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Nieve por yuukychan

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Notas:

Que siiii!!!! Que teneis toda la razón!!!! He tardado una eternidad en subir el nuevo capitulo pero se me han juntado muchas que me tenían distraida. Por eso espero que para compensar el capitulo os merezca la pena. Ya me direis.

 

 

¿Su vida a cambio de una flor? ¿Tan poco valía o, al contrario, era así de preciada?. Arya se rio para sus adentros al pensar en lo que podrían decir de ellas las historias de los bardos. ¿Qué valor le darían los juglares que tanto le gustaban a su hermana a una petición como aquella? Seria acaso una nueva heroína como Nymeria o más bien una ilusa como los bufones que creía que aquel ser les dejaría marchar con la rosa si ella se quedaba.

 

Todo a su alrededor se agito sin que ella lo notara. El silencio era ensordecedor a sus oídos a pesar de que veía las bocas de Gendry y su tío moverse. Gritaban. Seguro que gritaban pero solo podía fijarse en los dos lagos azules, casi negros, que eran los ojos de la Reina. La miraba, la estudiaban. Buscaban algún rastro de emoción en su rostro como ella lo había hecho en el suyo solo unos segundos antes. “Tan parecidas y a la vez tan distintas” pensó Arya. Si tenía miedo no estaba segura de notarlo, lo que si sentía, lo que notaba en cada fibra de su cuerpo era la curiosidad; la misma que la llevo hasta Braavos al ver por primera vez como Jaqen d'hagar cambiaba su rostro. Aquel ser de hielo perfecto y hermoso no le atraía por su belleza sino por su soledad. Todas esas muertes, todo esos seres congelados, su ejército de muertos no parecían más que el deseo de mitigar un corazón de hielo que no era capaz de sentir nada. Así era como Arya se había sentido todos aquellos años en Invernalia, en Desembarco del rey y en Braavos. Una soledad tan negra y densa como la noche segundos antes de que sol saliera por el horizonte, pero en su interior nunca la calentaba lo suficiente. Solo una llama, una tenue llama iluminaba su día a día y se avivaba con la primera sonrisa que veía todas las mañanas al llegar al salón. Y se la arrebataron en un instante; el mismo día que su padre se convirtió en la Mano del rey.

 

 “¡Jon!”

 

Apretó los puños. Había sido el único que se había molestado en intentar comprenderla. En no considerarla menos porque la gustase las espadas o más torpe porque sus puntadas no fueran tan perfectas como las de Sansa o las demás niñas del castillo. No. Él nunca la había juzgado. Nunca la había querido herir a propósito aunque lo hizo cuando decidió marcharse y convertirse en una hermano negro. Cuando decidió desaparecer de su vida en busca de un futuro para un bastardo como él, pero ella ya lo sabía. Siempre supo que Jon se marcharía alguna vez por eso no podía culparle. Incluso ahora que le veía iluminado por los rayos del sol sabía que no era su culpa, que no quería dañarla por verle ahí tumbado luchando por su vida. Notaba quemazón en la garganta y los ojos le picaban. Podía oler la muerte; la saboreaba entre sus dientes cada vez más cerca, acechando entre la oscuridad a aquel cuerpo que reconocía, que deseaba tocar, que sabía su nombre y no podía pronunciarlo. Gruño. Gruño al aire, al viento, a los mismos demonios que vivían en su mente y la decían que Jon moriría; los mordió, los grito, les amenazo con el fuego que respiraba una y otra vez hasta que las sacudidas la devolvieron de nuevo a la oscuridad.

 

-          ¡Arya! ¡Arya! – gritaba Gendry zarandeándola. - ¿Acaso te has vuelto loca? ¡Mírame! – la volteo pero sus ojos estaban más lejos que los de la misma Reina. El gris de los Stark no estaba, eran dos cuencas blancas, vacías de vida. – Arya que has hecho – susurro asustado agarrando su rostro con ambas manos. Sentía la piel fría de la muchacha incluso a través de los guantes y su rostro estaba más pálido. – Por favor, Arya… – La beso. El mayor delito que podía cometer un soldado del rey, un capitán del ejército, besar a la realeza. Hermana, prima, eso daba lo mismo. A ojos de Jon aquella muchacha era de su sangre y él la estaba besando.

 

Un ligero movimiento en la punta de sus dedos le rozaron el cinturón. Poco a poco, con lentitud, el calor volvía a recorrerla y la sangre de sus venas volvía a fluir con rapidez como el agua de los ríos que bajaba por el Fosa Caída.

 

-          Debes apartarte. – La rigidez de su cuerpo cedió al fin. Había regresado de aquel ser caliente y  áspero a su propio cuerpo frio y helado justo cuando Gendry acabo el beso. No sintió nada. No había visto nada, salvo el lecho de Jon. Su imagen la atormentaba como una mala pesadilla de la que no podía despertar. - ¡Apártate! – le ordeno al ver que no se movía. Los balbuceos del muchacho ni siquiera los escucho. Su mente estaba más lejos que nunca en ese momento, aunque su consciencia hubiera vuelto a su cuerpo. Si era ella lo que quería la Reina se lo daría, se entregaría a la misma muerte si con eso la daba la rosa del invierno.

