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Nieve por yuukychan

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Notas:

Nuevo capitulo y aparece otro pesonaje jejejejejej

La ciudad despertaba temprano aquella mañana. Los gritos y risas comenzaron antes de que despuntase el alba. Los mozos que trabajaban para las grandes casas corrían de un lugar para otro entre bromas y apuestas por ver quien de sus señores ganaría aquel torneo. De vez en cuando se distraían incluso de sus conversaciones al ver alguna hermosa joven casadera acarreando de un lado para el agua que necesitaba la fortaleza. No solo para los caballeros y nobles era un día importante, muchos aldeanos, viajeros y nobles menores aprovechaban aquellas fiestas para encontrar matrimonios ventajosos para sus hijos.

 

-          Este año parece que hay más mujeres hermosas que de costumbre – dijo Joby uno de los muchachos secándose el sudor que se deslizaba por su frente. Los anchos hombros y el pecho tan musculoso lo hacia parecer un enorme toro comparado con sus compañeros. Solo Ron, un muchacho flaco y bocazas que le encantaba meterse en líos, era el único que se atrevía a bromear con el enorme toro de Bastión Kar.

 

-          Es cierto – asintió Ron tendiéndole la bota del agua. Ante la sonrisa burlona de este le dio la bota del vino que habían cogido de las cocinas a escondidas del capataz. – Me ha dicho Mary que este año han venido varias sobrinas de Lady Mormont, unas cuantas Dornienses, y casi unas cincuenta mozas de las distintas casas sureñas. Incluso me ha dicho que vendrían los Lannister.

 

-          ¿Los Lannister? Te refieres al matarreyes y al gnomo. Pensé que esos dos no salían de esa roca a la que llaman hogar custodiando día y noche a la zorra de su hermana – dijo el toro limpiándose la boca y entregándole el pellejo.

 

-          Mary dice que es por la noticia de la hermana del rey. Resulta que la que todo el mundo pensaba que era Arya Stark resultaba ser una muchacha de noble cuna, pero de una casa menor. La autentica andaba por ahí desaparecida y ha regresado hace poco.

 

-          Vaya locura de casas. Lo único que me interesa de verdad es ver quien gana el torneo para saber si voy a tener un dinerillo extra o me voy a tener que golpear con media ciudad – sonrió el muchacho estirando cada uno de sus poderosos músculos. – Este año he apostado por el bastardo Baratheon. Ese cabron tiene unos brazos que me harán rico.

 

-          Bah. Prefiero gastarme el dinero en otras cosas – balbuceo el otro mientras abría la boca y dejaba que un gran chorro de vino se deslizara por su garganta.

 

-          Tu de lo que tienes ganas es de coger a Mary en los establos esta noche – estallo en carcajadas Joby golpeando suavemente la espalda de su compañero. Los ojos de Ron le delataban y la sonrisilla que bailaba en sus labios no hacia más que acentuar lo evidente; aquella noche su amigo saldría solo de borrachera.

 

 

 

El día amaneció radiante con un sol que iluminaba cada oscuro rincón de la ciudad, pero desde la ventana más alta de la torre Arya podía ver como pronto, seguramente esa misma tarde, nevaría o peor, llovería. Las nubes grises y pesadas que se veían en el horizonte avanzaban lentamente hacia Bastion Kar sin detenerse. “Ojala sea nieve” pensó Arya. Le preocupaba que Nymeria no encontrase la forma de entrar en la ciudad. La loba apareció la misma mañana que llegaron desde las islas del hierro acompañada por Fantasma; el lobo albino de Jon, y desde entonces había estado apareciendo y desapareciendo a su antojo durante todo el camino real. Arya no sabía como explicarle a su hermano que tenía que salir a por ella. El día anterior se había ausentado apenas media hora para ver como el maestre realizaba los cálculos necesarios para marcar las lindes y su hermano se había puesto echo una furia. Desde que era rey su humor era cada vez más impredecible o por lo menos ella lo veía así.

 

El chirrido de las bisagras hizo que Arya se diera la vuelta. Dos jóvenes muchachas algo más mayores que ella entraron sin ni siquiera llamar. Los vestidos marrones y simples de basta lana adornados únicamente por flores silvestres que las chicas habrían recogido del jardín la decían que iban a ser sus doncellas. 

 

-          Disculpe mi lady, pero el rey nos dio ordenes de atenderla – se disculpo la pelirroja adelantándose un paso para hacer una reverencia. La tez pálida y las graciosas pecas le daban un aire muy exótico que le recordaba a Arya a las mujeres de Braavos y Pentos. La otra muchacha parecía más norteña. Su melena castaña a juego con sus ojos avellanas le resultaban más conocidos, menos extraños.

 

-          Vuestros nombres – las pregunto mientras caminaba hacia ellas dejando que el sol se filtrara a través de la ventana alargando su figura a lo largo de la pared.

