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Nieve por yuukychan

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Notas:

Bueno aqui os traigo otro capi ya que el primero no gusto mucho XP

Notaba la dura tierra bajo sus patas y el furioso viento que amenazaba lluvia enredando su pelaje. Sus hermanos aullaban a los lejos llamándola, pero no le apetecía regresar con ellos; había vuelto a encontrar el olor de la sangre del venado con el que estaba jugando y quería seguirle hasta ver donde le llevaba. Podía oír los cascos del animal no muy lejos de ella y el olor a miedo que desprendía impregnado en todos los arbustos por los que había pasado. Al final después de recorrer unos metros Nymeria lo encontró. Medio muerto y sediento descansaba al borde de un rio esperando la muerte, esperándola a ella.

La sangre salió a borbotones de la herida abierta que le hizo en la yugular y el pobre animal cayo en el momento. Se relamía de placer al morder la jugosa carne que le manchaba todo el hocico y las patas. El gruñido de sus hermanos la molesto, como siempre aparecían después de que ella hiciera todo el trabajo y no la dejaban disfrutar de su presa. Algunos de ellos intentaron adelantarse para coger su parte y tuvo que lanzarles dos dentelladas para hacerles retroceder. Aquella era su presa y los mantendría a distancia hasta que acabara de saciarse. El dolor en la pata trasera la hizo reaccionar. Uno de los últimos lobos que se había unido a la manada, un viejo macho de color gris que por su olor venía del norte, la mordió hasta hacerla sangrar. Olvidándose de la presa clavo sus colmillos en el cuello de aquel traidor y lo mato en el acto. Era el triple de grande que cualquiera de ellos, ninguno se atrevía a usurparla el puesto y tampoco lo iba a permitir. Ya había perdido una manada hacia mucho tiempo, todavía recordaba el olor de sus hermanos de sangre y como acabaron separándose. Pero esa manada la había creado ella y no dejaría que ningún lobo solitario se hiciera con ella. El olor a humanos puso fin a aquello. Un solo gruñido y los lobos se escaparon internándose en el bosque. Nymeria se quedo un poco más, cuando distinguió el olor a muerte de la mujer desapareció con el resto. Al norte, aquella mujer iba hacia el norte y ella debía ir con ella. Allí estaba su lugar, su instinto se lo decía.

 

-          Señorita despierte. – Con un movimiento rápido Arya rozo el cuello del hombre con el filo de la daga. No estaba acostumbrada a que nadie la tocara y mucho menos la hablara con educación. Llevaba demasiados años aislada de aquel mundo de falsas cortesías y fingidos modales; y tampoco es que nunca se le dio muy bien comportarse como una dama. – Disculpe, pero ya estamos frente a Poniente. – El miedo en los ojos del hombre no se podía disimular ni con toda la tranquilidad de su voz con la que le seguía hablando.

-          Gracias – se limito a decir Arya envainando la daga. Notaba el sabor de la sangre en la boca y la piel helada como si hubiese estado toda noche a la intemperie. “Nymeria” Pensó en su loba y en el extraño sueño que tuvo. Contra más cerca estaba de Poniente más real era para ella aquellas sensaciones. “Va hacia el norte. Estoy segura que pensaba eso. Ó lo pensaba yo…”

Descubrió aquel don por casualidad. Al ver una de las más cruentas batallas reconoció el portaestandarte del león de los Lannister; a la mañana siguiente cuando el hombre bondadoso le conto que los Lannister iban hacia el norte ella ya sabía que habían ganado la batalla; las noticias llegaban tarde a Braavos. Incapaz de controlarlo y tampoco es que tuviera muchas ganas de hacerlo se dejo llevar por la alegría que le daban esas noches al poder estar con su loba. La había añorado desde el mismo día en que la obligo a marcharse para salvarla de la reina; condeno a Dama por ello y su hermana jamás se lo perdono. “Pero que otra cosa podía hacer” se reprocho a si misma.

 

El barco subió por el rio Aguas negras hasta llegar al puerto principal de Desembarco del rey. Sin importar el tiempo que pasara aquella ciudad no cambiaba lo más mínimo. Las calles de las Hermanas estaban tan concurridas de personas como siempre mientras que el castillo rojo se veía exactamente igual desde donde estaba. Desde el puerto solo se podía ver como los pájaros volaban alrededor de la torre de la mano, descendían y volvían a ascender en un extraño baile que la hipnotizaba. Cuando llego de Invernalia el olor la molestaba y la asqueaba, pero después de haber vivido en Braavos y muchas otras partes del mundo reconocía que no era de las ciudades que peor olía; simplemente olía a eso a gente, a desechos, a ciudad.

