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Nieve por yuukychan

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Notas:

Bueno mi primer intento de escribir sobre algo que no sea anime. Haber que tal se me da.

Las Islas del verano, un paraíso tropical lleno de luz y palmeras desde una punta a la otra; desde los escarpados acantilados del norte hasta las paradisiacas playas del sur. Una tierra ha cientos de kilómetros de poniente donde el frío, la nieve o incluso los lobos, no se conocían; jamás se habían visto. Ninguno de sus isleños los reconocería de verlos.

 

Allí, entre hogueras y flores, se celebraba el vencimiento de un asesino que se había proclamado a si mismo dueño y señor de aquellas tierras. A base de espadas y sangre había usurpado el trono del rey Kacum degollándolo delante de su gente. Su prepotencia había llegado hasta las ciudades libres, prohibiendo cualquier tipo de comercio con ellas. Había obligado a Myrenses y Pentosis, ciudadanos de Qarth y otras ciudades a brindarle honores como nuevo representante si querían seguir comerciando.

 

En aquel lugar donde el verano era eterno las celebraciones se hacían al aire libre. Bajo las hermosas estrellas si era de noche ó bajo enormes toldos rodeados de agua y palmeras sin era de día. Sobre la arena blanca, sentado entre cojines y rodeado de alfombras y sedas, descansaba el nuevo rey. Hermosas mujeres de ojos negros y piel de ébano le abanicaban mientras que la imagen de una gran diosa tras él, hecha para la ocasión, le miraba con adoración y lujuria.

 

Un enorme hombre, gordo y sudoroso, envuelto en sedas y joyas y con el pelo untado de aceites se acerco con un aire solemne y estudiado. Demasiados años a sus espaldas le habían enseñado a tratar con toda clase de personas; y si algo había aprendido es que era más difícil tratar con un solo esclavo, que con todos los reyes juntos. En definitiva estos últimos siempre se creían ser más de lo que realmente eran, simples trozos de barro a los que dar forma para que hicieran lo que él deseaba.

 

-          Espero que este “regalo” sea de su agrado mi señor. Son las mujeres más hermosas e “intocables” que yo y mis amigos – señalo al resto de invitados que sonreían desde sus asientos. – Hemos encontrado por todo el mundo. Algunas apenas han cumplido los 15 veranos. – La enorme sonrisa del magister Illyrio le hacia temblar la papada inflando sus cachetes como una vela que se infla con el viento. Dando un paso hacia el hombre se agacho todo lo que su cuerpo le permitió haciendo que su enorme barriga tensara más las lujosas sedas naranjas y verdes que cubrían su cuerpo.

 

-          Oh. Levántese amigo, levántese. Ya sabe como me gustan… los regalos, magister Illyrio. Y más si son “intocables”. – Los hombres que les rodeaban en aquella paradisiaca playa rompieron a reír. – Pero vamos a disfrutarlos un rato. ¡Bailen! – rugió con los ojos clavados en las muchachas a la vez que un par de hombres comenzaban a tocar pequeñas citaras y tambores.

 

La sonrisa de satisfacción y el deseo en los ojos del usurpador de las islas del verano brillaba como pequeñas estrellas en medio de la noche que era su cara. Los labios gordos y sensuales temblaban de excitación con el contoneo de caderas de las muchachas que bailaban para él encadenadas unas a otras, obligadas por el continuo restallar del látigo a sus espaldas. El miedo al dolor y la mutilación las hacia obedecer ciegamente. Vestidas únicamente con pedazos de seda de colores que ocultaban lo suficiente para que el deseo de cualquier hombre aumentara.

 

Con pasos ligeros e imperiosos aquel hombre, que se hacia llamar libertador de las islas, se acerco a examinar más de cerca la envoltura de sus regalos. Las telas translucidas le permitían ver los regalos escondidos que aquellas niñas-mujeres guardaban para él. El temor que sus manos las provocaba al tocarlas se reflejaba en el rostro de las muchachas que luchaban para no romper a llorar asustadas por lo que les podría pasar si lo hacían. Sentir el poder en cualquiera de sus formas le hacia alcanzar sus más oscuros deseos. Solo los ojos de una de ellas, unos ojos vívidamente azules como el océano, le miraban con orgullo, con prepotencia. Ante esos ojos sentía que el miserable era él y no aquellas esclavas.  

