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Nieve por yuukychan

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Notas:

Nuevo capitulo ya me direis

La noche era fría y las nubes traían consigo una fuerte ventisca que caía sin cesar golpeándola el rostro igual que un latigazo golpearía a un esclavo. Alrededor todo se iba cubriendo de un manto blanco que ocultaba bajo su nieve las formas del conocido bosque que tantas veces Arya recorrió en su niñez con sus hermanos y su padre. En otro momento se habría parado a disfrutar de aquellos recuerdos que tanto tiempo se vio obligada a reprimir, pero ni el tiempo ni el lugar la acompañaban. Tenía que aprovechar que sus huellas y las de Nymeria se borrarían por la mañana y nadie en el castillo sería capaz de encontrarla. Aunque aquella vieja serpiente no la delatara por miedo, sus doncellas si lo harían. Contaba con ello. Por eso no había cogido el camino real, sino que se interno en lo profundo del bosque, para cuando los hombres se dieran cuenta ella ya estaría lo suficientemente lejos.

 

Las raíces que sobresalían del suelo y el nivel de la nieve que aumentaba por momentos la entorpecían el camino. A cada paso que daba no sabía si se encontraría con un sendero, un profundo surco en el suelo cubierto de nieve o cualquier otra amenaza que durmiera escondida en el bosque. Tras quedar dos veces hundida en la nieve, la primera hasta las pantorrillas y la segunda más arriba de la cintura, Arya comenzaba a sentir un punzante dolor fruto del frio. El incesante castañeo de sus dientes ponía nerviosa a su loba que corría a su alrededor sin saber que hacer. Nymeria gimió y la lamio el rostro al verla caer de nuevo por tercera vez por culpa de una raíz escondida.

 

-          No pasa nada. Pronto podre hacer una parada.

 

Arya no sabía a quien quería engañar, si a su compañera o a si misma. El sol ya salía por el este para cuando encontró una antigua granja abandonada. Los restos de lo que tuvo que ser una gran casa familiar con un establo adosado quedaban desperdigados por el terreno escondidos entre la nieve y la hierba que comenzaba a brotar. Arya se agacho para recoger un pedazo de piedra de forma rectangular que debió formar parte de la casa en algún momento. “La abandonarían durante la guerra de los cinco reyes” se dijo dejándolo caer. Solo dos de las paredes se mantenían de pie a duras penas y apenas un trozo de tejado se mantenía en su sitio después de tanto tiempo. La curiosidad por saber quien vivió en aquel lugar quedo olvidada cuando una ráfaga de aire frio la recorrió la espalda haciéndola tiritar.

 

-          Nymeria aquí – señalo a la loba un lugar entre los escombros resguardados del frio y de miradas indiscretas. – Si alguien viene aúlla. – La loba ladeo la cabeza echando las orejas hacia atrás y luego se recostó. Aquel gesto siempre le había hecho pensar a Arya que su amiga la comprendía, aunque su madre siempre decía que aquello era imposible. “También pensaría que es imposible meterse en el cuerpo de Nymeria y yo lo he hecho”  

 

La mayoría de la leña tirada por el bosque estaba demasiado húmeda como para que Arya pudiera usarla en una hoguera, ni siquiera prendería, y si lo hacia desprendería tanto humo que cualquier patrulla que la estuviera buscando por el camino real la encontraría enseguida. Cualquier otro hombre que viniera del sur sería incapaz de calentarse en un día como aquel, incluso muchos norteños acomodados no sabrían por donde empezar a buscar. Ella no. Eddard Stark era un autentico norteño que enseño a sus hijos a valerse por si mismos, incluso le enseño a Arya en contra de los deseos de Lady Catelyn y la Septa Mordane.

 

-          Cat nunca se sabe. Incluso Sansa debería aprender lo mínimo sobre como sobrevivir en su tierra – le había contestado Ned. Al final su madre accedió con la condición de que no fuera ella quien hiciera las cosas peligrosas. - ¿Cómo la iba a dejar, mujer? – Ned se reía de las ocurrencias de su mujer, pero conociéndola siempre la tenía muy bien vigilada.

 

En días como aquel en que la nieve cubría tanto el bosque solo las guaridas de los animales y algunos matorrales conservarían leña y hojarasca suficiente para hacer una hoguera, el problema era conseguirla. “Si padre estuviera aquí” pensó mirando al cielo para ver como los copos de nieve caían sobre ella”

 

Todavía se acordaba de las lecciones que les daba. De su sonrisa sincera y orgullosa que les dedicaba cuando hacían algo bien y su rostro cálido cuando se equivocaban.

