Fanfic Es
Fanfics en español

Nieve por yuukychan

[Comentarios - 42]   Tabla de Contenidos

- Tamaño del Texto +
Notas:

Dedicado a Superandrea1980

 

El proximo capitulo no se cuando lo escribire ya que ando muy liada, pero seguir con la historia voy a seguir XD

Jon presidia la mesa del banquete junto a su hermanastro Aegon y Lord Karstark, ambos se empeñaban en hablar sobre la caza mientras veían pasar uno a uno los platos que se servían y los iban despachando con un gesto de la mano. Jon hacia rato que no comía nada. Daba vueltas a la comida con el tenedor mientras que con gesto distraído mandaba un plato especial a alguno de los invitados como dictaba la costumbre o eso le había dicho el maestre en su primer banquete. Recordaba que aquello le parecía una tontería hacia cinco años y hoy se lo seguía pareciendo. Mandaba un plato para cada Lord que se le pasara por la mente, ni siquiera le ponía mucho interés a la hora de elegir si el hombre era más de carne, de pescado o era uno de esos que comía lo mínimo y bebía lo máximo. Asentía con la cabeza y con un gesto de la copa a los hombres que se empeñaban en hacerle una corta reverencia aunque no se animaba a hablar con ninguno. Siempre eran las mismas conversaciones: la guerra, su pasado, la guerra, las cosechas, la guerra… y siempre así. Solía prestar atención cuando le coronaron, pero pronto entendió porque el amigo de su padre se dio a la bebida, a la caza y a las putas. El poder no era más que la mayor de las bromas crueles que tenían los dioses, una vez que lo obtenías temías que te lo robasen ó lo único que deseabas era perderlo, por lo menos ese era el caso de Jon. Toda su vida queriendo ser el señor de Invernalia y ahora que era su rey, lo aborrecía.

Aburrido, echaba de menos los tiempos en que era considerado un bastardo y podía sentarse con los escuderos y caballeros menores. Recordaba pasar toda la noche entre risas y peleas, hablando de los grandes señores y sus enormes traseros. Apostando por cual de los perros se llevaría el trozo de carne o cual de las sirvientas sería la primera en soltar una bofetada. Por aquel entonces solo era un crio y jamás llego a nada serio con ninguna, aunque tampoco quería. No quería que el apellido nieve perpetuase en sus hijos por lo que siempre se escabullía de los generosos pechos de las chicas que rápidamente encontraban consuelo en brazos de otro hombre. Solo Ygritte había conseguido llegar más lejos que ninguna, aunque no llego hasta su corazón fue la que más cerca estuvo, ni siquiera Daenarys había despertado ese sentimiento todavía en su interior. Muchas veces pensaba que el motivo de que la reina no se embarazase era culpa suya, él no quería hijos. Pero sobre todo echaba de menos la libertad; la libertad con la que se podía ir de los sitios sin que nadie más lo notase, bueno, nadie excepto Lady Catelyn.

La mujer sonreía de felicidad cada vez que le veía desaparecer. Su sola existencia la recordaba la supuesta infidelidad de su marido y se lo hacia pagar caro. Un precio tan alto para un pecado que jamás se cometió ya que Eddard Stark nunca le fue infiel. Todas las humillaciones e insultos que sufrió por parte de aquella mujer dolían más ahora que se sabía la verdad. Durante algún tiempo, cuando se entero de quienes fueron sus padres, Jon siguió odiando hasta el recuerdo de aquella señora que no tuvo corazón con él. Pero después ni eso. Hacia mucho que solo sentía lastima por ella. Perdió todo, más que él. Perdió a sus hijas, a sus hijos, a su marido e incluso la vida. Los Frey acabaron con ellos, con ella y con Robb, durante la boda roja allí en los gemelos. Jon no pudo llorar por esa mujer, era incapaz, pero si lloro por Robb, por su hermano. Todavía se refugiaba en el bosque de dioses donde jugaban de pequeños todos sus hermanos, excepto Sansa que nunca se quería manchar la ropa. ¿Cuántas horas se había pasado bajo el arciano puliendo a Garra mientras observaba a los niños jugar? Veía la sonrisa de Bran y los ojos de Robb en los niños de Invernalia al igual que siempre veía a su hermanita en todas las niñas que se raspaban las rodillas y salían corriendo sin hacer caso al dolor. Lo cierto era que se sentía solo sin sus hermanos, se había sentido muy solo hasta que Arya volvió a su vida.

Dos sirvientas presentaron ante su mesa un delicioso cordero con miel y cerdo asado con hierbas, dos de sus platos preferidos que le hacían la boca agua desde pequeño, y aun así los dejo pasar; aquella noche no tenía ganas de comer. El torneo había estado espectacular a pesar de no poder competir, todo marchaba bien hasta que su caballero, el guardia de su seguridad gano la competición. No le había molestado en absoluto que el muchacho ganase, le consideraba uno de los mejores hombres a su servicio, lo que le había enfadado era que coronase a su hermana reina del amor y la belleza.

