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Nieve por yuukychan

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Notas:

EY para los que crean que me he perdido pues va a ser que NO. He estado muy liada pero jamas, JAMAS, dejo una historia sin acabar. Asi que aqui va el nuevo capitulo.


BREVE EXPLICACIÓN.


YO no sé cual es el pasado de los Otros, evidentemente eso solo lo sabe nuestro gran amigo George R.R Martin pero como he introducido a la Reina de los Otros tenía que darle un pasado y como siempre pues se me va un poquito la pinza cuando escribo. Bueno el aviso es que no hay spoilers o como se escriba, es 100% inventado (ahora que si por un casual se llega a parecer al original cuando se saque el nuevo libro me mofo XD aunque lo dudo jajaja)


Y sin nada más que decir aquí os dejo el nuevo episodio.

“Mi… hija”

 

El pensamiento la recorrió como un torrente obligándola a sentarse de nuevo. Miro a la muchacha y una mueca de sonrisa se formo en la comisura de sus labios sin que ella se percatara.

 

-          Hay pieles en el interior. Ponte cómoda – la despacho con un gesto de la mano. Necesitaba estar sola. Sola con la tormenta de pensamientos que la zarandeaba en su interior.

 

El susurro de su voz le recordó a Arya al sonido de las gotas al estrellarse contra las ventanas de Invernalia, suaves casi tranquilizadoras y aun así se sentía como si de repente hubiese hecho más frio. Algo estaba ocurriendo en la cabeza de la Reina y no conseguía descubrir que era. “Acaso no pretende convertirme en un ser como los que están fuera”

 

-          Gracias – la respondió con voz seca. Fuera lo que fuera hacer con ella necesitaba que tardase. Gendry tardaría dos días como mínimo en traspasar el muro, una vez al otro lado podría enviar la planta al maestre de Bastión Kar a través de un cuervo. Al dejar la copa sobre la mesa sintió una corriente helada que la atravesó la piel, más feroz y poderosa que antes. “Escarcha - se sorprendió al ver el agua blanquecina que había dejado su copa sobre la mesa se congelaba ante sus ojos. – Y eso solo con su presencia”. – Señora – se despidió inclinando la cabeza.

 

La Reina la observo marcharse. Caminaba sin miedo, con decisión. No conocía aquel lugar y sin embargo a cada paso parecía gritar a los cuatro vientos del norte que aquel era su sitio. Podría no tener los modales de una dama o la delicadeza de una doncella, pero poseía una fortaleza casi salvaje. Aquella joven era dura y fría como el hielo y la roca, no sentía la calidez que había visto en otras niñas o la dulzura que se reflejaba en sus rostros cuando llegaban a esa edad: trece, catorce… no importaba. Simplemente era perfecta para estar a su lado. “Para la siempre” sonrió al juntar sus dedos apoyando la barbilla sobre ellos. Se le haría corta la eternidad con alguien como ella a su lado.

 

“Es perfecta. E incluso después de un siglo o dos logre que me ayude a alcanzar la cima del muro otra vez” pensó cerrando los ojos. Todavía lo recordaba, lo sentía en sus labios. En pie, con el mundo a sus pies y el hombre al que amaba a su lado. El primer error de todos los que le siguieron.

 

-          Maldita escoria de humanos – susurro con repugnancia en su voz apretando los puños. En un ataque de furia tiro la copa que Arya había dejado sobre la mesa contra la mujer del mural. – ¡Bastardos todos ellos! Fueron sus actos de cobardía lo que hicieron de mi lo que soy ahora.

 

Agotada por su propia rabia se dejo caer en el sillón. El tiempo la había hecho mella, un hueco más profundo y oscuro que el que tenía cuando llego a este mundo y al que por fin hacía mucho le había podido dar un nombre.

 

-          Soledad – susurro entre diente escondiéndose entre sus manos.

