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Nieve por yuukychan

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Notas:

¡¡¡Hello!!! ¿me hechabais de menos? jajaj seguro que no pero a la protagonista de mi historia estoy segura de que sí XP

Bien para no decepcionaros por fin conocereis a la Reina de los Otros jajaja espero que os guste y ya sabeis si os gusta lo decis y si no tambien (pero con suavidad :-)

No quedaba ni rastro. Los finos copos de nieve ocultaron las huellas de los caminantes blancos borrando su existencia. Si sus ojos no los hubieran visto moverse como fantasmas en la noche ninguno de ellos pensaría que allí había algo más peligroso que un gato sombra o una manada de lobos hambrientos. Cada día los habían escuchado más cerca y ahora parecía que estaban casi al lado suyo, dispuestos a devorarles. En la distancia habían podido ver que eran tres. Una hembra y dos machos famélicos que al parecer ya conocían el peligro que representaba el tridente de Meera.

 

-          Los conozco, no se acercaran. No al menos mientras que sea de día y perciban el peligro de esto – el tridente brillo en sus manos. – Ya conocen el dolor que puede provocar.

 

-          ¿Qué sucedió? – la boca de Gendry soltaba grandes bocanadas de aire que se condesaban a su alrededor.

 

-          Nada – suspiro – mucho. Encontrar comida en estas tierras es una tortura, pero al menos los ríos siempre tienen algo que ofrecer. En una ocasión me adentre en busca de nuevas presas en la zona este. Fui cerca de los antiguos poblados pesqueros de los salvajes y para colocar unas cuantas trampas cuando la loba se lanzo sobre mí. – Se llevo la mano a la cicatriz al recordar el dolor y el miedo. – Me mordió el brazo y me lo hubiera arrancado de cuajo si no llego a coger el tridente a tiempo. Le atravesé la pata y me soltó. Fue a atacarme de nuevo pero Verano ya estaba a mi lado. Bran suele dejarle salir siempre que voy de caza – “porque a él también quiere venir” – le gruño y se marcho acobardada. La segunda vez que los encontré no ocurrió nada. El olor de mi arma mezclado con el olor de Verano les hizo retroceder entre dentelladas.

 

-          Vaya. Si que has vivido aventuras para ser una dama.

 

Meera alzo la ceja y luego sonrió. Debía recordar que aquel chico era sureño. No importaba que sirviera a la familia real en el norte como le había dicho Arya, desconocía muchas de las costumbres y familias que vivían en Invernalia.

 

-          En los pantanos no suelen haber muchas damas. Y las que hay que no duran mucho. Suelen acabar casadas con señores de los ríos.

 

Pinos, robles, abetos y un sinfín de otras especies desconocidas invadían aquella lengua de tierra que se iba agrandando. Lo que empezó como una islita en medio de dos ríos medía lo mismo que la Isla del oso de la casa Mormont y todavía no había llegado al final. Caminando sin descanso seguían a Manosfrias a través de un camino que solo él conocía y aun así parecía dudar en cada paso.

 

Habían pasado varios años desde que el hombre que era lo recorriera con su equipo en busca de salvajes. Benjen no sabía que lo que encontraría tras aquel bosque no era la guarida secreta del rey de mas allá del muro, sino su propia muerte. Uno tras otro sus compañeros fueron cayendo presas del frio, los salvajes, los animales. Solo él, Narirota y Víbora consiguieron llegar hasta la cueva de hielo. Ya entonces tenía un mal presentimiento cuando vio aquella entrada pero era el jefe de la expedición, no podía echarse atrás.

 

-          Oye Ben creo que deberíamos volver. Llevamos sin ver salvajes más de tres días. – Narirota hablaba siempre como si estuviera congestionado.

 

-          Somos exploradores. El Lord Comandante nos ha enviado a explorar y eso es lo que haremos. Además… ¿quién sabe si es allí donde se esconden los salvajes? – ni siquiera lo creyó cuando las palabras salieron de su boca. – ¡Vamos! – ordeno bajando de su caballo para no tener que pensar más.

 

-          Como tu digas jefe – resoplo Narirota.

 

En algún momento su compañero tuvo que ser atractivo, pero se había roto tantas veces la nariz que el amasijo de carne sobre su rostro hacía tiempo que solo le servía para respirar. “Para lo que me sirve una cara bonita cuando ya no puedo follar” solía decir entre risas sentado junto al fuego cuando alguno le recordaba lo gran bardo que fue. Como a casi todos su fortuna acabo cuando se metió bajo las sabanas equivocadas. Calentar la cama de una mujer casada o de la señora del castillo mientras la orquesta seguía tocando y los hombre se emborrachaban era una cosa, nadie tenía porque enterarse, pero meterse en la habitación de la hija doncella mientras el prometido arregla las últimas objeciones con el padre, eso era una locura.

 

-          ¡Locura o no la hice cabalgar como una potranca! – solía jactarse ante los novatos que preguntaban por su historia. – Una nariz rota fue un precio pequeño por tocar esa suave piel.