 

El aire frio la congelaba la mejillas mientras se acercaba más a aquel ser blanco. Cerca de ella todo era más frio y asfixiante. Aun así aquellos dos hermanos de negro no se apartaban de ella, los cuerpos inertes de aquellos que se levantaban solo de noche se arremolinaban en mayor numero cerca del trono e incluso su propio tío parecía luchar contra el deseo de acercarse a su lado. “Es como una llama para las polillas y al igual que el fuego también les consumirá a ellos” pensó al ver la diferencia que había entre los muertos que tenían pocos meses con los que llevaban años. Algunos de esos cadáveres ya no se podían ni levantar, solo quedaban de ellos los harapos con los que murieron, incluso algunos yacían totalmente desnudos formando parte de ese imperturbable paisaje. Estaba a menos de un metro cuando el antiguo aprendiz la agarro del brazo.

 

-          Es que acaso te has vuelto loca. No te lo permitiré.

 

-          He visto a Jon – Gendry se encogió de brazos sin entender. – Se muere.

 

-          ¿Y estas dispuesta a morir por él? Porque eso es lo que te espera al lado de esa mujer. La muerte.

 

Arya le miro. Podría intentar explicarle que no sentía miedo pero le sería más fácil enseñarle a Sansa a usar una espada que conseguir que el cabezota del Toro la entendiera. De todas formas como iba hacerlo. No podía decirle que la muerte para ella era tan conocida como sus propias manos. Siempre había estado rodeada de muerte, era parte de ella. La había olido y bañado; la ayudo a desvestirse e incluso la había servido en copas de oro o en filos de acero. La muerte era como una vieja amiga a la que añoraba algunos días mientras que otros se preguntaba que estaría haciendo. Aquella mujer la recordaba a ella; despedía su olor como un perfume, lo vestía como un vestido y le caía por la espalda como ondas. Era la muerte personificada y eso le atraía.

 

-          Escúchame – susurro. - Mientras que el viva será un precio muy bajo por el que estoy dispuesta a pagar. – Intento zafarse pero Gendry la sostenía con fuerza. – Suéltame – le insistió.

 

-          No puedo. No puedo dejarte ir. ¿Es que no lo entiendes? Yo…

 

-          ¡Que me sueltes! – le grito dándole un rodillazo allí donde los hombres guardaban sus deseos. El dolor invadió el cuerpo del guerrero doblándole por la mitad hasta caer al suelo frente a ella. De rodillas Arya pudo ver que era un poco más alta que él. Cogió su rostro congestionado para que la mirara directamente a los ojos. – Mi misión; nuestra, cuando decidiste acompañarme, era salvar a Jon y solo a Jon. Te lo dije, el día que me intentaste detener, te dije que no retrocedería ante nada. Ni ante mi propia muerte.

 

Gendry la vio alejarse paralizado ante sus palabras. Su voz había sonado más firme que la de muchos oficiales durante la guerra, pero no solo eso le había impresionado. La amenaza de sus ojos era más peligrosa que sus palabras. Ya había visto mirada grisácea enfadada de igual manera, jamás podría olvidarlo, en el bosque cuando la encontró junto a Nymeria. En aquella ocasión también sintió el peligro que emanaba pero no estaba dispuesto a dejarla ir. No podía ni quería hacerlo. Estaba a punto de volver a alzar los brazos, de ir hacia ella a pesar del dolor pero las manos congeladas de Benjen le detuvieron. Aquellas esferas azules le observaban sin expresión alguna, solo unos instantes antes de que se volviera para ver a su sobrina caminar hacia la Reina.

 

-          Debes pero no puedes impedírselo – le dijo antes de que estallase rabioso por detenerle. – He visto esa mirada antes y no presagia nada bueno. Mi sobrina es capaz de herirte si así consigue lo que desea.

 

-          Arya jamás me haría daño.

 

-          Permanente… no. Pero si te pararía. – Sonrió de medio lado al pensar en ella. En como desde niña siempre había sido muy impulsiva en sus ideas. Cuando algo se le metía en la cabeza ni siquiera la sangre la paraba. – Sus sentimientos siempre han sido tan fuertes y cortantes como una espada. Y…

 

-          ¿Y qué?

 

-          Y… – “Y Jon es la piedra de amolar que les da forma, muchacho. – Miro a Arya. Si aun le latiera el corazón sabía que en ese momento le dejaría de latir al verla dirigirse hacia su propia muerte. – ¡Y no puedo impedirlo! Mierda, Ned, nunca tuviste que permitirles estar tan unidos” – y no puedes detenerla, Gendry.

 

Faltaban pocos metros para que la chica llegase hasta su lado y ya podía ver su rostro entre los pliegues de cuero que la abrigaban. Una media sonrisa afloro en la boca de la Reina que esperaba junto a su trono a que la chica llegase. La muchacha a pocos metros se paró en seco alzando la vista directamente hacia ella. “No hay miedo, ni resignación, no hay nada” se sorprendió un poco la mujer al examinar aquellos ojos. De un solo vistazo comprendió lo que esperaba y a su señal Narirota desapareció por detrás. Solo pasaron unos segundos hasta que el hombre volvió con la flor más extraña y hermosa que ningún hombre podría ver jamás: la rosa de los muertos. Aun así Arya permaneció en su sitio sin moverse, sin decir nada. Irritada en un principio la Reina comprendió lo que esperaba de ella.

