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Nieve por yuukychan

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Notas:

Buenas tardes espero que el capitulo os guste 

Dentro de aquel pueblo todas las calles parecían exactamente las mismas. En desembarco del rey, en Braavos o en su propio hogar Invernalia las casas y calles se dividían por algún tipo de sistema, ya fuera la  extracción social a la que se pertenecía o el gremio para el que uno trabajaba. Incluso las casas se diferenciaban unas de otras pero aquel pueblo parecía un intrincado panal donde cada casa se parecía a la siguiente. Hastiada de dar vueltas sin que los cientos de ojos que sentía que la miraban no la ayudasen volvió de nuevo a la plaza esperando encontrar a alguien. “Tendremos que encontrar a la abeja reina preguntando a una de sus obreras” se dijo Arya mientras caminaba por el laberinto de calles. 


Antes de llegar a la plaza vio desde lejos a un hombre que sacaba agua del pozo y la bebía derramando parte de ella al suelo. La caballera castaña que empezaba ralearle en la coronilla y las canas que corrían salvajemente por sus sienes le decían a Arya que aquel hombre rondaba ya los 50 inviernos, pero lo que más la marco fueron los ojos grises que la miraron. Por un momento sintió que era su padre quien la miraba con esa hosquedad y se la helo la sangre como cuando era niña. “Malditos ojos norteños” se reprocho en silencio cuando llego al lado del hombre. 


- Buenas tardes señor. Podría decirme…

- Tú debes ser la esposa de ese soldadito – la corto el hombre sin miramientos. Arya asintió. Agradeció que Gendry no hubiese abierto la boca para decir lo contrario. – Sígueme – la ordeno dotando a su voz de todo el desprecio que sentía. 


Atravesaron la plaza siguiendo la calle principal hacia el pie de la montaña que cada vez se iba alzando más imponente ante ella. El hombre que la guiaba caminaba deprisa dando zancadas tan largas como le permitían sus piernas. Desde atrás Arya podía ver la espalda ancha y algo curvada y los enormes brazos que se apretaban bajo la túnica ajada por el uso.

- Es usted herrero ¿me equivoco? 

El hombre sin dejar de caminar asintió con la cabeza pero no dijo nada más. Las calles antes vacías se llenaron de gente que se abría paso a su alrededor mirándola con una mezcla de curiosidad y furia que podía sentir hasta lo más profundo de su alma, aunque no la importaba. Nadie en esa aldea le era importante y quemaría hasta la última casa si con ello pudiera conseguir la rosa de los muertos. Un escalofrió ya conocido recorrió su espalda, a veces sus propios pensamientos la atemorizaban. En la casa del blanco y el negro no había ningún tipo de moralidad respecto a la mente porque simplemente no había ningún tipo de pensamiento. El trabajo era cumplir las misiones y dar el don a las personas que lo necesitasen. Si estaba mal o bien el Dios de muchos rostros lo decidiría. Allí era diferente y Arya tembló. En el pasado mientras viajo con Gendry y después con el Perro matar era una forma de sobrevivir, en el templo un trabajo, pero ¿y ahora? ¿Su corazón era tan frio realmente?

- Si – susurro. La tristeza que sintió al pronunciar aquella silaba no la provocaba el miedo o los sentimientos contradictorios sino la aceptación de su propio ser. 

- Decías algo – bufo el hombre sin dejar de caminar.

- No señor. – “Solo que mataría hasta el último de todos vosotros para conseguir lo que quiero y no me arrepentiría” pensó cerrando los ojos ante la fría realidad. 

- Tienes buena intuición muchacha. Fui herrero – la contesto el hombre de repente. 


Arya asintió de nuevo esperando que el hombre continuase; siempre era más fácil manipular a las personas si se sabía algo de ellas, pero solo obtuvo silencio. Sospechaba que aquel señor le gustaba dedicarse sus largas pausas para pensar que decir como a Gendry. “Tiene que ser cosa de la herrería. El ritmo de los martillos o la serie de golpes que realizan porque no es normal. Es cierto que los ancianos se toman su tiempo, pero Gendry es joven y este… no es tan mayor como lo era el maestre” Al rato cuando creyó que no le diría nada más el hombre siguió hablando. 

