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Nieve por yuukychan

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Notas:

Siento la tardanza pero ya estoy aqui de nuevo XP

Ajena a los pensamientos de la chica la anciana siguió contando como de la noche a la mañana su vida se evaporo tras una máscara. La primera misión que le había dado el hombre bondadoso era sencilla, demasiado sencilla hasta para ella. Solo tenía que asesinar al hijo mayor de un doctor en represalia por las miles de muertes que se había cobrado el padre; por poner precio a la muerte.

 

Una fuerte epidemia de peste había asolado la isla de Braavos dejándola aislada durante meses. Las calles que antes vibraban con el griterío y las risas de la gente quedaron ensordecidas con moribundos y pobres deambulando por sus calles. Los violadores, ladrones y asesinos acampaban a sus anchas entre casas vacías y hogares destrozados aprovechándose de los más débiles. El numero de prostitutas y cortesanas asesinadas en los muelles aumento hasta tal punto que las autoridades no podían apagar el gran cremador de Braavos; las aguas, negras como el hollín de las hogueras, corrían contaminando todo a su paso a través de los canales de la zona más pobre de la ciudad, pronto otras enfermedades sin nombre se cebaron entre los marginados.

 

Los cadáveres se amontonaban hasta que días más tarde varios marineros pentoshys fueron arrestados cuando intentaron matar a una cortesana a palos cerca de la plaza del mercado. Un niño asustado al ver la sangre de la mujer corrió en busca de los guardias que protegían la ciudad.

 

-          ¿Qué demonios creéis que estáis haciendo? – les grito un miembro de la guardia cuando por fin los atrapo antes de que mataran a la mujer.

 

-          Aunque follemos con estas putas si luego las matamos no nos contagiamos. El mal muere con ellas así que quíteme las manos sucio perro braavosi.

 

Los dos marineros acabaron con los dientes partidos y condenados a muerte en medio de la plaza pública. Tal vez si hubiese sido una prostituta más la cosa no hubiera ido a mayores, pero las cortesanas eran un tesoro para la Isla a la misma altura que el banco de Hierro o el comercio. Los impuestos de las cortesanas aportaban una tercera parte del dinero de las arcas del Estado, incluso había años en los que la mitad provenía de ellas. Muchos príncipes y reyes iban solo a Braavos a gozar de la compañía de esas damas; una afrenta contra ellas era una afrenta contra la Isla y el precio era la muerte. Normalmente la condena se ejercía según su condición social. Aquellos que provenían de noble familia solían ser ajusticiados cortándoles la cabeza en privado, sin embargo los aldeanos y comerciantes eran condenados públicamente a la horca mientras que los pescadores, marineros y piratas recibían su muerte ahogados en el propio mar por el que surcaban.

 

Aquella vez fue la excepción, los dos hombres colgados de la soga se movían mecidos por el aire bajo la mirada de unos pocos testigos, los únicos que se atrevieron a ver la ejecución a pesar del temor a contagiarse. Los cuervos festejaron el banquete durante días antes de que los mismos ciudadanos suplicaran al gobierno que los bajase; el olor a muerte y podredumbre de las calles ya era insoportable sin además tener que aguantar el olor del los cadáveres al sol. La mañana en la que un par de soldados aquejados y malhumorados por tener que ejecutar la orden descolgaron a los hombres si es que todavía podía llamárseles así. No quedaba prácticamente nada de sus rostros que los identificara. Las cuencas vacías de los ojos dejaba ver restos rosáceos y secos mientras que las mejillas carcomidas se fundían con el hueso que yacía debajo raido a picotazos, los colgajos amarillentos de lo que fue la piel de dos hombres de apenas veinte años caían sobre el cuello ennegrecido por la podredumbre. Era un espectáculo grotesco de colores que tenía como colofón final las barbas descoloridas y manchadas por la sangre reseca que les daba algún origen a aquellas calaveras.

 

Tras más de una veintena de sentencias el gobierno intento varias medidas para controlar las olas de muerte que producían los marineros extranjeros, pero al final no pudo hacer otra cosa más que parar el comercio y cerrar el puerto a los barcos mercantes hasta que la epidemia desapareciera; solo los pescadores podían salir para alimentar a sus familias y conciudadanos y no más allá de dos kilómetros mar adentro. Las quejas del gremio de comerciantes quedaron olvidadas cuando el número de muertos en las calles disminuyo drásticamente de la noche a la mañana.

 

-          Al final la peste no se está llevando a tantas víctimas como creíamos – dijo Siren mientras repartía los últimos mendrugos de pan entre los más desfavorecidos. Su túnica negra y blanca se ondeaba con el viento que la traía el olor a sal del puerto y se metía en sus recuerdos mostrándole unas manos rugosas y ásperas.

