Nieve por yuukychan
Summary:

Arya regresa a Poniente donde tendrá que aprender la última lección sobre ella misma. Rodeada del pasado y por el futuro incierto tendra que buscarse un sitio en el presente y averiguar quien demonios es

 

¡20.000 visitas no me lo puede creer! XD

Haber ya sé que habrá historias con muchas más, lo sé, pero teniendo en cuenta que no creia llegar ni a las 1.000 pues como que me hace muy happy.

 

Contiene spoilers o como se escriba


CategorŪas: JUEGO DE TRONOS Personajes: Ninguno
Generos: Ninguno
Advertencias: Ninguno
Desafio:
Serie: Ninguno
CapŪtulos: 31 Finalizado: S√≠ Numero de palabras: 194263 Leido: 61968 Publicado: 15/07/2013 Actualizado: 11/10/2015

1. Capítulo 1 Yo por yuukychan

2. Capítulo 2 Fortaleza roja por yuukychan

3. Capítulo 3 Usurpadora por yuukychan

4. Capítulo 4 Bosque espeso por yuukychan

5. Capítulo 5 Comienzan los problemas por yuukychan

6. Capítulo 6 El banquete por yuukychan

7. Capítulo 7 Sorpresas y tensiones por yuukychan

8. Capitulo 8 Las Islas del hierro por yuukychan

9. Capitulo 9 Camino a Bastion Kar por yuukychan

10. Capitulo 10 Encuentro en el bosque por yuukychan

11. Capitulo 11 Torneo por yuukychan

12. Capitulo 12 El baile por yuukychan

13. Capitulo 13 Ira controlada por yuukychan

14. Capitulo 14 Viaje al norte por yuukychan

15. Capitulo 15 Enemiga o aliada I por yuukychan

16. Capitulo 16 Enemiga o aliada II por yuukychan

17. Capitulo 17 Oportunidad por yuukychan

18. Capitulo 18 El pozo por yuukychan

19. Capitulo 19 Infierno blanco por yuukychan

20. Capitulo 20 Familia por yuukychan

21. Capitulo 21 Benjen Stark por yuukychan

22. Capitulo 22 Benjen Stark II por yuukychan

23. Capitulo 23 La Reina de los Otros por yuukychan

24. Capitulo 24 El precio de la vida por yuukychan

25. Capitulo 25 Infancia por yuukychan

26. Capitulo 26 Juventud por yuukychan

27. Capitulo 27 Soledad por yuukychan

28. Capitulo 28 Vuelta a casa por yuukychan

29. Capitulo 29 Contra la espada por yuukychan

30. Capitulo 30 Corazón desvelado por yuukychan

31. Capitulo 31 Luna llena por yuukychan

Capítulo 1 Yo por yuukychan
Notas de autor:

Bueno mi primer intento de escribir sobre algo que no sea anime. Haber que tal se me da.

Las Islas del verano, un paraíso tropical lleno de luz y palmeras desde una punta a la otra; desde los escarpados acantilados del norte hasta las paradisiacas playas del sur. Una tierra ha cientos de kilómetros de poniente donde el frío, la nieve o incluso los lobos, no se conocían; jamás se habían visto. Ninguno de sus isleños los reconocería de verlos.

 

Allí, entre hogueras y flores, se celebraba el vencimiento de un asesino que se había proclamado a si mismo dueño y señor de aquellas tierras. A base de espadas y sangre había usurpado el trono del rey Kacum degollándolo delante de su gente. Su prepotencia había llegado hasta las ciudades libres, prohibiendo cualquier tipo de comercio con ellas. Había obligado a Myrenses y Pentosis, ciudadanos de Qarth y otras ciudades a brindarle honores como nuevo representante si querían seguir comerciando.

 

En aquel lugar donde el verano era eterno las celebraciones se hacían al aire libre. Bajo las hermosas estrellas si era de noche ó bajo enormes toldos rodeados de agua y palmeras sin era de día. Sobre la arena blanca, sentado entre cojines y rodeado de alfombras y sedas, descansaba el nuevo rey. Hermosas mujeres de ojos negros y piel de ébano le abanicaban mientras que la imagen de una gran diosa tras él, hecha para la ocasión, le miraba con adoración y lujuria.

 

Un enorme hombre, gordo y sudoroso, envuelto en sedas y joyas y con el pelo untado de aceites se acerco con un aire solemne y estudiado. Demasiados años a sus espaldas le habían enseñado a tratar con toda clase de personas; y si algo había aprendido es que era más difícil tratar con un solo esclavo, que con todos los reyes juntos. En definitiva estos últimos siempre se creían ser más de lo que realmente eran, simples trozos de barro a los que dar forma para que hicieran lo que él deseaba.

 

-          Espero que este “regalo” sea de su agrado mi señor. Son las mujeres más hermosas e “intocables” que yo y mis amigos – señalo al resto de invitados que sonreían desde sus asientos. – Hemos encontrado por todo el mundo. Algunas apenas han cumplido los 15 veranos. – La enorme sonrisa del magister Illyrio le hacia temblar la papada inflando sus cachetes como una vela que se infla con el viento. Dando un paso hacia el hombre se agacho todo lo que su cuerpo le permitió haciendo que su enorme barriga tensara más las lujosas sedas naranjas y verdes que cubrían su cuerpo.

 

-          Oh. Levántese amigo, levántese. Ya sabe como me gustan… los regalos, magister Illyrio. Y más si son “intocables”. – Los hombres que les rodeaban en aquella paradisiaca playa rompieron a reír. – Pero vamos a disfrutarlos un rato. ¡Bailen! – rugió con los ojos clavados en las muchachas a la vez que un par de hombres comenzaban a tocar pequeñas citaras y tambores.

 

La sonrisa de satisfacción y el deseo en los ojos del usurpador de las islas del verano brillaba como pequeñas estrellas en medio de la noche que era su cara. Los labios gordos y sensuales temblaban de excitación con el contoneo de caderas de las muchachas que bailaban para él encadenadas unas a otras, obligadas por el continuo restallar del látigo a sus espaldas. El miedo al dolor y la mutilación las hacia obedecer ciegamente. Vestidas únicamente con pedazos de seda de colores que ocultaban lo suficiente para que el deseo de cualquier hombre aumentara.

 

Con pasos ligeros e imperiosos aquel hombre, que se hacia llamar libertador de las islas, se acerco a examinar más de cerca la envoltura de sus regalos. Las telas translucidas le permitían ver los regalos escondidos que aquellas niñas-mujeres guardaban para él. El temor que sus manos las provocaba al tocarlas se reflejaba en el rostro de las muchachas que luchaban para no romper a llorar asustadas por lo que les podría pasar si lo hacían. Sentir el poder en cualquiera de sus formas le hacia alcanzar sus más oscuros deseos. Solo los ojos de una de ellas, unos ojos vívidamente azules como el océano, le miraban con orgullo, con prepotencia. Ante esos ojos sentía que el miserable era él y no aquellas esclavas.  

 

Dispuesto ha demostrare cual era su lugar, se dirigió hacia la muchacha y la manoseo el cuerpo. Acaricio sus pechos por encima de la tela hasta hincarle las uñas pero la chica seguía sin gritar, sin demostrarle miedo; su cabello rubio como el trigo maduro se movía al compas del viento impetuoso dando más fuerza a su porte. La forma de colocar los brazos, la rigidez del cuello y la dureza de su mirada. <<Más que una esclava parecía una dama de alta alcurnia>> pensó el hombre. Decido a humillarla, a demostrarle que cualquier pasado que tuviese había quedado atrás, deslizo su mano por las caderas delante de todos los hombres que había en la sala de banquetes, pero la voz de magister le detuvo justo cuando su mano llegaba a su destino.

 

-          Señor, mi señor Maken. No es mi intención interrumpir. – Su voz sumisa y temblorosa desentonaba con aquellos ojos de autosuficiencia que evitaban la mirada airada que le dirigía el usurpador. – Recuerde que es solo para sus ojos – sonrió mirándole con intención. Sabía que fibra tocar y cuando tocarla para controlar a cualquier rey. Todavía se burlaba con sus amigos de como manipulaba al rey mendigo con sus halagos y regalos y de cómo esté se creía hasta la última de sus palabras. A cambio de aguantarle un año a él y a su hermana, consiguió una gran fortuna en esclavos cuando consiguió que un caballo montara a un dragón.

 

Los ojos de Maken se suavizaron y una divertida sonrisa se dibujo en su rostro. Aquellos le iba a divertir toda la noche pensó. De un solo gesto varios guardias aparecieron con grandes lanzas de hierro y madera. Hombres tan grandes como arboles vestidos únicamente con taparrabos de lino con adornos de acero dejaban al aire unos poderosos músculos tan duros como las rocas.

 

-          Tranquilos señores. Estos hombres os escoltaran a vuestros aposentos. Ahora déjenme solo – ordeno.

 

Nadie; ni soldados, ni guardias que hicieran su ronda. La playa donde se había celebrado la pequeña fiesta estaba totalmente desértica. Solo el fulgor de las llamas los acompañaba, eso; y la luz de las estrellas que brillaba en el cielo nocturno. Con pasos cansados y torpes, Maken se sentó entre sus cojines ordenando a las muchachas que siguieran bailando. El contoneo de las caderas, el movimiento de los brazos, la agitación con la que se movía el pecho de las chicas; la lujuria se habría apoderado de él si la maldita esclava que le desafiaba bailara con el resto. Pero no, la condenada que estaba encadenada en el medio, entre dos chicas dothrakis, estaba quieta, cruzada de brazos y mirándole con desprecio.

 

-          Baila – le ordeno Maken. La chica, callada, simplemente le miraba con aquel aire de reina.  – Si quieres morir te daré ese placer. Y detrás irán el resto – dijo señalando a las demás. – No quiero un regalo a medias – sonrió.

 

Maken se levanto y desenfundo la daga que colgaba de su cinturón. La daga, una hermosa arma hecha de acero valyrio con empuñadura de huesodragon en forma de colmillo, parecía un simple cuchillo de cocina en una mano tan grande y torpe por el vino. Las chicas temblaban y algunas ya se dejaron caer llorando y suplicando en distintos idiomas; el miedo se reflejaba en cada rostro mirando con odio e impotencia a la muchacha que se negaba a aceptar su destino.

 

-          Por el Dios rojo. Agáchate y pídele perdón o nos mataran a todas – le imploro una joven castaña que se mordía las uñas hasta dejarlas en carne viva.

 

La muchacha de ojos azules seguía sin moverse. Sus ojos no se movían de aquel usurpador que se acercaba con una gran sonrisa en la boca. Aquellos dientes tan blancos como perlas y esos ojos negros como el ónice. Un hombre tan atractivo con una alma tan oscura; ahora entendía porque nadie se dio cuenta de sus intenciones. Aquella sonrisa era la que había hipnotizado a la hija del rey y la había convencido de sus buenas intenciones. Intenciones que pago caro al ver como aquel hombre mataba a su padre y después a ella. El único miembro de la familia real que logro sobrevivir fue el bastardo legitimado que no se encontraba en las islas.

 

Maken sonreía como un loco. La atractiva sonrisa de su rostro desapareció al estar más cerca de ellas.

 

-          Vais a morir todas. Y tú – dijo señalándola. – Tú vas a ser la primera.

 

El puñal brillo en el aire antes de descender. La sonrisa de Maken al no sentir atravesar la piel se borro, la chica ya no estaba. Miro su mano desconcertado; tampoco tenía el puñal. Unas suaves manos le acariciaron la nuca y el cuello y sintió el cálido aliento en su oreja.

 

-          Valar morghulis – susurro la muchacha degollándole.

 

Los ojos del hombre se abrieron de par en par llevándose las manos al cuello. Su mente todavía consciente intentaba taponar la herida, pero la sangre salía a borbotones tiñendo de rojo sus calzones de lino y manchando los cuerpos de las chicas que tenía delante. Débil, al borde de la muerte, cayó de rodillas. La muchacha que se había mostrado impasible durante toda la escena se acerco lentamente al hombre y le tumbo bocarriba. El resto de las chicas la miraban asustadas y asombradas al ver como está le cerraba los ojos rezando una última oración por él.

 

-          Valar morghulis – repitió cruzándole los brazos por encima del pecho.

 

-          Deja eso y toma – dijo una voz desde las sombras lanzándola un saquito de dinero. La luz de las antorchas reflejaron la enorme tripa del magister Illyrio incluso antes de que se acercara. – Un barco te espera en la playa del este. Vete antes de que amanezca. – La muchacha asintió tirando al suelo la hermosa daga. – Quédatela. Ese es un regalo del rey Janen, legitimo heredero de las islas del verano, por los servicios prestados.

 

Sin miramientos ni contemplaciones la muchacha limpio la daga en las ropas del muerto. Un arma como aquella era un hermoso regalo para su hogar. Ajena a las miradas implorantes del resto de las chicas se marcho perdiéndose en la oscuridad de la noche. La daba lastima saber que acabarían en casas del placer de los distintos países y lugares, pero no podía hacer nada. Ella no podía cambiar el destino. En definitiva ella no era nadie.

 

 

 

Ya amanecía cuando la chica diviso la costa de las islas del verano allá a lo lejos. Era increíble pensar que un lugar tan maravilloso no la gustase para nada. Faltaba algo en él para poder llamarlo hogar. Cansada y semidesnuda se dejo caer en la cubierta del barco para sentir los rayos del sol. No la gustaba el calor, pero prefería sentir la brisa y el olor del mar antes que encerrarse en el camarote del capitán a esperar. Los marineros al pasar junto a su lado desviaban la mirada nerviosos por la gastada moneda que brillaba en su cuello. Una simple moneda de hierro que llevaba colgada desde hacia 5 años. Durante la travesía observaba como más de uno rezaba en silencio para que no les hablase, ni les mirase, ni si quiera querían comer al lado de ella.

 

Llevaban una semana navegando por el mar cuando el capitán reunió el valor suficiente para hablar con la muchacha. La voz le temblaba al encontrarla sentada sobre la cubierta observando como el sol se ponía.

 

-          En dos días llegaremos a Braavos, mi señora. Por favor quédese en mi camarote. Le juro que no le faltara de nada. – Las palabras aunque educadas eran un claro aviso. Su presencia en cubierta comenzaba a afectar demasiado a los hombres. El miedo y el temor que sentían cuando la tenían cerca hacia que el viaje se alargara más de lo innecesario. En lo que llevaban de viaje había tenido que castigar con tres latigazos a más de un buen marinero por no cumplir bien con su trabajo.

 

-          Dos días – fue lo único que le contesto la chica.

 

Sacudiéndose la sal y el polvo del suelo se adentro dentro de los camarotes. Los hombres aliviados la habrían paso al acercase ella sin mirarle a los ojos. Incluso el viento parecía desear llevarla cuanto antes, las velas se hincharon haciendo que el barco volase por las aguas.

 

 

 

Sin dudas Braavos era una isla de comerciantes y para comerciantes. El puerto principal de la ciudad, situado justo detrás de la enorme estatua que daba la bienvenida a los barcos, estaba a rebosar de nuevos productos llegados de todas las partes del mundo. Las distintas lenguas surcaban los aires intentando regatear en todos los idiomas que conocían en busca del mejor precio. Las peleas y trifulcas llegarían después, cuando los comerciantes satisfechos se gastaran una pequeña parte del beneficio en alguna taberna de mala muerte o en los burdeles que rodeaban el puerto invitando a los marineros a gastarse la paga del mes. Niños harapientos de caras y manos sucias esperaban a las salidas para poder deslizar sus manitas curiosas y agiles en los restos que les quedaban a los pobres desgraciados que borrachos y entumecidos por el jolgorio se dejaban robar casi sin esfuerzo.

 

Allí entre esas calles era que la muchacha había pasado sus últimos cinco años. Sin despedirse del capitán, ni de nadie; bajo al puerto de Braavos. La suciedad de la calle en sus pies y la dureza de sus piedras no la importaron, había añorado hasta la última mota de polvo de aquel lugar, aunque en sus sueños seguía faltando algo. Descalza y semidesnuda camino por las calles pasando los muchísimos puentes que había construido la ciudad. Entre ellos, ríos creados por el hombre corrían transportando sobre sus aguas las mercancías que se compraban en el puerto. En cualquier otra parte del mundo ver a una mujer casi desnuda pasear con aquella tranquilidad hubiera escandalizado a la más alta nobleza, pero allí nadie reparaba en su presencia. Las cortesanas más experimentadas y famosas en todo el mundo conocido eran las de Braavos. Por lo que ver a una simple niña-mujer con aquel aspecto era tan corriente como ver cabalgar a los dothrakis por su mar de hierba. La gente que la miraba al pasar pensaba en que la muchachita sería una aprendiz de algún burdel o la favorita de alguna cortesana ya anciana que intentaba enseñarle las artes del amor.

 

Por fin, cansada y agotada del viaje, llego al enorme templo que era su hogar, su sitio, donde había conseguido ser ella misma sin ser nadie; había regresado a la Casa de Blanco y Negro. En Braavos convivían muchos tipos de dioses y culturas; desde los siete de Poniente al Dios rojo que vivía en el fuego, pero ella decidió servir en aquel templo donde todos los dioses tenían cabida. No importaba si orabas a la madre o la anciana, al guerrero o al herrero, al desconocido ó al mismísimo dios rojo, todos y cada uno de ellos era el Dios de Muchos Rostros; el Dios de la muerte. Allí, entre aquellas cuatro paredes, hombres y mujeres rezaban por el fin de alguna vida, y no siempre era la suya propia. Era en esos momentos cuando ella intervenía. Después de los duros años de aprendizaje, donde el dolor, la frustración y la ira se entremezclaban, por fin pudo entrar dentro de la hermandad. Era un hombre sin rostro.

 

La puerta chirrió a sus espaldas cuando entro en el templo. La oscuridad familiar y relajante la saludo como a una vieja amiga mientras avanzaba. No la hacia falta mirar los nichos de mármol escavados en las paredes para saber en cuales de ellos yacía una persona que suplicaba el favor del dios, lo que si la molesto fue ver como el nuevo aprendiz ganduleaba por la piscina sin atender sus obligaciones.

 

-          Tu muchacho ven – le ordeno. El chico moreno y atractivo con unos oscuros ojos del color de la madera tendría unos 15 años. Acababa de ingresar en el templo cuando ella se marcho a cumplir una misión y apenas tuvieron tiempo de presentarse.

 

-          Que quieres. – El desprecio en su voz le decía más que cualquier cosa que ella quisiera preguntarle. Pensaba que no era más que una aprendiz como él y así era como la iba a tratar.

 

-          Hay cinco personas que han pedido el favor del Dios. Atiéndelas inmediatamente – ordeno.

 

-          ¿Y quien me va a obligar? Tú, prostituta – se burlo de ella el muchacho.

 

Vio como sus  ojos, incluso en aquella oscuridad, intentaban ver los que la escasa tela le tapaba. La vergüenza se mezclo con la ira haciendo que la muchacha le abofeteara con todas sus fuerzas. El chico sorprendido por el ataque cayo al suelo con el labio sangrando.

 

-          ¿Estas loca o que? Ahora veras – grito poniéndose de pie.

 

La puerta del final se abrió dejando ver a un hombre ya envejecido por los años. Solo con ver el perfil de su rostro el muchacho bajo la mano al momento.

 

-          Dime chico ¿quién eres? – le pregunto.

 

-          Nadie, señor.

 

-          Mientes – respondieron a la vez la muchacha y el hombre. – Sigues siendo el mismo señorito malcriado que vino hace un año. Ahora vuelve a tu trabajo – le contesto el anciano.

 

-          Hombre bondadoso – saludo la muchacha. Se volvió hacia el muchacho señalando un nicho que tenían cerca. – Encárgate de tus tareas. ¿Entendido?. – La satisfacción en su rostro se habría iluminado como una antorcha sino fuera porque todos esos años la habían enseñado a controlar la más mínima de sus facciones.

 

El chico la miraba alejarse sorprendido. Solo los miembros de la hermandad tenían esa autoridad y se hablaban con aquella familiaridad, con aquel trato. Le parecía asombroso que una chica que no era más mayor que él ya fuera parte de aquella organización.

 

La muchacha siguió al anciano a través de un laberinto de pasillos construidos bajo la ciudad. Solo la luz de las antorchas iluminaba el camino que serpenteaba como una serpiente antes de ir en línea recta bajando numerosos escalones. Al final se encontraba una simple puerta de madera con extraños símbolos grabados en su marco. Alto Valyrio le dijo el anciano bondadoso la primera vez que le enseño aquel sitio. El hombre se aparto a un lado para dejarla pasar. Dos golpes en uno de los símbolos y unas palabras hicieron que la puerta se abriera sin ni siquiera tocar el pomo.

 

La muchacha entro en una habitación donde distintas mascaras colgaban de una muralla a la espera de ser utilizadas. Con mano experta y delicada se quito la que llevaba desde hacia ya varias semanas. Los recuerdos de la mujer todavía rondaban por su cabeza confundiéndolos con sus propios recuerdos; agradecía que aquello no durase más de tres días. La mujer que la había prestado su identidad durante aquella misión había sido una cortesana muy hermosa que tras enamorarse de un hombre que no la correspondía se entrego al regalo del Dios de la muerte para poder encontrar la paz.

 

Detrás de ella el hombre bondadoso contemplaba como la cortesana desaparecía para dar lugar a una muchacha que el ya no reconocía. <> pensó al ver como la niña que se había marchado aquel ultimo año había regresado siendo una joven. La cabellera castaña le llegaba hasta la cintura haciendo graciosos bucles en su espalda, el rostro alargado se había redondeado marcando unos bellos pómulos y los ojos grises antes redondos ahora se habían alargado dando una profundidad a su mirada. Pero no solo su cara había cambiado. Las formas rectas de la niñez desaparecían dejando ver una estrecha cintura y unos pechos que no se ocultaban bajo aquel pedazo de tela. <> pensó el hombre bondadoso. La miraba con tristeza, la quería como a una hija, pero la niña ya era una mujer o pronto lo sería.  

 

Ajena a los pensamientos de su maestro la muchacha se volvió sonriente hacia él enseñándole una gran bolsa cuyas monedas tintineaban con cada movimiento.

 

-          Veo que te ha sido útil – la sonrió el hombre examinando que el rostro estuviese bien colocado en su sitio, entre un anciano decrepito y un hombre picado de viruela.

 

-          Mucho. Aquí tienes el pago – le contesto entregándole la bolsa de dinero y la daga. – Es un regalo del nuevo rey por los servicios prestados.

 

-          No hacia falta. El primero de sus hijos será entregado al templo como la otra parte del pago. – El anciano examinaba con curiosidad el arma y vio como los ojos de la muchacha la miraban con adoración. – Quédatela. Te vendrá bien allá donde vas, Arya – dijo devolviéndole la daga.

 

Los ojos de Arya se abrieron al oír pronunciar su nombre cuando cogía el arma. Nadie la había vuelto a llamar por él desde que dejo Poniente.

 

-          Señor – tartamudeo sin entender.

 

Un largo suspiro se escapo de la boca del anciano antes de responderla.

 

-          Sé que eres lo que se conoce como “cambiapieles”.

 

-          Pero eso es, cierto. Pero no puedo evitarlo. Si pudiera lo haría señor. Se lo juro – la voz de Arya temblaba intentando explicarse.

 

-          Lo sé, pero no te estoy pidiendo que te vayas por ello. Lo hago porque aquí ya no tienes sitio. – Arya fue a protestar, pero la mano del hombre la detuvo. – Todos los que estamos aquí, estamos porque es nuestro sitio. Yo soy el hombre bondadoso y la niña abandonada es la niña abandonada. El hambriento es el hambriento y el señor atractivo es… eso. Pero tú no eres nadie. No eres Gata, ni Salina, ni Arry, ni ninguno de esos nombres. Eres y serás Arya Stark. Por eso debes irte.

 

 

 

Al alba el hombre bondadoso y la niña abandonada acompañaban a Arya al muelle. El único equipaje que llevaba ella era la moneda que colgaba de su cuello, la daga de acero valyrio y una gran bolsa de dinero que le había entregado su maestro. Vestía unos sencillos pantalones que había cogido del almacén y una camisa de lino tan limpia que estaba segura que el hombre que la uso tuvo que morir hace poco.

 

Con decisión y sin volver la vista atrás Arya avanzo hacia el barco. No quería mirar a ninguno de ellos después de haberla echado de esa manera. Llevaba toda la vida buscando una familia, un sitio, un hogar… y cuando por fin lo conseguía se lo volvían a arrebatar. Esta vez no habían sido su padre, los lannister, ni aquella estúpida hermandad que se escondía entre los bosques, sino el hombre en quien había confiado. Estaba harta de confiar en la gente para que luego la engañaran.

 

-          Arya – la llamo el hombre. La fuerza de la costumbre hizo que la muchacha se diera la vuelta. Ante ella vio el objeto que más había amado en el mundo. Allí, resplandeciente y hermosa como sin se acabara de forjar, estaba su “aguja”. – También lo sabía chica – dijo entregándole la espada bastarda. – Espero que te cuides y cuides los dones que te he enseñado. No olvides que aunque eres Arya Stark también sigues siendo parte de la hermandad. – El abrazo la pillo por sorpresa. En aquellos últimos cinco años no había tenido más contacto que unas palmaditas en la espalda o algún que otro beso en la mejilla.

 

-          Valar morghulis hombre bondadoso – le contesto Arya devolviéndole el abrazo. Con una sonrisa en los labios el anciano se separo de ella.

 

-          Valar dohaeris, Arya.

 

El barco se perdía entre las olas rumbo a Poniente seguido de muchos otros. Parados en el muelle sin nada más que hacer el viejo anciano y la niña abandonada observaban como el mar transportaba a uno de sus mejores miembros.

 

-          Esta seguro de lo que ha hecho – le pregunto la niña abandona al anciano. – Me preocupa lo que la pueda suceder.

 

-          Tranquila. No es solo una loba, tiene alma de líder – sonrió el anciano. – Vámonos a casa. Seguro que ese chico esta ganduleando como siempre.

 

Con paso lento el anciano caminaba sobre las duras baldosas dejando atrás el muelle y con ello los gritos de los marineros que madrugaban para salir a pescar. La niña abandonada miro como se perdía para siempre la silueta del barco antes de seguir a su maestro entre la multitud que comenzaba a concentrarse para ir al mercado.

Notas:

Que hay hasta aqui el primer capitulo.

 

 

Bye***** nos vemos

Capítulo 2 Fortaleza roja por yuukychan
Notas de autor:

Bueno aqui os traigo otro capi ya que el primero no gusto mucho XP

Notaba la dura tierra bajo sus patas y el furioso viento que amenazaba lluvia enredando su pelaje. Sus hermanos aullaban a los lejos llamándola, pero no le apetecía regresar con ellos; había vuelto a encontrar el olor de la sangre del venado con el que estaba jugando y quería seguirle hasta ver donde le llevaba. Podía oír los cascos del animal no muy lejos de ella y el olor a miedo que desprendía impregnado en todos los arbustos por los que había pasado. Al final después de recorrer unos metros Nymeria lo encontró. Medio muerto y sediento descansaba al borde de un rio esperando la muerte, esperándola a ella.

La sangre salió a borbotones de la herida abierta que le hizo en la yugular y el pobre animal cayo en el momento. Se relamía de placer al morder la jugosa carne que le manchaba todo el hocico y las patas. El gruñido de sus hermanos la molesto, como siempre aparecían después de que ella hiciera todo el trabajo y no la dejaban disfrutar de su presa. Algunos de ellos intentaron adelantarse para coger su parte y tuvo que lanzarles dos dentelladas para hacerles retroceder. Aquella era su presa y los mantendría a distancia hasta que acabara de saciarse. El dolor en la pata trasera la hizo reaccionar. Uno de los últimos lobos que se había unido a la manada, un viejo macho de color gris que por su olor venía del norte, la mordió hasta hacerla sangrar. Olvidándose de la presa clavo sus colmillos en el cuello de aquel traidor y lo mato en el acto. Era el triple de grande que cualquiera de ellos, ninguno se atrevía a usurparla el puesto y tampoco lo iba a permitir. Ya había perdido una manada hacia mucho tiempo, todavía recordaba el olor de sus hermanos de sangre y como acabaron separándose. Pero esa manada la había creado ella y no dejaría que ningún lobo solitario se hiciera con ella. El olor a humanos puso fin a aquello. Un solo gruñido y los lobos se escaparon internándose en el bosque. Nymeria se quedo un poco más, cuando distinguió el olor a muerte de la mujer desapareció con el resto. Al norte, aquella mujer iba hacia el norte y ella debía ir con ella. Allí estaba su lugar, su instinto se lo decía.

 

-          Señorita despierte. – Con un movimiento rápido Arya rozo el cuello del hombre con el filo de la daga. No estaba acostumbrada a que nadie la tocara y mucho menos la hablara con educación. Llevaba demasiados años aislada de aquel mundo de falsas cortesías y fingidos modales; y tampoco es que nunca se le dio muy bien comportarse como una dama. – Disculpe, pero ya estamos frente a Poniente. – El miedo en los ojos del hombre no se podía disimular ni con toda la tranquilidad de su voz con la que le seguía hablando.

-          Gracias – se limito a decir Arya envainando la daga. Notaba el sabor de la sangre en la boca y la piel helada como si hubiese estado toda noche a la intemperie. “Nymeria” Pensó en su loba y en el extraño sueño que tuvo. Contra más cerca estaba de Poniente más real era para ella aquellas sensaciones. “Va hacia el norte. Estoy segura que pensaba eso. Ó lo pensaba yo…”

Descubrió aquel don por casualidad. Al ver una de las más cruentas batallas reconoció el portaestandarte del león de los Lannister; a la mañana siguiente cuando el hombre bondadoso le conto que los Lannister iban hacia el norte ella ya sabía que habían ganado la batalla; las noticias llegaban tarde a Braavos. Incapaz de controlarlo y tampoco es que tuviera muchas ganas de hacerlo se dejo llevar por la alegría que le daban esas noches al poder estar con su loba. La había añorado desde el mismo día en que la obligo a marcharse para salvarla de la reina; condeno a Dama por ello y su hermana jamás se lo perdono. “Pero que otra cosa podía hacer” se reprocho a si misma.

 

El barco subió por el rio Aguas negras hasta llegar al puerto principal de Desembarco del rey. Sin importar el tiempo que pasara aquella ciudad no cambiaba lo más mínimo. Las calles de las Hermanas estaban tan concurridas de personas como siempre mientras que el castillo rojo se veía exactamente igual desde donde estaba. Desde el puerto solo se podía ver como los pájaros volaban alrededor de la torre de la mano, descendían y volvían a ascender en un extraño baile que la hipnotizaba. Cuando llego de Invernalia el olor la molestaba y la asqueaba, pero después de haber vivido en Braavos y muchas otras partes del mundo reconocía que no era de las ciudades que peor olía; simplemente olía a eso a gente, a desechos, a ciudad.

A modo de disculpa Arya entrego una moneda de oro al hombre al que casi mata y desembarco sin decir nada más, nunca se le habían dado bien las palabras. Sin saber que hacer ni a donde ir vago por las calles de la ciudad recordando cuando escapo de la fortaleza roja; como intento sobrevivir a base de desechos y de matar palomas. No la sirvió de mucho pero peor hubiera sido dejarse coger por la reina. Aunque la verdad si logro salir de la ciudad con vida fue gracias a Yoren. Un hermano de la noche que la quiso llevar hasta Invernalia y que murió en el intento. “Jamás te agradecí todo lo que hiciste por mi” se culpabilizo Arya. Yoren no solo la saco de la ciudad sino que también la rescato antes de que viera la muerte de su padre. Todavía soñaba con los abucheos de aquella gente y como intentaba silenciarlos contra el pecho del guardia de la noche. “No mires chico, no mires – le había dicho Yoren”. Pero no sirvió de mucho, el silbido del hacha se colaba en su mente cada vez que tenía oportunidad.

Llego a la plaza donde el desgraciado de Jofrey mando ejecutar a Ned Stark. “Si todavía siguieses vivo te mataría con mis propias manos” se dijo a si misma intentando controlar la rabia que sentía. Los gritos ahogados de una muchacha llegaron hasta ella entre aquel bullicio de gente. En uno de los callejones cerca del Septon dos hombres intentaban violar a una chiquilla no mucho más joven que Arya o por lo menos tirada en el suelo no se la podía distinguir mejor.

-          No te resistas más puta – le decía uno de los hombres rajándole el corpiño de seda hasta llegar a la suave piel. Su voz suave y cantarina le decían que era un trovador caído en desgracia. En un intento desesperado la muchacha intento defenderse con lo único que tenía a mano. – ¡Mierda! Esta zorra me ha mordido – grito abofeteándola haciéndola sangre en el labio y llevándose la mano a la boca.

-          No nos importara follarnos a un cadáver lo entiendes – le espeto el otro hombre acariciando su cuello con un cuchillo mientras que gotas de saliva resbalaban por la comisura de sus labios. Con la boca ensangrentada y asustada la chica asustada dejo de gritar y llorar. Lo único que deseaba era que acabaran cuanto antes con ella.

Arya se mordió el labio irritada. La fastidiaba que las mujeres no fueran capaces de defenderse. Toda su vida había escuchado a Sansa hablar de grandes caballeros de radiantes armaduras que protegían a las damiselas en peligro. Pero para variar su hermana siempre se había equivocado. Si algo le había enseñado la Casa del Blanco y Negro es que solo se puede contar con uno mismo.

-          Vaya, vaya Desembarco del rey sigue siendo la misma cloaca con las mismas ratas. – El miedo de los hombres al sentirse descubiertos desapareció al ver que quien les había hablado.

-          Mira lo que tenemos aquí Klein – dijo mirando a su compañero – una criaja envalentonada – se rio el hombre que sostenía el cuchillo. La suciedad y los harapos que llevaban eran lo único que Arya necesitaba ver para saber que aquellos hombres estaban dispuestos a todo. Lo único que les esperaba a dos vagabundos como ellos era la muerte y cuando se sabía eso cualquier tipo de miedo desaparecía. – Porque no te acercas y juegas un rato con nosotros pequeña. Seguro que te diviertes. – Levantándose con agilidad el hombre se acerco lentamente a ella cogiéndola del brazo. La facilidad con la que la había cogido le distraía de la espada que la chica escondía bajo su ropa

-          ¿Nos vais a matar acaso? – le pregunto Arya. Sin saberlo aquellos hombres estaban sellando su destino con la respuesta que le dieran.

-          Por supuesto – le susurro al oído mientras que sus manos descendían por sus pechos. – Ey Klein la niñata tiene buenas tetas no como esa.

-          Dos muertes por dos vidas – rezo palpando la daga de su cintura.

Arya se dio la vuelta y cruzo su mirada con la del hombre. “Mi vida es tu muerte y la de él la suya” se dijo a si misma cuando degolló con la daga al hombre y después la lanzo hacia el mismísimo corazón del trovador. La muchacha que estaba tirada en el suelo se levanto asustada mirando los cuerpos inertes de aquellos dos violadores. Miro su vestido empapado de sangre y luego a la chica que miraba con tranquilidad aquella escena.

-          Ten más cuidado la próxima vez – le aconsejo Arya dándose la vuelta para irse.

-          Por favor espera – le suplico la muchacha.

 

No sabia como diablos se había metido en ese sitio. Lo único que había hecho fue rescatar a una estúpida chiquilla y ahora se encontraba enfrente del gran trono de hierro a la espera de ver a la nueva reina. En Braavos había escuchado que los Lannister y los Baratheon se rindieron cuando un Targaryan regreso al poder montado en un enorme dragón negro. Curiosa y con disimulo Arya miro alrededor. Desde los días de Robert Baratheon el gran salón había cambiado mucho. Colgadas de las paredes los cráneos de los dragones presidian la sala como en la época de Aerys Targaryan. Junto a la puerta había visto a los más pequeños no más grandes que la cabeza de un gato, pero justo donde el trono estaba el más grande de todos ellos; el que llevo a Aegon el conquistador y a sus hermanas a la victoria. Pero aquello no la importaba, para ella el trono seguía siendo el mismo símbolo que mato a su padre y esas cabezas no eran más que el recuerdo del hombre que mato a su abuelo y a su tío.

“Ned Stark siempre fue un hombre de honor y por ello murió. Siempre pensé que mi padre era un héroe y un valiente, pero lo que en realidad fue un ingenuo. Un ingenuo que vivía en las antiguas historias donde todos los hombres eran buenos y las mujeres hermosas. Pero la realidad es distinta; siempre es distinta” Sus manos manchadas de sangre eran el recordatorio  viviente de ello.

El ruido de trompetas anunciando la entrada de la reina saco a Arya de sus pensamientos. Vestida con sedas y joyas la reina estaba preciosa. Su cabellera tan rubia que parecía plata estaba recogida en una elegante trenza que se enredaba con la corona de tres dragones que llevaba sobre la cabeza. Su elegancia cuando subió al trono le recordaba en cierta forma a la de Cersei Lannister, la antigua reina vigente, y la mujer a la que más odiaba.

-          Me han dicho que habéis salvado a una de mis más queridas sirvientas. ¿Cuál es vuestro nombre? – dijo la reina ocupando su lugar en el trono.

-          Ary… Arya – al principio titubeo, pero no ha´bia nada de malo en decir quien era, hasta cierto punto.

-          Bien Arya, que queréis a cambio. – El tono de Daenerys en verdad demostraba agradecimiento. Sus ojos violetas la miraban examinando cada parte de su cuerpo. “Como esta chica pudo hacer lo que me dijo Doreah” Ante ella solo veía a una muchacha de unos 15 años que ocultaba su cuerpo bajo aquellas ropas.

-          Nada, mi señora.

-          Mi reina – le interrumpió un hombre mayor que vestía una capa blanca. “Ser Barristan, el Bravo” pensó Arya al reconocer a aquel hombre de cuando espiaba a su padre en el consejo. A pesar de su edad sabía que era uno de los mejores espadas de Poniente.”Y defendió al príncipe Jofrey en vez de a mi padre” se recordó sintiendo en la garganta la bilis.

-          Nada, mi reina – repitió con tono mordaz mirando directamente al hombre.

-          Mas respeto o te arrepentirás – le amenazo Ser Barristan. Aquella muchacha le sonaba de algo y le molestaba no saber de que. Miro a su reina en busca de algún gesto, pero la mujer solo se reía por lo bajo. En el fondo aquella grosería le hacia gracia, era un viento agradable dentro de la rigidez de la corte. – Mi reina no debería reírse con las groserías de una niñata nacida en el lecho de pulgas.

Aquellas palabras hirieron el orgullo de Arya. Su maestro la hecho por no poder ser Nadie del todo, ahora sabía que era cierto, que siempre había sido Arya Stark disfrazada de Nadie y estaba orgullosa de serlo. Con la testarudez que les caracterizaba a los Stark se adelanto unos pasos para enfrentarse al caballero.

-          Ni soy una niñata, ni naci en el lecho de pulgas, Ser Barristan. Y aun de ser así, ha sido esta niñata quien ha salvado la vida de uno de vuestros ciudadanos, no ninguna capa dorada que andan por la ciudad metiéndose en más peleas de las que solucionan. Aprenda a demostrar respeto sin en verdad quiere que alguien que no sea un mequetrefe de la corte lo haga y por último si tan buen guardián del orden es aprenda a mantener a raya a sus hombres para que cumplan con su obligación.

Arya era consciente de que no solo había hablado de más, sino que se había sobrepasado bastante. En aquella sala ella no era nadie y no podía decir quien era hasta llegar a Invernalia; y encima estaba frente a un guardia real y la mismísima reina. Sin decir nada más y con una torpe reverencia se alejo hacia las puertas. Ya fuera la sorpresa de los guardias o que la reina no había dicho nada nadie la impidió marcharse.

Sin mirar atrás ni por donde iba recorrió varios patios que no reconocía donde los aprendices y palafreneros se la quedaban mirando. Puertas y escaleras se abrían a su paso, pero ninguna de ellas la llevaba donde quería ir, a la salida. Al final reconoció el enorme arco que llevaba al bosque de Dioses. Llevaba años sin hablar con los dioses de los primeros hombres, los dioses del norte, los de su padre. De pequeña siempre se sintió más a gusto entre aquellos arboles blanquecinos de hojas tan rojas como la sangre que con los siete dioses de su madre.

“Por los siete eres del norte hasta los huesos – le reprendía su madre siempre que intentaba llevarla al Septon y ella se escabullía entre los rincones del castillo”

Un latigazo de decepción cruzo su cara. Aquel no era el bosque que recordaba. El bosque de dioses de la fortaleza era un jardín cuidado y hermoso donde un solo arciano residía en el centro rodeado de flores y otros arboles. Ella añoraba el bosque de su padre. Un lugar salvaje e indómito donde solo estaban los arboles milenarios. El estanque de agua caliente estaba justo al lado del más grande de los arboles. Era allí donde su padre se sentaba a rezar mientras que ella y sus hermanos jugaban en el agua. Siendo la más pequeña era capaz de ahogar a Bran y a Robb, pero al final era siempre Jon quien tenía que rescatarla de las aguadillas de sus hermanos.

Hacia años que no pensaba en Jon, Jon Nieve. Al principio lo hacia porque le dolía pensar en su familia, pero después se dio cuenta de que era Jon, pensar en él le dolía tanto que la hacia recordar quien era ella, quien era él y donde quería estar. Todas las noches que soñaba con él deseaba estar entre sus brazos y que la abrazara, que la acariciara el pelo y la llamara hermanita. Pero cada mañana tras el sueño el hombre bondadoso sabía que no era Nadie y que volvía a ser Arya. La última noche la aviso; “de seguir así jamás entraras en la hermandad – la dijo”. A partir de esa noche cerro su corazón y su mente a los recuerdos.

El resoplido de un animal la asusto. No entendía como la temperatura subió unos cuantos grados de golpe haciéndola entrar en calor rápidamente. Consciente de pronto de que no debía estar allí Arya intento marcharse por la misma puerta por la que entro. Dio unos pasos y frente a ella descendió una enorme bestia que la miraba con curiosidad. El enorme dragón se puso ante ella desafiándola con la mirada. Las escamas de color verde y bronce brillaban con los rayos del sol moviéndose al compas de los poderosos músculos de la bestia. Un largo rugido salió del hocico de dragón obligándola a retroceder.

-          Y a ti que demonios te pasa – le grito Arya. Decir que tenía miedo era poco, había sobrepasado el punto del miedo en el mismo instante en que vio aquellos enormes colmillos. Ahora solo le quedaba la valentía de los idiotas como solían decir los guerreros que se preparaban para la guerra.

El enorme dragón tan alto como un árbol y muchísimo más ancho se acercaba a ella peligrosamente. El aliento quemaba el aire de Arya a cada paso, aun así dejo de sentir peligro. Torpe e insegura alargo la mano para tocar el hocico del animal. “Me va a dejar sin mano y aun así estoy empeñada en tocarlo” se dijo a si misma. Acaricio las escamas tan duras como el acero valyrio y sintió un cosquilleo bajo la palma. “Son fuego, puro y poderoso fuego” pensó.

-          Cogedla – oyó que gritaban varios hombres. Al mirar se dio cuenta de que muchos de guardias la había rodeado a ella y al dragón y estaban apuntando sus espadas contra ella.

“Esto me pasa por jugar con mascotas ajenas” se rio de si misma desenfundando su espada bastarda. El guardia más cercano se lanzo contra ella. Las espadas chocaron en el aire, pero no era lo mismo una espada tan delgada como la de Arya que las enormes espadas que llevaba la guardia. Estaba dispuesta a enfrentarse de nuevo pero el movimiento del dragón la llamo la atención. Un segundo después el guardia que la ataco estaba volando por los aires mientras que ella se encontraba agachada junto a una de sus patas. No entendía porque pero había sido la bestia quien la libro de seguir peleando. Uno tras otro los guardias iban cayendo por todo el jardín mientras que ella seguía en el mismo sitio. Una poderosa ala estaba sobre ella escondiéndola de los guardias mientras que zarpas, aliento y cola se movían en todas direcciones.

Rodeada de la guardia real Daenerys apareció del brazo de Ser Barristan. Sorprendida y curiosa miro alrededor hasta pararse en el dragón que era su hijo y la muchacha que se había marchado del salón.

-          No se si has venido a robar o te has perdido – la pregunto avanzando unos pasos. Con un gesto los guardias se quedaron atrás. Todos, excepto Ser Barristan que seguía a su reina a un solo paso por detrás.

-          Señora no sé explicarle. Intente encontrar la salida y mis pasos me trajeron al bosque de dioses.

-          Y veo que Rhaegal se encariño contigo. Y se encariño bastante. – La mirada que echo a los guardias que se levantaban entre quejidos y maldiciones decía más que ninguna palabra.

-          No tengo explicación. Solo lo que paso y no sé que más decirle – “bueno si, que de esta no salgo impune” pensó Arya mirando al dragón que cada vez se acercaba más a ella buscando la calidez de su mano.

-          Los dragones al igual que las personas y muchos otros animales tienen sus propios pensamientos y sentimientos – dijo Dany mirando a su dragón. En el fondo le dolía que no buscase su afecto como Viserion y Drogon. – Ahora dime que es lo que quieres. Todavía te debo un favor por salvar a mi sirvienta.

-          Mi reina – Arya no quería meter más la pata y menos después de lo que había pasado – no quiero nada. No necesito nada. Realmente estoy en la ciudad de paso, mi destino es el norte, Invernalia. – La risa de Dany la pillo desprevenida. Jamás había conocido a una reina tan extraña como aquella.

-          Mañana al alba iré a visitar a mi marido que gobierna el norte; precisamente en Invernalia. Si quieres puedes venir conmigo.

-          Pero mi reina – el gesto de Daenerys hizo que Ser Barristan se callara. Acato la orden de inmediato pero seguía mirando de manera desafiante a aquella niñata. Había algo en ella que no le gustaba, estaba seguro de conocerla de antes.

 

El calor y el aleteo de los dragones no la dejaban dormir, tampoco es que Arya tuviera ganas. Deseaba caminar y pasear por el castillo como lo había hecho de niña, pero el guardia de su puerta no era ninguno de los hombres de su padre. Aquellos murieron hacia mucho tiempo. Su mente estaba inquieta pensando quien gobernaba en Invernalia.

Su hermano Robb al igual que su lobo Viento Gris murió traicionado por los Frey, los Bolton y los Lannister. Sansa hacía mucho que no tenía noticias de ella, no sabía si seguía viva, casada y con hijos, ó había muerto que era lo más probable. Bran y Rickson eran un misterio y el último que quedaba era Jon. Jon era el bastardo de su padre por lo que su apellido era Stark, aunque siempre pensó que él y ella eran los auténticos norteños. Quería a todos sus hermanos pero Jon era diferente, era su hermano, suyo. No sabía que había sido de él, la última vez que se vieron se marchaba para el muro y jamás volvió a verle.

Con el corazón oprimido por la tristeza y diminutas lágrimas cayendo por sus mejillas al pensar en sus hermanos por fin Arya encontró el sueño que la esquivaba.

 

No había ni amanecido cuando un resoplido impaciente abraso su ventana. Arya se levanto sobresaltada de la cama con la espada en la mano. La había costado mucho que Ser Barristan no se la quitara; si la reina no llega a decir que la dejasen en paz se habría sentido desnuda sin llevar su espada y su daga con ella. El familiar rugido del dragón la tranquilizo dejando su espada sobre la cama. Al asomarse al alfeizar vio como Rhaegal dibujaba círculos en el aire hasta descender casi perpendicularmente hasta su ventana. Los tenues rayos de sol hacían brillar todavía más sus escamas verdes cegándola por un instante.

-          Madrugas demasiado y yo duermo poco – le reprocho Arya acariciándole el hocico igual que hacia con Nymeria.

-          Todavía me sorprende lo dócil que es contigo. Ni siquiera yo ni mi marido hemos sido capaz de domarlo del todo. – Dany entro en la habitación sentándose encima de la cama deshecha dejando en la puerta a Ser Barristan. Estaba claro que el caballero desconfiaba de la muchacha hasta puntos ilimitados pues no dejaba de mirar con desconfianza la espada que descansaba sobre al cama. – Al principio el más salvaje era Drogon. No era capaz de controlarlo, ni cuando era una cría. Ahora sin embargo es este el que no obedece. Acaso lo has hechizado – la sonrió apartándose delicadamente la larga melena.

-          No sabría decirle señora. – El silencio incomodaba a Arya, pero tampoco estaba segura de que palabras debía decir a una reina.

-          Desde luego que te pareces a mi marido. Tampoco habla mucho y para lo que habla nunca nos entendemos.

La risa de Dany seguía sorprendiéndola. En sus viajes había conocido los suficientes reyes como para saber que estos se creían superiores, sin embargo aquella reina era demasiado cercana con sus súbditos. No la desagradaba en absoluto, pero empezaba a temer que sospechase que ella fuera de alta alcurnia.

-          … vendrán una sirvientas a bañarte y a traerte algo de ropa. No te ofendas, pero la que llevabas apesta – dijo levantándose de la cama. Justo en la puerta se despidió con una corta inclinación de cabeza como la que hacen los reyes para despedirse.

-          Hasta luego mi reina – la contesto Arya inmediatamente haciendo una corta reverencia de chico que hizo que la risa de Dany se oyera por el pasillo.

No había escuchado toda la conversación, pero por lo menos si lo importante. Alguien vendría a asearla como cuando era niña y la cambiarían de ropa. A Arya eso la incomodaba. Odiaba los vestidos, las sedas y las telas. Siempre se había sentido como el bicho feo de la familia y que sus apodos fueran “Arya caracaballo” ó “Arya entrelospies” no la ayudaban demasiado.

Los golpes en la puerta casi la hacen esconderse como cuando era niña y huía de la Septa Mordanne. La insistencia al otro lado por fin la hizo reaccionar.

-          Perdone. Adelante

-          Pensé que usted era sorda – la sonrió una agradable mujer mayor ya con el pelo encanecido que iba acompañada de dos chicas de su edad.

-          Disculpe – fue lo único que se la ocurrió a Arya. La mujer le quito importancia con la mano mientras ordenaba a las muchachas preparar el baño.

-          La reina me ha dado unos cuantos trajes para ti. Uno de viaje para ahora y otros dos vestidos para cuando llegues a Invernalia – dijo colocando los vestidos sobre la cama.

Arya jamás entendió de ropa, eso era cosa de Sansa y de su madre, pero sin duda aquellos dos trajes de seda no solo eran solo preciosos sino que costarían un dineral. El primero de ellos era de un azul intenso con un corsé del mismo color con detalles en oro, las mangas eran de un azul más claro rematadas con ribetes de pelo blanco en los puños; aquel color le encantaba, le recordaba a su hogar. El segundo era de una rosa pálido que no dañaba a la vista sino que, como decía su madre, hacia parecer más femenina y que además tenia bordados un intricado dibujo de flores verdes en los puños y en el bajo del vestido.

-          Esto es… demasiado. Por favor decidle a la reina que no me lo merezco simplemente soy… - Arya se quedo en silencio ante la sonrisa de la anciana.

-          A la reina no le importa quien seas. Has salvado la vida de uno de sus súbditos y eso vale mucho más que estos trapos. Y ahora ven. Vamos a bañarte – dijo la mujer cogiéndola del brazo. – Si esta muy caliente avísanos.

El suspiro de placer que salió de los labios de Arya hizo reír a las muchachas que revoloteaban a su alrededor. Distraída al no darse cuenta de lo mucho que deseaba un baño no se daba cuenta de lo que hacían las chicas. Mientras que una la enjabonaba la espalda la otra le desenredaba el cabello y se lo lavaba a conciencia.

-          Tienes un cabello precioso. Me da envidia que las chicas del norte lo tengáis rizado aquí para conseguirlo tienes que hacer mil cosas y no se queda igual. – La chica hablaba tan deprisa como sus manos se movían. Entre risas y cotilleos la hizo una larga trenza que le caía por la espalda dejándole el flequillo a un lado.

-          Venga chicas que tiene que vestirse – les metió prisa la anciana con aquella sonrisa imborrable de su cara.

Arya pensó que el tercer traje seria uno para montar. Por lo que había visto de la reina dudaba mucho de que fuera de las iban en carruaje a todos lados. Se esperaba un simple pantalón de cuero con alguna camisa de tela pero lo que vio distaba mucho de ser sencillo. El pantalón de cuero estaba reforzado en lugares estratégicos y la camisa bordada con un dragón de tres cabezas en rojo a la altura del pecho se ajustaba a su cuerpo marcando cada curva de su cintura. Lo último fueron las botas de cuero con hebillas de plata que la llegaban por encima de la rodilla.

-          Estás preciosa – le dijo la mujer llevando entre sus manos el paquete con los vestidos. Arya no dijo nada mientras se colgaba la espada, la daga y la moneda. No porque no se lo agradeciera, sino porque no la creía. Ella no era Lyanna, ni Sansa, ella seguía siendo Arya caracaballo.

En uno de los enormes patios varios guardias esperaban a la invitada que iría con la reina. Preparados y listos solo faltaba que la reina y su invitada bajasen para poder ponerse en marcha. Dany bajo vestida con uno de sus vestidos de monta. Éste consistía en una suave, pero fuerte pantalón y por encima llevaba un vestido que se abría a la altura de la cintura, ambos en color azul oscuro a juego con sus ojos. Detrás de ella Ser Barristan la seguía malhumorado. Había intentado por todos los medios de anular aquel viaje y lo único que consiguió fue discutir con la reina. “Es solo una niña. A que viene tanta protección – le grito enfadada ante el comportamiento de su guardia”. Detrás de ellos apareció Arya con las sirvientas. Las dos más jóvenes se despedían de ella mientras que la mujer la acompañaba hasta la plaza. 

-          Sabia que mi ropa te quedaría como un guante – la dijo Dany atándola una capa en el cuello abrochándola con un pájaro de plata.

-          Mi reina. Esto es más de lo que merezco. Se lo aseguro. – Arya seguía dudando de toda aquella amabilidad. Recordaba como la reina Cersei engatuso a su hermana con halagos y joyas para luego traicionarla, a ella y a su familia.

-          Tonterías. Este es mi regalo por salvar la vida de mi doncella. Ahora vamos. –
Daenerys se dio la vuelta y con un simple silbido una enorme bestia descendió de la más alta de las torres. El dragón tan negro como la noche con reflejos escarlata esperaba tranquilo a que su ama lo montara. Desde lo alto de su lomo Dany observaba la indecisión de Arya. – Tranquila. Tú iras en Rhaegal. Debo llevárselo de todos modos a mi marido a sí que me ayudaras a llevarlo. – Arya trago saliva al ver como el dragón acudía de inmediato y esperaba en la misma posición que su hermano a que ella subiera.

-          Bueno – trago saliva – si he de morir no hay forma más original que hacerlo desde un dragón. – Con una sonrisa en los labios Arya se monto en el enorme animal que desprendía humo por su hocico.

La risa de Dany llegaba a sus oídos a la vez que la respondía.

-          Bien dicho – la contesto. Aquella muchacha era lo que había necesitado para volver a sonreír como antes. La gustaba su descaro y su bravuconería. Aquella forma de ser indómita como un dragón o como un lobo como solía decir su esposo era lo que su corte necesitaba pensó.

Notas:

Gracias por leer

Bye*****

Capítulo 3 Usurpadora por yuukychan
Notas de autor:

Eyyyy ya estoy aqui con el tercer capitulo XP no me he tardado mucho jjejeje

Jon miraba Invernalia desde las afueras de la fortaleza rodeado de sus hombres. Llevaban varios días con nevadas intermitentes que afectarían duramente a las cosechas, pero no era aquello en lo que pensaba. Sus ojos estaban fijos en su hogar, lo que jamás había considerado suyo por mucho que lo desease, Lady Catelyn se lo recordaba a cada momento, y ahora por fin lo era.  Solo la fachada de la antigua ciudad había sobrevivido a la guerra de los cinco reyes, pero no le importaba. Lo que realmente hacia de aquel sitio el corazón del norte era su espíritu; el espíritu de los antiguos hombres que corría por sus tierras como la sangre corre por las venas de los hombres.

“Es un hogar de reyes” pensó Jon orgulloso de su tierra al volver su caballo para contemplar las vistas. A pesar de la nieve se podía ver como hombres y mujeres trabajaban en los campos bajo los tenues rayos de sol que se escapaban de entre las nubes y como los niños corrían lanzándose bolas de nieve unos a otros bajo la supervisión de algunas muchachas en edad de casarse. Las mismas que servirían el banquete y luego se marcharían con algún criado ó banderizo de bajo rango a decirse cosas en la intimidad. Jon meneo la cabeza; ya veía los problemas que iba a tener con las muchachas. Cierto que era un lugar frío, indómito y, a veces, cruel; pero era una tierra donde el corazón latía con fuerza por vivir, por luchar, por ser libre. Así eran las gentes del norte, así era él… y Arya. Sus hermanos tenían demasiado del pez de Tully, el emblema de la casa de Lady Catelyn, la casa de su madre. Solo la pequeñaja de su hermana parecía tener tanto norte como él, tanta nieve y frío corriendo por sus venas.

El frío y los copos de nieve comenzaban a  impacientar a los animales que estaban deseosos por seguir; y no solo ellos. Jon miraba con ansias el camino y la sonrisa por verla afloraba en su rostro bien barbudo.

-          Se acerca el invierno o lo buscamos – le susurro a su caballo favorito, un enorme semental negro que se encabritaba cuando alguien que no fuera él lo tocaba. La caricia apaciguo al animal que amenazaba con lanzarse al galope en cualquier momento.

-          Mi señor – le pregunto la voz de uno de sus capitanes a pocos metros de él. El chico, alto y musculoso, dejaba ver a través de la visera unos profundos ojos azules que miraban con respeto al hombre que era su rey. Su caballo, una enorme bestia que cargaba con el martillo de su dueño, resoplaba impaciente dando patadas al suelo.

-          Nada Ser Gendry, nada. – Mirando al resto de sus guardias les hizo una señal. – Muchachos vayamos a escoltar a mi hermanita y a su esposo – les ordeno echándose al camino sin mirar atrás.

Mencionar el nombre del marido de su hermana hacia sentir a Jon que la bilis se le escapaba por la bocas. Había dejado pasar la traición de Theon Greyjoy solo por haber protegido a su hermanita de manos de los Bolton y haber colaborado con ellos en la guerra, pero jamás le perdonaría. Los huesos de Robb que descansaban en la cripta de sus antepasados no le dejarían nunca. Ni siquiera erradicar la casa Bolton le hizo sentirse mejor, pero se juro que si Tywyn Lannister tuvo sus “Lluvias de Castemere”; él tendría sus “Cenizas de Bolton”.

Y así fue. Con ayuda de Rhaegal, Viserion y Drogon redujo el Fuerte Terror a cenizas y escombros. Todavía se acordaba de cómo el propio Lord Roose Bolton trajo el cuerpo degollado de su propio hijo antes sus ojos. “Le juro lealtad mi señor, mi rey. Se lo juro. Aquí esta la prueba. Un hijo que no obedece las ordenes de su rey debe morir” le dijo hincando una rodilla entre las cenizas de su propia tierra. Ver aquello solo hizo que Jon sintiera más deseos de verle muerto. Aquel bastardo solo hizo lo que su padre le ordeno, fue él quien engaño a su hermano y lo degolló en la boda roja. La ira le hervía la sangre cuando desenvaino a Garra, la espada bastarda que le regalo el Lord Comandante Mormont. Iba a cumplir la sentencia allí y en ese momento bajo la mirada de todos sus súbditos. Varios de sus hombres se ofrecieron a impartir la justicia del rey por él, pero Jon se negó. “La ejecución debe hacerla aquel le sentencie, sino eres capaz de hacerlo es probable que el hombre no merezca morir” le había enseñado Eddard Stark.

-          El día que traicionaste a tu señor, a tu rey, a mi hermano. – Escupió esas palabras con el dolor crispando su rostro. – Ese día te sentenciaste – le dijo antes de cortarle la cabeza.

Por un momento pensó que aquellas gentes que había vivido bajo el dominio de los hombres desollados se echarían sobre él, sin embargo solo vio alivio en aquellos rostros y algo de miedo por su futuro. Jon les entendía. No había nada peor que sustituir a un malvado por otro peor. Después de pensarlo mucho y hablarlo con Daenerys ofreció a su hermana y al marido de está aquellas tierras ricas y productivas.  

Era cierto que ninguno de ellos era en verdad su hermano, aun así los 15 años que vivieron juntos pesaban más que la verdad. Aunque después de todo lo que paso, de tantas traiciones y sueños rotos, acabo sirviendo a la nueva reina que reclamaba el trono en contra de todo Poniente. Herido, hastiado y cansado se unió a las filas de aquella que llamaban “madre de dragones”. No lo hizo porque la creyera mejor, sino simplemente porque no tenía otro sitio al que ir y además quería hacer todo el daño posible a los Frey, a los Lannister, a los Bolton y a todos aquellos que traicionaron la confianza de su familia. Sin hogar, sin casa, sin hermanos; solo le quedaba esa guerra. Sus propios compañeros lo traicionaron cuando intento cambiar las leyes del muro para beneficio de todos. “No saben nada Jon Nieve” oía la voz de Ygritte en su cabeza.

Llevaba cerca de un año luchando para la reina Targaryan y no había visto ni un dragón. Era cierto que combatía con hombres extraños e imponentes. Dothrakis de piel cobriza y largas cabelleras untadas en aceite que tintineaban al cabalgar hacia la batalla; Jon no entendió que significa ser uno con tu montura hasta que no los vio luchar. Hombre y bestia parecían unidos como un solo ser, como un demonio salido de los siete infiernos para obedecer a la mujer de plata. También estaban aquellos hombres implacables que parecían no sentir el dolor en ninguna de sus formas y les daba igual a quien matar siempre que se lo ordenase su reina. Pero ni rastro de aquellas bestias mágicas de las que solo quedaban sus cráneos en algún lugar de las mazmorras de la Fortaleza roja.

La primera vez que por fin los vio la emoción de ver aquellos animales le hizo tambalearse. La fuerza de sus alas, el calor de las llamas, solo se le ocurría una palabra para describir aquel ser; dioses o como mínimo sus monturas. Eran el poder hecho carne, la magia cobrando vida, eran los sueños hechos realidad. Solo los vio sobrevolándole camino a la guerra lanzando llamaradas al enemigo que corría de un lado para otro entre gritos de dolor. La batalla parecía ganada desde un principio hasta que una catapulta derribo al enorme dragón negro donde iba montada la reina. Los otros dos dragones, sin jinete que los dominase descendieron al mismo tiempo y la batalla se encarnizo todavía más. Sin los dragones de su parte el otro ejército les supera 10 a 1. La muerte estaba asegurada.

Realmente Jon no se dio cuenta en que momento atravesó el corazón del hombre que le atacaba y corrió hacia el primer dragón que vio; sin miedo se abalanzo sobre las llamas que salían de la boca de la bestia y lamian su piel sin hacerle nada. De eso no se acordaba, pero si de la emoción que sintió cuando cabalgo a Viserion. Aquel animal le llevo por los aires antes de descargar una potente llamarada sobre el bando de los Tyrell. Los gritos de dolor se confundían con el aire a cada ataque hasta que al anochecer suplicaron la rendición a la nueva reina. Daenerys no supo que decirle cuando le vio bajar del dragón sin mayor rasguño que los recibidos en el campo de batalla. La cosa no hubiera ido a más y él seguiría siendo un simple soldado si la sacerdotisa roja, la consejera del usurpador rey Stannis que depuso las armas uniéndose a ellos a regañadientes, no le hubiera confesado que él no era Jon Nieve hijo de Eddard Stark, sino que era hijo del último dragón, Rhaegar de la casa Targaryan y de Lyanna Stark.

-          A partir de ese momento fueron demasiadas obligaciones – se dijo a sí mismo al recordar como tuvo que ceder y casarse con su tía para unir el norte y el sur otra vez bajo un solo reinado.

-          Decía algo mi señor. – El guardia le seguía de cerca pendiente de todo lo que ocurría alrededor de su señor y rey.

-          Si. Que quiero ir más deprisa.

Jon espoleo el caballo dejando a sus guardias atrás. Días como aquel en los que deseaba estar solo era cuando más le molestaba tener que ser rey. Añoraba la libertad de ser un bastardo, un desconocido.

 

El constante ruido de las sirvientas murmurando por las esquinas era la única música que Sansa escuchaba desde hacia semanas. La vistita anual de la reina era todo un acontecimiento que esperaba con ansias; era una de las pocas fiestas en las que se reunían el norte y sur. La costaba entender porque su hermano o su primo, o lo que fuera, no se veía más con la reina. “Así les costara dar un heredero al trono” le decía a su marido en la cama; esté solo se reía y le recordaba que los hijos de los reyes le daban igual. Él quería el suyo “y contra más mejor” le susurraba en el oído.

Con cuatro criadas nuevas que le arreglaban los bucles del pelo y le abrochaban el vestido se miraba en el espejo con ojo crítico. Tenía dieciséis años, estaba casada y aunque viviera en Invernalia tenía sus propias tierras donde antes estaba la de los Bolton. Tenía todo lo que podía desear y mucho antes de cumplir los veinte. Ante el espejo se veía deslumbrante con el hermoso vestido verde de seda rematado de esmeraldas que se había comprado en su último viaje a Desembarco del rey; solo esperaba que el verde siguiese de moda en la capital, después de casi un año nadie se lo aseguraba.

-          Esta usted preciosa como siempre mi señora. El color del verde resalta sus ojos de una manera espectacular – le decía una de las criadas mientras la otra le hacia un enorme moño en lo alto de la cabeza colocándole una diadema de esmeraldas.

-          Lo sé. Y ten cuidado con la diadema – se limito a decir Sansa retocándose un mechón aquí y otro allá.

Aquella diadema significaba más para ella de lo que la mujer podía suponer. Era el triunfo de su casa, de su honor y de su libertad. Tyrion se la regalo el día que se separaron legalmente y el pudo hacer su vida con Tysha. Se la quito de la cabeza de Cersei el mismo día que la reina fue coronada en Desembarco del Rey y se la regalo ante todas las casas de Poniente como símbolo de la sumisión de los Lannister a la corona. Sus ojos la decían mucho más que sus palabras y ella se lo agradeció, no hubiera soportado estar más cerca de aquella mujer que la hizo la vida tan imposible. Todavía había noches en las que se levantaba temblando, con miedo a si todo aquello era un sueño y ella seguía prisionera en la Fortaleza roja.

Los golpes en la puerta hicieron que las criadas se movieran como palomas amaestradas más nerviosas por la incipiente fiesta de esa noche que los mismísimos invitados que en aquellos momentos ya estarían de camino.

-          Estas radiante, esposa mía – le sonrió el hombre de la puerta al ver a Sansa de pie. Los pequeños ojos calculadores y aquella barbita bien recortada no parecía sufrir los efectos de la edad, sin embargo Lord Petyr ya dejaba ver alguna que otra cana más pronunciada en su pelo.

Sansa le sonrió cuando su esposo le cogió de las manos para besárselas. Era extraño pensar en que momento dejo de verle como el amigo de la infancia de su madre y paso a ser alguien a quien de verdad amaba. Nunca creyó en enamorarse de un hombre tan opuesto a su ideal de marido, pero después de pasar con él casi toda la guerra fingiendo ser su hija no pudo evitarlo. Discutieron, se gritaron y se odiaron, pero al final aquel arrogante y avaricioso hombre cedió a conformarse con lo que ambos podían obtener si se rendían al poder de la casa Targaryan. Antes de su boda Petyr la confeso que pudo salvar a su padre, pero no lo hizo. Siempre estuvo obsesionado con su madre y aquello para él había sido su pequeña venganza. En un principio Sansa lo odio por ello, y todavía se sentía resentida cuando bajaba a las criptas a ver la tumba de su padre y de su hermano.

Pero el hombre al que llamaba esposo la había demostrado que moriría por ella. Lo hizo cuando se interpuso en camino del cuchillo entre Cersei y ella el día en que Dany subió al poder.  Aun encadenada aquella maldita Lannister era una leona hasta la última fibra de su ser; la única de la que en verdad Tywyn Lannister debería haberse sentido orgulloso. Juro vengarse y lo intento de verdad, no eran palabras que cayesen al rio y se las llevara el mar. Ese día, al lado de la cama de Petyr, rezo a los siete por su salvación. Doliera a quien doliera le quería de vuelta y con ella.

-          Que los otros se te lleven. Te juro que si no despiertas y nos casamos te revivo y te mato yo misma.

La risa de Petyr fue el sonido más dulce que escucho en aquella larga semana. El hombre le miraba divertido desde la cama contestándola que si no había más remedio. Las lágrimas se escapaban de los ojos de Sansa al mirarle. No veía su rostro, ni escuchaba sus palabras; solo podía pensar en que estaba vivo.

Petyr sonrió.

-          Eres más hermosa que esa reina sureña. – Su rostro dibujo aquella sonrisa traviesa que tanto recordaba a la de un niño a punto de hacer una bravuconada.

-          Y tú sigues siendo tan mentiroso como siempre. – Le señalo la silla de su habitación donde alguno de los dos siempre leía. – Siéntate. Me falta todavía un poco.

-          Me encantaría cariño, pero… - la mirada de Petyr la decía todo; había problemas.

Nerviosa y enfurecida Sansa recorrió los pasillos de Invernalia hasta llegar al gran salón. Sus pasos repiqueteaban sobre aquel suelo desconocido a medida que avanzaba entre las habitaciones buscando el camino más corto. Lo que le había dicho su marido no tenía ningún sentido. ¿Que disparate era aquel de que Arya había venido con la reina montada en un dragón y que además era totalmente diferente a la Arya que conocieron? Era cierto que la última vez que la vio fue de lejos, ella estaba subida en un barco rumbo a las Islas del Hierro con Theon Greyjoy, pero reconoció su figura estrecha y su pelo indomable.

El gran salón era una enorme habitación donde más de mil personas podían comer sin molestarse unas a otras. Incluso lejos de los invitados importantes, cerca de las puertas para que no molestaran, había un sitio donde los caballerizos, guardias y otros hombres se sentaban a pasar la noche entre alcohol, perros, juegos y mujeres. Colgados de las paredes el lobo huargo de los Stark presidia la sala como lo había hecho desde tiempos inmemoriales en Invernalia. Las mesas ya estaban dispuestas en dobles filas para la cena de aquella noche, solo faltaba que los invitados fueran llegando. El calor de la sala se mantenía por las enormes chimeneas que se alimentaban todo el día y durante la noche algún criado seguiría echando leños para mantener la temperatura. Sansa agradecía que el resto de la fortaleza se calentara gracias al agua caliente que corría entre los muros y hacia que las rocas desprendieran calor durante todo el día.

Cuando Sansa llego al gran salón se encontró con la reina Daenerys hablando vulgarmente con otra muchacha. No podía negarse que la chica era del norte; su pelo castaño, sus rasgos, todo en ella era norteño, pero era imposible que aquella chica tan atractiva fuera su hermana. Busco a los guardias con la mirada y conto siete. “Más que de sobra para que la apresen” pensó.

-          Guardias cogedla. Es una impostora. – No había dado ni la orden cuando dos de los hombres cogieron a Arya amordazándola en el acto.

-          Que significa esto. Acaso esta chica no es de aquí. – La duda en el rostro de Dany al levantarse reflejaba que no sabía tampoco quien era.

-          Mi reina. – Hizo una reverencia. – Esta chica dice que es Arya Stark, mi hermana. Eso es imposible. Mi hermana pequeña se caso con un Greyjoy y vive en las Islas del hierro. Jon ha ido a buscarla.

Arya contemplaba la escena sin creérselo. Alguien se había hecho pasar por ella y en verdad había conseguido hacerse con su identidad. “Tanto tiempo siendo Nadie me ha costado caro” pensó desesperada intentando quitarse la mordaza.

-          Os dije que esta chica no era de fiar, mi reina. Quítenla las armas – ordeno Ser Barristan a los guardias.

Dany todavía miraba como la muchacha luchaba por deshacerse de los guardias. Solo pensaba en que aquella chica no podía ser mala, Rhaegal no la habría permitido montarse en él si sintiera que fuese peligrosa.

-          Entiendo que tengáis que prenderla. Pero hasta que no venga Jon – dijo clavando la mirada en Sansa – no, repito, no; podéis hacerla ningún daño. Yo me hago responsable de ella.

Dany conocía bien la ley; ella misma había escrito de su puño y letra el castigo que se recibía. La usurpación se pagaba con la muerte.

 

Todo el viaje de regreso Gendry no se había atrevido a hablar con Arya. La había visto de pasada, bueno solo su cabellera castaña, antes de que se subiera al carruaje. Deseaba hablar con ella para saber si le recordaba o si alguna vez había pensado en él. Pero ya era tarde. El hombre que iba por delante de él junto a Jon, aunque manteniendo la distancia, era su marido. En Invernalia Gendry había escuchado a las doncellas decir que el Greyjoy fue uno de los hombres más atractivos de todo Poniente antes de que el bastardo de los Bolton lo torturara. Aun así muchas seguían viéndole atractivo a pesar de que le faltaran varios dedos de las manos y de los pies. “Si sabe usar el resto no le hacen falta” escucho decir entre risas a una muchacha esa misma mañana antes de partir. Las risas de sus amigas seguían metidas en su cabeza.

Otra vez aquel ruido entre los arboles hizo que Gendry se parara. Llevaba escuchando el mismo sonido desde que salieron aquella mañana y comenzaba a molestarle. “Sera Fantasma” – le había dicho Jon, pero el lo dudaba. Fantasma no hacia ruido, no lo hacia ni para comer, ni para beber, ni para atacar, ni para moverse, ni para nada. Sin embargo allí seguía ese constante ruido como si alguien o algo los espiara.

Cuando entraron por las puertas de la ciudad el sol ya estaba casi oculto entre el horizonte. Los últimos rayos que se reflejaban en la nieve daban a la fortaleza la sensación de ser un castillo de cristal cuyas altas torres escondían secretos solo para aquellos valientes que se atrevieran a cruzar sus puertas. Los ojos de Theon recorrieron de una punta a otra los enormes muros. Trago saliva. Allí fue donde vivió los mejores años de su vida y donde los perdió todos por culpa de su estúpido orgullo. Un orgullo que no le había servido de nada, ni siquiera en su tierra donde soportaba las burlas de sus súbditos al haber sido cogido por idiota. “Tenía que haber hecho caso Asha y haber elegido bien el bando. Tenía que haberme quedado con mi autentico hermano” pensó con un nudo en la garganta al recordar a Robb y como le había traicionado. Todas las noches desde que se entero de su muerte se encerraba a rezarle, al dios ahogados, a los siete, incluso viajaba hasta algún bosque solo para rezarle ante los arcianos.

-          Vamos. No esperaras que estemos aquí todo el día. – Jon espoleo su caballo entrando por la puerta principal. – Dejarla abierta. Tendremos invitados, pero que alguien se quede en las almenas. Ya hemos tenido suficientes traiciones. – Aunque su mirada no se dirigiera a nadie Theon agacho la cabeza. Cuando lo rescataron confeso que los niños Stark seguían vivos, pero solo encontraron a Rickson que estaba de pupilo con los Karstark. Bran seguía desaparecido y eso nadie se lo perdonaba, eso y muchas otras cosas.

Los caballos se movieron inquietos mucho antes de ver a los dragones. El olor a azufre no era molesto, pero si ponía nerviosa a la gente que andaba de un lugar para otro esquivando el patio que se había construido precisamente para las bestias. Los enormes dragones descansaban sobre el patio adormecidos después del largo viaje con restos de carne quemada a su alrededor. A Jon le sorprendió ver a Drogon allí también, contaba con que Dany fuera montada en Rhaegal y después volviera a caballo o en carruaje.

-          Encargaos de esto – ordeno Jon a uno de los caballerizos bajando del caballo. – Cuando tú y Arya estéis o espero en el gran salón. Te acuerdas de donde esta ¿no?. – Theon se mordió la lengua asintiendo con la cabeza. Esperaba que aquellas groserías durasen pocos días. Pero no solo era eso lo que le ponía nervioso. Durante todo el camino no dejo de mirar el carruaje.

Jon se adelanto al resto. Se moría de ganas de ver y de abrazar a su hermanita, pero debía esperar. Tenía que comportarse como el rey que era, no como el hermano que quería ser.

 

En cuanto Jon cruzo la puerta supo que había problemas y no los de costumbre. Sansa se sentaba junto a Daenerys un peldaño por debajo de ella. La mirada perdida y ese morderse la uña no indicaba nada bueno. Dany se sentaba en una silla aparte junto al trono de Invernalia, decorada con tres cabezas de dragón que representaban a sus dragones. Era algo que Jon valoraba de ella, sabía la importancia que tenía ese trono para los norteños y lo había respetado sin importar las quejas de Ser Barristan recordándola que ella era la reina de los siete reinos, incluido el norte. Jon camino a través del pasillo que formaban las mesas quitándose la nieve a cada paso y dejándola caer al suelo tras él. Un suspiro de cansancio salió de su boca antes de comenzar a hablar. Le agotaba que todos los días sucediese algo, incluso ese día en el que todo debería ser una fiesta, más cuando era la primera vez que en cinco años vería a su hermana favorita.

-          ¿Qué demonios pasa ahora? – Dany y Sansa se miraron. No sabían quien debía hablar primero. Jon busco al único que no dudaba en decir lo que pensaba en cada momento. – Ser Barristan. – Sansa tembló al oír su voz. Ya no hablaba como Jon su hermanastro, ahora hablaba como Jon el rey.

El hombre termino de contarle todo lo sucedido cuando Arya entro por la puerta acompañada de Theon. Sansa se levanto emocionada a abrazar a su hermana pequeña. No había nada en ella que la recordara a la Arya con la que tantas veces se peleaba de niña. La cara estaba más achatada y había engordado un poquito, pero sin dudas estaba lindísima.

-          Ya no te puedo llamar Arya Caracaballo – la dijo en el oído sin dejar de abrazarla.

Jon la miraba desde el trono. No tenía porque dudar de que aquella fuera su hermana, pero era demasiado distinta. Su cara, su cuerpo, sus facciones. Si esa era su Arya había cambiado mucho. “Estoy decepcionado” pensó con una punzada de culpabilidad al pensar en su hermanita de ese modo. Busco a Gendry con la mirada y lo vio al final de la sala con el resto de guardias. Una señal de su mano y el muchacho se presento ante él quitándose el yelmo. Más de un suspiro se pudo oír en la sala haciendo que el chico se ruborizase.

-          Ordena que traigan a la impostora. No quiero que esto se posponga.

Tan rápido Gendry escucho la orden ya tenía a dos hombres preparados para salir en busca de la muchacha. Al salir sus ojos se cruzaron con los de Arya. La muchacha no le presto más atención que a un simple perro. Aquello le dolió. Creía ciegamente en que fue algo más que un simple acompañante, al menos creía haber sido un amigo.

La orden de Jon hizo temblar la mano de Theon que sujetaba la de su esposa. El temblor paso tan rápido como vino, pero los ojos de Petyr no perdían de vista cada detalle del muchacho. Volvió a mirar a la chica más detenidamente y una malévola sonrisa se dibujo en su cara.

-          Esto será divertido – susurro sentándose junto a su esposa. Sansa le miro sin comprender. – Nada. Solo disfrutemos de la función – dijo dándola un cálido besito en la mejilla.

Maniatada y amordazada varios hombres escoltaron a la muchacha hasta la sala entre quejidos y maldiciones. Varios de ellos la miraban con odio y Jon pudo ver un par de dientes rotos y una nariz con restos de sangre. “Habrá sido ella” pensó disimulando la sonrisa que amenazaba con asomar a sus labios. Con un gesto le pidió a su supuesta hermana que se acercara hasta donde estaba la muchacha para compararlas a las dos. Sansa se levanto de golpe mirándole como si estuviese loco, pero la ignoro.

Las dos muchachas juntas median más o menos lo mismo y vestían adecuadamente para montar. Una de ellas llevaba el blasón del Kraken, símbolo de las Islas del hierro y la otra lucia el dragón de tres cabezas, pero ahí acababan sus similitudes si es que se les podía llamar así. Las dos Aryas eran tan diferentes como la noche y el día, como el norte y el sur. Sus cuerpos, sus gestos, su forma de comportarse, su forma de actuar. Desde que había entrado la impostora no dejaba de mirarle resentida y malhumorada clavándole aquellos grises ojos tan parecidos a los suyos, sin embargo su hermana evitaba mirarle en todo momento, ni siquiera veía el color de sus mejillas de tan gacha que tenía la cabeza.

-          Quitarla la mordaza. Quiero oír lo que tenga que decir – ordeno Jon.

Ser Barristan iba a protestar, pero sus quejas llegaron tarde. Gendry se acerco hasta la muchacha sin dejar de mirar de reojo a la que creía Arya. No fue hasta que estuvo frente a frente con la chica que se fijo en su rostro. “Realmente es hermosa” pensó con lastima del destino que la esperaba si la declaraban culpable de usurpación. Aquellos ojos no perdían de vista ninguno de los movimientos del muchacho a medida que esté iba desatándole la mordaza.

Cuando por fin su boca quedo libre el grito de Arya resonó por todo el gran salón.

-          ¡Tú!. – El empujón pillo desprevenido a Gendry que cayó al suelo bajo el peso de su armadura y enredado con sus propios pies. Maniatada y furiosa Arya callo encima de él golpeando todo lo que sus manos atadas le permitían. – Me traicionas y luego dejas que me cojan prisionera esos imbéciles del sin estandarte. Te mato. Aquí y ahora te mato.

Cada grito iba acompañado de un golpe que resonaba a través de la armadura y alguno que otro le daba en el rostro. Gendry era incapaz de moverse por la sorpresa. Solo cuando los guardias se acercaron para levantarla fue que volvió a la realidad y la miro más detenidamente. Cierto que su cuerpo había crecido, ya no era el de la niña que conoció, pero aquellos ojos no habían cambiado, su fuerza y su prepotencia seguían allí dentro, indomables como el frío del invierno. Aquella era su Arya, no tenía ninguna duda.

Nerviosa y enfurecida Arya luchaba contra aquellos imbéciles que la llevaban volando por los aires ante Jon y su esposa. “Esta casado con Daenerys” pensó con una punzada de dolor. No era tonta y si Jon se sentaba en el trono que fue de su padre y la reina a su lado solo podía significar una cosa. Una patada certera en la espinilla de uno de los guardias hizo que la soltase. Sin darle tiempo al otro le pego allí donde las piernas se unían doblándolo por la mitad. Otra patada tuvo que darle al imbécil que se negaba a soltarla el pie incluso desde el suelo. La fuerza del hombre al tirar de ella para que no le diera hizo que Arya cállese de golpe sobre su propio trasero pegandole una patada en el rostro al caer. La rabia y la humillación la recorría cada fibra del cuerpo. Pero sobre todo se sentía dolida, no porque Sansa no la reconociera, eso se lo imaginaba. Pero Jon, su hermano, a la persona que más quería en el mundo estaba frente a ella mirándole con aquellos ojos tan duros como los que le ponía su padre cuando hacia algo mal. Y no solo eso. Ya no era suyo, era de otra.

-          Te odio – susurro con lágrimas en los ojos. Odiaba que la gente la viera llorar y eso no había cambiado. Aguantando todo lo que pudo enjuago las lágrimas con los puños de la camisa y se volvió hacia su hermano. – Te odio. – Esta vez su voz sonó clara como el agua en el silencio del salón. Nadie podía creer que una simple impostora se revelara de esa manera contra su rey. – Y tú decías que me querías cuando ni siquiera me reconoces, hermano. Que era la persona más importante en Invernalia para ti y no eres capaz de distinguirme. – El dolor estaba volviendo a ella con cada palabra y su voz empezaba a trabarse. Necesitaba salir de allí, necesitaba respirar sino quería que las lágrimas volvieran a traicionarla. Se estaba ahogando con sus propias ganas de llorar. En esos momentos solo quería ver a la única que la reconocería en cualquier parte. Solo quería verla a ella. Un grito desesperado salió de su labios llamándola – ¡¡Nymeria!!

 

 

Notas:

Bye*****

Capítulo 4 Bosque espeso por yuukychan
Notas de autor:

Aqui os traigo la conti. Ya me direis.

La voz de Arya quedo apagada por el aullido de un lobo. Sansa pensó en Fantasma, pero Jon sabía que no; su lobo no aullaba.

 

Las puertas del salón se abrieron de par en par dejando que el aire avivara las ascuas de las chimeneas. Entre las cenizas, el viento y la nieve la enorme loba negra más grande que un león parecía un demonio salido del mismo Bosque espeso. A base de dentelladas al aire se abrió paso entre los guardias asustados que solo veían sus afilados dientes brillar a la luz del fuego. En dos zancadas el enorme animal se situó al lado de Arya lamiéndole las lágrimas como si solo hubiera pasado un minuto desde que se separaron. Torpemente con la ayuda Nymeria Arya se libro de las ataduras  y se puso en pie abrazando al animal que no dejaba de mirar con desconfianza a todos en la sala. Su pelaje, su olor a salvaje, nada en su amiga había cambiado desde el día en que la tuvo que echar de su lado; solo su tamaño la hacia diferente. Miro a su alrededor y solo veía el miedo y el asombro que provocaba la presencia del animal en el salón. Pronto eso pasaría y llegarían las preguntas, las lamentaciones… no quería estar allí.  Una idea loca se paso por su cabeza al recordar los rumores que circulaba sobre Robb y Viento gris cuando salían a la batalla. Sin mirar atrás se monto sobre la loba como si lo hubiese hecho siempre y se lanzo a la carrera hacia la salida. Los gritos de Jon sonaban a sus espaldas llamándola, pero no quería parar, no quería enfrentarse a él. Quería ir lejos, al bosque y dejar que el dolor se enfriara hasta poder enfrentarse a todos ellos como una mujer, no como una niña llorona.

 

Ni Jon, ni Sansa daban crédito a lo que veían. Sin lugar a dudas aquella muchacha era Arya. Su forma de ser, de comportarse, eso no había cambiado. Jon se quedo mirando al vacio que había dejado su hermana. Sentía como su corazón latía con fuerza al haberla recuperado de verdad, esta vez si que era de verdad. Sansa no podía dejar de temblar, solo cuando reconoció los gestos de su hermana fue capaz de reconocerla bajo aquella apariencia de niña-mujer. Sus ojos se clavaron en la otra muchacha a la que había tomado por su hermana. ¿Quién demonios es? ¿Y que hacia suplantando a su hermana? eran las preguntas que se cruzaban por su cabeza.  

 

-          Quiero una explicación. – La amenaza en su voz hizo que Jayne Pool se derrumbara en el suelo sin poder hablar ahogándose con sus propias lágrimas.

 

-          Es tu amiga. La hija de Pool, el que cuidaba las perreras. – Theon se arrodillo para consolar a su mujer. Después de todos aquellos años, lo que empezó siendo una vía de escape para ambos se había convertido en algo muy real.

 

Sansa miro a su amiga y su rostro se suavizo. Durante la guerra todos habían cometido muchos errores y hecho muchas cosas para sobrevivir; ella misma había permitido que su marido matara a su tía aunque en cierta forma fue para salvarla. Theon explico como los Lannister la hicieron pasar por Arya y la casaron con el bastardo del los Bolton. Nadie sabía donde estaba la pequeña loba ni si seguía viva por lo que dejaron que la mentira siguiera su curso hasta que fue demasiado tarde para decir la verdad.

 

-          Lo siento Sansa. Te juro que no quise, pero amenazaron con matarme si me negaba o si decía la verdad. – Los sollozos la hacían tartamudear, pero sus ojos reflejaban una angustia que Sansa no había visto en mucho tiempo. No desde que abandonara Desembarco del rey y huyera de Cersei, de Jofrey y del resto de asesinos que se hacían pasar por sirvientes y amigos.

 

-          Jeyne tranquila – dijo abrazándola – todo esta bien. No te preocupes. Pero entonces que paso con Arya.

 

La pregunta iba directamente hacia su marido. Si en algo era bueno esté era en saber todo de todo el mundo. Se quejaba de que la araña tenía sus pajaritos volando por todo Poniente y muchas ciudades libres, pero él no se quedaba atrás. Lord Petyr se encogió de hombros mirando a su mujer. Desde que la niña se escapara nadie había vuelto a saber nada de ella.

 

-          Arya viajo conmigo y con Pastel. Otro chico que iba a alistarse al muro. – Gendry que había estado todo el rato callado no pudo seguir guardando silencio. – Viajamos juntos hasta que nos atraparon la hermandad sin estandartes. Yo me uní a ellos y querían a Arya para pedir un rescate a los Tully. No iban a hacerle nada – se excuso antes de que ninguno dijera algo – solo querían una recompensa por llevarla a su hogar.

 

-          Y que paso. – Jon había escuchado en silencio todo el rato más pendiente de enviar guardias tras su hermana que de lo que Theon o los demás pudieran decir. Pero ahora la historia cambiaba. Ahora si era Arya la que había ido con ese muchacho.

 

-          No lo se señor – le respondió Gendry. – Se escapo y no volví a verla hasta ahora.

 

Jon miraba al muchacho sin gustarle lo que veía. Aquel chico no solo había viajado a solas con su hermana sino que además el brillo de sus ojos le delataba. Sentía algo más fuerte que una amistad de compañeros por su hermana y no le gustaba. Era caballero, y uno de los mejores, lo admitía. Su manejo de la espada no era excesivamente bueno, pero con un martillo en la mano aquel chico se volvía un autentico guerrero. “Pero eso no es suficiente para mi hermanita”

 

-          Preparad mi caballo iré a buscarla. – Jon se levanto del trono sin dar más explicaciones a nadie. Solo pensaba en encontrar a su hermana, en encontrarla y... “en revolverla el pelo” pensó.

 

Arreglado el asunto Dany se levanto disculpándose por su cansancio. A una orden varias criadas dejaron los regalos de Arya a Sansa.

 

-          No sé cual es su cuarto, pero te aconsejo una torre. Rhaegal se a encariñado con ella y es capaz de quemar las murallas hasta encontrar su olor – la había dicho antes de marcharse de la sala.

 

El viaje había sido largo y duro y lo único que quería era descansar y dormir un rato hasta la fiesta. Había conocido lo suficiente de la chica durante el viaje para saber que nada la ocurriría por lo que no se preocupaba. “Tiene más agallas que muchos de los caballeros que conozco” pensó. A un paso por atrás Ser Barristan la seguía con el ceño más fruncido de lo habitual.

 

-          Sucede algo Ser – le pregunto Dany. Llevaba con aquel gesto desde que conoció a la muchacha y no era normal, después de todo resultaba ser parte de la familia.

 

-          Señora ya se de que me suena la muchacha. Cuando era pequeña tenía cierto parecido, pero no era muy guapa. Pero ahora es diferente. Esa niña es el vivo retrato de Lyanna Stark y no me gusta. No me gusta nada.

 

-          Que tiene de malo en que una muchacha sea hermosa. – Andando ya habían llegado hasta la habitación que compartían Jon y ella. – Si solo es por eso Ser no tiene ningún sentido. La belleza no es un crimen. De ser así las mazmorras estarían llenas de mujeres – se rió.

 

-          Mi señora esa belleza es peligrosa. Una niña hermosa inicio la guerra que os quito el trono a los Targaryan. Una niña hizo que vuestro hermano se enfrentase a todo el reino solo para poder estar con ella. Una niña engendro a vuestro marido, el mismo que se niega a vivir en Desembarco del rey. Y esa niña es el vivo retrato de su tía.

 

-          Ser no es más que una niña. Y si Jon no quiere vivir en el sur es porque es un hombre del norte y a mi no me molesta. Sabes también como yo que este matrimonio, como casi todos los matrimonios reales son por conveniencia. Me conformo con vernos una vez al año al igual que hago con Aegon cuando viajo a Dorne.

 

-          Señora. Perdone que os lo recuerde, pero necesitáis hijos, descendientes. Príncipes.– El tono de Ser Barristan comenzaba a impacientar a Dany. Era cierto que necesitaban hijos y en su momento, hace mucho tiempo ella también quería tener un hijo con su Khal. Pero en esos momentos ni sabía si podía tener hijos, o si en verdad quería tenerlos ahora que disfrutaba de su libertad. El estar casada y no tener que dar explicaciones era un lujo que pocas mujeres podían permitirse.

 

-          Me voy a dormir, Ser. Que descanséis – se despidió Dany cerrando la puerta. Apreciaba a su comandante de la guardia real, pero a veces la desesperaba como nadie.

 

Acostada sobre su cama pensó en Jon. Lo cierto era que aunque no la quisiera se comportaba como un autentico caballero siempre que estaban juntos, y cumplía con sus obligaciones no lo podía negar. Se sonrojaba al pensar en él desnudo. Pero ella quería más. Poco a poco se había empezado a enamorar del chico frio y distante que conoció en el campo de batalla y al cual deseo desde el primer momento. Sin embargo, y a pesar de los años, Jon no hacía nada; ni por alejarse, ni para juntarse más. Se limitaba a cumplir con su función de rey, pero su mente se distraía con sus propias cosas. Solo le había visto sonreír de verdad cuando hablaba de su hermano Robb, de las peleas que tenían de niños y de cómo gastaban bromas a la vieja tata. Y también cuando hablaba de Arya. El afecto y el cariño que sentía por su hermanita era mayor que cualquiera de los gestos que la había dedicado a ella.

 

 

 

En el patio, Jon se movía inquieto dando órdenes a los caballerizos que corrían de un lugar a otro. Su caballo apenas estaría descansado del viaje y necesitaba otro descansado y rápido para buscar a su hermana lo antes posible. Estaba seguro de que la mocosa que les seguía de pequeña cuando iban de caza se conocía aquellos bosques como la palma de su mano, y de todas formas Nymeria jamás la dejaría que la pasase nada malo. Aun así tenía que ir a buscarla ya. No estaría a gusto hasta tenerla bajo los techos de Invernalia, a salvo, con él.

 

Cuando por fin el caballo, un garañón castaño recién traído del sur, estuvo preparado varios de los invitados a aquella fiesta comenzaron a llegar.

 

Unos tras otros los grandes carruajes se amontonaban en el patio principal a la espera de que los criados y caballerizos les atendiesen. Los blasones de las casas ondeaban sobre los carros como las velas de un barco. Desde su caballo Jon pudo distinguir el oso de sable sobre un campo sinople de los Mormont y el gigante de la casa Umber. Sabía que tenía que bajarse, atender a sus invitados y ofrecerles la hospitalidad de su hogar, de Invernalia. En vez de eso salió al galope seguido de su guardia sin volver la vista atrás. Aquello le costaría caro, estaba seguro que en la noche lo pagaría con creces, pero no le importaba. Ahora solo tenía una prioridad, y era encontrarla.

 

 

 

En el gran salón las sirvientas servían el vino que había pedido Sansa para tranquilizar a Jayne. La muchacha todavía tiritaba presa del miedo y la angustia que sentía por su futuro. Theon, a su lado, no se apartaba de ella. Estaba dispuesto a asumir cualquier castigo que pudieran encomendarle a su mujer. Conocía la ley y había obligado a los hijos del hierro a cumplirla, incluido él. Otro error más según su hermana. “No se lo impongas y obedecerán. Impónselo y te odiaran” le había dicho Asha.

 

Jayne tartamudeaba todavía cuando le conto todo lo que tuvo que pasar para sobrevivir.

 

Entre lágrimas y silencios la confeso como los Lannister la habían tenido presa todo aquel tiempo en unas habitaciones aisladas de todo. Estaba segura de que estaban en el sótano o en las mazmorras porque no se escuchaba nada. Ni los ruidos del castillo, ni los del patio, no se oía absolutamente nada. La única compañía que recibía era la de una criada vieja y arrugada que se tapaba la boca por el penetrante olor a humedad. No supo cuanto tiempo estuvo encerrada, ni que ocurría en el exterior. Creía ciegamente en que moriría entre aquellas cuatro paredes cuando un día un gran señor se presento en su habitación. Le dijo que se llamaba Tywin Lannister.

