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Nieve por yuukychan

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Notas:

Nuevo capitulo

Escondida tras la esquina de la cueva Arya observaba el rostro enmarcado de la Reina. Algo que no deseaba recordar debía estar atormentándola demasiado como para dejar ver aquella mueca de dolor. Ajena, estaba a punto de volver a la habitación cuando el resoplido de la mujer la detuvo.

 

-          Al menos ten la decencia de esconderte mejor cuando estés espiando. – Los pasos de Arya resonaron contra el suelo haciendo eco en las paredes, tenía el andar de los caballeros ruidosos del sur en opinión de la mujer que la esperaba rascando pacientemente el cuero con la uña de su dedo. Cuando llego a su lado la vio cubierta con una gruesa capa de piel de ciervo, ajada y mugrienta después de una eternidad sin usar. – Ni siquiera sé cuando obtuve esa piel – pensó en voz alta acariciando el bajo de la capa.

 

-          Si no lo sabéis vos – la respondió la chica loba sentándose en la silla que le ofrecía la Reina. – Por cierto – se sentó – no os espiaba. Deseaba salir, pero parecíais muy… ocupada – matizo.

 

-          Los recuerdos son las armas de la mente. Si son buenos son como la caricia de un amante – susurro mirando a la chica directamente a los ojos. – ¿Sabes lo que quiero decir? Esas caricias que te elevan hasta alcanzar a los mismos Dioses. – La muchacha no la contesto; solo la miro con aquella sonrisa burlona dejándola continuar. “No se avergüenza tan fácilmente. Ni siquiera se ruboriza” pensó devolviéndola la sonrisa mientras cruzaba las piernas. – En fin, esos recuerdos son los mejores. Pero los malos son como…

 

-          Las espadas de acero Valyrio. – Esta vez fue Arya quien se la quedo mirando. Si la Reina buscaba en ella un sonrojo, un desvió de mirada, cualquier gesto de debilidad ella la desgarraría hasta llegar al miedo.

 

-          Cruel. Muy cruel – susurro la mujer echando su cuerpo para atrás instintivamente. Ante ella ya no veía a una chiquilla, si es que alguna vez tuvo esa sensación. Veía a una loba cuyos dientes eran capaz de desgarrarla hasta el alma si se lo permitía.  – Pero si. Tienes razón. Son tan dolorosos y mortales como el acero Valyrio. – El tono de su voz parecía casi humano cuando se levanto. Acaricio ensimismada a la mujer del mural que la representaba deseando poder arrancarla con sus propias manos.

 

-          Los recuerdos son recuerdos. Ya no te pueden hacer daño – soltó con desprecio la Stark levantándose de golpe.

 

Había sentido admiración por aquella mujer, por su poder, y ahora solo veía una simple dama que se sentía indefensa. “Débil. – Aquello la enfurecía, pero no podía demostrarlo no cuando el tiempo no estaba de su parte. – Solo un poco más y Gendry estará fuera de su alcance al salir el sol. Y Jon… - apretó los puños – solo aguanta un poco más”

 

-          Pero… no he podido dejar de escuchar. Dijisteis que los humanos somos la enfermedad del mundo. – La Reina asintió. – Entonces porque ansiáis nuestra compañía.

 

La ira brillaba en aquellos ojos azules cuando se volvieron para mirarla. Había dado en un punto débil, uno que la dañaba y no lo dejaría hasta destrozarlo. “Las palabras pueden herir tanto como las espadas” le había dicho alguna vez el hombre bondadoso mientras la enseñaba, pero no le creyó, no hasta que lo probo en su propia piel. El dolor que provocaban era más duradero y cortante que el filo de cualquier arma y la niña abandonada se lo enseño en el templo.

 

-          ¿Quién eres? – la pregunto. Era su juego favorito, se notaba que lo disfrutaba. Sus ojos se lo decían cuando ella así lo deseaba.

 

-          Nadie.

 

-          Mentira. – La bofetada se marco en su mejilla. - ¿Quién eres?

 

-          Nadie.

 

-          Mentira. –  Así se podían tirar horas. Apenas sentía el lado derecho cuando comenzó por el izquierdo. - ¿Quién eres?

 

-          Nadie.

 

El juego se alargo hasta el punto de que la carne la escocía y las muelas le dolían, un pequeño reguerito de sangre caía de su boca sin que ella demostrase ningún tipo de dolor. Su rostro se mantenía inexpresivo. “El dolor se reflejara en mi cuando yo lo decida. Yo controlo mi rostro” se repetía una y otra vez. Aquella lección si la tenia aprendida.

 

-          ¿Quién eres? – la oyó decir.

 

-          Nadie.

 

-          ¡Patética! – La voz de la niña la pillo desprevenida esperaba un golpe. Enfoco su mirada y vio el desprecio en los ojos de ella. – Eres patética e insulsa. No me extraña que quieras se Nadie. Para ser una dama de alta alcurnia dejas mucho que desear. Tienes un rostro vulgar, feo. Ni una campesina criada entre el fango tendría peores modales que tú y si no fuera por esas tetas que te están creciendo pensaría que eres un chico. Aunque ni para eso vales. Un hombre tendría más agallas, más valor. Un autentico hombre habría entrado en la torre a rescatar a su madre sin impórtale la muerte, se habría enfrentado al rey Jofrey por su padre o por lo menos hubiera salvado al hijo del carnicero. ¡Tú solo eres una decepción! ¡Nadie lloraría tu muerte! Ni siquiera Jon.

 

El golpe resonó entre las paredes del templo. Arya no supo en qué momento su mano se levanto hasta acariciar la mejilla de la niña. Al rozar su piel su mano se cerró en un puño que la derribo. La sangre manaba del labio cortado de la chiquilla pero de sus ojos no caía ni una sola lagrima. Por el contrario una sonrisa se formo en ellos.

 

-          ¿Todavía crees que eres Nadie? – la mofa en su voz era más de lo que la loba podía soportar. Estaba a punto de lanzarse contra ella cuando la voz del hombre bondadoso resonó.