 

-          ¡Narirota! – El hombre se arrodillo a su lado a la espera de sus ordenes. – Llevádsela al muchacho y acompañadle hasta la salida. Víbora…

 

-          No me iré de aquí sin mi princesa – amenazo Gendry. Su mano rozo la espada justo al tiempo en que la voz de Arya resonó como un eco.

 

-          No sé si naciste estúpido o ese casco de toro que te fabricaste te dejo los sesos pegados a él. ¡Os marchareis, los dos! – ordeno clavando sus ojos en los azules de su tío.

 

Benjen asintió apoyando su mano sobre el hombro rígido por la furia que debía estar arañándole las entrañas y le hacía temblar.

 

-          Tranquilo muchacho – le susurro al tiempo que Narirota llegaba hasta ellos.

 

-          Lástima que te vayas hermano, aquí se te añora. Sobretodo nuestra Reina – dijo soltando una gran carcajada que dejo ver por un momento el agujero que tenia por nariz.

 

-          Los hombres de la Guardia de la noche no tienen reyes, ni reinas – fue lo único que le contesto Benjen al recoger la rosa de entre sus manos. Una flor tan delicada y blanca que parecía de cristal. Narirota se encogió de brazos ante la respuesta de su antiguo camarada y se dio la vuelta para volver con su Señora. - ¡Vamos muchacho!

 

-          Os repito que no me marchare si mi Princesa – amenazo Gendry. La fuerza de su imponente cuerpo echaba a los hombres para atrás, pero Benjen se limito a menear la cabeza.

 

-          Si no lo haces moriréis aquí los dos, Meera morirá esperándonos o puede que logre regresar con su hermano y Bran y acaben muriendo dentro de unos años en este bosque. Y Jon… el rey no sobrevivirá por mucho más tiempo.

 

Gendry apretó los puños con impotencia. Era un caballero, un hombre de la guardia del Norte al servicio y la protección de Rey y sin embargo allí estaba, ignorando la primera promesa que se hacia los Dioses. “Proteger al rey”. Pero al ver a su pequeña loba alejarse cada vez más de él, las palabras que intentaba reprimir salieron por si solas.

 

-          Me da lo mismo. Una vez la deje marchar, no, mejor dicho la vendí. No puedo hacerle lo mismo ahora. – El golpe le pillo desprevenido. Sentía la mejilla congelada, con un dolor sordo que se extendió hasta el cuello. La sangre brotaba de su nariz con fuerza y el mareo se extendió por todo su cuerpo hasta caer en la inconsciencia. – Arya – susurro antes de que el mundo a su alrededor se volviera negro.

 

 

 

Ajena a sus compañeros Arya se quedo frente a frente con aquel ser al que llamaban Víbora. Al contrario que su compañero su rostro estaba perfecto; solo aquellos ojos, la blancura de su piel y sus manos negras le diferenciaban de cualquier otro ser vivo. Sin decir palabra extendió la mano a la espera de que ella se la cogiera. Arya pudo ver la cuerda que escondía a su espalda y enarco la ceja.

 

-          ¿Os olvidáis que soy una loba? – enarco la ceja. – Si se os ocurre atarme como a una puerca lista para el matadero desparramare vuestras entrañas congeladas aquí y ahora – le sonrió igual que si estuviera hablando con Sansa de los deliciosos pastelillos de limón.

 

Víbora retrocedió instintivamente ante sus palabras. Su tono tranquilo y relajado era más amenazador que cualquier otra amenaza que hubiera escuchado. Solo la Reina era capaz de provocarle ese miedo sin tan siquiera hablar. La risa de la mujer resonó con fuerza contra sus oídos. Al darse la vuelta contemplo la misma sonrisa pétrea que le hipnotizo aquella noche en el bosque justo antes de darle el beso de la muerte. “Se siente feliz de verdad – pensó – igual que aquella noche”

 

Solo quedaron tres hombres de los veinte que salieron con Benjen Stark. El lobo, Narirota y él; y ninguno volvió a casa. Después de enviar distintas avanzadillas para encontrar a los salvajes solo encontraron de sus hermanos los cuerpos desmembrados, congelados en su propia sangre. Al descender de sus caballos caminaron entre los crujidos del hielo y la sangre hasta arrancar las capas negras y destrozadas de sus compañeros muertos.

 

-          ¿Qué hacemos Ben? – le pregunto Narirota al jefe de exploradores. El silencio era ensordecedor, solo los relinchos de los caballos alterados por el olor a sangre desafiaba aquel ruido sordo. De rodillas Benjen solo podía culparse.

 

-          Los he llevado a la muerte – se dijo susurrando contra el trozo de tela que tenía en la mano.

 

-          ¡BEN!... –  la mano de Narirota le rozo al tiempo que el hombre se levantaba.

 

-          Yo voy a seguir. Voy a descubrir quien le ha hecho esto a mis hermanos – se dio la vuelta y cogió las riendas de su caballo. El nerviosismo del animal desapareció al sentir el peso de su jinete. – ¡Tomad! – les tiro la tela raída. Mas rápido Víbora la cogió al vuelo. – Vosotros podéis regresar, podéis decirle a Lord Mormont que os di mi permiso y mostradle esto. Decid que nuestros hermanos murieron defendiendo el muro y que hicieron honor a su juramento.