“Con tantas damas en la corte y tiene que elegirla precisamente a ella – pensó frustrado centrando todas sus emociones en sostener la copa. Muchas veces se le cruzaba por la mente el motivo de aquel profundo sentimiento que tenía por la muchacha. – Solo me preocupo por ella, igual que hago por Sansa – se repetía una y otra vez hasta que su mente se serenaba”

Miro a su alrededor buscando a Arya. En el muro, cuando pensaba en ella tenía la necesidad de mirar hacia el sur, hacia Invernalia; para sentir que entre sus muros ella estaría segura. No saber donde había estado aquellos años y descubrir por boca de Gendry los peligros que pasaron le ponía lo pelos de punta y se enfurecía consigo mismo por no haberla podido proteger, a ella… ni a Sansa. A Sansa, Daenarys y Aegon siempre le recordaban a Sansa, a él se le solía olvidar, no porque no la quisiera, sino porque ella había estado relativamente segura, ya fuera para tener poder sobre Invernalia, sobre el norte o porque en verdad la querían proteger. “Se casó con Baelish después de todo” se dijo. Pero Arya no había tenido esa suerte, y ahora, pensar en ella le provocaba la necesidad de buscarla y verla con sus propios ojos, ver que estaba allí con él, a salvo de los peligros y que podía protegerla.

Al final la encontró, a la otra punta de una de las mesas lejos de las damas dornienses. En la mesa principal solo podían estar los reyes y el señor de Bastion Kar “Pero tampoco hacia falta que se fuera tan lejos” pensó cuando una joven se puso en medio sosteniendo una jarra de vino. Jon alargo la copa y dejo que la muchacha le sirviera. Los ojos oscuros de ella le buscaban, no era la primera vez que le pasaba, pero la evito. No porque la muchacha fuera fea, al contrario, tenía unos labios tan carnosos como apetitosos, aunque prefería no dar falsas ilusiones a las muchachas. Entristecida la chica se marcho a servir a otro caballero dejando a Jon solo en medio de aquel griterío. Arya estaba riéndose, casi llorando, sentada con una jarra de cerveza entre sus manos de la que daba pequeños sorbos. Sansa la regañaría si la viera beber cerveza. Diría que no es bebida de damas, pero a Jon le gustaba que su hermanita no fuera una dama. Le encantaba que fuera diferente, que fuera Arya sin más. Por primera vez se fijo en el vestido, aquella prenda que antaño odiaba tanto, la sentaba tan bien que muchos hombres la sonreían pidiendo su atención, pero la chica solo estaba pendiente de las palabras del hombre que estaba a su lado susurrándola y riéndose con ella. Jon lamento fijarse más en él.

Vestido sin su armadura, sencillo y humilde Gendry vestía solo con un jubón azul de terciopelo con el venado negro de los Baratheon bordado en el pecho sin más adornos ni cadenas. La capa negra le caía por la espalda marcando la silueta de un  cuerpo musculoso forjado en sus años de herrero. Los ojos azules y aquel cabello negro azabache solo marcaban un rostro atractivo por el que las muchachas miraban con recelo a Arya y suspiraban por llamar la atención del campeón de la justa.

Jon sentía una curiosidad casi enfermiza por saber de que hablaban aquellos dos entre risas y cuchicheos. El rostro de su hermana no lo podía distinguir, pero los ojos de su caballero si. No tenía ninguna duda de que aquel hombre estaba enamorado de su hermana, sus ojos le delataban, no era capaz de mirar nada excepto a ella. La pequeña disputa acabo cuando Ser Gendry se levanto colocándole la corona de rosas azules a Arya con gesto triunfante.

-          Es una chorrada – la oyó decir. El tono burlón de su voz le hirió más que cualquier otra cosa. Aquella forma de ser, aquellas risas y miradas antes eran suyas, de ellos… pero hacia mucho que no vivían ninguno de esos momentos, que no hablaban, que no reían juntos.

“¿La estoy perdiendo? – se pregunto. En el fondo sabía que tarde o temprano la perdería para siempre, que Arya, su Arya, se casaría. Formaría un hogar y una familia y ya no sería suya, sería de otro. – Pero eso es lo normal. Lo que tengo que hacer es procurar que se case con un hombre de bien – se dijo a si mismo ignorando la sensación punzante del estomago que le provocaba aquellos pensamientos”

Los criados que recogían las mesas trajeron al rey de vuelta de sus pensamientos. Todo a su alrededor era un caos que poco a poco iba teniendo sentido. Varios hombres guiados por Lord Karstark amontonaron las mesas y las sillas junto a las paredes para despejar el salón. Los músicos se preparaban en una pequeña zona detrás de él tocando los primeros acordes para afinar los instrumentos. Los ilusionistas de Dorne contratados por Lady Denis aparecieron en la sala cargando con una gran caja de mimbre de forma ovalada. Aegon a su lado reía las gracias de una joven sonriéndola con ternura hasta que vio aquella cosa.

-          ¿Quién os ha contratado? ¿Qué clase de serpientes traéis ahí? – Aegon parecía alterado cuando señalo la caja. Jon no había escuchado hasta entonces el tintineo de sus colas.

-          Mi señor tranquilizaos. Mi nombre es Swqan y vengo de las ciudades libres solo para divertíos. – Un hombre moreno de piel cobriza vestido con ropas holgadas de colores chillones se acerco hincando una rodilla al suelo. Sus ojos marrones revelaban una mirada calculadora y fría que controlaba la situación, aunque su sonrisa mezquina hacia dudar a Arya que le observaba desde el otro lado. – Son serpientes venenosas de la casa Fowler, pero le juramos que no sucederá nada. Lo juro por mi propia vida – dijo el hombre llevándose una mano al pecho.

