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Nieve por yuukychan

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“¿Infancia? Sí. Alguna vez tuve una niñez junto al árbol corazón, una niñez que podría haber durado toda la eternidad de haberlo deseado, de haberlo querido. – Apretó los puños. – Pero toda flor se abre y toda persona desea conocer. Y yo me sentencie en el momento en que aquellos ojos se posaron en mi. – Se llevo la mano a los labios. – Esos dos oscuros ojos que eran capaces de leer hasta mi último pensamiento”

 

La tormenta de fuera se endurecía a medida que se acercaba la noche. La nieve ceso para dar paso a los rayos y relámpagos que rompían el cielo con su luz. Desde la puerta de la choza Curt observaba como los fuegos del resto se prendían uno a uno, pronto toda la noche se lleno con el olor de la madera quemada. Dentro de su hogar la temperatura bajaba irremediablemente incluso con el fuego encendido. El joven cazador miro a la nueva muchacha que contemplaba asombrada el cielo nocturno y meneo la cabeza. No existía otra explicación que no fuera su presencia la que lo provocaba.

 

-          ¡Siéntate! – la ordeno señalando una de las sillas bajas talladas en madera. La muchacha le miro el dedo y después a la silla sin comprender. Korn se acerco hasta su lado y la empujo suavemente.

 

-          Ista, sentada – le hablo a la vez que lo hacía.

 

-          Sigues empeñado en llamarla Ista – murmuro echando un leño más al fuego. La muchacha se alejo de aquel calor todo lo que pudo hasta apoyarse contra una de las paredes.

 

-          De alguna forma tendremos que llamarla.

 

-          Incordio. – el muchacho le miro enojado y Curt chasqueo la lengua. – Como quieras. Pero haz que se vista – le aviso al ver como la chica se empeñaba en quitarse la túnica que le cubría – no quiero problemas con los hombres ni con sus mujeres – le advirtió con la punta del cuchillo.

 

Desde aquella extraña noche para la joven Reina su mundo se volvió tan distinto, tan radiante y lleno de vida que se olvido de su isla, de su río, hasta del viejo árbol corazón. En un par de lunas Korn la enseño su lengua, la forma en que los sonidos suaves y fuertes formaban palabras, frases más complejas y simples que las que le había enseñado el anciano. Pero fue más allá.

 

Ya fuera por curiosidad o imposición muchos de los que vivían junto a la familia de Korn se acostumbraron rápidamente a su presencia. Las primeras fueron las mujeres que iban a por agua al rio. Al encontrarla junto al arroyo con las ropas de los hombres de su hogar la pasaron por alto mientras buscaban una buena zona donde poder sentarse. Ista solo miraba el agua y la removía sin saber que debía hacer con ella. El chasquido de una lengua la llamo la atención y vio como una mujer de generosas proporciones la miraba. La había visto antes besándose con uno de los cazadores que iba con Curt mientras sujetaba a un chiquillo entre sus faldas. Sus manos blancas por el frio hundían una y otra la camisa en el agua frotándola con las piedras de la orilla hasta que conseguía quitar la suciedad de la piel.

 

-          ¿Sabes lo que es lavar? – la muchacha asintió algo insegura con la cabeza. - ¡Habla que no muerdo! – sonrió la mujer.

 

-          Korn me lo ha explicado, pero…

 

-          No te ha dicho como se hace. Típico de los hombres – miro al resto de mujeres – van de potentes y luego – dejo caer una piedra al agua – se hunden dejándote en ascuas.

 

Las risotadas de las mujeres inundo el aire del bosque durante horas. Ista parecía una más entre ellas cuando llego a la aldea. El ceño de Curt se relajo al verla llegar. Llevaba tantas horas fuera que se preocupo por si alguno de los que estaban en su contra había ido a por ella. El cadáver de cualquiera de ellos podía quedar enterrado en la nieve y tardar años en encontrarse si es que alguna vez se conseguía. Pensaba en ir a buscarla cuando su risa y su voz llego hasta sus oídos; era un sonido tan distinto… su forma de hablar no llegaba a ser un acento, pero distaba mucho del de su pueblo. “No es más que una chiquilla” pensó al verla llegar con el pelo empapado y enmarañado y los bajos del vestido chorreando igual que el resto de mujeres.

 

-          ¿Qué ha pasado? – la pregunto arrugando el entrecejo cuando llegaban hasta él. La muchacha se acobardo escondiéndose tras otra de las chicas esquivando la mirada. Mientras Korn era amable aunque se equivocara, Curt siempre parecía enojado con ella.

 

-          No la regañes – salió en su defensa la otra muchacha. Los ojos miel y el pelo castaño eran iguales que los de su madre. La hija de Stervara, Sirka, era descendiente de los clanes de la montaña. Su padre hacía años que secuestro a la mujer, y solo le había costado la mitad de su oreja y parte de un dedo, aunque después de tantos años la mujer había dejado de intentar matarle. – Winnet se ha caído de culo al rio mientras lavábamos y al ayudarla a salir nos ha tirado a todas.