 

-          La muerte no se lleva a la gente por placer, el hombre sí. Y la mejor escusa que ha creado para matar es el miedo, no lo olvides niña – le explico el hombre bondadoso poniendo una mano sobre su hombro. Por un momento la chica se fijo en la mano. No. No era la que recordaba. Era incapaz de recordar el rostro de sus padres o el de su hermano, pero había cosas que su mente no podía olvidar y cada vez la recordaba con más frecuencia. Las fuertes manos del hombre que la cogía en brazos y la lanzaba al aire las recordaba a la perfección, la voz de su madre cuando la cantaba de pequeña al acurrucarse junto a ella o la sonrisa de su mano y la forma de alborotarla el pelo. Al ver su rostro el hombre bondadoso se paro ante las escaleras del templo. - ¿Quién eres?

 

-          Nadie – le respondió Siren como siempre. El hombre meneo la cabeza y siguió subiendo dejándola sola, no entendía como podía saber que mentía cuando ni ella misma lo sabía.

 

Durante meses el comercio, los barcos, el mercado, incluso los burdeles que había sobrevivido a todo tipo de epidemias cerraron a la espera de que aquella peste remitiera. Nadie salía de su casa por miedo a contagiarse si se encontraba con algún vecino y aun así pronto más de las tres cuartas partes de la ciudad cayó presa la enfermedad. Los primeros en caer eran los adultos que los dioses sabrían porque se recuperaban al menos la mayoría, pero la enfermedad se cebo con los niños. De cada 10 niños que se contagiaban apenas 3 conseguían sobrevivir a duras penas. El llanto de las madres fue la música de fondo que invadió Braavos durante más de cinco meses.

 

Por fin cuando la enfermedad en los adultos pareció remitir se volvieron abrir una pocas posadas, aquellas en las que no había ningún niño en sus hogares. Solo Winra, una antigua hija de familia noble que se caso con el dueño de la posada “la sirena mojada”, abrió solo unos días después de que su hija y su marido murieran. Ahogada en las lagrimas salió vestida totalmente de negro a pintar el portón de su puerta del mismo color.

 

-          No crees que es demasiado pronto. Al menos permítete llorar, Win. Él lo entendería – le intento consolar Ellen, una antigua amiga de su época noble y la única que permaneció a su lado sin importarle las consecuencias.

 

Desde que se casara con alguien tan inferior a ella todo el mundo la dio la espalda. A nadie le importo lo que sintiera su corazón o si necesitaba ayuda en su nueva vida, pero jamás la importo. Solo la molesto que sus propios padres se negasen a conocer a su nieta y aun así no se lo reprocho jamás. Casarse con Will fue el mayor error de su vida y el único que volvería a cometer cien veces. Le conoció la tarde en que ella y su amiga de la infancia se escaparon para ver a aquellos hombres oscuros como la noche que venían a instalarse en la ciudad. Normalmente la alta sociedad apenas salía de su parte de la ciudad y Winra jamás había conocido a nadie que tuviese un color de piel distinto del suyo.

 

-          Será toda una aventura no te eches para atrás ahora – la reprocho a su amiga Ellen que se resistía a cruzar el puente que las separaba de la zona media de la ciudad. Los ojos verdes esquivos de la chica, la manera de morderse el labio y la forma de atrapar su larga melena castaña tras las orejas, Win lo sabía, estaba tan nerviosa que ni siquiera podía temblar. – No nos pasara nada. Echaremos un vistazo rápido y volveremos. Te prometo que antes que toquen las campanas estaremos en nuestras casas. – Al final tras un largo suspiro Ellen accedió.

 

Inseguras y a la vez emocionadas recorrieron las calles de la ciudad hacia el puerto principal de Braavos. Elfuerte olor a pescado y especias casi hace vomitar a Ellen incluso antes de llegar. Winra sin embargo adoraba aquellos olores como un preso adora los rayos del sol, para ella significaban libertad, aventuras, vivir una vida al fin y al cabo.

 

El barco procedente de las Islas del verano descansaba amarrado en el puerto cerca de dos navíos pentoshys y una fragata de la ciudades libres del otro lado del mundo, la arpía dibujada en el casco era tan horrenda que Win sintió un escalofrió recorrer su espalda. Fuera quien fuera aquella gente sus dioses no la gustaban. El griterío de los marineros mezclados con las canciones malsonantes que salían de las tabernas emboto el aire alrededor de las dos muchachas que tras pasar la última calle que las separaba del puerto se quedaron perdidas en un mar mucho más complejo de lo que podía ser su mundo. Escondidas entre los barriles vieron aquellos hombres negros de los que las hijas de la alta sociedad no dejaban de hablar soeces. Los ojos de las muchachas se agrandaron al ver como uno solo de esos hombres, grandes como árboles y fuertes como toros descargaba uno a uno los pesados barriles de especias cuando la mayoría necesitaban a dos hombres para subirlo de la bodega y después bajarlo al muelle. Ellen los miraban con cierta aprehensión pero para Winra habían resultado ser una total decepción.

