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Nieve por yuukychan

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Notas:

Perdon por la espera pero me ha sido imposible subirlo antes. Espero que os guste.

La habitación de Arya era un desastre cuando sus doncellas entraron para ayudarla a lavarse como cada mañana. Las cortinas rasgadas y la porcelana rota no era nada con la cantidad de cristales que se esparcían por la habitación. Sobre la cama Arya escondía la cabeza entre sus piernas. Se había pasado toda la noche llamando a gritos a los guardias para que la abrieran la puerta. Quería ir a buscar a la maldita serpiente para ayudar a Jon pero lo único que obtuvo fue un silencio desgarrador que la enloquecía. Poco antes del amanecer Gendry la había visitado. Tenía la esperanza de que con todos los hombres del castillo buscando a las serpientes alguno las encontrara, pero no…

-          Las serpientes… las hemos encontrado Arya, pero… están todas muertas. Los perros se han dado un festín con ellas.

Las palabras de esperanza que tenia para él murieron en su boca. Con un gesto de la cabeza Arya le pidió que saliera. No quería verle, ni a él ni a nadie; quería estar sola, a solas con sus pensamientos. Sentada sobre su cama recordaba una y otra vez a la maldita serpiente que se le escapo entre las manos. Si hubiese sido rápida como el agua como decía Sirio podría haberla cogido, pero no; en vez de eso se quedo allí, sentada, mirando como se escapaba. La rabia se apodero de ella recorriéndola cada fibra de cuerpo. Necesitaba hacer algo, necesitaba… Sin pensar en lo que hacia cogió las cortinas que cubrían la ventana y las rajo con sus propias manos. Aquello la reconforto. Encima de la mesa vio las tazas de porcelana, dos preciosas tazas blancas con florecillas rosas bordeándolas, y las tiró contra la pared para ver como esas flores se hacían añicos. Rasgo las sabanas de la cama y todo lo que encontró que podía romperse. Agotada callo en el montón de retales en los que había transformado la ropa y se quedo contemplando su propia imagen en el espejo de enfrente, al otro lado de la habitación. Despacio, torpe, se acerco hasta poder tocar su propio reflejo. Un rostro pálido con el pelo enmarañado, profundas ojeras y ojos enrojecidos le devolvían la mirada. “Si solo hubieses sido rápida como el agua” se dijo a si misma sintiendo el frio del cristal. Furiosa agarro el marco, una obra de arte labrado en plata y oro representado las ramas de una vid, y lo tiro violentamente contra el suelo. Miles de cristales salieron disparados esparciéndose por todo el suelo de la habitación. Al volver hacia la cama fue dejando un pequeño recorrido de pisadas de sangre al clavarse una pequeña esquirla en el pie.

Al alba las dos doncellas de Arya entraron con cuidado procurando no pisar allá donde veían cristales. El ruido de un cristal haciéndose todavía más añicos las paralizaba unos instantes. Cuando por fin llegaron hasta la cama intentaron hablar con la dama, pero la muchacha solo las hizo un gesto para que se fueran.

-          Señora no podemos dejarla así – susurro Mary.

-          Además esta herida. – Serein no espero ningún tipo de respuesta sino que la cogió el pie casi a la fuerza para ver la profundidad de la herida.

Arya observo en silencio a las muchachas. Mary se empeño en limpiar todo el suelo de cristales a pesar de que ella se lo prohibiese mientras que Serein la limpiaba la herida. El corte no era profundo pero si sangraba bastante. Con un trozo de los retales, Arya no sabía si era parte de las sabanas de la cama o de las cortinas o de algún vestido, pero la doncella la vendo el pie con bastante maestría.

“De que me vale que me curen el pie o limpien la habitación. Jon va a morir. – Arya meneo la cabeza para evitar que las lágrimas salieran. No quería llorar. No quería ser débil. – Por mi culpa. Por no ser capaz de reaccionar a tiempo. Tenía que haber cogido a esa maldita serpiente y no lo hice. Y por ello… ”

La madera de la cama crujió cuando se levanto y salió de la habitación sin hacer caso de los consejos de las chicas de que durmiera o se aseara. Serein intento detenerla en el pasillo cogiéndola del brazo con dureza, clavándole los dedos como si fueran garras. Estaba cansada de las damas consentidas que creían poder hacer todo lo que les viniera en gana, pero el gesto brusco y la mirada que le dirigió la muchacha la hizo soltarla de inmediato. Aquellos ojos grises cargados de ira la hicieron temblar como solo lo había conseguido hacer la guerra. No veía ante sí una dama, veía a un monstruo. 

