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RozenMaiden Girls por Tooru Hally Bell Potter

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Notas del fanfic:

Renuncia de derechos: Rozen Maiden es propiedad de PEACH-PIT. Lo único que es propiedad de Tooru Hally Bell Potter son la trama y ciertos personajes. Disfruten.

Notas:

Todas, cada una tan distinta a las otras, han entrado en escena, a la vida de Junko, de manera imprevista. Y se apellidan Rozenmaiden.

Hace mucho tiempo, en un arranque de inspiración, un alemán se puso a vagar por Japón, buscando entre otras cosas, a una niña perfecta para que fuera su hija. Este hombre, muy bien parecido por cierto, tuvo amoríos por todo el país, pero nada serio. Solamente unos cuantos lo marcaron profundamente, siendo con los que más duró. A esos amoríos, además de darles el mismo apodo, les confiaba casi todo.

—Alice —les dijo en una ocasión —Así quiero que se llame esa hija perfecta que ando buscando. Creo que en su idioma, el nombre es Arisu —aclaraba con una sonrisa —Mi hija será como mi mejor muñeca.

Y es que este alemán era un juguetero muy diestro que tenía una pizca de mago. Prueba de ello fue el objeto que fabricó para cada uno de sus amoríos especiales como regalo de despedida: un guardapelo en forma de rosa.

—Mi rozen maiden —le decía a cada una con afecto —Si algún día tienes que pelear por mi atención y mi afecto, esto te ayudará.

Acto seguido, mientras la mujer en turno recibía el regalo entre lágrimas, explicaba cómo se usaba el guardapelo y pronunciaba una última advertencia.

—Si llegan a quitarte el guardapelo a la buena, estarás muerta para el mundo. Pero descuida, querida rozen maiden, ninguna persona podría hacer tal cosa. No sin un guardapelo igual, claro está.

Las mujeres, cuando el alemán las dejaba, se quedaban con una vaga sensación de pérdida, sabiendo que todo aquello tendría mayor sentido mucho después.

Y el juguetero alemán, en cuanto entregó el último guardapelo, no tardó en regresar a su patria, donde fue recibido con tal bombo y platillo debido a su fama, que casi olvida lo sucedido.

Lo bueno (o malo, según como se vea) era la existencia de ese casi, pues años después, el apuesto caballero recordaría sus andanzas en tierras niponas deseando que la tierra se lo tragara.

¿Todas, RozenMaiden?

En una ciudad cercana a Tokio, existía una preparatoria conocida por tener a varias de las mejores estudiantes del país. Era solamente para mujeres y respondía al nombre de Hanatensai. El examen de admisión era tan cotizado, que había que solicitarlo con meses de anticipación, lo que provocaba una gran movilización en las poblaciones aledañas.

Para las jóvenes esforzadas e inteligentes, el examen de admisión resultaba pan comido. La primavera les daba como recompensa recorrer los amplios y elegantes pasillos de la afamada preparatoria, ocupar uno de sus relucientes pupitres y codearse con la crema y nata de la sociedad japonesa. Todo era belleza en esa institución, a la que muchas se morían por entrar.

Bueno, no muchas.

—¿Porqué, papá? ¿Por qué debo ir precisamente a esa preparatoria tan aburrida?

Una sencilla casa de dos plantas era llenada por los reclamos de una chica de unos quince años, de cabello y ojos castaños, que sentada a la mesa del comedor, le lanzaba miradas furibundas al adulto que tenía enfrente.

—Porque es la mejor preparatoria de la zona —respondió un hombre de cabello negro y ojos castaños idénticos a los de la chica, medio ocultos por unos anteojos cuadrados —Además, para ti no será problema aprobar el examen de admisión.

La joven refunfuñó.

—Pero yo no quiero ir a la preparatoria, papá —se quejó, cruzándose de brazos —Te dije que quiero ponerme a trabajar.

El hombre negó enfáticamente con la cabeza.

—Irás —afirmó con tal severidad que la chica supo que era una orden —Si quieres trabajar, hazlo en tu tiempo libre —concedió —Pero quiero que obtengas el certificado. ¿Entendido, Junko?

La joven asintió, desviando la vista en actitud ofendida. El hombre, por su parte, sonrió levemente, con satisfacción.

—Ya todo aclarado, vamos a comer —el hombre se puso de pie —Junko, anda.

Junko, notoriamente fastidiada, se levantó y siguió a su padre hasta la cocina.

Mientras se repartían las tareas para empezar a comer, Junko reflexionaba sobre la reciente charla. Sabía de antemano que su padre no le permitiría trabajar sin estudiar la preparatoria, pero al menos intentó convencerlo. Lo que sí no le había gustado era la elección de escuela, ¿porquéla Hanatensai? Era para chicas exclusivamente y a últimas fechas, tratar con muchachas de su edad no se le daba bien. Pero claro, eso no iba a decírselo a su padre.

