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Nieve por yuukychan

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Notas:

Wenas!!!!! Aqui os traigo otro capitulo y espero que os guste.

 

Al bajar por el antiguo pozo rodearon las paredes de un extremo a otro, cada uno por un lado buscando la entrada, la grieta o la minúscula rendija por la que alguna vez el agua inundo aquel lugar. Las maldiciones del soldado resonaban en aquel espacio antes de que las mismas paredes se tragaran su sonido después de examinar hasta tres veces cada pequeña grieta que encontraba. Arya apoyada contra los escalones por los que había bajado intentaba escudriñar en la oscuridad. Si no había más remedio usarían la primera antorcha de las tres que llevaban pero quería aprovechar la escasa luz que les proporcionaba la entrada. “Si había un pozo tuvo que haber agua y esta salir de algún lado, no había otra explicación” se dijo mordiéndose el labio inferior. También existía otra explicación que no quería creer, que Mikke les hubiera engañado.

-          Esto era una locura. Una locura desde el principio – murmuraba Gendry bufando las palabras igual que un perro rabioso. - ¡Estás loca! ¡Estabas medio loca cuando te conocí y ahora lo estás del todo! – vocifero.

Arya enarco la ceja sorprendida y sonrió de medio lado sin decir nada. No era lo peor que le habían dicho aunque si le había sorprendido que se lo dijese él precisamente. Desde que se reencontraran la trataba como a una dama o como a una niña, no tenía punto medio, pero jamás antes la había llamado loca. Delante suya podía distinguir la silueta del continuo andar de Gendry moviéndose de un lado para otro todo lo que le permitía el pozo rechinando los dientes cada vez que tocaba una de las paredes. “Tiene miedo” comprendió de repente cuando la tercera vez soltó una maldición entre dientes. Su forma de comportarse le recordaba a la de los leones que había visto en las Islas del verano.

Durante su misión la mantuvieron encadenada a ella y a dos muchachas más junto a una jaula llena de leones, eran un regalo de no sé qué rey de mucho más al sur, de una de las ciudades libres, a aquel traidor al que la ordenaron matar. Aquellas fieras no dejaban de rugir, caminar, mordisquear los barrotes y pelearse entre ellos a zarpazos. Todavía recordaba la sangre que mano de la yugular de uno de los leones más jóvenes, el más grande de ellos, un gran león de melena dorada le había matado de un solo mordisco. Las fauces todavía le chorreaban cuando el grito de las muchachas que iban con ella alerto a los guardias y aparecieron. El miedo que reflejaron sus rostros se evaporo al ver que el muerto no era más que uno de los leones imberbes, apenas una pelusilla compara con la del otro le rodeaba la cabeza.

-          Si preguntan el mar lo ha matado – le dijo uno de los guardias al otro. Este simplemente asintió señalándole la piel. El guardia se encogió de hombros. – Llama a una de esas zorras calientacamas. Alguna sabrá despellejarlo. – Tenía razón. No habían pasado ni cinco minutos cuando dos mujeres de tez tostada y ojos almendrados acudieron a despedazar al animal. Su piel no valdría mucho comparada con la de otros de sus hermanos, pero no dejaba de ser un león. El rey de la selva según decían los ancianos en sus historias.

Otra maldición volvió a escaparse de entre los labios de Gendry al igual que los leones rugían. La guerra se había cobrado muchas vidas, pero había destrozado todavía más. Arya pensó en la muchacha, Serein, que le había atendido en Bastion Kar y que fue violada por los soldados, a lo mejor su amigo también tuvo sus propios demonios en la guerra.

Los pasos no calmaban su ansiedad más bien parecían acrecentarla. Caminar sin encontrar una salida, aquello no tenía sentido y su mente lo sabía pero no se podía estar quieto. Si en aquella ocasión se hubiese estado quieto habría acabado muerto, pero no quería recordar. Si empezaba a recordar… Meneo la cabeza para sacarse a aquellos demonios que le asaltaban y golpeo la piedra que estaba a sus pies. Esperaba oírla rebotar contra la pared, pero su sonido no llegaba. El pozo no era pequeño, podían entrar hasta cinco personas más y no se molestarían pero tampoco una piedra podía tardar tanto en golpear el suelo. Por fin su sonido se escucho aunque lejano, demasiado lejano. Dentro del propio pozo, casi escondido en la oscuridad había otro agujero, demasiado metido en la pared como para poder caerse por el si no se sabía dónde estaba.