 

Era la única constante en su vida. Había visto miles de generaciones de humanos nacer y morir, solos o acompañados, en familia o en guerras, ahogados por el mar o comidos por las entrañas de la tierra; no tenían nada en común excepto esa sonrisa burlona que le dedicaban a la muerte y parecía decir “he vivido, mucho o poco, pero lo he hecho”

 

Ella ni siquiera sabía cómo había llegado a aquel mundo por el que hacia eones que deambulaba. Su primer recuerdo fue ver las millones de luces que la observaban en la noche y que más tarde descubrió que se llamaban estrellas. El viento cálido la acariciaba el rostro y la piel incitándola a levantarse, a caminar, a descubrir que más la rodeaba. Al principio tambaleante, como un niño que da sus primeros pasos, consiguió ponerse de pie y apoyarse en un árbol. Sus ojos se abrieron por la sorpresa al encontrarse ante un mundo blanco e inmaculado y entre toda esa blancura miles de ojos la miraban. Un conejo asomo sus orejas antes de desaparecer en su madriguera mientras a lo lejos un cervatillo pastaba vigilado por su madre ajeno a ella. La curiosidad, igual que una niña pequeña, la llevo a adentrarse en aquel fascinante mundo que se abría ante sus ojos. Veía como el tiempo a su alrededor corría transformando el agua en hielo, y al cervatillo en un enorme ciervo. Año tras año contemplaba como los escuálidos arboles que estaban al otro lado del rio donde iba a contar a los peces sobrevivían un invierno tras otro hasta llegar a ser grandes robles y pinos cuyas ramas podían oscurecer el sol y todo lo que había más allá. Veía asombrada el mundo, pero algo fallaba; algo que no entendía.

 

Una noche mientras se entretenía en jugar con la nieve hundiendo sus manos en aquella cálida sensación sintió como un par de ojos la observan. Al levantar la vista asustada no vio nada. Todo seguía igual que siempre, cada árbol, cada hoja, pero la sensación no la abandonaba. Nerviosa y asustada por primera vez en su vida se levanto decidida a marcharse, a ocultarse de aquel sentimiento nuevo para ella. Se interno en el bosque tan familiar para ella pero aquellos ojos la perseguían, el miedo la hizo correr tan veloz como sus pies le permitían pero la sensación no desaparecía de su pecho. La nieve la recibió con un fuerte abrazo cuando sus pies se enredaron con las raíces de un árbol que no había visto. Sin entender el porqué sus ojos se llenaron de diminutos diamantes que le hacían daño al caer, intento pararlos con las manos, pero no funciono; solo consiguió que un liquido blanquecino corriese por sus manos provocándola más dolor.

 

-          Deberías calmarte, pequeña. – La voz profunda, casi ruda, la sorprendió. Busco a su alrededor, pero no había nada. Solo estaba ella, como siempre. Ella y los arboles de su isla. Iba a huir de nuevo cuando la voz volvió a hablarla. – Tranquila estoy aquí. Solo tienes que mirar con atención.

 

La muchacha temblorosa todavía se esforzó en encontrar la voz, pero solo podía ver lo mismo que había visto durante tantos años. Los mismos animales de siempre, distintos pero iguales, los mismos arboles y aquel extraño árbol en el que se apoyo la primera vez que se puso de pie, tan distinto de los demás, no encajaba del todo en su pequeño mundo. Su corteza tan blanca como la misma nieve y sus hojas tan rojas como los rayos del sol al atardecer, pero sobre todo sus… Se tapo la boca con las manos al ver como esos ojos la miraban; podían verla, no solo verla sino seguirla.

 

-          Al fin nos conocemos, pequeña. – La niña asintió retrocediendo temblando ante aquellos ojos rojos. Nunca ningún animal le había hablado, ningún pájaro, ningún árbol, ni siquiera las luces del cielo que salían de noche. – Tranquila – la susurro dejando caer sobre su cabeza una lluvia de sus hojas. – Soy un amigo.

 

 

 

En aquel momento su vida, su mundo, cambio por completo, aunque no estaba segura de si fue para mejor. El árbol corazón, que decía ser un Dios, la enseño un nuevo mundo hasta entonces ignorado. En aquellos días grises de invierno aprendió un idioma que no había escuchado a ningún otro animal, y conoció el nombre de todo lo que la rodeaba. Aprendió el nombre de las estrellas y las historias que ocultaban. No estaba segura si fueron años o tal vez décadas, pero aquel ser se mantenía a su lado sin importar el tiempo. Solo ellos perduraban en un mundo que nacía, crecía y moría a su alrededor.