—Vamos, quita esa cara —le pidió su padre cuando llevaban sus platos a la mesa —Por cierto —se le quedó viendo a Junko fijamente —¿Dónde están tus lentes?

Junko abrió los ojos desmesuradamente.

—Lo siento, se me habían olvidado —la joven dejó su plato en la mesa y rebuscó en los bolsillos de la sudadera amarilla que lucía, hasta sacar unos anteojos similares a los de su padre, pero con armazón translúcido ligeramente rosa, y con uno de los cristales estrellado. Se sonrojó un poco al intentar explicarse —Es que… me caí y tengo que cambiarlos de nuevo.

El hombre negó con la cabeza.

—Debes cuidar mejor tus cosas, hija —advirtió, sentándose a la mesa —Ya van tres veces en el mes que tienes que cambiar los lentes.

—Lo siento, papá —Junko se sentó con la cabeza baja, dejando los estropeados anteojos a un lado, junto a ella —Fue un accidente. Prometo que no volverá a pasar.

Su padre asintió, sin preguntar más, mientras Junko sostenía los palillos con mano temblorosa. Como no quería causarle disgustos a su padre, se estaba guardando la verdadera historia de lo sucedido con sus anteojos. Estaba decidida a resolver ese problema ella misma.

Problema que muy pronto, sería el menor de todos los que ya tenía.

&&&

Llegó el día de ingreso a clases,la Hanatensaipronto se llenó de jovencitas de todos los físicos, ataviadas con una camisa blanca y un vestido jumper a cuadros grises, blancos y negros. La costumbre decía que las chicas mayores usarían adornos de todo tipo, en cualquier parte: en el cabello, en el cuello, en las muñecas y hasta el botón de la gazné. Por su dinero y crianza, la mayoría de esas chicas creían estar por encima de las reglas y hacían lo que se les daba la gana.

Al menos, eso había ocurrido hasta entonces.

—Gracias por traerme, papá. ¡Que te vaya bien en el trabajo!

Junko, como todas las demás de nuevo ingreso, iba de lo más sencilla, sin más adorno que una cinta gris a modo de diadema. Se despidió de su padre, bajó del auto rojo oscuro y se internó en los terrenos de la preparatoria, sin darse cuenta apenas de que su padre la observaba con satisfacción antes de marcharse a trabajar.

Un tanto nerviosa, Junko intentaba encontrar una señal que le indicara hacia dónde dirigirse. Ya hecha a la idea que tendría que estudiar allí, y con la premisa de que el examen de admisión había resultado de lo más sencillo, estaba dispuesta a que su padre se sintiera orgulloso de ella. Por fin, cuando llegaba a la puerta del edificio principal, divisó una larga mesa con un letrero que decía Listas de nuevo ingreso.

—Buenos días —saludó, titubeante, a una de las chicas mayores que atendían la mesa —Yo… soy de nuevo ingreso. Podrías… ¿me darías una lista, por favor?

La alumna a la que se había dirigido, de largo cabello negro, le tendió un cuadernillo empastado en negro, antes de tomar una flor de papel rosa de una caja de cartón, donde había muchas más. A la flor le colgaba una tira en blanco, que la chica estaba dispuesta a llenar con un marcador. La miró con gesto interrogante.

—¿Cómo te llamas, niña? —preguntó.

—Ah… Junko. Sakurada Junko.

La alumna de negra melena escribió rápidamente el nombre en la tira en blanco de la flor, la observó un segundo y acto seguido, se la tendió a Junko.

—Aquí tienes. Ve a tu salón y después del almuerzo, dirígete al auditorio para la ceremonia de bienvenida, ¿te quedó claro?

Junko, luego de tomar la flor y prendérsela en el pecho, asintió al tiempo que hacía una breve inclinación y se retiraba con el cuadernillo negro en las manos. Por alguna razón, tanta gente a su alrededor la ponía nerviosa, así que decidió apoyarse en una pared y revisar el cuadernillo donde no le estorbara el paso a nadie.

—Grupo cinco —pudo leer al cabo de unos minutos —Allá vamos.

Cerrando el cuadernillo, anduvo por el pasillo un poco más, hasta encontrar la puerta de su salón de clases. Entró a él, buscando con la mirada un asiento libre, y encontró uno casi al fondo, junto a una ventana que daba al exterior y tras el cual, ya había una chica sentada. Se encaminó al pupitre y antes de ocuparlo, decidió asegurarse de que estuviera disponible.

—Buenos días —saludó tímidamente, pues la chica a la que se dirigía estaba leyendo un libro —Disculpa, ¿te… molestaría si me siento aquí?

