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Nieve por yuukychan

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Notas:

Bueno aqui os dejo el capitulo ya me direis. Es un poco... ¡Puff! pero es que metí personajes a los que luego no sabía como sacarlos jajajaja 


Pero bueno espero que os guste.

La cueva vibro bajo los pies de Arya cuando la Reina se encolerizo. Los cojines duros como piedras volaron sobre su cabeza sin que la pequeña loba se moviera. Las bisagras de un viejo baúl de roble rechinaron como los huesos de un anciano cuando la Reina lo abrió. De él  saco vasos de oro, platos decorados con piedras preciosas, collares, pendientes, incluso alguna bandeja de plata ennegrecida con el símbolo de alguna casa o cosa grabado, todo ello fue a estrellarse contra el suelo y en medio de todo aquel caos predominaba su indiferencia. Incluso alzo la ceja burlona cuando la vio precipitarse contra ella. Los ojos de la Reina se volvieron dos finas rayas azules como los de una pantera de las nieves. La tenía tan cerca que podía ver la perfección de cada poro de su piel algo por lo que Sansa mataría, su olor a tormenta o a nieve recién caída y su fuerza cuando la agarro del cuello apretándola contra la silla. Hasta enfurecida como estaba desprendía una belleza casi antinatural como las tormentas huracanadas que describían algunos libros cerca del Desierto rojo, más allá de la bahía de los esclavos o como los propios dragones de Daenarys cuando sobrevolaban Poniente ocultando el sol con su sombra. Aún así lo único que recibió fue una sonrisa burlona y despectiva.

 

-          Igual que una chiquilla con una rabieta.

 

La Reina tiritaba por culpa de la rabia. Nunca antes había sentido aquello recorriéndola bajo la piel, era como si un montón de serpientes blancas se enredaran en su cuerpo impidiéndola respirar, hablar, incluso pensar. Quería matarla, hacerla callar para siempre, sentía más odio por su cuerpo que cuando el árbol corazón la llamo asesina. Los dientes blancos de la chica la irradiaban como el fuego, lo único que deseaba era borrar aquella sonrisa para siempre.

 

-          Has sentenciado tu suerte, lobita – siseo desapareciendo por la puerta que daba a la cima de montaña.

 

Arya no espero ni dos segundos al ver desaparecer su capa de seda tras el agujero. El tiempo ahora no corría, volaba en su contra. Mientras que la Reina la estuvo contando su pasado su mente se fue de nuevo. Pensó que volvería con Jon a verle dentro de la piel del dragón, había sido una sensación dolorosa y aterradora pero a la vez excitante por un momento se sintió fuego puro, sin embargo esta vez no se fue tan lejos. El cuervo de plumas blancas sobrevolaba la entrada de la cueva haciendo círculos a la vez que descendía. Desde las alturas no podía distinguir nada pero al bajar reconoció la figura de tres seres con los que había viajado: dos grandes y uno más pequeño. Sus voces no las entendía, pero no parecían contentos, gritaban sobre todo uno de los grandes.

 

-          Puede estar en peligro. Que digo puede. ¡Lo está! Y voy a volver a por ella. – Varias voces más intentaron detenerle, pero el ser ya estaba cogiendo la espada. – El sol saldrá en unas horas.

 

Una mano le agarro del hombro haciéndole desenvainar la espada. El ser de la mano negra se mantuvo tranquilo sin apartarse. Toda la calma del mundo parecían guardada dentro de él cuando hablo.

 

-          Es mi sobrina. Puedo tener este cuerpo, estas manos y que mi alma jamás alcance la salvación, pero soy un Stark de Invernalia. Cuando salga el sol también entrare por esa cueva. ¡Meera!

 

-          Yo también iré – dijo la muchacha agarrando con fuerza el tridente entre sus manos.

 

-          No. Necesito que le des esto a Bran. – La flor parecía brillar más en contraste con sus manos. – Sabes por qué. – La muchacha asintió pero su rostro mostraba el desacuerdo que sentía por dentro. – Jon – susurro Manosfrías dejando la flor entre sus manos – si rescatamos a Arya y él muere…

 

El silencio. Las palabras no pronunciadas sonaban como el aire que se cuela a través de las rendijas de una casa avivando el fuego. Un fuego que podría consumir a la muchacha que luchaba por su rey, por su hermano, por su familia.

