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Nieve por yuukychan

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Notas:

Bueno aqui la continuación espero que esteis preparados.

La lluvia arreciaba con fuerza para cuando Benjen llego hasta al molino. Entre toda aquella oscuridad, el brillo del granero destacaba como las estrellas. “El faro de la vieja” como lo llamaban los marineros sureños era la estrella más brillante por la que se guiaban, su luz eran tan radiante que incluso en la peor de las tormentas se la podía ver igual que al mismo sol. Allí era conocida como “el ojo azul” la estrella que te llevaba a tu destino, y a eso iba. El frio y la lluvia le despejaron la mente, ahora solo le faltaba reunir un poco más de valor para enfrenarse al padre de Annia.

“Si me echo atrás… - un pie se le quedo atrapado en el barro hundiéndole unos dedos en aquel lodazal. Él se sentía igual. Toda su vida había estado entre el barro y el suelo, entre sus obligaciones y sus deseos. Saco pecho igual que un toro y miro al granero. – Si me echo para atrás la perderé”

Decidido avanzo por el sendero que le era tan familiar siguiendo las huellas de las vacas que habían dejado en el barro. Las puertas le esperaban abiertas como si los mismo dioses le incitaran a ello. Dentro solo brillaba la luz de un candil haciendo formas extrañas alrededor, siluetas irreconocibles que parecían enviadas por algún duende juguetón. Sentada en el suelo con la cabeza escondida entres las piernas Annia levanto la vista al oír el chirrido de la puerta. Sus labios temblaron cuando pronuncio su nombre.

-          Ben… pero… que

El pequeño de los Stark atravesó en dos zancadas la corta distancia que los separaba. Sin palabras, sin explicaciones. Al llegar a su lado la rodeo los hombros para poder estrecharla contra sus brazos. La sintió temblar por un momento antes de que el sentido común la hiciera empujarle.

-          No sé a qué has venido pero…

-          No puedes casarte. No con ese simple pastor. Es un viejo borracho que no vale ni para dirigir a las ovejas.

-          ¿De verdad? – Una media sonrisa triste se dibujo en la boca de Annia al enarcar una ceja. –  No tienes derecho a hablar de borrachos. He podido oler el vino y la cerveza incluso desde la puerta. – Lejos de sentirse avergonzado Ben la miro con mayor con intensidad.

-          Pues entonces sabes que te digo la verdad. Los maestres dicen que los niños y los borrachos no mienten. Ese cretino además de ser un… - inspiro fuerte para no volver a llamarlo borracho – incompetente. Ha perdido ya casi cinco ovejas en solo medio año.

-          ¿Casi cinco?

-          Si. Una la encontraron los hombres de mi padre a medio comer. – Ben meneo la cabeza. Empezaba a notar la lengua pastosa y sentía una sed que le quemaba la garganta. – Es un viejo que te dobla la edad – tosió – hoy puedes verle atractivo, pero en diez años odiaras hasta el roce de sus manos. Por favor Annia no te cases.

-          No tengo opción, Ben.

-          Si la tienes – la cogió de las manos – fúgate conmigo. El mundo está lleno de oportunidades. Podemos irnos a las ciudades libres donde nadie nos conozca. Tu puedes coser o hacer pan o atender una posada y yo puedo…

Annia le volvió a sonreírle con aquellos ojos que le demostraban tener más edad, más conocimiento del mundo que el mismo. ¿En verdad que podría hacer? No tenía suficientes conocimientos para hacerse pasar por médico o maestro. No conocía ningún oficio y si decía a alguien la verdad de quien era su escapada duraría lo que dura un odre de vino en una fiesta.

-          Se manejar la espada. En Braavos, en Tirosh, en cualquiera de las ciudades libres puedo trabajar como mercenario. No es la vida más honrada pero es una vida en la que podríamos estar juntos. Tu y yo. – Acaricio su mejilla. – Tener una familia, hijos, un hogar.

El contacto erizo la piel de la hija del molinero obligándola casi por instinto a cerrar los ojos. Pensó en el tacto de su piel. Tenía las manos suaves comparadas con la de los campesinos, pero eran engañosas. Bajo aquel tacto se escondía las durezas que le provocaban las espadas, los cortes a medio curar y las cicatrices que adornarían su piel. Ella le había visto cada marca que le había hecho la espada del maestro de armas. Solo una vez. Solo aquel día en que se rindió a la evidencia de lo que sentía por él, pero sabía que recordaría hasta la última marca. “Si fuera posible. – Cogió su mano entre las suyas sin apartarle la mano de su rostro. – Estar juntos, así, para siempre. Sería un sueño”

-          Pero de todos los sueños nos despertamos – susurro apartando la mano. – Ben regresa a casa – “hazlo antes de que no puedas más. De que mi voluntad flaquee y nos condene”. – Le dio la espalda y escuchó los pasos de Ben alejarse. La puerta del granero se quedo abierta permitiendo que la lluvia que volvía a arreciar con fuerza salpicara el suelo de dentro. – Es mejor así – suspiro.

Mas resignada que triste Annia avanzo hacia la puerta. El resplandor de un rayo la cegó cuando fue a cerrarla. En un momento notaba el suelo bajo los pies y de pronto sintió que la levantaban por la cintura sacándola al exterior. Habría gritado de no ser porque el hombre que la llevaba era Ben. Cargo con ella como si fuera un saco hacia el exterior sin dirigirla la palabra. Las patadas y maldiciones de la hija del molinero se fueron apagando al tiempo que la lluvia y el frio calaban en ella. Con pasos enérgicos el Stark la llevo hasta los arboles hasta adentrarse dentro del denso bosque lejos de la incesante lluvia.