 

-          ¿Y qué paso con la muchacha? ¿Se caso con el hombre?

 

-          Se metió a Septa – susurraba con tristeza. Cuando acababa la cerveza su boca volvía a mostrar la misma sonrisa. – No pudo olvidar mis caricias ni soportar las de otro hombre. Así de bueno soy por eso me llamaban “Dedos chispeantes” La lira entre mis manos cobraba tanta vida como la piel de cualquier mujer.

 

Benjen solía mirarle y callarse. La muchacha acabo deshonrada y llevada a la ciudadela para hacerse Septa. La última vez que los hermanos negros comerciaron con los maestres de Antigua se rumoreaba que la chica había huido en un barco que se dirigía a Ghis. Una noche de placer le había costado todo su futuro.

 

Víbora era todo lo contrario, no solía hablar. Había venido siendo un crio desde más allá del mar aunque nunca decía de donde. Acabo en los desiertos de Dorne viviendo su infancia entre serpientes y alacranes. No había en la guardia de la noche hombre que entendiera más de venenos que él. Allí en las tierras calurosas del príncipe Martell lo habían apresado por ladrón y embaucador con tan solo dieciséis años. Había conseguido seducir a dos de las hijas del príncipe Oberyn y robarles; todo en una misma noche. Solo el muro le libro de la venganza de las serpientes de la arena, aunque se sospechaba que una de ellas todavía solía visitarle en Villa topo. Era un secreto a gritos que cada 3 lunas una muchachita de piel aceitunada le esperaba para encontrar tesoros.

 

“¿Que fue de vosotros?” se pregunto Benjen. Después de atravesar aquella condenada cueva su memoria se perdía. Solo recordaba un frio intenso devorándole las entrañas hasta que su mente se desvanecía en un mar de hielo que le apresaba. Y era allí a donde llevaba a aquellos muchachos. Todavía estaba a tiempo de cambiar de rumbo, de negarse a llevarlos. Echo un vistazo para atrás y observo a su sobrina. “Te llevo a la muerte y aun así me sigues sin vacilar”

 

Manosfrias se abrió paso a través de un oculto sendero que los demás pasarían por alto. Con mano experta agarro las riendas del alce y lo llevo a través del camino siempre por delante. Una pata tras otra el animal iba abriendo un camino tan enrevesado como las ciénagas que cubrían los pantanos donde nacieron los lacustres. La nieve subía y bajaba a voluntad como si tuviera vida propia y esperara atraparles entre sus fríos copos y en muchas ocasiones Arya creyó que lo conseguiría. A veces conseguían caminar con paso vacilante sobre ella mientras que en otras ocasiones se hundía hasta la cintura y Gendry tenía que ayudarlas a salir. Solo Manosfrias conseguía mantener un ritmo que ninguno de los otros podía seguir.

 

-          El día no espera y la noche se acerca – les decía a cada tramo en que se retrasaban.

 

-          Será mejor que os atéis. – Saco una cuerda. – Así me será más fácil tirar de vosotras si os volvéis a quedar atrapadas.

 

Atados alrededor de la cintura Gendry intentaba abrir paso a las dos muchachas. Su corpulencia y fuerza despejaba el camino de nieve, al menos lo suficiente para que Arya y Meera pudieran seguirles sin acabar medio enterradas en aquel invierno eterno. Paso a paso el grupo se adentraba cada vez más en el espeso bosque donde solo el constante graznar de los cuervos les acompañaban. Ni siquiera la luz del sol conseguía atravesar las copas de los arboles haciéndoles caminar en una constante penumbra. El aleteo de un pájaro paso rozando la cabeza de Arya haciéndola caer de bruces. Desde el suelo pudo ver a aquel animal que la miraba directamente a ella.

 

-          Nieve, nieve, nieve – graznaba batiendo las alas.

 

“Eres el mismo de ayer – se dijo. El día anterior le había llamado la atención un cuervo negro como el betún como todos, pero el plumaje alrededor de sus ojos era de un blanco tan reluciente como el pelaje de Fantasma cuando le bañaba la luz del sol. Y allí estaba otra vez, mirándoles avanzar a través de la nieve. – Nos siguen. Esperan que muramos – pensó mirando al frente de la columna. En ese instante un cuervo se puso sobre el hombro de su tío. – Los siguen a él – comprendió en acto al ver la delicadeza con que se le quitaba de encima. - ¿Acaso los cuervos se llevan bien con los muertos o simplemente se alimentan de ellos como harían de nosotros?” La pregunta le rondo por la cabeza como un mal presentimiento que no se quiere ir del todo. Los pájaros no dejaban de observarles y volar de árbol en árbol siempre a la espera de su extraño amo. Fuera la relación que fuera Arya no veía que los animales atacasen a Benjen. Pero aquel cuervo no dejaba de mirarla a ella. Sus ojos, dos grandes esferas oscuras como la noche la seguían sin apartarse nunca de sus movimientos.