 

-          También eran nuestros hermanos – le respondió Vibora agarrando con fuerza la tela. De dos zancadas agarro las riendas del animal y se monto. Con dedos torpes por el frio ato aquel pedazo de cuero a su montura y se volvió hacia su hermano.- Si vuelvo será porque he teñido de rojo el cuero negro.

 

-          Seréis bastardos. – Benjen y Víbora se volvieron hacia su tercer hermano. Narirota los miraba enfurecido a través de la bufanda que le protegía del frio. Con paso pesados se planto delante de sus caballos. – Si pensáis que volveré al muro… el infierno de los sureños se congelara antes de que yo pise los aposentos del Lord Comandante. – Se subió al caballo entre maldiciones. - ¡Vamos!

 

Benjen arreo al caballo seguido de sus compañeros. Mientras galopaba lo más rápido que la maraña de arboles le permitía solo podía pensar en el juramento. “Soy el escudo que protege a los hombres, pero no solo a los hombres – miro atrás. Los rostros ocultos y blanquecinos por el frio de sus hermanos. – También a mis hermanos y los estoy conduciendo… a una muerte segura. – Arreo al caballo intentando no pensar en lo que encontraría al otro lado del bosque. Hombres y mujeres salvajes, muchos de ellos vestidos con las capas de sus hermanos o utilizando sus armas y cuyo único propósito en la vida era hostigar las fronteras al otro lado del muro. – Si la muerte nos llama, no iremos solos”

 

-          ¡Malditos salvajes! – rugió sintiendo bajo sus piernas la fuerza del caballo y el peso de su espada en la cadera.

 

Los días se sucedían uno tras otro sin encontrar ni rastro de los salvajes. Pasaron por decenas de aldeas vacías y derruidas que les sirvieron de cobijo durante las frías noches que cada vez se hacían más largas.

 

-          Huele a nieve – susurro Víbora cuando a la mañana siguiente se prepararon para cabalgar.

 

Benjen no dijo nada. Se limito a encogerse de hombros mientras revisaba los cascos de su caballo. El pobre animal andaba ya un poco cojo y no tardaría en perder una pata por culpa de una herida que le había atravesado la pezuña. “No huele a nieve, sino a muerte” Llevaba días con su olor impregnado en la piel y todavía no era capaz de ver por donde vendría el peligro. El frio, los salvajes, la congelación… ¿Cuál de todas se cobraría su pedacito de vida?

 

-          Sea lo que sea lo que venga que no nos pille sin algo que llevarnos a la boca – sonrió Narirota guardando el resto del conejo que habían cazado la noche anterior. Solo había sido una casualidad que la coz de la bestia de Víbora golpeara al pobre bicho cuando estaba a punto de esconderse en su madriguera.

 

-          Venga panzón. No te lo comas por el camino – se burlo el dorniense ajustando la silla para poder montar.

 

Era cerca del medio día cuando la ligera nevada se convirtió en una tormenta que les nublaba la visión. El sol desapareció tras una negrura que invadió hasta el último escondrijo del maldito bosque. Cabalgaron a ciegas durante buena parte del camino mientras Benjen se maldecía por haberles llevado por esa endemoniada ruta en vez de haber seguido el curso del rio.

 

-          Ben debemos retroceder o la nieve nos ahogara – le aviso Narirota poniendo el caballo a su altura. Intentaba mantener la calma bajo aquel rostro afable, pero el Stark podía escuchar el miedo y la preocupación en su voz. No le extrañaba. Eran un blanco fácil y no solo por estar desprotegidos sino por desconocer el terreno. Jamás nadie había llegado tan al norte y mucho menos sin más hombres que tres personas contándose él.

 

-          Iremos hacia el Este. Si recuerdo bien, desde el muro se podía intuir que cerca del norte había un gran meandro – miro a Víbora que asintió – bien. ¡Vayamos!

 

El maldito bosque cambiaba tanto y tan deprisa como las putas. O eso era lo que pensaba Narirota mientras despotricaba en voz alta sobre todas las rameras que habían tocado su flauta sin más música que su propio ritmo.

 

-          Os lo digo yo. Las dornienses no tienen ni un solo pelo en su cuerpo y las de Lys solo los tienen entre sus piernas. Me tire a una hija de las islas del verano y no encontré nada más salvaje, excepto a una misma salvaje en un burdel de Volantis. Me dijo que la capturaron los piratas en la playa de no sé dónde. ¡Vaya mujeres hermanos y todas distintas como este puto bosque! – Una tiritera le recorrió todo el cuerpo solo de pensarlo. - Pero os aseguro una cosa. Las mejores, las autenticas diosas del sexo son las bravoosis. Eso sí que son mujeres hechas para el deseo. Una vez estuve…

 

Benjen y Víbora le dejaban hablar sin interrumpirle. Al antiguo bardo le encantaba hablar, del tiempo, de la comida, de las putas, de lo que fuera, pero lo que realmente le gustaba era escuchar su voz. Según él antes de entrar en la guardia de la noche había dejado tantos corazones rotos como bastardos por todo el mundo conocido y sus hermanos aún sabían que de vez en cuando se iba a buscar tesoros ocultos. “Los hombres no cambian, Stark. Así que permíteles que disfruten mientras que lo hagan a escondidas – le decía Lord Mormont. Aquel hombre sabia todo sobre todos sin ni siquiera salir de su habitación”

 

Benjen en esos momentos no le prestaba atención, todos sus sentidos estaban puestos en los distintos del bosque. Atentos a cualquier emboscada. Les extrañaba no haber visto todavía ningún salvaje y la gran cantidad de aldeas que eran abandonadas no tenía sentido.