A modo de disculpa Arya entrego una moneda de oro al hombre al que casi mata y desembarco sin decir nada más, nunca se le habían dado bien las palabras. Sin saber que hacer ni a donde ir vago por las calles de la ciudad recordando cuando escapo de la fortaleza roja; como intento sobrevivir a base de desechos y de matar palomas. No la sirvió de mucho pero peor hubiera sido dejarse coger por la reina. Aunque la verdad si logro salir de la ciudad con vida fue gracias a Yoren. Un hermano de la noche que la quiso llevar hasta Invernalia y que murió en el intento. “Jamás te agradecí todo lo que hiciste por mi” se culpabilizo Arya. Yoren no solo la saco de la ciudad sino que también la rescato antes de que viera la muerte de su padre. Todavía soñaba con los abucheos de aquella gente y como intentaba silenciarlos contra el pecho del guardia de la noche. “No mires chico, no mires – le había dicho Yoren”. Pero no sirvió de mucho, el silbido del hacha se colaba en su mente cada vez que tenía oportunidad.

Llego a la plaza donde el desgraciado de Jofrey mando ejecutar a Ned Stark. “Si todavía siguieses vivo te mataría con mis propias manos” se dijo a si misma intentando controlar la rabia que sentía. Los gritos ahogados de una muchacha llegaron hasta ella entre aquel bullicio de gente. En uno de los callejones cerca del Septon dos hombres intentaban violar a una chiquilla no mucho más joven que Arya o por lo menos tirada en el suelo no se la podía distinguir mejor.

-          No te resistas más puta – le decía uno de los hombres rajándole el corpiño de seda hasta llegar a la suave piel. Su voz suave y cantarina le decían que era un trovador caído en desgracia. En un intento desesperado la muchacha intento defenderse con lo único que tenía a mano. – ¡Mierda! Esta zorra me ha mordido – grito abofeteándola haciéndola sangre en el labio y llevándose la mano a la boca.

-          No nos importara follarnos a un cadáver lo entiendes – le espeto el otro hombre acariciando su cuello con un cuchillo mientras que gotas de saliva resbalaban por la comisura de sus labios. Con la boca ensangrentada y asustada la chica asustada dejo de gritar y llorar. Lo único que deseaba era que acabaran cuanto antes con ella.

Arya se mordió el labio irritada. La fastidiaba que las mujeres no fueran capaces de defenderse. Toda su vida había escuchado a Sansa hablar de grandes caballeros de radiantes armaduras que protegían a las damiselas en peligro. Pero para variar su hermana siempre se había equivocado. Si algo le había enseñado la Casa del Blanco y Negro es que solo se puede contar con uno mismo.

-          Vaya, vaya Desembarco del rey sigue siendo la misma cloaca con las mismas ratas. – El miedo de los hombres al sentirse descubiertos desapareció al ver que quien les había hablado.

-          Mira lo que tenemos aquí Klein – dijo mirando a su compañero – una criaja envalentonada – se rio el hombre que sostenía el cuchillo. La suciedad y los harapos que llevaban eran lo único que Arya necesitaba ver para saber que aquellos hombres estaban dispuestos a todo. Lo único que les esperaba a dos vagabundos como ellos era la muerte y cuando se sabía eso cualquier tipo de miedo desaparecía. – Porque no te acercas y juegas un rato con nosotros pequeña. Seguro que te diviertes. – Levantándose con agilidad el hombre se acerco lentamente a ella cogiéndola del brazo. La facilidad con la que la había cogido le distraía de la espada que la chica escondía bajo su ropa

-          ¿Nos vais a matar acaso? – le pregunto Arya. Sin saberlo aquellos hombres estaban sellando su destino con la respuesta que le dieran.

-          Por supuesto – le susurro al oído mientras que sus manos descendían por sus pechos. – Ey Klein la niñata tiene buenas tetas no como esa.

-          Dos muertes por dos vidas – rezo palpando la daga de su cintura.

