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Nieve por yuukychan

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Lady, lady, lady. Fueron las únicas palabras que escucho Arya al bajar del barco en Bastion Kar. Su mundo era un manchón de color donde no distinguía nada. Sentía nauseas en el estomago y a pesar de notar el suelo firme bajo sus pies todo parecía moverse. Cayo al suelo de rodillas con la esperanza de que el mundo dejase de girar. Las voces de alivio y desaprobación se entremezclaron hasta formar un murmullo que la ensordeció. Miles de ojos la observaban, algunos envueltos en pieles y otros con simples capas de lana; mujeres que iban a la compra con su grandes cestas de mimbre la miraban con desprecio y murmuraban: pequeña zorra.

 

Escucho la voz de Lord Karstark, estaba en medio de la calle mayor que llevaba a la plaza de la ciudad y de allí al castillo montado sobre un magnifico semental color grisáceo de crines negras, sus hombres a pie le rodeaban haciendo una barrera infranqueable entre él y el pueblo. Al mirarle sintió escalofríos, sus ojos no se apartaban de ella mientras gritaba. El tono imperioso y rígido la desoriento, la última vez que hablaron le pareció un hombre tranquilo y agradable, dulce a su  manera y un carácter de poco temperamento, pero estaba ordenando algo y lo hacía crispado con la indignación reflejada en cada arruga de su rostro. Oyó claramente que pronunciaban Baratheon, pero nada más. Cuatro de su hombres caminaron hacia ella, hombres y mujeres se abrían a su paso dejándoles pasar, cruzaron el mismo tablón de madera por el que había bajado haciéndolo crujir bajo su armadura esmaltada de blanco y gris. El ruido sordo y metálico que le siguió enmudeció el aire a su alrededor. Solo unos segundos después sacaban a Gendry aturdido y maniatado como a un simple criminal. Un profundo corte en la ceja le cegaba de un ojo, con el otro consiguió distinguir a Arya entre los hombres que la habían rodeado, todos con el emblema del sol blanco de la casa Karstark. Su rostro se encontraba sorprendido y aturdido, ella tampoco sabía nada.

 

-          ¡Esperad! ¡Por favor esperad! ¡Gendry! – grito cuando pasaron por su lado pero su voz fue absorbida por la multitud.

 

Avanzo intentando detenerles, pero varias manos enguantadas la sujetaron. El hierro frio se clavo contra su piel cuando tiraron de ella para impedirle ir hasta el caballero. El quejido de sus labios fue como una señal para que una sombra plateada saliera del barco. La enorme bestia de afilados dientes se interpuso a base de dentelladas entre la guardia y ella. El pelo erizado y los colmillos rivalizaban con las espadas que desenvainaron los hombres aterrorizados. Sus ojos amarillos eran dos ópalos que brillaban bajo los rayos del sol que jugaba a esconderse entre las nubes.

 

-          Tranquilo, Verano – ordeno Arya acariciándole el cuello interponiéndose entre el filo de los aceros y las mandíbulas del huargo. “Qué demonios está… pasando“

 

Se encontraba psicológicamente agotada hasta extremos que no sabía ni que era capaz. Las tormentas a las que se enfrento “La punta escarlata” el esquife mercante en el que embarcaron desde Guardia Oriente había pasado por todos los temporales posibles. Solo una vez en todo el trayecto Arya pudo contemplar el mar antes de que las nubes grises que se avecinaban por el este descargaran toda su furia sobre el barco. Fue el capital el que en esa ocasión la agarro por la cintura igual que a una muñeca de trapo y la llevo hasta el camarote. “Es por tu bien muchacha. Suficiente es con que allá un mujer en el barco sino que además tengamos que rescatarla del mar” la dijo encerrándola junto a Verano. El hombre tenía el acento de las ciudades libres, aunque no logro identificar de cual. El timbre le era más similar al de la ciudad de Volantis y a su vez aquella forma de delinear los verbos era más propia de los Pentoshis, pero su forma de vestir era la de un Tyroshi con aquella barba morada que se rizaba como la de un chivo. Fue en eso a lo que se dedico a pensar el resto del viaje, en eso y en el vaivén del mar que se la metió hasta lo más profundo de la mente. 

 

-          Mi señora Stark, mi señora; me alegro de estéis bien.

 

La mirada de Arya se clavo en la cabeza pelirroja y llena de pecas que decoraban un dulce rostro. La muchacha intentaba atravesar el muro de guardias a empujones y al final lo consiguió cuando le hinco el codo a uno en las costillas. Las maldiciones del hombre le siguieron hasta que la vio abrazar a la dama igual que haría una hermana. Tenía su nombre en la punta de la lengua.