 

-          Están tramando algo. Y no creo que sea nada bueno – soltó Víbora dando una patada en el suelo al ver la undécima aldea vacía construida en torno a un inmenso árbol corazón.

 

-          Sea lo que sea lo pararemos. Para eso están los hermanos negros. – Intentaba mostrarse tranquilo, pero aquello también empezaba a preocuparle a Ben. Tarde o temprano los encontrarían y ya no serían decenas, serian cientos. “Pero que infiernos están haciendo. ¿Y quiénes de todos esos malditos bastardos mato a nuestros hermanos de aquella manera?” - ¡Sigamos! Todavía quedan varias horas de sol o de lo que demonios tengamos aquí.

 

No llegaron demasiado lejos cuando la ventisca se volvió una tormenta que amenazaba con congelarles sobre sus propias monturas. Narirota ya no sentía los dedos de los pies, ni siquiera la nariz; Víbora era incapaz de sujetar las riendas con las dos manos del dolor que sentía y Benjen no estaba mejor. El dolor de sus extremidades se iba pasando y eso solo significaba una cosa, se estaba muriendo más rápido de lo que él creía. En medio de aquel temporal a un solo gesto de su cabeza condujo a sus hermanos de vuelta hacia la aldea. Mientras que el caballo daba un paso tras otro el rezaba porque en alguna de las casas quedase algo del leña.

 

Ya estaban cerca, se podía ver la forma uniforme al pie de un árbol corazón cuando sintió el golpe helado del suelo contra su rostro. La sangre le caía del labio dejando manchas carmesís sobre el suelo. No entendía que demonios había pasado, aunque una parte de su mente lo sospechaba. En sus oídos resonó el crujir de la nieve. Sus hermanos habían bajado todo lo rápido que les permitieron sus piernas entumecidas y le ayudaron a incorporarse alzándole por los hombros. Narirota le sostenía mientras Víbora se volvía a examinar al animal.

 

-          Tu yegua…

 

-          Lo sé. – De una sola puñalada atravesó el pecho hasta llegar al corazón. Rápida  y certera, era la muerte más piadosa que podía ofrecerle. Llevaba varios días arrastrando una pata y tiritando, pero había sido un buen animal. “No te merecías morir aquí – se dijo a si mismo acariciando el lomo de la bestia que yacía a sus pies. – Nadie se merece morir aquí” – Coged las partes que se puedan aprovechar, lo demás dejádselo a las fieras. Esta noche no se molestaran ni en acecharnos.

 

-          ¿Y tú que vas hacer Ben?

 

-          Yo – de un rápido tajo arranco el corazón de la yegua – la honrare igual que hicieron los primeros hombres.

 

Las gotas de sangre marcaban un camino rojizo a su paso hasta llegar al árbol corazón. Allí ante el rostro del anciano árbol se arrodillo igual que habían hechos sus antepasados. No hablo, ni rezo, solo agacho la cabeza dando las gracias al animal. Con el filo de su espada rompió la gruesa capa de hielo, necesito más de un golpe hasta poder llegar a la tierra. el sudor le bajaba por la frente para cuando sus hermanos llegaron. Ninguno dijo nada, con una sola mirada ambos se quedaron de pie esperando a que su jefe acabara. No entendían las costumbres norteñas, el sur no era tan primitivo y Dorne era un mundo totalmente diferente, pero no por ello el acto les era indiferente. Respetaban a sus monturas, no como podrían hacer los Dothrakis, pero más de un hombre de la guardia de la noche sobrevivía al otro lado de muro gracias a la bestia que cabalgaba. Velocidad, calor, alimento… aquellos seres les daban mucho a cambio de tan poco como era una bolsa de avena o unos pocos hierbajos.

 

-          Gracias – susurro Ben cubriendo el pequeño agujero con una capa de tierra. Víbora se acerco con unas cuantas piedras y Narirota vacio el contenido de su botella para que al congelarse ningún animal pudiera excavar.

 

-          Ya les ha dado más que de sobra – dijo señalando la mancha roja que quedaba varios metros apartada del poblado. Benjen asintió incorporándose.

 

-          Yo me encargare de la leña. Narirota llena las cantimploras y pon a los animales en la casa que todavía se mantenga en pie. Víbora, tú – el hombre asintió.

 

-          Tengo todo listo – dijo llevándose las manos a la cintura de la que colgaban varias sogas. – Nos vemos en un rato.