 

-          ¡A ver si perdemos un poco de culo Win! – grito otra de las mujeres que iba chapoteando al pasar por su lado camino a su casa. A lo lejos el marido de Winent se reía a carcajadas.

 

-          ¡El culo de mi mujer puede provocar estragos! ¡Por eso tenemos nueve hijos! ¡Y eta noche vamos a por el decimo! – se carcajeaba estrechando a la mujer entre sus brazos.

 

Todos los presentes estallaron en carcajadas. Incluso Curt sonrió sin darse cuenta meneando la cabeza al ver a la pareja. No había dos personas más distintas en toda la aldea. El voluminoso cuerpo de Winnet con sus anchas caderas y su generoso busto no encajaba para nada con el enclenque cazador con el que se había casado. Turck era tan delgado que podía colarse  hasta por donde solo un niño cabía, pero era su mejor arquero y al único al que le confiaría su vida si esta dependiera de una flecha.

 

-          ¿Estás?¿Estas enfadado?. – Curt la observo luchando bajo el peso de la ropa. Sus ojos no le miraban seguían fijos en el suelo.

 

-          Para nada – la contesto revolviéndola el cabello y agarrando el barreño de ropa – pasa a cambiarte. No creo que cojas frio pero será mejor que no vayas con la ropa mojada.

 

La relación entre ambos cambio desde aquel día. Los ojos duros y el gesto hosco del cazador desapareció en el pasado como la nieve que se derretía al acercarse los días de primavera. Korn pronto se dio cuenta de que en aquella nueva familia de tres pronto volvería a ser de dos. Irritado y celoso abandono la casa al alba con su caña de pescar. Se pasaba los días en el rio aunque luego no llevara a casa ni un simple pez. “Ya picaran mañana – le decía Ista cuando su hermano se burlaba por no llevar nada cada noche”

 

La orilla pedregosa del meandro se adentraba varios metros en el bosque. Hacía años que el agua se había retirado dejando a su paso las piedras redondeadas de las que ya no crecería nada. Los pinos y sauces se levantaban a ambos lados como una pared fortificada que le ofrecía protección contra el viento del norte que se empeñaba en soplar con fuerza en aquellos días. Si la primavera se estaba acercando también lo harían las tormentas. Pero aquello no le preocupaba su mente se encontraba embotada por el odio y la ira que le comían las entrañas como lobos hambrientos.

 

-          Te rompería la cara – bufo tirando la caña sin darse cuenta de que no estaba solo.

 

-          Creo que para llevar algún pez es necesario meter la caña en el rio no dejarla tirada – el tono de aquella voz le era tan dulce y familiar como lo había sido el de su madre.

 

-          No tengo ganas de pescar Mysha.

 

-          No será que el pez que quieres ya ha probado otro anzuelo. – La mujer del jefe se arrodillo a su lado con dificultad ya no podía ni sentarse sin sentir los tirones en la espalda. Korn esquivo la mirada de la mujer hacia el otro lado. No quería que le dijeran lo tonto que era. En silencio uno junto al otro se entretuvieron en ver el agua correr corriente abajo arrastrando a algunos salmones. – Tienen buena pinta – susurro Mysha al verlos aletear.

 

La caña voló sobre su cabeza hasta llegar al medio del rio unos instantes después la cuerda se hundió arrastrando a Korn con ella.

 

-          ¡Es grande! – grito el muchacho tensando todos los músculos de su cuerpo. El crujido de las astilla retumbo en sus oídos. Una grieta en la base de la caña se iba ensanchando con la presión. “El golpe” pensó sintiéndose estúpido. La madera se desquebrajo entre sus manos, el pez estaba a punto de escaparse pero sus manos lograron alcanzar la cuerda. Metido hasta las rodillas notaba como la fuerza del animal iba desapareciendo llevándose la suya propia.

 

-          Solo un poco más – oyó susurrar a Mysha que estaba de pie a su lado.

 

Como si los Dioses quisieran que aquel día impresionara a alguien de un fuerte tirón consiguió sacar a la primera el enorme salmón. El animal boqueaba junto a la orilla esperando la muerte que empezaba a cernirse sobre él. Orgulloso Korn no dejaba de contemplarlo. “Pesara unos veinte kilos” pensó y sintió como su pecho se hinchaba. Solo sin más ayuda que sus manos había conseguido sacar a aquel monstruo del rio.

 

-          Devuélvelo.

 

Korn miro a Mysha sorprendido de escucharla. Había sido por ella que se había puesto a pescar y había logrado un pez que podía dar de comer a toda la aldea. Al levantarse iba hacerlo sin dudar pero en vez de eso no toco al pez sino que se volvió hacia ella furioso. Por primera vez en su vida gritaba a alguien que no fuera a sí mismo.

