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Nieve por yuukychan

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Una hora más tarde, cuando bajo ya arreglada, se encontró con que Lord Karstark la estaba esperando junto a la puerta del gran salón. El hombre se había puesto una sencilla túnica azul oscuro sobre unos pantalones negros. El gris de su pelo combinaba a la perfección con aquellos colores. El sol de su casa relucía de manera armoniosa en el precioso broche con el que se abrochaba la capa blanca que le caía por la espalda casi hasta llegar al suelo.

 

-          Estas preciosa, muchacha – le sonrió el hombre asintiendo con la cabeza al verla recorrer el pasillo hacia él.

 

Arya suspiro aliviada. Sin ayuda de nadie consiguió llenar la bañera lo suficiente para bañarse con agua fría, pero al final había tenido que escoger otro vestido que pudiera ponerse ella sola. Había intentado abrocharse el corsé del vestido marrón, pero sin la ayuda de sus doncellas aquello era imposible. Desesperada rebusco en el armario y encontró otro vestido en color crema que se abrochaba por delante. Era precioso, los delicados brocados en hilo de oro en el pecho eran una obra de arte. Le quedaba algo grande la cintura por lo que se lo ajusto con una tira de tela negra a modo de cinturón que caía graciosamente por la parte de atrás. La capa de piel de lobo huargo, Jon la hizo confeccionar con el animal que casi le mata sino llega a ser por ella, se abrochaba a su cuello con un hermoso broche hecho de plata simulando la garra de la bestia; era un broche muy de hombre le había dicho Sansa el día que lo vio, pero Jon pensaba que identificaba muy bien con Arya: belleza salvaje e indómita. El pelo todavía húmedo le hacia graciosas ondas que caían por su espalda en cascada, sin tiempo y ni pericia para peinarse Arya lo dejo así.

 

Lord Karstark espero a que la muchacha llegara a su lado y le cogió galantemente la mano para besarla.

 

-          Estais preciosa, pero os falta algo.– Coloco sobre la cabeza de Arya una preciosa diadema de perlas sonriendo mientras lo hacia. – Esto perteneció a tu tía, Lady Lyanna. Te pareces mucho a ella, demasiado. A veces pienso, discúlpame niña, pero a veces creo que eres ella realmente.  

 

-          No se preocupe. He oído eso muy a menudo, pero nunca nadie me ha dicho como era en realidad mi tía.

 

 Lord Karstar suspiro antes de responderla.

 

-          Tu tía era una autentica loba. Vivía como una loba, luchaba como una loba y amo como una loba – suspiro – y eso le costo caro. Los lobos apasionados suelen morir jóvenes, pequeña. Sino mira a tus tíos, no solo Lady Lyanna era así, también tu tío Brandon era un hombre que vivía la vida al limite de sus consecuencias. – “Y me temo que tu te pareces demasiado a ellos niña” pensó el anciano mirándola de arriba abajo. – Ahora ¿Estas preparada? – le pregunto con la mano puesta sobre la puerta.

 

Arya solo pudo asentir, los nervios la quemaban la piel. No la importaba no ser aceptada, había hecho cosas más difíciles en su vida, más que sonreír como una tonta y hacer cortas reverencias. Lo que temía era dejar en evidencia a su hermano. Sansa siempre la repetía que no era una dama y era cierto, podía parecerlo, pero no lo era. Las puertas estaban a punto de abrirse, Lord Karstak ya las estaba abriendo. Podía escuchar la expectación en el murmullo de las voces quebrándola por dentro.

 

-          No puedo. No puedo hacerlo. – En un ataque de nervios Arya estaba a punto de darse la vuelta cuando Nymeria la mordió del vestido sin llegar a rasgarlo.

 

-          Ves. Hasta tu loba sabe que eres capaz – le sonrió hombre.

 

La puerta se abrió sin rechinar, las bisagras estaban recién aceitadas. Arya camino lentamente a través del pasillo que formaban ahora los señores y las damas allí de pie. Vio a las muchachas dornienenses cuchichear mirándola fijamente; la rubia de ojos azules, esa a la que habían llamado Denis, clavaba sus ojos en ella como una flecha se clavaria en un árbol. Nerviosa las ignoro, su mente volaba observando todo a su alrededor. Las paredes estaban cubiertas de cientos de estandartes de todos los colores, el gigante y el puño de hierro los reconoció, eran los Umber  y los Glover, siempre habían sido vasallos de su casa, pero había tantos blasones que apenas llegaba a verlos una fracción de segundo. Un estandarte en particular le llamo la atención, el león dorado de los Lannister sobre un campo rojo sangre le hizo recordar el miedo que sintió su cuerpo cada vez que lo veía en el camino de vuelta a Invernalia. “Se habrán atrevido a venir” pensó una parte de ella mientras su sonrisa perpetua saludaba a un lado y a otro. Por un momento recordó como se había abierto la puerta y la idea de pedir a alguien que hiciera lo mismo con las bisagras de la puerta del bosque le parecía mejor que estar allí andando y sonriendo como una tonta. Paso a paso se iba acercando cada vez más a la silla que estaba cerca de Jon. Al lado de él había un hombre que no reconocía. Estaba sentado en un trono por lo que tenía que ser el otro marido de Daenerys, aquel que vivía en Dorne. A mitad del camino alguien comenzó ha hablar. Estaba hablando sobre ella.