-          Mas os vale porque juro por los siete que os matare si llega a pasar algo – le advirtió Aegon mirando con repugnancia la caja y estremeciéndose ante el seseo de aquellos animales.

-          Lo que mi hermano quiere decir es que dejéis el espectáculo para más adelante – le interrumpió Jon apoyando con fuerza la mano sobre el hombro del rey. Aegon podía parecer cordial y amable todo el tiempo, pero su ira podía llegar a ser más peligrosa que la de él y la propia Daenarys. Al contrario que ellos, Aegon no media las consecuencias de sus actos hasta que era demasiado tarde.

-          Como deseen sus altezas. – Tras una breve reverencia Sqwan hizo un gesto a sus compañeros para que llevaran la caja al fondo, lejos de la multitud. Dio un último vistazo al baile y señalo una de las esquinas lo más apartada de todos, justo cerca de la puerta donde estaban los perros.

-          Ey tranquilo – le susurro Jon a Aegon palmeándole la espalda-. No seas idiota y disfruta de la fiesta. Todavía hay una bella mujer esperándote. – Jon torció la cabeza señalando a la hermosa mujer vestida de amarillo que les miraba un poco más apartada tras la reacción del rey.

Aegon siguió los ojos de su hermano y sonrió meneando la cabeza.

-          Tienes razón. Haber si te buscas tu otra, hermanito – le devolvió la palmada a  Jon y se marcho. Al acercase a la dama la agarro suavemente de las manos besándole las muñecas sin apartar los ojos de ella-. Discúlpeme, mi señora. A veces tengo un humor de dragones. – La mujer asintió ruborizándose. Los ojos violáceos del rey la habían atrapado en su juego, a un juego por el que se moría de ganas de jugar.

Jon suspiro aliviado al ver que Aegon ya estaba mejor. Sabía porque su hermano sentía aquella aversión por esos reptiles y lo fuerte que podía ser su rechazo sino se controlaba. No habían pasado ni dos años cuando todo el mundo pensó que el rey moriría a causa de una mordedura de serpiente. La caza en las llanuras desérticas era más peligrosa de lo que parecía a simple vista, no se podía comparar con la caza en los bosques de Invernalia donde el peligro venía de frente oculto en los poderosos colmillos y garras de los animales. Allí en el desierto, entre las rocas y la arena dormitaban serpientes tan escurridizas como venenosas y escorpiones tan pequeños como mortales. Ambos animales poseían un veneno tan letal que la muerte era casi segura. Aegon salió aquel día con su lanza y su arco para cazar a esos caballos tan extraños que tenían franjas negras y blancas por toda su piel. La luna ya asomaba cuando un grupo de soldados le traían transportado en una camilla delirando por la fiebre. Ninguno de los maestres que servían en las distintas casas de Dorne tenía cura para aquel veneno, ni siquiera el que estaba a servicio de la Casa Fowler. Solo el maestre que envió la ciudadela pudo salvarle justo a tiempo creando un antídoto a partir del veneno.

Los cuchicheos por lo sucedido fueron rápidamente reemplazados por la música. La melodía alegre de la canción del oso y la doncella era tan divertida y sonora que varios hombres se lanzaron a la pista arrastrando a unas cuantas mujeres que reían mientras las levantaban al aire mientras otros se ponían a cantar la canción desentonando más y más en cada estrofa. Entre las risas Jon pudo escuchar la de Arya clara como el agua. La muchacha bailaba por la zona exterior con Gendry a un compas que solo el muchacho parecía escuchar.

-          Aprende a bailar antes de sacar a una dama tan hermosa – le decían varios caballeros al verle intentar seguir el ritmo sin conseguirlo.

-          Y vosotros aprended a usar la boca para algo más que beber – les respondió Arya sacándoles la lengua haciendo que los hombres se rieran todavía más fuerte.

La hermanita del rey también había bebido de más aquella noche. Las mejillas sonrosadas y la risa fácil hacían a Gendry sentirse más cómodo. Así era la Arya que el recordaba de sus viajes: alegre, contestona y algo bruta a la hora de hablar; no la muchacha que intentaba cuidar sus modales en la mesa y le evitaba para no tener que responderle que había estado haciendo aquellos años. Durante la cena siempre que intentaba preguntarla le esquivaba y al final su mirada se había vuelto sombría. Solo cuando le prometió que no la volvería a preguntar fue que su gesto cambio, su cuerpo se relajo y empezó a reír las bromas que le hacia.