 

-          Mary, mi lady – se presento la pelirroja emocionada arrastrando a su amiga con ella. – Y esta es Serein. Os serviremos durante todo el tiempo que os hospedéis en Bastion Kar.

 

La emoción en la voz de Mary era algo que comenzaba a irritar a Arya. ¿Qué tenia de emocionante servir y cuidar de ella? Aunque reconocía que necesitaba una pequeña ayuda, en realidad, mucha ayuda. Si fuera por ella se pondría unos pantalones de montar a caballo y unas botas de cuero y bajaría así a presenciar el torneo, pero ya no podía hacer eso. La gustase o no tenía que comportarse, al menos en aquellas grandes festividades donde lo único que la apetecía era competir en la justa, no estar sentada en las tribunas.

 

-          Mi lady que deseáis poneros – le sonrió Mary. Arya se callo. ¿Qué quería ponerse? Si no había traído nada. Solo llevaba la ropa del viaje y una muda de recambio también para viajar y montar a caballo.

 

-          Lady Alys ha dado orden de que todo su vestuario sea puesto a vuestra disposición y que os quedéis con cualquier prenda que os guste – dijo Serein señalando el enorme armario de madera maciza que ocupaba gran parte de la habitación. – Nos comento que no son modelos muy actuales, pero que os servirían.

 

Arya miro el enorme armario aliviada. Una preocupación menos, ahora la tocaba decidir que se ponía. Abrió las pesadas puertas y un mundo de colores se apareció ante ella. Había telas de encaje y de myr, sedas de más allá del mar angosto y muchos de otros tejidos que no era capaz de distinguir. El rosa, el verde, el rojo y el blanco abundaban tanto como escaseaba el azul y el gris en aquel enorme armario. Insegura como nunca antes Arya escogió un sencillo vestido marrón con ribeteado negro en el escote y bordados en las anchas mangas que representaban soles.

 

“El sol de los Karstark. Y son muy estrechos para que la Alys de ahora los use. Son trajes de antes de casarse con el Magnar, seguramente los que usaba cuando Robb fue a la guerra acompañado de mi madre, o incluso antes, cuando mi padre era la mano del rey” pensó Arya mirando más detenidamente los soles. El sentimiento de tristeza al pensar en su familia la oprimía el pecho. Fue la voz de una de las chicas la que la saco de aquel remolino en el que de vez en cuando su mente decidía esconderse. 

 

-          Mi señora seguro que no os gustaría uno con más color, un rosa por ejemplo. – Mary la observaba con aire crítico e insatisfecho. Adoraba aquellos acontecimientos solo para ver como vestían las damas y poder luego ella hacerse algún vestido similar. Desde donde estaba podía ver el vestido que quería; uno de color rosa con un millar de perlas en el corsé y atado a la espalda con un gran lazo rosa más oscuro que el del traje.

 

Con el vestido marrón entre las manos Arya dudaba. Había otros que le habían llamado la atención, pero aquel parecía el más cómodo de todos y estaba empeñada en ir a buscar a Nymeria al bosque, con o sin el permiso de Jon. Fantasma iba a su lado siempre y cuando se escabullía no tardaba en regresar, pero ella llevaba 5 años lejos de su amiga; su relación era distinta, había cambiado. Cerró los ojos por un instante borrando cualquier rastro de tristeza y suspiro. Había tomado su decisión.

 

-          Este – les ordeno a las doncellas dejando el vestido sobre la cama.

 

Con una mueca de fastidio en el rostro de Mary que no pasó desapercibida ambas muchachas se dispusieron a lavarla. Arya se metió en la bañera mientras Serein echaba en el agua caliente varios frasquitos que la erizaron la piel. El olor a flores no era de sus favoritos, pero aquella esencia era distinta, olía a libertad si es que alguna flor podía oler así.

 

-          Este aceite…

 

-          Viene de Dorne, mi lady. En sus desiertos crecen unas flores que desprenden este olor. Son tan difíciles de encontrar y de cultivar que un solo frasquito cuesta 4 monedas de oro. – Serein le explicaba aquello sin dejar de frotarle la espalda y la nuca quitando toda la suciedad del camino. Mary la lavaba la cabeza absorta en sus propios pensamientos mientras miraba de vez en cuando el enorme armario.

 

-          Si os place algún vestido cogedlo. Le diré a lady Alys que ha sido mi decisión regalároslo.

 

-          Mi señora… - la voz de Mary paso de la emoción a la duda – no creo que a la señora del Magnar le agrade ver a una plebeya con sus ropas.

 

Aquello era cierto. Cualquier dama de alta cuna se ofendería sin lugar a dudas al ver a una simple muchacha con sus ropas. Sentada en la bañera dejándose lavar Arya se quedo contemplando el vestido que tanto había embelesado a la chica. Lo único que realmente parecía destacar el millar de perlas del corsé, el resto bien podría ser un vestido tan normal y corriente que cualquier mujer, sin importar su cuna, se pondría.