Arya se dio la vuelta y cruzo su mirada con la del hombre. “Mi vida es tu muerte y la de él la suya” se dijo a si misma cuando degolló con la daga al hombre y después la lanzo hacia el mismísimo corazón del trovador. La muchacha que estaba tirada en el suelo se levanto asustada mirando los cuerpos inertes de aquellos dos violadores. Miro su vestido empapado de sangre y luego a la chica que miraba con tranquilidad aquella escena.

-          Ten más cuidado la próxima vez – le aconsejo Arya dándose la vuelta para irse.

-          Por favor espera – le suplico la muchacha.

 

No sabia como diablos se había metido en ese sitio. Lo único que había hecho fue rescatar a una estúpida chiquilla y ahora se encontraba enfrente del gran trono de hierro a la espera de ver a la nueva reina. En Braavos había escuchado que los Lannister y los Baratheon se rindieron cuando un Targaryan regreso al poder montado en un enorme dragón negro. Curiosa y con disimulo Arya miro alrededor. Desde los días de Robert Baratheon el gran salón había cambiado mucho. Colgadas de las paredes los cráneos de los dragones presidian la sala como en la época de Aerys Targaryan. Junto a la puerta había visto a los más pequeños no más grandes que la cabeza de un gato, pero justo donde el trono estaba el más grande de todos ellos; el que llevo a Aegon el conquistador y a sus hermanas a la victoria. Pero aquello no la importaba, para ella el trono seguía siendo el mismo símbolo que mato a su padre y esas cabezas no eran más que el recuerdo del hombre que mato a su abuelo y a su tío.

“Ned Stark siempre fue un hombre de honor y por ello murió. Siempre pensé que mi padre era un héroe y un valiente, pero lo que en realidad fue un ingenuo. Un ingenuo que vivía en las antiguas historias donde todos los hombres eran buenos y las mujeres hermosas. Pero la realidad es distinta; siempre es distinta” Sus manos manchadas de sangre eran el recordatorio  viviente de ello.

El ruido de trompetas anunciando la entrada de la reina saco a Arya de sus pensamientos. Vestida con sedas y joyas la reina estaba preciosa. Su cabellera tan rubia que parecía plata estaba recogida en una elegante trenza que se enredaba con la corona de tres dragones que llevaba sobre la cabeza. Su elegancia cuando subió al trono le recordaba en cierta forma a la de Cersei Lannister, la antigua reina vigente, y la mujer a la que más odiaba.

-          Me han dicho que habéis salvado a una de mis más queridas sirvientas. ¿Cuál es vuestro nombre? – dijo la reina ocupando su lugar en el trono.

-          Ary… Arya – al principio titubeo, pero no ha´bia nada de malo en decir quien era, hasta cierto punto.

-          Bien Arya, que queréis a cambio. – El tono de Daenerys en verdad demostraba agradecimiento. Sus ojos violetas la miraban examinando cada parte de su cuerpo. “Como esta chica pudo hacer lo que me dijo Doreah” Ante ella solo veía a una muchacha de unos 15 años que ocultaba su cuerpo bajo aquellas ropas.

-          Nada, mi señora.

-          Mi reina – le interrumpió un hombre mayor que vestía una capa blanca. “Ser Barristan, el Bravo” pensó Arya al reconocer a aquel hombre de cuando espiaba a su padre en el consejo. A pesar de su edad sabía que era uno de los mejores espadas de Poniente.”Y defendió al príncipe Jofrey en vez de a mi padre” se recordó sintiendo en la garganta la bilis.

-          Nada, mi reina – repitió con tono mordaz mirando directamente al hombre.

-          Mas respeto o te arrepentirás – le amenazo Ser Barristan. Aquella muchacha le sonaba de algo y le molestaba no saber de que. Miro a su reina en busca de algún gesto, pero la mujer solo se reía por lo bajo. En el fondo aquella grosería le hacia gracia, era un viento agradable dentro de la rigidez de la corte. – Mi reina no debería reírse con las groserías de una niñata nacida en el lecho de pulgas.

Aquellas palabras hirieron el orgullo de Arya. Su maestro la hecho por no poder ser Nadie del todo, ahora sabía que era cierto, que siempre había sido Arya Stark disfrazada de Nadie y estaba orgullosa de serlo. Con la testarudez que les caracterizaba a los Stark se adelanto unos pasos para enfrentarse al caballero.