 

-          Siempre debéis tener cuidado y ver las señales – les advertía su padre antes de introducir con mano experta el brazo enfundado en un grueso guante de cuero y sacar toda la leña y hojas que podía. Luego les sonreía satisfecho. – No sabéis si dentro hay un zorro, una familia de ratones o es la guarida de un lobo solitario. Si metéis la mano sin saber distinguir el rastro de los animales a los que perseguís puede ser que sea la última vez que la veis. – Robb le pregunto una vez como podían defenderse por ejemplo si les atacaba un lobo y su padre les mostro un cuchillo corto de cazador. – Sobrevivir. Le quitas el calor para sobrevivir al frio, y le quitas la vida para sobrevivirle a él.

 

Arya observo como el sol casi invisible tras las nubes dejaba caer algún que otro rayo.

 

-          Sobrevivir ¿eh? – susurro mientras un fino copo de nieve caía sobre su nariz. – Sobrevivir para ayudar a Jon. – Se abofeteo suavemente el rostro para quitarse el frio y volver a la realidad. Si quería ayudar a su hermano no podía dejarse llevar por sus pensamientos.

 

El bosque completamente blanco todavía escondía pequeñas zonas que se escapaban de la densa nieve y donde los animales se escondían. Bajo los matorrales de zarzamoras Arya distinguió un gran agujero del tamaño de un lobo. “Con suerte solo habrá uno” pensó llevándose la mano al cuchillo de acero valiryo y mango de huesodragon que consiguió en su última misión con la hermandad sin rostro. No la gustaba matar por matar, pero el duro inverno que esta a punto de finalizar en el sur no quería rendirse todavía allí y necesitaba calentarse antes de que sus fuerzas la abandonaran del todo. Nerviosa y con el miedo en la boca del estomago amenazándola con salir metió la mano todo lo que pudo. Notaba hierbas secas y excrementos antiguos, pero no había nada de leña.

 

Nada. Eso fue lo que encontró en cada agujero que busco. Parecía que esa zona del bosque estaba deshabitada desde hacia tiempo; solo encontró la guarida de un grupo de musarañas que la miraron asustadas cuando metió la mano y saco a una por la cola. Aquello la hizo sonreír por un momento como cuando era niña, pero no le servía; lo que necesitaba era leña no pensar en niñerías. “Tan pequeñas no valen ni de alimento” pensó soltando al animal que corrió rápidamente de vuelta a su agujero. Agotada y helada regresaría junto a Nymeria, si no tenía fuego al menos tendría el calor de su compañera. A unos cuantos metros Arya se paro en seco, podía ver el humo claro saliendo de entre las ruinas. Su primer pensamiento fue Nymeria. ¿Dónde estaba su loba? ¿Por qué no había aullado? ¿Y si… estaba muerta? No. Nymeria no se dejaría matar tan fácilmente. Habría huido e ido a buscarla. Silenciosa desenfundo la daga de la cintura y camino entre la nieve como una sombra, en Braavos aprendió que a distancias cortas era mejor usar armas cortas y fuera quien fuese el que le había seguido se acordaría del día de su nombre.

 

Pegada a la ruinosa pared, notando la humedad de las piedras, observo la figura agachada de un ser envuelto en pieles. Ya sabía que era un hombre. Aquella enorme espalda no podía ser de ninguna mujer, ni siquiera aquella que llamaban Brienne “la bella”. La hoguera recién hecha crepitaba al encontrar entre sus llamas las pequeñas ramitas que el hombre le iba echando. Arya camino un paso, luego otro, sosteniendo el puñal entre sus manos, unos pocos metros más y el cuello de aquel hombre lamería el filo de su daga. El aullido de Nymeria la hizo tambalearse. La loba huargo salió de entre las sombras ladrando al ver a su dueña con el rabo en alto. Un conejo sin cabeza cayo a los pies de Arya mientras el hocico ensangrentado de Nymeria dejaba un pequeño camino de perlas rojas sobre la nieve al ir junto al fuego con su pequeño botín.

 

-          Trae la pieza – le dijo el joven agachado. – Al menos tu loba sabe cuidar de ti ¿Por qué sino?

 

Arya sonrió. Solo una persona en todo poniente se atrevería a hablarla de aquel modo brusco y sin modales aparte de su familia.

 

-          Venga ya Gendry.

