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Nieve por yuukychan

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Notas:

Wenas

Haber este capi y el proximo hablaran de Benjen Stark (ya lo dice el titulo) ya que siempre me ha picado la curiosidad por saber como es su pasado y al no tener ni idea (el que sepa que comente) pues me lo he inventado. Espero que os guste y bueno hasta pronto

La noche se le había hecho eterna a la pequeña loba. Tener que estar tumbada incómodamente sobre la rama del árbol no le resultaba extraño. En su vida precisamente no había estado rodeada de comodidades, al menos no desde que abandonara Desembarco del rey. Pero una cosa era dormir a la intemperie cobijada por los arbustos, entre ruinas polvorientas, maniatada mientras se hacía pasar por esclava o en los callejones de Braavos donde Gata siempre tenía que estar buscándose la vida y otra cosa muy distinta era soportar aquel frio. En un momento de la noche llego a pensar que moriría congelada o peor, que la mutilarían, cuando sus dedos se amorataron. Había visto y oído historias de hombres que perdían manos, dedos, pies e incluso orejas, pero sentirlo en la propia piel era muy distinto. Al principio es una sensación punzante e incómoda en la punta de los dedos que poco a poco se vuelve dolorosa. La piel se empieza a amoratar y esa sensación va subiendo hasta cubrir la mano, hasta llegar a la muñeca e incluso el brazo. Pero siempre era mejor sentir el dolor que no sentir nada, cuando dejas de sentir la única solución es cortar. Solo el denso ramaje, la gruesa capa de Mikke la salvaron de aquel destino en el que no quería ni pensar. “¿Qué haría si me cortaran las manos? Seguramente morirme” pensó mientras movía los dedos una y otra vez para que estos recuperaran la sensibilidad.

 

La luz de la luna apenas iluminaba el claro donde se escondía Manosfrias arrebujado entre los arbustos. El frio, ya de por si insoportable, se agudizo haciéndoles castañear los dientes con la nevada. Sobre ellos se desato una ligera tormenta que borro las huellas de sus pies sobre la nieve. Nada ni nadie podría sospechar que allí se escondían tres personas y un ser al que Arya ni el resto, que ya sospechaban lo que era, querían darle nombre.

 

-          Mientras ayude y no… se entrometa - les había dicho rozando la empuñadura de “Corazón salvaje” cuando Arya le confesó que era Manosfrias. No le explico quien era simplemente lo que era; desde entonces el antiguo aprendiz de herrero no había vuelto a darle la espalda en ningún momento. Meera intento explicarles. Le conocía desde hacia tiempo pero Gendry meneo la cabeza. – No cambia lo que es – la dijo dándole la espalda.

 

Las nubes grises, densas como la espuma del mar, tapaban de vez en cuando la luna dejando todo en una absoluta oscuridad que solo el sonido lejano de algún búho la hacía recordar que no estaban solos. Pasada la media noche Arya pensó que los Otros no estaban en aquella lengua de tierra, sintió rabia contra su tío al pensar que la había engañado y que la estaba haciendo perder el tiempo. En un acto ciego de ira estaba dispuesta a bajar del árbol para escupirle en la cara lo que pensaba de él. Gracias a los dioses, fueran los que fueran, que no lo hizo. No los había visto, ni siquiera escuchado pero allí estaban. Su forma recortada contra la luz de la luna hizo que un escalofrío recorriera su espalda. “La vieja Tata tenía razón” Su ojos no podían apartarse de aquel espectro de forma humana. Blancos como la nieve que les rodeaba caminaban despacio observando todo con aquellos ojos azules como el cristal. Sus manos más negras que las de los hombres de las Islas del verano resaltaban ante tanta palidez. Primero vio uno, dos, pero después vio varios grupos andando al unisonó. Sus rostros petrificados eran indescifrables a esa altura y aunque sus ropas no eran más que harapos sucios y congelados sobre sus cuerpos se podían distinguir. Arya vio las ropas de los salvajes, capas de lana putrefactas que se caían a cachos, pero después vio las capas negras de la guardia, los calzones y jubones grisáceos que en su día fueron negros. “¿Qué les diferenciaba a aquellos seres de su tío?” se pregunto una y otra vez al verles desaparecer entre la misma oscuridad.