 

-          Póntelo sin las perlas y ni se dará cuenta. Te lo aseguro. – Una tímida sonrisa en el rostro de la chica fue abriéndose paso ilusionada por tener el vestido que ansiaba. A un gesto de Arya y a la muchacha le falto tiempo para llevarse el vestido a la habitación que compartía con su amiga.

 

-          Habéis sido muy amable, mi señora – la dijo Serein cuando la ayudo a salir de la bañera. La muchacha sostenía entre sus manos una gran toalla de lino suave esperando a poder secarla. – No todas las damas son como usted. Muchas de ellas no se separarían ni de un alfiler. – La muchacha no la miraba a los ojos, pero Arya podía notar la frialdad en su voz.

 

“Frío y rencor. No importa lo mucho que quiera ocultarlo. Es lo único que su cuerpo deja ver” La había costado años aprender a mentir y a saber cuando la mentían. Pero ahora para Arya leer a las personas eran tan fácil como abrir un libro. Cierto que había libros que costaban más, el tiempo podía borrar las letras y el moho destrozar las hojas, pero siempre se quedaba algo que rescatar al no ser que el libro se destrozase, que la persona muriera.

 

-          No le veo sentido a conservar un gran armario como este si ya no puedes utilizar la ropa al igual que no entiendo como se puede odiar a una persona sin ni siquiera conocerla. – Los ojos de la chica se clavaron en los de Arya al escucharla.

 

-          Señora yo no…

 

-          No me importa que me odies – la interrumpió Arya envolviéndose en la toalla. Tranquila y bajo la atenta mirada de la chica se puso la ropa interior que le había sacado Mary antes de marcharse. – Lo que me gustaría saber es el motivo – la pregunto sentándose sobre la cama al lado del vestido.

 

Serein no dejaba de mirarla con desconfianza. Sus ojos mostraban una guerra interna entre lo que deseaba decir y lo que debía callar. Al final gano el orgullo.

 

-          Ustedes, los nobles, quisisteis jugar a un estúpido juego tronos y provocasteis una guerra. Una estúpida y maldita guerra por un absurdo trono. Y no. ¡Nunca! Os preocupasteis por el pueblo, por las gentes como yo que no tenían con que defenderse. Mi aldea, mi casa, mi familia lo perdí todo. Iba a casarme con el hijo del panadero, pero lo mataron delante de mis ojos cuando intentaba protegerme de cuatro soldados de los Lannister. Aquellos hombres se reían y se burlaban de él mientras a mi me desfloraban. ¡Me violaban! Era una niña, no tenía más de 12 años y no les importo. Cuando acabaron me dejaron allí, llorando y sangrando sobre la nieve. Mi padre me encontró y al ver lo que habían hecho conmigo me echo de su lado. Me grito de todo y me dijo que ya no le servía ni como mercancía. Vos mi señora no sabéis lo que es eso.

 

Las lágrimas recorrían el rostro de Serein mientras hablaba. El dolor y la humillación al recordar aquello la oprimía tanto el pecho que cayo de rodillas frente a Arya. En su corta vida había tenido que sufrir de todo hasta llegar a Bastion Kar. Consiguió entrar en el servicio de la fortaleza a base de mentiras y sobornos ¿para que? Para servir a muchachas insolentes que la miraban por encima del hombro. Cuando esa mañana se levanto ya sabía que tenía que atender a lady Stark, la hermana del rey. “Otra mocosa malcriada” fue el único pensamiento que se le cruzo por la cabeza, pero al ver su forma de comportase, de hablar, todo en ella le chocaba y le molestaba. Iba con ínfulas de dama caritativa cuando, estaba segura, su vida había sido un cuento de hadas. Furiosa levanto los ojos para encontrarse con los de Arya.

 

-          Tú nunca has tenido que vivir privaciones. Nunca has tenido que sobrevivir en la calle y mendigar por un mendrugo de pan. Seguro que tu vida…

 

-          Es cierto – la corto Arya impasible ante su propia mentira. – Mi vida ha sido fácil y agradable y siento mucho que la tuya no. Dime que es lo que deseas y si esta en mi mano te ayudare. – Los ojos de la joven se abrieron de par en par. La había gritado, insultado y echado en cara y aun así la muchacha la ofrecía su ayuda sin reservas. Eso todavía la enrabietaba más por dentro.

 

-          No deseo nada, señora.

 

-          Bien pues entonces vete. Ya puedo yo sola. – Con un gesto Arya la despidió. La muchacha hizo el ademan de ayudarla con el vestido; la gustase o no era su obligación, pero los ojos de ella la hicieron retroceder. La loba de su interior gruñía rabiosa. A ella no la habían forzado, no porque no lo hubieran intentado sino porque se había defendido con dientes, uñas y acero. Había vivido en las calles y matado para sobrevivir, había tenido que viajar hasta las ciudades libres y aprender a ser otra persona, miles de personas para poder ser alguien y esa chica se atrevía a juzgarla.

