferatus no me lo permite.
Caín se adentró en la habitación cerrando la puerta tras de sí. La estancia se encontraba en penumbras salvo la tenue luz que se atrevía a filtrarse por el gran ventanal cubierto por cortinas de seda negra semicorridas. Las sombras dibujaban un esbelto cuerpo femenino y al diablo no le pasó desapercibida la transparente vestidura de la mujer. También reparó más detenidamente en los extraños tatuajes que adornaban todo su cuerpo.
—No se fía de mí y mucho menos de ti. Nadie puede tocar mi cuerpo.
—Qué casualidad que justo iba a visitarte yo. Sabes que no tolero que me mientan y menos aún que me utilicen.
—No te he utilizado, nos hemos ayudado mutuamente. Yo necesitaba que ella comiese del Árbol del Conocimiento y tú querías verla.
—¿Y por qué necesitabas algo así?
—El Rayo Violeta necesita su objeto sagrado. La Corona de Espinas que ahora está en tu poder no sirve.
—¿Y convertir a ella en un objeto sagrado es mejor?
—Veo que sabes lo que son los objetos sagrados.
—Lilith me contó algunas cosas.
—Era la única forma posible —dijo encogiéndose de hombros.
—Entiendo que sigas cumpliendo con tu función de arcángel, pero ¿y el amor?
—Ya te lo dije. Estoy casada con Nosferatus. Mi historia con Mikael acabó hace mucho tiempo, al igual que la tuya con Lilith.
—Curiosamente ambas acabaron por culpa de Nosferatus.
Caín pudo percatarse de cómo el arcángel hundía las uñas en la mano que llevaba enguantada.
—Me sacrifiqué por proteger lo que amaba, al igual que Lucifer supuestamente lo hizo por Lilith.
—¿Qué sabes de Lucifer?
—Mikael me contó que fue incapaz de matar a Lilith porque él se lo pidió como última voluntad. Ahora está claro que Lucifer sabía con anterioridad lo que iba a pasar. Cuando tú la liberaste ella cogió el cuerpo del antiguo Satanás y lo utilizó para revivir el Infierno.
—Sí, ella me lo contó.
—Mikael y yo queríamos tener un hijo, un elohim, pero las cosas se torcieron y tuve que improvisar. Un espíritu tan poderoso como el de Mikael no moriría tan fácilmente al igual que sé que Lucifer tampoco murió. Odio a Metatrón tanto como tú. A él soy incapaz de perdonarle y eso me turba. Necesito conocer su historia, quizás así logre perdonarle.
—¿Ése es tu verdadero objetivo? ¿Descubrir lo que de verdad ocurrió?
—Sé que suena absurdo, pero los ángeles somos seres muy complicados. Jamás entenderías nuestras motivaciones. Como arcángel de la transmutación mi deber es otorgar el perdón a aquellos que lo requieren. Metatrón es el primero que lo necesita y no poder cumplir mi misión, el fin por el que fui creada, me atormenta. Quiero conocer sus verdaderos motivos para así lograr que se arrepienta y poder así perdonarle.
—Ese ser no se merece ningún perdón.
—Te equivocas, pero nunca lo entenderías.
Caín meditó sobre aquellas palabras. Bueno, que Metatrón se arrepintiese entraba en sus objetivos.
—Ahora supuestamente tendría que envenenarte. De hecho, la botella que tienes en ese mueble la he llenado de aceite de Artemisa, así que finge que bebes y cae.
—¿Y por qué iba a hacer algo así? Si de verdad esa botella estuviese envenenada Claudia me habría avisado —dijo señalando al ave que permanecía inmóvil sobre el alféizar.
—Te estoy salvando la vida, imbécil. Esos arcángeles le han hecho algo a Amara. ¡Tienes que ayudarla!
—No pienso hacer eso.
—Idiota. Pensé que intentarías leerme la mente.
Caín la observó detenidamente. No lograba comprender qué quería ella realmente. Penetró en su mente como ella le había indicado y esta vez sí que se lo permitió. Por fin entendió todo.
—Encontraré los demás fragmentos de la historia.
—Pero Nosferatus y los otros príncipes te quieren muerto.
—Samael no. Si sabes todo esto es porque Samael se lo ha debido de contar a tu marido y por tanto éste le está traicionando.
—¿Y bien?
—Llévame entonces hasta él. Si es necesario avisa a Samael…no pretendo necesitar ninguna ayuda y menos la de él, pero si no queda más remedio…Mientes muy bien, por cierto.
—Una no tiene más remedio que aprender.
—Me gustaría nombrarte a cargo del Gehena. Si te transformases en vampiro…
—No pienso permitir que nadie beba mi sangre.
—Es una pena, pero lo entiendo. De acuerdo, entonces fingiré que bebo.
Zadquiel le acercó una copa de plata y se la llenó con un líquido oscuro de una de las botellas que reposaban sobre la estantería. Ella también se sirvió una copa. Caín la olfateó primero.
—¿No tendrá aceite de Artemisa, verdad? —preguntó aún escéptico.
—En realidad se trata de una poción especial que te hará parecer desfallecido, pero seguirás consciente.
Caín miró de reojo a Claudia para terminar de asegurarse. El cuervo seguía tranquilo por lo que no había peligro.
—Por la esperanza —propuso ella elevando la copa.
—¿Esperanza?
—Claro. Tú también tienes esperanza. Es la ventaja de ser un híbrido.
Y le dedicó una sonrisa sincera. Por un momento la oscuridad que la aprisionaba aflojó sus cadenas y Caín pudo contemplar la auténtica luz de un arcángel. Elevó la copa en señal de aprobación y brindaron. Ambos se llevaron el cáliz a sus labios, pero Zadquiel no permitió que la bebida los salpicase. No cesaba de observar a Caín mientras ella fingía que bebía. Al instante el diablo se puso rígido como una piedra. La copa que sostenía en su mano resbaló y cayó estrepitosamente contra las frías losas del suelo. Los ojos se le habían abierto de par en par y parecía que en cualquier momento convulsionaría. Aquello solamente fue durante unos breves segundos, después la fuerza que poseía le abandonó y cayó desmayado sin causar tanto ruido como la copa había hecho. El veneno había surtido efecto.

 

Notas finales del capítulo :

Pobre Caín...El próximo capítulo al que le gusten los vampiros está de suerte ;) aunque no sé cuando podré subirlo :(

Ya hace más de un año que comencé a escribir esta historia!!

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