-          Ni soy una niñata, ni naci en el lecho de pulgas, Ser Barristan. Y aun de ser así, ha sido esta niñata quien ha salvado la vida de uno de vuestros ciudadanos, no ninguna capa dorada que andan por la ciudad metiéndose en más peleas de las que solucionan. Aprenda a demostrar respeto sin en verdad quiere que alguien que no sea un mequetrefe de la corte lo haga y por último si tan buen guardián del orden es aprenda a mantener a raya a sus hombres para que cumplan con su obligación.

Arya era consciente de que no solo había hablado de más, sino que se había sobrepasado bastante. En aquella sala ella no era nadie y no podía decir quien era hasta llegar a Invernalia; y encima estaba frente a un guardia real y la mismísima reina. Sin decir nada más y con una torpe reverencia se alejo hacia las puertas. Ya fuera la sorpresa de los guardias o que la reina no había dicho nada nadie la impidió marcharse.

Sin mirar atrás ni por donde iba recorrió varios patios que no reconocía donde los aprendices y palafreneros se la quedaban mirando. Puertas y escaleras se abrían a su paso, pero ninguna de ellas la llevaba donde quería ir, a la salida. Al final reconoció el enorme arco que llevaba al bosque de Dioses. Llevaba años sin hablar con los dioses de los primeros hombres, los dioses del norte, los de su padre. De pequeña siempre se sintió más a gusto entre aquellos arboles blanquecinos de hojas tan rojas como la sangre que con los siete dioses de su madre.

“Por los siete eres del norte hasta los huesos – le reprendía su madre siempre que intentaba llevarla al Septon y ella se escabullía entre los rincones del castillo”

Un latigazo de decepción cruzo su cara. Aquel no era el bosque que recordaba. El bosque de dioses de la fortaleza era un jardín cuidado y hermoso donde un solo arciano residía en el centro rodeado de flores y otros arboles. Ella añoraba el bosque de su padre. Un lugar salvaje e indómito donde solo estaban los arboles milenarios. El estanque de agua caliente estaba justo al lado del más grande de los arboles. Era allí donde su padre se sentaba a rezar mientras que ella y sus hermanos jugaban en el agua. Siendo la más pequeña era capaz de ahogar a Bran y a Robb, pero al final era siempre Jon quien tenía que rescatarla de las aguadillas de sus hermanos.

Hacia años que no pensaba en Jon, Jon Nieve. Al principio lo hacia porque le dolía pensar en su familia, pero después se dio cuenta de que era Jon, pensar en él le dolía tanto que la hacia recordar quien era ella, quien era él y donde quería estar. Todas las noches que soñaba con él deseaba estar entre sus brazos y que la abrazara, que la acariciara el pelo y la llamara hermanita. Pero cada mañana tras el sueño el hombre bondadoso sabía que no era Nadie y que volvía a ser Arya. La última noche la aviso; “de seguir así jamás entraras en la hermandad – la dijo”. A partir de esa noche cerro su corazón y su mente a los recuerdos.

El resoplido de un animal la asusto. No entendía como la temperatura subió unos cuantos grados de golpe haciéndola entrar en calor rápidamente. Consciente de pronto de que no debía estar allí Arya intento marcharse por la misma puerta por la que entro. Dio unos pasos y frente a ella descendió una enorme bestia que la miraba con curiosidad. El enorme dragón se puso ante ella desafiándola con la mirada. Las escamas de color verde y bronce brillaban con los rayos del sol moviéndose al compas de los poderosos músculos de la bestia. Un largo rugido salió del hocico de dragón obligándola a retroceder.

-          Y a ti que demonios te pasa – le grito Arya. Decir que tenía miedo era poco, había sobrepasado el punto del miedo en el mismo instante en que vio aquellos enormes colmillos. Ahora solo le quedaba la valentía de los idiotas como solían decir los guerreros que se preparaban para la guerra.

El enorme dragón tan alto como un árbol y muchísimo más ancho se acercaba a ella peligrosamente. El aliento quemaba el aire de Arya a cada paso, aun así dejo de sentir peligro. Torpe e insegura alargo la mano para tocar el hocico del animal. “Me va a dejar sin mano y aun así estoy empeñada en tocarlo” se dijo a si misma. Acaricio las escamas tan duras como el acero valyrio y sintió un cosquilleo bajo la palma. “Son fuego, puro y poderoso fuego” pensó.