 

Se acerco hasta él cogiéndole el espetón que había estado afilando y ensarto al conejo de un solo movimiento. Con un poco de nieve y musgo consiguió quitarse la sangre de las manos antes de sentarse al calor de la hoguera. Iba a preguntarle de donde había sacado aquel amasijo de leña, pero las cuerdas que se iban quemando lentamente en medio de las llamas le decían que era un fardo de leña traído desde la fortaleza. Los sirvientes los preparaban para cargarlos hasta las habitaciones o salones y encender las chimeneas a sus señores para caldear las frías noches del norte. Cuando Arya acabo el conejo sentía que su estomago por fin la dejaría tranquila un rato, y su cuerpo caliente y seco la dejaría avanzar el resto del camino. Cerró los ojos chupando la grasilla del animal, disfrutando de aquella sensación y se lavo los dedos con la misma nieve que había a su alrededor. Al abrirlos pudo ver frente a ella el rostro ceñudo de su amigo mirándola a través de la barba que se estaba dejando crecer. Quería decirla algo, estaba punto de explotar y aun así el silencio se propagaba. Un minuto, dos, tres…

 

-          Habla ya – bufo cansada de aquel silencio.

 

-          En que demonios estabas pensando. Toda la fortaleza estará buscándote y tú aquí jugando a las aventuras – grito. Gendry la miro en silencio antes de recordar quien era la muchacha a la que se estaba dirigiendo- – Lady Arya.

 

La chica le miro por un instante alzando la ceja y se levanto sin decir más. No iba a darle ninguna respuesta, ni a él ni a nadie; había pasado cinco años cuidándose solita sin ayuda de ningún hombre, señor, o idiota que decía ser su amigo. Llevándose dos dedos a la boca silbo llamando a Nymeria. La loba nada más verla levantarse ya estaba de pie meneando la cola, también estaba contenta tras la comida. Los carcomidos huesos del conejo se hundieron entre sus patas cuando se acerco a Arya.

 

Gendry también se levanto hecho una furia. Iba a llevarla de vuelta a la fortaleza antes de que alguien más aparte de él y las doncellas supieran de su salida. Eran la hermana del rey y su capitán de la guardia tarde o temprano alguien acabaría preguntando por ellos. Además no quería ni pensar en los chismorreos que podían causar su ausencia, la de ambos a la vez, eran fáciles de predecir: secuestro, violación, huida de dos amantes… la lista era interminable. Su voz, ronca y tensa por la preocupación, no podía disimular la ira que corría por su cuerpo.

 

-          Lady…

 

-          Que te jodan – le soltó Arya volviéndose hacia él. – Me voy al norte, más allá de muro. Jon necesita la rosa azul que crece allí y se la voy a traer.

 

-          No puedes ir sola y los sabes. Es muy peligroso para una…

 

-          ¿Para quién? ¿Eh? Responde. Para una dama o una simple mujer – le cortó Arya. – Venga. Contesta – le desafío enfrentándose a él.

 

-          Ambas – le respondió Gendry.

 

Los ojos grises de la chica se volvieron oscuros y peligrosos como una tormenta avisándole incluso antes de que hiciera ningún movimiento de que había metido la pata hasta el fondo. Rápida como un gatosombra Arya desenvaino su espada, la misma espada delgada como ella y afilada como su lengua que le había regalado Jon. “Primera lección: clávala por el lado de la punta” le había dicho el día que se la entrego. Dio un paso al frente y Gendry retrocedió. Otro y su amigo seguía retrocediendo; no se enfrentaría a ella. Desde fuera la situación debía ser toda una comedia. Una chica dos cabezas más baja y con una cuarta parte de su tamaño sin más protección que una capa enfrentándose a un hombre vestido de los pies a la cabeza con una armadura que pesaría el doble que ella misma sino era más.

 

-          Acaso piensas que un asustado ciervo puede con una loba.

 

-          No. Pero ni tu eres una loba ni yo soy un ciervo. Y ahora te llevare de vuelta a Bastion Kar. – Gendry intento cogerla por el brazo, pero tuvo que apartar rápidamente la mano del camino de la espada. Aquello le enfado. Una espada tan delgada no le habría cortado la mano, pero el filo si podía haberle llegado hasta el hueso. – Si esto es lo que quieres luego no me vengas llorando – la espeto desenvainando su espada, “Corazón salvaje” así la llamaba.

 

La espada de acero valyrio era lo más valioso que el tenía. Fue el regalo que le hizo Jon el día que le nombro capitán de su guardia. La empuñadura de la espada era la cabeza de un ciervo con incrustaciones de esmeralda en los ojos mientras que en la parte roma ponía su nombre en el antiguo idioma de los dragones por cortesía de la reina. Se emociono de la misma forma en la que podía emocionarse un niño al tener un juguete nuevo.