 

Una tarde jugando junto al rio, antes de que el sol se escondiera, pudo ver a lo lejos un extraño resplandor que le era desconocido. Una nube gris como las del cielo ascendía entre los arboles perdiéndose más allá de donde podía verse las nubes blancas que amenazaban tormenta. Curiosa quería descubrir que era aquello, pero la voz del viejo Arciano la llamaba dentro de su cabeza. Se mordió el labio por dudar entre lo que debía hacer y lo que quería descubrir.

 

-          Si no me entretengo – se dijo a sí misma dudosa, pero la voz del árbol volvió a resonar en sus oídos.

 

Sus pasos la llevaron de vuelta hacia donde crecía el gran árbol corazón que dominaba la isla. Rodeado de un profundo y denso bosque nada más crecía a su alrededor salvo las hierbas y flores que cubrían el campo en los escasos días de primavera. Allí en el norte no había más que invierno y solo invierno, pocos eran los días que duraba el verano y muchos menos los que la primavera se dejaba sentir.

 

-          Me llamabas viejo Arciano – le saludo la niña escalando por la robusta corteza de su espalda hasta llegar a una de sus ramas. Allí a la sombra de sus hojas había aprendido todo lo que el anciano le había querido enseñar.

 

-          ¿Dónde estabas? Llegas tarde para tu lección.

 

-          Estaba junto al rio. Al otro lado he visto un brillo que jamás había visto antes y una nube gris subiendo por el cielo. ¿Qué es, viejo Arciano? ¿Qué hay más allá de esta isla?

 

-          ¡Escúchame niña!. – La voz de viejo árbol sonaba profunda y airada. – Jamás, óyeme bien, debes ir más allá de esta isla ¿entendido?. – La ira de su voz asusto a la pequeña que perdió el equilibrio cayendo ante el rostro del anciano. Los diamantes brillantes de sus ojos le suavizo la voz.- No llores pequeña, es por tu bien. No hay nada en ese mundo para ti – la contesto dejando caer unas cuantas hojas sobre su cabeza. – Enjuágate y ven. Vamos a repasar el nombre de las estrellas.

 

Nunca antes había dudado de las palabras del viejo árbol, pero en aquella ocasión su mente no podía dejar de lado su curiosidad. Jugar con el agua, contar las estrellas o hacer arboles de nieve no la satisfacía, necesitaba saber que había más allá del rio.

 

“Pero el viejo Arciano no me lo dirá. Nunca me responde cuando le pregunto de donde vengo, o si hay más cosas como yo o como él. – Miro entristecida los arboles que se alzaban imponentes en la rivera de enfrente. – Si no hubieran crecido tanto podría ver que hay más allá sin problemas. – Enfuruñada frucio el ceño al pensar en el viejo árbol. – ¿Y porque no debería ir? Me dijo que no había nada en ese mundo para mí, pero ¿y aquí?. – Se levanto de golpe mirando ambas orillas a la vez. – Allí también hay bosque, y animales… y el mismo rio que recorre mi isla pasa por allí. ¿Dónde está la diferencia?. – Apretó los puños. – Iré. Iré a ver el otro lado”

 

Una mañana antes de que el sol saliera la muchacha bajo de la rama de viejo arciano y se fue. El viejo árbol la vio marcharse como todas la mañanas sin entender ni sospechar porque se marchaba tan pronto. La pequeña corrió a través del bosque hasta llegar al rio de siempre. Aun siendo invierno la corriente bajaba con fuerza y las aguas del centro eran demasiado profundas para cruzarlo. “A lo mejor no debería ir – se dijo mordiéndose el labio. Estaba a punto de desanimarse cuando vio a un pequeño cervatillo al otro lado. Su madre le guiaba camino arriba cerca de la cascada. – Eso es, la zona rocosa” sin darse tiempo a pensar corrió hacia la parte baja de la cascada. Varias rocas en el lecho del rio mantenía más tranquila el agua en aquella zona. Nerviosa por lo que iba hacer tomo carrerilla para no echarse atrás.

 

-          Si no es ahora, no será nunca – se dijo cruzando de una en una las piedras.