-          Cogedla – oyó que gritaban varios hombres. Al mirar se dio cuenta de que muchos de guardias la había rodeado a ella y al dragón y estaban apuntando sus espadas contra ella.

“Esto me pasa por jugar con mascotas ajenas” se rio de si misma desenfundando su espada bastarda. El guardia más cercano se lanzo contra ella. Las espadas chocaron en el aire, pero no era lo mismo una espada tan delgada como la de Arya que las enormes espadas que llevaba la guardia. Estaba dispuesta a enfrentarse de nuevo pero el movimiento del dragón la llamo la atención. Un segundo después el guardia que la ataco estaba volando por los aires mientras que ella se encontraba agachada junto a una de sus patas. No entendía porque pero había sido la bestia quien la libro de seguir peleando. Uno tras otro los guardias iban cayendo por todo el jardín mientras que ella seguía en el mismo sitio. Una poderosa ala estaba sobre ella escondiéndola de los guardias mientras que zarpas, aliento y cola se movían en todas direcciones.

Rodeada de la guardia real Daenerys apareció del brazo de Ser Barristan. Sorprendida y curiosa miro alrededor hasta pararse en el dragón que era su hijo y la muchacha que se había marchado del salón.

-          No se si has venido a robar o te has perdido – la pregunto avanzando unos pasos. Con un gesto los guardias se quedaron atrás. Todos, excepto Ser Barristan que seguía a su reina a un solo paso por detrás.

-          Señora no sé explicarle. Intente encontrar la salida y mis pasos me trajeron al bosque de dioses.

-          Y veo que Rhaegal se encariño contigo. Y se encariño bastante. – La mirada que echo a los guardias que se levantaban entre quejidos y maldiciones decía más que ninguna palabra.

-          No tengo explicación. Solo lo que paso y no sé que más decirle – “bueno si, que de esta no salgo impune” pensó Arya mirando al dragón que cada vez se acercaba más a ella buscando la calidez de su mano.

-          Los dragones al igual que las personas y muchos otros animales tienen sus propios pensamientos y sentimientos – dijo Dany mirando a su dragón. En el fondo le dolía que no buscase su afecto como Viserion y Drogon. – Ahora dime que es lo que quieres. Todavía te debo un favor por salvar a mi sirvienta.

-          Mi reina – Arya no quería meter más la pata y menos después de lo que había pasado – no quiero nada. No necesito nada. Realmente estoy en la ciudad de paso, mi destino es el norte, Invernalia. – La risa de Dany la pillo desprevenida. Jamás había conocido a una reina tan extraña como aquella.

-          Mañana al alba iré a visitar a mi marido que gobierna el norte; precisamente en Invernalia. Si quieres puedes venir conmigo.

-          Pero mi reina – el gesto de Daenerys hizo que Ser Barristan se callara. Acato la orden de inmediato pero seguía mirando de manera desafiante a aquella niñata. Había algo en ella que no le gustaba, estaba seguro de conocerla de antes.

 

El calor y el aleteo de los dragones no la dejaban dormir, tampoco es que Arya tuviera ganas. Deseaba caminar y pasear por el castillo como lo había hecho de niña, pero el guardia de su puerta no era ninguno de los hombres de su padre. Aquellos murieron hacia mucho tiempo. Su mente estaba inquieta pensando quien gobernaba en Invernalia.

Su hermano Robb al igual que su lobo Viento Gris murió traicionado por los Frey, los Bolton y los Lannister. Sansa hacía mucho que no tenía noticias de ella, no sabía si seguía viva, casada y con hijos, ó había muerto que era lo más probable. Bran y Rickson eran un misterio y el último que quedaba era Jon. Jon era el bastardo de su padre por lo que su apellido era Stark, aunque siempre pensó que él y ella eran los auténticos norteños. Quería a todos sus hermanos pero Jon era diferente, era su hermano, suyo. No sabía que había sido de él, la última vez que se vieron se marchaba para el muro y jamás volvió a verle.

Con el corazón oprimido por la tristeza y diminutas lágrimas cayendo por sus mejillas al pensar en sus hermanos por fin Arya encontró el sueño que la esquivaba.