 

-          ¿Por qué? ¿Por qué me has hecho pescarlo para luego devolverlo? ¿Ah? ¿¡Estás loca mujer!? No voy a hacerlo. Lo llevare hasta la aldea aunque sea a rastras. ¡Voy a demostrar que puedo cuidar de mi mismo! – la aleta del pez todavía coleteaba entre sus manos luchando por su vida.

 

-          ¿Y quién ha dicho que no pudieras? – sus palabras le pillaron por sorpresa. – Yo sé que eres capaz de cuidar de ti mismo. Curt y los demás también, él único que no lo sabías eras tú. – Los hombros de Korn se hundieron arrastrándolo hasta el suelo. Vio su propio reflejo desapareciendo en las cuencas opacas del pez.

 

-          ¿Entonces… por qué?

 

-          Quería enseñarte que aun con esfuerzo no conseguirás todo lo que quieras, pero al menos podrás tener el orgullo de decir “lo he intentado”. Has tenido las mismas oportunidades que tu hermano de estar con esa mujer y las has desaprovechado por tu timidez, juventud ó ignorancia, llámalo como quieras. Ahora – señalo al animal – sabes que puedes conseguir más cosas de las que crees.

 

-          ¿Y el pez? – “Aun podríamos comérnoslo”

 

-          A cumplido ¿no te parece? Déjale vivir un poco más. Además desperdiciaríamos la mitad de su carne en el trayecto – le sonrió apoyando las manos en sus riñones.

 

El ruido de lanzas, gritos y el olor a sangre lleno la aldea antes de los esperado. Igual que con los animales la primavera traía consigo caravanas de comerciantes que caminaban de un lado para otro entre el pueblo libre. La nuevos hombres y mujeres que llegaban de paso solían disfrutar de la buena compañía mientras cerraban sus negocios con el sabor de un fuerte vino. Durante dos o tres noches las risas junto a las hogueras se disfrutaban en compañía, el problema venía cuando alguno de los hombres quería disfrutar más de la cuenta. Aquel día amaneció con dos hombres heridos, uno tenía un par de flechas clavadas en el culo y otra que le traspasaba el costado. El viejo Turck había vuelto a demostrar su puntería cuando le pillo intentado forzar a una de sus hijas. Si la joven hubiese querido no hubiera habido mayor problema, pero sus gritos se escucharon incluso por encima de las risas. El otro tomo su último aliento a los pies Curt con el cuchillo clavado en el corazón cuando intento forzar a Ista.

 

“¿Dónde esta la sangre?” pensó mirando a la muchacha. El temor que sintió desapareció al ver el miedo en sus ojos. Tenía las piernas abiertas y el vestido desgarrado. Temblaba como una hoja cuando la cogió entre sus brazos y la dejo sobre las pieles.

 

-          No salgas de aquí – la ordeno.

 

La chica solo pudo asentir. Hasta su voz la temblaba impidiéndola responder. ¿Cuánto dolor podían infligirse los humanos? ¿Ella era humana? Si no lo era porque también lo sentía. Miro como Curt cargaba el cuerpo sobre su hombro. La sonrisa del hombre desfiguraba aquel rostro sucio que la atormentaría. Había entrado en su tienda cuando ella estaba de espaldas cosiendo una de las prendas de Korn. Sintió los pasos y pensó que sería alguno de los muchachos, fue demasiado tarde cuando se encontró de espaldas y con aquel ser encima. El dolor la invadió pero no podía gritar con la mano de aquel monstruo sobre su boca.

 

-          Estas fría, zorrita pero yo te hare entrar en calor – la gimió encima.

 

Después de eso no se acordaba de nada. Todo en su mente se volvía negro, denso. Era como quedar atrapada en medio de la nada y entre toda esa negrura el grito de Curt sonaba a lo lejos. Al seguirle sus ojos al fin encontraron la luz y el rostro congestionado del hombre.

 

Asustada se acurruco entre sus brazos dejando que los minúsculos cristales cayeran de sus ojos. Deseaba que llegara la noche, que el mundo desapareciera, que su familia volviera a casa.

 

Dentro de la tienda los gritos de dolor del hombre pasaron a ser unos quejidos cuando vio el cuerpo de su amigo mientras sus compañeros vociferaban contra los cazadores que se mantenían quietos ante su jefe. Tras ellos una multitud compuesta entre su gente y la caravana se amontonaba por ver lo que sucedía. Los murmullos crecían convirtiéndose en voces. Nadie entendía que había pasado, que demonio se había colado en esa aldea provocando todo aquello. Hasta el momento solo se habían dado pequeñas trifulcas, algunas narices rotas y un par de cortes sin importancia, nada que con un cataplasma y unas vendas no se curase. Pero la muerte era diferente, un mal augurio que podía traer consigo una mala primavera de constantes lluvias y barrizales. Enfermedades y guerras que solo acabarían con la llegada del verano o incluso con la vuelta del invierno. La gente tenía miedo.

 

Poco a poco se impuso el silencio solo roto por los quejidos del moribundo cuando Turck se acerco unos pasos hasta la silla de su jefe.