-          Enhorabuena has encontrado la autentica entrada al pozo. – Arya le palmeo la espalda mientras se dirigía hacia aquel agujero. Recogió otra de las piedras del suelo y al dejarla caer enseguida escucho el ruido sordo que hacia contra la tierra. “No habrá más de un metro. Puede que llegue al metro y poco más” pensó dirigiendo su mirada hacia el antiguo aprendiz de herrero. No solo le llamaba “Toro” porque creyera que era un cabezota, que lo era; también lo hacía porque era evidente que los años en la herrería y después entrenando como caballero le habían dado unos músculos que muchos hombres no conseguirían en la vida. “Ya era fuerte de por sí…” se dijo al recordar al adolescente malhumorado que conoció el día que salió con Yoren de Desembarco del rey. – Bajo yo primero…

-          Ni hablar – la corto. – Puede ser peligroso. Iré yo. – Estaba dejando caer de nuevo la mochila que había vuelto a colgarse cuando por el rabillo del ojo vio desaparecer a Arya dentro de aquel agujero. – ¡Maldita niñata! – grito, mezcla de miedo y preocupación. – ¡Arya!¡Arya!

-          Tranquilo puedes saltar. ¡Pero ten cuidado!. El techo es bastante bajo al principio pero más adelante parece que se abre.

Si aquel pozo fue alimentado alguna vez por algún rio subterráneo tuvo que ser mucho antes de que el último rey en el Norte hincara la rodilla ante los Targaryan. Desde entonces solo caminaban por su interior las alimañas como las ratas y ratones que corrían veloces en aquella tierra dura y fría como el acero. Gendry se adelanto con la antorcha en la mano, hizo un gesto a la muchacha y comenzó a adentrarse hacia las profundidades de la montaña. Mientras le seguía, siempre pegada a él, Arya creyó escuchar en aquel silencio la voz del maestre Luwin. El anciano siempre la decía que el norte no tenía tantos problemas como el sur porque allí no había plagas de insectos que arruinaran las cosechas.

-          Y menos mal – la decía siempre guiñándole un ojo – porque si no tu hermana no se libraría de tus bromitas.

Aquella oscuridad le hizo pensar en él, en cómo se escondía en las criptas cuando la vieja septa la buscaba para ir a las clases de bordado y como el maestre la encontraba allí. La primera vez la obligo a salir e ir a sus clases como era el deber de toda dama, pero después de verla enfadada y con lagrimas en los ojos al ver como todas las mujeres alababan el trabajo de Sansa y despreciaban el suyo decidió callar. Sintió pena por ella, Arya lo supo enseguida cuando vio sus ojos, el día en que la dijo que si se iba a esconder tendría que hacer algo productivo.

-          ¿Y qué se puede hacer aquí abajo? Es demasiado estrecho para aprender a usar la espada y está demasiado oscuro como para dar clases de lectura – se quejo.

-          Algo se nos ocurrirá – le contesto el viejo maestre rascándose la barbilla.

Fue en la cripta, entre las antorchas y velas, rodeada de todos los señores de Invernalia cuyos rostros borrados se perdían en el mar del tiempo, que el maestre la enseño historia, toda la historia, no solo las partes bonitas o estrictamente históricas. La enseño todas las leyendas que rodeaban el castillo negro y las de más allá del muro. Le conto todo lo que sabía de Poniente y algunas batallas más del otro lado del mar. Le hablo de demonios de largas trenzas que corrían montados encima de caballos como si fueran parte de su cuerpo y de hombres que habían adorado a dioses tan antiguos como sanguinarios, el más conocido que el recordaba era una diosa sin nombre pero que se la representaba como una Arpía.

-          El desconocido a su lado no da tanto miedo – la decía el viejo anciano.

Pero la historia que más le gustaba, con la que soñaba todas las noches, era la autentica historia de la reina Nymeria. Una mujer que jamás toco más acero que el de sus espadas, dijeran lo que dijeran los Dornienses del gran arte de la reina para coser. Miles de veces le obligo al maestre a repetirla la historia con aquella frase que tanto la gustaba. “Cuando se decía que las puntadas de la reina era tan certeras no lo decían porque supiese coser – siempre en ese punto hacia una pausa para dejar que la ansiedad de Arya creciera y acabara rogándole que le dijese el porqué aunque de sobra ya lo sabía. – Era porque la espada entre sus manos bailaba un compas que nadie más parecía conocer y su arco jamás fallaba el tiro si su ojo ya tenía un punto en el que tirar. Ya fuera un animal, un árbol o…” Arya siempre le sonreía en ese punto. Después de que le interrumpiera las primeras veces el maestre siempre la dejaba terminar la frase. “O un corazón humano” susurraba entonces ella emocionada al imaginar a su guerrera favorita a lomos de un caballos salvaje con el arco en tensión apuntando al ejército enemigo. En su mente al igual que en la historia, veía esa saeta clavada en corazón de un soldado. A pesar del tiempo añoraba al viejo maestre y sus historias. La enseñaba las historias que su madre no quería que la contara. Más de una vez había escuchado a Lady Catelyn decirle al anciano que la historia de las grandes batallas debía enseñárselas a sus hijos no a la rebelde de su hija. Siempre era eso. La rebelde de su hija. La rebelde…