 

Escondido entre los matorrales Manosfrias los veía alejarse. Sabía que le habían visto, que le habían rozado para saber si todavía existía calor dentro de su cuerpo y que le habían dejado tranquilo igual que si fuera uno de ellos. ¿Pero acaso era distinto? Se miro las manos negras como el carbón. Aquellos dedos fríos y helados ya no tenían vida, ya no corrían sangre por sus venas, no sentía absolutamente nada. Miles de veces había mirado su rostro reflejado en las aguas cristalinas del lago y no vio nada, nada que le recordase a quien fue. Sus ojos grises desaparecieron ante aquellas esferas azules y su pelo negro como la capa que lucio con orgullo durante tantos años se había vuelto tan gris como sus botas. ¿Dónde estaba el Benjen Stark que él recordaba? “Muerto” se escucho susurrar apartando las manos, enterrándolas bajo la nieve. Había vivido y muerto como un hombre de la guardia de la noche.

 

“Te crees tan honorable de verdad, pequeño Stark. Eso no te lo crees ni muerto – se burlo una voz en su interior. – Sabes muy bien que no. Tu hermano Brandon se quedo con las mujeres, Eddard con el honor, Lyanna con la valentía y a ti no te toco nada. No eras más que el menor, el hijo que les daría problemas. El hijo que hubiese sido mejor entregar a los maestres, pero claro… te gustaba demasiado las mujeres ¿no es así, pequeño Ben?”

 

Benjen sacudió la cabeza intentando que la voz se callara, que le dejara a solas con sus sufrimientos, pero cada vez volvía más fuerte, más poderosa. Gritándole las verdades que nadie más hacia.

 

A pesar del cariño de su madre, del de su hermana y sus hermanos siempre se sintió fuera de lugar en Invernalia, en su hogar. Nunca tuvo un sitio al que pudiera llamar suyo o sobresalir en algo que alguno de sus hermanos no hubiese hecho. Al igual que el resto de su familia había heredado los rasgos duros y fríos del norte, pero nada más. No conseguía sobresalir en nada más. Admiraba a sus hermanos más que a nada el mundo pero también les envidiaba con todo el corazón.

 

Su hermano mayor, Brandon, era capaz de combatir como el mismo demonio y derrotar a todos sus enemigos con el filo de su espada o ser tan encantador como un bardo y enamorar a las mujeres solo con sus palabras. Le había visto meterse en la cama de más de una doncella de noble cuna y salir airoso de cualquier problema que pudiera tener después con la familia. Era el orgullo de su padre, un digno heredero de la casa Stark.

 

De pequeño se sentía a gusto con Ned que era todo lo contrario. Retraído y obediente se sentía igual a él, como si ambos no tuvieran sitio dentro de Invernalia, pero al crecer le demostró que el también poseía sus cualidades. Siempre había sido el más callado de todos, pero su mente siempre estaba a un paso por delante de cualquier otro pensamiento. Jamás pudo ganarle al ajedrez, ni una sola vez. Desde el principio sabía que figuras iba a mover y el juego terminaba incluso antes de empezar. Su padre siempre le pedía su opinión cuando quería entablar alguna nueva relación comercial o sospechaba que podía haber alzamientos. El honor del que tanto les hablaba el viejo Lord Stark le llego tan hondo que jamás se permitía disfrutar de las pequeñas travesuras que hacían Lyanna y él. Con lo tímido que era Ben siempre pensó que a él se le darían mejor las chicas y podría casarse incluso antes que él, así no tendría que ingresar en ninguna orden. Con suerte sería su hermano Ned quien acabara llevando una cadena de maestre, pero eso fue hasta que apareció el Baratheon. Robert era tan arriesgado en todo lo que hacía que incitaba a Ned a seguirle, a vivir aventuras que solo jamás hubiese vivido o a participar en guerras que él jamás hubiese iniciado. Las mismas guerra que le llevaron a ser el Guardián del norte, el Señor de Invernalia.

 

Y Lyanna, la tercera hija de Invernalia. A pesar de ser una muchacha parecía llevar por sus venas todo el valor y la vitalidad que recorría las tierras de su padre. Sus manos, suaves y delicadas cuando cosían junto a la vieja Septa o nuestra madre, se volvían unas terribles armas cuando ponían sobre ellas una espada, un arco o una simple vara. Su padre siempre sonreía al verla cabalgar junto a él. Atravesando las praderas en una carrera sin control en la que al final, jinete y montura, resoplaban por el esfuerzo y la emoción. Aunque en público la regañase por su tozudez e intentara que se comportara como una dama, Ben sabía que su padre adoraba el salvajismo de su hija. “Una autentica loba dará autenticas fieras” le había escuchado decir más de una vez aunque en aquel entonces no comprendía lo que significaba.