 

Aun así el cuervo no entendió nada. O al menos la parte de cuervo que estaba dentro de ella y luchaba por dominarla. Era fuerte y cabezota. Quería alejarse y volar, buscar comida y seguir volando hasta donde sus fuerzas le llevaran. Arya tuvo que imponerse, no para controlarlo sino para regresar a su propia mente. Maldijo entre dientes dando gracias al Dios de muchos rostros que la mujer no se diera cuenta de que se había quedado dormida. No entendía cómo funcionaba aquel extraño don al que el hombre bondadoso llamaba Deslizarse y al que Jon se refería como Cambiapieles, pero si empezaba a comprender cuando la sucedía: con el deseo y mientras dormía. Y llevaba años sin sentirse tan agotada. Al moverse para ocultarse entre las oscura grietas que formaban las paredes de la cueva el estomago le rugió.

 

“¡Mierda! Concéntrate – se dijo a sí misma. – Recuerda a Sirio, lo que te enseño. Las lecciones del hombre bondadoso – respiro con profundidad buscando fundirse con la roca. – Ligera como una danzarina del agua… encontrare la salida que exista”

 

Oyó pasos que venían de fuera. Rápidos y fuertes que resonaron contra el suelo de hielo y piedra. “Quiero su… que la castigues” susurro la Reina al pasar junto a ella. Por delante iba el antiguo compañero de su tío, Víbora, buscándola por el pequeño salón improvisado. Sus ojos recorrieron cada destrozo formando en su cabeza una idea de lo sucedido. La pequeña zorra altero a su majestad fue el único pensamiento que se le paso y no estaba equivocado. Vacio el salón se adentro en la única habitación de la cueva en la que se podía esconder la mocosa. Nada. Aquella sala irregular no tenía agujeros ni grietas naturales donde esconderse ni más muebles que el viejo arcón de telas abierto y desordenado y una cama hecha de hielo donde un desvencijado colchón de plumas descansaba tan rígido como una tabla de madera. Ni el tacto de la sedas podrían hacer de esa cama un buen lecho fue uno de los primeros pensamientos que se le cruzaron el día en que la vio por primera vez.

 

El eco de sus pasos le acompaño de nuevo hasta el salón donde le esperaba su majestad impaciente.

 

-          ¿Mi Reina?

 

La pregunta era clara. No había ni rastro de la muchacha. En la habitación no había encontrado nada. Una extraña idea empezaba a formase dentro de la cabeza de la Reina cuando los gritos agónicos y los ruidos inconclusos llenaron la estancia.

 

Víbora fue el primero en salir con su lanza en la mano. La escena que vio le hubiera helado la sangre si todavía corriera por sus venas. Una mancha marrón corría en zigzag entre los seres que habitaban aquel mundo. Hombres y mujeres horripilantes y grotescos que se acercaban a su señora ya que se sentían atraídos; él los detestaba, hubiese deseado deshacerse de todos pero su majestad los consideraba sus súbditos su pequeño reino. El grito ahogado que escapo de sus labios y la ira que se reflejaban en sus ojos solo le daban la razón.

 

-          Os la traeré o la matare. No habrá más opciones – la mujer asintió.

 

Mientras corría hacia ella Víbora no podía dejar de mirar su pericia. No se movía ni un paso de más, controlaba todos sus movimientos incluso intuía que ya los tenía estudiados antes de hacerlos, igual que un guerrero en la batalla. Sus hermanos dornienses la hubieran comparado con la misma reina Nymeria. Sus manos se movían con agilidad, sin perder el tiempo, la espada descansaba en su cinturón solo estaba usando un cuchillo. Eso le llamo la atención. “No puede hacer mucho con un simple cuchillo” Se trago sus palabras nada más pensarlas. Los cuerpos que caían entre gritos mudos se deshacían en charcos de un azul grisáceo que se fundían convirtiéndose en agua; de verdad estaban muriendo. Su mente se retorció en busca de que podía ser el arma hasta que las palabras que una vez le dijo su Reina se filtraron en su memoria. “Mi hermoso hijo, mi bello amante – le beso – te he concedido la vida eterna, pero no la inmortalidad. – Su pregunta muda le fue contestada. – El acero valyrio. Jamás debe tocarte. ¡Jamás!” Eso era la maldita arma. Una puñetera hoja de aquel jodido material y a la que se estaba acercando cada vez más.

 

Ya fuera el miedo, la cordura o que muchos de esos espectros apenas se podían mover después de siglos pocos se interponían en el camino de la pequeña loba. Solo uno la esperaba con la espada en la mano justo delante de la puerta. Narirota resoplaba bajo el trapo que cubría el agujero que una vez fue su nariz por culpa del miedo. Tenía los ojos hundidos y la mirada perdida viendo caer a los seres uno detrás de otro como si fueran simples espantapájaros. No sentía ningún tipo de afecto por ellos, pero al ver salir a su compañero tras la chica supuso que eran ordenes de la Reina, ¡Su! Reina.

 

-          La has hecho buena – intento bromear mientras sus manos se acomodaban a la espada. – Si me entregas el cuchillito y vuelves creo que todavía tendrías una oportunidad pequeña.