 

No había ni amanecido cuando un resoplido impaciente abraso su ventana. Arya se levanto sobresaltada de la cama con la espada en la mano. La había costado mucho que Ser Barristan no se la quitara; si la reina no llega a decir que la dejasen en paz se habría sentido desnuda sin llevar su espada y su daga con ella. El familiar rugido del dragón la tranquilizo dejando su espada sobre la cama. Al asomarse al alfeizar vio como Rhaegal dibujaba círculos en el aire hasta descender casi perpendicularmente hasta su ventana. Los tenues rayos de sol hacían brillar todavía más sus escamas verdes cegándola por un instante.

-          Madrugas demasiado y yo duermo poco – le reprocho Arya acariciándole el hocico igual que hacia con Nymeria.

-          Todavía me sorprende lo dócil que es contigo. Ni siquiera yo ni mi marido hemos sido capaz de domarlo del todo. – Dany entro en la habitación sentándose encima de la cama deshecha dejando en la puerta a Ser Barristan. Estaba claro que el caballero desconfiaba de la muchacha hasta puntos ilimitados pues no dejaba de mirar con desconfianza la espada que descansaba sobre al cama. – Al principio el más salvaje era Drogon. No era capaz de controlarlo, ni cuando era una cría. Ahora sin embargo es este el que no obedece. Acaso lo has hechizado – la sonrió apartándose delicadamente la larga melena.

-          No sabría decirle señora. – El silencio incomodaba a Arya, pero tampoco estaba segura de que palabras debía decir a una reina.

-          Desde luego que te pareces a mi marido. Tampoco habla mucho y para lo que habla nunca nos entendemos.

La risa de Dany seguía sorprendiéndola. En sus viajes había conocido los suficientes reyes como para saber que estos se creían superiores, sin embargo aquella reina era demasiado cercana con sus súbditos. No la desagradaba en absoluto, pero empezaba a temer que sospechase que ella fuera de alta alcurnia.

-          … vendrán una sirvientas a bañarte y a traerte algo de ropa. No te ofendas, pero la que llevabas apesta – dijo levantándose de la cama. Justo en la puerta se despidió con una corta inclinación de cabeza como la que hacen los reyes para despedirse.

-          Hasta luego mi reina – la contesto Arya inmediatamente haciendo una corta reverencia de chico que hizo que la risa de Dany se oyera por el pasillo.

No había escuchado toda la conversación, pero por lo menos si lo importante. Alguien vendría a asearla como cuando era niña y la cambiarían de ropa. A Arya eso la incomodaba. Odiaba los vestidos, las sedas y las telas. Siempre se había sentido como el bicho feo de la familia y que sus apodos fueran “Arya caracaballo” ó “Arya entrelospies” no la ayudaban demasiado.

Los golpes en la puerta casi la hacen esconderse como cuando era niña y huía de la Septa Mordanne. La insistencia al otro lado por fin la hizo reaccionar.

-          Perdone. Adelante

-          Pensé que usted era sorda – la sonrió una agradable mujer mayor ya con el pelo encanecido que iba acompañada de dos chicas de su edad.

-          Disculpe – fue lo único que se la ocurrió a Arya. La mujer le quito importancia con la mano mientras ordenaba a las muchachas preparar el baño.

-          La reina me ha dado unos cuantos trajes para ti. Uno de viaje para ahora y otros dos vestidos para cuando llegues a Invernalia – dijo colocando los vestidos sobre la cama.

Arya jamás entendió de ropa, eso era cosa de Sansa y de su madre, pero sin duda aquellos dos trajes de seda no solo eran solo preciosos sino que costarían un dineral. El primero de ellos era de un azul intenso con un corsé del mismo color con detalles en oro, las mangas eran de un azul más claro rematadas con ribetes de pelo blanco en los puños; aquel color le encantaba, le recordaba a su hogar. El segundo era de una rosa pálido que no dañaba a la vista sino que, como decía su madre, hacia parecer más femenina y que además tenia bordados un intricado dibujo de flores verdes en los puños y en el bajo del vestido.

-          Esto es… demasiado. Por favor decidle a la reina que no me lo merezco simplemente soy… - Arya se quedo en silencio ante la sonrisa de la anciana.