La aludida, luego de cerrar su libro, la miró detenidamente. Junko no pudo dejar de notar que era muy bonita, de tez clara, largo cabello rubio peinado en dos coletas, dos flecos rizados a ambos lados del rostro y brillantes ojos azules. Al cuello, con una cadena de oro, le colgaba un guardapelo rojo en forma de rosa.

—No —respondió la rubia con voz seria y algo mandona —El lugar está libre.

Junko asintió, leyendo lo más que pudo la tira blanca en la flor de papel de la chica. Shinku, alcanzó a distinguir, pero el apellido se le hizo completamente imposible de leer. Dejando eso de lado por el momento, depositó su portafolio y el cuadernillo de las listas en la banca, dispuesta a sacar algunas cosas, cuando una voz la interrumpió.

—No puedo creerlo, ¿cómo le hiciste para entrar aquí, Sakurada?

Quien hablaba era una joven muy alta y delgada, de melena castaña recogida en una trenza. Era seguida de cerca por otras tres chicas. Todas traían la flor y la tira de nuevo ingreso.

—Buenos días, Onikawa —dijo Junko fríamente.

—Ay, Sakurada, ya empezamos mal —comentó Onikawa con burla —Quítate de ese pupitre, es mío —ordenó.

Junko iba a protestar cuando otra voz se metió a la conversación.

—No digas tonterías, Onikawa.

La voz, perteneciente a la rubia a quien Junko le había hablado segundos antes, se había puesto de pie, dejando su libro de lado.

—¿Y a ti quién te llamó? —se indignó Onikawa.

—El pupitre estaba libre cuando ella llegó —la rubia señaló con un índice a Junko antes de continuar —Además, no me interesa tener sentada enfrente a una parlanchina cabeza hueca.

Las seguidoras de Onikawa se quedaron boquiabiertas.

—¿Cómo te atreves…? —espetó Onikawa, reaccionando tardíamente.

Pero no pudo continuar porque entonces llegó su primer profesor, dándoles los buenos días y ordenando que todas tomaran asiento. Onikawa, para fortuna de Junko, tuvo que sentarse en uno de los lugares del frente, bastante lejos de ella.

La jornada transcurrió tranquilamente hasta la hora del almuerzo. Junko, en cuanto sonó el timbre, dejó que la mayor parte de sus compañeras salieran para buscar entre su portafolio su cartera, pero descubrió que la había olvidado.

—¡Ay, no! —murmuró, entre preocupada y fastidiada —Y ahora, ¿qué hago?

—¿Qué sucede?

Era la rubia que se sentaba tras ella, que cargaba una caja de almuerzo y un termo.

—Ah, nada, es que… —Junko sonrió nerviosamente y se mordió el labio inferior ante de explicarse —Olvidé mi cartera y esta mañana no pude prepararme el almuerzo, así que…

—Sígueme.

La rubia, luego de ordenar aquello, hizo un movimiento de cabeza y se le adelantó a Junko con paso firme. La castaña, sin comprender, obedeció.

—Ah, disculpa… —llamó al estar en el pasillo —¿A dónde vamos?

—Al comedor, a almorzar.

—Pero es que yo no traigo…

—Ya lo sé.

Junko no estaba comprendiendo nada, pero de pronto algo desvió su atención. Delante de ellas, caminando en dirección al comedor también, una joven de melena blanca dejaba ver… ¿unas alas negras en su espalda? Sacudió la cabeza de un lado a otro, cerrando los ojos con fuerza, convencida de que alucinaba. Cuando volvió a mirar, la chica había desaparecido.

—¿Qué tienes? —quiso saber la rubia.

Junko negó con la cabeza. No creía buen momento para comentar que estaba viendo cosas raras… Otra vez.

—¿Te sabes mi nombre, cierto? —inquirió la rubia, mirándola por encima de su hombro.

—Eres… Shinku–san —respondió Junko, asintiendo de forma breve al notar la azul y penetrante mirada de la rubia en ella —Pero tu apellido… es algo difícil de pronunciar.

—Rozenmaiden —aclaró Shinku sin darle importancia —Es alemán.

—¡Ah, claro! —exclamó Junko por lo bajo —Es algo así como doncella de la rosa… Suena bonito —concluyó, sonriendo.

—¿Sabes alemán? —se interesó Shinku.

—No exactamente. Papá me ha enseñado algunas palabras, porque él sí sabe. A veces trabaja para alemanes.

Shinku, sin que Junko lo notara, le dedicó una sonrisa indulgente en el instante en el que llegaron ante las puertas abiertas del comedor. Entró con decisión, seguida de cerca por Junko.

—Cuida esto —le ordenó cuando llegaron a una mesa libre, entregándole sus cosas a Junko —Ahora vengo.

Y sin más, fue hacia el mostrador.