 

A la mañana siguiente la vistieron como a una dama y la llevaron con los Bolton. Aquel hombre le dijo que si confesaba la verdad a cualquiera de los Bolton, padre o hijo, la matarían en el acto, y que sino le obedecía a él también la mataría. “Puedes elegir, pequeña. Morir ahora, morir más tarde o serme útil y mantener la boca cerrada” El terror la recorrió cada fibra del cuerpo y acepto.

 

-          Me hice pasar por Arya y me case con aquel demonio que me torturo, me violo y… - Jeyne se asfixiaba por la ansiedad. Volver a recordar todo aquello después de tanto tiempo, después de creerlo olvidado… deseo morirse de nuevo. Sus ojos se encontraron con los de Theon que apretaban su mano sin perderla de vista. – Si sigo viva – susurro encontrándose con la mirada de Sansa – es por él. Si Theon no llega a rescatarme hubiese sido capaz de arrojarme desde la torre.

 

Sansa asintió. El desprecio que sentía por Theon no disminuía a pesar de lo que le dijera su amiga de la infancia, pero solo por ella estaba dispuesta a fingir la debida cortesía que se negaba a darle a aquel traidor.

 

La puerta que daba a la cocina se abrió de golpe. Una muchacha castaña de pelo rizado, recién llegada de los pantanos caminaba nerviosa buscando a alguien con la mirada. El olor a especias en el pelo y las manchas de hollín en la ropa le decían que era una de las pinches.

 

-          Que ocurre – exigió saber Sansa que comenzaba a oír los gritos de los hombres en el patio.

 

-          Señora. Los señores amenazan con marcharse. Exigen hablar con la reina.

 

 

 

El patio era un hervidero de gritos y maldiciones. Los aprendices y caballerizos no daban abasto con las monturas que se amontonaban en el patio principal y que los señores se negaban a mover haciendo una larga cola que ya invadía el puente de madera. Los relinchos de los caballos despertaron a los dragones que hambrientos miraban con ojos de depredador a las monturas.

 

Sansa miraba aquello desde la puerta sin saber que hacer. Nerviosa se mordisqueaba la uña pensando en que haría su madre si estuviera allí en su lugar. Señores gritando, caballos descontrolados y dragones a los que tenía pánico con solo mirarlos. Solo quería volverse adentro, a sus habitaciones y esconder la cabeza hasta que Jon regresara.

 

-          Deja eso o te harás daño. – La mano de Petyr se deslizo suavemente sobre la suya para tranquilizarla. Con aquella sonrisa prepotente miraba a los norteños como animales enjaulados. – La reina esta indispuesta y el rey anda como un loco buscando a tu hermana. Es tu momento, compórtate como una buena anfitriona y doma a esas fieras. – Los ojos le brillaban cuando se sentía poderoso.

 

-          Tu nunca cambiaras ¿verdad? – resoplo Sansa.

 

Sacando pecho y con la espalda recta como le enseño la Septa se dirigió a los hombres que vociferaban en el patio. A cada paso se sentía la señora de la casa tal y como la pasaba cuando estaba en el Valle de Arryn. “Aquello no es muy diferente de esto” se decía una y otra vez. Un paso tras otro se convencía más de que aquello era lo suyo. Los chicos tenía sus espadas, Arya tenía su arco y ella; ella era una autentica dama. Una gran señora capaz de domar a las fieras como decía su marido.

 

-          Esto es un atropello. Somos su siervos, si. Pero nosotros también tenemos dignidad. – Se gritaban unos a otros encolerizados.

 

-          Señores, señores. – La dulce voz de Sansa quedaba apagada por los continuos gritos que invadían el patio. – ¡Señores! – acabo gritando haciendo que cada hombre y mujer reunido se volviera hacia ella. – Gracias por su atención. El rey Jon se ha marchado por circunstancias que se escapaban a nuestro control. Por favor no lo tengáis en cuenta ya que cuando él regrese os tratara con todos los honores que mis señores se merecen. Mientras tanto yo, Sansa Stark, os ofrezco la hospitalidad de Invernalia. – La frase salió tan natural de sus labios que por un momento se sintió la reina de todo aquello.

 

-          ¿Y a donde se ha marchado?. – Sansa miro al hombre que le había preguntado. Aquel hombre gordo y calvo no lo reconocía. El resto de hombres la miraron esperando una respuesta. “Y que debo decirles ahora” pensó desesperada. Aquello se escapaba de su control. Por nimia que fuera la influencia de Arya, aquello era un acto de usurpación que implicaba a demasiada gente; los hijos del hierro creían tener una Stark en su poder y eso lo valoraban.

 

-          Señor Manderly, señores – se adelanto unos paso Petyr hasta estar al lado de su esposa. – Mi mujer y yo os rogamos paciencia, pero sobretodo compresión. Arya Stark se ha escapado al bosque y Jon ha ido en su búsqueda. Pero por favor esto sería más fácil de explicároslo acompañado de un buen vaso de vino.

 

El gesto de Meñique no paso inadvertido para Sansa que entro al gran comedor ordenando a las criadas servir grandes jarras de vino. Si algo había aprendido de los banquetes es que cualquier discusión fuerte se arregla con vino y sin son tontas acaban en pelea.

 

Dentro del salón los hombres se movían inquietos mirando con desprecio al marido de Sansa. Ninguno de ellos podía olvidar que aquel hombrecito había permitido la muerte Eddard Stark y no contento con ello había logrado casarse con la versión joven de Lady Catelyn. Tras un momento de titubeo en el que las miradas de Petyr y Sansa se cruzaron les explico la delicada situación en la que se encontraban las muchachas Aryas Stark.

 

El silencio reino en la sala. Aquello resultaba tan increíble que costaba entenderlo. Pero lo que más les preocupaba eran las repercusiones. Los hijos del hierro no se quedarían tranquilos con una explicación, exigirían algo más. La pregunta que les rondaba a todos por la cabeza era ¿Cuál seria el precio a pagar?. El silencio incomodo y pesado ahogaba cualquier susurro en el salón. Solo las sonoras carcajadas del jefe de la casa de los Umber lograron disipar y calmar los ánimos de los norteños que ya esperaban un levantamiento en las islas.

 

-          Que los otros se la lleven. Esa niña es un pequeño demonio desde el día en que nació – se reía Gran Jon. El gigante barbudo no era ni la sombra de lo que fue cuando partió con Robb. Su pelo encanecido y sus ojos tristes mostraban la apariencia de un hombre cansado. Pero en esa ocasión su risa tronaba entre las cuatro paredes. – Bueno por mi entonces no hay ningún problema. Muchachos a que esperan. Adecenten a mis bestias – ordeno a sus escuderos mientras otra sirvienta le rellenaba la copa de vino.

 

Sansa suspiro aliviada al ver como uno por uno los señores iban aceptando la situación. Todavía veía algún rostro resentido que acabaría cediendo embriagado por el vino, pero estaba contenta; la mayoría empezaba a bromear y hablar sobre perros y caza.

 

-          Todo bien mi señora – le sonrió Petyr con dos copas de vino en las manos. Sansa cogió su copa y se llevo a parte a su esposo lejos de las miradas de los señores. El beso, largo e intenso como el que él la dio cuando jugaba en la nieve allí donde el nido de águilas, no se podía comparar.

 

 

 

El camino real fue uno de los mayores logros de los Targaryan, nadie lo discutía. A lo largo de todo el reino, desde una punta a otra de Poniente, el camino unía todas las regiones hasta llevar directamente a Desembarco del rey. Eso y la paz del rey fueron los orígenes de un autentico comercio en Poniente. No entre pueblos o reinos vecinos, no. Sino que las mercancías recorrían el reino como uno solo sin importar la procedencia. Posadas y prostíbulos invadían las lindes y las encrucijadas invitando a los viajeros y comerciantes a hospedarse y disfrutar de una cama caliente. Solo en el norte era diferente. El frio y la nieve alejaban el comercio y el camino se encontraba medio abandonado. Las pocas posadas que persistían en su empeño estaban cerca de los pueblos y ciudades donde nunca faltaban hombres. Solo Villa topo, un pueblo casi subterráneo había conseguido prosperar más allá del norte, a pocos kilómetros del muro.

 

Jon se removía sobre su caballo. La guardia tan empeñada en acompañarle le estorbaba. Solo un autentico hijo del norte, alguien que hubiese mamado desde niño el frio de la nieve, era capaz de recorrer los caminos de aquellas tierras sin perderse en las ventiscas y tormentas que se desataban en cualquier época del año.

 

-          Por aquí – grito Jon llevando a su caballo bosque adentro. Sus guardias se empeñaban en ir por el camino pensando que la muchacha tendría miedo de internarse dentro de aquel sombrío bosque. – No conocéis a esa loba – se rio Jon espoleando su caballo y dejándolos atrás.

 

Varios metros dentro del bosque Jon dejo de oír las voces de sus hombres. No le importaba, quería encontrarle él. Tarde o temprano encontrarían sus huellas en la nieve o sus marcas en los arboles. Había enseñado a Gendry y algunos otros a orientarse entre aquellos bosques y a seguir las pistas que dejaban los animales y las personas cuando se movían; no solo las huellas revelaban la dirección. El aullido de varios lobos cerca lo desoriento por un momento e inquietaron a su semental. Una rápida caricia y el manso animal se relajaba bajo su tacto. Estaba seguro de que Nymeria habría pasado tiempo entre esos lobos pero no creía que fuera a ir allí, de ser así Arya estaría en peligro. Ese pensamiento le erizaba la piel.

 

Entre la densidad del bosque un par de ojos oscuros le miraban siguiendo cada uno de sus pasos. El caballo, percibiendo el peligro, se removía piafando desesperado por huir. De pronto se encabrito levantándose sobres sus patas. Jon intento apaciguarlo con palabras suaves, pero el animal enloqueció. En un intento por tranquilizarlo Jon perdió las riendas y cayo al suelo. La enorme herradura cerca de su cara hizo que rodase hacia un lado para que el animal no le coceara en su ataque. Los relinchos enloquecidos ensordecían el lugar mientras que le veía como corría despavorido hasta perderse fuera de su vista.

 

-          Maldito caballo sureño. Tan cobarde como sus hombres – murmuro levantándose con dificultad sacudiéndose la nieve. El rugido a su espalda le helo la sangre. Una enorme mole de pelo corría hacia él salivando. “Tenía que haber traído a Fantasma” pensó esquivando la primera dentellada del enorme huargo.

 

Recostada contra una enorme roca protegida del viento helado Arya acariciaba a su loba perdida en sus propios pensamientos. Se sentía humillada y no solo por ellos, sino por si misma. Se había comportado como una cría, una cría pequeña y llorona que solucionaba sus problemas huyendo. Eso es lo que hacia la vieja Arya, pero no la de ahora. Había sido capaz de matar y pelear, desnudar cadáveres y ayudarles a morir y sin embargo tenía miedo de volver a Invernalia.

 

-          Nymeria tengo miedo de decirles que he hecho durante estos años. – Las lágrimas resbalaban por sus mejillas al pensar en lo que podrían pensar de ella. Sansa la miraría con horror, de eso estaba segura, pero… y Jon.

 

La loba se levanto para lamer las lágrimas de su dueña en respuesta. La lengua fría y áspera hizo sonreír a Arya. No porque la consolara, sino al recordar como juntas habían salido de la fortaleza. Montar a Nymeria había sido impresionante. Los músculos de la loba parecían ajustarse a su propio cuerpo. Sin palabras ni gestos, solo con la tensión de sus músculos la loba iba donde ella quería ir y se movía donde ella quería que se moviese. No era como montar a Rhaegal, esté hacia lo que quería. Rasco la cabeza del animal pensando en su hermano. Nunca creyó en los rumores que decían de su él y Viento gris, pero estaba segura que de haber entrado en combate con el lobo Robb todavía seguiría vivo. “No murió por ser un mal guerrero, sino porque le traicionaron” se recordó. Ella estaba presente cuando ese Perro faldero de Jofrey, ese Sandor Clegane, se la llevo antes de que cometiera una locura.

 

No solía pensar en Robb, en su madre o en su padre. La casa del Blanco y Negro la enseño a ver la muerte como una amiga, algo tan natura como era respirar, comer o estar con un hombre. Todavía se sonrojaba cuando recordaba como se lo explico la niña abandona. Aun así cuando pensaba en ellos no tenía claro lo que sentía. Su hermano no había sido tan cercano con ella; su atención siempre estaba en Bran y después en Rickson. Su madre lady Catelyn intentaba que fuese una dama, una señorita, en definitiva una segunda Sansa y su padre, bueno, su padre simplemente no la entendía. Todo lo que recordaba de su infancia era estar con Jon; siempre con Jon. Recordaba jugar con Jon en la nieve y entrenar con espadas hasta que la Septa los regañaba y le recordaba a Jon que ella era una señorita, no una campesina que pudiera perder el tiempo. Recordaba como se escabullían en el bosque cercano al castillo y la enseñaba a disparar con arco o las noches de tormenta en las que se refugiaba en su cama y se abrazaba a él hasta quedarse dormida. Incluso cuando solo tenía cuatro años llego a decirle que se casaría con él. Su madre casi la mata al oírla decir aquello; el odio irracional por Jon aumentaba cada vez que la veía con él y no dejaba de recordarla que era su hermanastro, y que todo su cariño debería ser para el resto de sus verdaderos hermanos. Arya se negaba a aceptar aquello y aseguraba que se casaría con Jon sin importar lo que pasase. Eddard Stark tuvo que explicarla que aquello era imposible, que Jon era su hermanastro y por lo tanto jamás podrían ser otra cosa. “Pues no me casaré jamás. No quiero a nadie que no sea Jon” le grito a su padre encerrándose en su habitación.  

 

-          Era muy ilusa ¿no crees? – La loba levanto la cabeza al oír la voz de Arya exigiéndola con la cabeza que la acariciase. – Aunque lo cierto es que mi infancia fue muy feliz hasta que vino el rey Robert. – Arya jamás perdono a su padre ir hacia el sur. Ni siquiera ahora después de tanto tiempo le perdonaba haber roto la manada por lealtad a ese gordo barrigudo que solo sabía beber, comer y de putas. – Sera mejor volver. Antes de que anochezca.

 

Arya se levanto sacudiéndose la nieve de las piernas. Pronto anochecería y el bosque se llenaría de alimañas y animales salvajes. El rugido de un lobo cerca de ella se escucho por todo el bosque ahuyentando a varios cuervos salvajes que dormitaban entre las ramas de los pinos.

 

-          Será mejor que nos vayamos – le acaricio la cabeza a la loba.

 

Unos cuantos pasos entre la nieve y el grito que escucho la helo la sangre, hasta la última gota. No importaba ni el tiempo, ni la distancia. Reconocería esa voz en cualquier parte del mundo, era Jon.

Notas:

Bye*****

Capítulo 5 Comienzan los problemas por yuukychan
Notas de autor:

Bueno aqui os dejo otro capi y no seais crueles y comentar

-          Jon – susurro con un hilo de voz. No podía ser él, se negaba a creer que fuera él. “Dudabas de que saliera en tu búsqueda, niña tonta. Es Jon. El mismo que se enfrentaba a Eddard Stark para defenderte a pesar de ser un bastardo” le decía una parte de ella.

 

Torpe por el frio Arya salió a la carrera hacia donde había escuchado los rugidos. Nada. El eco del bosque la daba pistas falsas que la enviaban cada vez más lejos. La daba igual si se encontraba con un oso, un gato montes o un mismísimo cadáver viviente, tenía que encontrar a Jon, no iba a dejarlo solo. Las ramas y matorrales congelados la golpeaban como latigazos al pasar entre ellos arañándola los brazos con los que se protegía. La presencia a su lado de Nymeria la tranquilizaba. La loba corría a su lado mirándola, preguntándola con aquellos oscuros ojos. ¿Qué estas haciendo?

 

Arya se paro en seco. Sintió de golpe todo el cansancio, pero lo ignoro. Desesperada cogió la cabeza de Nymeria entre sus manos.

 

-          Busca a Jon, Nymeria. Por favor busca a Jon. El olor de Fantasma esta en él. Por favor encuéntralo; sé que puedes – la suplico.

 

La loba echo las orejas para atrás olfateando el aire. Una ráfaga fría se llevo unas cuantas hojas que bailaban por el aire y de pronto la loba se puso a correr por delante de Arya. Saltaba y zigzagueaba entre los arboles perdiéndose por momentos de vista. Asustada por perderla Arya corrió todo lo que pudo tropezándose con una raíz que sobresalía de la tierra. El dolor al caer de rodillas la recorrió el cuerpo sacando de su boca un quejido. Las lágrimas presionaron sus ojos sin llegar a salir, algo más había llamado su atención distrayéndola del dolor. Era un ruido sordo e irregular, pero sonaba metálico. “Jon” fue el único pensamiento que se la cruzo por la cabeza. El rugido del animal no se hizo tardar pero esta vez era diferente. Aquel le conocía; estaba segura de que era Nymeria. Ignorando el dolor se levanto. Su loba estaba cerca y eso significaba que Jon también.

 

Solo unos metros más adelante tras un muro de arboles centenarios Jon luchaba contra el enorme animal que se lanzaba una y otra vez contra él. Jon conocía ese juego. El animal no le estaba atacando en serio, solo estaba jugando con él, cansándolo; para después cuando ya no pudiera moverse matarle de una vez. Ya lo había intentado en dos ocasiones. La primera la vio venir, sus ojos se lo decían; pero la segunda había sido distinta. Le había engañado al rodearle y aprovecho para atacarle por detrás. Un movimiento certero desde abajo y le pudo herir una de las patas, pero le había costado caro. La mano se había cruzado con uno de los colmillos de la bestia y había perdido a Garra. La espada voló unos metros lejos de él perdiéndose entre la nieve, dejándole entre los arboles y el lobo sin más armas que su otra mano desnuda.

 

El olor a sangre excitaba al animal, solo el dolor en la pata lo incitaba a ser cauteloso con aquella presa.  El lobo no dejaba de dar vueltas a su alrededor, incluso con la herida de la pata no dejaba de moverse. Jon supo que estaba a punto de atacarle. Esos ojos amarillos le estaban controlando para saber por donde atacar. Busco a su alrededor alguna piedra, rama o lo que fuera pero la nieve lo cubría todo. No tenía escapatoria, aquel animal lo mataría.

 

Como si leyera su mente la enorme bestia se lanzo a por Jon. Una mancha borrosa y oscura salto por encima de él tirándolo al suelo. Con el rostro semienterrado en la nieve Jon pudo ver como otro par de patas se enfrentaba al animal. El gruñido de Nymeria lo sorprendió. La loba era un poco más pequeña que la otra bestia, pero parecía estar en mejor forma. Por lo menos no estaba famélica. Preocupado Jon miro en todas direcciones buscando a Arya, si su loba estaba allí ella tendría que estar cerca. Al fin la vio salir de entre los arboles cojeando un poco.

 

-          Tiene que estar vivo. Tiene que estarlo – se repetía una y otra abriéndose paso entre centímetros de nieve y arboles. Arya luchaba con todas sus fuerzas por no gritar el nombre de su hermano.

 

El miedo en sus ojos desapareció al verle. Estaba en el suelo y su mano sangraba, pero por lo demás parecía estar bien. Nymeria se encontraba en esos momentos enfrentándose al lobo más grande que Arya había visto en su vida. Los enormes colmillos del animal casi eran tan grandes como su daga. “Nymeria no podrá con él si la coge” pensó mirando con ansiedad a su amiga. Tirada en la nieve cerca de ella vio la espada de Jon. Despacio y atenta a los movimientos de los lobos iba acercándose lentamente al arma. Un momento de distracción y el aullido de dolor de su loba la corto la respiración. La pobre estaba tirada en el suelo lamiéndose la pata intentado cortar la sangre. Descartado el peligro el lobo se volvió hacia Arya y Jon. Ella supondría más energía que gastar para el animal, pero Jon ya estaba cansado. Relamiéndose el enorme lobo ignoro la presencia de Arya y se fue directamente hacia Jon.

 

-          Corre y no mires atrás. Me has oído. ¡Corre!. – grito Jon.

 

El muchacho no dejaba de mirar al animal y pensar en Fantasma. Llevaba más de cinco años sin separarse de él y justo aquel día había decidido dejarle en el castillo. Se volvió para ver a Arya y ella ya no estaba. Un suspiro de alivio salió de su boca al ver que le había hecho caso. Pasase lo que pasase ella estaría a salvo, sus hombres la encontrarían antes de la noche, estaba seguro de ello. Observo como Nymeria se ponía de pie con dificultad. La loba también tendría tiempo para marcharse, ese animal se saciaría más que suficiente con él. Una parte de él pensaba en la forma de huir, pero todo estaba en su contra. Si intentaba correr lo cogería, y tampoco le quedaban fuerzas para llegar hasta Invernalia. No encontraba nada que usar contra la bestia y su espada, era incapaz de encontrar el puño en forma de lobo entre la nieve.

 

El lobo cada vez estaba más cerca. Ya podía ver sus ojos amarillos y los enormes dientes a pocos metros de su cuerpo. “Este es mi fin” pensó Jon. Siempre creyó que los últimos momentos de la vida de un hombre recordaría cosas importantes, pero el no pensaba en nada. Simplemente estaba allí, esperando. Incluso se permitía comparar a Fantasma con ese lobo. Su huargo blanco de ojos rojos parecía una árbol arciano, el que tenia delante sin embargo le recordaba a Verano, el lobo de Bran. No era él, claro. Verano jamás abría atacado a Nymeria. Él podría no ser más que carne y comida, pero la loba era su hermana, entre ellos se respetaban. “Es hasta hermoso” pensó a una dentellada de distancia.

 

Su mente divagaba pensando en que jamás se imagino una muerte así. Cuando vivía en el castillo negro y era un guardia de la noche lo más probable es que muriera de viejo, de pulmonía o, quien sabe, algún salvaje renegado o unos de los otros lo matara. “Aunque fueron sus propios hermanos quienes lo intentaron” se recordó. Después durante la guerra estaba claro que podía morir en campo de batalla en cualquier momento y aun así sobrevivió y se convirtió en rey. Ahora de rey a lo único que temía era a las constantes obligaciones, cansadas y pesadas, a las que tenía que enfrentarse todo los días. “Ahora entiendo al rey Robert porque se dedicaba a comer y a beber” le confeso a su hermana Sansa. Y sin embargo había conseguido sobrevivir a todo aquello para morir a manos del animal que representaba su casa, o bueno la de su madre, pero que seguía considerándola suya. Era irónico.

 

Jon abrió los ojos. No iba a dejar que la muerte viera el temor en su rostro. “Que los dioses no te vean temer a tu destino” le había dicho una vez su padre.

 

La espada de acero valyrio atravesó la cabeza del animal como si fuera mantequilla. La sangre broto sobre el rostro sorprendido de Jon al ver a Arya detrás. La trenza llena de ramitas y hojas, la cara sucia y los brazos llenos de arañazos; aquella era su Arya. La muchacha le miraba aliviada. Sus ojos empezaron a llorar cuando tiro la espada ensangrentada y se abrazo a él. Entre sus brazos Jon podía sentir como temblaba y arañaba el cuero de su capa para tenerle más cerca.

 

-          Pensé que te perdía. Cuando oí al animal y luego tu voz, yo… - Las palabras se le atragantaban. Jon jamás la había visto tan indefensa a pesar de que había sido ella quien le había salvado la vida.

 

-          Tranquila. Aquí me tienes. – Jon la apretó con fuerza entre sus brazos. Llevaba 5 años sin tenerla para él. Muchas noches en el muro había soñado con Invernalia, con sus pasillos y habitaciones. Y siempre los buscaba, siempre. A Robb, a su padre y a ella.

 

Los ruidos de pasos y ramas rotas se oían cerca. Susurros y órdenes se entremezclaban con el viento sin llegar a distinguir que decían.

 

-          Tienen que estar por aquí. Mirar esas ramas de allí – decía uno de los guardias. Varias ramas y rastros de sangre se dibujaban en el suelo siguiendo una dirección. Las huellas eran demasiado pequeñas para ser de su rey, pero al menos encontrarían a la fugitiva de su hermanita.  – Muchachos aquí. Los encontré – grito un hombre saliendo de entre los arboles.

 

Gendry le seguía tan de cerca como podía. Al llegar vio al soldado ayudando a Arya a levantarse y tendiendo la mano a Jon. Una orden de este mientras se vendaba la mano y el guardia cargo a la muchacha entre sus brazos. La herida de la pierna todavía goteaba sangre y Jon se negaba a que ella se fuera andando hasta el castillo. Gendry se reprocho no haber llegado el primero.

 

El caballero iba unos pasos por delante de Jon cuando Arya estiro el brazo para coger a su hermano.

 

-          ¿Y Nymeria? – pregunto mirando a su loba cojear. El tono dulce y desvalido hizo que Jon la sonriera y acariciara su cabeza como cuando era pequeña.

 

-          Yo me encargo. Ahora tú tranquila. – El hombre siguió andando mientras él esperaba a otro de sus guardias. – Ser Gendry ayudadme con la loba. Tranquilo no os atacara. Y quiero que os llevéis la piel, las garras y los colmillos de ese – les dijo al resto de sus guardia señalando el cadáver del lobo. Algo se le ocurriría hacer con él.

 

Nada más atravesar las puertas de la ciudad Jon mando a uno des sus criados a por el maestre Kresos. Un hombre de mediana edad que empezaba a tener entradas y se pasaba media vida en la biblioteca era lo que les había enviado la Ciudadela para sustituir al anterior. El maestre Luwin murió durante el asalto de los Bolton y Jon culpaba a Theon de ello. Nunca se dio cuenta de lo importante que había sido el maestre para ellos hasta que volvió a Invernalia y no lo encontró. El maestre había sido no solo un sanador y consejero, sino que llego a ser un miembro importante de la familia hasta el punto de considerarlo un abuelo. El día que Rickson regreso a Invernalia Jon tuvo que mentirle y decirle que Luwin se marcho de nuevo a la Ciudadela. El niño se tiro una semana llorando por no haberse podido despedir de “su abuelo” como decía él. 

 

El hombre apareció preocupado al ver la herida del rey; sus tratos con Jon solían ser escasos, el muchacho no solía enfermar ni herirse con frecuencia por lo que cuando se veían las heridas tendían a ser bastante graves. Con un gesto rápido Jon negó con la cabeza y señalo a su hermana. Más tranquilo al ver la rapidez con el que el maestre comenzaba a atender a Arya se marcho hacia el gran salón. El guardia tenía órdenes estrictas de llevar a su hermana a una de las habitaciones de la torre nueva para que pudiera descansar después.   

 

Dentro del gran salón de Invernalia Jon tuvo que reunirse con los señores. Brevemente les explico la situación y comprobó aliviado que ya estaban informados. Agradeció interiormente a Sansa que se encargara de todo en su ausencia. Su hermana era una autentica señora de la casa y una dama capaz de controlar cualquier situación y se lo había demostrado, aunque sospechaba que Meñique la había ayudado, cosa que le molestaba. No le gustaba que aquel hombrecillo se tomase más poder y libertades del que él mismo le daba. Tampoco creía que descubrir cual de las dos Aryas era su hermana influyera mucho en el norte después de todo no estaba casada con ninguno de ellos, el problema estaba en las Islas del hierro. Theon estaba enamorado de su mujer o por lo menos eso era lo que parecía. Pero no creía que los isleños aceptaran a una simple plebeya como señora de las islas. Estaban orgullosos de haberse quedado con una Stark y este cambio, seguro, lo tomarían como una afrenta.

 

-          Mis señores no tengo escusas. Me retiro a descansar y a que me venden la mano en condiciones. Sobre el asunto de mi hermana ya veremos que ocurre con los isleños y si tenemos que tomar las armas para tranquilizarlos una vez más. Por lo demás Invernalia os ofrece la comodidad de su casa y espero que os encontréis a gusto.

 

Jon se levanto dejando a los hombres disfrutar de una noche en la que el vino y la cerveza aliviaran las groserías de aquella mañana. En el pasillo Sansa le esperaba apoyada contra la pared. Se había cambiado el vestido a uno más sencillo de color verde claro y se mordía la uña nerviosa.

 

-          Y Jayne – le pregunto a Jon nada más verle. Estaba preocupada por el destino que le esperaba a su amiga.

 

-          No será juzgada. El problema son las Islas de su esposo. Se sentían poderosos por tener a una Stark entre sus manos y ahora quien sabe.

 

-          Jon esta embarazada. Si al regresar a su hogar pueden hacerla daño prefiero que se quede aquí. – Unas diminutas lágrimas corrían por las mejillas de Sansa. La brutalidad de los hijos del hierro era bien conocida en todo Poniente. Tenía miedo por su amiga, demasiado como para ocultarlo.

 

-          Si el hijo es de Theon nadie la tocara un pelo. Puede que los isleños sean despiadados, pero respetan a sus esposas.

 

Sansa le sonrió aliviada antes de marcharse. Jon esperaba que durmiera esa noche sin mayor problema. Le había contado la verdad sobre las Islas del hierro, pero se había callado lo que en verdad temí. Si Jayne no era aceptada como reina pasaría a ser esposa de sal y eso les ponía en dificultad a ellos. “Me exigirán darles oro, plata, y alguna ley que les beneficie” pensó. Aquel problema tenía que solucionarlo cuanto antes sino quería un levantamiento. Tenía que hablar con Theon.

 

La habitación del Greyjoy era tan normal como el resto. La cama que ocupaba gran parte era más que suficiente para que cinco hombres durmiesen a sus anchas sin estorbarse. El color gris de las paredes resplandecía hasta casi ser blanco cuando el calor las iluminaba dando una calidez a la habitación que hizo que Jeyne sonriera al verla. La mesa era lo único que le molestaba a Theon. Era la misma que utilizaban ellos, Robb, Jon y él, cuando estudiaban con el maestre Luwin. “Me esta recordando mis errores” pensó Theon deslizando un dedo por la pulida mesa.

 

Los golpes en su puerta lo sobresaltaron. Fue Jayne quien abrió la puerta y se volvió para llamarle. Alguien quería hablar con él. No esperaba que nadie le llamase ni intentara hablarle. Solo Sansa se había molestado en ir a sus habitaciones y solo para saber como estaba Jayne. La dama seguía preocupándose por su amiga como cuando eran pequeñas y él se lo agradecía. No le importaba la humillación ni el desprecio que sintieran, siempre que solo fuera por él.

 

Jon entro por la puerta con aquel aire preocupado que invadía la sala. Sin necesidad de pedir permiso se sentó en una silla esperando a que Theon se sentara en la otra. El muchacho pareció dudar por un momento antes de ceder. Le preocupaba lo que tenía que decirle su antiguo hermano.

 

-          ¿Que ocurrirá cuando tus hombres se enteren de que no estas casado con Arya Stark?. – La pregunta de Jon le pillo de improviso, pero sabía cual era la respuesta.

 

-          Exigirán algo. El qué no lo sé. Y Jayne… – Theon miro a su mujer y trago saliva. Hubiera deseado que ella no estuviera escuchándolo. – Jayne se convertiría en mi esposa de sal y tendría que buscar a una nueva esposa con sangre noble. – Jayne se tapo la boca para ahogar un sollozo y Jon se quedo pensativo en el sitio mirando a la nada. De pronto sus ojos grises se clavaron en los del Greyjoy.

 

-          Cuando regreses a las Islas iré contigo. Yo y un pequeño sequito y arreglaremos esto. No pienso dejar que lastiméis a la chica. ¿Me has entendido?

 

Theon asintió y Jon se levanto. No podía hacer nada hasta entonces.

 

 

 

Sansa atravesó el patio interior donde descansaban los dragones. Sentía pánico por esos animales, pero necesitaba llegar a la torre. En esos momentos las bestias andaban volando sobre Invernalia sin prestar atención a nada en particular. El dragón verde de vez en cuando descendía hasta una de las ventanas para luego volver a ascender con rapidez. “Lo cierto es que son hermosos” pensó Sansa contemplándolos desde la puerta de la torre. Subió las escaleras hasta el tercer piso donde se encontraba la habitación de su hermana. En la puerta dos caballeros armaban guardia.

 

-          Caballeros – saludo Sansa con una corta inclinación de cabeza. – ¿Cómo esta mi hermana?

 

-          Durmiendo señora – le contesto el mismo hombre que había cargado con la chica desde el bosque. – El maestre dice que la herida es superficial y que mañana ya podrá andar. Le ha dado la leche de la amapola para que se durmiera. La señorita estaba empeñada en ver a su loba y se negaba a quedarse descansando.

 

Sansa les agradeció con un gesto y entro. Saber que su hermana no había cambiado tanto como parecía le alegraba. No sabía lo mucho que la había echado de menos hasta que la vio, bueno vio a Jeyne, pero el sentimiento no había cambiado al darse cuenta de que la otra era su autentica hermana. Sobre la mullida cama Arya descansaba igual de sucia que llego. Las doncellas solo pudieron lavarle el rostro y los brazos, antes de que el maestre la durmiera. Por el suelo, desperdigados, estaban los paquetes de la reina sin abrir. Sansa los guardo en el baúl a los pies de la cama y se quedo sentada un rato mirando como su hermana dormía.

 

-          Descansa hermanita. Mañana tenemos un largo día – la sonrió.

 

-          Sabía que te encontraría aquí. – La voz de Petyr la sorprendió por un momento. No esperaba que su marido la buscase precisamente allí. – Tienes que hablar para que organicen todo para mañana. Jon anda impaciente por celebrar cuanto antes el banquete.

 

Sansa asintió. Despidiéndose con un beso en la mejilla de su hermanita salió por la puerta junto a su esposo. Al volverse vio como los guardias seguían en pie protegiendo la puerta. Eso la aliviaba. Aquella diablesa no podría escaparse y hacer de las suyas.

 

 

 

Dany esperaba impaciente a que Jon apareciera. Había dormido gran parte del tiempo, pero ahora lo que quería era estar junto a él. Jon abrió la puerta cansado y se encontró con su mujer semidesnuda en la cama. Dany llevaba un camisón translucido del color azul de las Islas del verano; los tirantes que se ataban a la espalda parecían delicados afluentes de agua que se cruzaba en su pecho antes de perderse vientre abajo. La cascada plateada que era su pelo caía sobre su espalda dándola esa inocencia a su mirada que tanto había vuelto loco de deseo a Khal Drogo. Normalmente a Jon le encantaba encontrarla así y pasar una increíble noche de la que ninguno tenía quejas, pero en esos momentos estaba agotado.

 

-          Tengo problemas – fue lo único que la dijo. Se sentó en la cama para quitarse las botas y sintió la calidez de las manos de Dany abrazándole por la espalda. Era cierto que no amaba a la muchacha que era su tía; le gustaba y no le importaba darla un heredero, pero el amor no era algo que sintiese por ella aunque tampoco creía haberlo sentirlo por Ygritte. “Pero al menos a ella la elegí yo y tal vez la mate yo” pensó cabizbajo. Con ternura se quito las manos de su mujer y siguió quitándose la ropa. Tenía suerte de que la herida en la mano solo fuera un rasguño en comparación con la cicatriz que tenía en el ojo provocada por el maldito águila de salvaje cambiapieles y la mano abrasada por defender a su antiguo Lord Comandante.

 

-          Que clase de problemas. – El disgusto en la voz de Daenerys no paso desapercibido para Jon. La reina entendía que tuviera que ir a por su hermana, pero le molestaba que no la prestara atención a ella.

 

-          Las Islas del hierro. En cuanto Theon se marche iré con él y arreglare el asunto antes de que haya una posible rebelión. Lo más probable es que me exijan oro, o alguna cosa en especial.

 

-          Si solo es eso yo volveré a Desembarco de rey. – Dany se tumbo en la cama y se dio la vuelta dándole la espalda a Jon. No tenía ganas de que viera la frustración en su rostro. De pronto, a su lado sintió el cuerpo caliente de él. – Que… . – El beso la pillo desprevenida. La caricia de Jon sobre su estomago la extasiaba y deseaba que llegara más abajo. Deseaba que la besara allí abajo como hizo la primera noche en la que se acostaron, borracho y un poco torpe, pero excitante.

 

Aun cansado Jon decidió cumplir con sus obligaciones. Tener contenta a Dany significaba menos problemas con Ser Barristan al día siguiente y era lo que menos le apetecía. Discutir con aquel obcecado caballero empeñado en que él debería vivir en la fortaleza roja le agotaba más que cualquier día de entrenamiento con la espada. En la última discusión casi llegan a las armas.

 

-          Usted no es un rey ni es nada. Por lo menos hasta el usurpador de Robert Baratheon entendía que debía estar en Desembarco del rey. No perdido al otro lado del mundo haciendo vayan a saber los siete. – Jon le miro sin decir nada. Era triste ver a un hombre que como aquel tan pegado a sus convicciones que no veía nada más allá de ellas. Al final, tras pensarlo, le contesto.

 

-          Más triste es servir a tanto reyes, a uno le da en que pensar. – Ser Barristan retrocedió un paso como si le hubiesen lanzado una estocada. – Si soy o no un buen rey eso lo decidirá mi pueblo. Y ofenda a quien ofenda, mi pueblo es el norte. Puede que el que me engendrara fuera un Targaryan, al mismo que no supo proteger, pero mi padre fue Eddard Stark al que tampoco ayudasteis. – El rostro cenizo de Ser Barristan le devolvían una mirada mezcla de ira y culpabilidad. “Sabía que mi padre era inocente” se dijo Jon al ver aquellos ojos. – Aun así – continuo – no le culpo. Y espero por el bien de Poniente que cuide bien de la reina. Han tenido guerra más que suficiente.

 

 

 

El ruido de las espadas de los que entrenaban en el patio la llegaba a través de la ventana despertándola. Arya se sentía como nueva después de dormir tanto tiempo sin que nadie la molestase y el dolor de la pierna no era más que una molestia que se le pasaría a lo largo del día. Todavía en la cama deseaba pensar que aquellos ruidos los producían sus hermanos. Deseaba que el hombre que gritaba “más fuerte, más fuerte” fuera Robb y que Bran corriera tras ellos intentando imitarlos. Pero tenía que volver a la realidad, aquella no era la Invernalia de su pasado, era la de su presente.

 

Busco algo que ponerse de su baúl, pero solo encontró los vestidos que la regalo Daenerys. Se miro en el espejo de la habitación y todavía seguía vestida con la ropa del día anterior. La camisa estaba totalmente destrozada, aunque los pantalones se alegraba de tenerlos intactos. “Algo es algo” pensó abrochándose la capa.

 

Camino hasta la puerta y estaba a punto de abrirla cuando al otro lado escucho las voces de dos hombres. No entendían lo que se decían, pero reconocía la voz de Gendry incluso a través de la puerta. “Si te crees que por hacer guardia vas a conseguir hablar conmigo lo llevas claro” pensó irritada. Miro alrededor de su habitación buscando otra salida. La ventana era el único sitio por el que podría salir.

 

Sentir las piedras entre sus manos, las grietas y su rugosidad la hacían recordar su niñez. Las tardes en las que ella y Bran jugaban al escondite entre los tejados de Invernalia. “Siempre era mejor escalador que yo. Jamás conseguí atraparle” recordó. Cada piedra que tocaba la contaba en su cabeza, eso la ayudaba a no mirar hacia abajo. Paso a paso pensaba en lo extraño que sería que alguien la observara desde abajo. “Sansa diría que soy igual de salvaje y tendría razón” se dijo a si misma. Por fin llego al tejado de la herrería; debía ser muy temprano ya que no oía martillear a los hombres, ni voces, ni gritos en la plaza. Lo preferiría así, no quería tener que dar explicaciones a nadie de porque iba vestida tan sucia, o decir quien era a los que no la conocían. Ahora solo quería ir a un sitio.

 

 

 

-          Como que no esta en su cuarto. ¿Y donde esta? – los gritos de Sansa se escuchaban desde el patio donde le esperaba Jon y Dany. Sansa se había empeñado en ver como seguía la pierna de su hermana antes de ir desayunar. Nada más subir la habitación se encontró con los dos guardias que estaban relevando a Ser Gendry y Ser Minne. Con una inclinación de cabeza entro en la habitación y su ira exploto al no ver allí a su hermana. - ¿Cómo se os puede haber escapado? Por los siete. Jon – grito escaleras abajo – Jon se ha vuelto a ir.

 

-          Tranquilízate. Es Arya, estará dando una vuelta por el castillo. – Sansa no podía creer la tranquilidad de Jon. Parecía no entender las consecuencias que para ella eran grandísimas.

 

-          Jon. Va con la ropa sucia de ayer, despeinada y estoy segura que ni se ha lavado la cara. Es que no te das cuenta de que es parte de la familia real y por lo tanto tiene que fijarse mucho más en sus modales.

 

-          Sansa me voy a desayunar. Cuando queráis venís. Y si tanto quieres que Arya vista bien encárgale la ropa – la sonrió Jon cansado marchándose hacia el gran salón.

 

-          Pues eso haré – le espeto Sansa marchándose hacia el otro lado. No iba a permitir que su hermana la dejara en evidencia.

 

Atravesando el patio camino al salón Jon se fijo en que la puerta de las catacumbas estaba abierta. Solo conocía a una persona que bajase a esas horas y sin que nadie la viera. Arya jamás había tenido miedo de vagabundear sola entre aquella oscuridad, al contrario que él. A Jon no le gustaba bajar. Se sentía incomodo rodeado de todos los Stark y más ahora que ya no era Nieve, ni Stark, sino Targaryan. Iba a ir al salón pero al final cambio de idea. Esperaría a que su hermanita saludara a su padre y a su hermano. Un rato después la puerta se abrió del todo mostrando la cabellera castaña de Arya.

 

-          ¿Te apetece que tiremos con el arco? – le pregunto la alegre voz de Arya. Jon la miro y asintió. El hambre ya se le había pasado hacia un rato y simplemente esperaba por esperar. Por estar un rato con ella antes de tener que empezar a prepararse para el banquete. Caminaron juntos hacia el patio donde entrenaban los hombres, pero la voz de Daenerys les llamo desde atrás.

 

-          Jon. Ven. Tenemos trabajo – le sonrió entrando en una de las torres que hacia de biblioteca desde que la antigua se quemara.

 

-          Esto – “maldita sea porque ahora Dany” pensó irritado. – Nos vemos luego pequeña – se disculpo Jon dejando a Arya sola en mitad del patio.

 

 

 

Sola y aburrida Arya paseo por las perreras donde estaba Nymeria. Se sentía molesta con Jon. Ella quería pasar un rato tirando con el arco con él como cuando era niña. “Pero ahora esta casado y tú no eres más que su hermanita” se recordó. Ver a Nymeria la alegro. La loba parecía estar recuperada y se empeñaba en quitarse la enorme venda que le envolvía la pata.

 

-          Nymeria no – le ordeno Arya con un movimiento de la mano. Reticente la loba agacho las orejas no sin antes mirar malhumorada el vendaje.

 

Arya se tumbo un rato con la loba rascándola detrás de las orejas. Aquella noche era el banquete y todo el mundo andaba lo suficientemente ocupado para no molestarla por llevar aquellas ropas.

 

-          No tengo ganas de ir a ese estúpido banquete – se quejo Arya. No entendía porque ella también tenía que asistir. – Solo iré porque se lo prometí a Jon ayer, pero voy hacer el ridículo – susurro hundiendo la cabeza entre el pelaje del animal. Por una vez deseaba tener la elegancia de su hermana o de su madre para no avergonzar a la familia. Sansa le había dicho desde pequeña que se parecía más a un salvaje del otro lado del muro que a una dama, y ella la creía. Tampoco es que alguna vez hubiese deseado ser tan idiota como Sansa, pero prefería haber aprendido algo de modales antes de tener que ver a todos los señores del norte aquella noche.

Capítulo 6 El banquete por yuukychan
Notas de autor:

Holaaaa siento haber tardado tanto, pero es lo que tiene el verano que no se para por casa XD

Espero que os guste la continuacion y

Desde el alba las sirvientas se afanaban por limpiar los salones de Invernalia. Mientras que unas se dedicaban a pulir la madera de las mesas y limpiar las telarañas que se empeñaban en esconderse tras las columnas, otras intentaban que los suelos de piedra relucieran como el sol de la mañana. Unas cuantas maldiciones se escapaban de los labios de las muchachas al ver las persistentes manchas de vino que algún señor borracho dejaría caer por culpa de la embriaguez.

 

-          Estos serán muy señores, pero beben como los borrachos del lecho de pulgas – se quejo una muchacha recién llegada de la capital. La ropa de lana vasta y el pelo mal recogido no podían ocultar las manos delicadas y los aires de joven coqueta que nunca había trabajado como sirvienta.

 

-          Loreley – la llamo Sallyn la anciana ama de llaves que controlaba las tareas desde que Sansa la puso al mando. El pelo recogido en un alto moño la daba una autoridad que su delicada figura de anciana era incapaz de conseguir. – Si no te gusta fregar puedes volver a abrirte de piernas cuando quieras en el burdel. Pero ni una sola queja más.

 

-          Lo siento señora.

 

La muchacha ruborizada hasta las orejas agacho la mirada y siguió frotando el suelo entre quejidos y resoplidos de indignación. “Por lo menos abriéndome de piernas ganaba más dinero que estando aquí a cuatro patas” pensó. Lo único que la retenía en aquel trabajo era el miedo que sentía a las palizas de su antigua jefa y dueña del burdel.

 

El bufido de rabia siguió a la mujer hasta las habitaciones de Sansa. Conocía a la dama desde que era una niña, ella misma la había enseñado a coser antes de que su hermana, la que se metiera a Septa, llegara para intentar educar a las hijas de Lord Stark. Todavía recordaba la guerra que le daba la más pequeña a la vieja Septa y los berrinches que tenía luego la pobre mujer al no poder controlar a la niña, ni convertirla en una dama. “Con el tiempo madurara. Todas las muchachas lo hacen antes o después” le decía ella en aquellas noches  en que ambas se sentaban un rato en el salón con una copa de vino y recordaban su niñez en los campos del dominio.

 

Todavía recordaba como siendo niñas jugaban en el rio que cruzaba el valle. Daba igual si se era hijo del molinero o del señor del castillo; en los días que el sol azotaba con fuerza todos los niños acababan jugando entre las piedras de lecho y se empapaban de arriba abajo corriendo en un juego que no tenía final hasta que no se oía las voces de sus madres llamándoles. Fue la época más feliz para ambas antes de que cometieran uno de los peores errores de su vida.

 

Eran ya adolescentes cuando ambas se fijaron en el hijo menor de unos de los vasallos de los Tyrell, después de tantos años Sallyn ya ni recordaba su apellido o su rostro, solo aquellos ojos azules que la prometieron el cielo para después enviarla al mismo infierno. No habría sucedido nada si alguna de las dos hermanas hubiese confesado lo que hacían entre los juncos las noches de calor con el muchacho o como se escabullían a los graneros en los días de fiesta, pero se callaron y él se aprovecho de ello. Al final, después de dos años jugando con ellas, tuvieron que marcharse; el muchacho se iba a casar con una de las hijas de los Tyrell y no estaba dispuesto a renunciar a los privilegios que obtendría de esa unión.

 

-          Pero acaso la amas – le grito Sallyn llorando la noche que se lo dijo después de haber estado juntos.

 

-          No, pero no importa. Ella puede llegar a ser la señora de Altojardín si fallece su hermano. – La sonrisa de sus labios y la avaricia en sus ojos no se borraba ni siquiera cuando intento volver a besarla. Dolida ella se aparto. – Pero que te pasa, tengo ganas de más.

 

-          Solo soy eso para ti, ¿no es cierto? Un revolcón fácil. Una ramera. Tú prostituta. – La sonrisa de él le decía todo. Por fin se había dado cuenta de que aquello no iba a ningún lado y sin embargo eso no la aliviaba, seguía teniendo las esperanzas de que cambiara de opinión como siempre hacia. Pero tuvo que oírle, tuvo que escucharle decir aquellas palabras que la marcarían a fuego para el resto de su vida.

 

-          Tranquila. Tú y tu hermana sois de las mejores. Será porque os entrenado yo – se rió.

 

No supo cuanto tiempo se quedo en silencio, pero para cuando fue capaz de reaccionar él ya no estaba. Se encontraba sola entre los matorrales llena del polvo, hierba, dolida y humillada.

 

Toda la noche estuvo en su casa llorando. No podía creer lo idiota que había sido al confiar en él. A los tres días apareció en su puerta con una bolsa de monedas de oro y le confeso todo a su padre. Les exigió marcharse inmediatamente sino querían tener que irse, pero sin nada y con alguna que otra herida. Ese mismo día su padre las molió a golpes, a ella y a su hermana, y las echo de su casa. La última imagen que tenía de él era arrodillado frente al hombre que la engaño jurándole su eterna lealtad y silencio. Hoy día todavía sentía que la piel le quemaba cuando su padre las azoto por lo que hicieron, pero la dolía más la poca importancia que tenían para él. Al final Sallyn decidió buscar suerte como sirvienta mientras que su hermana se metía para ser Septa. Ambas habían decidido renunciar a tener familia o un hogar propio, se conformaron con poder simplemente vivir sin tener que recordar aquellos días.

 

Sansa encontró a Sallyn en su puerta con la mirada perdida. Las lágrimas de la mujer la preocuparon.

 

-          Se encuentra bien, Sallyn. ¿Ha ocurrido algo? ¿La pasa algo?

 

-          No señora. Vengo a preguntarle si necesita algo. – Tan rápido escucho la voz de Sansa, la mujer se recompuso al instante. Aquella vergüenza de su juventud era un secreto que se llevaría a la tumba. Más de una vez en su juventud quisieron volver y vengarse, pero como todo, eso quedo en un sueño del que solían bromear. De todas formas se alegraron al saber que jamás consiguió casarse con la hija de los Tyrell. La muchacha el día de la boda se fugo con otro hombre, un simple jardinero que trabajaba en el castillo. La humillación y la deshonra fueron como una llaga abierta dibujada en su rostro y una venda en el corazón de la dos mujeres que nunca se curaría del todo, pero por lo menos no estaba tan herido como al principio.

 

 

 

Sansa se paseaba de vez en cuando para comprobar que no quedase ni una sola mancha, pero la mayoría del tiempo se la pasaba charlando con Jeyne. Desde que descubriera que su amiga también sobreviviera a la guerra no dejaban de contarse por todo lo que habían pasado. Era sorprendente como su futuro era tan distinto del que imaginaron cuando eran niñas y cosían en el salón bajo la supervisión de la Septa Mordane.

 

-          Estas preocupada – la espeto Jeyne al verla mordiéndose la uña distraída. – ¿Me vas a decir que te inquieta?

 

-          Arya – la contesto Sansa. Jeyne meneo la cabeza y sonrió. Ambas sabían lo temperamental que era la loba salvaje y como se comportaba cuando era pequeña.

 

-          Entonces era una cría. Ahora no te digo que vaya a ser una dama, pero se comportara.

 

-          Eso espero – suspiro. – Muchacha limpia mejor este suelo. Acaso no ves las manchas – ordeno Sansa a una de las sirvientas que andaban de un lado para otro con la fregona.

 

-          No lo pagues con las chicas – le susurro su amiga mientras seguían caminando entre los muros del castillo con Sansa ordenando y disponiendo como la señora del castillo. La encantaba y había nacido para ello.

 

 

 

Los salones de Invernalia tan grises y oscuros siempre, brillaban con todo su esplendor en los grandes banquetes. Los colores normalmente grises de las paredes se habían revestido con los colores de las casas más importantes del norte y justo sobre la cabecera de la mesa real el lobo de los Stark junto al dragón de tres cabezas de los Targaryan presidian el salón como una vez hicieron el venado coronado de los Baratheon y el león de los Lannister. Jon no le pidió a Dany poner la casa de su madre – aunque siempre pensaban en Eddard Stark –  al mismo nivel que la suya; la muchacha lo había hecho por si misma bajo la negativa de Ser Barristan. “Tu gente se lo merece. Nuestro matrimonio une el reino, pero no el corazón de las personas. Esto es el norte y no lo olvido” le dijo cuando ordeno colocar el blasón.

 

Las mesas ordenadas en largas filas abrían un gran pasillo por donde los señores esperaban a la familia real. Gendry vestido con un jubón de lana negra con el blasón de su padre bordado con hebras de oro estaba sentado entre sus hombres a pesar de que hacia tiempo ya había sido reconocido como hijo del difunto Robert Baratheon y único heredero de Bastión de tormentas. Su tío Stannis fue quien le proclamo que sería su sucesor cuando él muriera en el último banquete al que asistió en su casa. Pero ser lord o no le daba igual, o por lo menos le había dado igual hasta ahora.

 

Ensimismado observaba como empezaba a subir de calor el ambiente. El vino y la cerveza hacia rato que rondaban las mesas y varios hombres ya no podían ni mantenerse en pie. Los chistes subidos de tono y las bromas volaban a su alrededor encendidos por los generosos pechos encorsetados de las muchachas que les servían, pero él estaba más concentrado en la familia de Jon. Solo Sansa y su esposo estaban sentados en la mesa principal. La dama vestida elegantemente de verde de pies a cabeza miraba a la puerta impaciente porque su hermano llegase y rezaba a los dioses porque Arya apareciera lo más arreglada posible.  No sabía nada de ella desde la noche anterior y esa mañana no consiguió encontrarla por ningún lado. Petyr y Jeynne le aseguraban que la chica se comportaría, pero la costaba creerlo.

 

-          La conoces. Ya aparecerá en un rato cuando nadie este pendiente – la susurro Petyr al oído.

 

Por fin Jon, vestido de lana negra con el lobo de los Stark bordado en el pecho con hilo de oro y plata apareció junto a Daenerys. Su vestimenta era de lo más sencilla para un rey, sin coronas, ni joyas, ni adornos. La reina, sin embargo, sabia como sorprender cada vez que iba al norte, y a pesar del frio llevaba un precioso vestido dorado que se ataba en la espalda al estilo dothraki sin más decoración que el intrincado peinado hecho de trenzas que sujetaba con fuerza su corona. Solo en el último momento había decidido ponerse sobre los hombros una estola de piel para protegerse del frío del norte.

 

Gendry se desilusiono al no ver a la muchacha ir tras los jóvenes reyes. Esperaba poder hablar con ella y a lo mejor bailar un rato ahora que si tenía alguna oportunidad. Ya no era el simple aprendiz de herrero con el que viajo, sino un hijo legitimo de la casa Baratheon. Los guardias que le acompañaban se rieron al ver el disgusto en sus ojos.

 

-          Ni que esperaras a una mujer, Ser Gendry. Con todas las que tenemos aquí para elegir – se rieron sus compañeros señalando a varias chicas que no dejaban de mirarle y sonreírle.

 

-          Beber y callar sabandijas – les rio la broma Gendry. Dio un largo trago al vino sin dejar de mirar a la muchacha de grandes pechos que no dejaba de hacerle ojitos. “Si no viene al menos me divertiré” pensó sonriéndola a la chica. En dos segundos la muchacha ya estaba sentada a su lado sirviéndole más vino mientras cada centímetro de piel al descubierto se apoyaba en él. Una parte de si mismo deseo seguirle el juego, aquellos pechos bien lo merecían, pero no dejaba de pensar en la lobita. Con una sonrisa y un leve gesto la muchacha se marcho ofendida hasta que otro de los caballeros la cogió por los aires sentándola a su lado.

 

-          Se la paso rápido el disgusto, señor – se rio su compañero sirviéndose más vino en la copa todavía llena. Gendry sonrió con desgana, aquella clase de mujeres las había conocido toda su vida. Mujeres hermosas y volubles que se iban con cualquier hombre al igual que el viento sopla cualquier barco. Ahora no quería eso, quería una autentica mujer que fuera solo suya.

 

 

 

Fuera, en el patio, Arya no dejaba de dar vueltas. Sabía que tendría que entrar en algún momento, era su obligación como diría Sansa. Pero algo en su interior la paralizaba, el miedo ha hacer el ridículo delante de todos aquellos hombres y mujeres la oprimía por dentro. Ella no era una dama, no llevaba vestidos, ni tenía modales. “Ni siquiera soy hermosa” pensó angustiada apartándose el pelo de la frente. Ella seguía siendo Arya caracaballo; la misma loba salvaje que disfrutaba montando a caballo, vistiendo pantalones y tirando con el arco. “Además de un miembro de la hermandad sin rostro, una asesina” se recordó. ¿Las asesinas acaso eran damas? Claro que sí, hay estaba la antigua reina del rey Robert, Cersei Lannister, tan hermosa como despiadada. De no haber sido su enemiga Arya estaba segura de que la habría idolatrado como a su heroína la reina Nymeria. Pero la pregunta era si ella podía ser una dama.

 

Al otro lado de la puerta la música se empezaba a oír cada vez más animada. La voz de barítono del juglar contratado para la ocasión era capaz de cantar desde el oso y la doncella más extravagante hasta la más dulce balada que haría llorar a su hermana. El ruido de risas y alboroto la ponía más nerviosa, pero aquel era el momento. Hombres y mujeres se prepararían para bailar y reír al son de la música y ella podría aprovechar para escabullirse en algún asiento apartado.

 

Los grandes señores ebrios como jóvenes muchachos pillándose su primera resaca sacaban en volandas a sus mujeres a pesar de las tímidas y nada creíbles protestas de estás. La reciente casa Thenn fundada por uno de los barbaros venidos de más allá del muro sacaba a su joven esposa Karstark en volandas acompañado de la risa de la mujer que no hacia más que darle patadas suaves para que la bajase. Jon animado por sus amigos saco a bailar a su esposa. Dany parecía la mujer más feliz de la tierra cuando Jon le tendió la mano como todo un caballero y empezó a bailar con ella aquellas canciones tan antiguas como los héroes. La encantaba escuchar como los grandes caballeros rescataban a sus doncellas de las manos del mal o como un oso quería cortejar a una dama; es esos momentos se sentía una más de esas doncellas bailando al son con su caballero de brillante armadura. Desde su asiento Gendry contemplaba como todo el mundo empezaba a juntarse. Varios hombres de la guardia se perdían entre la multitud con las muchachas que les habían servido la comida y otro tantos se arrejuntaban para escabullirse hacia los burdeles. El calor de la sala subía la temperatura de sus hombres que ansiaban una sola distracción para marcharse sin ser vistos.

 

Las puertas se abrieron apenas un resquicio, lo suficiente para que Arya entrara sin que el viento helado la siguiera adentro de la sala. Nadie se habría dado cuenta de su llegada si no fuera por los guardias que habían intentado marcharse en el mismo instante en que ella entraba. El golpe sordo de la puerta al cerrarla los hombres hizo que todas las miradas se clavaran en ella. Nerviosa trago saliva a la vez que avanzaba a pasos cortos con aquel vestido azul, el mismo que le había regalado Daenarys en Desembarco del rey. No entendía mucho de moda y viendo como iban el resto de damas vestidas – el rojo, el verde y amarillo debían estar de moda – estaba segura de que desentonaba, pero aquel vestido la había encantado. El color azul oscuro del vestido que iba clareándose en las mangas acampanadas hasta acabar en unos calentitos puños de pelo blanco le recordaba al norte. Al cielo norteño con el que había crecido. Su melena rizada y sedosa, sin ningún tipo de recogido o adorno, enmarcaba su rostro disimulando el rubor que le provocaba estar tan nerviosa delante de todos los vasallos de su hermano.

 

Al verla Jon no podía dejar de mirarla. Se había olvidado de todo, de Dany, de los invitados, absolutamente de todo. Dio unos cortos pasos hacia ella hasta que sintió la mano que le apretaba el brazo. Había intentado avanzar sin soltarse de Dany. La muchacha tuvo que agarrarse con fuerza para no caerse tras él.

 

-          Perdona. No me di cuenta – se disculpo Jon. Iba a decirle algo más cuando oyó la voz de Ser Gendry adelantándose a sus propios deseos.

 

-          Me concedería este baile, lady Arya.

 

Silencio. Jon solo oía el silencio de su hermanita y deseo que se negara. Rezo a los dioses antiguos por que la muchacha dijera que no.

 

Sera un placer – le sonrió. La mano extendida del muchacho y aquella sonrisa tan dulce la incito a aceptar. – Creo que se dice así ¿no? – le murmuro en el oído para que solo él lo oyera. La mueca de humor del hombre le decía que si.

 

Jon maldijo por lo bajo al verles avanzar hacia la sala para no quedarse en la puerta. Unos cuantos pasos y Gendry ya la tenía agarrada bailando la dulce melodía que tocaba en ese momento los músicos.

 

La música seguía sonando y las parejas bailaban a su alrededor, pero Arya sentía en la nuca la mirada de cien ojos clavados en ella. Los murmullos la distraían y la hacían perder el compas que Gendry llevaba por los dos. Escucho a varios hombres comentar lo mucho que había crecido y lo parecida que era a Lyanna. Aquello de que se parecía a la difunta hermana de su padre lo había escuchado muy a menudo, pero lo dudaba. Por la belleza de Lyanna comenzó una guerra que solo la muerte de casi todos los Targaryan y la propia muchacha pudo parar. Un traspiés por estar concentrada en sus pensamientos y el miedo ha hacer el ridículo se acentuó hasta que las manos de Gendry en las caderas la hicieron olvidarse de todo, de todo menos de Jon. No la molestaba que su antiguo amigo de fatigas la agarrase de aquella forma, en cierto modo – mirándole a aquellos profundos ojos azules – le gustaba. Pero no podía dejar de preguntarse como sería bailar con su hermano. Un rápido vistazo a donde él estaba y un pinchazo dentro de ella la hizo marearse y enfadarse al mismo tiempo. Dany lo tenia agarrado por el cuello, como ella hacia con Gendry, y lo estaba besando, sus manos entrelazadas detrás del cuello lo acercaban más a ella, más de lo que nunca había estado de Arya.

 

-          ¿Te sucede algo?. – Gendry vio como los ojos grises de la muchacha pasaban de la tranquilidad al dolor en apenas unos segundos y luego se opacaban cuando él le pregunto.

 

-          Hace demasiado calor aquí. Salgamos fuera – le contesto Arya sin darle tiempo a reaccionar. Agarro su mano y le arrastro entre la multitud hacia la puerta del patio por donde había entrado.

 

Los ojos de Jon se abrieron al ver a su hermanita salir con el muchacho entre risas y miradas. No le gustaba ni un pelo aquella complicidad que tenían los dos desde el momento en que empezaron a bailar y sus cuerpos se iban estrechando cada vez más. Cuando Gendry puso las manos sobre las caderas de su hermana sintió que la cabeza se le iba, pero que saliese a solas con ella le inquietaba más. Intento salir a buscarla. Quería meterla dentro del salón donde podía tenerla vigilada, él o cualquiera de sus guardias, pero otra vez fue Dany el que paro sus pasos.

 

-          ¿Dónde vas ahora? – le pregunto cansada. Desde que su hermana entrara por la puerta no había dejado de observarla todo el rato. Incluso los pocos besos que había conseguido darle era ella quien movía los labios, Jon solo se estaba quieto, rígido como un mástil esperando a que acabara.

 

-          Mi hermana ha salido a solas con Ser Gendry Baratheon. Ya sabes la reputación que tiene ese muchacho. No hay ni una sola criada que no haya tenido alguna relación con él.

 

-          Sabes que la mayoría de esos comentarios son falsos – suspiro Dany. – Además si algo le llega ha hacer a tu hermana lo casamos con ella y punto.

 

-          ¡Eso jamás! – Jon no se dio cuenta de la brusquedad de su voz hasta que no vio los ojos sorprendidos de Dany mirándole confundida. – Ser Gendry no es lo suficientemente bueno para mi hermana.

 

-          Si será eso. – Dany comenzaba a ver la clase de cariño que sentía Jon hacia Arya, lo curioso era que el hombre que era su esposo no se diera cuenta. – De todas formas – siguió – Arya no es de las que se deja “manipular”. Dala un poco de confianza – le aconsejo retirándose hacia su habitación. Comenzaba a tener sentimientos contradictorios por la muchacha que decía ser la hermanita de Jon, su prima o lo que fuera realmente.

 

 

 

 

 

Arya y Gendry caminaron hasta las afueras del castillo. Varios hombres los observaron marcharse preguntándose sino deberían avisar al rey de que su hermana se veía a solas con un hombre. Uno de ellos le pregunto directamente a Arya que le contesto que su hermano les había visto irse juntos. Alumbrados solo por la luna caminaron entre la oscuridad del camino hasta una pequeña posada que todavía permanecía abierta a esas horas de la noche. Una mirada al interior y Gendry supo que más que taberna era un burdel, prefería seguir caminando antes que entrar en esa pocilga, pero Arya le sonrió y entro. El hombre avergonzado por la suciedad ante la dama intentaba disculparse de mil formas diferentes.

 

-          No me huele a sucio sino a vida. Así que tráiganos un par de cervezas y sírvase otra usted buen hombre – le sonrió Arya dejando una moneda de oro sobre el mostrador y sentándose en la primera mesa que vio junto al fuego.

 

Arya adoraba aquella clase de sitios donde los distintos olores la transportaban a lugares lejanos. En Braavos había una taberna más pequeña y sucia que aquella donde los marineros iban a beber y a contar sus historias a cada cual más fantástica. Una vez que Nadie tuvo que trabajar como mesera para cumplir un encargo pudo escuchar la historia de un hombre que había luchado contra un Kraken. Emocionado, lo describía cada vez más grande, más maligno y más fiero. Solo paro cuando una mujer, una famosa cortesana que visitaba aquel tugurio solo para ver a su tío, cansada de sus cuentos le dio a elegir entre callarse con una copa de vino o con un puñetazo en el ojo. Arya no supo como ni porque, pero aquella noche la pareja durmió junta y se marcharon al día siguiente juntos. El hombre iba gritando por la calle que la enseñaría al Kraken más grande de todo el mundo si le acompañaba y entonces tendría que servirle para siempre. La mujer entre risas le prometió que si tenía razón se casaría con él.

 

La noche iba pasando entre cerveza y cerveza. Gendry no dejaba de hablar como fue su vida y como acabo siendo reconocido como un Baratheon. Pensaba que eso haría que Arya le mirase con otros ojos. Los mismos que le ponían las doncellas sin importar la cuna rogándole por que se casara con ellas. Sin embargo Arya seguía mirándole igual; nada en sus ojos, en su cuerpo o en sus gestos le decía que le desease. Y no entendía porque. Nada más sentarse varias mujeres de las que había en la posada había suspirado y murmurado por lo bajo lo que deseaban tocarle aquellos poderosos músculos o hundir las manos en la mata de pelo negro que era su cabeza. Solo Arya parecía impasible mirándole con esos ojos grises.

 

-          ¿Y que fue de tu vida cuando te escapaste de la hermandad sin estandartes?. – Durante toda la noche Arya había controlado la conversación evadiendo sus preguntas y los celos de que otro hombre la hubiese tocado en esos años le reconcomían por dentro.

 

-          La verdad que nada importante. Sandor Clegane me rapto y acabe trabajando en posadas como mesera allá en… otras ciudades – le sonrió Arya.

 

Siempre hacia eso, siempre sonreía cuando contaba una verdad a medias. En esa historia no aparecían los asesinatos, ni la hermandad, ni el templo. Eso era parte de la vida de Nadie, no de la de Arya se dijo a si misma. Gendry la miraba intentando encontrar la verdad en su rostro. Quería, no, necesitaba saber si Arya seguía siendo la muchacha inocente que conoció. ¿Pero como preguntarla algo como aquello sin ofenderla?

 

-          ¿Y tuviste algún pretendiente? – la preguntó disimulando su impaciencia dando sorbos a la cerveza.

 

-          Acaso quieres saber si soy doncella – le espeto claramente Arya mirándole fijamente a los ojos. Gendry negó con la cabeza y sus ojos se entrecerraron hasta dibujar una fina línea cargada de reproche. – Y encima me mientes. – Furiosa se levanto de la silla dejando a Gendry confundido y solo en la posada.

 

Caminaba molesta hundiendo los pies en la nieve. No estaba dispuesta a que nadie intentara controlar su vida de alguna forma. Si había habido alguien en su vida era problema suyo, no de Gendry, ni de Sansa y mucho menos de Jon. Estaba tan enfadada con el antiguo herrero que no se dio cuenta de que Jon iba hacia ella montado en su semental. Al verle de cerca su rostro se suavizo; no quería que su hermano pensara no lo que no era.

 

-          ¿Por qué demonios te has ido sola con Ser Gendry? Contesta – la ordeno bajándose del caballo más rápido de lo que nunca había visto hacer a otro hombre. – Acaso te gusta. Te has entregado a él Arya. Lo has hecho. Contéstame. Contéstame de inmediato – la abofeteo. Arya sorprendida se llevo la mano a la mejilla que empezaba a enrojecerse. No recordaba haber visto a Jon nunca tan furioso como ahora, jamás la había lastimado. Aquel temperamento le recordaba a Drogon escupiendo fuego cuando se enfadaba. Pero si él era un dragón, un Targaryan como ya se había enterado por boca de su hermana, ella era una loba salvaje del norte. Y aquel era su territorio.

 

-          Y a ti que te importa. Llevo más de cinco años cuidando de mi misma, ahora no tienes ningún derecho a cuestionarme nada. No eres quien, no eres mi padre, ni mi hermano, ni nadie que me importe – rugió furiosa jadeando por la falta de aire. Sus ojos empezaban a llenarse de lágrimas, tenía que marcharse antes de que se derrumbara por completo. – Tú estabas con tu mujer, con Daenarys. Así que déjame en paz. Ya te has librado de mi por segunda vez. – El empujón pillo de sorpresa a Jon que callo a la blanda nieve viendo como Arya montaba con tanta facilidad en su caballo y salía a la carrera sin que esté se encabritara. Todavía no sabía porque la había abofeteado. No quería hacerlo, jamás se le cruzaría por la mente maltratar a su hermanita. Pero pensar que había estado con Gendry a solas le había nublado la razón, más de lo que pensaba.

 

 

 

Jon atravesó las puertas del castillo empapado hasta los huesos. La suave llovizna que caía al regresar a su hogar se había convertido en un aguacero que no había dejado sin recorrer cada parte de su cuerpo. Nada más verle llegar varios hombres con Dany y Ser Barristan a la cabeza salían a su encuentro. Una mirada de Jon y las preguntas de Dany quedaron en su garganta. A una orden el hombre que estaba más cerca de ella le tendió su capa que puso sobre los hombros de su marido. Jon entumecido por la lluvia no sentía el frio, pero notaba como su cuerpo hormigueaba adormeciéndose. Atravesaron los establos donde su semental se encontraba pastando. En la puerta Sansa esperaba arrebujada bajo su capa de piel. El frio la enrojecía las mejillas que de por sí tenia ya rojas por culpa del vino cuando se marcho en busca de Arya.

 

-          ¿Qué ha pasado, Jon? Arya ha llegado hecha una furia y se ido corriendo a su cuarto.

 

El silencio de su hermano al pasar por su lado se lo dejaba bien claro. No quería hablar, ni tampoco preguntas.

 

Jon se tiro en la cama de su habitación, aquella que usaba casi todo el año cuando no estaba Danearys en Invernalia. El cuarto era sencillo, estaba acostumbrado a la comodidad simple y basta del muro. El pequeño cuarto solo tenía un escritorio con dos sillas, su cama y el arcón donde guardaba su ropa, además de una estantería donde había varios libros antiguos y polvorientos que se había llevado del muro. El mullido colchón de plumas le invitaba al sueño, pero su mente era una tormenta de pensamientos; la mayoría de ellos ni los entendía. Incluso en sus sueños se veía atormentado por las dudas. ¿Por qué necesitaba proteger tanto a su hermana? Porque realmente no era su hermana. ¿Sabía que Gendry era un buen hombre, el marido que cualquier muchacha en edad de casarse querría o cualquier viuda que buscase un nuevo esposo. El chico era atractivo, no lo negaba? Aun así no estaba dispuesto a que cortejase a su hermana. ¿Y si ella quería? Meneo la cabeza. Arya nunca había querido casarse. ¿La antigua Arya no, la niña no. Pero y la Arya mujer de ahora? Pues tendrá que casarse. ¿Y tú lo aceptaras? No; jamás. ¿Por qué?

Notas:

Hasta la proxima actualización

Bye*****

Capítulo 7 Sorpresas y tensiones por yuukychan
Notas de autor:

Wenassss aquí os dejo otro capitulo haber si os anima a dar vuestra opinion sobre la historia XD

-          Porque es mía.

 

Jon se levanto sobresaltado con el sudor perlando su cuerpo. Las palabras en sus labios le quemaban como brasas ardientes que se perdían en la oscuridad de su habitación. Se levanto antes de que el sol saliera, pero no quería volver a dormirse, no podía. Torpe, se levanto de la cama. Estaba desnudo y la ropa estaba desperdigada por el suelo, sin embargo no recordaba haberse desnudado la noche anterior. Se lavo la cara en el pequeño plato que tenía encima de su escritorio; necesitaba quitarse aquellos pensamientos que todavía rondaban por su cabeza impidiéndole pensar con claridad. El agua fresca y dulce con olor a rosas y jazmín le devolvió a la realidad y le recordó que Dany se marcharía esa tarde. Aquel olor era su forma de despedirse. Normalmente los tres días que duraba su visita dormían juntos todas las noches esperando engendrar un heredero, pero en aquella ocasión se marchaba un día antes y solo había dormido una noche en el mismo lecho. Eso le costaría caro con Ser Barristan. A veces Jon pensaba que el hombre se extralimitaba en sus funciones, pero él no era quien para decirle nada. Acordaron el día de la coronación que él se encargaría del norte y solo del norte. Lo demás era cosa de Dany y su consejo.

 

Los golpes bruscos en la puerta le molestaron. Era demasiado temprano y no estaba de humor, no después de la noche que había pasado.

 

-          Entre – contesto con desgana. Busco alguna camisa que ponerse, pero al ver entrar a Dany simplemente se encogió de hombros. No había nada en su cuerpo que la muchacha no hubiera visto.

 

Dany entro dejando a su leal comandante Ser Barristan en la puerta esperando. El hombre arrugaba la frente y fruncía el ceño cada vez que creía que Jon no cumplía con su deber; y aquella mañana su cara parecía tener más arrugas de lo normal. Dany se sentó en una de las sillas y clavo sus ojos violáceos en él. Agotado y sin ganas de discutir Jon se tiro sobre la silla de enfrente esperando que la conversación entre ambos no se alargara más de lo necesario. En un principio solo había silencio. Un silencio incomodo y rallante, como el que precedía a una batalla o, como en este caso, a una discusión.

 

-          Jamás te he exigido nada – le espeto Dany. – He respetado absolutamente todos tus derechos y aceptado que vivas en el norte, lejos de Desembarco. – Jon asintió mientras Dany se explicaba. La muchacha intentaba no alzar la voz, pero sus ojos, su cara; era una mascara de ira contenida que se desbordaba a cada palabra. – Lo único que te exigí, y te lo dije antes de casarnos, es que cumplieras con tus obligaciones tres veces al año para dar un heredero a Poniente.

 

-          Lo sé y…

 

-          ¡Cállate! – bramó Dany alzando por primera vez la voz. – No sabes nada, ni entiendes nada. A veces eres como un niño. En Desembarco del rey tengo que aguantar a todo el mundo exigiéndome que traiga un heredero del norte o del desierto de Dorne. Tú no eres el que día tras día durante un año entero tiene que escuchar la misma canción. – Jon la miraba en silencio viendo como poco a poco se calmaba. Tras un largo suspiro Dany fue capaz de continuar con voz tranquila. – Me marcho ahora mismo y no volveré hasta dentro de un año. Espero que arregles las cosas de una vez con tu hermana. No me importa que tengas amantes o te cases con ella, es algo muy normal en los Targaryan, pero quiero que soluciones las cosas.

 

-          Dany, Dany – la cortó Jon sorprendido de escucharla hablar con esa tranquilidad de su relación con su hermana. – No es lo que crees, te lo juro. Arya es mi hermana, mi hermanita.

 

-          Jon – le llamo Dany levantándose de la silla. – Cree lo que quieras, pero arregla esto. ¿Entendido? Eres un Targaryan, eres un rey, compórtate como tal. O la próxima vez responderás ante mí, ante Poniente, y lo harás a “fuego y sangre”. – El lema de los dragones parecía abrasar el aire, a pesar de ser simples palabras en boca de una mujer enfurecida parecía un autentico lema de venganza. Toda la noche en vela y la única solución que se la ocurrió fue aceptar los sentimientos de su marido siempre y cuando no se interpusieran con los deberes del reino y sin embargo esté seguía sin darse cuenta de lo que ansiaba.

 

No hubo más despedidas, ni besos, ni abrazos. Danaerys salió por la puerta dejando a Jon a solas con sus pensamientos. Seguida por su bravo soldado descendió las escaleras de la torre y se dirigió hacia el patio. Fuera les esperaban todos sus hombres a lomos de sus caballos esperando que su reina montase en el fiero dragón que consideraba su hijo. Dany se fijo en como dos muchachos, simples niños que ya se creían hombres, cargaban su equipaje en un de los caballos de tiro. El enorme arcón de madera de cedro decorado con imágenes de animales debía pesar más que ellos dos juntos.

 

Observando que su dragón seguía tranquilo y más ahora con su presencia paso por delante de los guardias y se dirigió hacia ellos.

 

-          Vosotros dejad eso – les ordeno enfundándose los guantes de cuero con lo que montaba a Drogon.

 

-          Señora. Ha sido una orden de vuestro caballero – se disculpo uno de los niños mirando al suelo para evitar la posible mirada llena de ira del caballero.

 

-          No estábamos robando ni nada por el estilo – dijo el otro más valiente hinchando el pecho como si con eso pudiera hacer frente a Ser Barristan.

 

-          Es cierto. Yo se lo ordene, mi reina – se rio el anciano caballero al ver como el muchacho se enfrentaba a él. Tenía madera de guerrero y eso le gustaba.

 

-          Quiero que dejéis toda mi ropa aquí, en Invernalia. Lady Arya no tiene con que vestirse y si ahí algo que me sobre son atuendos, Ser.

 

-          ¿Señora, esta segura? – le pregunto el caballero. Dany ignoro la pregunta clavando sus ojos en los de los niños.

 

-          Encargaos de que alguien se lleve el baúl a las habitaciones de la dama. Tened dos monedas de plata, una para cada uno, por cumplir mi orden – dijo entregándoles las monedas con una sonrisa de regalo. El rubor de las mejillas de los niños se extendió hasta las orejas. Antes de seguir a su reina el viejo caballero se dirigió al niño envalentonado que seguía mirándole con desconfianza.

 

-          Si algún día te aburres de las caballerizas de los Stark ve al sur. En Desembarco del rey tendrás futuro como soldado de la guardia, y quien sabe, a lo mejor incluso llegas a caballero – le sonrió el anciano.

 

-          Soy del norte y moriré en el norte – le respondió el niño hinchando el pecho como había visto hacer a sus mayores.

 

-          Como quieras renacuajo – le sonrió el comandante revolviéndole el pelo antes de irse.

 

Ser Barristan seguía de cerca el andar tranquilo y cansado de su reina. Había estado pendiente de ella toda la noche y estaba seguro de que el sueño se había escabullido de la habitación por estar pensando en el patán de su marido. Entendía que no la gustase obligar a nadie a que viviera con ella a la fuerza, eso mismo fue lo que hicieron con ella al casarla con el Khal con tan solo 13 años aunque acabo amándolo, pero sus maridos debían comprender que su hogar, les gustase o no, estaba junto a ella.

 

-          Mi señora. Todavía puede exigirles… - la mirada de Danearys le cortó antes de que pudiera acabar la frase.

 

-          Ser, no se equivoque. ¿Me molesta la situación? Si. Pero también obtengo una libertad que nadie me puede arrebatar. El precio es caro, pero la recompensa lo vale. – No estaba dispuesta a admitir que los celos y la impotencia por no poder hacer nada no la habían dejado dormir en toda la noche.

 

Danearys siguió caminando hasta su dragón. Al ver a los guardias le saludo con un pequeño ademán que indicaba que se preparasen. El dragón negro que era su montura habitual la saludo con cariño expulsando una hilera de humo al verla. Dany miro alrededor buscando a Rhaegal. Su otro dragón ya estaría sobrevolando el cielo en busca de algún venado o simplemente estirando las alas. Dolida por no poder despedirse Dany se monto en su bestia. Pronto llegaría a Desembarco del rey y tendría que aguantar durante un mes las constantes revisiones del gran maestre para saber si estaba embarazada.

 

Ya era más de medio día cuando la insistencia en la puerta hizo que Arya abriera los ojos perezosa. No había dado la orden de que nadie entrara, pero la puerta se abrió de golpe dejando que dos hombres vestidos con los colores de su hermano entraran cargando un hermoso baúl que no reconocía.

 

-          Estos señores hacen siempre lo mismo. Nos cargan el trabajo más pesado mientas que ellos disfrutan de la mañana combatiendo – se quejo uno de ellos. La espesa barba que crecía alrededor de su rostro amortiguaba los resoplidos de cansancio que dejaba escapar bajo el peso del enorme mueble.

 

-          Se puede saber quienes sois y de quien demonios es el baúl. – El malhumor en la voz de Arya hizo que los dos hombres se dieran cuenta de que había alguien más en la habitación.

 

-          Disculpe mi lady, pero son ordenes de vuestra hermana – se disculpo el otro de ellos avergonzado dejando el enorme baúl a los pies de la cama de la muchacha para hacer una reverencia demasiado exagerada para cualquier hombre.

 

Arya iba a aquejarse por la manía de controlar de su hermana cuando Sansa apareció por la puerta. Ese día había decidido vestirse con colores más veraniegos y había apostado por los tonos naranjas en toda su ropa que hacían juego con el color cobrizo de su cabello. Nada más entrar sus ojos se clavaron en los de su hermana y una mueca de disgusto se dibujo en sus labios tan parecida a la que le dedicaba su madre cuando era pequeña que una punzada de nostalgia le atravesó como una lanza.

 

-          Todavía en la cama. Cuantas veces te he dicho…

 

Arya no llego a oír lo que la decía escabulléndose entre las sabanas y las mantas que la aislaban del mundo exterior. Podía escuchar como las maldiciones de su hermana se apagaban tan rápido como se encendían a la vez que se despedía de los hombres que le había llevado el arcón.

 

Por fin cuando solo el silencio se escuchaba Arya asomo la cabeza por los pies de su cama para encontrarse con su hermana sentada en la silla del escritorio esperándola.

 

-          Ha sido la reina – la dijo señalándola el baúl con la cabeza.

 

-          Dany – sonrió Arya saltando al suelo vestida solo con un camisón viejo de Sansa. 

 

-          La reina o Danearys. No te tomes esas confianzas, Arya. No es de damas – la regaño Sansa recolocándose el pelo en el espejo mientras su hermana buscaba algo que ponerse.

 

Al principio Arya solo encontraba hermosos vestidos de seda, lino y algodón, con toda clase de pedrerías desde zafiros hasta esmeraldas que no la interesaban, pero después de estar sacando toda la ropa encontró lo que buscaba. Con una sonrisa de oreja a oreja saco del fondo del baúl varias prendas de cuero negro y otras en tonos marrones que eran para montar a caballo, varias camisas de lino aparecieron arrugadas en una de las esquinas junto a un saco de arpillera que escondía unas preciosas botas negras de cuero suave y flexible con remaches de plata.

 

Sansa la miro y suspiro.

 

-          Te regañaría, pero estoy cansada de que te intentes vestir y comportar como una dama. Me conformo con que te arregles los días en que tengas que estar presentable para el reino; como ayer. En verdad estabas preciosa, lástima que te empeñes en ir como una sierva. – Con aquel aire de dama resignada que siempre la envolvía desde que era niña salió de la habitación. Estaba en el marco de la puerta cuando se volvió y su rostro se dulcifico un poco. – Cuando acabes baja a desayunar. Mandaré que te guarden algo de tocino y carne.

 

Arya asintió agradecida. Era la primera vez que realmente veía a su hermana preocuparse por ella. Llevaba sin comer desde el día anterior, pero creía que Sansa no se había dado cuenta. Llevaba tantos años viviendo con la soledad y la muerte que la costaba creer que su familia se preocupaba por ella.

 

 

 

Tan pronto estuvo vestida salió corriendo de su habitación bajo la mirada asombrada de los guardias que apenas tuvieron tiempo de seguirla. Arya atravesó varias habitaciones contiguas hasta llegar a la entrada del patio donde descansaba Rhaegal. Los restos de sangre y carne en su hocico eran la prueba de que la enorme bestia se había ido de caza aquella misma mañana y había regresado con un suculento venado que le había saciado por el momento. Arya estaba a punto de acercarse al animal cuando el ruido de espadas, gritos y órdenes llamo su atención.

 

Atravesando el patio se salía a otro casi del mismo tamaño donde los hombres estaban entrenando. Después de la guerra Invernalia se había tenido que reconstruir en muchísimas zonas, pero el antiguo patio de armas seguía siendo el mismo que Arya recordaba de su niñez. El mismo donde había visto cientos de veces a Robb y Jon luchar mano con mano intentando superarse. Curiosa por ver quien estaría entrenando dudaba en si ir directamente hacia allí o ir a al gran salón como le había dicho Sansa.

 

En el patio los hombres se divertían enseñando a los más pequeños a sujetar una espada bajo la atenta mirada de Jon que les observaba desde la ventana de su habitación. Aquella mañana tenía muchos preparativos que hacer si quería partir cuanto antes a las Islas del hierro. Esperaba que al menos aquel problema se solucionara sin mayores dificultades que pagar unas cuantas monedas de oro, pero conociendo el carácter de los isleños lo dudaba. En su interior sabía que tendrían problemas.

 

Varios hombres empezaban a gritas y a apostar por quien de los mocosos que luchaban con espadas de madera sería el primero en derrumbarse llorando por las heridas y el cansancio. Después de un rato de risas y varios sueldos perdidos fue el turno de los mayores. Las reglas eran claras el que perdía dejaba turno a otro, pero el que ganaba seguía luchando hasta ser derrotado, aunque normalmente después de cuatro o cinco combates el ganador solía retirarse agotado. El primero en salir fue un hombre que llevaba un radiante sol blanco bordado en la pechera de la casa Karstark. Su rostro serio y lleno de cicatrices era el resultado de la guerra. La sonrisa burlona que dibujo su rostro al ver a su contrincante hizo que los presentes se echaran a reír. El joven escudero con el blasón de un sol rojo de la reciente casa Thenn que le había tocado le miraba con precaución intentando valorar sus oportunidades. La sonrisa del hombre se ensancho al ver su emblema. Ambas casas compartían el mismo blasón debido a que la señora de Thenn era una antigua Karstark que encontró refugio en los brazos de un salvaje durante la guerra.

 

-          Apuesto 10 monedas de plata a que el imberbe no dura ni un asalto – se rio Gendry echando las monedas en una bolsa. A su lado Petyr asentía con aquella sonrisa picara del que apuesta para ganar.

 

-          Que sean 30 monedas más, ¿quien se apunta? – sonrió mirando a los demás. – Alguien puede hacerse rico si apuesta por el muchacho. – El tintineo de la bolsa atraía más de una mirada, pero nadie estaba dispuesto a perder 40 monedas por un muchacho que en su vida había luchado de verdad.

 

-          Panda de cobardes. – Entre risas el antiguo aprendiz de herrero fue a recoger su dinero cuando escucho la voz de ella.

 

-          Que sean 50 monedas y acepto. – Gendry y Petyr se giraron a la vez al oír la voz de Arya. La sonrisa de Petyr se ensancho al ver la bolsa tintineante que le tiraba la hermana de su mujer.

 

-          Acepto pequeña, pero luego no llores si pierdes. – Sus ojos se clavaron en Gendry que asintió con la cabeza sin quitar la vista de Arya. Ella ni siquiera le dirigía la mirada sino que estaba más pendiente de ver el combate por el que había apostado todo su dinero.

 

El combate que en principio parecía sencillo fue una lucha que duro casi un cuarto de hora. Aunque el hombre de los Karstark estaba curtido en numerosas batallas apenas podía seguirle el ritmo al mocoso de su contrincante. Cada golpe que le daba el otro lo esquivaba y se lo devolvía. No era la misma fuerza, pero poco a poco comenzaba a hacerle mella. El muchacho por su parte buscaba que el hombre bajara la guardia para acabar el combate de una vez. Estaba tan cansado de sostener la espada y medir las distancias que casi pasó por alto el hueco vacio que había dejado el hombre al levantar la espada por encima de su cabeza. Rápido como una serpiente marco el punto debajo de la axila sin que el otro pudiera moverse a tiempo para impedirlo. Por fin el combate se había terminado.

 

-          Muerto. Págame – rugió la voz de Arya incluso antes de que ninguno de los presentes se diera cuenta del final de la pelea. Con la mano extendida esperaba que Petyr le devolviera su bolsa más llena.

 

-          Vaya con la niña – le sonrió el hombre entregándole la bolsa y extendiendo las manos hacia arriba. – Me has dejado sin monedas lobezna.

 

-          Los sinsajos no deberían apostar contra los lobos – le respondió mordaz al fijarse en el broche de plata con el que se ataba la capa. Contenta por su victoria Arya estaba a punto de marcharse hacia el gran salón cuando la mano de Gendry la cogió por el brazo sin dejarla irse.

 

-          Tenemos que hablar. – La orden en su voz hizo que a Arya le hirviera la sangre. Había sido él quien metió la pata la noche anterior y aquel día la estaba metiendo hasta el fondo si pensaba que ella accedería sin más.

 

-          Claro – dijo cogiendo una espada del montón y elevándola hasta su pecho haciendo una perfecta línea en el aire. Sus ojos grises se clavaron en los ojos azules del muchacho que no dejaba de mirarla asombrado. – Si me vences hablare contigo. De lo contrario me dejaras tranquila.

 

Los ojos de Gendry se clavaron en ella. ¿Cómo de buena podía ser con la espada para retarle de esa manera? La respuesta estaba clara: no lo sabía pero lo averiguaría.

 

Arya le esperaba en el centro del improvisado círculo que habían formado los hombres a su alrededor. Le era curioso pensar lo brutos que eran para algunas cosas y como para otras se organizaban de forma tan rápida y sin mediar palabra. Vio como entre la multitud se cruzaban varias miradas desaprobatorias y muchas otras sarcásticas. Nadie de los presentes creía que una muchacha como ella, una dama de alta alcurnia, pudiera saber manejar la espada. Eso la daba ventaja.

 

El ruido de las espadas apenas era un susurro comparado con las del combate anterior. Gendry la estaba tratando como a un niño, no, peor, como a una dama. Los golpes que la daba eran flojos, débiles, aquellas estocadas no romperían ni el cristal de una ventana. Entre golpe y golpe tardaba una eternidad y ni siquiera se molestaba en cubrir sus puntos débiles. “Como quieras. Sino me quieres atacar lo vas a pasar muy mal” pensó Arya para sus adentros. Golpe tras golpe empezó a obligarle a defenderse; su espada, una simple tira de acero forjado una y otra vez para hacerla tan fina, volaba en todas las direcciones que ella quería sin que Gendry pudiera pararlas todas. No fue hasta que el dolor le atravesó y la sangre le recorrió por el brazo que supo que la había subestimado. Sus ojos se fijaron en ella, en la posición de sus manos, de su cuerpo, incluso de sus pies. No se estaba enfrentando a una dama, se estaba enfrentando a un guerrero experimentado que no temía a la sangre, es más sus ojos permanecían impasibles al verla correr.

 

-          Eres imbécil – le soltó Arya de repente tirando la espada bastarda al suelo y marchándose. Gendry intento seguirla pero varios de los señores le detuvieron.

 

-          Estas sangrando muchacho. Tiene que verte el maestre.

 

Los comentarios y risas fueron el sonido de fondo que le acompaño hasta la torre donde tenía el nuevo maestre sus aposentos. Mientras Gendry subía las escaleras no dejaba de recordar los ojos fríos como el hielo de Arya, eran clavados a los que Jon ponía cuando estaba furioso.

 

-          Quien te haya hecho este corte es muy bueno – le decía el maestre mientras le limpiaba la herida con un liquido azulado que le quemaba la piel. – Ha profundizado lo justo para hacerte sangrar, pero no tanto como para llegar al nervio y eso es muy complicado. Debéis tener cuidado la próxima vez con el caballero en cuestión, Ser Gendry. Si hubiese llegado al nervio os quedarías sin brazo.

 

Gendry se quedo en silencio viendo como el hombre limpiaba y cosía la herida sin responderle a ninguna de sus preguntas. Su mente se encontraba pensando en Arya y en donde habría aprendido a defenderse de esa manera.

 

 

 

El eco de sus pasos resonaba en los pulidos suelos del castillo. Ciega corría entre los pasillos que la llevaban hacia el gran salón de Invernalia atravesando las numerosas habitaciones que formaban el entretejido esqueleto que era su hogar. Al dar la vuelta a una de las esquinas se sintió desfallecer. En alguna parte tuvo que girar mal o ir por donde no debía ya que no estaba frente a las puertas del salón, sino ante una pared de ladrillos macizos. Con aire ausente Arya deslizo su mano entre las paredes casi recién reconstruidas del nuevo castillo. Pensó en todas las historias que le conto su padre sobre Brandon el constructor, el primero de los Stark, el que hizo de ellos una casa antigua, los reyes en el norte hasta la conquista de Aegon I. ¿Qué diría si viera lo que hicieron con su castillo? ¿Con su pedazo de paraíso? Pensaría que no importaba el exterior siempre y cuando el calor y la fuerza manaran de sus entrañas o creería que su obra maestra, su legado, había muerto el día en que cayeron sus paredes.

 

Arya sintió como sus piernas fallaban y caía al suelo igual que un peso muerto. El frío de la pared la reconforto la espalda, encogida con la cabeza escondida entre las piernas temblaba presa de sus propios pensamientos.

 

“Soy igual que este castillo. Por fuera parezco Arya, pero en mi interior no sé quien soy. Por un momento, solo por un segundo, desee matar a Gendry por subestimarme. Nadie deseo matar a Gendry y volver con sus hermanos. Arya deseo abrazarle anoche en la posada, antes de que metiera la pata deseo abrazarle y sentir otra vez la calidez de sus manos como cuando bailaron. Mierda ¿Quién soy? ¿Quién quiero ser? ¿Quién debería ser? Te necesito, Jon”

 

-          En el suelo cogerás frio – le dijo alguien revolviéndola el pelo. Al levantar la vista Arya se encontró con los ojos grises de su hermano que la tendía la mano igual que cuando era pequeña. – Vamos a comer algo, Arya.

 

Arya extendió su brazo para coger la mano de su hermano. Sabía que debería estar furiosa con él, por desconfiar de ella, por abofetearla. Pero Jon, era Jon y siempre sería Jon para ella. El deseo de abrazarle se apodero de ella incluso antes de que su mente pudiera oponerse. Sentir el calor de su hermano, la seguridad que manaba de su cuerpo la tranquilizaba. En esos momentos sabía quien era; era la hermana de Jon, y él era suyo, allí y ahora era suyo. 

 

 

 

El salón de Invernalia parecía que nunca se vaciase durante las visitas. Varios de los señores, sobretodo los que vivían bastante lejos, se marcharon al alba junto a la reina Danearys, pero la mayoría de ellos permanecerían en Invernalia al menos 3 días más disfrutando de la hospitalidad del rey en el norte. Criadas y sirvientes trabajaban como hormigas durante todos esos días sin apenas descansar ni comer. Nada más terminar sus obligaciones les surgían muchísimas otras que no se podían aplazar. El fuego de las cocinas estaba encendido todo el día guisando y preparando toda clase de comidas suculentas. Lo caballerizos se pasaban en las cuadras todo el día atendiendo los cientos de caballos que traían los señores consigo; muchos, los que no cabían dentro se llevaban a los improvisados cobertizos que se construían para la ocasión. Los criados y sirvientes recorrían más de mil veces los pasillos del castillo llevando noticias de un lado para otro, o ayudando a determinados señores con sus quehaceres mientras que las doncellas hacían lo mismo con las damas. Pero todo el esfuerzo les merecía la pena. Al acabar la visita recibirían una moneda de plata o de oro según su oficio. Podía no parecer mucho, pero aquella simple moneda constituía el salario de todo un año para muchos de ellos.