 

-          Karka que se larguen. – Su voz tranquila por lo general irradiaba una frialdad que pocos conocían mientras sus manos no dejaban de acariciar el arco. Le habían arrebatado las flechas cuando iba a dispararle el tiro de gracia. Un tiro más y ahora estarían ante dos cadáveres.

 

El jefe miro al moribundo e hizo un ademan para que el curandero se acercara. La cabeza calva de un hombre se fue abriendo paso entre la multitud con ayuda de un bastón. Tras unos susurros el hombre asintió y se acerco al herido. Los ojos huidizos no se sorprendieron de las heridas, solo se acaricio la barba examinando al hombre sin tocarle.

 

-          Traedle a mi tienda – ordeno dirigiéndose a los compañeros de este. Uno de ellos, un hombre con vendas en la cabeza no se movió. Dejo salir a varios de sus amigos y el resto se quedaron junto a él. Era un hombre más bien delgado y poco musculado, pero las mujeres decían de él que su mayor virtud era la lengua de los Dioses.

 

-          Exigimos justicia. Si no nos la dais – se quedo mirando a los cazadores – la tomaremos por nuestra cuenta.

 

-          Justicia estáis teniendo. Debería dejar que ese miserable perro rabioso se muriera y sin embargo mi curandero se encargara de él. El cuerpo de vuestro otro amigo será incinerado a la noche.

 

-          Esto no es justicia. ¿Qué pasa con vuestros perros? Esos bastardos los atacaron cuando estaba desarmados. Por los Dioses, Brynd estaba de espaldas cuando ese puerco lo acuchillo por la espalda.

 

-          El padre defendió a su hija. Y… - miro a Curt por un segundo para luego continuar – Y el hombre a su mujer.

 

-          No es delito tomar a una mujer ni siquiera si es por la fuerza, incluso si tienen compañero. Las antiguas costumbres lo permiten – le recordó.

 

-          Puede, pero también las antiguas costumbres permiten defenderse. No importa si lo hace un familiar o la mujer – miro su venda. – Tu ya lo has probado en tus carnes. – Sirka, la joven del pelo castaño y ojos miel había heredado el temperamento de su madre. Solo hacia un par de noche que le abrió la cabeza a un hombre y le clavo el cuchillo a otro cuando intentaron secuestrarla.

 

La antiguas costumbres permitían secuestrar mujeres de otros pueblos para hacer más fuerte la sangre, a veces eran consentidas y otras eran una constante amenaza. Varios hombres habían muerto por ello. Las mujeres del pueblo libre enseñaban a sus hijas a defenderse, a ocultar una daga e incluso las zonas donde una herida era mortal. El norte era duro, sus costumbres barbarás, pero su gente era capaz de sobrevivir a todo.

 

 

 

Los Dioses no estaban dispuestos a hablarle, nunca lo hacían. Y sin embargo Karka acudía a ellos casi todas las noches. Les hablaba durante horas sentado a sus pies sobre la alfombra carmesí que eran sus hojas, sin más protección que su lanza para los animales y su capa para el frio. Desde que se convirtiera en jefe les había pedido ayuda, fuerza y consejo y lo único que le daban era el silencio. Aquella noche no era distinta. La luna seguía igual, en el mismo cielo y rodeada de las mismas estrellas y los Dioses rodeados de todo aquel bosque escondería su respuesta en lo más profundo de sus entrañas.

 

“¡Maldición!”

 

El crujido de las hojas a su espalda le hizo llevarse la mano a la lanza. La punta de piedra corto el aire hasta detenerse sobre la cabeza de su mujer, de ser más alta habría perdido un ojo.

 

-          Por quien rezas – le pregunto haciendo caso omiso de la lanza. Siguiendo su ejemplo el hombre la dejo en el suelo y se volvió hacia el árbol.

 

-          Por nadie. Por todos.

 

Meneo la cabeza impotente. Era su mujer quien le preguntaba y aun así debía callar. Durante la incineración del hombre de la caravana Curt le dijo que ya estaba muerto cuando le apuñalo. No había sangre cuando le saco el arma, ni una gota que manchara el suelo.

 

-          Creo que ha sido ella. De alguna forma.

 

Karka pensó que ella era el demonio, pero su viejo amigo negó con la cabeza. Le insistió en que solo era una cría asustada que le espero durante toda la noche despierta, acurrucada entre sus pieles sin poder dormir. El jefe del clan miro a los ojos del árbol corazón y agacho la cabeza. Pidió que le mostrara la solución, el camino, la respuesta a aquella muchacha, pero aquellos ojos rojos se mantenían quietos e inexpresivos.

 

“Los Dioses se ríen de mi”

 

 

 

Con el paso de las semanas ajena a todo Mysha se presento en casa de Curt. La enorme tripa que portaba lo que esperaba que fuese el próximo jefe del clan abultaba tanto que la mujer se sentía más torpe de lo normal. Sin mediar palabra Curt le señalo la silla con el almohadón que había sido de su hermana y la joven madre se sentó.