El chillido de aquellas criaturas la recordó donde estaba. El ruido de sus dientes al roer la tierra era la música que les acompañaba mientras recorrían aquella negrura. Llevaban cerca de dos horas caminando por aquel abrupto suelo frío y duro como el mismo hielo, pero lo peor no había sido el suelo sino el agobiante camino. Cada tramo cambiaba de una forma a otra sin entender como por dentro de la montaña se había formado tan intrincada veta. Si al entrar a la cueva Gendry no podía mantenerse de pie había habido un momento en el que Arya sufrió por él. El techo eran tan bajo que ella tuvo que agachar la espalda, pero él había tenido que andar arrodillado durante varios metros. Por un momento llego a pensar que no lo conseguiría; no podía verle la cara, pero sus hombros se encogían debido al dolor. ”Aguanta solo un poco más” le rogaba para sí misma avanzando un paso tras otro por detrás de él. Respiro aliviada cuando el techo se alzo sobre su cabeza a más de 16 metros y la espalda de Gendry se irguió en toda su altura.

La caverna que se abría ante ellos parecía mágica, como salida de los cuentos de la vieja Tata. Unos bichitos pequeños y zumbones que a Arya le recordó a las luciérnagas de los pantanos arrojaban una extraña luz azulada que desaparecía al acercarse al centro de la cueva. De allí, olvidada por el resto del mundo, manaba un tranquilo manantial de aguas cristalinas. La estalactitas y estalagmitas serpenteaban alrededor del estanque en un gran círculo que se cerraba frente a varios pequeños agujeros en el otro lado de la cueva.

Alejado un poco de ella, Gendry estiraba sus piernas apoyado contra la pared. Le dolía todos los músculos, pero las punzadas que sentía en las rodillas eran una tortura más placentera que el seguir estando en esa posición. Recuperado avanzo hacia el otro extremo de la caverna.

-          Hay que seguir el de la derecha. – Arya le miro confusa. – Ese gran surco en la pared – le explico señalando un gran hundimiento en la tierra en el que antes ella no se había fijado por estar cubierto de piedras – era por allí por donde el agua de afuera se juntaba con la del estanque y fluía en dirección al pozo.

Era lo más posible. Arya había leído en la biblioteca de su padre de fuertes terremotos y hundimientos en el Norte durante la época de los primeros reyes. La tierra se veía arrasada y las cosechas desaparecían bajo torrentes que se llevaban por delante todo lo que no estaba sujeto a la tierra, incluso arboles con cientos de años caían como simples ramas ante su fuerza; solo los viejos arcianos aguantaban la embestida y sobrevivían. Los antiguos niños del bosque creían que esas lluvias purificaban la tierra, pero para los primeros hombres eran un constante temor ante la llegada de la primavera y el otoño. Rogaban a los arboles blancos por el eterno verano donde el frío del invierno no pudiera matarlos y los deshielos no pudieran acabar con su mundo. Por aquel entonces Brandon “el constructor” comenzaba a levantar el gigantesco muro que los separaría de los terrores que nadie mencionaba, aunque muchos pensaban que el gran muro jamás soportaría un otoño. Ya fuera la magia, los dioses o la pericia del constructor el muro no solo había soportado un otoño, sino cientos.

El agujero, del tamaño de una ventana, conducía por una empinada cuesta por la que la claridad iba siendo mayor a medida que avanzaban. Lo que empezó como una suave brisa que hacia bailar la llama y les acariciaba el rostro como una mano fría rápidamente se volvió un fuerte viento helado que recorría aquel pasillo hasta hacer zarandear el fuego de la antorcha con violencia amenazando con extinguirlo. A cada paso la cuesta se volvía más empinada y el frio iba aumentando por lo que poco podía faltar ya para encontrarse con el infierno blanco pensaba Arya.

La primera gélida bocanada de aire que respiraron fue al borde de un acantilado que descendía perpendicularmente hacia un gran abismo blanco. Gendry suponía que entre aquella blancura se encontrarían las afiladas rocas que serian su muerte si caían por lo que agarro a Arya y entro de nuevo a la cueva. Intento hablar, pero el esfuerzo de la subida y la gran caída pesaban sobre su pecho como una losa, una gran piedra que le oprimía hasta casi impedirle respirar.