-          ¡Suéltame! – le exigió Annia pero Ben la ignoro.

Dentro del bosque, entre toda aquella oscuridad bañada por la luna, los arboles corazón parecían un faro de luz cubiertos con aquel amasijo de hojas rojas. Sus ojos rojos les observaban detenidamente a medida que el muchacho avanzaba hacia el más grande de todos, el que descansaba sus raíces cerca de curso del rio. Con delicadeza Ben soltó a Annia junto a aquel árbol. El fuego chisporroteo cuando las manos de Stark sacudió las piedras.

-          ¿Qué demonios hacemos aquí, Ben? ¿Para qué me has… has.. – estornudo con estruendo. El frio la calaba hasta los huesos haciéndola tiritar. Sus ojos se volvieron dos pequeños puntos negros que le miraban directamente esperando una respuesta mientras intentaba luchar contra las punzadas de dolor que le provocaba el viento.

-          Ha sido difícil encontrar leña seca. – El pedernal ilumino su rostro durante unos segundos antes de morir en la yesca y convertirse en una gran llamarada. Acerco su rostro al fuego soplando entre las hileras de humo que amenazaban con apagarse. – Quiero que te cases conmigo. Aquí y ahora. Los únicos testigos que necesitamos son los Dioses.

-          Ben – meneo cansadamente la cabeza igual que hacia cuando algun chiquillo del pueblo se obstinaba en hacer algo que estaba mal. – No podemos es que acaso no lo entiendes. – “Los Dioses me ayuden alguno tiene que mantener la cabeza”. – Y tu todavía eres un chiquillo – susurro.

Aquellas palabras resonaron en su cabeza como el ruido sordo de los yelmos al ser golpeados. No dolían más bien molestaban. Se había llevado una mujer a la cama antes que Brandon, cogió las armas aún más pronto que Ned y el maestre empezó a enseñarle a la vez que a su hermana cuando esta le sacaba dos años. Era el más pequeño, pero ya no era un chiquillo y se lo demostaria.

Ben se abalanzo sobre ella aprisionando su boca. Su lengua se metió a la fuerza hasta escuchar el primero de los gemidos que iba buscando. Al encontrarlo sus manos la recorrieron tal y como habían hecho la primera vez, excepto que ahora la muchachas de la taberna le habían enseñado como. En un principio se apresuro haciéndola desear que fuera más rápido, más deprisa, para después pararse en seco, en acariciar con recreación cada parte de su cuerpo, para hacerla rogar más. El primer susurro de excitación, aquel primer ruego le hizo sonreír con malicia.

 

-          ¿Un chiquillo, mi señora? Un chiquillo puede hacerte sentir así – susurro junto a su oreja mordisqueándola el lóbulo. “Gracias Felicidad” La chica de la taberna le había enseñado más de un truco de perro viejo.

 

Agradeció en silencio a la prostituta con la que se acostó dos días después de que Annia no le dejara volver a verla. Borracho y furioso la cogió entre sus brazos y la follo hasta que el sueño le invadió. El sol de la mañana le despertó con aquel malestar al que su hermano Brandon llamaba con sorna “las zorras mañaneras”. Cuando le pregunto cómo se podían curar se rio de él.

-          Las muy putas son peores que las que conoces por la noche. Pero tienen fácil solución – alzo la jarra sobre su cabeza - ¡Emborrache más! – solía decir durante el desayuno en el que volvía a atiborrarse de cerveza.

El leve tarareo de una canción le hizo olvidarse del imbécil de su hermano. Cuando la luz del sol le dejo de molestar vio a una mujer peinándose frente a un espejo. No la recordaba de la noche anterior, pero si reconocía las habitaciones de posadas cuando las veía. La cama, aunque de paja, olía a flores. De sus extremos salían cuatro pilares de donde colgaban unas sedas algo viejas y remendadas que recordó haber descolgado la noche anterior. La habitación era sencilla, solo un arcón de madera negra, una silla  y una vieja mesa que sostenía un espejo lo decoraban. “Al menos esta limpia. No creo que coja pulgas” pensó al intentar incorporarse. Un quejido más parecido al gruñido de un perro que a la voz de una persona se escapo de su boca.

-          Será mejor que te eches. Bebiste más de la cuenta muchachito. – La mujer ni siquiera se dio la vuelta para mirarle. Le observaba a través del espejo mientras acababa de peinarse.

-          ¡Muchachito! ¡Acaso no sabes con quien hablas! – rugió. Incluso antes de que su voz saliera sabía que no tenía que haber gritado. Sus propias palabras le golpeaban la cabeza como un martillo contra yunque. “Maldito Brandon. Mataría por seguir borracho” se quejo cerrando los ojos por un momento.

-          Claro que lo sé.

La voz de la mujer le hizo abrirlos. Se había levantado de la silla y ahora estaba junto a los pies de su cama apoyada en el pilar. Debía rondar los treinta días del nombre aunque no aparentaba más de veinticinco. Era atractiva sin duda. El cabello negro como el azabache le caía sobre las estrechas caderas y acentuaba más su fina cintura. Sus labios carnosos sonreían prometiendo mucho más de lo que sus ojos negros decían. Olía a flores y sándalo, pero debajo de todo aquello podía oler otra cosa; la decepción. Lo miraba como una madre miraría a un hijo del que esperaba algo más.