 

-          Al grano – le espeto el hombre sin dejar de tallar la madera – luego tengo partida de caza. Vince a oteado un grupo de ciervos que se dirige hacia el sur.

 

A pesar de ser la esposa del jefe Mysha no pudo más que sonreír. El niño del que se enamoro había crecido hasta convertirse en todo un cazador, pero seguía igual de torpe con las mujeres. Todavía sonreía con tristeza al acordarse de cómo la secuestro sin que sus hermanos pudieran evitarlo. Era la única hija de su padre y la más pequeña por lo que la protegió más que a ninguno de sus otros hijos varones. Y aun así no pudo evitar que se marchase voluntariamente con él. “Curt era Curt” No solía pensar en el pasado de ambos, no cuando ya había quedado tan atrás. Hacía años, antes de tener a su pequeña, si se había preguntado que hubiese ocurrido si se hubiera negado a apartarse de su lado, si hubiese sido lo bastante fuerte como para enfrentarse a su padre cuando la caso con el hijo de su primo, Karka. Acababa de secuestrarla cuando al día siguiente recibieron la noticia de la muerte del padre de Curt. Ella quiso quedarse a su lado, pero él la hecho. “¡Debo ocuparme primero de mis hermanos! ¡No tengo tiempo para ti! – la grito empujándola de su lado para siempre”

 

-          ¿Cómo van las cosas? – susurro cambiando la postura para no hacerse daño en la tripa.

 

-          ¿Cómo quieres que vayan? Tengo a una Diosa o a un Demonio, depende de a quien preguntes, viviendo en mi casa. Y un hermano pequeño que se pasa el tiempo holgazaneando, pescando o con alguna chica. – Sonrió. – Creo que pronto secuestrara a la hija de Dalla.

 

-          Ebe, la chica rubia de ojos azules. – Curt asintió. – Apunta alto ese mocoso.

 

-          Si. – Las esquirlas de madera volaron al suelo cuando soplo. – Desde hacer unas cuantas semanas parece otro.

 

Mysha sonrió y cerró los ojos. Se encontraba tan cansada en los últimos días que incluso ir de una tienda a otra le era tan fatigoso como un día de colada.

 

-          Te ves hermosa. Los embarazos te sientan bien – la mujer le miro frunciendo el ceño pero soltó una carcajada. Podía notar bajo aquella maligna burla el tono cariñoso de su viejo amigo.

 

-          Tu también te ves diferente – Curt levanto los ojos del cuchillo. – Te gusta la extranjera.

 

-          No la llamas Diosa o Demonio – intento cambiar de tema, pero su vieja amiga se adelantaba a cualquiera de sus pensamientos.

 

-          No. Prefiero llamarla extranjera. ¿Pero tú como quieres llamarla?

 

-          Mysha te estás adentrando en tierras movedizas. – Su voz podía sonar amenazante cuando se levanto, pero la mujer del jefe ya estaba de pie esperándolo. Era una cabeza más pequeña que él pero su sombra parecía más grande.

 

-          Esa chica cuando llego podía parecer una niña o comportarse como una. Ya no. Y muchos se han dado cuenta. No olvides el fuego que consumió a aquel hombre.

 

-          ¡Basta, mujer!

 

-          ¡Tu veras lo que haces, Curt! Pero no quiero problemas entre nuestra tribu – le amenazo alargando el dedo. Era un gesto tan antiguo para ella como lo era chuparse el dedo para un niño pequeño. El cazador solo evito mirarla hasta que se marcho fuera de su tienda.

 

 

 

Los gritos les precedieron incluso metros antes de verlos. El alba recortaba sus sombras contra los últimos resquicios de la noche. La gran partida de caza había salido hacia más de dos semanas cuando el oteador les había avisado de la manada de ciervos que emigraba hacia el sur. Tras ella vendrían los renos y alces, y algún que otro oso que buscaría comida al norte del rio durante la época del salmón. En aquellos meses podrían cazar tantos animales como pudieran para los próximos meses. Pronto tendrían que levantar el campamento para seguir sus huellas mucho más al sur, aquella era la vida de los nómadas. Casi todos sus vecinos se habían asentado en un lugar y hecho de él sus tierras, pero ellos seguían el ritual de su antepasados. “No hay más hogar que toda la tierra” era la tradición que recordaban y a la que se aferraban.

 

-          ¡Ya vuelven, ya están aquí! – gritaban los niños entre las casas alertando a las mujeres.

