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Nieve por yuukychan

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Notas:

Bueno ya vi que subi dos veces el mismo capitulo (el 14) pero eso ya esta arreglado. Ahora sí, aquí teneis el nuevo. Disfrutenlo

Para entrar en la aldea había que pasar por un puente que se levantaba sobre 6 anchos pilares bien clavados en el lecho del rio. A pesar de los años que debía tener la aldea la construcción del puente parecía muy reciente, demasiado y algo en su estructura le recordaba a Arya el puente de su infancia. Las fuertes vigas eran muy parecidas a las de Invernalia aunque mucho más pequeñas y la madera suave y recién embarnizada duraría muchos años antes de que el tiempo y las tormentas comenzaran a pudrirla, aunque en el lecho podía verse ya las primeras grietas provocadas por el hielo que se ensancharían poco a poco hasta desquebrajar la madera. Probablemente el puente no durase más de dos inviernos largos, pero era de los mejores que Arya había visto. Su constructor debía sentirse orgulloso. Quien quiera que edificara Invernalia, ya fuera Brandon el constructor como decían las leyendas de la vieja Tata o cualquier otro tuvo que usar magia en las piedras de sus muros para que el puente no se viniera abajo a pesar de los cientos de años que llevaba en pie y sin embargo aquel no había necesitado ningún tipo de magia.

 

Con paso lento e inseguros los dos hombres transportaban a Tomy medio a rastras. El tajo de Gendry había atravesado la mano hasta llegar al hueso y la hemorragia aunque menos no dejaba de sangrar. Casi al pie del puente viendo el reguerito de sangre que había dejado el constante goteo Arya se detuvo y corto un pequeño trozo de su propia capa. Sin mirar a ninguno de los chicos lo sujeto contra la mano del hombre haciendo presión con la correa de Mikke, la mueca de dolor de Tomy era un precio pequeño por parar la hemorragia.

 

-          Mantelo así y dejara de sangrar.

 

En el norte no se moría por culpa de aquellas simples heridas, sino de lo que provocaban. La pérdida de sangre por poca que fuese enfriaba el cuerpo tan rápido que de no calentarlo a tiempo la persona entraba en hipotermia, después en coma y por último la muerte venía a buscarle. Los norteños llamaban a ese tipo de muerte “la sombra de la muerte” porque la persona poco a poco iba tornando su piel de un blanco claro a un negro oscuro. El maestre les explico una vez a Arya y a sus hermanos que eso se debía a que la sangre retrocedía para intentar salvar el resto del cuerpo hasta que no tenía donde retroceder.

 

-          Pero ese tipo de muerte no duele. Simplemente te duermes y ya está. Como si una noche te vas a la cama y no vuelves a despertar – le había contestado la loba. – Hay muertes peores como que te quemen vivo o agonizar por una herida. Si yo tuviera que elegir entre todas ellas me quedaría con la sombra de la muerte.

 

El maestre acostumbrado a las interrupciones de la chica fue a responderle pero fue la dura voz de Ned Stark la que la contesto.

 

-          No mueres durmiendo por placer. Tu cuerpo acaba desmayándose por el insufrible dolor que siente. Notas como tu piel se va muriendo y como ese hormigueo constante pasa del intenso frio al intenso calor y después al dolor. Un dolor que no para por más que lo desees y le reces a los dioses, sino que va en aumento a cada minuto que pasa y tus suplicas se vuelven maldiciones hasta que sientes como pierdes la voz. Si eres débil con suerte te desmayaras en los primeros diez minutos y morirás rápidamente, pero si eres fuerte puedes estar agonizando horas enteras, más que si te hiriesen con un espada. – Suspiro cansado antes de volver a dirigirse a sus hijos. – Aunque podéis salvaros.

 

-          ¿Cómo? – pregunto Bran sentado en el suelo intentando que el miedo no se filtrase en su voz aunque sus ojos se movían inquietos mientras se abrazaba a sus rodillas .

 

-          Amputándoos el miembro. Da igual si es una mano, una oreja o todo el brazo, pero no siempre conseguiréis salvaros. Por lo menos los hombres de la guardia de la noche no lo consiguen y… - sus ojos se clavaron en Arya – mueren. Solos.

 

Arya nunca había visto a su padre mirarla de aquella manera antes. La ira por su inconsciencia mezclada con el temor. Consciente agacho la cabeza y no volvió a interrumpir al maestre el resto de la lección. No hacía ni una semana desde que se escapara cuando la llevo de caza y Jon intento explicarla aquello mismo. Entonces no lo entendió, pero ahora…”Jon podía haber muerto por mi culpa” pensó sintiendo como una gran presión la oprimía el pecho.