 

-          Solo son hombres. Pues vaya. – Su voz decepcionante y algo chillona hizo que Will se diera la vuelta para contemplarla. No era la primera vez que las mujeres se escondían para verlos, muchas de ellas acababan calentándoles las sabanas por las noches antes de partir al día siguiente. El hombre al ver a la muchacha de piel de porcelana y cabellos de trigo esbozo una sonrisa burlona que Ellen no paso por alto.

 

-          Creo que se ríe de ti – la comento señalándole disimuladamente. Algo en los ojos de su amiga la advirtió que debía haberse callado. Antes de que pudiera impedírselo la chica ya estaba totalmente de pie encarándose al hombretón que, de seguro, podía partirla por la mitad si se lo proponía.

 

-          Y tú de que… - Winra no pudo evitar quedarse callada al ver como el hombre se quitaba la camisa. Los brazos eran tan grandes que podrían levantarla con una sola mano si se lo propusiera y el sudor de su pecho le hacía brillar como una estatua. “Eso es a lo que me recuerda a las estatuas del templo” pensó de repente al acordarse de las enormes estatuas de mármol blanco y negro que decoraban el templo de los siete. La sonrisa superior que la dedico aquel gañan la hizo enfermar de cólera. – No eres más que un animal. Un sucio y feo animal.

 

-          Si. Pero esta noche soñaras conmigo – le respondió el hombre acariciando el rostro de la chica hasta llevar un dedo a sus labios. “Son tan suaves y rosados” deseo poder besarlos y morderlos.

 

La caricia la pillo de improviso aunque Win no retrocedió, al contrario, se acerco más al hombre hasta rozar casi sus labios con los suyos. Cuando sintió el aliento del él contra su nariz y el pulso acelerado de su pecho una sonrisa traviesa se le dibujo en el rostro. Casi podía oír el grito ahogado de Ellen llevándose las manos a la boca cuando le beso. Un beso largo e inexperto pero que le hizo alterarse al hombre al notar como sus fuertes manos la agarraban con ansia su pequeña cintura. “Un poco más y es capaz de rodearme entera. Y yo apenas si puedo rodear su brazo con las dos manos” pensó al deslizar su mano por aquellos cincelados músculos. Despacio, guiándolo con suaves movimientos le dejo de espaldas al mar con el sol dándole por detrás dejando a la vista aquella radiante sonrisa que iluminaba su rostro. Con los ojos clavados en sus labios se deshizo de las poderosas manos llevándoselas al rostro para rozarlas con su mejilla. Cerró los ojos un momento pensando en la dureza de sus manos, no eran unas manos delicadas pero eran tan calientes…. Al abrirlos se encontró de frente con las oscuras pupilas de aquel hombre. “Azul y negro extraña aunque hermosa combinación ” pensó. La sonrisa malévola volvió a sus labios al ver el deseo en los ojos de él.

 

-          Serás tú quien no pueda dejar de soñar conmigo – le susurro en el oído antes de empujarle al agua.

 

La gran salpicadura llamo la atención de varios marineros que paseaban por allí ebrios a pesar de las horas de la mañana. Las miradas y risas burlonas que le dedicaron hizo pensar a la muchacha lo enfurecido que debía estar el hombre. Win esperaba ver la ira reluciendo en aquellos oscuros ojos sin embargo el hombre después de la sorpresa inicial solo la miraba con la misma sonrisa traviesa.

 

-          Eres un imbécil y un animal – le grito enojada. No entendía porque se sentía tan furiosa contra aquel bruto.

 

-          Puede – la contesto chapoteando hacia el muelle – pero tú vas a ser mi mujer.

 

-          Jamás bruto descerebrado. Nunca sería la esposa de un arrogante como tú. Eres tan débil como… una sirena. Mírate ahí mojado pequeña sirenita – se burlo poniendo los brazos en jarras. Aquel hombre la sacaba de sus casillas.

 

Después del escándalo Ellen no pudo seguir quieta. Pronto las campanas tocarían la hora de misa y debían estar en sus casas para acudir con su familia, además estaba segura de que de seguir así alguien las reconocería. Su padre y el padre de Win eran nobles por derecho propio y sus fortunas venían de generaciones atrás, pero si se mantenían eran porque ambos trabajaban para el banco de hierro e invertían en el comercio. Allí entre todos esos sucios marineros no creía que ninguno pudiera conocerlos aunque tampoco quería tentar a la suerte.

 

-          Vámonos de aquí Win antes de que montes más jaleo y te reconozcan – la regaño cogiéndola de la mano y llevándosela a rastras.