 

-          Toda espada necesita un nombre – le dijo el rey cuando la deposito entre sus manos. Tras mirarla una segunda vez supo como deseaba llamarla: Corazón salvaje.

 

El ruido de las espadas lleno el aire con sus ecos mientras al chocar los destellos lanzaban pequeñas chispas azuladas que se perdían en la nieve. Por mucho que Arya intentara llevar la delantera la fuerza de Gendry la superaba con creces. Y no solo era la fuerza, sino que su espada parecía hacerse más grande con cada acometida mientras “Aguja”, su pequeña y fina espada, temblaba en sus manos golpe tras golpe. Si seguía así perdería el combate… y a Jon. “No puedo vencer si solo me dedico a esquivar” se dijo exhausta tras una fuerte acometida que la hizo retroceder varios pasos y estuvo a punto de quebrar su espada.

 

El miedo a perder la hizo pensar en el hombre bondadoso, en Braavos. La isla apacible desde fuera era un hervidero donde cada día al caer la noche morían hombres y mujeres por las más absurdas contiendas. A la salida de los burdeles y las posadas, una mala mirada, un mal gesto o una estúpida palabra salida de la boca de un borracho podía costar la vida. Entre sus sucias calles Gata tuvo que aprender a defenderse con el puñal, en sus plazas la espada se volvió parte de su cuerpo y en los muelles las manos no solo aprendieron hacer nudos sino a pelear hasta sentir los nudillos en carne viva. En el templo del bien y del mal, de la vida y la muerte, aprendió el arte de mentir, de engañar, de hacer ver lo que no existía y ocultarse del mundo tras una máscara imperturbable… aprendió la magia que solo el hombre bondadoso podía enseñarla, la de dejar de ser Arya, Gata, Arry, Comadreja o cualquiera de todas ellas para ser Nadie. Y Nadie podía ser cualquiera. Podía ser una muchacha de campo o una guerrera experimentada; podía ser una vieja a punto de morir o un joven señor recién ascendido, pero siempre volvía a ser Nadie. Arya tuvo que aprender no solo a defenderse, sino a ganar; pues el perder significaba la muerte segura.  

 

-          Si tus fuerzas no te valen usa tu habilidad. Arya solo es una noble, Nadie puede ser cualquiera – le había explicado el maestro mientras la enseñaba el arte de la mentira. Pero no estaba segura de querer volver a ser Nadie o si quería que Gendry viera de lo que era capaz, sin embargo si así conseguía vencerle estaba dispuesta a jugar con esas reglas.

 

Cauta y rendida dejo caer la espada antes de que Gendry iniciara cualquier otro ataque. Viéndola, el muchacho se apresuro a agarrarla por el brazo antes de que la actitud desafiante de la chica que conocía la incitara a seguir luchando. Una loba molesta y herida era un animal peligroso. Gendry se fijo en la espada que se hundía en la nieve. Era la misma que ella llevaba cuando se conocieron, cuando se hacía pasar por Arry y amenazo a Pastel caliente con matarle si intentaba quitársela. Cuando recordaba aquellos días todavía se sorprendía al ver lo poco que tenia de dama a pesar de haberse criado entre manjares y sedas, maestres y septas. Al ir a recogerla Arya le metió su pierna entre las suyas empujándole para atrás. La fuerza de la muchacha y el peso de la armadura le hicieron perder el equilibrio, en cuestión de segundos se encontró bocarriba en el suelo incapaz de moverse bajo aquel manto blanco que se hundía bajo él. Tirado en el suelo Arya saco la daga rápidamente de entre sus ropas y se sentó encima de él a horcajadas hundiéndole más en la fría nieve. El sol hacia brillar con intensidad el filo que poco a poco se había acercado a su cuello lamiéndole la piel con ansia.

 

“Una daga. Parece mentira que no lo supiera – pensó Gendry. Durante todo el tiempo en que viajaron juntos Arya siempre era capaz de hacerse con cualquier tipo de arma. Daba igual si eran espadas, hachas, arcos… siempre que podía llevaba un arma consigo. – Y voy yo y me olvido de la salvaje loba”

 

Los rostros de ambos estaban fijos el uno en el otro cada uno sumido en sus pensamientos. Gendry reacciono de inmediato e intento deslizar lentamente la mano hacia arriba con cuidado de no hacer ninguno movimiento brusco. El pie de Arya le aprisiono la muñeca devolviéndolo a su sitio. No entendía como es que habían llegado hasta ese punto y mucho menos de cómo o donde aprendió aquellas habilidades. No le había vencido con la espada. Cierto. Pero su destreza estaba muy por encima de la de él. Si tuviera la fuerza de un hombre… “No sería tan peligrosa. Es por no tenerla que es capaz de idear cualquier estratagema para vencer”