 

“Muy lista y ahora quien te ayudara con el vestido – se reprocho Arya una vez que la muchacha salió de su habitación despidiéndose con una reverencia. – De todas formas voy a ir a buscar a Nymeria. Necesito algo más cómodo” Miro a su alrededor y vio las prendas con las que había estado montando durante todo el camino. Después del baño no le apetecía tener que ponérselas de nuevo, pero deseaba buscar a su loba.

 

 

 

 

 

El gran salón se encontraba silencioso cuando Arya bajo. Solo unos cuantos señores desperdigados tomaban el desayuno a aquellas horas de la mañana. Busco al rey en la mesa principal, pero allí no había nadie. “Demasiado pronto. Jon suele acostarse tarde” Unas cuantas muchachas dornienses cursis y bobaliconas la miraban entre risas mordaces desde una de las mesas del fondo. Vestida de la cabeza a los pies con ropas oscuras de montar era una imagen digna de risa comparada con ellas. Sus ropajes claros y con transparencias parecían fuera de lugar en aquel sitio. Era cierto que la Ciudadela ya había enviado los cuervos mixtos del inicio del verano, pero la primavera todavía no había llegado al norte. Ni siquiera en pleno verano aquellas ropas encajarían. Su hogar era frio, siempre. No por algo el lema de su casa era “se acerca el invierno”

 

Las muchachas revoloteaban como mariposas en torno a una de ellas vestida de naranja. A Arya le recordaron el volar de las luciérnagas en torno a una llama. Aquella muchacha rubia de ojos azules era igual de atrayente y a la vez peligrosa. 

 

-          Será una mujerzuela que viene a pedir trabajo – oyó que decía mientras la miraba con aquella sonrisa cínica, la misma que le ponía su hermana cuando tenía que comportarse en público.

 

-          Que mala eres Denis – le contesto con la misma risa una de sus compañeras, mientras el resto estallaba en risitas.

 

Ignorando los comentarios crueles que llegaban a sus oídos Arya avanzo rápidamente por el pasillo que formaban las mesas. Si salía por la cocina Jon no se enteraría de su pequeña escapada. Los ayudantes, pinches y cocineros la observaban salir en total silencio. Aquello no era de su incumbencia, tenían demasiado trabajo en aquellos días como para preocuparse de nada que no fueran sus fuegos. Atravesó el patio de armas donde varios caballeros y escuderos comenzaban a preparar las espadas. Los señores menores más supersticiosos se empeñaban en preparar ellos mismos sus armas para el combate rezando a sus dioses, ya fueran los siete o los antiguos, por ganar el torneo y con ello la fama. Si alguno de ellos conseguía el dinero y la corona obtendría también otro premio, el más jugoso si cabía esperarse; tendrían la posibilidad de casar a sus hijos con alguna casa de mayor renombre, incluso con la propia casa Stark ahora que la hermanita más pequeña había aparecido.

 

Cuando Arya camino por el patio sintió unos cuantos ojos clavados en ella. Era extraño ver a un joven pasear por allí sin un arma ni cargando nada. La fortuna la sonrió al ver olvidados sobre unos barriles un arco junto con sus carcaj lleno de flechas. Lo más probable es que perteneciera alguno de los señores invitados por Lord Karstark y que se lo olvidara cuando decidió cambiar la caza por el vino. Decidida Arya cogió el arco y se marcho rodeando las murallas que protegían la fortaleza.

 

Hacia el extremo más alejado se construyo hacia mucho tiempo una pequeña puerta que llevaba directamente al bosque. Según las leyendas aquella puerta la construyo un antiguo Karstark que se escapaba al bosque para verse con su amada, una simple muchacha hija de pescadores. Durante las noches frías en Invernalia, la vieja tata les contaba la historia. Les decía que la belleza de la chica superaba con creces a cualquier mujer del reino. Su cabello castaño y sus ojos verdes habían hipnotizado a más de un hombre, pero como toda gran belleza tuvo un trágico final. El día que el joven señor contrajo matrimonio por obligación con una Glover, la joven se tiro al mar desde los acantilados. La anciana mujer siempre aseguraba que las sirenas vinieron del norte, que la muchacha no murió en la caída sino que se convirtió en la primera sirena. Su cabello se torno rubio por la sal y el sol del invierno y sus ojos verdes se volvieron azules para poder ver debajo del mar, pero que en realidad había sido una norteña.