 

“Y tenía razón – pensó en Jon. En su manera de ser, en su fuerza de voluntad. Era una fiera tranquila, calculadora. Como los lobos solitarios, no atacaba mostrando los dientes; atacaba sin que tú te dieras cuenta cuando te había clavado los dientes. – Engendro con el dragón a una autentica fiera. No como tú, padre”

 

Pensar en el viejo Lord Stark le producía un escozor bajo la piel que ni el frio del muro había conseguido borrar por completo. No era más que un hijo menor que no le traería la gloria sino un futuro más del que hacerse cargo. Brandon sería el heredero y Ned sería su vasallo, su portaestandartes. Lyanna se casaría y sería la señora de alguna gran casa uniendo la casa Stark con otra influyente familia y él… él no tenía más futuro que ser otro caballero más a las órdenes de sus hermanos ó renunciar a todo y servir como maestre. Todas las nobles casas entregaban un hijo a la ciudadela, era un honor para cualquier padre, pero Ben jamás quiso el peso de la cadena. Deseaba vivir una vida llena de aventuras y mujeres que los bardos cantasen en todas las tabernas y castillos. Quería ser una leyenda.

 

“Y acabaste siendo un cuervo; un cuervo muerto – se reía la voz en su cabeza. El sonido de la risa obligo a Benjen a taparse los oídos. Cada vez más a menudo escuchaba aquella irritante risa que se mofaba de él. – Me estoy volviendo loco – se decía seguro de que día a día estaba más cerca de ser como aquellos engendros que vagaban de noche por el bosque. Siempre buscando, tocando, matando todo lo que tuviera vida. – Ese pronto será mi destino. – Cada noche se convencía más de ello”

 

¿Y acaso no se merecía aquel destino? La mayoría de sus hermanos vestían el negro por sus crímenes. Robar y asesinar era lo más común entre los hombres del campo y la ciudad, pero para las casas nobles era el deshonor, la humillación más grande que podía traerte un hijo. En su caso fue una mezcla de las tres.

 

El día de su decimotercer cumpleaños, después del banquete que organizo su padre para presentarlo ante sus vasallos, su hermano Brandon le invito a beber en la taberna del pueblo. La alegría y las monedas fáciles que brillaban sobre la mesa les hacia estar siempre rodeados de personas de risa fácil y ganas de juerga. Las mujeres de faldas cortas se sentaban tan pegados a ellos que Benjen pronto sintió más calor allí donde su cintura se unía con sus piernas. Empezaba a sentirse incomodo, pero su hermano parecía estar disfrutando. Tenía la cabeza hundida en el cuello de una mujer rubia de sensuales labios rojos y sus manos se perdían bajo la mesa haciéndola reír.

 

-          Tú también puedes tocar – le susurro la morena que se sentó junto a él. Al ver que no hacía nada deslizo una mano hacia sus pantalones. Con voz coqueta le susurro – Tranquilo yo te enseñare como.

 

Al sentir aquella mano sobre él se puso en pie de golpe. Con torpeza la susurro una disculpa antes de salir apresuradamente hacia la calle bajo el torrente de risas que comenzó su propio hermano.

 

-          Venga Ben te vas a parecer al bobo de Ned – se carcajeo Brandon antes de volverse hacia los labios de la muchacha.

 

El aire nocturno y frio del exterior acaricio las mejillas calientes de Benjen. Su cuerpo todavía temblaba mezcla de la excitación y el alcohol que recorría su cuerpo. Una terrible arcada se apodero de él. Apoyado contra una de las paredes de la taberna dejo que su cuerpo expulsara todo aquel alcohol que no podía contener.

 

-          Hay quien no sabe beber. – Benjen levanto la vista ante aquella voz. La muchacha que le sonreía no tendría más de quince años, pero era más bajita que él. Arrugando la nariz ante la escena se acerco y le tendió un pañuelo de lana basto. – Veo que tu eres de los que sabe cuando parar.