 

-          Con que Win ¿eh? Perfecto – se rio el hombre saliendo del agua. – Win, la señora de William Bount. No lo olvides mujer que será mía – la grito al ver como ella y su amiga corrían entre la gente perdiéndose en el laberinto de aquella ciudad. Lo último que logro a ver de aquella chiquilla fue su sonrisa ladina.

 

Ellen y Winra atravesaron el puente tan rápido como sus pies se lo permitieron. Al otro lado Ellen suspiro tranquila, se sentía segura y a salvo pero Win lo sintió como una cárcel sin paredes cuyos grilletes tenía los nombres de obligación, honor, deber, modales, familia, familia política, cuchicheos, mentiras, hipocresía… Una mentira dentro otra mentira. Que diferente era al otro lado del puente donde lo mismo se vivía de distinta forma. Su padre siempre la había dicho que la libertad empezaba y terminaba con el dinero. Qué razón tenía. Contra más dinero menos libertad.

 

Apresuradas, corrían en dirección al gran septo de Braavos donde la gente comenzaba a reunirse y a cuchichear en pequeños grupos. Pronto comenzarían las oraciones y si sus familias no las veían allí habría represalias en forma de tareas de bordado y largas charlas con las damas más aburridas de la alta sociedad, las señoras de oro o como las jóvenes las llamaban “las cotorras de estaño”. Ellen gritaba y divagaba delante de Win sin que esta la prestara atención.

 

-          Estás loca Win como te has atrevido a besarle. Es la última que te hago caso. ¿Qué habría pasado si ese bruto llega a… bueno… a hacerte algo? Win… Win… ¡Win me estas escuchando!

 

-          Que si – la contesto la chica cansada de sus gritos. – Que es la última vez que salimos de aventuras. – “Pero…- se llevo la mano a los labios – ha sido tan…” ni siquiera su mente era capaz de darle un nombre a eso.

 

Solo un par de semanas más tarde sus pies la condujeron al mismo puerto del que jamás volvió a salir. Había encontrado la felicidad entre el mar, la sal, los barcos y sus labios. Su familia la intento estigmatizar. Todavía recordaba como su padre apareció la mañana de su unión intentando sacarla de aquel lugar. Las palabras dulces y comprensivas se borraron al ver los nudos que el sacerdote había hecho a las pulseras rojas de compromiso atándolas en señal de unión.

 

-          Has traído el deshonor a nuestra casa – fueron las últimas palabras de su padre. Win lo hubiera dejado así pero su marido era demasiado cabezota.

 

-          Discúlpeme señor, pero el deshonor se va por esa puerta de mi casa ahora mismo – le contesto señalando la misma puerta por la que el hombre salía.

 

-          Moriréis – le aviso a su hija. – Has cambiado el pan blanco por el mendrugo rancio y… – miro con desprecio de arriba abajo al hombre –  negro.

 

Sin decir palabra el anciano hombre salió dejando tras él las lagrimas contenidas de Win. No esperaba que la comprendiera, pero tampoco que la repudiara de aquella manera. Will se sentó a su lado secándole una de las lagrimas.

 

-          No puedo prometerte riquezas, pero jamás te faltara de nada. Te lo juro. – Win asintió enjuagándose las lagrimas. Si su familia no la aceptaba a ella y a su marido no se merecían ni siquiera sus lagrimas.

 

-          Confió en ti – le sonrió apretando su puño entre sus manos.

 

Win se enjuago las lagrimas que corrían por sus mejillas al ver el fruto de su marido. Aquella taberna “la sirena mojada” era el resultado de lo mucho que trabajo Will. Todavía recordaba los miembros cansados y el dolor de espalda con el que llegaba después de estar trabajando desde que el sol salía por el horizonte hasta que se ocultaba allá a lo lejos tras las grandes colinas de la isla.

 

-          No. Mi marido no desearía que su sirenita también falleciera por culpa de esta maldita enfermedad. Además – se enjuago las lagrimas que amenazaban con salirse de sus ojos y se recogió los mechones rubios que se escapan de su moño – la muerte por lo menos nos iguala. También los nobles tienen que estar sufriendo.

 

Ellen sabia que debería callárselo que era un secreto a voces entre los nobles, pero el resto del mundo no sabía nada. No estuvo nunca segura si fue el ver el pequeño retrato de Miriem, la pequeña hija de su amiga que llevaba su segundo nombre, o la ira ciega que le producía todo aquello que lo soltó.

 

-          Los nobles ya no sufren. Hace más de dos o tres meses que ningún niño muere ya.

 

Los ojos de Winra se abrieron al escuchar las palabras de su amiga. ¿Cómo era aquello posible? Solo se le vino a la mente una explicación, Sten. El hombre al que dejo por elegir a Will. Cuando salían él no era más que un aprendiz de médico, pero sabía que era un excelente doctor y un feliz padre de familia, pero nunca creyó que lograra crear aquello que él llamaba vacuna. De todas formas necesitaba preguntarlo, que Ellen se lo confirmara.