 

“Y si…” Silbo. Fue un silbido corto y estridente que hizo que los demás se volvieran para mirarla. Pero funciono. El animal bajo del árbol hasta posarse en su hombro. “Nieve, nieve, nieve” grazno picoteándola la capa con la que se cubría. Al ver que la muchacha no le daba nada se quedo allí quieto, clavando sus garras en el cuero y escondiendo la cabeza bajo el ala.

 

-          Creo que le has caído bien – le dijo Meera al ver como el animal se acomodaba sin importarle las sacudidas que mecían a la muchacha a cada paso que daba.

 

-          Me parece que pertenecía a los hermanos negros – la contesto distraída mientras acariciaba el suave plumaje de animal. Recordó como Jon le conto que uno de sus compañeros, no se acordaba del nombre solo que era un hombre bastante gordo, le enseño a todos los cuervos a decir nieve. Pero aquel cuervo era distinto. La miraba con mayor intensidad que sus hermanos, como si pudiera entender lo que pasaba a su alrededor. “¿No solo eres un cuervo, verdad?”– Anda ve – le dijo alzando el brazo. Al instante las alas del animal se abrieron hasta sobrevolarles varios metros.

 

El final del bosque resulto todo un alivio para Gendry que suspiro agradecido de poder quitarse la cuerda. El frio la congelo tan pegada a su cintura que solo pudo cortarla para quitársela de encima. Los trozos rígidos cayeron al suelo hundiéndose unos centímetros entre sus pies. “A lo mejor la necesitamos” estuvo a punto de reprocharle Arya pero la queja murió en sus labios cuando ni ella misma podía desanudar la suya. El filo de su daga corto las fibras como si fueran mantequilla. Solo faltaba Meera que forcejeaba con el cuchillo entre sus manos. Liberados al fin se encontraron frente a una cascada congelada de la que no podían ver de dónde nacía. Los enormes carámbanos de hielo median lo mismo que un gigante y colgaban formando unos extraños dientes congelados alrededor de un agujero abierto en la piedra tras ellos. De ser verano y estar en el sur la cascada caería con toda su potencia haciéndoles imposible ver aquella minúscula cueva que se alzaba varios metros por la robusta pared, pero en el norte seguramente aquella cascada jamás se habría llegado a descongelar del todo.

 

-          Es ahí – señalo Manosfrias al diminuto agujero que tendrían que escalar.

 

A ninguno les hizo falta que se lo dijeran. El aire olía a muerte. Incluso el alce acostumbrado al imperceptible hedor de Benjen retrocedió meneando la cornamenta. Ni siquiera las palabras reconciliadoras que le susurraba su amo conseguía tranquilizarlo. Rendido ante la terquedad del animal lo ato junto a unos árboles cerca del riachuelo por el que debería correr el agua en verano. El nudo eran tan sencillo que en caso de peligro de un solo tirón el animal podría huir deshaciéndolo. Como guardianes, los cuervos se posaron sobre los pinos y robles que rodeaban al alce en un silencio sobrecogedor y entre ellos allí estaba su cuervo, los ojos negros como la noche en aquel mar de blancas plumas. Sin llamarle bajo hasta colocarse sobre su hombro como si sus propios pensamientos hicieran que el animal la obedeciera.

 

Sin prestarle mayor atención Arya se volvió a contemplar la cueva y noto como sus manos temblaban. El miedo recorría sus entrañas haciéndola tiritar. Intento repetirse las palabras de Sirio pero era inútil. La primera espada de Braavos se había enfrentado a guardias, a caballeros, a espadas… pero jamás se enfrento a la muerte que camina. “El miedo hiere más que las espadas, pero es lo único que hace que mi sangre siga fluyendo por las venas” se dijo apretando los puños para parar el temblor.

 

-          ¡Gendry, Meera! Vosotros esperareis aquí. Yo iré hasta la entrada y atare una cuerda. – Miro la subida por la pared resbaladiza y trago saliva. Si caía contra los picos de hielo que crecían en su base moriría al instante. – Si necesito salir a toda prisa…

 

-          Yo voy contigo y no hay más que hablar. – El antiguo aprendiz de herrero dio un paso con la mano alzada para acallarla. El tono severo de su voz no la daba más opción que aceptar.

 

-          Yo también voy – soltó la lacustre dando un paso hacia delante pero esta vez la pequeña loba lo tenía claro.

 

-          No. Pase lo que pase allí dentro este cuervo saldrá con la flor que necesita Jon. Quiero que le envíes hacia Bastion Kar y que luego partáis vosotros.

 

-          Enviare el cuervo, pero vuestra madre…

 

-          Mi madre murió en la boda roja, al igual que mi hermano y muchos norteños y hombres de los ríos – la interrumpió. – Aquel espectro no se diferencia de los que hay allí dentro; no lo olvides – le contesto señalando el agujero. Meera asintió todavía insegura. – Escúchame – suspiro Arya al ver el miedo y la duda en sus ojos. La cogió por los hombros y la zarandeo suavemente como hacia su hermano con ella cuando quería explicarla algo de gran relevancia y ella se negaba a atender. – Esto es una orden de una Stark de Invernalia ¿me entiendes? – la chica asintió. – Te ordeno, óyeme bien, que lleves de regreso a nuestros hermanos. ¡Nuestros hermanos, entendido! Esa será tu única misión.