 

Cuando era pequeña Arya recordaba que era por esa puerta por donde salían a cazar sus hermanos, su padre y el antiguo Lord Karstark cuando iban a visitarle. Al llegar vio que la puerta de madera reforzada con remaches de hierro oxidados estaba tal y como la recordaba. Era tan pequeña que ella y sus hermanos no, pero su padre tenía que agacharse para pasar por su cerco. “Jon también tiene que agacharse ahora y seguro que Robb también tendría que hacerlo” pensó acariciando la rigidez de la madera. Hacia años que la puerta no debía usarse y las bisagras oxidadas se negaban a moverse. Con fuerza Arya tiro de la puerta que crujió a cada centímetro que cedía, el ruido le puso los pelos de punta, se parecía muchísimo al chirrido de un cristal siendo rayado o al sonido de las espadas al chocar. Al final solo consiguió abrir un resquicio lo suficientemente ancho como para que alguien de su tamaño pudiese entrar. Echo un último vistazo atrás deseando encontrar a Nymeria antes de que su hermano se despertara y la mandara llamar. “Tengo tiempo de sobra” se mintió a si misma; conociendo a su loba estaría cazando alguna presa. El gruñido de un fuerte animal la asusto. No se dio cuenta de que Fantasma la había estado siguiendo hasta que el animal salió de entre las sombras. Sus ojos rojos como brasas, como los ojos de los arcianos la miraban con severidad. Le recordó a Jon.

 

-          Voy a ir te guste o no. – Arya le saco la lengua al enorme huargo tal y como hubiera hecho con Jon en el pasado.

 

Al otro lado de la fortaleza Fantasma olisqueaba el aire en busca de algún olor conocido. Su hermana andaba cerca, pero escondida entre el resto de olores. Podía oler la hierba fresca, y los vientos del verano; el agua fresca y el hedor a humano de la ciudad; y al fin la encontró el olor a sangre, a excitación mezclado con el olor de la loba. Nymeria estaba de caza.

 

 

 

 

 

-          Mi señor. Mi señor por favor déjela marchar. El rey Jon se molestara. Por favor…

 

La voz del hombre se perdió entre la espesura del bosque, pero Aegon no estaba dispuesto a dejar escapar a su pieza. El viaje desde Dorne había sido largo, muy largo y pesado por culpa de sus acompañantes. Las muchachas, hijas de las más importantes casas, que viajaban con ellos no dejaban de quejarse por la falta de lujos y comodidades. La más pesada era la heredera de los Fowler, Lady Denis Fowler. Solo se callaba cuando intentaba colarse en sus habitaciones. No es que la muchacha no le atrajera, era el ideal de belleza dorniense con aquel pelo rubio y su cuerpo curvilíneo como un reloj de arena, pero le molestaba su insistencia. Nadie le imponía una amante, ni ella, ni ninguna casa. Por otro lado a él no le molestaban la falta de comodidades, no estaba acostumbrado a ellas, pero la caza era diferente. Había querido cazar desde que llegaron al norte, pero siempre el precavido y cauto de su mayordomo Lexis le tenía controlado incluso cuando conseguía deshacerse de los guardias. Comprendía que la emoción de la caza a un hombre como él no le gustase. Aquellos cinco años a su servicio le habían hecho crecer una considerable barriga a juego con una papada que le temblaba cada vez que hablaba. Desde el principio no quería ir al torneo por celebrarse en el norte, odiaba tener que viajar tan lejos y a lugares donde hacia tanto frio.

 

-          El sol, la arena, los oasis… para que ir a un estúpido torneo teniendo el paraíso aquí. Es normal que las muchachas deseen ver el torneo, pero vos mi señor. ¡Podéis celebrar el vuestro si lo deseáis! Y si lo que queréis es viajar ir al sur. A Desembarco del rey. La reina se alegrara de vuestra visita – le había dicho el día que salieron.

 

Cansado y hastiado había ordenado al resto del sequito adelantarse para desayunar en el castillo mientras él se quedaba cazando. Lexis se lo había intentado impedir y casi estuvo a punto de convencerlo cuando por fin la vio. La loba más hermosa que había visto en su vida, tan grande como un león y con un pelaje tan negro como una noche sin estrellas. Fue verla y desearla.

 

-          Sera un hermoso regalo para la hermanita desaparecida del rey – le dijo entre risas a su mayordomo cuando salió corriendo detrás del animal sin más armas que su arco, su cuerno y su espada.

 

No le fue difícil encontrar el rastro de la loba. Las huellas en la nieve entremezcladas con la sangre fresca de alguna presa eran un camino tan claro como las estrellas para un marinero. Por fin Aegon la vio a lo lejos bebiendo del pequeño riachuelo que serpenteaba el bosque y daba de beber al pozo de la plaza del pueblo. “Esta es mi oportunidad” sonrió. Despacio y sin hacer ruido coloco la flecha en el arco y apunto directamente hacia la cabeza de la loba. Seria una muerte rápida, digna y sin dolor. El animal bebía tranquilo ni siquiera se enteraría. La flecha zumbo el cielo en un ángulo perfecto. Aegon ya saboreaba el triunfo cuando el zumbido de otra flecha corto el aire y desvió la suya. El improperio que iba a soltar murió en sus labios cuando un encapuchado salió de entre las sombras directo a por la loba.