Tan rápido acababa una canción otro músico tomaba el relevo y se ponía a interpretar otra acompañado por los rugidos cantores de los allí presentes. El baile parecía no tener fin y Arya sentía la necesidad de descansar. No había comido mucho, las comidas pesadas no la gustaban, pero la cerveza aromatizada con limón estaba tan fresca y deliciosa que durante la comida no había dejado de beber un vaso tras otro y ahora su cuerpo empezaba a sentir los efectos. La cabeza le molestaba y notaba la lengua pastosa, no estaba borracha, pero tampoco estaba en las mejores condiciones como para seguir bailando sin parar. Intentaba que Gendry la dejase un rato, pero el muchacho no dejaba de bailar llevándola de un lado para otro. Entre sus enormes brazos se sentía delicada, frágil, era raro admitir que se sentía una dama. La canción rápida termino tan rápido como empezó y una mujer de voz dulce tomo el relevo. La balada, lenta y armoniosa, cambio la actitud de los que la rodeaban. Vio como las parejas de su alrededor se mecían a un ritmo más pausado, más intimo. Como las manos curiosas de los hombres se deslizaban cintura abajo del cuerpo de las mujeres. Los fuertes brazos de Gendry la apretaron más contra él. Sintió contra ella por encima de su jubón el fuerte torso de herrero que había contemplado en más de una ocasión durante su viaje, aunque eso no fue lo único que llego a ver. Un leve rubor que nunca antes había sentido subió a sus mejillas al recordarle de aquella manera. Arya levanto la vista y se encontró con los profundos ojos de su amigo mirándola sin apartar la mirada y por primera no supo en lo que pensaba. La música a su alrededor seguía sonando, aunque ya no era capaz de seguir la letra; estaba perdida en aquellos ojos azules que se iban acercando más a ella hasta poder verse en ellos. En esa boca suave y atractiva que poco a poco estaba más cerca de la suya notando el cálido aliento que desprendía hasta que por fin la beso. Apenas una caricia, un roce, una sensación que le quemaba los labios.

La música seguía sonando pero Arya se paro clavando sus ojos en el suelo. Las miradas de envidia los perseguían y entre ellas las de una muchacha atractiva de cabello negro y ojos azules que no les quitaba ojo. Arya la conocía de vista, pero también reconoció el blasón de su broche de oro, un fiero oso a dos patas con los ojos de rubíes; era la más pequeña de las nietas de Lady Mormont y por lo que había oído, la más temperamental como su abuela. En medio del baile, mientras la canción daba sus últimos acordes, la muchacha cogió a Gendry por sorpresa del brazo y se le llevo a bailar sin importarle las objeciones del hombre.

-          Señora os lo robo un rato – le sonrió la chica con educación, aunque sus ojos le decían que le gustaba el chico y sería suyo.

Entre risas y confusión Arya se soltó y le dejo marchar. Mientras se alejaban Gendry la miro varias veces sin poder soltarse del brazo de la muchacha poniendo aquel gesto de dolor en el rostro que siempre le delataba cuando estaba pensando en algo. La sonrisa de ella y el gesto de “te espero aquí” le hicieron relajarse ya más seguro tras aquel beso. Apoyada contra una de las paredes le veía bailar torpemente con la muchacha, aunque a está parecía no importarle. Se encontraba totalmente perdida en los ojos azules del caballero soñando a saber que historias y deslizando sus manos alrededor del cuello de él, intentando colgarse de él, atrayéndolo hacia ella.

“No sabía que Gendry fuera tan conquistador. –Arya sonrió viendo como su amigo intentaba evitar que la chica le arrastrase fuera de la pista de baile hacia los pasillos oscuros de la fortaleza por donde muchas otras parejas habían desaparecido. Los ojos de la chica anhelaban seguir ese camino acompañada del futuro Lord Baratheon. – Desea besarle, se ve en sus ojos que desea estar con él, pero… - poso un dedo sobre sus labios a la vez que una tímida sonrisa se dibujaba en ellos – él me ha besado a mí”

Se sentía extraña. Nunca había sido de esas chicas que se ruborizaran por tonterías o sonrieran como idiotas, pero aquel beso le abrió los ojos a algo nuevo, algo que hasta entonces no se le había pasado por la mente: podría no ser una dama, pero ya no era una niña.

-          A una muchacha tan hermosa con usted no se la debería dejar sola en ningún momento.

Arya se giro para ver de quien era aquella voz tan profunda y grave que sonaba como música en los oídos. El hombre rubio y de ojos verdes que la sonreía iba vestido de rojo y oro con el emblema de los Lannister, 12 leones en hilo de oro bordados en los bajos de jubón. Tenía una mirada tan altanera y arrogante que a Arya se le hacia familiar.

-          No estoy sola. Como veis – señalo a las personas que les rodeaban – estoy muy acompañada. Pero vos por lo que veo sois el único Lannister que ha venido. ¿Por qué será? – El gesto de irritación le decía Arya que había dado en el centro del orgullo del león.

-          Mi padre y mi tío están ocupados administrando la deuda que dejo la corona. No tienen tiempo para este tipo de compromisos insignificantes. – El tono gélido de su voz por un momento la dejo confundida. De no saber que estaba muerto Arya juraría que estaba hablando con el bastardo de Joffrey.

El muchacho le cogió la mano sin darle tiempo a retirarla. Con un par de movimientos agiles la llevo al centro de la sala donde las parejas bailaban más apretadas por falta de espacio. El vaivén de la música parecía distinto en brazos de aquel chico. Aquel caballero sabía bailar y llevarla, no era como Gendry que la arrastraba entre risas e intentos. La música se hizo más lenta y noto como el cuerpo firme y musculado del muchacho se pegaba un poco más cerca de ella. Aquellos ojos verdes que la habían mirado como a un objeto ahora habían cambiado; la sonreían con dulzura mientras le daba vueltas por la pista. Arya podía notar los ojos de cientos de personas clavados en ellos murmurando lo buena pareja que hacían. “Pareja… este chico pegaría más con Sansa” pensó incrédula mirándole de nuevo a los ojos, aquellos ojos que por fin se le hacían familiares.