 

Cuando llego al otro lado todo su cuerpo temblaba. Sentía los pies mojados y el corazón le latía fuertemente contra el pecho. Un grupo de aves levantaron el vuelo al escuchar su gritillo de alegría mientras saltaba por la nieve. “Estoy al otro lado” pensó orgullosa al ver el rio atrás de ella. Varios ciervos levantaron la cabeza al verla pasar cerca de ellos, ninguno se movió, la extraña no emitía ningún tipo de olor que les preocupara, no como sus cazadores cuadrúpedos o esos animales con pinchos que caminaban sobre dos patas. Paso a paso la muchacha se encamino hacia donde había visto el brillo de hacia varias noches, pero no encontraba nada diferente de su hogar, solo pequeñas manchas negras en el suelo que para su delicado olfato olían mal. Le pareció curioso ver como aquellas manchas aparecían cada cierto tiempo sin tener ninguna utilidad para el bosque. “Los animales no pueden hacerlas y los arboles tampoco” pensó al tocar aquella suciedad negra que manchaba la nieve.

 

Los rayos de la luna la sorprendieron cansada. Llevaba todo el día caminando, investigando aquel mundo que era tan igual al suyo. Desilusionada se sentó en la nieve a la sombra de un roble. Pensaba en el viejo Arciano y en como la regañaría cuando volviera.

 

-          Te lo advertí – la diría castigándola; sentándola a su lado durante todo el día por haberle desobedecido.

 

-          Eso brillo tuvo que venir del cielo. Se reflejaría en la nieve y por eso parecía que salía del bosque – se dijo desanimada. – Bueno – estiro los brazos – mañana volveré. Por esta noche me quedo aquí.

 

 

 

Las pieles le pesaban y los refuerzos de cuero se le clavaban en los hombros como garras. El muchacho iba hundiéndose en la nieve un paso tras otro intentando seguir a un hombre más alto y corpulento que portaba un enorme hacha de hueso.

 

-          Te dije que te quedaras en casa. Todavía eres un imberbe, Korn – se burlo el hombre mientras le esperaba apoyado descansando sobre un pino. El hacha a su lado medía apenas unos palmos menos que él.

 

Enfurruñado, el chico intentaba avanzar lo más rápido posible, pero por cada paso que daba se hundía unos centímetros. La nieve le llegaba hasta las rodillas cuando llego hasta su hermano.

 

-          Ya te he dicho que no soy un imberbe. Ves – dijo apartándose el pañuelo con el que se protegía del frio, señalando los escasos pelos que crecían sobre su labio superior. – Ya tengo bigote.

 

Las carcajadas de su hermano eran peor que los insultos o las bromas. No necesitaba de palabras para hacerle sentir más pequeño de lo que era. Aquel era el año de su treceavo invierno y todavía no se había hecho un hombre, no había secuestrado a ninguna chica, ni se había cobrado ninguna presa. Tenía una hermana gemela a la que habían intentado secuestrar tres veces en los últimos dos años y la última luna lo consiguieron; ahora vivía cerca del lago salado con los Thenitas. Otro de sus hermanos, tres años mayor, estaba a punto de llevarse a una nueva mujer a su hogar por segunda vez en el mismo año y por último estaba Curt, el hermano que le acompañaba, era el mayor de todos y el responsable de las partidas de caza de su clan. Él se había hecho cargo de ellos cuando su padre murió en las montañas. Su madre había muerto años atrás al dar a luz a un bebe muerto. Todavía recordaba las llamas que la consumieron cuando solo tenía cinco años. Su padre la siguió poco después, iba a secuestrar a una mujer besada por el fuego de una aldea vecina para mejorar la sangre del clan, según él, cuando la tormenta le pillo desprevenido en la montaña. Los exploradores solo encontraron de él el viejo casco que le hizo su madre con la piel de castores. Todo el pueblo conocía aquella cosa tan fea con la cola del animal colgando a modo de visera.

 

-          Lo sentimos muchachos. Los Dioses son crueles – fue lo único que les dijeron cuando las llamas se consumieron devorando el feo gorro. Solo un grupo de hombres mayores se entretuvieron más con Curt que era incapaz de apartar los ojos de los restos calcinados. – Te ha caído una muy grande. Son tres bocas para un muchacho solo, ni tu padre podía hacerse cargo con tu ayuda. Cambia a los pequeños a alguna aldea vecina por una mujer y quítate el peso de encima.

 

Korn jamás había visto una expresión más fría y llena de odio que la que vio en los ojos de su hermano aquel día. Su cuerpo se tenso bajo la capa que le abrigaba y los puños se cerraron hasta blanquearle los nudillos.