 

El arma brillo contra los rayos de la luna cuando se acerco a su piel. El acero de su espada se entrechoco sacándole notas dulces y agudas a la pequeña daga. La fuerza hizo retroceder a Arya un par de pasos que la ayudaron a impulsarse de nuevo. Su vida estaba en juego, si volvía para atrás estaba perdida. Por el rabillo del ojo había visto acercarse al otro hermano de la noche y ese era el peor de los dos. “O salgo ahora o moriré. O… me convertiré en esa cosa” Una parte de ella había sentido curiosidad al ver a su tío, a la Reina, eternos en un mundo cambiante, pero al ver deshacerse a esas cosas sintió una repulsión incontrolable que la revolvió algo por dentro. El arma bailo entre sus manos buscando un punto débil, pero a cada golpe se encontraba con la barrera impenetrable que era la espada del hermano negro desnarigado.

 

-          Venga – su voz sonaba paternal – dame el cuchillo.

 

-          Lo siento, narigudo – bromeo rajándole aunque solo fuera la mohosa capa – pero yo me voy a casa.

 

La sonrisa del hombre la vio tarde, el ataque fallo por centímetros dejándola con la rodilla en el suelo y la daga al otro lado de la cueva perdida en la oscuridad. La mano de Narirota ya descendía sobre su cabeza cuando saco su último cuchillo de la bota, su última oportunidad de sobrevivir. Lo lanzo con todas la fuerzas que consiguió reunir al retroceder hacia atrás cayendo de espaldas. El aire salió de sus pulmones con fuerza al chocar contra el suelo pero no lo sintió. Sus ojos estaban clavados en el cuchillo. Rezo a todos los dioses de los que había oído hablar porque la puntería no le fallase, su vida dependía de ello. Fuera el que fuera la escucho ya que el cuchillo atravesó la capa rígida y escarchada después de tantos años hundiéndose en una grieta profunda casi hasta la empuñadura.

 

El tirón obligo a Narirota a apartarse lo justo de la entrada mientras Arya aprovechaba para escapar por su lado. Sin tiempo para ponerse en pie atravesó a gatas los pocos metros que la separaban de la cueva. Sintió como el frio la invadía cuando la mano la rozo buscando detenerla, a tientas encontró el filo caliente de la daga si lo comparaba con el tacto de aquel ser. Sin ver donde alzaba la mano el roce del metal se deslizo por algo semejante a la mantequilla; el grito que le siguió le perforo los oídos hasta marearla.

 

Desorientada en la oscuridad corrió lo más lejos que pudo. Los gritos que lanzo Narirota quedaron comprimidos en las paredes mientras ella corría a través de los túneles persiguiéndola. A oscuras llego un momento en que solo el escaso viento que entraba la iba guiando hacia la salida. “Si vuelvo estoy perdida” se decía una y otra vez intentando luchar contra el frio que se cernía sobre ella. A pesar del hielo en la cueva de la Reina había sentido calor, aunque podía deberse a las varias capas de pieles, ahora solo llevaba una sencilla piel de ciervo que la molestaba más que abrigarla. Tiritaba cada vez con menos fuerza, la hipotermia se estaba apoderando de ella sin poder evitarlo. Intento correr en varias ocasiones cuando el eco de unos pasos la hacía latir el corazón. Tenía miedo. Tenía mucho miedo, tanto como cuando era pequeña y recorría los caminos de Poniente. Lo peor era que no tenía miedo a la muerte sino a no morir; a vivir recluida en aquella jaula a los pies de esa loca.

 

“Si no lo hice cuando Cersei se apodero de Desembarco no lo hare ahora. Muerta antes que prisionera.”

 

La determinación que le daban sus pensamientos se iba evaporando a cada paso. Se pregunto si acaso la atrapaban la concederían el don de la piedad y la matarían rápido tal y como la enseño el Perro, después de lo que les había hecho no creía que se arriesgaran a condenarla siendo un ser como ellos. De pronto la imagen del Perro se apareció ante ella. Hacía años que no pensaba en él, desde el día en que le abandono herido y al borde de la muerte suplicándole el don que no le concedió.

 

-          Aquí – señalo el corazón – aquí está el corazón, niña. Ahora concédeme el don.

 

-          No. No te lo mereces – le contesto robándole todo el dinero que tenía y dejándole allí tendido.