 

-          Mary. Tu eres Mary. – La muchacha asintió llevaba puesto el mismo vestido que ella le dio sin el permiso de Lady Karstark, la mujer del Then.

 

-          Mi lady tendréis que acompañarnos – le ordeno uno de los hombres temblando ligeramente ante el continuo gruñido de Verano.

 

Accedió. Agarrada del brazo que le tendió Mary se dejo llevar sin apartarse del calor que desprendía el lobo huargo.

 

A medida que avanzaba ya no distinguía ningún rostro familiar, solo caras borrosas que la miraban y cuchicheaban. Verano permanecía a su lado lanzando gruñidos de vez en cuando al que se aproximaba demasiado a ella. La tierra compacta y lisa que hacía de calle dio lugar a adoquines bien labrados que llegaban hasta las puertas de la fortaleza de Bastion Kar. Al atravesarlas el patio de armas estaba llenos de hombres con las distintas casas del reino, los Glover, los Mormont, los Cerwyn, los Manderlyn… y otros tantos que no supo identificar. Sus ojos de reprobación la franquearon durante todo el tiempo que tardo en cruzar el patio. A su lado Mary la apretaba la mano susurrándola.

 

-          Tranquila.

 

Puertas de hierro y madera se abrían a su paso cerrándose después como si tuvieran miedo de que se escapara. Los cuatro hombres que la custodiaban avanzaban en línea dos delante y dos detrás escoltándola ante salas vacías y sirvientes que corrían sin darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor o eso parecía.

 

-          Fingen no saber quién sois, pero esta noche en las cocinas seréis la comidilla de todos. Se lo digo yo que he trabajado muchos años – murmuro Mary a su lado.

 

-          ¿Acaso ya no sirves aquí? – la muchacha negó con la cabeza enseñándole un anillo de plata.

 

-          Me case con un caballero al poco de irse vos, mi señora. No tiene linaje, ni tierras, ni siquiera un trabajo estable, pero lo amo – dijo encogiéndose de hombros. – Ahora trabajo en la taberna, no se gana tanto, pero así puedo estar con él.

 

La conversación ceso. Arya no se había dado cuenta de cómo el hombre que caminaba delante suyo se paro por lo que no vio venir el golpe. Sin inmutarse el guardia le señalo la habitación donde se había hospedado la última vez. Entro y cuando Mary fue a entrar tras ella la detuvieron.

 

-          Solo la señora.

 

-          Y un cuerno – exploto Arya agarrando el brazo de la muchacha. Una maldición salió de sus labios hablando la lengua Bravoosi que habían aprendido en el muelle del trapero –, si hay algo que objetar que me lo diga Lord Karstark. ¡Ya he tenido mucha paciencia! – dijo volviendo a la lengua de Poniente.

 

La mirada que le dedico el guardia la atravesó como una flecha. Burla, desprecio, excitación. Tuvo deseos de desenvainar a “Aguja” y coserle la sonrisa y sin embargo cuando su mano se deslizo hasta la cadera su cuerpo aletargado se tambaleo en contra de sus deseos. El hombre agarro el brazo de Mary y la mujer le aparto de un empujón.

 

-          Me quedo con Lady Arya. Si mi señor Lord Karstark tiene algo que objetar puede venir la guardia personal. Aunque permíteme decirte que serví aquí durante más tiempo que tú. – Su mentón firme, desafiante hizo resoplar al hombre.

 

-          Haz lo que quieras – alzo la manos impotente ante las dos chicas que tomaba por mujerzuelas – mujer estúpida – murmuro cerrando la puerta con llave al salir.

 

El silencio se apodero de la habitación mientras Mary ayudaba a Arya a tumbarse en la cama. Descorrió las cortinas para dejar entrar la brisa que venía del mar y con una toalla fría refresco su frente, su rostro y sus muñecas. Poco a poco la sangre volvía a recorrerla el cuerpo devolviéndole el color. “Demasiado tiempo en el mar, y encima a cogido malos fríos”  pensó al cambiar el agua de la tinaja.