 

El pequeño de los Stark quería responderla, pero la cabeza le pesaba más que el yunque del herrero y sentía la boca pastosa. La vista se le difuminaba dejando solo una gran blancura a su alrededor.

 

El sol entraba ya a raudales a través de la única ventana que se abría en lo alto de la pared cuando se despertó. No estaba en el castillo, pero era probable que con la borrachera se quedara dormido en los cobertizos. Sentía la paja bajo su cuerpo y la picazón que estas le producían. Se levanto inseguro al ver que no conocía nada de lo que le rodeaba. Intento recordar la noche anterior pero lo único de lo que se acordaba era de las risas de su hermano y de los labios gruesos y apetecibles de la muchacha que se encontró fuera de la taberna. “Vomite delante de ella” recordó de repente sintiendo como el rubor le subía por el cuello.

 

-          ¡Veo que ya te has despertado! – le grito la misma voz que escucho la noche anterior. Ben se asomo desde los alto de lo que resulto ser un pajar. Abajo se encontraba la muchacha ataviada con un simple vestido de lana azul esperándole. – Te he traído un poco de pan y leche – le dijo mostrándole la bandeja que llevaba apoyada a la cintura.

 

-          Gra… gracias – tartamudeo todavía con el recuerdo fresco en la mente.

 

Era extraño comer sentado al lado de aquella completa desconocida, pero no podía evitar mirarla. Había conocido a muchas muchachas hermosas y atractivas en los bailes de palacio desde que tenía uso de razón. Chiquillas gráciles vestidas de seda y pieles que buscaban su mirada con aquellos ojos infantiles e ilusionados pero aquella tenía algo que le llamaba la atención. No era sorprendentemente guapa, ni poseía la delicadeza de las damas de alta cuna. Tenía los dientes algo grandes que los gruesos labios disimulaban y los ojos eran tan oscuros y normales que no llamaban la atención, pero el brillo que se podía ver en ellos cautivaba.

 

-          ¿Paso algo anoche? – se atrevió a preguntar al final cuando la vio recoger.

 

-          Si. Nos besamos e hicimos el amor hasta que te quedaste dormido. Te regale mi virtud. – La seriedad con que lo dijo hizo que a Ben se le encogiera el estomago. ¿Acaso era verdad? ¿Tendría que casarse ahora con ella? La sonrisa de la chica se ensancho al ver la confusión en su rostro hasta estallar en carcajadas. – Desde luego eres un crio – se burlo mientras recogía la bandeja – no hicimos nada. Saliste borracho de la taberna, vomitaste y te medio desmayaste. Te traje hasta aquí para que durmieras la mona y no muerto de frio en medio de la calle. – Antes de marcharse con la bandeja se volvió hacia él con el ceño fruncido y la cabeza alta. – No soy como esas fulanas de las tabernas. Te lo digo porque… no quiero que te confundas.

 

Annia. El nombre de aquella vivaracha chica era Annia y era la hija del molinero y la panadera del pueblo. Ella se dedicaba además a ordeñar la leche de un par de vacas que tenían para poder hacer el delicioso pan de leche que compraban los criados de Invernalia para el señor. Aquello lo descubrió la tercera vez que fue a visitarla. El molino se alzaba en una de las colinas donde los padres de Annia habían construido su hogar. Allí el viento soplaba más fuerte al no verse limitado por los densos bosques que crecían en el norte. Justo en la entrada, las dos vacas de la muchacha pastaban plácidamente. Al verle levantaron la cabeza y fueron hacia él para ver si llevaba una golosina.

 

-          Esta vez no, chicas. Mañana os traeré unas cuantas zanahorias. – Ben las palmeo el lomo tal y como le había visto hacer a Annia. Aquel gesto tan familiar hizo mugir a las bestias que se alejaron.

 

El barro se pegaba a su botas mientras seguía caminando hacia el molino. Las pequeñas gotas comenzaron a caer justo antes de llegar a la puerta. Desde fuera podía escuchar los susurros tranquilizadores de la muchacha hablando con la bestia que tenia dentro. Al abrir la puerta la encontró trabajando dentro del molino viejo. La vieja mula que utilizaba para dar vueltas a la maquinaria se negaba a caminar y ella no hacía más que rogarla y empujarla para que se moviera.

 

-          No será mejor que la arrees con el látigo. – Los ojos de la chica se abrieron al verle. Estaba claro que no le esperaba.