 

-          ¡Detente!. – Arya se volvió. – Te lo advertí. Las palabras dejan marcas más profundas que las espadas. Ahora sigue practicando.

 

 

 

“Sigue practicando” se repitió. Los ojos de la Reina la observaban como dos glaciares cuando volvió a sentarse, con una sonrisa de medio lado la invito señalando el butacón. La Reina tomo asiento más su rostro mostraba una desconfianza que no le era desconocida a la pequeña loba. La mujer se sentía como una presa acorralada contra un desfiladero. Hacia arriba solo cuervos que la sacarían los ojos, hacia abajo lobos que la engullirían y ante ella unos ojos que la destrozarían.

 

“Mi futuro, mi pasado y mi presente. Da lo mismo. Todo acaba en muerte”

 

-          ¿Quieres saber porque me acerco tanto a los humanos? – Arya se encogió de brazos. – Porque desee ser una de ellos. Desee tener una familia, amigos, un hogar. Desee creer una familia y ellos solo me dieron la muerte.

 

 

 

La infancia quedaba tan lejos, como un sueño duradero del que por fin se había despertado. El viejo árbol corazón nunca le había enseñado que eran los hombres, o las mujeres, que hacían o sentían. No había conocido más sentimiento que la curiosidad y esa le había llevado hasta donde estaba. Junto a la cama de Mysha agarraba a la mujer que la clavaba las uñas sin llegar a romper su piel.

 

-          Tienes la piel de hielo – bromeo la mujer con los ojos febriles por el parto antes de que el dolor le desfigurara la cara. La arrugas que el tiempo había formado en su piel se acentuaban con cada espasmo de dolor, el cabello ya le clareaba y varios mechones grises lo adornaban.

 

Las mujeres revoloteaban a su alrededor asegurándola de que aquello era lo más normal del mundo. Agua, mantas, vendas, sabanas, cualquier cosa que se la pudiera ocurrir aparecía en la habitación sin saber que uso podría tener. Unas a otras se gritaban preguntando por la comadrona, pero nadie tenía respuesta y la mujer del jefe no podía durar mucho más. La fuerza se escaba con cada espasmo.

 

Las cortinas chirriaron por el hielo. Una anciana de manos enjutas abrió la tienda de par en par dejando entrar el frio de fuera. Cuando paso tras ella se podía ver la cara angustiada del jefe caminar de un lado para otro.

 

-          Igual que un primerizo. ¡Y tu, moza! Ya es el cuarto para que me vengas con tanto cuento. – La anciana hablaba enérgicamente a pesar de su edad. Se lavo las manos en el barreño que le traían dos mujeres nerviosas como palomas. – ¡Anda que vosotras par de inútiles! – las vocifero cuando derramaron parte del agua – id a calentar más. No vale para nada pero al menso así no molestareis. – Sus ojos se posaron en los de ella. Eran tan pequeños y grises que parecían motas de polvo en su rostro. - ¡Tú! – la señalo – a ver cómo eres de inútil. Agarra sus manos y cuando yo diga que apriete oblígala. Me da igual lo que hagas solo hazlo ¿entendido? Solo estoy rodeada de inútiles – resoplo.

 

No estaba segura de poder hacerlo, pero a la primera señal la enderezo todo lo que pudo. Entre gritos y maldiciones Mysha empujaba hasta perder las fuerzas. Una y otra vez hasta que su cuerpo cedía.

 

-          Estas muy vieja para seguir pariendo niños. Dedícate a cuidar de tus nietos si tantas ganas tienes de limpiar pañales. – A pesar de los insultos la preocupación se reflejaba en las arrugas de la mujer. - ¡Tú, estúpida! – grito a una muchacha atemorizada que se escondía en la esquina. – Haz algo y tráeme el cuchillo. Si no sale por el coño saldrá por la barriga.

 

Ista perdió las fuerzas por un momento mirando el rostro congestionado de Mysha. Si la anciana la abría moriría seguro. Pocas mujer sobrevivían, y menos cuando había pasado de los cuarenta.

 

-          Anciana…

 

-          Lo sé, niña. Pero si hay que decidir lo tengo claro. Si el niño no sale morirá.

 

-          Pero…

 

-          Es el precio de la vida. El precio por ser madre – la miro había escuchado hablar de la Diosa que vivía entre humanos. Un ser tan eterno como el mundo. Suspiro. – Tu no lo entenderías.

 

La chica que volvió con el cuchillo apenas podía caminar. Su cuerpo temblaba como una hoja al entregárselo a la vieja.

 

-          ¡Largaos! – las hecho sin miramientos.

 

El camino a su tienda se la hizo eterno. Sus pasos se hundían en la nieve como nunca lo habían hecho. Sentía todo el peso del mundo sobre sus espaldas. Tenía miedo por Mysha, por el niño, por Karka y a la vez sentía una enorme envidia por ellos.

 

“Si hoy muere puede que su hijo viva. Su… hijo – se mordió el labio. Llevaba más de quince años viviendo con el pueblo nómada de Curt y Korn y aun así… se rozo el vientre. Nada. allí dentro no crecía nada. Curt no le daba importancia. No necesitaba hijos, ya sabía que era ejercer de padre le decía pero ella. – Yo… si quiero – volvió acariciarse el vientre – quiero tener un hijo. No me importa pagar el precio”

 

La luz del fuego resplandecía en las llamas de su hogar haciendo que los cristales de su ojos brillaran dándoles un toque rojizo. Al verla Curt se levanto preocupado. Aquella mañana se había levantado antes del amanecer con los gritos de Mysha.

 

-          ¿Mysha?

 

-          No lo sé – le abrazo – pero la vieja estaba pensando en cortarla el vientre.