 

Arya rezo por que el salón se encontrase vacio, pero si sus plegarias llegaron a alguno de los innumerables dioses que conocía decidieron ignorarla. Dentro del gran salón las mesas estaban a rebosar de caballeros y guardias bebiendo cerveza y vino junto a sus señores. La mesa principal donde comían sus hermanos y su familia más próxima estaba totalmente vacía. Sansa estaría dando vueltas por el castillo organizando sabían solo los dioses cualquier cosa.

 

Nada más sentarse Jon, las criadas pusieron ante él una exquisita fuente decorada con incrustación de oro con un jugoso lechón recién salido de la cocina. La grasa que goteaba por el plato bañando las cebollas y patatas asadas hacia que a Arya se le hiciese la boca agua. Nunca había sido de las que comiese mucho, pero desde que llegara a Invernalia no había comido más que pan y agua cuando la encerraron en el calabozo y poco más después de salir de él. El crujido de la corteza cuando Jon partió la carne la hizo salivar como a su loba cuando le ponían un venado delante del hocico. 

 

-          Veo que no tienes mucha hambre – se rio Jon al verla comer directamente con las manos. De haber estado Sansa seguramente habría puesto el grito en el cielo al verla comportarse de una forma tan poco femenina, pero delante de Jon no tenía porque contenerse.

 

-          Soy una loba huargo. No lo olvides – le sonrió burlonamente mientras hincaba los dientes a una patata asada.

 

No habían acabado de comer cuando Theon Greyjoy entro por la puerta con su esposa. El rostro alegre del muchacho cuando miraba a su mujer desentonaba con las miradas cargadas de odio y reproche que le lanzaban el resto de los señores. Arya vio como varios de ellos les negaban el asiento al poner los pies encima de los bancos tan descaradamente que le hizo hervir la sangre; nadie se merecía eso si se le había perdonado. Giro el rostro para ver si Jon haría algo por el que una vez fue su amigo, casi como su hermano, pero  el rey se limito a mirar hacia otro lado. “Padre jamás lo hubiera permitido” pensó con una punzada de tristeza.

 

Testaruda como solo una Stark podía ser se levanto ante la mirada asombrada de todos los norteños y llamo a Theon a gritos. La sorpresa no vino por que se levantara o le hablase, sino por las palabras que le dirigió tan claras como el agua.

 

-          Theon, hermano, aquí – le grito señalando la silla que descansaba a su lado.

 

Arya nunca le había considerado un extraño en su familia, sino más bien como un hermano demasiado mayor con el que jugar o un primo cercano que solo juega con lo chicos. Las miradas llenas de reproche y celos se clavaron en la nuca del Greyjoy hasta llegar a la mesa principal. Jon parecía dispuesto a permitirle sentarse, pero nada más. Sus ojos estaban clavados en los de su hermana castigándola con la mirada. “Ya hablaremos” la decían para luego desviar la mirada hacia otro lado de la sala.

 

-          Gracias, mi señora – le agradeció el isleño haciendo una profunda reverencia al igual que su mujer.

 

-          Idiota – le sonrió Arya. – Ven y siéntate – le animo cogiéndole del brazo como había hecho Bran miles de veces antes que ella cuando eran pequeños.

 

Tan pronto como la comida acabo y se despidió de Jayne y Theon, Arya se levanto dispuesta a ir a ver a su loba a las perreras. El animal todavía no se había recuperado del todo desde la mordida del huargo solitario y eso la preocupaba. Al salir por la puerta la voz de Jon  la llamo. Su seriedad y mal humor los noto incluso antes de darse la vuelta.

 

-          No tienes ningún derecho de invitar a ese traidor a mi mesa. Por ser mi hermana esta vez te perdonare, pero la próxima… estas avisada.

 

Jon pensó que con su amenaza sería más que suficiente; se olvidaba de con quien estaba hablando. Iba a volver al salón con sus hombres cuando Arya le hablo con aquel tono de niña insolente que empleaba con su madre o con Sansa cuando quería enfurecerlas.

 

-          Invitare a Theon a mi mesa cuantas veces me plazca. Para mí sigue siendo parte de mi familia a pesar de lo que haya hecho.

 

-          No te atrevas a… - la amenaza de Jon quedo silenciada por la voz de Arya.

 

-          … y si no quieres que este en tu mesa no te preocupes. Seré yo quien se siente con ellos.

 

-          Mato a hombres, mujeres y niños. Todavía no sabernos donde esta Bran, ni siquiera sabemos si sigue vivo y tú le perdonas así. Acaso no tienes orgullo – la grito elevando la voz tan alto que varios sirvientes se quedaron quietos en el sitio.

 

-          No entiendes nada, Jon. No entiendes nada – le contesto Arya. Por un momento Jon creyó ver a Ygritte hablando. Aquella salvaje le recordaba tanto a su hermana.

 

Jon clavo sus ojos en ella. La mirara como la mirara solo era capaz de ver a una loba salvaje que no podía dominar. Y encima le gustaba que fuera así. Con un resoplido de resignación y mas calmado se dirigió a ella.

 

-          Cambiando de tema. Compórtate bien con Sansa durante estos días ya que me voy a las Islas del hierro con el Greyjoy.

 

Los ojos de Arya se mantuvieron inexpresivos en todo momento, pero había algo en ellos, algo en su rostro que le hizo dudar de ella.

 

-          ¿Cuando partes? – le pregunto sacándole de sus pensamientos.

 

-          Mañana. Al alba.

 

Sin decir nada más Arya se dio la vuelta. Su forma de andar y de moverse era tan hipnótica que Jon vio como muchos de los hombres se paraban a contemplarla. “Tendré problemas; antes de mañana tendré problemas” pensó para sí mismo. Una orden y una dura mirada y consiguió que todos los hombres volvieran a sus trabajos. Un instante después Arya había desaparecido perdiéndose por algún rincón del castillo.

Notas:

Bueno y hasta que el capitulo de hoy jejeje

 

Cuidaros

Bye*****

Capitulo 8 Las Islas del hierro por yuukychan
Notas de autor:

Eyyy cuanto tiempo andaba algo perdida jejejejeje. Bueno pero aqui os traigo el capitulo

Todavía era de noche cuando los hombres empezaron a organizarse. El reducido grupo que había acompañado a su señor Greyjoy desde las Islas del hierro volvía a su hogar con el doble de personas, casi el triple si Jon contaba a los últimos caballeros errantes que se había unido al viaje en busca de fortuna. Casi despuntaba el alba para cuando todos los hombres ya estaban preparados. Jon se encontraba a la cabeza de la marcha junto a Theon seguidos de unos cuantos guardias y escoltando la carroza donde iba Jeyne dormida. La muchacha se había quedado traspuesta casi de inmediato, el embarazo incipiente iba bien, pero comenzaba a sentir las pequeñas incomodidades de las que tanto le había hablado la vieja tata cuando no era más que una cría.

 

A una orden la gran columna que formaba los hombres de Jon se puso en marcha. Paso tras paso seguían un ritmo tranquilo para pasar por la ciudad vacía. Era demasiado temprano para que ningún hombre o mujer se pusiera a trabajar, y menos con la helada mañanera que congelaba todo a su paso, ni siquiera el rocío que bebían las flores se había descongelado todavía. El galope impetuoso de algún hombre rezagado hizo que Jon y Theon se giraran a la vez. Una mancha oscura tapada con una gruesa capa ribeteada de piel cabalgaba velozmente entre los límites de la ciudad para llegar a su paso apareciendo y desapareciendo entre las casas. Segundos más tarde, justo en el callejón donde se situaba la cervecería más cara de la ciudad, salía el jinete de entre las sombras hasta situarse al lado de Jon. Un bufido de cansancio se escapo de labios de este al reconocer quien se escondía bajo aquella capa.

 

-          Te dije que te quedaras en Invernalia.

 

-          No. Me dijiste que me portara bien con Sansa durante tu ausencia. Como no lo voy hacer es preferible que me vaya contigo.

 

-          Ser Miken, Ser Giovanne. Llevadla de vuelta – les ordeno Jon a dos de sus guardias.

 

Ambos hombres vestidos con la capa grisácea de la guardia de Invernalia se adelantaron unos pasos con sus caballos. Intentaban rodear a la joven yegua de Arya para cogerla las riendas, pero la primera herida en la mano de uno de ellos les hizo retroceder a ambos. Ninguno había visto como la muchacha desenfundaba la fina espada para defenderse.

 

-          Atrás si no queréis que Aguja os cosa a punzadas – les amenazo. La espada, pequeña y fina, brillaba como el hielo con los tenues rayos del sol.

 

-          Arya – la grito Jon al verla herir a uno de sus hombres. La muchacha se volvió hacia él con los ojos entrecerrados por la ira.

 

-          No me pienso marchar. Jeyne se hizo pasar por mí y tengo todo el derecho a saber que ocurrirá con ella… - silencio – y conmigo. Ya no soy una cría, Jon. Sé cuando las cosas se pueden poner feas.

 

-          De tu vida me encargo yo. Ya no es necesario que te preocupes. – Jon supo que metió la patas incluso antes de acabar la frase. Su hermana jamás había consentido que nadie intentara controlar su forma de vivir y aquellos ojos le decían que eso no había cambiado con la edad.

 

-          No te equivoques, Jon – le amenazo levantando la espada y lanzándole una estocada a otro de los guardias que intentaba agarrarla las riendas. – Mi vida es mía y de nadie más. Si intentas controlarme de alguna forma, te arrepentirás – le contesto volviéndose hacia él con la espada todavía desenvainada por si algún otro guardia intentaba cogerla.

 

Jon clavo sus ojos en ella para después volverse hacia sus hombres.

 

-          Vendrá con nosotros. – Y sin decir nada más puso al trote a su caballo para salir cuanto antes de la ciudad. Mientras cabalgaba pensaba en las palabras de su hermana. A pesar de tenerla de vuelta hacía mucho que su hermanita se había independizado. Jamás tendría control sobre ella y eso le preocupaba.

 

 

 

El bosque de lobos se alzaba ante ellos inquebrantable y oscuro. El aullido de las bestias rompía de vez en cuando el silencio del amanecer hasta quedar en el olvido. Arya adoraba esos sonidos, la naturaleza tan llena de vida la hacia añorar sus correrías siendo niña. Ahora en el castillo todo se limitaba a obedecer. Sansa la atosigaba para que no se comportara como una salvaje. No la dejaba cabalgar, ni salir con Nymeria a cazar, ni coger una espada… nada.

 

-          La diversión de una dama comienza con esto – la decía Sansa enseñándole una aguja de coser. Arya le enseño la lengua y desenfundo a Aguja bajo la mirada horrorizada de su hermana.

 

-          Tienes razón que la diversión comienza con Aguja – se burlo de ella haciendo caso omiso de los gritos de su hermana por verla llevar una espada igual que si fuera un simple escudero.

 

 

 

No habían caminado ni un kilometro cuando Theon y Arya comenzaron a hablar animadamente como si toda la vida lo hubiesen hecho. La muchacha le contaba al Greyjoy alguna que otra aventura inocente que no delatara nada de su pasado. El hombre se reía a cada ocurrencia de la joven como si nunca antes la hubiera escuchado. Lo cierto era que jamás había sentido la necesidad de ningún tipo de acercamiento con la loba. Siempre había preferido la compañía de su hermana, no solo por ser más madura sino porque la consideraba la más hermosa de las dos, ahora, bueno, tenía otra opinión. Sansa había heredado la belleza de los Tully, su elegancia y forma de comportarse; era como el pez, sabía moverse con la corriente. Arya sin embargo era una loba en todo el sentido de la palabra. Su cuerpo y su rostro pertenecían al frío invierno de los Stark, a las rosas azules del norte, a esa belleza salvaje e indómita que cualquier hombre desea controlar, hacerla suya y coronar su cima. Hacia años que Theon pudo ver el retrato desgastado y envejecido de la hermana de Ned Stark, Lyanna. Nunca entendió que pudo ver el rey Robert en una niña como ella, ahora lo veía. Tenía frente así el vivido retrato de la Stark y entendía el deseo que podía producir conquistar el invierno.

 

Jon cerca de ellos no podía evitar enfurecerse al ver como su hermana trataba al traidor del kraken. A cada palabra, cada risa y carcajada apretaba más las riendas del semental que cabalgaba.

 

-          Si aprietas tanto al animal le encabritaras – le aviso Arya cuando Theon se acerco a ver a su esposa a la carroza.

 

-          No me gusta que os llevéis tan bien – le espeto Jon aflojando las riendas y notando como el animal se relajaba bajo sus piernas. – Detesto que hables con él.

 

-          Solo con él… Jon. – Los ojos de Arya se posaron en su hermano recordando la bofetada del día del banquete. Jon evito mirarla. – A mi tampoco me gustan muchas cosas y las acepto porque no tengo otro remedio – susurro antes de poner a su yegua al galope adelantándose varios metros sin que Jon pudiera evitarlo.

 

 

 

Las lágrimas le escocían los ojos sin llegar a salir. No importaba si estaba sola o acompañada, odiaba llorar y no iba a llorar. La costaba entender el comportamiento de Jon con ella y eso la dolía. El ruido de cascos detrás de ella la hizo ponerse a la defensiva. “Como sea Jon se va a enterar por no dejarme tranquila” pensó dispuesta a enfrentarse a él. Para su sorpresa no era Jon, sino Gendry. El semental del muchacho piafaba nervioso al estar al lado de su yegua.

 

-          Quieto muchacho. Sooo. No veas si corre esa yegua tuya – le dijo Gendry intentando calmar a su montura.

 

-          Si. Y al parecer es más dócil que el tuyo – se burlo Arya al ver como el semental coceaban en el aire. Alargo la mano hacia las bridas y de un rápido tirón calmo al caballo atándolo a su propia montura. La tranquilidad de la yegua parecía extenderse hasta el propio animal que agacho la cabeza y se mantuvo al paso que le marcaban.

 

-          Vaya – se sorprendió Gendry. – Buena con la espada, manejas los caballos como un autentico caballero y sabes bailar. ¿Hay algo que no sepas hacer? – sonrió intentando parecer seductor. Si lo consiguió no lo supo ya que Arya miraba al frente distraída con el paisaje. Después de un silencio corto le contesto.

 

-          No se cantar, ni coser, ni modales. No me sé historias de amor y hablar con coquetería. No se alagar a los grandes señores por mucho que me digan como se hace y no sabría llevar ni un castillo como Sansa aunque mi vida dependiera de ello. En definitiva no soy una dama, ni nunca lo seré. Creo por eso Jon y Sansa están decepcionados – “y también por eso Jon ama a Daenarys. Es una mujer hermosa y fuerte capaz de llevar una armadura y seguir siendo una dama” pensó sintiendo esa punzada de dolor en la boca del estomago. Siempre que pensaba en Dany y Jon sentía unas nauseas que no sabía de donde venían.

 

-          Pues a mi me gustas tal y como eres. Me encantaba viajar con aquella niña marimandona que con una espada en la mano creía que podía defenderse de cualquiera.

 

Arya levanto la cabeza. Era la primera vez desde que se volvieran a encontrar que Gendry volvía a hablarla con la misma calidez de cuando se conocieron. No intentaba agasajarla ni coquetearla, se mostraba sencillo, protector y tierno como el muchacho que conoció en el lecho de pulgas y la defendió de pastel.

 

-          ¿Y que haces aquí? – le pregunto cambiando de tema para que no se diera cuenta de la vergüenza que sus palabras le habían producido.

 

-          Tu hermano estaba preocupado y me ha mandado a buscarte para que te escolte. Iba a enviar a Ser Giovanne, pero el hombre sigue enfadado por el corte en la mano.

 

-          Se lo merecía por tratar de controlar mi montura como si yo fuera una niña. – Aquel mohín con los labios y esos pómulos inflados casi hacen que Gendry se callera del caballo.

 

-          No, desde luego que ya no eres una niña – se rio sosteniéndose con fuerza a su semental para no caerse.

 

Varios insultos se pasaron por la cabeza de Arya antes de contagiarse de la risa de su amigo. Solo el ruido de más cascos rompió la atmosfera divertida y cordial que se había formado entre ambos. A lo lejos Gendry distinguió el pendón de la casa Stark y se incorporo sobre su caballo. A pesar de que deseaba quedarse al lado de Arya y seguir riéndose no podía olvidar su lugar dentro de la casa Stark. Arya le devolvió las riendas de su semental ya calmado y tranquilo y espero a que la columna, con su hermano a la cabeza, les alcanzase.

 

-          Yo… siento lo del otro día. Te subestime y no debí hacerlo. También siento lo de la posada, no quise entrometerme solo es que… - meneo la cabeza inseguro – olvídalo. Solo quería decirte que lo siento mucho, lady Arya – acabo la frase Gendry al ver lo cerca que estaba Jon y el resto de los caballeros.

 

Arya le sonrió y volvió con él hacia la columna.

 

-          Sin rencores, Ser Gendry – le susurró antes de llegar a donde estaba su hermano. El muchacho no pudo evitar reírse al escucharla pronunciar la palabra “Ser”. Dicha por sus labios sonaba tan estúpida que haría que ningún niño desease convertirse en caballero.

 

 

 

El sol comenzaba a descender tras el horizonte cuando por fin alcanzaron las costas del norte. Desde tierra no se veían, pero allí de frente, en medio del mar, estaban las Islas del hierro. El viaje por tierra, aunque cansado, se podía hacer en un solo día si se obligaba a los caballos a caminar, trotar y cabalgar, siempre en ese orden para no agotarlos de golpe. El reciente pueblo pesquero que se había instalado en aquellas costas tras la guerra se encargaría de cuidar y custodiar los caballos del rey y sus hombres mientras estos se montaban en la gran embarcación que surcaba en esos momentos el tranquilo mar. Para ahorrarse más de unas horas de viaje Jon envió un cuervo a Puerto blanco pidiendo su barco más grande y rápido y que su mejor capitán les acompañara para ir a Pyke.

 

El enorme barco era pequeño comparado con las grandes embarcaciones que había visto Arya en Braavos. El espacio era especialmente reducido para un grupo como el suyo, pero entendía porque Jon lo había pedido así. Las enormes velas ocupaban casi todo el espacio, además de tener varios agujeros para los remeros si no soplaba el viento. El casco era tan puntiagudo y fino que rompería las olas tan suavemente como un cuchillo afilado cortaría la carne más tierna. No fue hasta escuchar las órdenes de Theon que Arya vio como otro barco todavía más puntiagudo con un kraken ondeando en su bandera apareció de entre las rocas. En uno de sus lados tiempo atrás alguien escribió el nombre del barco en letras rojas de las que ahora solo quedaban una simple Z solitaria que poco a poco perdía el color en la gastada madera.

 

-          Se llama “Zorra voladora” – le explico Theon al ver como Arya gesticulaba la Z sin apenas mover los labios.

 

-          Tu marcas el ritmo, pero en mi barco. Tus guardias pueden ir detrás. ¡Vamos! – le exigió Jon llevándose al kraken hasta su propio barco alejándole de su hermana.

 

 

 

Acostumbrada al mar y al olor de la sal Arya sentía nostalgia. Añoraba las tardes en el puerto de Braavos siendo Gata y ayudando a los pescadores con sus mercancías. Había sido entre las sucias calles del puerto donde había aprendido tantos idiomas y formas de lucha para defenderse. Los isleños de las Islas del verano le enseñaron a luchar sin cuchillos ni armas, solo con la fuerza de sus músculos y la agilidad de sus piernas. La primera vez que les vio luchar en serio y no solo los simples ejercicios que la enseñaban pensó que más que un arte de lucha parecía una extraña danza entre hombres. “Y que es la lucha sino eso” le contesto riéndose el capitán del barco cuando ella se atrevió a preguntarle. Los hombres libres de más allá de las ciudades libres, allí donde las montañas, cúpulas de los dioses como decían ellos, tocaban el cielo y se perdían por encima de él; le enseñaron toda clase de ungüentos y medicinas que de no verlo con sus propios ojos como las preparaban creería firmemente que aquello era magia. Se acordaba del muchacho pelirrojo empeñado en subir a lo más alto del barco; un día en que el viento soplaba ferozmente se escurrió y cayó al vacio. Manaba tanta sangre de su cabeza que Arya pensó que moriría en cuestión de segundos. Un anciano que apenas la hablaba cuando la veía le curo con la misma rapidez con la que ella podía disparar un arco. Suplico al hombre que la enseñase. Día y noche al pie de su barco le imploro; solo cuando las rodillas despellejadas por no moverse durante días y la piel tan tostada por los golpes del sol fue que se digno a enseñarla. No sabía si alguna vez volvería a su hogar, pero si lo hacia aquel era el milagro que necesitaba Bran, no maestres anticuados que no creían en nada que no les ensañase sus libros, sino la sabiduría de más allá de los océanos y desiertos.

 

Los gritos y órdenes de Jon acompañados por el rugir de las olas eran la música de fondo que se escuchaba en toda la cubierta. El joven rey caminaba nervioso sin dejar de mirar el horizonte por donde pronto aparecerían las islas. No dejaba de darle vueltas a como solucionaría el asunto si es que podía hacerlo sin recurrir a la guerra. Lo único que mantenía aquella endeble paz y cordialidad era que el pueblo orgulloso de krakens creía tener a una Stark en su poder. “Jeyne Pool es de familia noble. No de las más altas casas, pero si de la nobleza” le repitió varias veces Sansa antes de marcharse.

 

Jon se asomo por la borda apretando los puños contra la barandilla. Su mente era un remolino de pensamientos a los que no encontraba solución.

 

“Si no es una Stark no la querrán. A lo mejor una Karstark la hubiesen tolerado por nuestro pasado común, pero una Pool. Es una casa demasiado humilde para el orgullo de estos isleños. Si hay un levantamiento podríamos contra él ya que Dany esta avisada de lo que sucede por lo que si algo me pasa las islas quedarían reducidas a ceniza, pero no quisiera llegar a eso. Maldita sea”

 

Golpeo tan fuerte la barandilla sin fijarse si quiera quien estaba detrás. El dolor le recorrió la mano desde las uñas hasta el hombro haciendo hervir la sangre en la quemadura de su mano.

 

-          Lo que tenga que ocurrir, ocurrirá. De nada sirve ponerte nervioso – le dijo Arya posando su mano sobre su hombro calmando ligeramente el dolor. Jon la miro con preocupación. Si las cosas se ponían feas incluso ella podía salir herida o… algo peor.

 

-          Tenías que haberte quedado en Invernalia. Este no es sitio para ti – la recrimino. El leve tono de miedo en su voz hizo sonreír a Arya con ternura.

 

-          Jon ya no soy una cría – le susurro. – Además me preocupa más…

 

Sus ojos se desviaron hacia el bulto que se encontraba en el suelo cubierto de mantas y tiritando; era Jeyne. La muchacha era incapaz de levantarse y dar dos pasos seguidos sin tambalearse peligrosamente. El vaivén del mar la mareaba y el movimiento del barco no hacía más que empeorar aquella sensación de malestar general. No podía bajar ni a los camarotes ya que se ponía peor.

 

-          ¿Todo bien? – la pregunto Arya sentándose a su lado.

 

-          Soy una inútil. Si ni siquiera soy capaz de andar por el barco, como voy a poder ayudar a Theon. Las mujeres de la isla se reían a mis espaldas por no saber hacer ni siquiera un nudo de marinero. – La tristeza en la voz de Jeyne era mucho más profunda. Sus ojos revelaban la verdad, tenía miedo por su futuro ahora que todo se había descubierto.

 

-          Idiota – la susurro Arya cogiendo del suelo un pedazo de cuerda con la que se amarraba el barco. – Si tan inútil te sientes intenta aprender, pero no olvides que tu no eres del mar, sino del norte. Eres una mujer norteña nacida en el frio y la nieve. Los que esos orgullosos saben del mar y los peces, tú lo sobrepasas en animales y plantas; formas de cultivar y hacer que la leña arda durante días. No puedes compararte cuando eres mejor – la sonrió mostrándole un nudo de marinero.

 

Jeyne no la respondió. Se quedo en silencio agradecida por las palabras de la Stark. Nunca antes había hablado con ella de ese modo, ni se le hubiera pasado por la cabeza hacerlo. Siempre la vio como la niña tonta y marimandona que quería jugar fuera con la nieve y el barro en vez de aprender el arte del bordado. Ahora, a solas con ella, seguía sin entender porque era así, pero agradecía que fuera diferente del resto de mujeres a las que había conocido. En cierta forma le recordaba mucho a las hijas del hierro; eran mujeres, si, pero no se dejaban dominar por ningún hombre fuese o no su esposo. “Ella encajaría muy bien allí” pensó.

 

El resto de la noche, amparadas por la luz de la luna y los farolillos de aceite Arya le enseño los distintos tipos de nudos y cuerdas. Ella lo explicaba de una forma tan sencilla que Jeyne comprendió rápido el porque sus nudos se deshacían.

 

-          Mañana amarraras tu el barco – le dijo Arya levantándose para cederle su sitio a Theon que venia caminando tranquilo por la cubierta. Ni siquiera los dedos del pie amputados podían quitarle aquella forma tan provocadora de andar que había recuperado poco a poco. – Buenas noches – se despidió dejando a la pareja a solas en la cubierta bajo las estrellas.

 

Theon se metió bajo las mantas con su mujer y cogió los nudos que habían estado haciendo las chicas mientras él hablaba con Jon.

 

-          Estas preocupado. ¿Qué ha ocurrido?. – Jeyne le cogió con fuerza la mano para hacerle contestar. Era un truco que los años de matrimonio le habían enseñado a usar con el kraken.

 

-          No hemos llegado a ninguna conclusión porque no sé que pasara. Conoces a mi hermana. Asha es… Asha. No sé que puedo esperar de ella. – Theon agacho la cabeza para apoyarse en sus piernas. Siempre que pensaba en su hermana todo tipo de sensaciones le recorrían sus entrañas. El afecto y el cariño competían con el orgullo y las leyes de sus hombres. Ella le intentaba enseñar el equilibrio para tratar con su pueblo, pero el nunca entendía la lógica por la que se dictaban sus normas. “Naciste en Pyke, pero eres norteño hasta la médula de los huesos” le recrimino un día su hermana después de una fuerte discusión en la que él apoyo a Jon y la corona. – Los has hecho tú – le dijo a su mujer señalando los nudos e interrumpiendo sus propios pensamientos.

 

-          Arya esos y yo estos – le contesto Jeyne enseñándole el nudo de amarre que había hecho. – Arya me ha dicho que mañana amarrare el barco diga lo que digan los hombres. – No creía que fuera verdad, pero la hacia ilusión demostrar que ella también podía hacer algo tan importante sin la ayuda de nadie.

 

Theon no la contesto y la dejo hablar de cómo había estado haciendo los nudos. Por primera vez en mucho tiempo la veía sonreír de verdad y no esa típica sonrisa de mujer obediente a la que la habían acostumbrado desde pequeña. “Y esto lo a conseguido Arya” pensó. La pequeña loba indisciplinada empezaba a serle un enigma. Su forma de comportarse y de ver la vida rayaba con la realidad de su posición y eso le hacia preguntarse muchas cosas, pero solo una respuesta que quisiera saber de verdad. ¿Qué había estado haciendo la loba todos aquellos años? Sus movimientos, aquella agilidad, la forma de coger una espada y de moverse entre la gente sin usar movimientos bruscos ni de más.

 

-          En que piensas. – La voz de Jeyne entro en su mente dejando escapar la verdad de sus pensamientos. – Acaso importa – le contesto – Arya es Arya. No le des más vueltas.

 

 

 

El sol salía tras el horizonte cuando por fin el barco llego a tierra. En el puerto varios hombres con el kraken de los Greyjoy bordado en los jubones esperaban jugando a las cartas y bebiendo cerveza mientras bromeaban de las rameras con las que se habían acostado.

 

-          Las tetas de Sally no se pueden comparar con las de la dothraki; esas apenas se las puede comparar con uvas – se reía uno de los guardias. La saliva se le salía por la boca escabulléndose entre varios dientes rotos.

 

-          Mi señor – saludo otro de los hombres obligando al resto a que se pusiera de pie en cuanto vio a Theon bajar del barco. – Los caballos esperan en la misma posada donde los dejasteis.

 

Media hora después se encontraban otra vez en un empedrado y traicionero camino de piedra y tierra que les llevaría hasta el castillo de Pyke. Los hombres de las islas fruncieron el ceño al ver que volvían muchos más hombres de los que se fueron; y que la mayoría de los nuevos eran soldados y caballeros de los Stark. De vez en cuando miraban furtivamente hacia atrás para luego cuchichear cosas como “falta de respeto” ó “provocación”. Arya, al lado de Jon, observaba cuidadosamente el comportamiento de los hombres. Varias veces les pillo contando las armas y soldados, haciendo cuentas de a cuantos podían matar de una sola vez si la cosa se ponía fea. “Empezamos mal” pensó preocupada por lo que pudiera pasar al final del día.

 

El castillo de Pyke era una gran fortaleza que se extendía hasta el interior del mar. Grandes torres construidas sobre pequeñas islas unían varias zonas del castillo en una extraña y mortífera estructura. Los puentes por los que se cruzaba de una torre a otra siempre estaban húmedos y el viento soplaba con mayor fuerza a esa altura. Daba igual la forma de verlo, aquello no parecía un hogar.

 

En la puerta del castillo vestida de azul y negro de la cabeza a los pies y con las ropas de un hombre se encontraba una mujer que les miraba con hostilidad. La sonrisa de sus labios no podía disimular el desagrado que sentía.

 

-          Bienvenido rey Jon, hermano – saludo. Asha no era una mujer de formalidades, pero el creciente numero de hombres del norte la hacia intuir que algo pasaba o pasaría pronto. – Entrad. Mandaré que se os sirva una buena comida.

 

-          Asha – la llamo Theon antes de que su hermana se marchara. – Deja eso para más tarde. Tenemos que hablar. Solo que atiendan a los hombres; a todos los hombres – enfatizo.

 

Adelantándose a su hermana con su mujer, Jon y Arya detrás se encamino directamente hacia el salón más caliente del castillo que usaban. De un simple gesto Asha ordeno atender al resto de soldados para después seguir a su hermano. Se adelanto hasta la altura de este y hecho un vistazo atrás. No entendía que tenían que hablar con el rey, Arya y la extraña desconocida que se igualaba a ellos. “Podría ser una amante norteña” pensó fijándose detenidamente en el gris de sus ojos.

 

Al entrar en el salón las corrientes de aire caliente les golpearon como un puño ayudándoles a quitarse el frío del mar. Las mesas estaban dispuestas de manera similar que en Invernalia, con la excepción de que no había una mesa principal. Los Greyjoy siempre se sentaban con sus hombres desde que se fundo la casa allá durante la época de los héroes y eso no había cambiado. Asha camino tranquila hasta sentarse en una de las sillas y observo como el resto se sentaba. A la cabecera estaba Theon con Arya al lado de él y de ella; enfrente se sentaron el rey y la muchacha desconocida que les acompañaba. No se había equivocado, la chica tenía que ser importante y no una simple criada ó amante que para ella era lo más probable.

 

-          Y bien. Que demonios pasa. Y ve al grano hermanito.

 

-          Tenemos… tengo un problema. Mi matrimonio no es con Arya Stark – dijo Theon. Asha se adelanto varios centímetros casi de manera inconsciente para estar más cerca de él.

 

-          De que demonios hablas. Esa es Arya Stark – le espeto señalando a Jeyne que cabizbaja evitaba su mirada.

 

-          No. Ella no es Arya. Mi esposa se llama Jeyne Pool, una noble de baja alcurnia del norte. Y si, antes de que digas nada, sabía la verdad sobre ella.

 

-          Entonces donde coño esta Arya Stark – estallo Asha a punto de levantarse para golpear a su hermano. Lo único que la detuvo fueron las palabras de aquella desconocida.

 

-          Yo soy Arya de la casa Stark, hija de Lord Eddard Stark y Lady Catelyn Tully. Un placer en conocerte, Asha de la casa Greyjoy – la contesto con los ojos clavados en los suyos.

 

-          El placer es mío, querida – le devolvió la gentileza mordazmente la isleña. “Otra dama idiota del norte. Lo que me faltaba. Pero es una Stark y eso es lo que importa”. – Bien Theon. Pues ya que ha aparecido la autentica Arya Stark te casaras con ella y no se hable más. Esa otra – señalo a Jeyne – puede ser tu esposa de sal si quieres. Pero debes casarte con una Stark.

 

-          Eso va a ser imposible. – La voz ronca de Jon se encontró con la mirada enfurecida de la mujer.

 

-          Y eso por que, Targaryan. Las leyes del reino permiten tener más de una esposa ó – se rio – un esposo. O acaso tú no compartes mujer con otro hombre. – Jon la miro con indiferencia. No le importaba que Dany se acostase con su otro marido que también era su sobrino, para él aquello era un alivio. Así no tenía la responsabilidad de estar siempre con ella y tener que vivir en el sur. Eso lo mataría antes que cualquier espada o veneno.

 

-          Cierto que las leyes del reino lo permiten, yo no. Mi hermana no se casara de esta manera, y mucho menos lo hará para satisfacer las ansias de gloria y poder de vuestra gente.

 

-          Theon – se volvió Asha hacia su hermano esperando que este defendiera a su pueblo frente aquel lobo – dragón que se las tenía de creído.

 

-          Apoyo lo que dice Asha. No deseo contraer un matrimonio con Arya Stark solo para tener una especie de rehén. – Theon agarro la mano de su mujer por encima de la mesa para que su hermana lo viera. – Y ni esposa de sal, ni mil infiernos. Jeyne es mi esposa y lo será con todas las de la ley. El hijo de su vientre será mi heredero y llevara mi apellido.

 

Asha se sentó de golpe en la silla atontada por la respuesta de su hermano. Por más que quisiera hacer de él un hombre de hierro no dejaba de ser un norteño, peor, un Stark. El honor al que supuestamente renuncio para volver a casa se había fortalecido después de la guerra. Muchas veces le había pillado rezando ante aquellos arboles blanquecinos por aquellos norteños que le habían tenido preso y a los que llamaba padre y hermano. El nombre de Eddard Stark y Robb Stark siempre estaba presente en su cabeza; incluso en una pelea llego a decir la verdad de lo que sentía su corazón. “Desearía no haber traicionado nunca a mi familia, a mi autentica familia. Los Stark” la grito en un ataque de ira. De aquello habían pasado cuatro meses, pero las palabras todavía la dolían como cuchillos. Si su hermano se arrepentía de estar en casa significaba que ella no tenía familia. Sus tíos eran tres desconocidos perdidos en el mar de su propio mundo. Euron, su tío mayor, desapareció después de perder contra Theon el poder de las islas; volvió al mar a su vida de saqueo, mujeres y alcohol. Victareon, el mediano, acepto que su sobrino gobernase solo para fastidiar a su hermano, pero no había vuelto a verle desde entonces. Se pasaba la vida de burdel en burdel y buscando esposas de sal con las que distraerse; hacia tiempo que había dejado de contar los bastardos que se le otorgaban. Y Aeron pelomojado no lo había vuelto a ver desde que quiso bautizarse de nuevo con el Dios ahogado. Ni siquiera sabía si seguía vivo o se había reunido con su hermano y sus sobrinos en las profundidades del mar donde todos los isleños irían al morir según su religión. 

 

Jamás lloraba delante de la gente, pero sin poder evitarlo las lágrimas acudieron a los ojos de Asha que apretaba las uñas contra la palma de sus manos hasta sentir como la piel se abría bajo ellas.

 

-          Por esta afrenta, Targaryan, Stark o lo que demonios seas – levanto los ojos fríos como el mar y todavía húmedos y los clavo en los de Jon – iremos a la guerra. – Se esperaba oír cualquier cosa, desde que Theon era el señor y nadie la obedecería o alguna amenaza que implicara a su reciente arma, los dragones. Pero no fue el rey quien la sorprendió.

 

-          Me casaré – dijo de repente Arya. Jon sorprendido casi se atraganta. Estaba a punto de decirla algo cuando ella le indico que se callara con gesto firme. – Es mi vida Jon, no te entrometas. – Volvió su mirada hacia la de la hija del hierro y se fijo en el hacha que se escondía entre sus caderas. – Me casaré con Theon, viviré según vuestras costumbres y no habrá guerra. ¿Entendido?

 

Asha asintió. Daba todo por solucionado hasta que la muchacha con una sonrisa lobuna en el rostro se levanto y se quito la capa dejando ver la fina espada bastarda que colgaba de su cinto junto a un mortífero puñal. Los ojos de ambas se clavaron y una extraña y, porque no, curiosa idea comenzó a rondarle la cabeza a Asha.

 

-          ¿Y bien?. – Se acomodo Asha con los pies encima de la mesa esperando la respuesta de ella. Detrás de aquella sonrisa se encontraba una trampa de las que la gustaban, de las que implicaban armas y sangre.

 

-          Solo me casaré con Theon si me vences – la sonrió Arya. – Si quieres tu premio deberás luchar por él. Pero si pierdes no me casaré ni podrás ir a la guerra.

 

-          ¡JA! – se levanto excitada Asha desenfundado su pequeña hacha. – Me encantara tenerte de cuñada. A lo mejor consigo hacer de ti una hija del hierro.

 

La noticia sobre la verdad de la esposa de Theon Greyjoy y el inminente combate con la Stark recorrió las islas tan rápido como la pólvora. No paso ni una hora y el pequeño patio del castillo de Pyke se lleno de curiosos por ver como era en verdad la autentica loba.

 

En medio del patio las dos mujeres vestidas de arriba abajo con cota de malla y casco estaban irreconocibles. Una de ellas vestía el casco esmaltado de color rojo con la extraña forma de un pez imaginario, mientras que la otra usaba un casco negro en forma de perro. A su alrededor la gente murmuraba quien sería cada una, pero bajo aquella fachada era imposible de saberlo. Rápidamente el sonido de las personas quedo enmudecido por los golpes de las espadas. La mujer que vestía de rojo no dejaba de atacar y retroceder en un extraño baile que hipnotizaba a la gente. Golpe, golpe, paso y golpe; golpe, paso y otro golpe. La espada al chocar contra el metal entonaba una hermosa melodía que extasiaba al público. “Son buenas, pero la de negro perderá por no atacar” murmuraba la gente. Entre los cuchicheos y golpes de las espadas varias personaba apostaban en silencio en contra del perro.

 

A pesar de la sucesión incansable de golpes la otra mujer no parecía dar señas de rendirse, sino que a cada movimiento se iba acercando más a un extraño punto que al parecer solo veía ella. Un reflejo de luz y las tornas cambiaron. Ahora la que se defendía como podía de los ataques era la mujer que vestía el extraño casco del pez. Un paso tras otro retrocedía esquivando y deteniendo los constantes golpes que parecían venir de todos lados. En un momento creyó ver una salida por la que poder golpear y se lanzo a por el intento. Con la espada levantada a punto intento golpear y su espada quedo en el suelo. La habían engañado, nunca hubo una espacio libre, solo la ilusión que la mujer la hizo creer. La fuerza de la espada al caer hizo que callera detrás de ella para encontrarse de bruces en el suelo. Al darse la vuelta la afilada espada de su contrincante la apuntaba directamente al gorjal de su armadura dispuesto a atravesarlo. El silencio invadió el patio a la espera de cual de las dos mujeres era la vencedora del combate.

 

-          La próxima vez que quieras jugar hazlo en persona – grito la muchacha del casco de perro tirando al suelo la espada y desatándose la correa que sujetaba aquella mole de hierro que la impedía respirar con normalidad. Una densa y castaña melena, sudada por culpa del yelmo se desplomo para dejar ver unos enfurecidos ojos grises.

 

Asomado a uno de los balcones Jon respiro por fin aliviado al ver el rostro de su hermana. Desde que la cabezota aceptara el compromiso había sentido una presión en el pecho que al fin había desaparecido. Iba a bajar para felicitarla, pero al darse la vuelta se encontró con la hermana de Theon. Asha le miraba divertida asintiendo con la cabeza a algo que solo ella podía saber.

 

-          Veo que tu hermanita o mejor dicho, tú primita, es algo más que eso para ti, dragón.

 

-          Aunque no compartamos la sangre la veo como a mi hermana, kraken. Y eso en el norte significa mucho – la contesto Jon pasando por su lado para ir abajo. Ni siquiera se molesto en preguntarla quien había sido la mujer que compitió en su lugar.

 

Asomada al balcón Asha se sonreía de forma burlona al ver como Jon abrazaba a su supuesta hermanita de esa forma tan posesiva.

 

-          Hombres. No hay ni uno inteligente – murmuro para si misma. Al ver que Arya levantaba la cabeza la sonrió y luego se dirigió a su gente. – Esta chica es Arya de la casa Stark, hija del difunto Eddard Stark y Catelyn Tully. Por norma debería casarse con mi hermano, Theon Greyjoy, señor de las Islas del hierro, pero ella aposto ese matrimonio a un combate y yo acepte con el beneplácito de Theon. Aquí y ahora ha demostrado ser una autentica guerrera derrotando a Eleyne Stonehouse, mi mas fiel y querida amiga aparte de la mejor espadachín de todo Pyke. Visto el combate no hay nada que discutir señores; esta chica para mí siempre será bien recibida en mi hogar.

 

 

 

Podían ser los hombres más orgullosos del mundo, pero a Arya le encantaban sus fiestas. No importaba si se era de alta cuna o la más humilde de las criadas que la libertad de una mujer para beber todo lo que le entrase en el cuerpo o bailar con quien quisiera nadie se lo cuestionaba. De haber estado Sansa en la fiesta se habría desmayado al ver a su hermana vestida de hombre con aquellos pantalones tan apretados marcando su figura y bailando con uno de los hijos del hierro de aquella forma tan alocada dando saltos por todo el salón. Al otro lado de la sala Asha y Theon bebían callados uno en compañía del otro. La hija del hierro no podía evitar sonreír al ver a la norteña hacer cosas tan propias de su tierra. En ese momento intentaba bailar el baile del hacha y casi perdía medio dedo en el intento.

 

-          Me hubiese encantado tenerla aquí – murmuro sin darse cuenta de que lo hacia en voz alta.

 

-          No quiero más rehenes y lo sabías – le contesto Theon pensando que hablaba con él.

 

-          No quiero decir como rehén, aunque bueno, hubiese sido un buen premio. Pero no. Me refiero a que es distinta de tu mujer. Ella si lograría adaptarse a nuestro mundo de mar y pillaje. Ella no sembraría como nosotros – dijo recitando el lema de los Greyjoy.

 

Theon miro a Arya que ahora bebía cerveza con Eleyne Stonehouse y casi se ríe al ver como la muchacha no podía acabar la segunda cerveza mientras que la isleña de su tierra seguía y seguía, una jarra tras otra. Las risas de ambas hacían eco en las paredes de la sala cuando Eleyne rompió a reír de forma incontrolada al no poder contenerse; estaba demasiado borracha para hacerlo.

 

-          No me hubiese importado casarme con ella – soltó de repente Theon. Asha le miraba sin comprender entonces el porque no había aceptado. – Jon la ama. No se da cuenta o no quiere comprenderlo, pero esta enamorado de ella. Y no es de ahora, la quiere desde que era una mocosa salvaje.

 

-          ¿Y? A lo mejor ella… - Asha calló al ver como su hermano meneaba la cabeza. – Comprendo – dijo pensativa – ella también le quiere.

 

-          Sospecho que sí. Pero entre ellos hay demasiados tabúes y… otras personas.

 

-          Te refieres al caballero ese de los ojos azules y pelo azabache ¿no es verdad? Ese tal Gendy o Brendy.

 

-          Gendry. Lord Gendry de la casa Baratheon, hijo legitimizado del difunto Robert Baratheon – recito Theon mientras daba otro sorbo a su cerveza observando al muchacho que ya se había acercado a Arya y la sacaba a bailar.

 

Asha meneo la cabeza y levanto su copa contemplando el color dorado de la cerveza.

 

-          El mundo de estos ponientis es demasiado complicado para mí. El silencio, el honor y la modestia. Son solo nombres que se inventan para impedir la felicidad – se rio derramando algo de cerveza. Theon la miro por un momento para después romper a reír. – De que coño te ríes tu ¿eh?

 

-          Cuando bebes te vuelves una especie de maestre filosófico hermanita o septa mojigata – la contesto el Greyjoy sin parar de reírse.

 

 

 

El amanecer pillo dormido a casi todo el castillo. La fiesta se alargo casi hasta el alba. Muchos de los hombres, norteños e isleños, se quedaron dormidos al calor del fuego del gran salón mientras otros se escaqueaban hacia los rincones para descansar con alguna que otra mujer. Jon que se retiro pronto aquella noche se encontró a su hermana en la habitación que le habían ofrecido custodiada por Ser Gendry en la puerta.

 

“Y que siempre sea este chico el que la custodia” pensó molesto.  

Notas:

Pufff el capitulo 9 le he comenzado pero no se me ocurre nada que me guste. Se aceptan sugerencias XD

Capitulo 9 Camino a Bastion Kar por yuukychan

El amanecer en el mar era lo más hermoso que Arya recordaba haber visto durante sus años en Braavos. Ver los destellos del sol filtrarse entre las cristalinas aguas robándole los colores del arcoíris y regalándoselos al cielo era increíble. Aquel día el rosa había luchado por imponerse a los demás y las nubes parecían teñidas de ese color tan claro y dulce que ahora le parecía mágico. En aquella soledad, mientras los hombres de su hermano dormían y solo el capitán se mantenía despierto al otro lado del barco, era que se sentía tranquila, se sentía ella misma sin necesidad de fingir. Estar con los hombres del hierro la había recordado su antigua libertad cuando era Nadie. Había podido tomar todo lo que quería, bailar, jugar y divertirse sin necesidad de aparentar ser una dama o comportarse como una. Pero de vuelta en Invernalia todo aquello cambiaria, su hermana ya se lo había avisado.

 

-          Ya eres una mujer, Arya. Es hora de que te comportes como tal – le había dicho Sansa la misma mañana en la que ella se escapo para ir con Jon. Las palabras “ya eres una mujer” resonaban en su mente dándole dolor de cabeza.

 

Un bufido de frustración se escapo de sus labios al contemplar la orilla de la playa. Unas horas más y pronto estarían en tierra. Estaban lejos todavía, pero ya se podían distinguir los pequeños bultos caminando por la playa camino de sus barcas. Pronto los pescadores saldrían al mar en busca del sustento para sus familias. Cabizbaja y malhumorada Arya se apoyaba sobre la barandilla viendo cada vez más cerca su futuro en Invernalia. Había echado de menos su hogar hasta que volvió a él, ahora añoraba poder viajar a sus anchas por el mundo, sin preocupaciones, sin responsabilidades.

 

-          Podía haberme quedado en las Islas y haberme unido a un barco en cuanto Jon se marchara – susurro al recordar como Asha, la hermana de Theon le había suplicado que lo hiciera. Ella misma estaba a punto de ir hacia las ciudades libres al otro lado del mar para ver las nuevas maravillas.

 

La mujer había intentado convencerla de que se quedase por todos los métodos, incluso intento tentarla enseñándole el poder y la libertad de la que gozaban las hijas del hierro. Entre risas Arya consiguió despedirse antes de que su voluntad la traicionara. “Te echaremos de menos lobita. Espero que vuelvas pronto a visitarnos” se había despedido Asha guiñándole un ojo señalando a uno de sus barcos. A su lado Theon y Jeyne se despedían con la mano deseándoles buen viaje. Incluso en ese momento en el que el barco levo anclas deseo poder tirarse “todavía estoy a tiempo” se dijo a si misma. Hasta que no perdió de vista la costa siguió repitiéndose lo mismo.

 

-          Maldita sea – susurro golpeando con fuerza la barandilla.

 

-          Cuidado o se caerá, lady Arya. – Gendry había aparecido a su lado sin hacer ni un solo ruido. La había estado observando desde que la joven se despertó y se escabullo escaleras arriba desde su camarote. No se había atrevido a molestarla hasta que Jon le mando buscarla.

 

-          Gendry no te había visto – dijo acariciándose la mano dolorida sin apartar la vista del horizonte. “Vuelta a la rutina” pensó hastiada. Incluso el muchacho que era su amigo se empeñaba en llamarla “lady” a pesar de que ella lo odiase.

 

-          Tu hermano me envía. Esta reunido con el capitán, pero dice que no volveréis tan pronto a Invernalia. Ha decidido visitar a sus siervos y vos le acompañareis para que el norte os reconozca como una Stark.

 

-          ¿De verdad? – se emociono Arya. Por un momento incluso su voz la repelió al parecerse tanto a la que ponía su hermana cuando su padre invitaba algún bardo por las fiestas, pero tener la oportunidad de conocer el norte y viajar por él era mejor que volver a encerrarse entre los cuatro muros de Invernalia.

 

 

 

El norte, siempre imperturbable desde la época de Aegon el conquistador, había cambiado muchísimo en los pocos años que Jon gobernaba. Desde su yegua Arya contemplaba enmudecida como las tierras que fueron de su padre, otrora yermas y vacías, ahora eran un bullicio de vida. Las aldeas y ciudades antes inexistentes salían a su paso a ambos lados del camino real solo separadas por unos cuantos kilómetros, sino fuera por la nieve hubiera jurado que iban rumbo a Desembarco del Rey. La caravana real, presidida por Jon y ella rodeados de guardias, compartía el viaje con numerosos comerciantes que venían desde todas partes del reino. Por primera vez en su vida Arya veía como sureños de todo el reino, desde la lejana Dorne hasta comerciantes de la capital, viajaban en dirección al norte para comerciar.

 

-          Es impresionante, Jon – susurro admirada al ver lo que había conseguido su hermano. Sabía que ninguna de aquellas personas acostumbradas al sol incluso en invierno sobreviviría allí, pero hacer del norte una vía comercial… la dejaba sin palabras.

 

-          No fue tan difícil – le sonrió Jon a la vez que saludaba a varios campesinos y ordenaba a sus hombres parar a descansar en la humilde taberna que se asentaba entre la ciudad que pasaron y Bastión Kar. – Hubo problemas más allá del muro y varios hombres del pueblo libre quisieron pasarse a este lado. Danearys y yo llegamos a un acuerdo con ellos y lo demás vino solo. – Tendió la mano a su hermana para ayudarla a bajar a la vez que dos de sus hombres se ocupaban de los caballos.

 

Arya asintió con la cabeza mientras seguía a Jon al interior de la posada. El olor a pan recién hecho, cerveza y cordero asado hacia que la boca se la hiciese agua de solo pensar en la crujiente carne asada. Al pasar varios hombres hincaron la rodilla frente a Jon. Arya pudo distinguir los emblemas de las casas más antiguas del norte, el tritón de los Manderly, el oso de lady Mormont, o el puño de hierro de los Glover. Había muchos otros que no reconoció; las clases de historia con el maestre Luwin le aburrían demasiado como para prestarles atención.

 

-          Mi señor y rey a vuestro servicio. Soy Edmure Manderly, sobrino de vuestro más fiel vasallo. Para mi sería un autentico honor servirle como caballero de su guardia. – El muchacho atractivo de pelo castaño postrado ante Jon no podía tener más de 16 años. La brillante armadura esmaltada en azul oscuro con el tritón de los señores de Puerto Blanco no podía engañar a Jon. El mozo seguramente acababa de ser ascendido a caballero, o lo que se consideraba caballero en el norte, y deseaba ganarse la fama de los antiguos héroes cuanto antes.

 

-          Ahora no tengo lugar para ti en mi guardia, pero si lo deseas puedes ir a Invernalia, a Dorne o la Fortaleza Roja. Una buena espada siempre es bienvenida, Edmure Manderly. – Jon soltó aquellas palabras como soltaba la lección de pequeño el día que el maestre le preguntaba, rápido y claro. Sabía que el muchacho se ofendería por no aceptarle inmediatamente, pero el olor a verano todavía estaba impregnado en su pelo.

 

Parecía haber pasado una eternidad cuando por fin Jon y Arya consiguieron sentarse en la mesa del final, cerca de la chimenea. Los saludos y cortesías a Jon era algo que Arya sabia que tenía que aguantar, al fin y al cabo, era el rey y el deber de los vasallos era rendirle pleitesías. Pero detestaba que tras ese saludo que no duraba mucho viniese la cantidad de filigranas que muchos caballeros tenían con ella buscando los Otros sabrían que cosa. Se había hartado de escuchar bravuconadas como: “Mi señora es usted hermosísima” “Las rosas azules no se pueden comparar con su belleza” “Mi lady solo por vos me enfrentaría a un ejercito”. No entendía como tantas estupideces podían salir por boca de aquellos que se suponían que defendían el reino.

 

Jon observaba divertido a su hermanita. Había notado como después de los primeros halagos las ganas de esta de desenvainar el puñal de acero valyrio que llevaba a la cintura iban en aumento. Al final tuvo que cogerla de la mano para impedírselo.

 

-          Acaso no te gustan los piropos. – La mirada enfurecida de Arya era el único lenguaje que necesitaba para entenderla. Se sentía molesta y no iba hablar sobre ello. Jon meneo la cabeza y pidió a la camarera que les sirviera lo que tuviera en la cocina.

 

-          Mi rey acabamos de asar un excelente cordero que se deshace en la boca. En seguida se lo traigo – le sonrió la corpulenta mujer alejándose entre las mesas con una elegancia casi felina.

 

Sentada en la mesa Arya escuchaba distraída como Jon le explicaba lo del muro. Sansa le había contado más o menos como estaba la situación y como su hermano acabo siendo rey. La traición de los hermanos negros cuando intento hacer aquello mismo siendo su Lord Comandante la enfureció. Siempre había pensado que aquellos hombres que les defendían de los peligros del norte eran hombre honorables como su tío y como Jon. “Que ingenua era” pensó al enterarse de la verdad. Aun así Jon consiguió salirse con la suya cuando subió al trono lo primero que hizo fue darles una oportunidad.

 

-          Mi señora, mi señora. Un hermoso vestido con encaje de Myr recién traído del mar Angosto. Es perfecto para usted. ¡Mi señora!

 

-          Arya es a ti – le dijo Jon señalando a un hombre bajito y calvo que intentaba convencer a Ser Gendry de dejarle acercarse.

 

-          ¿Un vestido? – Arya miro dudosa a Jon. ¿Qué iba hacer ella con un vestido? Si. Se los había puesto para el banquete en Invernalia, pero desde entonces había asaltado el armario de su hermano y usado las prendas de montar que le había dejado Danearys antes de marcharse.

 

Jon se rio y lanzo una moneda de oro al hombre.

 

-          Muchas gracias buen hombre – le dijo despidiéndose de él. Arya le miro levantando una ceja. – Necesitas algo bonito que ponerte para el torneo de Bastión Kar. No puedes ir vestida siempre como un hombre, ya eres una mujer.

 

-          Sabes que no me gustan los vestidos – le espeto Arya mirando con recelo el hermoso vestido verde con encajes en los puños y rosas doradas hiladas en el corsé. No soportaba ver aquellos encajes.

 

-          Ya eres una mujer – le repitió Jon – no puedes pasarte la vida vistiendo como un mozo de cuadras.

 

-          No entiendes nada, Jon – le grito Arya levantándose de la mesa. Al pasar junto a la posadera casi la tira al suelo al no fijarse donde ponía los pies. Un lo siento casi inaudible se escapo de sus labios antes de salir por la puerta directa a los establos.

 

-          Esta niña – se quejo Jon meneando la cabeza y mandando a uno de sus guardias tras ella.

 

-          No se enfade con ella, mi señor. Es normal que una joven de su edad le tenga cierto miedo a… bueno. Ya sabe. – La mujer limpiaba la mesa bajo la atenta mirada de Jon que seguía sin saber de que le hablaba.

 

-          ¿Qué quiere decir? – le pregunto parando la mano de la señora para que le prestara toda su atención.

 

-          El encaje de Myr es símbolo de matrimonio. Cuando una joven en edad casadera va vestida con este tipo de ropa suele indicar que busca marido. Desde que el comercio se ha extendido hasta aquí todas las muchachas norteñas van buscando su vestido – le sonrió la mujer antes de alejarse de él.

 

Sin mediar palabra Jon cogió el trapo que era el vestido y lo tiro sobre las brasas de la chimenea avivando el fuego. Oír juntas las palabras Arya y matrimonio era algo que le encendía por dentro toda la rabia contenida.

 

Fuera de la taberna Arya esperaba junto a los guardias a que su hermano saliese. Los hombres se mantenían lo suficientemente apartados de la pequeña loba, uno de ellos ya había sufrido en su piel el mal humor de la muchacha cuando la encerraron por usurpadora. Cuando Jon salió de la posada enfundándose los guantes de cuero y sin el vestido Arya sintió que ya volvía a respirar tranquila. Sus ojos se encontraron con los de su hermano y le sonrió. Sin palabras, ni gritos, solo con aquella mirada todo quedaba zanjado y olvidado en aquella taberna.

 

 

 

No era de extrañar que Petyr, el marido de Sansa y antiguo tesorero de la corona, adorase los torneos; era una de las pocas festividades que llenaban las arcas del reino y algún que otro bolsillo deshonesto salía beneficiado. Toda clase de caballeros, desde los más ricos hasta simples mozos con suerte, llegaban desde todos los rincones del reino para participar en el torneo de Bastión Kar. En apenas unas horas y sin haber entrado siquiera a la capital Arya había vistos más pendones y blasones juntos que en toda su vida. A la mayoría de casas importantes las reconocía, pero había otras, tan pequeñas e insignificantes que apenas se acordaba de blasón y mucho menos de su lema. Todas las tabernas hasta la entrada de la ciudad estaban repletas, ni siquiera quedaba espacio en las cuadras para aquellos menos adinerados. La alta nobleza y familiares cercanos de los Karstark se hospedarían en las posadas del interior o aceptarían la comodidad de la fortaleza de los anfitriones; allí era donde se dirigía Jon. Al borde del camino Arya se fijo en que muchos caballeros errantes levantaban sus pequeñas tiendas donde por la noche podrían celebrar o ahogar sus penas sin tener que someterse a las leyes de los guardias de la ciudad. Varias mujeres que viajaban con los numerosos grupos se escabullían en distintas direcciones buscando esas mismas tiendas.

 

-          Son prostitutas nómadas. Van allá donde puedan conseguir dinero, pero no entraran en la ciudad. Podría costarles la vida con las lugareñas – le explico Gendry al ver como Arya observaba a aquellas mujeres de colores chillones y sonrisas fáciles.

 

“Son tan diferentes – pensó Arya al verlas escabullirse entre la maleza. En sus recuerdos aquellas mujeres de la noche solían tener un aire tan misterioso que embaucaban a los hombres solo con respirar su mismo aire“

 

En Braavos ser una prostituta era tan exclusivo y misterioso que todas las muchachas deseaban que alguna cortesana de renombre las acogiera como hijas de su casa. Al final solo las más hermosas e inteligentes conseguían llegar a ser cortesanas, autenticas joyas valoradas por los más poderosos hombres de todo el mundo; el resto acabarían siendo prostitutas de tabernas y muelles. Mientras vivió en las calles de Braavos siendo Gata de los canales varias veces la ofrecieron trabajar al servicio de la Madamme de hielo. La mujer que ya rondaría los 70 veranos era una de las personas más ricas de toda la isla. En su juventud llego a entretener a tantos reyes y príncipes que muchos todavía la apodaban “La reina del mundo” y “La mujer de hielo”.

 

Arya escucho hablar mucho de ella antes de conocerla. Una cortesana de su escuela solía comprarle pescado, pero aquel día la vio por las calles vendiendo ostras frescas y la pidió que se las llevara. La enorme casa señorial imponía desde la calle. Las columnas y suelos de mármol reflejaba la belleza del sol e iluminaba cada piedra haciéndola tan brillante como un diamante. Las escaleras de grandes escalones llevaban hasta una puerta doble dorada que se abrió incluso antes de que Arya llamase.

 

-          Me envía Lady Nief – le dijo Arya a la mujer arrugada de ceño fruncido que la miraba desde el marco de la puerta.

 

-          Tu debes ser la mocosa de la que tanto habla esa idiota. Trae y pasa – la contesto agarrándola la bolsa de las ostras y empujándola hacia el interior de una sala.

 

La sala a donde la empujaron era un autentico palacio de cuento. Las alfombras cubrían cada centímetro del suelo y sobre estas exquisitos cojines tan mullidos y elegantes formaba un extraño tapiz de perfección. Dentro de la sala las muchachas que atendían las necesidades de las cortesanas, ilusas con sueños de poder en opinión de Arya, la observaron con aquel aire de superioridad como el que tenía Sansa cada vez que las dos eran presentadas a un nuevo amigo de su padre.

 

-          La servidumbre no puede entrar en esta sala. – La muchacha que le hablo, una adolescente rubia de ojos azules unos años mayor que ella se levanto con los brazos en jarras. Era tan alta y delgada que Arya pensó si no la matarían de hambre. – Con esas pintas tu lugar esta en la cuadra. – Era cierto. Comparada con los elegantes y frescos vestidos de seda que llevaban las muchachas, Arya iba sucia y harapienta. Llevaba un pantalón de chico desgastado y lleno de parches, la camisa estaba tan vieja y olía tanto a pescado que muchas veces los gatos la seguían e iba descalza. Pero era una Stark.  

 

-          Y que te ofende más; mi presencia aquí o que siendo tan mayor todavía no has conseguido ser una cortesana de todo derecho. Acaso temes acabar en los mismos muelles que yo, eso sí, tu por debajo. Siempre debajo. – Las palabras hirientes de Arya hicieron estallar a la chica. Las lágrimas de rabia que corrían por sus ojos la obcecaron cuando intento agarrarla. El restallido de una voz fue lo único que la paro en seco.

 

-          Si no soportas la verdad… no la busques, Ariadna. – En la puerta apoyada en un lujoso bastón hecho de marfil y madera de fresno decorado con exquisitas joyas descansaba la mujer de la que todo Braavos murmuraba. Incluso en su vejez la belleza del pasado todavía se resistía a abandonarla del todo. Con aire tranquilo y pasos suaves la señora camino hasta la única butaca que había en la sala y se sentó. – Además deberías mirar bien a tus adversarios. – La chica se fijo en los puños cerrados de Arya y en la posición de su cuerpo ladeado. La chica no se echaría para atrás la golpearía con todas sus fuerzas si ella se hubiera llegado ha acercar. – Marchaos – ordeno con voz suave haciendo restallar el bastón, al instante en la sala solo quedaban ella y Arya.

 

-          Señora necesito cobrar las ostras de mi jefe – le dijo Arya no muy segura de lo que en verdad querían los ojos de aquella mujer.  

 

-          Ya están pagadas. He mandado a una de mis muchachas en persona.

 

-          Entonces si todo esta resuelto – se disculpo Arya haciendo una pequeña reverencia. Estaba saliendo por la puerta cuando el golpe seco del bastón la hizo parar para girarse.

 

-          Ahora entiendo que es lo que ve en ti Nief. Eres bella aunque no te lo crees – puntualizo al ver los ojos esquivos de la chica. – Muy inteligente y audaz, aunque eso a veces te habrá metido en problemas. Pero sobre todo eres valiente, valiente y… peligrosa. Todas ellas cualidades de una autentica cortesana. De una próxima reina del mundo y aun así has rechazado la oferta de una de mis hijas. Y no solo una – sonrió – sino tres veces. ¿Puedo preguntar por qué? – Los ojos de la Madamme no perdían de vista ninguno de los gestos de Arya. Sentía curiosidad por el pasado de una muchacha tan culta y a la vez tan salvaje.

 

Sin decir palabra Arya agacho la cabeza en una suave inclinación y se dio la vuelta sin decir palabra. No quería dar explicaciones a nadie, no tenía porque. En ese momento, con el sabor del honor y el orgullo en la boca, se sintió de nuevo una Stark de Invernalia.

 

-          Buena suerte con tu destino muchacha – se despidió la mujer sin dejar de mirar el andar lento y constante de la chica. “Pasos altaneros donde los haya. Seguro que tiene noble cuna” sonrió cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás. Tendría que seguir buscando una autentica hija que heredase su mundo. Un mundo que ella jamás eligió, pero supo hacerse con él. – Solo el amor me hubiese podido vencer.

 

 

 

 

 

El sonido de la trompeta retumbo por toda la ciudad haciendo que hombres y mujeres abrieran un camino libre para comitiva real. Jon erguido sobre su caballo saluda a la multitud con aire regio y distante. “Ahora se comporta como un autentico rey” pensó Arya al ver la actitud de su hermano. En Invernalia, incluso siendo el rey, parecía más accesible. Le había visto bromear con sus guardias y jugar con los críos de las sirvientas a las espadas como hacia cuando simplemente era el bastardo de Eddard Stark. “Me gusta más como es en casa o como era antes cuando era Jon Nieve, Jon… mi… hermano” se dijo a si misma mientras le seguía de cerca.

 

Desde las ventanas de los burdeles varias prostitutas intentaban llamar la atención del nuevo lobo coronado que pasaba sin mirarlas. Los ojos de Jon estaban fijos en el castillo fortaleza de los Karstark. Esperaba que al llegar su vasallo le dijera como es que no se la había informado de semejante celebración. No le importaba que se celebrasen torneos, lo que si le molestaba era no saberlo; nadie representaría a Invernalia.

 

-          ¿Y bien?. – Jon avanzo hacia el asiento que le correspondía. Todas las casas nobles guardaban hermosos tronos de madera para las visitas reales. Aunque hacia años que no se usaban, los reyes sureños no eran muy partidarios de viajar tan al norte.

 

-          Señor se os mandé un cuervo a Invernalia, pero partisteis demasiado pronto hacia las Islas del hierro. Allí enviamos otro, pero… recibimos noticias de que también habíais partido en cuanto solucionasteis el pequeño incidente. – La voz antigua y desgarradora de Lord Harrion Karstark tuvo que quedarse perdida en alguna de las mazmorras de la fortaleza roja. El guerrero que otrora había acudido a la llamada de Robb Stark para ir a la guerra no era más que un simple hombre cansado que pasaba el día a día sumido en su propia melancolía.

 

-          Comprendo.

 

Jon no podía culpar al hombre después de todo lo que vivió que estuviese al tanto de todos sus deberes. Las últimas noticias que le había dado Alyss Karstark era que su hermano no era la sombra de lo que fue. La mayoría del tiempo se encerraba en la biblioteca a leer y a hablar con sus propios demonios. “Solo se anima cuando su sobrino va a verle por lo que le voy pedir que lo coja de pupilo” le había dicho la mujer el día que estuvo en Invernalia con su marido el Magnar de Thenn.

 

Jon meneo la cabeza y miro a sus hombres.

 

-          Caballeros, alguno de ustedes quiere luchar por Invernalia junto conmigo. – Todas las miradas se clavaron el él. El silencio incomodo que siguieron aquellas palabras le incomodaron. – Y bien. Hablad – les exigió.

 

-          Mi señor. – Se adelanto Ser Weber. El hombre fuerte como un toro y más astuto que un zorro según decían sus camaradas hinco la rodilla en tierra con la mirada fija en el suelo. – No es que desee negaros participar en la justa, pero… vos sois el rey. Si os hieren o… - meneo la cabeza ante la posibilidad de la muerte – si os hieren el reino pagaría las consecuencias.

 

-          Además Jon, nadie osara tocaros. Tened por seguro que si participáis en la justa, venceréis. – Lord Harrion se levanto poniendo una mano sobre el muchacho que llevaba tan gran peso sobre su cabeza. – Tener el poder y ser un hombre libre son dos caminos que nunca van juntos, mi rey.

 

Jon miro el rostro de sus hombres. Las palabras de Karstark eran sinceras. Ninguno de ellos se enfrentaría a él por miedo. Arya se encontraba sentada en una de las grandes mesas dispuestas. Las manos le temblaban desde que cruzo las puertas de la ciudad y vio a tantos guerreros y caballeros juntos. Deseaba poder competir, sentir el calor de su montura y esgrimir la lanza representando a su tierra, a su casa, y sobretodo a si misma.

 

“Si se lo pido a Jon estoy segura de que podre participar – se dijo. – He escuchado de mujeres que han participado en torneos y combatido en la guerra. Sansa le conto a Jeyne que una mujer fea y sin gracia, pero un autentico demonio en la batalla, se había casado hacia cuatro años con Jaime Lannister”

 

-          Jon… - intento llamarle.

 

-          Mi rey. Yo luchare por Invernalia. – Gendry se había acercado unos cuantos pasos antes de hincar la rodilla en el suelo frente a Jon ahogando la voz de Arya con sus pasos.

 

-          Que así sea – le respondió Jon.

 

Gendry sonrió emocionado. No era el primer torneo en el que participaba, pero por primera vez deseaba ganar para coronar a la reina del amor y la belleza. Sus ojos buscaron a Arya, quería ver su sonrisa, pero la vio salir por una de las puertas sin mirar atrás.

 

El bullicio del patio era música para sus oídos. Arya paseaba mirando entretenida como los mozos y criados se paseaban de un lado para otro organizando todo para el gran evento. El torneo se celebraría en el patio exterior de la fortaleza. Varios hombres estaban colocando ya las tronas donde la nobleza se sentaría mientras otros se dedicaban a colocar la zona de la gente humilde. Un maestre ya anciano caminaba de un lado para otro en la pista contando en voz baja los pasos.

 

-          … cinco, seis, siete. Siete pasos de gigante es igual a cinco de caballo… Aquí. Pon aquí la marca de la embestida – le dijo el anciano a un niño que cargaba con varios maderos.

 

Arya observaba entretenida al hombre hasta que la voz de Gendry la sorprendió llamándola.

 

-          Estas aquí. Te he estado buscando, Arya – le sonrió pensando que si la llamaba por su nombre sin usar el lady la muchacha se alegraría.

 

-          ¿Qué quieres? – le pregunto sin dejar de mirar las medidas y cuentas que hacia el maestre. No tenían lógica para ella, pero el hombre parecía muy convencido de que los gigantes y los caballos era muy similares en la distancia.

 

-          Quiero que sepas que conseguiré esa corona de rosas azules para ti. En este torneo tú serás la reina.

 

Arya se giro sorprendida al ver lo poco que la conocía su propio amigo. Que le importaba a ella una corona o ser reina de no sé que tontería. Ella deseaba participar y demostrar lo que valía, no que la trataran como una chiquilla indefensa o una damisela en apuros como la de las leyendas.

 

-          No entiendes nada ¿verdad? – le respondió simplemente decepcionada. Arya se levanto sacudiéndose el polvo de los pantalones y se marcho de nuevo hacia la fortaleza. Gendry la vio alejarse sin entender a que venia su disgusto.

 

-          Mujeres ¿eh? Joven. No se puede vivir sin ellas ni tampoco con ellas ¿verdad? – se rio el maestre sentándose a su lado el muchacho que le ayudaba seguía colocando los maderos allí donde le habían indicado. – Tu tranquilo, esa joven seguro que cae en tu brazos. Solo tienes que darla tiempo – le dijo palmeándole la espalda. Gendry le miro y volvió a mirar por donde se había marchado Arya.

 

-          No es tan fácil – le respondió al final callándose lo que en verdad pensaba. Sabía que su amiga, la muchacha con la que viajo todo aquel tiempo era diferente. No la gustaba los halagos, ni las sensiblerías. No quería ser la reina de un torneo, preferiría participar en él. El problema era que no era como el resto de las damas y él no sabía tratarla distinto por mucho que quería.

 

 

 

Frustrada y rabiosa las cuatro paredes de su habitación se la quedaban vacías. Durante todos esos años en la isla de Braavos Arya se había acostumbrado a ir a su aire sin tener que dar explicaciones más allá de las razonables al hombre bondadoso. Ahora tener que explicarle a todo el mundo donde iba, que hacia o que quería. La molestaba, la parecía ridículo. Ni siquiera cuando vivía con su familia su padre había sido tan controlador, pero Jon se empeñaba en saber donde estaba en todo momento.

 

-          He ido a ver como preparan el torneo. Me interesa saber como el maestre cuenta aquí los metros que ahí de una punta a otra.

 

-          Pero no me pediste permiso, Arya. Estaba preocupado. Esto no es como en casa. Aquí te puede pasar cualquier cosa – había insistido Jon más tranquilo al verla bajo el mismo techo que él. – Llevadla a su habitación – les había ordenado a sus guardias sin darle si quiera la oportunidad de replicarle.

 

 

Capitulo 10 Encuentro en el bosque por yuukychan
Notas de autor:

Nuevo capitulo y aparece otro pesonaje jejejejejej

La ciudad despertaba temprano aquella mañana. Los gritos y risas comenzaron antes de que despuntase el alba. Los mozos que trabajaban para las grandes casas corrían de un lugar para otro entre bromas y apuestas por ver quien de sus señores ganaría aquel torneo. De vez en cuando se distraían incluso de sus conversaciones al ver alguna hermosa joven casadera acarreando de un lado para el agua que necesitaba la fortaleza. No solo para los caballeros y nobles era un día importante, muchos aldeanos, viajeros y nobles menores aprovechaban aquellas fiestas para encontrar matrimonios ventajosos para sus hijos.

 

-          Este año parece que hay más mujeres hermosas que de costumbre – dijo Joby uno de los muchachos secándose el sudor que se deslizaba por su frente. Los anchos hombros y el pecho tan musculoso lo hacia parecer un enorme toro comparado con sus compañeros. Solo Ron, un muchacho flaco y bocazas que le encantaba meterse en líos, era el único que se atrevía a bromear con el enorme toro de Bastión Kar.

 

-          Es cierto – asintió Ron tendiéndole la bota del agua. Ante la sonrisa burlona de este le dio la bota del vino que habían cogido de las cocinas a escondidas del capataz. – Me ha dicho Mary que este año han venido varias sobrinas de Lady Mormont, unas cuantas Dornienses, y casi unas cincuenta mozas de las distintas casas sureñas. Incluso me ha dicho que vendrían los Lannister.

 

-          ¿Los Lannister? Te refieres al matarreyes y al gnomo. Pensé que esos dos no salían de esa roca a la que llaman hogar custodiando día y noche a la zorra de su hermana – dijo el toro limpiándose la boca y entregándole el pellejo.

 

-          Mary dice que es por la noticia de la hermana del rey. Resulta que la que todo el mundo pensaba que era Arya Stark resultaba ser una muchacha de noble cuna, pero de una casa menor. La autentica andaba por ahí desaparecida y ha regresado hace poco.

 

-          Vaya locura de casas. Lo único que me interesa de verdad es ver quien gana el torneo para saber si voy a tener un dinerillo extra o me voy a tener que golpear con media ciudad – sonrió el muchacho estirando cada uno de sus poderosos músculos. – Este año he apostado por el bastardo Baratheon. Ese cabron tiene unos brazos que me harán rico.

 

-          Bah. Prefiero gastarme el dinero en otras cosas – balbuceo el otro mientras abría la boca y dejaba que un gran chorro de vino se deslizara por su garganta.

 

-          Tu de lo que tienes ganas es de coger a Mary en los establos esta noche – estallo en carcajadas Joby golpeando suavemente la espalda de su compañero. Los ojos de Ron le delataban y la sonrisilla que bailaba en sus labios no hacia más que acentuar lo evidente; aquella noche su amigo saldría solo de borrachera.

 

 

 

El día amaneció radiante con un sol que iluminaba cada oscuro rincón de la ciudad, pero desde la ventana más alta de la torre Arya podía ver como pronto, seguramente esa misma tarde, nevaría o peor, llovería. Las nubes grises y pesadas que se veían en el horizonte avanzaban lentamente hacia Bastion Kar sin detenerse. “Ojala sea nieve” pensó Arya. Le preocupaba que Nymeria no encontrase la forma de entrar en la ciudad. La loba apareció la misma mañana que llegaron desde las islas del hierro acompañada por Fantasma; el lobo albino de Jon, y desde entonces había estado apareciendo y desapareciendo a su antojo durante todo el camino real. Arya no sabía como explicarle a su hermano que tenía que salir a por ella. El día anterior se había ausentado apenas media hora para ver como el maestre realizaba los cálculos necesarios para marcar las lindes y su hermano se había puesto echo una furia. Desde que era rey su humor era cada vez más impredecible o por lo menos ella lo veía así.

 

El chirrido de las bisagras hizo que Arya se diera la vuelta. Dos jóvenes muchachas algo más mayores que ella entraron sin ni siquiera llamar. Los vestidos marrones y simples de basta lana adornados únicamente por flores silvestres que las chicas habrían recogido del jardín la decían que iban a ser sus doncellas. 

 

-          Disculpe mi lady, pero el rey nos dio ordenes de atenderla – se disculpo la pelirroja adelantándose un paso para hacer una reverencia. La tez pálida y las graciosas pecas le daban un aire muy exótico que le recordaba a Arya a las mujeres de Braavos y Pentos. La otra muchacha parecía más norteña. Su melena castaña a juego con sus ojos avellanas le resultaban más conocidos, menos extraños.

 

-          Vuestros nombres – las pregunto mientras caminaba hacia ellas dejando que el sol se filtrara a través de la ventana alargando su figura a lo largo de la pared.

 

-          Mary, mi lady – se presento la pelirroja emocionada arrastrando a su amiga con ella. – Y esta es Serein. Os serviremos durante todo el tiempo que os hospedéis en Bastion Kar.

 

La emoción en la voz de Mary era algo que comenzaba a irritar a Arya. ¿Qué tenia de emocionante servir y cuidar de ella? Aunque reconocía que necesitaba una pequeña ayuda, en realidad, mucha ayuda. Si fuera por ella se pondría unos pantalones de montar a caballo y unas botas de cuero y bajaría así a presenciar el torneo, pero ya no podía hacer eso. La gustase o no tenía que comportarse, al menos en aquellas grandes festividades donde lo único que la apetecía era competir en la justa, no estar sentada en las tribunas.

 

-          Mi lady que deseáis poneros – le sonrió Mary. Arya se callo. ¿Qué quería ponerse? Si no había traído nada. Solo llevaba la ropa del viaje y una muda de recambio también para viajar y montar a caballo.

 

-          Lady Alys ha dado orden de que todo su vestuario sea puesto a vuestra disposición y que os quedéis con cualquier prenda que os guste – dijo Serein señalando el enorme armario de madera maciza que ocupaba gran parte de la habitación. – Nos comento que no son modelos muy actuales, pero que os servirían.

 

Arya miro el enorme armario aliviada. Una preocupación menos, ahora la tocaba decidir que se ponía. Abrió las pesadas puertas y un mundo de colores se apareció ante ella. Había telas de encaje y de myr, sedas de más allá del mar angosto y muchos de otros tejidos que no era capaz de distinguir. El rosa, el verde, el rojo y el blanco abundaban tanto como escaseaba el azul y el gris en aquel enorme armario. Insegura como nunca antes Arya escogió un sencillo vestido marrón con ribeteado negro en el escote y bordados en las anchas mangas que representaban soles.

 

“El sol de los Karstark. Y son muy estrechos para que la Alys de ahora los use. Son trajes de antes de casarse con el Magnar, seguramente los que usaba cuando Robb fue a la guerra acompañado de mi madre, o incluso antes, cuando mi padre era la mano del rey” pensó Arya mirando más detenidamente los soles. El sentimiento de tristeza al pensar en su familia la oprimía el pecho. Fue la voz de una de las chicas la que la saco de aquel remolino en el que de vez en cuando su mente decidía esconderse. 

 

-          Mi señora seguro que no os gustaría uno con más color, un rosa por ejemplo. – Mary la observaba con aire crítico e insatisfecho. Adoraba aquellos acontecimientos solo para ver como vestían las damas y poder luego ella hacerse algún vestido similar. Desde donde estaba podía ver el vestido que quería; uno de color rosa con un millar de perlas en el corsé y atado a la espalda con un gran lazo rosa más oscuro que el del traje.

 

Con el vestido marrón entre las manos Arya dudaba. Había otros que le habían llamado la atención, pero aquel parecía el más cómodo de todos y estaba empeñada en ir a buscar a Nymeria al bosque, con o sin el permiso de Jon. Fantasma iba a su lado siempre y cuando se escabullía no tardaba en regresar, pero ella llevaba 5 años lejos de su amiga; su relación era distinta, había cambiado. Cerró los ojos por un instante borrando cualquier rastro de tristeza y suspiro. Había tomado su decisión.

 

-          Este – les ordeno a las doncellas dejando el vestido sobre la cama.

 

Con una mueca de fastidio en el rostro de Mary que no pasó desapercibida ambas muchachas se dispusieron a lavarla. Arya se metió en la bañera mientras Serein echaba en el agua caliente varios frasquitos que la erizaron la piel. El olor a flores no era de sus favoritos, pero aquella esencia era distinta, olía a libertad si es que alguna flor podía oler así.

 

-          Este aceite…

 

-          Viene de Dorne, mi lady. En sus desiertos crecen unas flores que desprenden este olor. Son tan difíciles de encontrar y de cultivar que un solo frasquito cuesta 4 monedas de oro. – Serein le explicaba aquello sin dejar de frotarle la espalda y la nuca quitando toda la suciedad del camino. Mary la lavaba la cabeza absorta en sus propios pensamientos mientras miraba de vez en cuando el enorme armario.

 

-          Si os place algún vestido cogedlo. Le diré a lady Alys que ha sido mi decisión regalároslo.

 

-          Mi señora… - la voz de Mary paso de la emoción a la duda – no creo que a la señora del Magnar le agrade ver a una plebeya con sus ropas.

 

Aquello era cierto. Cualquier dama de alta cuna se ofendería sin lugar a dudas al ver a una simple muchacha con sus ropas. Sentada en la bañera dejándose lavar Arya se quedo contemplando el vestido que tanto había embelesado a la chica. Lo único que realmente parecía destacar el millar de perlas del corsé, el resto bien podría ser un vestido tan normal y corriente que cualquier mujer, sin importar su cuna, se pondría.

 

-          Póntelo sin las perlas y ni se dará cuenta. Te lo aseguro. – Una tímida sonrisa en el rostro de la chica fue abriéndose paso ilusionada por tener el vestido que ansiaba. A un gesto de Arya y a la muchacha le falto tiempo para llevarse el vestido a la habitación que compartía con su amiga.

 

-          Habéis sido muy amable, mi señora – la dijo Serein cuando la ayudo a salir de la bañera. La muchacha sostenía entre sus manos una gran toalla de lino suave esperando a poder secarla. – No todas las damas son como usted. Muchas de ellas no se separarían ni de un alfiler. – La muchacha no la miraba a los ojos, pero Arya podía notar la frialdad en su voz.

 

“Frío y rencor. No importa lo mucho que quiera ocultarlo. Es lo único que su cuerpo deja ver” La había costado años aprender a mentir y a saber cuando la mentían. Pero ahora para Arya leer a las personas eran tan fácil como abrir un libro. Cierto que había libros que costaban más, el tiempo podía borrar las letras y el moho destrozar las hojas, pero siempre se quedaba algo que rescatar al no ser que el libro se destrozase, que la persona muriera.

 

-          No le veo sentido a conservar un gran armario como este si ya no puedes utilizar la ropa al igual que no entiendo como se puede odiar a una persona sin ni siquiera conocerla. – Los ojos de la chica se clavaron en los de Arya al escucharla.

 

-          Señora yo no…

 

-          No me importa que me odies – la interrumpió Arya envolviéndose en la toalla. Tranquila y bajo la atenta mirada de la chica se puso la ropa interior que le había sacado Mary antes de marcharse. – Lo que me gustaría saber es el motivo – la pregunto sentándose sobre la cama al lado del vestido.

 

Serein no dejaba de mirarla con desconfianza. Sus ojos mostraban una guerra interna entre lo que deseaba decir y lo que debía callar. Al final gano el orgullo.

 

-          Ustedes, los nobles, quisisteis jugar a un estúpido juego tronos y provocasteis una guerra. Una estúpida y maldita guerra por un absurdo trono. Y no. ¡Nunca! Os preocupasteis por el pueblo, por las gentes como yo que no tenían con que defenderse. Mi aldea, mi casa, mi familia lo perdí todo. Iba a casarme con el hijo del panadero, pero lo mataron delante de mis ojos cuando intentaba protegerme de cuatro soldados de los Lannister. Aquellos hombres se reían y se burlaban de él mientras a mi me desfloraban. ¡Me violaban! Era una niña, no tenía más de 12 años y no les importo. Cuando acabaron me dejaron allí, llorando y sangrando sobre la nieve. Mi padre me encontró y al ver lo que habían hecho conmigo me echo de su lado. Me grito de todo y me dijo que ya no le servía ni como mercancía. Vos mi señora no sabéis lo que es eso.

 

Las lágrimas recorrían el rostro de Serein mientras hablaba. El dolor y la humillación al recordar aquello la oprimía tanto el pecho que cayo de rodillas frente a Arya. En su corta vida había tenido que sufrir de todo hasta llegar a Bastion Kar. Consiguió entrar en el servicio de la fortaleza a base de mentiras y sobornos ¿para que? Para servir a muchachas insolentes que la miraban por encima del hombro. Cuando esa mañana se levanto ya sabía que tenía que atender a lady Stark, la hermana del rey. “Otra mocosa malcriada” fue el único pensamiento que se le cruzo por la cabeza, pero al ver su forma de comportase, de hablar, todo en ella le chocaba y le molestaba. Iba con ínfulas de dama caritativa cuando, estaba segura, su vida había sido un cuento de hadas. Furiosa levanto los ojos para encontrarse con los de Arya.

 

-          Tú nunca has tenido que vivir privaciones. Nunca has tenido que sobrevivir en la calle y mendigar por un mendrugo de pan. Seguro que tu vida…

 

-          Es cierto – la corto Arya impasible ante su propia mentira. – Mi vida ha sido fácil y agradable y siento mucho que la tuya no. Dime que es lo que deseas y si esta en mi mano te ayudare. – Los ojos de la joven se abrieron de par en par. La había gritado, insultado y echado en cara y aun así la muchacha la ofrecía su ayuda sin reservas. Eso todavía la enrabietaba más por dentro.

 

-          No deseo nada, señora.

 

-          Bien pues entonces vete. Ya puedo yo sola. – Con un gesto Arya la despidió. La muchacha hizo el ademan de ayudarla con el vestido; la gustase o no era su obligación, pero los ojos de ella la hicieron retroceder. La loba de su interior gruñía rabiosa. A ella no la habían forzado, no porque no lo hubieran intentado sino porque se había defendido con dientes, uñas y acero. Había vivido en las calles y matado para sobrevivir, había tenido que viajar hasta las ciudades libres y aprender a ser otra persona, miles de personas para poder ser alguien y esa chica se atrevía a juzgarla.

 

“Muy lista y ahora quien te ayudara con el vestido – se reprocho Arya una vez que la muchacha salió de su habitación despidiéndose con una reverencia. – De todas formas voy a ir a buscar a Nymeria. Necesito algo más cómodo” Miro a su alrededor y vio las prendas con las que había estado montando durante todo el camino. Después del baño no le apetecía tener que ponérselas de nuevo, pero deseaba buscar a su loba.

 

 

 

 

 

El gran salón se encontraba silencioso cuando Arya bajo. Solo unos cuantos señores desperdigados tomaban el desayuno a aquellas horas de la mañana. Busco al rey en la mesa principal, pero allí no había nadie. “Demasiado pronto. Jon suele acostarse tarde” Unas cuantas muchachas dornienses cursis y bobaliconas la miraban entre risas mordaces desde una de las mesas del fondo. Vestida de la cabeza a los pies con ropas oscuras de montar era una imagen digna de risa comparada con ellas. Sus ropajes claros y con transparencias parecían fuera de lugar en aquel sitio. Era cierto que la Ciudadela ya había enviado los cuervos mixtos del inicio del verano, pero la primavera todavía no había llegado al norte. Ni siquiera en pleno verano aquellas ropas encajarían. Su hogar era frio, siempre. No por algo el lema de su casa era “se acerca el invierno”

 

Las muchachas revoloteaban como mariposas en torno a una de ellas vestida de naranja. A Arya le recordaron el volar de las luciérnagas en torno a una llama. Aquella muchacha rubia de ojos azules era igual de atrayente y a la vez peligrosa. 

 

-          Será una mujerzuela que viene a pedir trabajo – oyó que decía mientras la miraba con aquella sonrisa cínica, la misma que le ponía su hermana cuando tenía que comportarse en público.

 

-          Que mala eres Denis – le contesto con la misma risa una de sus compañeras, mientras el resto estallaba en risitas.

 

Ignorando los comentarios crueles que llegaban a sus oídos Arya avanzo rápidamente por el pasillo que formaban las mesas. Si salía por la cocina Jon no se enteraría de su pequeña escapada. Los ayudantes, pinches y cocineros la observaban salir en total silencio. Aquello no era de su incumbencia, tenían demasiado trabajo en aquellos días como para preocuparse de nada que no fueran sus fuegos. Atravesó el patio de armas donde varios caballeros y escuderos comenzaban a preparar las espadas. Los señores menores más supersticiosos se empeñaban en preparar ellos mismos sus armas para el combate rezando a sus dioses, ya fueran los siete o los antiguos, por ganar el torneo y con ello la fama. Si alguno de ellos conseguía el dinero y la corona obtendría también otro premio, el más jugoso si cabía esperarse; tendrían la posibilidad de casar a sus hijos con alguna casa de mayor renombre, incluso con la propia casa Stark ahora que la hermanita más pequeña había aparecido.

 

Cuando Arya camino por el patio sintió unos cuantos ojos clavados en ella. Era extraño ver a un joven pasear por allí sin un arma ni cargando nada. La fortuna la sonrió al ver olvidados sobre unos barriles un arco junto con sus carcaj lleno de flechas. Lo más probable es que perteneciera alguno de los señores invitados por Lord Karstark y que se lo olvidara cuando decidió cambiar la caza por el vino. Decidida Arya cogió el arco y se marcho rodeando las murallas que protegían la fortaleza.

 

Hacia el extremo más alejado se construyo hacia mucho tiempo una pequeña puerta que llevaba directamente al bosque. Según las leyendas aquella puerta la construyo un antiguo Karstark que se escapaba al bosque para verse con su amada, una simple muchacha hija de pescadores. Durante las noches frías en Invernalia, la vieja tata les contaba la historia. Les decía que la belleza de la chica superaba con creces a cualquier mujer del reino. Su cabello castaño y sus ojos verdes habían hipnotizado a más de un hombre, pero como toda gran belleza tuvo un trágico final. El día que el joven señor contrajo matrimonio por obligación con una Glover, la joven se tiro al mar desde los acantilados. La anciana mujer siempre aseguraba que las sirenas vinieron del norte, que la muchacha no murió en la caída sino que se convirtió en la primera sirena. Su cabello se torno rubio por la sal y el sol del invierno y sus ojos verdes se volvieron azules para poder ver debajo del mar, pero que en realidad había sido una norteña.

 

Cuando era pequeña Arya recordaba que era por esa puerta por donde salían a cazar sus hermanos, su padre y el antiguo Lord Karstark cuando iban a visitarle. Al llegar vio que la puerta de madera reforzada con remaches de hierro oxidados estaba tal y como la recordaba. Era tan pequeña que ella y sus hermanos no, pero su padre tenía que agacharse para pasar por su cerco. “Jon también tiene que agacharse ahora y seguro que Robb también tendría que hacerlo” pensó acariciando la rigidez de la madera. Hacia años que la puerta no debía usarse y las bisagras oxidadas se negaban a moverse. Con fuerza Arya tiro de la puerta que crujió a cada centímetro que cedía, el ruido le puso los pelos de punta, se parecía muchísimo al chirrido de un cristal siendo rayado o al sonido de las espadas al chocar. Al final solo consiguió abrir un resquicio lo suficientemente ancho como para que alguien de su tamaño pudiese entrar. Echo un último vistazo atrás deseando encontrar a Nymeria antes de que su hermano se despertara y la mandara llamar. “Tengo tiempo de sobra” se mintió a si misma; conociendo a su loba estaría cazando alguna presa. El gruñido de un fuerte animal la asusto. No se dio cuenta de que Fantasma la había estado siguiendo hasta que el animal salió de entre las sombras. Sus ojos rojos como brasas, como los ojos de los arcianos la miraban con severidad. Le recordó a Jon.

 

-          Voy a ir te guste o no. – Arya le saco la lengua al enorme huargo tal y como hubiera hecho con Jon en el pasado.

 

Al otro lado de la fortaleza Fantasma olisqueaba el aire en busca de algún olor conocido. Su hermana andaba cerca, pero escondida entre el resto de olores. Podía oler la hierba fresca, y los vientos del verano; el agua fresca y el hedor a humano de la ciudad; y al fin la encontró el olor a sangre, a excitación mezclado con el olor de la loba. Nymeria estaba de caza.

 

 

 

 

 

-          Mi señor. Mi señor por favor déjela marchar. El rey Jon se molestara. Por favor…

 

La voz del hombre se perdió entre la espesura del bosque, pero Aegon no estaba dispuesto a dejar escapar a su pieza. El viaje desde Dorne había sido largo, muy largo y pesado por culpa de sus acompañantes. Las muchachas, hijas de las más importantes casas, que viajaban con ellos no dejaban de quejarse por la falta de lujos y comodidades. La más pesada era la heredera de los Fowler, Lady Denis Fowler. Solo se callaba cuando intentaba colarse en sus habitaciones. No es que la muchacha no le atrajera, era el ideal de belleza dorniense con aquel pelo rubio y su cuerpo curvilíneo como un reloj de arena, pero le molestaba su insistencia. Nadie le imponía una amante, ni ella, ni ninguna casa. Por otro lado a él no le molestaban la falta de comodidades, no estaba acostumbrado a ellas, pero la caza era diferente. Había querido cazar desde que llegaron al norte, pero siempre el precavido y cauto de su mayordomo Lexis le tenía controlado incluso cuando conseguía deshacerse de los guardias. Comprendía que la emoción de la caza a un hombre como él no le gustase. Aquellos cinco años a su servicio le habían hecho crecer una considerable barriga a juego con una papada que le temblaba cada vez que hablaba. Desde el principio no quería ir al torneo por celebrarse en el norte, odiaba tener que viajar tan lejos y a lugares donde hacia tanto frio.

 

-          El sol, la arena, los oasis… para que ir a un estúpido torneo teniendo el paraíso aquí. Es normal que las muchachas deseen ver el torneo, pero vos mi señor. ¡Podéis celebrar el vuestro si lo deseáis! Y si lo que queréis es viajar ir al sur. A Desembarco del rey. La reina se alegrara de vuestra visita – le había dicho el día que salieron.

 

Cansado y hastiado había ordenado al resto del sequito adelantarse para desayunar en el castillo mientras él se quedaba cazando. Lexis se lo había intentado impedir y casi estuvo a punto de convencerlo cuando por fin la vio. La loba más hermosa que había visto en su vida, tan grande como un león y con un pelaje tan negro como una noche sin estrellas. Fue verla y desearla.

 

-          Sera un hermoso regalo para la hermanita desaparecida del rey – le dijo entre risas a su mayordomo cuando salió corriendo detrás del animal sin más armas que su arco, su cuerno y su espada.

 

No le fue difícil encontrar el rastro de la loba. Las huellas en la nieve entremezcladas con la sangre fresca de alguna presa eran un camino tan claro como las estrellas para un marinero. Por fin Aegon la vio a lo lejos bebiendo del pequeño riachuelo que serpenteaba el bosque y daba de beber al pozo de la plaza del pueblo. “Esta es mi oportunidad” sonrió. Despacio y sin hacer ruido coloco la flecha en el arco y apunto directamente hacia la cabeza de la loba. Seria una muerte rápida, digna y sin dolor. El animal bebía tranquilo ni siquiera se enteraría. La flecha zumbo el cielo en un ángulo perfecto. Aegon ya saboreaba el triunfo cuando el zumbido de otra flecha corto el aire y desvió la suya. El improperio que iba a soltar murió en sus labios cuando un encapuchado salió de entre las sombras directo a por la loba.