Dentro de la habitación Mary barría como podía las esquirlas del suelo tarareando una cancioncilla infantil que había escuchado a los niños del pueblo. Ver el amasijo de retales que fueron los vestidos de la señora la molestaba. Se lamentaba más por aquel destrozo que por cualquier otra cosa que hubiera en la habitación. Suspiro cansada y miro a su alrededor; todavía seguía sola.

-          ¿Señora? – pregunto insegura asomándose al pasillo. El silencio fue la única respuesta que obtuvo. Sentada en la escalera vio las formas desfiguradas de una mujer encogida. – Serein estas bien. – Mary se acerco hasta ella dejando la escoba apoyada en la pared. Cuando poso la mano sobre el hombro de su amiga noto como esta temblaba de forma incontrolada.

-          Es… peligrosa, muy peligrosa – consiguió susurrar la doncella cuando su cuerpo dejo de temblar. Aquellos ojos la habían echo recordar momentos de su vida que quería olvidar: la guerra, la violación… el dolor.

Cansada y entumecida Arya camino por el pasillo cojeando por la herida, sintiendo como todos los ojos se clavaban en ella. No la importaba. Era consciente de sus pelos desmarañados y su semidesnudez. El camisón no dejaba ver nada, pero tampoco era muy grueso e ir descalza no ayudaba; podía sentir las oleadas de frio que la recorrían desde los pies hasta la punta de los dedos de la mano. Los criados al verla se apartaban y bajaban la mirada evitando cualquier contacto con ella, ninguno se atrevería a decir nada a la hermana del rey del norte. Arya salió hacia el patio donde estaba la torre de Jon. El ruido de las espadas se coló en su mente y busco de forma inconsciente a Aguja, pero la había dejado en su habitación. Sansa la había repetido hasta la saciedad que las damas no llevan espadas. “No quiero ser una dama, quiero ser alguien capaz de proteger a los que me rodean” pensó apretando los puños hasta sentir como las uñas se clavaban en la piel.

Varios caballeros de Lord Karstark que practicaban con las espadas a esas horas de la mañana la miraron intrigados, pero ninguno intento hacerla volver a su cuarto. Todo el castillo se había enterado de lo sucedido al rey, a nadie le extrañaba el comportamiento de la muchacha.

-          La locura se ha apoderado de ella. A mi hermana también la paso cuando su marido murió en la guerra – oyó que decía uno de los hombres. El más alto de todos que llevaba una enorme espada y la miraba con pena. Arya no iba a quitarle de su error, al menos así nadie la molestaba.

La torre donde dormía Jon era la más alta de la fortaleza aislada en el centro de la misma. En ella se encontraban las habitaciones de los reyes cuando iban de visita y las del mismo Lord Karstark. Las piedras grises que la formaba estaban tan desgastadas por el tiempo que en algunos lados se podía apreciar donde un nuevo constructor había puesto su granito de arena en la historia de Bastion Kar. La torre subía hasta acabar abruptamente en un mirador desde donde se podía ver un buen trecho del camino real. En el medio un enorme capitel se alzaba majestuoso con la bandera de los Karstak ondeando al viento. Arya se alegraba de ver aquel pedazo de tela, significa que Jon todavía seguía vivo. Si la bandera se bajase o se pusiera la de los Stark significaría que la fortaleza estaba de luto por el rey.

Ante las puertas de Jon dos caballeros juramentados de su hermano montaban guardia sin apartar la vista de la pared. Walas piedra y Ethan Tarth habían sido de los primeros en unirse a la guardia del rey del norte. Ninguno de ellos era norteño y jamás habían ansiado vivir en el norte, pero durante la guerra Jon les salvo la vida cuando no era más que un simple guerrero al servicio de una reina desconocida.

Walas, un bastardo del nido de águilas, era un hombre robusto y musculoso que pasó casi toda su infancia trabajando en las canteras con su padre adoptivo. Aquel duro trabajo le había proporcionado unos músculos tan fuertes como los de un herrero y una gran ventaja a la hora de asediar ciudades. Conocía las piedras tan bien como un panadero conocía las cantidades exactas de trigo y levadura para hacer pan; sabía en que punto de la fortaleza una zona de la muralla era más débil que en otra y donde con un simple ariete y un poco de presión la muralla caería en cuestión de segundos. Cuando la guerra estallo quiso probar fortuna como el resto de los niños del verano, aunque la Casa Arryn no participara en las batallas. Tras meses y meses de guerra pasando hambre, dolor y viendo como amigos que conocía desde la niñez caían uno por uno mientras que los nobles seguían bebiendo vino, comiendo cerdo y sobreviviendo a base de rescates que salían del dinero con el que alimentar a las tropas, decidió que la reina Targaryan era su mejor futuro. Conoció a Jon en la enfermería cuando no era más que un simple soldado y rápidamente hicieron buenas migas. Ambos bastardos, ambos traicionados, ambos buscaban un futuro mejor… y lo consiguieron. Su padrastro sonrió el día que el rey le puso la capa de su guardia. “Debes sentirte orgulloso. ¿Cuántos bastardos han podido presumir de contar con el favor de un rey?” le dijo el día que le invito a su primera y última cerveza antes de partir de nuevo hacia el Valle de Arryn.