 

-          ¡Alejaos! – siseo intentando controlar su ira. – No os volváis a acercaros a nosotros o por los Dioses que no responderé – les amenazo.

 

Instintivamente los hombres se alejaron al ver los ojos inyectados en sangre de su hermano. Ya fuera por miedo a su hermano o porque creyeran que algún demonio se había apoderado de él ninguno volvió a dirigirles la palabra, incluso durante las reuniones evitaban sentarse a más de dos personas de ellos.

 

-          ¿Te tienen miedo? – le pregunto un día Korn cuando les vio agachar la cabeza mientras ellos se dirigían a por leña.

 

-          No y si. – El muchacho le miro sin comprender. – Son viejos. Pronto se reunirán con los que dejamos atrás, pero puede que antes de que eso ocurra tengamos un nuevo jefe de clan. El viejo Hubert está demasiado mayor y no ha dejado varón que le siga.

 

-          ¿Y puedes ser tú?

 

-          ¿Quién sabe? – le respondió sonriendo. – De todas formas no importa. Siempre que hay una reunión de estas el resultado depende del número de jóvenes.

 

-          No entiendo. – Korn le miraba. Su hermano era un hombre de pocas palabras pero aquel día parecía más hablador que de costumbre.

 

-          Los jóvenes votaran siempre por lo nuevo, por lo vivo, en fin, por lo joven. Los mayores van muriendo así que tendrán menos votos. Sea quien sea el ganador saldrá de la nueva generación. ¿Así que, quien sabe, puedes incluso ser tú?

 

Curt había tenido razón, siempre la tenía. Tuvieron que pasar cinco años hasta que el viejo Hubert falleciera por un mal espíritu que se apodero de su pecho y la mayoría de los ancianos simplemente se echaron a un lado, solo unos pocos lo intentaron, los más conservadores. Su hermano que había cumplido su vigésimo invierno no salió ganador porque simplemente se rehusó. “Mis hermanos, mi obligación. Que del clan se ocupe otro. Karka es un buen guerrero y su mujer Misha tiene suficiente cerebro por los dos – les respondió cuando sus compañeros le señalaron” Las risotadas le precedieron pero con la luz de las primeras estrellas Karka se levanto como su nuevo jefe.

 

-          Vamos. La cena no se cazara sola – le grito Curt blandiendo su hacha de nuevo.

 

Korn no sabía si realmente renuncio por ellos, o fueron ellos los que le arrebataron su posibilidad de ser líder. Muchas veces se había preguntado que hubiese pasado si su padre siguiese con vida.

 

-          Ya voy – le contesto simplemente. Siempre que pensaba en el pasado miraba a su hermano con tristeza. Ninguna mujer estaba con él más de una estación por su manía de arrastrar a la familia. “Quiero hacer una familia, no remendar una – le gritaban antes de desaparecer para siempre”

 

-          Venga pensador. Me hare anciano si te sigo esperando. – Las risas le precedieron mientras se adentraba entre los árboles. Las reglas de la caza para ellos eran sencillas. El primero en llevar la presa a la aldea ganaba, aunque no podían separarse más de 10 metros.

 

“Y si…” Korn se quedo pensando. Si aquel día conseguía una buena pieza ya sería medio hombre, solo le faltaría secuestrar a una mujer para poder decirle a su hermano que ya era libre del todo. Solo él seguía en la casa familiar y no solo lo avergonzaba, lo atormentaba.

 

-          Hoy es mi día – se dijo apretando con fuerza la lanza que llevaba. – Hoy cazare una gran presa y esta noche secuestrare a una mujer. Así Curt podrá seguir con su vida sin más cargas.