 

Sentado bajo el árbol, moribundo y suplicando. Ese era su ultimo recuerdo del hombre que realmente le salvo de morir en los Gemelos. “Me sentí fuerte y valiente cuando le abandone, cuando cogí las riendas de mi destino y deje de ser una moneda de cambio. – Cayo al suelo exhausta a pesar de que ya podía ver los rayos del amanecer a lo lejos, pero no podía seguir ni siquiera pensar con claridad sino porque demonios estaba pensando en aquel hombre. – Porque me sentí culpable – se respondió a sí misma – me enseño, me salvo y… jamás me juzgo. Jamás. Y yo no fui capaz de concederle el don de la muerte”

 

Los gritos se abalanzaron sobre ella abotagando su cerebro ya adormecido. La muerte se cernía podía sentirla bajo su piel, en sus pulmones comprimiéndose, en su pecho. Los gritos se acercaban acompañados por los pasos rápidos y rítmicos que golpeaban el suelo. Los dos sirvientes de la Reina no tardarían en alcanzarla así que pronto moriría.

 

-          ¡Arya! ¡Arya!

 

-          Lo siento…, Perro.

 

 

 

El olor a humanos y a fuego la ponía nerviosa. Nunca era bueno para sus hermanos cuando aquellos seres se proponían meterse en su territorio. La caza disminuía, costaba cada vez más encontrar buenas presas y muchos de sus hermanos desaparecían dejando tras de sí un rastro que siempre acababa en aquellas malditas criaturas. Pero ese era su paramo. Gruño para hacerse notar, no le importaba desgarrarles la garganta aunque no los comería. Al verla aparecer huyeron. No despavoridos no como siempre sino que cuchicheaban entre ellos con aquellos gruñidos largos y tediosos meneando la cabeza. El brillo de las garras que utilizaban para atacarlos apareció en sus manos. El olor acre del miedo la hizo gruñir, era un olor muy desagradable, pero no tuvo que enseñar sus dientes. No se enfrentaron a ella simplemente se limitaron a irse sin dejar de observarla atentos a todos sus movimientos. Eran seres extraños, demasiado extraños. Se tumbo cerca de las ascuas que todavía estaban calientes cuando el olor de aquel hermano la llego. Todavía estaba lejos pero andaba buscándola lo presentía. Aulló esperando que no tardase. Un picor insistente la hizo parar, se rasco hasta quedar a gusto y para entonces sus ojos rojos ya estaban allí, su pelaje blanco desentonaba entre el verde los arbustos. Se acerco sin hacer ruido y froto su cuello contra el suyo. Era cálido. De repente un mordisco juguetón en la anca la incito a perseguirle a través del bosque adentrándose donde los humanos jamás pondría un pie. Corrieron el uno tras el otro hasta que los primeros rayos del sol se filtraron por el este más allá de lo que nunca habían ido. Todavía la luna brillaba al otro lado desliéndose lejos de ellos. Fantasma no aulló, nunca lo hacía pero Nymeria sí. Lo hizo hasta verla desaparecer por completo. Un golpe del lobo y la loba le siguió hasta el árbol hueco donde descansaban, pronto la luna volvería a salir.

 

Calor. Sentía demasiado calor. Abrió los ojos y el rostro de Meera se apareció ante ellos. La muchacha le estaba aplicando una toalla húmeda sobre la frente. Intento decirla algo, darle las gracias por lo menos, pero sus parpados se cerraron imponiéndose a sus deseos.

 

Durmió sin saber cuánto tiempo llevaba en el mundo de los sueños ni si de verdad estaba en él. Soñaba con árboles y bosque interminables que sobrevolaba graznando al aire para luego despertarse y encontrarse unos ojos verdes que la miraban preocupados. El sueño la volvía a vencer y se encontraba rodeada de nubes blancas como el algodón y abajo, a más de lo que podía contar, todo Poniente bajo sus alas. Podía ir donde quisiera, volar al otro lado del mundo y volver en unas horas. Era libre, aquellas alas la hacían libre. Y de nuevo sus ojos se cerraban o se abrían, ya no estaba segura, para encontrarse con la preocupación reflejada en las arrugas de un ceño muy familiar, pero todo pensamiento se borraba al volver a cerrar los ojos. Y en aquella ocasión no quería volver a despertar o dormirse o lo que fuera. Corría entre la nieve dejando sus grandes huellas como la estela de un barco. Tenía el hocico manchado de sangre y el estomago lleno y caliente de su última comida. Se sentía bien, feliz, sobre todo cuando el olor de su hermano estaba cerca. Fantasma siempre estaba cerca. No aullaba, no hacia ruido, pero su presencia la envolvía. Ya estaba tumbado en el hueco del árbol donde dormían, la esperaba. Lamio la sangre de su hocico y se tumbo. El sol salía ya a lo lejos, pronto volverían a divertirse. Antes de cerrar los ojos pudo ver al cuervo en la rama del árbol frente a ellos. Todas las noches les seguía, los perseguía, era casi como si jugara con ellos y, de forma extraña, ellos jugaban con él. Salió y sentada sobre sus patas le contemplaba girando la cabeza. ¿Quién eres? le quiso preguntar más de su boca salió un leve aullido. El cuervo sacudió las alas y grazno, grazno unas cuantas veces más antes de salir volando. Deseo preguntarle si volvería, pero sus ojos se cerraron de nuevo. Y lo entendió. No volvería.