 

-          No deberías estar aquí, Ben. A Lord Stark no creo que le parezca bien     que su hijo menor pierda el tiempo con la hija del molinero.

 

-          Bobadas. Mi padre está muy ocupado con mis otros hermanos. Además estoy donde quiero estar.

 

Insegura aunque satisfecha con aquella respuesta Annia suspiro. Los días eran más divertidos cuando Ben iba a verla. El muchacho era tan útil como un palo de madera en una herrería pero sus historias la entretenían y le hacían más ameno el duro trabajo. Cuando no estaban en el molino salían a explorar el bosque y se entretenían en sus claros y chapoteando en sus ríos. Benjen la enseño a seguir el rastro de los animales hasta sus madrigueras y ella le enseño a encontrar las raíces comestibles que crecían entre los huecos de los árboles o que setas se podían comer y cuáles eran tan toxicas que podían provocar la muerte. Fue allí, en aquellas pequeñas aventuras en aquel prado donde el ruido del agua embotaba los sentidos, donde Ben se lanzo y la beso. Annia jamás lo olvidaría. El beso dulce y tímido del chiquillo se profundizo como el de un hombre al notar sus labios abiertos. Sabía que debía resistirse, que no tenia futuro con el hijo de un noble pero en ese momento solo era Ben. El niñato que la hacía sonreír cuando estaba triste, con el que se iba de aventuras y el que la ayudaba a cargar los sacos de harina para llevarlos al mercado.

 

Sin control, sin pensar, solo se dejo llevar por un vendaval de sensaciones. Notaba las manos tímidas de Ben recorrerla y como ella le correspondía con timidez. Sus ojos grises la miraban con tanto ardor y deseo como nunca antes lo había hecho otro chico. “Si piensas retrocederás. Si piensas… no lo harás” se dijo a si misma al echar la cabeza para atrás solo para ver como el sol seguía su destino sin importarle lo que estaban haciendo. El beso cálido y dulce en el cuello que se iba deslizando hasta el pecho la dejo sin aliento. No supo en qué momento dejo de pensar para solo entregarse sin reservas al calor que sentía. Solo cuando la noche les envolvió y el frio recorrió su piel desnuda recordó quien era y le aparto de un empujón de encima de ella.

 

-          ¿Annia qué?… Acaso he hecho algo mal.

 

-          Eres un noble, Ben y yo… yo no quiero que jueguen conmigo – le contesto abrazándose las rodillas. De pronto un sollozo ahogado se escapo de sus labios. – Que he hecho. Mi padre me matara si se entera – susurro abrazándose con más fuerza escondiendo la cabeza entre las piernas.

 

Benjen fue a ponerla la mano sobre el hombro para tranquilizarla pero se detuvo. Podría haberla dicho muchas cosas y prometerla otras miles pero en su interior sabía que la chica tenía razón. Era un noble, el hijo del Lord de Invernalia y aun así lo único que quería era quedarse con ella aunque fuera como un simple molinero. Absorto no vio como la chica se levantaba y se vestía con manos temblorosas, solo escucho su voz.

 

-          Por favor no vuelvas. No vuelvas nunca, Ben – le suplico con la voz llorosa antes de marcharse dejándole solo en aquel claro.

 

El aullido de los lobos a lo lejos fue su única compañía hasta que las luces de Invernalia se alzaron en toda su magnitud frente a él. Su hogar, su casa, el sitio donde le esperaban todos sus seres queridos, pero si aquel era su hogar ¿Por  que deseaba volver al viejo molino?

 

-          ¡Maldita sea! – maldijo. Era una tortura tener aquel apellido cuya única valía era impedirle ser feliz. Una vida atada y condenada donde el mundo dictaría su sino.

 

 

 

Aquella noche fue la última en que Benjen vio a Annia. La muchacha seguía trabajando de sol a sol en el molino de su padre, pero no le volvió a permitirle verla. Ni siquiera fue capaz de entenderla cuando le amenazo con los guardias, solo podía recordar las lagrimas de sus ojos y el dolor que reflejaban. Un dolor que él se tuvo que guardar durante tanto tiempo. Un año en el que su mente aprendió todo lo que los maestres le explicaban sobre medicinas y venenos, sospechaba que su padre quería mandarle a la ciudadela y por eso los viejos ancianos se empeñaban tanto en explicarle los distintos usos, mientras que su corazón seguía lejos, vagabundeando por los claros y bosques por los que habían paseado juntos.