 

Aprovechando el silencio que la chica la concedía la pequeña Stark no dejaba de darle vueltas a la cabeza. No entendía porque esa forma de comportarse, por su mente solo se le paso la posibilidad de que Jon estuviera muerto, y no lo creía, algo en su ser la decía que no, que era imposible. Si su hermano hubiera muerto Fantasma…

 

-          ¿Jon a muerto? – soltó de repente asustando a la muchacha que creía que dormía. La jarra de agua se escurrió de sus manos haciéndose añicos en el suelo, pero no la recogió. La pregunta la dejo perpleja durante unos segundos a lo que por fin respondió negando. – Entonces a que viene todo esto.

 

-          Mi señora el reino entero piensa… yo no por supuesto, pero… la gente cree… su majestad cree…

 

-          Dany, la Reina Daenerys. ¿Qué es lo que piensa? Escúpelo – la apresuro Arya.

 

-          Señora se piensa de usted que ya no es doncella. Nadie sabe nada de su pasado y vos os negáis a mencionarlo. Y este nuevo “incidente” – remarco las palabras – con el caballero Baratheon se cree que estaba planeado. Mucha gente sabe que se conocieron durante la guerra y…

 

-          Todo Poniente cree que me escape con Gendry para estar con él. ¡Por los Dioses y lo siete infiernos! - se levanto de la cama presa de la ira. La puerta de la habitación se abrió y ni siquiera se dio cuenta.  Las maldiciones y juramentos que soltó en la lengua de Volantis y Pentos se atragantaban en su boca. Gracias a los dioses Mary no entendía lo que decía pues se hubiera ruborizado hasta tener el mismo color que su cabello. Arya volvió a hablar en la lengua de Poniente al notar como su lengua se trababa. – Maldito sea Poniente y los siete infiernos se lo lleven. ¡Mi hermano estaba muriéndose y nadie hacia nada!

 

-          Pero vos sí. Siempre sois vos, pequeña loba.

 

La voz clara y aterciopelada de Lord Karstark desentonaba con sus labios rígidos y su ceño fruncido. Junto a la puerta abierta parecía un simple criado con su jubón marrón y sus calzas negras. Solo el símbolo de su casa en el broche que llevaba en su pecho le acreditaba como un noble.

 

-          Te lo avise joven Stark. Las lobas solitarias no suelen sobrevivir y tú te has creado el mayor de los problemas al que te debes enfrentar.

 

-          Vos sabéis que entre Gendry. Ser Gendry – se corrigió – y yo no hay nada. ¡Nada!

 

Lord Karstark asintió por un momento pero luego meneo con la cabeza.

 

-          Todavía no lo entiendes, pequeña. En este mundo de dragones, lobos, soles, gigantes… y demás, los solitarios pierden. Sois una mujer, una dama… - los ojos fieros de la loba se alzaron al oír aquellas palabras – es lo que sois y tendréis que aceptarlo. – “O pereceréis como Lyanna”

 

Se encontraba hundida por los comentarios de Mary y el Lord, pero parecía que este último todavía tenía un último golpe para ella.

 

-          El juicio contra Ser Gendry de la casa Baratheon comenzara en cuanto llegue la Reina. – La voz se congelo en la garganta de la chica loba. – Te recomiendo y espero que durante este tiempo descanses. Puedes quedarte junto a ella como su sirvienta, se te pagara por ello – le dijo Lord Karstark a Mary antes de marcharse echando el cerrojo de la puerta al salir.

 

 

 

Los días se sucedían unos a otros. El sol salía todas las mañanas a través de la ventana para ocultarse todas las noches. Sus sueños se volvieron negros y oscuros, tal y como sentía que era su vida encerrada tras esas cuatro paredes. Ya no había lobos, ni cielos, ni siquiera viejos recuerdos, todo era una autentica oscuridad. A solas con Mary el tiempo se le hacía endiabladamente largo. La muchacha se centraba en entretenerla, pero su mayor diversión era la costura. Sus punzadas, perfectas y armoniosas, podían rivalizar con las de Sansa. A su lado Arya pasaba las horas mirando a través de la ventana como hombres de todo el norte llegaban, igual que el día de torneo, pero esta vez el juego sería distinto. Se juzgaba a un noble y encima sureño.