Ethan Tarth era uno de los muchos sobrinos que tenía Lord Selwyn de Tarth, también apodado el lucero de la tarde. Como su padre y su tío, era de constitución ancha, musculosa y esbelta, aunque no tan alto como su prima Brienne. Siendo el menor de todos sus hermanos no tendría nada que heredar cuando muriese su padre por lo que decidió probar su valía en la guerra luchando junto a su tío y el entonces rey Renly Baratheon. Tras la muerte de esté, Altojardín se unió a los Lannister y la casa Tarth les siguió. Los meses de guerra no le importaban, le gustaba luchar y manejar la espada. Quien se sentara en el trono de hierro le daba igual hasta que los Lannister mataron a la muchacha con la que pensaba casarse. No era más que una simple lechera de rostro angelical, tan rubia como el trigo maduro en verano y con unos ojos tan azules como los del mar. No poseía nada a excepción de una simple vaca esquelética que le daba el sustento para vivir. Un matrimonio así jamás se lo hubieran permitido de haber tenido una oportunidad en la línea de sucesión de la Casa Tarht. Pero en uno de los saqueos el caballero al que llamaban “la montaña” arraso toda la aldea donde la chica vivía hasta que él fuera a buscarla. Acudió al rey Joffrey buscando justicia y lo único que consiguió fue la señal que le recorría el ojo izquierdo desde el pómulo hasta la ceja. Todavía le picaba la herida cuando se acordaba de cómo aquellos arrogantes y petulantes capas blancas le apresaron solo para que el niño rey le pudiera hacer aquello en el salón real, delante de toda la corte. La sangre que manaba de la herida abierta le hacia casi imposible ver, solo podía distinguir las risas de ese mocoso rodeado de todas aquellas calaveras de dragón. “Que me vas a exigir ahora” escucho como se mofaba de él respaldado por las risas de aquellos aduladores. Fue en ese momento en que decidió servir a la nueva reina, quería ver la cabeza de aquel monstruo clavada en una pica hasta que la sonrisa de su rostro desapareciera para siempre carcomida por los cuervos.

Ambos caballeros se apartaron a la vez para dejar pasar a Arya. Las palabras sobraban cuando aquellos ojos grises les miraron, primero a uno y luego al otro. De no ser porque la miraron de arriba abajo y vieron lo frágil que era hubieran jurado que aquellos ojos pertenecían a un demonio recién salido de los siete infiernos.

Las bisagras de hierro de la puerta rechinaron al abrirse. Dentro de la habitación las cortinas estaban echadas. La negrura era total, ni velas, ni un triste rayo de sol, nada; solo oscuridad. Una oscuridad densa e imperturbable que envolvía a Jon en ella aunque no podía ocultar su respiración. El silbido estridente que hacia con la nariz iba guiando a Arya a través de la penumbra del cuarto. Camino por el frio suelo de piedra hasta sentir la cálida alfombra de pelo bajo sus pies. Iba distraída, ansiosa por llegar a la cama de su hermano y ver como estaba, más pendiente de llegar cuanto antes a él que por las formas inconexas que la rodeaban y envolvían. Recordaba vagamente la habitación de la noche anterior, sabía que había una mesa pequeña en algún lado del centro con la enorme capa de su hermano de piel de lobo; aunque no estaba segura en donde exactamente, un enorme armario de roble pintado de rojo con soles blancos estaba casi al otro lado de la estancia y una estantería que quedaba cerca de la ventana junto a otra mesa y un par de sillas. Soltó una maldición entre dientes al darse con la esquina de la mesa cuadrada que casi la tira al suelo. De no ser porque estaba en el cuarto de Jon ya la habría hecho trizas para sentirse a gusto.