 

Solo faltaba Manosfrias. ¿Qué hacer con él? La joven Stark se quedo mirando al ser que fue su tío. Recordaba aquel rostro cariñoso de espesa barba negra que la cogía en brazos para darla vueltas y enseñarla lo rápido que podía girar el mundo. ¿Dónde estaba ese hombre y quien era el ser que tenía delante? “No puedo fiarme de él. No deja de ser uno de ellos” se convenció al fin.

 

-          No soy como ellos. No me puede controlar, no de igual forma – la contesto interrumpiendo sus pensamientos.

 

La chica loba clavo sus ojos en él. Podía ver cada arruga de su piel congelada en el tiempo, cada gesto de sus rostro inmóvil para siempre. ¿Cómo podía saber si mentía cuando no era capaz de saber ni siquiera lo que pensaba? Nada le delataba como a las personas. Ni gestos, ni ticks, ni miradas esquivas. Era una estatua de hielo que se movía, simplemente eso. Suspiro. Tenía que tomar una decisión y así lo haría.

 

-          Está bien. Pero recuerda esto – le amenazo rozando con la punta de la daga su cuello – si me traicionas morirás como lo demás. ¡Ahora vamos! – rugió adelantándose al resto con la daga envainada en su bota.

 

Rodeo la cascada hasta llegar a la montaña de la que nacía y pegada a la pared busco el camino por el que adentrarse. La tierra y la nieve dio paso al hielo resbaladizo por el que iba resbalando. Tras ella sintió la presencia fría de su tío en un silencio que se acomodaba a su propio pensamiento. “Mejor. Las palabras sobran” Más atrás podía escuchar el ronco respirar de Gendry, los gruñidos de frustración que soltaba cada vez que sus pies se resbalaban por el hielo. Sus propios pies a veces se resbalaban y estuvo a punto de caer pero las manos frías de su tío la sujetaron desde atrás. La sensación helada hasta quemarle la recorrió la piel a pesar de la gruesa capa de lana. “Son hielo. Son cadáveres de hielo” se dijo una vez más cuando pudo recuperar el equilibrio.

 

La pequeña cueva del tamaño de un hombre de mediana estatura se alzaba varios metros por encima de ellos rodeada de puntiagudos filos de hielo. No había surcos ni grietas en la pared lo suficientemente grandes para escalarla y no se veía ninguna otra entrada.

 

-          ¿Y ahora? – pregunto Gendry tocando la pared. - ¿Cómo subiremos hasta allí? No tenemos ningún equipo. – Sus ojos se volvieron hacia el caminante. - ¿Cómo subiste tú?

 

-          Con un equipo. Los exploradores de la guardia de la noche salen bien preparados para cada expedición. Comida, muda de recambio, armas y equipo de escalar. La mochila es pesada pero te aseguraba un regreso.

 

-          Joder ahora no los dices muerto viviente ¿Cómo demonios pensabas que íbamos a subir? ¡Con los dientes!

 

-          ¡Gendry! – la voz autoritaria de Arya se alzo incluso por encima del vozarrón del hombre. – Cállate y dame tus cuchillos.

 

-          ¿Qué?

 

-          ¡Los cuchillos, rápido! – le repitió estirando la mano. Las dudas y la confusión se reflejo en el rostro de muchacho antes de ceder y darle su propio puñal. – Tu también – le ordeno a Manosfrias. Sin pensárselo tanto el caminante le tendió el puñal de acero afilado que se colgaba en la cintura.

 

-          ¿Qué esperas hacer con ellos? – le pregunto Benjen al ver como sacaba dos cuchillos más de sus brazos. “¿Cuántas armas llevara escondida?” pensó al recordar el puñal de la bota y la espada bastarda que colgaba de su cintura.

 

-          ¿Tú qué crees? – le respondió Arya sin mirarle.

 

Estaba agachada sobre el hielo cortando un par de tiras de su capa. Con dedos hábiles coloco dos de los cuchillo en sus botas y los ato hasta sentir que ninguno de ellos se movía. Era bastante incomodo pero esperaba que funcionara. Sin mediar palabra Gendry se agacho hasta poder pasar su cabeza entre las piernas de ella cosa que por un momento pareció sorprenderla. No había entendido para que necesitaba tantos cuchillos pero ahora le era evidente. Con el primer impulso Arya avanzo un par de metros de golpe, pero ahora debía subir con su propia fuerza. Los primero golpes le fueron fáciles, sobre todo el de los pies, solo tenía que patear la pared de hielo; pero a medida que subía las punzadas molestas de los brazos se iban haciendo cada vez más dolorosas. “Solo un metro más. Ya falta poco. Solo uno más” se repetía cada vez que notaba que su cuerpo la fallaba. Intento concentrarse en otra cosa para no pensar en el dolor y varias veces escucho los resoplidos de los de abajo e intento descifrar lo que decían, aunque también podía ser la fuerza del viento que pasaba con fuerza sobre su cabeza como si intentara derribarla.