- Trabajaba de herrero antes de que mi forja se destruyera en un incendio. Trabajaba con un pedazo de acero valyrio que encontré hace muchos años entre las ruinas que quedaban en unos de los castillos negros al noreste de aquí. Al principio me emocione al pensar en que podría hacer con él: una espada fina, una daga o incluso puntas de flecha… y por cuanto lo podría vender luego. Era codicioso – se rio aunque no era difícil escuchar el tono de tristeza que vibraba en su voz. – Al final me decidí por una espada bastarda. Hubiese preferido una espada normal pero no tenía suficiente acero y es una lástima te dan más dinero por ellas. Ya estaba preparado para hacerme rico pero me olvide de una cosa; no conté con mi fragua. – Escupió al suelo como si acordarse de ese día le produjera mal sabor de boca y así tenía que ser pensó Arya al ver la mueca de decepción en su rostro. Sin aminorar el paso el herrero continuo hablando de su fragua. –  El problema era que no podía dar más calor y el acero no se modelaba como yo quería por lo que compre algo… que malditos sean los demonios que me convencieron. Veras… en la capital sureña unos locos crean…

- “Fuego liquido” de los alquimistas – le interrumpió Arya.

- ¿Cómo lo habéis averiguado? – se sorprendió el hombre. Pocas eran las norteñas tan jóvenes que habían ido al sur y vuelto de una pieza. La guerra se había cebado con los siete reinos.

- He viajado mucho con mi marido – se encogió de hombros la muchacha. Aquella respuesta siempre terminaba cualquier otro tipo de pregunta o por lo menos así era en Braavos, pero el hombre no parecía del todo satisfecho, todavía notaba en sus ojos la desconfianza que empezaba a crecer en él. – Además – continuo para tranquilizarle – vuestra espalda tiene una curvatura algo extraña. No se debe a la edad ni tampoco al peso por lo que debe ser una herida y bastante grande teniendo en cuenta toda la espalda. Y me habéis dicho que vuestra fragua se quemo y mi marido alguna vez fue herrero en Desembarco del rey. Solo el fuego de los alquimistas puede quemar el hierro.

- Hombre tonto, mujer inteligente. Esa es la fórmula secreta de los dioses – susurro el hombre meneando la cabeza sin que la joven lo entendiera. – Mi mujer me aviso de que no jugara con ese frasquito y no le hice caso – dijo apesadumbrado. Arya se fijo en que por primera vez desde que la llevara a la casa del jefe ambos caminaban uno junto al otro, por fin empezaba a bajar al guardia. - Hace dos años que intento reconstruirla pero no tengo el suficiente dinero y ahora que el comercio por el norte es tan jodidamente productivo el precio de las cosas ha aumentado de forma escandalosa y el campo… bueno. No es lo mío.

- ¿Y su mujer?

- Harta de coser. Le encantaba bordar y hacer ropa para las mujeres del pueblo, pero ahora lo detesta. Día y noche tiene que bordar para tener los encargos a tiempo y poder dar de comer a nuestros cinco hijos.

- Vaya sois afortunado de tenerla. – “Para eso vale el matrimonio. Para eso la sirvió casarse“ se dijo pensando con desprecio en la mujer.  

Siempre había detestado las clases de modales y actitudes que le daba la Septa Mordane y ahora las recordaba todas con mucho más odio. No la importaba tener que sentarse de una manera o de otra, o tener que comer la carne en pequeños mordiscos o cosas por el estilo. Lo que odio siempre fue que su vida, su mundo, su libertad, fuera en función de un hombre. Jamás podría gobernar Invernalia, un castillo, o un ejército; sería su marido quien lo hiciera, no ella. La Septa, su madre, su padre incluso Sansa la recordaban que la mujer se debe unir al hombre para poder ser alguien sino ¿Qué era? Todavía recordaba como su madre se burlo de ella cuando le dijo que la reina Nymeria no necesitó de nadie para conquistar Dorne.

- Incluso la reina Nymeria se caso con el rey dorniense, fue su esposa, su mujer y madre de sus hijos. Al final acabo haciendo lo que el resto de mujeres. Lo que tendrás que hacer tu algún día si es que conseguimos encontrarte un marido.

“Una hija sin rostro no necesita casarse para ser alguien. Puede ser quien quiera – se recordó apretando los puños al pensar en su madre. – Si. Pero tú no eres una hija sin rostro. Eres Arya. Aquí y ahora era Arya Stark” la joven meneo la cabeza para sacarse todos aquellos pensamientos. Era cierto que añoraba Braavos y su vida allí pero no era el momento. Tenía que concentrarse en la rosa de Jon, después lo dioses dictarían su futuro.
 