 

En el patio, junto a la armería, habían dejado a Verano encerrado en una jaula provisional. El animal no dejaba de aullar todas las noches al sonido lejano de sus hermanos. Todo hombre y mujer en el castillo odio al animal, pero tenían orden de no tocarlo. “Es el emblema hecho carne de nuestro rey. Acaso queréis hacer con este animal lo que ocurrió en la boda roja” les amenazo Lord Karstark aunque al final le trasladaron al bosque de dioses. Al principio Arya pensó que los aullidos que venían del bosque serían lobos normales, pero la tercera noche el sonido cambio; no podría explicarlo solo que algo dentro de ella le decía que era familiar. Creyó reconocer la voz de Nymeria, si es que se podía llamar así a la sensación que la recorrió. Todas las noches intentaba descubrir si era su amiga mientras por las mañanas se entretenía en ver combatir a los soldados que entrenaban. La mayoría eran demasiado pesados y lentos, sin embargo alguno era bueno. Un muchacho al que llamaban “Saltamontes” podía usar la espada con las dos manos y su cuerpo delgado y fibroso le daba cierta ventaja contra las grandes moles de pesados músculos de los que se solía componer la guardia.

 

“Aunque si le dan un golpe lo mandan de vuelta con los Arcianos – pensó Arya al verle combatir contra uno de esos hombres que tienen más de oso que de persona. – Si fuera él bailaría como una danzarina del agua para agotarle en vez de lanzarme a cada rato como hace el patán. No por saber manejar la espada con las dos manos vas a evitar que su fuerza te aplaste si te pones debajo”

 

Un silencio repentino se hizo en el campo de armas y ambos luchadores bajaron sus espadas. El cielo se oscureció en un instante y las puertas de la entrada principal se abrieron con un tremendo rugido de la cadena. En la habitación Mary contuvo el aliento al oír los pasos al otro lado de la puerta. Arya se levanto en el acto cuando escucho el inconfundible chirriar del cerrojo.

 

-          Ya es la hora – la respondió Lord Karstark a todas las preguntas que no pronuncio. Miro a Mary que se puso de pie inmediatamente dejando caer el bordado de su regazo en el que estaba trabajando. – Ayúdala a vestirse.

 

-          Ya estoy lista – objeto Arya deseando salir inmediatamente, pero en esa ocasión fue la chica quien se lo impidió.

 

-          Compórtese mi señora. Es la Reina quien dirigirá el juicio. – Su voz era una súplica a juego con sus ojos.

 

La pequeña Stark clavo su mirada en Lord Karstark. Llevaba toda esa semana pensando en Gendry. Esperaba que el muchacho estuviera custodiado en alguna habitación decente y no en alguna de las mazmorras. El gris de sus ojos era puro hielo cuando le habló:

 

-          No tardaré.

 

Y lo cumplió. A pesar de que Mary encargase el agua caliente Arya ordeno que la llevaran fría, que lo soportaría. La ordeno preparar cualquier cosa con la que presentarse ante la Reina Daenerys, la daba igual la forma, el bordado, todo; solo quería salir cuanto antes de aquella maldita habitación, ver a Jon y liberar a Gendry. El agua se lleno de espuma con olor a vainilla cuando Arya le echo unas gotas, el olor le resulto empalagoso para su gusto. Se enjabono tan deprisa como las manos le permitían y se sumergió para aclarar el jabón de la cabeza. El frio la hizo castañear los dientes mientras que Mary le acercaba una toalla.

 

-          Debisteis dejar que le ayudase – la reprocho la muchacha.

 

Arya se encogió de hombros bajo la toalla y busco el resto de la ropa. Sobre la cama un vestido azul con bordados en blanco y piel de marta en las mangas la esperaba. Era un traje sencillo, sin corsé ni enganches que necesitasen demasiado ayuda. Con el pelo todavía mojado cayéndole desordenadamente por la espalda estaba a punto de salir en busca de la Reina cuando Mary la detuvo. Sin decir palabra la coloco una horquillas de marfil y plata para sujetar los mechones rebeldes del flequillo y le entrego un afilado cuchillo que cogió prestado del desayuno de aquel día. Arya se lo agradeció con un movimiento de cabeza y guardo el arma atándola al muslo. Fuera uno de los guardias que la habían llevado hasta allí la esperaba para conducirla al gran comedor. Las pequeñas fortalezas del norte, al contrario que Harrenhal o la Fortaleza Roja de Desembarco del Rey, celebraban sus juicios y sus fiestas en el mismo comedor.

 

La sala estaba totalmente distinta desde la celebración de hacia unas semanas, casi un par de meses. Las copas de vino, la música y las risas fueron sustituidas por los colores de la Reina y de Jon, además de los de Lord Karstark. Rostros severos y adustos murmuraban entre ellos con la mirada clavada en el trono que ocupaba la Reina.