 

“Fantasma. Jon.”

 

-          Bran – susurro todavía adormecida.

 

Una sensación húmeda le recorrió la mejilla haciéndola incorporarse con dificultad. La espalda la dolía y sentía nauseas en el estomago vacio. Un suave balanceo se metió en su cabeza atravesándola como una espada. Todo se movía a su alrededor y dentro de ella; el mundo entero giraba y lo que necesitaba es que se estuviera quieto. Intento retener lo que fuera que hubiera en su tripa pero al tercer movimiento lo echo. El suelo se encharco con un liquido semitransparente que suponía que era agua.

 

-          ¡Mierda! – se quejo dejándose caer de nuevo en el lecho incomodo. El ladrido llego después. Sobre sus piernas entumecidas un enorme lobo del color de la plata y el humo descansaba sobre ella. – Hola Verano – le susurro acariciándole las orejas al enorme animal. “Es más pequeño que Fantasma, pero esta tan grande como Nymeria”

 

-          ¡Arya!. – Escucho una voz masculina al otro lado de la puerta. Gendry entro unos pasos y se detuvo ante el charquito formado en el suelo. – Tranquila – agarro una fregona que Arya no ha visto. – Has tenido varios espasmos. El maestre dijo que sería normal, pronto te recuperaras.

 

Sonaba seguro de sí mismo, todo lo contario que hacia un par de semanas cuando gritaba preocupado por el color de la pequeña Stark. Se encontraba tan blanca y demacrada que estaba seguro de que moriría. Entre Meera y Jojen fueron capaces de tranquilizarle, pero no respiro aliviado hasta que le vio recuperar el color.  

 

Entre la vergüenza que la daba su debilidad y tener a gente a su alrededor preocupándose de ella por fin se atrevió a preguntar.

 

-          ¿Qué paso? Yo… la cueva

 

Gendry suspiro acercando un taburete junto al improvisado lecho era una historia larga que contar.

 

En cuanto el amanecer rozo la entrada de la condenada cueva Benjen y Gendry entraron sin más protección que sus espadas. Ambos eran conscientes del peligro que corrian pero no estaban dispuestos a echarse para atrás. Meera ya tenía la flor así que el destino de Jon estaba más o menos asegurado. Al entrar avanzaron unos cuantos metros hasta que la luz de la entrada fue un agujerito pequeño por lo que Benjen fue el primero. Sus ojos acostumbrados a las más absoluta oscuridad detecto un bulto en el suelo. desenvaino la espada por costumbre y tras él escucho el mismo chirriar del arma de Gendry. Al acercarse más vieron que el bulto era Arya medio congelada. El pulso era tan débil que el Baratheon creía que estaba muerta. La rabia desfiguro su rostro cuando avanzo varios pasos en dirección hacia la morada de la Reina. Si su princesa estaba muerta ella correría el mismo destino. Fue la voz de Manosfrias quien le paro.

 

-          Regresa y cógela. Tenemos que sacarla de aquí cuanto antes. – La espada en la mano del caballero le decía que no se iba a mover. – ¡Esta viva, pero no se por cuánto tiempo y si la cojo yo moriría en acto! – le logro explicar mientras comenzaba a dar la vuelta arrastrándola de la capa.

 

Por fin Gendry lo comprendió. Le costó bastante pues su mente era una mezcla rojiza en la que un solo pensamiento podía dar vueltas. Estaba dispuesto a ver la sangre, si es que la tenía, de aquella maldita Reina. Con los mismos pasos rápidos regreso cogiendo a Arya entre sus brazos, era tan ligera que no podía creer la tuviera cogida. “Llevamos días sin comer en condiciones” pensó dándose cuenta de la debilidad de ambos. Manosfrias desapareció por delante dejándole solo cargando con ella. Podía escuchar sus pasos y como se detenía de vez en cuando para ver cómo le seguía.

 

La luz del sol fue un fogonazo cálido que agradeció después del frio de la cueva. Las manos de Benjen trabajaban sobre una cuerda cuando al fin llego a su lado.

 

-          Átasela – le ordeno mientras ya estaba trabajando con otra.

 

Con rápidos movimientos consiguieron bajarla entre los dos sin que el cuerpo de Arya tocara la pared. Ya la habían dejado sobre el suelo cuando los pasos acelerados llegaron como ecos sordos en el interior de la cueva.