 

Desde abajo Gendry y Manosfrias la miraban subir poco a poco. No podía haber más de 10 metros entre el suelo y la cueva y el antiguo aprendiz calculaba que llevaría recorrido medio trayecto, pronto llegaría hasta la cueva.

 

-          Espero que lo consiga – susurro de repente Manosfrias. La mirada llena de furia del caballero lo hizo continuar antes de que se le ocurriera provocar una discusión. – Son 15 metros de largo. Con un equipo no habría problema en subir la pared. Martillos, agarraderas, cuerdas,  apenas se tardaría media hora, pero Arya no tiene más que unos puñales y su fuerza contra una pared que lleva años, siglos congelada.

 

-          Tendría que haber subido yo – dijo Gendry al darse cuenta de que Benjen tenía razón, pero el hombre meneo la cabeza.

 

-          Eres demasiado grande. Ni tu ni yo podríamos escalarla así sin romper los cuchillos.

 

El caballero gruño asintiendo. Sabía que era cierto pero eso no impedía que se sintiera más una carga para su joven compañera que la ayuda que esperaba serle.

 

-          Te necesitara no lo dudes. Allí arriba se desatara un infierno del que espero que podáis salir por eso mantén tu espada preparada – le respondió Benjen que había leído los pensamientos del muchacho en su rostro.

 

Antes de que Gendry le pudiera responder una larga cuerda descendió hasta ellos. Ninguno estaba seguro de que pudiera con su peso, aun así el primero en intentarlo fue él. Ayudándose de todas sus fuerzas el antiguo aprendiz fue subiendo por la pared hasta llegar al agujero. Tenía las manos amoratadas y le faltaba el aliento, pero al menos el frio ya no le pinzaba el rostro. Sentada en el suelo, con los ojos cerrados, Arya todavía resoplaba agotada de la subida.

 

-          En cuanto suba Manosfrias continuaremos – le respondió abriendo un ojo para ver quién de los dos era. Al ver a su compañero desato el puñal que le había pedido para entregárselo. Si debían enfrentarse a uno o a un ejército de esos demonios blancos tenían que estar preparados.

 

-          Tranquila. Puedes descansar. – Gendry cogió el puñal y comprobó que estaba manchado de sangre. Antes de abrir de la boca se fijo en las manchas oscuras que salpicaban el suelo hasta desaparecer junto a los pies de la muchacha. – ¿Donde te has herido? – la pregunto arrodillándose frente a ella. Arya le mostro las manos mal envueltas con un trozo de su capa. Un extraño y fuerte olor dulzón se desprendía cada vez que las movía.

 

-          Pasta de manzanilla y corteza de sauce. Dentro de un par de minutos ya  no sangrare. – Fue a retirar las manos pero Gendry se las sostuvo. Con dedos hábiles le desato los rudimentarios nudos y miro sus heridas. Varios cortes le parecían de cuchillos y el resto habían sido producidos por las afiladas aristas del hielo. – Ya te he dicho que no es nada.

 

-          No seas cabezota – le insistió atando con firmeza las vendas al ver como la chica se empeñaba en hacerlo sola.

 

A sus espaldas Benjen les miraba desde la entrada. No había tardado tanto como el muchacho en subir; él no tenía que preocuparse por si el hielo se le clavaba o la cuerda le cortaba la circulación.

 

-          Todo bien – susurro. Ambos asintieron sorprendidos al no haberle sentido hasta entonces. – Pues continuemos.

 

Arya y Gendry le vieron avanzar en el más profundo de los silencios hacia el interior de la cueva. El ceño fruncido del antiguo aprendiz era una profunda arruga en su rostro. Miles de problemas y objeciones se le pasaban por la cabeza, pero no le quedaba más remedio que seguir a aquel espectro, incluso si les llevaba a la propia muerte. Miro a Arya. Ella no volvería atrás y él no volvería sin ella.

 

-          Vamos – le dijo tendiéndole la mano. Su voz sonaba inquieta, pero el pulso de su mano cuando la agarro para ponerse de pie era firme. - ¿Estas preparada?

 

-          Como siempre – le respondió Arya avanzando un paso por delante de él encendiendo la antorcha que llevaba guardada.

 

 

 

La cueva era más compleja de lo que ninguno de ellos había imaginado. El estrecho pasillo por el que habían entrado, cuya entrada no era más que un simple agujero en la roca, se abría paso a través de metros y metros en un sinuoso camino que descendía cada vez más en una pendiente que se adentraba en el interior de la montaña. Gendry pensaban que caminaban hacia abajo, hacia la misma boca del infierno de la que hablaban los septones. La misma entrada que les llevaría a los siete distintos infiernos que les esperaban a los condenados. “Los hombres de fe no tienen por qué temer. Pero ¡ay! del pecador que no pida misericordia” creía escuchar todavía cuando cerraba los ojos y se encontraba de nuevo en Desembarco del rey, ante la estatua de Baelon “el Santo”. El gran Septon Supremo sabía atemorizarle solo con su presencia, con esa corona de cristal que brillaba más que el mismo sol en los días nublados de la capital. Si los reyes se arrodillaban y se confesaban ante tal poder que no haría un simple aprendiz de herrero.