 

-          Lady Arya de la casa Stark. Hija del difunto Lord Eddard Stark, mano del rey y antiguo guardián del norte y de su esposa Lady Catelyn Tully de Aguasdulces. Hermana del difunto Rey Robb Stark, el rey del norte…

 

“Solo les falta decir que soy una hermana de los hombres sin rostros – pensó Arya cansada del parloteo de aquel hombre. – Aunque me alegro que Jon siempre diga que Robb fue rey, el rey del norte”

 

Llego justo a los escalones delante de Jon sin quitarle los ojos de encima. La sonrisita que la dedicaba se la cobraría. Jon no podía evitar que una media sonrisa se dibujara en su rostro. Ver a su hermana comportándose como una dama cuando su naturaleza era todo lo contrario le sorprendía.

 

-          Altezas. – Arya hizo una corta reverencia a su hermano antes de hacérsela al otro hombre. Al levantarse se encontró con los ojos violáceos de aquel insolente del bosque. Aegon la miraba sin llegar a creérselo. La muchacha que le había golpeado era la misma norteña que Jon consideraba su hermana. Con una sonrisa de superioridad se levanto y descendió los dos escalones que le separaban de ella.

 

-          Mi señora – le susurro besándole la mano. “Desde luego que Jon tenía razón, es muy hermosa, pero yo no arriesgaría un trono por ella” Pensó en su padre, estaba claro que no era como él.

 

Arya le quito la mano con delicadeza diciéndole todo con sus ojos. “Si me tocas te vas a enterar” Una idea cruzo su mente al ver aquel hombre tan cerca de ella.

 

-          Alteza – sonrió – sería un honor para mí presentaros a alguien. Si vos me lo permitís. Claro.

 

-          Por supuesto. Todo sea por la querida prima de mi hermano – le sonrió Aegon volviéndola agarrar la mano entre las suyas. Si creía que una mirada cargada de ira le iba ha acongojar es que no le conocía. Él era hijo del fuego, era hijo de dragones. Una simple loba no lo echaría para atrás.

 

-          ¡Nymeria! – La sonrisa de Arya se ensancho en una mueca de triunfo cuando los ojos del hombre se abrieron sorprendidos de ver a la loba que había intentado cazar. El animal cruzo el largo pasillo en unas cuantas zancadas haciendo retroceder a algunos de los invitados asustados al ver a la enorme bestia. Con el lomo erizado Nymeria se interpuso entre el rey y su dueña. Aegon casi pierde el equilibrio cuando la bestia le empuja hacia un lado enseñándole los dientes de forma discreta. Arya poso la mano sobre el lomo de la loba y está se tranquilizo en el acto. – De parte de Nymeria: bienvenido al norte, majestad.

 

Unas breves risas se escucharon por la sala, pero todo a su alrededor parecía no existir. Arya solo era capaz de mirar a aquel hombre esperando una respuesta. Conociendo a la realeza sabía que se sentía insultado, humillado. Aegon la miro y la ira que había sentido en un principio empezaba a desaparecer. Aquella niña, casi una mujer, era diferente. No era una muñeca de porcelana que se rompiera a la mínima amenaza. Era más como esa loba; gruñía, enseñaba los dientes y si la amenazaban te mordía.

 

-          Es un placer, Nymeria. – Aegon hizo una corta reverencia hacia la loba sin quitar la vista de Arya. “Asique así es una autentica Stark, ¿eh? Me gusta”

 

Jon no entendía muy bien de que iba aquello, pero los ojos de su hermano no le gustaban. El violeta casi parecía arder dentro sus pupilas al sonreírle a su hermana. Miro a Arya y no fue capaz de ver nada. La mirada tranquila y aquella sonrisa no le dejaban ver más allá.

 

-          Bien creo que ya pueden comenzar las justas. – Jon se levanto extendiendo la mano hacia Lord KarStark que esperaba sentado juntos al resto de nobles. – Cuando vos queráis, amigo. – El hombre se limito a asentir con la cabeza.

 

 

 

 

 

Los caballos piafaban mientras galopaban instados por sus jinetes. El choque de las lanzas era inevitable, aun así había veces que parecía que nunca iban a tocarse. Por fin el clamor que producían era ahogado por los gritos de júbilo del pueblo que gritaba y vitoreaba a sus favoritos. Las astillas de las lanzas volaban y chocaban produciendo chispas cada vez que el metal rozaba. Los escuderos, jóvenes hijos de noble cuna con sueños de caballería, no daban a vasto corriendo de un lado para otro transportando las lanzas nuevas para cambiarlas por las destrozadas. La rapidez de las justas eran tan frágiles como el amor de la gente. Una vez que el caballero caía del caballo el clamor por otro se alzaba más efímero y potente. Solo el vencedor obtendría la alegría del pueblo.

 

Desde las gradas reales construidas el día anterior, por debajo de Jon y Aegon, Arya contemplaba impasible aquel juego de niños acompañada de unas cuantas chicas que sonreían y se sonrojaban cuando creían que algún caballero las miraba. El bostezo salió de su boca sin querer si quiera evitarlo.