-          Es la altitud – boqueo Arya. Descansaba apoyada contra la piedra intentando mantener bajo control su propia respiración. Aunque no lo demostrara para ella la cosa no estaba mejor que para el cabezota de su amigo; dentro de la cueva les había costado respirar pero al menos se estaba caliente. A aquella altitud no solo sentía un frio que la cortaba por la mirad sino que también notaba como sus pulmones intentaban obtener más aire del que en verdad había.

-          ¿Estás bien? – le pregunto Gendry preocupado mirándola ahora con ojo más crítico. Los labios de la lobita temblaban tanto o más que los suyos y su pecho subía y bajaba con más velocidad. “La cuesta adaptarse a esta altura” pensó. Él había tenido que luchar herido, al borde de la muerte y aguantando todo el peso de su armadura. Acompasar su respiración no le era difícil. – Tranquilízate y espérame aquí.

-          Voy contigo.

-          No. Y es una orden – la amenazo. Por primera vez desde que la conociera Arya cedió sin oponer más resistencia, sin intentar convencerle de hacer lo contrario. Aun así su silencio no le tranquilizaba, vio la preocupación en sus ojos al verla morderse el labio con fuerza. Se dio la vuelta para evitar la tentación de abrazarla, de decirla que todo iría bien, pero al volverse ella le agarro el brazo. – No te preocupes. Volveré.

Fuera de la cueva el día brillaba claro con un sol que no calentaba pero al menos permitía ver con más claridad que si estuviera nublado. Aun así aquello no duraría mucho tiempo. Por el norte avanzando cada vez más rápido, unas nubes ya familiares para el caballero después de haber pasado tanto tiempo en aquellas tierras le advertían que pronto habría tormenta. “No quiero estar en esta montaña para cuando esas nubes lleguen” se dijo a si mismo echando un vistazo a su alrededor. La pequeña cueva por la que salieron estaba situada entre dos desfiladeros casi perpendiculares hasta el suelo; por encima de ella todavía quedaban muchos metros de montaña, ni siquiera estaban a la mitad, pero la altura era considerable, sobre todo si nunca se había subido tan alto. El camino de la derecha no tenía ninguna salida y al asomarse lindaba directamente con el muro unos cuantos metros más para abajo más alejado. En aquella parte Brandon el constructor utilizo las rocas de la montaña como base por lo que no habría forma de volver por ese punto. Al otro lado Gendry descubrió pequeños salientes en el de la izquierda. Sin pico ni cuerdas solo tenía sus manos para agarrarse a la resbaladiza montaña. Encaramado a la roca fue descendiendo por la piedra lentamente asegurándose a cada paso de no resbalar con el hielo; los gruesos guantes de cuero apenas le dejaban sentir la roca que había debajo de sus manos y varias veces tubo que asegurarse de que las piedras en las que se agarraba estaban bien sujetas a la montaña. El miedo se apodero de él justo cuando llegaba al primer asidero. Se encontraba a un metro cuando intento darse prisa y se agarro a una roca que se estaba desprendiendo, solo la capa de hielo la mantenía unida a la montaña. Al apoyar su peso sintió como su mano y parte de su cuerpo quedaba colgando en el vacío. Por un segundo llego a creer que moriría. “Imbécil y ni siquiera la has dicho que la quieres” se reprocho cuando sintió que su cuerpo estaba a punto de soltarse.

-          Idiota impúlsate contra la roca.

La voz de Arya corto el aire como un cuchillo hasta llegar a sus oídos. Era cierto. El saliente estaba tan cerca que si saltaba lograría llegar hasta él. “Solo un impulso y podre decírselo” se dijo. Pateó entre la nieve y encontró el punto de apoyo que había usado aferrándose a él todo lo que le permitía la bota. Oyó el crujido de la piedra al romperse cuando se impulso con todas sus fuerzas hacia el saliente. El dolor del impacto casi fue un dulce beso al ver cómo tras él se desplomaba gran parte de la pared. Las piernas le temblaron cuando se puso de pie pero al menos aquella roca si aguantaba todo su peso. Miro hacia arriba, hacia donde estaba la cueva y Arya no estaba allí. “Habrá sido mi imaginación” pensó al recordar la voz que le había gritado que saltara. Comprobó que la montaña tenía varios salientes como aquel hasta llegar a una plataforma de rocas desde donde empezaba a crecer el bosque. Recordó que Jon le habló una vez de un sitio así. “Parecen las escaleras de un gigante y, créeme, podrían subirlas” le dijo a la luz de la hoguera cuando ambos no eran más que soldados a las ordenes de la reina Daenerys.