 

-          Desgraciado. Esa es mi presa – le grito al tiempo que corría hacia él. Antes de que el desconocido llegase hasta el animal consiguió derribarle cayendo con todo su peso sobre él. Bajo su cuerpo sintió el forcejeo del hombre intentando liberarse. – Si pensabas que me iba a dejar arrebatar la presa estás loco. – De un fuerte tirón consiguió echar para atrás la capucha del desconocido. Sus ojos violáceos se encontraron con unos ojos grises que le miraban furiosos entre la maraña de pelo castaño que le ocultaba a medias el rostro. – Pero… - las palabras se le atoraban en la garganta por la sorpresa. – Si eres una mujer – consiguió decir.

 

-          Si. Y… - la sonrisa de Arya se abrió paso al ver como su loba con el hocico ensangrentado se acercaba. – Deberías se un caballero con las damas.

 

Aegon fue a contestarla cuando escucho el gruñido del animal. No se había dado cuenta de que se iba acercando poco a poco hasta que lo tuvo casi encima. De un rápido movimiento se levanto del suelo a la vez que levantaba a la muchacha con una sola mano. Como si se acordara de lo que significaba ser un caballero en esos momentos se puso entre la chica y la loba para protegerla.

 

-          Detrás señora. No la pasara nada.

 

-          ¿De verdad? – se mofo Arya poniendo los ojos en blanco. Ignorada por el caballero aprovecho para coger un enorme leño y le golpeo sin pensarlo en la cabeza. – Tranquilo será a ti a quien no le pase nada – le sonrió mientras él caía sobre la nieve.

 

“Deberia darle otro golpe por prepotente” se dijo a si misma cuando lo dejo junto al árbol. Arya se paro un momento para obsérvale. En verdad era un hombre atractivo. Sus ojos violáceos cuando la había mirado cambiaban de color hacia el azul oscuro cuando les daba la luz, y su pelo recogido en una coleta parecía hebras de plata. Era un hombre alto y esbelto. No era tan fuerte como Gendry, aunque era normal su amigo antes de ser caballero había sido aprendiz de herrero. No, lo cierto es que su cuerpo era más como el de Jon. Espalda ancha y brazos fuertes, pero todo en proporción.

 

Aegon se removió incomodo y abrió los ojos. Lo primero y único que vio fue a la joven de ojos grises mirándole. La muchacha debía haberse ruborizado por algún motivo ya que el rubor de su cara se le había subido hasta los pómulos.

 

-          En que pensaba, muchachita – le sonrió acariciando el muslo que tenia más cerca de él deslizando la mano hacia arriba.

 

-          En que si intentas volver a cazar a mi loba te llevaras algo más que un par de chichones – le contesto Arya levantado de nuevo el leño y golpeándolo de nuevo. La vergüenza y la furia se mezclaban en su interior como un remolino. Sentía calor allí donde él la había rozado y eso la enervaba todavía más. – Tienes suerte de que sea la hermana del rey, sino te mataría – le grito al hombre ya inconsciente.

 

Furiosa por no poder hacer nada cogió el cuerno que llevaba el hombre a la cintura. Si tenía un cuerno significaba que no estaba solo en el bosque y que al sonarlo alguien vendría a por él.

 

-          Imbécil. – Arya le dio una bofetada con todas sus fuerzas dejando la mano marcada en su mejilla. Más tranquila poso los labios sobre el cuerno y lo hizo sonar con todas sus fuerzas. – Vámonos Nymeria. Fantasma no espera – le ordeno a su loba. Nymeria olfateo el aire en busca de Fantasma y echo ha andar. Arya la siguió echándose la capucha por encima para protegerse del frío. Sin en verdad la primavera estaba comenzando ella todavía no la sentía.

 

 

 

 

 

“Tarde, tarde, tarde” se repetía Arya a medida que corría por los patios de la fortaleza. Le había costado más tiempo cerrar la puerta que llegar hasta ella. Las bisagras se negaban a moverse ni un milímetro. Por fin cuando la cerró a base de patadas y empujones que la habían hecho daño en los brazos se encamino a su habitación. Por el camino escucho ha varios hombres preguntar por ella a las criadas. El gesto de negación de las mujeres y la reacción de los hombres solo tenía una respuesta: Jon había preguntado por ella y se estaba impacientando. “Mierda, mierda que los otros se me lleven como me pille” se maldijo mientras atravesaba toda velocidad el patio de armas. Nymeria la seguía por delante y Fantasma por detrás. Ninguno de los lobos se separaba de ella. Los criados y soldados saltaban a un lado al ver pasar a las dos fieras. Arya se paro justo a las puertas de la cocina. Jon tendría que estar en la habitación de honor que Lord Karstark le había asignado o en el gran salón con sus hombres, si iba por allí fijo que la pillaría. Cruzo de nuevo el patio de armas hacia la otra torre donde estaba la biblioteca. No eran más que unos cientos de libros, ni siquiera se la podía comparar con la biblioteca de Invernalia, pero para su fortuna estaba desierta. El puente que salía de aquella comunicaba directamente con su torre y desde allí podría ir directa hacia su habitación sin que nadie más la viera.

 

Subió los escalones de la torre de dos en dos sin pararse a respirar. La dolía el costado y le faltaba el aire, pero no podía parar. Atravesó la biblioteca en unas pocas zancadas y salió por la puerta que llevaba al puente. “Ya falta poco” se dijo cuando atravesó el puente agazapada para que los soldados que vigilaban desde las almenas no la viesen. Por fin llego a la torre que estaba desierta y suspiro aliviada. Su habitación era la última de toda la torre, todavía le quedaba pro subir el último tramo de escaleras y podría vestirse. Nadie se daría cuenta de su escapada.

 

-          ¿Donde demonios estabas?

 

La voz imperiosa de Gendry casi la hace tropezar en el último escalón al verle vestido de arriba abajo con la armadura gris perla y el blasón del lobo huargo de la guardia de su hermano. No se imagino que Jon mandase a nadie ha hacer guardia ante su puerta. Arya le miro rascándose la cabeza y se encogió de hombros; era tontería mentirle, la había pillado vestida con las prendas de cuero y cubierta de barro y nieve hasta el cabello.

 

-          He salido ha buscar a Nymeria. – La loba salió desde detrás de ella al oír su nombre; al no ver a Fantasma se imagino que había desaparecido escaleras abajo en busca de Jon.

 

-          ¡Maldita sea Arya! Y porque no has dicho nada a nadie. Yo mismo te habría acompaño o habría salido a buscarla. – Gendry meneo la cabeza al verla tan sucia. Jon quería presentarla ante los señores antes de comenzar con el torneo. – Jon te busca para presentarte ante el resto de…

 

-          Gilipollas – le corto Arya. Aquellos espantapájaros de colores que se empeñaban en mirarla con interés y adulación eran los mismos que hacia cinco años no la dirigían ni una sonrisa. Sansa esto, Jeyne lo otro, incluso la hija del hombre de las perreras era más elegante y ella era la mocosa feúcha a la que llamaban “chico”.

 

Gendry se rio al escucharla. Aquella era la sonrisa picara y los ojos divertidos de la chica con la que había viajado desde Desembarco del rey y de la que se había enamorado.

 

-          Gilipollas o no son los súbditos de tu hermano y le deben pleitesía. – Se paso ansioso la mano por el pelo negro y suspiro. – Le diré a tu hermano que te has dormido. Así te dará tiempo a darte un baño y cambiarte de ropa.

 

-          Gracias Gendry. – Arya abrazo al muchacho por un momento dándole un beso en la mejilla antes de meterse en la habitación. Al cerrar la puerta sin volverse no pudo ver como el rubor coloreaba las mejillas de su amigo hasta perderse en la maraña oscura que era su pelo.

 

Gendry apoyo la cabeza sobre la puerta de madera de la habitación de Arya escuchando los ruidos amortiguados de ella corriendo de un lado para otro.

 

-          Ganare el torneo y la corona. Los ganare y pediré tu mano. Te lo juro por los antiguos y nuevos dioses. Te lo juro por R’hllor y cualquier otro dios que me escuche. Conseguiré tu mano – susurro llevándose la mano al pecho.

 

 

 

Incluso con la puerta cerrada podía escuchar los gritos furiosos que su mayordomo Lexis soltaba a uno de sus guardias. La culpa no había sido del pobre hombre. Ni siquiera pudo seguirle a través del bosque con aquella inmensa armadura dorada con escamas plateadas. El dragón del casco, un exquisito trabajo hecho por los armeros de Desembarco del rey, le distinguía como un guardia personal del rey Aegon, pero jamás hasta ese viaje ninguno de sus guardias había utilizado una armadura tan pesada. El sol y el calor de Dorne abrasaban, daba igual si era verano o invierno, el tiempo solo se definía por el inmenso calor o las tormentas de arena. Las temperaturas alcanzaban casi los 45 grados sin importar la estación en la que estuvieran. Los guardias vestían con grandes pantalones de color negro si pertenecían a la guardia real o marrones si eran simplemente guardias del palacio, la parte de arriba no era más que un simple chaleco blanco para evitar quemarse. Las lanzas de casi dos metros de altura, su mejor arma, las llevaban siempre en la mano lista para ser utilizada.

 

Aegon cansado del ruido de afuera se incorporo en la bañera y llamo a su mayordomo. El hombre entraba con la cara congestionada por el esfuerzo de gritar, pero fue corriendo a ayudar a su señor.

 

-          Tranquilo puedo yo solo. No te he llamado para eso. – El agua caía por su cincelado cuerpo haciendo pequeños charcos en el suelo mientras se dirigía hacia la silla donde estaba la toalla de lino. Enrollándosela a la cintura se dirigió al armario para buscar su ropa bajo la atenta mirada de su mayordomo. La impaciencia era uno de sus defectos, eso y la falta de humor.  – Solo te he llamado para que dejaras tranquilo a Janef – le respondió al fin –, suficiente tiene con ser mi guardia y tener que seguirme a todos lados.

 

-          Mi rey no puede ser tan benevolente. La obligación de Janef es servirle en todo y hoy a fracasado. Los guardias están para defenderlo y protegerlo, sino fíjese como le hemos encontrado.

 

Aegon le miro con la ira reluciendo en sus ojos violáceos. Sabía perfectamente como le habían encontrado y le avergonzaba. Estaba tirado en el suelo, cubierto de nieve y barro; sus armas estaban esparcidas a su alrededor y tenía dibujado en el rostro la marca de una mano todavía palpitante y cuya señal todavía no se borraba del todo. Y lo peor es que todo eso lo había hecho una sola persona, una muchacha de ojos grises que lo lamentaría. Aegon se mordió el labio pensando en aquellos ojos llenos de furia y orgullo. “Así es el norte” pensó acordándose de su hermanastro. Aquella mirada era muy parecida a la suya.

 

-          Escúchame bien. Nadie. Absolutamente nadie. Debe saber porque he llegado así de sucio a Bastion Kar ¿Entendido? Ahora ayúdame con la capa – le ordeno a Lexis.

 

Con la capa puesta Aegon se miro ante el espejo de la habitación. No podía verse mejor. Se había puesto una túnica de color rojo sangre, el color de su casa, con unos pantalones más oscuros casi marrones. El emblema de su familia, el dragón tricéfalo, estaba bordado justo en el pecho con hilo de oro. El cinturón negro que llevaba en la cintura sostenía su espada con empuñadura de rubíes envainada en una funda de oro regalo de su esposa por no tener una espada valyria como la Garra de Jon. La capa amarilla le caía por los hombros atada con un broche de plata en forma de dragón con ojos de ónix; una autentica maravilla del platero de Altojardín.

 

Cuando bajo al gran salón entro por la puerta de las cocinas para sentarse directamente junto a Jon. Después de 5 años le habían dejado de gustar las largas presentaciones de su nombre, en definitiva todos sabían ya quien era. La estratagema de Varys para salvarle cuando era un bebe funciono; en lugar de a él, el perro rabioso del Lord Tyrion mato a un niño huérfano, aunque lamentaba que su hermana no tuviera la misma suerte.

 

El rey Jon o el rey del norte como lo llamaba su pueblo lo esperaba sentado en un gran trono con lobos huargo labrados a mano en cada uno de los respaldos. Las figuras eran tan realistas que solo se distinguían porque una de ellas se movía de verdad. A los pies del rey descansaba adormecido un lobo huargo con el pelaje tan blanco como la nieve. Aquel era el trono de rey del norte. A su lado se había hecho un trono semejante con tres dragones saliendo del respaldo. Para los ojos el artista había utilizado rubíes, esmeraldas  y zafiros. Demasiado ostentoso en comparación con el otro trono, incluso para él.

 

“Si a Dany le gusta este trono es bastante remilgada” pensó Aegon mientras subía despacio a la plataforma. Sentado desde su trono vio que había otro más pequeño un peldaño más abajo que el suyo.

 

-          ¿Y eso? – le pregunto a Jon señalando con la cabeza la simple silla acolchada que usaban las damas de los grandes señores.

 

-          Mi hermana – le contesto Jon asintiendo con la cabeza a un hombre del fondo. Arya ya estaba preparada detrás de esa puerta.

 

-          Vaya debes quererla con locura. Nunca te he visto sonreír así – se burlo Aegon.

 

-          Es mi hermana. Además tú también caerás rendido, es la muchacha más bella que jamás habrás visto. – Jon le siguió el juego. No sabia si era la sangre o el tener a alguien de su edad con sus mismos problemas en cuanto se refería al reino, pero Aegon le recordaba a Robb. Era un hombre presto para la risa fácil.

 

-          Jon, es norteña – se limito a contestarle.

 

“Una salvaje, una norteña. Alguien así enamoro a mi padre, pero no a mí. Prefiero la delicadeza de las damas del sur” Aegon no es que despreciara a las norteñas, reconocía su belleza. Pero seguía sin comprender como es que una simple niña-mujer enamorara tanto a su padre para ser capaz de provocar una guerra. Una guerra que les costo la vida tanto a su madre y a su hermana como a esa muchacha. Una guerra que casi hace desaparecer a la casa Targaryan.

Notas:

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Capitulo 11 Torneo por yuukychan

Una hora más tarde, cuando bajo ya arreglada, se encontró con que Lord Karstark la estaba esperando junto a la puerta del gran salón. El hombre se había puesto una sencilla túnica azul oscuro sobre unos pantalones negros. El gris de su pelo combinaba a la perfección con aquellos colores. El sol de su casa relucía de manera armoniosa en el precioso broche con el que se abrochaba la capa blanca que le caía por la espalda casi hasta llegar al suelo.

 

-          Estas preciosa, muchacha – le sonrió el hombre asintiendo con la cabeza al verla recorrer el pasillo hacia él.

 

Arya suspiro aliviada. Sin ayuda de nadie consiguió llenar la bañera lo suficiente para bañarse con agua fría, pero al final había tenido que escoger otro vestido que pudiera ponerse ella sola. Había intentado abrocharse el corsé del vestido marrón, pero sin la ayuda de sus doncellas aquello era imposible. Desesperada rebusco en el armario y encontró otro vestido en color crema que se abrochaba por delante. Era precioso, los delicados brocados en hilo de oro en el pecho eran una obra de arte. Le quedaba algo grande la cintura por lo que se lo ajusto con una tira de tela negra a modo de cinturón que caía graciosamente por la parte de atrás. La capa de piel de lobo huargo, Jon la hizo confeccionar con el animal que casi le mata sino llega a ser por ella, se abrochaba a su cuello con un hermoso broche hecho de plata simulando la garra de la bestia; era un broche muy de hombre le había dicho Sansa el día que lo vio, pero Jon pensaba que identificaba muy bien con Arya: belleza salvaje e indómita. El pelo todavía húmedo le hacia graciosas ondas que caían por su espalda en cascada, sin tiempo y ni pericia para peinarse Arya lo dejo así.

 

Lord Karstark espero a que la muchacha llegara a su lado y le cogió galantemente la mano para besarla.

 

-          Estais preciosa, pero os falta algo.– Coloco sobre la cabeza de Arya una preciosa diadema de perlas sonriendo mientras lo hacia. – Esto perteneció a tu tía, Lady Lyanna. Te pareces mucho a ella, demasiado. A veces pienso, discúlpame niña, pero a veces creo que eres ella realmente.  

 

-          No se preocupe. He oído eso muy a menudo, pero nunca nadie me ha dicho como era en realidad mi tía.

 

 Lord Karstar suspiro antes de responderla.

 

-          Tu tía era una autentica loba. Vivía como una loba, luchaba como una loba y amo como una loba – suspiro – y eso le costo caro. Los lobos apasionados suelen morir jóvenes, pequeña. Sino mira a tus tíos, no solo Lady Lyanna era así, también tu tío Brandon era un hombre que vivía la vida al limite de sus consecuencias. – “Y me temo que tu te pareces demasiado a ellos niña” pensó el anciano mirándola de arriba abajo. – Ahora ¿Estas preparada? – le pregunto con la mano puesta sobre la puerta.

 

Arya solo pudo asentir, los nervios la quemaban la piel. No la importaba no ser aceptada, había hecho cosas más difíciles en su vida, más que sonreír como una tonta y hacer cortas reverencias. Lo que temía era dejar en evidencia a su hermano. Sansa siempre la repetía que no era una dama y era cierto, podía parecerlo, pero no lo era. Las puertas estaban a punto de abrirse, Lord Karstak ya las estaba abriendo. Podía escuchar la expectación en el murmullo de las voces quebrándola por dentro.

 

-          No puedo. No puedo hacerlo. – En un ataque de nervios Arya estaba a punto de darse la vuelta cuando Nymeria la mordió del vestido sin llegar a rasgarlo.

 

-          Ves. Hasta tu loba sabe que eres capaz – le sonrió hombre.

 

La puerta se abrió sin rechinar, las bisagras estaban recién aceitadas. Arya camino lentamente a través del pasillo que formaban ahora los señores y las damas allí de pie. Vio a las muchachas dornienenses cuchichear mirándola fijamente; la rubia de ojos azules, esa a la que habían llamado Denis, clavaba sus ojos en ella como una flecha se clavaria en un árbol. Nerviosa las ignoro, su mente volaba observando todo a su alrededor. Las paredes estaban cubiertas de cientos de estandartes de todos los colores, el gigante y el puño de hierro los reconoció, eran los Umber  y los Glover, siempre habían sido vasallos de su casa, pero había tantos blasones que apenas llegaba a verlos una fracción de segundo. Un estandarte en particular le llamo la atención, el león dorado de los Lannister sobre un campo rojo sangre le hizo recordar el miedo que sintió su cuerpo cada vez que lo veía en el camino de vuelta a Invernalia. “Se habrán atrevido a venir” pensó una parte de ella mientras su sonrisa perpetua saludaba a un lado y a otro. Por un momento recordó como se había abierto la puerta y la idea de pedir a alguien que hiciera lo mismo con las bisagras de la puerta del bosque le parecía mejor que estar allí andando y sonriendo como una tonta. Paso a paso se iba acercando cada vez más a la silla que estaba cerca de Jon. Al lado de él había un hombre que no reconocía. Estaba sentado en un trono por lo que tenía que ser el otro marido de Daenerys, aquel que vivía en Dorne. A mitad del camino alguien comenzó ha hablar. Estaba hablando sobre ella.

 

-          Lady Arya de la casa Stark. Hija del difunto Lord Eddard Stark, mano del rey y antiguo guardián del norte y de su esposa Lady Catelyn Tully de Aguasdulces. Hermana del difunto Rey Robb Stark, el rey del norte…

 

“Solo les falta decir que soy una hermana de los hombres sin rostros – pensó Arya cansada del parloteo de aquel hombre. – Aunque me alegro que Jon siempre diga que Robb fue rey, el rey del norte”

 

Llego justo a los escalones delante de Jon sin quitarle los ojos de encima. La sonrisita que la dedicaba se la cobraría. Jon no podía evitar que una media sonrisa se dibujara en su rostro. Ver a su hermana comportándose como una dama cuando su naturaleza era todo lo contrario le sorprendía.

 

-          Altezas. – Arya hizo una corta reverencia a su hermano antes de hacérsela al otro hombre. Al levantarse se encontró con los ojos violáceos de aquel insolente del bosque. Aegon la miraba sin llegar a creérselo. La muchacha que le había golpeado era la misma norteña que Jon consideraba su hermana. Con una sonrisa de superioridad se levanto y descendió los dos escalones que le separaban de ella.

 

-          Mi señora – le susurro besándole la mano. “Desde luego que Jon tenía razón, es muy hermosa, pero yo no arriesgaría un trono por ella” Pensó en su padre, estaba claro que no era como él.

 

Arya le quito la mano con delicadeza diciéndole todo con sus ojos. “Si me tocas te vas a enterar” Una idea cruzo su mente al ver aquel hombre tan cerca de ella.

 

-          Alteza – sonrió – sería un honor para mí presentaros a alguien. Si vos me lo permitís. Claro.

 

-          Por supuesto. Todo sea por la querida prima de mi hermano – le sonrió Aegon volviéndola agarrar la mano entre las suyas. Si creía que una mirada cargada de ira le iba ha acongojar es que no le conocía. Él era hijo del fuego, era hijo de dragones. Una simple loba no lo echaría para atrás.

 

-          ¡Nymeria! – La sonrisa de Arya se ensancho en una mueca de triunfo cuando los ojos del hombre se abrieron sorprendidos de ver a la loba que había intentado cazar. El animal cruzo el largo pasillo en unas cuantas zancadas haciendo retroceder a algunos de los invitados asustados al ver a la enorme bestia. Con el lomo erizado Nymeria se interpuso entre el rey y su dueña. Aegon casi pierde el equilibrio cuando la bestia le empuja hacia un lado enseñándole los dientes de forma discreta. Arya poso la mano sobre el lomo de la loba y está se tranquilizo en el acto. – De parte de Nymeria: bienvenido al norte, majestad.

 

Unas breves risas se escucharon por la sala, pero todo a su alrededor parecía no existir. Arya solo era capaz de mirar a aquel hombre esperando una respuesta. Conociendo a la realeza sabía que se sentía insultado, humillado. Aegon la miro y la ira que había sentido en un principio empezaba a desaparecer. Aquella niña, casi una mujer, era diferente. No era una muñeca de porcelana que se rompiera a la mínima amenaza. Era más como esa loba; gruñía, enseñaba los dientes y si la amenazaban te mordía.

 

-          Es un placer, Nymeria. – Aegon hizo una corta reverencia hacia la loba sin quitar la vista de Arya. “Asique así es una autentica Stark, ¿eh? Me gusta”

 

Jon no entendía muy bien de que iba aquello, pero los ojos de su hermano no le gustaban. El violeta casi parecía arder dentro sus pupilas al sonreírle a su hermana. Miro a Arya y no fue capaz de ver nada. La mirada tranquila y aquella sonrisa no le dejaban ver más allá.

 

-          Bien creo que ya pueden comenzar las justas. – Jon se levanto extendiendo la mano hacia Lord KarStark que esperaba sentado juntos al resto de nobles. – Cuando vos queráis, amigo. – El hombre se limito a asentir con la cabeza.

 

 

 

 

 

Los caballos piafaban mientras galopaban instados por sus jinetes. El choque de las lanzas era inevitable, aun así había veces que parecía que nunca iban a tocarse. Por fin el clamor que producían era ahogado por los gritos de júbilo del pueblo que gritaba y vitoreaba a sus favoritos. Las astillas de las lanzas volaban y chocaban produciendo chispas cada vez que el metal rozaba. Los escuderos, jóvenes hijos de noble cuna con sueños de caballería, no daban a vasto corriendo de un lado para otro transportando las lanzas nuevas para cambiarlas por las destrozadas. La rapidez de las justas eran tan frágiles como el amor de la gente. Una vez que el caballero caía del caballo el clamor por otro se alzaba más efímero y potente. Solo el vencedor obtendría la alegría del pueblo.

 

Desde las gradas reales construidas el día anterior, por debajo de Jon y Aegon, Arya contemplaba impasible aquel juego de niños acompañada de unas cuantas chicas que sonreían y se sonrojaban cuando creían que algún caballero las miraba. El bostezo salió de su boca sin querer si quiera evitarlo.

 

-          Te aburres, mi señora – le pregunto Aegon sentándose  a su lado para sorpresa de Jon.

 

-          Bastante, alteza – le contesto Arya. No iba a decir nada más, pero parecía que el hombre no se iba a mover de su lado. – No desprecio el torneo, al contrario, lo encuentro entretenido cuando se participa. Pero, aunque es cierto que los caballeros pueden morir si alguna astilla les perfora, no demuestran nada. En una guerra la mayoría de ellos perderá la compostura y entrara en batalla enajenado por sus sentidos, el calor y la adrenalina recorrerá su cuerpo olvidando cualquier otra emoción.  

 

-          ¡Vaya!. Tenéis un punto de vista muy locuaz, mi señora. – Aegon apoyo la barbilla sobre la mano mirando sin ver como otros dos caballeros, un Tyrell de segunda categoría, el hijo de un hijo, y un Florent competían en esos momentos. Sus pensamientos se centraban más en la muchacha que tenía al lado. No solo por fuera era hermosa, tenía una mente más despierta que muchos de los hombres que había en su consejo. – Pocas mujeres hay como tú, bellas e inteligentes – la dijo esperando que se sonrojara por el halago.

 

Arya le miro directamente a los ojos y luego volvió su rostro hacia el campo del torneo. Era el turno de Gendry.

 

-          No os equivoquéis, alteza – le contesto mientras veía a su amigo galopar hacia ella –, la gran mayoría de las mujeres nacemos inteligentes, son lo hombres los que tienen que educarse para serlo. – Arya se levanto apoyándose en la barrera que separaba su tribuna del suelo. – Buena suerte, Ser Gendry.

 

Aegon volvió a su asiento con la sonrisa todavía en los labios. El asiento tallado en el tronco de un arciano era cómodo, el sol del atardecer comenzaba a descender, pero la temperatura se mantenía fresca y el torneo estaba a punto de acabar con aquel último combate. Todo marchaba bien, incluso a pesar de las groserías de la hermanita de Jon. Debería sentirse insultado y ofendido por la forma tan descarada en como le retaba la chiquilla, pero era aquello lo que le divertía. Le gustaban sus insolencias y ver como reaccionaba a sus ataques. “Los hombres tenemos que educarnos para ser inteligentes”

 

-          A lo mejor es cierto – susurro pensando en las palabras de la muchacha. La carcajada apenas una mueca de sonrisa casi no llego a salir, solo Jon la había visto.

 

-          Ha que viene tu risa, hermano.

 

-          Vuestra hermanita – sonrió Aegon –, es una caja de sorpresas. – El brillo en sus ojos no paso inadvertido para Jon. No era la primera vez que veía al rey eligiendo a su próxima victima, o como el solía llamarlas: amantes. 

 

-          No os confundáis hermano – el tono áspero de Jon hizo que Aegon se fijara en él apartando la vista de Arya. – Mi hermana no es un juguete ¿me habéis entendido?

 

Aegon asintió con aire ausente solo para terminar la conversación. Juguete o no la chica le gustaba, y estaba dispuesto a conquistarla. Ninguna de sus amantes se había quejado nunca, ya estuviese con ellas una hora o todo un mes. Lo que le resultaba raro era la reacción de su hermano, aquella sobreprotección que tenía con la muchacha. Eso y aquel simple caballero que tanta familiaridad tenía con la chica. Había sido verle y Arya pasó a ignorarle completamente. Sus ojos se clavaron en él sonriendo a cada broma que hacia el muchacho. “Que tendrán en común” pensó Aegon sin quitarle los ojos de encima al caballero.

 

 

 

En la linde del campo de justas ya se encontraban el joven caballero miembro de la guardia real. Ser Gendry se alzaba imponente desde la montura de su caballo. La armadura roja como la sangre con escamas negras resaltaba desde lejos. Su casco, una cabeza de venado rojo con enormes astas negras, relucía cuando le daba el sol sacándole matices anaranjados y dorados. El pueblo enmudecía al ver lo mucho que se parecía aquel chico, aquel bastardo, a Renly Baratheon. Solo los más ancianos recordaban la fortaleza y el atractivo del rey Robert antes de que el alcohol, la comida y las mujeres arruinasen su vida. Gendry paseaba inquieto por la arena, ya se ponía el sol y su contrincante todavía no había aparecido, solo el escudo estaba expuesto en el poste de su zona. El león de los Lannister resaltaba en el enorme escudo rojo a la espera de su dueño. Arya se pregunto quien de todos ellos justaría con su amigo. Dudaba mucho de que fuera Ser Jaime o Lord Jaime o cualquier titulo que usase ahora. Sansa la había contado como perdió la mano durante la guerra y aunque había conseguido ser un buen espadachín zurdo jamás recuperó su antigua pericia.

 

Por el camino de piedra se oyó el suave trote de un caballo subiendo. El animal, un majestuoso semental blanco como la nieve engalanado con el rojo de los Lannister, subía despacio bajo la atenta mirada del pueblo de Bastión Kar. El hombre que lo montaba iba cubierto por un casco de león que parecía rugir al público cuando clavaba sus ojos en la multitud. Toda su armadura, desde el casco hasta las espinilleras era de oro. “Seguramente es pan de oro” pensó Arya recordando la armadura que llevo el matarreyes la primera vez que le vio en Invernalia. Solo la capa blanca como la nieve le distinguía como miembro de la guardia real. El hombre llego hasta la grada deteniéndose frente a los reyes que se miraban sin saber quien era. Con elegancia el desconocido obligo a su caballo ha inclinarse para hacer una reverencia mientras se quitaba el casco para mostrar su rostro. Arya no se sorprendió al ver el pelo rubio y los ojos verdes. Eran ya casi un símbolo de la casa Lannister, pero aquel rostro atractivo se parecía mucho al de alguien. Si no fuera porque sabía que era imposible, aquel hombre podía hacerse pasar por el joven Jaime Lannister, incluso antes de que ella le conociera.

 

-          Altezas. Señoras.

 

La voz profunda del muchacho hacia que las damas se sonrojaran y suspiraran alrededor de Arya en una especie de competición por ver quien de ellas se desmayaba primero. La sonrisa cautivadora del hombre se dirigió hacia ella, pero ni siquiera entendió que quería decirle con aquello. Le parecía un caballero más salido de una de esas leyendas que tanto embobaban a las muchachas y las hacían idiotas que de un autentico guerrero capaz de enfrentarse en un campo de batalla. “Otro niño sureño verde” pensó al verle. Ni una cicatriz, ni una magulladura, era un niño bien. Por muy entrenado que estuviera con la espada, incluso aunque ganara el torneo, nada haría de él un autentico hombre del norte. Con su edad, aún más jóvenes, Jon ya había combatido en el muro y Rob en la guerra. Incluso Gendry había recorrido los caminos con ella y se había alistado en la hermandad sin estandartes; algo que todavía la molestaba, pero escuchar sus hazañas le hizo perdonarle. Saber que ayudo y veló por las gentes, algo que debían haber hecho sus reyes, era algo admirable.

 

A un gesto del rey, el caballero se volvió a poner el casco y guio a su montura hasta la pequeña marca donde lo esperaba su escudero. Con un rápido y ensayado movimiento el muchacho, casi un niño, le lanzo la lanza roja y dorada con la que participaría en la justa. Ser Gendry le esperaba ya preparado con su lanza azul y roja sin apartar la vista de todos sus movimientos. Los vítores del pueblo se acallaron al ver a aquellos dos hombres uno frente al otro. El león rugiente de los Lannister contra el poderoso venado de los Baratheon. El silencio era ensordecedor, ninguno se movía evaluando al otro.

 

De pronto el cuerno dio la salida y ambos se lanzaron a la carga. Ambas lanzas impactaron a distintos tiempos. La velocidad del Lannister era abrumadora, la lanza dio en todo el escudo rompiéndose en mil pedazos, pero Gendry no parecía afectado, solo las mellas en el escudo mostraban la fuerza del ataque. Su lanza también acabo rota, pero no consiguió dar en el blanco, el golpe del impacto del león le desvió en el ultimo momento. Su caballerizo, un muchacho moreno y de mirada avispada, le tendió otra lanza ya preparada. Antes incluso de la señal Gendry ya estaba preparado, si le daban de nuevo perdería por puntos, tenía que descabalgarle o perdería. El Lannister se lanzo a la carrera preparado, un golpe más y la victoria sería suya. El viento se colaba entre su casco a medida que el caballo cogía velocidad, una buena lanzada como la anterior y su casa ganaría el torneo. Lo único que consiguió ver antes de que el dolor atravesara su cuerpo fueron los profundos ojos azules del otro caballero. “Tiene los ojos de mi Robert” fue lo único que le dio tiempo a pensar. El golpe impacto de lleno en su escudo sin darle tiempo a responder, las bridas se escaparon de entre sus manos como si fuera agua entre los dedos y las piernas dejaron de sentir la silla bajo su cuerpo. Por un momento se sintió ligero antes de que todo su cuerpo chocara contra el duro suelo. El sonido de las trompetas y los vítores de la multitud ahogaron su gruñido de frustración.

 

Arya se levanto emocionada al ver como su amigo consiguió derribar al caballero. No entendía muy bien lo de los golpes, pero el ceño fruncido y la mueca de dolor la decían que algo iba mal, Gendry solo ponía esa cara cuando pensaba seriamente en algo. Entre aplausos y gritos Gendry se acerco hasta la tribuna frente a los reyes. La sonrisa de Jon al ver a su guardia ganar no se podía comparar con las de las damas que no dejaban de mirarle con ojitos de niñatas.

 

-          Bien hecho – le habló Jon levantándose de su asiento con un objeto entre sus manos. – Aunque creo que esta parte es la más difícil – le sonrió con picardía al entregarle la bolsa de oro y la hermosa corona de rosas azules.

 

-          Mi señor – respondió Gendry asintiendo con la cabeza.

 

Arya podía notar la tensión a su alrededor cuando las muchachas vieron al caballero acercarse. El gesto de disgusto que ponían algunas cuando el hombre pasaba de largo casi la hace reírse. Algunas lloraban y otras simplemente miraban hacia otro lado con aire de reproche. La mueca de sonrisa se congelo en su rostro al ver como Gendry se paraba justo delante de ella. Mientras descendía del caballo podía sentir todos los ojos clavados en ellos, no importaba si eran miradas de admiración o de envidia, lo que en esos momentos quería es que la tierra la tragara.

 

-          Gendry que estas… 

 

-          Mi dama – le corto el caballero arrodillándose de forma tan solemne que Arya no pudo más que callarse y dejar que le cogiera la mano. – Me concedería el honor de ser mi reina del amor y la belleza. – Sin darla tiempo a responder Gendry se levanto colocándola la hermosa tiara de rosas azules por la que tanto suspiraban las muchachas. – Mi señora, ahora tengo que dejaros.

 

Arya seguía confundida al ver a Gendry marcharse. No le había podido decir nada, ni hablarle, ni siquiera decir si quería la corona o no. Rabiosa al ver como la había casi obligado a aceptar la corona se la quito de la cabeza. Por un momento estuvo tentada de tirarla, pero no pudo, no quería estropear todo aquel trabajo. La corona estaba hecha con una media docena de rosas azules entrelazadas con hilo de plata y zafiros. Los últimos rayos del sol sacaban de cada pétalo un hermoso brillo comparable a las gemas que llevaba y el olor, tan suave y salvaje, era el olor del invierno, y aquellas sus últimas rosas salvajes hasta el próximo.

 

Todavía recordaba como la vieja tata solía contarles aquella historia todas las noches. La historia de cómo nacieron las rosas azules y el huargo de los Stark. La leyenda decía que las rosas azules nacieron de la sangre de la autentica reina del norte. Una Stark nacida en el más frio de lo inviernos cuya belleza salvaje e indómita, su melena negra como la noche y sus ojos rojos como brasas era admirada en todo el reino. En las vísperas de su matrimonio concertado la muchacha lo único que deseaba era huir. No quería unir su vida a la de un viejo que pago por ella, sino que quería correr libre por el bosque como había hecho toda su vida. El rey intuyendo los deseos de su hija la encerró en lo alto de una de las torres para asegurarse de que no huyera. Pero el aullido de los lobos y los fríos vientos del norte la llamaban. Aprovechando la noche sin luna descendió por la torre descalza para poder sujetarse mejor a las piedras. Despacio, tanteando cada agujero con los dedos helados consiguió descender justo a tiempo de que el sol comenzase a salir por el este. Los primeros rayos la vieron correr por el bosque huyendo de su comprimo. A media mañana escucho los cuernos de caza de su padre, ya la estaban buscando, pronto la encontrarían. Desesperada se arrodillo ante un enorme arciano rezando a sus dioses por la libertad.

 

-          Solo deseo elegir mi destino – grito rabiosa al ver que sus dioses ignoraban su ruego.

 

-          ¿Y que destino es ese? – le pregunto de repente una voz profunda que salía del mismo árbol.

 

Sorprendida, aunque no atemorizada le respondió.

 

-          Deseo ser libre como el sol, como el viento, como los lobos. Deseo que mi vida me pertenezca.

 

De entre las ramas del arciano un niño se descolgó hasta caer a su lado. La muchacha le miro asombrada. No era un niño, pero ellos los conocían como los niños del bosque. 

 

-          Si quieres ser una loba, adelante. Sé una loba – le sonrió el hombrecillo.

 

-          Es imposible. Una humana no puede transformarse en loba.

 

-          Sino eres capaz de verte como una loba, como quieres transformarte en una.

 

El ruido de gritos y cuernos la asusto. Los hombres de su padre y de su prometido cada vez estaban más cerca. Cuando volvió la vista el niño del bosque ya había desaparecido.

 

-          Si solo es creer – susurro al arciano arrodillada a sus pies.

 

Con los ojos cerrados cada vez notaba más cerca el gruñido de los perros, las voces de los hombres y una mezcla de olores que le costaba distinguir. Por fin las voces se podían distinguir con claridad, la habían encontrado y estaban hablando de ella. Al abrir los ojos se encontraría rodeada y de nuevo presa en su cárcel de oro.

 

-          Señor solo es una loba. Si quiere podemos cazarla. Su pelaje hará juego con el cabello de vuestra hija. – El cazador estaba a punto de disparar con el arco hasta que la voz del rey se interpuso.

 

-          La loba no me interesa. Sigamos buscando a mi hija. ¡Vamos! – ordeno espoleando al caballo seguido de sus hombres dejando a la loba atrás.

 

Con mezcla de temor y alivio la muchacha se asomo a las tranquilas aguas del rio para ver su reflejo. Solo quedaba de su antiguo aspecto los ojos rojos como brasas y el negro de su piel. “Soy una loba” se dijo a si misma aullando sin ni siquiera darse cuenta. El aullido de otro lobo cercano la respondió al instante. De entre la maleza un lobo gris de oscuros ojos negros la miraba con curiosidad. Igual que un cachorro la incito a jugar tirándola un trozo de corteza. Divertida por su nueva situación siguió a aquel lobo por el bosque. Los años pasaron y su vida comenzó a ser monótona, había visto desde lo más profundo del norte hasta las tierras abrasadoras del sur, pero ya estaba cansada de viajar, quería regresar a casa. Echaba de menos algo que ni siquiera podía darle nombre.

 

Era noche cerrada cuando su olfato la llevo al mismo arciano donde años antes deseo convertirse en loba. El árbol estaba tal y comjo lo recordaba, sus grandes hojas rojas formaban una alfombra a su alrededor mientras sus raíces bebían del pequeño estanque de aguas heladas. A sus pies aulló toda la noche por volver a ser una mujer, pero no ocurrió nada. Un gemido se escapo de su hocico al no ser capaz de volverse humana de nuevo.

 

-          Eres tú de nuevo – le dijo el pequeño hombrecillo del bosque. – Ya te has cansado de jugar. – La loba solo pudo aullarle. – No entiendo lo que me dices, pero si quieres volver a ser humana solo tienes que desearlo con fuerza.

 

Otra vez el niño se escabullo entre los arboles sin darle tiempo a la loba a seguirle. Cansada y frustrada se tumbo junto al árbol gimiendo. Deseaba volver a ser humana y ya no se acordaba de cómo lo hizo la primera vez.

 

El sol de la mañana la acaricio el rostro y la hosquedad de las sabanas rasgaron su piel desnuda. Confusa abrió los ojos para mirar todo a su alrededor. Reconocía la simple casa de un granjero y la dura cama donde dormía, pero no conocía al hombre que se encontraba dormitando a su lado.

 

-          Por fin estas despierta. Llevas tres días inconsciente – le sonrió el hombre al ver que le miraba. La joven intento contestarle, pero en vez de su voz salió de sus labios un gruñido. – Tranquila. Tenías mucha fiebre cuando te encontré en el bosque. Desee a los dioses que te recuperaras. – El hombre poso su mano sobre la frente de la chica.

 

“Es callosa – pensó al sentir las durezas de su piel. Sus ojos se fijaron en el hombre. El castaño de su cabello hacia juego con el gris de sus ojos. La incipiente barba no le hacia mayor de 25 y su cuerpo musculoso estaba hecho a trabajar en el campo. – Es muy atractivo. – Nada más pensar aquello un leve rubor subió por sus mejillas desviando los ojos de su cuerpo”

 

-          Vaya creo que todavía tienes fiebre – le contesto el hombre al notar como el rostro de la muchacha se calentaba.

 

 

 

Años más tarde llego a oídos del rey la existencia de una hermosa joven que coincidía con la descripción de su hija. Se decía que la mujer más hermosa del norte estaba casada con un simple granjero y había dado a luz a un hijo varón. Decidido a averiguar la verdad después de tantos años el rey ordeno ir al pequeño pueblo en busca de aquella joven. Desde lejos supo que era ella. Verla salir de la casa vestida con un simple vestido de lana basto y regañando a un niño de unos cinco años mientras llevaba un arnés para sujetar a la mula le enfureció. El rey no podía entender que hubiera cambiado las joyas y las sedas, el oro y los castillos; por el barro y el trabajo. Enfurecido espoleo el caballo dejando a la guardia atrás. Al llegar casi a ella casi se cae del caballo ciego por la rabia.

 

-          Padre… - susurro la muchacha sorprendida al verle.

 

-          Eres una zorra desagradecida – le abofeteo en toda la cara tirándola al suelo.

 

-          Mama – grito el niño asustado arrodillándose a su lado para que aquel hombre no la volviera a tocar.

 

Desde dentro de la casa el granjero salió con una guadaña en su brazo. Sin mirar si aquel hombre era su rey o su vecino blandió la guadaña dispuesto a matarle. Un guardia llego justo a tiempo de parar el golpe y clavarle la espada entre las costillas. El grito de la chica se mezclo con las órdenes de su padre.

 

-          Cogedla y matar a ese bastardo – exigió el rey.

 

Incapaz de moverse la muchacha solo podía ver como la luz de los ojos del hombre al que amaba desaparecía poco a poco. “Salvaros” consiguió leer en sus labios antes de que la vida se escapara por completo de su cuerpo. Furiosa se volvió con la guadaña de su marido y cortó el brazo del primer guardia que vio. La nieve, su cuerpo y sus manos se llenaron de sangre. De un rápido movimiento se puso delante de su hijo degollando a otro de los guardias. Poco a poco los hombres la iban rodeándola hasta que uno de ellos consiguió quitarla el arma.

 

-          Ríndete – le exigió su padre a la vez que uno de los hombres agarraba a su hijo. – Sera una muerte rápida para el chico y tu podrás rehacer tu vida con el hombre que yo elija.

 

Ciega por el miedo no sabía que hacer. Rodeada y sin ninguna otra arma no podía matar a ninguno de los allí presentes. “Si fuera una loba, si pudiera ser de nuevo una loba” Entre los arboles escucho el susurro del viento que parecía hablarla, el sonido parecía decirla que aquella sería su última vez.

 

-          Que a sí sea – susurro.

 

-          Me alegro que hayas… - el miedo en la voz del padre le impidió continuar. Ante sus ojos la hermosa figura de su hija se había convertido en la de una loba. La más grande que él o nadie hubiera visto nunca.

 

La sangre rego la nieve hasta que ni uno solo de los hombres quedo en pie. En el suelo tiritando por el miedo el único que quedaba era el rey. La loba se acerco lentamente acompañada del niño que la seguía sin rastro de temor. Un gruñido y el rey se orino al no poder retroceder. La risa del niño se mezclo con sus gimoteos.

 

-          Mi madre dice que ahora yo seré tu heredero. Eso o que morirás en este mismo momento.

 

Con el terror inyectado en sus ojos el rey acepto. Unos años más tarde, tras la muerte del rey el niño fue coronado como un Stark. Acabado el banquete el muchacho corrió hacia el arciano donde su madre solía dormitar consciente de que nunca más seria una mujer. El silencio del bosque nunca lo había asustado tanto como aquella vez. Al llegar al árbol encontró a su madre tumbada sobre la nieve con los ojos cerrados. Por un momento pensó que dormía tranquilamente. Iba a marcharse cuando una voz salida desde la copa del árbol le llamo.

 

-          Enhorabuena joven rey. Tu madre estaría orgullosa.

 

-          Está orgullosa o es que acaso no la ves ahí durmiendo.

 

-          Pobre niño. Tu madre ya no está ahí. Eso es solo una loba… una loba huargo

 

-          ¡Mientes! – grito furioso el muchacho despertando al animal. El enorme hocico se abrió dejando ver unos enormes dientes.

 

-          Tranquilo no te atacara. Tu madre la enseño a defenderte y eso es lo que hará. Pero la has asustado – se rio el hombrecillo saltando desde lo alto del árbol.

 

-          Si está ya no es mi madre que ha sido de ella. ¿Dónde está?

 

-          Donde tiene que estar, joven rey, con tu padre. Aunque te dejo un último regalo – dijo señalando el objeto que la loba cuidaba.

 

Dócilmente la loba se levanto cojeando a una señal del hombre y el rey pudo ver una hermosa rosa azul nacida entre la sangre y la nieve.

 

-          Es muy hermosa – susurro el muchacho acariciando los pétalos tan suaves como lo fue la piel de su madre.

 

-          Su sangre la dio vida. Ahora te toca a ti dar tu sangre por esta tierra.

 

El niño del bosque escalo hacia lo más alto del arciano dejando al joven rey ante la rosa azul del invierno y su nuevo guardián y blasón, el lobo huargo. El muchacho miro a la loba y vio que en verdad ya no era su madre. El pelaje negro se había aclarado hasta ser gris y los intensos ojos rojos de su madre se oscurecieron hasta ser de un tono marrón.

 

-          Corre amiga, eres libre. Has hecho más por mí en un minuto que ningún otro vasallo en su vida – le sonrió a la loba acariciándola el lomo.

 

Años más tarde en aquel mismo lugar, alrededor de ese arciano y su bosque de dioses se construyo el castillo de los Stark y ese niño fue Brandon Stark “el constructor”.

 

 

 

A Arya le encantaba las partes en que la mujer se convertía en loba, pero nunca entendió porque la chica quería volver a ser humana, esa parte era la preferida de Sansa.  

 

“No le veo gran cosa – pensó mirando de nuevo la tiara entre sus manos – es solo una tontería mas. Aunque… es hermosa y seguro que a Sansa no le han dado ninguna. – Una sonrisa maliciosa se dibujo en su rostro al pensar en que su hermana se enfadaría al saber sus pensamientos. Miro más detenidamente la corona. En verdad que era un objeto hermoso, la pregunta era ¿Por qué con tantas mujeres bellas, Gendry la había elegido a ella?”

 

Sin previo aviso, entre las risas y cuchicheos que había despertado a su alrededor, una mujer dorniense que ya había visto en la sala se sentó a su lado. Era misma que la había tomado por una sirvienta.

 

-          Un placer en conocerte Lady Arya. Mi nombre es Denis, lady Denis de la casa Fowler.

 

-          El placer es mío, lady Denis – Arya la sonrió de pasada mientras volvía su mirada hacia la corona. “La septa estaría orgullosa de ver lo farsa que me he vuelto” pensó al ver como por fin sus lecciones hacían efecto después de cinco años. Seguramente antes la hubiera pegado un puñetazo por haber creído que era una sirvienta.

 

-          Como me alegro querida. Por la corona – la señalo al ver que Arya no entendía. – Espero que seamos muy buenas amigas, estoy deseando…

 

-          No te equivoques, querida – la cortó Arya imitándola. – La cortesía te la debo por estar en mi tierra, pero mi amistad… ni lo sueñes. El desprecio que me hiciste tomándome por una sirvienta no te lo tengo en cuenta, al fin y al cabo mi ropa y mi apariencia no eran las de una dama. No obstante – continuo – no sé como serán las cosas en tu tierra, pero aquí se respeta desde al último caballerizo hasta la más humilde de las criadas.

 

Las palabras de Arya resonaban en el aire. Todas las damas allí presentes se callaron al instante al comprender lo que había pasado. Los primeros cuchicheos y risitas no se hicieron esperar envolviendo a las dos mujeres. Enfurecida y humillada Denis se clavo las uñas en las palmas de las manos hasta notar como traspasaba la sangre. Jamás nadie la había despreciado de esa manera, y mucho menos en público. De haber sido otra le hubiera cruzado la cara de un tortazo, pero no podía tocar a la “supuesta” hermana del rey.

 

-          Comprendo – dijo al fin clavando sus ojos en los caballeros. Había visto las sonrisas que se habían dedicado el Baratheon y ella y como después el león la sonrió intentado llamar su atención. – Veo que tu amistad solo es para algunos… hombres. Me pregunto si has sido coronada por tu belleza o tus influencias han tenido parte del mérito. – Sus ojos se clavaron en la tribuna donde Jon charlaba animadamente con su hermano.

 

La voz de Denis era tan melodiosa e hipnótica como el vibrar de las serpientes del desierto de su tierra o el blasón de su propia casa. Arya había escuchado que el sonido de sus colas era tan armonioso, tan tranquilizador que en cuanto bajabas la guardia la serpiente te mordía para inyectarte su veneno. Un veneno tan potente que cualquier hombre moría en cuestión de horas sino encontraba un maestre que lo ayudase. Así era aquella mujer. Toda calma hasta que clavaba los dientes.

 

La sonrisa de Arya la pillo desprevenida.

 

-          Te perdono – dijo de repente. Si la dorniense jugaba con serpientes ella lo hacia con lobos. Y estos cuando daban la dentellada lo hacían hasta romper el hueso. – Entiendo que hable la envidia. La edad ya no perdona, ni siquiera allí en el desierto con el sol y la arena. Ten – Arya la mostro la corona ante sus ojos – si la quieres, si tu frustración es por esto – dijo moviéndola – te la doy. No necesitas humillarte.

 

La ira desdibujo el rostro de Denis marcando las pequeñas líneas, casi invisibles, de los ojos. Era cierto que ya no era una niña, pero solo tenía 27 años. Todavía era una mujer hermosa y deseable, por todos los dioses antiguos y nuevos ningún hombre la había rechazado jamás. Inconscientemente se había levantado con la mano preparada para golpear a Arya. Los ojos de todas las damas clavados en ella la hicieron volver a la realidad antes de cometer un acto que la costaría caro. Furiosa por haber perdido la compostura ante aquella mocosa se marcho no sin antes amenazarla.

 

-          El lema de mi casa es “Aliado o enemigo, nosotros no perdemos” Te he ofrecido mi amistad y las has rechazado. Sino eres mi amiga, eres mi enemiga. – Antes de poder marcharse Arya la cogió del brazo.

 

-          El lema de mi casa es “Se acerca el invierno”, pero te diré el mío personal. “Si me buscas, me encuentras”

 

Arya la vio alejarse observando cada paso de su cuerpo. La rabia la dominaba cuando empujo a una doncella hacia un lado por interponerse en su camino. Arya sabía que no tenía que haber sido tan directa a la hora de rechazar su amistad, pero así era como lo sentía. No era capaz de fingir tan bien como lo habrían hecho su hermana o su madre, incluso Jeyne era capaz de controlar una situación tan simple como aquella. “Y ahora por mi culpa más de una doncella lo va a pagar” pensó viendo como se levantaba con dificultad la muchacha que miraba con hosquedad a la dorniense. “No soy una dama” se dijo a si misma contemplando la corona, mientras escuchaba los comentarios de las mujeres a su alrededor.

 

 

 

El suelo y la alfombra crujían bajo sus pies. La habitación que le habían asignado para que durmiera era un desastre de cristales y frascos rotos. Denis se acerco hasta el espejo con la ira todavía brillando en sus ojos. Sus dedos rozaron el delicado marco pensando en la humillación y el orgullo herido. Era una Fowler, la segunda casa más rica y poderosa de Dorne después de los Martell. Su familia tenía y había tenido lazos de sangre y matrimonio con casi todas casas importantes, incluso una Fowler llego a ser reina cuando se caso con un Targaryan. La rabia fue apoderándose de su mano hasta que sintió los nudillos blancos entumecidos por la presión.

 

-          La muy zorra me ha humillado – le grito al espejo por fin viendo como su rostro se desfiguraba por la ira. – Se ha atrevido a humillarme en público. No, si es que encima me ofrecía la corona como si jamás hubiera tenido una, como si jamás la hubiera conseguido – “y no lo has hecho” le recordó una parte de si misma. Furiosa con sus propios pensamientos rompió el espejo cortándose la mano. – Maldita sea – seseo cogiéndose la mano para intentar contener la sangre.

 

Los pasos apresurados en el pasillo hicieron eco hasta llegar a la puerta. Un solo golpe, rápido y preciso, y un hombre de piel morena, cobriza entro cargando con un enorme cuchillo curvo parecido al arakh de los dothrakis; el arma perfecta para cortar cabezas. Sus ojos avellana se clavaron en los de la mujer, luego en la habitación y otra vez en la mujer esperando oír de sus labios algo, cualquier cosa.

 

-          Quiero… - Denis cogío un trozo de tela con que envolverse la mano mientras seguía pensando en sus palabras.

 

Se sentó en la cama y miro fijamente a su guardia personal. El niño que una vez fue su amigo, su confidente, con quien se bañaba desnuda en los jardines de palacio había crecido hasta llegar a ser su guardaespaldas, su compañero de viaje, su amante. En sus ojos no vio nada que la atemorizase, no dudaban, no pensaban, no opinaban; solo esperaban, esperaban su orden como siempre.

 

-          Quiero que la mates.

 

-          Nombre – susurro el guerrero hincando una rodilla en el suelo.

 

-          Arya. Arya Stark.

Capitulo 12 El baile por yuukychan
Notas de autor:

Dedicado a Superandrea1980

 

El proximo capitulo no se cuando lo escribire ya que ando muy liada, pero seguir con la historia voy a seguir XD

Jon presidia la mesa del banquete junto a su hermanastro Aegon y Lord Karstark, ambos se empeñaban en hablar sobre la caza mientras veían pasar uno a uno los platos que se servían y los iban despachando con un gesto de la mano. Jon hacia rato que no comía nada. Daba vueltas a la comida con el tenedor mientras que con gesto distraído mandaba un plato especial a alguno de los invitados como dictaba la costumbre o eso le había dicho el maestre en su primer banquete. Recordaba que aquello le parecía una tontería hacia cinco años y hoy se lo seguía pareciendo. Mandaba un plato para cada Lord que se le pasara por la mente, ni siquiera le ponía mucho interés a la hora de elegir si el hombre era más de carne, de pescado o era uno de esos que comía lo mínimo y bebía lo máximo. Asentía con la cabeza y con un gesto de la copa a los hombres que se empeñaban en hacerle una corta reverencia aunque no se animaba a hablar con ninguno. Siempre eran las mismas conversaciones: la guerra, su pasado, la guerra, las cosechas, la guerra… y siempre así. Solía prestar atención cuando le coronaron, pero pronto entendió porque el amigo de su padre se dio a la bebida, a la caza y a las putas. El poder no era más que la mayor de las bromas crueles que tenían los dioses, una vez que lo obtenías temías que te lo robasen ó lo único que deseabas era perderlo, por lo menos ese era el caso de Jon. Toda su vida queriendo ser el señor de Invernalia y ahora que era su rey, lo aborrecía.

Aburrido, echaba de menos los tiempos en que era considerado un bastardo y podía sentarse con los escuderos y caballeros menores. Recordaba pasar toda la noche entre risas y peleas, hablando de los grandes señores y sus enormes traseros. Apostando por cual de los perros se llevaría el trozo de carne o cual de las sirvientas sería la primera en soltar una bofetada. Por aquel entonces solo era un crio y jamás llego a nada serio con ninguna, aunque tampoco quería. No quería que el apellido nieve perpetuase en sus hijos por lo que siempre se escabullía de los generosos pechos de las chicas que rápidamente encontraban consuelo en brazos de otro hombre. Solo Ygritte había conseguido llegar más lejos que ninguna, aunque no llego hasta su corazón fue la que más cerca estuvo, ni siquiera Daenarys había despertado ese sentimiento todavía en su interior. Muchas veces pensaba que el motivo de que la reina no se embarazase era culpa suya, él no quería hijos. Pero sobre todo echaba de menos la libertad; la libertad con la que se podía ir de los sitios sin que nadie más lo notase, bueno, nadie excepto Lady Catelyn.

La mujer sonreía de felicidad cada vez que le veía desaparecer. Su sola existencia la recordaba la supuesta infidelidad de su marido y se lo hacia pagar caro. Un precio tan alto para un pecado que jamás se cometió ya que Eddard Stark nunca le fue infiel. Todas las humillaciones e insultos que sufrió por parte de aquella mujer dolían más ahora que se sabía la verdad. Durante algún tiempo, cuando se entero de quienes fueron sus padres, Jon siguió odiando hasta el recuerdo de aquella señora que no tuvo corazón con él. Pero después ni eso. Hacia mucho que solo sentía lastima por ella. Perdió todo, más que él. Perdió a sus hijas, a sus hijos, a su marido e incluso la vida. Los Frey acabaron con ellos, con ella y con Robb, durante la boda roja allí en los gemelos. Jon no pudo llorar por esa mujer, era incapaz, pero si lloro por Robb, por su hermano. Todavía se refugiaba en el bosque de dioses donde jugaban de pequeños todos sus hermanos, excepto Sansa que nunca se quería manchar la ropa. ¿Cuántas horas se había pasado bajo el arciano puliendo a Garra mientras observaba a los niños jugar? Veía la sonrisa de Bran y los ojos de Robb en los niños de Invernalia al igual que siempre veía a su hermanita en todas las niñas que se raspaban las rodillas y salían corriendo sin hacer caso al dolor. Lo cierto era que se sentía solo sin sus hermanos, se había sentido muy solo hasta que Arya volvió a su vida.

Dos sirvientas presentaron ante su mesa un delicioso cordero con miel y cerdo asado con hierbas, dos de sus platos preferidos que le hacían la boca agua desde pequeño, y aun así los dejo pasar; aquella noche no tenía ganas de comer. El torneo había estado espectacular a pesar de no poder competir, todo marchaba bien hasta que su caballero, el guardia de su seguridad gano la competición. No le había molestado en absoluto que el muchacho ganase, le consideraba uno de los mejores hombres a su servicio, lo que le había enfadado era que coronase a su hermana reina del amor y la belleza.

“Con tantas damas en la corte y tiene que elegirla precisamente a ella – pensó frustrado centrando todas sus emociones en sostener la copa. Muchas veces se le cruzaba por la mente el motivo de aquel profundo sentimiento que tenía por la muchacha. – Solo me preocupo por ella, igual que hago por Sansa – se repetía una y otra vez hasta que su mente se serenaba”

Miro a su alrededor buscando a Arya. En el muro, cuando pensaba en ella tenía la necesidad de mirar hacia el sur, hacia Invernalia; para sentir que entre sus muros ella estaría segura. No saber donde había estado aquellos años y descubrir por boca de Gendry los peligros que pasaron le ponía lo pelos de punta y se enfurecía consigo mismo por no haberla podido proteger, a ella… ni a Sansa. A Sansa, Daenarys y Aegon siempre le recordaban a Sansa, a él se le solía olvidar, no porque no la quisiera, sino porque ella había estado relativamente segura, ya fuera para tener poder sobre Invernalia, sobre el norte o porque en verdad la querían proteger. “Se casó con Baelish después de todo” se dijo. Pero Arya no había tenido esa suerte, y ahora, pensar en ella le provocaba la necesidad de buscarla y verla con sus propios ojos, ver que estaba allí con él, a salvo de los peligros y que podía protegerla.

Al final la encontró, a la otra punta de una de las mesas lejos de las damas dornienses. En la mesa principal solo podían estar los reyes y el señor de Bastion Kar “Pero tampoco hacia falta que se fuera tan lejos” pensó cuando una joven se puso en medio sosteniendo una jarra de vino. Jon alargo la copa y dejo que la muchacha le sirviera. Los ojos oscuros de ella le buscaban, no era la primera vez que le pasaba, pero la evito. No porque la muchacha fuera fea, al contrario, tenía unos labios tan carnosos como apetitosos, aunque prefería no dar falsas ilusiones a las muchachas. Entristecida la chica se marcho a servir a otro caballero dejando a Jon solo en medio de aquel griterío. Arya estaba riéndose, casi llorando, sentada con una jarra de cerveza entre sus manos de la que daba pequeños sorbos. Sansa la regañaría si la viera beber cerveza. Diría que no es bebida de damas, pero a Jon le gustaba que su hermanita no fuera una dama. Le encantaba que fuera diferente, que fuera Arya sin más. Por primera vez se fijo en el vestido, aquella prenda que antaño odiaba tanto, la sentaba tan bien que muchos hombres la sonreían pidiendo su atención, pero la chica solo estaba pendiente de las palabras del hombre que estaba a su lado susurrándola y riéndose con ella. Jon lamento fijarse más en él.

Vestido sin su armadura, sencillo y humilde Gendry vestía solo con un jubón azul de terciopelo con el venado negro de los Baratheon bordado en el pecho sin más adornos ni cadenas. La capa negra le caía por la espalda marcando la silueta de un  cuerpo musculoso forjado en sus años de herrero. Los ojos azules y aquel cabello negro azabache solo marcaban un rostro atractivo por el que las muchachas miraban con recelo a Arya y suspiraban por llamar la atención del campeón de la justa.

Jon sentía una curiosidad casi enfermiza por saber de que hablaban aquellos dos entre risas y cuchicheos. El rostro de su hermana no lo podía distinguir, pero los ojos de su caballero si. No tenía ninguna duda de que aquel hombre estaba enamorado de su hermana, sus ojos le delataban, no era capaz de mirar nada excepto a ella. La pequeña disputa acabo cuando Ser Gendry se levanto colocándole la corona de rosas azules a Arya con gesto triunfante.

-          Es una chorrada – la oyó decir. El tono burlón de su voz le hirió más que cualquier otra cosa. Aquella forma de ser, aquellas risas y miradas antes eran suyas, de ellos… pero hacia mucho que no vivían ninguno de esos momentos, que no hablaban, que no reían juntos.

“¿La estoy perdiendo? – se pregunto. En el fondo sabía que tarde o temprano la perdería para siempre, que Arya, su Arya, se casaría. Formaría un hogar y una familia y ya no sería suya, sería de otro. – Pero eso es lo normal. Lo que tengo que hacer es procurar que se case con un hombre de bien – se dijo a si mismo ignorando la sensación punzante del estomago que le provocaba aquellos pensamientos”

Los criados que recogían las mesas trajeron al rey de vuelta de sus pensamientos. Todo a su alrededor era un caos que poco a poco iba teniendo sentido. Varios hombres guiados por Lord Karstark amontonaron las mesas y las sillas junto a las paredes para despejar el salón. Los músicos se preparaban en una pequeña zona detrás de él tocando los primeros acordes para afinar los instrumentos. Los ilusionistas de Dorne contratados por Lady Denis aparecieron en la sala cargando con una gran caja de mimbre de forma ovalada. Aegon a su lado reía las gracias de una joven sonriéndola con ternura hasta que vio aquella cosa.

-          ¿Quién os ha contratado? ¿Qué clase de serpientes traéis ahí? – Aegon parecía alterado cuando señalo la caja. Jon no había escuchado hasta entonces el tintineo de sus colas.

-          Mi señor tranquilizaos. Mi nombre es Swqan y vengo de las ciudades libres solo para divertíos. – Un hombre moreno de piel cobriza vestido con ropas holgadas de colores chillones se acerco hincando una rodilla al suelo. Sus ojos marrones revelaban una mirada calculadora y fría que controlaba la situación, aunque su sonrisa mezquina hacia dudar a Arya que le observaba desde el otro lado. – Son serpientes venenosas de la casa Fowler, pero le juramos que no sucederá nada. Lo juro por mi propia vida – dijo el hombre llevándose una mano al pecho.

-          Mas os vale porque juro por los siete que os matare si llega a pasar algo – le advirtió Aegon mirando con repugnancia la caja y estremeciéndose ante el seseo de aquellos animales.

-          Lo que mi hermano quiere decir es que dejéis el espectáculo para más adelante – le interrumpió Jon apoyando con fuerza la mano sobre el hombro del rey. Aegon podía parecer cordial y amable todo el tiempo, pero su ira podía llegar a ser más peligrosa que la de él y la propia Daenarys. Al contrario que ellos, Aegon no media las consecuencias de sus actos hasta que era demasiado tarde.

-          Como deseen sus altezas. – Tras una breve reverencia Sqwan hizo un gesto a sus compañeros para que llevaran la caja al fondo, lejos de la multitud. Dio un último vistazo al baile y señalo una de las esquinas lo más apartada de todos, justo cerca de la puerta donde estaban los perros.

-          Ey tranquilo – le susurro Jon a Aegon palmeándole la espalda-. No seas idiota y disfruta de la fiesta. Todavía hay una bella mujer esperándote. – Jon torció la cabeza señalando a la hermosa mujer vestida de amarillo que les miraba un poco más apartada tras la reacción del rey.

Aegon siguió los ojos de su hermano y sonrió meneando la cabeza.

-          Tienes razón. Haber si te buscas tu otra, hermanito – le devolvió la palmada a  Jon y se marcho. Al acercase a la dama la agarro suavemente de las manos besándole las muñecas sin apartar los ojos de ella-. Discúlpeme, mi señora. A veces tengo un humor de dragones. – La mujer asintió ruborizándose. Los ojos violáceos del rey la habían atrapado en su juego, a un juego por el que se moría de ganas de jugar.

Jon suspiro aliviado al ver que Aegon ya estaba mejor. Sabía porque su hermano sentía aquella aversión por esos reptiles y lo fuerte que podía ser su rechazo sino se controlaba. No habían pasado ni dos años cuando todo el mundo pensó que el rey moriría a causa de una mordedura de serpiente. La caza en las llanuras desérticas era más peligrosa de lo que parecía a simple vista, no se podía comparar con la caza en los bosques de Invernalia donde el peligro venía de frente oculto en los poderosos colmillos y garras de los animales. Allí en el desierto, entre las rocas y la arena dormitaban serpientes tan escurridizas como venenosas y escorpiones tan pequeños como mortales. Ambos animales poseían un veneno tan letal que la muerte era casi segura. Aegon salió aquel día con su lanza y su arco para cazar a esos caballos tan extraños que tenían franjas negras y blancas por toda su piel. La luna ya asomaba cuando un grupo de soldados le traían transportado en una camilla delirando por la fiebre. Ninguno de los maestres que servían en las distintas casas de Dorne tenía cura para aquel veneno, ni siquiera el que estaba a servicio de la Casa Fowler. Solo el maestre que envió la ciudadela pudo salvarle justo a tiempo creando un antídoto a partir del veneno.

Los cuchicheos por lo sucedido fueron rápidamente reemplazados por la música. La melodía alegre de la canción del oso y la doncella era tan divertida y sonora que varios hombres se lanzaron a la pista arrastrando a unas cuantas mujeres que reían mientras las levantaban al aire mientras otros se ponían a cantar la canción desentonando más y más en cada estrofa. Entre las risas Jon pudo escuchar la de Arya clara como el agua. La muchacha bailaba por la zona exterior con Gendry a un compas que solo el muchacho parecía escuchar.

-          Aprende a bailar antes de sacar a una dama tan hermosa – le decían varios caballeros al verle intentar seguir el ritmo sin conseguirlo.

-          Y vosotros aprended a usar la boca para algo más que beber – les respondió Arya sacándoles la lengua haciendo que los hombres se rieran todavía más fuerte.

La hermanita del rey también había bebido de más aquella noche. Las mejillas sonrosadas y la risa fácil hacían a Gendry sentirse más cómodo. Así era la Arya que el recordaba de sus viajes: alegre, contestona y algo bruta a la hora de hablar; no la muchacha que intentaba cuidar sus modales en la mesa y le evitaba para no tener que responderle que había estado haciendo aquellos años. Durante la cena siempre que intentaba preguntarla le esquivaba y al final su mirada se había vuelto sombría. Solo cuando le prometió que no la volvería a preguntar fue que su gesto cambio, su cuerpo se relajo y empezó a reír las bromas que le hacia.

Tan rápido acababa una canción otro músico tomaba el relevo y se ponía a interpretar otra acompañado por los rugidos cantores de los allí presentes. El baile parecía no tener fin y Arya sentía la necesidad de descansar. No había comido mucho, las comidas pesadas no la gustaban, pero la cerveza aromatizada con limón estaba tan fresca y deliciosa que durante la comida no había dejado de beber un vaso tras otro y ahora su cuerpo empezaba a sentir los efectos. La cabeza le molestaba y notaba la lengua pastosa, no estaba borracha, pero tampoco estaba en las mejores condiciones como para seguir bailando sin parar. Intentaba que Gendry la dejase un rato, pero el muchacho no dejaba de bailar llevándola de un lado para otro. Entre sus enormes brazos se sentía delicada, frágil, era raro admitir que se sentía una dama. La canción rápida termino tan rápido como empezó y una mujer de voz dulce tomo el relevo. La balada, lenta y armoniosa, cambio la actitud de los que la rodeaban. Vio como las parejas de su alrededor se mecían a un ritmo más pausado, más intimo. Como las manos curiosas de los hombres se deslizaban cintura abajo del cuerpo de las mujeres. Los fuertes brazos de Gendry la apretaron más contra él. Sintió contra ella por encima de su jubón el fuerte torso de herrero que había contemplado en más de una ocasión durante su viaje, aunque eso no fue lo único que llego a ver. Un leve rubor que nunca antes había sentido subió a sus mejillas al recordarle de aquella manera. Arya levanto la vista y se encontró con los profundos ojos de su amigo mirándola sin apartar la mirada y por primera no supo en lo que pensaba. La música a su alrededor seguía sonando, aunque ya no era capaz de seguir la letra; estaba perdida en aquellos ojos azules que se iban acercando más a ella hasta poder verse en ellos. En esa boca suave y atractiva que poco a poco estaba más cerca de la suya notando el cálido aliento que desprendía hasta que por fin la beso. Apenas una caricia, un roce, una sensación que le quemaba los labios.

La música seguía sonando pero Arya se paro clavando sus ojos en el suelo. Las miradas de envidia los perseguían y entre ellas las de una muchacha atractiva de cabello negro y ojos azules que no les quitaba ojo. Arya la conocía de vista, pero también reconoció el blasón de su broche de oro, un fiero oso a dos patas con los ojos de rubíes; era la más pequeña de las nietas de Lady Mormont y por lo que había oído, la más temperamental como su abuela. En medio del baile, mientras la canción daba sus últimos acordes, la muchacha cogió a Gendry por sorpresa del brazo y se le llevo a bailar sin importarle las objeciones del hombre.

-          Señora os lo robo un rato – le sonrió la chica con educación, aunque sus ojos le decían que le gustaba el chico y sería suyo.

Entre risas y confusión Arya se soltó y le dejo marchar. Mientras se alejaban Gendry la miro varias veces sin poder soltarse del brazo de la muchacha poniendo aquel gesto de dolor en el rostro que siempre le delataba cuando estaba pensando en algo. La sonrisa de ella y el gesto de “te espero aquí” le hicieron relajarse ya más seguro tras aquel beso. Apoyada contra una de las paredes le veía bailar torpemente con la muchacha, aunque a está parecía no importarle. Se encontraba totalmente perdida en los ojos azules del caballero soñando a saber que historias y deslizando sus manos alrededor del cuello de él, intentando colgarse de él, atrayéndolo hacia ella.

“No sabía que Gendry fuera tan conquistador. –Arya sonrió viendo como su amigo intentaba evitar que la chica le arrastrase fuera de la pista de baile hacia los pasillos oscuros de la fortaleza por donde muchas otras parejas habían desaparecido. Los ojos de la chica anhelaban seguir ese camino acompañada del futuro Lord Baratheon. – Desea besarle, se ve en sus ojos que desea estar con él, pero… - poso un dedo sobre sus labios a la vez que una tímida sonrisa se dibujaba en ellos – él me ha besado a mí”

Se sentía extraña. Nunca había sido de esas chicas que se ruborizaran por tonterías o sonrieran como idiotas, pero aquel beso le abrió los ojos a algo nuevo, algo que hasta entonces no se le había pasado por la mente: podría no ser una dama, pero ya no era una niña.

-          A una muchacha tan hermosa con usted no se la debería dejar sola en ningún momento.

Arya se giro para ver de quien era aquella voz tan profunda y grave que sonaba como música en los oídos. El hombre rubio y de ojos verdes que la sonreía iba vestido de rojo y oro con el emblema de los Lannister, 12 leones en hilo de oro bordados en los bajos de jubón. Tenía una mirada tan altanera y arrogante que a Arya se le hacia familiar.

-          No estoy sola. Como veis – señalo a las personas que les rodeaban – estoy muy acompañada. Pero vos por lo que veo sois el único Lannister que ha venido. ¿Por qué será? – El gesto de irritación le decía Arya que había dado en el centro del orgullo del león.

-          Mi padre y mi tío están ocupados administrando la deuda que dejo la corona. No tienen tiempo para este tipo de compromisos insignificantes. – El tono gélido de su voz por un momento la dejo confundida. De no saber que estaba muerto Arya juraría que estaba hablando con el bastardo de Joffrey.

El muchacho le cogió la mano sin darle tiempo a retirarla. Con un par de movimientos agiles la llevo al centro de la sala donde las parejas bailaban más apretadas por falta de espacio. El vaivén de la música parecía distinto en brazos de aquel chico. Aquel caballero sabía bailar y llevarla, no era como Gendry que la arrastraba entre risas e intentos. La música se hizo más lenta y noto como el cuerpo firme y musculado del muchacho se pegaba un poco más cerca de ella. Aquellos ojos verdes que la habían mirado como a un objeto ahora habían cambiado; la sonreían con dulzura mientras le daba vueltas por la pista. Arya podía notar los ojos de cientos de personas clavados en ellos murmurando lo buena pareja que hacían. “Pareja… este chico pegaría más con Sansa” pensó incrédula mirándole de nuevo a los ojos, aquellos ojos que por fin se le hacían familiares.

-          Y como está tu familia… Tommen. – Por un momento el caballero se paro en seco para luego cambiar el compas de la música llevándola hacia otro lado, lejos del sonido de los instrumentos.

-          Bien. Aunque debo admitir que me sorprendes. – Los ojos inexpresivos de la chica le decían que no sabía de que le hablaban. – Con todos los errores que ha cometido mi familia esperaba ver en tus ojos el desprecio. No serías la primera, te lo aseguro. La mayoría solo nos sigue hablando por nuestro dinero. – El tono triste de su voz la hablando.

Arya se le quedo mirando pensando en todo el dolor que aquella familia le había provocado. Su hermano pequeño, Bran, no podía andar por culpa de ellos. Su hermana había estado atemorizada y prisionera en Desembarco del rey durante mucho tiempo. Jeyne Pool tuvo que fingir ser ella misma para poder sobrevivir y sus padres junto con Robb habían muerto por culpa de ellos. Y sin embargo no odiaba al chico que estaba frente a ella. Los recuerdos que tenía de él eran lejanos y borrosos, pero le recordaba como un chico regordete siempre a la sombra de su hermano, un niño al fin y al cabo.

-          No tengo nada contra ti… disculpa – dijo alejándose lo más rápido de él.

“Lo siento Tommen, pero… tu madre. Es a ella a quien quiero ver muerta” Ese pensamiento obsesivo que creía olvidado y solo estaba dormido en su interior era lo único que la había permitido seguir con vida. Se alejo del león intentando controlar el temblor que le producía revivir aquellos recuerdos que creía ya olvidados ó al menos superados. Las muertes que provoco y ejecuto la manchaban las manos de sangre y todavía quería más, quería la de la leona. No la importaría provocar otra guerra si consiguiera matarla. “En el fondo eres nadie. Eres una asesina y Arya es tu fachada, tu mascara” le dijo una voz dentro de ella mientras intentaba escabullirse de la pista de baile. Ya no quería pensar así, no quería actuar así; estaba de vuelta con su familia y quería vivir con ellos, junto a ellos. No quería volver a estar sola.

Varios hombres a su alrededor intentaron detenerla con sonrisas y halagos, pero Arya simplemente negó con la cabeza. Dio vueltas a su alrededor intentando encontrar una salida que parecía no existir. Allá donde mirara solo veía gente extraña que la impedía pasar. Empezaba a agobiarse y a marearse, la angustia la asfixiaba por dentro hasta oprimirle el pecho. Demasiada gente, demasiado ruido, solo quería silencio, quería estar sola para pensar, quería…

-          Tranquila ya estoy aquí – susurro una voz sobre su cabeza mientras la abrazaba cubriéndola con todo su cuerpo.

Aquel calor que la reconfortaba… no la hacia falta mirarle para saber quien era. Allí sobre su pecho Arya se dejo caer tranquila mecida por los latidos de su corazón olvidándose del mundo que la rodeaba, olvidándose de todos y de todo. La música parecía lejana, no notaba a nadie más a su alrededor y el ruido de la gente dejo de molestarle. Solo escuchaba el tranquilo tic-tac del pecho de su hermano. Un sonido tan familiar que la adormecía los sentidos y dejaba su mente en blanco igual que cuando era pequeña.

A su mente llego el recuerdo de una noche de ventisca en la que Jon y ella se perdieron. Su padre y sus hermanos habían decidido ir a cazar aquella mañana y por primera vez en su vida la dejaron acompañarlos. Con Lady Catelyn y Sansa fuera visitando a unos conocidos su padre la permitió ir aquel día de cacería siempre y cuando prometiera obedecerle.

-          Si digo que se acabo la caza, se acabo. ¿Has comprendido? – le aviso. El hombre ya conocía el temperamento de su cachorra.

Llevaban toda la mañana sin encontrar un rastro bueno que seguir. Los perros olfateaban cada árbol y arbusto, pero nada. La mayoría de las presas eran animales pequeños e insignificantes que no merecían la pena. Al final de la mañana encontraron el rastro de una presa, un enorme jabalí de afilados colmillos, que se escapo cuando lo acorralaron contra un gran tocón podrido.

-          Señor el rastro es fresco pero… huele a nieve – le aviso el hombre que controlaba la jauría de perros.

-          Nos vamos a casa. – Eddard Stark era un hijo del norte y sabía cuando el clima era peligroso incluso para ellos.

Los hombres obedecieron de inmediato, pero Arya se resistía a marcharse tan cerca de la presa. La emoción de la caza se le había metido tan dentro que no quería abandonarla a la primera, sobretodo cuando tenían el premio tan cerca.

-          Pero papa todavía podemos cogerlo – se quejo. Montada sobre su caballo observaba disgustada como sus hermanos y los demás hombres obedecían a su padre y marchaban tras él.

-          Arya ¡vamos! – la ordeno Eddard pensando que su hija obedecería.

La niña disgustada salió corriendo justo para el lado contrario. Cargada con la lanza que Robb la había dejado y las flechas estaba decidida a cazar ella sola al jabalí. Acelero al caballo al escuchar tras ella los gritos de su padre y los hombres de este, estaba dispuesta a que la castigaran, pero cazaría a la bestia. “Es la primera vez que salgo de caza y puede que la última. Mama jamás me dejara salir de nuevo. Dirá que no es cosa de damas” pensó. Dejo de oír los gritos de su padre, pero seguía escuchando coces tras ella. Al darse la vuelta vio la cara de enfado de Jon que la perseguía acortando las distancias. Su rostro consiguió los que los gritos de su padre no hicieron, hacerla parar.

-          Jon yo… - intento explicarle cuando se acerco a ella.

-          Ahora no. tenemos que encontrar un lugar donde resguardarnos. Esta a punto de estallar la tormenta. – Jon estaba furioso, pero no serviría de nada gritarla, no cuando sus vidas estaban en peligro.

Jon agarro las riendas del caballo de Arya sin mirarla. Cabalgo despacio buscando algún refugio donde poder resguardarse. La nieve ligera que comenzó a caer por la tarde se convirtió rápidamente en una tormenta que borraba las siluetas del camino hasta hacerlas montones sin forma e irreconocibles. Desesperado Jon consiguió llegar hasta un saliente montañoso que usaban los viajeros y campesinos que se perdían. El hollín gris, el montón de leña intacto y las rocas heladas le decían que aquel sitio llevaba tiempo sin usarse. Jon bajo del caballo sin dirigirle la palabra a su hermana y encendió una hoguera. Miraba las llamas furioso por querer gritarle lo idiota que era, pero el sollozo que salió de los labios de la niña le hizo parar. Giro la cabeza y vio como las lagrimas se deslizaban por las mejillas de su hermanita. Un suspiro se escapo de sus labios y toda la rabia que sentía se evaporo en el acto, las lágrimas de Arya provocaban esa reacción en él.

-          Y ahora lloras. – El tono burlón de voz la molesto. Ella no era una niña de esas tontas que lloraban a todas horas.

-          No estoy llorando – le replico Arya intentado controlar los sollozos. Contra más se limpiaba las lágrimas más salían estas.

-          Anda ven. – Jon la bajo del caballo cogiéndola en brazos y la llevo a los más profundo del saliente donde el frío era menor. Cansado se sentó a su lado observando como los copos de nieve caían fuera rezando porque la tormenta pasara rápido.

-          Hace frio – se quejo al rato Arya sentándose de repente entre las piernas de Jon apoyando su cabeza en el pecho de su hermano y cubriéndolos con su propia capa. El silencio se apodero de ellos hasta que asustada volvió a hablar. – Padre se va enfadar ¿verdad?

-          Eres del norte. Lo aguantaras – le sonrió abrazándola con más fuerza. La sentía tan frágil entre sus brazos que deseaba protegerla incluso de la ira de su padre. – Pero ¿Por qué has salido corriendo?

-          Esta será la única cacería. Cuando venga madre me prohibirá salir con vosotros. Ella piensa que cazar no es de damas.

-          Arya – susurro Jon acomodándose junto a ella. Era tontería mentirle o enfadarse con ella. En el fondo sabía que la niña tenía razón. En cuanto volviera Lady Catelyn ya no podría salir de caza, su vida giraría en torno a Septa Mordanne y a las labores de las damas.

Arya se durmió arrullada por los rítmicos latidos del corazón de Jon soñando que al día siguiente cazarían a aquel enorme jabalí. Pero al día siguiente lo único que disfruto fue del castigo de su padre. Lord Eddard estaba tan enfadado que ni siquiera las palabras le salían. Miro a su hija una sola vez y Arya no pudo salir de su habitación durante toda la semana. Solo cuando Jon le explico que podían haber muerto de congelación sino llegaban a encontrar refugio fue que entendió a su padre.

La balada que tocaba la orquesta se metió en su cabeza trayéndola de nuevo a la realidad. Podía sentir a través del jubón los fuertes músculos de su hermano y el potente latido de su corazón que contestaba al suyo propio.

“No me importa si Cersei vive hasta los 90 años o muere en una sola y abandonada en una mazmorra. Me da igual si soy Arya Stark o una asesina sin rostro. No me importara nada siempre que él este a mi lado” pensó apoyando la cabeza sobre su pecho.

-          ¿Siempre estarás cuando te necesite? – susurro abrazándole con más fuerza.

-          Siempre – le contesto Jon acariciándola el rostro y apartando un mechón juguetón de sus ojos tras las oreja.

-          Me alegro… Jon ¡JON!. – No estaba segura de si había gritado o solamente lo creyó. La mueca de dolor en el rostro de su hermano casi la corta el aliento.

Los ojos sorprendidos e hinchados de Jon se buscaban el inicio de aquel dolor tocándose la pierna que le quemaba como lo siete infiernos. Intento hablarla para tranquilizarla, pero el dolor le supero. Sentía como iba perdiendo la consciencia hasta que no pudo sentir nada más. Arya consiguió sostener su cuerpo el tiempo suficiente hasta que el propio peso de él cayó sobre ella. De rodillas en el suelo no sabía que hacer. La gente bailaba a su alrededor distraídos con sus propios pensamientos y ella no era capaz de pensar con claridad. Bloqueada, tirada en el suelo, solo pudo pensar en que hacia una serpiente suelta deslizándose por allí y escabulléndose en la oscuridad. Al final su cuerpo reacciono antes que su mente y grito. Grito con todas sus fuerzas. No sabia que gritaba, ni lo que decía, pero se sentía mejor con cada grito.

Aegon apareció a su lado tapando con su sombra el cuerpo de Jon. Estaba a punto de preguntarla cuando vio el rostro pálido de su hermano.  

-          A su cuarto – les ordeno a los guardias allí presentes entre ellos al capitán, a Gendry. El caballero de una sola orden movió a todos sus compañeros para que cogieran al rey.

-          Lo siento – le susurro Gendry a Arya mientras salía por la puerta. Era la primera vez que veía en sus ojos el autentico miedo, ni siquiera mientras viajaron mostro nunca aquella mirada.

-          Arya conmigo – le ordeno Aegon.

Entumecida le siguió sin oponerse. Cruzo la sala tras él absorta en sus pensamientos. Miraba a su alrededor sin entender lo que pasaba. Los cuchicheos incompresibles, las miradas de temor y curiosidad, las palabras de consuelo que no llegaba a escuchar. Su mente seguía pensando en que hacia una serpiente suelta por la pista de baile. ¿Realmente existía o se la había imaginado? “Los ilusionistas, ellos habían llevado serpientes a la fiesta” Sus ojos se volvieron hacia atrás y vio que la caja de mimbre que habían traído ya no estaba. Solo quedaba aquel hombre de piel cobriza que miraba con temor a alguien entre la multitud. Arya siguió la mirada del hombre y la vio. Vestida de rosa y blanco con un millar del perlas cosidas en el vestido la dorniense estaba deslumbrante. Realmente Arya habría pensado que se veía hermosa, como una autentica reina, sino fuera porque Denis no dejaba de mirar angustiada a su alrededor. El labio la temblaba y unas pequeñas gotas de sudor perlaban su frente. Algo raro pasaba y ella no conseguía ver que era.

En silencio, Aegon la llevo por los pasillos de la fortaleza de Bastion Kar. A los lejos, los criados se apartaban apresuradamente cuando les veían pasar. Algo debían de ver en los ojos del rey como para que el miedo se reflejara en sus rostros. Atravesaron varios pasillos hasta llegar al campo de prácticas que ahora estaba vacio. El sonido de risas bañada en el alcohol les llego desde uno de los establos, algún mozo de cuadras habría conseguido un pellejo de vino y a una chica con la que celebrar el torneo. Frente a ellos, con la puerta abierta de par en par, la gran torre donde se encontraba la biblioteca, estaba la habitación del maestre y dormían los cuervos,se alzaba imponente a la luz de las antorchas. Desde el puente cubierto Arya pudo ver como varios hombres les miraban por un instante para luego volver a sus cosas. Aegon siguió avanzando dejándola unos pasos por detrás. Deseaba con todas sus fuerzas que el maestre siguiese despierto.

La biblioteca se encontraba prácticamente a oscuras a excepción de una pequeña vela cerca del ventanal. Entre el juego de luces y sombras Arya vio al mismo hombre que calculo las zancadas para la justa. El maestre, un anciano ya entrado en años, los miraba con aire tranquilo cerrando el libro de golpe que levantando una pequeña nube de polvo cuando Aegon se acerco a él. La cadena de su orden que llevaba al cuello tintineo cuando le señalo cortésmente el asiento de enfrente al rey.

-          Mi hermano esta inconsciente en su cuarto – le espeto sin más Aegon.

Sus ojos, sus manos, todos su cuerpo estaba en tensión cuando casi obligo al maestre a salir corriendo. El anciano andaba tan rápido tras él todo lo que sus frágiles piernas le permitían. Al llegar a la puerta de la habitación de Jon dos guardias les dejaron pasar inmediatamente. Arya entro sin ni siquiera mirar a Gendry. Temblaba como una hoja al ver que su hermano no había recuperado todavía la consciencia y su piel se volvía más pálida por momentos.

Con aire experto el maestre cogió la muñeca del rey y conto en voz baja el número de latidos. La mueca en sus labios no era buena señal. Noto como el cuerpo de cintura para abajo se iba poniendo cada vez más rígido. Preocupado le examino los ojos y no encontró ningún tipo de señal, parecía que dentro de ese cuerpo no hubiese nadie.

-          No entiendo que es lo que puede tener. ¿Quién ha estado con él?

-          Ha estado toda la noche conmigo en la mesa y después… - Aegon no sabía que había hecho después su hermano. Él estaba demasiado distraído cortejando a una de las doncellas de la Casa Umber con la que quería pasar la noche.

-          Ha estado bailando conmigo. – Arya se acerco hasta el lecho de su hermano para sostenerle la mano. La calidez que había sentido en ellas mientras bailaban se había evaporado.

-          Pues no lo entiendo. – Seguía diciendo el maestre. – Esa palidez, la rigidez… Padece todos los síntomas que provocaría un potente veneno, pero sin veneno.

“¿Quién querría envenenarte después de todo lo que has hecho por este reino? ¿Cómo te podrían haber envenenado?” Los ojos de Arya se abrieron de par en par al recordar como había visto a una serpiente deslizarse por la pista.

-          La serpiente… ha tenido que ser la serpiente – susurro casi para si misma insegura de sus propios pensamientos. – La serpiente le ha mordido. Es la única explicación – dijo mirando al rey. Aegon y el maestre la miraron sin entenderla.

-          Lady Arya no había serpientes sueltas por la sala. Los ilusionistas las tenían bien guardadas. Te lo aseguro – Aegon se acerco a ella intentando calmarla, pero ella retrocedió.

-          Te digo que vi una serpiente después de que Jon callera al suelo – repitió casi gritando. Poco la faltaba para perder los pocos modales que la vieja Septa le enseño.

-          Tranquila niña. Será mejor que vayas a descansar y nos deje el resto a nosotros – le aconsejo el maestre. “Esta traumatizada” Sabía por experiencia que las mujeres solían ser más sensibles cuando un ser querido yacía enfermo. Intento cogerla de la mano, pero la muchacha la quito.

Arya no podía creérselo. Nadie la hacia caso, nadie la escuchaba. Estaba segura de que había visto una serpiente y la miraban como si estuviese loca en vez de examinar el cuerpo de su hermano. Su vida dependía de ello y ninguno de los presentes la tomaba en serio, incluso Gendry se encogió de hombros cuando le miro en busca de ayuda. 

-          Bien – dijo enfadada empujando al rey de Dorne – si nadie me creéis tendré que demostrároslo. – Arya se acerco al cuerpo de su hermano. Recordó que antes de caer Jon se buscaba algo en la pierna, algo que le dolía. Iba a quitarle la bota cuando los guardias de su hermano por orden de Aegon la cogieron de los brazos.

-          Escoltadla hacia sus aposentos y custodiarla. No la dejéis salir hasta que se tranquilice. – Aegon sentía lastima por la ella, pero no podía hacer nada. La chica había perdido la razón al ver a su hermano así y tenía que evitar que se hiciera más daño.

Ni lo gritos, ni las patadas hicieron que los guardias la soltasen. Arya solo escuchaba las palabras “es por tu propio bien” pero en su mente solo podía pensar en Jon. Si nadie buscaba la mordedura moriría. Pensar en Jon muerto la congelo. Dejo de dar patadas y gritos y una angustia que no conocía hasta entonces la invadió. “No puede morir, no así” Al salir por la puerta vio a Gendry mirarla preocupado. Su rostro luchaba consigo mismo por mantener la calma y no ordenar que la soltasen. Los guardias fueron bajando con ella el primer tramo de escaleras. Al ver que la muchacha ya no se resistía y se dejaba llevar aflojaron el agarre. Nada más sentir esa sensación de libertad Arya se revolvió hasta dar una patada en la espinilla de uno de ellos. El hombre al sentir la primera punzada del dolor cayo al suelo tropezando con sus propios pies y arrastrando con él a su compañero. Trastabillando Arya consiguió librarse de aquellos guardias y corrió escalera arriba. 

-          Gendry por favor – suplico – mírale la pierna. Sabes que no estoy loca. Vi una serpiente. Te juro que la vi. – Arya cayó de rodillas antes de llegar a él. El dolor la recorrió como un latigazo mezclando el frío de la piedra con el calor punzante que vibraba en sus rodillas. Uno de los caballeros había subido corriendo tras ella y la agarro de la pierna justo en el último escalón.   

-          Maldita mocosa – se quejo el hombre en voz alta cargándola como si fuera un saco y bajándola.  

En el pasillo Gendry dudaba. Él no había visto la serpiente, nadie la había visto realmente, pero Arya tampoco le mentiría. Más inseguro de lo que quería aparentar entro en la habitación de Jon mientras el rey de Dorne y el maestre hablaban. Ambos dejaron la conversación cuando vieron al caballero entrar sin permiso hiendo directamente hacia el cuerpo de su señor. Sin previo aviso Gendry le quito las botas y busco las marcas de las que hablaba Arya.

-          Estáis loco, ser. – Aegon grito. No entendía como aquel simple caballero se atrevía a tratar así a su rey.

Ignorando los gritos Gendry siguió buscando sin encontrar nada. La piel de Jon parecía limpia a excepción de dos pequeños bultitos enrojecidos. “Y si es esto… ”

-          Lady Arya tenía razón, alteza. Ha sido una serpiente. No hay duda.

Gendry señalo las marcas. Un par de heridas minúsculas que apenas habían traspasado la piel. Aegon iba a decir que aquello no era nada cuando el caballero le entrego la bota. Dos pequeños agujeros del tamaño de una cabeza de alfiler coincidían con las heridas del rey.

-          Todavía no ha muerto porque el cuero ha impedido que el animal mordiera con más fuerza. – El maestre volvió a examinar los ojos de Jon con gesto crítico. – Señores sino encontramos a esa serpiente y la extraemos el veneno para hacer un antídoto… me temo que su alteza… morirá en menos de dos semanas. Un mes como mucho.

Capitulo 13 Ira controlada por yuukychan
Notas de autor:

Perdon por la espera pero me ha sido imposible subirlo antes. Espero que os guste.

La habitación de Arya era un desastre cuando sus doncellas entraron para ayudarla a lavarse como cada mañana. Las cortinas rasgadas y la porcelana rota no era nada con la cantidad de cristales que se esparcían por la habitación. Sobre la cama Arya escondía la cabeza entre sus piernas. Se había pasado toda la noche llamando a gritos a los guardias para que la abrieran la puerta. Quería ir a buscar a la maldita serpiente para ayudar a Jon pero lo único que obtuvo fue un silencio desgarrador que la enloquecía. Poco antes del amanecer Gendry la había visitado. Tenía la esperanza de que con todos los hombres del castillo buscando a las serpientes alguno las encontrara, pero no…

-          Las serpientes… las hemos encontrado Arya, pero… están todas muertas. Los perros se han dado un festín con ellas.

Las palabras de esperanza que tenia para él murieron en su boca. Con un gesto de la cabeza Arya le pidió que saliera. No quería verle, ni a él ni a nadie; quería estar sola, a solas con sus pensamientos. Sentada sobre su cama recordaba una y otra vez a la maldita serpiente que se le escapo entre las manos. Si hubiese sido rápida como el agua como decía Sirio podría haberla cogido, pero no; en vez de eso se quedo allí, sentada, mirando como se escapaba. La rabia se apodero de ella recorriéndola cada fibra de cuerpo. Necesitaba hacer algo, necesitaba… Sin pensar en lo que hacia cogió las cortinas que cubrían la ventana y las rajo con sus propias manos. Aquello la reconforto. Encima de la mesa vio las tazas de porcelana, dos preciosas tazas blancas con florecillas rosas bordeándolas, y las tiró contra la pared para ver como esas flores se hacían añicos. Rasgo las sabanas de la cama y todo lo que encontró que podía romperse. Agotada callo en el montón de retales en los que había transformado la ropa y se quedo contemplando su propia imagen en el espejo de enfrente, al otro lado de la habitación. Despacio, torpe, se acerco hasta poder tocar su propio reflejo. Un rostro pálido con el pelo enmarañado, profundas ojeras y ojos enrojecidos le devolvían la mirada. “Si solo hubieses sido rápida como el agua” se dijo a si misma sintiendo el frio del cristal. Furiosa agarro el marco, una obra de arte labrado en plata y oro representado las ramas de una vid, y lo tiro violentamente contra el suelo. Miles de cristales salieron disparados esparciéndose por todo el suelo de la habitación. Al volver hacia la cama fue dejando un pequeño recorrido de pisadas de sangre al clavarse una pequeña esquirla en el pie.

