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Nieve por yuukychan

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Notas:

Eyyyy ya estoy aqui con el tercer capitulo XP no me he tardado mucho jjejeje

Jon miraba Invernalia desde las afueras de la fortaleza rodeado de sus hombres. Llevaban varios días con nevadas intermitentes que afectarían duramente a las cosechas, pero no era aquello en lo que pensaba. Sus ojos estaban fijos en su hogar, lo que jamás había considerado suyo por mucho que lo desease, Lady Catelyn se lo recordaba a cada momento, y ahora por fin lo era.  Solo la fachada de la antigua ciudad había sobrevivido a la guerra de los cinco reyes, pero no le importaba. Lo que realmente hacia de aquel sitio el corazón del norte era su espíritu; el espíritu de los antiguos hombres que corría por sus tierras como la sangre corre por las venas de los hombres.

“Es un hogar de reyes” pensó Jon orgulloso de su tierra al volver su caballo para contemplar las vistas. A pesar de la nieve se podía ver como hombres y mujeres trabajaban en los campos bajo los tenues rayos de sol que se escapaban de entre las nubes y como los niños corrían lanzándose bolas de nieve unos a otros bajo la supervisión de algunas muchachas en edad de casarse. Las mismas que servirían el banquete y luego se marcharían con algún criado ó banderizo de bajo rango a decirse cosas en la intimidad. Jon meneo la cabeza; ya veía los problemas que iba a tener con las muchachas. Cierto que era un lugar frío, indómito y, a veces, cruel; pero era una tierra donde el corazón latía con fuerza por vivir, por luchar, por ser libre. Así eran las gentes del norte, así era él… y Arya. Sus hermanos tenían demasiado del pez de Tully, el emblema de la casa de Lady Catelyn, la casa de su madre. Solo la pequeñaja de su hermana parecía tener tanto norte como él, tanta nieve y frío corriendo por sus venas.

El frío y los copos de nieve comenzaban a  impacientar a los animales que estaban deseosos por seguir; y no solo ellos. Jon miraba con ansias el camino y la sonrisa por verla afloraba en su rostro bien barbudo.

-          Se acerca el invierno o lo buscamos – le susurro a su caballo favorito, un enorme semental negro que se encabritaba cuando alguien que no fuera él lo tocaba. La caricia apaciguo al animal que amenazaba con lanzarse al galope en cualquier momento.

-          Mi señor – le pregunto la voz de uno de sus capitanes a pocos metros de él. El chico, alto y musculoso, dejaba ver a través de la visera unos profundos ojos azules que miraban con respeto al hombre que era su rey. Su caballo, una enorme bestia que cargaba con el martillo de su dueño, resoplaba impaciente dando patadas al suelo.

-          Nada Ser Gendry, nada. – Mirando al resto de sus guardias les hizo una señal. – Muchachos vayamos a escoltar a mi hermanita y a su esposo – les ordeno echándose al camino sin mirar atrás.

Mencionar el nombre del marido de su hermana hacia sentir a Jon que la bilis se le escapaba por la bocas. Había dejado pasar la traición de Theon Greyjoy solo por haber protegido a su hermanita de manos de los Bolton y haber colaborado con ellos en la guerra, pero jamás le perdonaría. Los huesos de Robb que descansaban en la cripta de sus antepasados no le dejarían nunca. Ni siquiera erradicar la casa Bolton le hizo sentirse mejor, pero se juro que si Tywyn Lannister tuvo sus “Lluvias de Castemere”; él tendría sus “Cenizas de Bolton”.

Y así fue. Con ayuda de Rhaegal, Viserion y Drogon redujo el Fuerte Terror a cenizas y escombros. Todavía se acordaba de cómo el propio Lord Roose Bolton trajo el cuerpo degollado de su propio hijo antes sus ojos. “Le juro lealtad mi señor, mi rey. Se lo juro. Aquí esta la prueba. Un hijo que no obedece las ordenes de su rey debe morir” le dijo hincando una rodilla entre las cenizas de su propia tierra. Ver aquello solo hizo que Jon sintiera más deseos de verle muerto. Aquel bastardo solo hizo lo que su padre le ordeno, fue él quien engaño a su hermano y lo degolló en la boda roja. La ira le hervía la sangre cuando desenvaino a Garra, la espada bastarda que le regalo el Lord Comandante Mormont. Iba a cumplir la sentencia allí y en ese momento bajo la mirada de todos sus súbditos. Varios de sus hombres se ofrecieron a impartir la justicia del rey por él, pero Jon se negó. “La ejecución debe hacerla aquel le sentencie, sino eres capaz de hacerlo es probable que el hombre no merezca morir” le había enseñado Eddard Stark.

-          El día que traicionaste a tu señor, a tu rey, a mi hermano. – Escupió esas palabras con el dolor crispando su rostro. – Ese día te sentenciaste – le dijo antes de cortarle la cabeza.

Por un momento pensó que aquellas gentes que había vivido bajo el dominio de los hombres desollados se echarían sobre él, sin embargo solo vio alivio en aquellos rostros y algo de miedo por su futuro. Jon les entendía. No había nada peor que sustituir a un malvado por otro peor. Después de pensarlo mucho y hablarlo con Daenerys ofreció a su hermana y al marido de está aquellas tierras ricas y productivas.  