 

-          Eres un imbécil – se recrimino una noche frente al espejo borracho tras haber estado bebiendo con sus hermanos y el futuro marido de su hermana. 

 

-          ¿Eres un imbécil solo hoy o siempre has sido un imbécil? Eso deberías aclarártelo.

 

Ben se quedo mirando el reflejo de su hermana apoyada en el marco de la puerta. La sonrisa burlona que le dedicaba desentonaba con la simple sonrisilla con la que había presidido la cena durante toda la noche, a pesar de las constantes bromas y anécdotas con las que intentaba agradarla el Baratheon. El brillo de sus orejas al entrar en la habitación le deslumbraron los ojos. Eran dos esmeraldas talladas en forma de hojas que combinaban con la sencillez y la elegancia del vestido verde ribeteado de seda marrón que llevaba. “Desde luego el idiota de Robert sabe hacer regalos” consiguió pensar en la neblina que era su  mente.

 

-          ¿Qué quieres? – consiguió hipar.

 

-          Que me digas que demonios te ha pasado. No sueles beber de esta forma tan… - la costaba encontrar una palabra que no le ofendiera – tan absurda – soltó al final dejándose caer en la cama tras él. – Es por esa chica; esa molinera. – Los ojos de ambos hermanos se clavaron como alfileres el uno en los del otro.

 

-          No es de tu incumbencia – le soltó Ben.

 

-          Hermano es hora de que la olvides. He oído a su madre hablando con las criadas cuando nos trajo el pan. Su padre la ha prometido a un pastor y tú – le paro antes de que pudiera decir algo – Padre te casara con una Glover. – Los ojos de Ben la decían que no la creía. Todo el mundo en el castillo sospechaba que el muchacho acabaría en la ciudadela. – Los Glover quieren congraciarse con nuestro padre por no sé qué deuda de tierras robadas a otra gran casa, creo que a los Bolton o los Manderly. No lo sé. El caso es que han ofrecido a una de sus hijas y 150.000 dragones como dote si padre interfiere por ellos.

 

-          Aunque me case no tengo tierras. Los Glover se echaran para atrás en cuanto se enteren.

 

-          Padre te dará la las tierras del sur cuando seas caballero para que las regentes. ¡Ese no era tu sueño, Ben! ¡Por fin serás armado caballero! Y la muchacha es bonita. La conozco. Estuvo en el ultimo banquete que celebro madre por su aniversario. Era la chiquilla dulce que tenía el vestido verde con hojas bordadas en los bajos y los puños. Es un par de años mayor que tú pero…

 

-          Padre puede meterse por donde le quepa sus tierras, a la Glover, su título de caballero y la cadena de maestre. ¡Antes muerto que casarme con esa o verla ella en manos de otro! – Ben creyó que vociferaría al enterarse de la noticia sin embargo su voz sonaba tan calmada que eso preocupo a Lyanna. La muchacha se levanto hasta estar justo detrás de la silla. Su olor a lavanda la precedía incluso antes de que le tocara.

 

-          Acepta tu destino Ben – le dijo poniendo una mano sobre su hombro.

 

-          Como tu el tuyo, hermanita.

 

Los ojos fijos de Ben en los pendientes fueron como una bofetada para Lyanna. Ambos siempre habían compartido sus más profundos y oscuros secretos desde que eran pequeños y sabía perfectamente que no estaba mirando los pendientes sino algo más escondido. El pequeño rubí que cosió a una cinta de suave terciopelo dorado que usaba como pulsera. Era su mayor tesoro, el que tenía guardado en el arcón de su cuarto y solo sacaba de noche para acariciar aquella pequeña piedra. Su contacto la hacía recordarle, a veces incluso soñaba con que estaba allí, a su lado, aunque no pudiera verlo. El regalo del autentico hombre al que amaba. Sin despedirse, Lyanna se marcho dejándole otra vez a solas con sus pensamientos.