 

Las huellas de los animales se borraban con la nieve, pero no su rastro. Unas ramas rotas, una hierbas mordisqueadas o las marcas de unos cuernos en la corteza de un joven árbol le indicaban por donde caminar. Cada vez se encontraba más cerca, pero ya se había alejado bastante de su hermano sin darse cuenta. Los gritos de Curt fueron desaparciendo a medida que su corazón se aceleraba. Por fin la había encontrado después de caminar durante un kilometro; una hermosa cierva que pastaba cerca de los robles refugiándose del frio. El viento soplaba de frente ocultando su olor por lo que se pudo acercar hasta esconderse tras los arbustos detrás de ella. Estaba tan cerca que podría matarla fácilmente con el cuchillo para no estropear la piel. Con suavidad desenvaino el arma de su pierna, un afilado y viejo cuchillo de marfil con la empuñadura de hierro que perteneció a su padre. Iba a caer sobre su presa cuando el animal se escabullo ante sus propios ojos saltando grácilmente por encima de él. No entendía lo que había pasado cuando unos ojos azules como el agua de los lagos le miraron fijamente. Podía ver en ellos el miedo y la curiosidad que reflejaba su propio rostro.

 

-          ¿Quién eres? – la pregunto alargando la mano instintivamente para ver si aquella criatura era real. Atrapo entre sus dedos un mechón de pelo antes de que la muchacha se alejara unos metros más de él.

 

Jamás antes se había encontrado con un ser tan extraño como la chiquilla que tenía frente a él. Su piel era blanca como la corteza de los arboles corazón y su cabello fino y sedoso como la espuma del mar. Sería joven, apenas podía tener más de dieciséis años, pero le miraba con los mismos ojos que su hermana cuando tenía solo seis. Unos ojos abiertos, sorprendidos y algo asustados y de un azul tan único que era imposible que fueran humanos. Incluso su desnudez le paso inadvertida en un principio fascinado por su apariencia.

 

Al ver que aquella nueva criatura no le hacía nada se acerco de nuevo. Igual que él acerco la mano hasta tocar aquel ser tan extraño de los demás animales. Observo sus dientes pequeños y sus manos cubiertas de pelo. “No es como los lobos. No tiene garras” pensó al buscarlas. Al ver la curiosidad de la chica Korn se quito el guante mostrándole la mano. Asustada al ver como la criatura se quitaba la piel se hecho para atrás mirando con desconfianza al nuevo animal.

 

-          Tranquila. Solo es un guante ¿ves? – le dijo tendiéndoselo.

 

Igual que un niño se lo arrebato para acercárselo a los ojos lo más cerca posible. Lo miraba y estudiaba buscando algo en él que solo ella debía de ver. Para Korn era sorprendente ver como los gestos de su rostro cambiaban casi en segundos. La chica se volvió para mirarle y le cogió la otra mano enguantada.

 

“Para que le servirá esto – pensó dándole vueltas entre sus dedos – no le sirve para atacar. No tiene garras ni dientes afilados – se dijo mirándole la boca”

 

Al fin Korn pudo reaccionar cuando la muchacha le cogió el rostro entre sus manos. Nunca antes había sentido una piel más fría que la de ella. Cuando el hormigueo le llego hasta las orejas la quito de golpe al sentir como su propio cerebro se congelaba, era la misma sensación que tenía como cuando un dia, sediento, mastico el hielo sin derretir. “Puedes morir, imbécil – le grito Curt cuando le encontró tiritando”. Entristecida la muchacha le miraba dejando caer de sus ojos pequeños cristales que se perdían en la nieve.

 

-          ¿No sientes el frío? – le pregunto desconfiado al ver como su cuerpo ni siquiera tiritaba. Volvió a tocarla solo para sentir la misma sensación fría. – No lo entiendo. – Hablaba en voz alta pero lo decía más para si mismo. No entendía nada, contra más la tocaba y examinaba menos sentido tenía lo que veía.

 

Los jadeos de un hombre llegaron a sus oídos antes que el sonido de su botas. Tras él se encontraba su hermano intentando recobrar el aire que se le escapaba. Al girarse vio el rostro enrojecido de Curt a través de su pañoleta. La ira bailaba junto al alivio de encontrarle.

 

-          ¡Te voy a matar pequeña rata! – le grito. Aquel sonido nuevo para sus oídos la aterrorizo. Nunca antes había escuchado un

 

Igual que un animal asustado la muchacha retrocedió. Nunca antes había escuchado una voz tan fuerte y potente hasta el punto de hacer vibrar la nieve. “¿Me puede hacer daño?” pensó en un instante intentando esconderse de la vista de aquella nueva criatura.