 

La mayoría de ellas, las que estaban casadas o tenían muchos hijos pequeños, se quedaban cuidando del hogar mientras que el resto se adentraba en los bosques. El resto solía marcharse para disfrutar de aquella gran festividad. No había nada más excitantes para los jóvenes que sus primeras cacerías, después para los hombres se volvía un trabajo más y las mujeres se cansaban de tanta sangre. Las más ancianas sonreían al recordar su juventud y como luego despotricaban contra ella. “Si se llega a saber ninguna iríamos nunca – se decían unas a otras cuando después de los tres primeros días te cansabas del olor de la sangre en el pelo” Aun así el día que regresaban era toda una festividad. Armadas por si acaso con las lanzas y arcos no los dejaban caer al suelo hasta que no reconocían a sus hombres. Los gritos y risas impedían cualquier otro sonido, incluso acallaban el ruido de las armas cuando caían al suelo. Varias mujeres se lanzaron a la carrera al reconocer a sus hombres, entre ellas Ista. No sabía porque pero llevaba tantos días de malhumor que no hacía otra cosa que ir al bosque para ver si había algún indicio de que la partida llegara. El mismo día que Curt partió, Korn también lo hizo. La noche anterior propuso hacer una partida de pesca y varios hombres se apuntaron.

 

-          Contra más tengamos para comerciar mejor. Tenemos pocas verduras y mucho menos hierro porque los sureños son muy avaros, pero ellos no pueden conseguir pescado, al menos no salmones, ni lubinas como las de esta tierra.

 

Al final el jefe cedió. Su pueblo nómada no se podía permitir el lujo de perder una fuente de ingresos. Al amanecer ambos grupos bromeaban esperando al resto de su partida. El jefe era uno de los últimos que solía llegar.

 

-          Que se te de bien la pesca, hermanito – se despidió apretando con fuerza el hombro del muchacho. En solo unas semanas había dejado de ser un niño para convertirse en todo un hombre. Jamás tendría su físico, ni las manos habilidosas de su otro hermano para la madera, pero su mente era la más vivaz de todos ellos. “Y además pesca” se dijo.

 

-          Tranquilo ya aprendí a pescar en aguas profundas. – Tras él una muchacha rubia de grandes ojos le golpeo en la cabeza mientras iba dirigiendo al resto hacia la zona norte del rio, al nacimiento de las montañas. – Nos vemos hermano – se despidió corriendo tras la chica. - ¡Espera, Ebe, mujer! ¡Solo era una broma! – fue lo último que escucharon al perderse el grupo. 

 

Su despedida con Ista fue más amarga. La joven no entendía porque se marchaba tanto tiempo y no la llevaba. “No sabes cazar, es más ahuyentas a las presas – la chica esquivo la mirada sabiéndose culpable. – Te quedaras y ayudaras al resto” Sus ojos le persiguieron hasta desaparecer dentro del bosque.

 

Pero por fin la dos semanas habían pasado y ya estaban allí. Ista no sintió tocar la nieve mientras corría, ni siquiera cuando perdió el zapato. Ante ella solo estaba él. Quieto con la frente sudorosa por tirar del carro con ayuda de los bueyes. No la miraba. Hablaba con alguien mientras palmeaba la espalda del animal y reia a carcajadas, una risa cansada pero llena de felicidad. Cada vez estaba más cerca y había más hombres que se interponían. A derecha y a izquierda mujeres que ya se abrazaban con sus amigos y familiares y niños que sonreían desde los hombros de su progenitores y solo un poco más adelante…

 

-          ¡CURT! – grito con todas sus fuerzas tirándose hacia sus brazos. La sorpresa del hombre solo duro una fracción de segundo. Abrió los brazos y sintió aquel delicioso frio recorrerle. Todo quedaría ahí si no fuera porque de puntillas las muchacha se elevo hasta tocar sus labios. – Te echaba de menos – susurro dejando descansar la cabeza sobre su pecho.

 

Sin saber que decir la voz de Mysha se impuso sobre el bullicio salvándole. Tan pequeña como era subida a uno de los primeros carros parecía toda una líder. Bajo ella su marido la sonreía cubierto de sangre y agotado tras la partida. Apoyaba todo su peso sobre la lanza que tenía clavada en la tierra. Alrededor la sangre manchaba el suelo creando un barro rojizo. La caza había sido tan buena que hasta hacia pocas horas las flechas y lanzas no habían dejado de surcar el aire. Cuando los carros se llenaron los obligo a parar. “Cazar nos da la vida. Pero el control de lo que cazamos nos permite mantenerla – tuvo que gritar para que los más jóvenes entendieran la importancia de sus palabras” Ahora allí frente a todos se sentía tan cansado como el resto.

 

-          ¡Escuchad a mi mujer! – vocifero haciendo callar a los más cercanos que fueron impusiendo el silencio. Ista se dio la vuelta todavía entre los brazos de Curt que no la soltaba, se veía incapaz de hacerlo como si estuviera pegado a ella.

 

-          Bien. Los que estén sucios y apestosos a bañarse, es decir, ¡TODOS! – las risas no se hicieron esperar cuando amenazo a unos cuantos que bromeaban sobre seguir así hasta el día siguiente. Cuando las risas pararon se volvió hacia el resto que se habían quedado allí. – Seleccionar unas cuantas presas para esta noche y las demás a los barriles. Luego a las bañarse y vosotras – miro a las mujeres – ¡Chicas a cocinar que esta noche engorden como oso perezosos! – vocifero dejando que su esposo la bajase con cuidado al suelo. – Y tú – le señalo con el dedo – ya puedes ir recuperando fuerzas que esta noche ni los Dioses te libraran de mi.