 

-          Te aburres, mi señora – le pregunto Aegon sentándose  a su lado para sorpresa de Jon.

 

-          Bastante, alteza – le contesto Arya. No iba a decir nada más, pero parecía que el hombre no se iba a mover de su lado. – No desprecio el torneo, al contrario, lo encuentro entretenido cuando se participa. Pero, aunque es cierto que los caballeros pueden morir si alguna astilla les perfora, no demuestran nada. En una guerra la mayoría de ellos perderá la compostura y entrara en batalla enajenado por sus sentidos, el calor y la adrenalina recorrerá su cuerpo olvidando cualquier otra emoción.  

 

-          ¡Vaya!. Tenéis un punto de vista muy locuaz, mi señora. – Aegon apoyo la barbilla sobre la mano mirando sin ver como otros dos caballeros, un Tyrell de segunda categoría, el hijo de un hijo, y un Florent competían en esos momentos. Sus pensamientos se centraban más en la muchacha que tenía al lado. No solo por fuera era hermosa, tenía una mente más despierta que muchos de los hombres que había en su consejo. – Pocas mujeres hay como tú, bellas e inteligentes – la dijo esperando que se sonrojara por el halago.

 

Arya le miro directamente a los ojos y luego volvió su rostro hacia el campo del torneo. Era el turno de Gendry.

 

-          No os equivoquéis, alteza – le contesto mientras veía a su amigo galopar hacia ella –, la gran mayoría de las mujeres nacemos inteligentes, son lo hombres los que tienen que educarse para serlo. – Arya se levanto apoyándose en la barrera que separaba su tribuna del suelo. – Buena suerte, Ser Gendry.

 

Aegon volvió a su asiento con la sonrisa todavía en los labios. El asiento tallado en el tronco de un arciano era cómodo, el sol del atardecer comenzaba a descender, pero la temperatura se mantenía fresca y el torneo estaba a punto de acabar con aquel último combate. Todo marchaba bien, incluso a pesar de las groserías de la hermanita de Jon. Debería sentirse insultado y ofendido por la forma tan descarada en como le retaba la chiquilla, pero era aquello lo que le divertía. Le gustaban sus insolencias y ver como reaccionaba a sus ataques. “Los hombres tenemos que educarnos para ser inteligentes”

 

-          A lo mejor es cierto – susurro pensando en las palabras de la muchacha. La carcajada apenas una mueca de sonrisa casi no llego a salir, solo Jon la había visto.

 

-          Ha que viene tu risa, hermano.

 

-          Vuestra hermanita – sonrió Aegon –, es una caja de sorpresas. – El brillo en sus ojos no paso inadvertido para Jon. No era la primera vez que veía al rey eligiendo a su próxima victima, o como el solía llamarlas: amantes. 

 

-          No os confundáis hermano – el tono áspero de Jon hizo que Aegon se fijara en él apartando la vista de Arya. – Mi hermana no es un juguete ¿me habéis entendido?

 

Aegon asintió con aire ausente solo para terminar la conversación. Juguete o no la chica le gustaba, y estaba dispuesto a conquistarla. Ninguna de sus amantes se había quejado nunca, ya estuviese con ellas una hora o todo un mes. Lo que le resultaba raro era la reacción de su hermano, aquella sobreprotección que tenía con la muchacha. Eso y aquel simple caballero que tanta familiaridad tenía con la chica. Había sido verle y Arya pasó a ignorarle completamente. Sus ojos se clavaron en él sonriendo a cada broma que hacia el muchacho. “Que tendrán en común” pensó Aegon sin quitarle los ojos de encima al caballero.

 

 

 

En la linde del campo de justas ya se encontraban el joven caballero miembro de la guardia real. Ser Gendry se alzaba imponente desde la montura de su caballo. La armadura roja como la sangre con escamas negras resaltaba desde lejos. Su casco, una cabeza de venado rojo con enormes astas negras, relucía cuando le daba el sol sacándole matices anaranjados y dorados. El pueblo enmudecía al ver lo mucho que se parecía aquel chico, aquel bastardo, a Renly Baratheon. Solo los más ancianos recordaban la fortaleza y el atractivo del rey Robert antes de que el alcohol, la comida y las mujeres arruinasen su vida. Gendry paseaba inquieto por la arena, ya se ponía el sol y su contrincante todavía no había aparecido, solo el escudo estaba expuesto en el poste de su zona. El león de los Lannister resaltaba en el enorme escudo rojo a la espera de su dueño. Arya se pregunto quien de todos ellos justaría con su amigo. Dudaba mucho de que fuera Ser Jaime o Lord Jaime o cualquier titulo que usase ahora. Sansa la había contado como perdió la mano durante la guerra y aunque había conseguido ser un buen espadachín zurdo jamás recuperó su antigua pericia.