-          Pero yo no soy un gigante y ahora tengo que ir a buscarla. – Todos los músculos le dolieron solo de pensarlo. Si la bajada le había sido dura, no quería pensar ni en la subida. Estaba a punto de volver a subir cuando una lluvia de nieve se deslizo por su lado. Al mirar hacia arriba se encontró con los grises ojos de Arya que examinaban la roca y a su lado la enorme mochila. “No puede bajar con ella, ni siquiera estoy seguro de que yo pueda” – Espérame ahí. No puedes bajar con la mochila – la grito.

Sin hacerle caso Arya desapareció hacia dentro. Era cierto que no podía con la mochila, para llevarla hasta el borde había necesitado de toda su fuerza y solo lo había conseguido arrastrándola. “Y porque el hielo resbala” pensó mirándola resentida. Se sentía inútil cuando no era capaz de hacer algo por sí misma y sabía que no podía bajar la mochila sobre sus espalda. Pensó en Gendry. Era fuerte pero tampoco él podría bajarla, al menos no si correr el peligro de caerse para atrás con ella.

-          Maldita sea. Si cualquiera de los dos la lleváramos nos romperíamos el cuello al caer y la mochila… - una sonrisa maliciosa se dibujo en sus labios.

Con un pie asido sobre la primera de la rocas que iba a escalar Gendry vio por el rabillo del ojo como  algo se precipitaba al vacio. Estuvo a punto de gritar cuando la voz de Arya le llamo para que continuara bajando.

El descenso para ambos fue duro. Para evitar sobrecargar los pequeños riscos donde descansaban iban bajando uno delante del otro sin llegar nunca a la misma altura. Al llegar a la pequeña plataforma descansaban unos minutos, lo suficiente para que el frio no les agarrotase los músculos. El silencio de las rocas les tranquilizaba, eso significaba que estaban bien arraigadas a la montaña, pero había otros sonidos que acompañaron su descenso. A medida que descendían y el bosque se encontraba más cerca podían oír el aullido de los lobos y algún que otro rugido más solitario de los gatosombras. Varias águilas y halcones volaron sobre sus cabezas ignorándoles al pasar por su lado.

El primero en tocar suelo fue Gendry que fue a revisar el estado de la mochila. Ningún depredador se había sentido tentando por aquel amasijo uniforme por lo que todavía seguía tirado en la nieve sobre un gran surco. “Sera bruta” pensó ya más tranquilo al ver que nada de lo que había dentro se había roto. Con la mochila entre sus manos y la hoguera que había hecho para entrar en calor espero a que Arya descendiera el último tramo que la faltaba.

-          Hace mucho calor – se quejo la pequeña Stark cuando llego hasta la hoguera resoplando por el esfuerzo.

-          Es la bajada. Espera un rato y tiritaras.

Gendry tenía razón. El frio se cernió sobre ellos tan rápido como sus cuerpos se enfriaron y la noche se aproximaba. Arya deseaba adentrarse en el bosque esa misma noche pero sabía que era peligroso, demasiado peligroso para cualquiera de los dos. Miro al cielo para ver cómo los últimos rayos de sol se iban apagando tras el horizonte.

-          Todavía quedan un par de horas antes de que anochezca. – Gendry levanto la cabeza con el ceño fruncido.

-          ¿No pensaras que nos adentremos dentro del bosque ahora?

-          No. – “Aunque es lo que deseo” – Pero necesitamos leña. Mucha leña si tenemos que hacer guardia. – Los ojos de Arya se clavaron en los del muchacho. No quería mencionar el nombre de sus peores temores pero era evidente que pronto despertarían, si es que los “Otros” dormían de día.

-          Vayamos a por leña – asintió Gendry.

Frio. Era lo único que podían sentir contra su espalda, pero era mejor eso que acampar en campo abierto o en mitad de un bosque desconocido. Tras hacerse con un buen cargamento de leña Gendry le propuso a Arya acampar al pie de la montaña para estar lo más protegidos posible. Mientras que ella bajaba por el desfiladero había encontrado una cueva en la montaña, más bien una concavidad bastante grande, donde podrían mantenerse resguardados de los peligros del Norte. A la entrada habían encendido una potente hoguera que les dejaba ver varios metros alrededor y dentro se podía descansar.

-          Puedes dormirte un rato. Yo hare la primera guardia – la susurro echando la mano a la espada intentando vislumbrar en la espesura del bosque un par de ojos azules como los que describían las viejas historias.