 

Curt asintió. Entendía la preocupación por aquella técnica. La muerte era casi segura; seguramente en unos minutos alguien iría a buscarlo. Se necesitaría mucha leña para la pila de la mujer. “Dioses” Una lágrima se derramo por su vieja amiga. Los recuerdos de la joven que fue se arremolinaban en su cabeza como un fantasma del pasado. Recordaba la tarde en que la secuestro delante de su hermanos. Eran dos idiotas tan inteligentes como los osos, e incluso se parecían a osos con todo aquel pelo y esos brazos tan anchos como ramas. Rompio la nariz a Sven que era tan alto como él y casi le parte la rodilla a Beow con el garrote que llevaba. Después de aquello Mysha se hizo la difícil lo justo como para dejarle un par de moratones, los mismos que por la noche estaba besando. Fue con ella con quien se hizo hombre y con la que hubiera compartido el fuego de su hogar si su padre no hubiese muerto.”Tal vez si no…” Sacudió la cabeza. Aquello era el pasado que debía dejar enterrado bajo la nieve del invierno.

 

-          Hay que pensar en el niño.

 

Ista le agarro con fuerza clavando las uñas en su túnica antes de empujarle. Al mirarla Curt retrocedió. Los ojos azules parecían casi blancos.

 

-          ¿Mujer?

 

La rabia ascendía por su cuerpo invadiéndolo como un veneno. Todos aquellos años se le venían a la cabeza. Había visto más cuatro generaciones y de ninguna formaban parte porque él no había querido. ¡Él!  Los puños se le cerraron impotentes agarrando los bajos de su vestido; quería llorar, sentir aquel dolor que le provocaba los diminutos cristales hasta quedarse vacía de cualquier sentimiento y no pudo, simplemente sus ojos seguían secos. En vez de eso algo en su pecho se hincho, como un ardor que le subía por la garganta hasta llegar a la boca. Cerró los ojos y se dio la vuelta dispuesta a irse, a dejarlo estar. “Después de toda una vida – suspiro por dentro. Penar en ello la irritaba más. – Dioses os lo ruego que no me diga nada o…”

 

-          ¿Ista, mujer?

 

“No respondo de mí” chillo su mente.

 

-          Te preocupas por los hijos de los demás. Siempre te aseguras de que los niños de Korn estén sanos, que los nietos de la vieja Winnet y Turck estén bien cuidados, que el propio hijo de Mysha sobreviva y los nuestros. ¿¡Por que nunca te has preocupado por los nuestros!? Quería un hijo, Curt. ¡Lo quiero! En todos estos años jamás te he pedido nada excepto un hijo. ¡Un hijo! – por fin las lagrimas acudieron a sus ojos dejando caer los cristales. Los gritos se convirtieron en susurros. – He atendido el hogar y lavado tus prendas, te he cuidado cuando enfermabas y cazado contigo por el bien del resto. He sonreído cuando eras feliz y aguantado tus días de malhumor lo mejor que he podido y a cambio solo te pedí una familia. – El torrente de cristales la nublaban la vista. Sentía una presión en el pecho que no era capaz de controlar. Ya no. Cayó de rodillas con la cabeza gacha; se encontraba agotada.

 

-          Si no los hemos tenido es porque simplemente no hemos tenido esa bendición. Por favor… – intento calmarla pero el frio de su piel era más bajo que nunca. La mano se le entumeció incluso centímetros antes de tocarla.

 

-          Mientes. – Curt retrocedió ante la frialdad de esa voz. – Mientes – volvió a repetirle. – Mysha me lo conto. Si no derramas tu semilla en mi jamás nacerá un hijo. – Agacho la cabeza impotente. Se sentía engañada, utilizada. Todos aquellos años creyendo que la quería. Apretó los puños rabiosa y le enfrento. – ¡Quiero un hijo, Curt, y estoy dispuesta a pagar el precio!

 

Las pieles bajo su espalda le recibieron con un golpe seco. Sobre él las manos de Ista se movían rápidas deshaciendo los nudos que la molestaban. No tenía escapatoria. Al sentarse sobre él lo último que sintió fue el frio adentrándose en su cuerpo. “No me equivoque ella le mato – lo sintió salir. – Así lo mato” fue su último pensamiento antes de desvanecerse.

 

-          Curt ya está – le llamo Ista cuando sintió que habían acabado. Le llamo varias veces y golpeo suavemente, pero el hombre yacía sobre el suelo congelado al tacto. Sus ojos no se movían y su pecho no respiraba. - ¿Curt? – le llamo de nuevo, pero ni siquiera salía aliento de sus labios. – ¡Dioses que he hecho; tengo que avisar a Korn!

 

Se levanto pero sus pasos solo la llevaron hasta la puerta. Si avisaba a alguien que les diría. ¿Cómo se lo explicaría? Miro sus manos. Seguían igual de blancas y perfectas como el día en que llego. Ella seguía igual mientras el mundo cambiaba. Era un monstruo y el cadáver de su compañero solo lo demostraba. Toco su vientre. Estaba dispuesta a pagar el precio, pero no era este. La vieja le había dicho que era su vida. ¡Su vida!

 

“Tengo que… El árbol corazón. – Tantos años sin acordarse de su primer hogar y ahora solo pensaba en regresar. – Perdóname, pero no… me entenderán – le dijo al besarle por última vez en los labios”

 

 

 

El sol del atardecer le descubrió junto a los arboles corazón. Rezaba como siempre aunque ya no buscaba sus palabras, solo les rogaba por la vida de su mujer. Al ver a la joven entrar con el viejo cuchillo su cuerpo se derrumbo. Mando a sus hombres a por leños para hacer una pira como era su obligación, pero sus pies le llevaron hasta sus Dioses. De rodillas ante ellos se sentía tan impotente cómo lo había estado ante la tienda. Le faltaba hasta el aire para hablar con ellos.

 

-          Por favor – logro empezar – por favor os lo ruego. Permitidla vivir. Es una buena mujer. Os ora con regularidad y os honra en todo momento. He sido yo el que ha dudado. El que se sentía engaño por vosotros y traicionado. El que pensaba que erais monstruos sin corazón. Os lo suplico demostradme….