 

Dispuesto ha demostrare cual era su lugar, se dirigió hacia la muchacha y la manoseo el cuerpo. Acaricio sus pechos por encima de la tela hasta hincarle las uñas pero la chica seguía sin gritar, sin demostrarle miedo; su cabello rubio como el trigo maduro se movía al compas del viento impetuoso dando más fuerza a su porte. La forma de colocar los brazos, la rigidez del cuello y la dureza de su mirada. <<Más que una esclava parecía una dama de alta alcurnia>> pensó el hombre. Decido a humillarla, a demostrarle que cualquier pasado que tuviese había quedado atrás, deslizo su mano por las caderas delante de todos los hombres que había en la sala de banquetes, pero la voz de magister le detuvo justo cuando su mano llegaba a su destino.

 

-          Señor, mi señor Maken. No es mi intención interrumpir. – Su voz sumisa y temblorosa desentonaba con aquellos ojos de autosuficiencia que evitaban la mirada airada que le dirigía el usurpador. – Recuerde que es solo para sus ojos – sonrió mirándole con intención. Sabía que fibra tocar y cuando tocarla para controlar a cualquier rey. Todavía se burlaba con sus amigos de como manipulaba al rey mendigo con sus halagos y regalos y de cómo esté se creía hasta la última de sus palabras. A cambio de aguantarle un año a él y a su hermana, consiguió una gran fortuna en esclavos cuando consiguió que un caballo montara a un dragón.

 

Los ojos de Maken se suavizaron y una divertida sonrisa se dibujo en su rostro. Aquellos le iba a divertir toda la noche pensó. De un solo gesto varios guardias aparecieron con grandes lanzas de hierro y madera. Hombres tan grandes como arboles vestidos únicamente con taparrabos de lino con adornos de acero dejaban al aire unos poderosos músculos tan duros como las rocas.

 

-          Tranquilos señores. Estos hombres os escoltaran a vuestros aposentos. Ahora déjenme solo – ordeno.

 

Nadie; ni soldados, ni guardias que hicieran su ronda. La playa donde se había celebrado la pequeña fiesta estaba totalmente desértica. Solo el fulgor de las llamas los acompañaba, eso; y la luz de las estrellas que brillaba en el cielo nocturno. Con pasos cansados y torpes, Maken se sentó entre sus cojines ordenando a las muchachas que siguieran bailando. El contoneo de las caderas, el movimiento de los brazos, la agitación con la que se movía el pecho de las chicas; la lujuria se habría apoderado de él si la maldita esclava que le desafiaba bailara con el resto. Pero no, la condenada que estaba encadenada en el medio, entre dos chicas dothrakis, estaba quieta, cruzada de brazos y mirándole con desprecio.

 

-          Baila – le ordeno Maken. La chica, callada, simplemente le miraba con aquel aire de reina.  – Si quieres morir te daré ese placer. Y detrás irán el resto – dijo señalando a las demás. – No quiero un regalo a medias – sonrió.

 

Maken se levanto y desenfundo la daga que colgaba de su cinturón. La daga, una hermosa arma hecha de acero valyrio con empuñadura de huesodragon en forma de colmillo, parecía un simple cuchillo de cocina en una mano tan grande y torpe por el vino. Las chicas temblaban y algunas ya se dejaron caer llorando y suplicando en distintos idiomas; el miedo se reflejaba en cada rostro mirando con odio e impotencia a la muchacha que se negaba a aceptar su destino.

 

-          Por el Dios rojo. Agáchate y pídele perdón o nos mataran a todas – le imploro una joven castaña que se mordía las uñas hasta dejarlas en carne viva.