 

Por el camino de piedra se oyó el suave trote de un caballo subiendo. El animal, un majestuoso semental blanco como la nieve engalanado con el rojo de los Lannister, subía despacio bajo la atenta mirada del pueblo de Bastión Kar. El hombre que lo montaba iba cubierto por un casco de león que parecía rugir al público cuando clavaba sus ojos en la multitud. Toda su armadura, desde el casco hasta las espinilleras era de oro. “Seguramente es pan de oro” pensó Arya recordando la armadura que llevo el matarreyes la primera vez que le vio en Invernalia. Solo la capa blanca como la nieve le distinguía como miembro de la guardia real. El hombre llego hasta la grada deteniéndose frente a los reyes que se miraban sin saber quien era. Con elegancia el desconocido obligo a su caballo ha inclinarse para hacer una reverencia mientras se quitaba el casco para mostrar su rostro. Arya no se sorprendió al ver el pelo rubio y los ojos verdes. Eran ya casi un símbolo de la casa Lannister, pero aquel rostro atractivo se parecía mucho al de alguien. Si no fuera porque sabía que era imposible, aquel hombre podía hacerse pasar por el joven Jaime Lannister, incluso antes de que ella le conociera.

 

-          Altezas. Señoras.

 

La voz profunda del muchacho hacia que las damas se sonrojaran y suspiraran alrededor de Arya en una especie de competición por ver quien de ellas se desmayaba primero. La sonrisa cautivadora del hombre se dirigió hacia ella, pero ni siquiera entendió que quería decirle con aquello. Le parecía un caballero más salido de una de esas leyendas que tanto embobaban a las muchachas y las hacían idiotas que de un autentico guerrero capaz de enfrentarse en un campo de batalla. “Otro niño sureño verde” pensó al verle. Ni una cicatriz, ni una magulladura, era un niño bien. Por muy entrenado que estuviera con la espada, incluso aunque ganara el torneo, nada haría de él un autentico hombre del norte. Con su edad, aún más jóvenes, Jon ya había combatido en el muro y Rob en la guerra. Incluso Gendry había recorrido los caminos con ella y se había alistado en la hermandad sin estandartes; algo que todavía la molestaba, pero escuchar sus hazañas le hizo perdonarle. Saber que ayudo y veló por las gentes, algo que debían haber hecho sus reyes, era algo admirable.

 

A un gesto del rey, el caballero se volvió a poner el casco y guio a su montura hasta la pequeña marca donde lo esperaba su escudero. Con un rápido y ensayado movimiento el muchacho, casi un niño, le lanzo la lanza roja y dorada con la que participaría en la justa. Ser Gendry le esperaba ya preparado con su lanza azul y roja sin apartar la vista de todos sus movimientos. Los vítores del pueblo se acallaron al ver a aquellos dos hombres uno frente al otro. El león rugiente de los Lannister contra el poderoso venado de los Baratheon. El silencio era ensordecedor, ninguno se movía evaluando al otro.

 

De pronto el cuerno dio la salida y ambos se lanzaron a la carga. Ambas lanzas impactaron a distintos tiempos. La velocidad del Lannister era abrumadora, la lanza dio en todo el escudo rompiéndose en mil pedazos, pero Gendry no parecía afectado, solo las mellas en el escudo mostraban la fuerza del ataque. Su lanza también acabo rota, pero no consiguió dar en el blanco, el golpe del impacto del león le desvió en el ultimo momento. Su caballerizo, un muchacho moreno y de mirada avispada, le tendió otra lanza ya preparada. Antes incluso de la señal Gendry ya estaba preparado, si le daban de nuevo perdería por puntos, tenía que descabalgarle o perdería. El Lannister se lanzo a la carrera preparado, un golpe más y la victoria sería suya. El viento se colaba entre su casco a medida que el caballo cogía velocidad, una buena lanzada como la anterior y su casa ganaría el torneo. Lo único que consiguió ver antes de que el dolor atravesara su cuerpo fueron los profundos ojos azules del otro caballero. “Tiene los ojos de mi Robert” fue lo único que le dio tiempo a pensar. El golpe impacto de lleno en su escudo sin darle tiempo a responder, las bridas se escaparon de entre sus manos como si fuera agua entre los dedos y las piernas dejaron de sentir la silla bajo su cuerpo. Por un momento se sintió ligero antes de que todo su cuerpo chocara contra el duro suelo. El sonido de las trompetas y los vítores de la multitud ahogaron su gruñido de frustración.

 

Arya se levanto emocionada al ver como su amigo consiguió derribar al caballero. No entendía muy bien lo de los golpes, pero el ceño fruncido y la mueca de dolor la decían que algo iba mal, Gendry solo ponía esa cara cuando pensaba seriamente en algo. Entre aplausos y gritos Gendry se acerco hasta la tribuna frente a los reyes. La sonrisa de Jon al ver a su guardia ganar no se podía comparar con las de las damas que no dejaban de mirarle con ojitos de niñatas.

 

-          Bien hecho – le habló Jon levantándose de su asiento con un objeto entre sus manos. – Aunque creo que esta parte es la más difícil – le sonrió con picardía al entregarle la bolsa de oro y la hermosa corona de rosas azules.

 

-          Mi señor – respondió Gendry asintiendo con la cabeza.

 

Arya podía notar la tensión a su alrededor cuando las muchachas vieron al caballero acercarse. El gesto de disgusto que ponían algunas cuando el hombre pasaba de largo casi la hace reírse. Algunas lloraban y otras simplemente miraban hacia otro lado con aire de reproche. La mueca de sonrisa se congelo en su rostro al ver como Gendry se paraba justo delante de ella. Mientras descendía del caballo podía sentir todos los ojos clavados en ellos, no importaba si eran miradas de admiración o de envidia, lo que en esos momentos quería es que la tierra la tragara.