Agotada Arya se dejo caer arrebujada contra las mantas pero era incapaz de dormirse, el frio la mantenía despierta haciéndola tiritar incluso bajo la mantas. A su lado a un paso de distancia podía escuchar la rítmica respiración de Gendry y el inconfundible rechinar de su piedra. Estaría afilando su espada con la piedra de amolar igual que hacia todas las noches antes de acostarse. No importaba si era una espada, un puñal, una armadura o un simple casco; aquel era su momento, en donde se perdía entre sus pensamientos con el ceño fruncido.

Con la espada entre sus manos Gendry no dejaba de observar el fuego. Todavía se acordaba de todas aquellas noches en la que compartió el calor de la hoguera con el sacerdote rojo y Lord Bedric Dondarrion. Quedaban ya lejos los días en que adoro al señor de luz y aun así las tinieblas no le habían devorado como le amenazo Lady Melidsandre el día en que su tío le llamo Baratheon.

-          Si abandonas al señor de luz tu camino se volverá negro como la eterna noche y morirás en la más absoluta oscuridad. ¡Eso es lo que quieres muchacho!  - La voz de la mujer, siempre tan melodiosa y cálida, tan dulce y excitante que parecía prometerte toda la felicidad y riquezas del mundo en esos momentos le sonó angustiada y llena de temor.

-          ¿Dónde estaba el señor de luz cuando comenzó esta locura? ¿Dónde estaba cuando mis hermanos murieron a manos de leones, lobos, truchas, torres…? Dónde estaba, mi señora cuando el viejo sacerdote rojo pronuncio su nombre antes de morir. “R’holl, mi señor de luz. R’holl mi dios que la muerte sea rápida” le suplico cuando diez leones le tenían arrinconado. Murió señora. Murió ahorcado, apuñalado, desmembrado y torturado. Nunca le dejaban morir del todo y así estuvo una semana. A los cuatro días murió Lord Beric Dondarrion ó descanso en paz, depende de a quien le pregunte. Lo siento mi lady, pero no puedo creer en vuestro Dios – le respondió Gendry ya vestido con la capa de su casa. El venado, sin corona, ondeaba orgulloso en su espalda cuando él mismo se quito la capa delante de todos los vasallos de la cada Baratheon. – Bastión de tormentas es tuyo, tío, hasta que yo sea capaz de ejercer como un autentico señor para mis vasallos. Lo único que te pido – clavo sus ojos en la mujer roja – que permitas que cada hombre y mujer rece al dios que esté en su corazón. No importa si son los siete, los antiguos dioses o este nuevo, pero que no haya más hogueras.

Stannis asintió con la mandíbula tensa por la ira. El mundo entero le agradeció su ultimo apoyo a la reina dragona, era eso o seguir en una guerra que cada día perdía más. La voracidad de Lady Melisandre, su deseo de que todo hombre rezase a R’holl el señor de luz porque si no estarían rezando al otro, al que no debía ser nombrado le llevo a cometer muchos actos que hoy le pesaban. Al final de la guerra solo los hombres de su esposa, le apoyaban y solo porque creían de verdad que él era el rey de la leyenda. “Se me olvido – le dijo a su mujer cuando al final acepto la derrota sentado ante la mesa el primer dragón Targaryan mando pintar. Acaricio el pequeño punto que era su isla y se volvió hacia la ventana para contemplarla. – Las leyendas son cuentos. Hermosos, fantásticos, donde todo caballero es honrado y toda dama hermosa pero al fin y al cabo, cuentos”

-          Todo hombre será libre de adorar a su dios. Te lo juro sobrino. – Stannis alargo la mano para estrecharla entre las del joven que por ley había declarado hijo legitimo de Robert. La diferencia entre ellos era tan abismal como la que tuvo con su propio hermano, pero incluso sin saber de la naturaleza de chico sospechaba la verdad. El muchacho era la viva imagen de su padre a su edad. “Y espero que no cometa las mismas equivocaciones que él” pensó.

Aquello fue una victoria que ni la dulce voz de Melisandre pudo acallar. Los vitores de la muchedumbre ahogaron cualquier otro sonido que no fuera la risas de alegría. Pero Gendry no podía pensar en ellos. Su mente seguía recordando a las personas que dejo en el camino, a la hermandad, a sus hermanos. Sobre todo a aquellos dos hombres que le acogieron como a un igual y le hicieron un caballero más de “Colina hueca”, un soldado del pueblo, pero murieron como muchos otros. Lucharon con valor y unieron a un buen número de hombres leales, pero sin ellos dirigiendo aquella hermandad pronto la buena fe e intención de los hombres se olvido, muchos de ellos se volvieron bandidos sanguinarios, y otros, otros simplemente se limitaron a volver a sus hogares o lo que quedaba de ellos. Incluso Gendry escucho de algunos que crearon sus propias aldeas amuralladas al borde de los ríos y caminos cuando la guerra acabo, sin embargo a otros… la horca fue una de las mejores muertes que podían tener.  “Creí por una ilusión y ahora no creo en nada. En Desembarco del rey creía en los siete y me fallaron; creí en el señor de luz e hizo que perdiera a Arya, a mis compañeros, a mis amigos y no soy norteño por lo que no entiendo a los antiguos dioses. En verdad no creo que exista ningún dios”

Ajena a sus pensamientos Arya se levanto y se acerco hasta él acurrucándose a su lado bajo las mantas. Piel con piel Gendry podía notar el suave cuero y lana que vestía, hasta el ritmo tranquilo de su corazón a través de su pecho.