 

Daenerys observaba la gran sala en silencio meditando sobre sus propios pensamientos, a su lado Ser Barristan la acompañaba. El caballero blanco se mantenía rígido y quieto apoyado sobre su larga espada sin apartar la vista del condenado que tenía delante. Le resultaba extraño que un hombre tan ingenuo para muchas cosas, incluso algo lento a la hora de entender  las maquinaciones de la corte, se hubiera atrevido a aprovecharse de la joven loba esperando obtener su mano a la fuerza, o al menos eso es lo que pensaban el resto de señores. Atado, por precaución, Gendry se encontraba sentado en una silla alta con respaldo de madera acolchada, la nobleza tenía ciertas comodidades aunque estuvieran acusadas. A ambos lados del trono los consejeros de la corona se sentaban en los bancos cerca de la Reina en un segundo plano.

 

Los hombres que lo componían eran los jefes de las distintas casas de Poniente. La lanza de los Martell, la Rosa de altojardin o la trucha saltarina de los ríos no estaban, aquella disputa no afectaba a sus tierras tan al sur, sin embargo otras casas sí que se mantenían cerca. Casas que durante la guerra entre el Rey Robert y Rhaegal se mantuvieron fieles al dragón tricéfalo y ahora tras la guerra de Dany contra los Lannister y los Baratheon prosperaron. La Torre rota sobre campo verde de los Castell, el Tulipán negro en un campo sinople gris de la casa Worful o las Serpientes del desierto, de la casa Fowler.

 

La puerta del comedor se abrió generando un momento de silencio. Las pisadas de sus zapatos contra el suelo fueron el único sonido que se escucho hasta que Arya llego a colocarse junto a Gendry. Sus ojos se deslizaron desde el rostro hasta las ligaduras de sus manos y pies, después miro a la Reina sin creer lo que veía.

 

-          No entiendo a que viene todo esto – la habló directamente y el sonido ahogado se desquebrajo en miles de voces gritando. Traición. Desconfianza. Zorra. Y aun así Arya ignoro el mundo a su alrededor, seguía con la mirada fija en una mujer por la que sentía cierto respeto. - ¿Por qué?

 

Daenerys suspiro mirando a Ser Barristan. Cuando necesitaba algún consejo el anciano caballero sabía proporcionárselo, pero en esos momentos el hombre no veía más allá que lo que el resto de la gente. No podía contar con él.

 

-          Arya has estado con un hombre que no es tu marido. De ser otra mujer, de pertenecer a otra casa, no me opondría, pero tú – y su rostro se entristeció por ella – perteneces a la familia real. No tengo hijos todavía, Arya. Si algo me ocurriera los hijos de Sansa heredarían, y después los tuyos de no tenerlos ella. ¿Lo entiendes?

 

-          Puedo entenderlo – contesto Arya aunque aquello le parecía que no tenía nada que ver con ella. Jon y Aegon podían volver a tomar esposa entre alguna de las casas, pero prefirió no decir nada. – Pero os juro que entre Ser Gendry y yo no sucedió nada.

 

-          Es tu palabra y… lamento decirte que no significa nada. – Daenerys se levanto ante la expectación del resto de la sala. Con un rostro imperturbable se dirigió a Gendry. – Ser Gendry de la casa Baratheon, hijo del difunto Lord Robert Baratheon – se atraganto un poco al mencionar el nombre del usurpador - sois hallado culpable de seducción, toma, secuestro y… lo que haya pasado con la princesa Arya de la casa Stark, hija de Lord Eddard Stark y Lady Catelyn Tully, prima de vuestro Rey Jon Targaryan – Stark.  Hay pruebas más que de sobra como para condenaros culpable y sentenciaros a muerte.

 

El antiguo aprendiz se mantuvo en silencio mientras que la Reina dictaba su sino. Los murmullos eran como una dulce melodía que se repetía una y otra vez, igual que esas canciones sin letra que las madres tararean a sus hijos para dormirles. Decir que sentía miedo sería absurdo, el mismo tomo la decisión de confesar el crimen del que le acusaban ante aquellos hombres.

 

Lord Karstark le trato bien. Cuando los guardias le apresaron creyó que le meterían en una celda abajo en las mazmorras. Sin embargo le condujeron hasta una de las torres donde le metieron en una habitación sencilla pero limpia y cómoda.

 

-          Lord Karstark ordena que te mantengamos encerrado hasta que llegue la Reina. Si necesitas alguna cosa.

 

Los guardias no esperaron su contestación. Le trataban con una aversión disfrazada de respeto. Les enfurecía aquel trato preferencial, de ser un comerciante, un labrador o un simple pastor les encerrarían en una de las celdas más oscuras y malolientes hasta juzgarles. 