 

“¿Ha cual de los infiernos iría yo? – se pregunto. Había renunciado a la fe de los siete por las llamas de la mujer roja y ahora no creía en nada. ¿Existiría un infierno o un paraíso para él?. – Puede que encuentre alguna de las dos cosas en este mismo lugar – pensó clavando su mirada en la nuca de Arya”

 

-          No os engañéis por la pendiente, estamos subiendo a la cima. Pronto el aire os escaseara y tendréis que acostumbraros si no queréis morir asfixiados.

 

La voz de Manosfrias sonaba gutural debido a las paredes que se tragaban el sonido. Incluso la respiración entrecortada de Arya y Gendry desaparecía en aquel mundo hueco. El tiempo se detuvo al igual que cualquier sonido. Ni siquiera los ratones o insectos eran capaces de vivir en aquel lugar; solo la piedra y el hielo habían hecho allí su morada. “Un mundo frio para unos seres fríos” pensó Arya al ver como el que fue su tío caminaba con tanta facilidad por un camino que para ella era una tortura. El aire ya le era insuficiente y sentía los pulmones a punto de estallar. El costado le dolía como si alguien le clavase un hierro candente y su corazón parecía a punto de escaparse de cuerpo. Solo le quedaba el consuelo de no sentir las manos. Estaba a punto de caerse cuando las manos de Gendry la apresaron por la cintura.

 

-          Ten. Mastica esto. – El muchacho la ofreció un puñado de hojas verdes que desprendían un refrescante olor.

 

-          ¡Menta! – se sorprendió Arya al metérselas en la boca. El sabor mentolado estallo en su boca abriéndole los pulmones. Estaba a punto de preguntarle de donde las había sacado cuando Manosfrias regreso hasta ellos.

 

-          Descansaremos aquí unos minutos – dijo sentándose en el suelo sacando la vieja piedra de amolar.

 

-          Puedo continuar – se quejo Arya que volvía a sentirse como una niña a la que había que cuidar.

 

-          Más adelante esta el final de la cueva. Saldremos a una explanada resguardada del viento y cubierta de nieve donde todos esos “Otros” estarán descansando. Y más adelante, justo en un saliente sobre ellos descansara la reina en su trono.

 

-          ¿Su trono? Entonces de verdad es una reina. – Gendry no dejaba de pensar en aquellos monstruos como animales, como seres sin inteligencia, pero allí estaba la prueba. Estaba hablando con uno de ellos aunque él no lo quisiera comprender.

 

-          Puedes llamarla como quieras. Pero es a ese ser al que hay que enfrentarse de verdad.

 

En un silencio sepulcral Arya se sentó junto a su tío y saco su propia piedra. Casi de forma religiosa sujeto la daga en forma de colmillo fruto de su trabajo como asesina en las Islas del verano, era el único arma que tenia de vidriagon. “La rosa o su cuello – se dijo a la vez que pasaba la piedra por cada una de las curvas del filo. El graznido del cuervo la recordó que el animal había ido sobre su hombro todo aquel tiempo. – Tú te llevaras la rosa. No esperaras a ver el resultado – le susurro acariciando sus plumas. – Buscaras a Meera y después de que ella te vea te irás volando a Bastion Kar”

 

-          ¡En marcha! – susurro Benjen. Al levantarse pudieron oír el crujido de todos sus huesos. No eran inmortales. Tarde o temprano se quebrarían como las ramas cristalizadas por el hielo.

 

Miedo, terror, pánico. Nada. Arya debería haber sentido todas esas emociones mientras caminaba detrás de su tío y lo único que era capaz de sentir era curiosidad. ¿Cómo sería aquella a la que llamaban la reina de los Otros? ¿Sería hermosa o se parecería más bien a una de esas odiosas criaturas de las que tanto hablaba la vieja Tata en sus cuentos? Notaba el nerviosismo de Gendry pegado a su espalda como una segunda capa. Alerta, atento, listo para atacar. Como si el venado se hubiera puesto la piel de un lobo, o de un león. “O simplemente se comporta como lo que es: un guerrero”

 

El sol les dio de lleno al salir de la cueva. Era un mediodía despejado y caluroso que intentaba luchar contra las montañas interminables de nieve que se arremolinaban en torno a ellos. Pronto Arya se dio cuenta de lo que ella creía que eran montañas de nieve eran cuerpos grotescos, congelados y carcomidos. Toda una explanada llena de esos seres amontonados. Cientos, miles. No sería capaz de contarlos. Dormían o descansaban o simplemente se estaban quietos unos encima de otros. Eso no importaba.

 

-          ¿Se moverán? – pregunto Gendry poniéndose un paso por delante de la chica loba empujándola de forma instintiva tras él.

 

-          No lo creo – le respondió Manosfrias golpeando con el pie a uno de los cadáveres. – No hasta la noche.