 

Al final de la lección, mientras que Bran y Rickon se perseguían el uno al otro jugando con las espadas de madera en el salón de banquetes y Jon y Robb se marchaban entre risas al campo de entrenamiento Arya se acerco hasta la enorme silla custodiada por lobos inmóviles donde se sentaba su padre. El trono del invierno le pareció entonces demasiado grande para ella o para Robb, el heredero de Invernalia según decía su madre, pero no para su padre. Desde ese trono Arya siempre creyó que su padre podía controlarlo todo… aunque el futuro la demostraría lo equivocada que estaba.  

 

-          Lo siento… mucho – consiguió susurrar escondiendo las manos tras la espalda.

 

Ned la miro. Intento seguir enfadado con ella, pero no pudo. Aquella era su hija, su favorita aunque jamás los dioses le oirían decirlo. No es que no quisiera a Sansa, pero ella era una Tully; poco tenía del norte por no decir nada y el resto de sus hijos… Rickon, Bran, Robb todos eran peces en medio de la nieve. Sin embargo Arya, su pequeña, era una loba. Una loba imprudente, caprichosa, demasiado temeraria… “¿Pero acaso no somos así los Stark?. – Pensó en su padre y sus hermanos. Todos muertos por querer desafiar al mundo, ya fuera por honor, por demostrar valor o por haberse enamorado de la persona equivocada. Todos era lobos independientes que encontraron la muerte demasiado pronto. Él era distinto. Era un lobo obediente, paciente, era un lobo de manada. Y sin embargo Arya salió a sus tíos. Lo podía comprender de Jon, el hijo de su hermana con el dragón. Daba gracias a los dioses de que el chico tuviese más sangre de lobo de no haber sido así no quería saber la locura que podía haber hecho Robert Baratheon. Solo lamentaba no poder habérselo dicho a su esposa, Lady Catelyn jamás perdono al muchacho a pesar de ser inocente. – Y aún así solo hay dos auténticos Stark y ninguno heredara el norte. Solo espero que Robb sea capaz de aullar cuando sea necesario”

 

-          Se acerca el invierno Arya. Mantente cerca de la manada o te perderás en la nieve – la dijo revolviéndole la salvaje melena.

 

-          Si me pierdo en la nieve aullare tan fuerte que Jon vendrá a buscarme – sonrió la lobita corriendo tras sus hermanos mayores. Ned suspiro pensando en su hermana. “Es tu vivo reflejo” pensó al verla salir por la puerta. Años atrás Lyanna había hecho lo mismo corriendo tras él y Brandon para jugar a los guerreros solo esperaba que su hija no tuviera su mismo final.

 

 

 

El puente crujió con suavidad cuando el grupo camino por él. El barniz y la madera todavía no se habían asentado por lo que unas zonas crujían más que otras.

 

-          Tenéis un buen maestro constructor por lo que veo – comento Arya acariciando una de las barandillas con delicadeza fijándose en cómo los salmones nadaban rio abajo entre los postes.

 

-          Dos. Dos hombres. Uno se dedica a las casas de la aldea y el otro es mi padre, Cranen. Fue quien construyo este puente, viajo a Invernalia hace muchos años. Por aquel entonces yo acababa de cumplir los 14 veranos y Eddard Stark seguía siendo el señor del norte. Mi padre me conto que al ver el magnífico puente y cruzarlo se enamoro inmediatamente de su estructura. Suplico al maestre que le dijera como podía construirse aquella obra. – Jona intento sonreír bajo el peso de su primo, mientras Arya observaba con atención la compleja estructura. – Al final mi padre volvió a casa con un montón de garabatos escritos del puño y letra de ese maestre. Aunque le advirtió que no sería permanente. La magia que impregnaba Invernalia se perdió en la época de los héroes.

 

-          Debe ser un hombre muy inteligente si consiguió averiguar los extraños galimatías que escribía el maestre Ludwin – susurro. Arya se había acordado mucho del viejo maestro que intento enseñarla la historia de su tierra y al cual casi siempre ignoraba. Todavía recordaba como su larga cadena tintineaba cuando se empeñaba en buscarla para asistir a las clases con el resto de sus hermanos y de cómo ella se escondía en el bosque de dioses ocultándose entre las ramas de los arcianos hasta que la voz enfadada de su madre la llamaba a gritos.

 

-          Perdone no la he oído.

 

-          Vuestro padre debe ser un hombre muy inteligente si averiguo cómo clavar los postes al lecho del rio.

 

Las lágrimas y los sentimientos no la valían de nada en ese momento. Lo mejor que podía hacer por Jon era ser pragmática. Amigos o enemigos le eran indiferentes. Necesitaba cruzar la maldita montaña y provisiones. “Y después de la que hemos armado no  podemos contar con que todo sea amabilidad” La boca de Jona moviéndose le hizo prestarle atención.