Al alba las dos doncellas de Arya entraron con cuidado procurando no pisar allá donde veían cristales. El ruido de un cristal haciéndose todavía más añicos las paralizaba unos instantes. Cuando por fin llegaron hasta la cama intentaron hablar con la dama, pero la muchacha solo las hizo un gesto para que se fueran.

-          Señora no podemos dejarla así – susurro Mary.

-          Además esta herida. – Serein no espero ningún tipo de respuesta sino que la cogió el pie casi a la fuerza para ver la profundidad de la herida.

Arya observo en silencio a las muchachas. Mary se empeño en limpiar todo el suelo de cristales a pesar de que ella se lo prohibiese mientras que Serein la limpiaba la herida. El corte no era profundo pero si sangraba bastante. Con un trozo de los retales, Arya no sabía si era parte de las sabanas de la cama o de las cortinas o de algún vestido, pero la doncella la vendo el pie con bastante maestría.

“De que me vale que me curen el pie o limpien la habitación. Jon va a morir. – Arya meneo la cabeza para evitar que las lágrimas salieran. No quería llorar. No quería ser débil. – Por mi culpa. Por no ser capaz de reaccionar a tiempo. Tenía que haber cogido a esa maldita serpiente y no lo hice. Y por ello… ”

La madera de la cama crujió cuando se levanto y salió de la habitación sin hacer caso de los consejos de las chicas de que durmiera o se aseara. Serein intento detenerla en el pasillo cogiéndola del brazo con dureza, clavándole los dedos como si fueran garras. Estaba cansada de las damas consentidas que creían poder hacer todo lo que les viniera en gana, pero el gesto brusco y la mirada que le dirigió la muchacha la hizo soltarla de inmediato. Aquellos ojos grises cargados de ira la hicieron temblar como solo lo había conseguido hacer la guerra. No veía ante sí una dama, veía a un monstruo. 

Dentro de la habitación Mary barría como podía las esquirlas del suelo tarareando una cancioncilla infantil que había escuchado a los niños del pueblo. Ver el amasijo de retales que fueron los vestidos de la señora la molestaba. Se lamentaba más por aquel destrozo que por cualquier otra cosa que hubiera en la habitación. Suspiro cansada y miro a su alrededor; todavía seguía sola.

-          ¿Señora? – pregunto insegura asomándose al pasillo. El silencio fue la única respuesta que obtuvo. Sentada en la escalera vio las formas desfiguradas de una mujer encogida. – Serein estas bien. – Mary se acerco hasta ella dejando la escoba apoyada en la pared. Cuando poso la mano sobre el hombro de su amiga noto como esta temblaba de forma incontrolada.

-          Es… peligrosa, muy peligrosa – consiguió susurrar la doncella cuando su cuerpo dejo de temblar. Aquellos ojos la habían echo recordar momentos de su vida que quería olvidar: la guerra, la violación… el dolor.

Cansada y entumecida Arya camino por el pasillo cojeando por la herida, sintiendo como todos los ojos se clavaban en ella. No la importaba. Era consciente de sus pelos desmarañados y su semidesnudez. El camisón no dejaba ver nada, pero tampoco era muy grueso e ir descalza no ayudaba; podía sentir las oleadas de frio que la recorrían desde los pies hasta la punta de los dedos de la mano. Los criados al verla se apartaban y bajaban la mirada evitando cualquier contacto con ella, ninguno se atrevería a decir nada a la hermana del rey del norte. Arya salió hacia el patio donde estaba la torre de Jon. El ruido de las espadas se coló en su mente y busco de forma inconsciente a Aguja, pero la había dejado en su habitación. Sansa la había repetido hasta la saciedad que las damas no llevan espadas. “No quiero ser una dama, quiero ser alguien capaz de proteger a los que me rodean” pensó apretando los puños hasta sentir como las uñas se clavaban en la piel.

Varios caballeros de Lord Karstark que practicaban con las espadas a esas horas de la mañana la miraron intrigados, pero ninguno intento hacerla volver a su cuarto. Todo el castillo se había enterado de lo sucedido al rey, a nadie le extrañaba el comportamiento de la muchacha.

-          La locura se ha apoderado de ella. A mi hermana también la paso cuando su marido murió en la guerra – oyó que decía uno de los hombres. El más alto de todos que llevaba una enorme espada y la miraba con pena. Arya no iba a quitarle de su error, al menos así nadie la molestaba.

La torre donde dormía Jon era la más alta de la fortaleza aislada en el centro de la misma. En ella se encontraban las habitaciones de los reyes cuando iban de visita y las del mismo Lord Karstark. Las piedras grises que la formaba estaban tan desgastadas por el tiempo que en algunos lados se podía apreciar donde un nuevo constructor había puesto su granito de arena en la historia de Bastion Kar. La torre subía hasta acabar abruptamente en un mirador desde donde se podía ver un buen trecho del camino real. En el medio un enorme capitel se alzaba majestuoso con la bandera de los Karstak ondeando al viento. Arya se alegraba de ver aquel pedazo de tela, significa que Jon todavía seguía vivo. Si la bandera se bajase o se pusiera la de los Stark significaría que la fortaleza estaba de luto por el rey.

Ante las puertas de Jon dos caballeros juramentados de su hermano montaban guardia sin apartar la vista de la pared. Walas piedra y Ethan Tarth habían sido de los primeros en unirse a la guardia del rey del norte. Ninguno de ellos era norteño y jamás habían ansiado vivir en el norte, pero durante la guerra Jon les salvo la vida cuando no era más que un simple guerrero al servicio de una reina desconocida.

Walas, un bastardo del nido de águilas, era un hombre robusto y musculoso que pasó casi toda su infancia trabajando en las canteras con su padre adoptivo. Aquel duro trabajo le había proporcionado unos músculos tan fuertes como los de un herrero y una gran ventaja a la hora de asediar ciudades. Conocía las piedras tan bien como un panadero conocía las cantidades exactas de trigo y levadura para hacer pan; sabía en que punto de la fortaleza una zona de la muralla era más débil que en otra y donde con un simple ariete y un poco de presión la muralla caería en cuestión de segundos. Cuando la guerra estallo quiso probar fortuna como el resto de los niños del verano, aunque la Casa Arryn no participara en las batallas. Tras meses y meses de guerra pasando hambre, dolor y viendo como amigos que conocía desde la niñez caían uno por uno mientras que los nobles seguían bebiendo vino, comiendo cerdo y sobreviviendo a base de rescates que salían del dinero con el que alimentar a las tropas, decidió que la reina Targaryan era su mejor futuro. Conoció a Jon en la enfermería cuando no era más que un simple soldado y rápidamente hicieron buenas migas. Ambos bastardos, ambos traicionados, ambos buscaban un futuro mejor… y lo consiguieron. Su padrastro sonrió el día que el rey le puso la capa de su guardia. “Debes sentirte orgulloso. ¿Cuántos bastardos han podido presumir de contar con el favor de un rey?” le dijo el día que le invito a su primera y última cerveza antes de partir de nuevo hacia el Valle de Arryn.

Ethan Tarth era uno de los muchos sobrinos que tenía Lord Selwyn de Tarth, también apodado el lucero de la tarde. Como su padre y su tío, era de constitución ancha, musculosa y esbelta, aunque no tan alto como su prima Brienne. Siendo el menor de todos sus hermanos no tendría nada que heredar cuando muriese su padre por lo que decidió probar su valía en la guerra luchando junto a su tío y el entonces rey Renly Baratheon. Tras la muerte de esté, Altojardín se unió a los Lannister y la casa Tarth les siguió. Los meses de guerra no le importaban, le gustaba luchar y manejar la espada. Quien se sentara en el trono de hierro le daba igual hasta que los Lannister mataron a la muchacha con la que pensaba casarse. No era más que una simple lechera de rostro angelical, tan rubia como el trigo maduro en verano y con unos ojos tan azules como los del mar. No poseía nada a excepción de una simple vaca esquelética que le daba el sustento para vivir. Un matrimonio así jamás se lo hubieran permitido de haber tenido una oportunidad en la línea de sucesión de la Casa Tarht. Pero en uno de los saqueos el caballero al que llamaban “la montaña” arraso toda la aldea donde la chica vivía hasta que él fuera a buscarla. Acudió al rey Joffrey buscando justicia y lo único que consiguió fue la señal que le recorría el ojo izquierdo desde el pómulo hasta la ceja. Todavía le picaba la herida cuando se acordaba de cómo aquellos arrogantes y petulantes capas blancas le apresaron solo para que el niño rey le pudiera hacer aquello en el salón real, delante de toda la corte. La sangre que manaba de la herida abierta le hacia casi imposible ver, solo podía distinguir las risas de ese mocoso rodeado de todas aquellas calaveras de dragón. “Que me vas a exigir ahora” escucho como se mofaba de él respaldado por las risas de aquellos aduladores. Fue en ese momento en que decidió servir a la nueva reina, quería ver la cabeza de aquel monstruo clavada en una pica hasta que la sonrisa de su rostro desapareciera para siempre carcomida por los cuervos.

Ambos caballeros se apartaron a la vez para dejar pasar a Arya. Las palabras sobraban cuando aquellos ojos grises les miraron, primero a uno y luego al otro. De no ser porque la miraron de arriba abajo y vieron lo frágil que era hubieran jurado que aquellos ojos pertenecían a un demonio recién salido de los siete infiernos.

Las bisagras de hierro de la puerta rechinaron al abrirse. Dentro de la habitación las cortinas estaban echadas. La negrura era total, ni velas, ni un triste rayo de sol, nada; solo oscuridad. Una oscuridad densa e imperturbable que envolvía a Jon en ella aunque no podía ocultar su respiración. El silbido estridente que hacia con la nariz iba guiando a Arya a través de la penumbra del cuarto. Camino por el frio suelo de piedra hasta sentir la cálida alfombra de pelo bajo sus pies. Iba distraída, ansiosa por llegar a la cama de su hermano y ver como estaba, más pendiente de llegar cuanto antes a él que por las formas inconexas que la rodeaban y envolvían. Recordaba vagamente la habitación de la noche anterior, sabía que había una mesa pequeña en algún lado del centro con la enorme capa de su hermano de piel de lobo; aunque no estaba segura en donde exactamente, un enorme armario de roble pintado de rojo con soles blancos estaba casi al otro lado de la estancia y una estantería que quedaba cerca de la ventana junto a otra mesa y un par de sillas. Soltó una maldición entre dientes al darse con la esquina de la mesa cuadrada que casi la tira al suelo. De no ser porque estaba en el cuarto de Jon ya la habría hecho trizas para sentirse a gusto.

Por fin llego junto a la cama del rey y busco por la mesa de noche una vela. Necesitaba ver a su hermano, lo necesitaba y a la vez aquella sensación de miedo la oprimía el pecho. Consiguió encender una vela ya utilizada que estaba por la mitad y la dejo sobre la mesa. “Jon… yo… necesito verte” se dijo a si misma intentando controlar el sollozo que amenazaba con salir. Su corazón latía deprisa y sus manos temblaban tanto como la débil llama cuando la acerco al rostro de su hermano. La leve luz que desprendía la llama ilumino el ceniciento rostro de Jon haciendo que pequeñas lágrimas se escapasen de los ojos de Arya limpiándoselas con brusquedad. Nunca había visto a su hermano tan débil e indefenso y aquello no era más que el principio. Sin las serpientes no se podía hacer el antídoto y sin esté… Arya no quería pensar más allá, si lo hacia se derrumbaría. Lloraría como una niña pequeña y no quería, no podía demostrar debilidad, ella no. Era una Stark, una loba y una asesina; no una muchachita idiota e indefensa.

-          Pero aquí no me vale de nada mi valentía, ni mis agallas. Si alguien me dijera que es capaz de salvarte le entregaría mi vida gustosa al Dios de la muerte sin dudarlo – le susurro agarrando su mano entre las suyas. Estaba fría y rígida, pero entre las suyas parecía coger algo de su calor. – No puedes morir Jon. No puedes volver a dejarme otra vez. Ya lo hiciste hace 5 años idiota; no puedes volver a hacerlo.

 

El chirrido de la puerta la despertó, Arya no supo en que momento se quedo dormida y si aquel sonido era real o lo había soñado. Estaba sentada en la alfombra apoyada sobre la cama de Jon sosteniéndole todavía la mano. Sobre ella tenía la capa de piel de lobo que el rey había usado durante el torneo. “Alguna doncella” pensó somnolienta restregándose los ojos. Miro a su alrededor, pero seguía estando a solas con su hermano, aunque las cortinas las habían abierto. Al moverse la capa se escurrió de sus hombros y el dolor le recorrió el cuerpo como si hubiese estado entrenando durante horas los ejercicios del hombre bondadoso; sentía la mano agarrotada por no haber cambiado de postura y los músculos entumecidos y rígidos. Las voces del otro hijo de Rhaegal y del maestre se oían vagamente con la puerta abierta aunque cada vez se iban acercando más.

“Entonces no lo he soñado. – Arya se quedo en silencio con los ojos cerrados fingiendo dormir mientras los pasos de ambos hombres se oían ya en la habitación. – Será mejor que piensen que duermo para que me dejen en paz. – Estaba segura de que si aquellos hombres la veían despierta intentarían mandarla a su habitación, o a lo que quedaba de ella si es que había dejado algún mueble”

-          Alteza es posible que exista otro remedio… Mire – se interrumpió – la dama no ha huido, está aquí. – La voz de maestre sonaba aliviada al acercarse a la muchacha.

-          Maldita sea. – Aegon volvió hacia la puerta y ordeno al guardia que avisase al resto. Había dado orden de buscar a la chica por el bosque pensando que se había escapado. – Lady Arya esta sana y salva avisad al resto. – Los ruidos metálicos de armadura se perdieron escaleras abajo. Al volverse y ver que Arya estaba bien se dirigió directamente al maestre. - ¿Cuál es el otro remedio? Hablad.

-          Alteza ha oído alguna vez la leyenda de las rosas azules. – El rey asintió. – Se dice que al otro lado del muro hay otras rosas azules, más azules que las que nacen aquí, son tan azules como el hielo, casi cristalinas. La leyenda dice que los Otros las cultivan y son capaces de devolverle la vida a los muertos porque se crean a partir de vida. Cada vez que uno de los Otros despierta, la esencia de su antigua humanidad, su último halito de vida queda encerrada en esas rosas por así decirlo. Pero nadie sabe si es la leyenda es cierta o es eso… una leyenda.

-          Lo averiguare yo mismo. – La capa de terciopelo azul cielo de Aegon ondeo cuando hizo el ademan de marcharse. Estaba dispuesto a encontrar aquellas rosas pero el carraspeo del maestre le paro en seco. Aquella forma de ser de los ancianos le sacaba de sus casillas. – Id al grano – ordeno sin darse la vuelta.

-          Sabéis que no podéis ir Alteza – le dijo el maestre cansado mientras se sentaba en una de las sillas cerca de la ventana. La mirada furiosa que le dedico el rey al volverse no le atemorizaba; era un signo más de aquellos que sufrían por un familiar, pero aun así debía darle una explicación para tranquilizarle, era lo que hacían los maestres. – Sois consciente, al igual que todos en vuestros reinos, que si Jon…

-          ¡El rey Jon! – vocifero Aegon. – No esta muerto y sigue siendo vuestro rey, no lo olvidéis.

-          Perdón, alteza – se disculpo el maestre. – Que si el rey Jon muere usted será el único que podrá perpetuar el linaje de los Targaryan.

-          Me esta diciendo que tengo que dejar morir a mi hermano, viejo.

La sonrisa triste que le dedico el anciano era su única respuesta. Aegon salió furioso de la habitación antes de cometer una locura. Sentía la ira y la rabia recorrer su cuerpo como el veneno recorría el cuerpo de su hermano. No podía hacer nada por él, aunque intentara ir al norte se lo impedirían y no solo un reino, sino siete. Si mandaba gente en busca de aquella planta no sabía si volverían con vida ni si conseguirían llegar a tiempo. La guardia de la noche había prosperado, pero más allá de muro seguía habiendo cosas a las que los hombres no podían hacerles frente.

 

Después de que el maestre saliera poco más tarde que el rey sureño Arya se levanto. Leyenda o no estaba dispuesta a arriesgar su vida averiguando si aquel remedio existía. Despacio camino de vuelta a su habitación; si iba a salir en busca de aquella flor necesitaría a Aguja además de unas cuantas cosas más. Todo el mundo estaba demasiado distraído y pendiente de su hermano por lo que salir del castillo no sería complicado si sabía a que horas escabullirse. Su cuarto estaba más vacio después de haber destrozado la ropa y algunos muebles pero las doncellas que la servían lo limpiaron a conciencia. No quedaba en el suelo ni rastro de una sola esquirla del espejo, ni de un jirón de ropa. Aguja seguía en su sitio, enfundada en su suave vaina de cuero al lado de su cama. Entre las pocas prendas que quedaban en el armario había un par de pantalones de lana vasta y cuero reforzado que le servirían al otro lado del muro o por lo menos hasta que encontrara algo mejor. La capa de piel de lobo que le habían regalado para asistir al torneo era preciosa, pero los lobos del sur no abrigaban tanto como los del norte y si iba con esa capa se congelaría. Para su suerte sabía que Lord Karstark tenía una capa de piel de Marta que la abrigaría más que cualquier otra prenda que encontrase en el armario.

De uno de los cajones Arya saco el saquito de monedas de oro que traía desde Braavos. Durante sus años de asesina jamás había tenido dinero, todo lo que recibía se lo daba al hombre bondadoso y a la hermandad, pero al marcharse obligada por el hombre que la acogió la dio aquella bolsita casi intacta. Solo unas pocas monedas habían acabado en las manos de los marineros que la trajeron y solo porque casi mata a uno de ellos al intentar despertarla.

Sopeso la bolsa entre sus manos. Como mínimo tendría una pequeña fortuna.

-          Más que suficiente para comprar un caballo y lo que necesite en alguna aldea o ciudad. Jon siempre hablaba de una villa que se encontraba bajo tierra muy cerca del muro y que siempre tenía de todo.

Con aire crítico se asomo a la ventana. Todavía faltaban unas cuantas horas hasta que el sol desapareciera del todo por el horizonte. No podía salir antes si quería evitar a los hombres de su hermano y de Lord Karstark y el cambio de guardia se hacia a medianoche.

 

Aquella noche era perfecta para Arya. No había ni luna ni estrellas, todo el cielo nocturno estaba escondido tras unas densas nubes que la protegerían de las miradas de los vigilantes. Atravesó el pasillo sin hacer ruido tan sigilosa como una sombra como le había enseñado Sirio años atrás. Llego hasta la entrada del patio donde los caballeros entrenaban por las mañanas sin que nadie la descubriera. Cerca de ella escucho las voces de soldados y se escondió rápidamente en los establos. Los hombres iban alejándose hacia la otra parte de la fortaleza murmurando sobre la salud de Jon y lo poco que le quedaba de vida. “Se curara y cuando lo haga os daré una patada en la boca por imbéciles” se dijo mordiéndose el labio. La rabia que le produjeron aquellos comentarios la guardo lo más adentro posible de ella; no podía distraerse con aquellas tonterías si quería salir de allí. Estaba a punto de salir cuando la silueta de una persona paso volando ante sus ojos. Iba cubierta con una capa marrón y se tapaba el rostro con la capucha. Arya no le habría dado más importancia que a cualquier otro si no fuera porque iban en la misma dirección. ¿Quién aparte de los criados querría escabullirse a esas horas?

La puerta trasera que daba directamente al bosque se encontraba abierta para cuando Arya llego. El ruido de voces al otro lado la hizo pararse en seco. Fuera quien fuera no querían que nadie en la fortaleza les escuchara hablar, pero no contaban con ella. El aullido de un lobo a lo lejos se confundió con el nombre del hombre, pero lo demás si lo pudo escuchar. Pegada al muro podía oír la voz familiar de una mujer y el tono miedoso que se dejaba entrever en su prepotente voz.

-          Debes alejarte y rápido – oyó que decía preocupada. – Los guardias ya empiezan hacer preguntas y no tardaran en atar cabos. Y si no ellos, las zorras de Dorne lo harán. Cualquiera de esas desgraciadas me vendería por poder estar más cerca del rey.

-          ¿Mi señora?

-          Si alguien descubre que fui yo quien metió una serpiente venenosa entre las inofensivas nos cortaran la cabeza por traición y la Casa Fowler caerá en desgracia.

-          Puede decir que fue un accidente.

-          Accidente, claro que fue un accidente – se rio histéricamente la mujer. – Lo que no era un accidente era intentar matar a la prima del rey. Esa maldita mocosa se libro en el último momento. Ahora márchate antes de que alguien te vea. Si tu no estas el rey Aegon no podrá pedir explicaciones a nadie.

El ruido de pisadas alerto a Arya pero no se movió. Quieta, frente a la puerta, espero a que la dorniense entrara. No estaba segura de si la permitiría hablar o sus manos hablarían por ella. La rabia, el dolor, el miedo… sentía tantas emociones que no podía decir solo una. Jamás hubiera pensado que una simple y banal discusión en las gradas del torneo pudiera haber hecho que aquella mujer la odiase tanto. “Y por ello Jon lo está pagando” pensó angustiada clavándose las uñas en las palmas de las manos. Si no lograba controlarse podía llegar a cometer una locura.

Denis se estaba cubriendo el rostro cuando vio la sombra de aquella figura al otro lado del umbral de la puerta. La capa marrón no la haría desaparecer delante de esa chica.

-          ¿Qué haces aquí? – La prepotencia de su voz no podía ocultar el miedo que subyacía debajo. Algo en la postura de la chica la decía que había escuchado toda la conversación.

-          ¿Tu que crees?. – Arya se llevo las manos un instante a la espada iba a desenfundarla, pero luego cambio de idea. Denis tembló cuando vio el arma colgada de la cintura.

-          Fue un accidente… - intento explicarse.

-          Un accidente ya que la victima era yo ¿no? – la interrumpió. Arya sonrió mientras se acercaba unos centímetros más a la dorniense mientras está intentaba retroceder. El bosque detrás de ella sería un buen cementerio para esa mujer, pero no la habían adiestrado así. La muerte se paga con muerte y Jon seguía vivo, al menos por el momento. Por precaución para que la mujer no corriera, silbo tres notas y una mancha negra apareció tras Denis – Si huyes mi amiga te matara. Una orden y al alba solo quedara de ti los huesos carcomidos que mi loba te deje – la amenazo.

Las enormes fauces de Nymeria se abrieron de par en par mientras se acercaba a ella enseñando unos colmillos tan puntiagudos que hicieron temblar a la mujer hasta que callo de rodillas.

-          ¿Qué vais hacer conmigo? – consiguió decir sin apenas despegar la vista del suelo.

-          Nada – silencio. – Nada mientras mi hermano siga vivo. Pero reza a todos tus dioses para que te protejan si llega a morir porque te juro que no me importara donde estés o cuantos soldados y caballeros te protejan… te matare lenta y dolorosamente hasta que me supliques acabar con el dolor. – Arya se acerco a su rostro y casi pudo oler el miedo. Cerca de su oído la susurro aquellas palabras que en Braavos y parte del mundo conocido helaban la sangre a cualquier hombre. – Valar morghulis, Lady Denis de la Casa Fowler.

Denis alzo los ojos al oír aquellas palabras. No conocía de ninguna dama que hablase de esa manera y muchos menos una muchacha tan joven. Los ojos que le devolvían la mirada no eran los mismos que había conocido durante el torneo. No había en ellos ni rastro de piedad o perdón, eran dos esferas grises que helaban la sangre y paralizaban el corazón. No podía seguir mirándolos sin sentir como algo la oprimía por dentro y la asfixiaba. “Miedo” le dijo una voz dentro de su cabeza. Incapaz de decir nada bajo la mirada. Arya pasó por su lado seguida de la loba que se paro a su lado para olisquearla. La nariz fría del animal la inquieto haciendo que el corazón latiera más rápido.

-          Nymeria ya tiene tu olor. Jamás podrás esconderte así que yo que tú comenzaría a rezar. – Estaba a punto de macharse pero se dio la vuelta. – Como digas una sola palabra de esta conversación… no me hará falta repetírtelo.

 

El camino de vuelta a su habitación fue como un sueño; el temor que sentía había adormecido el resto de sus sentidos. Denis camino a través de los oscuros pasillos hasta su alcoba sin encontrarse con nadie, ni criados ni guardias que la preguntasen de donde venia a esas horas. El silencio que reinaba en la fortaleza la ponía los pelos de punta, como si el castillo guardara el secreto de la hermana del rey. El chirrido de la puerta de su habitación rompió el silencio de sus propios pensamientos. Miro a su alrededor buscando a sus doncellas. Nadie. Solo unas frías brasas le daban la bienvenida a sus pies helados. No fue hasta que se sentó en la cama que noto como su cuerpo tiritaba a causa del frio, y de algo más…

“A lo mejor muere. No sería la primera persona que muere en los caminos ó allá donde vaya. Y el rey Aegon no sabe nada, no puede preguntarme nada. – Denis camino de un lado para otro de su alcoba intentando que el calor de aquellos pensamientos se extendiera por su cuerpo. Pero nada. Pensar en la muerte de Arya no la ayudaba a tranquilizarse. Aquellos ojos sin expresión los tenía grabados a fuego en la mente. – Pero ¿y sin no muere? ¿Y si el que muere es…? No me quedare aquí para averiguarlo”

-          Maika – grito. – Sandy.

De una pequeña habitación al lado de la suya salieron dos mujeres entradas en la treintena. Descalzas, con el pelo alborotado y vestidas únicamente con el camisón de lana miraban con hosquedad disimulada a su señora, aquellas no eran horas.

-          ¿Señora? – pregunto una de ellas tapándose inmediatamente la boca para evitar un bostezo. El pelo negro azabache iba recogido en un sencillo moño algo despeinado por haber estado durmiendo.

-          Maika recoge mis perfumes y mis vestidos; Sandy tú… - Miro a la muchacha rubia del color de la paja. El vestido, la cara, no podía enviarla así a ningún lado. – Vístete y aséate, luego llama a nuestros caballeros. Diles que deseo partir tan pronto como tenga recogido mis cosas. – “No pienso quedarme a esperar que esa loca regrese o el rey muera” Al volverse vio que sus doncellas seguían quietas en el sitio mirándose la una a la otra como dos estatuas. – A que estáis esperando par de estúpidas. ¡Deprisa! – las grito.

-          Si, señora – respondieron ambas mujeres al unisonó.

 

Denis se sirvió una copa de vino endulzado esperando calmar los nervios. Asomada a la ventana mientras su doncella recogía todo lo deprisa que podía distinguía el perfil de su otra criada. Envuelta en una capa corría por el patio en dirección a las habitaciones de sus hombres. Toda la guardia dorniense, sin importar a la casa que servía, había sido instalada en los cuartos delanteros de la fortaleza de Bastion Kar, mientras que los hombres del rey y algunas otras casas norteñas habían sido instaladas en las dependencias interiores. Aquello la había parecido una ofensa, aunque ahora lo agradecía; cuantos menos personas supieran de su salida, menos explicaciones tendría que dar. Sus hombres no tardarían en levantarse maldiciendo su nombre, aunque obedecerían; conocían su temperamento y lo peligrosa que podía ser; no por algo la Casa Fowler era de las más antiguas y temidas.

La noche seguía siendo oscura, faltaban horas para el amanecer. Con suerte para cuando los primeros rayos despuntaran ella ya estaría en el camino real de vuelta a su hogar, de vuelta a la seguridad de sus paredes y sus guardias. “No importa donde estés o todos los soldados y caballeros que te protejan” habían sido las palabras de Arya, pero una sola muchacha no podría contra los centenares de hombres que trabajaban para su casa.

-          Y si es necesario contratare más – susurro mordiéndose la uña como hacia cuando de pequeña tenía miedo. Maika alzo la cabeza de sus quehaceres y se encontró con los ojos atemorizados de la dama.

-          ¿Señora le sucede algo? – Denis la miro sin entender hasta que vio el desastre que había hecho a su uña.

-          Deja de perder el tiempo, estúpida. Y sigue trabajando – le ordeno dándole la espalda.

No permitiría que una simple criada viera en ella algún signo de debilidad. Era una Fowler, la legitima heredera de una de las casas más antiguas y prosperas de Dorne. Su riqueza era casi comparable a la de los Lannister y entre sus antepasados se contaban tantas reinas y amantes que habían aconsejado a los grandes reyes de la edad de los héroes como en la misma casa Martell. Nadie podía verla humillada. Nadie podía verla débil.

La puerta se abrió chirriando con cuidado. Sandy entro intentando hacer el menor ruido seguida del capitán de la guardia de la Casa Fowler. El hombre vestido totalmente con una armadura de placas de cobre y una capa amarilla con una serpiente bordada esperaba junto a la puerta. Tras él dos mozos de cuadras de ojos somnolientos intercambiaban miradas sin saber que hacían allí a esas horas.

-          Todo esta listo, mi señora. El carruaje os espera – le comunico Sandy.

-          Llevad mi baúl. Deprisa – ordeno. A un gesto del capitán ambos mozos agarraron el pesado baúl y lo arrastraron escaleras abajo. Al pasar por su lado el caballero la cogió con delicadeza del brazo.

-          Puedo preguntar…

-          No. No podéis, Ser – le interrumpió Denis soltándose bruscamente y siguiendo a los mozos.

-          ¿Alguna sabe a que se debe esto?. – Los ojos negros como la noche del capitán se clavaron en los de las mujeres.

-          Ni idea, ser. Solo no has dicho que quería partir – respondió Maika recogiendo sus propias cosas.

El caballero miro preocupado el hueco vacio dejado por su señora. Cualquiera que viese aquella reacción, aquellas prisas por abandonar el norte pensaría que su dama tenía algo que ocultar. La desaparición del guardia personal de Lady Denis y después aquella salida tan impetuosa…

-          Afortunadamente ya no has interrogado los hombres del rey Jon – se dijo aliviado mirando las escaleras. – De todas maneras… dejaré recado de nuestra salida. Id con vuestra señora, no tardare en reunirme con ustedes. – “Alguno de los guardias del rey norteño tiene que estar despierto”

 

A oscuras frente a la habitación de Jon dos caballeros vestidos de arriba abajo con la armadura de la casa Stark, gris sobre blanco, hacían guardia. Otro hombre sin armadura sentado contra la pared parecía descansar bajo su capa; nadie se habría dado cuenta del peligroso filo que asomaba bajo la ropas dispuesto a blandirse en cualquier momento. El sonido de unas pisadas subiendo por las escaleras retumbo en el suelo de piedra poniendo a todos los hombres a la defensiva. El cambio de turno no se realizaría hasta el alba y la delicada salud del rey les hacia desconfiar.

-          Alto. Quien va. Identifíquese – grito uno de ellos con la mano en la empuñadura de la espada.

El ruido de pasos paro justo ante las escaleras. La luz de una antorcha ilumino tenuemente la imagen de una serpiente que se ondeaba mecida con las corrientes de aire.

-          Ser Isawe, capitán de la Casa Fowler. Vengo a comunicar que mi señora se marcha inmediatamente a Dorne – dijo con voz ronca.

-          No puede marcharse nadie. Es una orden del rey. Vuela a su habitación si no quiere… - El guardia no acabo la amenaza. La mano en la empuñadura y el brillo de la espada hablaban por si solas.

-          Tranquilo, Ser – le calmo la voz de hombre sentado contra la pared. – La casa Fowler ya ha sido interrogada. Podéis marcharon cuando queráis, caballero – dijo poniéndose en pie.

-          Gracias, Ser Gendry – se despidió el dorniense aliviado de poder marcharse. Deseaba volver cuanto antes a Dorne, con su mujer y sus hijos; con su sol y su arena. “Para los norteños su norte” pensó bajando las escaleras tan rápido como su armadura se lo permitía.

 

Más tranquilo al saber que sus hombres aguantarían la noche Gendry se marcho a su habitación. El camino silencioso y frio de la fortaleza a esas horas le producía escalofríos, le recordaba a Harrenhal de algún modo. Aquel lugar solo era habitado por las almas que entre sus paredes perdieron la vida. Un lugar maldito al que no había vuelto desde que lo abandonara con Arya y Pastel caliente a pesar de que varios nobles se ha´bian hecho cargo de devolverle su antiguo esplendo.

-          Los fantasmas son los únicos que deberían estar en ese lugar – le dijo a Jon el día que le propuso entregarle Harrenhal como dote si se casaba.

Al doblar la esquina escucho un par de suaves voces femeninas saliendo de las cocinas. Habría pasado de largo sin darles mayor importancia, podrían ser cualquiera de las damas que habían asistido al torneo o incluso alguna criada que venia de una escapadita nocturna, pero el miedo en la voz y el nombre que susurraron le hizo pararse en seco.

-          Tranquilízate, Mary. Puede estar dando un paseo o en la habitación de su hermano.

-          No está. Lady Arya no esta. La he buscado por todas partes. Ella y su loba han desaparecido. Lo único que ha dejado en su habitación son un par de monedas con una notita con nuestros nombres. – Los sollozos de Mary ahogaron las palabras de Serein.

La chica comprendía su temor. Ellas eran las responsables de atender a la dama e incluso vigilarla si era el caso y habían fracasado. El accidente del rey Jon había sumido a la fortaleza en un continuo ir y venir de chismorreos que tenía a todos los criados paralizados.

-          Cálmate – la golpeo suavemente en el hombro. – Los hombres la encontraran si se ha escapado.

Notas:

Bueno y hasta aquí el capitulo de hoy XD

Capitulo 14 Viaje al norte por yuukychan
Notas de autor:

Nuevo capitulo ya me direis

La noche era fría y las nubes traían consigo una fuerte ventisca que caía sin cesar golpeándola el rostro igual que un latigazo golpearía a un esclavo. Alrededor todo se iba cubriendo de un manto blanco que ocultaba bajo su nieve las formas del conocido bosque que tantas veces Arya recorrió en su niñez con sus hermanos y su padre. En otro momento se habría parado a disfrutar de aquellos recuerdos que tanto tiempo se vio obligada a reprimir, pero ni el tiempo ni el lugar la acompañaban. Tenía que aprovechar que sus huellas y las de Nymeria se borrarían por la mañana y nadie en el castillo sería capaz de encontrarla. Aunque aquella vieja serpiente no la delatara por miedo, sus doncellas si lo harían. Contaba con ello. Por eso no había cogido el camino real, sino que se interno en lo profundo del bosque, para cuando los hombres se dieran cuenta ella ya estaría lo suficientemente lejos.

 

Las raíces que sobresalían del suelo y el nivel de la nieve que aumentaba por momentos la entorpecían el camino. A cada paso que daba no sabía si se encontraría con un sendero, un profundo surco en el suelo cubierto de nieve o cualquier otra amenaza que durmiera escondida en el bosque. Tras quedar dos veces hundida en la nieve, la primera hasta las pantorrillas y la segunda más arriba de la cintura, Arya comenzaba a sentir un punzante dolor fruto del frio. El incesante castañeo de sus dientes ponía nerviosa a su loba que corría a su alrededor sin saber que hacer. Nymeria gimió y la lamio el rostro al verla caer de nuevo por tercera vez por culpa de una raíz escondida.

 

-          No pasa nada. Pronto podre hacer una parada.

 

Arya no sabía a quien quería engañar, si a su compañera o a si misma. El sol ya salía por el este para cuando encontró una antigua granja abandonada. Los restos de lo que tuvo que ser una gran casa familiar con un establo adosado quedaban desperdigados por el terreno escondidos entre la nieve y la hierba que comenzaba a brotar. Arya se agacho para recoger un pedazo de piedra de forma rectangular que debió formar parte de la casa en algún momento. “La abandonarían durante la guerra de los cinco reyes” se dijo dejándolo caer. Solo dos de las paredes se mantenían de pie a duras penas y apenas un trozo de tejado se mantenía en su sitio después de tanto tiempo. La curiosidad por saber quien vivió en aquel lugar quedo olvidada cuando una ráfaga de aire frio la recorrió la espalda haciéndola tiritar.

 

-          Nymeria aquí – señalo a la loba un lugar entre los escombros resguardados del frio y de miradas indiscretas. – Si alguien viene aúlla. – La loba ladeo la cabeza echando las orejas hacia atrás y luego se recostó. Aquel gesto siempre le había hecho pensar a Arya que su amiga la comprendía, aunque su madre siempre decía que aquello era imposible. “También pensaría que es imposible meterse en el cuerpo de Nymeria y yo lo he hecho”  

 

La mayoría de la leña tirada por el bosque estaba demasiado húmeda como para que Arya pudiera usarla en una hoguera, ni siquiera prendería, y si lo hacia desprendería tanto humo que cualquier patrulla que la estuviera buscando por el camino real la encontraría enseguida. Cualquier otro hombre que viniera del sur sería incapaz de calentarse en un día como aquel, incluso muchos norteños acomodados no sabrían por donde empezar a buscar. Ella no. Eddard Stark era un autentico norteño que enseño a sus hijos a valerse por si mismos, incluso le enseño a Arya en contra de los deseos de Lady Catelyn y la Septa Mordane.

 

-          Cat nunca se sabe. Incluso Sansa debería aprender lo mínimo sobre como sobrevivir en su tierra – le había contestado Ned. Al final su madre accedió con la condición de que no fuera ella quien hiciera las cosas peligrosas. - ¿Cómo la iba a dejar, mujer? – Ned se reía de las ocurrencias de su mujer, pero conociéndola siempre la tenía muy bien vigilada.

 

En días como aquel en que la nieve cubría tanto el bosque solo las guaridas de los animales y algunos matorrales conservarían leña y hojarasca suficiente para hacer una hoguera, el problema era conseguirla. “Si padre estuviera aquí” pensó mirando al cielo para ver como los copos de nieve caían sobre ella”

 

Todavía se acordaba de las lecciones que les daba. De su sonrisa sincera y orgullosa que les dedicaba cuando hacían algo bien y su rostro cálido cuando se equivocaban.

 

-          Siempre debéis tener cuidado y ver las señales – les advertía su padre antes de introducir con mano experta el brazo enfundado en un grueso guante de cuero y sacar toda la leña y hojas que podía. Luego les sonreía satisfecho. – No sabéis si dentro hay un zorro, una familia de ratones o es la guarida de un lobo solitario. Si metéis la mano sin saber distinguir el rastro de los animales a los que perseguís puede ser que sea la última vez que la veis. – Robb le pregunto una vez como podían defenderse por ejemplo si les atacaba un lobo y su padre les mostro un cuchillo corto de cazador. – Sobrevivir. Le quitas el calor para sobrevivir al frio, y le quitas la vida para sobrevivirle a él.

 

Arya observo como el sol casi invisible tras las nubes dejaba caer algún que otro rayo.

 

-          Sobrevivir ¿eh? – susurro mientras un fino copo de nieve caía sobre su nariz. – Sobrevivir para ayudar a Jon. – Se abofeteo suavemente el rostro para quitarse el frio y volver a la realidad. Si quería ayudar a su hermano no podía dejarse llevar por sus pensamientos.

 

El bosque completamente blanco todavía escondía pequeñas zonas que se escapaban de la densa nieve y donde los animales se escondían. Bajo los matorrales de zarzamoras Arya distinguió un gran agujero del tamaño de un lobo. “Con suerte solo habrá uno” pensó llevándose la mano al cuchillo de acero valiryo y mango de huesodragon que consiguió en su última misión con la hermandad sin rostro. No la gustaba matar por matar, pero el duro inverno que esta a punto de finalizar en el sur no quería rendirse todavía allí y necesitaba calentarse antes de que sus fuerzas la abandonaran del todo. Nerviosa y con el miedo en la boca del estomago amenazándola con salir metió la mano todo lo que pudo. Notaba hierbas secas y excrementos antiguos, pero no había nada de leña.

 

Nada. Eso fue lo que encontró en cada agujero que busco. Parecía que esa zona del bosque estaba deshabitada desde hacia tiempo; solo encontró la guarida de un grupo de musarañas que la miraron asustadas cuando metió la mano y saco a una por la cola. Aquello la hizo sonreír por un momento como cuando era niña, pero no le servía; lo que necesitaba era leña no pensar en niñerías. “Tan pequeñas no valen ni de alimento” pensó soltando al animal que corrió rápidamente de vuelta a su agujero. Agotada y helada regresaría junto a Nymeria, si no tenía fuego al menos tendría el calor de su compañera. A unos cuantos metros Arya se paro en seco, podía ver el humo claro saliendo de entre las ruinas. Su primer pensamiento fue Nymeria. ¿Dónde estaba su loba? ¿Por qué no había aullado? ¿Y si… estaba muerta? No. Nymeria no se dejaría matar tan fácilmente. Habría huido e ido a buscarla. Silenciosa desenfundo la daga de la cintura y camino entre la nieve como una sombra, en Braavos aprendió que a distancias cortas era mejor usar armas cortas y fuera quien fuese el que le había seguido se acordaría del día de su nombre.

 

Pegada a la ruinosa pared, notando la humedad de las piedras, observo la figura agachada de un ser envuelto en pieles. Ya sabía que era un hombre. Aquella enorme espalda no podía ser de ninguna mujer, ni siquiera aquella que llamaban Brienne “la bella”. La hoguera recién hecha crepitaba al encontrar entre sus llamas las pequeñas ramitas que el hombre le iba echando. Arya camino un paso, luego otro, sosteniendo el puñal entre sus manos, unos pocos metros más y el cuello de aquel hombre lamería el filo de su daga. El aullido de Nymeria la hizo tambalearse. La loba huargo salió de entre las sombras ladrando al ver a su dueña con el rabo en alto. Un conejo sin cabeza cayo a los pies de Arya mientras el hocico ensangrentado de Nymeria dejaba un pequeño camino de perlas rojas sobre la nieve al ir junto al fuego con su pequeño botín.

 

-          Trae la pieza – le dijo el joven agachado. – Al menos tu loba sabe cuidar de ti ¿Por qué sino?

 

Arya sonrió. Solo una persona en todo poniente se atrevería a hablarla de aquel modo brusco y sin modales aparte de su familia.

 

-          Venga ya Gendry.

 

Se acerco hasta él cogiéndole el espetón que había estado afilando y ensarto al conejo de un solo movimiento. Con un poco de nieve y musgo consiguió quitarse la sangre de las manos antes de sentarse al calor de la hoguera. Iba a preguntarle de donde había sacado aquel amasijo de leña, pero las cuerdas que se iban quemando lentamente en medio de las llamas le decían que era un fardo de leña traído desde la fortaleza. Los sirvientes los preparaban para cargarlos hasta las habitaciones o salones y encender las chimeneas a sus señores para caldear las frías noches del norte. Cuando Arya acabo el conejo sentía que su estomago por fin la dejaría tranquila un rato, y su cuerpo caliente y seco la dejaría avanzar el resto del camino. Cerró los ojos chupando la grasilla del animal, disfrutando de aquella sensación y se lavo los dedos con la misma nieve que había a su alrededor. Al abrirlos pudo ver frente a ella el rostro ceñudo de su amigo mirándola a través de la barba que se estaba dejando crecer. Quería decirla algo, estaba punto de explotar y aun así el silencio se propagaba. Un minuto, dos, tres…

 

-          Habla ya – bufo cansada de aquel silencio.

 

-          En que demonios estabas pensando. Toda la fortaleza estará buscándote y tú aquí jugando a las aventuras – grito. Gendry la miro en silencio antes de recordar quien era la muchacha a la que se estaba dirigiendo- – Lady Arya.

 

La chica le miro por un instante alzando la ceja y se levanto sin decir más. No iba a darle ninguna respuesta, ni a él ni a nadie; había pasado cinco años cuidándose solita sin ayuda de ningún hombre, señor, o idiota que decía ser su amigo. Llevándose dos dedos a la boca silbo llamando a Nymeria. La loba nada más verla levantarse ya estaba de pie meneando la cola, también estaba contenta tras la comida. Los carcomidos huesos del conejo se hundieron entre sus patas cuando se acerco a Arya.

 

Gendry también se levanto hecho una furia. Iba a llevarla de vuelta a la fortaleza antes de que alguien más aparte de él y las doncellas supieran de su salida. Eran la hermana del rey y su capitán de la guardia tarde o temprano alguien acabaría preguntando por ellos. Además no quería ni pensar en los chismorreos que podían causar su ausencia, la de ambos a la vez, eran fáciles de predecir: secuestro, violación, huida de dos amantes… la lista era interminable. Su voz, ronca y tensa por la preocupación, no podía disimular la ira que corría por su cuerpo.

 

-          Lady…

 

-          Que te jodan – le soltó Arya volviéndose hacia él. – Me voy al norte, más allá de muro. Jon necesita la rosa azul que crece allí y se la voy a traer.

 

-          No puedes ir sola y los sabes. Es muy peligroso para una…

 

-          ¿Para quién? ¿Eh? Responde. Para una dama o una simple mujer – le cortó Arya. – Venga. Contesta – le desafío enfrentándose a él.

 

-          Ambas – le respondió Gendry.

 

Los ojos grises de la chica se volvieron oscuros y peligrosos como una tormenta avisándole incluso antes de que hiciera ningún movimiento de que había metido la pata hasta el fondo. Rápida como un gatosombra Arya desenvaino su espada, la misma espada delgada como ella y afilada como su lengua que le había regalado Jon. “Primera lección: clávala por el lado de la punta” le había dicho el día que se la entrego. Dio un paso al frente y Gendry retrocedió. Otro y su amigo seguía retrocediendo; no se enfrentaría a ella. Desde fuera la situación debía ser toda una comedia. Una chica dos cabezas más baja y con una cuarta parte de su tamaño sin más protección que una capa enfrentándose a un hombre vestido de los pies a la cabeza con una armadura que pesaría el doble que ella misma sino era más.

 

-          Acaso piensas que un asustado ciervo puede con una loba.

 

-          No. Pero ni tu eres una loba ni yo soy un ciervo. Y ahora te llevare de vuelta a Bastion Kar. – Gendry intento cogerla por el brazo, pero tuvo que apartar rápidamente la mano del camino de la espada. Aquello le enfado. Una espada tan delgada no le habría cortado la mano, pero el filo si podía haberle llegado hasta el hueso. – Si esto es lo que quieres luego no me vengas llorando – la espeto desenvainando su espada, “Corazón salvaje” así la llamaba.

 

La espada de acero valyrio era lo más valioso que el tenía. Fue el regalo que le hizo Jon el día que le nombro capitán de su guardia. La empuñadura de la espada era la cabeza de un ciervo con incrustaciones de esmeralda en los ojos mientras que en la parte roma ponía su nombre en el antiguo idioma de los dragones por cortesía de la reina. Se emociono de la misma forma en la que podía emocionarse un niño al tener un juguete nuevo.

 

-          Toda espada necesita un nombre – le dijo el rey cuando la deposito entre sus manos. Tras mirarla una segunda vez supo como deseaba llamarla: Corazón salvaje.

 

El ruido de las espadas lleno el aire con sus ecos mientras al chocar los destellos lanzaban pequeñas chispas azuladas que se perdían en la nieve. Por mucho que Arya intentara llevar la delantera la fuerza de Gendry la superaba con creces. Y no solo era la fuerza, sino que su espada parecía hacerse más grande con cada acometida mientras “Aguja”, su pequeña y fina espada, temblaba en sus manos golpe tras golpe. Si seguía así perdería el combate… y a Jon. “No puedo vencer si solo me dedico a esquivar” se dijo exhausta tras una fuerte acometida que la hizo retroceder varios pasos y estuvo a punto de quebrar su espada.

 

El miedo a perder la hizo pensar en el hombre bondadoso, en Braavos. La isla apacible desde fuera era un hervidero donde cada día al caer la noche morían hombres y mujeres por las más absurdas contiendas. A la salida de los burdeles y las posadas, una mala mirada, un mal gesto o una estúpida palabra salida de la boca de un borracho podía costar la vida. Entre sus sucias calles Gata tuvo que aprender a defenderse con el puñal, en sus plazas la espada se volvió parte de su cuerpo y en los muelles las manos no solo aprendieron hacer nudos sino a pelear hasta sentir los nudillos en carne viva. En el templo del bien y del mal, de la vida y la muerte, aprendió el arte de mentir, de engañar, de hacer ver lo que no existía y ocultarse del mundo tras una máscara imperturbable… aprendió la magia que solo el hombre bondadoso podía enseñarla, la de dejar de ser Arya, Gata, Arry, Comadreja o cualquiera de todas ellas para ser Nadie. Y Nadie podía ser cualquiera. Podía ser una muchacha de campo o una guerrera experimentada; podía ser una vieja a punto de morir o un joven señor recién ascendido, pero siempre volvía a ser Nadie. Arya tuvo que aprender no solo a defenderse, sino a ganar; pues el perder significaba la muerte segura.  

 

-          Si tus fuerzas no te valen usa tu habilidad. Arya solo es una noble, Nadie puede ser cualquiera – le había explicado el maestro mientras la enseñaba el arte de la mentira. Pero no estaba segura de querer volver a ser Nadie o si quería que Gendry viera de lo que era capaz, sin embargo si así conseguía vencerle estaba dispuesta a jugar con esas reglas.

 

Cauta y rendida dejo caer la espada antes de que Gendry iniciara cualquier otro ataque. Viéndola, el muchacho se apresuro a agarrarla por el brazo antes de que la actitud desafiante de la chica que conocía la incitara a seguir luchando. Una loba molesta y herida era un animal peligroso. Gendry se fijo en la espada que se hundía en la nieve. Era la misma que ella llevaba cuando se conocieron, cuando se hacía pasar por Arry y amenazo a Pastel caliente con matarle si intentaba quitársela. Cuando recordaba aquellos días todavía se sorprendía al ver lo poco que tenia de dama a pesar de haberse criado entre manjares y sedas, maestres y septas. Al ir a recogerla Arya le metió su pierna entre las suyas empujándole para atrás. La fuerza de la muchacha y el peso de la armadura le hicieron perder el equilibrio, en cuestión de segundos se encontró bocarriba en el suelo incapaz de moverse bajo aquel manto blanco que se hundía bajo él. Tirado en el suelo Arya saco la daga rápidamente de entre sus ropas y se sentó encima de él a horcajadas hundiéndole más en la fría nieve. El sol hacia brillar con intensidad el filo que poco a poco se había acercado a su cuello lamiéndole la piel con ansia.

 

“Una daga. Parece mentira que no lo supiera – pensó Gendry. Durante todo el tiempo en que viajaron juntos Arya siempre era capaz de hacerse con cualquier tipo de arma. Daba igual si eran espadas, hachas, arcos… siempre que podía llevaba un arma consigo. – Y voy yo y me olvido de la salvaje loba”

 

Los rostros de ambos estaban fijos el uno en el otro cada uno sumido en sus pensamientos. Gendry reacciono de inmediato e intento deslizar lentamente la mano hacia arriba con cuidado de no hacer ninguno movimiento brusco. El pie de Arya le aprisiono la muñeca devolviéndolo a su sitio. No entendía como es que habían llegado hasta ese punto y mucho menos de cómo o donde aprendió aquellas habilidades. No le había vencido con la espada. Cierto. Pero su destreza estaba muy por encima de la de él. Si tuviera la fuerza de un hombre… “No sería tan peligrosa. Es por no tenerla que es capaz de idear cualquier estratagema para vencer”

 

-          Sé que no lo harás asique baja la daga. – Sus ojos mostraban más confianza de la que en verdad sentía al ver que Arya no se movía, es más parecía estar pensándolo. Tantos años combatiendo, viendo las mentiras y las verdades en los rostros de la gente; lo que eran capaces de hacer… y por primera vez podía ver la sombra oscura que se escondía tras los ojos de la loba Stark. “¿Dónde por los siete infiernos habrá estado?” – Arya… - la llamo con tono serio.

 

Lejos. En alguna parte oscura de su mente Arya pensaba en lo fácil que era volver a ser Nadie. Ella podía luchar sin sentimientos, sin ataduras… Era libre. Podía ir donde quisiera sin tener que dar explicaciones y hacer lo que la apeteciera. Solo tenía que cumplir con su trabajo, un trabajo simple y sencillo del que… lo reconocía, del que disfrutaba. Sin embargo en la piel de Arya no podía dañar a ese chico. Era su amigo, el guardia de su hermano, alguien por el que se sentía a veces irritada y a veces confusa. Era, a su manera, importante para ella.

 

-          Tranquilo Gendry. Acaso piensas que te haría daño – le sonrió envainando la daga. De pronto su gesto cambio, su voz se volvió más seria. – No te asesinaría por placer, pero te dañaría por seguir mi camino. – La chica loba se agacho y limpio el pequeño corte del hombre con su propio pulgar dejando una pequeña mancha sobre la nieve al limpiarse. – Gendry la chica que conociste murió en aquella guerra. Llevo cinco años sola y no consentiré que ni tu ni nadie decida lo que debo hacer. Y mucho menos si la vida de mi hermano depende de ello. ¡Nymeria, conmigo!

 

La loba se acerco con pasos sigilosos hasta Arya y ando a su lado. Antes de internarse en el bosque recogió la espada que yacía sobre la nieve y siguió su camino sin volverse atrás. La nieve se iba haciendo más densa a medida que se adentraba más en el bosque. Tras un rato se acostumbro a oír de nuevo el sonido de los animales, sobretodo el sonido de los lobos que aullaban a distancia y a los que Nymeria solo respondía levantando las orejas. “No será su manada” pensó Arya rascándola el lomo mientras ambas seguían caminando la una al lado de la otra. Tras todos aquellos sonidos la muchacha podía distinguir el crujir pesado de unos pies que se iba acercando a ella lentamente. Nymeria se volvió enseñando los dientes gruñendo a lo desconocido.

 

-          Tranquila. Ya se aburrirá – la calmo con tono apaciguador igual que había hecho con Rickon cuando era pequeño.

 

Cerca del mediodía cuando su estomago volvía a crujir Arya descubrió a lo lejos la columna de humo gris que ascendía entre los arboles a media lengua de distancia. Era el primer indicio de un pueblo cercano que tenía en toda la mañana. Pocas aldeas y mucho menos ciudades se erigían en sitios tan alejados del camino real; solo algunas aldeas diseminadas, asentamientos antiguos o los clanes de las montañas se atrevían a levantar sus hogares tan lejos de la protección del rey. Incluso los clanes del norte, los salvajes como los llamaban todavía los sureños de Desembarco del rey, se habían asentado entre el muro e Invernalia en el antiguo Agasajo que perteneció a la Guardia de la noche. Muchos de ellos hasta se unieron por su propia voluntad a los cuervos para proteger su nuevo hogar de los caminantes blancos. Poco a poco casi todos los castillos erigidos en el muro se fueron repoblando de hombres y, por primera vez en la historia, de mujeres.

 

El pueblo resulto ser una extensa aldea ganadera asentada en la cima de una colina que lindaba directamente con la montaña. Desde el lado norte un caudaloso rio, ahora helado en su superficie, la protegía mientras que en el resto una fortificación de piedra y mortero lo suficientemente fuerte como para alejar a los depredadores y protegerlos de cualquier cosa que pudiese salir del bosque. Alrededor de la aldea, en la pendiente de la colina, caballos, ovejas y cabras pastaban tranquilamente buscando entre la nieve las primeras briznas de hierba de la primavera que se resistía a instalarse por completo. Mientras que en el sur los arboles y las flores ya estaban en flor y daban frutos allí ni siquiera los arboles habían perdido su capa blanca.

 

Arya todavía se acordaba de los días de ventisca en los que su padre se quedaba jugando con ella y sus hermanos en los salones de Invernalia. En sus días en Braavos había añorado las sonoras carcajadas de su padre haciendo eco en las paredes de su hogar intentando cogerla, persiguiéndola con su salvaje barba mientras ella, Bran, Robb y Jon luchaban contra él con sus espadas de madera. Ni su madre ni la septa aprobaban ese tipo de juegos, por lo menos así se lo decían a su padre cada vez que la animaba a jugar con sus hermanos.

 

-          Solo es una niña, Cat. Déjala que juegue con sus hermanos unos años más – le decía Ned a su mujer. Arya entonces le adoraba. Era él quien le había permitido crecer salvaje y libre en medio de la disciplina de su madre y la septa.

 

Cuando la noche comenzaba a caer y a Ned Stark le vencía el cansancio los sentaba a su alrededor junto a la chimenea y les enseñaba como era aquella tierra, como eran sus gentes y su clima. Incluso llamaba a Sansa a su lado a pesar de que su hermana no solía prestar mucha atención a aquellas lecciones.

 

-          Sois hijos del verano, pero pronto vendrá el Invierno y tendréis que saber cuánto dura y como hacerle frente. No podéis confundir el invierno con vuestro hogar. Cuando la nieve se vuelva fina, pero pesada y los arboles se cubran con su última capa de ella el invierno se marchara a la dos lunas. ¡Sansa presta atención! – la sonrió – algún día serás la señora de un importante señor del norte.

 

-          Esto es una tontería. Además yo no me quedare en el norte. Me casaré con algún señor del sur y me iré allí donde el sol brille incluso en invierno – se quejo Sansa levantándose para volver con la Septa a sus labores de bordado. Catelyn y Ned intercambiaron una mirada mientras la veían sentarse con la vieja mujer. Sansa siempre tendría más sangre de pez que de loba.

 

Tras aquella última lección no pasaron ni tres días cuando llego el cuervo de Desembarco del rey destruyendo el futuro de su familia. La muerte de Jon Arryn, la mano del rey y uno de los mejores amigos de su padre, fue el principio del fin para Arya y sus hermanos.

 

-          Pero resistimos y siempre resistiremos. Y no importa que Jon sea un Targaryan también sobrevivirá. Encontrare esa maldita flor – susurro convencida con la mirada fija en la montaña que la separaba del otro lado del muro.

 

Correteando de aquí para allá perros y pastores vigilaban al heterogéneo rebaño mirando de vez en cuando hacia el bosque, pendientes de los aullidos cercanos de los lobos. Ya fuera el olor o que alguien viera a Nymeria, Arya no llego a salir del bosque cuando las voces de varios muchachos se alzaron.

 

-          ¡Lobo! ¡Lobo! – se gritaban unos a otros haciendo sonar los cuernos.

 

-          Nymeria al bosque – la ordeno Arya en cuanto distinguió el brillo del metal reflejado en la nieve. La loba la miro un instante con las orejas gachas antes de desaparecer.

 

Armados con callados y puñales y sujetando con fuerza las correas de los perros varios pastores se acercaron hasta la linde de bosque. El gesto de sorpresa que mostraban sus caras era todo un poema. La visión de una muchacha hermosa y tranquila en medio del bosque parecía cosa de brujería. Las leyendas de su aldea hablaban de hermosas doncellas que engañaban a los hombres con sus encantos y los inducían a abandonar su hogar solo para matarlos después. Otras leyendas de aldeas vecinas hablaban de mujeres de piel blanca y ojos azules tan bellas que los hombres preferían morir para estar con ellas que seguir viviendo con sus familias. La sorpresa y el temor en sus rostros permitieron a Arya observar más de cerca a los tres muchachos. Todos vestían prácticamente igual, ropa usada y ajada que parecía calentar mil veces más que sus propios pantalones. Dos de ellos debían ser hermanos  o familia ya que las arrugas en su frente al pensar que debían hacer con ella eran iguales y el lunar de sus mejillas eran extremadamente parecidos como si fuera una marca de nacimiento. El tercero era un muchacho moreno de ojos oscuros que tendría que tener su misma edad y era el único que no parecía mostrarla miedo, sino más bien curiosidad. El penetrante olor a lobo que los otros no eran capaces de identificar hizo gemir a los perros angustiados rompiendo aquel silencio. Los dos pastores parecidos se echaron para atrás con los cuchillos en la mano como si esperaran que la chica les pudiera hacer algo. El otro joven sin embargo ni siquiera reacciono, solo cuando la vio sonreír mostrando los pequeños dientes como perlas fue que se atrevió a hablar.

 

-          Acaso eres una Diosa del sur. Eres esa Doncella de la que hablan los septones de las grandes ciudades o eres una hechicera que viene a destruir nuestra aldea.

 

Arya alzo la ceja preguntándose si se reía de ella. “En verdad hay aldeas tan aisladas que no conozcan nada más que el poco bosque en el que habitan”

 

-          Ni lo uno ni lo otro. Solo soy una muchacha – le contesto.

 

-          Una muchacha sola en medio del bosque. Y te tenemos que creer. – La rudeza con que la hablo el hombre y el temblor de sus manos hizo que Arya deslizase la mano en busca de su daga. El olor a miedo era tan evidente que no necesitaba de Nymeria para olerlo ella misma.

 

-          Tomy no creo que mienta y no parece peligrosa. Mírala. Es de carne y hueso y su aliento se evapora en el aire como el nuestro – dijo señalando el vaho que salía de la boca de Arya. – No puede ser una de los “Otros” – intento interceder el muchacho.

 

-          ¡Callate Mikke! Puede que no sea una de los “Otros” pero nadie nos asegura que no sea una bruja peligrosa. – Tomy no dejaba de mirar a Arya con precaución. Había notado como la chica deslizaba las manos y sospechaba que entre sus ropas ocultaría un arma. – Vendrás con nosotros sin oponer resistencia o te haremos daño – la amenazo.

 

Arya estaba dispuesta a ceder. No tenía nada que ocultar hasta que vio como el otro hombre sacaba de su zurrón una soga. Querían maniatarla y eso no lo iba a consentir.

 

-          No he hecho nada por lo que me tengáis que atar como a una criminal.

 

-          Eso ya lo veremos.

 

-          He dicho que no me vais a atar. – Esta vez fue la voz de Arya quien sonó peligrosa mientras desenfundaba la daga.

 

-          ¿Y tú eras la muchachita inocente? Vamos Jona.

 

El otro hombre más joven que se parecía a él se adelanto con un cuchillo en la mano. Solo el muchacho que la había preguntado si era una diosa se mantenía atrás sin saber bien como tratarla. Arya podía ver en su rostro el conflicto que le provocaba aquella situación y de inmediato supo que no podría contar con él. Suspiro.

 

-          Podéis intentarlo – les sonrió con una mueca mordaz en el rostro desenvainando a Aguja. Si pensaban que podían contra un miembro de la hermandad sin rostro se llevaría una desagradable sorpresa.

 

Tomy se acerco lentamente a ella con la soga en la mano. La sombra de su primo se arrimaba cada vez más a él. El cuchillo brillaba contra la nieve cuando la luz le dio de pleno. Un rápido vistazo a la muchacha y entendió que no les sería fácil. La chica era delgada y pequeña comparada con ellos, pero sus ojos mostraban un saber mucho más profundo de lo que podía indicar su edad.

 

-          Ten cuidado – le susurro a su primo. Jona asintió levantando todavía más su cuchillo para protegerse.

 

-          ¡Espera Tomy! – consiguió gritar Mikke, pero ya era demasiado tarde.

 

Ninguno de los tres, ni Arya ni los dos hombres, habían visto el resplandor de la espada cortando el aire hasta llegar a la mano de Tomy. El hombre cayó de rodillas hundiendo su mano en la nieve para calmar el dolor que empezaba a sentir. La sangre que manaba de la herida enseguida hizo un extraño dibujo a su alrededor que se iba agrandando por momentos. La soga que llevaba hasta entonces en la mano callo partida en dos mitades a los pies de Arya todavía sorprendida por lo que había pasado. Miro a su lado y vio la espada de acero valyrio de Gendry goteando sangre. El muchacho únicamente vestido con sus pantalones de cuero negro y su camisa grisácea de lana gruesa sostenía todavía su espada en dirección al otro hombre. Asustado Jona dejo caer el cuchillo a sus pies incapaz de saber utilizarlo contra un arma como aquella.

 

-          Como os habéis atrevido – susurro Gendry temblando por culpa de la ira. Solo la mano de Arya sobre su propia mano le había impedido que dejara caer la espada sobre la cabeza del otro hombre.

 

Los tres hombres no dejaban de mirar con temor la espada que podía matarlos de un solo tajo. Todo el mundo, incluso aquellos hombres que no salían de sus aldeas, eran capaces de distinguir el simple acero del acero valyrio. El miedo se mezclo con la curiosidad por saber quién era ese hombre. Solo las personas importantes, reyes, nobles o grandes caballeros llevaban ese tipo de armas.

 

“¿Sera su amante?” fue el último pensamiento de Tomy al mirar a Arya antes de caer de bruces contra la nieve. Arya corrió hacia el hombre sin hacer caso de la orden de Gendry de quedarse a su lado. El rostro blanquecino era síntoma de una fuerte pérdida de sangre le había enseñado el maestre cuando ella era pequeña.

 

-          Rápido dejadme la correa de vuestro zurrón – dijo alargando la mano hacia Mikke. – Dádmela o morirá – le amenazo al ver que el muchacho no reaccionaba. Por fin al oír la palabra muerte los ojos del chico se posaron en ella entregándole de inmediato el zurrón.

 

-          Por favor piedad – consiguió articular Jona al ver que la muchacha no deseaba matarlos. Solo el hombre seguía apuntándolos con la espada.

 

-          No os la merecéis. Habéis atacado a…

 

-          La mujer de un soldado – le corto Arya intercambiando una mirada con él. Ignorando el ceño fruncido se volvió al chico. – Ayúdame… Mikke – el muchacho asintió al oír su nombre acercándose lo más posible a ella para ocultarse de la espada. – ¡Tu! – ordeno Arya dirigiéndose a Jona – ayúdame también. Ponlo contra el árbol.

 

Con ambos hombres ayudando a su amigo Arya se acerco a Gendry. La mirada distante y el mohín de sus labios no había cambiado en todos aquellos años, se le notaba cuando estaba enfadado. Tras él vio su capa negra pero no había ni rastro de la armadura.

 

“Que habrá hecho con una armadura de 100 monedas de oro” pensó mordiéndose el labio inferior. Se había dado cuenta demasiado tarde que los castillos se habían repoblado por lo que no podría escalar el muro sin que tarde o temprano alguien la viera. El puerto siempre estaba vigilado y la montaña era tan alta que tardaría semanas solo en escalarla. Con una armadura así podía sobornar a cualquier hombre del muro para que la dejara pasar.

 

-          No está. – Los ojos de Arya se volvieron hacia él. – La armadura. La he dejado escondida en el bosque. Pesaba demasiado y tú te mueves deprisa. ¿Por cierto dónde está…

 

-          En el bosque. Era demasiado peligroso. Y todavía no sé como podre cruzar al otro lado – dijo mirando la montaña.

 

-          Pues entonces es hora de regresar.

 

Arya le miro ceñuda. Si había venido solo para llevarla de vuelta volverían a discutir. Gendry solo pudo suspirar y dejo caer la espada. Conocía demasiado bien el temperamento de su amiga y lo único que conseguiría de ella en esas circunstancias sería otra pelea.

 

-          Está bien – suspiro – tienes una semana. Si en una semana no hemos conseguido la maldita flor nos regresamos. Queda claro. Si te tengo que llevar a rastras lo haré.

 

Arya asintió sin apartar los ojos de Gendry. De todas formas tenía de limite una semana para poder encontrar la flor y llevársela a Jon. Si tardaba más… era algo en lo que no quería pensar.

 

-          Por favor piedad. Necesitamos llevarlo a la aldea. Mi primo tiene un temperamento impulsivo pero es buena persona. – La voz del hombre que se parecía al caído rompió la guerra de miradas que aquellos dos se estaban dedicando.

 

-          ¿Piedad?. – Gendry fue a desenfundar su espada. – Podría darle la piedad del guerrero.

 

-          Pero seguro que en la aldea tienen un buen maestre o un sanador que puede ayudarle mejor que tú – interrumpió Arya cogiéndose del brazo obligándole a enfundar de nuevo la espada. Gendry la miro sorprendido arqueando la ceja, pero los ojos de su compañera le decían todo: “cállate y sígueme el juego”.  – Además todo esto ha sido un tremendo malentendido que tenemos que solucionar. ¿Si es posible?

 

-          El padre de Mikke es el jefe de la aldea y mi primo y yo somos los encargados de custodiarla. – El muchacho más joven del lunar en la mejilla extendió la mano hacia Gendry. – Mi nombre es Jona y yo mismo os llevare ante la casa del consejo.

 

El soldado miro con desconfianza la mano a la vez que Arya la estrechaba.

 

-          Arya. Mi marido se llama Gendry.

 

-          Encantado. Él es Tomy – dijo señalando a su primo que la miraba más calmado sumido en lo que debía ser un gran dolor de cabeza y recobrando poco a poco el color – el otro curioso es Mikke.

Capitulo 15 Enemiga o aliada I por yuukychan
Notas de autor:

Bueno ya vi que subi dos veces el mismo capitulo (el 14) pero eso ya esta arreglado. Ahora sí, aquí teneis el nuevo. Disfrutenlo

Para entrar en la aldea había que pasar por un puente que se levantaba sobre 6 anchos pilares bien clavados en el lecho del rio. A pesar de los años que debía tener la aldea la construcción del puente parecía muy reciente, demasiado y algo en su estructura le recordaba a Arya el puente de su infancia. Las fuertes vigas eran muy parecidas a las de Invernalia aunque mucho más pequeñas y la madera suave y recién embarnizada duraría muchos años antes de que el tiempo y las tormentas comenzaran a pudrirla, aunque en el lecho podía verse ya las primeras grietas provocadas por el hielo que se ensancharían poco a poco hasta desquebrajar la madera. Probablemente el puente no durase más de dos inviernos largos, pero era de los mejores que Arya había visto. Su constructor debía sentirse orgulloso. Quien quiera que edificara Invernalia, ya fuera Brandon el constructor como decían las leyendas de la vieja Tata o cualquier otro tuvo que usar magia en las piedras de sus muros para que el puente no se viniera abajo a pesar de los cientos de años que llevaba en pie y sin embargo aquel no había necesitado ningún tipo de magia.

 

Con paso lento e inseguros los dos hombres transportaban a Tomy medio a rastras. El tajo de Gendry había atravesado la mano hasta llegar al hueso y la hemorragia aunque menos no dejaba de sangrar. Casi al pie del puente viendo el reguerito de sangre que había dejado el constante goteo Arya se detuvo y corto un pequeño trozo de su propia capa. Sin mirar a ninguno de los chicos lo sujeto contra la mano del hombre haciendo presión con la correa de Mikke, la mueca de dolor de Tomy era un precio pequeño por parar la hemorragia.

 

-          Mantelo así y dejara de sangrar.

 

En el norte no se moría por culpa de aquellas simples heridas, sino de lo que provocaban. La pérdida de sangre por poca que fuese enfriaba el cuerpo tan rápido que de no calentarlo a tiempo la persona entraba en hipotermia, después en coma y por último la muerte venía a buscarle. Los norteños llamaban a ese tipo de muerte “la sombra de la muerte” porque la persona poco a poco iba tornando su piel de un blanco claro a un negro oscuro. El maestre les explico una vez a Arya y a sus hermanos que eso se debía a que la sangre retrocedía para intentar salvar el resto del cuerpo hasta que no tenía donde retroceder.

 

-          Pero ese tipo de muerte no duele. Simplemente te duermes y ya está. Como si una noche te vas a la cama y no vuelves a despertar – le había contestado la loba. – Hay muertes peores como que te quemen vivo o agonizar por una herida. Si yo tuviera que elegir entre todas ellas me quedaría con la sombra de la muerte.

 

El maestre acostumbrado a las interrupciones de la chica fue a responderle pero fue la dura voz de Ned Stark la que la contesto.

 

-          No mueres durmiendo por placer. Tu cuerpo acaba desmayándose por el insufrible dolor que siente. Notas como tu piel se va muriendo y como ese hormigueo constante pasa del intenso frio al intenso calor y después al dolor. Un dolor que no para por más que lo desees y le reces a los dioses, sino que va en aumento a cada minuto que pasa y tus suplicas se vuelven maldiciones hasta que sientes como pierdes la voz. Si eres débil con suerte te desmayaras en los primeros diez minutos y morirás rápidamente, pero si eres fuerte puedes estar agonizando horas enteras, más que si te hiriesen con un espada. – Suspiro cansado antes de volver a dirigirse a sus hijos. – Aunque podéis salvaros.

 

-          ¿Cómo? – pregunto Bran sentado en el suelo intentando que el miedo no se filtrase en su voz aunque sus ojos se movían inquietos mientras se abrazaba a sus rodillas .

 

-          Amputándoos el miembro. Da igual si es una mano, una oreja o todo el brazo, pero no siempre conseguiréis salvaros. Por lo menos los hombres de la guardia de la noche no lo consiguen y… - sus ojos se clavaron en Arya – mueren. Solos.

 

Arya nunca había visto a su padre mirarla de aquella manera antes. La ira por su inconsciencia mezclada con el temor. Consciente agacho la cabeza y no volvió a interrumpir al maestre el resto de la lección. No hacía ni una semana desde que se escapara cuando la llevo de caza y Jon intento explicarla aquello mismo. Entonces no lo entendió, pero ahora…”Jon podía haber muerto por mi culpa” pensó sintiendo como una gran presión la oprimía el pecho.

 

Al final de la lección, mientras que Bran y Rickon se perseguían el uno al otro jugando con las espadas de madera en el salón de banquetes y Jon y Robb se marchaban entre risas al campo de entrenamiento Arya se acerco hasta la enorme silla custodiada por lobos inmóviles donde se sentaba su padre. El trono del invierno le pareció entonces demasiado grande para ella o para Robb, el heredero de Invernalia según decía su madre, pero no para su padre. Desde ese trono Arya siempre creyó que su padre podía controlarlo todo… aunque el futuro la demostraría lo equivocada que estaba.  

 

-          Lo siento… mucho – consiguió susurrar escondiendo las manos tras la espalda.

 

Ned la miro. Intento seguir enfadado con ella, pero no pudo. Aquella era su hija, su favorita aunque jamás los dioses le oirían decirlo. No es que no quisiera a Sansa, pero ella era una Tully; poco tenía del norte por no decir nada y el resto de sus hijos… Rickon, Bran, Robb todos eran peces en medio de la nieve. Sin embargo Arya, su pequeña, era una loba. Una loba imprudente, caprichosa, demasiado temeraria… “¿Pero acaso no somos así los Stark?. – Pensó en su padre y sus hermanos. Todos muertos por querer desafiar al mundo, ya fuera por honor, por demostrar valor o por haberse enamorado de la persona equivocada. Todos era lobos independientes que encontraron la muerte demasiado pronto. Él era distinto. Era un lobo obediente, paciente, era un lobo de manada. Y sin embargo Arya salió a sus tíos. Lo podía comprender de Jon, el hijo de su hermana con el dragón. Daba gracias a los dioses de que el chico tuviese más sangre de lobo de no haber sido así no quería saber la locura que podía haber hecho Robert Baratheon. Solo lamentaba no poder habérselo dicho a su esposa, Lady Catelyn jamás perdono al muchacho a pesar de ser inocente. – Y aún así solo hay dos auténticos Stark y ninguno heredara el norte. Solo espero que Robb sea capaz de aullar cuando sea necesario”

 

-          Se acerca el invierno Arya. Mantente cerca de la manada o te perderás en la nieve – la dijo revolviéndole la salvaje melena.

 

-          Si me pierdo en la nieve aullare tan fuerte que Jon vendrá a buscarme – sonrió la lobita corriendo tras sus hermanos mayores. Ned suspiro pensando en su hermana. “Es tu vivo reflejo” pensó al verla salir por la puerta. Años atrás Lyanna había hecho lo mismo corriendo tras él y Brandon para jugar a los guerreros solo esperaba que su hija no tuviera su mismo final.

 

 

 

El puente crujió con suavidad cuando el grupo camino por él. El barniz y la madera todavía no se habían asentado por lo que unas zonas crujían más que otras.

 

-          Tenéis un buen maestro constructor por lo que veo – comento Arya acariciando una de las barandillas con delicadeza fijándose en cómo los salmones nadaban rio abajo entre los postes.

 

-          Dos. Dos hombres. Uno se dedica a las casas de la aldea y el otro es mi padre, Cranen. Fue quien construyo este puente, viajo a Invernalia hace muchos años. Por aquel entonces yo acababa de cumplir los 14 veranos y Eddard Stark seguía siendo el señor del norte. Mi padre me conto que al ver el magnífico puente y cruzarlo se enamoro inmediatamente de su estructura. Suplico al maestre que le dijera como podía construirse aquella obra. – Jona intento sonreír bajo el peso de su primo, mientras Arya observaba con atención la compleja estructura. – Al final mi padre volvió a casa con un montón de garabatos escritos del puño y letra de ese maestre. Aunque le advirtió que no sería permanente. La magia que impregnaba Invernalia se perdió en la época de los héroes.

 

-          Debe ser un hombre muy inteligente si consiguió averiguar los extraños galimatías que escribía el maestre Ludwin – susurro. Arya se había acordado mucho del viejo maestro que intento enseñarla la historia de su tierra y al cual casi siempre ignoraba. Todavía recordaba como su larga cadena tintineaba cuando se empeñaba en buscarla para asistir a las clases con el resto de sus hermanos y de cómo ella se escondía en el bosque de dioses ocultándose entre las ramas de los arcianos hasta que la voz enfadada de su madre la llamaba a gritos.

 

-          Perdone no la he oído.

 

-          Vuestro padre debe ser un hombre muy inteligente si averiguo cómo clavar los postes al lecho del rio.

 

Las lágrimas y los sentimientos no la valían de nada en ese momento. Lo mejor que podía hacer por Jon era ser pragmática. Amigos o enemigos le eran indiferentes. Necesitaba cruzar la maldita montaña y provisiones. “Y después de la que hemos armado no  podemos contar con que todo sea amabilidad” La boca de Jona moviéndose le hizo prestarle atención.

 

-          No lo dude mi señora. Pero no fue hasta el invierno pasado que le permitieron intentarlo. El antiguo puente acabo destrozado por culpa de las tormentas que nos tuvieron aislados y nadie más en el pueblo se atrevía. Al final con ayuda de casi media aldea conseguimos detener el cauce del rio con una emparedada que duro el tiempo justo para poner los pilares. Fue un autentico barrizal – le respondió Jona.

 

-          De todas formas para lo que usamos el puente – se quejo Mikke cambiando el peso de Tomy de un hombro a otro.

 

-          Cállate – le ordeno Jona. – Disculpen todavía sueña con ir a la ciudadela en vez de concentrarse en su trabajo. No entiende que jamás podrá ser maestre.

 

-          No entiendo porque. Si lo desea debería intentar conseguir su cadena. – Arya miro a Gendry negando con la cabeza. Todavía era demasiado nuevo en un mundo que apenas conocía.

 

-          No tiene dinero para entrar en la ciudadela. La inscripción es de 50 monedas de oro si el muchacho tiene talento, pero si no es de 500 monedas. Por eso solo los nobles y adinerados mandan a sus hijos – le susurro consciente de que de todas formas la oirían. Gendry se adelanto con la frente ceñuda y los ojos esquivos. Arya conocía aquellos gestos. Estaba molesto. Durante su viaje no solía hablar a menudo, pero la injusticias que veían provocaban en él aquel malestar que acababa contagiándola.

 

El quejido de los labios del herido se entremezclo con el chirriar de la madera y el murmullo de tristeza de Mikke. Tomy estaba tan frio y blanco que de no ser por sus ojos cualquiera podía pensar que se estaba transformando en uno de los Otros, pero todavía podía sentir todos sus músculos.

 

Gendry se volvió un instante antes de apretar el paso.

 

-          Hay que darse prisa. No tiene buen aspecto – “y si muere será un problema”

 

El puente terminaba ante las puertas de la aldea, aunque siendo tan grande Arya no estaba segura de si realmente seguían siendo una o ya eran prácticamente un pueblecito más del norte. Las puertas que se abrían ante ella eran pequeñas y endebles, no eran precisamente lo que protegería la aldea en caso de ataque. Junto a ellas, pegado a la muralla había un enorme barril y al otro lado lejos de su alcance un par de antorchas encendidas sin ningún tipo de función a simple vista. Al pasar por su lado el fuerte olor a aceite no la paso inadvertido echando un último vistazo atrás. El rio era tan grande como el foso que rodeaba Invernalia. “En vez de levantar el puente lo queman” pensó al pasar por las puertas y ver como se cerraban tras ella. Lo último que pudo escuchar fue un largo aullido que parecía llamarla.

 

-          Tranquila pronto iré a buscarte.

 

-          ¿Has dicho algo? – le pregunto Mikke.

 

-          Si. Que antes de ir a casa del jefe debemos ir a la de vuestro ¿maestre?. – Había aldeas y pueblos que contaban con maestres, pero Arya no estaba segura si aquella aldea tenía uno.

 

-          Es una sanadora. El último maestre que tuvimos murió hace 2 años. La mujer vino con él y que le sirvió de ama de llaves aprendió unos pocos conocimientos y es ella quien nos cura. Vive allí – señalo – donde la puerta roja.

 

La casa era una pequeña vivienda de una sola estancia rodeada de jardín. En verano las plantas rodearían la casa, pero ahora la mayoría colgaban de distintas cuerdas secándose al escaso sol del invierno. Al atravesar el jardín Arya reconoció el olor de distintos narcóticos que ella misma había usado en sus misiones. Las lágrimas de lys mezcladas con raíces de loto convertía al veneno en un estupendo detector de mentiras. La persona que lo tomaba era incapaz de mentir por mucho que lo deseara, el problema era la dosis. Si era demasiado poco le dormías y si era demasiado lo matabas. “Recuerda que un hombre muerto se lleva sus secretos” le había enseñado el hombre bondadoso cuando la adiestro en el arte del envenenamiento.

 

La puerta se abrió mientras la muchacha seguía en sus pensamientos.

 

-          ¿Qué ha pasado? – susurro la mujer. La piel envejecida y las canas le recordaba a Arya los cuentos de la vieja tata. Solo la faltaba la verruga en la nariz para ser la bruja malvada que condeno al mundo a los largos inviernos. 

 

-          Nos excedimos. Atacamos a la muchacha pensando que era una bruja y resulto ser la mujer del caballero.

 

Gendry desvió la mirada cuando la mujer se volvió a verle, pero Arya se la mantuvo.

 

-          Una bruja no, pero que no os engañe su bonita cara. Es peligrosa – sonrió la mujer sin dejar de mirar a Arya. – Entrar con Tomy y tú, Jona, pon a calentar el fuego. Mikke ve a ver a tu padre y explícale todo.

 

-          No me fio. También quiero ir – exigió Gendry antes de que Arya le cogiera de la mano.

 

-          Nosotros esperaremos a saber cómo se encuentra el muchacho y luego iremos acompañados de Jona. ¿Si te parece bien a ti? – Ante la sonrisa de la chica el chico solo pudo asentir dejando caer uno de los troncos que llevaba a la chimenea.

 

-          Chica peligrosa – murmuro la anciana meneando la cabeza perdiéndose entre la montaña de frascos que invadía su casa.

 

Con la mujer atendiendo a Tomy, Jona pendiente de avivar el fuego y Gendry afilando su espada con una piedra de amolar Arya se entretuvo en contemplar cada rincón de la casa. Colgados de las vigas del techo miles de plantas se juntaban y chocaban unas contra otras listas para convertirse en medicamentos, ungüentos y tratamientos y cuyo olor agradable pero indefinido inundaba hasta la última parte de la habitación. Sobre estanterías rudimentarias clavadas contra la misma pared descansaban un sinfín de frasquitos de cristal de distintos colores algo desgastados lo que indicaban su larga vida seguramente junto al anterior maestres. Todo parecía bastante limpio aunque muy usado, todo excepto la pila de libros olvidados que descansaba sobre la mesa de la esquina. Aburrida y sin poder hacer nada Arya se levanto y se dirigió a ver qué clase de libros había tenido el viejo maestre que vivió en aquella aldea. Una ojeada rápida entre los libros de historia y antiguas leyendas y vio uno que la interesaba.

 

-          “Plantas de todo el mundo” – susurro casi para sí abriendo el libro por la mitad.

 

Quien fuera el autor que lo escribió había decidido dividir el libro por partes del mundo y había abierto precisamente por su tierra, por Poniente. Línea a línea y grabado a grabado deslizo su dedo por toda clase de plantas conocidas. Desde la hierbabuena trepadora que se usaba como antiinflamatorio y que crecía en el sur en las escarpadas paredes a orillas del mar hasta las flores purpureas de Dorne que crecían entre las yermas montañas y cuya cocción provocaba un sueño ligero útil cuando los enfermos necesitaban descansar. Incluso la rosa azul de su hogar salía dibujada con exquisita perfección. A un lado del dibujo el hombre había escrito que era una de los mejores narcóticos que había en aquella parte del mundo. “Pero crecen tan pocas que ya ni siquiera se usan para este fin” pensó Arya aburrida pasando de hoja el libro. Sus ojos se abrieron por la sorpresa al seguir leyendo. El hombre que escribiera aquel libro había escrito sobre la rosa de los muertos.

 

-          Gendry existe – le susurro a su compañero mostrándole el libro. La flor dibujada ni siquiera estaba pintada. El autor había esbozado las sombras azuladas para dar la sensación de que la planta era de hielo y solo la mencionaba de pasada como una variante de la rosa azul que crecía en lo más profundo del norte.

 

-          No significa nada. Puede ser otra variedad o simplemente que haya escrito sobre una leyenda.

 

-          A veces no eres más idiota porque no puedes – le susurro intentando que nadie más la oyera hablarle así. La anciana la sonrió al pasar por su lado con una venda impregnada de un extraño liquido color ámbar cuyo olor a flores intuía Arya que sería un coagulante para cerrar la herida.

 

Casi era la hora de comer cuando Tomy comenzó a recuperar de nuevo el color. El calor del fuego y las plantas de la vieja no solo le había restablecido sino que le habían inducido un sueño placentero del que parecía reírse en sueños.

 

-          Descansara hasta mañana. El corte gracias a los dioses ha sido limpio – dijo dirigiéndose a Gendry –, pero eliminar la sangre helada de su cuerpo ha sido lo difícil. Debéis tener cuidado con las heridas. – Gendry se limito a encogerse de hombros mientras Arya y Jona asentían. Eran norteños al fin y al cabo, conocían los peligros que el frío traía consigo y también la manera de evitarlos.

 

-          Con Tomy fuera de peligro os llevare a la casa de nuestro jefe. – El caballero le miro incomodo ante lo que pudiera ocurrir si se veían rodeados de aldeanos. – Tranquilo – le dijo como si leyera su pensamiento – la culpa también ha sido nuestra. Juro por los dioses del norte que no permitiré que carguéis con la culpa de nuestro error, ser.

 

Aun con dudas Gendry asintió ciñéndose con fuerza el cinturón de cuero de su espada. El muchacho le miro.

 

-          No iré sin mi espada – le advirtió sujetando con fuerza el puño de Corazón salvaje.

 

Jona se encogió de hombros ante lo que veía una discusión absurda. Ambos hombres salían por la puerta seguidos de Arya cuando la anciana la llamo. Gendry se volvió dispuesto a no dejarla sola con aquella mujer pero los ojos de la chica se lo negaron.

 

-          Ve. – La duda brillaba en los ojos del caballero. – No tardare, tenemos que hablar sobre cosas de mujeres. – Todavía inseguro sin dejar de mirarla el Baratheon salió tras Jona. Un golpe de viento cerró la puerta tras ellos dejando a Arya a solas con la anciana. La muchacha hecho el seguro a la puerta mientras oía las maldiciones de su amigo al otro lado. “Como le haga algo” le oyó gritar antes de volverse hacia la anciana. Tranquila, se acerco hasta la silla que había estado ocupando hasta entonces y se sentó de nuevo. – Ya puedes hablar con libertad; nadie nos molestara. – La mujer sonrió mientras colocaba una silla con facilidad enfrente de ella y se sentaba. Hacía mucho que no veía a una “hermana” y llego a pensar que jamás volvería a ver a ninguna.

 

-          ¿Desde cuándo…? - Arya sonrió de lado inclinándose hacia delante. Si aquella era la primera pregunta era la más absurda, pero la contestaría.

 

-          La forma de secar las plantas, la colocación de los utensilios, las disposición de los objetos... ¿quieres que siga? – Los ojos de la mujer la miraron sin entender. Arya suspiro. Los peores asesinos eran los que no se fijaban en los detalles. – Si fueras norteña todo tu hogar, desde las plantas hasta la distribución de tus muebles, giraría en torno a esa chimenea que solo usas para cocinar – la señalo el amasijo de ladrillos sucios y descuidados que pasaba desapercibido en medio de la habitación. Solo las brasas dispersas de haber tenido encendido el caldero con las hierbas mostraba que se utilizaba. – Sin embargo – continuo – secas las plantas al estilo de Braavos, colocas las sillas siguiendo la dirección del viento como en las Islas del verano y distribuyes tu hogar pegando todo a las paredes como en la ciudades libres. – Arya se cayó. Esperaba que la mujer hablase, la diese la razón o lo negase todo, pero no hacía nada. Estaba sentada frente a ella esperando a que acabase de hablar. “Quiere que vaya al grano. Que le demuestre quien soy” – Además ese rostro no es tuyo.

 

-          Chica lista. Tal vez demasiado – la sonrió la mujer con una mueca triste.

 

La anciana se levanto con facilidad a pesar de que sus huesos deberían estar achacosos por la edad. Junto a la pared cogió un pequeño objeto tapado por un trozo de lana y lo quito. Frente a ella pudo contemplar por primera vez en 6 años el rostro que llevaba cargando como castigo. Un rostro lleno de manchas, arrugas y cicatrices. El rostro de una anciana decrepita a la que solo le faltaba la muerte para cumplir con su existencia en este mundo. “Un castigo demasiado largo” pensó acariciándose la mejilla teniendo en cuenta lo joven que realmente era.

 

-          ¿Qué edad crees que tengo? – la pregunto a Arya sin dejar de mirarse al espejo.

 

-          Tu mascara unos 70 ó 75 inviernos. Tú – se encogió de hombros – lo desconozco.

 

-          Acababa de cumplir mi decimo sexto día del nombre cuando recibí mi castigo. Dentro de poco cumpliré mi vigésimo tercero.

 

Arya se quedo en silencio esperando que la mujer continuara. Si el hombre bondadoso fue quien la castigo el crimen merecía ser la pena escuchado. A ella la dejo ciega durante un tiempo por matar a un hombre ¿Qué habría hecho aquella chica para recibir tan terrible destino?

 

La anciana regreso hasta la silla con el espejo temblando entre sus manos. No había soportado mirarse en uno desde el día en que recibió su castigo y ahora por fin lo había hecho para darse cuenta de que el tiempo por ella no pasaba y no pasaría nunca. Cierto que su cuerpo envejecería aunque nadie podría verlo, su rostro se mostraría imperturbable esperando a que el resto de ella se marchitara como una flor. Ese era el castigo que le había impuesto el hombre bondadoso por su desobediencia. El mismo al que llego a considerar un padre.

 

No era más que una niña pequeña cuando su madre pidió el favor del Dios en el templo del blanco y el negro. Todavía recordaba vagamente el rostro cenizo de ojos claros y cabellos oscuros que la instaba a beber de la copa de plata para que se durmiera con ella. Aun siendo pequeña ella no quería beber. Dentro de su mente no entendía que era la muerte solo que todas aquellas personas se dormían con esa copa a sus pies para no despertar jamás.

 

-          Mama no – gimoteo cuando su madre bebió de la copa y se hecho en uno de los nichos. – Mama no te duermas – la suplico llorando sobre sus rodillas.

 

-          Bebe mi amor. Bebe y estaremos juntas – la instaba su madre medio dormida acariciándola suavemente la cabeza. La niña ni siquiera se dio cuenta de cuando su madre murió, solo dejo de sentir su mano sobre su pelo y decidió quedarse dormida junto a ella esperando que al despertar su madre la sonriera.

 

Unas manos rápidas y unos bufidos de cansancio la despertaron. Al abrir los ojos la niña se encontró con que una chica algo más mayor que ella intentando quitarla los viejos zapatos. El susto y el miedo la hicieron reaccionar golpeándola con todas sus fuerzas en la boca. Las lágrimas de ella y las protestas de la chica al ver la sangre de su labio atrajeron la atención de un hombre mayor que caminaba de un lado para otro de la sala haciendo ruido con un bastón.

 

-          ¿Qué sucede? - pregunto a su alumna aunque fueron los llantos de la niña lo que le llamaron la atención.

 

-          Esta intentado robarme. A mí y a mi mama – sollozo la niña a los pies del cuerpo de su madre.

 

Los ojos del hombre pasaron de la mujer que yacía muerta en el nicho, a la niña y después a su discípula. Aquello era una tragedia para la niña que a pesar de sus sollozos no dejaba de escuchar y observar todo lo que el anciano hacía. Creía firmemente que aquel hombre lo solucionaría todo y le devolvería a su madre.

 

-          Espera aquí muchachita – le sonrió el hombre llevándose un poco más alejado a la otra chica. – ¿Qué ha pasado? – le pregunto a su discípula sin dejar de mirar la dramática escena.

 

-          La mujer acudió a nosotros. Nos pidió el favor del Dios para ella y su hija. Al parecer la niña…

 

-          Una madre no puede elegir por su hija, no importa la edad de está ni lo derechos que crea tener. La vida de una persona es tan sagrada como su muerte ¡¿Cuántas veces tengo que decírtelo?! – la espeto golpeando con fuerza en el suelo con el bastón. 

 

-          Lo sé y lo siento. La culpa es mía señor. La mujer me convenció de que ella sería capaz de irse con su hija y yo la creí.

 

-          Maldita sea encárgate del cuerpo y… - “era hermosa, pero a la vez podía pasar desapercibida” – conserva su rostro, mientras yo me llevo a la niña.

 

-          ¿Qué va ha hacer con ella? – le pregunto la chica viendo como el hombre se alejaba.

 

-          No es evidente. El templo tendrá una nueva servidora. – El ruido del bastón iba perdiendo fuerza para cuando llego hasta la niña. El anciano se puso a su altura todo lo que le permitió su cuerpo sin quitar la sonrisa de su rostro. – ¿Cómo te llamas pequeña?

 

-          Si… ren. Siren, señor.

 

-          Bien Siren yo soy el hombre bondadoso. Soy el que lleva este templo. ¿Sabes en que templo estas? – la niña sacudió la cabeza. – Este templo es la última morada de las personas antes de marcharse. Comprendes que tu madre ya no está aquí. Ella decidió marcharse al mundo de los espíritus. ¿Seguro que conoces a gente que se ha marchado a ese mundo?

 

La niña asintió con la cabeza enjuagándose las lagrimas.

 

-          Mi padre y mi hermano. El mar se los llevo.

 

-          Vaya – “eran una familia de pescadores” – pero tú no te quieres ir con ellos tan pronto ¿no es cierto?

 

-          Si me voy con ellos, si bebo lo que ha bebido mi mama… no me volvería a despertar – el hombre asintió – entonces no. No quiero dormir.

 

Desde ese día entro al servicio del templo y con los años a la hermandad. La niña abandonada, la misma que intento quitarla los zapatos aquel primer día, fue quien la instruyo en el arte de la mentira. Años más tarde cuando el hombre bondadoso la mando vivir en las calles de la ciudad para ver qué era lo que podía aprender descubrió parte de la vida de su madre.