 

-          Repítelo otra vez – susurro Arya. Ambos hombres se volvieron y vieron como la chica desenfundaba su delgada espada bastarda.

 

A lo lejos dos figuras envueltas en unas descoloridas capas iban avanzando paso a paso hasta ellos. Llevaban el rostro cubierto como el de Benjen y caminaban entre los muertos como si estos no fueran más que copos de nieve a su alrededor. Más de cerca se podía ver que uno de ellos era más alto que el otro y las capas ajadas y desgastadas alguna vez fueron tan negras como el carbón.

 

-          ¿Tus amigos? – susurro Gendry desenvainando a “Corazón salvaje”.

 

-          No. – Ben clavo sus ojos en aquellos seres. – Mis hermanos. – Su voz sonó en aquella planicie con la misma claridad con la que pudiera haber sonado en la sala del trono de Invernalia.

 

La risa gutural de ser más pequeño resonó ante las palabras de Benjen incluso antes de llegar hasta él.

 

-          Por fin has regresado a casa hermano. Ya era hora.

 

-          Y por lo visto has traído ofrendas a nuestra reina. Incluida una pequeña warg – la voz del otro era más afilada. Cortante como el cristal cuando miro a Arya. – Un delicioso bocado.

 

La espada de Benjen se desenvaino incluso antes de que Gendry pudiera dar un paso hacia ellos.

 

-          Narirota, Víbora. Esa chiquilla es mi sobrina. Si os acercáis un solo paso probareis el filo de mi espada. – La risa del más pequeño volvió a resonar contra sus oídos.

 

-          Como si pudiéramos morir – se carcajeo.

 

-          No. Pero puedo haceros pedazos tan pequeños que ni… el ser ese podría recomponeros – le espeto señalando a la cornisa de donde venia un brillo tan cegador como el sol.

 

-          Mas respeto a tu reina – le amenazo Víbora sacando una espada tan gastada como su propia capa.

 

-          Tranquilo hermano. Ella ha dicho que quiere verlos. A todos – enfatizo mirando a los dos hombres que se movían inquietos y a la muchacha. Le resultaba divertido ver a una chiquilla tan tranquila rodeada de tanta destrucción y muerte. “Puede que por eso quiera verlos” pensó echando un vistazo hacia donde estaba su reina. – Por aquí y… cuidado con las espadas.

 

-          Cortan – siseo Víbora dejando la suya al aire.

 

Más de cerca Arya se fijo en su filo. Seria vieja pero el mínimo roce despedazaría la carne. “El miedo hiere más que las espadas. Pero la imprudencia cuesta más que estupidez”

 

-          Id vosotros delante si no os importa. – La voz tranquila y dulce desentonaba con el brillo de su espada en la mano. – ¡Gendry!. – Al sonido de su voz el muchacho se coloco detrás de ella cerrando cualquier punto débil. No se fiaba de que los espectros no se levantaran y al parecer el Baratheon tampoco.

 

-          Como deseéis, Lady Stark. – Narirota se inclino hasta hacer una sutil reverencia y al levantarse el pañuelo que tapaba su rostro se cayó. Allí donde tendría que tener la nariz Arya solo vio un agujero vacio y negro.

 

-          Me parece que el nombre ya no os queda – sonrió mordazmente mientras le seguía seguida de su compañero con su tío al lado, siempre un paso por delante de ella sin apartar los ojos del tal Víbora. Narirota la devolvió la sonrisa desdentada sin decir nada. Aquella muchacha era difícil de sorprender.

 

Si aquello era una trampa estaban cayendo de lleno. La planicie estaba en lo más alto de la montaña y mirasen donde mirasen no tenían forma de escapar. A su alrededor solo se lograba ver grandes muros infranqueables que despuntaban contra el propio cielo. La única salida era la cueva por la que habían entrado y para volver a ella tendrían que atravesar un autentico cementerio de cristal. “Los cuervos vuelan” se dijo Arya al sentir el pico de su plumífero amigo; si ella fracasaba todavía tendrían una oportunidad.

 

Una gigantesca pared de hielo puro se alzaba imponente ante ellos. Si el muro lo habían construido los gigantes como decían las viejas leyendas aquella descomunal columna la tuvieron que tallar ellos. Entre el hielo y la escarcha se podían distinguir las formas de copos de nieve, alces y lobos escondidos tras hojas y arboles grabados con gran precisión. Arya pudo ver incluso el rostro envejecido de un arciano entre dos grietas que hacían de su tronco. Era una obra de arte oculta y congelada en el tiempo coronada en lo más alto por un magnifico trono esculpido tan trasparente que los rayos de sol podían atravesarlo.

 

-          Hermoso verdad. – La voz fría e insinuante de una mujer sonó tan cerca de ellos que sus palabras parecieron congelarles el alma. – Un trono digno de una… Reina ¿no creéis?

 

-          ¡Alteza! – contestaron al unisonó los antiguos hermanos negros arrodillándose en el frio suelo.