 

-          ¿Sten…? – la mujer asintió. – Entonces porque no ha curado a todos los niños.

 

-          Por… el dinero. La vacuna – se atraganto, la costaba decir aquello. Después de respirar intento seguir – la vacuna cuesta 60 monedas de oro por niño. – Ellen se cayó. Esperaba que su amiga reaccionara pero su silencio la intranquilizaba más. Por fin la vio abrir la boca sin llegar a decir nada. Varias veces hizo lo mismo hasta que al fin las palabras consiguieron salir de su boca.

 

-          Mi hija… mi marido… valían 120 monedas de oro – consiguió decir al tiempo que se notaba caer.

 

El duro suelo raspo sus rodilla al tiempo que el frio la recorrió. No supo en qué momento le fallaron las piernas solo que sentía su cuerpo muy pesado, tanto que la costaba trabajo hasta respirar. La voz de Ellen la llego desde lejos y se dio cuenta de que no la veía. Tenía los ojos cerrados y la cabeza aletargada. Las palabras de Ellen acudían a su mente pero en ella veía el rostro de Sten el día en que le confesó que no le amaba.

 

-          ¿Y qué? – le había contestado. – Llevamos juntos más de un año. Casarnos es el siguiente paso. El amor vendrá después.

 

Pero Winra ya estaba enamorada y encinta. Las dos cosas por las que su mundo cambiaria tan rápido de la noche a la mañana.

 

Los gritos de Ellen al fin traspasaron la neblina de su mente haciéndola abrir los ojos a la realidad.

 

-          Por fin. Pensé que no despertabas. Estás….

 

-          ¿Cuántos han muerto por culpa de ese bastardo? – la corto Winra clavándose las uñas en la palma de las manos. – Centenares, millares… yo solo me conformo con una. La vida de su hijo.

 

En un ataque de locura, de rabia, de desesperación o una mezcla de los tres se presento ante la casa del negro y el blanco. El dolor crispaba tanto en su interior que las palabras tardaban en salir.

 

-          Quiero la muerte del hijo del docto Sten – suplico de rodillas ante el altar donde estaba sentado y meditando el hombre bondadoso. Nadie en Braavos conocía a la hermandad solo los más ricos y poderosos sabían de ella. El resto le rezaba a un dios desconocido que traía el consuelo a sus vidas.

 

-          ¿Por qué mujer? – le pregunto el Hombre bondadoso sin apartar la vista del suelo. - ¿Por qué un niño?

 

-          Porque el grito de las madres y padres de Braavos tiene que ser escuchado. Ese hombre podía haber salvado a muchos niños, hombres y mujeres y no lo ha hecho. Si era cierto lo que decía mi padre y la libertad la da el dinero también lo es que el dinero compra la vida.

 

-          ¡No blasfemes señora!. La muerte no hace distinciones.

 

-          Pero en este caso sí y los ricos la han comprado.

 

Sin mediar palabra el hombre bondadoso se levanto dejando a la mujer sola con sus plegarias. Las palabras de la mujer todavía rondaban su mente cuando fue a ver a su discípula en la lavandería debajo del templo.

 

-          Niña abandonada conoces a un doctor llamado Sten

 

-          Si señor.

 

-          ¿Qué sabes? . – Esperaba que la mujer se equivocara.

 

-          Que se cree Dios. Mientras otorgaba el don a la familia Monartsi por orden vuestra le escuche bromear en una de esas fiestas de la alta sociedad.

 

-          ¿Qué decía?

 

-          Bromeaba y se reía. Decía que la muerte por fin tenia precio y que solo los ricos podían comprarla.

 

-          Comprendo – asintió el hombre bondadoso acariciándose la barba. Al día siguiente a Siren le otorgo su primera misión. Cumplir con la petición de la mujer, condenar al padre matando al hijo.

 

Aquella noche era perfecta. La luna jugaba con las estrellas a esconderse tras las nubes dejando a la noche en completa oscuridad. Nadie sospecharía si un muchacho ebrio con su primera fiesta en la alta sociedad acababa muerto, ahogado por accidente en una fuente publica al no poder controlar la sed. Siren le esperaba escondida tras las sombras al acecho como un depredador listo para atacar. El muchacho venía acompañado por un par de hombres que le doblaban la edad y que se separaron de él al ver por allí a unas cuantas cortesanas ligeras de ropa. En silencio y algo atolondrado el chico avanzaba por el camino que conducía a su casa. Siren estaba a punto de atacarle cuando un repentino haz de luz la ilumino el rostro justo cuando estaba delante de él.

 

-          Eres preciosa – la dijo de repente el muchacho dejándola paralizada. ¿Cómo podía matar a un chico que le acababa de hacer un cumplido? Su primer cumplido. Sonrojada de repente solo pudo darse la vuelta para marcharse. “Mañana. Lo matare mañana” se dijo a sí misma. Caminaba deprisa a pesar de la insistencia del chico por querer hablar con ella.