 

 

 

Las visitas de Robert Baratheon eran una autentico frenesí de fiestas y risas en la de por sí tranquila Invernalia. Una vez al año el venado solía dejarse caer por el hogar de los norteños durante varias semanas desde que Ned y él fueron pupilos de Jon Arryn. Para el padre de Ben fue toda una suerte que el joven moreno de fuertes brazos y risa fácil no solo considerara a Ned como su hermano, sino que también se enamorara de su hija y se empeñara en casarse con ella, aun más cuando era el heredero de su casa. El Lord Stark adoraba el comportamiento salvaje y aguerrido de su única hija, pero conociéndola dudaba mucho de los pretendientes y temía que su personalidad acabara obligándole a casarla con una casa de nobleza inferior. Tan pronto como la muchacha floreció un sinfín de hombres abordaron sus puertas y se instalaron en Invernalia. Los hubo de todas las clases y edades. Norteños y sureños, hombres de los sietes reinos, altos y bajos, gordos y flacos, ancianos a punto de morir, chiquillos que todavía mamaban de teta y los más numerosos, hombres en la primavera de su vida que caían de rodillas ante sus pies intentando con sus palabras y halagos atravesar aquel corazón indomable que no les prestaba más atención que la que le prestaría a una mosca. Pero al igual que los lobos, la pequeña Stark los echo a dentelladas..

 

-          Mi señora sois como los copos de nieve. Hermosa, única. No he visto mujer con  tanto valor y tanta pasión. Sois como…

 

-          Sois como una espada valyria, tan bella y tan perfecta. Sois lo que mi corazón busca y anhela. Bla, bla, bla – les cortaba Lyanna. -  Siempre la misma historia, siempre las mismas palabras, Ser. Deberíais volver a vuestro hogar, a – “un castor de grandes dientes. ¿De donde era esa casa?” – el que sea. Y buscaros allí a una doncella tan hermosa como los copos de nieve o las espadas.

 

Uno tras otro los hombres abandonaba airados la estancia entre gritos y protestas. Las maldiciones que se escapaban de entre sus labios podrían escandalizar hasta a los siete si aquellos Dioses gobernaran en el norte. Por cada hombre que salía minutos después entraba su padre alzando las manos al cielo para después gritarla.

 

-          ¡Cómo vas a conseguir esposo si sigues actuando así! ¡Al final acabaras desperdiciando tu juventud o entrando en las hermanas silenciosas! ¡¿Eso es lo que quieres?! – Lyanna se encogía de brazos sin apartar la vista de su padre. “Lo que quiero es un dragón” rezaban sus ojos mientras su boca se mantenía callada.

 

Pero al final a aquellos que sobrevivieron a los dientes de su pequeña acabaron corneados por las astas del venado. Con apenas sus dieciséis primaveras cumplidas el Lord Stark había decidido entregar a su hija al Baratheon. Así lo anuncio durante el banquete de despedida del venado.

 

-          Una unión que ni el Dios de la tormenta podrá destruir – brindo su padre alzando la copa hacia Robert. – Lastima que tengas que volver tan pronto a Bastión de tormentas, hijo.

 

-          Cuanto antes parta para organizar todo, antes volveré a por mi hermosa prometida – le correspondió Robert besando la delicada mano de Lyanna. La noche no había más que empezado y el vino todavía no le había hecho efecto. A esas horas era todo un galan que el vino pronto convertiría en una bestia.

 

Sentado en su silla Benjen jugueteaba con la comida mirando de vez en cuando a la futura Baratheon. La sonrisa cincelada en sus labios no ocultaba la tristeza que reflejaba su mirada y que intentaba ahogarla con el vino especiado. La copa que le había permitido su padre se había convertido rápidamente en una jarra entera a lo largo de la noche. “Vas a necesitar más para poder ahogar esas lágrimas, hermanita” pensó vaciando el mismo la copa de vino aguado que le sirvió uno de los criados.

 

La velada comenzó temprano en el salón de los Stark. El ruido de las copas y las risas atronaban más que la tormenta que se había levantado fuera. El ruido de las gotas contra el tejado sonaban como si la lluvia le hablara. “Ve, ve, ve” y otra vez “Ve, ve, ve”. Eran incesantes, le apresuraban, le ordenaban. “Es una orden” se dijo a sí mismo. Más borracho que de costumbre Benjen atravesó la sala de una punta a otra sin pararse, tambaleándose entre las mesas cuando se sentía mareado. Solo el alto de los guardias le obligo a aminorar las marcha.

 

-          Voy a la taberna – les corto en seco.