 

Los gritos de su hijo le interrumpieron. El chico que acababa de cumplir los quince años era una réplica en miniatura de su madre. Sus gestos tranquilos y sus ojos inteligentes reflejaban una madurez que ahora no tenía. Casi sin aliento se arrodillo ante su padre.

 

-          Vive. No cuchillo – fue lo único que Karka pudo entender entre los resoplidos. La sonrisa acudió a sus labios animándole a correr como cuando era un crio, sin embargo se volvió hacia el árbol corazón con su hijo al lado.

 

-          Da las gracias – le ordeno.

 

-          Pero…

 

-          No importa. Simplemente dales las gracias.

 

El hogar de Korn era el que estaba más cerca del bosque de Dioses y Karka ya no tenía las misma fuerzas que en su juventud como para ir de un hogar a otro. Al llegar el pequeño hermano de Curt estaba enseñando a su hijo a tallar un trozo de madera, le estaba mostrando como suavizar las esquinas cuando le escucho entrar. Al verle mando salir a su hijo de inmediato.

 

-          Siento lo de su mujer, jefe. ¿Quiere un poco de vino caliente?

 

-          ¡Vive! Mi mujer y mi hijo viven por favor díselo a tu hermano.

 

Nada más salir Korn fue detrás. Camino deprisa entre las tiendas de sus vecinos hasta llegar a la del cazador. Pieles de lobo, ciervo, arce y demás animales se entre cosían para crear aquel hogar del que una vez formo parte antes de crear el suyo. “No fueron malos tiempos” sonrió al recordar los días en que su hermano le intentaba enseñar a cazar y las noches en las que se dedicaba a enseñar a hablar a la desconocida que encontró en el bosque y que más tarde paso a ser parte de su familia. Al llegar al hogar de su hermano rasco el poste de la entrada, pero nada. El humo blanco que salía por el agujero de arriba de la tienda indicaba que el fuego llevaba rato apagado. Aquello no era buena señal, era raro. Desde que vivían con Ista no recordaba ni un solo día en el que el fuego se apagara. La mujer seria preciosa, pero, Diosa o Demonio, el frío que llevaba consigo helaba hasta las entrañas si se le dejaba.

 

Indeciso y preocupado atravesó la cortina para encontrarse ante la penumbra de la tienda. La luz se filtro por unos segundos dejando ver el interior. El fuego del hogar estaba apagado y las pieles removidas. Por un instante Korn pensó que se abrían marchado algún rincón, sin hijos que atender todavía podían disfrutar de esos pequeños placeres. “Se habrán ido a las cuevas. – Estaba a punto de marcharse cuando vio que las botas de su hermano seguían allí tiradas. – Él jamás saldría sin…”. Al abrir más la cortina la luz ascendió por el cuerpo del hombre que yacía inmóvil semioculto bajo las pieles.

 

-          ¡Curt!¡Curt! – grito sin respuesta dejando caer la cortina.

 

 

 

El fuego crepitaba y chisporroteaba deslizándose en la negrura de la noche. Las llamas lamian el sudario con el que habían envuelto el cadáver del cazador. Frente a la pira Korn rezaba en solitario por el alma de su hermano. Nadie se veía con fuerzas de acercarse a él, no después de cómo lo habían encontrado. Varios hombres tuvieron que quitarle de encima del cuerpo de su hermano pues estaba empeñado en hacerle despertar nadie podía hacerle entrar en razón. Golpeo a varios hombres hasta hacerles sangrar cuando al fin consiguieron levantarle. Fue su mujer la única que pudo calmarlo. Igual que hacía con sus hijos lo abrazo hasta que le sintió temblar.

 

-          Tranquilo. Solo déjale ir – le susurro. Cuando sacaron el cadáver Korn estuvo a punto de volver a encolerizarse, pero desde los brazos de su mujer no se podía mover. – Shhh. Era su hora.

 

Pero aquello no era cierto. Su muerte no tenía explicación. Le encontraron rígido y frio como una roca sin más heridas en el cuerpo. Parecía que llevaba muerto más de una semana; sus brazos empezaban a adquirir el color negro de los muertos, pero su rostro fue lo que más le impacto. Se encontraba tranquilo, relajado, como si supiese que iba a morir.

 

 “¿Ista has sido tú? – se preguntaba una y otra vez. El calor de las llamas le rodeaba y aun así sentía como el frio le agarraba por dentro como un depredador devorando a su presa. - ¡Maldita sea!” Korn no podía creerlo, pero no había otra explicación.

 

Una poderosa mano le apretó el hombro; al darse la vuelta Karka le miraba con gran pesar. Tantos años y no era capaz de entender lo que veían sus ojos.

 

-          Os he fallado como jefe. Deje entrar a un demonio y no he sabido protegeros de él.

 

El joven pescador apretó los puños y los dientes pero no respondió. “¡Fui yo quien encontró a ese maldito ser!” habría deseado gritarle.

 

Después de toda la noche las llamas se consumieron cuando comenzó a despuntar el alba. Sentado, apretujado bajo sus pieles Korn no apartaba los ojos de las cenizas que fueron su hermano. Su hijo mayor hacía rato que le había dejado solo con sus pensamientos. Al verle marchar sintió rabia; toda una vida que se evaporaba sin más legado que aquellas cenizas.

 

Bajo su piel la ira y la culpa le recorrían por dentro calentándole las venas. La bilis se le acumulaba en la garganta deseosa por salir y sus puños se amorataban rígidos por no moverlos.

 

-          ¿Y ahora que hermano? – escupió. - ¿Y ahora qué hago?

 

 

 

Cada año el pueblo nómada se había ido alejando unos kilómetros más de su pequeña isla en busca de mejores terrenos con los que alimentar al escaso ganado. Llevaba días caminando por los tortuoso caminos inexistentes a través del bosque cuando sus pies se enredaron con las raíces de un árbol. Un quejido más de sorpresa que de dolor se escapo de su labios. ¿Dónde demonios estaba? Se toco el vientre con preocupación. Lo había perdido todo, no podía perder también a su pequeño.