Por fin llego junto a la cama del rey y busco por la mesa de noche una vela. Necesitaba ver a su hermano, lo necesitaba y a la vez aquella sensación de miedo la oprimía el pecho. Consiguió encender una vela ya utilizada que estaba por la mitad y la dejo sobre la mesa. “Jon… yo… necesito verte” se dijo a si misma intentando controlar el sollozo que amenazaba con salir. Su corazón latía deprisa y sus manos temblaban tanto como la débil llama cuando la acerco al rostro de su hermano. La leve luz que desprendía la llama ilumino el ceniciento rostro de Jon haciendo que pequeñas lágrimas se escapasen de los ojos de Arya limpiándoselas con brusquedad. Nunca había visto a su hermano tan débil e indefenso y aquello no era más que el principio. Sin las serpientes no se podía hacer el antídoto y sin esté… Arya no quería pensar más allá, si lo hacia se derrumbaría. Lloraría como una niña pequeña y no quería, no podía demostrar debilidad, ella no. Era una Stark, una loba y una asesina; no una muchachita idiota e indefensa.

-          Pero aquí no me vale de nada mi valentía, ni mis agallas. Si alguien me dijera que es capaz de salvarte le entregaría mi vida gustosa al Dios de la muerte sin dudarlo – le susurro agarrando su mano entre las suyas. Estaba fría y rígida, pero entre las suyas parecía coger algo de su calor. – No puedes morir Jon. No puedes volver a dejarme otra vez. Ya lo hiciste hace 5 años idiota; no puedes volver a hacerlo.

 

El chirrido de la puerta la despertó, Arya no supo en que momento se quedo dormida y si aquel sonido era real o lo había soñado. Estaba sentada en la alfombra apoyada sobre la cama de Jon sosteniéndole todavía la mano. Sobre ella tenía la capa de piel de lobo que el rey había usado durante el torneo. “Alguna doncella” pensó somnolienta restregándose los ojos. Miro a su alrededor, pero seguía estando a solas con su hermano, aunque las cortinas las habían abierto. Al moverse la capa se escurrió de sus hombros y el dolor le recorrió el cuerpo como si hubiese estado entrenando durante horas los ejercicios del hombre bondadoso; sentía la mano agarrotada por no haber cambiado de postura y los músculos entumecidos y rígidos. Las voces del otro hijo de Rhaegal y del maestre se oían vagamente con la puerta abierta aunque cada vez se iban acercando más.

“Entonces no lo he soñado. – Arya se quedo en silencio con los ojos cerrados fingiendo dormir mientras los pasos de ambos hombres se oían ya en la habitación. – Será mejor que piensen que duermo para que me dejen en paz. – Estaba segura de que si aquellos hombres la veían despierta intentarían mandarla a su habitación, o a lo que quedaba de ella si es que había dejado algún mueble”

-          Alteza es posible que exista otro remedio… Mire – se interrumpió – la dama no ha huido, está aquí. – La voz de maestre sonaba aliviada al acercarse a la muchacha.

-          Maldita sea. – Aegon volvió hacia la puerta y ordeno al guardia que avisase al resto. Había dado orden de buscar a la chica por el bosque pensando que se había escapado. – Lady Arya esta sana y salva avisad al resto. – Los ruidos metálicos de armadura se perdieron escaleras abajo. Al volverse y ver que Arya estaba bien se dirigió directamente al maestre. - ¿Cuál es el otro remedio? Hablad.

-          Alteza ha oído alguna vez la leyenda de las rosas azules. – El rey asintió. – Se dice que al otro lado del muro hay otras rosas azules, más azules que las que nacen aquí, son tan azules como el hielo, casi cristalinas. La leyenda dice que los Otros las cultivan y son capaces de devolverle la vida a los muertos porque se crean a partir de vida. Cada vez que uno de los Otros despierta, la esencia de su antigua humanidad, su último halito de vida queda encerrada en esas rosas por así decirlo. Pero nadie sabe si es la leyenda es cierta o es eso… una leyenda.

-          Lo averiguare yo mismo. – La capa de terciopelo azul cielo de Aegon ondeo cuando hizo el ademan de marcharse. Estaba dispuesto a encontrar aquellas rosas pero el carraspeo del maestre le paro en seco. Aquella forma de ser de los ancianos le sacaba de sus casillas. – Id al grano – ordeno sin darse la vuelta.

-          Sabéis que no podéis ir Alteza – le dijo el maestre cansado mientras se sentaba en una de las sillas cerca de la ventana. La mirada furiosa que le dedico el rey al volverse no le atemorizaba; era un signo más de aquellos que sufrían por un familiar, pero aun así debía darle una explicación para tranquilizarle, era lo que hacían los maestres. – Sois consciente, al igual que todos en vuestros reinos, que si Jon…

-          ¡El rey Jon! – vocifero Aegon. – No esta muerto y sigue siendo vuestro rey, no lo olvidéis.

-          Perdón, alteza – se disculpo el maestre. – Que si el rey Jon muere usted será el único que podrá perpetuar el linaje de los Targaryan.

-          Me esta diciendo que tengo que dejar morir a mi hermano, viejo.