 

-          No lo dude mi señora. Pero no fue hasta el invierno pasado que le permitieron intentarlo. El antiguo puente acabo destrozado por culpa de las tormentas que nos tuvieron aislados y nadie más en el pueblo se atrevía. Al final con ayuda de casi media aldea conseguimos detener el cauce del rio con una emparedada que duro el tiempo justo para poner los pilares. Fue un autentico barrizal – le respondió Jona.

 

-          De todas formas para lo que usamos el puente – se quejo Mikke cambiando el peso de Tomy de un hombro a otro.

 

-          Cállate – le ordeno Jona. – Disculpen todavía sueña con ir a la ciudadela en vez de concentrarse en su trabajo. No entiende que jamás podrá ser maestre.

 

-          No entiendo porque. Si lo desea debería intentar conseguir su cadena. – Arya miro a Gendry negando con la cabeza. Todavía era demasiado nuevo en un mundo que apenas conocía.

 

-          No tiene dinero para entrar en la ciudadela. La inscripción es de 50 monedas de oro si el muchacho tiene talento, pero si no es de 500 monedas. Por eso solo los nobles y adinerados mandan a sus hijos – le susurro consciente de que de todas formas la oirían. Gendry se adelanto con la frente ceñuda y los ojos esquivos. Arya conocía aquellos gestos. Estaba molesto. Durante su viaje no solía hablar a menudo, pero la injusticias que veían provocaban en él aquel malestar que acababa contagiándola.

 

El quejido de los labios del herido se entremezclo con el chirriar de la madera y el murmullo de tristeza de Mikke. Tomy estaba tan frio y blanco que de no ser por sus ojos cualquiera podía pensar que se estaba transformando en uno de los Otros, pero todavía podía sentir todos sus músculos.

 

Gendry se volvió un instante antes de apretar el paso.

 

-          Hay que darse prisa. No tiene buen aspecto – “y si muere será un problema”

 

El puente terminaba ante las puertas de la aldea, aunque siendo tan grande Arya no estaba segura de si realmente seguían siendo una o ya eran prácticamente un pueblecito más del norte. Las puertas que se abrían ante ella eran pequeñas y endebles, no eran precisamente lo que protegería la aldea en caso de ataque. Junto a ellas, pegado a la muralla había un enorme barril y al otro lado lejos de su alcance un par de antorchas encendidas sin ningún tipo de función a simple vista. Al pasar por su lado el fuerte olor a aceite no la paso inadvertido echando un último vistazo atrás. El rio era tan grande como el foso que rodeaba Invernalia. “En vez de levantar el puente lo queman” pensó al pasar por las puertas y ver como se cerraban tras ella. Lo último que pudo escuchar fue un largo aullido que parecía llamarla.

 

-          Tranquila pronto iré a buscarte.

 

-          ¿Has dicho algo? – le pregunto Mikke.

 

-          Si. Que antes de ir a casa del jefe debemos ir a la de vuestro ¿maestre?. – Había aldeas y pueblos que contaban con maestres, pero Arya no estaba segura si aquella aldea tenía uno.

 

-          Es una sanadora. El último maestre que tuvimos murió hace 2 años. La mujer vino con él y que le sirvió de ama de llaves aprendió unos pocos conocimientos y es ella quien nos cura. Vive allí – señalo – donde la puerta roja.

 

La casa era una pequeña vivienda de una sola estancia rodeada de jardín. En verano las plantas rodearían la casa, pero ahora la mayoría colgaban de distintas cuerdas secándose al escaso sol del invierno. Al atravesar el jardín Arya reconoció el olor de distintos narcóticos que ella misma había usado en sus misiones. Las lágrimas de lys mezcladas con raíces de loto convertía al veneno en un estupendo detector de mentiras. La persona que lo tomaba era incapaz de mentir por mucho que lo deseara, el problema era la dosis. Si era demasiado poco le dormías y si era demasiado lo matabas. “Recuerda que un hombre muerto se lleva sus secretos” le había enseñado el hombre bondadoso cuando la adiestro en el arte del envenenamiento.

 

La puerta se abrió mientras la muchacha seguía en sus pensamientos.

 

-          ¿Qué ha pasado? – susurro la mujer. La piel envejecida y las canas le recordaba a Arya los cuentos de la vieja tata. Solo la faltaba la verruga en la nariz para ser la bruja malvada que condeno al mundo a los largos inviernos. 

 

-          Nos excedimos. Atacamos a la muchacha pensando que era una bruja y resulto ser la mujer del caballero.

 

Gendry desvió la mirada cuando la mujer se volvió a verle, pero Arya se la mantuvo.

 

-          Una bruja no, pero que no os engañe su bonita cara. Es peligrosa – sonrió la mujer sin dejar de mirar a Arya. – Entrar con Tomy y tú, Jona, pon a calentar el fuego. Mikke ve a ver a tu padre y explícale todo.

 

-          No me fio. También quiero ir – exigió Gendry antes de que Arya le cogiera de la mano.