-          No tienes derecho de mirarme así. No después de que anoche te hiciese gozar como a una perra. – Intento que sus palabras salieran hirientes pero sonaron como la rabieta de un niño.

-          Vos, mi señor. No hicisteis nada.

-          ¿Cómo? – estaba confundido – Acaso no intente…

-          Sí, mi señor. Lo intentasteis. Pero acabasteis dormido murmurado cosas sobre una tal… Ana. Anai.

-          Annia – le corrigió con tristeza.

-          Debía ser una muchacha muy hermosa para que solo pensarais en ella en una situación así. ¿Decidme bebisteis para olvidarla o para recordarla con más intensidad?

-          No importa. ¡No os importa! – la miro. No sabía ni su nombre. – Señora – finalizo vistiéndose a toda prisa bajo la mirada de la mujer. Las palabras que pronuncio incluso le asombraron a él – No soy más que un crio. Me hecho de su vida por eso.

-          Pues sed un hombre. – Ben levanto los ojos y la miro. La mujer se había dado la vuelta para coger una manta con la que taparse del frio de la mañana. Sus pezones duros como las piedras se marcaban contra la fina tela. – Si queréis recuperarla sed un hombre – le repitió dejando que el muchacho se recreara en la forma de sus pechos durante un momento.

-          ¿Co- cómo? – pregunto cuando por fin la escucho. – Lo he intentando. Yo… nosotros… Ella se entrego a mí. Pensé que así…

-          Una noche no es nada y más con un crio. – La mujer alzo la ceja ante la frente fruncida de Ben. – Aprended a amar como un hombre, a pensar como uno y a vivir como un hombre. Sois un señor. Puede que el menor de vuestra casa por lo que tengo entendido. – El Stark asintió. – Eso os obliga a ser el mejor en todo.

-          Puedo aprender de los maestres y maestros de armas a comportarme y pensar como un hombre…

-          No solo de los maestres. Habla con vuestros vasallos no solo os emborracheis con ellos. Campesinos, pastores, criados…. La experiencia de todos ellos abarcan tantas vidas que no se podrían escribir ni en esos apreciados libros que conservan esos viejos de las cadenas.

-          Vale sí – era cierto, pero… ¿y sin ella? – ¿Quién me va a enseñar a amar como un hombre?

-          Yo misma. – Sujeto su mano y se la llevo hacia su pezón endurecido. Sintió el temblor de la mano de Ben y le regaño. – Un hombre no duda. – Ben asintió y lo agarro con fuerza. Un ligero golpe de la mujer en la cabeza le hizo soltarlo. – Es piel y carne. No un pedazo de hierro. Trátalo con suavidad – le volvió a regañar.

Un año. Un autentico año en que maestres, hombres y mujeres, armas y noches con Felicidad, así era como se llamaba la prostituta, le enseñaron más que todos los libros o eso creía.

Sus manos se pararon al sentir el temblor de la hija del molinero.

-          Y eso que todavía estas vestida.

Annia abrió los ojos y se miro. Era cierto. Todas sus caricias habían sido a través de la ropa mojada. Todo su cuerpo se delineaba a la perfección bajo aquellas prendas. El agua la marcaba cada contorno de su piel haciéndola sentir más expuesta que si estuviera desnuda. Como leyendo su mente Ben se volvió a acercar a ella y la desabrocho cinta a cinta la blusa blanca con una lentitud que solo hacia aumentar el deseo. Por cada cinta que se desabrochaba Ben tocaba “accidentalmente” uno de sus pechos. Al final la respiración de Annia era tan entrecortada que la costaba respirar.

-          Dime – y esta vez Ben tenia la falda de la chica entre sus manos. Un simple tirón hacia abajo y la muchacha quedaría totalmente desnuda. - ¿Qué soy para ti?

-          El mercenario con el que pasare el resto de mi vida. Ya se en Braavos o en el mismo infierno.

Ben tiro de la falda de basta lana marrón para abajo dejándola tan expuesta ante él como en el día de su nombre. De dos rápidos movimientos sus propias prendas cayeron al suelo perdiéndose entre la maraña de hojas caídas. Solo faltaba la capa de piel que todavía tenía sobre sus hombros. Se quito el broche de plata y ónice en forma de garra de lobo y la deposito en el suelo con la parte interior seca hacia arriba junto al tronco del viejo árbol.

-          ¿Te casaras conmigo? ¿Aquí ante nuestros dioses decidirás si quieres ser mi mujer?. – Le tendió la mano y vio todavía la duda en sus ojos. Ese temor antiguo que tenemos todos al futuro. Tras un momento de vacilación que duro una eternidad le cogió la mano.

-          Juro ante los Dioses – Annia poso su otra mano sobre la corteza – que seré tan tuya como lo soy de esta tierra. Que te sentirás orgulloso de nuestros hijos y que estos jamás podrán tener un padre mejor que vos.

Ben sonrió y también se apoyo en el árbol.

-          Yo. Un Stark de Invernalia. Un hijo del norte, un hijo de los primeros hombres que pisaron Poniente te seré siempre leal como lo son los lobos con su manada. Que conmigo jamás conocerás la traición, el dolor o la pena. Que te protegeré hasta con mi último aliento. Que nuestros hijos tendrán un futuro que comienza ahora.