La sonrisa triste que le dedico el anciano era su única respuesta. Aegon salió furioso de la habitación antes de cometer una locura. Sentía la ira y la rabia recorrer su cuerpo como el veneno recorría el cuerpo de su hermano. No podía hacer nada por él, aunque intentara ir al norte se lo impedirían y no solo un reino, sino siete. Si mandaba gente en busca de aquella planta no sabía si volverían con vida ni si conseguirían llegar a tiempo. La guardia de la noche había prosperado, pero más allá de muro seguía habiendo cosas a las que los hombres no podían hacerles frente.

 

Después de que el maestre saliera poco más tarde que el rey sureño Arya se levanto. Leyenda o no estaba dispuesta a arriesgar su vida averiguando si aquel remedio existía. Despacio camino de vuelta a su habitación; si iba a salir en busca de aquella flor necesitaría a Aguja además de unas cuantas cosas más. Todo el mundo estaba demasiado distraído y pendiente de su hermano por lo que salir del castillo no sería complicado si sabía a que horas escabullirse. Su cuarto estaba más vacio después de haber destrozado la ropa y algunos muebles pero las doncellas que la servían lo limpiaron a conciencia. No quedaba en el suelo ni rastro de una sola esquirla del espejo, ni de un jirón de ropa. Aguja seguía en su sitio, enfundada en su suave vaina de cuero al lado de su cama. Entre las pocas prendas que quedaban en el armario había un par de pantalones de lana vasta y cuero reforzado que le servirían al otro lado del muro o por lo menos hasta que encontrara algo mejor. La capa de piel de lobo que le habían regalado para asistir al torneo era preciosa, pero los lobos del sur no abrigaban tanto como los del norte y si iba con esa capa se congelaría. Para su suerte sabía que Lord Karstark tenía una capa de piel de Marta que la abrigaría más que cualquier otra prenda que encontrase en el armario.

De uno de los cajones Arya saco el saquito de monedas de oro que traía desde Braavos. Durante sus años de asesina jamás había tenido dinero, todo lo que recibía se lo daba al hombre bondadoso y a la hermandad, pero al marcharse obligada por el hombre que la acogió la dio aquella bolsita casi intacta. Solo unas pocas monedas habían acabado en las manos de los marineros que la trajeron y solo porque casi mata a uno de ellos al intentar despertarla.

Sopeso la bolsa entre sus manos. Como mínimo tendría una pequeña fortuna.

-          Más que suficiente para comprar un caballo y lo que necesite en alguna aldea o ciudad. Jon siempre hablaba de una villa que se encontraba bajo tierra muy cerca del muro y que siempre tenía de todo.

Con aire crítico se asomo a la ventana. Todavía faltaban unas cuantas horas hasta que el sol desapareciera del todo por el horizonte. No podía salir antes si quería evitar a los hombres de su hermano y de Lord Karstark y el cambio de guardia se hacia a medianoche.

 

Aquella noche era perfecta para Arya. No había ni luna ni estrellas, todo el cielo nocturno estaba escondido tras unas densas nubes que la protegerían de las miradas de los vigilantes. Atravesó el pasillo sin hacer ruido tan sigilosa como una sombra como le había enseñado Sirio años atrás. Llego hasta la entrada del patio donde los caballeros entrenaban por las mañanas sin que nadie la descubriera. Cerca de ella escucho las voces de soldados y se escondió rápidamente en los establos. Los hombres iban alejándose hacia la otra parte de la fortaleza murmurando sobre la salud de Jon y lo poco que le quedaba de vida. “Se curara y cuando lo haga os daré una patada en la boca por imbéciles” se dijo mordiéndose el labio. La rabia que le produjeron aquellos comentarios la guardo lo más adentro posible de ella; no podía distraerse con aquellas tonterías si quería salir de allí. Estaba a punto de salir cuando la silueta de una persona paso volando ante sus ojos. Iba cubierta con una capa marrón y se tapaba el rostro con la capucha. Arya no le habría dado más importancia que a cualquier otro si no fuera porque iban en la misma dirección. ¿Quién aparte de los criados querría escabullirse a esas horas?

La puerta trasera que daba directamente al bosque se encontraba abierta para cuando Arya llego. El ruido de voces al otro lado la hizo pararse en seco. Fuera quien fuera no querían que nadie en la fortaleza les escuchara hablar, pero no contaban con ella. El aullido de un lobo a lo lejos se confundió con el nombre del hombre, pero lo demás si lo pudo escuchar. Pegada al muro podía oír la voz familiar de una mujer y el tono miedoso que se dejaba entrever en su prepotente voz.