No importaba si las aldeas eran las más pequeñas del reino o los pueblos eran de los más grandes y prósperos, las casas de los señores o jefes siempre eran distintas del resto. Contra más pobre fuese la aldea menos lujos tendría pero siempre algo destacaría ya fueran establos, el tamaño o incluso el número de plantas. Aquel pueblecito norteño parecía bastante rico a pesar de su aislamiento y el enorme caserón del jefe se lo demostró.

La gran casa que se alzaba junto al pie de la montaña era una mansión comparada con las del resto. La planta baja construida en piedra maciza casi podía ocupar tanto como el salón de banquetes de Invernalia y sobre ella se construía otra planta en madera y piedra aunque mucho más pequeña. A la entrada dos grandes postes más altos que la casa izaban en el aire dos pedazos de tela tiesos por el frio. Aun así desde abajo se podía ver que uno era más viejo que el otro. “El lobo de los Stark y el dragón de los Targaryan” intuyo Arya, pero se fijo en que uno de los postes tenía otro emblema además.

- ¿Qué emblema es? – pregunto al no distinguirlo.

- Es un símbolo norteño, de más allá del muro. Lleva tanto tiempo que nadie se acuerda quien lo trajo ni que significa. Es una bandera blanca con un punto negro en su centro.

Al atravesar la puerta blanca de madera de arciano Arya sintió del golpe el calor que emanaba de la habitación. Al igual que en Invernalia había un montón de mesas distribuidas en dos filas rectas que hacían un pasillo en medio de la habitación. En su hogar ese pasillo acababa frente al estrado donde se sentaba su padre y ahora Jon, pero allí terminaban directamente ante la chimenea que calentaba un burbujeante caldero. “El jefe se sentara entre su gente” pensó siguiendo al hombre que la llevaba hacia unas escaleras que subían al segundo piso. Mientras subía vio como una mujer de grandes caderas salía de la puerta del lateral con una bandeja llena de nabos y zanahorias para echarlas al puchero. Arya pudo saborear el dulce olor de la carne asándose y el pan recién hecho antes de que la puerta se cerrara. No se había dado cuenta de el hambre que tenía hasta ese momento en que su estomago rugió olvidándose por un momento de donde estaba.

“Después de lo que ha pasado y tú pensando en comer – se reprocho tocándose disimuladamente el estomago. – Tendrás suerte si al menos quieren comerciar contigo y venderte un par de caballos para llegar al muro”

Al final de las escaleras se encontró con otro pequeño salón en miniatura. Solo había una mesa con cuatro sillas y la chimenea de donde se desprendía calor sin ni siquiera haber un fuego. La rejilla de hierro que tapaba el agujero comunicaba directamente con la de abajo proporcionado calor a las dos estancias. Dentro de la sala solo había dos puertas más que llevarían seguramente a los dormitorios, pero estaban cerradas. Arya noto de inmediato ese silencio sofocante y aquella sensación de peligro que la recorrió la espalda. Sentados a la mesa estaban Gendry, Mikke, Jona y un hombre de larga barba negra con mechones grises que debía ser el jefe. La mirada dura y el semblante serio hizo preocuparse a Arya que miro directamente a su amigo. “Por los dioses Gendry espero que no hayas abierto la boca para decir algo demás”

- ¡Jack, jefe! La mujer – dijo el herrero en cuanto puso sus pies en el salón.

- Gracias Steve. Dile a mi mujer que te ponga algo de comer. Tiene que estar abajo con el puchero – le despacho el hombre de la barba. El herrero se dio la vuelta para marcharse y Arya camino unos pasos en dirección a la mesa. Al verla moverse los ojos del jefe se clavaron en ella de inmediato. – ¡Largo chiquilla! Estamos hablando cosas de hombres. Puedes ir a ayudar a las cocinas si te aburres. 

- Mi mujer se queda – contesto amenazadoramente Gendry. Había estado preocupado al dejarla en casa de aquella loca anciana y no estaba dispuesto a perderla de nuevo de vista.