 

Con las pocas fuerzas que le quedaban siguió caminando hasta llegar a un gran rio. La corriente tortuosa de la primavera le hacía imposible cruzarlo, su cuerpo sería arrastrado corriente abajo y golpeado por las rocas que se ocultaban en su fondo.

 

“Mi isla estaba entre dos ríos que se… juntaban” miro el curso de rio corriente arriba.

 

Era más fácil caminar junto al rio que por el bosque, nada le impedía ver por donde caminaba. El aire le llevo el olor de las flores que comenzaban a abrirse y la hierba crecía igual que una alfombra verde bordeando el bosque. Varios renos pastaban junto a sus crías pendientes de la intrusa que se acercaba a ellos. Su olor no les preocupaba, no era una depredadora, aun así el instinto les llevo a agruparse.

 

Al pasar por su lado los más curiosos se acercaron a aquel ser tranquilo y apacible. Al roce de su piel salieron corriendo alejándose del palpitante frío. Ista intento acercarse provocando que la manada corriera en estampida rio abajo.

 

-          Yo solo…

 

No escucho el crujido de las botas solo pudo ver el vuelo de cientos de cuervos a su alrededor graznándola al pasar cerca de ella oscureciendo el día con sus plumas. Cuando la luz se hizo se encontró con un hombre envuelto en una capa hasta la cabeza. Su rostro oculto tras las sombras la observaba, la miraba con odio podía sentirlo. En una de sus manos tenía un cuchillo y en la otra una lanza que reconoció enseguida. “Curt”. El arma era de madera de roble con punta de piedra igual que muchas otras, pero solo había visto una con aquellos símbolos grabados. Recordaba que el cazador lo llamaba el lenguaje de los niños del bosque, y significaba vida. “Mato para alimentarnos y honro cada vida por ello. Nada se desperdicia” le había dicho alguna vez cuando ella le preguntaba por qué tanta sangre y muerte. Además de la piedra roja que ella le regalo. La encontró aquel día en la gruta del agua caliente y le pareció hermosa. Curt la cogió y aun siendo una simple piedra la ato con una cuerda en la hendidura donde la punta se unía con el arma.

 

-          ¿Curt? – silencio. - ¿Curt eres tú? – nada. El hombre no contestaba. – Curt lo siento yo… no quería…

 

-          Matarle. – La voz ronca de Korn salió de entre las sombras quitándose la capucha. Nunca antes había sentido tanto odio quemándole las entrañas.

 

-          Korn – dio una paso para atrás llevándose las manos al vientre. – Tú… no lo entiendes. Yo – sonrió por un momento envenenando todavía más la sangre del joven pescador – llevo el hijo de tu hermano. Si tu eres capaz de comprenderme, a lo mejor…

 

Sin mediar palabra Korn la apunto con la lanza. Su objetivo era el corazón, pero no tenía la experiencia ni la habilidad suficiente como cazador. La punta fue a clavarse justo en el hombro de la muchacha que grito y cayó al suelo presa del dolor. Los pasos del hombre resonaron contra las rocas al acercarse a ella. “Tengo que huir” consiguió pensar la mujer con las mejillas rajadas por el roce de los diamantes, pero su cuerpo no respondía. De un simple tirón Korn arranco la lanza haciéndola gemir. Vio su rostro reflejado en los ojos de la mujer, su mueca de odio y el rojo de sus propios ojos.

 

“Lo siento, Curt”

 

Hundió la lanza en el vientre hasta partirla contra el lecho rocoso. La sangre plateada corría por el suelo formando un charco de escarcha que crujía entre sus pies. El aullido de dolor de la mujer le perforo los oídos. Nunca antes el azul de sus ojos había sido tan brillante.

 

“Nos veremos pronto hermano” pensó Korn al sentir e frio invadiéndole las entrañas cuando le toco. El dolor de unas cuchilladas en el vientre le llego como latigazos que dejaron de importarle según iban cayendo en un pozo negro donde ya no podía sentir nada.

 

El cuchillo entre sus manos se tiño de sangre y vísceras cuando se lo clavo. La primera vez sintió como el hombre se estremecía, pero ya hacía rato que había dejado de moverse. Tenía las manos manchadas y el pelo enmarañado por el sudor y la sangre. Sin saber cómo, su mente ni siquiera pensaba, se metió en el rio tiñendo de rojo las aguas. Al salir volvió hacia el cuerpo que yacía inerte. La sangre coagulada del vientre se entremezclaba con la suya dándole un color plateado.

 

“Es hermoso – pensó nublada por la sensación de no sentir nada miro el curso del rio y recordó que tenía que subirlo – Pero ¿A dónde iba?” Camino unos pasos alejándose cuando se llevo las manos al vientre. “No” La angustia se agarro a su garganta dejando escapar un grito de dolor. Las lagrimas se arremolinaron dejándola caer de rodillas.

 

 

 

A pesar del tiempo su hogar seguía igual que el día en que lo abandono. Los días se habían convertido en años y sin embargo los mismo árboles que la vieron corretear seguían allí esperándola. Cruzo el cauce del rio por el mismo punto de la otra vez, las piedras sumergidas brillaban a la luz del día mostrándole el camino de vuelta a casa. “De vuelta al hogar” se dijo con tristeza. Al pasear extendió las manos dejando que sus dedos rozasen las grietas y surcos de la corteza de sus viejos amigos, pero no sentía la misma calidez. Varios pájaros levantaron el vuelo al verla caminar hacia la pradera donde descansaba imponente el árbol corazón. Sus largas ramas se alzaban por encima de cualquier otro árbol tapando el sol del mediodía. A su alrededor una alfombra roja se entrelazaba con las primeras briznas de hierba y flores donde un par de ardillas jugaban a perseguirse. Sería una escena preciosa si no fuera por los ojos del árbol. Las gotas de sabía habían adquirido un tono más rojizo que la ultima vez y mostraban una oscuridad que hizo temblar a Ista.

 

-          Regresaste. – La voz de árbol siempre había sido entre susurros. A veces más roncas, otras más dulce e incluso grave cuando la reprendía, pero nunca era más alta.