 

-          Nosotros esperaremos a saber cómo se encuentra el muchacho y luego iremos acompañados de Jona. ¿Si te parece bien a ti? – Ante la sonrisa de la chica el chico solo pudo asentir dejando caer uno de los troncos que llevaba a la chimenea.

 

-          Chica peligrosa – murmuro la anciana meneando la cabeza perdiéndose entre la montaña de frascos que invadía su casa.

 

Con la mujer atendiendo a Tomy, Jona pendiente de avivar el fuego y Gendry afilando su espada con una piedra de amolar Arya se entretuvo en contemplar cada rincón de la casa. Colgados de las vigas del techo miles de plantas se juntaban y chocaban unas contra otras listas para convertirse en medicamentos, ungüentos y tratamientos y cuyo olor agradable pero indefinido inundaba hasta la última parte de la habitación. Sobre estanterías rudimentarias clavadas contra la misma pared descansaban un sinfín de frasquitos de cristal de distintos colores algo desgastados lo que indicaban su larga vida seguramente junto al anterior maestres. Todo parecía bastante limpio aunque muy usado, todo excepto la pila de libros olvidados que descansaba sobre la mesa de la esquina. Aburrida y sin poder hacer nada Arya se levanto y se dirigió a ver qué clase de libros había tenido el viejo maestre que vivió en aquella aldea. Una ojeada rápida entre los libros de historia y antiguas leyendas y vio uno que la interesaba.

 

-          “Plantas de todo el mundo” – susurro casi para sí abriendo el libro por la mitad.

 

Quien fuera el autor que lo escribió había decidido dividir el libro por partes del mundo y había abierto precisamente por su tierra, por Poniente. Línea a línea y grabado a grabado deslizo su dedo por toda clase de plantas conocidas. Desde la hierbabuena trepadora que se usaba como antiinflamatorio y que crecía en el sur en las escarpadas paredes a orillas del mar hasta las flores purpureas de Dorne que crecían entre las yermas montañas y cuya cocción provocaba un sueño ligero útil cuando los enfermos necesitaban descansar. Incluso la rosa azul de su hogar salía dibujada con exquisita perfección. A un lado del dibujo el hombre había escrito que era una de los mejores narcóticos que había en aquella parte del mundo. “Pero crecen tan pocas que ya ni siquiera se usan para este fin” pensó Arya aburrida pasando de hoja el libro. Sus ojos se abrieron por la sorpresa al seguir leyendo. El hombre que escribiera aquel libro había escrito sobre la rosa de los muertos.

 

-          Gendry existe – le susurro a su compañero mostrándole el libro. La flor dibujada ni siquiera estaba pintada. El autor había esbozado las sombras azuladas para dar la sensación de que la planta era de hielo y solo la mencionaba de pasada como una variante de la rosa azul que crecía en lo más profundo del norte.

 

-          No significa nada. Puede ser otra variedad o simplemente que haya escrito sobre una leyenda.

 

-          A veces no eres más idiota porque no puedes – le susurro intentando que nadie más la oyera hablarle así. La anciana la sonrió al pasar por su lado con una venda impregnada de un extraño liquido color ámbar cuyo olor a flores intuía Arya que sería un coagulante para cerrar la herida.

 

Casi era la hora de comer cuando Tomy comenzó a recuperar de nuevo el color. El calor del fuego y las plantas de la vieja no solo le había restablecido sino que le habían inducido un sueño placentero del que parecía reírse en sueños.

 

-          Descansara hasta mañana. El corte gracias a los dioses ha sido limpio – dijo dirigiéndose a Gendry –, pero eliminar la sangre helada de su cuerpo ha sido lo difícil. Debéis tener cuidado con las heridas. – Gendry se limito a encogerse de hombros mientras Arya y Jona asentían. Eran norteños al fin y al cabo, conocían los peligros que el frío traía consigo y también la manera de evitarlos.

 

-          Con Tomy fuera de peligro os llevare a la casa de nuestro jefe. – El caballero le miro incomodo ante lo que pudiera ocurrir si se veían rodeados de aldeanos. – Tranquilo – le dijo como si leyera su pensamiento – la culpa también ha sido nuestra. Juro por los dioses del norte que no permitiré que carguéis con la culpa de nuestro error, ser.

 

Aun con dudas Gendry asintió ciñéndose con fuerza el cinturón de cuero de su espada. El muchacho le miro.

 

-          No iré sin mi espada – le advirtió sujetando con fuerza el puño de Corazón salvaje.

 

Jona se encogió de hombros ante lo que veía una discusión absurda. Ambos hombres salían por la puerta seguidos de Arya cuando la anciana la llamo. Gendry se volvió dispuesto a no dejarla sola con aquella mujer pero los ojos de la chica se lo negaron.