- No te confundas muchacho del verano. Si todavía conservas la cabeza es porque mi hombre sigue vivo. 
Gendry le miro ceñudo desviando la vista hacia la pared detrás del jefe. Arya se volvió para ver la espada de su compañero descansando dentro de su vaina lejos de las manos del guerrero que apretaba los puños deseando empuñarla. “Será mejor que intervenga” se dijo acercándose más a Gendry hasta colocarse de pie a su lado. Al poner una mano sobre su hombro le pareció curioso que sentando era un poquito más bajo que ella aunque solo fueran por un centímetros y eso, de una forma extraña, la hizo sentirse segura. “Bobadas. No soy como Sansa. No necesito la protección de nadie – se dijo recobrando la compostura e irguiendo la cabeza. – Mis años de ratón asustado se quedaron en Harrenhal. El miedo que sentí entre aquellas inmensas paredes no lo he vuelto a sentir en mi vida ni lo sentiré”

El silencio y la hosquedad del hombre asfixiaba la atmosfera de la pequeña sala. Los dos muchachos que les habían acompañado parecían sentirse incomodos en presencia de aquel norteño que no dejaba de mirar a Gendry con los ojos entrecerrados. “Si planea algo será mejor cortarlo de raíz” pensó Arya al carraspear para llamar la atención del hombre. 

- Nos ofrecería vino y pan, por favor – le dijo al jefe sin inmutarse del odio que empezaba a ver en sus ojos cuando miraba a Gendry.

Jack se volvió hacia ella de inmediato. La muchacha le estaba pidiendo abiertamente la hospitalidad de su casa, o lo que era lo mismo, la hospitalidad de los Dioses. Era una clara amenaza silenciosa de que no podía tocarles bajo aquellas paredes durante sus estancia. Deseo negarse, pero aquel lugar no solo era su casa sino también la representación de la ley del reino, eran norteños y estaban bajo la ley de los Stark. Desde el asesinato en la boda roja del legitimo heredero de Eddard Stark, Robb Stark; el actual rey se tomaba muy en serio la ley de la hospitalidad. Con un gesto hosco y a regañadientes les indico a su hijo Mikke y a Jona que fueran a por el vino y pan. Los muchachos incómodos por la situación se levantaron deseosos por marcharse de aquel cruce de miradas. Mikke había intentado explicarle lo hechos a su padre, pero en cuanto pronuncio las palabras sangre, herida y muerte ya no le escucho más. Solo se concentro en odiar a aquellos intrusos que venias a destruir la paz de su pueblo.

- Padre la culpa ha sido nuestra. Por favor tienes que escucharme – le había intentado suplicar, pero su padre se volvió hacia él con indiferencia. Le daba igual lo que pensara el menor de sus hijos.

Cuando los muchachos se fueron el tiempo pareció detenerse. A solas con la pareja el jefe los contemplaba. Algo en ellos le incomodaba. Su comportamiento, su forma de actuar, incluso la manera de hablar. Había estado controlando al hombre todo aquel tiempo. Sin dudas era un guerrero, su cuerpo musculado y el arma que portaba eran evidentes signos de que después de la guerra se había puesto al servicio de algún noble. Al ver a la muchacha no se fijo mucho en ella solo que su marido la sobreprotegía y que no había querido hablar de nada hasta que ella no estuviera presente, algo muy extraño sin lugar a dudas. Al fijarse ahora en la mujer comprendía que sus hombres se asustasen si la vieran sola en el bosque. Era una mujer muy hermosa, con una belleza salvaje como si hubiese salido de una de sus leyendas, pero algo en sus ojos le hacía desconfiar de ella.

- ¿Sois noble o bastarda de alguno? – la pregunto de repente sin saber si quiera porque lo había hecho. 

- No, mi señor. Soy hija de pescadores del norte – le respondió Arya con una sonrisa en el rostro. Gendry se quedo en silencio, impresionado al ver cómo era capaz de mentir con tanta naturalidad. Sus modales, sus gestos, todo en ella parecía cambiado aunque de forma sutil. “¿Dónde demonios habrá estado?” se pregunto. 

Antes de que Jack pudiera seguir hablando su hijo y el hijo del constructor aparecieron por la puerta con una bandeja cargada de vino y el pan.

- Jefe vuestra mujer dice que pronto estará la comida.

- Bien. Será mejor acabar con esto cuanto antes – se volvió hacia la pareja. – Habéis herido a mi hombre. 

- Porque vuestro hombre intento herir a mi mujer. Una mujer indefensa que no podía defenderse – “aunque si le pudiera haber matado” Arya le miro y vio en ella el esbozo de una sonrisa burlona. Se estaba acordando de cómo le dejo tirado en medio de la nieve con una pequeña herida en el cuello y él lo sabía.

- Está bien. Reconozco el fallo de mi hombre. Arreglaremos esto con compensaciones y os marchareis. No me gustáis caballero sureño y vuestra mujer, aunque norteña, me pone nervioso.