 

-          Regrese… padre. – Ista cayó al suelo sobre el manto de hojas igual que había hecho cientos de veces de niña, pero ya no era lo mismo; ambos habían cambiado.

 

-          ¡Asesina!. – La mujer levanto la cabeza. – Veo la sangre en tu cuerpo, no importa las veces que la limpies.

 

Ista quiso defenderse, pero la presión en su pecho se lo impedía. Se toco el vientre y por primera vez escucho las palabras que la mataron el alma si es que tenía.

 

-          Un ser como tú jamás sería madre. De ti solo pueden venir abominaciones de hielo, frías y muertas. ¡Eres un demonio! Ahora lo veo.

 

Enloquecida golpeo al árbol hasta tener las manos en carne viva. Su sangre caía al suelo cristalizando las flores hasta hacerlas añicos. En su locura quería matar al árbol, quería hacerle sentir dolor, ¡su dolor!

 

Tardo años, decenas de años hasta que consiguió desarraigar las raíces del árbol corazón de la tierra. Sus manos ensangrentadas, sucias y doloridas eran la prueba. Día tras día escavaba en la tierra un poco más, no importaba si el frio congelaba las raíces o las lluvias empapaban el suelo en su mente solo existía la idea de acabar con ese ser que la provocaba un dolor más hondo y afilado que cualquier arma en el fondo de su pecho.

 

Era una noche despejada de luna llena cuando el árbol al fin cedió. Sus ramas sonaron huecas contra el suelo cubierto de nieve. Sus ojos rojos miraban hacia el cielo contemplando las miles de estrellas que dormían y unos ojos azules que se posaron sobre él. La mujer tenía en la mano un pedazo de piedra afilada y una mueca de satisfacción en el rostro.

 

-          No es suficiente castigo – susurro raspando la sabia petrificada – no es suficiente.

 

Durante todos aquellos años jamás volvió a oír su voz y aquel día sonaba con más claridad que nunca, pero ya no le entendía. Ya no era capaz de comprender aquel sonido que antaño le sonaba a música.

 

-          Sola. Estoy sola – consiguió pronunciar dejándose caer junto al árbol.

 

 

 

Entre el sueño y la vigilia se quedo allí sentada contemplando cómo los años pasaban. A veces caminaba sin rumbo por aquel trozo de tierra olvidado dejando tras de sí las huellas que borraba su propio pelo; otras se sumergía en el rio para borrar la sangre que veía en sus manos. Era roja, llameante, y olía a pasado. Era la sangre de Korn, lo sabía, y nunca desaparecía por más que la frotara, que la raspara con las piedras hasta hacerse daño, jamás se quitaría.

 

El relincho de los caballos la obligo a volver a la realidad. Al otro lado del rio un grupo de hombres de negro la observaba montados sobre sus caballos. El vaho de las bestias se mezclaba con el aire. Aquel ser les ponía nerviosos. Uno de ellos, vestido con una gruesa piel ribeteada se bajo del animal para acercarse a ella. Sin miedo entro en el agua colocando la piel sobre sus hombros.

 

-          Disculpe mi señora, pero hace años que no vemos a una mujer desnuda – la mujer no respondió. Seguía mirándolo con aquellos azules ojos. - ¿Estáis sola? – silencio – Entendéis lo que os digo – nada. – No os preocupéis. Os protegeremos.

 

Se volvió hacia sus hombres y de un solo gesto varios se adelantaron para anunciar su vuelta. Los demás marchaban tras su Lord Comandante siempre pendientes de aquella extraña. Al otro lado del muro se habían encontrado con gigantes y duendes, criaturas sin nombre y esos demonios de ojos azules que se apoderaban de ellos. No sabían cuantos hermanos habían perdido a manos de los salvajes y esas endemoniadas criaturas. Con paso lento los demás no dejaban de mirar a la extraña. Su piel blanca y sus ojos les desconcertaban, les hacían temerla.

 

-          Señor, mi lord. ¿Estáis seguro de esto? Vuestros hombres…

 

El hombre que le hablaba era su segundo al mando. Nació el tercer hijo de una pequeña familia de nobles allá por el Dominio por lo que poco podía esperar de su tierra. Su madre, prima lejana de los Lannister no tuvo la suerte de encontrar mejor matrimonio que un joven banderizo de las Rosas. Aun así era apuesto, tenía el pelo rubio ceniza que le caía por la espalda en una coleta cuando se quito el yelmo y unos ojos verdes, astutos que le habrían garantizado un futuro mejor de haber nacido el primogénito. Era la sangre Lannister que correa por su venas, sus hermanos eran más rosas, morenos de ojos simples y mente bastante estrecha como su padre.

 

El Lord le miro desviando sus ojos hasta la muchacha.

 

-          Solo es una cría, Ser Weint.

 

-          Señor, sus ojos… su piel.

 

El caballo del hombre freno en seco volviéndose hacia sus subordinados.

 

-          Los Otros se os lleven. ¿Qué puede temer la guardia de la noche de una simple muchacha?. – Varios rostros le miraron más ninguno se atrevió a contestar al decimo tercer comandante. - ¡Ahora, vamos! O el invierno nos pillara en este maldito infierno.

 

 

 

Los días comenzaban a confundirse en la mente de Ista. Todas las mañanas cabalga con unos extraños solo porque su cuerpo así lo decía, su mente siempre andaba lejos, muy lejos en su pequeña isla donde nada cambiaba, donde residía el monstruo que era según el viejo arciano. “Los monstruos deben volver a su guarida, yo también debo volver” se decía cada noche cuando acampaban. Pero todas las mañanas el sol la veía caminar detrás de aquellos hombres. “¿Me dirijo a mi muerte?” se llego a preguntar. El hombre que parecía mandar insistía en hablar con ella. Miles de palabras, frases, sonidos que no entendía. El resto la miraban asustados tras sus armas filosas. La señalaban, sin apartar las manos de sus largos puñales. Debía huir, lo sabía, pero siempre la curiosidad la superaba.