-          Y como está tu familia… Tommen. – Por un momento el caballero se paro en seco para luego cambiar el compas de la música llevándola hacia otro lado, lejos del sonido de los instrumentos.

-          Bien. Aunque debo admitir que me sorprendes. – Los ojos inexpresivos de la chica le decían que no sabía de que le hablaban. – Con todos los errores que ha cometido mi familia esperaba ver en tus ojos el desprecio. No serías la primera, te lo aseguro. La mayoría solo nos sigue hablando por nuestro dinero. – El tono triste de su voz la hablando.

Arya se le quedo mirando pensando en todo el dolor que aquella familia le había provocado. Su hermano pequeño, Bran, no podía andar por culpa de ellos. Su hermana había estado atemorizada y prisionera en Desembarco del rey durante mucho tiempo. Jeyne Pool tuvo que fingir ser ella misma para poder sobrevivir y sus padres junto con Robb habían muerto por culpa de ellos. Y sin embargo no odiaba al chico que estaba frente a ella. Los recuerdos que tenía de él eran lejanos y borrosos, pero le recordaba como un chico regordete siempre a la sombra de su hermano, un niño al fin y al cabo.

-          No tengo nada contra ti… disculpa – dijo alejándose lo más rápido de él.

“Lo siento Tommen, pero… tu madre. Es a ella a quien quiero ver muerta” Ese pensamiento obsesivo que creía olvidado y solo estaba dormido en su interior era lo único que la había permitido seguir con vida. Se alejo del león intentando controlar el temblor que le producía revivir aquellos recuerdos que creía ya olvidados ó al menos superados. Las muertes que provoco y ejecuto la manchaban las manos de sangre y todavía quería más, quería la de la leona. No la importaría provocar otra guerra si consiguiera matarla. “En el fondo eres nadie. Eres una asesina y Arya es tu fachada, tu mascara” le dijo una voz dentro de ella mientras intentaba escabullirse de la pista de baile. Ya no quería pensar así, no quería actuar así; estaba de vuelta con su familia y quería vivir con ellos, junto a ellos. No quería volver a estar sola.

Varios hombres a su alrededor intentaron detenerla con sonrisas y halagos, pero Arya simplemente negó con la cabeza. Dio vueltas a su alrededor intentando encontrar una salida que parecía no existir. Allá donde mirara solo veía gente extraña que la impedía pasar. Empezaba a agobiarse y a marearse, la angustia la asfixiaba por dentro hasta oprimirle el pecho. Demasiada gente, demasiado ruido, solo quería silencio, quería estar sola para pensar, quería…

-          Tranquila ya estoy aquí – susurro una voz sobre su cabeza mientras la abrazaba cubriéndola con todo su cuerpo.

Aquel calor que la reconfortaba… no la hacia falta mirarle para saber quien era. Allí sobre su pecho Arya se dejo caer tranquila mecida por los latidos de su corazón olvidándose del mundo que la rodeaba, olvidándose de todos y de todo. La música parecía lejana, no notaba a nadie más a su alrededor y el ruido de la gente dejo de molestarle. Solo escuchaba el tranquilo tic-tac del pecho de su hermano. Un sonido tan familiar que la adormecía los sentidos y dejaba su mente en blanco igual que cuando era pequeña.

A su mente llego el recuerdo de una noche de ventisca en la que Jon y ella se perdieron. Su padre y sus hermanos habían decidido ir a cazar aquella mañana y por primera vez en su vida la dejaron acompañarlos. Con Lady Catelyn y Sansa fuera visitando a unos conocidos su padre la permitió ir aquel día de cacería siempre y cuando prometiera obedecerle.

-          Si digo que se acabo la caza, se acabo. ¿Has comprendido? – le aviso. El hombre ya conocía el temperamento de su cachorra.

Llevaban toda la mañana sin encontrar un rastro bueno que seguir. Los perros olfateaban cada árbol y arbusto, pero nada. La mayoría de las presas eran animales pequeños e insignificantes que no merecían la pena. Al final de la mañana encontraron el rastro de una presa, un enorme jabalí de afilados colmillos, que se escapo cuando lo acorralaron contra un gran tocón podrido.

-          Señor el rastro es fresco pero… huele a nieve – le aviso el hombre que controlaba la jauría de perros.

-          Nos vamos a casa. – Eddard Stark era un hijo del norte y sabía cuando el clima era peligroso incluso para ellos.

Los hombres obedecieron de inmediato, pero Arya se resistía a marcharse tan cerca de la presa. La emoción de la caza se le había metido tan dentro que no quería abandonarla a la primera, sobretodo cuando tenían el premio tan cerca.

-          Pero papa todavía podemos cogerlo – se quejo. Montada sobre su caballo observaba disgustada como sus hermanos y los demás hombres obedecían a su padre y marchaban tras él.