 

La muchacha de ojos azules seguía sin moverse. Sus ojos no se movían de aquel usurpador que se acercaba con una gran sonrisa en la boca. Aquellos dientes tan blancos como perlas y esos ojos negros como el ónice. Un hombre tan atractivo con una alma tan oscura; ahora entendía porque nadie se dio cuenta de sus intenciones. Aquella sonrisa era la que había hipnotizado a la hija del rey y la había convencido de sus buenas intenciones. Intenciones que pago caro al ver como aquel hombre mataba a su padre y después a ella. El único miembro de la familia real que logro sobrevivir fue el bastardo legitimado que no se encontraba en las islas.

 

Maken sonreía como un loco. La atractiva sonrisa de su rostro desapareció al estar más cerca de ellas.

 

-          Vais a morir todas. Y tú – dijo señalándola. – Tú vas a ser la primera.

 

El puñal brillo en el aire antes de descender. La sonrisa de Maken al no sentir atravesar la piel se borro, la chica ya no estaba. Miro su mano desconcertado; tampoco tenía el puñal. Unas suaves manos le acariciaron la nuca y el cuello y sintió el cálido aliento en su oreja.

 

-          Valar morghulis – susurro la muchacha degollándole.

 

Los ojos del hombre se abrieron de par en par llevándose las manos al cuello. Su mente todavía consciente intentaba taponar la herida, pero la sangre salía a borbotones tiñendo de rojo sus calzones de lino y manchando los cuerpos de las chicas que tenía delante. Débil, al borde de la muerte, cayó de rodillas. La muchacha que se había mostrado impasible durante toda la escena se acerco lentamente al hombre y le tumbo bocarriba. El resto de las chicas la miraban asustadas y asombradas al ver como está le cerraba los ojos rezando una última oración por él.

 

-          Valar morghulis – repitió cruzándole los brazos por encima del pecho.

 

-          Deja eso y toma – dijo una voz desde las sombras lanzándola un saquito de dinero. La luz de las antorchas reflejaron la enorme tripa del magister Illyrio incluso antes de que se acercara. – Un barco te espera en la playa del este. Vete antes de que amanezca. – La muchacha asintió tirando al suelo la hermosa daga. – Quédatela. Ese es un regalo del rey Janen, legitimo heredero de las islas del verano, por los servicios prestados.

 

Sin miramientos ni contemplaciones la muchacha limpio la daga en las ropas del muerto. Un arma como aquella era un hermoso regalo para su hogar. Ajena a las miradas implorantes del resto de las chicas se marcho perdiéndose en la oscuridad de la noche. La daba lastima saber que acabarían en casas del placer de los distintos países y lugares, pero no podía hacer nada. Ella no podía cambiar el destino. En definitiva ella no era nadie.

 

 

 

Ya amanecía cuando la chica diviso la costa de las islas del verano allá a lo lejos. Era increíble pensar que un lugar tan maravilloso no la gustase para nada. Faltaba algo en él para poder llamarlo hogar. Cansada y semidesnuda se dejo caer en la cubierta del barco para sentir los rayos del sol. No la gustaba el calor, pero prefería sentir la brisa y el olor del mar antes que encerrarse en el camarote del capitán a esperar. Los marineros al pasar junto a su lado desviaban la mirada nerviosos por la gastada moneda que brillaba en su cuello. Una simple moneda de hierro que llevaba colgada desde hacia 5 años. Durante la travesía observaba como más de uno rezaba en silencio para que no les hablase, ni les mirase, ni si quiera querían comer al lado de ella.

 

Llevaban una semana navegando por el mar cuando el capitán reunió el valor suficiente para hablar con la muchacha. La voz le temblaba al encontrarla sentada sobre la cubierta observando como el sol se ponía.

 

-          En dos días llegaremos a Braavos, mi señora. Por favor quédese en mi camarote. Le juro que no le faltara de nada. – Las palabras aunque educadas eran un claro aviso. Su presencia en cubierta comenzaba a afectar demasiado a los hombres. El miedo y el temor que sentían cuando la tenían cerca hacia que el viaje se alargara más de lo innecesario. En lo que llevaban de viaje había tenido que castigar con tres latigazos a más de un buen marinero por no cumplir bien con su trabajo.

 

-          Dos días – fue lo único que le contesto la chica.