 

El muro se alzaba a más de trescientas varas del suelo. Todavía no habían llegado cuando la joven alzo la cabeza impactada por aquella mole de hielo. Oía los susurros y conversaciones a su alrededor, pero nada era más interesante ni sorprendente que aquello.

 

-          Es magnífico ¿verdad? – El Lord Comandante aflojo el ritmo de su yegua. – Toda una obra de arte y construcción ¿no lo crees?. Y solo hace un par de décadas que se termino. Brandon “el constructor” estaría orgulloso en sus bocetos creía que tardaríamos unos cincuenta años. – Sabía que la joven no le entendía pero aun así siguió explicándole la historia de aquel muro.

 

Hacía más de trescientos años que los demonios se habían levantado. Seres blancos de ojos azules que los asesinaban al caer la noche. Más allá del muro no había protección, las armas convencionales no valían, solo el fuego les ayudaba a mantenerlos lejos, aunque no lo suficiente. Las noticias de aldeas enteras que caían desbastadas en cuestión de horas llegaban a través de exploradores y cuervos, pero ningún salvaje pedía protección.

 

-          No nos arrodillaremos cuervos. Los hombres nacimos libres ¡Los sureños lo habéis olvidado! – gritaban cuando eran cogidos intentando saltar el muro.

 

No importaba de donde vinieran. Si eran los hombres de sal que vivían cerca del mar o los “pies de piedra” que vivían en las montañas y tenían los pies encallecidos. La condena era la muerte, así lo sentenciaba el Lord Comandante según dictaban las leyes del norte, la ley de los Stark.

 

-          No podemos vivir sin ley – sonrió a la mujer que se limito a observar el muro.

 

Flanqueados atravesaron el muro a través de la puerta que lo atravesaba. Un túnel de casi un kilometro que zigzagueaba por el interior del muro. Tres puertas de hierro lo bloqueaban, la primera ya se encontraba abierta con el joven mozo embutido tras varias capas de pieles, todas ellas negras como la noche.

 

El muchacho solo era capaz de castañear cuando el Comandante le puso la mano sobre la cabeza.

 

-          Buen trabajo.

 

La segunda puerta la abrió el mismo mozo que rebusco en el manojo de llaves que colgaba del cinturón. Ser guardián de la puerta era de los peores trabajos que podías tener dentro de la guardia de la noche pensó el Lord al verle la manos amoratadas. Lo cierto es que no había muchas opciones. Si eras bueno con la espada, te mandarían de explorador más allá del muro para combatir a esos seres; cierto que podías morir, pero el honor te daba calor, aunque él todavía no lo había sentido. También podías ser constructor si eras bueno con las chapuzas o te dedicabas a ello antes de ir al puto infierno blanco, así era como lo llamaban los auténticos sureños que venían de los valles y ríos al sur de Invernalia. Normalmente era lo mejor, mantenías el castillo y  el muro y poco más. Y por último estaban los mayordomos que se encargaban del resto. Las cocinas, provisiones, la limpieza… hacían el mismo trabajo que podían hacer en cualquier otro castillo noble solo que vistiendo el negro. Era el peor de todos y encargarse de la puerta entraba dentro de sus obligaciones.

 

Cuando la puerta se abrió espoleo a su yegua con delicadeza rozando el cuerpo del muchacho.

 

-          Asegúrate de cerrar y ve a las cocinas. ¡Que te den vino caliente, todo el que necesites, diles que es una orden!

 

La ultima puerta estaba abierta. Custodiándola como un perro guardián se encontraba el hombre más gordo que la muchacha había visto en su vida. Al pasar por su lado no pudo dejar de fijarse en como su cuerpo temblaba bajo toda aquella piel cuando saludo al hombre que tenía delante.

 

Los mayordomos se arremolinaron a su alrededor cogiendo las riendas de todas las monturas mientras las voces se confundían unas con otras.

 

-          ¡Bienvenido señor!

 

-          ¡Los Dioses os acompañaron, mi lord!

 

Con pasos tambaleantes, ayudado por un bastón negro con la cabeza de un león en el pomo se acerco un hombre viejo de espesa barba grisácea. Su rostro cubierto de arrugas no encajaban con aquellos ojos tan verdes que destellaban inteligencia.

 

-          Todo tranquilo, Lord comandante. – Fue hacer una corta reverencia pero la mano del hombre se lo impido. Agradecido simplemente agacho la cabeza. – Ningún cuervo del sur. La última noticia sigue siendo la guerra entre los reyes sureños por una isla deshabitada en miedo de uno de los ríos.

 

-          Gracias, maestre. Es un alivio – respondió. El anciano le prestaba atención aunque no del todo. Su ceño se frunció al ver a la muchacha que les acompañaba. – Es una invitada que pronto se marchara, te lo prometo.

 

-          Las normas joven comandante. Hizo los votos.

 

-          Lo sé, pero no es lo que crees. – La respuesta le salió sola como si todavía estuviera en el castillo de su padre y tuviera que justificarse. Meneo la cabeza volviendo a tomar el control. – La encontramos cerca del asentamiento de los thenitas; no hay ni rastro de ellos.

 

-          Puede ser… Señor… esos ojos… - “son de los Otros. Tan azules que parecen de cristal, de hielo”

 

-          No podemos ir dejándoles victimas tan fáciles – contesto ignorando sus comentarios – no podemos. Además puede tener información. – El viejo maestre se iba a quejar pero el rostro del Comandante se mantenía impasible mirando . “¿Cuántos hombres hemos perdido ya? ¿Cuántos más me quedan por perder?” – No lo puedo permitir, anciano, simplemente no puedo. Si ella sabe algo – la miro – lo dirá.