 

-          Nos vemos luego – se despidió Ista deshaciéndose de los brazos de Curt.

 

Al verla marchar entre el resto con su pelo blanco platino deslizándose con el viento pensó en las muchas noches que se había dormido soñando con ella. Las palmadas de sus compañeros le devolvieron a la realidad, aunque seguía notando los brazos entumecidos, hasta los labios los sentía dormidos.

 

-          Vamos camarada. Todo en esta vida cuesta y esta noche tendremos nuestra recompensa.

 

A pesar de ser el jefe Karka se comportaba más como un simple miembro del clan. Siempre solía bromear con que la jefa era su mujer y más de uno le daba la razón. Pero esta vez sus palabras se le clavaron. Curt le seguía sin saber a donde sus pies le llevaban, su mente estaba en aquella noche.

 

El vino y la cerveza corrían como el agua entre los adultos mientras los niños disfrutaban del agua con limón que habían preparado las más ancianas para ellos. Pronto tendrían que intercambiar mas pieles por barriles de cerveza y frutas de las zonas más cálidas pero la noche lo merecía. Al caer el sol varios hombres cargaron con las enormes presas que se habían estado cocinando durante toda la tarde y gran parte de la noche en los hornos de piedras. La grasa goteaba haciendo la boca agua y la carne de los animales se desprendía con solo mirarla. Un enorme oso, dos renos pequeños y grandes pescados se disponían sobre la mesa acompañados de un guiso hecho con las carnes que quedaban de la caza anterior, bellotas, tubérculos del bosque y todo lo que encontraron. Varias mujeres habían encontrado además zanahorias y patatas, y los más pequeños los sorprendieron trayendo bayas y manzanas acidas, tan pequeñas que podían coger dos con una sola mano, varias mujeres aportaron la última harina que quedaba en sus hogares para hacer pastelitos. Era un banquete del que no quedarían ni las sobras, pero que les duraría días.

 

-          No es un despilfarro – consiguió decir Ista al ver como siempre habían tenido cuidado con lo que comían. A su lado Mysha estallo en carcajadas. Ambas mujeres se habían sentado alejadas del banquete por distintos motivos. La mujer del jefe sentía nauseas tan solo con oler la cocina y ella, bueno, comía más frutas y vegetales que otra cosa.

 

-          Pronto nos marcharemos. Dos o tres días hasta que acabemos con este despilfarro – la sonrió. – Nuestras reservas de viaje no se han tocado por eso es que la gente esta tan feliz. ¡Hay comida! Y el hecho de haber pescado tanto nos ha beneficiado. Partiremos hacia el sur y pronto tendremos más frutas y verduras que nunca. O eso intentaremos. Los sureños son muy raros, demasiado… rectos. Y ese nuevo líder no me gusta. Ataca como los huargo con calma y sigilo, y eso no me gusta. – Ista pudo notar como la preocupación iba tiñendo el semblante de la mujer. Ser la esposa del jefe era más de lo que parecía a simple vista.

 

La noche brillaba con bajo los cien fuegos que alumbraban la aldea. Cada uno de ellos lo mantenía unos cuantos niños que jugaban en torno a las llamas mientras los mayores disfrutaban. Varios hombres tocaban tambores al son de las palmas incitando a bailes que nadie sabía bailar. Una muchacha recién secuestrada arrastro a su hombre hasta una de las hogueras centrales. Al compas del fuego y la música rodeaban las llamas hasta que varios más le seguían. Sentada, alejada de ese calor, la joven de los grandes ojos azules como el hielo miraba ceñuda el fuego. Su mente volaba buscando respuestas que nadie parecía poder darla. ¿Quién era?¿De dónde venía?¿Podría tener una familia como Mysha? Todas preguntas que no podía decir en alto. Una vez pregunto por su pasado y solo el silencio la respondió. Mysha fue incapaz de darle una palabra y por primera vez entendió porque se respetaba a Karka a pesar de no ser el mejor de los jefes.

 

-          No sabemos cuál es tu pasado. Puede que nunca lo averigües – la levanto el rostro cuando ella lo agacho – pero tu futuro te pertenece.

 

Desde entonces su mente había divagado entre sus pensamientos. ¿De dónde venía? No lo sabía. ¿Dónde quería estar? Allí. Pero ¿Por qué? Y entonces cuando él se marcho empezó a comprender algo a lo que ahora podía darle nombre. Viéndole bailar allí junto a otras mujeres, ebrio por el liquido rojo que bebía, quiso gritar, gritarle hasta quedarse afónica. Sin embargo solo pudo esconder la cabeza entre las piernas hasta dejar de sentir como los cristales salían de su ojos.