 

Nadie supo de donde apareció o como bajo hasta ellos sin que se dieran cuenta, pero ahí estaba, la recortada silueta de una extraña mujer contra el sol de la tarde. Un sedoso velo ocultaba su rostro dejando ver solo los dos zafiros que tenia por ojos. El azul tan intenso contrastaba con la palidez de sus manos que se vieron claras como la nieve al alzarlas para darles la bienvenida.

 

-          Sed bienvenidos a mi hogar. – El velo callo mostrando a una mujer tan blanca y hermosa que los hombres soltaron un suspiro. – Por favor acercaos. Venid.

 

-          Es tan hermosa – susurro Gendry avanzando sin cautela un par de pasos hacia la mujer. Sus ojos le tenían hipnotizado. Le recordaban a las chispas azules que su maestro sacaba al trabajar con el acero valyrio y sus labios, pálidos como las rosas bancas de Altojardin le pedían a gritos que los besara. – Voy, mi señora – alcanzo a oír su propia voz antes de que Arya reaccionara.

 

-          ¡Imbécil, es que acaso tienes el cerebro congelado, espabila! – le grito casi al oído mientras le golpeaba con fuerza la espinilla. El dolor hizo volver de golpe al chico que se alejo mirando furioso la sonrisa burlona que le dedicaba la reina, aunque no era para él.

 

-          No te enojes pequeña loba. – Respiro el aire como si le llevase el aroma de una extraña flor y lo soltó suavemente como si así lograra retener aquel olor. Una maliciosa sonrisa se abrió paso en su boca cuando se dirigió a su tío. – Huele a ti amor. – Benjen se puso rígido mientras ella se acercaba unos pasos más. – Acaso echabas de menos la compañía de tu sangre. No te valía solo con la mía.

 

-          ¡Déjate de juegos! – rugió Benjen. Arya y Gendry le miraron sorprendidos. Hasta ese momento jamás le habían oído la voz más alta que un susurro. Cuando el antiguo hermano de la noche alzo la espada varias se unieron para impedírselo

 

-          Mas respeto viejo amigo. – Narirota junto a su señora la protegía con una larga lanza de puro hielo.

 

-          De amigo nada. Traidor es lo que es – le corrigió Víbora.

 

El odio brillaba en sus ojos muertos. Deseaba matarle, hundir con todas su fuerzas la espada en aquel cuerpo y dejarle clavado para toda la eternidad en lo alto de la más alta montaña, pero la mano de la mujer sobre su hombro se lo impedía. Siempre se lo impedía. Aquel simple gesto le amansaba hasta volverle dócil como un ternerito. Era una sensación que odiaba y a la vez todos los días la buscaba. “¿Por qué? – se preguntaba - ¿Por qué siempre lo preferirá a él?” La rabia le herviría la sangre si todavía recorriese su cuerpo cuando la vio acercarse a él.

 

-          Tranquilo Vibora – le susurro. – Benjen no es un traidor. ¿Verdad que no lo eres? – alargo el brazo hasta acariciar la manos negras de Benjen. – Solo estabas confuso, pero ya estas aquí de nuevo.

 

El filo de la espada la aparto. Sus caricias, su voz ya no funcionaban en aquel ser que tan lejos había permanecido de ella. “Solo es tiempo. Una vez aquí no le quedara más remedio que volver a mi” se dijo. Estaba a punto de ordenarles que los prendieran cuando la sonrisa en su boca se esfumo al ver como el otro joven desenvainaba su espada. El acero valyrio entrechoco con las espadas de los antiguos hermanos negros quebrando la lanza Narirota por la mitad. Las chispas de hielo saltaron a los pies de la Reina que retrocedió sin apartar la vista de aquel arma.

 

Desde atrás Arya pudo notar el miedo en el rostro pétreo de la mujer. “Esta es nuestra oportunidad antes de que el sol desaparezca y tengamos que enfrentarnos a un ejército”

 

-          Mi señora – se adelanto Arya bajando la espada de Gendry hasta tocar el suelo – queremos la rosa de los muertos y no nos iremos de aquí sin ella. – Aunque dulce su voz emanaba un peligro que la Reina no paso por alto. Irguiéndose tan alta era inclino la cabeza más sus ojos la decían que habría un precio.

 

-          Os la daré con una condición.

 

-          ¡Hablad! Pero ya os digo que si es derribar el muro me es imposible y aun así no me iré sin esa flor – la respondió Arya cruzándose de brazos. Todas las viejas historias de la vieja Tata contaban siempre lo mismo, el eterno invierno con la venida de los Otros.

 

-          No pequeña loba, no es eso lo que quiero. Es cierto que en un pasado ansié vuestras tierras, pero ya no. El muro caerá algún día y tengo paciencia para esperar. Lo que quiero es otra cosa. – Su manto de piel blanco se deslizo por el suelo con suavidad un par de pasos hacia atrás dándoles la espalda. – ¡Tú! – siseo dándose la vuelta – te quiero a ti.  – El dedo blanquecino se dirigió derecho hacia Arya. – Tú te quedaras.

Notas finales:

Y hasta aquí. 

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