La castaña tomó asiento a la mesa, posó en ésta las cosas de Shinku y esperó, mientras se entretenía observando a las demás jóvenes en el comedor, preguntándose porqué le habría hecho caso a una desconocida. Y poco después, pasó otra vez: notó algo extraño en una chica.

Fue curioso, solamente detuvo su vista un instante en la espalda de una muchacha de cabello de un tono gris oscuro inusual, peinado en dos rizadas coletas, cuando se fijó en que fingía tocar un violín. Para sorpresa de Junko, del sitio donde se suponía que estaban las cuerdas, surgió un pequeño torbellino por encima de las cabezas de las chicas cercanas, por lo que hizo lo de antes y sacudió la cabeza con los ojos cerrados, esperando que dicha visión desapareciera.

En efecto, ya no vio el torbellino, aunque la chica esta vez no desapareció.

—Menos mal —susurró con alivio.

Unas alegres risas hicieron que desviara los ojos de la joven de cabello gris. Unas mesas a su derecha, una chica de cortos y rizados cabellos rubios estaba muy entretenida comiendo lo que parecían panecillos rellenos de fresa, y las risas provenían de sus acompañantes a la mesa, que se divertían de verla tan contenta. La rubia les dedicaba infantiles y fingidos gestos de enfado, limpiándose la cara en el proceso. Junko estuvo a punto de reír cuando creyó ver en una mano de la rubia, una larga enredadera llena de bayas rosadas, casi rojas.

De nuevo tuvo que cerrar los ojos y sacudir la cabeza. Era oficial, ¡se estaba volviendo loca! O mejor dicho, más loca de lo que los demás la consideraban.

—Junko.

El llamado de Shinku, que estaba de pie frente a ella con una charola en las manos, sacó a la castaña de sus pensamientos.

—Ah… lo siento —se disculpó enseguida Junko, sonriendo a medias —Shinku–san, ¿te vas a comer todo eso? —preguntó, al ver que la charola tenía mucha comida.

—No —respondió escuetamente Shinku, tomando asiento —Esto es para mí —la rubia tomó las cosas que le había encargado a Junko, dándole después la charola al tiempo que agregaba —Y esto es para ti.

—Pero…

—¿Qué?

El tono de Shinku daba a entender que no aceptaría un no por respuesta, así que Junko inclina la cabeza, un tanto avergonzada.

—Ah… gracias.

Shinku, al oírla, se encoge de hombros, esbozando un gesto de resignación.

Ambas comieron tranquilamente, lo que Junko aprovechó para observar mejor a su alrededor. Por alguna razón, no puede librarse de la sensación de agobio que le da estar en esa escuela, solamente con chicas. Además, en el ambiente se sentía algo tan raro…

No, mejor no pensar en esas cosas. Se metió lo último de almuerzo a la boca, recordándose que tenía que quitarse esas ideas de la cabeza. Si su padre se enterara…

—¡Hey, Shinku!

Una alegre voz, con un tono infantil, hizo que Junko diera gracias al cielo o lo que sea que hiciera girar el universo. La rubia que hasta hacía poco comía vorazmente panecillos de fresa, ya sin rastro de los mismos y con una enorme sonrisa, se dirigía a su mesa, aparentemente saludando a Shinku (que por cierto, no le hace el menor caso). Para sorpresa de Junko, esta rubia tiene ojos verdes, un lazo de color rosa atado en la cabeza, en un gracioso moño. La flor de papel rosa en su pecho le indicó que es de nuevo ingreso, pero apenas si alcanzó a leer el nombre, Hinaichigo. Aunque lo que sí vio mejor fue el guardapelo en forma de rosa que traía al cuello, de color rosa.

—¡Cuánto tiempo sin verte, Shinku! —comienza la chica, juntando las palmas en actitud de aplaudir —¿Cuánto hace que no nos veíamos? ¿Tres, cuatro años?

—Cinco —rectificó Shinku, dándole el último trago al contenido de su termo, que no es otra cosa que té negro —Cálmate, ¿quieres? —exige a la rubia ojiverde —¿Qué haces aquí, Hinaichigo?

—Estudio aquí —respondió Hinaichigo llanamente, pero el dato era algo que cualquiera deduciría al verle el uniforme —Perdí a mi madre hace poco, anduve vagando por un tiempo y aquí me tienes. ¿Y tú?

Shinku suspiró lentamente.

—Estoy… en las mismas que tú —respondió finalmente —Ya que estás aquí, dime, ¿hay alguna de las otras cerca de la ciudad?