 

-          ¿Qué diablos? ¿De dónde ha salido?. – Curt se quedo mirando a la extraña que intentaba esconderse. Sus ojos pasaron de su rostro al cuerpo desnudo haciéndole pensar en su última noche con su última mujer. “Maldita sea, concéntrate” se reprocho. Pero había pasado más de dos meses desde que la mujer volviera a su hogar cerca de las montañas de sur.

 

-          Ni idea. Venia persiguiendo a una cierva cuando me la he encontrado… – la miro de nuevo. El color de sus ojos, su pelo, su desnudez… se encogió de hombros volviéndose hacia su hermano. – Me la he encontrado así. Parece – dudo ante la locura que era pensarlo incluso antes de decirlo – parece que no siente el frio. ¡Solo mírala! Si yo fuera así ya me abría muerto.

 

-          Esto es raro. Debemos hablarlo con la tribu. – La preocupación se notaba en el rostro de su hermano aunque sonriera. El frio era algo contra lo que ninguno podía luchar. Todos los años morían niños, mujeres y ancianos por no poder soportarlo y de repente había una nueva criatura que era capaz de no solo soportarlo sino disfrutarlo. – Puedes hacer que venga.

 

-          Creo que sí. – Miro a la muchacha y le tendió la mano enguantada. - ¡Ven!

 

 

 

Los rumores les precedieron incluso antes de llegar. Los niños más valientes se escondían entre los matorrales para ser los primeros en verles. La tribu de Korn estaba inquieta al ver a una muchacha como ella. Un grupo de hombres discutía junto a la entrada de la gran carpa mientras varias mujeres lo hacían junto a sus hogares; las voces se silenciaron al verles atravesar la pequeña aldea improvisada.

 

-          No tuvimos que establecernos aquí – susurro una mujer asustada agarrando a dos de sus hijos del brazo y metiéndoles dentro de su tienda.

 

El resto de tiendas se arremolinaban en torno a una gran carpa que ocupaba varias parcelas de tierra. Era el hogar donde la tribu festejaba los banquetes o se refugiaban los ancianos y los niños en caso de ataque. A su alrededor había escavado trincheras y clavado estacas para protegerla ante posibles bestias o asaltos.

 

Reunidos dentro de la gran tienda muchos de ellos, sobre todo los más ancianos, desconfiaban de un ser tan extraño nacido del frio. La mayoría se apartaron cuando Korn la llevo cubierta con una sencilla capa que parecía molestarla y con la que luchaba para librarse de ella.

 

-          Es un monstruo fruto del invierno. ¿o es que acaso no os dais cuenta? Si la dejamos vivir entre nosotros moriremos congelados antes del alba. – Las voces se sucedían una tras sin saber con seguridad quien era el que hablaba. Solo una cosa era segura. Todas buscaban la respuesta del jefe.

 

El hombre que los gobernaba era apenas un crio comparado con el último que falleció. Aquel era su vigésimo veintiséis invierno, pero no aparentaba más de veinte. Era de estatura mediana y ancho de hombros. Tenía unos ojos marrones muy separados por una gran nariz torcida fruto de una pelea cuando solo era un niño. El cabello enmarañado de un castaño oscuro se le juntaba con la salvaje barba que le crecía sin control y que nunca se cortaba. Varias veces se oía a su mujer quejándose de ella entre risas y amenazándole con cortarla cuando ambos se enfadaban. El jefe siempre había sido de un carácter bravucón y despreocupado, justo lo contrario de lo que su rostro reflejaba en aquellos momentos. Sentado sobre su silla poso el mentón entres sus manos.

 

-          No parece peligrosa – respondió, aunque sabía que no era una respuesta sino solo lo que pensaba. – ¿Tú qué opinas, mujer? – pregunto Karka volteando la cabeza hacia atrás.

 

La mujer del pelo castaño que se encorvaba bajo el peso de su propio vientre no había dejado de remover el vino caliente especiado mientras controlaba por el rabillo del ojo a la desconocida desde que llego. Era cierto que no parecía peligrosa, pero tampoco estaba segura de tenerla tan cerca. Era extraña, demasiado como para pasarlo por alto, sin embargo tenía la misma aura de inocencia que una niña. Miro a su hija pequeña jugando con su muñeca de trapo y palpo su vientre sintiendo las patadas de lo que esperaba fuera un varón. “Y si me equivoco” pensó mirando a la muchacha que observaba todo con curiosidad ajena a lo que se hablaba.