Arya le sonrió pero no dijo nada. A lo largo de sus viajes había conocido a hombres y mujeres perspicaces. Su rostro y sus gestos no eran más que un disfraz, y un disfraz siempre es un disfraz, si se escarba puede llegar a verse a la persona que hay detrás. 

- ¿Qué proponéis? – continuo Gendry al ver que Arya simplemente estaba en silencio a su lado observando la escena.

- Mi hombre está herido. Una moneda de plata por el trabajo que no podrá realizar mientras se recupera.

- Es mucho…

- De acuerdo – le interrumpió Arya. Jack la miro receloso pero no dijo nada. Sus ojos iban del hombre a la mujer y otra vez al hombre. ¿Quién era el que controlaba la situación? Su mujer jamás se había atrevido a intervenir en conversaciones entre hombres y mucho menos en negociaciones tan importantes.

- Veo que es su mujer quien lleva los pantalones – se burlo de Gendry. El caballero se limito a sonreír.

- Porque si la dejara ir con vestidos hasta los mismos reyes me la disputarían – le siguió la gracia. Si aquel insecto esperaba enojarlo con aquellas pullas tendría que esforzarse más. 

- Vaya, vaya. – Jack se echo para atrás en su silla cruzando los dedos por encima de barriga. – ¿Y que querréis a cambio, señora? – la pregunto sin quitar aquella irritante sonrisita.

- Queremos caballos y provisiones para ir más allá del muro. Y pagaremos por ello – respondió antes de que el jefe se negara en rotundo.

- ¿Más allá del muro? Ahora si sé que estáis bromeando – se rio el jefe dando un largo sorbo de su vaso de vino. Arya cogió el suyo entre las manos y tras humedecerse los labios lo deposito con fuerza contra la mesa derramándolo. Jack la miro. La mujer iba en serio, quería ir al otro lado del muro. “Brujería” pensó mirándola fijamente sin apartar la copa de sus labios. – ¿Y para que queréis ir al otro lado del muro? – Silencio. Jack deposito el vaso sobre la mesa y negó con la cabeza. – Provisiones hay de sobra. Sobre todo carne seca, pero caballos no. Los sementales tienen que empezar a montar y los de batalla están listos para enviarlos al sur. Y antes de que digas nada las hembras no las vendemos, no comerciamos con nuestro medio de subsistencia.

Arya deseo replicarle, pero el hombre ya se levanto sin darla opción. Para él la conversación quedaba zanjada y nada de lo que dijeran le haría cambiar de opinión. Hastiada e impotente saco una moneda de oro y la lanzo contra la mesa. 

- Para el herido. Nosotros al menos si saldamos las deudas. 

Salió de la habitación seguida por Gendry que se entretuvo el tiempo justo de recoger su espada. Algo tuvo que decir el jefe que el caballero soltó una maldición antes de seguirla escaleras abajo. En el silencio del salón oyó sus pies pesados bajar cada uno de los escalones haciendo un ruido chirriante y también escucho el crujido de los dientes al apretar el metal seguido de un ronco quejido. “Desgraciado. Encima pensarías que era de cobre. Los dioses te partan ese diente” le maldijo Arya. 

El frio aire de finales del invierno le dio de pleno al abrir la puerta empujándola contra el pecho de Gendry. De haber sido otra chica se habría ruborizado al sentir el fuerte pecho del que fue aprendiz de herrero pero era Arya.

- Gracias – le soltó separándose lentamente de él de nuevo atenta al mundo que veía fuera.

- No hay de que – le respondió Gendry ayudándola a incorporarse a la vez que dejaba escapar de entre sus manos uno de sus finos bucles. 

Afuera olía a tormenta, el cielo estaba negro, no tenían caballos y además había perdido una moneda de oro por no tener de plata. Nada la estaba saliendo como quería y para colmo su estomago rugió.

- Busquemos una posada y comamos algo. Nos vendrá bien – la sugirió Gendry poniendo una mano sobre su hombro. Conocía bien a la pequeña loba y sabía que ahora se la estaban llevando los demonios. 

- No me rendiré – dijo de repente Arya ignorando las palabras del caballero. Sin decir a donde hecho a caminar hacia uno de los muros que rodeaba el pueblo por la zona de la ladera donde pastaban los animales.

- ¿Y qué planeas hacer? – la pregunto caminando unos pasos detrás de ella. – Sin caballos no podemos ir tan al norte. No llegaríamos a tiempo. – La muchacha le ignoro. No necesitaba que le recordaran lo que ya sabía, pero su amigo nunca entendió cuando debía callarse. – ¡Arya! – la llamo de nuevo al ver que no le contestaba.