 

-          Gendry que estas… 

 

-          Mi dama – le corto el caballero arrodillándose de forma tan solemne que Arya no pudo más que callarse y dejar que le cogiera la mano. – Me concedería el honor de ser mi reina del amor y la belleza. – Sin darla tiempo a responder Gendry se levanto colocándola la hermosa tiara de rosas azules por la que tanto suspiraban las muchachas. – Mi señora, ahora tengo que dejaros.

 

Arya seguía confundida al ver a Gendry marcharse. No le había podido decir nada, ni hablarle, ni siquiera decir si quería la corona o no. Rabiosa al ver como la había casi obligado a aceptar la corona se la quito de la cabeza. Por un momento estuvo tentada de tirarla, pero no pudo, no quería estropear todo aquel trabajo. La corona estaba hecha con una media docena de rosas azules entrelazadas con hilo de plata y zafiros. Los últimos rayos del sol sacaban de cada pétalo un hermoso brillo comparable a las gemas que llevaba y el olor, tan suave y salvaje, era el olor del invierno, y aquellas sus últimas rosas salvajes hasta el próximo.

 

Todavía recordaba como la vieja tata solía contarles aquella historia todas las noches. La historia de cómo nacieron las rosas azules y el huargo de los Stark. La leyenda decía que las rosas azules nacieron de la sangre de la autentica reina del norte. Una Stark nacida en el más frio de lo inviernos cuya belleza salvaje e indómita, su melena negra como la noche y sus ojos rojos como brasas era admirada en todo el reino. En las vísperas de su matrimonio concertado la muchacha lo único que deseaba era huir. No quería unir su vida a la de un viejo que pago por ella, sino que quería correr libre por el bosque como había hecho toda su vida. El rey intuyendo los deseos de su hija la encerró en lo alto de una de las torres para asegurarse de que no huyera. Pero el aullido de los lobos y los fríos vientos del norte la llamaban. Aprovechando la noche sin luna descendió por la torre descalza para poder sujetarse mejor a las piedras. Despacio, tanteando cada agujero con los dedos helados consiguió descender justo a tiempo de que el sol comenzase a salir por el este. Los primeros rayos la vieron correr por el bosque huyendo de su comprimo. A media mañana escucho los cuernos de caza de su padre, ya la estaban buscando, pronto la encontrarían. Desesperada se arrodillo ante un enorme arciano rezando a sus dioses por la libertad.

 

-          Solo deseo elegir mi destino – grito rabiosa al ver que sus dioses ignoraban su ruego.

 

-          ¿Y que destino es ese? – le pregunto de repente una voz profunda que salía del mismo árbol.

 

Sorprendida, aunque no atemorizada le respondió.

 

-          Deseo ser libre como el sol, como el viento, como los lobos. Deseo que mi vida me pertenezca.

 

De entre las ramas del arciano un niño se descolgó hasta caer a su lado. La muchacha le miro asombrada. No era un niño, pero ellos los conocían como los niños del bosque. 

 

-          Si quieres ser una loba, adelante. Sé una loba – le sonrió el hombrecillo.

 

-          Es imposible. Una humana no puede transformarse en loba.

 

-          Sino eres capaz de verte como una loba, como quieres transformarte en una.

 

El ruido de gritos y cuernos la asusto. Los hombres de su padre y de su prometido cada vez estaban más cerca. Cuando volvió la vista el niño del bosque ya había desaparecido.

 

-          Si solo es creer – susurro al arciano arrodillada a sus pies.

 

Con los ojos cerrados cada vez notaba más cerca el gruñido de los perros, las voces de los hombres y una mezcla de olores que le costaba distinguir. Por fin las voces se podían distinguir con claridad, la habían encontrado y estaban hablando de ella. Al abrir los ojos se encontraría rodeada y de nuevo presa en su cárcel de oro.

 

-          Señor solo es una loba. Si quiere podemos cazarla. Su pelaje hará juego con el cabello de vuestra hija. – El cazador estaba a punto de disparar con el arco hasta que la voz del rey se interpuso.

 

-          La loba no me interesa. Sigamos buscando a mi hija. ¡Vamos! – ordeno espoleando al caballo seguido de sus hombres dejando a la loba atrás.

 

Con mezcla de temor y alivio la muchacha se asomo a las tranquilas aguas del rio para ver su reflejo. Solo quedaba de su antiguo aspecto los ojos rojos como brasas y el negro de su piel. “Soy una loba” se dijo a si misma aullando sin ni siquiera darse cuenta. El aullido de otro lobo cercano la respondió al instante. De entre la maleza un lobo gris de oscuros ojos negros la miraba con curiosidad. Igual que un cachorro la incito a jugar tirándola un trozo de corteza. Divertida por su nueva situación siguió a aquel lobo por el bosque. Los años pasaron y su vida comenzó a ser monótona, había visto desde lo más profundo del norte hasta las tierras abrasadoras del sur, pero ya estaba cansada de viajar, quería regresar a casa. Echaba de menos algo que ni siquiera podía darle nombre.