 

Fue entre esas cuatro paredes que los hombres del consejo de reino se presentaron. El primero en hablarle fue Jofrey Castell, un hombre bajito de hablar lento y pausado que hacía que le temblara la papada. La prominente panza embutida en una túnica roja le asemejaba a un enorme tomate en la parra ya que el color verde de sus calzas no le ayudaba. Sobre los hombros una corta capa de color granate se ataba al cuello con dos broches que se unían entre sí con la forma de una torre rota. La otra era una mujer que se había mantenido oculta tras la capucha. Al dejarla caer vio una cabellera rubia de ojos azules que le era familiar. Al tenderle la mano para que se la besara rozo con los labios el anillo de oro con dos serpientes entrelazadas. La frialdad de la mano de la mujer no era buena señal y las palabras que le siguieron fueron su autentica sentencia.

 

“La nobleza es una serpiente con mil cabezas, aunque le cortes una le saldrán cien más. Muchacho te cortaran la cabeza para poder seguir teniendo poder sobre la familia real – le había amenazado. Soberbio estaba dispuesto a negarse, incluso les amenazo, pero sus palabras se las trago la tierra al oír lo que sucedería con Arya. – Naciste plebeyo y no lo entiendes. Si te niegas ella será desterrada. Exiliada. ¿Es eso lo que quieres joven señor? Apartar a la joven dama de su familia, otra vez. No fue suficiente con traicionarla cuando lo que más te pedía era tu protección, tu ayuda. Estas dispuesto a hacerlo de nuevo” Fue el último puente que cayó. Confeso.

 

-          Os habéis vuelto locos – rugió Arya al ver acercarse a los guardias. De un movimiento saco el cuchillo rajando la mano del primero de los hombres. – Esto es una farsa. Maniatado como un animal, no le habéis permitido hablar, ni siquiera le habéis otorgado un juicio por combate.

 

-          Esas son las leyes del sur, Arya – la increpo Daenerys alzando el brazo antes de que Ser Barristan desenfundara su arma y obligando al resto a retroceder. En esos momentos su pequeña cuñada era como uno de sus dragones, si lo acorralaban escupiría fuego. – En el norte se siguen las leyes norteñas. Si eres acusado de traición, como es el caso, la sentencia es clara y lo sabes.  

 

Si. Arya lo sabía. Su padre había sentenciado a muchas personas con “Hielo” pero siempre lo hizo él mismo, les miro a los ojos, a todos ellos y llevo su muerte dentro de él. Una venita se inflamo en su frente cuando se volvió hacia la Reina. Ella no lo haría. No cogería la espada.

 

La Reina siguió hablando y lo que salió de sus labios la congelo.

 

-          Él ha confesado.

 

“¿Qué demonios?” Aquello no podía ser verdad. Se volvió hacia Gendry con el cuchillo temblando en la mano. Como se le ocurría al alcornoque que tenía serrín en el cerebro decir esa locura. Busco sus ojos que la eludían clavados en el suelo. Los gritos se escaparon de sus labios como los pájaros se escaparían de una jaula.

 

-          ¡Que es lo que has confesado imbécil! ¡Acaso quieres morir! ¡Para eso haberte quedado al otro lado del muro, idiota!

 

La sombra ondulante en el suelo la hizo volverse. Los ojos de Arya se entrecerraron cuando vio al anciano de capa blanca acercase hasta su Reina sin apartar la vista de ella y su cuchillo.

 

-          Hay otra opción – sonaba satisfecho como si así matase dos pájaros de un tiro – casaos con el muchacho.

 

Las palabras resonaron en la mente de Arya. No se esperaba esa salida. Un duelo a muerte, huir, enfrentarse a toda la guardia, pero… matrimonio. Miro a Gendry. El chico estaba tan sorprendido como ella y aun así sus ojos no mostraban rechazo, más bien, ansias. Le miro por largo rato fijándose por primera vez en él como hombre. Era alto, fuerte, atractivo. Un pelo negro azabache rebelde por naturaleza y unos ojos azules que la miraban con cariño, ternura y deseo. Apretó las uñas contra las palmas de las manos. Hacía tiempo que lo sabía y no había querido admitirlo. Gendry la quería, estaba dispuesto a morir por ella, pero y ella. ¿Qué quería ella?