- ¡O por lo dioses Gendry! Te callas y me sigues o te vas a una posada, pero no me molestes – le bufo.

El antiguo aprendiz de herrero suspiro meneando la cabeza. ¿Cómo demonios había acabado enamorado de una mujer tan violenta? Es más ¿Cuándo? Le había interesado desde el momento en que supo que aquel muchacho llamado Arry realmente era una criaja disfrazada. Le hizo gracia su osadía pero no era más que un niña bravucona. Después cuando viajaron le gusto su forma de ser, aquella manera ruda y algo bruta de hacerse entender y lo torpe que era para disculparse. Pero cuando la vio vestida de dama en la casa de aquella noble lo supo aunque entonces no pudo ni reconocerlo. Se había enamorado de la lobita. “Y por unirme a los hombres sin estandarte la perdí, pero que otra cosa podía hacer. – La observo en silencio caminar buscando de aquí para allá algo que solo ella sabía. – No tenía nada que ofrecerla. No era más que un simple aprendiz de herrero buscado por ser bastardo del Rey Robert Baratheon. No tenían futuro y si una muerte asegurada si los hombres de la reina los cogían” Suspiro. Lo más fácil sería volver con ella a Bastion Kar aunque fuera llevándola a rastras y buscarse a una chica de noble cuna que no le diera problemas con la que casarse e ir a Bastion de Tormentas. Tener hijos, muchos hijos. Chicos a los que pudiera enseñar a montar a caballo, a luchar con la espada, que heredasen su titulo y princesitas, niñas hermosas como su madre a las que consentir y mimar. “Podría hacerlo. Podría buscarme a una esposa hermosa, dulce y cariñosa para dejar de perseguir a una loba en medio del bosque” pensó aunque era consciente de que no lo haría. Él era el venado que seguía a los lobos por el bosque.

Al otro lado del pueblo, en la zona más alejada de la montaña se encontraban todas las granjas. El jefe no les había mentido al decir que los caballos eran su medio de subsistencia. Casi todas eran tan grandes como posadas aunque la mayor parte la ocupaban los establos, las casas en comparación podían ser tan pequeñas que no tendrían más de una habitación, dos como máximo. Los mozos y muchachos más jóvenes se encargaban de asear las cuadras mientras que los más mayores sacaban a pasear a los caballos para que se ejercitaran sobre la nieve. El norte daba los caballos más resistentes para las batallas. Dentro del pueblo no había espacio por lo que a lo largo de la muralla de esa zona se construyo una puerta ancha y algo rudimentaria por donde salían los caballos y demás animales a pastar. Las risas y bromas de los montadores que vagueaban por la puerta se silenciaron ante el ruido de afuera. 

- Lobos. – Escupió uno al suelo con asco. – Habrá que hacer una salida – murmuro un pelirrojo de melena espesa y mueca de fastidio.

- Yo esperaría – le contesto su compañero. Un hombre moreno picado de viruelas de ojos vidriosos. – A lo mejor es una manada transitoria. Ya sabes que una vez al año pasan por aquí varias.

- Mas nos vale. El año pasado perdimos a tres perros y las crías de este año todavía son cachorros.

Otro aullido y esta vez más cercano puso a los hombres en tensión. Arya se preocupo al pensar en Nymeria. Su amiga la esperaría en el bosque, pero temía por ella. Aquellas aldeas adiestraban a los mejores cazadores y la loba estaba sola. Por muy grande que fuera acabarían matándola si iban más de dos. 

- Arya que vas… 

- Todavía no lo sé – medito – pero algo se me ocurrirá. Ahora vamos que me rugen las tripas. 

Cogió de la mano a Gendry y atravesó con él las mismas calles que había recorrido en dirección a la plaza. En una de sus esquinas se levantaba una posada de piedra y madera con una gran ventana que reflejaba la luz del interior. Era demasiado temprano para que hubiese mucha gente, pero ya la música y las risas comenzaban a escucharse. Al entrar los gritos y la música cesaron de golpe y sintieron como todos los ojos se clavaban en ellos. Varios murmullos incomprensibles se escucharon antes de que la misma posadera, una mujer de bonitos ojos verdes algo entrada en carnes, pidiera a la muchacha que siguiera cantando. La canción de “el oso y la doncella” sonaba demasiado delicada y aburrida con aquel timbre de voz, tanto que los hombres empezaron a cantarla cada uno a su manera hasta que la chica se cayó para poder seguir atendiendo las mesas.