 

-          Eso. Nos vamos a la taberna. – Las carcajadas de Brandon se escuchaban incluso por encima de los truenos. - ¡Venga muchachos, mi hermanito tiene razón! ¡¿Quién se apunta?! Esta fiesta de compromiso se me está haciendo especialmente aburrida. Prefiero ir a tomar una cerveza con las dulces y calientes copitos de nieve – sonrió mirando directamente a los ojos del guardia.

 

La miradas cómplices no pasaron desapercibidas. El nuevo guardia, un joven atractivo de veintipocos años, moreno y con pequeñas cicatrices en la cara había sido compañero de correrías de su hermano antes de que el maestro de armas le diese el visto bueno. De eso haría ya casi dos años, el tiempo exacto en que su queridísimo hermano comenzó a prestarle atención. Con Ned la mayor parte del tiempo ausente entre Bastión de Tormentas y el Nido de Águilas, Brandon acabo por fijarse en el enclenque de su hermano pequeño.

 

-          ¡Venga! ¡Os animáis! – les insistió Brandon al verles dudar.

 

-          Ya sabéis que no podemos abandonar nuestro puesto, señor. – La voz amistosa del hombre estaba teñida de resignación. La primera regla que aprendían los nuevos guardias era estar en su puesto. Ya no era un compañero de correrías, ahora era un hombre al servicio de Lord Stark.

 

-          ¡Anda marchad! – se escucho la voz del viejo capitán. – Ya os relevo yo. En total la noche parece tranquila – dijo observando cómo solo unos cuantos hombres del Baratheon jugaban cartas con los norteños mientras que en la mesa Ned, Robert y el padre de la novia discutían. Lyanna debía haberse retirado a descansar ya que Benjen no la vio por ningún lado. Pocas mujeres quedaban en la estancia y por lo que sabía muchas de ellas, sirvientas, cocineras y pinches, solo esperaban a alguien con el que calentar las sabanas frías esa noche.

 

De camino a la taberna Brandon y Joff iban a la cabeza del pequeño sequito que formaron. Varios mozos de cuadras, algunos albañiles viejos y unos cuantos caballeros del sequito de Robert les seguían entre risas y canciones a cada cual más picante. Un joven mozo de la edad de Benjen comenzó a cantar la canción del “Oso y la doncella” cambiando la letra según le convenía. Tenía una voz bonita, pero no se sabía ni una sola estrofa de la autentica canción.

 

Era una osa, osa, osa

 

tan fea, tan grande, tan horrorosa, osa, osa

 

y aun así yo quería a esa fea osa, osa, osa

 

que me case con ella dentro de una fosa, osa, osa

 

 

 

-          Idiota no te sabes ni la canción.

 

Las risas y abucheos les precedieron a lo largo de la calle como la música de fondo. Algunos hombres del pueblo se congregaron a su alrededor invitados por la sonrisa de Brandon. Incluso varios metros antes de llegar ya estaban asomadas al balcón varias mujeres que les miraban con ojos divertidos ante el jaleo que estaban montando. En la puerta una robusta mujer de generosos pechos y caderas anchas les estaba esperando.

 

-          ¿Quién era el que quería una osa? – pregunto divertida. Varios hombres señalaron al pobre muchacho que no podía tener más de quince años. – Ja – se carcajeo – yo te enseñare lo que es una osa – le sonrió llevándoselo escaleras arriba.

 

-          No lo destroces Mary. Mañana tiene que trabajar – le grito Brandon desde abajo.

 

-          Tu sobreviviste ¿no? – fue lo único que se escucho antes de oírse cerrar una puerta.

 

-          Sobreviví para poder repetir. Esa mujer tiene de osa lo que yo de lobo. No iba a permitir que mi presa sobreviviera. – Las carcajadas de los viejos estallaron mientras que los mozos pedían a gritos cerveza. - ¿Y mi hermano? – pregunto al ver que el muchacho no estaba entre ellos.

 

-          Antes. Afuera. Me ha dicho que se iba a que una mujer le calentara la cama – le confesó Joff dando el primer trago de muchos a su cerveza.

 

-          Espero que pase tan buena noche como nuestro chico con la “osa”. – Las jarras de ambos hombres entrechocaron derramando casi la mitad. – ¡Mujer otra! – grito Brandon cuando se bebió de un trago lo que había sobrevivido.

 

 

Notas finales:

Y hasta aquí que os ha parecido

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