 

-          Espera cómo te llamas – la pregunto cuando la logro alcanzar.

 

-          A ti que te importa – le espeto Siren intentando deshacerse de su mano.

 

-          Me gusta saber el nombre de la muchachas hermosas.

 

-          Pues te sabrás muchos nombres después de esa fiesta a la que has ido ¿no?

 

El muchacho sonrió.

 

-          La verdad es que no. Muchas sonrisas y ojos por aquí y ojos por allá pero dentro de esas cabezas solo se podía oír el zumbido de las abejas. Sin embargo detrás de tus ojos hay todo un mundo. Por cierto mi nombre es Ben – dijo estirando la mano. Insegura Siren se dio la vuelta no sin antes murmurar en bajito su propio nombre. Al llegar al templo se arrepintió de habérselo dicho. Era una mujer sin rostro, era la “joven bella” ella no tenía nombre, ella era nadie.

 

Pero lo cierto es que no supo en qué momento, después de aquella conversación, empezó a interesarse por él. Intento matarle tres veces más pero jamás logro hacerlo. Siempre esperaba hasta el último momento para que él la descubriera entre las sombras.

 

Después de un mes entero sin que la misión se cumpliera el Hombre bondadoso no pudo pasarlo por alto, ya no tenía más escusas que darles a sus hermanos. Aquella misma tarde mientras comían en el comedor del templo el hombre la dio un ultimátum.

 

-          Siren debes matar al muchacho.

 

-          Lo haré hombre bondadoso. – Ya no era una niña, hacía tiempo que ya no le llamaba padre.

 

-          Siren… - suspiro – mientes. La niña abandonada lo hará por ti – dijo mirando a la chica que comía al lado de ellos silenciosa como una sombra - y tu… tendrás que volver a entrenarte. No puedo revocar tu ingreso pero si castigarte. No estarás dentro de la orden hasta que no seas capaz de cumplir con tu obligación. Niña lo quiero muerto hoy – le ordeno a la niña abandonada antes de levantarse de la silla. Nada más salir por la puerta la chiquilla se levanto tras él.

 

-          Nos vemos tras la misión Siren – se despidió dejando a la muchacha sola.

 

Siren sintió como si una bola se hinchase dentro de su pecho impidiéndola respirar. Si la niña abandonada salía del templo antes que ella jamás podría evitar que Ben muriera. Jamás antes había tenido la necesidad de volar, pero en esos momentos deseaba ser un cuervo, una paloma o incluso una de esas gaviotas que tanto odiaban los pescadores por robarles el sustento. Atravesó el laberinto de calles que constituía la ciudad de Braavos hasta llegar al parque donde se encontraba con Ben. El muchacho se encontraba sentado en uno de los bancos con un hombre que se le asemejaba más mayor que él. La confianza con la que se trataban y las sonrisas cómplices solo podían hacer del desconocido su padre. Ajena a cualquier pensamiento de cordura se acerco al chico corriendo agarrándole de la manos bajo la mirada aterrada del hombre.

 

-          Tienes que irte – le grito arrastrándole por las manos lejos de su padre. – Tienes que irte antes de que venga.

 

-          Espera Siren ¿que venga quien?. Aquí no hay nadie salvo yo y mi padre – la contesto tratando de calmarla. Sosteniéndola del brazo se acerco hasta su padre que les miraba con el ceño fruncido. – Padre esta es la muchacha de la que te hablaba.

 

-          Es hermosa Ben no te lo discuto. Pero no deja de ser una pobretona. Disfruta cuanto quieras pero no te hagas ilusiones.

 

Aquella conversación debería haberla molestado pero en esos momentos ni siquiera ese desprecio la dolió. El brillo del cuchillo que vio desde el otro lado del parque nublo su mente. Ni siquiera fue consciente de cómo su cuerpo agarraba el brazo de Ben tirándole hacia ella. El silbido del arma cortando el aire fue más sonoro que cualquier grito que ella pudiera hacer. Los ojos del padre de Ben se abrieron como platos al volverse. Intento ver de dónde venía el cuchillo mientras abrazaba a su hijo.

 

-          Te marcharas de Braavos. No estás seguro aquí.

 

-          Pero padre yo…

 

-          Los hombres sin rostro quieren tu muerte y no se lo permitiré. – Sus ojos se clavaron en Siren. – Ahora entiendo tu interés por mi hijo.

 

-          Señor yo… - Siren intento defenderse pero el hombre la mando callar con solo una mirada y continuo como si nunca le hubiera interrumpido.

 

-          Sospecho que tu trabajas para ese maldito templo. Asegura a tu amo que salvare tantas vidas como pueda si perdona a mi hijo. Y ahora lárgate y aléjate de nosotros, asesina.