La atrajo de las caderas hacia él. Sus cuerpos fueron el banquete al que asistieron miles de ojos que se escondían en la oscuridad. Sus gemidos fueron la música del baile que solo bailaron ellos y el graznido de las aves fueron las voces de la bendición de sus familias.

“Y la falle. La falle en todo. No fueron los Dioses quienes me llevaron aquel día hasta su casa. Fueron los demonios quienes enloquecieron mi mente con falsas esperanzas. – Ben se arrebujo bajo su capa como si todavía pudiera sentir el frio. Era un crio. No era más que un crio que jugo a “entra en mi castillo” y llevo el juego mucho más lejos. – Jamás debí ir a su casa. Ahora podría ser una feliz madre rodeada de niños”

Ya no era capaz de recordar su rostro, solo pequeños fragmentos como la sonrisilla que le dedicaba con benevolencia cuando intentaba ayudarla y fracasaba o los ojos llorosos de cuando discutía con su madre, pero su rostro se transformo en una neblina que cada día se oscureció más y ahora solo era un agujero negro dentro de su pecho muerto. Lo que si recordaba, tan bien como la canción que hacían las espadas, eran los gritos de Annia cuando su padre…

Al amanecer Benjen y su ahora esposa se dispusieron a recorrer los caminos. Tenían dos días antes de que su padre echaran en falta al pequeño de sus hijos y uno para que el molinero buscase sin descanso a su única hija prometida. En esos momentos creyó tener a los dioses de su parte ya que consiguieron evadir a los guardias del Lord de Invernalia casi toda una luna. Cada mañana, antes de que el sol se alzara, ya se encontraban pateando los caminos aprovechando que nadie más viajaba por ellos. Aprovechaban las caravanas para comprar los pocos alimentos que les hacía falta y se alejaban en cuanto notaban las miradas de sospecha. “A estas alturas mi padre debe haber puesto sobre aviso a todos sus vasallos” pensó cuando varios hombres cuchicheaban sobre el pequeño de los Stark.

-          Dicen que se escapo para unirse a los segundos hijos – contaba un hombre mayor de larga barba blanca. – Es normal. Él no es ni segundo sino cuarto. Imaginaos cuando el padre dote a su hija y le entregue sus buenas tierras a chico, al segundo. Al pobre pequeñajo no le quedara nada.

-          Se rumoreaba que una de las hijas de los Mormont iba a casarse con él. El viejo oso no es tonto y sus hermanas muchos menos. Pedirán algo a cambio del enlace. Dinero, tierras o ambas.

-          Es cierto. El niño también iba a tener una buena dote – les respondió una mujer que avanzaba cansadamente llevando a una cabra testaruda que se negaba a seguirla. – Pero no era una Mormont, sino un Glover.

Ben y Annia se alejaban después de oír todo aquel chismorreo. No era nada nuevo y podían relajarse. Al menos no habían relacionado sus dos huidas.

-          Es normal. La gente pensara que tú te escapaste por vivir aventuras y que yo hui de un matrimonio. Nadie puede relacionarnos – le decía Annia más segura de lo que en verdad estaba. Todas sus amigas sabían del chico con el que se había estado viendo. Hubo varias que la dijeron que realmente era el pequeño de los Stark aunque ella siempre se lo desmentía. “Un noble jamás perdería su tiempo así. En una taberna puede, pero conmigo…más quisiera yo” las contestaba siempre.

Aun así, las noches eran un tormento al no poder hacer un fuego y por el día el sonido de cualquier caballo los hacía esconderse entre los arbustos y ramajes a la espera de que los jinetes se marcharan. En dos ocasiones casi fueron descubiertos por los soldados que les buscaban, pero sus huellas se confundían con la de otras tantas personas que se movían de pueblo en pueblo. Al cumplirse una luna Annia suplico a Ben dormir en una posada. Llevaba días encontrándose fatal. Apenas comía a pesar de que el muchacho consiguiera alimentos y si comía algo a poco rato lo vomitaba. “Gripe. – Pensó sin más. – Llevo tanto tiempo congelada, hambrienta y sucia que me estoy enfermando”

-          Espera un poco. Pronto llegaremos a Puerto blanco y podremos coger un barco. Entonces podremos descansar.

La voz de Benjen sonaba grave. Cada día había más soldados y hombres de su padre en los caminos. Ajena a sus  pensamientos Annia le suplico.

-          Por favor. Necesito descansar por una noche sin estar tiritando.

“¡Mierda!. – Benjen no quería ceder. No cuando estaban tan cerca de su destino. Pero al mirarla se ablando. La piel cetrina y el pelo enmarañado, los ojos hinchados por no dormir y las mejillas hundidas de no comer. Estaba cayendo enferma y ni siquiera sabía el motivo. – Solo es una noche. Solo una. No podrán atraparnos”

-          Está bien. Nos hospedaremos en alguna taberna por esta noche y al alba partiremos. – “Una noche de sueño nos vendrá bien a los dos”.

La luz cálida y el dulce olor que salía de la posada les hacia la boca agua. Al entrar el ruido de risas les precedió y el calor fue como el abrazo de un fiel amante que espera a la noche. Al final de la sala, sentados en una mesa, varios hombres gritaban y reían jugando a las cartas mientras dos guapas muchachas les llevaban una jarra de cerveza tras otra.