-          Debes alejarte y rápido – oyó que decía preocupada. – Los guardias ya empiezan hacer preguntas y no tardaran en atar cabos. Y si no ellos, las zorras de Dorne lo harán. Cualquiera de esas desgraciadas me vendería por poder estar más cerca del rey.

-          ¿Mi señora?

-          Si alguien descubre que fui yo quien metió una serpiente venenosa entre las inofensivas nos cortaran la cabeza por traición y la Casa Fowler caerá en desgracia.

-          Puede decir que fue un accidente.

-          Accidente, claro que fue un accidente – se rio histéricamente la mujer. – Lo que no era un accidente era intentar matar a la prima del rey. Esa maldita mocosa se libro en el último momento. Ahora márchate antes de que alguien te vea. Si tu no estas el rey Aegon no podrá pedir explicaciones a nadie.

El ruido de pisadas alerto a Arya pero no se movió. Quieta, frente a la puerta, espero a que la dorniense entrara. No estaba segura de si la permitiría hablar o sus manos hablarían por ella. La rabia, el dolor, el miedo… sentía tantas emociones que no podía decir solo una. Jamás hubiera pensado que una simple y banal discusión en las gradas del torneo pudiera haber hecho que aquella mujer la odiase tanto. “Y por ello Jon lo está pagando” pensó angustiada clavándose las uñas en las palmas de las manos. Si no lograba controlarse podía llegar a cometer una locura.

Denis se estaba cubriendo el rostro cuando vio la sombra de aquella figura al otro lado del umbral de la puerta. La capa marrón no la haría desaparecer delante de esa chica.

-          ¿Qué haces aquí? – La prepotencia de su voz no podía ocultar el miedo que subyacía debajo. Algo en la postura de la chica la decía que había escuchado toda la conversación.

-          ¿Tu que crees?. – Arya se llevo las manos un instante a la espada iba a desenfundarla, pero luego cambio de idea. Denis tembló cuando vio el arma colgada de la cintura.

-          Fue un accidente… - intento explicarse.

-          Un accidente ya que la victima era yo ¿no? – la interrumpió. Arya sonrió mientras se acercaba unos centímetros más a la dorniense mientras está intentaba retroceder. El bosque detrás de ella sería un buen cementerio para esa mujer, pero no la habían adiestrado así. La muerte se paga con muerte y Jon seguía vivo, al menos por el momento. Por precaución para que la mujer no corriera, silbo tres notas y una mancha negra apareció tras Denis – Si huyes mi amiga te matara. Una orden y al alba solo quedara de ti los huesos carcomidos que mi loba te deje – la amenazo.

Las enormes fauces de Nymeria se abrieron de par en par mientras se acercaba a ella enseñando unos colmillos tan puntiagudos que hicieron temblar a la mujer hasta que callo de rodillas.

-          ¿Qué vais hacer conmigo? – consiguió decir sin apenas despegar la vista del suelo.

-          Nada – silencio. – Nada mientras mi hermano siga vivo. Pero reza a todos tus dioses para que te protejan si llega a morir porque te juro que no me importara donde estés o cuantos soldados y caballeros te protejan… te matare lenta y dolorosamente hasta que me supliques acabar con el dolor. – Arya se acerco a su rostro y casi pudo oler el miedo. Cerca de su oído la susurro aquellas palabras que en Braavos y parte del mundo conocido helaban la sangre a cualquier hombre. – Valar morghulis, Lady Denis de la Casa Fowler.

Denis alzo los ojos al oír aquellas palabras. No conocía de ninguna dama que hablase de esa manera y muchos menos una muchacha tan joven. Los ojos que le devolvían la mirada no eran los mismos que había conocido durante el torneo. No había en ellos ni rastro de piedad o perdón, eran dos esferas grises que helaban la sangre y paralizaban el corazón. No podía seguir mirándolos sin sentir como algo la oprimía por dentro y la asfixiaba. “Miedo” le dijo una voz dentro de su cabeza. Incapaz de decir nada bajo la mirada. Arya pasó por su lado seguida de la loba que se paro a su lado para olisquearla. La nariz fría del animal la inquieto haciendo que el corazón latiera más rápido.

-          Nymeria ya tiene tu olor. Jamás podrás esconderte así que yo que tú comenzaría a rezar. – Estaba a punto de macharse pero se dio la vuelta. – Como digas una sola palabra de esta conversación… no me hará falta repetírtelo.