 

-          Ve. – La duda brillaba en los ojos del caballero. – No tardare, tenemos que hablar sobre cosas de mujeres. – Todavía inseguro sin dejar de mirarla el Baratheon salió tras Jona. Un golpe de viento cerró la puerta tras ellos dejando a Arya a solas con la anciana. La muchacha hecho el seguro a la puerta mientras oía las maldiciones de su amigo al otro lado. “Como le haga algo” le oyó gritar antes de volverse hacia la anciana. Tranquila, se acerco hasta la silla que había estado ocupando hasta entonces y se sentó de nuevo. – Ya puedes hablar con libertad; nadie nos molestara. – La mujer sonrió mientras colocaba una silla con facilidad enfrente de ella y se sentaba. Hacía mucho que no veía a una “hermana” y llego a pensar que jamás volvería a ver a ninguna.

 

-          ¿Desde cuándo…? - Arya sonrió de lado inclinándose hacia delante. Si aquella era la primera pregunta era la más absurda, pero la contestaría.

 

-          La forma de secar las plantas, la colocación de los utensilios, las disposición de los objetos... ¿quieres que siga? – Los ojos de la mujer la miraron sin entender. Arya suspiro. Los peores asesinos eran los que no se fijaban en los detalles. – Si fueras norteña todo tu hogar, desde las plantas hasta la distribución de tus muebles, giraría en torno a esa chimenea que solo usas para cocinar – la señalo el amasijo de ladrillos sucios y descuidados que pasaba desapercibido en medio de la habitación. Solo las brasas dispersas de haber tenido encendido el caldero con las hierbas mostraba que se utilizaba. – Sin embargo – continuo – secas las plantas al estilo de Braavos, colocas las sillas siguiendo la dirección del viento como en las Islas del verano y distribuyes tu hogar pegando todo a las paredes como en la ciudades libres. – Arya se cayó. Esperaba que la mujer hablase, la diese la razón o lo negase todo, pero no hacía nada. Estaba sentada frente a ella esperando a que acabase de hablar. “Quiere que vaya al grano. Que le demuestre quien soy” – Además ese rostro no es tuyo.

 

-          Chica lista. Tal vez demasiado – la sonrió la mujer con una mueca triste.

 

La anciana se levanto con facilidad a pesar de que sus huesos deberían estar achacosos por la edad. Junto a la pared cogió un pequeño objeto tapado por un trozo de lana y lo quito. Frente a ella pudo contemplar por primera vez en 6 años el rostro que llevaba cargando como castigo. Un rostro lleno de manchas, arrugas y cicatrices. El rostro de una anciana decrepita a la que solo le faltaba la muerte para cumplir con su existencia en este mundo. “Un castigo demasiado largo” pensó acariciándose la mejilla teniendo en cuenta lo joven que realmente era.

 

-          ¿Qué edad crees que tengo? – la pregunto a Arya sin dejar de mirarse al espejo.

 

-          Tu mascara unos 70 ó 75 inviernos. Tú – se encogió de hombros – lo desconozco.

 

-          Acababa de cumplir mi decimo sexto día del nombre cuando recibí mi castigo. Dentro de poco cumpliré mi vigésimo tercero.

 

Arya se quedo en silencio esperando que la mujer continuara. Si el hombre bondadoso fue quien la castigo el crimen merecía ser la pena escuchado. A ella la dejo ciega durante un tiempo por matar a un hombre ¿Qué habría hecho aquella chica para recibir tan terrible destino?

 

La anciana regreso hasta la silla con el espejo temblando entre sus manos. No había soportado mirarse en uno desde el día en que recibió su castigo y ahora por fin lo había hecho para darse cuenta de que el tiempo por ella no pasaba y no pasaría nunca. Cierto que su cuerpo envejecería aunque nadie podría verlo, su rostro se mostraría imperturbable esperando a que el resto de ella se marchitara como una flor. Ese era el castigo que le había impuesto el hombre bondadoso por su desobediencia. El mismo al que llego a considerar un padre.

 

No era más que una niña pequeña cuando su madre pidió el favor del Dios en el templo del blanco y el negro. Todavía recordaba vagamente el rostro cenizo de ojos claros y cabellos oscuros que la instaba a beber de la copa de plata para que se durmiera con ella. Aun siendo pequeña ella no quería beber. Dentro de su mente no entendía que era la muerte solo que todas aquellas personas se dormían con esa copa a sus pies para no despertar jamás.

 

-          Mama no – gimoteo cuando su madre bebió de la copa y se hecho en uno de los nichos. – Mama no te duermas – la suplico llorando sobre sus rodillas.

 

-          Bebe mi amor. Bebe y estaremos juntas – la instaba su madre medio dormida acariciándola suavemente la cabeza. La niña ni siquiera se dio cuenta de cuando su madre murió, solo dejo de sentir su mano sobre su pelo y decidió quedarse dormida junto a ella esperando que al despertar su madre la sonriera.