 

-          Desgraciado. Esa es mi presa – le grito al tiempo que corría hacia él. Antes de que el desconocido llegase hasta el animal consiguió derribarle cayendo con todo su peso sobre él. Bajo su cuerpo sintió el forcejeo del hombre intentando liberarse. – Si pensabas que me iba a dejar arrebatar la presa estás loco. – De un fuerte tirón consiguió echar para atrás la capucha del desconocido. Sus ojos violáceos se encontraron con unos ojos grises que le miraban furiosos entre la maraña de pelo castaño que le ocultaba a medias el rostro. – Pero… - las palabras se le atoraban en la garganta por la sorpresa. – Si eres una mujer – consiguió decir.

 

-          Si. Y… - la sonrisa de Arya se abrió paso al ver como su loba con el hocico ensangrentado se acercaba. – Deberías se un caballero con las damas.

 

Aegon fue a contestarla cuando escucho el gruñido del animal. No se había dado cuenta de que se iba acercando poco a poco hasta que lo tuvo casi encima. De un rápido movimiento se levanto del suelo a la vez que levantaba a la muchacha con una sola mano. Como si se acordara de lo que significaba ser un caballero en esos momentos se puso entre la chica y la loba para protegerla.

 

-          Detrás señora. No la pasara nada.

 

-          ¿De verdad? – se mofo Arya poniendo los ojos en blanco. Ignorada por el caballero aprovecho para coger un enorme leño y le golpeo sin pensarlo en la cabeza. – Tranquilo será a ti a quien no le pase nada – le sonrió mientras él caía sobre la nieve.

 

“Deberia darle otro golpe por prepotente” se dijo a si misma cuando lo dejo junto al árbol. Arya se paro un momento para obsérvale. En verdad era un hombre atractivo. Sus ojos violáceos cuando la había mirado cambiaban de color hacia el azul oscuro cuando les daba la luz, y su pelo recogido en una coleta parecía hebras de plata. Era un hombre alto y esbelto. No era tan fuerte como Gendry, aunque era normal su amigo antes de ser caballero había sido aprendiz de herrero. No, lo cierto es que su cuerpo era más como el de Jon. Espalda ancha y brazos fuertes, pero todo en proporción.

 

Aegon se removió incomodo y abrió los ojos. Lo primero y único que vio fue a la joven de ojos grises mirándole. La muchacha debía haberse ruborizado por algún motivo ya que el rubor de su cara se le había subido hasta los pómulos.

 

-          En que pensaba, muchachita – le sonrió acariciando el muslo que tenia más cerca de él deslizando la mano hacia arriba.

 

-          En que si intentas volver a cazar a mi loba te llevaras algo más que un par de chichones – le contesto Arya levantado de nuevo el leño y golpeándolo de nuevo. La vergüenza y la furia se mezclaban en su interior como un remolino. Sentía calor allí donde él la había rozado y eso la enervaba todavía más. – Tienes suerte de que sea la hermana del rey, sino te mataría – le grito al hombre ya inconsciente.

 

Furiosa por no poder hacer nada cogió el cuerno que llevaba el hombre a la cintura. Si tenía un cuerno significaba que no estaba solo en el bosque y que al sonarlo alguien vendría a por él.

 

-          Imbécil. – Arya le dio una bofetada con todas sus fuerzas dejando la mano marcada en su mejilla. Más tranquila poso los labios sobre el cuerno y lo hizo sonar con todas sus fuerzas. – Vámonos Nymeria. Fantasma no espera – le ordeno a su loba. Nymeria olfateo el aire en busca de Fantasma y echo ha andar. Arya la siguió echándose la capucha por encima para protegerse del frío. Sin en verdad la primavera estaba comenzando ella todavía no la sentía.

 

 

 

 

 

“Tarde, tarde, tarde” se repetía Arya a medida que corría por los patios de la fortaleza. Le había costado más tiempo cerrar la puerta que llegar hasta ella. Las bisagras se negaban a moverse ni un milímetro. Por fin cuando la cerró a base de patadas y empujones que la habían hecho daño en los brazos se encamino a su habitación. Por el camino escucho ha varios hombres preguntar por ella a las criadas. El gesto de negación de las mujeres y la reacción de los hombres solo tenía una respuesta: Jon había preguntado por ella y se estaba impacientando. “Mierda, mierda que los otros se me lleven como me pille” se maldijo mientras atravesaba toda velocidad el patio de armas. Nymeria la seguía por delante y Fantasma por detrás. Ninguno de los lobos se separaba de ella. Los criados y soldados saltaban a un lado al ver pasar a las dos fieras. Arya se paro justo a las puertas de la cocina. Jon tendría que estar en la habitación de honor que Lord Karstark le había asignado o en el gran salón con sus hombres, si iba por allí fijo que la pillaría. Cruzo de nuevo el patio de armas hacia la otra torre donde estaba la biblioteca. No eran más que unos cientos de libros, ni siquiera se la podía comparar con la biblioteca de Invernalia, pero para su fortuna estaba desierta. El puente que salía de aquella comunicaba directamente con su torre y desde allí podría ir directa hacia su habitación sin que nadie más la viera.