 

Era noche cerrada cuando su olfato la llevo al mismo arciano donde años antes deseo convertirse en loba. El árbol estaba tal y comjo lo recordaba, sus grandes hojas rojas formaban una alfombra a su alrededor mientras sus raíces bebían del pequeño estanque de aguas heladas. A sus pies aulló toda la noche por volver a ser una mujer, pero no ocurrió nada. Un gemido se escapo de su hocico al no ser capaz de volverse humana de nuevo.

 

-          Eres tú de nuevo – le dijo el pequeño hombrecillo del bosque. – Ya te has cansado de jugar. – La loba solo pudo aullarle. – No entiendo lo que me dices, pero si quieres volver a ser humana solo tienes que desearlo con fuerza.

 

Otra vez el niño se escabullo entre los arboles sin darle tiempo a la loba a seguirle. Cansada y frustrada se tumbo junto al árbol gimiendo. Deseaba volver a ser humana y ya no se acordaba de cómo lo hizo la primera vez.

 

El sol de la mañana la acaricio el rostro y la hosquedad de las sabanas rasgaron su piel desnuda. Confusa abrió los ojos para mirar todo a su alrededor. Reconocía la simple casa de un granjero y la dura cama donde dormía, pero no conocía al hombre que se encontraba dormitando a su lado.

 

-          Por fin estas despierta. Llevas tres días inconsciente – le sonrió el hombre al ver que le miraba. La joven intento contestarle, pero en vez de su voz salió de sus labios un gruñido. – Tranquila. Tenías mucha fiebre cuando te encontré en el bosque. Desee a los dioses que te recuperaras. – El hombre poso su mano sobre la frente de la chica.

 

“Es callosa – pensó al sentir las durezas de su piel. Sus ojos se fijaron en el hombre. El castaño de su cabello hacia juego con el gris de sus ojos. La incipiente barba no le hacia mayor de 25 y su cuerpo musculoso estaba hecho a trabajar en el campo. – Es muy atractivo. – Nada más pensar aquello un leve rubor subió por sus mejillas desviando los ojos de su cuerpo”

 

-          Vaya creo que todavía tienes fiebre – le contesto el hombre al notar como el rostro de la muchacha se calentaba.

 

 

 

Años más tarde llego a oídos del rey la existencia de una hermosa joven que coincidía con la descripción de su hija. Se decía que la mujer más hermosa del norte estaba casada con un simple granjero y había dado a luz a un hijo varón. Decidido a averiguar la verdad después de tantos años el rey ordeno ir al pequeño pueblo en busca de aquella joven. Desde lejos supo que era ella. Verla salir de la casa vestida con un simple vestido de lana basto y regañando a un niño de unos cinco años mientras llevaba un arnés para sujetar a la mula le enfureció. El rey no podía entender que hubiera cambiado las joyas y las sedas, el oro y los castillos; por el barro y el trabajo. Enfurecido espoleo el caballo dejando a la guardia atrás. Al llegar casi a ella casi se cae del caballo ciego por la rabia.

 

-          Padre… - susurro la muchacha sorprendida al verle.

 

-          Eres una zorra desagradecida – le abofeteo en toda la cara tirándola al suelo.

 

-          Mama – grito el niño asustado arrodillándose a su lado para que aquel hombre no la volviera a tocar.

 

Desde dentro de la casa el granjero salió con una guadaña en su brazo. Sin mirar si aquel hombre era su rey o su vecino blandió la guadaña dispuesto a matarle. Un guardia llego justo a tiempo de parar el golpe y clavarle la espada entre las costillas. El grito de la chica se mezclo con las órdenes de su padre.

 

-          Cogedla y matar a ese bastardo – exigió el rey.

 

Incapaz de moverse la muchacha solo podía ver como la luz de los ojos del hombre al que amaba desaparecía poco a poco. “Salvaros” consiguió leer en sus labios antes de que la vida se escapara por completo de su cuerpo. Furiosa se volvió con la guadaña de su marido y cortó el brazo del primer guardia que vio. La nieve, su cuerpo y sus manos se llenaron de sangre. De un rápido movimiento se puso delante de su hijo degollando a otro de los guardias. Poco a poco los hombres la iban rodeándola hasta que uno de ellos consiguió quitarla el arma.

 

-          Ríndete – le exigió su padre a la vez que uno de los hombres agarraba a su hijo. – Sera una muerte rápida para el chico y tu podrás rehacer tu vida con el hombre que yo elija.

 

Ciega por el miedo no sabía que hacer. Rodeada y sin ninguna otra arma no podía matar a ninguno de los allí presentes. “Si fuera una loba, si pudiera ser de nuevo una loba” Entre los arboles escucho el susurro del viento que parecía hablarla, el sonido parecía decirla que aquella sería su última vez.

 

-          Que a sí sea – susurro.

 

-          Me alegro que hayas… - el miedo en la voz del padre le impidió continuar. Ante sus ojos la hermosa figura de su hija se había convertido en la de una loba. La más grande que él o nadie hubiera visto nunca.

 

La sangre rego la nieve hasta que ni uno solo de los hombres quedo en pie. En el suelo tiritando por el miedo el único que quedaba era el rey. La loba se acerco lentamente acompañada del niño que la seguía sin rastro de temor. Un gruñido y el rey se orino al no poder retroceder. La risa del niño se mezclo con sus gimoteos.