 

Sacudiéndose la sal y el polvo del suelo se adentro dentro de los camarotes. Los hombres aliviados la habrían paso al acercase ella sin mirarle a los ojos. Incluso el viento parecía desear llevarla cuanto antes, las velas se hincharon haciendo que el barco volase por las aguas.

 

 

 

Sin dudas Braavos era una isla de comerciantes y para comerciantes. El puerto principal de la ciudad, situado justo detrás de la enorme estatua que daba la bienvenida a los barcos, estaba a rebosar de nuevos productos llegados de todas las partes del mundo. Las distintas lenguas surcaban los aires intentando regatear en todos los idiomas que conocían en busca del mejor precio. Las peleas y trifulcas llegarían después, cuando los comerciantes satisfechos se gastaran una pequeña parte del beneficio en alguna taberna de mala muerte o en los burdeles que rodeaban el puerto invitando a los marineros a gastarse la paga del mes. Niños harapientos de caras y manos sucias esperaban a las salidas para poder deslizar sus manitas curiosas y agiles en los restos que les quedaban a los pobres desgraciados que borrachos y entumecidos por el jolgorio se dejaban robar casi sin esfuerzo.

 

Allí entre esas calles era que la muchacha había pasado sus últimos cinco años. Sin despedirse del capitán, ni de nadie; bajo al puerto de Braavos. La suciedad de la calle en sus pies y la dureza de sus piedras no la importaron, había añorado hasta la última mota de polvo de aquel lugar, aunque en sus sueños seguía faltando algo. Descalza y semidesnuda camino por las calles pasando los muchísimos puentes que había construido la ciudad. Entre ellos, ríos creados por el hombre corrían transportando sobre sus aguas las mercancías que se compraban en el puerto. En cualquier otra parte del mundo ver a una mujer casi desnuda pasear con aquella tranquilidad hubiera escandalizado a la más alta nobleza, pero allí nadie reparaba en su presencia. Las cortesanas más experimentadas y famosas en todo el mundo conocido eran las de Braavos. Por lo que ver a una simple niña-mujer con aquel aspecto era tan corriente como ver cabalgar a los dothrakis por su mar de hierba. La gente que la miraba al pasar pensaba en que la muchachita sería una aprendiz de algún burdel o la favorita de alguna cortesana ya anciana que intentaba enseñarle las artes del amor.

 

Por fin, cansada y agotada del viaje, llego al enorme templo que era su hogar, su sitio, donde había conseguido ser ella misma sin ser nadie; había regresado a la Casa de Blanco y Negro. En Braavos convivían muchos tipos de dioses y culturas; desde los siete de Poniente al Dios rojo que vivía en el fuego, pero ella decidió servir en aquel templo donde todos los dioses tenían cabida. No importaba si orabas a la madre o la anciana, al guerrero o al herrero, al desconocido ó al mismísimo dios rojo, todos y cada uno de ellos era el Dios de Muchos Rostros; el Dios de la muerte. Allí, entre aquellas cuatro paredes, hombres y mujeres rezaban por el fin de alguna vida, y no siempre era la suya propia. Era en esos momentos cuando ella intervenía. Después de los duros años de aprendizaje, donde el dolor, la frustración y la ira se entremezclaban, por fin pudo entrar dentro de la hermandad. Era un hombre sin rostro.

 

La puerta chirrió a sus espaldas cuando entro en el templo. La oscuridad familiar y relajante la saludo como a una vieja amiga mientras avanzaba. No la hacia falta mirar los nichos de mármol escavados en las paredes para saber en cuales de ellos yacía una persona que suplicaba el favor del dios, lo que si la molesto fue ver como el nuevo aprendiz ganduleaba por la piscina sin atender sus obligaciones.

 

-          Tu muchacho ven – le ordeno. El chico moreno y atractivo con unos oscuros ojos del color de la madera tendría unos 15 años. Acababa de ingresar en el templo cuando ella se marcho a cumplir una misión y apenas tuvieron tiempo de presentarse.

 

-          Que quieres. – El desprecio en su voz le decía más que cualquier cosa que ella quisiera preguntarle. Pensaba que no era más que una aprendiz como él y así era como la iba a tratar.