 

-          ¡Ya vienen!

 

A pesar del peligro Benjen estaba tranquilo cuando lo dijo. Sin mediar palabra ato la otra cuerda a la cintura de Gendry y le empujo. Los años de entrenamiento y el miedo a morir hicieron que el joven parara el impulso frenando con los pies sobre la pared. Iba a maldecir a ese cabron cuando escucho el sonido de las espadas. Al mirar hacia arriba pudo ver durante unos segundos la cabeza de Narirota y al instante la espada de Benjen cortándole el paso. Al mirarle los ojos azules inexpresivos del hombre que perteneció a la familia Stark y a la guardia de la noche se clavaron en él. “Protégela. Protégela con tu vida si es necesario” parecían querer decirles, después corto la cuerda.

 

Tan cerca del suelo cayo de pie. A su lado el cuerpo de Arya descansaba, ahora si podía ver el constante subir y bajar del pecho. La costaba respirar. “Debemos darnos prisa” se dijo sin mirar hacia atrás. Vivo o muerto, si era uno de los Otros o un tio preocupado por su sobrina, no desaprovecharía la oportunidad que les había dado seguramente a costa de su propia vida. Monto a Arya sobre el caballo alazán, más pequeño y rápido, y luego se monto él. Inconscientemente el cuerpo de la muchacha se apretó contra el suyo buscando el calor que se la iba escapando. Con la manta que había dejado Meera para ambos la cubrió lo mejor que pudo antes de poner el caballo al trote. Era mejor ir lento por un bosque desconocido hasta poder salir a un lugar abierto.

 

-          Tranquila Arya. Ya vamos para casa.

 

Dos días enteros cabalgando solo descansando lo justo todas las noches para que el caballo recuperara fuerzas y ellos bebieran agua. Varias veces se encontraron con los Otros que pasaron de largo al ver a esa mancha negruzca correr cerca de la orilla. Era más peligroso avanzar tan a la vista, pero prefería correr todo lo que el día le permitiera en un lugar donde solo las piedras podían esconderse a su paso y no solo las raíces de los arboles, huecos en la tierra o los malditos demonios blancos.

 

El amanecer del cuarto día Gendry se desespero. Él podría aguantar sin comer, lo había hecho durante toda su infancia, pero Arya; los huesos de la chiquilla se le clavaban. Miro hacia el horizonte siguiendo el curso del rio. Estaba a pocas jornadas del muro, cerca del Castillo negro o alguna de las fortalezas del interior, sin embargo el animal comenzaba a dar problemas. La herradura de una de sus patas se había clavado provocándole una herida bastante fea. De tener su martillo y una herrería el antiguo aprendiz lo hubiera podido solucionar en unas pocas horas, pero lo único que tenia era su espada.

 

La bestia murió aquella noche. No se quejo, ni relincho simplemente se dejo caer y su corazón dejo de latir. La rabia se apodero por un momento de Gendry que no pudo evitar patear el cuerpo de la bestia. Ya apoyaba el pie cuando la culpabilidad le invadió.

 

-          Gracias por aguantar – fue lo único que le pudo decir.

 

Un gemido suave salió del cuerpo de Arya, procedía de su estomago. El caballero palmeo la grupa del animal mientras que con el cuchillo cortaba unas tiras de carne. Mezclo la sangre que goteaba y con el agua que le daba a Arya. Aun dormida el acto de beber seguía ejercitándolo. Con la espada en la mano y la muchacha entre sus brazos continuo avanzando enterrando sus pies en la nieve. Las punzadas en la espalda se convirtieron en aguijones y más tarde en autenticas cuchilladas que le doblaban de dolor. Varias veces saboreo la nieve entre su labios cuando las piernas le fallaban y caía de espaldas; la última sus pies tropezaron y el cuerpo de Arya rodo unos pasos lejos de él. A gatas se acerco hasta el cuerpo y le agarro firmemente al mano. Morirían y él no podía evitarlo. Ya no. No cuando su cuerpo no se podía ni mover.

 

-          Lo siento – susurro con lagrimas en los ojos. – Lo he intentado. De verdad que lo he intentado. –

 

Boca arriba y en silencio solo podía esperar a morir. El sol jugaba a esconderse entre las nubes que corrían veloces huyendo del norte al sur. Él también había querido ir al sur. El cruijdo de la nieve llego amortiguado por el viento y el cansancio. Estaban muertos que importaba ya quienes eran.

 

Los ojos verde musgo de Jojen le despertaron, pero no fueron sus ojos sino su olfato el que le hizo levantarse. Se sentó sobre una reconfortante cama con un plato de sopa de bacalao al lado. El olor le hizo salivar y su cuerpo reacciono ante que su mente. Devoro aquella exquisitez que en otros tiempos le daba arcadas y extendió la mano para pedir más.