-          Despiértame a media noche para relevarte. Y..¿en qué piensas? – le pregunto al ver su ceño fruncido relajarse.

-          En que existen los dioses. No sé si es uno o hay cientos, pero existen.

La convicción de Gendry le pareció extraña a Arya. Nunca antes le había tomado por un hombre especialmente religioso pero estaba tan cansada que se limito a encogerse de hombros.

El día les sorprendió acurrucados junto a las escasas llamas que había sido hoguera. Arya no se habría despertado si los tenues rayos del sol no la hubiesen molestado. Su primer pensamiento al desperezarse y encontrar a su compañero dormido fue enfadarse con Gendry por no haberla despertado, pero el mundo que veía fuera la hizo olvidarse. Echándole su propia manta por encima le dejo solo en la cueva alimentando el fuego antes de marcharse.

El mundo que la recibió era de una belleza que casi hacia olvidar los peligros que guardaba. Una manada de alces pastaba cerca de la cueva, a los pies de lo que debería ser un rio congelado que bajaba directamente desde la montaña. “Ese es el rio que tuvo que alimentar alguna vez el pozo” pensó al ver lo cerca que pasaba de uno de los salientes. Al dirigirse hacia ellos, uno, el más joven levanto la cabeza lleno de curiosidad. No debían ser conscientes del peligro que representaban los humanos, pero muchos de ellos no habrían conocido a ninguno. Desde que Jon era rey de Poniente muchos de los salvajes, lo que vivían más cerca del muro, se habían pasado al otro lado ocupando las antiguas tierras de los hermanos negros. A cambio de poder usar las tierras del agasajo pagaban un pequeño tributo en forma de cosecha a los cuervos. Arya había escuchado a menudo la broma que los salvajes se gastaban entre ellos. “Que piden los cuervos – decía uno. – Maiz, maíz, maíz – respondían los otros antes de estallar en risas”. A los hermanos negros ya no les importaba, desde que Jon permitiera que tanto hombres como mujeres pudieran vestir el negro y suavizase mucha de sus leyes muchos hermanos se habían casado y tenían hijos con salvajes. Incluso un par de los castillos negros eran de habitados por hermanos negros salvajes. Se llamaban a si mismo los “cuervos salvajes” entre risas.

El alce se acerco hasta ella buscando con su hocico entre sus manos. A Arya le pareció extraño. Olía a muerte. No solo por ser una asesina sino porque el aroma de Nymeria, su loba, estaba impregnada en ella como una segunda piel y aun así aquel animalito confiaba en ella lo suficiente para buscarle comida.

-          Morirás pronto ¿lo sabes? Este mundo no está hecho para inocentes – le susurro acariciándole el pelaje. No pensaba en ese momento en el pequeño alce sino en su padre. Murió inocente. Por defender el honor y la verdad. – El mundo es cruel. Tienes que aprenderlo si quieres sobrevivir. – Saco de su cinturón un cuchillo y le corto. La herida ni siquiera sangro pero el animal salió corriendo despavorido seguido de su manada.

-          Es la primera vez que veo a una loba perdonar la vida a una presa. – Arya se dio la vuelta rápidamente con el cuchillo en la mano. La voz de aquel hombre no era la de su amigo. – Tranquila. Soy un amigo. – El extraño se bajo del alce más grande que la Stark hubiera visto. La cruz del animal le llegaba a la cabeza al hombre. Su voz aunque tranquila no conseguía persuadir a la muchacha de que bajara el cuchillo.

-          ¿Quién eres? – le pregunto Arya levantando más el arma al ver que el desconocido se acercaba.

-          Ya te lo he dicho. Soy un amigo. – El extraño alzo la mano pero de repente se paro al sentir el filo helado de una espada.

-          Creo que mi señora ya os ha preguntado quienes sois. ¡Respondedla!. – Corazón salvaje brillaba hermosa y afilada junto a la cabeza del desconocido. Arya se fijo en su vestimenta. De arriba abajo vestía de negro, botas, pantalones, el jubón, y la capa, hasta los guantes se veían negros.