 

Subió los escalones de la torre de dos en dos sin pararse a respirar. La dolía el costado y le faltaba el aire, pero no podía parar. Atravesó la biblioteca en unas pocas zancadas y salió por la puerta que llevaba al puente. “Ya falta poco” se dijo cuando atravesó el puente agazapada para que los soldados que vigilaban desde las almenas no la viesen. Por fin llego a la torre que estaba desierta y suspiro aliviada. Su habitación era la última de toda la torre, todavía le quedaba pro subir el último tramo de escaleras y podría vestirse. Nadie se daría cuenta de su escapada.

 

-          ¿Donde demonios estabas?

 

La voz imperiosa de Gendry casi la hace tropezar en el último escalón al verle vestido de arriba abajo con la armadura gris perla y el blasón del lobo huargo de la guardia de su hermano. No se imagino que Jon mandase a nadie ha hacer guardia ante su puerta. Arya le miro rascándose la cabeza y se encogió de hombros; era tontería mentirle, la había pillado vestida con las prendas de cuero y cubierta de barro y nieve hasta el cabello.

 

-          He salido ha buscar a Nymeria. – La loba salió desde detrás de ella al oír su nombre; al no ver a Fantasma se imagino que había desaparecido escaleras abajo en busca de Jon.

 

-          ¡Maldita sea Arya! Y porque no has dicho nada a nadie. Yo mismo te habría acompaño o habría salido a buscarla. – Gendry meneo la cabeza al verla tan sucia. Jon quería presentarla ante los señores antes de comenzar con el torneo. – Jon te busca para presentarte ante el resto de…

 

-          Gilipollas – le corto Arya. Aquellos espantapájaros de colores que se empeñaban en mirarla con interés y adulación eran los mismos que hacia cinco años no la dirigían ni una sonrisa. Sansa esto, Jeyne lo otro, incluso la hija del hombre de las perreras era más elegante y ella era la mocosa feúcha a la que llamaban “chico”.

 

Gendry se rio al escucharla. Aquella era la sonrisa picara y los ojos divertidos de la chica con la que había viajado desde Desembarco del rey y de la que se había enamorado.

 

-          Gilipollas o no son los súbditos de tu hermano y le deben pleitesía. – Se paso ansioso la mano por el pelo negro y suspiro. – Le diré a tu hermano que te has dormido. Así te dará tiempo a darte un baño y cambiarte de ropa.

 

-          Gracias Gendry. – Arya abrazo al muchacho por un momento dándole un beso en la mejilla antes de meterse en la habitación. Al cerrar la puerta sin volverse no pudo ver como el rubor coloreaba las mejillas de su amigo hasta perderse en la maraña oscura que era su pelo.

 

Gendry apoyo la cabeza sobre la puerta de madera de la habitación de Arya escuchando los ruidos amortiguados de ella corriendo de un lado para otro.

 

-          Ganare el torneo y la corona. Los ganare y pediré tu mano. Te lo juro por los antiguos y nuevos dioses. Te lo juro por R’hllor y cualquier otro dios que me escuche. Conseguiré tu mano – susurro llevándose la mano al pecho.

 

 

 

Incluso con la puerta cerrada podía escuchar los gritos furiosos que su mayordomo Lexis soltaba a uno de sus guardias. La culpa no había sido del pobre hombre. Ni siquiera pudo seguirle a través del bosque con aquella inmensa armadura dorada con escamas plateadas. El dragón del casco, un exquisito trabajo hecho por los armeros de Desembarco del rey, le distinguía como un guardia personal del rey Aegon, pero jamás hasta ese viaje ninguno de sus guardias había utilizado una armadura tan pesada. El sol y el calor de Dorne abrasaban, daba igual si era verano o invierno, el tiempo solo se definía por el inmenso calor o las tormentas de arena. Las temperaturas alcanzaban casi los 45 grados sin importar la estación en la que estuvieran. Los guardias vestían con grandes pantalones de color negro si pertenecían a la guardia real o marrones si eran simplemente guardias del palacio, la parte de arriba no era más que un simple chaleco blanco para evitar quemarse. Las lanzas de casi dos metros de altura, su mejor arma, las llevaban siempre en la mano lista para ser utilizada.

 

Aegon cansado del ruido de afuera se incorporo en la bañera y llamo a su mayordomo. El hombre entraba con la cara congestionada por el esfuerzo de gritar, pero fue corriendo a ayudar a su señor.