 

Caminando por las calles de Braavos se entero de que un tío suyo, hermano de su padre, seguía viviendo en la casa donde ella se crio. Bajo la apariencia de un pescador descubrió porque su madre suplico el favor del Dios de boca de aquel hombre. Las deudas de su padre y las suyas propias se multiplicaron hasta el punto de tener que prostituirse todas las noches, pero la deuda no bajaba. Desesperada intento pedir ayuda a la familia de su marido que la tacharon de sinvergüenza y la golpearon. Un rico mercader tiroshy de barba de azul se ofreció a comprarle a su hija y la mujer decidió que antes que eso se reuniría con su familia en el otro lado.

 

-          ¿Y no hicisteis nada por ayudar a vuestra sobrina? – pregunto llenando la copa del hombre de cerveza amarga.

 

-          Su madre era una puta, seguro que la niña era igual. El único que valía la pena era mi sobrino y ambos, mi hermano y él, murieron en el mar. Ellas solo eran un estorbo que vivían en esta casa. La casa de mi hermano. Mí casa.

 

El estruendo de la risa del hombre fue convirtiéndose en una fuerte tos que le atragantaba. Desesperado se llevo las manos a la garganta al sentir como el aire se negaba a pasar por sus pulmones. Miro al marinero que tenía delante y como, tan tranquilo desde su silla, le observaba impasible.

 

-          Ayuda – consiguió susurrar en una de sus últimas bocanadas alzando la mano en dirección al hombre, rasgando el aire con los dedos.

 

-          Lo siento, pero solo eres un estorbo – le espeto el pescador levantándose de la silla volcando el resto del alcohol al suelo.

 

La chica llegaba ya al templo cuando muchos otros corrían en dirección contraria camino del puerto. Los gritos de “fuego” y “por los dioses” la acompañaron hasta cerrar la puertas al mundo exterior. Mientras caminaba por el silencioso lugar se sentía extraña. No sabía que nombre darle a aquella sensación. Por fin lo descubrió al contemplar su rostro en el pequeño estanque de agua envenenada que se encontraba a los pies del altar. Se sentía poderosa.

 

-          ¿Qué has aprendido hoy?

 

La voz detrás suya del hombre bondadoso la sorprendió. No le había visto cuando entro y no le sintió moverse hasta que estuvo detrás suyo. Se levanto dejando a su alrededor pequeñas gotas de agua salada.

 

-          Que mi madre no me abandono por no quererme. Sino que porque me quería decidió morir – contesto feliz.

 

-          ¿Y? – insistió el hombre clavando en ella su mirada.

 

Siren se quedo pensativa. ¿Qué más podía contarle? Normalmente con una respuesta el hombre le sonreía y la mandaba hacer otra tarea. Pero en aquella ocasión estaba distinto. Nada en su rostro le delataba, sus gestos eran los de siempre hasta las arrugas de su frente seguían siendo las mismas, pero algo raro había detrás de todo aquello. Algo que Siren no fue capaz de ver.

 

-          Que matar es muy fácil. – El sonido de la bofetada hizo eco en el vacio de la sala. La muchacha se volvió sorprendida por el golpe. Toda su vida había visto como la gente pedía el favor del Dios y ahora la golpeaban por otorgar ese don. - ¿Por qué? – susurro llevándose la mano allí donde la piel la palpitaba.

 

-          La muerte es un don. Por cada vida hay una muerte y por cada muerte una vida. Tú no eres la que eliges a quien matar. ¡No lo olvides nunca o… sufrirás las consecuencias!

 

La muchacha asintió, pero pronto las palabras del hombre bondadoso quedaron en el olvido tras oír la historia de su madre. El resto de días se sintió culpable por haber odiado a la mujer que la dio la vida. Todos aquellos años en los que la había culpado la pesaban más que cualquiera de sus tareas al servicio del templo. Desnudar a los muertos o preparar los cuerpos le empezó a resultar tan macabro como en otro tiempo le fascinaba. Al cumplir su duodécimo día del nombre el hombre al que consideraba como un padre empezó ha hacerla la misma pregunta todos los días.

 

-          ¿Quién eres?

 

-          Una servidora del templo – le contestaba a lo que el hombre apesadumbrado negaba con la cabeza.

 

-          Mientes – le decía aunque lo dejaba pasar.

 

Entre las sombras la niña abandonada los observaba sin dejar de cuestionarse el comportamiento de su maestro. No fue hasta el decimo quinto día del nombre de la muchacha que se atrevió a cuestionarle. Se encontraban en la sala subterránea debajo del templo donde se guardaban todos los enseres que traían consigo aquellos que pedían el favor del Dios de muchos rostros. Las ropas viejas y nuevas de aquella semana descansaban amontonadas sobre la mesa a la espera de ser lavadas y guardadas.

 

-          ¿Por qué se lo consentís? – le pregunto mientras doblaba una túnica de un verde oscuro perteneciente a un espadachín de poco talento.

 

-          ¿El qué? – La pregunta pillo desprevenido al hombre que descansaba sentado sumido en sus propios pensamientos. Los ojos de la niña clavados en él no tenían otra respuesta. Un suspiro se escapo de entre sus labios al contestarla. – Porque la quiero como si fuera mi hija.

 

-          Lo entiendo pero si es así no puede ser parte de nuestra hermandad. No está preparada, ni lo estará.

 

El hombre bondadoso no la contesto. No podía. Era consciente de que su hija adoptiva no era capaz de infiltrarse entre la gente, no sabía mentir, ni comprendía su legado, su obligación; no era un miembro de la hermandad. Cualquier persona que la mirara vería en ella a una chica con un pasado, no a cualquier chica con cualquier pasado. No había conseguido separarse de su vida y todo era culpa suya. El anciano sabía que no había sido tan duro con ella como lo tendría que haber sido, pero era su pequeña pescadera. La misma que le tiraba de la barba y le pedía que jugaran juntos a los pescadores y las sirenas. ¿Cómo podía haberla tratado con dureza si solo había pensado en cómo hacerla feliz? Volvió a suspirar. Su discípula tenía razón, no podía ser una mujer sin rostro.

 

Pero se lo permitió. A pesar de la negativa de todos sus hermanos el hombre le permitió ser una de ellos. En medio de la sala circular rodeado de hechizos y magia, de fuegos y sombras veía claramente la mirada hosca y los gestos de desaprobación de todos los allí presentes y aun así nada pudo hacer entrar en razón a su mente después de verla sonreír al utilizar su primera mascara oficial.

 

Lo cierto es que había intentado explicarla que jamás podría ser uno de ellos hacia solo unos pocos meses cuando se sentaron en la pequeña habitación de debajo del templo donde guardaban los libros. Le había intentado mostrar un mundo más allá de esas paredes, pero los ojos de la chica le atravesaron el alma cuando le imploro seguir en la orden.

 

-          ¡Puedo hacerlo!¡Puedo cumplir con la obligación de la orden! No deseo otra vida – le suplico al borde de las lágrimas. Para ella su mundo era aquel templo, no conocía otra cosa que no fuera la muerte.

 

-          Nosotros no conocemos otra vida que no sea esta. No tenemos identidad, ni familia. No engendraras hijos, ni te casaras nunca. ¿Estás segura de que deseas vivir así? Todavía no has vivido.

 

-          No me importa. No quiero abandonar esta vida, no quiero… abandonar mi hogar.

 

El hombre suspiro al recordar el brillo en los ojos de la joven e intento pensar en la manera de hacerla cambiar de opinión, pero su boca le fallo, le fallo por primera vez en muchas décadas. Y allí estaba de nuevo, frente a él, con el mismo brillo iluminando su rostro esperando a recibir su invitación. Podía haber elegido cualquier otro camino lleno de alegrías y había tomado la decisión de vivir en las sombras. “¿De verdad a tomado la decisión o yo no he podido negársela igual que no he podido negarle nada en todos estos años?” De todas formas ya no podía echarse atrás. Sin vacilación extendió su mano hasta la cabeza de la muchacha. Noto la suavidad de su pelo y el temblor de la emoción recorrerla el cuerpo. Estaba ansiosa y lo sabía. “Primer error. Una asesina no muestra sus intenciones, su estado o sus sentimientos. Es una estatua de piedra para todo aquel que la ve”

 

Pero aun así su boca pronuncio las palabras.

 

-          ¿Quién eres?

 

-          La nada que se esconde en las sombras. El descanso que da el consuelo a los heridos. El dulce veneno que trae consigo la paz de la muerte. Soy la sierva del dios de muchos rostros, del único Dios– respondió la chica.

 

“Segundo fallo. Se nota cuando mientes” pensó echando un vistazo a su alrededor. Él lo sabía y los demás también. Pero eso no le echaría para atrás.

 

-          Pues bienvenida a tu hogar, “joven bella”. Ya eres miembro de los hombres sin rostro. Vivirás y morirás por la orden hasta que yo, el hombre bondadoso el actual líder, te diga lo contrario.

 

Las palabras ya estaban dichas, el juramento pronunciado, el “si” a regañadientes de los presentes sentenciado. Ya era a los ojos de la hermandad y del mundo una de ellos.

 

Ahora allí frente a todos los miembros podía notar el malhumor de todos los allí presentes. No la consideraban uno de ellos y Siren no se lo podía reprochar, pero estaba decidida a demostrarles que ella también era una mujer sin rostro. Cuando el maestro bondadoso puso la mano sobre su hombro se sintió segura. Ya no había vuelta atrás y en pocos días recibiría su primera misión, su misión de iniciación. 

 

-          Si, ya. Pero qué hiciste para acabar siendo una vieja decrepita con apenas 22 años – le corto Arya. Nunca había soportado las clases de historia del maestre ni los cuentos de amor y doncellas de la vieja Tata y la historia comenzaba a tomar aquellos rumbos.

 

-          Algo bastante ridículo si lo pienso – sonrió con tristeza la anciana. – Me enamore.

 

-          Si bueno… - “me lo tenía que haber imaginado” se dijo a sí misma apartando la mirada de anciana mujer.

 

-          Me enamore de mi primer encargo. Traicione a la orden por algo a lo que en aquel momento ni siquiera supe darle nombre.

 

La anciana se quedo mirando el vacio que la separaba de Arya como si allí, en aquel sucio suelo lleno de pisadas y vendas pudiera ver lo que la sucedió. La chica loba la miraba de soslayo rumiando las palabras de la anciana. “Algo que no supe darle nombre”. Meneo la cabeza, ella si se lo daba. Quería a Jon y lo quería proteger porque era su hermano, por nada más.

 

-          Nada… más – se repitió en voz baja clavando la vista en sus manos.

 

 

Notas:

Bueno y hasta aquí por hoy XP


 

Capitulo 16 Enemiga o aliada II por yuukychan
Notas de autor:

Siento la tardanza pero ya estoy aqui de nuevo XP

Ajena a los pensamientos de la chica la anciana siguió contando como de la noche a la mañana su vida se evaporo tras una máscara. La primera misión que le había dado el hombre bondadoso era sencilla, demasiado sencilla hasta para ella. Solo tenía que asesinar al hijo mayor de un doctor en represalia por las miles de muertes que se había cobrado el padre; por poner precio a la muerte.

 

Una fuerte epidemia de peste había asolado la isla de Braavos dejándola aislada durante meses. Las calles que antes vibraban con el griterío y las risas de la gente quedaron ensordecidas con moribundos y pobres deambulando por sus calles. Los violadores, ladrones y asesinos acampaban a sus anchas entre casas vacías y hogares destrozados aprovechándose de los más débiles. El numero de prostitutas y cortesanas asesinadas en los muelles aumento hasta tal punto que las autoridades no podían apagar el gran cremador de Braavos; las aguas, negras como el hollín de las hogueras, corrían contaminando todo a su paso a través de los canales de la zona más pobre de la ciudad, pronto otras enfermedades sin nombre se cebaron entre los marginados.

 

Los cadáveres se amontonaban hasta que días más tarde varios marineros pentoshys fueron arrestados cuando intentaron matar a una cortesana a palos cerca de la plaza del mercado. Un niño asustado al ver la sangre de la mujer corrió en busca de los guardias que protegían la ciudad.

 

-          ¿Qué demonios creéis que estáis haciendo? – les grito un miembro de la guardia cuando por fin los atrapo antes de que mataran a la mujer.

 

-          Aunque follemos con estas putas si luego las matamos no nos contagiamos. El mal muere con ellas así que quíteme las manos sucio perro braavosi.

 

Los dos marineros acabaron con los dientes partidos y condenados a muerte en medio de la plaza pública. Tal vez si hubiese sido una prostituta más la cosa no hubiera ido a mayores, pero las cortesanas eran un tesoro para la Isla a la misma altura que el banco de Hierro o el comercio. Los impuestos de las cortesanas aportaban una tercera parte del dinero de las arcas del Estado, incluso había años en los que la mitad provenía de ellas. Muchos príncipes y reyes iban solo a Braavos a gozar de la compañía de esas damas; una afrenta contra ellas era una afrenta contra la Isla y el precio era la muerte. Normalmente la condena se ejercía según su condición social. Aquellos que provenían de noble familia solían ser ajusticiados cortándoles la cabeza en privado, sin embargo los aldeanos y comerciantes eran condenados públicamente a la horca mientras que los pescadores, marineros y piratas recibían su muerte ahogados en el propio mar por el que surcaban.

 

Aquella vez fue la excepción, los dos hombres colgados de la soga se movían mecidos por el aire bajo la mirada de unos pocos testigos, los únicos que se atrevieron a ver la ejecución a pesar del temor a contagiarse. Los cuervos festejaron el banquete durante días antes de que los mismos ciudadanos suplicaran al gobierno que los bajase; el olor a muerte y podredumbre de las calles ya era insoportable sin además tener que aguantar el olor del los cadáveres al sol. La mañana en la que un par de soldados aquejados y malhumorados por tener que ejecutar la orden descolgaron a los hombres si es que todavía podía llamárseles así. No quedaba prácticamente nada de sus rostros que los identificara. Las cuencas vacías de los ojos dejaba ver restos rosáceos y secos mientras que las mejillas carcomidas se fundían con el hueso que yacía debajo raido a picotazos, los colgajos amarillentos de lo que fue la piel de dos hombres de apenas veinte años caían sobre el cuello ennegrecido por la podredumbre. Era un espectáculo grotesco de colores que tenía como colofón final las barbas descoloridas y manchadas por la sangre reseca que les daba algún origen a aquellas calaveras.

 

Tras más de una veintena de sentencias el gobierno intento varias medidas para controlar las olas de muerte que producían los marineros extranjeros, pero al final no pudo hacer otra cosa más que parar el comercio y cerrar el puerto a los barcos mercantes hasta que la epidemia desapareciera; solo los pescadores podían salir para alimentar a sus familias y conciudadanos y no más allá de dos kilómetros mar adentro. Las quejas del gremio de comerciantes quedaron olvidadas cuando el número de muertos en las calles disminuyo drásticamente de la noche a la mañana.

 

-          Al final la peste no se está llevando a tantas víctimas como creíamos – dijo Siren mientras repartía los últimos mendrugos de pan entre los más desfavorecidos. Su túnica negra y blanca se ondeaba con el viento que la traía el olor a sal del puerto y se metía en sus recuerdos mostrándole unas manos rugosas y ásperas.

 

-          La muerte no se lleva a la gente por placer, el hombre sí. Y la mejor escusa que ha creado para matar es el miedo, no lo olvides niña – le explico el hombre bondadoso poniendo una mano sobre su hombro. Por un momento la chica se fijo en la mano. No. No era la que recordaba. Era incapaz de recordar el rostro de sus padres o el de su hermano, pero había cosas que su mente no podía olvidar y cada vez la recordaba con más frecuencia. Las fuertes manos del hombre que la cogía en brazos y la lanzaba al aire las recordaba a la perfección, la voz de su madre cuando la cantaba de pequeña al acurrucarse junto a ella o la sonrisa de su mano y la forma de alborotarla el pelo. Al ver su rostro el hombre bondadoso se paro ante las escaleras del templo. - ¿Quién eres?

 

-          Nadie – le respondió Siren como siempre. El hombre meneo la cabeza y siguió subiendo dejándola sola, no entendía como podía saber que mentía cuando ni ella misma lo sabía.

 

Durante meses el comercio, los barcos, el mercado, incluso los burdeles que había sobrevivido a todo tipo de epidemias cerraron a la espera de que aquella peste remitiera. Nadie salía de su casa por miedo a contagiarse si se encontraba con algún vecino y aun así pronto más de las tres cuartas partes de la ciudad cayó presa la enfermedad. Los primeros en caer eran los adultos que los dioses sabrían porque se recuperaban al menos la mayoría, pero la enfermedad se cebo con los niños. De cada 10 niños que se contagiaban apenas 3 conseguían sobrevivir a duras penas. El llanto de las madres fue la música de fondo que invadió Braavos durante más de cinco meses.

 

Por fin cuando la enfermedad en los adultos pareció remitir se volvieron abrir una pocas posadas, aquellas en las que no había ningún niño en sus hogares. Solo Winra, una antigua hija de familia noble que se caso con el dueño de la posada “la sirena mojada”, abrió solo unos días después de que su hija y su marido murieran. Ahogada en las lagrimas salió vestida totalmente de negro a pintar el portón de su puerta del mismo color.

 

-          No crees que es demasiado pronto. Al menos permítete llorar, Win. Él lo entendería – le intento consolar Ellen, una antigua amiga de su época noble y la única que permaneció a su lado sin importarle las consecuencias.

 

Desde que se casara con alguien tan inferior a ella todo el mundo la dio la espalda. A nadie le importo lo que sintiera su corazón o si necesitaba ayuda en su nueva vida, pero jamás la importo. Solo la molesto que sus propios padres se negasen a conocer a su nieta y aun así no se lo reprocho jamás. Casarse con Will fue el mayor error de su vida y el único que volvería a cometer cien veces. Le conoció la tarde en que ella y su amiga de la infancia se escaparon para ver a aquellos hombres oscuros como la noche que venían a instalarse en la ciudad. Normalmente la alta sociedad apenas salía de su parte de la ciudad y Winra jamás había conocido a nadie que tuviese un color de piel distinto del suyo.

 

-          Será toda una aventura no te eches para atrás ahora – la reprocho a su amiga Ellen que se resistía a cruzar el puente que las separaba de la zona media de la ciudad. Los ojos verdes esquivos de la chica, la manera de morderse el labio y la forma de atrapar su larga melena castaña tras las orejas, Win lo sabía, estaba tan nerviosa que ni siquiera podía temblar. – No nos pasara nada. Echaremos un vistazo rápido y volveremos. Te prometo que antes que toquen las campanas estaremos en nuestras casas. – Al final tras un largo suspiro Ellen accedió.

 

Inseguras y a la vez emocionadas recorrieron las calles de la ciudad hacia el puerto principal de Braavos. Elfuerte olor a pescado y especias casi hace vomitar a Ellen incluso antes de llegar. Winra sin embargo adoraba aquellos olores como un preso adora los rayos del sol, para ella significaban libertad, aventuras, vivir una vida al fin y al cabo.

 

El barco procedente de las Islas del verano descansaba amarrado en el puerto cerca de dos navíos pentoshys y una fragata de la ciudades libres del otro lado del mundo, la arpía dibujada en el casco era tan horrenda que Win sintió un escalofrió recorrer su espalda. Fuera quien fuera aquella gente sus dioses no la gustaban. El griterío de los marineros mezclados con las canciones malsonantes que salían de las tabernas emboto el aire alrededor de las dos muchachas que tras pasar la última calle que las separaba del puerto se quedaron perdidas en un mar mucho más complejo de lo que podía ser su mundo. Escondidas entre los barriles vieron aquellos hombres negros de los que las hijas de la alta sociedad no dejaban de hablar soeces. Los ojos de las muchachas se agrandaron al ver como uno solo de esos hombres, grandes como árboles y fuertes como toros descargaba uno a uno los pesados barriles de especias cuando la mayoría necesitaban a dos hombres para subirlo de la bodega y después bajarlo al muelle. Ellen los miraban con cierta aprehensión pero para Winra habían resultado ser una total decepción.

 

-          Solo son hombres. Pues vaya. – Su voz decepcionante y algo chillona hizo que Will se diera la vuelta para contemplarla. No era la primera vez que las mujeres se escondían para verlos, muchas de ellas acababan calentándoles las sabanas por las noches antes de partir al día siguiente. El hombre al ver a la muchacha de piel de porcelana y cabellos de trigo esbozo una sonrisa burlona que Ellen no paso por alto.

 

-          Creo que se ríe de ti – la comento señalándole disimuladamente. Algo en los ojos de su amiga la advirtió que debía haberse callado. Antes de que pudiera impedírselo la chica ya estaba totalmente de pie encarándose al hombretón que, de seguro, podía partirla por la mitad si se lo proponía.

 

-          Y tú de que… - Winra no pudo evitar quedarse callada al ver como el hombre se quitaba la camisa. Los brazos eran tan grandes que podrían levantarla con una sola mano si se lo propusiera y el sudor de su pecho le hacía brillar como una estatua. “Eso es a lo que me recuerda a las estatuas del templo” pensó de repente al acordarse de las enormes estatuas de mármol blanco y negro que decoraban el templo de los siete. La sonrisa superior que la dedico aquel gañan la hizo enfermar de cólera. – No eres más que un animal. Un sucio y feo animal.

 

-          Si. Pero esta noche soñaras conmigo – le respondió el hombre acariciando el rostro de la chica hasta llevar un dedo a sus labios. “Son tan suaves y rosados” deseo poder besarlos y morderlos.

 

La caricia la pillo de improviso aunque Win no retrocedió, al contrario, se acerco más al hombre hasta rozar casi sus labios con los suyos. Cuando sintió el aliento del él contra su nariz y el pulso acelerado de su pecho una sonrisa traviesa se le dibujo en el rostro. Casi podía oír el grito ahogado de Ellen llevándose las manos a la boca cuando le beso. Un beso largo e inexperto pero que le hizo alterarse al hombre al notar como sus fuertes manos la agarraban con ansia su pequeña cintura. “Un poco más y es capaz de rodearme entera. Y yo apenas si puedo rodear su brazo con las dos manos” pensó al deslizar su mano por aquellos cincelados músculos. Despacio, guiándolo con suaves movimientos le dejo de espaldas al mar con el sol dándole por detrás dejando a la vista aquella radiante sonrisa que iluminaba su rostro. Con los ojos clavados en sus labios se deshizo de las poderosas manos llevándoselas al rostro para rozarlas con su mejilla. Cerró los ojos un momento pensando en la dureza de sus manos, no eran unas manos delicadas pero eran tan calientes…. Al abrirlos se encontró de frente con las oscuras pupilas de aquel hombre. “Azul y negro extraña aunque hermosa combinación ” pensó. La sonrisa malévola volvió a sus labios al ver el deseo en los ojos de él.

 

-          Serás tú quien no pueda dejar de soñar conmigo – le susurro en el oído antes de empujarle al agua.

 

La gran salpicadura llamo la atención de varios marineros que paseaban por allí ebrios a pesar de las horas de la mañana. Las miradas y risas burlonas que le dedicaron hizo pensar a la muchacha lo enfurecido que debía estar el hombre. Win esperaba ver la ira reluciendo en aquellos oscuros ojos sin embargo el hombre después de la sorpresa inicial solo la miraba con la misma sonrisa traviesa.

 

-          Eres un imbécil y un animal – le grito enojada. No entendía porque se sentía tan furiosa contra aquel bruto.

 

-          Puede – la contesto chapoteando hacia el muelle – pero tú vas a ser mi mujer.

 

-          Jamás bruto descerebrado. Nunca sería la esposa de un arrogante como tú. Eres tan débil como… una sirena. Mírate ahí mojado pequeña sirenita – se burlo poniendo los brazos en jarras. Aquel hombre la sacaba de sus casillas.

 

Después del escándalo Ellen no pudo seguir quieta. Pronto las campanas tocarían la hora de misa y debían estar en sus casas para acudir con su familia, además estaba segura de que de seguir así alguien las reconocería. Su padre y el padre de Win eran nobles por derecho propio y sus fortunas venían de generaciones atrás, pero si se mantenían eran porque ambos trabajaban para el banco de hierro e invertían en el comercio. Allí entre todos esos sucios marineros no creía que ninguno pudiera conocerlos aunque tampoco quería tentar a la suerte.

 

-          Vámonos de aquí Win antes de que montes más jaleo y te reconozcan – la regaño cogiéndola de la mano y llevándosela a rastras.

 

-          Con que Win ¿eh? Perfecto – se rio el hombre saliendo del agua. – Win, la señora de William Bount. No lo olvides mujer que será mía – la grito al ver como ella y su amiga corrían entre la gente perdiéndose en el laberinto de aquella ciudad. Lo último que logro a ver de aquella chiquilla fue su sonrisa ladina.

 

Ellen y Winra atravesaron el puente tan rápido como sus pies se lo permitieron. Al otro lado Ellen suspiro tranquila, se sentía segura y a salvo pero Win lo sintió como una cárcel sin paredes cuyos grilletes tenía los nombres de obligación, honor, deber, modales, familia, familia política, cuchicheos, mentiras, hipocresía… Una mentira dentro otra mentira. Que diferente era al otro lado del puente donde lo mismo se vivía de distinta forma. Su padre siempre la había dicho que la libertad empezaba y terminaba con el dinero. Qué razón tenía. Contra más dinero menos libertad.

 

Apresuradas, corrían en dirección al gran septo de Braavos donde la gente comenzaba a reunirse y a cuchichear en pequeños grupos. Pronto comenzarían las oraciones y si sus familias no las veían allí habría represalias en forma de tareas de bordado y largas charlas con las damas más aburridas de la alta sociedad, las señoras de oro o como las jóvenes las llamaban “las cotorras de estaño”. Ellen gritaba y divagaba delante de Win sin que esta la prestara atención.

 

-          Estás loca Win como te has atrevido a besarle. Es la última que te hago caso. ¿Qué habría pasado si ese bruto llega a… bueno… a hacerte algo? Win… Win… ¡Win me estas escuchando!

 

-          Que si – la contesto la chica cansada de sus gritos. – Que es la última vez que salimos de aventuras. – “Pero…- se llevo la mano a los labios – ha sido tan…” ni siquiera su mente era capaz de darle un nombre a eso.

 

Solo un par de semanas más tarde sus pies la condujeron al mismo puerto del que jamás volvió a salir. Había encontrado la felicidad entre el mar, la sal, los barcos y sus labios. Su familia la intento estigmatizar. Todavía recordaba como su padre apareció la mañana de su unión intentando sacarla de aquel lugar. Las palabras dulces y comprensivas se borraron al ver los nudos que el sacerdote había hecho a las pulseras rojas de compromiso atándolas en señal de unión.

 

-          Has traído el deshonor a nuestra casa – fueron las últimas palabras de su padre. Win lo hubiera dejado así pero su marido era demasiado cabezota.

 

-          Discúlpeme señor, pero el deshonor se va por esa puerta de mi casa ahora mismo – le contesto señalando la misma puerta por la que el hombre salía.

 

-          Moriréis – le aviso a su hija. – Has cambiado el pan blanco por el mendrugo rancio y… – miro con desprecio de arriba abajo al hombre –  negro.

 

Sin decir palabra el anciano hombre salió dejando tras él las lagrimas contenidas de Win. No esperaba que la comprendiera, pero tampoco que la repudiara de aquella manera. Will se sentó a su lado secándole una de las lagrimas.

 

-          No puedo prometerte riquezas, pero jamás te faltara de nada. Te lo juro. – Win asintió enjuagándose las lagrimas. Si su familia no la aceptaba a ella y a su marido no se merecían ni siquiera sus lagrimas.

 

-          Confió en ti – le sonrió apretando su puño entre sus manos.

 

Win se enjuago las lagrimas que corrían por sus mejillas al ver el fruto de su marido. Aquella taberna “la sirena mojada” era el resultado de lo mucho que trabajo Will. Todavía recordaba los miembros cansados y el dolor de espalda con el que llegaba después de estar trabajando desde que el sol salía por el horizonte hasta que se ocultaba allá a lo lejos tras las grandes colinas de la isla.

 

-          No. Mi marido no desearía que su sirenita también falleciera por culpa de esta maldita enfermedad. Además – se enjuago las lagrimas que amenazaban con salirse de sus ojos y se recogió los mechones rubios que se escapan de su moño – la muerte por lo menos nos iguala. También los nobles tienen que estar sufriendo.

 

Ellen sabia que debería callárselo que era un secreto a voces entre los nobles, pero el resto del mundo no sabía nada. No estuvo nunca segura si fue el ver el pequeño retrato de Miriem, la pequeña hija de su amiga que llevaba su segundo nombre, o la ira ciega que le producía todo aquello que lo soltó.

 

-          Los nobles ya no sufren. Hace más de dos o tres meses que ningún niño muere ya.

 

Los ojos de Winra se abrieron al escuchar las palabras de su amiga. ¿Cómo era aquello posible? Solo se le vino a la mente una explicación, Sten. El hombre al que dejo por elegir a Will. Cuando salían él no era más que un aprendiz de médico, pero sabía que era un excelente doctor y un feliz padre de familia, pero nunca creyó que lograra crear aquello que él llamaba vacuna. De todas formas necesitaba preguntarlo, que Ellen se lo confirmara.

 

-          ¿Sten…? – la mujer asintió. – Entonces porque no ha curado a todos los niños.

 

-          Por… el dinero. La vacuna – se atraganto, la costaba decir aquello. Después de respirar intento seguir – la vacuna cuesta 60 monedas de oro por niño. – Ellen se cayó. Esperaba que su amiga reaccionara pero su silencio la intranquilizaba más. Por fin la vio abrir la boca sin llegar a decir nada. Varias veces hizo lo mismo hasta que al fin las palabras consiguieron salir de su boca.

 

-          Mi hija… mi marido… valían 120 monedas de oro – consiguió decir al tiempo que se notaba caer.

 

El duro suelo raspo sus rodilla al tiempo que el frio la recorrió. No supo en qué momento le fallaron las piernas solo que sentía su cuerpo muy pesado, tanto que la costaba trabajo hasta respirar. La voz de Ellen la llego desde lejos y se dio cuenta de que no la veía. Tenía los ojos cerrados y la cabeza aletargada. Las palabras de Ellen acudían a su mente pero en ella veía el rostro de Sten el día en que le confesó que no le amaba.

 

-          ¿Y qué? – le había contestado. – Llevamos juntos más de un año. Casarnos es el siguiente paso. El amor vendrá después.

 

Pero Winra ya estaba enamorada y encinta. Las dos cosas por las que su mundo cambiaria tan rápido de la noche a la mañana.

 

Los gritos de Ellen al fin traspasaron la neblina de su mente haciéndola abrir los ojos a la realidad.

 

-          Por fin. Pensé que no despertabas. Estás….

 

-          ¿Cuántos han muerto por culpa de ese bastardo? – la corto Winra clavándose las uñas en la palma de las manos. – Centenares, millares… yo solo me conformo con una. La vida de su hijo.

 

En un ataque de locura, de rabia, de desesperación o una mezcla de los tres se presento ante la casa del negro y el blanco. El dolor crispaba tanto en su interior que las palabras tardaban en salir.

 

-          Quiero la muerte del hijo del docto Sten – suplico de rodillas ante el altar donde estaba sentado y meditando el hombre bondadoso. Nadie en Braavos conocía a la hermandad solo los más ricos y poderosos sabían de ella. El resto le rezaba a un dios desconocido que traía el consuelo a sus vidas.

 

-          ¿Por qué mujer? – le pregunto el Hombre bondadoso sin apartar la vista del suelo. - ¿Por qué un niño?

 

-          Porque el grito de las madres y padres de Braavos tiene que ser escuchado. Ese hombre podía haber salvado a muchos niños, hombres y mujeres y no lo ha hecho. Si era cierto lo que decía mi padre y la libertad la da el dinero también lo es que el dinero compra la vida.

 

-          ¡No blasfemes señora!. La muerte no hace distinciones.

 

-          Pero en este caso sí y los ricos la han comprado.

 

Sin mediar palabra el hombre bondadoso se levanto dejando a la mujer sola con sus plegarias. Las palabras de la mujer todavía rondaban su mente cuando fue a ver a su discípula en la lavandería debajo del templo.

 

-          Niña abandonada conoces a un doctor llamado Sten

 

-          Si señor.

 

-          ¿Qué sabes? . – Esperaba que la mujer se equivocara.

 

-          Que se cree Dios. Mientras otorgaba el don a la familia Monartsi por orden vuestra le escuche bromear en una de esas fiestas de la alta sociedad.

 

-          ¿Qué decía?

 

-          Bromeaba y se reía. Decía que la muerte por fin tenia precio y que solo los ricos podían comprarla.

 

-          Comprendo – asintió el hombre bondadoso acariciándose la barba. Al día siguiente a Siren le otorgo su primera misión. Cumplir con la petición de la mujer, condenar al padre matando al hijo.

 

Aquella noche era perfecta. La luna jugaba con las estrellas a esconderse tras las nubes dejando a la noche en completa oscuridad. Nadie sospecharía si un muchacho ebrio con su primera fiesta en la alta sociedad acababa muerto, ahogado por accidente en una fuente publica al no poder controlar la sed. Siren le esperaba escondida tras las sombras al acecho como un depredador listo para atacar. El muchacho venía acompañado por un par de hombres que le doblaban la edad y que se separaron de él al ver por allí a unas cuantas cortesanas ligeras de ropa. En silencio y algo atolondrado el chico avanzaba por el camino que conducía a su casa. Siren estaba a punto de atacarle cuando un repentino haz de luz la ilumino el rostro justo cuando estaba delante de él.

 

-          Eres preciosa – la dijo de repente el muchacho dejándola paralizada. ¿Cómo podía matar a un chico que le acababa de hacer un cumplido? Su primer cumplido. Sonrojada de repente solo pudo darse la vuelta para marcharse. “Mañana. Lo matare mañana” se dijo a sí misma. Caminaba deprisa a pesar de la insistencia del chico por querer hablar con ella.

 

-          Espera cómo te llamas – la pregunto cuando la logro alcanzar.

 

-          A ti que te importa – le espeto Siren intentando deshacerse de su mano.

 

-          Me gusta saber el nombre de la muchachas hermosas.

 

-          Pues te sabrás muchos nombres después de esa fiesta a la que has ido ¿no?

 

El muchacho sonrió.

 

-          La verdad es que no. Muchas sonrisas y ojos por aquí y ojos por allá pero dentro de esas cabezas solo se podía oír el zumbido de las abejas. Sin embargo detrás de tus ojos hay todo un mundo. Por cierto mi nombre es Ben – dijo estirando la mano. Insegura Siren se dio la vuelta no sin antes murmurar en bajito su propio nombre. Al llegar al templo se arrepintió de habérselo dicho. Era una mujer sin rostro, era la “joven bella” ella no tenía nombre, ella era nadie.

 

Pero lo cierto es que no supo en qué momento, después de aquella conversación, empezó a interesarse por él. Intento matarle tres veces más pero jamás logro hacerlo. Siempre esperaba hasta el último momento para que él la descubriera entre las sombras.

 

Después de un mes entero sin que la misión se cumpliera el Hombre bondadoso no pudo pasarlo por alto, ya no tenía más escusas que darles a sus hermanos. Aquella misma tarde mientras comían en el comedor del templo el hombre la dio un ultimátum.

 

-          Siren debes matar al muchacho.

 

-          Lo haré hombre bondadoso. – Ya no era una niña, hacía tiempo que ya no le llamaba padre.

 

-          Siren… - suspiro – mientes. La niña abandonada lo hará por ti – dijo mirando a la chica que comía al lado de ellos silenciosa como una sombra - y tu… tendrás que volver a entrenarte. No puedo revocar tu ingreso pero si castigarte. No estarás dentro de la orden hasta que no seas capaz de cumplir con tu obligación. Niña lo quiero muerto hoy – le ordeno a la niña abandonada antes de levantarse de la silla. Nada más salir por la puerta la chiquilla se levanto tras él.

 

-          Nos vemos tras la misión Siren – se despidió dejando a la muchacha sola.

 

Siren sintió como si una bola se hinchase dentro de su pecho impidiéndola respirar. Si la niña abandonada salía del templo antes que ella jamás podría evitar que Ben muriera. Jamás antes había tenido la necesidad de volar, pero en esos momentos deseaba ser un cuervo, una paloma o incluso una de esas gaviotas que tanto odiaban los pescadores por robarles el sustento. Atravesó el laberinto de calles que constituía la ciudad de Braavos hasta llegar al parque donde se encontraba con Ben. El muchacho se encontraba sentado en uno de los bancos con un hombre que se le asemejaba más mayor que él. La confianza con la que se trataban y las sonrisas cómplices solo podían hacer del desconocido su padre. Ajena a cualquier pensamiento de cordura se acerco al chico corriendo agarrándole de la manos bajo la mirada aterrada del hombre.

 

-          Tienes que irte – le grito arrastrándole por las manos lejos de su padre. – Tienes que irte antes de que venga.

 

-          Espera Siren ¿que venga quien?. Aquí no hay nadie salvo yo y mi padre – la contesto tratando de calmarla. Sosteniéndola del brazo se acerco hasta su padre que les miraba con el ceño fruncido. – Padre esta es la muchacha de la que te hablaba.

 

-          Es hermosa Ben no te lo discuto. Pero no deja de ser una pobretona. Disfruta cuanto quieras pero no te hagas ilusiones.

 

Aquella conversación debería haberla molestado pero en esos momentos ni siquiera ese desprecio la dolió. El brillo del cuchillo que vio desde el otro lado del parque nublo su mente. Ni siquiera fue consciente de cómo su cuerpo agarraba el brazo de Ben tirándole hacia ella. El silbido del arma cortando el aire fue más sonoro que cualquier grito que ella pudiera hacer. Los ojos del padre de Ben se abrieron como platos al volverse. Intento ver de dónde venía el cuchillo mientras abrazaba a su hijo.

 

-          Te marcharas de Braavos. No estás seguro aquí.

 

-          Pero padre yo…

 

-          Los hombres sin rostro quieren tu muerte y no se lo permitiré. – Sus ojos se clavaron en Siren. – Ahora entiendo tu interés por mi hijo.

 

-          Señor yo… - Siren intento defenderse pero el hombre la mando callar con solo una mirada y continuo como si nunca le hubiera interrumpido.

 

-          Sospecho que tu trabajas para ese maldito templo. Asegura a tu amo que salvare tantas vidas como pueda si perdona a mi hijo. Y ahora lárgate y aléjate de nosotros, asesina.

 

-          Señor… Ben… . – El muchacho la contemplaba por primera vez con esos ojos de terror. No veía en ella a la chica de la que se estaba enamorando sino a la asesina que quería matarle. – Ben. – Al ir a tocarle el muchacho se aparto por instinto.

 

Dolida Siren se levanto y se marcho sin volver la vista atrás. “Si lo hago llorare” se dijo mirando al frente con la cabeza lo más erguida posible. No sabía que la esperaría en el templo pero no temía al castigo, no creía que nada pudiese hacerle más daño. Que equivocada estaba.

 

Cuando sus pies recorrieron los familiares peldaños de la entrada del templo tenía que haber notado que algo iba mal. Las puertas abiertas de par en par la invitaba a entrar en la boca del lobo y ella se metió de cabeza. El eco de su pisadas en las baldosas del templo resonaron por toda la sala repleta de cadáveres a los que nadie atendía. No había ningún discípulo. Al llegar al centro de la sala vio como de entre las sombras salían trece personas encapuchadas rodeándola casi al instante. Tuvo miedo hasta que escucho la voz del hombre bondadoso procedente desde el altar.

 

-          Dejad que se acerque – ordeno a las personas para que la abrieran paso.

 

-          Hombre bondadoso, padre, el señor Sten se arrepiente. Enmendara las vidas que se ha llevado a cambio de la de su hijo. Por favor acepta el trato.

 

-          Siren el chico ya ha muerto. La niña abandonada cumplió con su deber hace ya varios días.

 

-          Es imposible. Yo… me he estado viendo con él – susurro cayendo impotente de rodillas al suelo.

 

-          Lo sé. No soy ciego niña. Pero el muchacho con el que te has visto ya no era el hijo del doctor. El chico que has visto es un discípulo que tiene como misión asegurarse de que ese hombre no vuelva a poner precio a la muerte por lo que le reste de vida.

 

La muchacha se llevo las manos a la boca ahogando el grito que la desgarraba la garganta. No podía creer que su vida fuera a peor. Acababa de perder al muchacho al que amaba. El carraspeo del hombre bondadoso la devolvió a la realidad. Le encontró pronunciando unas palabras en el antiguo idioma valyrio. No entendía lo que significaba pero las lagrimas diminutas del hombre no presagiaban nada bueno. En un momento del cantico se volvió hacia ella y acaricio con delicadeza sus mejillas hasta llegar a su mentón. Tras ese simple contacto la piel la empezó a hormiguear.

 

-          Hemos terminado – sentencio el hombre bondadoso al acabar el cantico. – Estas desterrada de la hermandad. Que tu nueva tú sea el castigo que te acompañe por toda la eternidad.

 

Siren no entendió a lo que se refería hasta que levanto las manos en su dirección para pedirle perdón. Las arrugas, las manchas, el temblor… aquellas no podían ser sus manos.

 

-          Padre – le suplico asustada alargando las manos hacia él.

 

-          No soy tu padre. Soy el Hombre bondadoso y tú no eres más que una anciana cuya vida jamás terminara hasta que no pasen 80 veranos. Ahora vete y que el Dios de muchos rostros te proteja. – Se fue a dar la vuelta pero las manos de la que hasta entonces había sido para él como un hija le agarraron los bajos de la túnica.

 

-          Por favor otra oportunidad. La ultima – le suplico la anciana arrodillada.

 

-          No. – La voz rasgo duramente el aire sorprendiendo a todos en la sala. Muchos de los presentes creían que el anciano se ablandaría como siempre con la muchacha. Pero para el asombro de todos el hombre bondadoso se deshizo del agarre y clavo sus ojos en la mujer. – Sabias como era esta vida, jamás te la oculte y aun así la elegiste. Te volví a dar la oportunidad de marcharte, de tener una vida llena de felicidad de encontrar el amor y crear tu propia familia y volviste a rechazarla. Pero una vez ingresaste en nuestra hermandad te atreviste a desobedecernos, a traicionarnos ¿y por quien?, por un simple muchacho. Nos deshonraste y ahora cargaras con las consecuencias. ¡Lleváosla! – ordeno con un fuerte golpe de bastón. “Si vuelve a hablar la perdonare. Lleváosla antes de que me ruegue” suplico en su mente.

 

El hombre bondadoso la vio marcharse arrastrada por los miembros de su hermandad. La niña de cabellos alborotados y mente traviesa que conoció y crio ya no estaba. La joven muchacha hermosa cuyos ojos podían dar de beber al más sediento y sus labios rojos podía hacer tiritar de deseo en la que se convirtió les había traicionado. Él le aviso, le dijo que viviera su vida, que hiciera una más allá de esas paredes y la muchacha no quiso. Ahora no le había dado opción. Su rostro, su cuerpo, todo en ella era decrepitud, vejez, muerte. Ese era el fin que le esperaba y eso mismo le mataba por dentro ya que incluso dentro de ese viejo cuerpo seguía siendo su niña.

 

-          Triste. Triste y patético lo mires por donde lo mires – sentencio Arya sin impórtale si sus palabras herían a la mujer.

 

-          Cierto. – La mujer agacho la cabeza intentando recordar a aquel muchacho que se desvanecía cada vez más en el estanque de sus recuerdos. Cansada, igual que si fuera una anciana, se quedo contemplando a Arya. - ¿Y tú? Cual ha sido tu castigo.

 

-          Ninguno. – Arya se levanto inquieta. Era cierto que el hombre bondadoso la obligo a marcharse, pero no la castigo. Pero entonces ¿Por qué sentía que lo había hecho?

 

-          Comprendo – susurro la anciana al verla moverse inquieta entre sus cosas. – Te ha dado la oportunidad de elegir. – Arya se volvió a verla. – Puedes elegir tener una vida o volver. La pregunta es que deseas tú.

 

-          Salvar a Jon y para eso necesito esta flor. ¿La tienes? – dijo lanzando el libro con la pagina abierta en el dibujo de la rosa. La mujer hecho un rápido vistazo y negó con la cabeza.

 

-          Si existen deberás encontrarlas tú sola o con ese “maridito” tuyo.

 

Arya la miro impasible mientras arrancaba la hoja de libro y lo dejaba en su sitio.

 

-          Gracias por tu ayuda – fue lo único que la dijo encaminándose hacia la puerta.

 

-          Veo que eres buena, muy buena. No te inmutas por nada ni demuestras nada, sin embargo hay un don que el anciano no te enseño. – Arya se giro con la ceja levantada. El hombre le había enseñado de todo, desde los más terribles venenos hasta las curas más imposibles, a cambiar de rostro entre la multitud o a leer el corazón de las personas. Era capaz de matar con una aguja de coser sin que nadie se diera cuenta. ¿Qué demonios no le había enseñado? La mujer sonrió al intuir su pregunta. – No te ha enseñado a ver el futuro, niña.

 

-          Yo no creo en esas cosas – la contesto Arya decidida a marcharse.

 

-          Veo dos corrientes de aguas en tu vida. Rápidas y fuertes, cada una cruza distintos parajes. Una parece suave y llevadera con afluentes que se unen al rio, pero hay fuertes corrientes bajo sus aguas profundas, muy profundas. – Al ver el interés de la chica la anciana prosiguió. – La otra es menos caudalosa, pero más salvaje. Corre sin ataduras ni afluentes que le hagan ir más despacio, viaja sola y libre. La pregunta es chica extraña ¿Cuál quieres que llegue contigo al mar?

 

-          Le repito – sonrio de medio lado – que yo no creo en esas cosas.

 

El portazo que acompaño a Arya hizo sonreír a la anciana. Había visto todo lo que necesitaba saber en sus ojos. Por una fracción de segundo vio la duda, el temor, la inexperiencia, pero sobretodo vio el miedo. El miedo más oculto y terrible que tenían las personas. El miedo a enfrentarse a lo que había dentro de ella.

 

 

 

“Vieja charlatana. La edad se le ha subido a la cabeza. Corrientes, ríos. Lo que necesita es darse un buen baño de agua fría en el presente y dejar el futuro en donde tiene que estar, en el futuro. Y encima no tenía la maldita rosa. ¡Jon! – Apretó el papel entre sus manos rabiosa. Había logrado atravesar todo el bosque en apenas dos días, pero solo para llegar a la maldita montaña que ningún norteño podía escalar. Era la zona más cerca del norte y a la vez la más lejana. La montaña ocupaba tanto como un reino y nadie había coronado su cima por lo que mucho menos la habían podido atravesar en una semana. – No importa cómo – miro la montaña que se alzaba imperiosa sobre el pueblo - atravesare esa maldita montaña o me iré al mismo muro y ordenare que me abran las puertas. Y que llueva la sangre si no me obedecen”

 

Arya recorrió sin darse cuenta la calle principal del pueblo ajena a los ojos que se clavaban en ella tras las ventanas. Al levantar la vista vio el enorme pozo cuyas aguas subterráneas daban de beber al pueblo entero. Sonrió. Eso significaba que había llegado a la plaza principal, ahora tenía que llegar al hogar del jefe. Gendry no tendría que esperarla para hablar con el jefe, no era normal esperar a una mujer para tratar asuntos ya fuese o no importantes, aunque deseaba que no se le ocurriera abrir la boca ni siquiera para soltar una gracia. Todo lo que el muchacho tenía de fuerza le faltaba de cerebro. “Lo más probable es que nos ejecuten si él abre la boca o peor – chasqueo la lengua – que me obliguen a volver a Invernalia o Bastion Kar”

Capitulo 17 Oportunidad por yuukychan
Notas de autor:

Buenas tardes espero que el capitulo os guste 

Dentro de aquel pueblo todas las calles parecían exactamente las mismas. En desembarco del rey, en Braavos o en su propio hogar Invernalia las casas y calles se dividían por algún tipo de sistema, ya fuera la  extracción social a la que se pertenecía o el gremio para el que uno trabajaba. Incluso las casas se diferenciaban unas de otras pero aquel pueblo parecía un intrincado panal donde cada casa se parecía a la siguiente. Hastiada de dar vueltas sin que los cientos de ojos que sentía que la miraban no la ayudasen volvió de nuevo a la plaza esperando encontrar a alguien. “Tendremos que encontrar a la abeja reina preguntando a una de sus obreras” se dijo Arya mientras caminaba por el laberinto de calles. 


Antes de llegar a la plaza vio desde lejos a un hombre que sacaba agua del pozo y la bebía derramando parte de ella al suelo. La caballera castaña que empezaba ralearle en la coronilla y las canas que corrían salvajemente por sus sienes le decían a Arya que aquel hombre rondaba ya los 50 inviernos, pero lo que más la marco fueron los ojos grises que la miraron. Por un momento sintió que era su padre quien la miraba con esa hosquedad y se la helo la sangre como cuando era niña. “Malditos ojos norteños” se reprocho en silencio cuando llego al lado del hombre. 


- Buenas tardes señor. Podría decirme…

- Tú debes ser la esposa de ese soldadito – la corto el hombre sin miramientos. Arya asintió. Agradeció que Gendry no hubiese abierto la boca para decir lo contrario. – Sígueme – la ordeno dotando a su voz de todo el desprecio que sentía. 


Atravesaron la plaza siguiendo la calle principal hacia el pie de la montaña que cada vez se iba alzando más imponente ante ella. El hombre que la guiaba caminaba deprisa dando zancadas tan largas como le permitían sus piernas. Desde atrás Arya podía ver la espalda ancha y algo curvada y los enormes brazos que se apretaban bajo la túnica ajada por el uso.

- Es usted herrero ¿me equivoco? 

El hombre sin dejar de caminar asintió con la cabeza pero no dijo nada más. Las calles antes vacías se llenaron de gente que se abría paso a su alrededor mirándola con una mezcla de curiosidad y furia que podía sentir hasta lo más profundo de su alma, aunque no la importaba. Nadie en esa aldea le era importante y quemaría hasta la última casa si con ello pudiera conseguir la rosa de los muertos. Un escalofrió ya conocido recorrió su espalda, a veces sus propios pensamientos la atemorizaban. En la casa del blanco y el negro no había ningún tipo de moralidad respecto a la mente porque simplemente no había ningún tipo de pensamiento. El trabajo era cumplir las misiones y dar el don a las personas que lo necesitasen. Si estaba mal o bien el Dios de muchos rostros lo decidiría. Allí era diferente y Arya tembló. En el pasado mientras viajo con Gendry y después con el Perro matar era una forma de sobrevivir, en el templo un trabajo, pero ¿y ahora? ¿Su corazón era tan frio realmente?

- Si – susurro. La tristeza que sintió al pronunciar aquella silaba no la provocaba el miedo o los sentimientos contradictorios sino la aceptación de su propio ser. 

- Decías algo – bufo el hombre sin dejar de caminar.

- No señor. – “Solo que mataría hasta el último de todos vosotros para conseguir lo que quiero y no me arrepentiría” pensó cerrando los ojos ante la fría realidad. 

- Tienes buena intuición muchacha. Fui herrero – la contesto el hombre de repente. 


Arya asintió de nuevo esperando que el hombre continuase; siempre era más fácil manipular a las personas si se sabía algo de ellas, pero solo obtuvo silencio. Sospechaba que aquel señor le gustaba dedicarse sus largas pausas para pensar que decir como a Gendry. “Tiene que ser cosa de la herrería. El ritmo de los martillos o la serie de golpes que realizan porque no es normal. Es cierto que los ancianos se toman su tiempo, pero Gendry es joven y este… no es tan mayor como lo era el maestre” Al rato cuando creyó que no le diría nada más el hombre siguió hablando. 

- Trabajaba de herrero antes de que mi forja se destruyera en un incendio. Trabajaba con un pedazo de acero valyrio que encontré hace muchos años entre las ruinas que quedaban en unos de los castillos negros al noreste de aquí. Al principio me emocione al pensar en que podría hacer con él: una espada fina, una daga o incluso puntas de flecha… y por cuanto lo podría vender luego. Era codicioso – se rio aunque no era difícil escuchar el tono de tristeza que vibraba en su voz. – Al final me decidí por una espada bastarda. Hubiese preferido una espada normal pero no tenía suficiente acero y es una lástima te dan más dinero por ellas. Ya estaba preparado para hacerme rico pero me olvide de una cosa; no conté con mi fragua. – Escupió al suelo como si acordarse de ese día le produjera mal sabor de boca y así tenía que ser pensó Arya al ver la mueca de decepción en su rostro. Sin aminorar el paso el herrero continuo hablando de su fragua. –  El problema era que no podía dar más calor y el acero no se modelaba como yo quería por lo que compre algo… que malditos sean los demonios que me convencieron. Veras… en la capital sureña unos locos crean…

- “Fuego liquido” de los alquimistas – le interrumpió Arya.

- ¿Cómo lo habéis averiguado? – se sorprendió el hombre. Pocas eran las norteñas tan jóvenes que habían ido al sur y vuelto de una pieza. La guerra se había cebado con los siete reinos.

- He viajado mucho con mi marido – se encogió de hombros la muchacha. Aquella respuesta siempre terminaba cualquier otro tipo de pregunta o por lo menos así era en Braavos, pero el hombre no parecía del todo satisfecho, todavía notaba en sus ojos la desconfianza que empezaba a crecer en él. – Además – continuo para tranquilizarle – vuestra espalda tiene una curvatura algo extraña. No se debe a la edad ni tampoco al peso por lo que debe ser una herida y bastante grande teniendo en cuenta toda la espalda. Y me habéis dicho que vuestra fragua se quemo y mi marido alguna vez fue herrero en Desembarco del rey. Solo el fuego de los alquimistas puede quemar el hierro.

- Hombre tonto, mujer inteligente. Esa es la fórmula secreta de los dioses – susurro el hombre meneando la cabeza sin que la joven lo entendiera. – Mi mujer me aviso de que no jugara con ese frasquito y no le hice caso – dijo apesadumbrado. Arya se fijo en que por primera vez desde que la llevara a la casa del jefe ambos caminaban uno junto al otro, por fin empezaba a bajar al guardia. - Hace dos años que intento reconstruirla pero no tengo el suficiente dinero y ahora que el comercio por el norte es tan jodidamente productivo el precio de las cosas ha aumentado de forma escandalosa y el campo… bueno. No es lo mío.

- ¿Y su mujer?

- Harta de coser. Le encantaba bordar y hacer ropa para las mujeres del pueblo, pero ahora lo detesta. Día y noche tiene que bordar para tener los encargos a tiempo y poder dar de comer a nuestros cinco hijos.

- Vaya sois afortunado de tenerla. – “Para eso vale el matrimonio. Para eso la sirvió casarse“ se dijo pensando con desprecio en la mujer.  

Siempre había detestado las clases de modales y actitudes que le daba la Septa Mordane y ahora las recordaba todas con mucho más odio. No la importaba tener que sentarse de una manera o de otra, o tener que comer la carne en pequeños mordiscos o cosas por el estilo. Lo que odio siempre fue que su vida, su mundo, su libertad, fuera en función de un hombre. Jamás podría gobernar Invernalia, un castillo, o un ejército; sería su marido quien lo hiciera, no ella. La Septa, su madre, su padre incluso Sansa la recordaban que la mujer se debe unir al hombre para poder ser alguien sino ¿Qué era? Todavía recordaba como su madre se burlo de ella cuando le dijo que la reina Nymeria no necesitó de nadie para conquistar Dorne.

- Incluso la reina Nymeria se caso con el rey dorniense, fue su esposa, su mujer y madre de sus hijos. Al final acabo haciendo lo que el resto de mujeres. Lo que tendrás que hacer tu algún día si es que conseguimos encontrarte un marido.

“Una hija sin rostro no necesita casarse para ser alguien. Puede ser quien quiera – se recordó apretando los puños al pensar en su madre. – Si. Pero tú no eres una hija sin rostro. Eres Arya. Aquí y ahora era Arya Stark” la joven meneo la cabeza para sacarse todos aquellos pensamientos. Era cierto que añoraba Braavos y su vida allí pero no era el momento. Tenía que concentrarse en la rosa de Jon, después lo dioses dictarían su futuro.
 
No importaba si las aldeas eran las más pequeñas del reino o los pueblos eran de los más grandes y prósperos, las casas de los señores o jefes siempre eran distintas del resto. Contra más pobre fuese la aldea menos lujos tendría pero siempre algo destacaría ya fueran establos, el tamaño o incluso el número de plantas. Aquel pueblecito norteño parecía bastante rico a pesar de su aislamiento y el enorme caserón del jefe se lo demostró.

La gran casa que se alzaba junto al pie de la montaña era una mansión comparada con las del resto. La planta baja construida en piedra maciza casi podía ocupar tanto como el salón de banquetes de Invernalia y sobre ella se construía otra planta en madera y piedra aunque mucho más pequeña. A la entrada dos grandes postes más altos que la casa izaban en el aire dos pedazos de tela tiesos por el frio. Aun así desde abajo se podía ver que uno era más viejo que el otro. “El lobo de los Stark y el dragón de los Targaryan” intuyo Arya, pero se fijo en que uno de los postes tenía otro emblema además.

- ¿Qué emblema es? – pregunto al no distinguirlo.

- Es un símbolo norteño, de más allá del muro. Lleva tanto tiempo que nadie se acuerda quien lo trajo ni que significa. Es una bandera blanca con un punto negro en su centro.

Al atravesar la puerta blanca de madera de arciano Arya sintió del golpe el calor que emanaba de la habitación. Al igual que en Invernalia había un montón de mesas distribuidas en dos filas rectas que hacían un pasillo en medio de la habitación. En su hogar ese pasillo acababa frente al estrado donde se sentaba su padre y ahora Jon, pero allí terminaban directamente ante la chimenea que calentaba un burbujeante caldero. “El jefe se sentara entre su gente” pensó siguiendo al hombre que la llevaba hacia unas escaleras que subían al segundo piso. Mientras subía vio como una mujer de grandes caderas salía de la puerta del lateral con una bandeja llena de nabos y zanahorias para echarlas al puchero. Arya pudo saborear el dulce olor de la carne asándose y el pan recién hecho antes de que la puerta se cerrara. No se había dado cuenta de el hambre que tenía hasta ese momento en que su estomago rugió olvidándose por un momento de donde estaba.

“Después de lo que ha pasado y tú pensando en comer – se reprocho tocándose disimuladamente el estomago. – Tendrás suerte si al menos quieren comerciar contigo y venderte un par de caballos para llegar al muro”

Al final de las escaleras se encontró con otro pequeño salón en miniatura. Solo había una mesa con cuatro sillas y la chimenea de donde se desprendía calor sin ni siquiera haber un fuego. La rejilla de hierro que tapaba el agujero comunicaba directamente con la de abajo proporcionado calor a las dos estancias. Dentro de la sala solo había dos puertas más que llevarían seguramente a los dormitorios, pero estaban cerradas. Arya noto de inmediato ese silencio sofocante y aquella sensación de peligro que la recorrió la espalda. Sentados a la mesa estaban Gendry, Mikke, Jona y un hombre de larga barba negra con mechones grises que debía ser el jefe. La mirada dura y el semblante serio hizo preocuparse a Arya que miro directamente a su amigo. “Por los dioses Gendry espero que no hayas abierto la boca para decir algo demás”

- ¡Jack, jefe! La mujer – dijo el herrero en cuanto puso sus pies en el salón.

- Gracias Steve. Dile a mi mujer que te ponga algo de comer. Tiene que estar abajo con el puchero – le despacho el hombre de la barba. El herrero se dio la vuelta para marcharse y Arya camino unos pasos en dirección a la mesa. Al verla moverse los ojos del jefe se clavaron en ella de inmediato. – ¡Largo chiquilla! Estamos hablando cosas de hombres. Puedes ir a ayudar a las cocinas si te aburres. 

- Mi mujer se queda – contesto amenazadoramente Gendry. Había estado preocupado al dejarla en casa de aquella loca anciana y no estaba dispuesto a perderla de nuevo de vista.

- No te confundas muchacho del verano. Si todavía conservas la cabeza es porque mi hombre sigue vivo. 
Gendry le miro ceñudo desviando la vista hacia la pared detrás del jefe. Arya se volvió para ver la espada de su compañero descansando dentro de su vaina lejos de las manos del guerrero que apretaba los puños deseando empuñarla. “Será mejor que intervenga” se dijo acercándose más a Gendry hasta colocarse de pie a su lado. Al poner una mano sobre su hombro le pareció curioso que sentando era un poquito más bajo que ella aunque solo fueran por un centímetros y eso, de una forma extraña, la hizo sentirse segura. “Bobadas. No soy como Sansa. No necesito la protección de nadie – se dijo recobrando la compostura e irguiendo la cabeza. – Mis años de ratón asustado se quedaron en Harrenhal. El miedo que sentí entre aquellas inmensas paredes no lo he vuelto a sentir en mi vida ni lo sentiré”

El silencio y la hosquedad del hombre asfixiaba la atmosfera de la pequeña sala. Los dos muchachos que les habían acompañado parecían sentirse incomodos en presencia de aquel norteño que no dejaba de mirar a Gendry con los ojos entrecerrados. “Si planea algo será mejor cortarlo de raíz” pensó Arya al carraspear para llamar la atención del hombre. 

- Nos ofrecería vino y pan, por favor – le dijo al jefe sin inmutarse del odio que empezaba a ver en sus ojos cuando miraba a Gendry.

Jack se volvió hacia ella de inmediato. La muchacha le estaba pidiendo abiertamente la hospitalidad de su casa, o lo que era lo mismo, la hospitalidad de los Dioses. Era una clara amenaza silenciosa de que no podía tocarles bajo aquellas paredes durante sus estancia. Deseo negarse, pero aquel lugar no solo era su casa sino también la representación de la ley del reino, eran norteños y estaban bajo la ley de los Stark. Desde el asesinato en la boda roja del legitimo heredero de Eddard Stark, Robb Stark; el actual rey se tomaba muy en serio la ley de la hospitalidad. Con un gesto hosco y a regañadientes les indico a su hijo Mikke y a Jona que fueran a por el vino y pan. Los muchachos incómodos por la situación se levantaron deseosos por marcharse de aquel cruce de miradas. Mikke había intentado explicarle lo hechos a su padre, pero en cuanto pronuncio las palabras sangre, herida y muerte ya no le escucho más. Solo se concentro en odiar a aquellos intrusos que venias a destruir la paz de su pueblo.

- Padre la culpa ha sido nuestra. Por favor tienes que escucharme – le había intentado suplicar, pero su padre se volvió hacia él con indiferencia. Le daba igual lo que pensara el menor de sus hijos.

Cuando los muchachos se fueron el tiempo pareció detenerse. A solas con la pareja el jefe los contemplaba. Algo en ellos le incomodaba. Su comportamiento, su forma de actuar, incluso la manera de hablar. Había estado controlando al hombre todo aquel tiempo. Sin dudas era un guerrero, su cuerpo musculado y el arma que portaba eran evidentes signos de que después de la guerra se había puesto al servicio de algún noble. Al ver a la muchacha no se fijo mucho en ella solo que su marido la sobreprotegía y que no había querido hablar de nada hasta que ella no estuviera presente, algo muy extraño sin lugar a dudas. Al fijarse ahora en la mujer comprendía que sus hombres se asustasen si la vieran sola en el bosque. Era una mujer muy hermosa, con una belleza salvaje como si hubiese salido de una de sus leyendas, pero algo en sus ojos le hacía desconfiar de ella.

- ¿Sois noble o bastarda de alguno? – la pregunto de repente sin saber si quiera porque lo había hecho. 

- No, mi señor. Soy hija de pescadores del norte – le respondió Arya con una sonrisa en el rostro. Gendry se quedo en silencio, impresionado al ver cómo era capaz de mentir con tanta naturalidad. Sus modales, sus gestos, todo en ella parecía cambiado aunque de forma sutil. “¿Dónde demonios habrá estado?” se pregunto. 

Antes de que Jack pudiera seguir hablando su hijo y el hijo del constructor aparecieron por la puerta con una bandeja cargada de vino y el pan.

- Jefe vuestra mujer dice que pronto estará la comida.

- Bien. Será mejor acabar con esto cuanto antes – se volvió hacia la pareja. – Habéis herido a mi hombre. 

- Porque vuestro hombre intento herir a mi mujer. Una mujer indefensa que no podía defenderse – “aunque si le pudiera haber matado” Arya le miro y vio en ella el esbozo de una sonrisa burlona. Se estaba acordando de cómo le dejo tirado en medio de la nieve con una pequeña herida en el cuello y él lo sabía.

- Está bien. Reconozco el fallo de mi hombre. Arreglaremos esto con compensaciones y os marchareis. No me gustáis caballero sureño y vuestra mujer, aunque norteña, me pone nervioso.

Arya le sonrió pero no dijo nada. A lo largo de sus viajes había conocido a hombres y mujeres perspicaces. Su rostro y sus gestos no eran más que un disfraz, y un disfraz siempre es un disfraz, si se escarba puede llegar a verse a la persona que hay detrás. 

- ¿Qué proponéis? – continuo Gendry al ver que Arya simplemente estaba en silencio a su lado observando la escena.

- Mi hombre está herido. Una moneda de plata por el trabajo que no podrá realizar mientras se recupera.

- Es mucho…

- De acuerdo – le interrumpió Arya. Jack la miro receloso pero no dijo nada. Sus ojos iban del hombre a la mujer y otra vez al hombre. ¿Quién era el que controlaba la situación? Su mujer jamás se había atrevido a intervenir en conversaciones entre hombres y mucho menos en negociaciones tan importantes.

- Veo que es su mujer quien lleva los pantalones – se burlo de Gendry. El caballero se limito a sonreír.

- Porque si la dejara ir con vestidos hasta los mismos reyes me la disputarían – le siguió la gracia. Si aquel insecto esperaba enojarlo con aquellas pullas tendría que esforzarse más. 

- Vaya, vaya. – Jack se echo para atrás en su silla cruzando los dedos por encima de barriga. – ¿Y que querréis a cambio, señora? – la pregunto sin quitar aquella irritante sonrisita.

- Queremos caballos y provisiones para ir más allá del muro. Y pagaremos por ello – respondió antes de que el jefe se negara en rotundo.

- ¿Más allá del muro? Ahora si sé que estáis bromeando – se rio el jefe dando un largo sorbo de su vaso de vino. Arya cogió el suyo entre las manos y tras humedecerse los labios lo deposito con fuerza contra la mesa derramándolo. Jack la miro. La mujer iba en serio, quería ir al otro lado del muro. “Brujería” pensó mirándola fijamente sin apartar la copa de sus labios. – ¿Y para que queréis ir al otro lado del muro? – Silencio. Jack deposito el vaso sobre la mesa y negó con la cabeza. – Provisiones hay de sobra. Sobre todo carne seca, pero caballos no. Los sementales tienen que empezar a montar y los de batalla están listos para enviarlos al sur. Y antes de que digas nada las hembras no las vendemos, no comerciamos con nuestro medio de subsistencia.

Arya deseo replicarle, pero el hombre ya se levanto sin darla opción. Para él la conversación quedaba zanjada y nada de lo que dijeran le haría cambiar de opinión. Hastiada e impotente saco una moneda de oro y la lanzo contra la mesa. 

- Para el herido. Nosotros al menos si saldamos las deudas. 

Salió de la habitación seguida por Gendry que se entretuvo el tiempo justo de recoger su espada. Algo tuvo que decir el jefe que el caballero soltó una maldición antes de seguirla escaleras abajo. En el silencio del salón oyó sus pies pesados bajar cada uno de los escalones haciendo un ruido chirriante y también escucho el crujido de los dientes al apretar el metal seguido de un ronco quejido. “Desgraciado. Encima pensarías que era de cobre. Los dioses te partan ese diente” le maldijo Arya. 

El frio aire de finales del invierno le dio de pleno al abrir la puerta empujándola contra el pecho de Gendry. De haber sido otra chica se habría ruborizado al sentir el fuerte pecho del que fue aprendiz de herrero pero era Arya.

- Gracias – le soltó separándose lentamente de él de nuevo atenta al mundo que veía fuera.

- No hay de que – le respondió Gendry ayudándola a incorporarse a la vez que dejaba escapar de entre sus manos uno de sus finos bucles. 

Afuera olía a tormenta, el cielo estaba negro, no tenían caballos y además había perdido una moneda de oro por no tener de plata. Nada la estaba saliendo como quería y para colmo su estomago rugió.

- Busquemos una posada y comamos algo. Nos vendrá bien – la sugirió Gendry poniendo una mano sobre su hombro. Conocía bien a la pequeña loba y sabía que ahora se la estaban llevando los demonios. 

- No me rendiré – dijo de repente Arya ignorando las palabras del caballero. Sin decir a donde hecho a caminar hacia uno de los muros que rodeaba el pueblo por la zona de la ladera donde pastaban los animales.

- ¿Y qué planeas hacer? – la pregunto caminando unos pasos detrás de ella. – Sin caballos no podemos ir tan al norte. No llegaríamos a tiempo. – La muchacha le ignoro. No necesitaba que le recordaran lo que ya sabía, pero su amigo nunca entendió cuando debía callarse. – ¡Arya! – la llamo de nuevo al ver que no le contestaba.

- ¡O por lo dioses Gendry! Te callas y me sigues o te vas a una posada, pero no me molestes – le bufo.

El antiguo aprendiz de herrero suspiro meneando la cabeza. ¿Cómo demonios había acabado enamorado de una mujer tan violenta? Es más ¿Cuándo? Le había interesado desde el momento en que supo que aquel muchacho llamado Arry realmente era una criaja disfrazada. Le hizo gracia su osadía pero no era más que un niña bravucona. Después cuando viajaron le gusto su forma de ser, aquella manera ruda y algo bruta de hacerse entender y lo torpe que era para disculparse. Pero cuando la vio vestida de dama en la casa de aquella noble lo supo aunque entonces no pudo ni reconocerlo. Se había enamorado de la lobita. “Y por unirme a los hombres sin estandarte la perdí, pero que otra cosa podía hacer. – La observo en silencio caminar buscando de aquí para allá algo que solo ella sabía. – No tenía nada que ofrecerla. No era más que un simple aprendiz de herrero buscado por ser bastardo del Rey Robert Baratheon. No tenían futuro y si una muerte asegurada si los hombres de la reina los cogían” Suspiro. Lo más fácil sería volver con ella a Bastion Kar aunque fuera llevándola a rastras y buscarse a una chica de noble cuna que no le diera problemas con la que casarse e ir a Bastion de Tormentas. Tener hijos, muchos hijos. Chicos a los que pudiera enseñar a montar a caballo, a luchar con la espada, que heredasen su titulo y princesitas, niñas hermosas como su madre a las que consentir y mimar. “Podría hacerlo. Podría buscarme a una esposa hermosa, dulce y cariñosa para dejar de perseguir a una loba en medio del bosque” pensó aunque era consciente de que no lo haría. Él era el venado que seguía a los lobos por el bosque.

Al otro lado del pueblo, en la zona más alejada de la montaña se encontraban todas las granjas. El jefe no les había mentido al decir que los caballos eran su medio de subsistencia. Casi todas eran tan grandes como posadas aunque la mayor parte la ocupaban los establos, las casas en comparación podían ser tan pequeñas que no tendrían más de una habitación, dos como máximo. Los mozos y muchachos más jóvenes se encargaban de asear las cuadras mientras que los más mayores sacaban a pasear a los caballos para que se ejercitaran sobre la nieve. El norte daba los caballos más resistentes para las batallas. Dentro del pueblo no había espacio por lo que a lo largo de la muralla de esa zona se construyo una puerta ancha y algo rudimentaria por donde salían los caballos y demás animales a pastar. Las risas y bromas de los montadores que vagueaban por la puerta se silenciaron ante el ruido de afuera. 

- Lobos. – Escupió uno al suelo con asco. – Habrá que hacer una salida – murmuro un pelirrojo de melena espesa y mueca de fastidio.

- Yo esperaría – le contesto su compañero. Un hombre moreno picado de viruelas de ojos vidriosos. – A lo mejor es una manada transitoria. Ya sabes que una vez al año pasan por aquí varias.

- Mas nos vale. El año pasado perdimos a tres perros y las crías de este año todavía son cachorros.

Otro aullido y esta vez más cercano puso a los hombres en tensión. Arya se preocupo al pensar en Nymeria. Su amiga la esperaría en el bosque, pero temía por ella. Aquellas aldeas adiestraban a los mejores cazadores y la loba estaba sola. Por muy grande que fuera acabarían matándola si iban más de dos. 

- Arya que vas… 

- Todavía no lo sé – medito – pero algo se me ocurrirá. Ahora vamos que me rugen las tripas. 

Cogió de la mano a Gendry y atravesó con él las mismas calles que había recorrido en dirección a la plaza. En una de sus esquinas se levantaba una posada de piedra y madera con una gran ventana que reflejaba la luz del interior. Era demasiado temprano para que hubiese mucha gente, pero ya la música y las risas comenzaban a escucharse. Al entrar los gritos y la música cesaron de golpe y sintieron como todos los ojos se clavaban en ellos. Varios murmullos incomprensibles se escucharon antes de que la misma posadera, una mujer de bonitos ojos verdes algo entrada en carnes, pidiera a la muchacha que siguiera cantando. La canción de “el oso y la doncella” sonaba demasiado delicada y aburrida con aquel timbre de voz, tanto que los hombres empezaron a cantarla cada uno a su manera hasta que la chica se cayó para poder seguir atendiendo las mesas.

- Debe ser duro – le comento Gendry desabrochándose el cinturón de la espada para sentarse con Arya en la mesa del final alejados de todos.

- No te creas. Solo tienes que aburrirles para que se animen ellos solos. ¿No ves? – señalo a un par de hombres que empezaron a bailar mientras otro pedía a gritos un tambor. - ¿Qué vais a querer? Tenemos cerveza y buen vino. Y… ¡Señora! Que hay en el fuego – le grito a la posadera que atendía tras la barra. Con aquel griterío que no la dejaba hablar la mujer se volvió hacia ella llevándose el dedo a la nariz. La joven se rio y se volvió hacia el caballero. – Tenemos cerdo asándose y creo que ya tiene que estar a punto.

- Estupendo. Cerdo y cerveza para los dos. – Miro a la chica loba y esta asintió.

- Pues enseguida – les contesto la muchacha escabulléndose entre el gentío. La larga cabellera recogida en una coleta era lo único que se podía distinguir de ella a medida que el local se iba llenando cada vez más.

- Buena clientela – comento Gendry dejando la espada a un lado mientras se apoyaba contra la pared. Frente a él la pequeña Stark fruncía el ceño sumida en sus propios pensamientos. – Por lo menos podrías decirme en que piensas ¿no crees?

Arya le miro sin decir nada y se quedo observando la posada. Era cierto que cada vez había más personas. Cuando entraron apenas había un grupo de cinco o seis, pero en esos momentos entraban más por la puerta. Al final de la tarde la posada estaría totalmente llena. 

- ¿Cuántos crees que vendrán? 

- En la posada caben como mínimo unas 40 o 50 personas ¿Por qué?.

- Por nada. – Gendry se encogió de hombros ante la extraña pregunta y sonrió al ver a la camarera con la bandeja. Llevaba rato escuchando a sus tripas rugir y a las de la propia Arya. 

La muchacha deposito los dos platos de cerdo recién hecho aun con la grasa goteando y la corteza crujiente que se caramelizaba. Detrás de ella apareció la tabernera con los vasos de cerveza y una hogaza de pan moreno recién sacado del horno. 

- Ya me han informado de quienes sois – dijo jovialmente la corpulenta mujer sin más presentaciones. – No os preocupéis por nada. Yo misma me encargare de que mañana por la mañana tengáis las provisiones. Aunque lo de los caballos… no me parece justo que después de que te atacaran no te recompensen como debes, pero debéis comprenderlo – se encogió de hombros. – La mayoría de la gente de aquí se dedica a criar caballos y ganado. 

Arya y Gendry asintieron restándole importancia.

- Tranquila. Lo comprendemos – la tranquilizo.

- Bien pues entonces que aproveche – se despidió volviendo hacia la barra. A su paso los hombres la sonreían y bromeaban mientras ella les empujaba con ojos burlones.

- Mi señora – se rio la camarera antes de volverse. – ¿Os puedo atender en algo más? – pregunto dirigiéndose a Gendry. La mano coqueta enredándose en un mechón del cabello y los labios gruesos y sensuales jugaban a encontrarse con los ojos del caballero. 

- Si. Una habitación – la respondió Arya. La chica entrecerró los ojos con desconfianza al ver como el hombre casi se atragantaba con la cerveza. 
- Creo que las habitaciones que quedan solo tiene un catre pequeño. ¿Estáis seguros de que no queréis dos? – La pregunta iba para ella aunque los ojos de la camarera no quitaban la vista de Gendry intentando provocarlo.

Arya cogió las manos de su compañero y se la llevo a los labios. Si aquella camarera quería jugar ella le seguiría el juego. Había visto aquel gesto tantas veces en las posadas de Braavos y aunque no le encontraba mucho sentido la muchacha al parecer sí.

- Contra menos espacio mejor – susurro acariciando despacio uno de los dedos.

- Se lo diré a la dueña. – Resentida se marcho dándoles las espalda. Arya sonrió para sí. En el fondo se lo merecía. 

- Siento lo de tu conquista, pero se supone que eres mi marido. A la vuelta puedes pasarte por aquí. – Soltó sus manos para coger la hogaza de pan y arrancarle un trozo. 

- Si me das a elegir prefiero ser tu esposo de mentira a estar esta noche entre sus sabanas.
Arya le sonrió pero podía leer en su rostro la mentira. Sus ojos le habían demostrado que deseaba a esa chica.

- Mientes – se limito a decirle.

- A medias – le contesto Gendry cogiéndole del rostro para mirarla. – Y lo sabes – susurro acariciando los labios que con tanto deseo había besado.
Por un momento la joven loba no supo que decir al ver aquellos ojos azules clavados en ella. Un escalofrió la recorrió la espalda al verse a sí misma reflejada en sus pupilas. No le mentía, al menos no del todo. El beso que la dio durante el baile volvió a sus labios hormigueándole por dentro, ansiando otro para calmar aquella sensación.

- Gendry yo… - no llego a acabar la frase.

La puerta de la posada volvió a abrirse y el muchacho que entro se les quedo mirando. Era Mikke. El hijo del jefe se deslizo por las mesas hasta llegar a donde estaba ellos con el sudor perlando su frente. Intento varias veces hablar pero solo salían jadeos de su boca.

- Ten – le ofreció Arya su propia copa de cerveza invitándole a sentarse con la cabeza. El muchacho se dejo caer contra la silla tomándose aquel liquido amarillento de un solo trago. 

- Gracias – logro jadear. – Me ha costado encontraros.

- Pues ya lo has hecho. ¿Qué quieres? – el tono seco de Gendry hizo que el muchacho se atragantara con sus propias palabras.

- Mi padre – consiguió decir – mi padre sospecha que queréis robar un caballo. La forma en que bueno – miro a Arya – en que os marchasteis y vuestros ojos cuando le desafiasteis no le gusto. Por eso ha puesto vigilancia. Os ha estado controlando desde que salisteis de mi casa. Sabe que habéis estado por la zona de las granjas y no le ha gustado. – Se inclino hacia delante temeroso de que alguien le oyera. – Si robáis un caballo en este pueblo se paga con la muerte. 

- Comprendo. – Para Arya aquello era un fastidio, pero necesitaba el caballo y mataría por él si era necesario. Ya estaba planeando la forma de hacerlo cuando las palabras del chico abrieron una brecha en sus pensamientos.

- Si queréis ir al otro lado del muro no os hacen falta caballos. – Arya le miro pensando que estaba loco. – Hay una entrada por la que podéis atravesar la montaña. Dentro del antiguo pozo que hay fuera existe una puerta que te lleva hacia el otro lado, pero no sé cómo estará. Mis hermanos mayores y yo la descubrimos hace bastantes años y no nos atrevimos a llegar más lejos que un par de kilómetros.

- Eso son chorradas. No iras a hacerle caso Arya…

- ¿Nos llevaras? – le pregunto poniendo una mano sobre la suya. – Nos puedes llevar hasta ese pozo.

- Mi padre… - el chico agacho la cabeza avergonzado. Sentía miedo de que su padre se enterase. Él también sabía lo de la entrada. Las leyendas de su gente decían que ellos eran descendientes de salvajes. Arya le miro y saco la bolsa de monedas de oro.

- La mitad ahora y la otra mitad en el pozo. – El chico miro la bolsa de monedas. Había tantas que el nudo no llegaba a cerrar del todo el pedazo de tela. – Te cambio nuestro futuro por el tuyo. Nosotros iremos al norte y tu podrás irte a la Ciudadela para ser maestre, viajar por el mundo o lo que desees. Solo tienes que enseñarnos donde esta ese pozo. 

Por un momento el miedo en los ojos del chico se intensifico. Estaba pensando en todas las consecuencias y Arya temió que se echara para atrás. Al final trago saliva y agacho la cabeza.

- Lo hare. 

- Bien. Te esperamos antes del alba a la afueras del pueblo, a la entrada del bosque donde nos conocimos. – “Y me intentasteis capturar” La mano de Arya ya estaba levantada llamando a la posadera. Con esfuerzo la mujer llego hasta ellos abriéndose paso como podía. Una sonrisa y una sola mirada y se marcho de nuevo perdiéndose en el interior de una puerta.

- ¿Arya? – pregunto Gendry al ver el extraño comportamiento.

- El gesto de mi mano – dijo señalándole los dos dedos – significa que queremos las provisiones ahora. Mañana antes de que nadie se despierte estaremos saliendo por la puerta.

- Bien pues entonces yo me marcho – dijo Mikke apurando la cerveza de la chica. Arya estaba a punto de darle la mitad de las monedas pactadas cuando el muchacho negó con la cabeza. – Mañana cuando nos encontremos – miro de nuevo la bolsa – si me pillan no podría explicarlo. 

Capitulo 18 El pozo por yuukychan
Notas de autor:

Aqui os traigo el nuevo capitulo

Todavía era noche cerrada cuando Arya despertó a Gendry que dormía en el suelo. Habían intentado compartir el estrecho catre de la habitación, pero la camarera tenía razón cuando les aviso de lo pequeño que era. De haber sido una pareja normal hubiesen podido dormir abrazados, pero Gendry no se atrevió a mencionarlo y a Arya ni siquiera se le paso por la cabeza. Cansada se limito a meterse en la cama pegada hacia la pared y se quedo dormida enseguida aunque Gendry sospechaba que el objeto duro bajo la almohada que notaba debía de ser un puñal. A mitad de la noche el aprendiz de herrero se despertó de golpe tirado en el suelo. Nunca había dormido tan pegado a la pequeña loba por lo que no había podido saber lo mucho que se movía está en sueños. Pensó en volver a la cama pero las piernas enredadas de Arya entre las sabanas no le iban a dejar pegar ojo en toda la noche.

 

Al despertarse Arya se sintió sola en la cama. Como cada mañana desde hacía cinco años se desperezo y durante un minuto se relajo para concentrarse totalmente en su cuerpo. Normalmente cuando viajaba cumpliendo las ordenes del hombre bondadoso aquellos segundos la servían para saber que partes de su cuerpo estaban magulladas pero en esos momentos solo sentía una intranquilidad que la recorría cada nervio de su ser. Se acostó pensando en Jon y deseando que amaneciera y todavía a través de la ventana podía ver la noche. Sin impórtale las horas que fueran se levanto y encendió la vela de la mesita con el cuchillo que tenia bajo la almohada y un trozo de pedernal. Las chispas cayeron en la mecha que ilumino lentamente aquel pedazo de habitación. Toda la posada estaba sumida en un gran silencio que solo los leves ronquidos de los otros huéspedes y los de Gendry lo rompían. Despacio y silenciosa como una sombra se vistió a la luz de la vela. Un sonoro ronquido de su amigo la hizo asustarse mientras se ponía la túnica por la cabeza. El hecho de compartir habitación con él no la molestaba que la encontrara desnuda era otra cosa. “Vaya estupidez” se reprocho pensando en las misiones que había llevado hasta el momento; en la última había estado prácticamente desnuda solo un pedazo de seda translucida había evitado que se viera su cuerpo. Estaba a punto de despertar a su compañero cuando se fijo en su rostro sereno. Era muy parecido al hermano del mejor amigo de su padre, Renly Baratheon, pero Sansa le había jurado que en los retratos del joven Robert se podía confundir al padre y al hijo.

 

 “Si era tan guapo porque mi tía prefirió a un Targaryan” pensó.

 

Desde que llegara a Poniente Arya se había preguntado muchas veces como era su tía. Añoraba a su madre, pero siempre creyó que ella jamás la comprendería. Era demasiado Tully para entender su corazón salvaje. “Deber, honor, familia” era un lema que su madre llevaba en la sangre y la loba que había dentro de ella era incapaz de entenderlo, sin embargo su tía debió ser como ella. Todo el mundo se lo decía. No solo físicamente sino también en su interior. Lord Karstark le explico que Lyanna era independiente. Era una loba solitaria que quiso volar lejos de las imposiciones de su padre y al final consiguió volar.

 

-          Pero acabo quemándose con el fuego Lady Arya. Tu todavía estas a tiempo de cambiar. Cásate con un buen hombre y ten familia. Es el mayor honor para una mujer. – Los ojos de la chica se mostraron inexpresivos al oír aquellas palabras pero el anciano Karstark había vivido mucho para saber que había errado. “Su corazón jamás aceptara la prisión que es llevar un apellido. Solo si encontrara otro corazón igual al suyo…” Suspiro. – Bueno niña. Es hora de empezar la fiesta.

 

Gendry se removió sin abrir los ojos y Arya le toco suavemente el hombro con la punta de la bota. El muchacho se despertó sobresaltado mirándola con aquellos profundos ojos azules que tantas veces Arya había recordado en sus viajes comparándolos con el mar. Gendry estaba a punto de hablarla cuando ella se llevo un dedo a los labios.

 

-          Shhh – siseo – todavía es de noche. Vístete. Hemos quedado con Mikke al alba en el bosque donde nos encontramos.

 

-          En el bosque. No sería mejor donde la montaña. Es por allí por donde dijo que estaba el pozo. – Gendry bostezo al intentar no levantar la voz.

 

-          Lo sé pero tengo que encontrar a Nymeria. ¡Ahora deprisa, vístete!

 

En silencio y sin hacer ruido Gendry se calzo las botas y la capa, el suelo estaba demasiado frio como para dormir desnudo. El cinturón de la espalda colgaba pesado de la silla cuando lo cogió para atárselo. Al echar un vistazo a la habitación comprobó que la muchacha Stark ya había recogido todo y ahora se enfundaba la daga dentro de una de las botas y se escondía otra en el antebrazo de la camisa. “Es una caja de sorpresas” pensó levantando la ceja.

 

-          ¡Vamos! – le ordeno sin inmutarse de su mueca burlona tirándole la mochila con las provisiones mientras ella hacia un hatillo con las mantas de la cama. Gendry la miro y ella se encogió de hombros. – Me quedo sin caballos y sin oro, pero me niego a morir de frio al otro lado del muro.

 

 

 

En silencio, escondidos entre las sombras, recorrieron el pueblo aunque la sonrisa burlona de Gendry la acompaño todo el camino hasta la salida, estaba a punto de golpearle cuando algo a lo lejos llamo su atención. En medio de las oscuras calles una lámpara tintineaba a la entrada del puente. El hombre medio dormido despertó de inmediato al oír las rudas pisadas del caballero contra el suelo aunque ni sus sombras se veían en aquella cerrada oscuridad.

 

-          ¡Alto quien va! – grito levantando una pesada lanza dos veces más grande que él tirando la bota que colgaba de sus piernas a levantarse. – Joder – rugió intentando recoger el preciado vino antes de que se derramase.

 

A la luz de la lámpara el rostro congestionado del hombre resoplaba con una punzante fatiga al intentar buscar la bota y mantener en alto la improvisada barrera. Al oír otro paso la mente embotada del extraño reacciono por instinto

 

-          ¡Alto y salga a la luz! – ordeno intentando escudriñar entre la oscuridad.

 

“No tengo tiempo para esto” suspiro Arya adelantándose unos pasos a Gendry que intento detenerla inútilmente. Con un sutil juego de manos cogió la bota del suelo y mezclo con el vino un polvo verduzco que saco de la costura de su manga. La casa de esa supuesta anciana la había proporcionado bastantes cosas interesantes entre ella el polvo de adormidera.

 

-          Tenga – le tendió con una sonrisa en el rostro a la vez que levantaba la bota hasta la altura de su mano.

 

-          Gra… gracias – contesto sorprendido al ver a la chica. Estaba a punto de beber cuando tras ella apareció un hombre de gran tamaño que le hizo volver a ponerse a la defensiva. - ¿Quiénes sois? ¿Qué queréis?

 

-          Salir del pueblo buen hombre – contesto Gendry poniendo las manos en alto. – Tuvimos ayer un accidente pero ya todo está solucionado. Supongo que su jefe se lo habrá dicho. – Gendry se acerco hasta Arya, asegurándose de interponerse entre la verdadera arma de aquel tipo y la muchacha. Sus años en la guerra le habían enseñado a distinguir el verdadero peligro. “No es más que una afilada barrera. Ni siquiera puede con ella” pensó al ver en su cinturón el peligroso puñal con el que se defendía realmente.

 

-          Si. Es probable – susurro desconfiado. El borracho intento hacer memoria de lo que se hablo ayer en la sala de reunión del pueblo. Se acordaba vagamente de cómo el jefe les había hablado de un par de extraños que esperaba que se marchasen pronto, pero no se acordaba bien de cuáles eran las ordenes. La deliciosa cerveza de la reunión le había interesado más que cualquier tontería que ocurriese en el pueblo. “Estamos tan apartados que nunca sucede nada emocionante y precisamente hoy ocurre algo fuera de lo normal. Y para colmo en mi turno” pensó mirando ceñudo a la pareja.  – Creo que dijo que le avisáramos – respondió más para sí mismo. – No os mováis entendido – les amenazo mientras daba unos pasos vacilantes.

 

Aunque tranquila por fuera Arya se inquieto. Si dejaban que aquel hombre avisara al jefe Mikke seria descubierto. Si no era a la salida de su casa sería al ver la habitación vacía y el chico no se atrevería a desobedecer a su padre una segunda vez ni por todo el oro de Desembarco del rey y sin él no podrían localizar el pozo. La mayoría de los pozos dentro de las aldeas eran estructuras bien solidas creadas por el hombre para perdurar, pero los antiguos… no eran más que agujeros escavados en la tierra  alejados de la población y tapados con fuertes tablas para que nadie callera en ellos. “Con esta nieve no será imposible encontrarlo por mucho que sepamos que está cerca de la ladera de la montaña” pensó preocupándose por momentos. Rezo a los dioses de su padre por que el hombre diera un trago de vino, solo uno para caer inconsciente, pero parecía que sus responsabilidades como guardia habían superado a su deseo de beber. Impaciente al ver que estaba dispuesto a marcharse Arya se adelanto.

 

-          Muy bien esperaremos, pero déjenos la bota. – El hombre la miro arrugando el entrecejo a la vez que Gendry la lanzaba una mirada de incomprensión. – No querrá que su jefe descubra que ha estado bebiendo durante su guardia – sonrió Arya alargando la mano.

 

El hombre pareció dudarlo por un momento pero poco a poco su ceño se relajo.

 

-          Tienes razón – dijo con una gran sonrisa mostrando los dientes que le faltaban.

 

-          Eche un último trago y deme la bota. Yo se la guardo.

 

Obedeciendo ciegamente el hombre se llevo el pitorro a los labios. El tiempo para la joven Stark se detuvo al ver por un momento como el hombre dudaba. “Bebe o te mato” se dijo la loba más tranquila al ver como el borracho apretaba con ganas la vejiga de la que estaba hecha la bota. Al caer el liquido rojizo en la boca del hombre un suspiro de alivio salió de sus labios y se volvió hacia Gendry.

 

-          Ya podemos irnos. – Sin esperar respuesta Arya siguió caminando a pesar de las protestas del borracho.

 

-          Detente mujer. Detente te he…

 

Gendry no oyó el final de la frase. Al darse la vuelta se encontró con el cuerpo tirado del hombre boca arriba. Por un momento pensó que estaba muerto pero el leve ronquido que salió de su boca le tranquilizo.

 

-          Ponle de costado para que no se ahogue con su vomito y vamos – le ordeno la Stark que ya iba por medio del puente.

 

Al volverse el guerrero vio el espumoso liquido que empezaba a brotar del borracho y con el que se estaba ahogando. “Mierda” pensó corriendo hacia él para ponerle de costado. La voz lejana de la chica le ordeno que se apresurara.

 

-          ¡Qué demonios le has dado! - rugió Gendry al llegar a su lado agarrándola con violencia del hombro.

 

-          Era solo adormidera. Tranquilo. Dormirá unas horas y luego se despertara como nuevo, pero con tanto vino me imagine que también vomitaría un rato – le explico Arya encogiéndose de hombros.

 

-          Si me llego a ir sin darle la vuelta podría haber muerto – la respondió Gendry clavando sus ojos en los de ella. Esperaba ver vergüenza, lastima o arrepentimiento, pero sin embargo no vio nada. La mirada de la chica loba no había cambiado, ni siquiera la luz de sus ojos se había apagado aunque fuera solo un poco. - ¿Es que no te importa? – la pregunto temiendo la respuesta.

 

-          No – le contesto fríamente. – Con Jon en peligro no me importa nada. Si alguien intenta detenerme lo eliminare. – Gendry fue a contestarla pero ella le silencio. – Además – dijo recuperando su voz habitual – te he dicho que le dieras la vuelta ¿no? Sabía que lo harías por lo tanto no había nada por qué preocuparse.

 

Su sonrisa hubiese hecho que Gendry olvidara cualquier cosa, pero aquellos ojos no habían cambiado. En el fondo le daban igual aquel hombre. La chica que tenía de frente no era la misma que él conocía y a la vez sí. Siempre había sido consciente de lo peligrosa que podía llegar a ser. Lo sabía desde mucho antes de separarse, desde el momento en que se enfrento a los tres prisioneros de Joren con aquella escuálida espada de buen acero. Y aun así también era consciente de que la seguiría al fin del mundo si ella se lo pidiera. “Hasta el mismo infierno – pensó caminando tras ella al ver como seguía avanzando por el puente. – Y tal vez es allí donde la sigo” Al otro lado del muro un eterno infierno helado se llevaba la vida de los hombres. Los Otros.

 

Las formas distorsionadas del bosque empezaban a clarear para cuando Mikke llego. Gendry que caminaba nervioso de un lado para otro al ver como el tiempo pasaba suspiro aliviado al verle correr colina abajo hacia ellos. Fatigado y con la lengua fuera el chico era incapaz de articular palabra.

 

-          Ya era hora – se quejo malhumorado el caballero pateando la botas en un árbol para quitarse la nieve que tenia pegada a ellas.

 

-          Y esta vez no hay cerveza – se encogió de hombros Arya dejándole que recuperara el aliento.

 

-          No… es… nada. Estoy bien – dijo dejando caer una enorme mochila a su lado. Arya sintió curiosidad por saber qué clase de cosas se llevaría un muchacho para aprender a ser maestre pero no tenían tiempo que perder.

 

“Será mejor que se dedique a ser maestre de la ciudadela. Alguien como él moriría pronto en una guerra” pensó la chica loba al ver lo enclenque que era el muchacho y lo rápido que su cuerpo sucumbía. El movimiento tras ella la recordó que el chico no conocía su pequeño secreto peludo.

 

-          Bien. Pero antes de seguir y para que no te mees en los pantalones. ¡Nymeria! – grito. A su lado apareció el mayor lobo que Mikke había visto en su vida. Si no hubiese sido porque ya había meado antes de llegar a ellos estaba seguro de que ahora lo hubiera hecho.

 

-          Es un… es un… - tartamudeo sin llegar a nombrar al animal que veían sus ojos.

 

-          Es una loba huargo. A ver si te aprendes el emblema de la casa de tu señor. – Gendry le palmeo la espalda.