 

Todas la noches era el mismo ritual. Mientras dos de ellos se encargaban del refugio, uno buscaba enemigos por alrededor. Varias trampas espinosas bien colocadas nos les protegerían, pero al menos les avisaría de la presencia del enemigo. Benjen miro a su alrededor. La tormenta arreciaba con fuerza, solo la frondosidad de las ramas del árbol corazón les protegían de forma intermitente. Las casas de los salvajes no durarían eternamente, pero varias de ellas todavía soportaban con valor aquel infernal tiempo. Vio como Narirota investigaba cada choza hasta decantarse por la más cercana al árbol. Levanto los ojos buscando a Benjen y le apresuro a acercarse.

 

-          Tiene varios agujeros en el techo pero los puedo arreglar mientras buscas la leña.

 

-          ¿Tan cerca del árbol? ¿Te parece buena idea?

 

-          Si nos atacan solo podrán emboscarnos por un lado.

 

“Y solo podremos escapar por uno” pero no dijo nada. No valía la pena hacer que los demás se preocuparan más de la cuenta, eso ya lo harían sin que él les ayudase. Desde que la tormenta les había hecho retroceder sentía que el peligro se cernía sobre ellos como un lobo sobre su presa. Nunca había tenido miedo de los salvajes, ya se había enfrentado a ellos en numerosas ocasiones y la muerte, bueno, ningún hombre desea morir pero no se podía decir que en la guardia la vida fuera tan placida y tranquila como para poder hacerlo de viejos en la comodidad del lecho. No. La mayoría morían jóvenes, solo los mejores sobrevivían hasta peinar canas y pocos pertenecían a los exploradores. Pensó que la sensación se esfumaría de su mente al distraerse con otra cosa, pero la tensión  sobre sus hombros seguía ahí, como un bicho insistente en picarte hasta hacerte sangre. Aunque había algo extraño; lo notaba. La leña le pesaba más, el frio lo sentía más agudo sobre la piel, el aire traía consigo un sabor acre que le dejaba un regusto amargo en la boca. Se sentía como un guerrero las horas antes de la batalla.

 

Tenía un buen montón de leña lista para llevarla a la choza cuando se le cayó de las manos.

 

-          ¿Pero qué demonios me pasa? Ni que fuera una jodida novia el día de su encamamiento. - “Solo son salvajes. Solo estamos buscando a esos malditos salvajes, entonces porque no dejo de inquietarme. Si Jon me viera se avergonzaría de mi” El resonar hueco de unos cuernos le hizo alzar la cabeza. Delante de él había un enorme alce tan alto como los caballo que le observaba con gesto tranquilo. - ¿Y tú que miras? Anda y lárgate. Si te ve Narirota no dudara en hacer filetes contigo. – “Debo tranquilizarme. Solo es mi imaginación la que me está volviendo paranoico”

 

¡AAAAUUUUUUHHHH! ¡AAAUUHHHH! ¡AAAUHH!

 

El cuerno de Víbora resonó por todo el bosque como el graznido de un cuervo hasta apagarse de repente. Benjen echo mano a la espada y salió corriendo en dirección al poblado que había dejado varios metros atrás. Mientras buscaba leña sus pasos le llevaron demasiado al norte cerca del rio dejándoles solos a sus hermanos. “1Maldita sea, aguantad hermanos!” Sus pasos se hundían en las varas de nieve. La ansiedad y la rabia eran lo único que le daban fuerzas para continuar a pesar del cansancio que le recorrían los huesos. No había comido desde la mañana, había estado a punto de perder varios miembros y todavía sentía el cuerpo entumecido después de caerse del caballo. No podría darle mucho cuartel a la muerte, pero si el suficiente si es que conseguía llegar.

 

El corazón se le escapaba por la boca al llegar al centro del poblado. Todo parecía en su sitio. No había ni rastro de los salvajes, ni huellas, ni señales de lucha, nada. Solo una quietud que no le gustaba. Al acercarse a la choza que su hermano, el antiguo bardo, estaba reparando se encontró con el cuerpo sin vida de este. El grito quedo en su garganta al ver que no podría hacer nada por él. Al levantar su capa el cuerpo estaba rígido como el de una estatua pero lo que le llamo la atención fue que llevaba los pantalones bajados. La ira le encendió la sangre. Sus asesinos no solo lo habían matado sino que se burlaron de él al hacerlo.

 

-          ¡HIJOS DE MALA PUTA!. ¿DÓNDE ESTAIS CABRONES? ¡SALID Y ENFRENTAROS A MI!

 

Un ruido extraño salió de las chozas. Apretando la espada con todas sus fuerzas Benjen se acerco arrastrando los pies. El susurro de la nieve quedo apagado por el viento que le azotaba el rostro. “Me llevare a todos los que me pongan por delante” se repetía al recordar el rostro desfigurado de sus hermanos y ahora aquella humillación a otro de ellos.

 

A cada paso podía distinguir los ruidos con mayor claridad. Eran jadeos y bufidos que disminuían cada vez más. “¡¿Qué demonios?!” Al apartar la cortina sus ojos se encontraron con dos lagos cristalinos que le miraban. La piel nívea parecía ser tan suave como las plumas de los pájaros y su sonrisa eran las perlas del mar. Toda la poesía que leyó de joven parecía tener sentido al contemplar el cuerpo de esa mujer. solo cuando vio el cuerpo desnudo de su otro hermano fue que empezó a reaccionar.

 

-          Víbora.