 

-          Mi madre dice que ahora yo seré tu heredero. Eso o que morirás en este mismo momento.

 

Con el terror inyectado en sus ojos el rey acepto. Unos años más tarde, tras la muerte del rey el niño fue coronado como un Stark. Acabado el banquete el muchacho corrió hacia el arciano donde su madre solía dormitar consciente de que nunca más seria una mujer. El silencio del bosque nunca lo había asustado tanto como aquella vez. Al llegar al árbol encontró a su madre tumbada sobre la nieve con los ojos cerrados. Por un momento pensó que dormía tranquilamente. Iba a marcharse cuando una voz salida desde la copa del árbol le llamo.

 

-          Enhorabuena joven rey. Tu madre estaría orgullosa.

 

-          Está orgullosa o es que acaso no la ves ahí durmiendo.

 

-          Pobre niño. Tu madre ya no está ahí. Eso es solo una loba… una loba huargo

 

-          ¡Mientes! – grito furioso el muchacho despertando al animal. El enorme hocico se abrió dejando ver unos enormes dientes.

 

-          Tranquilo no te atacara. Tu madre la enseño a defenderte y eso es lo que hará. Pero la has asustado – se rio el hombrecillo saltando desde lo alto del árbol.

 

-          Si está ya no es mi madre que ha sido de ella. ¿Dónde está?

 

-          Donde tiene que estar, joven rey, con tu padre. Aunque te dejo un último regalo – dijo señalando el objeto que la loba cuidaba.

 

Dócilmente la loba se levanto cojeando a una señal del hombre y el rey pudo ver una hermosa rosa azul nacida entre la sangre y la nieve.

 

-          Es muy hermosa – susurro el muchacho acariciando los pétalos tan suaves como lo fue la piel de su madre.

 

-          Su sangre la dio vida. Ahora te toca a ti dar tu sangre por esta tierra.

 

El niño del bosque escalo hacia lo más alto del arciano dejando al joven rey ante la rosa azul del invierno y su nuevo guardián y blasón, el lobo huargo. El muchacho miro a la loba y vio que en verdad ya no era su madre. El pelaje negro se había aclarado hasta ser gris y los intensos ojos rojos de su madre se oscurecieron hasta ser de un tono marrón.

 

-          Corre amiga, eres libre. Has hecho más por mí en un minuto que ningún otro vasallo en su vida – le sonrió a la loba acariciándola el lomo.

 

Años más tarde en aquel mismo lugar, alrededor de ese arciano y su bosque de dioses se construyo el castillo de los Stark y ese niño fue Brandon Stark “el constructor”.

 

 

 

A Arya le encantaba las partes en que la mujer se convertía en loba, pero nunca entendió porque la chica quería volver a ser humana, esa parte era la preferida de Sansa.  

 

“No le veo gran cosa – pensó mirando de nuevo la tiara entre sus manos – es solo una tontería mas. Aunque… es hermosa y seguro que a Sansa no le han dado ninguna. – Una sonrisa maliciosa se dibujo en su rostro al pensar en que su hermana se enfadaría al saber sus pensamientos. Miro más detenidamente la corona. En verdad que era un objeto hermoso, la pregunta era ¿Por qué con tantas mujeres bellas, Gendry la había elegido a ella?”

 

Sin previo aviso, entre las risas y cuchicheos que había despertado a su alrededor, una mujer dorniense que ya había visto en la sala se sentó a su lado. Era misma que la había tomado por una sirvienta.

 

-          Un placer en conocerte Lady Arya. Mi nombre es Denis, lady Denis de la casa Fowler.

 

-          El placer es mío, lady Denis – Arya la sonrió de pasada mientras volvía su mirada hacia la corona. “La septa estaría orgullosa de ver lo farsa que me he vuelto” pensó al ver como por fin sus lecciones hacían efecto después de cinco años. Seguramente antes la hubiera pegado un puñetazo por haber creído que era una sirvienta.

 

-          Como me alegro querida. Por la corona – la señalo al ver que Arya no entendía. – Espero que seamos muy buenas amigas, estoy deseando…

 

-          No te equivoques, querida – la cortó Arya imitándola. – La cortesía te la debo por estar en mi tierra, pero mi amistad… ni lo sueñes. El desprecio que me hiciste tomándome por una sirvienta no te lo tengo en cuenta, al fin y al cabo mi ropa y mi apariencia no eran las de una dama. No obstante – continuo – no sé como serán las cosas en tu tierra, pero aquí se respeta desde al último caballerizo hasta la más humilde de las criadas.

 

Las palabras de Arya resonaban en el aire. Todas las damas allí presentes se callaron al instante al comprender lo que había pasado. Los primeros cuchicheos y risitas no se hicieron esperar envolviendo a las dos mujeres. Enfurecida y humillada Denis se clavo las uñas en las palmas de las manos hasta notar como traspasaba la sangre. Jamás nadie la había despreciado de esa manera, y mucho menos en público. De haber sido otra le hubiera cruzado la cara de un tortazo, pero no podía tocar a la “supuesta” hermana del rey.