Una de ellas les vio entrar y les señalo una mesa junto al fuego lejos de los bulliciosos hombres.

-          Es noche de juego. Si os acercáis mucho os invitaran a jugar solo para desplumaros y eso no lo puedo consentir. No antes de que me paguéis por una buena comida. – La sonrisa de la muchacha no ocultaba sus palabras. Sin dinero no habría comida. Ben dejo caer un par de monedas de cobre y plata sobre la mesa.

-          Comida y habitación.

-          Con esto tendréis lo mejor de la posada. Un buen trozo de cerdo con la mejor de nuestra cerveza. – El generoso pecho de la moza se balanceo al recoger las monedas rozándole el brazo. Ben la miro. Era una muchacha de generosas curvas. El cabello le caía hasta la espalda hasta llegar a un buen formado trasero. Los ojos eran algo separados por un recta nariz, pero aquella boca carnosa distraía toda la atención. La sonrisilla que le dedico no paso desapercibida para Annia que le entrego una moneda más de cobre.

-          Esto es para que te busques a otro o te enfríes con cerveza. ¿Tú decides?. – La mirada de ambas mujeres se encontraron. El silencio hosco e incomodo desapareció cuando la voz de la otra muchacha se hizo escuchar por encima del todo el ruido.

-          Ryela más cerveza. ¡¿Es que no ves que no puedo sola?!. – La otra muchacha de constitución más esbelta la mirada irritada con unas cuantas las jarras en la mano.

-          ¡Ya va, Sbel! ¡Ya va! – la contesto de mal humor Ryela sin apartar la vista de chica. – Ahora os traigo la comida – les respondió aunque la mueca de sus labios se alargo hasta formar una sonrisa al enfrentarse al rostro de Ben.

-          Intenta no llamar la atención – le regaño Ben a Annia cuando la moza se marcho.

-          Eres mi marido. No podía estarme callada – le respondió apartando sus manos de entre las suyas.

-          Lo sé. Y eres a la única que quiero. Pero no estamos a salvo. No hasta que no lleguemos a alguna de las ciudades al otro lado del mar.

El enfado de Annia la duro tan poco como la comida en su plato. Después de tanto tiempo sintiendo nauseas notaba como su cuerpo digería aquel delicioso trozo de cerdo. Al verlo sobre el plato con aquella gruesa capa de grasa se le había hecho la boca agua y lo devoro sin esperar a que se enfriara. La cerveza la ayudo a regar aquel manjar y a aliviar la quemazón que recorría su garganta.

-          Has sido un poco bruta. Así no come una mujer casada – se burlo Ben .

-          Estaba demasiado bueno. – Annia todavía notaba el sabor del animal en la boca a pesar de la cerveza. “Esto no es bueno” siempre que sentía arcadas estas empezaban en la boca, en el sabor repetitivo que se le quedaba después de comer. No importaba lo buena que estuviese la comida siempre que lo sentía venia el malestar. Dio un respiro largo al ver como Ben acababa la comida con tranquilidad y todavía no tenía nauseas. “Esta noche dormiré de tiron” sonrio satisfecha.

-          ¿Y esa sonrisa? – Ben apuraba el último trago de cerveza aguada para pasar el resto de la carne.

-          Solo es que estoy feliz.

Annia se levanto y se dirigió hacia las escaleras que subían a la planta de arriba. Esperaba que Ben la siguiese pero al mirar para atrás le vio junto a la muchacha que les había servido. Le tenía que estar diciendo algo gracioso ya que su marido no dejaba de reír. “Acaso…No – meneo la cabeza – Ben no haría eso. Al menos no cuando yo estoy aquí” Las dudas la atormentaban cuando atravesó la puerta de la habitación. Por la moneda de plata el tabernero les había dejado la habitación más grande. Una enorme cama donde podían dormir 7 personas sin molestarse ocupaba gran parte de la estancia. El fuego ardía con intensidad en la chimenea y sobre el suelo los juncos olían limpios y perfumados. Apoyada en la puerta Annia respiro profundamente; si comenzaba a llorar no pararía.

-          Eres un idiota – susurro intentando en vano contener sus lagrimas. Al sentir el sabor de la sal en los labios se tiro contra la cama. – ¡Es un idiota, idiota, idiota! – chillaba contra la almohada para ahogar sus gritos. “La idiota he sido yo. ¿Cómo he podido llegar a creer…?”

El chirrido de la puerta la erizo el vello de la nuca. Escucho la voz de Benjen amortiguada por el grosor de la almohada. No entendía lo que la decía, pero se reía. Saco la cabeza de entre las sabanas y le vio colocar una pequeña jofaina de barro en la mesa junto a una jarra de agua mientras la seguía hablando.

-          … las vacas también tienen grandes tetas.

-          ¿Qué? – pregunto Annia.

-          Lo sé. No es muy caballeroso meterse con una mujer, pero cuando te hacen perder el tiempo… que uno solo quiere pasar contigo. – Le toco la frente y acaricio su pelo. – Te veo mejor.

-          Lo estoy. Lo estoy mejor que nunca – le contesto acurrucándose junto a él. – Y mañana… cuando lleguemos a Puerto blanco... – bostezo dejando la frase en el aire. La cama era cómoda y el calor de Ben a su lado después de tantas noches pasando frio era demasiado placentero como para no quedarse dormida.