-          A la reina no le importa quien seas. Has salvado la vida de uno de sus súbditos y eso vale mucho más que estos trapos. Y ahora ven. Vamos a bañarte – dijo la mujer cogiéndola del brazo. – Si esta muy caliente avísanos.

El suspiro de placer que salió de los labios de Arya hizo reír a las muchachas que revoloteaban a su alrededor. Distraída al no darse cuenta de lo mucho que deseaba un baño no se daba cuenta de lo que hacían las chicas. Mientras que una la enjabonaba la espalda la otra le desenredaba el cabello y se lo lavaba a conciencia.

-          Tienes un cabello precioso. Me da envidia que las chicas del norte lo tengáis rizado aquí para conseguirlo tienes que hacer mil cosas y no se queda igual. – La chica hablaba tan deprisa como sus manos se movían. Entre risas y cotilleos la hizo una larga trenza que le caía por la espalda dejándole el flequillo a un lado.

-          Venga chicas que tiene que vestirse – les metió prisa la anciana con aquella sonrisa imborrable de su cara.

Arya pensó que el tercer traje seria uno para montar. Por lo que había visto de la reina dudaba mucho de que fuera de las iban en carruaje a todos lados. Se esperaba un simple pantalón de cuero con alguna camisa de tela pero lo que vio distaba mucho de ser sencillo. El pantalón de cuero estaba reforzado en lugares estratégicos y la camisa bordada con un dragón de tres cabezas en rojo a la altura del pecho se ajustaba a su cuerpo marcando cada curva de su cintura. Lo último fueron las botas de cuero con hebillas de plata que la llegaban por encima de la rodilla.

-          Estás preciosa – le dijo la mujer llevando entre sus manos el paquete con los vestidos. Arya no dijo nada mientras se colgaba la espada, la daga y la moneda. No porque no se lo agradeciera, sino porque no la creía. Ella no era Lyanna, ni Sansa, ella seguía siendo Arya caracaballo.

En uno de los enormes patios varios guardias esperaban a la invitada que iría con la reina. Preparados y listos solo faltaba que la reina y su invitada bajasen para poder ponerse en marcha. Dany bajo vestida con uno de sus vestidos de monta. Éste consistía en una suave, pero fuerte pantalón y por encima llevaba un vestido que se abría a la altura de la cintura, ambos en color azul oscuro a juego con sus ojos. Detrás de ella Ser Barristan la seguía malhumorado. Había intentado por todos los medios de anular aquel viaje y lo único que consiguió fue discutir con la reina. “Es solo una niña. A que viene tanta protección – le grito enfadada ante el comportamiento de su guardia”. Detrás de ellos apareció Arya con las sirvientas. Las dos más jóvenes se despedían de ella mientras que la mujer la acompañaba hasta la plaza. 

-          Sabia que mi ropa te quedaría como un guante – la dijo Dany atándola una capa en el cuello abrochándola con un pájaro de plata.

-          Mi reina. Esto es más de lo que merezco. Se lo aseguro. – Arya seguía dudando de toda aquella amabilidad. Recordaba como la reina Cersei engatuso a su hermana con halagos y joyas para luego traicionarla, a ella y a su familia.

-          Tonterías. Este es mi regalo por salvar la vida de mi doncella. Ahora vamos. –
Daenerys se dio la vuelta y con un simple silbido una enorme bestia descendió de la más alta de las torres. El dragón tan negro como la noche con reflejos escarlata esperaba tranquilo a que su ama lo montara. Desde lo alto de su lomo Dany observaba la indecisión de Arya. – Tranquila. Tú iras en Rhaegal. Debo llevárselo de todos modos a mi marido a sí que me ayudaras a llevarlo. – Arya trago saliva al ver como el dragón acudía de inmediato y esperaba en la misma posición que su hermano a que ella subiera.

-          Bueno – trago saliva – si he de morir no hay forma más original que hacerlo desde un dragón. – Con una sonrisa en los labios Arya se monto en el enorme animal que desprendía humo por su hocico.

La risa de Dany llegaba a sus oídos a la vez que la respondía.

-          Bien dicho – la contesto. Aquella muchacha era lo que había necesitado para volver a sonreír como antes. La gustaba su descaro y su bravuconería. Aquella forma de ser indómita como un dragón o como un lobo como solía decir su esposo era lo que su corte necesitaba pensó.

Notas finales:

Gracias por leer

Bye*****

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