 

-          Sé que no lo harás asique baja la daga. – Sus ojos mostraban más confianza de la que en verdad sentía al ver que Arya no se movía, es más parecía estar pensándolo. Tantos años combatiendo, viendo las mentiras y las verdades en los rostros de la gente; lo que eran capaces de hacer… y por primera vez podía ver la sombra oscura que se escondía tras los ojos de la loba Stark. “¿Dónde por los siete infiernos habrá estado?” – Arya… - la llamo con tono serio.

 

Lejos. En alguna parte oscura de su mente Arya pensaba en lo fácil que era volver a ser Nadie. Ella podía luchar sin sentimientos, sin ataduras… Era libre. Podía ir donde quisiera sin tener que dar explicaciones y hacer lo que la apeteciera. Solo tenía que cumplir con su trabajo, un trabajo simple y sencillo del que… lo reconocía, del que disfrutaba. Sin embargo en la piel de Arya no podía dañar a ese chico. Era su amigo, el guardia de su hermano, alguien por el que se sentía a veces irritada y a veces confusa. Era, a su manera, importante para ella.

 

-          Tranquilo Gendry. Acaso piensas que te haría daño – le sonrió envainando la daga. De pronto su gesto cambio, su voz se volvió más seria. – No te asesinaría por placer, pero te dañaría por seguir mi camino. – La chica loba se agacho y limpio el pequeño corte del hombre con su propio pulgar dejando una pequeña mancha sobre la nieve al limpiarse. – Gendry la chica que conociste murió en aquella guerra. Llevo cinco años sola y no consentiré que ni tu ni nadie decida lo que debo hacer. Y mucho menos si la vida de mi hermano depende de ello. ¡Nymeria, conmigo!

 

La loba se acerco con pasos sigilosos hasta Arya y ando a su lado. Antes de internarse en el bosque recogió la espada que yacía sobre la nieve y siguió su camino sin volverse atrás. La nieve se iba haciendo más densa a medida que se adentraba más en el bosque. Tras un rato se acostumbro a oír de nuevo el sonido de los animales, sobretodo el sonido de los lobos que aullaban a distancia y a los que Nymeria solo respondía levantando las orejas. “No será su manada” pensó Arya rascándola el lomo mientras ambas seguían caminando la una al lado de la otra. Tras todos aquellos sonidos la muchacha podía distinguir el crujir pesado de unos pies que se iba acercando a ella lentamente. Nymeria se volvió enseñando los dientes gruñendo a lo desconocido.

 

-          Tranquila. Ya se aburrirá – la calmo con tono apaciguador igual que había hecho con Rickon cuando era pequeño.

 

Cerca del mediodía cuando su estomago volvía a crujir Arya descubrió a lo lejos la columna de humo gris que ascendía entre los arboles a media lengua de distancia. Era el primer indicio de un pueblo cercano que tenía en toda la mañana. Pocas aldeas y mucho menos ciudades se erigían en sitios tan alejados del camino real; solo algunas aldeas diseminadas, asentamientos antiguos o los clanes de las montañas se atrevían a levantar sus hogares tan lejos de la protección del rey. Incluso los clanes del norte, los salvajes como los llamaban todavía los sureños de Desembarco del rey, se habían asentado entre el muro e Invernalia en el antiguo Agasajo que perteneció a la Guardia de la noche. Muchos de ellos hasta se unieron por su propia voluntad a los cuervos para proteger su nuevo hogar de los caminantes blancos. Poco a poco casi todos los castillos erigidos en el muro se fueron repoblando de hombres y, por primera vez en la historia, de mujeres.

 

El pueblo resulto ser una extensa aldea ganadera asentada en la cima de una colina que lindaba directamente con la montaña. Desde el lado norte un caudaloso rio, ahora helado en su superficie, la protegía mientras que en el resto una fortificación de piedra y mortero lo suficientemente fuerte como para alejar a los depredadores y protegerlos de cualquier cosa que pudiese salir del bosque. Alrededor de la aldea, en la pendiente de la colina, caballos, ovejas y cabras pastaban tranquilamente buscando entre la nieve las primeras briznas de hierba de la primavera que se resistía a instalarse por completo. Mientras que en el sur los arboles y las flores ya estaban en flor y daban frutos allí ni siquiera los arboles habían perdido su capa blanca.