- Debe ser duro – le comento Gendry desabrochándose el cinturón de la espada para sentarse con Arya en la mesa del final alejados de todos.

- No te creas. Solo tienes que aburrirles para que se animen ellos solos. ¿No ves? – señalo a un par de hombres que empezaron a bailar mientras otro pedía a gritos un tambor. - ¿Qué vais a querer? Tenemos cerveza y buen vino. Y… ¡Señora! Que hay en el fuego – le grito a la posadera que atendía tras la barra. Con aquel griterío que no la dejaba hablar la mujer se volvió hacia ella llevándose el dedo a la nariz. La joven se rio y se volvió hacia el caballero. – Tenemos cerdo asándose y creo que ya tiene que estar a punto.

- Estupendo. Cerdo y cerveza para los dos. – Miro a la chica loba y esta asintió.

- Pues enseguida – les contesto la muchacha escabulléndose entre el gentío. La larga cabellera recogida en una coleta era lo único que se podía distinguir de ella a medida que el local se iba llenando cada vez más.

- Buena clientela – comento Gendry dejando la espada a un lado mientras se apoyaba contra la pared. Frente a él la pequeña Stark fruncía el ceño sumida en sus propios pensamientos. – Por lo menos podrías decirme en que piensas ¿no crees?

Arya le miro sin decir nada y se quedo observando la posada. Era cierto que cada vez había más personas. Cuando entraron apenas había un grupo de cinco o seis, pero en esos momentos entraban más por la puerta. Al final de la tarde la posada estaría totalmente llena. 

- ¿Cuántos crees que vendrán? 

- En la posada caben como mínimo unas 40 o 50 personas ¿Por qué?.

- Por nada. – Gendry se encogió de hombros ante la extraña pregunta y sonrió al ver a la camarera con la bandeja. Llevaba rato escuchando a sus tripas rugir y a las de la propia Arya. 

La muchacha deposito los dos platos de cerdo recién hecho aun con la grasa goteando y la corteza crujiente que se caramelizaba. Detrás de ella apareció la tabernera con los vasos de cerveza y una hogaza de pan moreno recién sacado del horno. 

- Ya me han informado de quienes sois – dijo jovialmente la corpulenta mujer sin más presentaciones. – No os preocupéis por nada. Yo misma me encargare de que mañana por la mañana tengáis las provisiones. Aunque lo de los caballos… no me parece justo que después de que te atacaran no te recompensen como debes, pero debéis comprenderlo – se encogió de hombros. – La mayoría de la gente de aquí se dedica a criar caballos y ganado. 

Arya y Gendry asintieron restándole importancia.

- Tranquila. Lo comprendemos – la tranquilizo.

- Bien pues entonces que aproveche – se despidió volviendo hacia la barra. A su paso los hombres la sonreían y bromeaban mientras ella les empujaba con ojos burlones.

- Mi señora – se rio la camarera antes de volverse. – ¿Os puedo atender en algo más? – pregunto dirigiéndose a Gendry. La mano coqueta enredándose en un mechón del cabello y los labios gruesos y sensuales jugaban a encontrarse con los ojos del caballero. 

- Si. Una habitación – la respondió Arya. La chica entrecerró los ojos con desconfianza al ver como el hombre casi se atragantaba con la cerveza. 
- Creo que las habitaciones que quedan solo tiene un catre pequeño. ¿Estáis seguros de que no queréis dos? – La pregunta iba para ella aunque los ojos de la camarera no quitaban la vista de Gendry intentando provocarlo.

Arya cogió las manos de su compañero y se la llevo a los labios. Si aquella camarera quería jugar ella le seguiría el juego. Había visto aquel gesto tantas veces en las posadas de Braavos y aunque no le encontraba mucho sentido la muchacha al parecer sí.

- Contra menos espacio mejor – susurro acariciando despacio uno de los dedos.

- Se lo diré a la dueña. – Resentida se marcho dándoles las espalda. Arya sonrió para sí. En el fondo se lo merecía. 

- Siento lo de tu conquista, pero se supone que eres mi marido. A la vuelta puedes pasarte por aquí. – Soltó sus manos para coger la hogaza de pan y arrancarle un trozo. 

- Si me das a elegir prefiero ser tu esposo de mentira a estar esta noche entre sus sabanas.
Arya le sonrió pero podía leer en su rostro la mentira. Sus ojos le habían demostrado que deseaba a esa chica.