-          Arya ¡vamos! – la ordeno Eddard pensando que su hija obedecería.

La niña disgustada salió corriendo justo para el lado contrario. Cargada con la lanza que Robb la había dejado y las flechas estaba decidida a cazar ella sola al jabalí. Acelero al caballo al escuchar tras ella los gritos de su padre y los hombres de este, estaba dispuesta a que la castigaran, pero cazaría a la bestia. “Es la primera vez que salgo de caza y puede que la última. Mama jamás me dejara salir de nuevo. Dirá que no es cosa de damas” pensó. Dejo de oír los gritos de su padre, pero seguía escuchando coces tras ella. Al darse la vuelta vio la cara de enfado de Jon que la perseguía acortando las distancias. Su rostro consiguió los que los gritos de su padre no hicieron, hacerla parar.

-          Jon yo… - intento explicarle cuando se acerco a ella.

-          Ahora no. tenemos que encontrar un lugar donde resguardarnos. Esta a punto de estallar la tormenta. – Jon estaba furioso, pero no serviría de nada gritarla, no cuando sus vidas estaban en peligro.

Jon agarro las riendas del caballo de Arya sin mirarla. Cabalgo despacio buscando algún refugio donde poder resguardarse. La nieve ligera que comenzó a caer por la tarde se convirtió rápidamente en una tormenta que borraba las siluetas del camino hasta hacerlas montones sin forma e irreconocibles. Desesperado Jon consiguió llegar hasta un saliente montañoso que usaban los viajeros y campesinos que se perdían. El hollín gris, el montón de leña intacto y las rocas heladas le decían que aquel sitio llevaba tiempo sin usarse. Jon bajo del caballo sin dirigirle la palabra a su hermana y encendió una hoguera. Miraba las llamas furioso por querer gritarle lo idiota que era, pero el sollozo que salió de los labios de la niña le hizo parar. Giro la cabeza y vio como las lagrimas se deslizaban por las mejillas de su hermanita. Un suspiro se escapo de sus labios y toda la rabia que sentía se evaporo en el acto, las lágrimas de Arya provocaban esa reacción en él.

-          Y ahora lloras. – El tono burlón de voz la molesto. Ella no era una niña de esas tontas que lloraban a todas horas.

-          No estoy llorando – le replico Arya intentado controlar los sollozos. Contra más se limpiaba las lágrimas más salían estas.

-          Anda ven. – Jon la bajo del caballo cogiéndola en brazos y la llevo a los más profundo del saliente donde el frío era menor. Cansado se sentó a su lado observando como los copos de nieve caían fuera rezando porque la tormenta pasara rápido.

-          Hace frio – se quejo al rato Arya sentándose de repente entre las piernas de Jon apoyando su cabeza en el pecho de su hermano y cubriéndolos con su propia capa. El silencio se apodero de ellos hasta que asustada volvió a hablar. – Padre se va enfadar ¿verdad?

-          Eres del norte. Lo aguantaras – le sonrió abrazándola con más fuerza. La sentía tan frágil entre sus brazos que deseaba protegerla incluso de la ira de su padre. – Pero ¿Por qué has salido corriendo?

-          Esta será la única cacería. Cuando venga madre me prohibirá salir con vosotros. Ella piensa que cazar no es de damas.

-          Arya – susurro Jon acomodándose junto a ella. Era tontería mentirle o enfadarse con ella. En el fondo sabía que la niña tenía razón. En cuanto volviera Lady Catelyn ya no podría salir de caza, su vida giraría en torno a Septa Mordanne y a las labores de las damas.

Arya se durmió arrullada por los rítmicos latidos del corazón de Jon soñando que al día siguiente cazarían a aquel enorme jabalí. Pero al día siguiente lo único que disfruto fue del castigo de su padre. Lord Eddard estaba tan enfadado que ni siquiera las palabras le salían. Miro a su hija una sola vez y Arya no pudo salir de su habitación durante toda la semana. Solo cuando Jon le explico que podían haber muerto de congelación sino llegaban a encontrar refugio fue que entendió a su padre.

La balada que tocaba la orquesta se metió en su cabeza trayéndola de nuevo a la realidad. Podía sentir a través del jubón los fuertes músculos de su hermano y el potente latido de su corazón que contestaba al suyo propio.

“No me importa si Cersei vive hasta los 90 años o muere en una sola y abandonada en una mazmorra. Me da igual si soy Arya Stark o una asesina sin rostro. No me importara nada siempre que él este a mi lado” pensó apoyando la cabeza sobre su pecho.

-          ¿Siempre estarás cuando te necesite? – susurro abrazándole con más fuerza.

-          Siempre – le contesto Jon acariciándola el rostro y apartando un mechón juguetón de sus ojos tras las oreja.

-          Me alegro… Jon ¡JON!. – No estaba segura de si había gritado o solamente lo creyó. La mueca de dolor en el rostro de su hermano casi la corta el aliento.