 

Arya todavía se acordaba de los días de ventisca en los que su padre se quedaba jugando con ella y sus hermanos en los salones de Invernalia. En sus días en Braavos había añorado las sonoras carcajadas de su padre haciendo eco en las paredes de su hogar intentando cogerla, persiguiéndola con su salvaje barba mientras ella, Bran, Robb y Jon luchaban contra él con sus espadas de madera. Ni su madre ni la septa aprobaban ese tipo de juegos, por lo menos así se lo decían a su padre cada vez que la animaba a jugar con sus hermanos.

 

-          Solo es una niña, Cat. Déjala que juegue con sus hermanos unos años más – le decía Ned a su mujer. Arya entonces le adoraba. Era él quien le había permitido crecer salvaje y libre en medio de la disciplina de su madre y la septa.

 

Cuando la noche comenzaba a caer y a Ned Stark le vencía el cansancio los sentaba a su alrededor junto a la chimenea y les enseñaba como era aquella tierra, como eran sus gentes y su clima. Incluso llamaba a Sansa a su lado a pesar de que su hermana no solía prestar mucha atención a aquellas lecciones.

 

-          Sois hijos del verano, pero pronto vendrá el Invierno y tendréis que saber cuánto dura y como hacerle frente. No podéis confundir el invierno con vuestro hogar. Cuando la nieve se vuelva fina, pero pesada y los arboles se cubran con su última capa de ella el invierno se marchara a la dos lunas. ¡Sansa presta atención! – la sonrió – algún día serás la señora de un importante señor del norte.

 

-          Esto es una tontería. Además yo no me quedare en el norte. Me casaré con algún señor del sur y me iré allí donde el sol brille incluso en invierno – se quejo Sansa levantándose para volver con la Septa a sus labores de bordado. Catelyn y Ned intercambiaron una mirada mientras la veían sentarse con la vieja mujer. Sansa siempre tendría más sangre de pez que de loba.

 

Tras aquella última lección no pasaron ni tres días cuando llego el cuervo de Desembarco del rey destruyendo el futuro de su familia. La muerte de Jon Arryn, la mano del rey y uno de los mejores amigos de su padre, fue el principio del fin para Arya y sus hermanos.

 

-          Pero resistimos y siempre resistiremos. Y no importa que Jon sea un Targaryan también sobrevivirá. Encontrare esa maldita flor – susurro convencida con la mirada fija en la montaña que la separaba del otro lado del muro.

 

Correteando de aquí para allá perros y pastores vigilaban al heterogéneo rebaño mirando de vez en cuando hacia el bosque, pendientes de los aullidos cercanos de los lobos. Ya fuera el olor o que alguien viera a Nymeria, Arya no llego a salir del bosque cuando las voces de varios muchachos se alzaron.

 

-          ¡Lobo! ¡Lobo! – se gritaban unos a otros haciendo sonar los cuernos.

 

-          Nymeria al bosque – la ordeno Arya en cuanto distinguió el brillo del metal reflejado en la nieve. La loba la miro un instante con las orejas gachas antes de desaparecer.

 

Armados con callados y puñales y sujetando con fuerza las correas de los perros varios pastores se acercaron hasta la linde de bosque. El gesto de sorpresa que mostraban sus caras era todo un poema. La visión de una muchacha hermosa y tranquila en medio del bosque parecía cosa de brujería. Las leyendas de su aldea hablaban de hermosas doncellas que engañaban a los hombres con sus encantos y los inducían a abandonar su hogar solo para matarlos después. Otras leyendas de aldeas vecinas hablaban de mujeres de piel blanca y ojos azules tan bellas que los hombres preferían morir para estar con ellas que seguir viviendo con sus familias. La sorpresa y el temor en sus rostros permitieron a Arya observar más de cerca a los tres muchachos. Todos vestían prácticamente igual, ropa usada y ajada que parecía calentar mil veces más que sus propios pantalones. Dos de ellos debían ser hermanos  o familia ya que las arrugas en su frente al pensar que debían hacer con ella eran iguales y el lunar de sus mejillas eran extremadamente parecidos como si fuera una marca de nacimiento. El tercero era un muchacho moreno de ojos oscuros que tendría que tener su misma edad y era el único que no parecía mostrarla miedo, sino más bien curiosidad. El penetrante olor a lobo que los otros no eran capaces de identificar hizo gemir a los perros angustiados rompiendo aquel silencio. Los dos pastores parecidos se echaron para atrás con los cuchillos en la mano como si esperaran que la chica les pudiera hacer algo. El otro joven sin embargo ni siquiera reacciono, solo cuando la vio sonreír mostrando los pequeños dientes como perlas fue que se atrevió a hablar.