 

-          Señor… Ben… . – El muchacho la contemplaba por primera vez con esos ojos de terror. No veía en ella a la chica de la que se estaba enamorando sino a la asesina que quería matarle. – Ben. – Al ir a tocarle el muchacho se aparto por instinto.

 

Dolida Siren se levanto y se marcho sin volver la vista atrás. “Si lo hago llorare” se dijo mirando al frente con la cabeza lo más erguida posible. No sabía que la esperaría en el templo pero no temía al castigo, no creía que nada pudiese hacerle más daño. Que equivocada estaba.

 

Cuando sus pies recorrieron los familiares peldaños de la entrada del templo tenía que haber notado que algo iba mal. Las puertas abiertas de par en par la invitaba a entrar en la boca del lobo y ella se metió de cabeza. El eco de su pisadas en las baldosas del templo resonaron por toda la sala repleta de cadáveres a los que nadie atendía. No había ningún discípulo. Al llegar al centro de la sala vio como de entre las sombras salían trece personas encapuchadas rodeándola casi al instante. Tuvo miedo hasta que escucho la voz del hombre bondadoso procedente desde el altar.

 

-          Dejad que se acerque – ordeno a las personas para que la abrieran paso.

 

-          Hombre bondadoso, padre, el señor Sten se arrepiente. Enmendara las vidas que se ha llevado a cambio de la de su hijo. Por favor acepta el trato.

 

-          Siren el chico ya ha muerto. La niña abandonada cumplió con su deber hace ya varios días.

 

-          Es imposible. Yo… me he estado viendo con él – susurro cayendo impotente de rodillas al suelo.

 

-          Lo sé. No soy ciego niña. Pero el muchacho con el que te has visto ya no era el hijo del doctor. El chico que has visto es un discípulo que tiene como misión asegurarse de que ese hombre no vuelva a poner precio a la muerte por lo que le reste de vida.

 

La muchacha se llevo las manos a la boca ahogando el grito que la desgarraba la garganta. No podía creer que su vida fuera a peor. Acababa de perder al muchacho al que amaba. El carraspeo del hombre bondadoso la devolvió a la realidad. Le encontró pronunciando unas palabras en el antiguo idioma valyrio. No entendía lo que significaba pero las lagrimas diminutas del hombre no presagiaban nada bueno. En un momento del cantico se volvió hacia ella y acaricio con delicadeza sus mejillas hasta llegar a su mentón. Tras ese simple contacto la piel la empezó a hormiguear.

 

-          Hemos terminado – sentencio el hombre bondadoso al acabar el cantico. – Estas desterrada de la hermandad. Que tu nueva tú sea el castigo que te acompañe por toda la eternidad.

 

Siren no entendió a lo que se refería hasta que levanto las manos en su dirección para pedirle perdón. Las arrugas, las manchas, el temblor… aquellas no podían ser sus manos.

 

-          Padre – le suplico asustada alargando las manos hacia él.

 

-          No soy tu padre. Soy el Hombre bondadoso y tú no eres más que una anciana cuya vida jamás terminara hasta que no pasen 80 veranos. Ahora vete y que el Dios de muchos rostros te proteja. – Se fue a dar la vuelta pero las manos de la que hasta entonces había sido para él como un hija le agarraron los bajos de la túnica.

 

-          Por favor otra oportunidad. La ultima – le suplico la anciana arrodillada.

 

-          No. – La voz rasgo duramente el aire sorprendiendo a todos en la sala. Muchos de los presentes creían que el anciano se ablandaría como siempre con la muchacha. Pero para el asombro de todos el hombre bondadoso se deshizo del agarre y clavo sus ojos en la mujer. – Sabias como era esta vida, jamás te la oculte y aun así la elegiste. Te volví a dar la oportunidad de marcharte, de tener una vida llena de felicidad de encontrar el amor y crear tu propia familia y volviste a rechazarla. Pero una vez ingresaste en nuestra hermandad te atreviste a desobedecernos, a traicionarnos ¿y por quien?, por un simple muchacho. Nos deshonraste y ahora cargaras con las consecuencias. ¡Lleváosla! – ordeno con un fuerte golpe de bastón. “Si vuelve a hablar la perdonare. Lleváosla antes de que me ruegue” suplico en su mente.

 

El hombre bondadoso la vio marcharse arrastrada por los miembros de su hermandad. La niña de cabellos alborotados y mente traviesa que conoció y crio ya no estaba. La joven muchacha hermosa cuyos ojos podían dar de beber al más sediento y sus labios rojos podía hacer tiritar de deseo en la que se convirtió les había traicionado. Él le aviso, le dijo que viviera su vida, que hiciera una más allá de esas paredes y la muchacha no quiso. Ahora no le había dado opción. Su rostro, su cuerpo, todo en ella era decrepitud, vejez, muerte. Ese era el fin que le esperaba y eso mismo le mataba por dentro ya que incluso dentro de ese viejo cuerpo seguía siendo su niña.