 

Unas manos rápidas y unos bufidos de cansancio la despertaron. Al abrir los ojos la niña se encontró con que una chica algo más mayor que ella intentando quitarla los viejos zapatos. El susto y el miedo la hicieron reaccionar golpeándola con todas sus fuerzas en la boca. Las lágrimas de ella y las protestas de la chica al ver la sangre de su labio atrajeron la atención de un hombre mayor que caminaba de un lado para otro de la sala haciendo ruido con un bastón.

 

-          ¿Qué sucede? - pregunto a su alumna aunque fueron los llantos de la niña lo que le llamaron la atención.

 

-          Esta intentado robarme. A mí y a mi mama – sollozo la niña a los pies del cuerpo de su madre.

 

Los ojos del hombre pasaron de la mujer que yacía muerta en el nicho, a la niña y después a su discípula. Aquello era una tragedia para la niña que a pesar de sus sollozos no dejaba de escuchar y observar todo lo que el anciano hacía. Creía firmemente que aquel hombre lo solucionaría todo y le devolvería a su madre.

 

-          Espera aquí muchachita – le sonrió el hombre llevándose un poco más alejado a la otra chica. – ¿Qué ha pasado? – le pregunto a su discípula sin dejar de mirar la dramática escena.

 

-          La mujer acudió a nosotros. Nos pidió el favor del Dios para ella y su hija. Al parecer la niña…

 

-          Una madre no puede elegir por su hija, no importa la edad de está ni lo derechos que crea tener. La vida de una persona es tan sagrada como su muerte ¡¿Cuántas veces tengo que decírtelo?! – la espeto golpeando con fuerza en el suelo con el bastón. 

 

-          Lo sé y lo siento. La culpa es mía señor. La mujer me convenció de que ella sería capaz de irse con su hija y yo la creí.

 

-          Maldita sea encárgate del cuerpo y… - “era hermosa, pero a la vez podía pasar desapercibida” – conserva su rostro, mientras yo me llevo a la niña.

 

-          ¿Qué va ha hacer con ella? – le pregunto la chica viendo como el hombre se alejaba.

 

-          No es evidente. El templo tendrá una nueva servidora. – El ruido del bastón iba perdiendo fuerza para cuando llego hasta la niña. El anciano se puso a su altura todo lo que le permitió su cuerpo sin quitar la sonrisa de su rostro. – ¿Cómo te llamas pequeña?

 

-          Si… ren. Siren, señor.

 

-          Bien Siren yo soy el hombre bondadoso. Soy el que lleva este templo. ¿Sabes en que templo estas? – la niña sacudió la cabeza. – Este templo es la última morada de las personas antes de marcharse. Comprendes que tu madre ya no está aquí. Ella decidió marcharse al mundo de los espíritus. ¿Seguro que conoces a gente que se ha marchado a ese mundo?

 

La niña asintió con la cabeza enjuagándose las lagrimas.

 

-          Mi padre y mi hermano. El mar se los llevo.

 

-          Vaya – “eran una familia de pescadores” – pero tú no te quieres ir con ellos tan pronto ¿no es cierto?

 

-          Si me voy con ellos, si bebo lo que ha bebido mi mama… no me volvería a despertar – el hombre asintió – entonces no. No quiero dormir.

 

Desde ese día entro al servicio del templo y con los años a la hermandad. La niña abandonada, la misma que intento quitarla los zapatos aquel primer día, fue quien la instruyo en el arte de la mentira. Años más tarde cuando el hombre bondadoso la mando vivir en las calles de la ciudad para ver qué era lo que podía aprender descubrió parte de la vida de su madre.

 

Caminando por las calles de Braavos se entero de que un tío suyo, hermano de su padre, seguía viviendo en la casa donde ella se crio. Bajo la apariencia de un pescador descubrió porque su madre suplico el favor del Dios de boca de aquel hombre. Las deudas de su padre y las suyas propias se multiplicaron hasta el punto de tener que prostituirse todas las noches, pero la deuda no bajaba. Desesperada intento pedir ayuda a la familia de su marido que la tacharon de sinvergüenza y la golpearon. Un rico mercader tiroshy de barba de azul se ofreció a comprarle a su hija y la mujer decidió que antes que eso se reuniría con su familia en el otro lado.

 

-          ¿Y no hicisteis nada por ayudar a vuestra sobrina? – pregunto llenando la copa del hombre de cerveza amarga.

 

-          Su madre era una puta, seguro que la niña era igual. El único que valía la pena era mi sobrino y ambos, mi hermano y él, murieron en el mar. Ellas solo eran un estorbo que vivían en esta casa. La casa de mi hermano. Mí casa.

 

El estruendo de la risa del hombre fue convirtiéndose en una fuerte tos que le atragantaba. Desesperado se llevo las manos a la garganta al sentir como el aire se negaba a pasar por sus pulmones. Miro al marinero que tenía delante y como, tan tranquilo desde su silla, le observaba impasible.