 

El camino de vuelta a su habitación fue como un sueño; el temor que sentía había adormecido el resto de sus sentidos. Denis camino a través de los oscuros pasillos hasta su alcoba sin encontrarse con nadie, ni criados ni guardias que la preguntasen de donde venia a esas horas. El silencio que reinaba en la fortaleza la ponía los pelos de punta, como si el castillo guardara el secreto de la hermana del rey. El chirrido de la puerta de su habitación rompió el silencio de sus propios pensamientos. Miro a su alrededor buscando a sus doncellas. Nadie. Solo unas frías brasas le daban la bienvenida a sus pies helados. No fue hasta que se sentó en la cama que noto como su cuerpo tiritaba a causa del frio, y de algo más…

“A lo mejor muere. No sería la primera persona que muere en los caminos ó allá donde vaya. Y el rey Aegon no sabe nada, no puede preguntarme nada. – Denis camino de un lado para otro de su alcoba intentando que el calor de aquellos pensamientos se extendiera por su cuerpo. Pero nada. Pensar en la muerte de Arya no la ayudaba a tranquilizarse. Aquellos ojos sin expresión los tenía grabados a fuego en la mente. – Pero ¿y sin no muere? ¿Y si el que muere es…? No me quedare aquí para averiguarlo”

-          Maika – grito. – Sandy.

De una pequeña habitación al lado de la suya salieron dos mujeres entradas en la treintena. Descalzas, con el pelo alborotado y vestidas únicamente con el camisón de lana miraban con hosquedad disimulada a su señora, aquellas no eran horas.

-          ¿Señora? – pregunto una de ellas tapándose inmediatamente la boca para evitar un bostezo. El pelo negro azabache iba recogido en un sencillo moño algo despeinado por haber estado durmiendo.

-          Maika recoge mis perfumes y mis vestidos; Sandy tú… - Miro a la muchacha rubia del color de la paja. El vestido, la cara, no podía enviarla así a ningún lado. – Vístete y aséate, luego llama a nuestros caballeros. Diles que deseo partir tan pronto como tenga recogido mis cosas. – “No pienso quedarme a esperar que esa loca regrese o el rey muera” Al volverse vio que sus doncellas seguían quietas en el sitio mirándose la una a la otra como dos estatuas. – A que estáis esperando par de estúpidas. ¡Deprisa! – las grito.

-          Si, señora – respondieron ambas mujeres al unisonó.

 

Denis se sirvió una copa de vino endulzado esperando calmar los nervios. Asomada a la ventana mientras su doncella recogía todo lo deprisa que podía distinguía el perfil de su otra criada. Envuelta en una capa corría por el patio en dirección a las habitaciones de sus hombres. Toda la guardia dorniense, sin importar a la casa que servía, había sido instalada en los cuartos delanteros de la fortaleza de Bastion Kar, mientras que los hombres del rey y algunas otras casas norteñas habían sido instaladas en las dependencias interiores. Aquello la había parecido una ofensa, aunque ahora lo agradecía; cuantos menos personas supieran de su salida, menos explicaciones tendría que dar. Sus hombres no tardarían en levantarse maldiciendo su nombre, aunque obedecerían; conocían su temperamento y lo peligrosa que podía ser; no por algo la Casa Fowler era de las más antiguas y temidas.

La noche seguía siendo oscura, faltaban horas para el amanecer. Con suerte para cuando los primeros rayos despuntaran ella ya estaría en el camino real de vuelta a su hogar, de vuelta a la seguridad de sus paredes y sus guardias. “No importa donde estés o todos los soldados y caballeros que te protejan” habían sido las palabras de Arya, pero una sola muchacha no podría contra los centenares de hombres que trabajaban para su casa.

-          Y si es necesario contratare más – susurro mordiéndose la uña como hacia cuando de pequeña tenía miedo. Maika alzo la cabeza de sus quehaceres y se encontró con los ojos atemorizados de la dama.

-          ¿Señora le sucede algo? – Denis la miro sin entender hasta que vio el desastre que había hecho a su uña.

-          Deja de perder el tiempo, estúpida. Y sigue trabajando – le ordeno dándole la espalda.

No permitiría que una simple criada viera en ella algún signo de debilidad. Era una Fowler, la legitima heredera de una de las casas más antiguas y prosperas de Dorne. Su riqueza era casi comparable a la de los Lannister y entre sus antepasados se contaban tantas reinas y amantes que habían aconsejado a los grandes reyes de la edad de los héroes como en la misma casa Martell. Nadie podía verla humillada. Nadie podía verla débil.

La puerta se abrió chirriando con cuidado. Sandy entro intentando hacer el menor ruido seguida del capitán de la guardia de la Casa Fowler. El hombre vestido totalmente con una armadura de placas de cobre y una capa amarilla con una serpiente bordada esperaba junto a la puerta. Tras él dos mozos de cuadras de ojos somnolientos intercambiaban miradas sin saber que hacían allí a esas horas.

-          Todo esta listo, mi señora. El carruaje os espera – le comunico Sandy.