 

-          Triste. Triste y patético lo mires por donde lo mires – sentencio Arya sin impórtale si sus palabras herían a la mujer.

 

-          Cierto. – La mujer agacho la cabeza intentando recordar a aquel muchacho que se desvanecía cada vez más en el estanque de sus recuerdos. Cansada, igual que si fuera una anciana, se quedo contemplando a Arya. - ¿Y tú? Cual ha sido tu castigo.

 

-          Ninguno. – Arya se levanto inquieta. Era cierto que el hombre bondadoso la obligo a marcharse, pero no la castigo. Pero entonces ¿Por qué sentía que lo había hecho?

 

-          Comprendo – susurro la anciana al verla moverse inquieta entre sus cosas. – Te ha dado la oportunidad de elegir. – Arya se volvió a verla. – Puedes elegir tener una vida o volver. La pregunta es que deseas tú.

 

-          Salvar a Jon y para eso necesito esta flor. ¿La tienes? – dijo lanzando el libro con la pagina abierta en el dibujo de la rosa. La mujer hecho un rápido vistazo y negó con la cabeza.

 

-          Si existen deberás encontrarlas tú sola o con ese “maridito” tuyo.

 

Arya la miro impasible mientras arrancaba la hoja de libro y lo dejaba en su sitio.

 

-          Gracias por tu ayuda – fue lo único que la dijo encaminándose hacia la puerta.

 

-          Veo que eres buena, muy buena. No te inmutas por nada ni demuestras nada, sin embargo hay un don que el anciano no te enseño. – Arya se giro con la ceja levantada. El hombre le había enseñado de todo, desde los más terribles venenos hasta las curas más imposibles, a cambiar de rostro entre la multitud o a leer el corazón de las personas. Era capaz de matar con una aguja de coser sin que nadie se diera cuenta. ¿Qué demonios no le había enseñado? La mujer sonrió al intuir su pregunta. – No te ha enseñado a ver el futuro, niña.

 

-          Yo no creo en esas cosas – la contesto Arya decidida a marcharse.

 

-          Veo dos corrientes de aguas en tu vida. Rápidas y fuertes, cada una cruza distintos parajes. Una parece suave y llevadera con afluentes que se unen al rio, pero hay fuertes corrientes bajo sus aguas profundas, muy profundas. – Al ver el interés de la chica la anciana prosiguió. – La otra es menos caudalosa, pero más salvaje. Corre sin ataduras ni afluentes que le hagan ir más despacio, viaja sola y libre. La pregunta es chica extraña ¿Cuál quieres que llegue contigo al mar?

 

-          Le repito – sonrio de medio lado – que yo no creo en esas cosas.

 

El portazo que acompaño a Arya hizo sonreír a la anciana. Había visto todo lo que necesitaba saber en sus ojos. Por una fracción de segundo vio la duda, el temor, la inexperiencia, pero sobretodo vio el miedo. El miedo más oculto y terrible que tenían las personas. El miedo a enfrentarse a lo que había dentro de ella.

 

 

 

“Vieja charlatana. La edad se le ha subido a la cabeza. Corrientes, ríos. Lo que necesita es darse un buen baño de agua fría en el presente y dejar el futuro en donde tiene que estar, en el futuro. Y encima no tenía la maldita rosa. ¡Jon! – Apretó el papel entre sus manos rabiosa. Había logrado atravesar todo el bosque en apenas dos días, pero solo para llegar a la maldita montaña que ningún norteño podía escalar. Era la zona más cerca del norte y a la vez la más lejana. La montaña ocupaba tanto como un reino y nadie había coronado su cima por lo que mucho menos la habían podido atravesar en una semana. – No importa cómo – miro la montaña que se alzaba imperiosa sobre el pueblo - atravesare esa maldita montaña o me iré al mismo muro y ordenare que me abran las puertas. Y que llueva la sangre si no me obedecen”

 

Arya recorrió sin darse cuenta la calle principal del pueblo ajena a los ojos que se clavaban en ella tras las ventanas. Al levantar la vista vio el enorme pozo cuyas aguas subterráneas daban de beber al pueblo entero. Sonrió. Eso significaba que había llegado a la plaza principal, ahora tenía que llegar al hogar del jefe. Gendry no tendría que esperarla para hablar con el jefe, no era normal esperar a una mujer para tratar asuntos ya fuese o no importantes, aunque deseaba que no se le ocurriera abrir la boca ni siquiera para soltar una gracia. Todo lo que el muchacho tenía de fuerza le faltaba de cerebro. “Lo más probable es que nos ejecuten si él abre la boca o peor – chasqueo la lengua – que me obliguen a volver a Invernalia o Bastion Kar”

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