Los ojos sorprendidos e hinchados de Jon se buscaban el inicio de aquel dolor tocándose la pierna que le quemaba como lo siete infiernos. Intento hablarla para tranquilizarla, pero el dolor le supero. Sentía como iba perdiendo la consciencia hasta que no pudo sentir nada más. Arya consiguió sostener su cuerpo el tiempo suficiente hasta que el propio peso de él cayó sobre ella. De rodillas en el suelo no sabía que hacer. La gente bailaba a su alrededor distraídos con sus propios pensamientos y ella no era capaz de pensar con claridad. Bloqueada, tirada en el suelo, solo pudo pensar en que hacia una serpiente suelta deslizándose por allí y escabulléndose en la oscuridad. Al final su cuerpo reacciono antes que su mente y grito. Grito con todas sus fuerzas. No sabia que gritaba, ni lo que decía, pero se sentía mejor con cada grito.

Aegon apareció a su lado tapando con su sombra el cuerpo de Jon. Estaba a punto de preguntarla cuando vio el rostro pálido de su hermano.  

-          A su cuarto – les ordeno a los guardias allí presentes entre ellos al capitán, a Gendry. El caballero de una sola orden movió a todos sus compañeros para que cogieran al rey.

-          Lo siento – le susurro Gendry a Arya mientras salía por la puerta. Era la primera vez que veía en sus ojos el autentico miedo, ni siquiera mientras viajaron mostro nunca aquella mirada.

-          Arya conmigo – le ordeno Aegon.

Entumecida le siguió sin oponerse. Cruzo la sala tras él absorta en sus pensamientos. Miraba a su alrededor sin entender lo que pasaba. Los cuchicheos incompresibles, las miradas de temor y curiosidad, las palabras de consuelo que no llegaba a escuchar. Su mente seguía pensando en que hacia una serpiente suelta por la pista de baile. ¿Realmente existía o se la había imaginado? “Los ilusionistas, ellos habían llevado serpientes a la fiesta” Sus ojos se volvieron hacia atrás y vio que la caja de mimbre que habían traído ya no estaba. Solo quedaba aquel hombre de piel cobriza que miraba con temor a alguien entre la multitud. Arya siguió la mirada del hombre y la vio. Vestida de rosa y blanco con un millar del perlas cosidas en el vestido la dorniense estaba deslumbrante. Realmente Arya habría pensado que se veía hermosa, como una autentica reina, sino fuera porque Denis no dejaba de mirar angustiada a su alrededor. El labio la temblaba y unas pequeñas gotas de sudor perlaban su frente. Algo raro pasaba y ella no conseguía ver que era.

En silencio, Aegon la llevo por los pasillos de la fortaleza de Bastion Kar. A los lejos, los criados se apartaban apresuradamente cuando les veían pasar. Algo debían de ver en los ojos del rey como para que el miedo se reflejara en sus rostros. Atravesaron varios pasillos hasta llegar al campo de prácticas que ahora estaba vacio. El sonido de risas bañada en el alcohol les llego desde uno de los establos, algún mozo de cuadras habría conseguido un pellejo de vino y a una chica con la que celebrar el torneo. Frente a ellos, con la puerta abierta de par en par, la gran torre donde se encontraba la biblioteca, estaba la habitación del maestre y dormían los cuervos,se alzaba imponente a la luz de las antorchas. Desde el puente cubierto Arya pudo ver como varios hombres les miraban por un instante para luego volver a sus cosas. Aegon siguió avanzando dejándola unos pasos por detrás. Deseaba con todas sus fuerzas que el maestre siguiese despierto.

La biblioteca se encontraba prácticamente a oscuras a excepción de una pequeña vela cerca del ventanal. Entre el juego de luces y sombras Arya vio al mismo hombre que calculo las zancadas para la justa. El maestre, un anciano ya entrado en años, los miraba con aire tranquilo cerrando el libro de golpe que levantando una pequeña nube de polvo cuando Aegon se acerco a él. La cadena de su orden que llevaba al cuello tintineo cuando le señalo cortésmente el asiento de enfrente al rey.

-          Mi hermano esta inconsciente en su cuarto – le espeto sin más Aegon.

Sus ojos, sus manos, todos su cuerpo estaba en tensión cuando casi obligo al maestre a salir corriendo. El anciano andaba tan rápido tras él todo lo que sus frágiles piernas le permitían. Al llegar a la puerta de la habitación de Jon dos guardias les dejaron pasar inmediatamente. Arya entro sin ni siquiera mirar a Gendry. Temblaba como una hoja al ver que su hermano no había recuperado todavía la consciencia y su piel se volvía más pálida por momentos.

Con aire experto el maestre cogió la muñeca del rey y conto en voz baja el número de latidos. La mueca en sus labios no era buena señal. Noto como el cuerpo de cintura para abajo se iba poniendo cada vez más rígido. Preocupado le examino los ojos y no encontró ningún tipo de señal, parecía que dentro de ese cuerpo no hubiese nadie.

-          No entiendo que es lo que puede tener. ¿Quién ha estado con él?

-          Ha estado toda la noche conmigo en la mesa y después… - Aegon no sabía que había hecho después su hermano. Él estaba demasiado distraído cortejando a una de las doncellas de la Casa Umber con la que quería pasar la noche.

-          Ha estado bailando conmigo. – Arya se acerco hasta el lecho de su hermano para sostenerle la mano. La calidez que había sentido en ellas mientras bailaban se había evaporado.

-          Pues no lo entiendo. – Seguía diciendo el maestre. – Esa palidez, la rigidez… Padece todos los síntomas que provocaría un potente veneno, pero sin veneno.