 

Las palabras del viejo resonaron por la sala mientras los nobles se las repetían unos a otros. No era mala solución. Una alianza sellada con el heredero de Rocadragon mantendría a Stanis alejado y tranquilo. Sansa se había casado con Meñique que aunque no valiera mucho sus tierras se encontraban en una zona intermedia y seguía siendo consejero de la moneda, los consortes de la Reina vivían en el Norte y en el desierto de Dorne, si Rickon se casara con una mujer del Nido de águilas o de los Ríos podrían asegurar el Reino por muchos años, tanto como el antiguo reinado de los Targaryan.

 

La voz de Ser Barristan volvió a resonar ahogando al resto pese a su edad.

 

-          Si ocurrió lo que dice el muchacho y te casas, salvaras tu honor y su vida, ¿acaso no quiere eso, lady Arya? – la miro – no quiere formar una familia, ser la señora de un castillo – dio un paso hacia delante. – No quiere cumplir con sus obligaciones como dama.

 

Por un momento se volvió a sentir una niña en Desembarco de Rey. Delante suya su padre le decía las mismas palabras mientras ella intentaba mantenerse en equilibrio sobre unas escaleras como le había mandado Sirio. “Algún día serás la señora de un castillo y tendrás hijos e hijas” Sintió que la misma rebeldía inflamaba sus venas. Quería gritarle que no solo era una niña, ni una dama, ni una mujer, que era Arya. Tenía sueños e ilusiones y deseos. Estaba a punto de mandarle a los siete infiernos cuando sus ojos se desviaron hacia Gendry.

 

-          Quiero – sus corazón dudaba y su lengua se trababa sin saber que decir. Miles de pensamientos y momentos se volvían confusos en su mente despertando cosas que creía dormidas, olvidadas – quiero – “mierda Gendry” le reprocho desviando la mirada al suelo clavando su vista en el entramado de losas marrones. Sin mirar a nadie avanzo hasta el primer escalón donde se encontraba el trono. Se le nublaba la vista mirando al trono. “El trono. Jon”

 

-          Si me permite interrumpir. Me parece que lo necesita ahora mismo mi señora es ver a su hermano. – La mano de Lord Karstark descansaba sobre el hombro de Arya mientras se dirigía a la Reina. – Si su alteza no se opone, por supuesto. – Junto a su oído le susurro unas palabras que hicieron asentir a Daenerys.

 

-          Acompañadla mi lord. Ahora me reuniré con vosotros.

 

El estrado donde descansaba el trono se quedo vacio en cuestión de segundos. Lord Karstark agarro por el codo a Arya llevándosela por una puerta lateral que conducía a las galerías mientras la Reina daba las últimas órdenes a sus espaldas.

 

Caminaron por uno de los pasillos cubiertos que bordeaban el jardín. El viento arreciaba con fuerza pegándole la falda entre las piernas con punzadas frías que no era capaz de sentir. Se encontraba entumecida, como si se acabara de despertar. “La vida era más sencilla siendo Gata de los canales, Arry, Comadreja o… Nadie” pensó mirándose las manos. Las heridas que se había hecho recuperando la rosa de los muertos para su hermano cicatrizaban borrando de su piel las huellas del viaje, no así lo sucedido. Los apuros, el miedo, la muerte. ¿Por qué nadie se preocupa por eso? Más allá del muro seguían existiendo esos malditos demonios blancos, y sin embargo allí su máxima preocupación era... apretó los puños hasta sentir dolor. Eran unos hipócritas. 

 

Miro por la ventana. Por entre los arcos que soportaban el techo se podían distinguir los pinos y robles nevados junto a sus Dioses. Los arcianos estaban en el centro bañados por una laguna de aguas negras, rodeados de sus propias hojas que formaban un cálido suelo rojizo mezclado entre el blanco de la nieve. Allí suelto corría Verano persiguiendo a las ardillas y lanzando aullidos que de vez en cuando le respondían. La recordó a Invernalia antes de partir a Desembarco del Rey.

 

-          Mis antepasados construyeron la fortaleza guiándose por la de Invernalia. No querían olvidar de donde venían – la explico como si leyera su pensamiento. – Pero con el paso del tiempo quisieron distanciarse, buscar una identidad. ¿Sabes porque eligieron el sol blanco como emblema?. – Arya negó con la cabeza, nunca solía prestar atención a los maestres cuando hablaban de historia, al no ser que fueran batallas. – Porque en principio no era un sol sino una luna. Querían ser más que los Stark, querían demostrar que eran mejores, que eran ellos los que debían gobernar. – Suspiro. – El lobo siempre se arrodillara ante la luna, es su naturaleza.

 

-          ¿Y cómo acabo la luna transformándose en un sol?