 

-          Tranquilo puedo yo solo. No te he llamado para eso. – El agua caía por su cincelado cuerpo haciendo pequeños charcos en el suelo mientras se dirigía hacia la silla donde estaba la toalla de lino. Enrollándosela a la cintura se dirigió al armario para buscar su ropa bajo la atenta mirada de su mayordomo. La impaciencia era uno de sus defectos, eso y la falta de humor.  – Solo te he llamado para que dejaras tranquilo a Janef – le respondió al fin –, suficiente tiene con ser mi guardia y tener que seguirme a todos lados.

 

-          Mi rey no puede ser tan benevolente. La obligación de Janef es servirle en todo y hoy a fracasado. Los guardias están para defenderlo y protegerlo, sino fíjese como le hemos encontrado.

 

Aegon le miro con la ira reluciendo en sus ojos violáceos. Sabía perfectamente como le habían encontrado y le avergonzaba. Estaba tirado en el suelo, cubierto de nieve y barro; sus armas estaban esparcidas a su alrededor y tenía dibujado en el rostro la marca de una mano todavía palpitante y cuya señal todavía no se borraba del todo. Y lo peor es que todo eso lo había hecho una sola persona, una muchacha de ojos grises que lo lamentaría. Aegon se mordió el labio pensando en aquellos ojos llenos de furia y orgullo. “Así es el norte” pensó acordándose de su hermanastro. Aquella mirada era muy parecida a la suya.

 

-          Escúchame bien. Nadie. Absolutamente nadie. Debe saber porque he llegado así de sucio a Bastion Kar ¿Entendido? Ahora ayúdame con la capa – le ordeno a Lexis.

 

Con la capa puesta Aegon se miro ante el espejo de la habitación. No podía verse mejor. Se había puesto una túnica de color rojo sangre, el color de su casa, con unos pantalones más oscuros casi marrones. El emblema de su familia, el dragón tricéfalo, estaba bordado justo en el pecho con hilo de oro. El cinturón negro que llevaba en la cintura sostenía su espada con empuñadura de rubíes envainada en una funda de oro regalo de su esposa por no tener una espada valyria como la Garra de Jon. La capa amarilla le caía por los hombros atada con un broche de plata en forma de dragón con ojos de ónix; una autentica maravilla del platero de Altojardín.

 

Cuando bajo al gran salón entro por la puerta de las cocinas para sentarse directamente junto a Jon. Después de 5 años le habían dejado de gustar las largas presentaciones de su nombre, en definitiva todos sabían ya quien era. La estratagema de Varys para salvarle cuando era un bebe funciono; en lugar de a él, el perro rabioso del Lord Tyrion mato a un niño huérfano, aunque lamentaba que su hermana no tuviera la misma suerte.

 

El rey Jon o el rey del norte como lo llamaba su pueblo lo esperaba sentado en un gran trono con lobos huargo labrados a mano en cada uno de los respaldos. Las figuras eran tan realistas que solo se distinguían porque una de ellas se movía de verdad. A los pies del rey descansaba adormecido un lobo huargo con el pelaje tan blanco como la nieve. Aquel era el trono de rey del norte. A su lado se había hecho un trono semejante con tres dragones saliendo del respaldo. Para los ojos el artista había utilizado rubíes, esmeraldas  y zafiros. Demasiado ostentoso en comparación con el otro trono, incluso para él.

 

“Si a Dany le gusta este trono es bastante remilgada” pensó Aegon mientras subía despacio a la plataforma. Sentado desde su trono vio que había otro más pequeño un peldaño más abajo que el suyo.

 

-          ¿Y eso? – le pregunto a Jon señalando con la cabeza la simple silla acolchada que usaban las damas de los grandes señores.

 

-          Mi hermana – le contesto Jon asintiendo con la cabeza a un hombre del fondo. Arya ya estaba preparada detrás de esa puerta.

 

-          Vaya debes quererla con locura. Nunca te he visto sonreír así – se burlo Aegon.

 

-          Es mi hermana. Además tú también caerás rendido, es la muchacha más bella que jamás habrás visto. – Jon le siguió el juego. No sabia si era la sangre o el tener a alguien de su edad con sus mismos problemas en cuanto se refería al reino, pero Aegon le recordaba a Robb. Era un hombre presto para la risa fácil.

 

-          Jon, es norteña – se limito a contestarle.

 

“Una salvaje, una norteña. Alguien así enamoro a mi padre, pero no a mí. Prefiero la delicadeza de las damas del sur” Aegon no es que despreciara a las norteñas, reconocía su belleza. Pero seguía sin comprender como es que una simple niña-mujer enamorara tanto a su padre para ser capaz de provocar una guerra. Una guerra que les costo la vida tanto a su madre y a su hermana como a esa muchacha. Una guerra que casi hace desaparecer a la casa Targaryan.

Notas finales:

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