- Mientes – se limito a decirle.

- A medias – le contesto Gendry cogiéndole del rostro para mirarla. – Y lo sabes – susurro acariciando los labios que con tanto deseo había besado.
Por un momento la joven loba no supo que decir al ver aquellos ojos azules clavados en ella. Un escalofrió la recorrió la espalda al verse a sí misma reflejada en sus pupilas. No le mentía, al menos no del todo. El beso que la dio durante el baile volvió a sus labios hormigueándole por dentro, ansiando otro para calmar aquella sensación.

- Gendry yo… - no llego a acabar la frase.

La puerta de la posada volvió a abrirse y el muchacho que entro se les quedo mirando. Era Mikke. El hijo del jefe se deslizo por las mesas hasta llegar a donde estaba ellos con el sudor perlando su frente. Intento varias veces hablar pero solo salían jadeos de su boca.

- Ten – le ofreció Arya su propia copa de cerveza invitándole a sentarse con la cabeza. El muchacho se dejo caer contra la silla tomándose aquel liquido amarillento de un solo trago. 

- Gracias – logro jadear. – Me ha costado encontraros.

- Pues ya lo has hecho. ¿Qué quieres? – el tono seco de Gendry hizo que el muchacho se atragantara con sus propias palabras.

- Mi padre – consiguió decir – mi padre sospecha que queréis robar un caballo. La forma en que bueno – miro a Arya – en que os marchasteis y vuestros ojos cuando le desafiasteis no le gusto. Por eso ha puesto vigilancia. Os ha estado controlando desde que salisteis de mi casa. Sabe que habéis estado por la zona de las granjas y no le ha gustado. – Se inclino hacia delante temeroso de que alguien le oyera. – Si robáis un caballo en este pueblo se paga con la muerte. 

- Comprendo. – Para Arya aquello era un fastidio, pero necesitaba el caballo y mataría por él si era necesario. Ya estaba planeando la forma de hacerlo cuando las palabras del chico abrieron una brecha en sus pensamientos.

- Si queréis ir al otro lado del muro no os hacen falta caballos. – Arya le miro pensando que estaba loco. – Hay una entrada por la que podéis atravesar la montaña. Dentro del antiguo pozo que hay fuera existe una puerta que te lleva hacia el otro lado, pero no sé cómo estará. Mis hermanos mayores y yo la descubrimos hace bastantes años y no nos atrevimos a llegar más lejos que un par de kilómetros.

- Eso son chorradas. No iras a hacerle caso Arya…

- ¿Nos llevaras? – le pregunto poniendo una mano sobre la suya. – Nos puedes llevar hasta ese pozo.

- Mi padre… - el chico agacho la cabeza avergonzado. Sentía miedo de que su padre se enterase. Él también sabía lo de la entrada. Las leyendas de su gente decían que ellos eran descendientes de salvajes. Arya le miro y saco la bolsa de monedas de oro.

- La mitad ahora y la otra mitad en el pozo. – El chico miro la bolsa de monedas. Había tantas que el nudo no llegaba a cerrar del todo el pedazo de tela. – Te cambio nuestro futuro por el tuyo. Nosotros iremos al norte y tu podrás irte a la Ciudadela para ser maestre, viajar por el mundo o lo que desees. Solo tienes que enseñarnos donde esta ese pozo. 

Por un momento el miedo en los ojos del chico se intensifico. Estaba pensando en todas las consecuencias y Arya temió que se echara para atrás. Al final trago saliva y agacho la cabeza.

- Lo hare. 

- Bien. Te esperamos antes del alba a la afueras del pueblo, a la entrada del bosque donde nos conocimos. – “Y me intentasteis capturar” La mano de Arya ya estaba levantada llamando a la posadera. Con esfuerzo la mujer llego hasta ellos abriéndose paso como podía. Una sonrisa y una sola mirada y se marcho de nuevo perdiéndose en el interior de una puerta.

- ¿Arya? – pregunto Gendry al ver el extraño comportamiento.

- El gesto de mi mano – dijo señalándole los dos dedos – significa que queremos las provisiones ahora. Mañana antes de que nadie se despierte estaremos saliendo por la puerta.

- Bien pues entonces yo me marcho – dijo Mikke apurando la cerveza de la chica. Arya estaba a punto de darle la mitad de las monedas pactadas cuando el muchacho negó con la cabeza. – Mañana cuando nos encontremos – miro de nuevo la bolsa – si me pillan no podría explicarlo. 

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