 

-          Acaso eres una Diosa del sur. Eres esa Doncella de la que hablan los septones de las grandes ciudades o eres una hechicera que viene a destruir nuestra aldea.

 

Arya alzo la ceja preguntándose si se reía de ella. “En verdad hay aldeas tan aisladas que no conozcan nada más que el poco bosque en el que habitan”

 

-          Ni lo uno ni lo otro. Solo soy una muchacha – le contesto.

 

-          Una muchacha sola en medio del bosque. Y te tenemos que creer. – La rudeza con que la hablo el hombre y el temblor de sus manos hizo que Arya deslizase la mano en busca de su daga. El olor a miedo era tan evidente que no necesitaba de Nymeria para olerlo ella misma.

 

-          Tomy no creo que mienta y no parece peligrosa. Mírala. Es de carne y hueso y su aliento se evapora en el aire como el nuestro – dijo señalando el vaho que salía de la boca de Arya. – No puede ser una de los “Otros” – intento interceder el muchacho.

 

-          ¡Callate Mikke! Puede que no sea una de los “Otros” pero nadie nos asegura que no sea una bruja peligrosa. – Tomy no dejaba de mirar a Arya con precaución. Había notado como la chica deslizaba las manos y sospechaba que entre sus ropas ocultaría un arma. – Vendrás con nosotros sin oponer resistencia o te haremos daño – la amenazo.

 

Arya estaba dispuesta a ceder. No tenía nada que ocultar hasta que vio como el otro hombre sacaba de su zurrón una soga. Querían maniatarla y eso no lo iba a consentir.

 

-          No he hecho nada por lo que me tengáis que atar como a una criminal.

 

-          Eso ya lo veremos.

 

-          He dicho que no me vais a atar. – Esta vez fue la voz de Arya quien sonó peligrosa mientras desenfundaba la daga.

 

-          ¿Y tú eras la muchachita inocente? Vamos Jona.

 

El otro hombre más joven que se parecía a él se adelanto con un cuchillo en la mano. Solo el muchacho que la había preguntado si era una diosa se mantenía atrás sin saber bien como tratarla. Arya podía ver en su rostro el conflicto que le provocaba aquella situación y de inmediato supo que no podría contar con él. Suspiro.

 

-          Podéis intentarlo – les sonrió con una mueca mordaz en el rostro desenvainando a Aguja. Si pensaban que podían contra un miembro de la hermandad sin rostro se llevaría una desagradable sorpresa.

 

Tomy se acerco lentamente a ella con la soga en la mano. La sombra de su primo se arrimaba cada vez más a él. El cuchillo brillaba contra la nieve cuando la luz le dio de pleno. Un rápido vistazo a la muchacha y entendió que no les sería fácil. La chica era delgada y pequeña comparada con ellos, pero sus ojos mostraban un saber mucho más profundo de lo que podía indicar su edad.

 

-          Ten cuidado – le susurro a su primo. Jona asintió levantando todavía más su cuchillo para protegerse.

 

-          ¡Espera Tomy! – consiguió gritar Mikke, pero ya era demasiado tarde.

 

Ninguno de los tres, ni Arya ni los dos hombres, habían visto el resplandor de la espada cortando el aire hasta llegar a la mano de Tomy. El hombre cayó de rodillas hundiendo su mano en la nieve para calmar el dolor que empezaba a sentir. La sangre que manaba de la herida enseguida hizo un extraño dibujo a su alrededor que se iba agrandando por momentos. La soga que llevaba hasta entonces en la mano callo partida en dos mitades a los pies de Arya todavía sorprendida por lo que había pasado. Miro a su lado y vio la espada de acero valyrio de Gendry goteando sangre. El muchacho únicamente vestido con sus pantalones de cuero negro y su camisa grisácea de lana gruesa sostenía todavía su espada en dirección al otro hombre. Asustado Jona dejo caer el cuchillo a sus pies incapaz de saber utilizarlo contra un arma como aquella.

 

-          Como os habéis atrevido – susurro Gendry temblando por culpa de la ira. Solo la mano de Arya sobre su propia mano le había impedido que dejara caer la espada sobre la cabeza del otro hombre.

 

Los tres hombres no dejaban de mirar con temor la espada que podía matarlos de un solo tajo. Todo el mundo, incluso aquellos hombres que no salían de sus aldeas, eran capaces de distinguir el simple acero del acero valyrio. El miedo se mezclo con la curiosidad por saber quién era ese hombre. Solo las personas importantes, reyes, nobles o grandes caballeros llevaban ese tipo de armas.