—¡Hey, más que eso! —se entusiasmó de inmediato Hinaichigo —Antes de venir al comedor, di una vuelta por la escuela y me encontré a casi todas. Por ejemplo…

Las palabras de Hinaichigo fueron interrumpidas por una risita suave y en cierta forma, agresivamente dulce. Provenía de alguien a espaldas de Shinku, y a quien Junko podía ver perfectamente. Era una chica de tez muy clara, casi blanca, pero no más que su propio cabello. Sus ojos, de un tono rosa poco común, estaban en ese momento entrecerrados con cierta malicia. Contrastaban con su piel y cabello una diadema en su cabeza y un guardapelo en forma de rosa en su cuello, ambas cosas de color negro.

—Ah, Shinku —saludó la recién llegada con ligero sarcasmo.

De repente, algo rozó la nariz de Junko, y ella bizqueó para distinguir lo que era. Su sorpresa fue mayúscula cuando descubrió que se trataba de una pluma negra, que con el ligero viento que entraba por las ventanas, cayó a la mesa para luego elevarse un poco y desaparecer entre las estudiantes de alrededor.

—Suigintou —masculló Shinku con frialdad, dirigiéndose a la joven de melena blanca —¿Cuánto hacía que no nos veíamos, eh?

—Aproximadamente 10920 horas, Shinku —respondió la nombrada Suigintou con lentitud, como si no le interesara mucho la pregunta —Y es una agradable coincidencia tenerte ahora tan cerca. Dime, ¿cuándo nos pondremos a resolver nuestros asuntos en serio, eh?

Suigintou entrecerró los ojos un poco más y esbozó una ligerísima sonrisa maliciosa, que Shinku le correspondió con éxito.

—Tenemos una promesa —le recordó —Pero en cuanto se cumpla, verás que al menos entre tú y yo, las cosas siempre van en serio.

Suigintou pareció complacida con la respuesta, porque ahora sonrió de una forma menos fría. Eso hizo que Hinaichigo, que al principio la había mirado con temor, ahora se atreviera a verla con un poco más de interés. Junko, por su parte, no entendía gran cosa de esa charla. Lo único que le quedaba claro era que Shinku conocía a Hinaichigo y a Suigintou de alguna parte.

—Vaya, vaya… —musitó Suigintou, fijándose de pronto en Junko —Shinku, ¿es tu nueva médium esta chiquilla? Creí que tenías mejor gusto.

Junko no sabía de qué hablaban, pero no se atrevió a preguntar. Fue Hinaichigo quien habló, luego de observar las manos de Junko.

—¡Hey, Suigintou! No trae anillo.

Suigintou arqueó una ceja, expectante, pero como ninguna de las rubias dijo algo más, dio media vuelta y se alejó con paso lento y elegante. Muchas chicas se le quedaban viendo con una mezcla de envidia y admiración.

—No sé qué voy a hacer contigo —Shinku se volvió hacia Hinaichigo —No era necesario que le dieras a entender a Suigintou que no tengo médium.

Hinaichigo frunció el ceño, visiblemente ofendida.

—¡Hey, yo no tengo la culpa de cómo es ella! —se defendió al instante —Además, si pelearan ahora, estoy segura de que ganarías. Siempre has sido fuerte, Shinku, como Akako–san.

Shinku esbozó una sonrisa triste.

—Junko —Hinaichigo la llamó de golpe, como si recordara algo —¿Tú tienes madre?

A la muchacha la pregunta la tomó totalmente desprevenida.

—¿Qué? Pues… No exactamente. Disculpa, ¿te llamas… Hinaichigo, verdad?

La rubia de ojos verdes asintió.

—¿Puedo… llamarte Hina–san?

—¡Hey, claro que sí! —aceptó la chica al instante —Suena bastante bonito.

Shinku negó levemente con la cabeza, resignada.

—Hinaichigo, ¿quiénes más están en la escuela?

Ante la inesperada pregunta de Shinku, la rubia de ojos verdes se llevó una mano a la frente, como recordando de repente.

—¡Ah, sí! Pues aparte de Suigintou, también están…

Un golpe en la mesa ahogó las palabras de Hinaichigo. Inesperadamente, la cara de Junko había ido a parar a su charola de manera brusca. En la parte trasera de su cabeza, entre su cabello castaño, se distinguía una lata de jugo de verduras.

—¡Junko! —se alarmó Hinaichigo —¿Estás bien?

La aludida asintió, llevándose una mano a la zona dolorida.

—¿Qué rayos fue eso? —quiso saber, furiosa.

—¡Uy, mi jugo! —exclamó una voz angustiada —¿No se abrió, verdad?

Quien sonaba verdaderamente preocupada por su jugo era una muchacha de largo cabello castaño que se partía en dos de forma natural, teniendo rizadas las puntas. Un guardapelo verde, en forma de rosa, le colgaba al cuello con una cadena dorada. Junko se volvió hacia ella, dispuesta a arrojarle su preciada lata a la cabeza, cuando al ver sus ojos se sorprendió tanto que se quedó quieta: su ojo derecho era rojo y el izquierdo, verde.