Benjen la observo dormir en silencio durante un rato. Llevaban días tiritando por los caminos, aquella noche se merecían descansar.

-          Y mañana comenzaremos una autentica vida.

Acaricio su pelo mientras la veía dormir. Estaba preocupado. Contra más cerca de la ciudad portuaria más hombres de su padre veía. Algunos ocultaban el símbolo de su casa e iban por los caminos disfrazados de caza fortunas o caballeros errantes, pero las vainas de las espadas las reconocería en cualquier lado. Negras con remaches de plata y las garra de un lobo labrada sobre el metal. “Casi nos pillan en el cruce del gigante” pensó con el sabor del miedo en la boca del estomago. Pero se tranquilizo al escuchar la suave respiración de Annia, era cierto, podía descansar tranquilo allí no les encontraría nadie. 

“Que equivocado estaba. Nunca el peligro estuvo tan cerca”

Los guardias entraron en mitad de la noche. Sus voces resonaron por toda la posada levantando a los pocos huéspedes que dormían pared contra pared. Annia abrió los ojos confusa y no pudo evitar gritar cuando uno de los hombres la cogió por el brazo alzándola sobre su hombro. Para entonces Ben había saltado de la cama y sostenía la espada entre sus manos. Consiguió herir al primero y dejar fuera de combate al segundo al estrellarle la jarra de agua contra la cabeza pero no logro defenderse de los tres que le vinieron después. Su espada detenía golpe tras golpe y logro rozar el hombro de uno de ellos. Por un momento pensó en que ya se había deshecho de otro cuando las chispas saltaron. “Hombreras” pensó demasiado tarde cuando un tajo le alcanzo la pierna. Intento volver a levantarse pero uno de los hombres le puso el pie sobre la espalda.

-          No seas tonto muchacho y menos por una puta. – Su voz era áspera y ruda. Escupía las palabras como un asno los rebuznos.

-          Hijo de puta. – Ben sintió la sangre en la boca cuando el hombre le golpeo con un guantelete de cuero y remaches.

-          Mi madre es una santa. No lo olvides muchacho.

Tirado sobre el suelo, gruñendo como un animal; así es como le encontró su padre. La sangre manaba de su boca pero no era más que una herida superficial. El corte más profundo es el que tenía en la pierna y que le dejaría cicatriz. El Lord del norte contemplo la escena con el rostro ceñudo. ¿Para qué se escaparía su hijo tan lejos?

-          ¿Quién es esa? – pregunto al ver a la muchacha maniatada en una silla. Los ojos le lloraban y la boca le temblaban cuando la miro.

-          Mi señor. – El guardia hizo una corta reverencia. – La mujer dijo que vinieron juntos.

“Esa zorra de las tetas de vaca” El rostro de Ben se enrojecía de rabia al escuchar cada palabra del soldado. Después de rechazarla la muchacha se había vengado. Ni siquiera sabía si eran ellos o no, pero en todos los mercados y tabernas se contaba la misma historia: la huida del menor de los Stark. Y allí había ido. Rabiosa había buscado a dos guardias de los que patrullaban los caminos y a los que había visto a menudo por la zona y les había contado la historia. La voz de su padre resonó en su cabeza.

-          ¿Quién?

-          Yo, mi señor. – La hija del posadero cayó de rodillas antes los pies del Stark. Sus ojos se encontraron con los de Ben que la miraban llenos de odio y desconfianza. Ella sonrió de puro placer.

“¡Maldita zorra! Tenias a cualquiera de los hombres de abajo” pensó Ben intentando moverse. Al segundo intento la bota del soldado volvió a apretarle los hombros.

-          Tranquila muchacha y levantaos. Habéis hecho lo correcto. – Miro a su hijo con desaprobación. – Este descarriado es mi hijo. Pero decidme, moza, ¿conocéis a la otra?

-          No mi señor, pero.. – la dulzura que impregnaba su voz no lograba esconder del todo el odio en sus ojos – por estos caminos hay muchas… mujeres libertinas.

-          Una puta. Una puta hijo – repitió mirando a chico. – De esto hablaremos en casa. Vosotros – se dirigió a sus hombres – llevad a mi hijo al carruaje y recompensad a la chica.

-          ¿Y qué hacemos con ella, señor?

-          Podéis…

-          Esperad mi señor. No soy una… lavandera… - el miedo se reflejaba en la voz de Annia al enfrentarse a aquel hombre.

-          ¿Entonces?

-          So-soy la esposa de-de vuestro hi-hijo – tartamudeo.

La sonrisa de incredulidad se borro del rostro del Lord Stark al ver a su hijo. Con la lengua mordida apenas podía articulas palabra pero sus ojos no le engañaban. Se volvió de nuevo hacia la chica y la miro como si fuera la primera vez.

-          Ahora te reconozco. Eres la hija desaparecida del molinero

-          Si mi…

-          Has perdido la cabeza hijo o acaso no la tienes. Has mancillado el honor de los Stark por una estúpida molinera. ¡Por los dioses Benjen en que demonios pensabas! Te había buscado una muchacha el doble de hermosa que esta insignificante cosa. Me decepcionas. Ni siquiera el último rey del norte se humillo tanto cuando rindió su reino a los Targaryan.

-          Padre… la… amo. – La boca de Ben sangraba cuando la abrió.

-          La amas – repitió el hombre mirando de nuevo a la muchacha – ya veremos cuanto la amas.