-          Llevad mi baúl. Deprisa – ordeno. A un gesto del capitán ambos mozos agarraron el pesado baúl y lo arrastraron escaleras abajo. Al pasar por su lado el caballero la cogió con delicadeza del brazo.

-          Puedo preguntar…

-          No. No podéis, Ser – le interrumpió Denis soltándose bruscamente y siguiendo a los mozos.

-          ¿Alguna sabe a que se debe esto?. – Los ojos negros como la noche del capitán se clavaron en los de las mujeres.

-          Ni idea, ser. Solo no has dicho que quería partir – respondió Maika recogiendo sus propias cosas.

El caballero miro preocupado el hueco vacio dejado por su señora. Cualquiera que viese aquella reacción, aquellas prisas por abandonar el norte pensaría que su dama tenía algo que ocultar. La desaparición del guardia personal de Lady Denis y después aquella salida tan impetuosa…

-          Afortunadamente ya no has interrogado los hombres del rey Jon – se dijo aliviado mirando las escaleras. – De todas maneras… dejaré recado de nuestra salida. Id con vuestra señora, no tardare en reunirme con ustedes. – “Alguno de los guardias del rey norteño tiene que estar despierto”

 

A oscuras frente a la habitación de Jon dos caballeros vestidos de arriba abajo con la armadura de la casa Stark, gris sobre blanco, hacían guardia. Otro hombre sin armadura sentado contra la pared parecía descansar bajo su capa; nadie se habría dado cuenta del peligroso filo que asomaba bajo la ropas dispuesto a blandirse en cualquier momento. El sonido de unas pisadas subiendo por las escaleras retumbo en el suelo de piedra poniendo a todos los hombres a la defensiva. El cambio de turno no se realizaría hasta el alba y la delicada salud del rey les hacia desconfiar.

-          Alto. Quien va. Identifíquese – grito uno de ellos con la mano en la empuñadura de la espada.

El ruido de pasos paro justo ante las escaleras. La luz de una antorcha ilumino tenuemente la imagen de una serpiente que se ondeaba mecida con las corrientes de aire.

-          Ser Isawe, capitán de la Casa Fowler. Vengo a comunicar que mi señora se marcha inmediatamente a Dorne – dijo con voz ronca.

-          No puede marcharse nadie. Es una orden del rey. Vuela a su habitación si no quiere… - El guardia no acabo la amenaza. La mano en la empuñadura y el brillo de la espada hablaban por si solas.

-          Tranquilo, Ser – le calmo la voz de hombre sentado contra la pared. – La casa Fowler ya ha sido interrogada. Podéis marcharon cuando queráis, caballero – dijo poniéndose en pie.

-          Gracias, Ser Gendry – se despidió el dorniense aliviado de poder marcharse. Deseaba volver cuanto antes a Dorne, con su mujer y sus hijos; con su sol y su arena. “Para los norteños su norte” pensó bajando las escaleras tan rápido como su armadura se lo permitía.

 

Más tranquilo al saber que sus hombres aguantarían la noche Gendry se marcho a su habitación. El camino silencioso y frio de la fortaleza a esas horas le producía escalofríos, le recordaba a Harrenhal de algún modo. Aquel lugar solo era habitado por las almas que entre sus paredes perdieron la vida. Un lugar maldito al que no había vuelto desde que lo abandonara con Arya y Pastel caliente a pesar de que varios nobles se ha´bian hecho cargo de devolverle su antiguo esplendo.

-          Los fantasmas son los únicos que deberían estar en ese lugar – le dijo a Jon el día que le propuso entregarle Harrenhal como dote si se casaba.

Al doblar la esquina escucho un par de suaves voces femeninas saliendo de las cocinas. Habría pasado de largo sin darles mayor importancia, podrían ser cualquiera de las damas que habían asistido al torneo o incluso alguna criada que venia de una escapadita nocturna, pero el miedo en la voz y el nombre que susurraron le hizo pararse en seco.

-          Tranquilízate, Mary. Puede estar dando un paseo o en la habitación de su hermano.

-          No está. Lady Arya no esta. La he buscado por todas partes. Ella y su loba han desaparecido. Lo único que ha dejado en su habitación son un par de monedas con una notita con nuestros nombres. – Los sollozos de Mary ahogaron las palabras de Serein.

La chica comprendía su temor. Ellas eran las responsables de atender a la dama e incluso vigilarla si era el caso y habían fracasado. El accidente del rey Jon había sumido a la fortaleza en un continuo ir y venir de chismorreos que tenía a todos los criados paralizados.

-          Cálmate – la golpeo suavemente en el hombro. – Los hombres la encontraran si se ha escapado.

Notas finales:

Bueno y hasta aquí el capitulo de hoy XD

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