 

-          Es inofensiva… por el momento. Pero es mujer y es atractiva pese a lo extraña que se la ve. Asegúrate bien de con quien la dejas a cargo o sino échala. Sin miramientos.

 

-          ¡¿Echarla?! ¡Deberíamos matarla! – gritaron algunos ancianos acobardados desde el fondo. Los más valientes simplemente movían la cabeza a favor de la propuesta. – Sería por nuestra seguridad – afirmo uno de ellos mirando directamente al jefe.

 

-          Yo... – Karka se sentía inseguro a dar la razón a aquellos hombres, pero su deber era velar por su clan. Miraba a la muchacha y no veía nada en ella peligroso, pero incluso su mujer se lo había dejado claro; con alguien de confianza o fuera.

 

-          No podemos matarla. – La voz de Misha corto cualquier pensamiento de raíz.

 

-          A callar mujer. No sois más que una deslenguada. Vosotras no entendéis de estos asuntos. – Proclamaron varias voces contra ella, pero la lanza de Karka que hundió varios centímetros en suelo congelado los acallo. Nadie se metía con la mujer del jefe y menos en presencia de él. Con un gesto el mismo la insistió en continuar.

 

-          No sabemos quién es. Su pelo, su piel… sus ojos. Puede ser la hija del invierno o la misma enviada de los Dioses. Sea quien sea su muerte nos perjudicaría. Si es la hija del invierno y muere su padre se vengara y los Dioses jamás perdonarían un sacrilegio tan grande como matar a uno de los suyos. Yo no sé quien es esta muchacha, pero no la pondría una mano encima, no sin motivos al menos – dijo mirando directamente a su hija y tocando su vientre.

 

-          ¿Y con quien la dejarías mujer?

 

-          Está claro – le respondió clavándole la mirada. Sin más palabras por parte de su esposa el jefe se volvió hacia su gente.

 

-          Pues está decidido. – Karka se levanto señalando directamente a Curt. – Tu hermano la encontró. Ella es ahora tu responsabilidad.

 

-          Pero… - la mirada del jefe era clara. – Como mandes.

 

Poniendo la mano sobre el hombro cubierto de la muchacha la dirigió hacia fuera, tras él sintió los pasos de su hermano. En el exterior un suave tormenta caía sobre sus cabezas, pero su mente bullía con los numerosos pensamientos que le quemaban la mente. “Más problemas” pensó mirando a la chica y meneando la cabeza.

 

-          Se siente cálida – susurro la chiquilla acariciando los copos que caían sobre su cabeza.

 

Sorprendidos Curt y Korn la miraron. Podía hablar. No sabían lo que había dicho, pero fuera lo que fuese podría aprender su lengua.

 

-          ¿Tendrá nombre? – le pregunto Korn a su hermano.

 

-           Se tanto como tú – le respondió.

 

-          ¿Qué tal si la llamamos Ista?

 

Curt se encogió de hombros. Sus ojos no se podían apartar de la mujer. Las formas redondeadas de su cuerpo se marcaban contra la fina capa mientras que sus manos jugaban con la nieve como una niña.

 

-          Vamos a casa – ordeno simplemente alejándose a zancadas. “Problemas. Su nombre es problemas”

 

 

 

La Reina apretó los brazos del sillón al recordar la sonrisa Curt y la mano de Korn. Eran los primeros hombres a los que conocía y a los primeros que condeno sin querer. La segunda familia que tuvo, después del viejo árbol, y a la que sentencio a muerte por su sola existencia.

 

-          No tenía que haberle cogido la mano. Jamás debí seguirles – se reprendió dejando caer un diamante sobre su regazo. “Todo el que se acerca a mi muere” pensó recordando como la sangre de Curt manchaba sus manos. Sintió deseos de limpiarse hasta sangrar, hasta borrar la sensación pegajosa que le recorría. 

Notas finales:

Y hasta aquí el capitulo de hoy.Espero que os haya gustado y os apetezca seguir leyendo. Ya sabeis que espero vuestro reviws con lo que pensais hasta el momento y que os va pareciendo.


El próximo... pues no puedo deciros para cuando, tendreis que estar pendientes. LO SIENTO. Lo que si os puedo decir es que seguiremos con la Reina.

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