¿Había gritado o solo fue en su imaginación? No lo sabía. Cuando vio que su padre cogía una de las antorchas del pasillo pensó que era para iluminar su camino hacia la planta de abajo, pero le vio atravesar de nuevo la puerta. Inconscientemente sabía lo que iba hacer pero no podía creerlo y al parecer la hija del tabernero también pues desapareció por la puerta sin que nadie la detuviera. Podía ver el rostro de su padre y aun así no le parecía real. Su padre; el Lord Stark de Invernalia, era un hombre justo y bueno con sus súbditos no podía creer que fuera hacer lo que estaba a punto de hacer. Cuando las llamas iluminaron el rostro aterrado de Annia grito. Estaba seguro. Estaba…¿seguro? O acaso su voz no llego a salir de su mente. Pero la de ella si.

La muchacha lloraba y gritaba tapándose el rostro con las manos.

-          Dime, hijo. ¿Todavía la amas o quieres que siga?

No contesto. El pequeño de los Stark cayo desmayado al notar un fuerte dolor en la base de su cabeza. Uno de los guardias le aporreo tras recibir una señal del Lord. La vuelta a casa seria más sencilla para ambos pensó lanzando la antorcha contra la chimenea.

 

Las entrada a las mazmorras de Invernalia se encontraba en la torre norte del castillo, un lugar maldito enterrado bajo metros de tierra donde el calor de los muros no podía llegar. Más de un preso había muerto entre aquellos muros sin darle tiempo a Lord Stark a condenarle. “Así es el norte” le repetía el maestre de pequeño cuando Ben no entendía algo de su tierra. Desde una de las ventanas de la torre Benjen podía observar todo lo que ocurría alrededor de la puerta. Estaba confinado en su habitación pero no le importaba. Le hubiese dado igual morir en aquella habitación cuando el fuego toco a Annia. “Jure  protegerla. Lo jure” se decía una y otra vez castigándose las manos al golpear el suelo. Los nudillos abiertos le dolían como puñales pero solo el dolor físico, palpitante, le mitigaba otro tipo de dolor.

Habían pasado quince días desde que le encerraron y nadie le daba noticias. Una doncella le atendía y le limpiaba la habitación siempre en un silencio que él no se molestaba en romper. Todos los días un mozo le llevaba la comida que dejaba intacta y el agua que bebía a pequeños sorbos. Si no estaba golpeándose los puños, Ben se dedicaba a mirar horas por la ventana esperando verla salir. Apenas podía dormir y cuando lo hacía soñaba en que ella moría, allí, olvidada por todos y por todo, pero él no la olvidaba. “Todo ha sido culpa mía” se martirizaba. La rabia y el remordimiento se dejaban paso en su mente con educación, como si ambas supiesen que el día tenía suficientes horas para cada una. A veces Ben también soñaba que mataba a su padre y entonces conseguía dormir toda la noche hasta que la puerta se abría.

Perdió la cuenta del tiempo cuando por fin su padre se presento ante sus habitaciones. Iba vestido de negro y gris, los colores de los Stark, y se adornaba el dedo con un gigantesco sello de oro con el lobo huargo grabado. Al verle su rostro hizo una mueca.

-          Estas muy delgado. – Ben le miro en silencio. – Tus criados dicen que apenas  comes. – Más silencio. La paciencia del hombre empezaba a agotarse. – Si lo llego a saber hubiese matado a la chica en vez de entregarla. – Aquella vez los ojos de Ben se iluminaron.

-          ¿Qué has hecho con mi esposa? – pregunto pasando por alto la mueca de desprecio que le dedico su padre a aquellas palabras.

-          La entregue a las hermanas silenciosas y ellas se deshicieron de ese bastardo que crecía en su tripa. Nunca hubiesen aceptado a una mujer embarazada. La verdad es que he sido demasiado clemente tendría que haberla dado unos cuantos latigazos…

-          Has matado a mi hijo. – Ben no podía creerle. Sus ojos le seguían por la habitación hasta que se sentó en una silla frente a él.

-          No seas tonto. Jamás mataría a tu hijo, Ben. Solo me he deshecho de tu deshonra.

La sonrisa de su padre lo martirizaba. Deseaba matarlo, asesinarlo, ver aquella boca escupiendo sangre.

-          Juro antes los dioses padres que morirás entre gritos y ni el infierno te dará clemencia.

Ben esperaba ver la ira en los ojos de su padre o al menos una fracción de voz, pero lo único que vio fue como aquella sonrisa se ensanchaba de oreja a oreja.

-          Hijo. El infierno es el que le espera a ella por haber seducido a un noble. Ahora vestíos. El príncipe Rhaegar Targaryan nos ha honrado con su visita.

 

La sala de banquetes resplandecía con los colores de la casa Targaryan. El dragón de tres cabezas ondeaba orgullo junto al feroz lobo huargo de los Stark sobre la mesa del Lord. El príncipe Rhaegar era un hombre atractivo y misterioso que apenas hablaba. Sus labios, aunque sonreían, tenían una ligera mueca de tristeza como todo en su persona. La melancolía era como una segunda capa para el príncipe Targaryan que solo se desvanecía cuando estaba cerca de Lyanna. La joven norteña conseguían hacerle brillar los ojos con solo el susurro de su voz.

-          Si me disculpáis, Milord. Desearía bailar con vuestra hija.