 

Mikke solo pudo asentir sin quitar la vista del enorme ser que tenía delante. Incluso Arya y Gendry podían notar el olor acre del miedo de aquel chico por lo que entendían que Nymeria gruñera de forma incontrolable cada vez que lo miraba. Arya se hacerco hasta el muchacho para tranquilizarle.

 

-          No atacara tranquilo, pero será mejor que no te acerques y te mantengas a distancia.

 

Sus huellas se perdían en la nieve entre la suave ventisca, al alba no quedarían de ellas ni si quiera el recuerdo. Rodearon el pueblo internados en el interior del bosque nocturno alumbrándose con la escasa luna de fondo y los débiles rayos del amanecer que anticipaban la mañana. Solo Mikke sabía por dónde iban mientras que Arya y Gendry le seguían a corta distancia, en la retaguardia y apartada Nymeria les seguía internándose de vez en cuando entre la maleza, siguiendo algún olor extraño, para salir después a su paso. El aullido de otros lobos congelo la sangre en la venas de Mikke que se paro al momento, pero Arya y Nymeria continuaron imperturbables a aquel aullido.

 

“No son tu manada. ¿Verdad?” se dijo mirando a su amiga y acariciándole la cabeza mientras la veía internarse de nuevo en el bosque en busca de olores que ella no conseguía captar con su piel humana. Cada vez que lo hacia una parte de Arya deseaba ir con ella. Tenía miedo. Tenía miedo de perderla de nuevo por aquel mundo más fascinante que el que tenía a su lado, que el que podía ofrecerla. La loba de Sansa, Dama, era como su hermana, prefería la seda y los cojines de plumas, la carne servida en cuencos de oro y el calor del fuego de una chimenea; Viento gris era un luchador como su hermano Robb y se quedo a su lado hasta el final, hasta que la muerte les sorprendió en aquella boda. Verano era tan despierto y curioso como Bran y desapareció junto con él. Cuando encontraron a Peludo seguía igual de salvaje que el pequeño Rickon pero al menos ambos ya no mordían. Y Fantasma. Fantasma era como Jon; podías no verles, pero siempre estaban allí. Todos ellos, todos los huargos de sus hermanos se quedarían para siempre junto a ellos, pero… Nymeria era como ella, la sangre y la libertad eran más tentadores que cualquier cosa servida por manos de un simple animal que olía a acero, a miedo, a… conformidad. Todavía recordaba los sueños de lobo que tenia allá al otro lado del mar. El olor de la tierra, el mar, el aire y la naturaleza era más poderoso y atrayente que el olor de los humanos. Los animales de dos piernas olían a comida aunque ella no los comiera. Si tenía que matarlo para sobrevivir lo hacía, pero luego ella se buscaba su propia cena dejando a sus hermanos disfrutar de aquel festín, de aquella carne que ella misma se negaba a probar. Alguien especial para ella tenía ese olor.

 

“Pero no era yo la que pensaba eso, era Nymeria. Era mi olor lo que la impedía comer aquella carne. – Jamás pudo controlarla al otro lado del mar, solo ahora era capaz de imponer su consciencia y no por mucho tiempo. – Era ella la que mandaba, pero eso me daba lo mismo. – Disfrutaba corriendo con ella, comiendo con ella y sobretodo cazando con ella. Los venados eran deliciosos aunque ambas preferían los jabalíes. – Recorríamos varias leguas solo para comer jabalí. Su carne era la más jugosa y el delicioso sabor de la sangre en la garganta…”

 

Meneo la cabeza y trago saliva. Tuvo que esforzarse en concentrarse y seguir a Mikke para no pensar en el hambre que le había provocado recordar sus sueños de loba. El desayuno consistente en un mendrugo de pan duro regado con simple agua le hacía rugir el estomago pero no podían malgastar los pocos alimentos que llevaban. 

 

Bordearon el bosque hasta llegar al otro lado de la aldea al amparo de las sombras. Desde lejos ya se podían distinguir a los primeros hombres que sacaban a pastar a las ovejas, más tarde oirían los relinchos de los caballos. “Hay que darse prisa – pensó Gendry mirando al muchacho que los acompañaba. – Si nos pillan no habrá otra oportunidad”. Se adentraron en la maraña de zarzas y arbustos que crecían entre las raíces arañándose las manos con las espinas congeladas. Arya encabezaba la marcha seguida de Nymeria. Mikke les había dicho que el pozo estaba cerca de la montaña, a menos de dos palmos de la pared rocosa cuya cumbre se perdía por encima de la nubes.

 

Cobijados junto a la montaña el viento parecía haberse detenido en aquel pequeño claro corriendo salvajemente a su alrededor internándose en el bosque. Una tregua que al otro lado no tendrían. No era extraño que los hombres de la guardia de la noche y los salvajes perdieran alguna extremidad por culpa del frio. “Pero eso no es lo peligroso. Los otros… - Gendry trago saliva. Si pensaba en el peligro su mente intentaría obligarle a retroceder, pero… sus ojos se clavaron en Arya. – Si ella continua yo también lo haré. No volveré a abandonarla”

 

Los arboles se cernían sobre ellos arropándolos con sus cientos de hojas que no dejaban ver el cielo mientras un gran arciano blanco los miraba expectantes. Nymeria aulló y Arya acaricio la corteza mirando fijamente a aquellos ojos rojos. En Invernalia había rezado con su padre ante aquellos mismos ojos, aunque cuando le cortaron la cabeza ninguno de ellos fue a ayudarle. “En el pasado os rece por ayuda y jamás me la concedisteis. Os rece por mi padre, por mi hermano, por mi madre y no hicisteis nada. No pienso rezaros ahora por Jon. – Golpeo con fuerza el árbol hasta sentir la mano entumecida. – Esta es mi fuerza, puede que no sea mucha, pero con ella os aseguro que seré capaz de salvar a Jon. Aunque me deje la vida en ello” cualquier otra maldición que pensara quedo olvidada al escuchar tras ella las maldiciones de Gendry.

 

-          ¿Dónde demonios esta el pozo? ¡Que los Otros se te lleven como nos hayas mentido! – amenazo a Mikke echando mano a la espada.

 

-          Juro que estaba aquí. Mi hermano lo llamaba El pozo del Arciano y el árbol está ahí. La nieve lo habrá cubierto.

 

-          Hay más de dos varas de nieve – le inquirió Gendry. – Como quieres que lo encontremos.

 

-          No lo sé…

 

-          ¡Maldita sea Mikke! – vocifero Gendry antes de que una bola de nieve se metiera en su boca. El enojo y la sorpresa brillaban en sus ojos cuando la miro. Allí parada a dos metros de él Arya se sacudía las manos.

 

-          Me das dolor de cabeza –. “Además de que con ese vozarrón serán capaces de escucharte hasta en el pueblo” pensó aunque con el genio del toro era mejor no seguir picandole. – Mikke esa zarzamora estaba la primera que vinisteis – El muchacho se fijo un momento en la planta antes de negar con la cabeza. Arya recogió las pequeñas y jugosas bayas rojas hasta dejar el arbusto prácticamente pelado. Después se volvió hacia Gendry. – Bien pues ahí es donde está el pozo. ¡Ponte a escavar!

 

-          ¿Y porque tengo que escavar yo?

 

-          No esperaras que escave yo.

 

Arya alzo la ceja y Gendry resoplo desenvainando la espada. Dejo a Corazón salvaje en manos de la pequeña loba y se puso a cavar con la funda. Gracias a los dioses había dejado la buena en Invernalia, la de plata con incrustaciones de zafiros y el grabado de un gran venado con grandes astas, antes de partir para las Islas del hierro. Su mente de guerrero le había aconsejado llevarse la antigua funda de hierro y cuero, le sería más útil si las cosas se pusieran feas. De haberse producido una revuelta y haber perdido la espada todavía hubiera podido defenderse empuñándola como un mazo. Sin embargo nada de eso había ocurrido y ahí estaba, usando su fiel funda como una simple pala.

 

El sudor recorría su frente apelmazando el pelo contra la cabeza. Después de cortar el arbusto que le molestaba tuvo que escavar casi una vara de profundidad entre la nieve y el hielo. Se sentía agotado cuando por fin su funda con punta de hierro hizo un sonido sordo al hundirse en el agujero aunque después de tanto tiempo cavando ni siquiera presto atención.

 

-          Llegaste – le dijo Arya poniéndose a su lado y entregándole un pañuelo con más de la mitad de las zarzamoras y algunas bellotas que había encontrado en los alrededores. Gendry había comido menos que ella para darla el pedazo más grande de pan y después del esfuerzo de cavar en la nieve el hambre le estaría devorando por dentro, aunque conociéndole no se quejaría. El toro nunca se quejaba.

 

-          Como lo…

 

La espada atravesó la madera podrida como si fuera mantequilla. Gendry no supo si se había sobresaltado más por el ruido de las astillas al caer en aquella profunda fosa negra o por ver a su querida espada siendo utilizada de esa manera. Arya golpeo un par de veces más la entrada del pozo antes de devolverle el arma.

 

-          Tranquilo. No volveré a utilizarla de esa manera. – Arya envaino la espada dentro de su funda antes de que el Baratheon reaccionara. La bolsa tintineo una última vez en sus manos antes de lanzársela al muchacho. – La deuda esta saldada. Puedes irte.

 

-          ¿Qué buscáis al otro lado del muro?

 

Arya le hubiese ignorado, pero sabía por el tono de su voz que no era curiosidad sino preocupación. Al mirarle vio en su rostro el sentimiento de culpabilidad. Les había llevado hasta la puertas de la muerte ya que eso era el otro lado del muro, un inmenso mar blanco de nieve y muerte. ¿Pues que eran los Otros sino la muerte andando por la tierra de los vivos?

 

-          Busco un futuro.

 

-          Allí no existe de eso. Por favor no vayáis, mi señora. – Mikke cayó de rodillas al suelo suplicándola detener aquella locura.

 

Arya echo un paso hacia atrás observando al muchacho que se postraba a sus pies. No entendía como la había descubierto aunque sospechaba que había sido por culpa de su amiga peluda.

 

-          ¿Desde cuándo? – fue su única pregunta.

 

-          Solo los hijos de nuestro difunto Lord Eddard Stark tenían lobos huargo. No sabemos si por magia, por su blasón o si son cosa de las leyendas pero nadie más que los Stark parecen poder controlar a esas criaturas – “Más que magia es familiaridad. Eran cachorros cuando los acogimos” pensó Arya recordando el día en que Jon y Rob encontraron los cachorros junto al cadáver de su madre, pero su silencio dejo continuar al hombre. – Se lo imploro mi señora – deposito la bolsa de oro junto a sus pies – volved a casa. Por la memoria de Lord Eddard Stark no me hagáis cargar con esta culpa sobre mi conciencia. Si algo os llegase a pasar…

 

-          Levántate – le pidió. El muchacho seguía con la cabeza baja mirando al suelo. Arya suspiro para sus adentros; no conseguiría nada pidiéndolo de buenas formas. - ¡Levántate! – le ordeno esta vez con la misma voz que le había oído a su padre cuando hablaba con sus hombres. El chico se levanto al momento mirándola con su suplica callada. Arya se acerco hasta coger sus manos entre las de ella. – Te lo agradezco de corazón, te agradezco que a pesar del tiempo y la… distancia todavía honres el recuerdo de mi padre.

 

-          ¿Cómo no hacerlo mi señora? – para su sorpresa la voz del muchacho sonaba cálida al hablar del difunto Lord. – Vuestro padre ayudaba más a los hijos de su tierra que ninguna otra casa en los siete reinos. Nunca antes vi llorar a mi padre y nunca después le he vuelto a ver, pero el día en que murió Lord Stark mi padre dijo que había muerto el rey del norte.

 

El aullido de Nymeria hirió el aire al igual que las palabras del muchacho la habían herido a ella. “Debo ser fuerte. Debo ser Gata; y Gata no tiene familia – clavo las uñas en las manos al sentir el nudo en la garganta. – Gata no tenía familia pero ahora soy Arya y yo…” Cerró los ojos un instante haciendo retroceder las lágrimas enfadada consigo misma ante su propia debilidad. Llevaba cinco años sin llorar la pérdida de su familia, no se daría el lujo de hacerlo ahora cuando el tiempo corría en su contra.

 

-          Agradezco tus palabras, Mikke, pero no retrocederé. – Puso la mano sobre el hombro del muchacho. – Tu destino es forjar esa cadena al igual que el mío es atravesar este muro.

 

-          Mi destino era quedarme en mi aldea y vos, mi señora, lo habéis cambiado. Por favor permitidme…

 

-          ¡Mikke! – le corto. – El rey se muere y la cura puede estar al otro lado. No tengo nada más que decirte.

 

Arya le dio la espalda volviéndose hacia Gendry esperando que el chico se marchara sin decir nada más en busca de su propio futuro y que no regresara a la aldea. Estaba tentando al destino y lo sabía; el muchacho podía volver a su casa y delatarlos pero había podido leer la lucha interna que sufría en su rostro y confiaba en que su intuición no la fallase; no quería tener que lastimar al chico. “No volverá. Seguro. No podría explicar de dónde ha salido el dinero, porque se ha marchado tan temprano o como me ha reconocido”. Mientras caminaba hacia él, Gendry la miraba tranquilo con aquella sonrisa divertida. La última zarzamora brillaba en sus manos cuando se la metió en la boca.

 

-          Que te aproveche porque tardaremos bastante en volver a probar bocado – le sonrió. Apenas dio un par de pasos cuando la mano de Mikke la agarro con fuerza. De haber sido otro hombre u otra circunstancia Arya habría sacado el puñal escondido en su muñeca pero el temblor del muchacho era evidente hasta por encima de toda la ropa que llevaba. “Tiene miedo. Acaba de tocar a una dama. Y no solo eso. A tocado a una de las hijas de Invernalia” Gendry ya se acercaba con la espada en la mano cuando un gesto de su mano lo tranquilizo aunque no hizo que envainara el arma. – ¿Qué quieres ahora Mikke? La conversación ha terminado, no cambiare de opinión.

 

-          Lo sé… moza. – Arya se sorprendió al oírle. Notaba como el agarre se debilitaba a la vez que le veía soltar el enorme fardo marrón, viejo y agrietado que había llevado consigo todo el camino. – Solo quería daros esto. A ti y a tu… esposo.

 

Gendry envaino la espada al ver como Mikke la soltaba el brazo para dejar caer a su lado la enorme mochila de piel, aun así su mente de soldado le hizo avanzar rápidamente hasta situarse al lado de su señora. Arya se fijo en como disimuladamente su amigo apoyaba las manos detrás de su espalda donde el cinturón que sostenía su espada y ataba su jubón hacia una rara hendidura dentro de su ropa. Supuso que era el viejo puñal de mango de madera con el que bromeo la noche anterior mientras se acostaban.

 

-          No creo que eso corte ya ni la mantequilla – se burlo al verlo encima de la mesa a la poca luz de la vela.

 

-          Es un recuerdo de la hermandad sin estandartes. Y no solo corta la mantequilla sino que me ayudo a salvar la vida de muchos hombres – le contestado de forma cortante antes de acostarse a su lado.

 

Ajeno a los pensamientos del guerrero Mikke ignoro por primera vez desde que le conocieran el brillo de la espada, sus ojos estaban clavados en el suelo. Una parte de él sabía que debía denunciarlos, pero creía en el destino. En el destino de ambos.

 

-          Me parecía que la información era poca por lo que traje la mochila para que el trato fuera más justo. No creo que os sirva de mucho en ese infierno helado lleno de demonios, pero es lo mínimo que podía hacer por… dos desconocidos. – Alzo los ojos. Le costaba hablar. – Espero que en un futuro nuestros caminos se encuentren en Invernalia. Lo espero de veras.

 

Sobraban las palabras y las despedidas. En cuanto Gendry cogió la mochila el muchacho se dio la vuelta internándose más en el espeso bosque. A un par de kilómetros encontraría el camino real que le llevaría a la Ciudadela a convertirse en maestre. Arya le vio alejarse con los hombros hundidos y las piernas torpes. El chico se sentiría culpable y ella lo sabía.

 

-          Cuando volvamos a Invernalia le escribiré.

 

-          ¿Para qué? – Gendry se encogió de hombros. – Solo es un muchacho.

 

-          A veces creo que dentro de tu cabeza no hay más que serrín – bufo Arya.

 

El chico le había demostrado una lealtad que pocas veces había visto. Miro a su amigo de nuevo y meneo la cabeza. Ni siquiera en él. El recuerdo de cómo dejo que Lord Beric Dondarrion y aquel monje rojo la trataran como un simple objeto por el que poder intercambiar la dolió. La dolió más que todas las piedras que se clavo en el camino, el hambre que paso o el miedo. “Confiaba en él. Confiaba ciegamente en él, pero y ahora… ¿Soy capaz de confiar en alguien? Salí de Bastion Kar sin decir nada a nadie porque…“ Se mordió el labio no quería admitirlo pero acaba de hacerlo. Cerró los ojos por un segundo y lo acepto, al igual que había aceptado muchas tantas cosas. Era incapaz de confiar en nadie. Se acercaba el invierno como decía su padre y ella se había vuelto una loba solitaria. “Y no me importa” se dijo cerrando los puños hasta notar la presión en los nudillos.  

 

Gendry la replico algo pero para entonces ya le había dado la espalda. El remolino de pensamientos que era su mente se esfumo tan rápido como apareció en cuanto sus manos se abrieron y tocaron la mochila. La intento levantar, pero apenas pudo alzar unos centímetros del suelo. “Al final no era tan enclenque – se dijo echando un vistazo por el camino que había seguido el chico. – Le irá bien haya donde vaya. Al final ha resultado ser un hijo del norte”

 

-          Te ayudo.

 

La voz de Gendry sonó a su lado cogiéndole la mochila. En brazos de él parecía tan ligera que casi engañaba; solo las venas de los brazos demostraban el esfuerzo que hacía por sostenerla. Estaba a punto de echársela sobre los hombros cuando Arya negó con la cabeza.

 

-          No sabemos que hay dentro.

 

Gracias a los dioses el muchacho había resultado ser más previsor que ellos mismos. Un par de cuchillos, un par de espadas y unas cuantas mantas tomadas prestado de la taberna con los pocos víveres eran su único equipaje.

 

-          Pensabas ir al otro lado del muro así – la recrimino Gendry.

 

-          No creo que tu hayas traído algo más.

 

El tono carmesí del cuello del toro lo delataba desde lejos. Tampoco se le había ocurrido llevar nada más, ni siquiera tenía pensado llegar hasta el otro lado del muro el día en que salió tras la muchacha loba. Su objetivo era llevarla de vuelta antes de que nadie les echara de menos no arrastrarse con ella al fin del mundo. “Y aun así lo estoy haciendo. En el fondo soy tan tonto como un toro”

 

Dentro de la mochila de Mikke encontraron su salvación. No había otras palabras con que describirlo. Además de carne seca y dos odres de vino que les calentaría la garganta había varias cuerdas de distintos grosores, un hacha de mano y una piedra de pedernal. Varias telas sin sentido que resultaron ser una tienda de campaña rudimentaria como las que llevaban los pastores cuando el tiempo era vehemente pero el frio se calaba hasta los huesos y un saquito con distintos tipos de yesca que les ayudaría a encender la hoguera. Hacia el final Arya encontró otro dos pares de guantes de lana que dejo en el fondo y varias prendas más que sin duda les haría falta. Al otro lado el frío era mortal y el cuero no los protegería, la lana que llevaban debajo sí. Si se les mojaba los guantes al menos tendrían unos de repuesto.

 

El sol iluminaba ya con mayor claridad dejando atrás la noche para cuando se pusieron en marcha. Al examinar el profundo pozo más cerca vieron unos viejos y desgastados peldaños de madera construidos sobre la misma tierra. La madera podrida y humedecía por los años todavía se mantenía lo bastante resistente para el peso de Arya y aun así no todos los escalones, pero bajo Gendry aquellos peldaños se partirían como ramitas.

 

-          Bajaras con la cuerda – sentenció Arya al ver el agujero que había dejado el primer escalón en el que Gendry se intento apoyar. – Después cuando llegues abajo te seguiré yo. Así si me caigo tendré algo blandito donde caer – le sonrió palmeándole el musculado pecho.

 

-          Serás tonta – la sonrió tocándose el vientre – soy puro musculo. – Arya le sonrió alzando una ceja pero no dijo nada más entregándole la cuerda más larga.

 

-          Vamos puro musculo – le apremio.

 

Ya estaba atada fuertemente la cuerda contra el árbol corazón cuando el aullido de Nymeria se le metió en la cabeza. La loba. Durante todo aquel tiempo el animal había estado desaparecido y ahora estaba junto a Arya lamiéndole la mejilla mientras intentaba quitarle un palo de entre las manos.

 

-          Bajare primero a la loba – le dijo Gendry acercándose a ellas.

 

-          No. – El ceño fruncido del toro la obligo a continuar. – Nymeria no viene. No sabemos si hay salida al otro lado o si podremos regresar por el mismo sitio. Lo he estado pensado y no estoy dispuesta a arriesgarme a tener que abandonarla en aquel infierno.

 

-          Pero si te vas a meter tu de cabeza.

 

-          Ya me conoces. – La sonrisa traviesa y el familiar gesto de los hombros hizo suspirar a Gendry. Si la diera una espada y la cortara el cabello podía transportarse cinco años al pasado y veía a la misma niña que atemorizaba a Pastel caliente.

 

 

 

Uno, dos, tres, cuatro… Arya contaba en voz baja el numero de golpes que daba Gendry desde el pozo. Cada dos golpes correspondía a un metro por lo que cuando llego a veinte el Baratheon debía haber bajado unos 10 metros. Al final pudo escuchar un fuerte sonido aunque no oyó el chapoteo del agua. Estaba a punto de gritar su nombre cuando la voz de este la llamo desde lo más profundo del agujero.

 

-          Todo bien. Tira la mochila. Con cuidado.

 

Sus gritos lejanos sonaban amortiguados al chocar contra las paredes del pozo. Despacio y con cuidado Arya dejo caer la mochila ayudándose del árbol. Solo cuando sintió que la bolsa no podía caer más deshizo el nudo. Por un momento pensó en que había roto la cabeza de Gendry pero la voz del muchacho la llamo desde lejos.

 

-          ¡Ahora tú! – fue lo último que le escucho.

 

Nymeria la miraba mientras se apretaba los guantes con las correas y se ataba bien las botas. Las orejas gachas y los ojos tristes la hicieron recordar el día en que tuvo que abandonarla. “Y otra vez lo hago” se dijo al tiempo que le acariciaba la cabeza.

 

-          Escúchame – la dijo alzándole la cabeza. – Quiero que vuelvas a Bastion Kar o a Invernalia. Busca el olor de Fantasma o de Sansa. No me importa cual, pero quiero que regreses. Estos bosques son peligrosos y tu manada no está aquí. ¿Me has entendido?. – La loba echo las orejas hacia atrás. – Espero que sí. ¡Ahora, ve! – la apremio.

 

Tan rápido la voz de Arya la incito la loba salió corriendo perdiéndose en la espesura. Los ultimo que escucho la muchacha fue el sonido de las ramas al partirse cuando el animal se escabullo entre los matorrales.

 

El pozo aunque no era precisamente estrecho la helo la sangre al apoyar sus manos en el borde de aquel agujero. La tierra endurecida y fría hasta sus entrañas la congelaba incluso antes de empezar a descender. El olor a moho casi la hizo vomitar pero Arya no se permitió el lujo; las pocas bayas y el pedazo de pan duro que tenía en el estomago era lo único que podría comer hasta dentro de varias horas. Los escalones de madera podridos por el tiempo y el agua crujían constantemente bajo su peso. Varios de ellos se deshicieron entres sus manos cuando se agarraba buscando desesperadamente un punto donde apoyarse. De haber habido rocas o raíces se hubiese sentido más segura, pero la oscuridad del pozo no la ayudaba a distinguir las formas inconexas que sentía a su alrededor. “Ya falta poco” se repetía una y otra vez cuando estaba a punto de perder el pie y caer al vacío. La voz de Gendry la llegaba amortiguada a pesar de que sabía que cada vez estaba más cerca. “No importa. Ya no puede quedar mucho. Solo un poco más, un escalón más – confiaba ciegamente en que el final del pozo estaba cerca aunque los músculos agarrotados de sus brazos la gritaban que descansara. Solo la voz de Gendry diciéndola que continuara la impedía parar. – Si me paro puedo caer” creía estar a mitad de camino cuando unas poderosas manos la agarraron de la cintura.

 

-           Bien hecho – rugió alguien a sus espaldas. – Pensé que bajar con la cuerda era complicado, pero por los siete infiernos estos peldaños son una trampa mortal. Toque varios a medida que bajaba y había sitios en los que no se podría apoyar ni el filo de una espada.

 

Arya respiro profundamente estirando todo lo que pudo los brazos. Gendry no se equivocaba, había tenido que dejarse caer dos veces a ciegas y solos sus dedos agiles la habían conseguido sostener de una muerte segura el tiempo suficiente para que sus pies buscaran el próximo escalón.

Capitulo 19 Infierno blanco por yuukychan
Notas de autor:

Wenas!!!!! Aqui os traigo otro capitulo y espero que os guste.

 

Al bajar por el antiguo pozo rodearon las paredes de un extremo a otro, cada uno por un lado buscando la entrada, la grieta o la minúscula rendija por la que alguna vez el agua inundo aquel lugar. Las maldiciones del soldado resonaban en aquel espacio antes de que las mismas paredes se tragaran su sonido después de examinar hasta tres veces cada pequeña grieta que encontraba. Arya apoyada contra los escalones por los que había bajado intentaba escudriñar en la oscuridad. Si no había más remedio usarían la primera antorcha de las tres que llevaban pero quería aprovechar la escasa luz que les proporcionaba la entrada. “Si había un pozo tuvo que haber agua y esta salir de algún lado, no había otra explicación” se dijo mordiéndose el labio inferior. También existía otra explicación que no quería creer, que Mikke les hubiera engañado.

-          Esto era una locura. Una locura desde el principio – murmuraba Gendry bufando las palabras igual que un perro rabioso. - ¡Estás loca! ¡Estabas medio loca cuando te conocí y ahora lo estás del todo! – vocifero.

Arya enarco la ceja sorprendida y sonrió de medio lado sin decir nada. No era lo peor que le habían dicho aunque si le había sorprendido que se lo dijese él precisamente. Desde que se reencontraran la trataba como a una dama o como a una niña, no tenía punto medio, pero jamás antes la había llamado loca. Delante suya podía distinguir la silueta del continuo andar de Gendry moviéndose de un lado para otro todo lo que le permitía el pozo rechinando los dientes cada vez que tocaba una de las paredes. “Tiene miedo” comprendió de repente cuando la tercera vez soltó una maldición entre dientes. Su forma de comportarse le recordaba a la de los leones que había visto en las Islas del verano.

Durante su misión la mantuvieron encadenada a ella y a dos muchachas más junto a una jaula llena de leones, eran un regalo de no sé qué rey de mucho más al sur, de una de las ciudades libres, a aquel traidor al que la ordenaron matar. Aquellas fieras no dejaban de rugir, caminar, mordisquear los barrotes y pelearse entre ellos a zarpazos. Todavía recordaba la sangre que mano de la yugular de uno de los leones más jóvenes, el más grande de ellos, un gran león de melena dorada le había matado de un solo mordisco. Las fauces todavía le chorreaban cuando el grito de las muchachas que iban con ella alerto a los guardias y aparecieron. El miedo que reflejaron sus rostros se evaporo al ver que el muerto no era más que uno de los leones imberbes, apenas una pelusilla compara con la del otro le rodeaba la cabeza.

-          Si preguntan el mar lo ha matado – le dijo uno de los guardias al otro. Este simplemente asintió señalándole la piel. El guardia se encogió de hombros. – Llama a una de esas zorras calientacamas. Alguna sabrá despellejarlo. – Tenía razón. No habían pasado ni cinco minutos cuando dos mujeres de tez tostada y ojos almendrados acudieron a despedazar al animal. Su piel no valdría mucho comparada con la de otros de sus hermanos, pero no dejaba de ser un león. El rey de la selva según decían los ancianos en sus historias.

Otra maldición volvió a escaparse de entre los labios de Gendry al igual que los leones rugían. La guerra se había cobrado muchas vidas, pero había destrozado todavía más. Arya pensó en la muchacha, Serein, que le había atendido en Bastion Kar y que fue violada por los soldados, a lo mejor su amigo también tuvo sus propios demonios en la guerra.

Los pasos no calmaban su ansiedad más bien parecían acrecentarla. Caminar sin encontrar una salida, aquello no tenía sentido y su mente lo sabía pero no se podía estar quieto. Si en aquella ocasión se hubiese estado quieto habría acabado muerto, pero no quería recordar. Si empezaba a recordar… Meneo la cabeza para sacarse a aquellos demonios que le asaltaban y golpeo la piedra que estaba a sus pies. Esperaba oírla rebotar contra la pared, pero su sonido no llegaba. El pozo no era pequeño, podían entrar hasta cinco personas más y no se molestarían pero tampoco una piedra podía tardar tanto en golpear el suelo. Por fin su sonido se escucho aunque lejano, demasiado lejano. Dentro del propio pozo, casi escondido en la oscuridad había otro agujero, demasiado metido en la pared como para poder caerse por el si no se sabía dónde estaba.

-          Enhorabuena has encontrado la autentica entrada al pozo. – Arya le palmeo la espalda mientras se dirigía hacia aquel agujero. Recogió otra de las piedras del suelo y al dejarla caer enseguida escucho el ruido sordo que hacia contra la tierra. “No habrá más de un metro. Puede que llegue al metro y poco más” pensó dirigiendo su mirada hacia el antiguo aprendiz de herrero. No solo le llamaba “Toro” porque creyera que era un cabezota, que lo era; también lo hacía porque era evidente que los años en la herrería y después entrenando como caballero le habían dado unos músculos que muchos hombres no conseguirían en la vida. “Ya era fuerte de por sí…” se dijo al recordar al adolescente malhumorado que conoció el día que salió con Yoren de Desembarco del rey. – Bajo yo primero…

-          Ni hablar – la corto. – Puede ser peligroso. Iré yo. – Estaba dejando caer de nuevo la mochila que había vuelto a colgarse cuando por el rabillo del ojo vio desaparecer a Arya dentro de aquel agujero. – ¡Maldita niñata! – grito, mezcla de miedo y preocupación. – ¡Arya!¡Arya!

-          Tranquilo puedes saltar. ¡Pero ten cuidado!. El techo es bastante bajo al principio pero más adelante parece que se abre.

Si aquel pozo fue alimentado alguna vez por algún rio subterráneo tuvo que ser mucho antes de que el último rey en el Norte hincara la rodilla ante los Targaryan. Desde entonces solo caminaban por su interior las alimañas como las ratas y ratones que corrían veloces en aquella tierra dura y fría como el acero. Gendry se adelanto con la antorcha en la mano, hizo un gesto a la muchacha y comenzó a adentrarse hacia las profundidades de la montaña. Mientras le seguía, siempre pegada a él, Arya creyó escuchar en aquel silencio la voz del maestre Luwin. El anciano siempre la decía que el norte no tenía tantos problemas como el sur porque allí no había plagas de insectos que arruinaran las cosechas.

-          Y menos mal – la decía siempre guiñándole un ojo – porque si no tu hermana no se libraría de tus bromitas.

Aquella oscuridad le hizo pensar en él, en cómo se escondía en las criptas cuando la vieja septa la buscaba para ir a las clases de bordado y como el maestre la encontraba allí. La primera vez la obligo a salir e ir a sus clases como era el deber de toda dama, pero después de verla enfadada y con lagrimas en los ojos al ver como todas las mujeres alababan el trabajo de Sansa y despreciaban el suyo decidió callar. Sintió pena por ella, Arya lo supo enseguida cuando vio sus ojos, el día en que la dijo que si se iba a esconder tendría que hacer algo productivo.

-          ¿Y qué se puede hacer aquí abajo? Es demasiado estrecho para aprender a usar la espada y está demasiado oscuro como para dar clases de lectura – se quejo.

-          Algo se nos ocurrirá – le contesto el viejo maestre rascándose la barbilla.

Fue en la cripta, entre las antorchas y velas, rodeada de todos los señores de Invernalia cuyos rostros borrados se perdían en el mar del tiempo, que el maestre la enseño historia, toda la historia, no solo las partes bonitas o estrictamente históricas. La enseño todas las leyendas que rodeaban el castillo negro y las de más allá del muro. Le conto todo lo que sabía de Poniente y algunas batallas más del otro lado del mar. Le hablo de demonios de largas trenzas que corrían montados encima de caballos como si fueran parte de su cuerpo y de hombres que habían adorado a dioses tan antiguos como sanguinarios, el más conocido que el recordaba era una diosa sin nombre pero que se la representaba como una Arpía.

-          El desconocido a su lado no da tanto miedo – la decía el viejo anciano.

Pero la historia que más le gustaba, con la que soñaba todas las noches, era la autentica historia de la reina Nymeria. Una mujer que jamás toco más acero que el de sus espadas, dijeran lo que dijeran los Dornienses del gran arte de la reina para coser. Miles de veces le obligo al maestre a repetirla la historia con aquella frase que tanto la gustaba. “Cuando se decía que las puntadas de la reina era tan certeras no lo decían porque supiese coser – siempre en ese punto hacia una pausa para dejar que la ansiedad de Arya creciera y acabara rogándole que le dijese el porqué aunque de sobra ya lo sabía. – Era porque la espada entre sus manos bailaba un compas que nadie más parecía conocer y su arco jamás fallaba el tiro si su ojo ya tenía un punto en el que tirar. Ya fuera un animal, un árbol o…” Arya siempre le sonreía en ese punto. Después de que le interrumpiera las primeras veces el maestre siempre la dejaba terminar la frase. “O un corazón humano” susurraba entonces ella emocionada al imaginar a su guerrera favorita a lomos de un caballos salvaje con el arco en tensión apuntando al ejército enemigo. En su mente al igual que en la historia, veía esa saeta clavada en corazón de un soldado. A pesar del tiempo añoraba al viejo maestre y sus historias. La enseñaba las historias que su madre no quería que la contara. Más de una vez había escuchado a Lady Catelyn decirle al anciano que la historia de las grandes batallas debía enseñárselas a sus hijos no a la rebelde de su hija. Siempre era eso. La rebelde de su hija. La rebelde…

El chillido de aquellas criaturas la recordó donde estaba. El ruido de sus dientes al roer la tierra era la música que les acompañaba mientras recorrían aquella negrura. Llevaban cerca de dos horas caminando por aquel abrupto suelo frío y duro como el mismo hielo, pero lo peor no había sido el suelo sino el agobiante camino. Cada tramo cambiaba de una forma a otra sin entender como por dentro de la montaña se había formado tan intrincada veta. Si al entrar a la cueva Gendry no podía mantenerse de pie había habido un momento en el que Arya sufrió por él. El techo eran tan bajo que ella tuvo que agachar la espalda, pero él había tenido que andar arrodillado durante varios metros. Por un momento llego a pensar que no lo conseguiría; no podía verle la cara, pero sus hombros se encogían debido al dolor. ”Aguanta solo un poco más” le rogaba para sí misma avanzando un paso tras otro por detrás de él. Respiro aliviada cuando el techo se alzo sobre su cabeza a más de 16 metros y la espalda de Gendry se irguió en toda su altura.

La caverna que se abría ante ellos parecía mágica, como salida de los cuentos de la vieja Tata. Unos bichitos pequeños y zumbones que a Arya le recordó a las luciérnagas de los pantanos arrojaban una extraña luz azulada que desaparecía al acercarse al centro de la cueva. De allí, olvidada por el resto del mundo, manaba un tranquilo manantial de aguas cristalinas. La estalactitas y estalagmitas serpenteaban alrededor del estanque en un gran círculo que se cerraba frente a varios pequeños agujeros en el otro lado de la cueva.

Alejado un poco de ella, Gendry estiraba sus piernas apoyado contra la pared. Le dolía todos los músculos, pero las punzadas que sentía en las rodillas eran una tortura más placentera que el seguir estando en esa posición. Recuperado avanzo hacia el otro extremo de la caverna.

-          Hay que seguir el de la derecha. – Arya le miro confusa. – Ese gran surco en la pared – le explico señalando un gran hundimiento en la tierra en el que antes ella no se había fijado por estar cubierto de piedras – era por allí por donde el agua de afuera se juntaba con la del estanque y fluía en dirección al pozo.

Era lo más posible. Arya había leído en la biblioteca de su padre de fuertes terremotos y hundimientos en el Norte durante la época de los primeros reyes. La tierra se veía arrasada y las cosechas desaparecían bajo torrentes que se llevaban por delante todo lo que no estaba sujeto a la tierra, incluso arboles con cientos de años caían como simples ramas ante su fuerza; solo los viejos arcianos aguantaban la embestida y sobrevivían. Los antiguos niños del bosque creían que esas lluvias purificaban la tierra, pero para los primeros hombres eran un constante temor ante la llegada de la primavera y el otoño. Rogaban a los arboles blancos por el eterno verano donde el frío del invierno no pudiera matarlos y los deshielos no pudieran acabar con su mundo. Por aquel entonces Brandon “el constructor” comenzaba a levantar el gigantesco muro que los separaría de los terrores que nadie mencionaba, aunque muchos pensaban que el gran muro jamás soportaría un otoño. Ya fuera la magia, los dioses o la pericia del constructor el muro no solo había soportado un otoño, sino cientos.

El agujero, del tamaño de una ventana, conducía por una empinada cuesta por la que la claridad iba siendo mayor a medida que avanzaban. Lo que empezó como una suave brisa que hacia bailar la llama y les acariciaba el rostro como una mano fría rápidamente se volvió un fuerte viento helado que recorría aquel pasillo hasta hacer zarandear el fuego de la antorcha con violencia amenazando con extinguirlo. A cada paso la cuesta se volvía más empinada y el frio iba aumentando por lo que poco podía faltar ya para encontrarse con el infierno blanco pensaba Arya.

La primera gélida bocanada de aire que respiraron fue al borde de un acantilado que descendía perpendicularmente hacia un gran abismo blanco. Gendry suponía que entre aquella blancura se encontrarían las afiladas rocas que serian su muerte si caían por lo que agarro a Arya y entro de nuevo a la cueva. Intento hablar, pero el esfuerzo de la subida y la gran caída pesaban sobre su pecho como una losa, una gran piedra que le oprimía hasta casi impedirle respirar.

-          Es la altitud – boqueo Arya. Descansaba apoyada contra la piedra intentando mantener bajo control su propia respiración. Aunque no lo demostrara para ella la cosa no estaba mejor que para el cabezota de su amigo; dentro de la cueva les había costado respirar pero al menos se estaba caliente. A aquella altitud no solo sentía un frio que la cortaba por la mirad sino que también notaba como sus pulmones intentaban obtener más aire del que en verdad había.

-          ¿Estás bien? – le pregunto Gendry preocupado mirándola ahora con ojo más crítico. Los labios de la lobita temblaban tanto o más que los suyos y su pecho subía y bajaba con más velocidad. “La cuesta adaptarse a esta altura” pensó. Él había tenido que luchar herido, al borde de la muerte y aguantando todo el peso de su armadura. Acompasar su respiración no le era difícil. – Tranquilízate y espérame aquí.

-          Voy contigo.

-          No. Y es una orden – la amenazo. Por primera vez desde que la conociera Arya cedió sin oponer más resistencia, sin intentar convencerle de hacer lo contrario. Aun así su silencio no le tranquilizaba, vio la preocupación en sus ojos al verla morderse el labio con fuerza. Se dio la vuelta para evitar la tentación de abrazarla, de decirla que todo iría bien, pero al volverse ella le agarro el brazo. – No te preocupes. Volveré.

Fuera de la cueva el día brillaba claro con un sol que no calentaba pero al menos permitía ver con más claridad que si estuviera nublado. Aun así aquello no duraría mucho tiempo. Por el norte avanzando cada vez más rápido, unas nubes ya familiares para el caballero después de haber pasado tanto tiempo en aquellas tierras le advertían que pronto habría tormenta. “No quiero estar en esta montaña para cuando esas nubes lleguen” se dijo a si mismo echando un vistazo a su alrededor. La pequeña cueva por la que salieron estaba situada entre dos desfiladeros casi perpendiculares hasta el suelo; por encima de ella todavía quedaban muchos metros de montaña, ni siquiera estaban a la mitad, pero la altura era considerable, sobre todo si nunca se había subido tan alto. El camino de la derecha no tenía ninguna salida y al asomarse lindaba directamente con el muro unos cuantos metros más para abajo más alejado. En aquella parte Brandon el constructor utilizo las rocas de la montaña como base por lo que no habría forma de volver por ese punto. Al otro lado Gendry descubrió pequeños salientes en el de la izquierda. Sin pico ni cuerdas solo tenía sus manos para agarrarse a la resbaladiza montaña. Encaramado a la roca fue descendiendo por la piedra lentamente asegurándose a cada paso de no resbalar con el hielo; los gruesos guantes de cuero apenas le dejaban sentir la roca que había debajo de sus manos y varias veces tubo que asegurarse de que las piedras en las que se agarraba estaban bien sujetas a la montaña. El miedo se apodero de él justo cuando llegaba al primer asidero. Se encontraba a un metro cuando intento darse prisa y se agarro a una roca que se estaba desprendiendo, solo la capa de hielo la mantenía unida a la montaña. Al apoyar su peso sintió como su mano y parte de su cuerpo quedaba colgando en el vacío. Por un segundo llego a creer que moriría. “Imbécil y ni siquiera la has dicho que la quieres” se reprocho cuando sintió que su cuerpo estaba a punto de soltarse.

-          Idiota impúlsate contra la roca.

La voz de Arya corto el aire como un cuchillo hasta llegar a sus oídos. Era cierto. El saliente estaba tan cerca que si saltaba lograría llegar hasta él. “Solo un impulso y podre decírselo” se dijo. Pateó entre la nieve y encontró el punto de apoyo que había usado aferrándose a él todo lo que le permitía la bota. Oyó el crujido de la piedra al romperse cuando se impulso con todas sus fuerzas hacia el saliente. El dolor del impacto casi fue un dulce beso al ver cómo tras él se desplomaba gran parte de la pared. Las piernas le temblaron cuando se puso de pie pero al menos aquella roca si aguantaba todo su peso. Miro hacia arriba, hacia donde estaba la cueva y Arya no estaba allí. “Habrá sido mi imaginación” pensó al recordar la voz que le había gritado que saltara. Comprobó que la montaña tenía varios salientes como aquel hasta llegar a una plataforma de rocas desde donde empezaba a crecer el bosque. Recordó que Jon le habló una vez de un sitio así. “Parecen las escaleras de un gigante y, créeme, podrían subirlas” le dijo a la luz de la hoguera cuando ambos no eran más que soldados a las ordenes de la reina Daenerys.

-          Pero yo no soy un gigante y ahora tengo que ir a buscarla. – Todos los músculos le dolieron solo de pensarlo. Si la bajada le había sido dura, no quería pensar ni en la subida. Estaba a punto de volver a subir cuando una lluvia de nieve se deslizo por su lado. Al mirar hacia arriba se encontró con los grises ojos de Arya que examinaban la roca y a su lado la enorme mochila. “No puede bajar con ella, ni siquiera estoy seguro de que yo pueda” – Espérame ahí. No puedes bajar con la mochila – la grito.

Sin hacerle caso Arya desapareció hacia dentro. Era cierto que no podía con la mochila, para llevarla hasta el borde había necesitado de toda su fuerza y solo lo había conseguido arrastrándola. “Y porque el hielo resbala” pensó mirándola resentida. Se sentía inútil cuando no era capaz de hacer algo por sí misma y sabía que no podía bajar la mochila sobre sus espalda. Pensó en Gendry. Era fuerte pero tampoco él podría bajarla, al menos no si correr el peligro de caerse para atrás con ella.

-          Maldita sea. Si cualquiera de los dos la lleváramos nos romperíamos el cuello al caer y la mochila… - una sonrisa maliciosa se dibujo en sus labios.

Con un pie asido sobre la primera de la rocas que iba a escalar Gendry vio por el rabillo del ojo como  algo se precipitaba al vacio. Estuvo a punto de gritar cuando la voz de Arya le llamo para que continuara bajando.

El descenso para ambos fue duro. Para evitar sobrecargar los pequeños riscos donde descansaban iban bajando uno delante del otro sin llegar nunca a la misma altura. Al llegar a la pequeña plataforma descansaban unos minutos, lo suficiente para que el frio no les agarrotase los músculos. El silencio de las rocas les tranquilizaba, eso significaba que estaban bien arraigadas a la montaña, pero había otros sonidos que acompañaron su descenso. A medida que descendían y el bosque se encontraba más cerca podían oír el aullido de los lobos y algún que otro rugido más solitario de los gatosombras. Varias águilas y halcones volaron sobre sus cabezas ignorándoles al pasar por su lado.

El primero en tocar suelo fue Gendry que fue a revisar el estado de la mochila. Ningún depredador se había sentido tentando por aquel amasijo uniforme por lo que todavía seguía tirado en la nieve sobre un gran surco. “Sera bruta” pensó ya más tranquilo al ver que nada de lo que había dentro se había roto. Con la mochila entre sus manos y la hoguera que había hecho para entrar en calor espero a que Arya descendiera el último tramo que la faltaba.

-          Hace mucho calor – se quejo la pequeña Stark cuando llego hasta la hoguera resoplando por el esfuerzo.

-          Es la bajada. Espera un rato y tiritaras.

Gendry tenía razón. El frio se cernió sobre ellos tan rápido como sus cuerpos se enfriaron y la noche se aproximaba. Arya deseaba adentrarse en el bosque esa misma noche pero sabía que era peligroso, demasiado peligroso para cualquiera de los dos. Miro al cielo para ver cómo los últimos rayos de sol se iban apagando tras el horizonte.

-          Todavía quedan un par de horas antes de que anochezca. – Gendry levanto la cabeza con el ceño fruncido.

-          ¿No pensaras que nos adentremos dentro del bosque ahora?

-          No. – “Aunque es lo que deseo” – Pero necesitamos leña. Mucha leña si tenemos que hacer guardia. – Los ojos de Arya se clavaron en los del muchacho. No quería mencionar el nombre de sus peores temores pero era evidente que pronto despertarían, si es que los “Otros” dormían de día.

-          Vayamos a por leña – asintió Gendry.

Frio. Era lo único que podían sentir contra su espalda, pero era mejor eso que acampar en campo abierto o en mitad de un bosque desconocido. Tras hacerse con un buen cargamento de leña Gendry le propuso a Arya acampar al pie de la montaña para estar lo más protegidos posible. Mientras que ella bajaba por el desfiladero había encontrado una cueva en la montaña, más bien una concavidad bastante grande, donde podrían mantenerse resguardados de los peligros del Norte. A la entrada habían encendido una potente hoguera que les dejaba ver varios metros alrededor y dentro se podía descansar.

-          Puedes dormirte un rato. Yo hare la primera guardia – la susurro echando la mano a la espada intentando vislumbrar en la espesura del bosque un par de ojos azules como los que describían las viejas historias.

Agotada Arya se dejo caer arrebujada contra las mantas pero era incapaz de dormirse, el frio la mantenía despierta haciéndola tiritar incluso bajo la mantas. A su lado a un paso de distancia podía escuchar la rítmica respiración de Gendry y el inconfundible rechinar de su piedra. Estaría afilando su espada con la piedra de amolar igual que hacia todas las noches antes de acostarse. No importaba si era una espada, un puñal, una armadura o un simple casco; aquel era su momento, en donde se perdía entre sus pensamientos con el ceño fruncido.

Con la espada entre sus manos Gendry no dejaba de observar el fuego. Todavía se acordaba de todas aquellas noches en la que compartió el calor de la hoguera con el sacerdote rojo y Lord Bedric Dondarrion. Quedaban ya lejos los días en que adoro al señor de luz y aun así las tinieblas no le habían devorado como le amenazo Lady Melidsandre el día en que su tío le llamo Baratheon.

-          Si abandonas al señor de luz tu camino se volverá negro como la eterna noche y morirás en la más absoluta oscuridad. ¡Eso es lo que quieres muchacho!  - La voz de la mujer, siempre tan melodiosa y cálida, tan dulce y excitante que parecía prometerte toda la felicidad y riquezas del mundo en esos momentos le sonó angustiada y llena de temor.

-          ¿Dónde estaba el señor de luz cuando comenzó esta locura? ¿Dónde estaba cuando mis hermanos murieron a manos de leones, lobos, truchas, torres…? Dónde estaba, mi señora cuando el viejo sacerdote rojo pronuncio su nombre antes de morir. “R’holl, mi señor de luz. R’holl mi dios que la muerte sea rápida” le suplico cuando diez leones le tenían arrinconado. Murió señora. Murió ahorcado, apuñalado, desmembrado y torturado. Nunca le dejaban morir del todo y así estuvo una semana. A los cuatro días murió Lord Beric Dondarrion ó descanso en paz, depende de a quien le pregunte. Lo siento mi lady, pero no puedo creer en vuestro Dios – le respondió Gendry ya vestido con la capa de su casa. El venado, sin corona, ondeaba orgulloso en su espalda cuando él mismo se quito la capa delante de todos los vasallos de la cada Baratheon. – Bastión de tormentas es tuyo, tío, hasta que yo sea capaz de ejercer como un autentico señor para mis vasallos. Lo único que te pido – clavo sus ojos en la mujer roja – que permitas que cada hombre y mujer rece al dios que esté en su corazón. No importa si son los siete, los antiguos dioses o este nuevo, pero que no haya más hogueras.

Stannis asintió con la mandíbula tensa por la ira. El mundo entero le agradeció su ultimo apoyo a la reina dragona, era eso o seguir en una guerra que cada día perdía más. La voracidad de Lady Melisandre, su deseo de que todo hombre rezase a R’holl el señor de luz porque si no estarían rezando al otro, al que no debía ser nombrado le llevo a cometer muchos actos que hoy le pesaban. Al final de la guerra solo los hombres de su esposa, le apoyaban y solo porque creían de verdad que él era el rey de la leyenda. “Se me olvido – le dijo a su mujer cuando al final acepto la derrota sentado ante la mesa el primer dragón Targaryan mando pintar. Acaricio el pequeño punto que era su isla y se volvió hacia la ventana para contemplarla. – Las leyendas son cuentos. Hermosos, fantásticos, donde todo caballero es honrado y toda dama hermosa pero al fin y al cabo, cuentos”

-          Todo hombre será libre de adorar a su dios. Te lo juro sobrino. – Stannis alargo la mano para estrecharla entre las del joven que por ley había declarado hijo legitimo de Robert. La diferencia entre ellos era tan abismal como la que tuvo con su propio hermano, pero incluso sin saber de la naturaleza de chico sospechaba la verdad. El muchacho era la viva imagen de su padre a su edad. “Y espero que no cometa las mismas equivocaciones que él” pensó.

Aquello fue una victoria que ni la dulce voz de Melisandre pudo acallar. Los vitores de la muchedumbre ahogaron cualquier otro sonido que no fuera la risas de alegría. Pero Gendry no podía pensar en ellos. Su mente seguía recordando a las personas que dejo en el camino, a la hermandad, a sus hermanos. Sobre todo a aquellos dos hombres que le acogieron como a un igual y le hicieron un caballero más de “Colina hueca”, un soldado del pueblo, pero murieron como muchos otros. Lucharon con valor y unieron a un buen número de hombres leales, pero sin ellos dirigiendo aquella hermandad pronto la buena fe e intención de los hombres se olvido, muchos de ellos se volvieron bandidos sanguinarios, y otros, otros simplemente se limitaron a volver a sus hogares o lo que quedaba de ellos. Incluso Gendry escucho de algunos que crearon sus propias aldeas amuralladas al borde de los ríos y caminos cuando la guerra acabo, sin embargo a otros… la horca fue una de las mejores muertes que podían tener.  “Creí por una ilusión y ahora no creo en nada. En Desembarco del rey creía en los siete y me fallaron; creí en el señor de luz e hizo que perdiera a Arya, a mis compañeros, a mis amigos y no soy norteño por lo que no entiendo a los antiguos dioses. En verdad no creo que exista ningún dios”

Ajena a sus pensamientos Arya se levanto y se acerco hasta él acurrucándose a su lado bajo las mantas. Piel con piel Gendry podía notar el suave cuero y lana que vestía, hasta el ritmo tranquilo de su corazón a través de su pecho.

-          Despiértame a media noche para relevarte. Y..¿en qué piensas? – le pregunto al ver su ceño fruncido relajarse.

-          En que existen los dioses. No sé si es uno o hay cientos, pero existen.

La convicción de Gendry le pareció extraña a Arya. Nunca antes le había tomado por un hombre especialmente religioso pero estaba tan cansada que se limito a encogerse de hombros.

El día les sorprendió acurrucados junto a las escasas llamas que había sido hoguera. Arya no se habría despertado si los tenues rayos del sol no la hubiesen molestado. Su primer pensamiento al desperezarse y encontrar a su compañero dormido fue enfadarse con Gendry por no haberla despertado, pero el mundo que veía fuera la hizo olvidarse. Echándole su propia manta por encima le dejo solo en la cueva alimentando el fuego antes de marcharse.

El mundo que la recibió era de una belleza que casi hacia olvidar los peligros que guardaba. Una manada de alces pastaba cerca de la cueva, a los pies de lo que debería ser un rio congelado que bajaba directamente desde la montaña. “Ese es el rio que tuvo que alimentar alguna vez el pozo” pensó al ver lo cerca que pasaba de uno de los salientes. Al dirigirse hacia ellos, uno, el más joven levanto la cabeza lleno de curiosidad. No debían ser conscientes del peligro que representaban los humanos, pero muchos de ellos no habrían conocido a ninguno. Desde que Jon era rey de Poniente muchos de los salvajes, lo que vivían más cerca del muro, se habían pasado al otro lado ocupando las antiguas tierras de los hermanos negros. A cambio de poder usar las tierras del agasajo pagaban un pequeño tributo en forma de cosecha a los cuervos. Arya había escuchado a menudo la broma que los salvajes se gastaban entre ellos. “Que piden los cuervos – decía uno. – Maiz, maíz, maíz – respondían los otros antes de estallar en risas”. A los hermanos negros ya no les importaba, desde que Jon permitiera que tanto hombres como mujeres pudieran vestir el negro y suavizase mucha de sus leyes muchos hermanos se habían casado y tenían hijos con salvajes. Incluso un par de los castillos negros eran de habitados por hermanos negros salvajes. Se llamaban a si mismo los “cuervos salvajes” entre risas.

El alce se acerco hasta ella buscando con su hocico entre sus manos. A Arya le pareció extraño. Olía a muerte. No solo por ser una asesina sino porque el aroma de Nymeria, su loba, estaba impregnada en ella como una segunda piel y aun así aquel animalito confiaba en ella lo suficiente para buscarle comida.

-          Morirás pronto ¿lo sabes? Este mundo no está hecho para inocentes – le susurro acariciándole el pelaje. No pensaba en ese momento en el pequeño alce sino en su padre. Murió inocente. Por defender el honor y la verdad. – El mundo es cruel. Tienes que aprenderlo si quieres sobrevivir. – Saco de su cinturón un cuchillo y le corto. La herida ni siquiera sangro pero el animal salió corriendo despavorido seguido de su manada.

-          Es la primera vez que veo a una loba perdonar la vida a una presa. – Arya se dio la vuelta rápidamente con el cuchillo en la mano. La voz de aquel hombre no era la de su amigo. – Tranquila. Soy un amigo. – El extraño se bajo del alce más grande que la Stark hubiera visto. La cruz del animal le llegaba a la cabeza al hombre. Su voz aunque tranquila no conseguía persuadir a la muchacha de que bajara el cuchillo.

-          ¿Quién eres? – le pregunto Arya levantando más el arma al ver que el desconocido se acercaba.

-          Ya te lo he dicho. Soy un amigo. – El extraño alzo la mano pero de repente se paro al sentir el filo helado de una espada.

-          Creo que mi señora ya os ha preguntado quienes sois. ¡Respondedla!. – Corazón salvaje brillaba hermosa y afilada junto a la cabeza del desconocido. Arya se fijo en su vestimenta. De arriba abajo vestía de negro, botas, pantalones, el jubón, y la capa, hasta los guantes se veían negros.

-          ¿Sois un hermano de la noche?

-          Lo soy.

-          ¿Y por qué no os descubrís? Soy una Stark de Invernalia deberías ser más respetuoso.

-          Los hermanos de la guardia no toman partido. No os debo más respeto a vos, mi señora, que el que le debo a cualquier otra dama del sur.

-          Me parece bien señor. Gendry puedes bajar el arma… por el momento. – A regañadientes la espada se separo de la garganta del desconocido, pero el brillo en la nieve la seguía dibujando cerca del hombre. – Puedo preguntaros algo, ser. ¿Conocéis la rosa del invierno?

-          Si pero no deberíais ir en busca de esa flor…

-          Llevadnos, ser. La vida de rey depende de esa rosa y aunque la guardia no tome partido si debe auxiliar a su monarca. – El silencio del extraño era lo único que necesitaba. Le llevaría en busca de la rosa o seria su fin, ante ella o ante su Lord Comandante, eso le daba lo mismo.

-          ¿Estás segura Arya? – la susurro Gendry a su lado. La muchacha asintió. El tiempo jugaba en su contra y de momento iba ganando.

-          No deberías adentrarte en el bosque lobita traviesa – susurro el desconocido al verles marchase.

Sin dar tregua al tiempo avanzaron incansables a través del denso bosque. A veces una maraña de ramas negras y retorcidas les impedía ver el cielo durante horas mientras que en otras andaban y andaban siguiendo el serpenteante curso del rio congelado. Manos frías, así les había pedido que le llamasen caminaba despacio y en silencio junto al gran alce. Durante toda la mañana caminaron sin descanso, excepto para beber y Gendry sudaba a pesar de no cargar con la mochila. El gran animal la portaba sobre su cruz sin dar muestras de que le molestase el peso.

-          Gracias – le había dicho Gendry al hombre, pero este ni siquiera se volvió, se limito a caminar advirtiéndoles de que el día duraba poco en aquella parte del mundo.

Arya iba atrás del todo en la retaguardia cerrando la marcha. Intentaba en vano seguir el ritmo de los dos hombres, pero sus pies no podían seguir aquel paso. La nieve se amontonaba en su botas y piernas haciéndolas cada vez más pesadas e iba trastabillando. Era más fácil caminar por las calles empedradas de Braavos o por las cubiertas de los barcos que por aquel mar blanco que la hundía un poco más cada vez que caía al suelo. La decima vez que se cayó de bruces contra el suelo fueron las manos del desconocido quien la puso de pie. Gendry se había adelantado demasiado como para darse cuenta de los problemas que tenía para seguirle.

-          Ya estamos cerca, descansaremos un rato. He enviado al muchacho a una zarza a un par de metros de aquí mientras yo voy a por leña. Tu descansa y procura estar atenta.

-          ¿A los caminantes blancos?

-          No. A los gatosombras. Desde que los salvajes abandonaran estas tierras llevándose a sus cabras y ovejas han perdido unas buenas presas fáciles. – Manosfrias se levanto pero la mano de Arya le impidió moverse de su lado obligándole a agacharse de nuevo. A través de la capucha no podía verle pero intuía que le tenía a la altura de los ojos.

-          ¿Qué sabes de los otros?

-          Lo mismo que tú. – No la vio pero la pequeña Stark sospechaba que el hombre sonreía. – Solo salen de noche cuando llega el frio ó a lo mejor hace más frio cuando ellos salen.

El crujido de pasos la puso en alerta pero fue el susurro de Manosfrias quien respondió a sus temores.

-          Ah también se otra cosa – dijo volviendo su rostro al de ella – los muertos no hacen ruido.

Con paso tranquilo se interno en el bosque dejándola sola, unos instantes después los pies de Gendry se mantenían firmes frente a ella llevando entre sus manos un montón de jugosas bayas.

-          ¿Estás bien? – la pregunto preocupado al verla en el suelo.

-          Me caí pero no ha sido nada. – El guerrero se dejo caer a su lado tendiéndole las jugosas bayas. – Supongo que estas son mi ración – le dijo al ver la comisura rojiza de sus labios.

-          Tuyas y del extraño. Prefiero guardar la carne para más adelante ahora que todavía tenemos fuerza.

-          Me parece bien – le contesto tragándose de una vez las pequeñas bayas. Gendry la miro ceñudo y ella se encogió de hombros. – No creo que a nuestro amigo le guste comer mucho, créeme. 

 

 

 

 

 

 

 

Notas:

Bueno y hasta aqui todo por hoy XD ya me direis que os ha parecido.

Kisses

Capitulo 20 Familia por yuukychan
Notas de autor:

Wenas!!! Muchas gracias por los comentarios la verdad es que saber que la historia gusta me anima a terminarla e incluso ha hacerla más larga. 

No se si los capitulos son muy largos o muy cortos pero espero que os guste 

Un temor más antiguo que el propio miedo a la oscuridad se apodero de ellos al encontrarse ante las puertas del otro mundo. Un enorme arciano blanco tan ancho como una torreta se alzaba inmenso ante el azul del cielo, pero en vez de tener aquel sabio y penetrante rostro de ojos rojos que los vigilaba lo que había era un gran agujero que se adentraba hasta el interior de la tierra perdiéndose en la oscuridad.

-          Dentro encontrareis quien os diga dónde encontrar la rosa del invierno, aunque yo no iría. Es mi último aviso, lady Stark.

-          Y yo ya os he escuchado, señor; aun así seguiré adelante con vuestra ayuda o sin ella.

Durante el descanso Arya consiguió hacer una pequeña antorcha utilizando el musgo y la sabia de los arboles que la rodeaban mientras que Gendry dormitaba y Manosfrias se mantenía a distancia siempre mirando en dirección al norte. “Deserto” fue el único pensamiento que se le cruzo por la mente cuando el hombre les dijo que su lugar estaba allí y no sobre la cima del muro, pero la pregunta que rondaba su cabeza era ¿Por qué? Porqué un hombre que parecía tan disciplinado abandono su lugar en la guardia. Su mente jugaba con mil ideas a cada cual mas descabellada. “Lobos” se dijo a si misma dejando que una de todas esas ideas fuera calando hasta el fondo de su razón.

Para cuando se pusieron de nuevo en marcha la antorcha que hizo era pequeña y su fuego no duraría mucho pero si rezaba porque ahora, enfrente de aquella oscuridad, no se la consumiera antes de llegar ante la persona que podía ayudarla. “El miedo hiere más que las espadas” se recordó la palabras de Syrio al poner el primer pie dentro de aquel agujero. Si la primera espada de Braavos no temió enfrentarse a la muerte con una espada de madera ella no lo haría ante la simple oscuridad. “Has comido con ella, vivido con ella e incluso has sido parte de ella. Ha sido tu amiga, cómplice y aliada; no lo olvides” se dijo a si misma pensando en su vida como Gata de los canales.

El silencio que se respiraba era sofocante aunque se agradecía el calor que proporcionaba lejos del continuo frio que calaba hasta en los huesos. Paso a paso notaban la presencia de miles de ojos a su alrededor y sin embargo solo podían percibir el vacio absoluto como si estuviesen en una cámara desierta. Descendieron hacia el interior de la tierra donde las raíces del árbol se abrían paso permitiéndoles pasar a través de sus estrechos huecos. Tras ella Gendry bufo al intentar pasar a través de una grieta el doble de pequeña que él. Aquello era imposible pensó la pequeña Stark pero sus ojos no la engañaban. A medida que ella avanzaba las raíces del árbol se abrían a su paso para permitirla pasar pero se cerraban inmediatamente al paso de su compañero.

-          ¡Mierda! – oyó que se quejaba entre dientes el antiguo aprendiz de herrero frotándose el hombro dolorido. - ¡Arya! ¡Arya!

-          Tranquilo estoy aquí – le respondió acercándose hasta la rama que los separaba.

-          Regresa y encontremos otra forma de entrar. Seguro que hay otra entrada cerca del maldito árbol.

-          No. – El antiguo aprendiz fue a decirla algo pero no le dejo. – Sabes que no hay otra entrada Gendry y no voy a echarme atrás. No ahora que la rosa del invierno esta tan cerca – susurro mirando a la oscuridad que tenía delante. – Ten – dijo entregándole la antorcha a través del agujero. – Te hará mas falta que a mí. Sal y enciende una gran hoguera.

-          ¡Espera Arya no vayas sola! Intentare volver a pasar. ¡Por favor espera!

Los gritos de Gendry quedaron atrás cuando la muchacha se encamino hacia la oscuridad total. No era capaz de ver ni el contorno de sus manos pero no la asusto. El hombre bondadoso la castigo una vez dejándola ciega por otorgar a alguien el don del Dios de muchos rostros, aquello era igual. Sola con sus propios sentidos comenzó a percibir ruidos y sonidos que antes no era capaz de escuchar. Los murmullos agudos a su alrededor avanzaban junto a sus propios pasos. El repiqueteo agudo se fueron volviendo palabras. Palabras inconclusas, desconocidas, pero otras le sonaban a su propia lengua.

-          Ya la queda poco. Como es posible. Que haremos con el grandullón – se decían unas a otras deslizándose a su alrededor.

“Grandullón” Los pelos de la nuca se la erizaron al pensar en Gendry solo. Atrapado en aquel maldito agujero con un desconocido fuera, los Otros alzándose cada noche y un montón de cosas extrañas dentro de la cueva.

-          Si tocáis a Gendry – su voz corto el aire al agarrar un fino brazo, como el de un niño, entre sus dedos – os mato.

Una manita temblorosa le clavo las uñas y soltó a su presa. Escucho el suave roce de unos pies alejándose de ella, corriendo por poner distancia entre sus manos y su vida. Debía haber sentido temor por no saber a lo que se enfrentaba pero la ansiedad era lo único que ahora recorría cada vena de su cuerpo. “Necesito la rosa y no parare hasta encontrarla” se repitió como si cada palabra de ese pensamiento la infundieran fuerzas a seguir en aquella oscuridad, a darse más prisa. Pero también porque alguien la esperaba. No podía dejarle solo en aquel infierno blanco.

Como surgida de la tierra a lo lejos se veía una tenue luz que iluminaba el túnel por el que descendía. Las raíces blancas del arciano serpenteaban sobre su cabeza como serpientes buscando el calor que emanaba de aquel lugar. Difuminadas en las paredes podía percibir el movimiento de extrañas sombras que se iban aproximando a la luz, retándola a seguirlas. A medida que avanzaba la luz iba desapareciendo como si alguien la cerrase tras una puerta de tierra y corteza. Miro hacia atrás una última vez y solo la oscuridad le devolvía la mirada.

-          Si pensáis que me echare atrás estáis muy equivocados. – Sin dejar a su mente pensar en los peligros que podía haber tras aquella puerta se lanzo a la carrera. Solo faltaba una rendija cuando atravesó aquella hendidura chocando de frente con aquella luminosidad.

Nada. Tanto tiempo en la oscuridad le había dejado ciega. Veía puntitos blancos y dorados sin llegar a distinguir nada de lo que la rodeaba. Se froto los ojos sintiéndose en peligro y noto el filo de una punta contra su garganta.

-          ¿Quién eres? – La voz de la mujer sonaba suave aunque eso no significaba que fuera débil. La presión del arma ante su silencio se lo dejo más claro que cualquier amenaza.

La posición del filo, el tacto, su forma. “¿Una espada? No. Un tridente – se dijo convencida la Stark intentando calcula la longitud de su púa central. ¿Pero qué hacia un arma de agua tan lejos de mar o los pantanos? – Y eso que más da. Puede atravesarte la garganta de un solo movimiento. ¡Adelántate a ella y mátala! – la decía la parte de su cabeza que siempre buscaba sobrevivir” Estaba a punto de hacerse con el arma o morir en el intento cuando la voz de alguien que jamás creyó volver a escuchar la inmovilizo cuando empezaba a descender la mano.

-          Alguien que podría matarte si no bajas el arma, Meera.

-          ¡Bran! – dijeron ambas muchachas a la vez.

El golpe de Arya pillo desprevenida a la chica lanzándola junto a su arma a un lado. Al abrir los ojos, todavía veía borroso, pero distinguió una enorme raíz blanca como la nieve de donde salían el resto y en su centro estaba el rostro de Bran. La sorpresa por encontrar a su hermano dio paso al miedo al ver lo que había sido de él. Arya no reconocía el cuerpo del niño con el que había jugado en Invernalia.  La parte de arriba era la de un joven bastante delgado pero bien formado. Su pecho, sus brazos, todo era parte del mismo ser, pero sus piernas, su cintura, toda su parte inferior se confundían con el árbol hasta perderse dentro de él. Su rostro también había cambiado, era más maduro, más afilado, con una pelusa que se había hecho barba recorriéndole el mentón y las mejillas, pero los ojos eran los de siempre. Eran los de Bran.

-          ¿Bran? – repitió Arya pero el tridente de la muchacha volvía a interponerse entre ellos.

-          No te acerques más. – No hacían falta más palabras.

-          ¿Quién demonios eres? - la inquirió Arya harta de ver aquel filo tan cerca de ella.

-          Soy Meera Reed y sirvo a la casa Stark. Al príncipe Brandon de la casa Stark – la contesto la muchacha recalcando el nombre de su hermano. Era bajita para ser una muchacha de veintitantos años calculo Arya, pero era guapa. Se recogía el pelo en una trenza que le llegaba hasta la mitad de la espalda y vestía unos pantalones negros y una camisa de lana basta que seguro no eran suyos. “En el norte hay muchos cadáveres que murieron vestidos, pero… Manosfrias” pensó en el hombre que había dejado a la entrada del árbol.

-          Tranquila Meera déjala que se acerque. Es mi hermana Arya. – La muchacha se echo a un lado sin dejar de desconfiar de la desconocida de ojos grises que la miraba directamente a los ojos.

-          Bonitos pantalones – la susurro una vez la dejo unos cuantos pasos más atrás haciéndola enrojecer, no sabía si de furia o de vergüenza o tal vez de ambas cosas. Ante ella estaba el rostro de su hermano mirándola. Sus ojos se posaban en cada parte de su cuerpo como si intentara descifrar algo que no entendiese. Al final la sonrió.

-          Has crecido poco – bromeo el muchacho aunque su voz no sonaba precisamente alegre.

-          No soy la única – el tono de tristeza de su voz no paso inadvertido para nadie. La dolía ver a su hermano en aquel estado y no entendía como había llegado a ser parte de un árbol. – ¿Bran que has hecho?

-          Buscar un futuro como hiciste tú. Pero yo no podía ser caballero, ni herrero, ni panadero. Era Bran el roto, Bran el inútil y ahora soy Bran el arciano. Soy el cuervo de tres ojos que puede ver todo, incluso donde está la rosa del invierno. – Los ojos de su hermana se clavaron en él. – La tienen los Otros.

-          ¡Bran! – aturdida Arya cayó de rodillas. ¿Cómo podría conseguir la rosa? ¿Y ayudar a sus hermanos, no solo a Jon, sino también…?

Sorda a los murmullos, a los sonidos que había a su alrededor, a las palabras gentiles de la muchacha solo podía escuchar el creciente palpitar de su corazón. “He llegado tan lejos…” La sensación de impotencia la recorría, no se sentía con fuerzas para levantarse, ni siquiera para volver a casa. “No quiero volver a un sitio en donde no esté Jon para decirme hermanita o… - miro a las manos de su hermanito – donde no esté él para llamarme lianta mientras corre detrás de mi agitando esas manos” Se mordió el labio como cuando era pequeña deseando que su padre solucionase todo como siempre hacia.

Por fin la voz de Bran atravesó aquel muro de angustia.

-          La reina de los Otros no es como esos seres que andan por ahí fuera, se parece más a…

-          Lo sé – le corto Arya levantándose de repente. Las lagrimas que le amenazaron con salir ya no estaban solo la sangre del labio que se limpio con el puño. – Bien pues ese cabrón me llevara y después tú te vendrás a casa.

-          Ya estoy en casa Arya. Este – dijo alzando las manos a la cueva iluminada donde hombrecitos del tamaño de niños se movían a sus anchas nunca sin acercarse a ellos – es mi hogar. Los niños del bosque se han convertido en mi familia.

-          Familia. Familia es lo que has perdido. Lo que esta maldita guerra nos hizo perder. Pero eres un lobo, Bran, y un lobo tiene que estar con su manada. Jon, Sansa, Rickon, yo… - le tendió la mano – todos te esperamos.

Bran miro a Meera. La muchacha aunque callada se mostraba ansiosa. “Quiere volver a casa. Pero y yo. Realmente puedo volver” Se miro reflejado en los ojos grises de su hermana. Estaba tan unido al árbol que ya no veía ni sus piernas. ¿Y si se iba? No volvería a ser Brandon “el roto”.

-          No puedo volver Arya. Ya no. Pero Meera y su hermano deben regresar contigo – Su rostro se volvió hacia el de la chica. – Este no es vuestro lugar.

-          Ni el tuyo. Bran aquí no está tu familia – le respondió tercamente la chica loba.

-          ¿No? Y entonces que soy yo.

Si con la voz de Bran a Arya se le paro el corazón con los susurros casi inaudibles de su madre se le congelo. Al darse la vuelta vio a Lady Catelyn como en uno de sus sueños de lobo, como el día en que saco su cadáver del rio y le lamio el rostro esperando que se levantase. Su rostro blanquecino y demacrado, translucido y a la vez colgando de los huesos eran lo único que la sostenía. Los mechones grises que crecían de su calva encuadraban un rostro que a pesar de su siniestralidad la miraban con una ternura que Arya no recordaba haberla visto en Invernalia. A su lado un muchacho bajito de extraordinarios ojos verdes la observaban tranquilo como si ya supiese de su llegada y tras él apareció el lobo de Bran, una enorme bestia tan grande como Nymeria y algo más pequeño que Fantasma. Los ojos del animal se clavaron en Arya olisqueándola desde donde estaba mostrándole los colmillos. El gruñido de su garganta murió al notar en aquella extraña el olor olvidado de una hermana, de una familia, de una camada.

-          Madre. – Los brazos de la mujer rodearon a Arya por los hombros. Bajo la capa que cubría el cuerpo de su madre la muchacha podía notar cada uno de los huesos pegados a la piel. – Pensé que habías muerto – fue lo único que pudo decirla inmóvil ante aquella muestra de afecto. No era capaz de abrazarla, de tocarla, hasta se sentía incomoda entre aquellos brazos. “Llore por ti. Cuando viaje con el Perro llore por ti. Quise entrar a rescatarte pero el Perro me lo impidió” quiso haberla dicho pero no era capaz.

Jojen se adelanto hasta ellas y ante el gesto sutil de la cabeza de la mujer se dirigió a Arya mientras Verano se sentaba a los pies de Bran lamiéndole la mejilla.

-          El sacerdote rojo la trajo de vuelta y ayudo durante la guerra, pero cuando acabo su sitio era estar al lado de su hijo como quiso estar en vida. Y ahora también puede estar a tu lado si te quedas.

-          Si… me… quedo… – repitió Arya mezcla de confusión y enfado separándose de su madre. – Bran no debe estar aquí. Ninguno de vosotros debería estar aquí. Nuestro sitio está en el norte – meneo la cabeza confusa a la vez que su madre se ponía junto a su hermano. – Nuestro sitio está en Invernalia con los demás. Con Jon, con Sansa y Rickon.

Los ojos de Lady Catelyn se abrieron y las fosas de su nariz aletearon al escuchar el nombre de Jon. A Arya no la hubiese hecho falta que Jojen le dijera lo que pensaba su madre, pero el muchacho se lo dijo.

-          Tu madre no quiere que Bran vaya a Invernalia donde ese usurpador les ha quitado el puesto que les pertenece a tus hermanos por derecho.

-          Jon no es el hijo de mi padre. Era su sobrino.

-          Los sabemos – dijo Jojen. – Nos enteramos por Bran. Él, de alguna forma que no comprendemos puede ver a través de los ojos de los arboles corazón, estuvo observando el día que le coronaron pero…

-          Jamás… permitiré… que Bran… vuelva con ese… advenedizo. Rob… autentico… rey – la interrumpió su madre acallando ya de por si la voz suave del muchacho. Los susurros de Catelyn atravesaban a Arya como puñaladas.

¿Cómo era posible? A pesar del tiempo, de la distancia, de aquella maldita guerra; su madre seguía odiando a Jon. No importaba si era un bastardo, un advenedizo o simplemente lo que era realmente, su sobrino. Murió odiándolo y viviría el resto de su vida odiándolo todavía más por ser el rey de Poniente, algo que no consiguió Rob.

Decidida como nunca antes Arya alzo el mentón y se enfrento a los ojos muertos de su madre.

-          Me da igual si sigues odiando a Jon porque creas que era el hijo de mi padre cuando resulto ser el hijo de Lyanna y el Targaryan. Ahora Jon es el rey y necesita mi ayuda. Así que cuando encuentre la rosa del invierno me iré con ella y con mi hermano a casa. Te guste o no. – El sonido de la bofetada resonó como un eco por toda la cueva. Incluso Bran se intento levantar al ver la rojez que poco a poco se iba amoratando en el rostro de su hermana y Verano gruño a la mujer. Aun así Arya no dijo nada sino que clavo los ojos en los de su madre y con la cabeza bien alta la susurro para que solo ella le oyera. – Solo eres un cadáver. Debí dejar que los lobos te comieran al menos tu alma habría descansado.

La mejilla inflamada de Arya todavía le latía cuando salió de la cueva jurándole a Bran que por la buenas o por las malas se iría con ella, que volverían juntos a casa. El silencio de su madre la decía todo lo contrario. Cada aleteo de su nariz parecía susurrarle que aquello sucedería por encima de su cadáver.

Afuera, a la entrada del árbol, Gendry había encendido una fogata que mantenía alejados los aullidos infernales de los Otros. En la creciente oscuridad que se iba acercando podían distinguir unos cuantos pares de ojos mirándolos escondidos entre las sombras más oscuras. De espaldas y cerca de ellos pero apartado del fuego Manosfrias sacaba filo a su espada en un constante rechinar que sacaba chispas a su espada.

-          Lleva así desde que he salido – le dijo Gendry tendiéndole un pedazo de conejo. – Hay buena caza pero le he ofrecido y dice que no tiene hambre. – Se encogió de hombros el muchacho cuando Arya miro el resto del animal que seguía cocinándose.

-          Me parece bien ¿Y tú? – pregunto a la oscuridad mordisqueando la corteza crujiente del conejo.

-          ¿Arya? – Gendry se quedo sorprendido al ver a una muchacha salir con un tridente en la mano y una red en la otra.

-          Como sabías…

-          Respiras fuerte en las subidas y en cada obstáculo cambias el ritmo de tus pisadas – le corto la Stark tirando al fuego los restos del conejo. – Por cierto Gendry esta es Meera Reed. Meera este es Gendry Baratheon. Puedes sentarte. La noche se aproxima y no saldremos hasta el alba.

El crujido de la nieve bajo sus pies alerto a Manosfrias de que alguno de los chicos se acercaba. Sin preguntarle Arya se dejo caer a su lado y le quito la piedra de amolar que descansaba en su regazo. No le dijo nada más ni se movió solo espero a su lado desenvainando la daga que llevaba en la cintura, afilándola con cuidado, esperando a que el sol desapareciera al otro lado de las copas de los arboles. Los minutos pasaban en aquel intenso silencio sin que ninguno de los dos dijera nada. Manosfrias se dedicaba a verla afilar una y otra vez aquella arma con tanta parsimonia y meticulosidad que sabía que aquel filo cortaría hasta las piedras. Alzo la cabeza cuando el sintió ese frio que le recorría por las venas acercándose a ellos.

-          Ya vienen – susurro sin darse cuenta de que no solo hablaba en sus pensamientos. – Deberías ir junto al fuego. Es peligroso quedarse aquí.

-          ¿No deberías acercarte tu también?. – Las chispas saltaban iluminando sus manos antes de ir a morir en la nieve.

-          Yo estaré bien. ¡Ahora ve!. – Se estaba impacientando por momentos al ver las sombras que se acercaban.

-          Solo iré si me respondes a una pregunta… tío. – Las manos del hombre se tensaron sobre su espada y su espalda se quedo tan rígida como un árbol. Arya pensó que no le respondería, que su silencio la obligaría a marcharse antes de que aquellos ojos azules se acercaran más a pesar de su miedo a la luz. Le miro desafiante. Estaba dispuesta a aguantar todo lo que pudiera.

-          ¿Cómo? – fueron al final las palabras de su tío cuando dejo reposar la espada entre sus manos.

-          Esta mañana cuando me encontraste. Dijiste que era la primera vez que veías una loba perdonando a su presa. ¿Cómo sabias que era una loba tío Benjen?

-          Tu padre decía que mi bocaza me perdería – se rio el hombre con aquella risa llena de melancolía y oxidada que tenían los viejos al final de sus días.

-          ¿Y fue tu bocaza lo que hizo que te convirtieras en esto? – Arya le echo la capucha para atrás sin que él lo impidiera. Lo hizo lo suficiente para que solo ella pudiera verle los ojos. Unos ojos azul cristalino que la miraban llenos de tristeza. – ¿Te lo hizo esa a la que llaman la reina de los Otros? – El hombre asintió. – ¡Bien! Pues prepárate para reencontrarte con ella. ¡Mañana me llevaras! – dijo levantándose y sacudiéndose la nieve de la capa.

-          Arya no… no permitiré que la hija de mi hermano corra semejante peligro.

Ni siquiera lo pensó cuando acerco la daga de vidriagon al cuello del que fue su tío. El filo brillaba con los primeros rayos de la luna dejándola ver las venas azuladas que recorrían su cuello, tenia medio cuerpo sobre él y sus ojos clavados en aquellas profundas aguas cristalinas. “Ya no son grises, ya no son los ojos de un Stark del norte. Simplemente no son humanos” Susurrando para que los demás no la oyeran se encaro con él.

-          Jon necesita la flor que ella guarda. El mismo chico al que tu le llenaste la cabeza de tonterías sobre el honor y la vida en la guardia de la noche. Podría haber tenido un futuro en Invernalia, Rob le hubiera dado tierras a pesar de que fuera un bastardo, para él era tan hermano como Bran y Rickon pero tu tuviste que aparecer. ¡Maldije el momento en que llegaste aquel dia a la fiesta y te lo llevaste! ¡Mi padre debería haber cerrado sus puertas. A ti y al bola de sebo Robert! Solo nos trajisteis la desgracia. – Deseaba cortarle el cuello. La mano le temblaba ansiosa por ver si aquel monstruo al que llamó tío todavía tenía sangre en las venas, pero se controlo. “Una asesina sin rostro no muestras sus emociones” se recordó. Tras respirar un par de veces logro hablar de nuevo calmada. – ¿Lo sabías? Sus hermanos, sus propios camaradas casi le mataron. Y tu dónde estabas ¿eh? Para ser un cadáver andante piensas bastante bien y te mueves mejor, y aun así no volviste a ayudarle. Acaso temías por tu vida. – El filo del cuchillo no llego atravesar más de un milímetro de piel pero Arya creyó ver como una gota de sangre negra deslizarse por su cuello hasta perderse en el interior de la túnica y la piel se quemaba en el contorno de la herida. – Si mañana al alba no me llevas donde ese demonio, óyeme bien querido tío, el fuego será lo que menos te preocupe.

Al levantarse la daga ya había desaparecido de sus manos y descansaba escondida en alguna parte de sus mangas. Los bostezos tranquilos de Gendry y las risas nerviosas de Meera la esperaban junto a la hoguera. La ira y la rabia que sentía contra su tío se la guardo para quemarla junto al fuego. Lo necesitaba. No podía dejarse llevar por sus impulsos y discutir con él como lo había hecho con su madre. “Que los Otros se lo lleven” maldijo entre dientes acurrucada junto a la hoguera sin apartar la vista de él. La llevaría ante la reina o ella misma acabaría con su vida, fuese la que fuese.

El alba los sorprendió despiertos y preparados. El camino no era largo pero el peligro no andaba lejos de su destino.

-          Deja las cosas aquí y llévate lo indispensable. Tus armas y comida. Pasareis frio pero más vale que puedas correr si es necesario – le aviso Manosfrias a Gendry cuando le vio cargar con la mochila. Este miro a Arya y la chica asintió, en cuanto tuvieran la rosa lo demás seria correr. Correr de vuelta a por Bran; correr de vuelta al muro; correr de vuelta a Bastion Kar.

El camino por el que les llevo el extraño era más fácil de seguir que el que recorrieron para llegar hasta Bran. La nieve apenas alcanzaba un palmo e incluso en ocasiones desaparecía de forma temporal bajo la maraña de copas entrelazadas que les hacía perder de vista el cielo. A medida que avanzaban la montaña del norte, la misma por la que habían bajado Arya y Gendry se acercaba más a ellos, por un momento la muchacha creyó que les estaba llevando de vuelta para que volvieran a casa, pero unos metros más adelante vio como la dejaban atrás y se adentraban todavía más en el espeso bosque. Siguieron el invisible camino que les indicaba aquel ser hasta llegar a un rio de aguas congeladas. A sus orillas el agua intentaba fluir formando barrizales de donde los animales parecían beber y comer los escasos hierbajos que crecían. El sonido de sus pisadas alerto a los ciervos que pastaban tranquilamente. Arya no supo si aquellos animales eran los mismos a los que ella había asustado o simplemente eran otros. “Tuve que hacerlo. De gente confiada y bondadosa están los cementerios llenos” pensó al verles correr escondiéndose entre el bosque.

-          No eran tus ciervos – le susurro su tío al pasar junto a ella.

Siguieron el curso del rio durante un par de horas hasta que llegaron a un cruce. El rio estaba formado por el agua de dos montañas distintas unidas en su centro por un valle que se perdía de vista. Sin hablar ni avisar a lo demás, solo esperando que le siguieran, Manosfrias condujo al alce por lo que debía ser un vado cuando el rio se descongelaba. Jon la había dicho de pequeña que al otro lado del muro el agua de los ríos se descongelaba solo durante dos meses, en los que más calor hacia, pero que ni siquiera los salvajes sabían cuales eran. Pero que cuando lo hacía cambiaba la estación.

-          Acaso no es como aquí. Que tenemos años de verano y años de invierno – le preguntaba a su hermano dejando de lado los bordados que tan mal la salían.

-          No. Allí siempre es invierno. El invierno duro o el invierno clemente que solo dura dos meses o a veces un poco más – le sonreía Jon revolviéndole el pelo.

-          ¿Y eso de que te vale aprenderlo Arya? – la regañaba su hermana con aquel aire de dama de alta cuna cuando no había cumplido ni los nueve años. – Además aquí también siempre hace frio, aunque sea verano. – Sansa hacia un mohín con la boca siempre que pensaba en la capital del los siete reinos. – Que envidia me dan los habitantes de Desembarco del rey. Sus veranos son calurosos, los vestidos que usan sus damas son vaporosos de suave seda y lino, incluso las campesinas pueden disfrutar de esos días de sol. Y los caballeros… – la mayor de las Stark se dedicaba a soñar hasta que Arya la estropeaba sus fantasías.

-          Los caballeros huelen a sudor por estar todo el día chorreando dentro de sus armaduras, las damas se tiran pedos como los demás incluso con esos bonitos vestidos y la ciudad huele como un millón de porquerizas.

-          ¡Maldita seas Arya! Siempre tienes que hablar de más.

Siempre conseguía que Sansa se fuera llorando o quejándose a los brazos de su madre. Eso era lo más divertido que podía hacer cuando la tocaba clases de bordado y la Septa las dejaba solas por un momento. “Pero me pasaba mucho con ella” La sonrisa que afloro en su rostro desapareció al cruzar el hielo. No debería romperse pero nunca estaba de más ser cauto. Bajo sus pies nada se movía, pero eso no significaba que alguna de las capas no estuviese realmente congelada o que el hielo se estuviera deshaciendo. Al llegar a la otra orilla Arya, como el resto, pensó que cruzarían el otro rio, pero su tío los llevo por aquella lengua de tierra hacia el norte, siempre caminaban hacia el norte. Aunque estrecha a primera vista, aquel pedazo de tierra se iba haciendo más grande a cada kilometro que avanzaban. Dejaron atrás la playa rocosa por la que habían llegado al atravesar el rio y se adentraron en un frondoso bosque alimentado por los dos ríos. Cientos de ojos los observaban y salían volando cuanto más se acercaban para volverse a posar unos metros por delante. Solo los cuervos se mantenían quietos, observándolos y graznándoles.

El sol empezaba a ponerse tras el cielo cuando Manosfrias paro de repente.

-          ¿Por qué nos paramos? – espeto Gendry desconfiado.

-          Contra más al norte, antes anochece y antes amanece. Si no paramos ahora, esta noche acabareis muertos.

-          El sol…

-          Volverá a salir mañana – le atajo Arya. – Busquemos leña y… he visto unas bellotas por allí, a un par de metros. Vienes, Meera. – Sin dar tiempo a nadie a responder retrocedió sobre sus pasos.  

Meera la siguió en silencio dejándose llevar por sus propios pensamientos. Había decidió ir con ellos cuando vio a Arya enfrentarse a su madre y jurar que se llevaría a su hermano de vuelta a casa. Allá donde fuera Bran ella le seguiría. Su hermano y ella habían encadenado su vida a la de aquel chico, pero eso no significaba que no tuviera sueños propios. Soñaba con vivir junto a Bran en un castillo, tal vez pasear a caballo, volver a ver a su padre, decirle todo lo que había hecho ese tiempo. Explicarle cómo era capaz de cazar varias perdices de una sola vez o en cómo hacer trampas en arboles tan grandes como casas, decirle que Bran era una parte muy importante de su vida y que quería, quería… ahí era donde sus sueños se acababan. “No eres más que una comeranas que se ha pasado cinco años al otro lado del muro. Quien querría una… chica así” se decía a si misma una y otra vez.

La sonrisa triste que se dibujo en sus labios no paso desapercibida. Arya la observaba a su lado con la mirada perdida en el mar tormentoso que tenían que ser sus pensamientos.

-          ¡Suéltalo!. – Meera levanto la cabeza confusa. – Esos pensamientos que te rondan la cabeza. Suéltalos antes de que nos encontremos con los Otros. No quiero que seas un estorbo porque tu mente este lejos de tu cuerpo.

-          ¿¡Estorbo!? ¡Eres una bruta animala! – la grito.

-          ¿Y qué? Acaso me considerabas una dama – la contesto alzando una ceja.

-          Se supone que eres la hija de Lord Eddard Stark y Lady Catelyn Tully. – Arya alzo todavía más la ceja y se echo a reír dejando caer algunas de las bellotas que estaba recogiendo. - ¿De qué te ríes?

-          Soy más loba que pez. O más bien, más animal que persona. – Resoplo. Agachada recogiendo las bellotas se dio cuenta de lo mucho que hacía que no reía. Más tranquila estaba a punto de preguntarla que rondaba por su cabeza cuando Meera se la adelanto.

-          ¿Y eres feliz? Quiero decir… te quieren así.

-          No. – La respuesta la salió sola. Tan simple y sencilla que incluso a ella la extraño. Pero… ¿para que guardárselo? – Mi madre intento hacer de mi una dama. Está visto que no lo consiguió – sonrió – mi padre… bueno. Siempre pensó que el tiempo y la edad me harían más femenina. En eso no se equivocaba, soy una chica, pero también lo son las campesinas y eso no hace de ellas damas – dijo alzando el dedo como si estuviera bebiendo té igual que lo hacia su hermana. Meera no pudo evitar reírse al verla. Cuando la risa aminoro Arya siguió hablando. – Pero hay alguien que siempre me quiso así. No le importaba si prefería cazar y montar a caballo que aprender a cantar y coser. Jugaba conmigo a “entra en mi castillo” y me dejaba ser un soldado más o incluso el temible monstruo, y cuando me manchaba de barro hasta la cabeza e iba corriendo hacia él me alzaba y me abrazaba a pesar de que acabara de cambiarse y de asearse y que ya no tendría tiempo, además de que le regañarían y seguro que más que a mí. – Suspiro – Me quería tal y como era, con todos mis defectos.

-          ¿Quién era? Tu padre. Espera, me has dicho antes que no, entonces… - dudo –  tú hermano, Rob.

-          No. Rob me quería, pero se llevaba mejor con Sansa. Desde pequeño tenía muy asumido que sería el señor de Invernalia y tenía que relacionarse con damas más elegantes y finas que yo. Yo siempre andaba sucia, con el vestido roto y el pelo lleno nudos. – Silencio. Sus labios esbozaron una sonrisa triste. – Era Jon. Los maestres dijeron que le daban una semana, dos como máximo. La primera semana se va a cumplir y por eso no volveré sin esa maldita rosa.

-          ¿Y qué ocurrirá si…? – La daga de Arya atravesó el aire hasta clavarse cerca de su pie. Una serpiente albina, o dragón de las nieves como se llamaba allí en el norte, se había deslizado enroscándose a su tobillo sin que se diera cuenta. El veneno que salía de su boca era tan mortal como las de las serpientes de la arena.

-          No será la primera serpiente que muera. Escucha – dijo agarrándola de la muñeca – el problema de mis hermanos, de ambos, tiene cura. En Braavos hay gente capaz de hacer que las personas anden. No me importa que pensamiento se te pasan por la cabeza. Si quieres a mi hermano, si te importa aunque solo sea un ápice, permanece viva. ¡Entendido! – Las mejillas de Meera se ruborizaron. ¿Sería por el frio o por su hermano? La verdad es que ni la importaba. Fuera lo que fuese esperaba que la mantuviera con vida. “Ella no es mi prioridad” pensó soltándola para recoger algunas bellotas más.

El sol desaparecía cuando llegaron al campamento aunque todavía quedaba bastante claridad. El pequeño claro donde habían dejado a los demás estaba vacío, no se veían huellas ni pisadas recientes. Arya dejo caer las bellotas dejándolas desperdigadas por el suelo mientras corría preocupada dejando atrás a Meera. Al no ver a Gendry, ni una hoguera ni nada su mente se temió lo peor y pensó en su tío. En su piel pálida y sus manos negras, en sus ojos sin vida cuando la miraban.

“Es uno de ellos y los he dejado a solas – se recrimino. Temblaba de arriba abajo como una hoja sin poder controlarse. Su mente intentaba buscar una solución a los gritos que sentía en su cabeza. – ¿Y si esta muerto? ¿Y si..? ¿Y si es uno de ellos?”

Una arcada la obligo a encogerse sobre su estomago; si se derrumbaba ahora, si lloraba por Gendry, no podría levantarse de nuevo. Meera llego a su lado sin aliento preguntándola con la mirada, no entendía tampoco nada y eso la asustaba. La intento agarrar del hombro pero la loba se la sacudió. Ciega ante todo, Arya desenfundo la daga sin saber qué hacer con ella. Estaba a punto de gritar el nombre de su tío, el de su compañero o simplemente gritar hasta quedarse sin alieno cuando unas cuantas hojas cayeron sobre sus cabezas. Ajena a todo fue Meera quien la dijo que mirase. Al levantar la vista se encontraron al ex aprendiz de herrero sentado sobre la rama de un árbol intentando no perder el equilibrio.

-          Siempre he sido un chico de ciudad – las sonrió saltando al suelo con ellas. El abrazo de Arya le pillo desprevenido. La sintió temblar bajo su ropa, apenas unas sacudidas que duraron el tiempo justo en que él la abrazo. – Tranquila – la susurro acariciándola el cabello. Al igual que el abrazo el golpe en las costillas no lo vio venir.

-          ¡Eres un imbécil! ¡¿Dónde está la hoguera?!. – El miedo que había sentido por él, por perderle dio paso a la vergüenza y a la ira. ¿Cómo se atrevía a tranquilizarla como a una chiquilla? Peor. Como a un dama indefensa. A ella. Ella que llevaba una daga en la mano.

-          ¡Estás loca! ¡Estas como una puta regadera! – la grito sujetándose las costillas. El dolor le había enrojecido el rostro o eso era lo que prefería pensar. A pesar de las punzadas todavía sentía el calor de la muchacha pegado a su cuerpo.