 

Su voz sonaba dura, impenetrable, incluso podría decirse que cruel, pero el viejo maestre le entendía. Por fin veía lo que él; una posible fuente de información. La Guardia de la noche había perdido a más de 500 hermanos. Hombre buenos y malos, con un pasado glorioso entre castillos y justas o uno tan humilde como haber sido los mozos de las cuadras. Entre ellos había de todo. Desde hombres que renunciaron a un apellido por tener el honor de servir hasta delincuentes que estaban allí por sus crímenes. Y lo peor no había sido perderlos sino verles levantarse de entre los muertos para llevarse a mas hermanos con ellos entre gritos y sangre.

 

-          Lord Comandante – se despidió inclinando la cabeza – esperare buenas noticias.

 

El hombre asintió viéndole partir con su paso lento y regular. Miro a la mujer y a los hombre. El semblante serio y desfigurado por la desconfianza. “No estoy ciego. Veo lo mismo que vosotros” habría deseado gritarles sin embargo de un simple movimiento el Lord Comandante bajo de su yegua. Las ordenes volaban por el patio cuando un par de críos de unos diez años se presentaron. Eran copias en miniatura de sus mayores, incluso vestían la capa negra con total solemnidad aunque no harían los votos hasta más adelante, cuando el pelo les cubriera la cara. Muchos padres, nobles y plebeyos, agobiados por las deudas o no poder alimentar a su familia daban hijos a las instituciones. Los nobles solían entregarlos a la Ciudadela donde acabarían siendo maestres, los más pobres a la guardia de la noche donde no les pedían nada, incluso se había dado algún caso de niños abandonados a las puertas de los castillos negros. Aquello sí que no se permitía. La guardia no estaba para criar a niños, para eso estaban las mujeres.

 

-          ¡Ven, acompáñame! – extendió la mano el Lord.

 

Insegura aunque sin objeciones la acepto bajando del caballo. Ista camino a su lado sin desviar la vista del enorme muro de hielo que cambiaba de color a cada paso. Cuando los rayos del sol le iluminaban cambiaba desde el azul más cristalino hasta el mismo rosa de las flores.

 

-          Por aquí – la dirigió el hombre abriendo una puerta.

 

La extraña caja de madera donde se subieron rechino con el peso. Un silbido y la maquina les subió hasta la cima del muro. El viento los golpeaba y movía la jaula a medida que lo que veían por debajo se volvía cada vez más pequeño. Las ráfagas de aire removieron su pelo y pegaron las telas raídas contra su cuerpo y aun así su piel no cambiaba, no tiritaba, no sentía frio. En la cima del muro varios hombres montaban guardia junto a una hoguera. Los vieron bajar y fueron a acercarse, pero el gesto de la mano del hombre se impuso. “Vuestro trabajo” quería decir señalnado hacia el horizonte.

 

La llevo lejos de los guardias hasta una terraza donde brillaba una chimenea encendida. Sin espera se volvió hacia ella señalando un punto lejano en el horizonte, cerca de las montañas gemelas.

 

-          Te encontramos allí, ves, allí – señalo –, ¡viste algo! ¡Viste a esos seres!

 

El norte no la interesaba. No. Desde allí, desde la cima del muro por fin contemplo la verdadera belleza de la vida. Un mundo de color que al alzar la mano casi podía tocarlo. Pueblos, aldeas, gente, vida. Todo y a la vez nada.

 

“Soy un monstruo – recordó sintiendo esas punzadas tan familiares a la altura del pecho, pero esta vez una pequeña vocecita resonó en sus oídos. – Y ellos son nada. menos que nada. Son un suspiro en mis labios – miro al hombre. No le veía gran cosa, era parecido a todos esos seres y sin embargo le obedecían igual que hacían con Karka”

 

-          ¿Qué son reyes? – le pregunto de improviso. La sorpresa en el hombre duro lo justo para que sus cejas se arrugaran.

 

-          Conoces mi idioma – la mujer asintió.

 

-          No ha evolucionado mucho. Después de un rato me ha sido fácil. – El hombre no la entendió, pero tampoco le importaba. Aquello le facilitaba las cosas.

 

-          ¿Para qué quieres saberlo?

 

-          Contéstame y te diré todo lo que quieras saber y yo conozca.

 

El Lord Comandante dudo, pero al final accedió. Decir que era un rey no podía traer consigo mayores problemas. Todo el mundo sabía que eran los reyes, al menos a ese lado del muro.

 

-          Un rey es alguien que gobierna sobre una determinada región. Tiene el poder tanto económico como militar para hacer de un país fuerte y prospero – le había dado la misma definición que le dio su maestre cuando solo era un crio, pero lo cierto es que al crecer comprobó la falsedad de dicha afirmación. Gobernaban más lo consejeros y arrimados de la corona que el propio rey. Solo en el Norte los Stark podían presumir de controlar sus decisiones, para bien o para mal. – Ahora respóndeme. ¿Quién eres? ¿Qué son? Y… ¿Cómo se acaba con ellos?

 

La risa de la mujer sonaba como los cristales rotos de una ventana azotada por el viento. No había manera de pararlos hasta que la tempestad termine.

 

-          Te responderé – dijo al final cuando su risa se diluyo dejando una sonrisa en sus labios. – ¡Yo! Soy la reina del norte y ellos – abrió los brazos – son mi pueblo. – El Lord Comandante estaba a punto de sacar la espada y llamar a sus hombres cuando las manos de la mujer le sujetaron imponiéndole una fuerza sobrehumana. – Toda Reina necesita a su consorte – le susurro.

 

Su vida comenzaba. Una nueva vida donde ella impondría su voluntad. Donde nada le seria negado. La voz de Arya la interrumpió haciéndola volver a su pequeño salón. El olor de las flores y la luz del sol se borraban de su mente con la misma rapidez que un copo de nieve se podía derretir en el sur. Frustrada dejo que sus últimas sensaciones desaparecieran junto a sus sueños.

 

-          Vaya, vay

Notas finales:

Vale para el proximo ire poniendo punto final a la Reina malvada ya que le he dado un pasado y uno muuuuuyyyyy largo. Ya se acabo hablar de ella y volvemos a nuestra historia haber que se me ocurre que haga Arya o... Gendry??? Ya vere.

Besikos

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