Ben jamás había visto antes aquella felicidad en el rostro de su hermana. Era una muchacha feliz de sonrisa fácil pero ahora sus ojos lucían una esperanza que estaba abocada al fracaso. ¿Cómo nadie podía darse cuenta? Durante la visita de Baratheon era más una perra obediente que perseguía al venado por obligación. El fuego del Targaryan la avivaba hasta el punto de aullar a la luna como una fiera.

El baile continuo durante toda la noche, pero Ben se escabullo hacia el bosque de dioses en cuanto su padre se dio la vuelta. La tentación de tener un cuchillo al lado y poder clavárselo era muy tentador. Le daba igual si los dioses le condenaban para toda la eternidad por hacerlo, su alma se lo pedía. “Matar a un padre es el peor de los pecados. ¿Y castigar a un inocente? A lo mejor un mal revierte el otro” Sus divagaciones le llevaron junto al árbol corazón más grande del bosque. A sus pies se quedo sentado pensando en cuando fue la última vez es que estuvo ante los dioses. “Se lo jure. Se lo jure y fracase” se dijo recordando sus propias palabras. El ruido de pisadas le alerto de que no estaba solo pero si eran los guardias de su padre no se iba esconder. Le encontrarían antes o después.

-          Ven conmigo. Esta noche – rogaba apresurado la voz de un hombre.

-          No puedo. Mi padre. Nos matara. Es capaz de hacerlo.

-          Si intenta hacerte algo lo matare – la contesto la misma voz. Era débil y cálida, pero el peligro que enterraba era más profundo que el de muchos bravucones.

-          Rhaegar…

Los murmullos se escuchaban cada vez más cerca de Ben. Al final los pasos se detuvieron detrás del viejo árbol donde estaba sentado. Sabía que no debería estar escuchando pero era demasiado tarde para marcharse sin ser visto.

-          Lyanna os amo.

-          Mi señor yo también os amo, pero… ya estoy prometida.

-          Prometida mas no casada. Huid conmigo.

-          Yo…

El crujido de las hijas se mezclo con el silbido del viento. Los ojos de ambos amantes se abrieron inseguros antes la sombra que se cernía sobre ellos. No le habían avisto, ni siquiera lo había oído llegar hasta el ultimo momento. El miedo en los ojos de su hermana solo eran comparables a la desconfianza con la que le miraba el príncipe dragón.

-          Tu eres…

-          Mi hermano pequeño, Benjen Stark. Es – le miro suspirando aliviada. De haber sido Ned o Brandon el corazón se le hubiese parado – es de confianza.

El dragón se relajo más no dejo de mirarle con recelo.

-          Siento tu perdida muchacho.

A Ben no le hacía falta que le dijeran nada más. Sabía que toda su familia sabía de su desgracia y como su única respuesta fue el silencio. Eddard evitaba encontrarse con él y el imbécil de su hermano mayor desaparecía tras jarras de cerveza y mujeres de taberna. “Es allí donde deben estar, Ben. No en tu cama cuando llegues a casa. Ese el sitio de una dama” fueron las únicas palabras que le dio. Solo Lyanna le apoyo revelándose contra todos.

-          SI se quieren que más dará su sangre. Ben jamás heredara tus tierras y sus hijos mucho menos – como castigo su padre la abofeteo.

-          No eres más que una chiquilla insolente. Pero pronto el Baratheon te meterá en cintura.

-          Despreciáis a Ben por enamorarse de la hija de un molinero y a mi me entregais a un bruto y como castigo su padre la prohibió hablarle.

-          Gracias alteza. – Hizo una corta reverencia. – Mañana padre saldrá de caza. Lo ha estado hablando todo con el mayordomo. Irán hacia el norte, hacia el muro – dijo mirando directamente a su hermana. La duda en rostro de Lyanna no desaparecía. – Te acuerdas de pequeños el juegos de los perros – la muchacha asintió - deberías decidir si eres una perra de las perreras o una loba de los bosques

El príncipe no entendía nada de aquellas extrañas palabras. Solo podía mirar como el semblante de su amada pasaba de la duda a la aceptación más absoluta. “Ya decidió” Lyanna agarro sus manos entre las suyas y se puso de puntillas para poder besarle.

-          Se acerca el invierno – le susurro todavía de puntillas junto a su oreja.

-          Pues os llevare lejos de él.

 

“Ni si quiera el negro a podido lavar mis pecados. La condene al igual que hice con Annia, con mi padre y con mis hermanos. Traigo la muerte allá donde voy y ahora llevo a mi sobrina ante ella – pensó al ver a Arya bajar del árbol. – Si no hubiese dicho nada. Si jamás hubiese conocido a Annia padre no la habría condenado, yo no habría convencido a Lyanna y mi hermano y padre jamás habrían ido a Desembarco del rey. Ned podría haber vivido una larga vida y tú pequeña loba no existirías”

La figura de Arya se elevo sobre él mirándole con el rostro ceñudo. Su silueta oculta bajo la ropa se dibujaba contra el sol de la mañana.

-          Vamos tío. Los muertos nos esperan.

“Si. Los muertos me esperan, pero no estos. Y  tengo miedo de encontrarme con ellos”

 

 

Notas finales:

Espero que os haya gustado y siento si me he pasado con el padre de Benjen, pero siempre me he preguntado porque se hizo de la guardia de la noche y he querido darle un pasado. 

Hasta el proximo capitulo 

Kisses***

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