-          Eso no es nuevo, ya lo sabías. Ahora, ¿dónde está el fuego? – le volvió a preguntar. Aunque no saliera Arya podía escuchar la risilla ahogada de Meera a su lado.  

-          Manosfrias me dijo que nada de fuego. Si los Otros ven el humo o las llamas la reina sabrá que estamos aquí. Dijo que subiéramos a los arboles y rezásemos porque nuestro calor no les atrajera.

-          ¿Con el calor les atrae? – repitió Arya en voz alta pensado para sí misma. Aquello tendría que ser una ventaja o al menos conseguir que lo fuera.

-          Es verdad. - Meera se agacho para recoger unas cuantas bellotas y se las metió en el bolsillo. Cuando se levanto vio que ambos la miraban. – Llevo años en este mundo congelado. No siempre he podido cazar de día y muchas veces me ha pillado la noche. Las primeras pude refugiarme en cuevas y grutas y protegerme con fuego pero una de ellas me pillo en medio del bosque y tuve que refugiarme entre los árboles. Aunque pueden andar, esos demonios helados son incapaces de trepar.

-          Bien. Pues a los arboles. Yo hago la primera guardia. – Al igual que Meera, Arya recogió unas cuantas bellotas y corto el trozo de carne seca que llevaba en tres partes. – Dejarlo para la noche. Rumiarlo os mantendrá despiertos.

Con todo decidido y la luz desapareciendo por instantes los chicos se subieron a los arboles. Arya y Meera con lo delgadas que eran podían esconderse en cualquiera de los robles por lo que dejaron a Gendry el único arciano que habían visto. Las capas que les había dado Mikke era de color marrón rojizo por lo que entre aquella mata de hojas rojas como la sangre que coronaban al árbol Gendry pasaría desapercibido. Antes de subirse Arya le dio una cuerda sin poder evitar la sonrisa burlona que dibujaba su rostro.

-          Ya te he dicho que me crie en la ciudad no entre salvajes como tú. – A pesar de sus palabras la sonrisa no desaparecía. - ¡Bah! Déjame en paz – bufo cogiéndole la cuerda antes de marcharse.

Meera ya estaba escalando el árbol pero Arya seguía quieta en el sitio. No dejaba de preguntarse dónde estaba Manosfrias y si podía fiarse de él. Gendry la había dicho que había ido a buscarla pero de eso hacía ya una hora. “Y si me ha traicionado” Las dudas la recorrían por dentro pero no podía esperar más, los murmullos de su amigo la apremiaban y el bosque parecía despertarse ante la extraña oscuridad.

-          Ya vienen – susurro casi para sí deslizándose veloz hacia el árbol sin hacer ruido.

Ligera como el aire sus manos recorrían rápidamente los surcos de la corteza hasta subirla a una de las ramas más altas. Desde allí podía ver todo lo que sucedía en su claro aunque no podía distinguir ya la silueta de sus compañeros. Arya volvió a preguntarse dónde estaría su tío cuando al fin lo vio salir de entre los arbustos y quedarse escondido entre ellos. La luna enmarcaba su rostro cuando su mirada se poso en ella. De haber seguido vivo sus ojos la mirarían aliviados, pero aquellas cuencas cristalinas no eran capaces de expresar nada. “Ni siquiera miedo” pensó al recordar cómo sus ojos simplemente mostraban indiferencia cuando ella le amenazo con la daga. “Lo que te asusta de ellos son lo parecidos que son a los tuyos – le dijo una parte de ella que enseguida volvió a desterrar a su interior. Era cierto. Fueron parecidos a los suyos pero el día en que vio a Jon tumbado en la cama. – Sentí…“

-          Miedo

 

 

 

 

 

Notas:

Y hasta aqui el capitulo de hoy. Ya me direis que os ha parecido.

Capitulo 21 Benjen Stark por yuukychan
Notas de autor:

Wenas

Haber este capi y el proximo hablaran de Benjen Stark (ya lo dice el titulo) ya que siempre me ha picado la curiosidad por saber como es su pasado y al no tener ni idea (el que sepa que comente) pues me lo he inventado. Espero que os guste y bueno hasta pronto

La noche se le había hecho eterna a la pequeña loba. Tener que estar tumbada incómodamente sobre la rama del árbol no le resultaba extraño. En su vida precisamente no había estado rodeada de comodidades, al menos no desde que abandonara Desembarco del rey. Pero una cosa era dormir a la intemperie cobijada por los arbustos, entre ruinas polvorientas, maniatada mientras se hacía pasar por esclava o en los callejones de Braavos donde Gata siempre tenía que estar buscándose la vida y otra cosa muy distinta era soportar aquel frio. En un momento de la noche llego a pensar que moriría congelada o peor, que la mutilarían, cuando sus dedos se amorataron. Había visto y oído historias de hombres que perdían manos, dedos, pies e incluso orejas, pero sentirlo en la propia piel era muy distinto. Al principio es una sensación punzante e incómoda en la punta de los dedos que poco a poco se vuelve dolorosa. La piel se empieza a amoratar y esa sensación va subiendo hasta cubrir la mano, hasta llegar a la muñeca e incluso el brazo. Pero siempre era mejor sentir el dolor que no sentir nada, cuando dejas de sentir la única solución es cortar. Solo el denso ramaje, la gruesa capa de Mikke la salvaron de aquel destino en el que no quería ni pensar. “¿Qué haría si me cortaran las manos? Seguramente morirme” pensó mientras movía los dedos una y otra vez para que estos recuperaran la sensibilidad.

 

La luz de la luna apenas iluminaba el claro donde se escondía Manosfrias arrebujado entre los arbustos. El frio, ya de por si insoportable, se agudizo haciéndoles castañear los dientes con la nevada. Sobre ellos se desato una ligera tormenta que borro las huellas de sus pies sobre la nieve. Nada ni nadie podría sospechar que allí se escondían tres personas y un ser al que Arya ni el resto, que ya sospechaban lo que era, querían darle nombre.

 

-          Mientras ayude y no… se entrometa - les había dicho rozando la empuñadura de “Corazón salvaje” cuando Arya le confesó que era Manosfrias. No le explico quien era simplemente lo que era; desde entonces el antiguo aprendiz de herrero no había vuelto a darle la espalda en ningún momento. Meera intento explicarles. Le conocía desde hacia tiempo pero Gendry meneo la cabeza. – No cambia lo que es – la dijo dándole la espalda.

 

Las nubes grises, densas como la espuma del mar, tapaban de vez en cuando la luna dejando todo en una absoluta oscuridad que solo el sonido lejano de algún búho la hacía recordar que no estaban solos. Pasada la media noche Arya pensó que los Otros no estaban en aquella lengua de tierra, sintió rabia contra su tío al pensar que la había engañado y que la estaba haciendo perder el tiempo. En un acto ciego de ira estaba dispuesta a bajar del árbol para escupirle en la cara lo que pensaba de él. Gracias a los dioses, fueran los que fueran, que no lo hizo. No los había visto, ni siquiera escuchado pero allí estaban. Su forma recortada contra la luz de la luna hizo que un escalofrío recorriera su espalda. “La vieja Tata tenía razón” Su ojos no podían apartarse de aquel espectro de forma humana. Blancos como la nieve que les rodeaba caminaban despacio observando todo con aquellos ojos azules como el cristal. Sus manos más negras que las de los hombres de las Islas del verano resaltaban ante tanta palidez. Primero vio uno, dos, pero después vio varios grupos andando al unisonó. Sus rostros petrificados eran indescifrables a esa altura y aunque sus ropas no eran más que harapos sucios y congelados sobre sus cuerpos se podían distinguir. Arya vio las ropas de los salvajes, capas de lana putrefactas que se caían a cachos, pero después vio las capas negras de la guardia, los calzones y jubones grisáceos que en su día fueron negros. “¿Qué les diferenciaba a aquellos seres de su tío?” se pregunto una y otra vez al verles desaparecer entre la misma oscuridad.

 

Escondido entre los matorrales Manosfrias los veía alejarse. Sabía que le habían visto, que le habían rozado para saber si todavía existía calor dentro de su cuerpo y que le habían dejado tranquilo igual que si fuera uno de ellos. ¿Pero acaso era distinto? Se miro las manos negras como el carbón. Aquellos dedos fríos y helados ya no tenían vida, ya no corrían sangre por sus venas, no sentía absolutamente nada. Miles de veces había mirado su rostro reflejado en las aguas cristalinas del lago y no vio nada, nada que le recordase a quien fue. Sus ojos grises desaparecieron ante aquellas esferas azules y su pelo negro como la capa que lucio con orgullo durante tantos años se había vuelto tan gris como sus botas. ¿Dónde estaba el Benjen Stark que él recordaba? “Muerto” se escucho susurrar apartando las manos, enterrándolas bajo la nieve. Había vivido y muerto como un hombre de la guardia de la noche.

 

“Te crees tan honorable de verdad, pequeño Stark. Eso no te lo crees ni muerto – se burlo una voz en su interior. – Sabes muy bien que no. Tu hermano Brandon se quedo con las mujeres, Eddard con el honor, Lyanna con la valentía y a ti no te toco nada. No eras más que el menor, el hijo que les daría problemas. El hijo que hubiese sido mejor entregar a los maestres, pero claro… te gustaba demasiado las mujeres ¿no es así, pequeño Ben?”

 

Benjen sacudió la cabeza intentando que la voz se callara, que le dejara a solas con sus sufrimientos, pero cada vez volvía más fuerte, más poderosa. Gritándole las verdades que nadie más hacia.

 

A pesar del cariño de su madre, del de su hermana y sus hermanos siempre se sintió fuera de lugar en Invernalia, en su hogar. Nunca tuvo un sitio al que pudiera llamar suyo o sobresalir en algo que alguno de sus hermanos no hubiese hecho. Al igual que el resto de su familia había heredado los rasgos duros y fríos del norte, pero nada más. No conseguía sobresalir en nada más. Admiraba a sus hermanos más que a nada el mundo pero también les envidiaba con todo el corazón.

 

Su hermano mayor, Brandon, era capaz de combatir como el mismo demonio y derrotar a todos sus enemigos con el filo de su espada o ser tan encantador como un bardo y enamorar a las mujeres solo con sus palabras. Le había visto meterse en la cama de más de una doncella de noble cuna y salir airoso de cualquier problema que pudiera tener después con la familia. Era el orgullo de su padre, un digno heredero de la casa Stark.

 

De pequeño se sentía a gusto con Ned que era todo lo contrario. Retraído y obediente se sentía igual a él, como si ambos no tuvieran sitio dentro de Invernalia, pero al crecer le demostró que el también poseía sus cualidades. Siempre había sido el más callado de todos, pero su mente siempre estaba a un paso por delante de cualquier otro pensamiento. Jamás pudo ganarle al ajedrez, ni una sola vez. Desde el principio sabía que figuras iba a mover y el juego terminaba incluso antes de empezar. Su padre siempre le pedía su opinión cuando quería entablar alguna nueva relación comercial o sospechaba que podía haber alzamientos. El honor del que tanto les hablaba el viejo Lord Stark le llego tan hondo que jamás se permitía disfrutar de las pequeñas travesuras que hacían Lyanna y él. Con lo tímido que era Ben siempre pensó que a él se le darían mejor las chicas y podría casarse incluso antes que él, así no tendría que ingresar en ninguna orden. Con suerte sería su hermano Ned quien acabara llevando una cadena de maestre, pero eso fue hasta que apareció el Baratheon. Robert era tan arriesgado en todo lo que hacía que incitaba a Ned a seguirle, a vivir aventuras que solo jamás hubiese vivido o a participar en guerras que él jamás hubiese iniciado. Las mismas guerra que le llevaron a ser el Guardián del norte, el Señor de Invernalia.

 

Y Lyanna, la tercera hija de Invernalia. A pesar de ser una muchacha parecía llevar por sus venas todo el valor y la vitalidad que recorría las tierras de su padre. Sus manos, suaves y delicadas cuando cosían junto a la vieja Septa o nuestra madre, se volvían unas terribles armas cuando ponían sobre ellas una espada, un arco o una simple vara. Su padre siempre sonreía al verla cabalgar junto a él. Atravesando las praderas en una carrera sin control en la que al final, jinete y montura, resoplaban por el esfuerzo y la emoción. Aunque en público la regañase por su tozudez e intentara que se comportara como una dama, Ben sabía que su padre adoraba el salvajismo de su hija. “Una autentica loba dará autenticas fieras” le había escuchado decir más de una vez aunque en aquel entonces no comprendía lo que significaba.

 

“Y tenía razón – pensó en Jon. En su manera de ser, en su fuerza de voluntad. Era una fiera tranquila, calculadora. Como los lobos solitarios, no atacaba mostrando los dientes; atacaba sin que tú te dieras cuenta cuando te había clavado los dientes. – Engendro con el dragón a una autentica fiera. No como tú, padre”

 

Pensar en el viejo Lord Stark le producía un escozor bajo la piel que ni el frio del muro había conseguido borrar por completo. No era más que un hijo menor que no le traería la gloria sino un futuro más del que hacerse cargo. Brandon sería el heredero y Ned sería su vasallo, su portaestandartes. Lyanna se casaría y sería la señora de alguna gran casa uniendo la casa Stark con otra influyente familia y él… él no tenía más futuro que ser otro caballero más a las órdenes de sus hermanos ó renunciar a todo y servir como maestre. Todas las nobles casas entregaban un hijo a la ciudadela, era un honor para cualquier padre, pero Ben jamás quiso el peso de la cadena. Deseaba vivir una vida llena de aventuras y mujeres que los bardos cantasen en todas las tabernas y castillos. Quería ser una leyenda.

 

“Y acabaste siendo un cuervo; un cuervo muerto – se reía la voz en su cabeza. El sonido de la risa obligo a Benjen a taparse los oídos. Cada vez más a menudo escuchaba aquella irritante risa que se mofaba de él. – Me estoy volviendo loco – se decía seguro de que día a día estaba más cerca de ser como aquellos engendros que vagaban de noche por el bosque. Siempre buscando, tocando, matando todo lo que tuviera vida. – Ese pronto será mi destino. – Cada noche se convencía más de ello”

 

¿Y acaso no se merecía aquel destino? La mayoría de sus hermanos vestían el negro por sus crímenes. Robar y asesinar era lo más común entre los hombres del campo y la ciudad, pero para las casas nobles era el deshonor, la humillación más grande que podía traerte un hijo. En su caso fue una mezcla de las tres.

 

El día de su decimotercer cumpleaños, después del banquete que organizo su padre para presentarlo ante sus vasallos, su hermano Brandon le invito a beber en la taberna del pueblo. La alegría y las monedas fáciles que brillaban sobre la mesa les hacia estar siempre rodeados de personas de risa fácil y ganas de juerga. Las mujeres de faldas cortas se sentaban tan pegados a ellos que Benjen pronto sintió más calor allí donde su cintura se unía con sus piernas. Empezaba a sentirse incomodo, pero su hermano parecía estar disfrutando. Tenía la cabeza hundida en el cuello de una mujer rubia de sensuales labios rojos y sus manos se perdían bajo la mesa haciéndola reír.

 

-          Tú también puedes tocar – le susurro la morena que se sentó junto a él. Al ver que no hacía nada deslizo una mano hacia sus pantalones. Con voz coqueta le susurro – Tranquilo yo te enseñare como.

 

Al sentir aquella mano sobre él se puso en pie de golpe. Con torpeza la susurro una disculpa antes de salir apresuradamente hacia la calle bajo el torrente de risas que comenzó su propio hermano.

 

-          Venga Ben te vas a parecer al bobo de Ned – se carcajeo Brandon antes de volverse hacia los labios de la muchacha.

 

El aire nocturno y frio del exterior acaricio las mejillas calientes de Benjen. Su cuerpo todavía temblaba mezcla de la excitación y el alcohol que recorría su cuerpo. Una terrible arcada se apodero de él. Apoyado contra una de las paredes de la taberna dejo que su cuerpo expulsara todo aquel alcohol que no podía contener.

 

-          Hay quien no sabe beber. – Benjen levanto la vista ante aquella voz. La muchacha que le sonreía no tendría más de quince años, pero era más bajita que él. Arrugando la nariz ante la escena se acerco y le tendió un pañuelo de lana basto. – Veo que tu eres de los que sabe cuando parar.

 

El pequeño de los Stark quería responderla, pero la cabeza le pesaba más que el yunque del herrero y sentía la boca pastosa. La vista se le difuminaba dejando solo una gran blancura a su alrededor.

 

El sol entraba ya a raudales a través de la única ventana que se abría en lo alto de la pared cuando se despertó. No estaba en el castillo, pero era probable que con la borrachera se quedara dormido en los cobertizos. Sentía la paja bajo su cuerpo y la picazón que estas le producían. Se levanto inseguro al ver que no conocía nada de lo que le rodeaba. Intento recordar la noche anterior pero lo único de lo que se acordaba era de las risas de su hermano y de los labios gruesos y apetecibles de la muchacha que se encontró fuera de la taberna. “Vomite delante de ella” recordó de repente sintiendo como el rubor le subía por el cuello.

 

-          ¡Veo que ya te has despertado! – le grito la misma voz que escucho la noche anterior. Ben se asomo desde los alto de lo que resulto ser un pajar. Abajo se encontraba la muchacha ataviada con un simple vestido de lana azul esperándole. – Te he traído un poco de pan y leche – le dijo mostrándole la bandeja que llevaba apoyada a la cintura.

 

-          Gra… gracias – tartamudeo todavía con el recuerdo fresco en la mente.

 

Era extraño comer sentado al lado de aquella completa desconocida, pero no podía evitar mirarla. Había conocido a muchas muchachas hermosas y atractivas en los bailes de palacio desde que tenía uso de razón. Chiquillas gráciles vestidas de seda y pieles que buscaban su mirada con aquellos ojos infantiles e ilusionados pero aquella tenía algo que le llamaba la atención. No era sorprendentemente guapa, ni poseía la delicadeza de las damas de alta cuna. Tenía los dientes algo grandes que los gruesos labios disimulaban y los ojos eran tan oscuros y normales que no llamaban la atención, pero el brillo que se podía ver en ellos cautivaba.

 

-          ¿Paso algo anoche? – se atrevió a preguntar al final cuando la vio recoger.

 

-          Si. Nos besamos e hicimos el amor hasta que te quedaste dormido. Te regale mi virtud. – La seriedad con que lo dijo hizo que a Ben se le encogiera el estomago. ¿Acaso era verdad? ¿Tendría que casarse ahora con ella? La sonrisa de la chica se ensancho al ver la confusión en su rostro hasta estallar en carcajadas. – Desde luego eres un crio – se burlo mientras recogía la bandeja – no hicimos nada. Saliste borracho de la taberna, vomitaste y te medio desmayaste. Te traje hasta aquí para que durmieras la mona y no muerto de frio en medio de la calle. – Antes de marcharse con la bandeja se volvió hacia él con el ceño fruncido y la cabeza alta. – No soy como esas fulanas de las tabernas. Te lo digo porque… no quiero que te confundas.

 

Annia. El nombre de aquella vivaracha chica era Annia y era la hija del molinero y la panadera del pueblo. Ella se dedicaba además a ordeñar la leche de un par de vacas que tenían para poder hacer el delicioso pan de leche que compraban los criados de Invernalia para el señor. Aquello lo descubrió la tercera vez que fue a visitarla. El molino se alzaba en una de las colinas donde los padres de Annia habían construido su hogar. Allí el viento soplaba más fuerte al no verse limitado por los densos bosques que crecían en el norte. Justo en la entrada, las dos vacas de la muchacha pastaban plácidamente. Al verle levantaron la cabeza y fueron hacia él para ver si llevaba una golosina.

 

-          Esta vez no, chicas. Mañana os traeré unas cuantas zanahorias. – Ben las palmeo el lomo tal y como le había visto hacer a Annia. Aquel gesto tan familiar hizo mugir a las bestias que se alejaron.

 

El barro se pegaba a su botas mientras seguía caminando hacia el molino. Las pequeñas gotas comenzaron a caer justo antes de llegar a la puerta. Desde fuera podía escuchar los susurros tranquilizadores de la muchacha hablando con la bestia que tenia dentro. Al abrir la puerta la encontró trabajando dentro del molino viejo. La vieja mula que utilizaba para dar vueltas a la maquinaria se negaba a caminar y ella no hacía más que rogarla y empujarla para que se moviera.

 

-          No será mejor que la arrees con el látigo. – Los ojos de la chica se abrieron al verle. Estaba claro que no le esperaba.

 

-          No deberías estar aquí, Ben. A Lord Stark no creo que le parezca bien     que su hijo menor pierda el tiempo con la hija del molinero.

 

-          Bobadas. Mi padre está muy ocupado con mis otros hermanos. Además estoy donde quiero estar.

 

Insegura aunque satisfecha con aquella respuesta Annia suspiro. Los días eran más divertidos cuando Ben iba a verla. El muchacho era tan útil como un palo de madera en una herrería pero sus historias la entretenían y le hacían más ameno el duro trabajo. Cuando no estaban en el molino salían a explorar el bosque y se entretenían en sus claros y chapoteando en sus ríos. Benjen la enseño a seguir el rastro de los animales hasta sus madrigueras y ella le enseño a encontrar las raíces comestibles que crecían entre los huecos de los árboles o que setas se podían comer y cuáles eran tan toxicas que podían provocar la muerte. Fue allí, en aquellas pequeñas aventuras en aquel prado donde el ruido del agua embotaba los sentidos, donde Ben se lanzo y la beso. Annia jamás lo olvidaría. El beso dulce y tímido del chiquillo se profundizo como el de un hombre al notar sus labios abiertos. Sabía que debía resistirse, que no tenia futuro con el hijo de un noble pero en ese momento solo era Ben. El niñato que la hacía sonreír cuando estaba triste, con el que se iba de aventuras y el que la ayudaba a cargar los sacos de harina para llevarlos al mercado.

 

Sin control, sin pensar, solo se dejo llevar por un vendaval de sensaciones. Notaba las manos tímidas de Ben recorrerla y como ella le correspondía con timidez. Sus ojos grises la miraban con tanto ardor y deseo como nunca antes lo había hecho otro chico. “Si piensas retrocederás. Si piensas… no lo harás” se dijo a si misma al echar la cabeza para atrás solo para ver como el sol seguía su destino sin importarle lo que estaban haciendo. El beso cálido y dulce en el cuello que se iba deslizando hasta el pecho la dejo sin aliento. No supo en qué momento dejo de pensar para solo entregarse sin reservas al calor que sentía. Solo cuando la noche les envolvió y el frio recorrió su piel desnuda recordó quien era y le aparto de un empujón de encima de ella.

 

-          ¿Annia qué?… Acaso he hecho algo mal.

 

-          Eres un noble, Ben y yo… yo no quiero que jueguen conmigo – le contesto abrazándose las rodillas. De pronto un sollozo ahogado se escapo de sus labios. – Que he hecho. Mi padre me matara si se entera – susurro abrazándose con más fuerza escondiendo la cabeza entre las piernas.

 

Benjen fue a ponerla la mano sobre el hombro para tranquilizarla pero se detuvo. Podría haberla dicho muchas cosas y prometerla otras miles pero en su interior sabía que la chica tenía razón. Era un noble, el hijo del Lord de Invernalia y aun así lo único que quería era quedarse con ella aunque fuera como un simple molinero. Absorto no vio como la chica se levantaba y se vestía con manos temblorosas, solo escucho su voz.

 

-          Por favor no vuelvas. No vuelvas nunca, Ben – le suplico con la voz llorosa antes de marcharse dejándole solo en aquel claro.

 

El aullido de los lobos a lo lejos fue su única compañía hasta que las luces de Invernalia se alzaron en toda su magnitud frente a él. Su hogar, su casa, el sitio donde le esperaban todos sus seres queridos, pero si aquel era su hogar ¿Por  que deseaba volver al viejo molino?

 

-          ¡Maldita sea! – maldijo. Era una tortura tener aquel apellido cuya única valía era impedirle ser feliz. Una vida atada y condenada donde el mundo dictaría su sino.

 

 

 

Aquella noche fue la última en que Benjen vio a Annia. La muchacha seguía trabajando de sol a sol en el molino de su padre, pero no le volvió a permitirle verla. Ni siquiera fue capaz de entenderla cuando le amenazo con los guardias, solo podía recordar las lagrimas de sus ojos y el dolor que reflejaban. Un dolor que él se tuvo que guardar durante tanto tiempo. Un año en el que su mente aprendió todo lo que los maestres le explicaban sobre medicinas y venenos, sospechaba que su padre quería mandarle a la ciudadela y por eso los viejos ancianos se empeñaban tanto en explicarle los distintos usos, mientras que su corazón seguía lejos, vagabundeando por los claros y bosques por los que habían paseado juntos.

 

-          Eres un imbécil – se recrimino una noche frente al espejo borracho tras haber estado bebiendo con sus hermanos y el futuro marido de su hermana. 

 

-          ¿Eres un imbécil solo hoy o siempre has sido un imbécil? Eso deberías aclarártelo.

 

Ben se quedo mirando el reflejo de su hermana apoyada en el marco de la puerta. La sonrisa burlona que le dedicaba desentonaba con la simple sonrisilla con la que había presidido la cena durante toda la noche, a pesar de las constantes bromas y anécdotas con las que intentaba agradarla el Baratheon. El brillo de sus orejas al entrar en la habitación le deslumbraron los ojos. Eran dos esmeraldas talladas en forma de hojas que combinaban con la sencillez y la elegancia del vestido verde ribeteado de seda marrón que llevaba. “Desde luego el idiota de Robert sabe hacer regalos” consiguió pensar en la neblina que era su  mente.

 

-          ¿Qué quieres? – consiguió hipar.

 

-          Que me digas que demonios te ha pasado. No sueles beber de esta forma tan… - la costaba encontrar una palabra que no le ofendiera – tan absurda – soltó al final dejándose caer en la cama tras él. – Es por esa chica; esa molinera. – Los ojos de ambos hermanos se clavaron como alfileres el uno en los del otro.

 

-          No es de tu incumbencia – le soltó Ben.

 

-          Hermano es hora de que la olvides. He oído a su madre hablando con las criadas cuando nos trajo el pan. Su padre la ha prometido a un pastor y tú – le paro antes de que pudiera decir algo – Padre te casara con una Glover. – Los ojos de Ben la decían que no la creía. Todo el mundo en el castillo sospechaba que el muchacho acabaría en la ciudadela. – Los Glover quieren congraciarse con nuestro padre por no sé qué deuda de tierras robadas a otra gran casa, creo que a los Bolton o los Manderly. No lo sé. El caso es que han ofrecido a una de sus hijas y 150.000 dragones como dote si padre interfiere por ellos.

 

-          Aunque me case no tengo tierras. Los Glover se echaran para atrás en cuanto se enteren.

 

-          Padre te dará la las tierras del sur cuando seas caballero para que las regentes. ¡Ese no era tu sueño, Ben! ¡Por fin serás armado caballero! Y la muchacha es bonita. La conozco. Estuvo en el ultimo banquete que celebro madre por su aniversario. Era la chiquilla dulce que tenía el vestido verde con hojas bordadas en los bajos y los puños. Es un par de años mayor que tú pero…

 

-          Padre puede meterse por donde le quepa sus tierras, a la Glover, su título de caballero y la cadena de maestre. ¡Antes muerto que casarme con esa o verla ella en manos de otro! – Ben creyó que vociferaría al enterarse de la noticia sin embargo su voz sonaba tan calmada que eso preocupo a Lyanna. La muchacha se levanto hasta estar justo detrás de la silla. Su olor a lavanda la precedía incluso antes de que le tocara.

 

-          Acepta tu destino Ben – le dijo poniendo una mano sobre su hombro.

 

-          Como tu el tuyo, hermanita.

 

Los ojos fijos de Ben en los pendientes fueron como una bofetada para Lyanna. Ambos siempre habían compartido sus más profundos y oscuros secretos desde que eran pequeños y sabía perfectamente que no estaba mirando los pendientes sino algo más escondido. El pequeño rubí que cosió a una cinta de suave terciopelo dorado que usaba como pulsera. Era su mayor tesoro, el que tenía guardado en el arcón de su cuarto y solo sacaba de noche para acariciar aquella pequeña piedra. Su contacto la hacía recordarle, a veces incluso soñaba con que estaba allí, a su lado, aunque no pudiera verlo. El regalo del autentico hombre al que amaba. Sin despedirse, Lyanna se marcho dejándole otra vez a solas con sus pensamientos.

 

 

 

Las visitas de Robert Baratheon eran una autentico frenesí de fiestas y risas en la de por sí tranquila Invernalia. Una vez al año el venado solía dejarse caer por el hogar de los norteños durante varias semanas desde que Ned y él fueron pupilos de Jon Arryn. Para el padre de Ben fue toda una suerte que el joven moreno de fuertes brazos y risa fácil no solo considerara a Ned como su hermano, sino que también se enamorara de su hija y se empeñara en casarse con ella, aun más cuando era el heredero de su casa. El Lord Stark adoraba el comportamiento salvaje y aguerrido de su única hija, pero conociéndola dudaba mucho de los pretendientes y temía que su personalidad acabara obligándole a casarla con una casa de nobleza inferior. Tan pronto como la muchacha floreció un sinfín de hombres abordaron sus puertas y se instalaron en Invernalia. Los hubo de todas las clases y edades. Norteños y sureños, hombres de los sietes reinos, altos y bajos, gordos y flacos, ancianos a punto de morir, chiquillos que todavía mamaban de teta y los más numerosos, hombres en la primavera de su vida que caían de rodillas ante sus pies intentando con sus palabras y halagos atravesar aquel corazón indomable que no les prestaba más atención que la que le prestaría a una mosca. Pero al igual que los lobos, la pequeña Stark los echo a dentelladas..

 

-          Mi señora sois como los copos de nieve. Hermosa, única. No he visto mujer con  tanto valor y tanta pasión. Sois como…

 

-          Sois como una espada valyria, tan bella y tan perfecta. Sois lo que mi corazón busca y anhela. Bla, bla, bla – les cortaba Lyanna. -  Siempre la misma historia, siempre las mismas palabras, Ser. Deberíais volver a vuestro hogar, a – “un castor de grandes dientes. ¿De donde era esa casa?” – el que sea. Y buscaros allí a una doncella tan hermosa como los copos de nieve o las espadas.

 

Uno tras otro los hombres abandonaba airados la estancia entre gritos y protestas. Las maldiciones que se escapaban de entre sus labios podrían escandalizar hasta a los siete si aquellos Dioses gobernaran en el norte. Por cada hombre que salía minutos después entraba su padre alzando las manos al cielo para después gritarla.

 

-          ¡Cómo vas a conseguir esposo si sigues actuando así! ¡Al final acabaras desperdiciando tu juventud o entrando en las hermanas silenciosas! ¡¿Eso es lo que quieres?! – Lyanna se encogía de brazos sin apartar la vista de su padre. “Lo que quiero es un dragón” rezaban sus ojos mientras su boca se mantenía callada.

 

Pero al final a aquellos que sobrevivieron a los dientes de su pequeña acabaron corneados por las astas del venado. Con apenas sus dieciséis primaveras cumplidas el Lord Stark había decidido entregar a su hija al Baratheon. Así lo anuncio durante el banquete de despedida del venado.

 

-          Una unión que ni el Dios de la tormenta podrá destruir – brindo su padre alzando la copa hacia Robert. – Lastima que tengas que volver tan pronto a Bastión de tormentas, hijo.

 

-          Cuanto antes parta para organizar todo, antes volveré a por mi hermosa prometida – le correspondió Robert besando la delicada mano de Lyanna. La noche no había más que empezado y el vino todavía no le había hecho efecto. A esas horas era todo un galan que el vino pronto convertiría en una bestia.

 

Sentado en su silla Benjen jugueteaba con la comida mirando de vez en cuando a la futura Baratheon. La sonrisa cincelada en sus labios no ocultaba la tristeza que reflejaba su mirada y que intentaba ahogarla con el vino especiado. La copa que le había permitido su padre se había convertido rápidamente en una jarra entera a lo largo de la noche. “Vas a necesitar más para poder ahogar esas lágrimas, hermanita” pensó vaciando el mismo la copa de vino aguado que le sirvió uno de los criados.

 

La velada comenzó temprano en el salón de los Stark. El ruido de las copas y las risas atronaban más que la tormenta que se había levantado fuera. El ruido de las gotas contra el tejado sonaban como si la lluvia le hablara. “Ve, ve, ve” y otra vez “Ve, ve, ve”. Eran incesantes, le apresuraban, le ordenaban. “Es una orden” se dijo a sí mismo. Más borracho que de costumbre Benjen atravesó la sala de una punta a otra sin pararse, tambaleándose entre las mesas cuando se sentía mareado. Solo el alto de los guardias le obligo a aminorar las marcha.

 

-          Voy a la taberna – les corto en seco.

 

-          Eso. Nos vamos a la taberna. – Las carcajadas de Brandon se escuchaban incluso por encima de los truenos. - ¡Venga muchachos, mi hermanito tiene razón! ¡¿Quién se apunta?! Esta fiesta de compromiso se me está haciendo especialmente aburrida. Prefiero ir a tomar una cerveza con las dulces y calientes copitos de nieve – sonrió mirando directamente a los ojos del guardia.

 

La miradas cómplices no pasaron desapercibidas. El nuevo guardia, un joven atractivo de veintipocos años, moreno y con pequeñas cicatrices en la cara había sido compañero de correrías de su hermano antes de que el maestro de armas le diese el visto bueno. De eso haría ya casi dos años, el tiempo exacto en que su queridísimo hermano comenzó a prestarle atención. Con Ned la mayor parte del tiempo ausente entre Bastión de Tormentas y el Nido de Águilas, Brandon acabo por fijarse en el enclenque de su hermano pequeño.

 

-          ¡Venga! ¡Os animáis! – les insistió Brandon al verles dudar.

 

-          Ya sabéis que no podemos abandonar nuestro puesto, señor. – La voz amistosa del hombre estaba teñida de resignación. La primera regla que aprendían los nuevos guardias era estar en su puesto. Ya no era un compañero de correrías, ahora era un hombre al servicio de Lord Stark.

 

-          ¡Anda marchad! – se escucho la voz del viejo capitán. – Ya os relevo yo. En total la noche parece tranquila – dijo observando cómo solo unos cuantos hombres del Baratheon jugaban cartas con los norteños mientras que en la mesa Ned, Robert y el padre de la novia discutían. Lyanna debía haberse retirado a descansar ya que Benjen no la vio por ningún lado. Pocas mujeres quedaban en la estancia y por lo que sabía muchas de ellas, sirvientas, cocineras y pinches, solo esperaban a alguien con el que calentar las sabanas frías esa noche.

 

De camino a la taberna Brandon y Joff iban a la cabeza del pequeño sequito que formaron. Varios mozos de cuadras, algunos albañiles viejos y unos cuantos caballeros del sequito de Robert les seguían entre risas y canciones a cada cual más picante. Un joven mozo de la edad de Benjen comenzó a cantar la canción del “Oso y la doncella” cambiando la letra según le convenía. Tenía una voz bonita, pero no se sabía ni una sola estrofa de la autentica canción.

 

Era una osa, osa, osa

 

tan fea, tan grande, tan horrorosa, osa, osa

 

y aun así yo quería a esa fea osa, osa, osa

 

que me case con ella dentro de una fosa, osa, osa

 

 

 

-          Idiota no te sabes ni la canción.

 

Las risas y abucheos les precedieron a lo largo de la calle como la música de fondo. Algunos hombres del pueblo se congregaron a su alrededor invitados por la sonrisa de Brandon. Incluso varios metros antes de llegar ya estaban asomadas al balcón varias mujeres que les miraban con ojos divertidos ante el jaleo que estaban montando. En la puerta una robusta mujer de generosos pechos y caderas anchas les estaba esperando.

 

-          ¿Quién era el que quería una osa? – pregunto divertida. Varios hombres señalaron al pobre muchacho que no podía tener más de quince años. – Ja – se carcajeo – yo te enseñare lo que es una osa – le sonrió llevándoselo escaleras arriba.

 

-          No lo destroces Mary. Mañana tiene que trabajar – le grito Brandon desde abajo.

 

-          Tu sobreviviste ¿no? – fue lo único que se escucho antes de oírse cerrar una puerta.

 

-          Sobreviví para poder repetir. Esa mujer tiene de osa lo que yo de lobo. No iba a permitir que mi presa sobreviviera. – Las carcajadas de los viejos estallaron mientras que los mozos pedían a gritos cerveza. - ¿Y mi hermano? – pregunto al ver que el muchacho no estaba entre ellos.

 

-          Antes. Afuera. Me ha dicho que se iba a que una mujer le calentara la cama – le confesó Joff dando el primer trago de muchos a su cerveza.

 

-          Espero que pase tan buena noche como nuestro chico con la “osa”. – Las jarras de ambos hombres entrechocaron derramando casi la mitad. – ¡Mujer otra! – grito Brandon cuando se bebió de un trago lo que había sobrevivido.

 

 

Notas:

Y hasta aquí que os ha parecido

Capitulo 22 Benjen Stark II por yuukychan
Notas de autor:

Bueno aqui la continuación espero que esteis preparados.

La lluvia arreciaba con fuerza para cuando Benjen llego hasta al molino. Entre toda aquella oscuridad, el brillo del granero destacaba como las estrellas. “El faro de la vieja” como lo llamaban los marineros sureños era la estrella más brillante por la que se guiaban, su luz eran tan radiante que incluso en la peor de las tormentas se la podía ver igual que al mismo sol. Allí era conocida como “el ojo azul” la estrella que te llevaba a tu destino, y a eso iba. El frio y la lluvia le despejaron la mente, ahora solo le faltaba reunir un poco más de valor para enfrenarse al padre de Annia.

“Si me echo atrás… - un pie se le quedo atrapado en el barro hundiéndole unos dedos en aquel lodazal. Él se sentía igual. Toda su vida había estado entre el barro y el suelo, entre sus obligaciones y sus deseos. Saco pecho igual que un toro y miro al granero. – Si me echo para atrás la perderé”

Decidido avanzo por el sendero que le era tan familiar siguiendo las huellas de las vacas que habían dejado en el barro. Las puertas le esperaban abiertas como si los mismo dioses le incitaran a ello. Dentro solo brillaba la luz de un candil haciendo formas extrañas alrededor, siluetas irreconocibles que parecían enviadas por algún duende juguetón. Sentada en el suelo con la cabeza escondida entres las piernas Annia levanto la vista al oír el chirrido de la puerta. Sus labios temblaron cuando pronuncio su nombre.

-          Ben… pero… que

El pequeño de los Stark atravesó en dos zancadas la corta distancia que los separaba. Sin palabras, sin explicaciones. Al llegar a su lado la rodeo los hombros para poder estrecharla contra sus brazos. La sintió temblar por un momento antes de que el sentido común la hiciera empujarle.

-          No sé a qué has venido pero…

-          No puedes casarte. No con ese simple pastor. Es un viejo borracho que no vale ni para dirigir a las ovejas.

-          ¿De verdad? – Una media sonrisa triste se dibujo en la boca de Annia al enarcar una ceja. –  No tienes derecho a hablar de borrachos. He podido oler el vino y la cerveza incluso desde la puerta. – Lejos de sentirse avergonzado Ben la miro con mayor con intensidad.

-          Pues entonces sabes que te digo la verdad. Los maestres dicen que los niños y los borrachos no mienten. Ese cretino además de ser un… - inspiro fuerte para no volver a llamarlo borracho – incompetente. Ha perdido ya casi cinco ovejas en solo medio año.

-          ¿Casi cinco?

-          Si. Una la encontraron los hombres de mi padre a medio comer. – Ben meneo la cabeza. Empezaba a notar la lengua pastosa y sentía una sed que le quemaba la garganta. – Es un viejo que te dobla la edad – tosió – hoy puedes verle atractivo, pero en diez años odiaras hasta el roce de sus manos. Por favor Annia no te cases.

-          No tengo opción, Ben.

-          Si la tienes – la cogió de las manos – fúgate conmigo. El mundo está lleno de oportunidades. Podemos irnos a las ciudades libres donde nadie nos conozca. Tu puedes coser o hacer pan o atender una posada y yo puedo…

Annia le volvió a sonreírle con aquellos ojos que le demostraban tener más edad, más conocimiento del mundo que el mismo. ¿En verdad que podría hacer? No tenía suficientes conocimientos para hacerse pasar por médico o maestro. No conocía ningún oficio y si decía a alguien la verdad de quien era su escapada duraría lo que dura un odre de vino en una fiesta.

-          Se manejar la espada. En Braavos, en Tirosh, en cualquiera de las ciudades libres puedo trabajar como mercenario. No es la vida más honrada pero es una vida en la que podríamos estar juntos. Tu y yo. – Acaricio su mejilla. – Tener una familia, hijos, un hogar.

El contacto erizo la piel de la hija del molinero obligándola casi por instinto a cerrar los ojos. Pensó en el tacto de su piel. Tenía las manos suaves comparadas con la de los campesinos, pero eran engañosas. Bajo aquel tacto se escondía las durezas que le provocaban las espadas, los cortes a medio curar y las cicatrices que adornarían su piel. Ella le había visto cada marca que le había hecho la espada del maestro de armas. Solo una vez. Solo aquel día en que se rindió a la evidencia de lo que sentía por él, pero sabía que recordaría hasta la última marca. “Si fuera posible. – Cogió su mano entre las suyas sin apartarle la mano de su rostro. – Estar juntos, así, para siempre. Sería un sueño”

-          Pero de todos los sueños nos despertamos – susurro apartando la mano. – Ben regresa a casa – “hazlo antes de que no puedas más. De que mi voluntad flaquee y nos condene”. – Le dio la espalda y escuchó los pasos de Ben alejarse. La puerta del granero se quedo abierta permitiendo que la lluvia que volvía a arreciar con fuerza salpicara el suelo de dentro. – Es mejor así – suspiro.

Mas resignada que triste Annia avanzo hacia la puerta. El resplandor de un rayo la cegó cuando fue a cerrarla. En un momento notaba el suelo bajo los pies y de pronto sintió que la levantaban por la cintura sacándola al exterior. Habría gritado de no ser porque el hombre que la llevaba era Ben. Cargo con ella como si fuera un saco hacia el exterior sin dirigirla la palabra. Las patadas y maldiciones de la hija del molinero se fueron apagando al tiempo que la lluvia y el frio calaban en ella. Con pasos enérgicos el Stark la llevo hasta los arboles hasta adentrarse dentro del denso bosque lejos de la incesante lluvia.

-          ¡Suéltame! – le exigió Annia pero Ben la ignoro.

Dentro del bosque, entre toda aquella oscuridad bañada por la luna, los arboles corazón parecían un faro de luz cubiertos con aquel amasijo de hojas rojas. Sus ojos rojos les observaban detenidamente a medida que el muchacho avanzaba hacia el más grande de todos, el que descansaba sus raíces cerca de curso del rio. Con delicadeza Ben soltó a Annia junto a aquel árbol. El fuego chisporroteo cuando las manos de Stark sacudió las piedras.

-          ¿Qué demonios hacemos aquí, Ben? ¿Para qué me has… has.. – estornudo con estruendo. El frio la calaba hasta los huesos haciéndola tiritar. Sus ojos se volvieron dos pequeños puntos negros que le miraban directamente esperando una respuesta mientras intentaba luchar contra las punzadas de dolor que le provocaba el viento.

-          Ha sido difícil encontrar leña seca. – El pedernal ilumino su rostro durante unos segundos antes de morir en la yesca y convertirse en una gran llamarada. Acerco su rostro al fuego soplando entre las hileras de humo que amenazaban con apagarse. – Quiero que te cases conmigo. Aquí y ahora. Los únicos testigos que necesitamos son los Dioses.

-          Ben – meneo cansadamente la cabeza igual que hacia cuando algun chiquillo del pueblo se obstinaba en hacer algo que estaba mal. – No podemos es que acaso no lo entiendes. – “Los Dioses me ayuden alguno tiene que mantener la cabeza”. – Y tu todavía eres un chiquillo – susurro.

Aquellas palabras resonaron en su cabeza como el ruido sordo de los yelmos al ser golpeados. No dolían más bien molestaban. Se había llevado una mujer a la cama antes que Brandon, cogió las armas aún más pronto que Ned y el maestre empezó a enseñarle a la vez que a su hermana cuando esta le sacaba dos años. Era el más pequeño, pero ya no era un chiquillo y se lo demostaria.

Ben se abalanzo sobre ella aprisionando su boca. Su lengua se metió a la fuerza hasta escuchar el primero de los gemidos que iba buscando. Al encontrarlo sus manos la recorrieron tal y como habían hecho la primera vez, excepto que ahora la muchachas de la taberna le habían enseñado como. En un principio se apresuro haciéndola desear que fuera más rápido, más deprisa, para después pararse en seco, en acariciar con recreación cada parte de su cuerpo, para hacerla rogar más. El primer susurro de excitación, aquel primer ruego le hizo sonreír con malicia.

 

-          ¿Un chiquillo, mi señora? Un chiquillo puede hacerte sentir así – susurro junto a su oreja mordisqueándola el lóbulo. “Gracias Felicidad” La chica de la taberna le había enseñado más de un truco de perro viejo.

 

Agradeció en silencio a la prostituta con la que se acostó dos días después de que Annia no le dejara volver a verla. Borracho y furioso la cogió entre sus brazos y la follo hasta que el sueño le invadió. El sol de la mañana le despertó con aquel malestar al que su hermano Brandon llamaba con sorna “las zorras mañaneras”. Cuando le pregunto cómo se podían curar se rio de él.

-          Las muy putas son peores que las que conoces por la noche. Pero tienen fácil solución – alzo la jarra sobre su cabeza - ¡Emborrache más! – solía decir durante el desayuno en el que volvía a atiborrarse de cerveza.

El leve tarareo de una canción le hizo olvidarse del imbécil de su hermano. Cuando la luz del sol le dejo de molestar vio a una mujer peinándose frente a un espejo. No la recordaba de la noche anterior, pero si reconocía las habitaciones de posadas cuando las veía. La cama, aunque de paja, olía a flores. De sus extremos salían cuatro pilares de donde colgaban unas sedas algo viejas y remendadas que recordó haber descolgado la noche anterior. La habitación era sencilla, solo un arcón de madera negra, una silla  y una vieja mesa que sostenía un espejo lo decoraban. “Al menos esta limpia. No creo que coja pulgas” pensó al intentar incorporarse. Un quejido más parecido al gruñido de un perro que a la voz de una persona se escapo de su boca.

-          Será mejor que te eches. Bebiste más de la cuenta muchachito. – La mujer ni siquiera se dio la vuelta para mirarle. Le observaba a través del espejo mientras acababa de peinarse.

-          ¡Muchachito! ¡Acaso no sabes con quien hablas! – rugió. Incluso antes de que su voz saliera sabía que no tenía que haber gritado. Sus propias palabras le golpeaban la cabeza como un martillo contra yunque. “Maldito Brandon. Mataría por seguir borracho” se quejo cerrando los ojos por un momento.

-          Claro que lo sé.

La voz de la mujer le hizo abrirlos. Se había levantado de la silla y ahora estaba junto a los pies de su cama apoyada en el pilar. Debía rondar los treinta días del nombre aunque no aparentaba más de veinticinco. Era atractiva sin duda. El cabello negro como el azabache le caía sobre las estrechas caderas y acentuaba más su fina cintura. Sus labios carnosos sonreían prometiendo mucho más de lo que sus ojos negros decían. Olía a flores y sándalo, pero debajo de todo aquello podía oler otra cosa; la decepción. Lo miraba como una madre miraría a un hijo del que esperaba algo más.

-          No tienes derecho de mirarme así. No después de que anoche te hiciese gozar como a una perra. – Intento que sus palabras salieran hirientes pero sonaron como la rabieta de un niño.

-          Vos, mi señor. No hicisteis nada.

-          ¿Cómo? – estaba confundido – Acaso no intente…

-          Sí, mi señor. Lo intentasteis. Pero acabasteis dormido murmurado cosas sobre una tal… Ana. Anai.

-          Annia – le corrigió con tristeza.

-          Debía ser una muchacha muy hermosa para que solo pensarais en ella en una situación así. ¿Decidme bebisteis para olvidarla o para recordarla con más intensidad?

-          No importa. ¡No os importa! – la miro. No sabía ni su nombre. – Señora – finalizo vistiéndose a toda prisa bajo la mirada de la mujer. Las palabras que pronuncio incluso le asombraron a él – No soy más que un crio. Me hecho de su vida por eso.

-          Pues sed un hombre. – Ben levanto los ojos y la miro. La mujer se había dado la vuelta para coger una manta con la que taparse del frio de la mañana. Sus pezones duros como las piedras se marcaban contra la fina tela. – Si queréis recuperarla sed un hombre – le repitió dejando que el muchacho se recreara en la forma de sus pechos durante un momento.

-          ¿Co- cómo? – pregunto cuando por fin la escucho. – Lo he intentando. Yo… nosotros… Ella se entrego a mí. Pensé que así…

-          Una noche no es nada y más con un crio. – La mujer alzo la ceja ante la frente fruncida de Ben. – Aprended a amar como un hombre, a pensar como uno y a vivir como un hombre. Sois un señor. Puede que el menor de vuestra casa por lo que tengo entendido. – El Stark asintió. – Eso os obliga a ser el mejor en todo.

-          Puedo aprender de los maestres y maestros de armas a comportarme y pensar como un hombre…

-          No solo de los maestres. Habla con vuestros vasallos no solo os emborracheis con ellos. Campesinos, pastores, criados…. La experiencia de todos ellos abarcan tantas vidas que no se podrían escribir ni en esos apreciados libros que conservan esos viejos de las cadenas.

-          Vale sí – era cierto, pero… ¿y sin ella? – ¿Quién me va a enseñar a amar como un hombre?

-          Yo misma. – Sujeto su mano y se la llevo hacia su pezón endurecido. Sintió el temblor de la mano de Ben y le regaño. – Un hombre no duda. – Ben asintió y lo agarro con fuerza. Un ligero golpe de la mujer en la cabeza le hizo soltarlo. – Es piel y carne. No un pedazo de hierro. Trátalo con suavidad – le volvió a regañar.

Un año. Un autentico año en que maestres, hombres y mujeres, armas y noches con Felicidad, así era como se llamaba la prostituta, le enseñaron más que todos los libros o eso creía.

Sus manos se pararon al sentir el temblor de la hija del molinero.

-          Y eso que todavía estas vestida.

Annia abrió los ojos y se miro. Era cierto. Todas sus caricias habían sido a través de la ropa mojada. Todo su cuerpo se delineaba a la perfección bajo aquellas prendas. El agua la marcaba cada contorno de su piel haciéndola sentir más expuesta que si estuviera desnuda. Como leyendo su mente Ben se volvió a acercar a ella y la desabrocho cinta a cinta la blusa blanca con una lentitud que solo hacia aumentar el deseo. Por cada cinta que se desabrochaba Ben tocaba “accidentalmente” uno de sus pechos. Al final la respiración de Annia era tan entrecortada que la costaba respirar.

-          Dime – y esta vez Ben tenia la falda de la chica entre sus manos. Un simple tirón hacia abajo y la muchacha quedaría totalmente desnuda. - ¿Qué soy para ti?

-          El mercenario con el que pasare el resto de mi vida. Ya se en Braavos o en el mismo infierno.

Ben tiro de la falda de basta lana marrón para abajo dejándola tan expuesta ante él como en el día de su nombre. De dos rápidos movimientos sus propias prendas cayeron al suelo perdiéndose entre la maraña de hojas caídas. Solo faltaba la capa de piel que todavía tenía sobre sus hombros. Se quito el broche de plata y ónice en forma de garra de lobo y la deposito en el suelo con la parte interior seca hacia arriba junto al tronco del viejo árbol.

-          ¿Te casaras conmigo? ¿Aquí ante nuestros dioses decidirás si quieres ser mi mujer?. – Le tendió la mano y vio todavía la duda en sus ojos. Ese temor antiguo que tenemos todos al futuro. Tras un momento de vacilación que duro una eternidad le cogió la mano.

-          Juro ante los Dioses – Annia poso su otra mano sobre la corteza – que seré tan tuya como lo soy de esta tierra. Que te sentirás orgulloso de nuestros hijos y que estos jamás podrán tener un padre mejor que vos.

Ben sonrió y también se apoyo en el árbol.

-          Yo. Un Stark de Invernalia. Un hijo del norte, un hijo de los primeros hombres que pisaron Poniente te seré siempre leal como lo son los lobos con su manada. Que conmigo jamás conocerás la traición, el dolor o la pena. Que te protegeré hasta con mi último aliento. Que nuestros hijos tendrán un futuro que comienza ahora.

La atrajo de las caderas hacia él. Sus cuerpos fueron el banquete al que asistieron miles de ojos que se escondían en la oscuridad. Sus gemidos fueron la música del baile que solo bailaron ellos y el graznido de las aves fueron las voces de la bendición de sus familias.

“Y la falle. La falle en todo. No fueron los Dioses quienes me llevaron aquel día hasta su casa. Fueron los demonios quienes enloquecieron mi mente con falsas esperanzas. – Ben se arrebujo bajo su capa como si todavía pudiera sentir el frio. Era un crio. No era más que un crio que jugo a “entra en mi castillo” y llevo el juego mucho más lejos. – Jamás debí ir a su casa. Ahora podría ser una feliz madre rodeada de niños”

Ya no era capaz de recordar su rostro, solo pequeños fragmentos como la sonrisilla que le dedicaba con benevolencia cuando intentaba ayudarla y fracasaba o los ojos llorosos de cuando discutía con su madre, pero su rostro se transformo en una neblina que cada día se oscureció más y ahora solo era un agujero negro dentro de su pecho muerto. Lo que si recordaba, tan bien como la canción que hacían las espadas, eran los gritos de Annia cuando su padre…

Al amanecer Benjen y su ahora esposa se dispusieron a recorrer los caminos. Tenían dos días antes de que su padre echaran en falta al pequeño de sus hijos y uno para que el molinero buscase sin descanso a su única hija prometida. En esos momentos creyó tener a los dioses de su parte ya que consiguieron evadir a los guardias del Lord de Invernalia casi toda una luna. Cada mañana, antes de que el sol se alzara, ya se encontraban pateando los caminos aprovechando que nadie más viajaba por ellos. Aprovechaban las caravanas para comprar los pocos alimentos que les hacía falta y se alejaban en cuanto notaban las miradas de sospecha. “A estas alturas mi padre debe haber puesto sobre aviso a todos sus vasallos” pensó cuando varios hombres cuchicheaban sobre el pequeño de los Stark.

-          Dicen que se escapo para unirse a los segundos hijos – contaba un hombre mayor de larga barba blanca. – Es normal. Él no es ni segundo sino cuarto. Imaginaos cuando el padre dote a su hija y le entregue sus buenas tierras a chico, al segundo. Al pobre pequeñajo no le quedara nada.

-          Se rumoreaba que una de las hijas de los Mormont iba a casarse con él. El viejo oso no es tonto y sus hermanas muchos menos. Pedirán algo a cambio del enlace. Dinero, tierras o ambas.

-          Es cierto. El niño también iba a tener una buena dote – les respondió una mujer que avanzaba cansadamente llevando a una cabra testaruda que se negaba a seguirla. – Pero no era una Mormont, sino un Glover.

Ben y Annia se alejaban después de oír todo aquel chismorreo. No era nada nuevo y podían relajarse. Al menos no habían relacionado sus dos huidas.

-          Es normal. La gente pensara que tú te escapaste por vivir aventuras y que yo hui de un matrimonio. Nadie puede relacionarnos – le decía Annia más segura de lo que en verdad estaba. Todas sus amigas sabían del chico con el que se había estado viendo. Hubo varias que la dijeron que realmente era el pequeño de los Stark aunque ella siempre se lo desmentía. “Un noble jamás perdería su tiempo así. En una taberna puede, pero conmigo…más quisiera yo” las contestaba siempre.

Aun así, las noches eran un tormento al no poder hacer un fuego y por el día el sonido de cualquier caballo los hacía esconderse entre los arbustos y ramajes a la espera de que los jinetes se marcharan. En dos ocasiones casi fueron descubiertos por los soldados que les buscaban, pero sus huellas se confundían con la de otras tantas personas que se movían de pueblo en pueblo. Al cumplirse una luna Annia suplico a Ben dormir en una posada. Llevaba días encontrándose fatal. Apenas comía a pesar de que el muchacho consiguiera alimentos y si comía algo a poco rato lo vomitaba. “Gripe. – Pensó sin más. – Llevo tanto tiempo congelada, hambrienta y sucia que me estoy enfermando”

-          Espera un poco. Pronto llegaremos a Puerto blanco y podremos coger un barco. Entonces podremos descansar.

La voz de Benjen sonaba grave. Cada día había más soldados y hombres de su padre en los caminos. Ajena a sus  pensamientos Annia le suplico.

-          Por favor. Necesito descansar por una noche sin estar tiritando.

“¡Mierda!. – Benjen no quería ceder. No cuando estaban tan cerca de su destino. Pero al mirarla se ablando. La piel cetrina y el pelo enmarañado, los ojos hinchados por no dormir y las mejillas hundidas de no comer. Estaba cayendo enferma y ni siquiera sabía el motivo. – Solo es una noche. Solo una. No podrán atraparnos”

-          Está bien. Nos hospedaremos en alguna taberna por esta noche y al alba partiremos. – “Una noche de sueño nos vendrá bien a los dos”.

La luz cálida y el dulce olor que salía de la posada les hacia la boca agua. Al entrar el ruido de risas les precedió y el calor fue como el abrazo de un fiel amante que espera a la noche. Al final de la sala, sentados en una mesa, varios hombres gritaban y reían jugando a las cartas mientras dos guapas muchachas les llevaban una jarra de cerveza tras otra.

Una de ellas les vio entrar y les señalo una mesa junto al fuego lejos de los bulliciosos hombres.

-          Es noche de juego. Si os acercáis mucho os invitaran a jugar solo para desplumaros y eso no lo puedo consentir. No antes de que me paguéis por una buena comida. – La sonrisa de la muchacha no ocultaba sus palabras. Sin dinero no habría comida. Ben dejo caer un par de monedas de cobre y plata sobre la mesa.

-          Comida y habitación.

-          Con esto tendréis lo mejor de la posada. Un buen trozo de cerdo con la mejor de nuestra cerveza. – El generoso pecho de la moza se balanceo al recoger las monedas rozándole el brazo. Ben la miro. Era una muchacha de generosas curvas. El cabello le caía hasta la espalda hasta llegar a un buen formado trasero. Los ojos eran algo separados por un recta nariz, pero aquella boca carnosa distraía toda la atención. La sonrisilla que le dedico no paso desapercibida para Annia que le entrego una moneda más de cobre.

-          Esto es para que te busques a otro o te enfríes con cerveza. ¿Tú decides?. – La mirada de ambas mujeres se encontraron. El silencio hosco e incomodo desapareció cuando la voz de la otra muchacha se hizo escuchar por encima del todo el ruido.

-          Ryela más cerveza. ¡¿Es que no ves que no puedo sola?!. – La otra muchacha de constitución más esbelta la mirada irritada con unas cuantas las jarras en la mano.

-          ¡Ya va, Sbel! ¡Ya va! – la contesto de mal humor Ryela sin apartar la vista de chica. – Ahora os traigo la comida – les respondió aunque la mueca de sus labios se alargo hasta formar una sonrisa al enfrentarse al rostro de Ben.

-          Intenta no llamar la atención – le regaño Ben a Annia cuando la moza se marcho.

-          Eres mi marido. No podía estarme callada – le respondió apartando sus manos de entre las suyas.

-          Lo sé. Y eres a la única que quiero. Pero no estamos a salvo. No hasta que no lleguemos a alguna de las ciudades al otro lado del mar.

El enfado de Annia la duro tan poco como la comida en su plato. Después de tanto tiempo sintiendo nauseas notaba como su cuerpo digería aquel delicioso trozo de cerdo. Al verlo sobre el plato con aquella gruesa capa de grasa se le había hecho la boca agua y lo devoro sin esperar a que se enfriara. La cerveza la ayudo a regar aquel manjar y a aliviar la quemazón que recorría su garganta.

-          Has sido un poco bruta. Así no come una mujer casada – se burlo Ben .

-          Estaba demasiado bueno. – Annia todavía notaba el sabor del animal en la boca a pesar de la cerveza. “Esto no es bueno” siempre que sentía arcadas estas empezaban en la boca, en el sabor repetitivo que se le quedaba después de comer. No importaba lo buena que estuviese la comida siempre que lo sentía venia el malestar. Dio un respiro largo al ver como Ben acababa la comida con tranquilidad y todavía no tenía nauseas. “Esta noche dormiré de tiron” sonrio satisfecha.

-          ¿Y esa sonrisa? – Ben apuraba el último trago de cerveza aguada para pasar el resto de la carne.

-          Solo es que estoy feliz.

Annia se levanto y se dirigió hacia las escaleras que subían a la planta de arriba. Esperaba que Ben la siguiese pero al mirar para atrás le vio junto a la muchacha que les había servido. Le tenía que estar diciendo algo gracioso ya que su marido no dejaba de reír. “Acaso…No – meneo la cabeza – Ben no haría eso. Al menos no cuando yo estoy aquí” Las dudas la atormentaban cuando atravesó la puerta de la habitación. Por la moneda de plata el tabernero les había dejado la habitación más grande. Una enorme cama donde podían dormir 7 personas sin molestarse ocupaba gran parte de la estancia. El fuego ardía con intensidad en la chimenea y sobre el suelo los juncos olían limpios y perfumados. Apoyada en la puerta Annia respiro profundamente; si comenzaba a llorar no pararía.

-          Eres un idiota – susurro intentando en vano contener sus lagrimas. Al sentir el sabor de la sal en los labios se tiro contra la cama. – ¡Es un idiota, idiota, idiota! – chillaba contra la almohada para ahogar sus gritos. “La idiota he sido yo. ¿Cómo he podido llegar a creer…?”

El chirrido de la puerta la erizo el vello de la nuca. Escucho la voz de Benjen amortiguada por el grosor de la almohada. No entendía lo que la decía, pero se reía. Saco la cabeza de entre las sabanas y le vio colocar una pequeña jofaina de barro en la mesa junto a una jarra de agua mientras la seguía hablando.

-          … las vacas también tienen grandes tetas.

-          ¿Qué? – pregunto Annia.

-          Lo sé. No es muy caballeroso meterse con una mujer, pero cuando te hacen perder el tiempo… que uno solo quiere pasar contigo. – Le toco la frente y acaricio su pelo. – Te veo mejor.

-          Lo estoy. Lo estoy mejor que nunca – le contesto acurrucándose junto a él. – Y mañana… cuando lleguemos a Puerto blanco... – bostezo dejando la frase en el aire. La cama era cómoda y el calor de Ben a su lado después de tantas noches pasando frio era demasiado placentero como para no quedarse dormida.

Benjen la observo dormir en silencio durante un rato. Llevaban días tiritando por los caminos, aquella noche se merecían descansar.

-          Y mañana comenzaremos una autentica vida.

Acaricio su pelo mientras la veía dormir. Estaba preocupado. Contra más cerca de la ciudad portuaria más hombres de su padre veía. Algunos ocultaban el símbolo de su casa e iban por los caminos disfrazados de caza fortunas o caballeros errantes, pero las vainas de las espadas las reconocería en cualquier lado. Negras con remaches de plata y las garra de un lobo labrada sobre el metal. “Casi nos pillan en el cruce del gigante” pensó con el sabor del miedo en la boca del estomago. Pero se tranquilizo al escuchar la suave respiración de Annia, era cierto, podía descansar tranquilo allí no les encontraría nadie. 

“Que equivocado estaba. Nunca el peligro estuvo tan cerca”

Los guardias entraron en mitad de la noche. Sus voces resonaron por toda la posada levantando a los pocos huéspedes que dormían pared contra pared. Annia abrió los ojos confusa y no pudo evitar gritar cuando uno de los hombres la cogió por el brazo alzándola sobre su hombro. Para entonces Ben había saltado de la cama y sostenía la espada entre sus manos. Consiguió herir al primero y dejar fuera de combate al segundo al estrellarle la jarra de agua contra la cabeza pero no logro defenderse de los tres que le vinieron después. Su espada detenía golpe tras golpe y logro rozar el hombro de uno de ellos. Por un momento pensó en que ya se había deshecho de otro cuando las chispas saltaron. “Hombreras” pensó demasiado tarde cuando un tajo le alcanzo la pierna. Intento volver a levantarse pero uno de los hombres le puso el pie sobre la espalda.

-          No seas tonto muchacho y menos por una puta. – Su voz era áspera y ruda. Escupía las palabras como un asno los rebuznos.

-          Hijo de puta. – Ben sintió la sangre en la boca cuando el hombre le golpeo con un guantelete de cuero y remaches.

-          Mi madre es una santa. No lo olvides muchacho.

Tirado sobre el suelo, gruñendo como un animal; así es como le encontró su padre. La sangre manaba de su boca pero no era más que una herida superficial. El corte más profundo es el que tenía en la pierna y que le dejaría cicatriz. El Lord del norte contemplo la escena con el rostro ceñudo. ¿Para qué se escaparía su hijo tan lejos?

-          ¿Quién es esa? – pregunto al ver a la muchacha maniatada en una silla. Los ojos le lloraban y la boca le temblaban cuando la miro.

-          Mi señor. – El guardia hizo una corta reverencia. – La mujer dijo que vinieron juntos.

“Esa zorra de las tetas de vaca” El rostro de Ben se enrojecía de rabia al escuchar cada palabra del soldado. Después de rechazarla la muchacha se había vengado. Ni siquiera sabía si eran ellos o no, pero en todos los mercados y tabernas se contaba la misma historia: la huida del menor de los Stark. Y allí había ido. Rabiosa había buscado a dos guardias de los que patrullaban los caminos y a los que había visto a menudo por la zona y les había contado la historia. La voz de su padre resonó en su cabeza.

-          ¿Quién?

-          Yo, mi señor. – La hija del posadero cayó de rodillas antes los pies del Stark. Sus ojos se encontraron con los de Ben que la miraban llenos de odio y desconfianza. Ella sonrió de puro placer.

“¡Maldita zorra! Tenias a cualquiera de los hombres de abajo” pensó Ben intentando moverse. Al segundo intento la bota del soldado volvió a apretarle los hombros.

-          Tranquila muchacha y levantaos. Habéis hecho lo correcto. – Miro a su hijo con desaprobación. – Este descarriado es mi hijo. Pero decidme, moza, ¿conocéis a la otra?

-          No mi señor, pero.. – la dulzura que impregnaba su voz no lograba esconder del todo el odio en sus ojos – por estos caminos hay muchas… mujeres libertinas.

-          Una puta. Una puta hijo – repitió mirando a chico. – De esto hablaremos en casa. Vosotros – se dirigió a sus hombres – llevad a mi hijo al carruaje y recompensad a la chica.

-          ¿Y qué hacemos con ella, señor?

-          Podéis…

-          Esperad mi señor. No soy una… lavandera… - el miedo se reflejaba en la voz de Annia al enfrentarse a aquel hombre.

-          ¿Entonces?

-          So-soy la esposa de-de vuestro hi-hijo – tartamudeo.

La sonrisa de incredulidad se borro del rostro del Lord Stark al ver a su hijo. Con la lengua mordida apenas podía articulas palabra pero sus ojos no le engañaban. Se volvió de nuevo hacia la chica y la miro como si fuera la primera vez.

-          Ahora te reconozco. Eres la hija desaparecida del molinero

-          Si mi…

-          Has perdido la cabeza hijo o acaso no la tienes. Has mancillado el honor de los Stark por una estúpida molinera. ¡Por los dioses Benjen en que demonios pensabas! Te había buscado una muchacha el doble de hermosa que esta insignificante cosa. Me decepcionas. Ni siquiera el último rey del norte se humillo tanto cuando rindió su reino a los Targaryan.

-          Padre… la… amo. – La boca de Ben sangraba cuando la abrió.

-          La amas – repitió el hombre mirando de nuevo a la muchacha – ya veremos cuanto la amas.

¿Había gritado o solo fue en su imaginación? No lo sabía. Cuando vio que su padre cogía una de las antorchas del pasillo pensó que era para iluminar su camino hacia la planta de abajo, pero le vio atravesar de nuevo la puerta. Inconscientemente sabía lo que iba hacer pero no podía creerlo y al parecer la hija del tabernero también pues desapareció por la puerta sin que nadie la detuviera. Podía ver el rostro de su padre y aun así no le parecía real. Su padre; el Lord Stark de Invernalia, era un hombre justo y bueno con sus súbditos no podía creer que fuera hacer lo que estaba a punto de hacer. Cuando las llamas iluminaron el rostro aterrado de Annia grito. Estaba seguro. Estaba…¿seguro? O acaso su voz no llego a salir de su mente. Pero la de ella si.

La muchacha lloraba y gritaba tapándose el rostro con las manos.

-          Dime, hijo. ¿Todavía la amas o quieres que siga?

No contesto. El pequeño de los Stark cayo desmayado al notar un fuerte dolor en la base de su cabeza. Uno de los guardias le aporreo tras recibir una señal del Lord. La vuelta a casa seria más sencilla para ambos pensó lanzando la antorcha contra la chimenea.

 

Las entrada a las mazmorras de Invernalia se encontraba en la torre norte del castillo, un lugar maldito enterrado bajo metros de tierra donde el calor de los muros no podía llegar. Más de un preso había muerto entre aquellos muros sin darle tiempo a Lord Stark a condenarle. “Así es el norte” le repetía el maestre de pequeño cuando Ben no entendía algo de su tierra. Desde una de las ventanas de la torre Benjen podía observar todo lo que ocurría alrededor de la puerta. Estaba confinado en su habitación pero no le importaba. Le hubiese dado igual morir en aquella habitación cuando el fuego toco a Annia. “Jure  protegerla. Lo jure” se decía una y otra vez castigándose las manos al golpear el suelo. Los nudillos abiertos le dolían como puñales pero solo el dolor físico, palpitante, le mitigaba otro tipo de dolor.

Habían pasado quince días desde que le encerraron y nadie le daba noticias. Una doncella le atendía y le limpiaba la habitación siempre en un silencio que él no se molestaba en romper. Todos los días un mozo le llevaba la comida que dejaba intacta y el agua que bebía a pequeños sorbos. Si no estaba golpeándose los puños, Ben se dedicaba a mirar horas por la ventana esperando verla salir. Apenas podía dormir y cuando lo hacía soñaba en que ella moría, allí, olvidada por todos y por todo, pero él no la olvidaba. “Todo ha sido culpa mía” se martirizaba. La rabia y el remordimiento se dejaban paso en su mente con educación, como si ambas supiesen que el día tenía suficientes horas para cada una. A veces Ben también soñaba que mataba a su padre y entonces conseguía dormir toda la noche hasta que la puerta se abría.

Perdió la cuenta del tiempo cuando por fin su padre se presento ante sus habitaciones. Iba vestido de negro y gris, los colores de los Stark, y se adornaba el dedo con un gigantesco sello de oro con el lobo huargo grabado. Al verle su rostro hizo una mueca.

-          Estas muy delgado. – Ben le miro en silencio. – Tus criados dicen que apenas  comes. – Más silencio. La paciencia del hombre empezaba a agotarse. – Si lo llego a saber hubiese matado a la chica en vez de entregarla. – Aquella vez los ojos de Ben se iluminaron.

-          ¿Qué has hecho con mi esposa? – pregunto pasando por alto la mueca de desprecio que le dedico su padre a aquellas palabras.

-          La entregue a las hermanas silenciosas y ellas se deshicieron de ese bastardo que crecía en su tripa. Nunca hubiesen aceptado a una mujer embarazada. La verdad es que he sido demasiado clemente tendría que haberla dado unos cuantos latigazos…

-          Has matado a mi hijo. – Ben no podía creerle. Sus ojos le seguían por la habitación hasta que se sentó en una silla frente a él.

-          No seas tonto. Jamás mataría a tu hijo, Ben. Solo me he deshecho de tu deshonra.

La sonrisa de su padre lo martirizaba. Deseaba matarlo, asesinarlo, ver aquella boca escupiendo sangre.

-          Juro antes los dioses padres que morirás entre gritos y ni el infierno te dará clemencia.

Ben esperaba ver la ira en los ojos de su padre o al menos una fracción de voz, pero lo único que vio fue como aquella sonrisa se ensanchaba de oreja a oreja.

-          Hijo. El infierno es el que le espera a ella por haber seducido a un noble. Ahora vestíos. El príncipe Rhaegar Targaryan nos ha honrado con su visita.

 

La sala de banquetes resplandecía con los colores de la casa Targaryan. El dragón de tres cabezas ondeaba orgullo junto al feroz lobo huargo de los Stark sobre la mesa del Lord. El príncipe Rhaegar era un hombre atractivo y misterioso que apenas hablaba. Sus labios, aunque sonreían, tenían una ligera mueca de tristeza como todo en su persona. La melancolía era como una segunda capa para el príncipe Targaryan que solo se desvanecía cuando estaba cerca de Lyanna. La joven norteña conseguían hacerle brillar los ojos con solo el susurro de su voz.

-          Si me disculpáis, Milord. Desearía bailar con vuestra hija.

Ben jamás había visto antes aquella felicidad en el rostro de su hermana. Era una muchacha feliz de sonrisa fácil pero ahora sus ojos lucían una esperanza que estaba abocada al fracaso. ¿Cómo nadie podía darse cuenta? Durante la visita de Baratheon era más una perra obediente que perseguía al venado por obligación. El fuego del Targaryan la avivaba hasta el punto de aullar a la luna como una fiera.

El baile continuo durante toda la noche, pero Ben se escabullo hacia el bosque de dioses en cuanto su padre se dio la vuelta. La tentación de tener un cuchillo al lado y poder clavárselo era muy tentador. Le daba igual si los dioses le condenaban para toda la eternidad por hacerlo, su alma se lo pedía. “Matar a un padre es el peor de los pecados. ¿Y castigar a un inocente? A lo mejor un mal revierte el otro” Sus divagaciones le llevaron junto al árbol corazón más grande del bosque. A sus pies se quedo sentado pensando en cuando fue la última vez es que estuvo ante los dioses. “Se lo jure. Se lo jure y fracase” se dijo recordando sus propias palabras. El ruido de pisadas le alerto de que no estaba solo pero si eran los guardias de su padre no se iba esconder. Le encontrarían antes o después.

-          Ven conmigo. Esta noche – rogaba apresurado la voz de un hombre.

-          No puedo. Mi padre. Nos matara. Es capaz de hacerlo.

-          Si intenta hacerte algo lo matare – la contesto la misma voz. Era débil y cálida, pero el peligro que enterraba era más profundo que el de muchos bravucones.

-          Rhaegar…

Los murmullos se escuchaban cada vez más cerca de Ben. Al final los pasos se detuvieron detrás del viejo árbol donde estaba sentado. Sabía que no debería estar escuchando pero era demasiado tarde para marcharse sin ser visto.

-          Lyanna os amo.

-          Mi señor yo también os amo, pero… ya estoy prometida.

-          Prometida mas no casada. Huid conmigo.

-          Yo…

El crujido de las hijas se mezclo con el silbido del viento. Los ojos de ambos amantes se abrieron inseguros antes la sombra que se cernía sobre ellos. No le habían avisto, ni siquiera lo había oído llegar hasta el ultimo momento. El miedo en los ojos de su hermana solo eran comparables a la desconfianza con la que le miraba el príncipe dragón.

-          Tu eres…

-          Mi hermano pequeño, Benjen Stark. Es – le miro suspirando aliviada. De haber sido Ned o Brandon el corazón se le hubiese parado – es de confianza.

El dragón se relajo más no dejo de mirarle con recelo.

-          Siento tu perdida muchacho.

A Ben no le hacía falta que le dijeran nada más. Sabía que toda su familia sabía de su desgracia y como su única respuesta fue el silencio. Eddard evitaba encontrarse con él y el imbécil de su hermano mayor desaparecía tras jarras de cerveza y mujeres de taberna. “Es allí donde deben estar, Ben. No en tu cama cuando llegues a casa. Ese el sitio de una dama” fueron las únicas palabras que le dio. Solo Lyanna le apoyo revelándose contra todos.

-          SI se quieren que más dará su sangre. Ben jamás heredara tus tierras y sus hijos mucho menos – como castigo su padre la abofeteo.

-          No eres más que una chiquilla insolente. Pero pronto el Baratheon te meterá en cintura.

-          Despreciáis a Ben por enamorarse de la hija de un molinero y a mi me entregais a un bruto y como castigo su padre la prohibió hablarle.

-          Gracias alteza. – Hizo una corta reverencia. – Mañana padre saldrá de caza. Lo ha estado hablando todo con el mayordomo. Irán hacia el norte, hacia el muro – dijo mirando directamente a su hermana. La duda en rostro de Lyanna no desaparecía. – Te acuerdas de pequeños el juegos de los perros – la muchacha asintió - deberías decidir si eres una perra de las perreras o una loba de los bosques

El príncipe no entendía nada de aquellas extrañas palabras. Solo podía mirar como el semblante de su amada pasaba de la duda a la aceptación más absoluta. “Ya decidió” Lyanna agarro sus manos entre las suyas y se puso de puntillas para poder besarle.

-          Se acerca el invierno – le susurro todavía de puntillas junto a su oreja.

-          Pues os llevare lejos de él.

 

“Ni si quiera el negro a podido lavar mis pecados. La condene al igual que hice con Annia, con mi padre y con mis hermanos. Traigo la muerte allá donde voy y ahora llevo a mi sobrina ante ella – pensó al ver a Arya bajar del árbol. – Si no hubiese dicho nada. Si jamás hubiese conocido a Annia padre no la habría condenado, yo no habría convencido a Lyanna y mi hermano y padre jamás habrían ido a Desembarco del rey. Ned podría haber vivido una larga vida y tú pequeña loba no existirías”

La figura de Arya se elevo sobre él mirándole con el rostro ceñudo. Su silueta oculta bajo la ropa se dibujaba contra el sol de la mañana.

-          Vamos tío. Los muertos nos esperan.

“Si. Los muertos me esperan, pero no estos. Y  tengo miedo de encontrarme con ellos”

 

 

Notas:

Espero que os haya gustado y siento si me he pasado con el padre de Benjen, pero siempre me he preguntado porque se hizo de la guardia de la noche y he querido darle un pasado. 

Hasta el proximo capitulo 

Kisses***

Capitulo 23 La Reina de los Otros por yuukychan
Notas de autor:

¡¡¡Hello!!! ¿me hechabais de menos? jajaj seguro que no pero a la protagonista de mi historia estoy segura de que sí XP

Bien para no decepcionaros por fin conocereis a la Reina de los Otros jajaja espero que os guste y ya sabeis si os gusta lo decis y si no tambien (pero con suavidad :-)

No quedaba ni rastro. Los finos copos de nieve ocultaron las huellas de los caminantes blancos borrando su existencia. Si sus ojos no los hubieran visto moverse como fantasmas en la noche ninguno de ellos pensaría que allí había algo más peligroso que un gato sombra o una manada de lobos hambrientos. Cada día los habían escuchado más cerca y ahora parecía que estaban casi al lado suyo, dispuestos a devorarles. En la distancia habían podido ver que eran tres. Una hembra y dos machos famélicos que al parecer ya conocían el peligro que representaba el tridente de Meera.

 

-          Los conozco, no se acercaran. No al menos mientras que sea de día y perciban el peligro de esto – el tridente brillo en sus manos. – Ya conocen el dolor que puede provocar.

 

-          ¿Qué sucedió? – la boca de Gendry soltaba grandes bocanadas de aire que se condesaban a su alrededor.

 

-          Nada – suspiro – mucho. Encontrar comida en estas tierras es una tortura, pero al menos los ríos siempre tienen algo que ofrecer. En una ocasión me adentre en busca de nuevas presas en la zona este. Fui cerca de los antiguos poblados pesqueros de los salvajes y para colocar unas cuantas trampas cuando la loba se lanzo sobre mí. – Se llevo la mano a la cicatriz al recordar el dolor y el miedo. – Me mordió el brazo y me lo hubiera arrancado de cuajo si no llego a coger el tridente a tiempo. Le atravesé la pata y me soltó. Fue a atacarme de nuevo pero Verano ya estaba a mi lado. Bran suele dejarle salir siempre que voy de caza – “porque a él también quiere venir” – le gruño y se marcho acobardada. La segunda vez que los encontré no ocurrió nada. El olor de mi arma mezclado con el olor de Verano les hizo retroceder entre dentelladas.

 

-          Vaya. Si que has vivido aventuras para ser una dama.

 

Meera alzo la ceja y luego sonrió. Debía recordar que aquel chico era sureño. No importaba que sirviera a la familia real en el norte como le había dicho Arya, desconocía muchas de las costumbres y familias que vivían en Invernalia.

 

-          En los pantanos no suelen haber muchas damas. Y las que hay que no duran mucho. Suelen acabar casadas con señores de los ríos.

 

Pinos, robles, abetos y un sinfín de otras especies desconocidas invadían aquella lengua de tierra que se iba agrandando. Lo que empezó como una islita en medio de dos ríos medía lo mismo que la Isla del oso de la casa Mormont y todavía no había llegado al final. Caminando sin descanso seguían a Manosfrias a través de un camino que solo él conocía y aun así parecía dudar en cada paso.

 

Habían pasado varios años desde que el hombre que era lo recorriera con su equipo en busca de salvajes. Benjen no sabía que lo que encontraría tras aquel bosque no era la guarida secreta del rey de mas allá del muro, sino su propia muerte. Uno tras otro sus compañeros fueron cayendo presas del frio, los salvajes, los animales. Solo él, Narirota y Víbora consiguieron llegar hasta la cueva de hielo. Ya entonces tenía un mal presentimiento cuando vio aquella entrada pero era el jefe de la expedición, no podía echarse atrás.

 

-          Oye Ben creo que deberíamos volver. Llevamos sin ver salvajes más de tres días. – Narirota hablaba siempre como si estuviera congestionado.

 

-          Somos exploradores. El Lord Comandante nos ha enviado a explorar y eso es lo que haremos. Además… ¿quién sabe si es allí donde se esconden los salvajes? – ni siquiera lo creyó cuando las palabras salieron de su boca. – ¡Vamos! – ordeno bajando de su caballo para no tener que pensar más.

 

-          Como tu digas jefe – resoplo Narirota.

 

En algún momento su compañero tuvo que ser atractivo, pero se había roto tantas veces la nariz que el amasijo de carne sobre su rostro hacía tiempo que solo le servía para respirar. “Para lo que me sirve una cara bonita cuando ya no puedo follar” solía decir entre risas sentado junto al fuego cuando alguno le recordaba lo gran bardo que fue. Como a casi todos su fortuna acabo cuando se metió bajo las sabanas equivocadas. Calentar la cama de una mujer casada o de la señora del castillo mientras la orquesta seguía tocando y los hombre se emborrachaban era una cosa, nadie tenía porque enterarse, pero meterse en la habitación de la hija doncella mientras el prometido arregla las últimas objeciones con el padre, eso era una locura.

 

-          ¡Locura o no la hice cabalgar como una potranca! – solía jactarse ante los novatos que preguntaban por su historia. – Una nariz rota fue un precio pequeño por tocar esa suave piel.

 

-          ¿Y qué paso con la muchacha? ¿Se caso con el hombre?

 

-          Se metió a Septa – susurraba con tristeza. Cuando acababa la cerveza su boca volvía a mostrar la misma sonrisa. – No pudo olvidar mis caricias ni soportar las de otro hombre. Así de bueno soy por eso me llamaban “Dedos chispeantes” La lira entre mis manos cobraba tanta vida como la piel de cualquier mujer.

 

Benjen solía mirarle y callarse. La muchacha acabo deshonrada y llevada a la ciudadela para hacerse Septa. La última vez que los hermanos negros comerciaron con los maestres de Antigua se rumoreaba que la chica había huido en un barco que se dirigía a Ghis. Una noche de placer le había costado todo su futuro.

 

Víbora era todo lo contrario, no solía hablar. Había venido siendo un crio desde más allá del mar aunque nunca decía de donde. Acabo en los desiertos de Dorne viviendo su infancia entre serpientes y alacranes. No había en la guardia de la noche hombre que entendiera más de venenos que él. Allí en las tierras calurosas del príncipe Martell lo habían apresado por ladrón y embaucador con tan solo dieciséis años. Había conseguido seducir a dos de las hijas del príncipe Oberyn y robarles; todo en una misma noche. Solo el muro le libro de la venganza de las serpientes de la arena, aunque se sospechaba que una de ellas todavía solía visitarle en Villa topo. Era un secreto a gritos que cada 3 lunas una muchachita de piel aceitunada le esperaba para encontrar tesoros.

 

“¿Que fue de vosotros?” se pregunto Benjen. Después de atravesar aquella condenada cueva su memoria se perdía. Solo recordaba un frio intenso devorándole las entrañas hasta que su mente se desvanecía en un mar de hielo que le apresaba. Y era allí a donde llevaba a aquellos muchachos. Todavía estaba a tiempo de cambiar de rumbo, de negarse a llevarlos. Echo un vistazo para atrás y observo a su sobrina. “Te llevo a la muerte y aun así me sigues sin vacilar”

 

Manosfrias se abrió paso a través de un oculto sendero que los demás pasarían por alto. Con mano experta agarro las riendas del alce y lo llevo a través del camino siempre por delante. Una pata tras otra el animal iba abriendo un camino tan enrevesado como las ciénagas que cubrían los pantanos donde nacieron los lacustres. La nieve subía y bajaba a voluntad como si tuviera vida propia y esperara atraparles entre sus fríos copos y en muchas ocasiones Arya creyó que lo conseguiría. A veces conseguían caminar con paso vacilante sobre ella mientras que en otras ocasiones se hundía hasta la cintura y Gendry tenía que ayudarlas a salir. Solo Manosfrias conseguía mantener un ritmo que ninguno de los otros podía seguir.

 

-          El día no espera y la noche se acerca – les decía a cada tramo en que se retrasaban.

 

-          Será mejor que os atéis. – Saco una cuerda. – Así me será más fácil tirar de vosotras si os volvéis a quedar atrapadas.

 

Atados alrededor de la cintura Gendry intentaba abrir paso a las dos muchachas. Su corpulencia y fuerza despejaba el camino de nieve, al menos lo suficiente para que Arya y Meera pudieran seguirles sin acabar medio enterradas en aquel invierno eterno. Paso a paso el grupo se adentraba cada vez más en el espeso bosque donde solo el constante graznar de los cuervos les acompañaban. Ni siquiera la luz del sol conseguía atravesar las copas de los arboles haciéndoles caminar en una constante penumbra. El aleteo de un pájaro paso rozando la cabeza de Arya haciéndola caer de bruces. Desde el suelo pudo ver a aquel animal que la miraba directamente a ella.

 

-          Nieve, nieve, nieve – graznaba batiendo las alas.

 

“Eres el mismo de ayer – se dijo. El día anterior le había llamado la atención un cuervo negro como el betún como todos, pero el plumaje alrededor de sus ojos era de un blanco tan reluciente como el pelaje de Fantasma cuando le bañaba la luz del sol. Y allí estaba otra vez, mirándoles avanzar a través de la nieve. – Nos siguen. Esperan que muramos – pensó mirando al frente de la columna. En ese instante un cuervo se puso sobre el hombro de su tío. – Los siguen a él – comprendió en acto al ver la delicadeza con que se le quitaba de encima. - ¿Acaso los cuervos se llevan bien con los muertos o simplemente se alimentan de ellos como harían de nosotros?” La pregunta le rondo por la cabeza como un mal presentimiento que no se quiere ir del todo. Los pájaros no dejaban de observarles y volar de árbol en árbol siempre a la espera de su extraño amo. Fuera la relación que fuera Arya no veía que los animales atacasen a Benjen. Pero aquel cuervo no dejaba de mirarla a ella. Sus ojos, dos grandes esferas oscuras como la noche la seguían sin apartarse nunca de sus movimientos.

 

“Y si…” Silbo. Fue un silbido corto y estridente que hizo que los demás se volvieran para mirarla. Pero funciono. El animal bajo del árbol hasta posarse en su hombro. “Nieve, nieve, nieve” grazno picoteándola la capa con la que se cubría. Al ver que la muchacha no le daba nada se quedo allí quieto, clavando sus garras en el cuero y escondiendo la cabeza bajo el ala.

 

-          Creo que le has caído bien – le dijo Meera al ver como el animal se acomodaba sin importarle las sacudidas que mecían a la muchacha a cada paso que daba.

 

-          Me parece que pertenecía a los hermanos negros – la contesto distraída mientras acariciaba el suave plumaje de animal. Recordó como Jon le conto que uno de sus compañeros, no se acordaba del nombre solo que era un hombre bastante gordo, le enseño a todos los cuervos a decir nieve. Pero aquel cuervo era distinto. La miraba con mayor intensidad que sus hermanos, como si pudiera entender lo que pasaba a su alrededor. “¿No solo eres un cuervo, verdad?”– Anda ve – le dijo alzando el brazo. Al instante las alas del animal se abrieron hasta sobrevolarles varios metros.

 

El final del bosque resulto todo un alivio para Gendry que suspiro agradecido de poder quitarse la cuerda. El frio la congelo tan pegada a su cintura que solo pudo cortarla para quitársela de encima. Los trozos rígidos cayeron al suelo hundiéndose unos centímetros entre sus pies. “A lo mejor la necesitamos” estuvo a punto de reprocharle Arya pero la queja murió en sus labios cuando ni ella misma podía desanudar la suya. El filo de su daga corto las fibras como si fueran mantequilla. Solo faltaba Meera que forcejeaba con el cuchillo entre sus manos. Liberados al fin se encontraron frente a una cascada congelada de la que no podían ver de dónde nacía. Los enormes carámbanos de hielo median lo mismo que un gigante y colgaban formando unos extraños dientes congelados alrededor de un agujero abierto en la piedra tras ellos. De ser verano y estar en el sur la cascada caería con toda su potencia haciéndoles imposible ver aquella minúscula cueva que se alzaba varios metros por la robusta pared, pero en el norte seguramente aquella cascada jamás se habría llegado a descongelar del todo.

 

-          Es ahí – señalo Manosfrias al diminuto agujero que tendrían que escalar.

 

A ninguno les hizo falta que se lo dijeran. El aire olía a muerte. Incluso el alce acostumbrado al imperceptible hedor de Benjen retrocedió meneando la cornamenta. Ni siquiera las palabras reconciliadoras que le susurraba su amo conseguía tranquilizarlo. Rendido ante la terquedad del animal lo ato junto a unos árboles cerca del riachuelo por el que debería correr el agua en verano. El nudo eran tan sencillo que en caso de peligro de un solo tirón el animal podría huir deshaciéndolo. Como guardianes, los cuervos se posaron sobre los pinos y robles que rodeaban al alce en un silencio sobrecogedor y entre ellos allí estaba su cuervo, los ojos negros como la noche en aquel mar de blancas plumas. Sin llamarle bajo hasta colocarse sobre su hombro como si sus propios pensamientos hicieran que el animal la obedeciera.

 

Sin prestarle mayor atención Arya se volvió a contemplar la cueva y noto como sus manos temblaban. El miedo recorría sus entrañas haciéndola tiritar. Intento repetirse las palabras de Sirio pero era inútil. La primera espada de Braavos se había enfrentado a guardias, a caballeros, a espadas… pero jamás se enfrento a la muerte que camina. “El miedo hiere más que las espadas, pero es lo único que hace que mi sangre siga fluyendo por las venas” se dijo apretando los puños para parar el temblor.

 

-          ¡Gendry, Meera! Vosotros esperareis aquí. Yo iré hasta la entrada y atare una cuerda. – Miro la subida por la pared resbaladiza y trago saliva. Si caía contra los picos de hielo que crecían en su base moriría al instante. – Si necesito salir a toda prisa…

 

-          Yo voy contigo y no hay más que hablar. – El antiguo aprendiz de herrero dio un paso con la mano alzada para acallarla. El tono severo de su voz no la daba más opción que aceptar.

 

-          Yo también voy – soltó la lacustre dando un paso hacia delante pero esta vez la pequeña loba lo tenía claro.

 

-          No. Pase lo que pase allí dentro este cuervo saldrá con la flor que necesita Jon. Quiero que le envíes hacia Bastion Kar y que luego partáis vosotros.

 

-          Enviare el cuervo, pero vuestra madre…

 

-          Mi madre murió en la boda roja, al igual que mi hermano y muchos norteños y hombres de los ríos – la interrumpió. – Aquel espectro no se diferencia de los que hay allí dentro; no lo olvides – le contesto señalando el agujero. Meera asintió todavía insegura. – Escúchame – suspiro Arya al ver el miedo y la duda en sus ojos. La cogió por los hombros y la zarandeo suavemente como hacia su hermano con ella cuando quería explicarla algo de gran relevancia y ella se negaba a atender. – Esto es una orden de una Stark de Invernalia ¿me entiendes? – la chica asintió. – Te ordeno, óyeme bien, que lleves de regreso a nuestros hermanos. ¡Nuestros hermanos, entendido! Esa será tu única misión.

 

Solo faltaba Manosfrias. ¿Qué hacer con él? La joven Stark se quedo mirando al ser que fue su tío. Recordaba aquel rostro cariñoso de espesa barba negra que la cogía en brazos para darla vueltas y enseñarla lo rápido que podía girar el mundo. ¿Dónde estaba ese hombre y quien era el ser que tenía delante? “No puedo fiarme de él. No deja de ser uno de ellos” se convenció al fin.

 

-          No soy como ellos. No me puede controlar, no de igual forma – la contesto interrumpiendo sus pensamientos.

 

La chica loba clavo sus ojos en él. Podía ver cada arruga de su piel congelada en el tiempo, cada gesto de sus rostro inmóvil para siempre. ¿Cómo podía saber si mentía cuando no era capaz de saber ni siquiera lo que pensaba? Nada le delataba como a las personas. Ni gestos, ni ticks, ni miradas esquivas. Era una estatua de hielo que se movía, simplemente eso. Suspiro. Tenía que tomar una decisión y así lo haría.

 

-          Está bien. Pero recuerda esto – le amenazo rozando con la punta de la daga su cuello – si me traicionas morirás como lo demás. ¡Ahora vamos! – rugió adelantándose al resto con la daga envainada en su bota.

 

Rodeo la cascada hasta llegar a la montaña de la que nacía y pegada a la pared busco el camino por el que adentrarse. La tierra y la nieve dio paso al hielo resbaladizo por el que iba resbalando. Tras ella sintió la presencia fría de su tío en un silencio que se acomodaba a su propio pensamiento. “Mejor. Las palabras sobran” Más atrás podía escuchar el ronco respirar de Gendry, los gruñidos de frustración que soltaba cada vez que sus pies se resbalaban por el hielo. Sus propios pies a veces se resbalaban y estuvo a punto de caer pero las manos frías de su tío la sujetaron desde atrás. La sensación helada hasta quemarle la recorrió la piel a pesar de la gruesa capa de lana. “Son hielo. Son cadáveres de hielo” se dijo una vez más cuando pudo recuperar el equilibrio.

 

La pequeña cueva del tamaño de un hombre de mediana estatura se alzaba varios metros por encima de ellos rodeada de puntiagudos filos de hielo. No había surcos ni grietas en la pared lo suficientemente grandes para escalarla y no se veía ninguna otra entrada.

 

-          ¿Y ahora? – pregunto Gendry tocando la pared. - ¿Cómo subiremos hasta allí? No tenemos ningún equipo. – Sus ojos se volvieron hacia el caminante. - ¿Cómo subiste tú?

 

-          Con un equipo. Los exploradores de la guardia de la noche salen bien preparados para cada expedición. Comida, muda de recambio, armas y equipo de escalar. La mochila es pesada pero te aseguraba un regreso.

 

-          Joder ahora no los dices muerto viviente ¿Cómo demonios pensabas que íbamos a subir? ¡Con los dientes!

 

-          ¡Gendry! – la voz autoritaria de Arya se alzo incluso por encima del vozarrón del hombre. – Cállate y dame tus cuchillos.

 

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