 

“¿Sera su amante?” fue el último pensamiento de Tomy al mirar a Arya antes de caer de bruces contra la nieve. Arya corrió hacia el hombre sin hacer caso de la orden de Gendry de quedarse a su lado. El rostro blanquecino era síntoma de una fuerte pérdida de sangre le había enseñado el maestre cuando ella era pequeña.

 

-          Rápido dejadme la correa de vuestro zurrón – dijo alargando la mano hacia Mikke. – Dádmela o morirá – le amenazo al ver que el muchacho no reaccionaba. Por fin al oír la palabra muerte los ojos del chico se posaron en ella entregándole de inmediato el zurrón.

 

-          Por favor piedad – consiguió articular Jona al ver que la muchacha no deseaba matarlos. Solo el hombre seguía apuntándolos con la espada.

 

-          No os la merecéis. Habéis atacado a…

 

-          La mujer de un soldado – le corto Arya intercambiando una mirada con él. Ignorando el ceño fruncido se volvió al chico. – Ayúdame… Mikke – el muchacho asintió al oír su nombre acercándose lo más posible a ella para ocultarse de la espada. – ¡Tu! – ordeno Arya dirigiéndose a Jona – ayúdame también. Ponlo contra el árbol.

 

Con ambos hombres ayudando a su amigo Arya se acerco a Gendry. La mirada distante y el mohín de sus labios no había cambiado en todos aquellos años, se le notaba cuando estaba enfadado. Tras él vio su capa negra pero no había ni rastro de la armadura.

 

“Que habrá hecho con una armadura de 100 monedas de oro” pensó mordiéndose el labio inferior. Se había dado cuenta demasiado tarde que los castillos se habían repoblado por lo que no podría escalar el muro sin que tarde o temprano alguien la viera. El puerto siempre estaba vigilado y la montaña era tan alta que tardaría semanas solo en escalarla. Con una armadura así podía sobornar a cualquier hombre del muro para que la dejara pasar.

 

-          No está. – Los ojos de Arya se volvieron hacia él. – La armadura. La he dejado escondida en el bosque. Pesaba demasiado y tú te mueves deprisa. ¿Por cierto dónde está…

 

-          En el bosque. Era demasiado peligroso. Y todavía no sé como podre cruzar al otro lado – dijo mirando la montaña.

 

-          Pues entonces es hora de regresar.

 

Arya le miro ceñuda. Si había venido solo para llevarla de vuelta volverían a discutir. Gendry solo pudo suspirar y dejo caer la espada. Conocía demasiado bien el temperamento de su amiga y lo único que conseguiría de ella en esas circunstancias sería otra pelea.

 

-          Está bien – suspiro – tienes una semana. Si en una semana no hemos conseguido la maldita flor nos regresamos. Queda claro. Si te tengo que llevar a rastras lo haré.

 

Arya asintió sin apartar los ojos de Gendry. De todas formas tenía de limite una semana para poder encontrar la flor y llevársela a Jon. Si tardaba más… era algo en lo que no quería pensar.

 

-          Por favor piedad. Necesitamos llevarlo a la aldea. Mi primo tiene un temperamento impulsivo pero es buena persona. – La voz del hombre que se parecía al caído rompió la guerra de miradas que aquellos dos se estaban dedicando.

 

-          ¿Piedad?. – Gendry fue a desenfundar su espada. – Podría darle la piedad del guerrero.

 

-          Pero seguro que en la aldea tienen un buen maestre o un sanador que puede ayudarle mejor que tú – interrumpió Arya cogiéndose del brazo obligándole a enfundar de nuevo la espada. Gendry la miro sorprendido arqueando la ceja, pero los ojos de su compañera le decían todo: “cállate y sígueme el juego”.  – Además todo esto ha sido un tremendo malentendido que tenemos que solucionar. ¿Si es posible?

 

-          El padre de Mikke es el jefe de la aldea y mi primo y yo somos los encargados de custodiarla. – El muchacho más joven del lunar en la mejilla extendió la mano hacia Gendry. – Mi nombre es Jona y yo mismo os llevare ante la casa del consejo.

 

El soldado miro con desconfianza la mano a la vez que Arya la estrechaba.

 

-          Arya. Mi marido se llama Gendry.

 

-          Encantado. Él es Tomy – dijo señalando a su primo que la miraba más calmado sumido en lo que debía ser un gran dolor de cabeza y recobrando poco a poco el color – el otro curioso es Mikke.

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