 

-          Hay cinco personas que han pedido el favor del Dios. Atiéndelas inmediatamente – ordeno.

 

-          ¿Y quien me va a obligar? Tú, prostituta – se burlo de ella el muchacho.

 

Vio como sus  ojos, incluso en aquella oscuridad, intentaban ver los que la escasa tela le tapaba. La vergüenza se mezclo con la ira haciendo que la muchacha le abofeteara con todas sus fuerzas. El chico sorprendido por el ataque cayo al suelo con el labio sangrando.

 

-          ¿Estas loca o que? Ahora veras – grito poniéndose de pie.

 

La puerta del final se abrió dejando ver a un hombre ya envejecido por los años. Solo con ver el perfil de su rostro el muchacho bajo la mano al momento.

 

-          Dime chico ¿quién eres? – le pregunto.

 

-          Nadie, señor.

 

-          Mientes – respondieron a la vez la muchacha y el hombre. – Sigues siendo el mismo señorito malcriado que vino hace un año. Ahora vuelve a tu trabajo – le contesto el anciano.

 

-          Hombre bondadoso – saludo la muchacha. Se volvió hacia el muchacho señalando un nicho que tenían cerca. – Encárgate de tus tareas. ¿Entendido?. – La satisfacción en su rostro se habría iluminado como una antorcha sino fuera porque todos esos años la habían enseñado a controlar la más mínima de sus facciones.

 

El chico la miraba alejarse sorprendido. Solo los miembros de la hermandad tenían esa autoridad y se hablaban con aquella familiaridad, con aquel trato. Le parecía asombroso que una chica que no era más mayor que él ya fuera parte de aquella organización.

 

La muchacha siguió al anciano a través de un laberinto de pasillos construidos bajo la ciudad. Solo la luz de las antorchas iluminaba el camino que serpenteaba como una serpiente antes de ir en línea recta bajando numerosos escalones. Al final se encontraba una simple puerta de madera con extraños símbolos grabados en su marco. Alto Valyrio le dijo el anciano bondadoso la primera vez que le enseño aquel sitio. El hombre se aparto a un lado para dejarla pasar. Dos golpes en uno de los símbolos y unas palabras hicieron que la puerta se abriera sin ni siquiera tocar el pomo.

 

La muchacha entro en una habitación donde distintas mascaras colgaban de una muralla a la espera de ser utilizadas. Con mano experta y delicada se quito la que llevaba desde hacia ya varias semanas. Los recuerdos de la mujer todavía rondaban por su cabeza confundiéndolos con sus propios recuerdos; agradecía que aquello no durase más de tres días. La mujer que la había prestado su identidad durante aquella misión había sido una cortesana muy hermosa que tras enamorarse de un hombre que no la correspondía se entrego al regalo del Dios de la muerte para poder encontrar la paz.

 

Detrás de ella el hombre bondadoso contemplaba como la cortesana desaparecía para dar lugar a una muchacha que el ya no reconocía. <> pensó al ver como la niña que se había marchado aquel ultimo año había regresado siendo una joven. La cabellera castaña le llegaba hasta la cintura haciendo graciosos bucles en su espalda, el rostro alargado se había redondeado marcando unos bellos pómulos y los ojos grises antes redondos ahora se habían alargado dando una profundidad a su mirada. Pero no solo su cara había cambiado. Las formas rectas de la niñez desaparecían dejando ver una estrecha cintura y unos pechos que no se ocultaban bajo aquel pedazo de tela. <> pensó el hombre bondadoso. La miraba con tristeza, la quería como a una hija, pero la niña ya era una mujer o pronto lo sería.  

 

Ajena a los pensamientos de su maestro la muchacha se volvió sonriente hacia él enseñándole una gran bolsa cuyas monedas tintineaban con cada movimiento.

 

-          Veo que te ha sido útil – la sonrió el hombre examinando que el rostro estuviese bien colocado en su sitio, entre un anciano decrepito y un hombre picado de viruela.

 

-          Mucho. Aquí tienes el pago – le contesto entregándole la bolsa de dinero y la daga. – Es un regalo del nuevo rey por los servicios prestados.