 

-          Se te ve mejor – comento alegre el lacustre.

 

Después de su tercer tazón Gendry empezó a pensar con mayor claridad. Estaba en una habitación con paredes de piedra por lo que no podía seguir al otro lado del muro. El olor a mar entraba por la ventana y un fuerte fuego en la chimenea mantenía alejado el frio. Al levantarse miro al exterior y se hizo una idea de donde estaban. Guardia oriente del mar era una de las fortificaciones construidas más extrañas de la guardia de la noche. El muro en aquella parte tenía una puerta tan grande que podían entrar dos barcos comerciantes sin molestarse y la fortaleza estaba más distribuida a lo largo del rio que se adentraba hasta las tierras de Invernalia. Era más una zona más comercial que defensiva por eso la mayoría de salvajes en el pasado intentaban pasar el muro por ella. Algo absurdo porque el muro que la rodeaba por la zona sur media siete metros y este sí que estaba defendido por torres de vigilancia y guardias en las almenas armados con ballestas; la entrada sería fácil, pero salir era casi imposible y la muerte estaba asegurada. Los edificios alrededor eran pequeñas edificaciones de poca altura. Las cocinas, la herrería, los almacenes, las habitaciones de los hombres, los baños, todo estaba a ras del suelo, solo la habitaciones del comandante de Guardia oriente, la habitación real por si venían sus majestades y la del Lord Comandante estaban en la torre central, además del cuarto del maestre que se encontraban en lo más alto junto a lo cuervos.

 

-          Guardia Oriente – Jojen asintió. - ¿Y Arya? – el cansancio no daba relevancia a su voz pero sus puños cerrados demostraban al lacustre toda su preocupación.

 

-          Dormida. Esta con el maestre. La alimentan cada dos horas con papillas y leche igual que a los bebes. – Gendry fue a interrumpir, pero Jojen ya sabía lo que iba a decir. – No saben porque no despierta. – “Y tú no lo entenderías” Suspiro. Su barco saldría pronto, no tenía tiempo para explicaciones que por otra parte alguien tan ajeno al norte no entendería. – Descansa os espera un largo viaje. El comandante ya ha enviado noticias a Invernalia.

 

-          Su majestad….

 

-          Se recuperara. Es lo bueno que tienen los dragones – sonrió enigmáticamente dejándole solo en aquella habitación.

 

Volvió a mirar por la ventana, a la torre. Si todo había salido bien porque ese desagradable malestar. “¿Por qué no despiertas?”

 

Escondida entre las propias sombras de su capucha Catelyn descansaba sentada sobre un vasto taburete; atrás quedaron los años en que se rodeaba de cojines de seda mientras bordaba al calor del fuego. Su piel muerta ya no era capaz de sentir ni la más ligera brisa. Apartados al calor de la chimenea su hijo y la joven lacustre discutían sobre cómo salir. Su hijo. Cuando le miraba se preguntaba que quedaba ya de él que le perteneciera. Bran se había convertido en todo un hombre. La barba que cubría su rostro le hacía parecerse más Ned que el propio Robb, pero claro, su primogénito siempre tuvo más sangre Tully que Stark, igual que su Sansa. Los demás eran hijos del frio, de la nieve, del norte. Sobre todo Arya, la pequeña que con una frase había vuelto su mundo del revés. La culpaba, no. No podía. Solo había hecho lo que tuvo que hacer ella, darle esperanzas, animarle a vivir. Ahora la sonrisa infantil que desapareció en algún lugar del Norte, entre la nieve y las tormentas, volvía con más fuerza cuando miraba a la muchacha que estaba su lado. Meera se había metido en lo más profundo de su ser, un lugar que nadie más que ella podría ocupar. Ya no había sitio para ella, lo sabía y aun así no deseaba separarse. “Pero ellos estan vivos…” se dijo a si misma levantándose igual que un fantasma sin hacer el menor ruido.

 

-          Crees que Arya… bueno… te dijo la verdad. – Meera hablaba con miedo. Tenía miedo de ilusionarse por Bran, por el futuro, pero la sonrisa del muchacho se mantenía firme en su rostro. “Hacía años que no le veía feliz”. Meneo la cabeza. A lo mejor la cura no existía, pero si la posibilidad y eso la valía.

 

-          Mis piernas están en Braavos. Estoy seguro de ello. – “No me hace falta el tercer ojo para saberlo”.

 

Jojen entro por la puerta encontrándose de frente con lady Catelyn. Se aparto con una reverencia a un lado para dejarla pasar, pero aun sin entrar en el marco la detuvo por un instante.