 

-          Shhh. Tranquilo joven capitán. Pronto despertara. – La voz de la mujer era dulce aunque fría. Su sonrisa intentaba tranquilizarle pero Ben pudo leer el peligro en sus ojos. Salió al exterior donde el viento helado le devolvió a realidad. – No te vayas – susurro la mujer – no me dejes sola.

 

Al darse la vuelta la vio de nuevo en todo su esplendor. Era perfecta. No había conocido demasiados cuerpos femeninos pero sin duda aquel había tenido que ser el molde de la perfección, la doncella echa carne según los sureños. Los pechos tan grandes como manzanas y cubiertos por una densa melena blanca como la espuma del mar, la cintura estrecha y las redondeadas caderas que le invitaban a acercarse, a tocarla. Pero ahí estaba. Detrás de todo eso el olor que le había estado rondando todo el camino. Aquella mujer era la muerte.

 

-          Tengo frio. Por favor caliéntame. ¿No quieres hacerlo?

 

-          Que les has hecho a mis amigos. – La espada en alto era lo único que les separaba. Ben sabía que si la bajaba, que si cedía a sus impulsos acabaría como sus hermanos. “Hermanos” Cerro los ojos un instante para reunir toda fuerza que le quedaba para enfrentarse a aquel demonio que le embriagaba. – Muere – le susurro hundiéndole la espada en el estomago.

 

La sonrisa de ella se ensancho pillándole por sorpresa. Aun con la espada en la mano la mujer camino hacia él. El filo del arma la atravesó pero su rostro no mostraba ninguna reacción solo un brillo fervoso relucía en sus ojos cuando le miro.

 

-          Eres el primer hombre que me rechaza – le susurro pegada a su oreja antes de besarle.

 

Benjen paso de un frio que le devoraba las entrañas a un extraño placer que le recorría cada centímetro de su piel. El empujón le pillo desprevenido haciéndole caer de espaldas. Desde el suelo contemplo como la dama se arrancaba la espada sin el menor quejido y se sentaba sobre sus caderas.

 

-          Serás mío por el resto de la eternidad – le dijo desabrochándole el pantalón. Ben quería decir algo, quería resistirse pero solo pudo mantenerse quieto con los ojos fijos en aquel extraño ser. Al fin su cuerpo reacciono cuando la mujer le quito la ropa, sus manos encontraron la fuerza para agarrarla del cuello bajo la mirada de sorpresa de está. Pero su primer impulso de matarla desapareció y con él todas sus fuerzas en vez de eso la atrajo sus brazos devorando con su boca aquellos labios fríos como el hielo. “Que estás haciendo insensato. Si la dejas te matara. Despierta. Reacciona. Eres un hombre de la guardia de la noche – le avisaba su mente, pero ya era demasiado tarde. Se estaba muriendo y no le importaba”

 

Al abrir los ojos se encontró mirando la luna que brillaba sobre su cabeza. Si aquello era uno de los siete infiernos se sentía como en su hogar. El cuerpo desnudo de la mujer tendido a su lado se movió haciéndole que se fijara en ella. “He roto mi juramento”. Acaricio la curvatura de sus caderas como cincelada en mármol y observo con horror la negrura de sus manos. La suave caricia despertó a la mujer que se encontró con los ojos horrorizados del antiguo guardia.

 

-          Tranquilo mi rey – le susurro – ahora eres uno de mis hijos. – El beso de la mujer ya no le parecía frio, ni siquiera templado. Lo notaba caliente y necesitado. Sus manos que la noche anterior habían sido témpanos de hielo ahora le recorría las piel haciéndole estremecer por el calor. – Vamos a por tus hermanos. – Al levantarse Ben se perdió en aquel monte plateado donde había pasado la noche.

 

-          ¿Pero quienes sois mis señora? – consiguio decir antes de que su mente volviera a nublarse.

 

-          Soy la Reina de los caminantes blancos y tu – le señalo – eres mi nuevo vasallo. Ahora vamos a por tus hermanos.

 

Benjen quiso negarse. Debía buscar a los asesinos de sus hermanos, volver al castillo negro, informar a Lord Mormont, contarle que todos las viejas leyendas de los Otros eran verdad, pero todo eso no eran más que deseos que iban desapareciendo de su cabeza. Su cuerpo lo único que quería era seguir a su Reina. Víbora y Narirota le esperaban junto a ella. ¿Que importaba el resto? “Mucho. No te olvides. Vuelve – le avisaba su mente. – ¿Para qué? – le decía otra parte de su ser mientras seguía a sus hermanos. – Para que regresar. He encontrado un nuevo hogar”

 

Desde entonces ni Narirota ni Víbora se habían separado de su nueva reina, pero Benjen sí. El Stark había resultado tener más conciencia o no había deseado tanto como ellos estar con su Reina. Al principio eran pequeñas escapadas que duraban horas, después días y al final en una de ellas no volvió. El bardo le vio ayudando a un chico gordo y a una mujer con un niño a cuestas, les observo durante varios días llevarles al muro, a la puerta de la que había hablado su nueva señora. La puerta creada para mantenerles en aquella parte del mundo, solo y aislados.