“¿Quién querría envenenarte después de todo lo que has hecho por este reino? ¿Cómo te podrían haber envenenado?” Los ojos de Arya se abrieron de par en par al recordar como había visto a una serpiente deslizarse por la pista.

-          La serpiente… ha tenido que ser la serpiente – susurro casi para si misma insegura de sus propios pensamientos. – La serpiente le ha mordido. Es la única explicación – dijo mirando al rey. Aegon y el maestre la miraron sin entenderla.

-          Lady Arya no había serpientes sueltas por la sala. Los ilusionistas las tenían bien guardadas. Te lo aseguro – Aegon se acerco a ella intentando calmarla, pero ella retrocedió.

-          Te digo que vi una serpiente después de que Jon callera al suelo – repitió casi gritando. Poco la faltaba para perder los pocos modales que la vieja Septa le enseño.

-          Tranquila niña. Será mejor que vayas a descansar y nos deje el resto a nosotros – le aconsejo el maestre. “Esta traumatizada” Sabía por experiencia que las mujeres solían ser más sensibles cuando un ser querido yacía enfermo. Intento cogerla de la mano, pero la muchacha la quito.

Arya no podía creérselo. Nadie la hacia caso, nadie la escuchaba. Estaba segura de que había visto una serpiente y la miraban como si estuviese loca en vez de examinar el cuerpo de su hermano. Su vida dependía de ello y ninguno de los presentes la tomaba en serio, incluso Gendry se encogió de hombros cuando le miro en busca de ayuda. 

-          Bien – dijo enfadada empujando al rey de Dorne – si nadie me creéis tendré que demostrároslo. – Arya se acerco al cuerpo de su hermano. Recordó que antes de caer Jon se buscaba algo en la pierna, algo que le dolía. Iba a quitarle la bota cuando los guardias de su hermano por orden de Aegon la cogieron de los brazos.

-          Escoltadla hacia sus aposentos y custodiarla. No la dejéis salir hasta que se tranquilice. – Aegon sentía lastima por la ella, pero no podía hacer nada. La chica había perdido la razón al ver a su hermano así y tenía que evitar que se hiciera más daño.

Ni lo gritos, ni las patadas hicieron que los guardias la soltasen. Arya solo escuchaba las palabras “es por tu propio bien” pero en su mente solo podía pensar en Jon. Si nadie buscaba la mordedura moriría. Pensar en Jon muerto la congelo. Dejo de dar patadas y gritos y una angustia que no conocía hasta entonces la invadió. “No puede morir, no así” Al salir por la puerta vio a Gendry mirarla preocupado. Su rostro luchaba consigo mismo por mantener la calma y no ordenar que la soltasen. Los guardias fueron bajando con ella el primer tramo de escaleras. Al ver que la muchacha ya no se resistía y se dejaba llevar aflojaron el agarre. Nada más sentir esa sensación de libertad Arya se revolvió hasta dar una patada en la espinilla de uno de ellos. El hombre al sentir la primera punzada del dolor cayo al suelo tropezando con sus propios pies y arrastrando con él a su compañero. Trastabillando Arya consiguió librarse de aquellos guardias y corrió escalera arriba. 

-          Gendry por favor – suplico – mírale la pierna. Sabes que no estoy loca. Vi una serpiente. Te juro que la vi. – Arya cayó de rodillas antes de llegar a él. El dolor la recorrió como un latigazo mezclando el frío de la piedra con el calor punzante que vibraba en sus rodillas. Uno de los caballeros había subido corriendo tras ella y la agarro de la pierna justo en el último escalón.   

-          Maldita mocosa – se quejo el hombre en voz alta cargándola como si fuera un saco y bajándola.  

En el pasillo Gendry dudaba. Él no había visto la serpiente, nadie la había visto realmente, pero Arya tampoco le mentiría. Más inseguro de lo que quería aparentar entro en la habitación de Jon mientras el rey de Dorne y el maestre hablaban. Ambos dejaron la conversación cuando vieron al caballero entrar sin permiso hiendo directamente hacia el cuerpo de su señor. Sin previo aviso Gendry le quito las botas y busco las marcas de las que hablaba Arya.

-          Estáis loco, ser. – Aegon grito. No entendía como aquel simple caballero se atrevía a tratar así a su rey.

Ignorando los gritos Gendry siguió buscando sin encontrar nada. La piel de Jon parecía limpia a excepción de dos pequeños bultitos enrojecidos. “Y si es esto… ”

-          Lady Arya tenía razón, alteza. Ha sido una serpiente. No hay duda.

Gendry señalo las marcas. Un par de heridas minúsculas que apenas habían traspasado la piel. Aegon iba a decir que aquello no era nada cuando el caballero le entrego la bota. Dos pequeños agujeros del tamaño de una cabeza de alfiler coincidían con las heridas del rey.

-          Todavía no ha muerto porque el cuero ha impedido que el animal mordiera con más fuerza. – El maestre volvió a examinar los ojos de Jon con gesto crítico. – Señores sino encontramos a esa serpiente y la extraemos el veneno para hacer un antídoto… me temo que su alteza… morirá en menos de dos semanas. Un mes como mucho.

Usted debe login (registrarse) para comentar.