 

-          No hacia falta. El primero de sus hijos será entregado al templo como la otra parte del pago. – El anciano examinaba con curiosidad el arma y vio como los ojos de la muchacha la miraban con adoración. – Quédatela. Te vendrá bien allá donde vas, Arya – dijo devolviéndole la daga.

 

Los ojos de Arya se abrieron al oír pronunciar su nombre cuando cogía el arma. Nadie la había vuelto a llamar por él desde que dejo Poniente.

 

-          Señor – tartamudeo sin entender.

 

Un largo suspiro se escapo de la boca del anciano antes de responderla.

 

-          Sé que eres lo que se conoce como “cambiapieles”.

 

-          Pero eso es, cierto. Pero no puedo evitarlo. Si pudiera lo haría señor. Se lo juro – la voz de Arya temblaba intentando explicarse.

 

-          Lo sé, pero no te estoy pidiendo que te vayas por ello. Lo hago porque aquí ya no tienes sitio. – Arya fue a protestar, pero la mano del hombre la detuvo. – Todos los que estamos aquí, estamos porque es nuestro sitio. Yo soy el hombre bondadoso y la niña abandonada es la niña abandonada. El hambriento es el hambriento y el señor atractivo es… eso. Pero tú no eres nadie. No eres Gata, ni Salina, ni Arry, ni ninguno de esos nombres. Eres y serás Arya Stark. Por eso debes irte.

 

 

 

Al alba el hombre bondadoso y la niña abandonada acompañaban a Arya al muelle. El único equipaje que llevaba ella era la moneda que colgaba de su cuello, la daga de acero valyrio y una gran bolsa de dinero que le había entregado su maestro. Vestía unos sencillos pantalones que había cogido del almacén y una camisa de lino tan limpia que estaba segura que el hombre que la uso tuvo que morir hace poco.

 

Con decisión y sin volver la vista atrás Arya avanzo hacia el barco. No quería mirar a ninguno de ellos después de haberla echado de esa manera. Llevaba toda la vida buscando una familia, un sitio, un hogar… y cuando por fin lo conseguía se lo volvían a arrebatar. Esta vez no habían sido su padre, los lannister, ni aquella estúpida hermandad que se escondía entre los bosques, sino el hombre en quien había confiado. Estaba harta de confiar en la gente para que luego la engañaran.

 

-          Arya – la llamo el hombre. La fuerza de la costumbre hizo que la muchacha se diera la vuelta. Ante ella vio el objeto que más había amado en el mundo. Allí, resplandeciente y hermosa como sin se acabara de forjar, estaba su “aguja”. – También lo sabía chica – dijo entregándole la espada bastarda. – Espero que te cuides y cuides los dones que te he enseñado. No olvides que aunque eres Arya Stark también sigues siendo parte de la hermandad. – El abrazo la pillo por sorpresa. En aquellos últimos cinco años no había tenido más contacto que unas palmaditas en la espalda o algún que otro beso en la mejilla.

 

-          Valar morghulis hombre bondadoso – le contesto Arya devolviéndole el abrazo. Con una sonrisa en los labios el anciano se separo de ella.

 

-          Valar dohaeris, Arya.

 

El barco se perdía entre las olas rumbo a Poniente seguido de muchos otros. Parados en el muelle sin nada más que hacer el viejo anciano y la niña abandonada observaban como el mar transportaba a uno de sus mejores miembros.

 

-          Esta seguro de lo que ha hecho – le pregunto la niña abandona al anciano. – Me preocupa lo que la pueda suceder.

 

-          Tranquila. No es solo una loba, tiene alma de líder – sonrió el anciano. – Vámonos a casa. Seguro que ese chico esta ganduleando como siempre.

 

Con paso lento el anciano caminaba sobre las duras baldosas dejando atrás el muelle y con ello los gritos de los marineros que madrugaban para salir a pescar. La niña abandonada miro como se perdía para siempre la silueta del barco antes de seguir a su maestro entre la multitud que comenzaba a concentrarse para ir al mercado.

Notas finales:

Que hay hasta aqui el primer capitulo.

 

 

Bye***** nos vemos

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