 

-          Disculpad a mi siervo, pero rara vez tenemos visita – sonrió la Reina a Arya apartando con delicadeza al antiguo hermano de la noche. – Pero tranquila niña no pretendo hacerte daño. Solo quiero a alguien con quien hablar. – La sujeto del brazo y sintió como la piel de la muchacha tiritaba bajo toda su ropa, aun así su rostro solo mostraba indiferencia.

 

-          Os habéis cansado de hablar con cadáveres, mi señora.

 

-          Deslenguada – bromeo la mujer apretando con más fuerza el brazo. Quería escucharla gritar, quería ver su miedo, pero nada, solo la mirada burlona de niña.  – Sera mejor que entremos antes de que te congeles. ¡Víbora! – el hombre clavo la rodilla en el suelo. – Que no me molesten al caer la noche – le ordeno desapareciendo en el interior de una gruta escondida tras el trono de hielo.

 

Nada tenía que envidiar aquel salón a la corte de Desembarco del rey o a la de Invernalia. Incluso era más hermoso a su salvaje manera. Las paredes de roca y hielo habían sido talladas a conciencia con ingeniosas formas y figuras representando todo un bosque a modo de tapiz cuyo en el centro se encontraba la imagen de una mujer desnuda. Arya se acerco. Al contemplarlo más de cerca se podía ver que los ojos eran zafiros y el pelo hebras de plata, a su alrededor, rodeándola, se habían representado lobos huargo con ojos de ónice.

 

-          Hermoso ¿verdad?. – La Stark la miro por un instante y luego volvió a la pared.

 

-          ¿Qué representa? Que los Huargo te protegen. – La Reina asintió. – Gilipolleces. Los lobos son depredadores. Solo protegen a su manada.

 

-          Vaya lenguaje tienes pequeña para ser una dama. – Arya la miro burlonamente levantando la ceja aunque la Reina continuo fingiendo no haberla visto. – Pero no niña. No me refiero a cualquier huargo. Hubo uno que si me quiso tanto como para poner el mundo a mi pies. – Suspiro. – Pero esa es una historia muy vieja.

 

En el suelo los almohadones de distintos colores se esparcían hasta llegar a una mesa de madera toscamente tallada de un arciano, incluso en sus pata central todavía podía verse los ojos del dios árbol contemplándoles. Allí, igual que en el altar, había un sillón de cuero negro ajado y viejo donde la Reina se sentó. Sansa se hubiera cautivado de aquella pose tan regia al sentarse y haber extendido con gracia su manto haciendo una alfombra en sus pies, ni siquiera Danearys lo habría logrado con tanta delicadeza.

 

-          Por favor tomad asiento – le incito la mujer alargando una mano hacia los cojines. Obedientemente Arya se sentó. No apartaba los ojos de la reina mientras que sus oídos prestaban atención a lo que sucedía fuera. – ¿Cómoda?

 

-          Todo lo cómoda que se puede estar sentada sobre rocas congeladas.

 

-          Cierto. Vosotros los simples humanos sois un tanto delicados – sonrió – pero es verdad; incluso los más hermosos cojines se congelan para la eternidad en esta parte del mundo.

 

-          Es curioso. ¿De dónde ha sacado una… mujer como usted estas maravillas? – pregunto señalando los cojines de tejidos myrienses, las copas de plata grabadas con rubí liquido o las piedras preciosas que daban vida a su tapiz.

 

-          El mar es generoso – la respondió la Reina acariciando la copa entre sus dedos.

 

-          Y las tripulaciones también por  eso ahí fuera había hombres de Braavos, de Lys, y de muchas otras ciudades libres que están a más de una vida lejos de Poniente. Ya veo que mitiga su soledad sin importar las vidas que robe para ello.

 

El sillón de cuero resonó contra el suelo al levantarse la Reina. Sus ojos azules parecían casi negros y su rostro lucía desfigurado por la furia. 

 

-          Esos hombres se morían cuando yo los salve. Me deben su vida y por eso están aquí, por voluntad propia. Yo no los obligue. – Los gritos fueron apagándose hasta convertirse en un susurro. Hacía años que nadie la enojaba de aquella manera. Respiro entrecortadamente como si en verdad necesitase el aire para luego volver a sentarse delante de aquella chiquilla. – Además, niña, tú no eres quien para juzgarme. Yo estaré rodeada de muerte como tú dices, pero tú – sonrió – parece que te bañes en ella.

 

Arya se limito a levantarse. Tenía las piernas agarrotadas por el frio y la incomoda postura, pero sus pasos no lo revelaron, no demostraría debilidad. Tranquila se situó frente a aquella mujer y sin que sus ojos se apartaran de los dos lagos azules agarro la copa que la Reina sostenía. Derramo el agua que quedaba en su cantimplora y sonrió. No era una sonrisa dulce, o por haber hecho una travesura. No. Era la sonrisa de un demonio salido de los siete infiernos y por fin la Reina vio lo que buscaba en ella; un alma condenada como la suya.

 

-          A tu salud, Reina – brindo Arya bebiendo de un trago la copa.

 

-          No. A la tuya – susurro la Reina. Se levanto impulsada por la necesidad de rozar con sus dedos a la nueva miembro de su familia. “Por fin. – Acaricio su mejilla – Una hija”

Notas finales:

Bueno y hasta aquí por hoy. El próximo ni idea asi que tenedme paciencia.

 

Kisses

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