 

-          Ayuda – consiguió susurrar en una de sus últimas bocanadas alzando la mano en dirección al hombre, rasgando el aire con los dedos.

 

-          Lo siento, pero solo eres un estorbo – le espeto el pescador levantándose de la silla volcando el resto del alcohol al suelo.

 

La chica llegaba ya al templo cuando muchos otros corrían en dirección contraria camino del puerto. Los gritos de “fuego” y “por los dioses” la acompañaron hasta cerrar la puertas al mundo exterior. Mientras caminaba por el silencioso lugar se sentía extraña. No sabía que nombre darle a aquella sensación. Por fin lo descubrió al contemplar su rostro en el pequeño estanque de agua envenenada que se encontraba a los pies del altar. Se sentía poderosa.

 

-          ¿Qué has aprendido hoy?

 

La voz detrás suya del hombre bondadoso la sorprendió. No le había visto cuando entro y no le sintió moverse hasta que estuvo detrás suyo. Se levanto dejando a su alrededor pequeñas gotas de agua salada.

 

-          Que mi madre no me abandono por no quererme. Sino que porque me quería decidió morir – contesto feliz.

 

-          ¿Y? – insistió el hombre clavando en ella su mirada.

 

Siren se quedo pensativa. ¿Qué más podía contarle? Normalmente con una respuesta el hombre le sonreía y la mandaba hacer otra tarea. Pero en aquella ocasión estaba distinto. Nada en su rostro le delataba, sus gestos eran los de siempre hasta las arrugas de su frente seguían siendo las mismas, pero algo raro había detrás de todo aquello. Algo que Siren no fue capaz de ver.

 

-          Que matar es muy fácil. – El sonido de la bofetada hizo eco en el vacio de la sala. La muchacha se volvió sorprendida por el golpe. Toda su vida había visto como la gente pedía el favor del Dios y ahora la golpeaban por otorgar ese don. - ¿Por qué? – susurro llevándose la mano allí donde la piel la palpitaba.

 

-          La muerte es un don. Por cada vida hay una muerte y por cada muerte una vida. Tú no eres la que eliges a quien matar. ¡No lo olvides nunca o… sufrirás las consecuencias!

 

La muchacha asintió, pero pronto las palabras del hombre bondadoso quedaron en el olvido tras oír la historia de su madre. El resto de días se sintió culpable por haber odiado a la mujer que la dio la vida. Todos aquellos años en los que la había culpado la pesaban más que cualquiera de sus tareas al servicio del templo. Desnudar a los muertos o preparar los cuerpos le empezó a resultar tan macabro como en otro tiempo le fascinaba. Al cumplir su duodécimo día del nombre el hombre al que consideraba como un padre empezó ha hacerla la misma pregunta todos los días.

 

-          ¿Quién eres?

 

-          Una servidora del templo – le contestaba a lo que el hombre apesadumbrado negaba con la cabeza.

 

-          Mientes – le decía aunque lo dejaba pasar.

 

Entre las sombras la niña abandonada los observaba sin dejar de cuestionarse el comportamiento de su maestro. No fue hasta el decimo quinto día del nombre de la muchacha que se atrevió a cuestionarle. Se encontraban en la sala subterránea debajo del templo donde se guardaban todos los enseres que traían consigo aquellos que pedían el favor del Dios de muchos rostros. Las ropas viejas y nuevas de aquella semana descansaban amontonadas sobre la mesa a la espera de ser lavadas y guardadas.

 

-          ¿Por qué se lo consentís? – le pregunto mientras doblaba una túnica de un verde oscuro perteneciente a un espadachín de poco talento.

 

-          ¿El qué? – La pregunta pillo desprevenido al hombre que descansaba sentado sumido en sus propios pensamientos. Los ojos de la niña clavados en él no tenían otra respuesta. Un suspiro se escapo de entre sus labios al contestarla. – Porque la quiero como si fuera mi hija.

 

-          Lo entiendo pero si es así no puede ser parte de nuestra hermandad. No está preparada, ni lo estará.

 

El hombre bondadoso no la contesto. No podía. Era consciente de que su hija adoptiva no era capaz de infiltrarse entre la gente, no sabía mentir, ni comprendía su legado, su obligación; no era un miembro de la hermandad. Cualquier persona que la mirara vería en ella a una chica con un pasado, no a cualquier chica con cualquier pasado. No había conseguido separarse de su vida y todo era culpa suya. El anciano sabía que no había sido tan duro con ella como lo tendría que haber sido, pero era su pequeña pescadera. La misma que le tiraba de la barba y le pedía que jugaran juntos a los pescadores y las sirenas. ¿Cómo podía haberla tratado con dureza si solo había pensado en cómo hacerla feliz? Volvió a suspirar. Su discípula tenía razón, no podía ser una mujer sin rostro.