Junko, después de un breve titubeo causado por esos ojos dispares, reaccionó.

—¿Se puede saber qué te pasa? —estalló finalmente, poniéndose de pie y plantándose frente a la castaña recién llegada.

—Junko, no le hables tan alto a Suiseiseki —exigió Shinku de repente —Es algo tímida.

—¿Algo tímida? —ironizó Junko, volviéndose hacia Shinku —Alguien capaz de arrojar una lata por los aires a ver a quién le da, no creo que sea tímida. Y en cuanto a ti —giró sus castaños ojos hacia la joven de mirada bicolor, que por cierto, era unos centímetros más baja que ella —Deberías cuidar a dónde se va tu almuerzo —y le tendió la lata.

La chica tomó su lata, viendo después a Junko con indecible asombro. Al segundo siguiente, fue a refugiarse en Shinku.

—¡Uy, Shinku! ¿De dónde sacaste a esta mini niña?

—¿Mini niña yo? —exclamó Junko, malhumorada.

—Está en mi clase, Suiseiseki —respondió Shinku, imperturbable —Se llama… ¿cómo dijiste que te llamas?

Ante eso, el enfado de Junko contra la citada Suiseiseki se esfumó.

—Lo siento, olvidé presentarme —recordó, inclinándose ante la rubia ojiazul —Soy… Junko. Sakurada Junko.

—¡Hey, mucho gusto! —Hinaichigo le tomó una mano, estrechándola con fuerza.

La nombrada como Suiseiseki analizó concienzudamente a Junko, quien la veía con el ceño fruncido. Sin que nadie se diera cuenta, Shinku se sonrojó un poco a la mención del apellido de Junko, aunque supo disimularlo bien cuando una voz nueva inquirió.

—Suiseiseki, ¿ahora qué hiciste?

Junko, al voltearse, creyó estar viendo doble, porque la joven que se acercaba era idéntica a Suiseiseki, con algunas evidentes diferencias: su cabello, con un leve tono rojizo, era muy corto. Su ojo derecho era el verde y el izquierdo, el rojo. Y al cuello, con una cadena dorada, le colgaba un guardapelo azul en forma de rosa.

—Debí saber que tú también andarías por aquí, Souseiseki —soltó Shinku, ya sin rastro de sorpresa en el rostro —¿Quieres explicarme porqué dejas que tu gemelita haga tonterías?

—¡Shinku! —Suiseiseki hizo un puchero.

—Yo no la dejo hacer nada —aclaró Souseiseki —Estaba hablando con unas compañeras de clase. Le acababa de dar su jugo a Suiseiseki, pero no entiendo porqué…

—¡Hey, Suiseiseki fue muy mala! —acusó Hinaichigo —¡Su jugo lastimó a Junko!

—¿A quién? —se extrañó Souseiseki.

Juntó las manos en un gesto tal, que por un instante, Junko creyó ver en ellas unas enormes tijeras doradas. Eso hizo que agitara de nueva cuenta la cabeza, con los ojos cerrados, pero eso solamente le incrementó el dolor del golpe. Hizo una mueca.

—¿Te duele mucho? —quiso saber Hinaichigo.

—No, no —mintió Junko enseguida —No te preocupes, Hina–san.

—Andando —ordenó de pronto Shinku, poniéndose de pie —Quiero conseguirme un buen asiento en la ceremonia. Souseiseki, Suiseiseki, Hinaichigo… ¿se sientan con nosotras?

Las tres aludidas asintieron, mientras que Junko arqueaba una ceja. ¿El nosotras de Shinku significaba que la estaba incluyendo? Y otra cosa, ¿de dónde conocía la ojiazul a tanta chica extraña? Tan distraída estaba que no vio que un pie se le atravesaba en el camino, dispuesto a hacerla tropezar. Fue la voz de Shinku quien la hizo fijarse en su entorno de nuevo.

—¡Kanaria! No hagas travesuras, ¿quieres?

Junko pudo ver frente a sí a aquella chica de cabello gris peinado en dos coletas rizadas. Del lado izquierdo de la cabeza, lucía un broche amarillo en forma de corazón. Sus ojos eran verdes y al cuello lucía un guardapelo amarillo en forma de rosa.

—Siempre me cortas la inspiración, Shinku —se quejó la chica ojiverde de coletas grises, llamada Kanaria. Estaba visiblemente contrariada, pero se le pasó en un segundo al fijarse en las demás jóvenes —¡Hola, chicas! Hace mucho que no veía a ninguna.

—Uy, nosotras nunca te habíamos visto, Kanaria —corrigió Suiseiseki, señalando a su gemela y a ella misma.

Kanaria la ignoró por completo.