 

-          ¿Se marcha?

 

-          Es la hora. – Jojen hizo un gesto y la mujer se quito la capucha ante él. – Ya no me queda nada que hacer en este mundo. Ahora solo me queda reunirme con mi marido y mi hijo.

 

-          ¿Y qué hay de los que deja aquí? ¿Bran?. – Sabia la contestación lo había soñado solo hacia un par de noches; uno de sus sueños verdes donde veía como los peces nadaban hacia el mar para no volver. Pero era duro ver a un alma decidir tomar su descanso por segunda vez. Sobre todo cuando le podía ver el dolor en aquel rostro que helaba la sangre a cualquiera. Los cabellos blancos y quebradizos que la quedaban, la piel grisácea decorada con aquella abertura palpitante en el cuello en forma de collar. – Ni si quiera se despide.

 

-          No, es mejor así. Bran os tiene a vosotros. Rickon estará bien cuidado por Sansa y Arya...– se encogió de hombros – jamás pude hacer nada por ella. – “El norte es más duro de lo que creía. Pensé que me había hecho dura, pero soy una Tully”. – Yo ya morí hace mucho lo que ves de mi no es más que la sobra borrosa de lo que fui.

 

 

 

El taburete sobre el que se sentó Gendry rechino cuando se marcho. Desde arriba se podían escuchar las voces de hombres pidiendo ayuda para arriar las velas. El ruido de los rayos y truenos hizo evidente que la tormenta estaba en su apogeo. Desde la puerta el antiguo aprendiz se volvió.

 

-          Descansa – dijo cerrando tras de sí dejando el ruido y la tempestad fuera de esas cuatro paredes.

 

Acostada en la cama Arya se incorporo. Enterarse de la muerte de su madre removió algo extraño en su interior. No era pena, ni dolor, eso ya lo había pasado. A pesar de haberla visto, de haber hablado con ella, en su mente su madre estaba muerta. Murió en la boda roja junto a su hermano, solo había tardado un poco más en reunirse con él. Lo que la reconcomía como una mosca detrás de la oreja era lo sucedido con su tío. Esperaba, en lo más profundo de su interior, que hubiese encontrado la paz.

 

Verano aulló y sus ojos amarillos se clavaron en ella. 

 

-          Tampoco te quedaras mucho, verdad hermanito. Braavos es una ciudad tan alucinante que tardaras en querer volver – le dijo acariciándole el suave pelaje.

 

Quedaban jornadas para llegar a casa, pero la tranquilidad era tan placentera que simplemente se recostó dejándose llevar por el vaivén.

 

 

 

En la cima de la montaña la Reina contemplaba su pequeño mundo de cristal. A su lado un bostezo tan profundo como el aullido de un lobo la saco de sus pensamientos. Benjen se mantenía apoyado contra la pared procurando distraerse igual que un chiquillo cuando no quiere estar en un sitio.

 

-          ¿Te aburres?

 

-          Mortalmente. ¿Cómo está Narirota?

 

-          Curándose. El acero valyrio es lo que tiene. – Se encogió de hombros. –  Suerte que fue en la mano.

 

-          Si. Tendría que haber regañado a mi sobrina por fallar.

 

Las carcajadas de la Reina resonaron contra las paredes perdiéndose en el valle. El frufru de su tela sonó cuando se acerco a él y le acaricio la mejilla. Benjen no se aparto pero su mirada hastiada lo decía todo y el acero en su mano le avisaba.

 

-          Acostúmbrate – le contesto la Reina con una mezcla de placer y dolor mientras que el liquido plateado resbalaba por su pierna.

 

-          Y todo esto para volver a tenerme aquí. Deberías buscarte una diversión.

 

-          La tengo – sonrió mientras se adentraba en la cueva – eres tú. Aunque – su voz sonaba amortiguada por el hielo – me hubiera encantado tener también a su sobrina. La eternidad hubiera estado más entretenida.

 

Benjen meneo la cabeza y guardo el arma. Estaba mortalmente aburrido, pero al menos todavía podía defender el muro de esos seres. El rey de la noche seguía por ahí fuera y él tenía todo el tiempo del mundo para encontrarlo.

 

“No tomare esposa, no engendrare hijos, pondré mi espada, mi escudo y mi vida al servicio de la guardia de la noche” recito el juramento de sus hermanos. Ya no tenía mucho sentido, pero le reconfortaba. Todavía tenía un propósito por el que vivir.

Notas finales:

Bueno y hasta aquí la historia de hoy, el proximo pues intentare tenerle para el proximo finde semana o un poco antes, pero no prometo nada XP


 


PD: La verdad no se cuantos capitulos quedan pero estoy pensando en terminar la histroria.

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