 

-          Porque nos lo impusieron. Durante años y generaciones nuestros deseos y ambiciones crecían. Más tierras, más impuestos, más poder, pero nunca era suficiente. Lo que realmente deseábamos era el trono del invierno. Una y otra vez nos repetíamos que estábamos en nuestro derecho, también éramos Stark, más que Stark. Habíamos conseguido una tierra propia, una riqueza propia, un nombre propio. Karl Stark consiguió lo que ninguno de sus hermanos mayores había hecho, sofocar la revuelta de los Bolton hace mil años, entonces porque no gobernar.

Esa ambición nos llevo a conspirar. Matrimonios convenientes para tener más hombres, control sobre los impuestos de Bastion Kar y alrededor para tener más dinero, el miedo que infundía nuestro nombre a los subordinados. Teníamos el poder, pero no la fortuna de los Dioses, esa siempre ha pertenecido a vuestra casa joven loba.

Y aun así lo intentamos. Un año en el que el sol se mantuvo oculto para no ver la carnicería que nos hacíamos. Aldeas arrasadas por la espada y el fuego, niños huérfanos, hombres mutilados y mujeres marcadas por las injusticias de los hombres rogaban a los Dioses venganza y solo obtuvieron el silencio, abandonados a su suerte. El pueblo no nos importaba. Nuestra meta era el trono, los Stark se arrodillarían o borraríamos su nombre y su estirpe de la faz de la tierra.

Durante ese año regamos los campos con sangre de nuestros hermanos… para nada. En la última escaramuza intentamos adentrarnos en las tierras de Invernalia por el bosque de lobos, por aquel entonces simplemente era un bosque más. Los soldados de vuestra casa con Theon Stark a la cabeza nos sorprendieron. La canción del metal entono su canción durante toda la noche, era una melodía tan desgarradora que las animas de los hombres todavía vivos lloraron. Al alba solo quedo de ella el eco de sus instrumentos. En una sola noche la sangre tiño hasta el último rincón del bosque. Espadas rotas, hachas clavadas en los troncos, flechas por el suelo y cuerpos, sobretodo cuerpos, sembraron aquel bosque.

El amanecer encontró a los lobos de cuatro patas dándose un festín con los muertos mientras que los que iban a dos avanzaban con sus caballos y los prisioneros hacia aquí, hacia mi hogar. Mi abuelo me conto que Theon Stark miro al cielo y creyó que el sol se había vuelto blanco entre tanto rojo. Ya fuera el cansancio o una señal de los Dioses, ese mismo día decidió perdonarnos a cambio de cien rehenes, hombres y mujeres de mi casa y de las familias que se alzaron junto a nosotros. Si alguna hacha volvía a levantarse firmarían la sentencia de muerte. Además cambio nuestro emblema por el sol. “Solo los lobos pueden aullar a la luna. ¡Nuestra luna! Ningún hombre debe olvidarlo o no volverá a abrir los ojos para ver el sol” dijo en medio de la sala desgarrando los estandartes de la familia y tirándolos al fuego. La amenaza calo hasta el fondo de nuestros corazones. Mis antepasados no intentaron volverse a levantar, se conformaron con poder ver a sus hijos abrir los ojos cada amanecer, para ver el sol. “El sol del invierno”

 

La voz de Lord Karstark ceso justo cuando llegaron al final de las escaleras de la Torre del vigía que dominaba el ala Este de la fortaleza. Sentados ante una puerta de madera de arciano con remaches de hierro dos hombres con armaduras y capas blancas la custodiaban en silencio. Las espadas desenvainadas sobre su regazo eran una clara advertencia para los que intentasen entrar sin su permiso. Al verla intercambiaron una mirada y ante una leve señal del mentón se apartaron. El Lord se quedo unos pasos atrás, la dejaría entrar sola. Estaba a punto de hacerlo, tenía la mano sobre picaporte cuando se volvió hacia él.

 

-          ¿Por qué me habéis contado esta historia?

 

Tras unos segundo de meditarlo el hombre la sonrió con aquella mueca triste que le hacía más mayor de lo que era. Los hombros hundidos y el cuerpo doblado le hacían parecer que cargaba con el peso del mundo y que lo que le iba a decir era una carga más.

 

-          Porque debéis comprender que en todas las familias se hacen sacrificios por el bien común. Mi antepasados sacrificaron su honor, sus ambiciones por salvaguardar a los suyos de más masacres. Por sobrevivir en este mundo. ¿Puede que vos tengáis que sacrificar más? No podría decíroslo, Arya Stark.

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