—¡Hinaichigo! —exclamó con una enorme sonrisa, abrazando fuertemente a la susodicha —¡Me da mucho gusto verte por aquí!

—¡A mí también! —reconoció Hinaichigo, correspondiéndole al abrazo.

Acto seguido, ambas ojiverdes se pusieron a platicar, haciendo caso omiso de las otras.

—No nos basta con Hinaichigo —se quejó Suiseiseki —Ahora también tenemos que aguantar a la loca de Kanaria.

—Al menos no tenemos cerca de Suigintou —apuntó Souseiseki con sensatez.

—¿Qué, no se la han encontrado? —indagó Shinku, extrañada.

Las gemelas negaron con la cabeza, anonadadas.

—Seguramente ya quiere pelearse contigo —supuso Souseiseki.

Shinku asintió desganadamente.

—¡Uy, que ni se le ocurra pelear sin médium! —espetó de repente Suiseiseki, preocupada —¡Mira lo que pasó con nuestra madre!

—Con la mía… pasó lo mismo —reconoció Shinku —Y Hinaichigo me comentó algo parecido sobre Momo–san. De Akira–san y Tsubame–san no me consta, pero…

Se llevó una mano a su guardapelo rojo, sin terminar la frase, pero no hizo falta. Souseiseki la entendió perfectamente, y concluyó.

—Si ellas traen las Rosas Místicas, es porque sus madres ya no están.

—Pero nosotras no cometeremos ese error —sentenció Shinku de repente —Buscaremos médiums y haremos nuestro mejor esfuerzo —miró a las gemelas de ojos dispares —Por cierto, ¿ustedes ya tienen médiums?

—No hemos tenido tiempo de buscar, con lo de nuestra madre, la mudanza y la escuela nueva —informó Souseiseki, encogiéndose de hombros.

—Sí, me lo imaginaba —Shinku suspiró —Yo también he estado ocupada con lo mismo.

—¡Hey, chicas! —llamó Hinaichigo, que se había adelantado con Kanaria —¡Entremos al auditorio! Junko, ¿te sentarás con nosotras, verdad?

La nombrada asintió vagamente.

—¿Y porqué la mini niña se va a sentar con nosotras? —quiso saber Suiseiseki.

—En primera, Junko es más alta que tú —corrigió Shinku con irritación —Y en segunda, ¡se sienta con nosotras porque se me da la gana! ¿Algún problema?

—Ah… Shinku–san… —llamó Junko, apenada. No quería causar problemas.

Nadie la escuchó.

—No es común que reacciones así, Shinku —recordó Souseiseki.

—Lo sé, pero no me importa —Shinku avanzó a paso firme al interior del auditorio.

Hinaichigo y Kanaria ya habían entrado, así que Junko, luego de un titubeo, siguió a Shinko. Suiseiseki miró a su gemela con aprensión.

—Uy, lo dicho —masculló de pronto —De todas nosotras, Shinku es la más rara.

Souseiseki no la contradijo. Por alguna razón, pensaba que Shinku ocultaba algo y quería averiguar qué era.

&&&

En el auditorio, las sempais (alumnas mayores) tenían los asientos del frente, así que las de nuevo ingreso debían ocupar la parte trasera. Shinku y las demás vieron butacas libres en una esquina y pronto dedujeron el porqué: allí, de brazos cruzados, cara de pocos amigos y una mirada gélida, se encontraba Suigintou.

—Hola —la saludó Shinku con sorna —De haber sabido que nos guardabas sitios, no nos habríamos apurado tanto.

—¿Sí, verdad? —le siguió la corriente Suigintou —Bueno, quise ser considerada, para variar.

—Uy, sí, claro —musitó Suiseiseki, incrédula.

Hinaichigo y Kanaria, un tanto intimidadas por Suigintou, se habían quedado atrás, pero se sentaron en cuanto vieron que Shinku y Souseiseki lo hacían en la fila delante de Suigintou. Suiseiseki no tardó en imitarlas, siendo Junko la última en tomar asiento. Pero antes de poder hacerlo, en su butaca vio algo que le erizó los vellos de la nuca: una brillante pluma negra. Y cuando estiró la mano y la sostuvo, no cabía en sí de asombro. La observó a contraluz, como asegurándose de que no soñara, y le pareció bastante real.

—Junko —la llamó Shinku, en la butaca a su derecha —¿Qué haces con esa pluma?

Eso provocó que Junko sonriera ampliamente.

—¿Entonces no estoy loca? —preguntó, dejándose caer en el asiento y sin soltar la pluma.

—Claro que no —desdeñó Shinku —Suigintou, ¿porqué andas usando tus plumas aquí?

—Unas locas andaban cotorreando sin parar —fue la escueta respuesta de Suigintou, al tiempo que se encogía de hombros —Lo interesante aquí es que la chiquilla pudiera ver y tocar una de mis plumas, ¿no te parece?