-          ¿Sois un hermano de la noche?

-          Lo soy.

-          ¿Y por qué no os descubrís? Soy una Stark de Invernalia deberías ser más respetuoso.

-          Los hermanos de la guardia no toman partido. No os debo más respeto a vos, mi señora, que el que le debo a cualquier otra dama del sur.

-          Me parece bien señor. Gendry puedes bajar el arma… por el momento. – A regañadientes la espada se separo de la garganta del desconocido, pero el brillo en la nieve la seguía dibujando cerca del hombre. – Puedo preguntaros algo, ser. ¿Conocéis la rosa del invierno?

-          Si pero no deberíais ir en busca de esa flor…

-          Llevadnos, ser. La vida de rey depende de esa rosa y aunque la guardia no tome partido si debe auxiliar a su monarca. – El silencio del extraño era lo único que necesitaba. Le llevaría en busca de la rosa o seria su fin, ante ella o ante su Lord Comandante, eso le daba lo mismo.

-          ¿Estás segura Arya? – la susurro Gendry a su lado. La muchacha asintió. El tiempo jugaba en su contra y de momento iba ganando.

-          No deberías adentrarte en el bosque lobita traviesa – susurro el desconocido al verles marchase.

Sin dar tregua al tiempo avanzaron incansables a través del denso bosque. A veces una maraña de ramas negras y retorcidas les impedía ver el cielo durante horas mientras que en otras andaban y andaban siguiendo el serpenteante curso del rio congelado. Manos frías, así les había pedido que le llamasen caminaba despacio y en silencio junto al gran alce. Durante toda la mañana caminaron sin descanso, excepto para beber y Gendry sudaba a pesar de no cargar con la mochila. El gran animal la portaba sobre su cruz sin dar muestras de que le molestase el peso.

-          Gracias – le había dicho Gendry al hombre, pero este ni siquiera se volvió, se limito a caminar advirtiéndoles de que el día duraba poco en aquella parte del mundo.

Arya iba atrás del todo en la retaguardia cerrando la marcha. Intentaba en vano seguir el ritmo de los dos hombres, pero sus pies no podían seguir aquel paso. La nieve se amontonaba en su botas y piernas haciéndolas cada vez más pesadas e iba trastabillando. Era más fácil caminar por las calles empedradas de Braavos o por las cubiertas de los barcos que por aquel mar blanco que la hundía un poco más cada vez que caía al suelo. La decima vez que se cayó de bruces contra el suelo fueron las manos del desconocido quien la puso de pie. Gendry se había adelantado demasiado como para darse cuenta de los problemas que tenía para seguirle.

-          Ya estamos cerca, descansaremos un rato. He enviado al muchacho a una zarza a un par de metros de aquí mientras yo voy a por leña. Tu descansa y procura estar atenta.

-          ¿A los caminantes blancos?

-          No. A los gatosombras. Desde que los salvajes abandonaran estas tierras llevándose a sus cabras y ovejas han perdido unas buenas presas fáciles. – Manosfrias se levanto pero la mano de Arya le impidió moverse de su lado obligándole a agacharse de nuevo. A través de la capucha no podía verle pero intuía que le tenía a la altura de los ojos.

-          ¿Qué sabes de los otros?

-          Lo mismo que tú. – No la vio pero la pequeña Stark sospechaba que el hombre sonreía. – Solo salen de noche cuando llega el frio ó a lo mejor hace más frio cuando ellos salen.

El crujido de pasos la puso en alerta pero fue el susurro de Manosfrias quien respondió a sus temores.

-          Ah también se otra cosa – dijo volviendo su rostro al de ella – los muertos no hacen ruido.

Con paso tranquilo se interno en el bosque dejándola sola, unos instantes después los pies de Gendry se mantenían firmes frente a ella llevando entre sus manos un montón de jugosas bayas.

-          ¿Estás bien? – la pregunto preocupado al verla en el suelo.

-          Me caí pero no ha sido nada. – El guerrero se dejo caer a su lado tendiéndole las jugosas bayas. – Supongo que estas son mi ración – le dijo al ver la comisura rojiza de sus labios.

-          Tuyas y del extraño. Prefiero guardar la carne para más adelante ahora que todavía tenemos fuerza.

-          Me parece bien – le contesto tragándose de una vez las pequeñas bayas. Gendry la miro ceñudo y ella se encogió de hombros. – No creo que a nuestro amigo le guste comer mucho, créeme. 

 

 

 

 

 

 

 

Notas finales:

Bueno y hasta aqui todo por hoy XD ya me direis que os ha parecido.

Kisses

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