 

Pero se lo permitió. A pesar de la negativa de todos sus hermanos el hombre le permitió ser una de ellos. En medio de la sala circular rodeado de hechizos y magia, de fuegos y sombras veía claramente la mirada hosca y los gestos de desaprobación de todos los allí presentes y aun así nada pudo hacer entrar en razón a su mente después de verla sonreír al utilizar su primera mascara oficial.

 

Lo cierto es que había intentado explicarla que jamás podría ser uno de ellos hacia solo unos pocos meses cuando se sentaron en la pequeña habitación de debajo del templo donde guardaban los libros. Le había intentado mostrar un mundo más allá de esas paredes, pero los ojos de la chica le atravesaron el alma cuando le imploro seguir en la orden.

 

-          ¡Puedo hacerlo!¡Puedo cumplir con la obligación de la orden! No deseo otra vida – le suplico al borde de las lágrimas. Para ella su mundo era aquel templo, no conocía otra cosa que no fuera la muerte.

 

-          Nosotros no conocemos otra vida que no sea esta. No tenemos identidad, ni familia. No engendraras hijos, ni te casaras nunca. ¿Estás segura de que deseas vivir así? Todavía no has vivido.

 

-          No me importa. No quiero abandonar esta vida, no quiero… abandonar mi hogar.

 

El hombre suspiro al recordar el brillo en los ojos de la joven e intento pensar en la manera de hacerla cambiar de opinión, pero su boca le fallo, le fallo por primera vez en muchas décadas. Y allí estaba de nuevo, frente a él, con el mismo brillo iluminando su rostro esperando a recibir su invitación. Podía haber elegido cualquier otro camino lleno de alegrías y había tomado la decisión de vivir en las sombras. “¿De verdad a tomado la decisión o yo no he podido negársela igual que no he podido negarle nada en todos estos años?” De todas formas ya no podía echarse atrás. Sin vacilación extendió su mano hasta la cabeza de la muchacha. Noto la suavidad de su pelo y el temblor de la emoción recorrerla el cuerpo. Estaba ansiosa y lo sabía. “Primer error. Una asesina no muestra sus intenciones, su estado o sus sentimientos. Es una estatua de piedra para todo aquel que la ve”

 

Pero aun así su boca pronuncio las palabras.

 

-          ¿Quién eres?

 

-          La nada que se esconde en las sombras. El descanso que da el consuelo a los heridos. El dulce veneno que trae consigo la paz de la muerte. Soy la sierva del dios de muchos rostros, del único Dios– respondió la chica.

 

“Segundo fallo. Se nota cuando mientes” pensó echando un vistazo a su alrededor. Él lo sabía y los demás también. Pero eso no le echaría para atrás.

 

-          Pues bienvenida a tu hogar, “joven bella”. Ya eres miembro de los hombres sin rostro. Vivirás y morirás por la orden hasta que yo, el hombre bondadoso el actual líder, te diga lo contrario.

 

Las palabras ya estaban dichas, el juramento pronunciado, el “si” a regañadientes de los presentes sentenciado. Ya era a los ojos de la hermandad y del mundo una de ellos.

 

Ahora allí frente a todos los miembros podía notar el malhumor de todos los allí presentes. No la consideraban uno de ellos y Siren no se lo podía reprochar, pero estaba decidida a demostrarles que ella también era una mujer sin rostro. Cuando el maestro bondadoso puso la mano sobre su hombro se sintió segura. Ya no había vuelta atrás y en pocos días recibiría su primera misión, su misión de iniciación. 

 

-          Si, ya. Pero qué hiciste para acabar siendo una vieja decrepita con apenas 22 años – le corto Arya. Nunca había soportado las clases de historia del maestre ni los cuentos de amor y doncellas de la vieja Tata y la historia comenzaba a tomar aquellos rumbos.

 

-          Algo bastante ridículo si lo pienso – sonrió con tristeza la anciana. – Me enamore.

 

-          Si bueno… - “me lo tenía que haber imaginado” se dijo a sí misma apartando la mirada de anciana mujer.

 

-          Me enamore de mi primer encargo. Traicione a la orden por algo a lo que en aquel momento ni siquiera supe darle nombre.

 

La anciana se quedo mirando el vacio que la separaba de Arya como si allí, en aquel sucio suelo lleno de pisadas y vendas pudiera ver lo que la sucedió. La chica loba la miraba de soslayo rumiando las palabras de la anciana. “Algo que no supe darle nombre”. Meneo la cabeza, ella si se lo daba. Quería a Jon y lo quería proteger porque era su hermano, por nada más.

 

-          Nada… más – se repitió en voz baja clavando la vista en sus manos.

 

 

Notas finales:

Bueno y hasta aquí por hoy XP


 

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