Tanto Shinku como las otras se volvieron hacia Junko, que absorta, sostenía la pluma en alto, haciéndola girar entre sus dedos.

—Cierto —concedió Shinku —Eso es interesante.

De pronto, un hombre de traje y corbata llamó al orden desde el escenario, con micrófono en mano, y al comenzar a hablar, Suigintou pronosticó con fingida indiferencia.

—Ahora van a matarnos de aburrimiento.

Ninguna la desmintió, pues eso fue exactamente lo que ocurrió. Además de dar la bienvenida a las de nuevo ingreso, el hombre hizo una breve reseña de las reglas de la escuela, además de invitar a las chicas a las actividades extracurriculares. Para cuando la ceremonia acabó, la mayoría de las asistentes estaban deseosas de marcharse.

—Eso ha sido lo más tedioso que he escuchado en mi vida —se quejó Suigintou en cuanto abandonaron el auditorio —Hasta olvidé qué clase me toca ahora.

—Por cierto, Suigintou, ¿en qué grupo estás? —quiso saber Shinku, arqueando una ceja.

—En el uno, ¡oh, ironías de la vida! —para sorpresa de Junko, Suigintou sonaba, además de sarcástica, bromista —Y si no me falla la memoria, a ustedes también les pasó lo que a mí.

—Uy, a ti rara vez te falla la memoria —se mofó Suiseiseki.

—¡Eh, tú, Rozenmaiden!

Tal grito obtuvo una respuesta curiosa: a excepción de Junko, todas las chicas dieron media vuelta, con gestos de saber quién hacía tal llamado.

—¿Qué les pasa, banda de locas? —espetó, para molestia de Junko, Onikawa —Le hablé a ella —señaló a Shinku con evidente molestia.

—Pues a la próxima, para evitar confusiones, llámala por su nombre —recomendó Suigintou de mal talante —Todas, por si no sabes leer —se señaló la tira blanca de papel que estaba prendida en su pecho —tenemos el mismo apellido.

Al tiempo que Onikawa abría los ojos como platos, Junko leyó discretamente las tiras de papel en el pecho de las chicas, comprobando las palabras de Suigintou. En efecto, todas tenían por apellido el mismo vocablo extranjero: Rozenmainden.

¿Era por eso que las seis estaban un poco… locas? Fue la primera pregunta que le pasó a Junko por la cabeza. ¿Por tener el mismo apellido, parecía que se conocían desde antes? Posiblemente eran parientes. Habían mencionado a sus madres, pero ninguna había nombrado a sus padres. ¿Acaso sus familias estaban disgustadas? Porque habían dicho algo de pelear entre sí. ¿Y a qué se referirían al decir médium y Rosa Mística?

—¿Qué, juegan en el mismo equipo? —se burló Onikawa con una maliciosa sonrisa.

—No —fue la seca respuesta de Shinku —Somos hermanas.

Notas finales:

2 de Diciembre de 2007. 11:00 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México)


¡Hola a todo el mundo! Primeramente, para quien no me conozca, quiero presentarme: soy Tooru Hally Bell Potter (en Fanfiction y en Fanfic Es), Tooru Bell Potter (enParaíso FF) o Bell Potter (en Potter Fics), como prefieran. Para fines prácticos y porque a mí me gusta, suelo referirme a mí misma simplemente como Bell, jajaja.


Quien ya me conozca, debe estarse preguntando una cosa bastante interesante, ¿porqué no termino las demás historias que tengo por ahí y en cambio, me enfrasco en una nueva aventura? Pues les diré que pueden culpar a Sarai, una de mis mejores amigas por correo postal, por regalarme el anime completo de Rozen Maiden por mi cumpleaños. Eso y que en Internet encontré unas ilustraciones que unidas a lo antes nombrado y a mi inventiva y loca mente, dieron como resultado el presente fic.


Soy nueva en universos alternos… No, no es del todo cierto, jajaja. En mi único crossover, Poke–Universos, los uso de tal forma, que… Bueno, sería bueno que lo comprobaran ustedes mismos(as). El asunto es que esto de verdad es por completo un universo alterno de Rozen Maiden, pero con algunas cosas de mi cosecha. Como todo lo que hago. Así que ojalá reciba un buen apoyo de los lectores.


Bien, bien, me despido. Mañana hay que ir al servicio social, y tengo exposición de Impuestos y… Bueno, no los aburro con mis cosas, para eso, vayan a mi bitácora en línea, definida como mi homepage o página web en mis distintos perfiles. Cuídense, abríguense bien (los del hemisferio norte) o tómense un gran vaso de limonada fría (los del hemisferio sur)  y nos leemos pronto.

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