 

-          Comprendo – dijo al fin clavando sus ojos en los caballeros. Había visto las sonrisas que se habían dedicado el Baratheon y ella y como después el león la sonrió intentado llamar su atención. – Veo que tu amistad solo es para algunos… hombres. Me pregunto si has sido coronada por tu belleza o tus influencias han tenido parte del mérito. – Sus ojos se clavaron en la tribuna donde Jon charlaba animadamente con su hermano.

 

La voz de Denis era tan melodiosa e hipnótica como el vibrar de las serpientes del desierto de su tierra o el blasón de su propia casa. Arya había escuchado que el sonido de sus colas era tan armonioso, tan tranquilizador que en cuanto bajabas la guardia la serpiente te mordía para inyectarte su veneno. Un veneno tan potente que cualquier hombre moría en cuestión de horas sino encontraba un maestre que lo ayudase. Así era aquella mujer. Toda calma hasta que clavaba los dientes.

 

La sonrisa de Arya la pillo desprevenida.

 

-          Te perdono – dijo de repente. Si la dorniense jugaba con serpientes ella lo hacia con lobos. Y estos cuando daban la dentellada lo hacían hasta romper el hueso. – Entiendo que hable la envidia. La edad ya no perdona, ni siquiera allí en el desierto con el sol y la arena. Ten – Arya la mostro la corona ante sus ojos – si la quieres, si tu frustración es por esto – dijo moviéndola – te la doy. No necesitas humillarte.

 

La ira desdibujo el rostro de Denis marcando las pequeñas líneas, casi invisibles, de los ojos. Era cierto que ya no era una niña, pero solo tenía 27 años. Todavía era una mujer hermosa y deseable, por todos los dioses antiguos y nuevos ningún hombre la había rechazado jamás. Inconscientemente se había levantado con la mano preparada para golpear a Arya. Los ojos de todas las damas clavados en ella la hicieron volver a la realidad antes de cometer un acto que la costaría caro. Furiosa por haber perdido la compostura ante aquella mocosa se marcho no sin antes amenazarla.

 

-          El lema de mi casa es “Aliado o enemigo, nosotros no perdemos” Te he ofrecido mi amistad y las has rechazado. Sino eres mi amiga, eres mi enemiga. – Antes de poder marcharse Arya la cogió del brazo.

 

-          El lema de mi casa es “Se acerca el invierno”, pero te diré el mío personal. “Si me buscas, me encuentras”

 

Arya la vio alejarse observando cada paso de su cuerpo. La rabia la dominaba cuando empujo a una doncella hacia un lado por interponerse en su camino. Arya sabía que no tenía que haber sido tan directa a la hora de rechazar su amistad, pero así era como lo sentía. No era capaz de fingir tan bien como lo habrían hecho su hermana o su madre, incluso Jeyne era capaz de controlar una situación tan simple como aquella. “Y ahora por mi culpa más de una doncella lo va a pagar” pensó viendo como se levantaba con dificultad la muchacha que miraba con hosquedad a la dorniense. “No soy una dama” se dijo a si misma contemplando la corona, mientras escuchaba los comentarios de las mujeres a su alrededor.

 

 

 

El suelo y la alfombra crujían bajo sus pies. La habitación que le habían asignado para que durmiera era un desastre de cristales y frascos rotos. Denis se acerco hasta el espejo con la ira todavía brillando en sus ojos. Sus dedos rozaron el delicado marco pensando en la humillación y el orgullo herido. Era una Fowler, la segunda casa más rica y poderosa de Dorne después de los Martell. Su familia tenía y había tenido lazos de sangre y matrimonio con casi todas casas importantes, incluso una Fowler llego a ser reina cuando se caso con un Targaryan. La rabia fue apoderándose de su mano hasta que sintió los nudillos blancos entumecidos por la presión.

 

-          La muy zorra me ha humillado – le grito al espejo por fin viendo como su rostro se desfiguraba por la ira. – Se ha atrevido a humillarme en público. No, si es que encima me ofrecía la corona como si jamás hubiera tenido una, como si jamás la hubiera conseguido – “y no lo has hecho” le recordó una parte de si misma. Furiosa con sus propios pensamientos rompió el espejo cortándose la mano. – Maldita sea – seseo cogiéndose la mano para intentar contener la sangre.

 

Los pasos apresurados en el pasillo hicieron eco hasta llegar a la puerta. Un solo golpe, rápido y preciso, y un hombre de piel morena, cobriza entro cargando con un enorme cuchillo curvo parecido al arakh de los dothrakis; el arma perfecta para cortar cabezas. Sus ojos avellana se clavaron en los de la mujer, luego en la habitación y otra vez en la mujer esperando oír de sus labios algo, cualquier cosa.

 

-          Quiero… - Denis cogío un trozo de tela con que envolverse la mano mientras seguía pensando en sus palabras.

 

Se sentó en la cama y miro fijamente a su guardia personal. El niño que una vez fue su amigo, su confidente, con quien se bañaba desnuda en los jardines de palacio había crecido hasta llegar a ser su guardaespaldas, su compañero de viaje, su amante. En sus ojos no vio nada que la atemorizase, no dudaban, no pensaban, no opinaban; solo esperaban, esperaban su orden como siempre.

 

-          Quiero que la mates.

 

-          Nombre – susurro el guerrero hincando una rodilla en el suelo.

 

-          Arya. Arya Stark.

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