 

Su cuerpo se balanceaba de un lado para otro. Bajo ella notaba los fuertes músculos de alguien que la llevaba colgada igual que un saco. Abrió los ojos pero solo vio oscuridad. podía escuchar el suave ritmo de unas piernas bien contorneadas hacer crujir la nieve. Ciega como estaba no podía ver las grandes zancadas dejaban sus huellas en la nieve a través del bosque inmutable. Alzo la cabeza para intentar quitarse la venda o al menos intentar descubrir donde estaba por su olfato pero todo olía dulzón, como el vino rojizo que se había estado sirviendo en la fiesta. Intento quitarse de nuevo la venda para ver si podía ver los arboles, pero nada. Se maldijo por ello. Si pudiera ver algo, lo que fuera. Sabía que robles crecían más anchos cerca del este, los pinos crecían más hacia la parte norte y varios sauces se aglomeraban buscando las aguas del rio, pero dentro del bosque, en lo más profundo todo era igual. Asustada por primera vez intento gritar y chillar pero algo se lo impedía. Pataleo golpeando las piernas del hombre y recibió un cachete en el culo, más sorpresivo que doloroso, y por fin escucho su voz.

 

-          Tranquila. No me obligues a darte otro cachete – se burlo.

 

Aquel sonido, su tono de voz, lo reconocería en cualquier parte. Era Curt. Ya no le importaba la mordaza ni que la cogiera de aquella manera. Solo esperaba ver a donde la llevaba.

 

La cueva estaba semiescondida entre una gruta. Los nómadas como él estaban acostumbrados a buscar aquellos paraísos ocultos donde poder disfrutar del calor de verdad. Aquel lo había encontrado durante la cacería, al perseguir a una presa hasta la boca misma de la cueva. Solo por eso guardo el arco dejando huir al animal. “Un favor por otro” pensó la primera vez que la exploro. Dentro de aquella cueva la tierra se abría dejando salir un agua tan caliente que no necesitaba de fuego para hervir, cada cierto tiempo se podía escuchar un burbujear que salía hasta la superficie. La condensación formaba nubes de vaho que sobrevolaban el techo calentando las paredes rocosas haciendo ondular el aire.

 

Ista comenzó a sudar nada más llegar a la entrada. Fuera lo que fuera que había allí dentro la provocaba calor, mucho calor. Al entrar escucho como los pasos de Curt pasaban de ser suaves a entrechocar con la dura roca. De un ligero movimiento la dejo en el suelo, pero al llevarse las manos a las vendas el cazador se lo impidió.

 

-          Estate quieta ¡entendido!. – Su voz sonaba grave, seria. Ista obedeció temiendo haber hecho algo mal.

 

Ciega el resto de sus sentidos estaban más alerta, o así lo sentía. Podía oler por donde caminaba Curt sin ni siquiera verle y sentir hasta el mínimo roce de su piel. Sus pasos sonaban por la estancia, se había alejado dejándola sola por unos instantes. En ese momento podría quitarse las venda para saber donde estaba, pero se mantuvo quieta, a la espera. Por fin las manos de Curt la rodearon por la cintura. Notaba su calor entumecido por su propio frío. Con mano experta desato los nudos que cerraban su túnica por el lateral y se la quito. Cualquier otra se hubiera sorprendido al encontrarse como en el día de su nombre, pero para ella que había pasado toda su vida desnuda era volver a la normalidad. Llevar ropa la incomodaba tanto como a otros verla desnuda. El tacto de la ropa sobre su piel la provocaba calor, y asfixia; prefería caminar desnuda, ligera por la nieve. Los labios de Curt sobre sus hombros la hicieron volver de sus pensamientos. Cuando le quito la venda se encontró con el joven cazador tal y como le había visto muchas veces en el rio. Solo conservaba su brazalete, el resto yacía lejos de él junto a una mochila que ya debía estar allí. Lo ojos de la joven le miraron y el sonrió.

 

-          No sabes nada, Ista

 

 

 

Sentada sobre su silla de cuero la Reina recordaba con todo detalle las grietas del techo de esa gruta; las recordaba mejor que el rostro de Curt. Muchas veces pensó si aquello era lo que los hombres llamaban amor o simplemente había sido una consecuencia más de sus actos producidos por su existencia. Clavo las uñas en el cuero al recordar sus palabras. “No sabes nada” Había pasado una eternidad y seguía sin entender aquellas palabras..

 

-          Solo fue un acto más – susurro haciendo pequeños agujeros en la dura piel.

 

Todo lo que los humanos le habían enseñado era odio, mentiras, un mundo ilusorio que podía cambiar de la noche a la mañana. Pregonaban el perdón pero se deleitaban con la muerte, con el dolor. Eso es lo que le ofrecieron. Un mundo de sueños perfumado de vida que ocultaba la realidad, el olor de la muerte, de la decadencia, de su final.

 

-          Sé una cosa, Curt. Los humanos sois la enfermedad del mundo – siseo.

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