Era cierto que ninguno de ellos era en verdad su hermano, aun así los 15 años que vivieron juntos pesaban más que la verdad. Aunque después de todo lo que paso, de tantas traiciones y sueños rotos, acabo sirviendo a la nueva reina que reclamaba el trono en contra de todo Poniente. Herido, hastiado y cansado se unió a las filas de aquella que llamaban “madre de dragones”. No lo hizo porque la creyera mejor, sino simplemente porque no tenía otro sitio al que ir y además quería hacer todo el daño posible a los Frey, a los Lannister, a los Bolton y a todos aquellos que traicionaron la confianza de su familia. Sin hogar, sin casa, sin hermanos; solo le quedaba esa guerra. Sus propios compañeros lo traicionaron cuando intento cambiar las leyes del muro para beneficio de todos. “No saben nada Jon Nieve” oía la voz de Ygritte en su cabeza.

Llevaba cerca de un año luchando para la reina Targaryan y no había visto ni un dragón. Era cierto que combatía con hombres extraños e imponentes. Dothrakis de piel cobriza y largas cabelleras untadas en aceite que tintineaban al cabalgar hacia la batalla; Jon no entendió que significa ser uno con tu montura hasta que no los vio luchar. Hombre y bestia parecían unidos como un solo ser, como un demonio salido de los siete infiernos para obedecer a la mujer de plata. También estaban aquellos hombres implacables que parecían no sentir el dolor en ninguna de sus formas y les daba igual a quien matar siempre que se lo ordenase su reina. Pero ni rastro de aquellas bestias mágicas de las que solo quedaban sus cráneos en algún lugar de las mazmorras de la Fortaleza roja.

La primera vez que por fin los vio la emoción de ver aquellos animales le hizo tambalearse. La fuerza de sus alas, el calor de las llamas, solo se le ocurría una palabra para describir aquel ser; dioses o como mínimo sus monturas. Eran el poder hecho carne, la magia cobrando vida, eran los sueños hechos realidad. Solo los vio sobrevolándole camino a la guerra lanzando llamaradas al enemigo que corría de un lado para otro entre gritos de dolor. La batalla parecía ganada desde un principio hasta que una catapulta derribo al enorme dragón negro donde iba montada la reina. Los otros dos dragones, sin jinete que los dominase descendieron al mismo tiempo y la batalla se encarnizo todavía más. Sin los dragones de su parte el otro ejército les supera 10 a 1. La muerte estaba asegurada.

Realmente Jon no se dio cuenta en que momento atravesó el corazón del hombre que le atacaba y corrió hacia el primer dragón que vio; sin miedo se abalanzo sobre las llamas que salían de la boca de la bestia y lamian su piel sin hacerle nada. De eso no se acordaba, pero si de la emoción que sintió cuando cabalgo a Viserion. Aquel animal le llevo por los aires antes de descargar una potente llamarada sobre el bando de los Tyrell. Los gritos de dolor se confundían con el aire a cada ataque hasta que al anochecer suplicaron la rendición a la nueva reina. Daenerys no supo que decirle cuando le vio bajar del dragón sin mayor rasguño que los recibidos en el campo de batalla. La cosa no hubiera ido a más y él seguiría siendo un simple soldado si la sacerdotisa roja, la consejera del usurpador rey Stannis que depuso las armas uniéndose a ellos a regañadientes, no le hubiera confesado que él no era Jon Nieve hijo de Eddard Stark, sino que era hijo del último dragón, Rhaegar de la casa Targaryan y de Lyanna Stark.

-          A partir de ese momento fueron demasiadas obligaciones – se dijo a sí mismo al recordar como tuvo que ceder y casarse con su tía para unir el norte y el sur otra vez bajo un solo reinado.

-          Decía algo mi señor. – El guardia le seguía de cerca pendiente de todo lo que ocurría alrededor de su señor y rey.

-          Si. Que quiero ir más deprisa.

Jon espoleo el caballo dejando a sus guardias atrás. Días como aquel en los que deseaba estar solo era cuando más le molestaba tener que ser rey. Añoraba la libertad de ser un bastardo, un desconocido.

 

El constante ruido de las sirvientas murmurando por las esquinas era la única música que Sansa escuchaba desde hacia semanas. La vistita anual de la reina era todo un acontecimiento que esperaba con ansias; era una de las pocas fiestas en las que se reunían el norte y sur. La costaba entender porque su hermano o su primo, o lo que fuera, no se veía más con la reina. “Así les costara dar un heredero al trono” le decía a su marido en la cama; esté solo se reía y le recordaba que los hijos de los reyes le daban igual. Él quería el suyo “y contra más mejor” le susurraba en el oído.

Con cuatro criadas nuevas que le arreglaban los bucles del pelo y le abrochaban el vestido se miraba en el espejo con ojo crítico. Tenía dieciséis años, estaba casada y aunque viviera en Invernalia tenía sus propias tierras donde antes estaba la de los Bolton. Tenía todo lo que podía desear y mucho antes de cumplir los veinte. Ante el espejo se veía deslumbrante con el hermoso vestido verde de seda rematado de esmeraldas que se había comprado en su último viaje a Desembarco del rey; solo esperaba que el verde siguiese de moda en la capital, después de casi un año nadie se lo aseguraba.

-          Esta usted preciosa como siempre mi señora. El color del verde resalta sus ojos de una manera espectacular – le decía una de las criadas mientras la otra le hacia un enorme moño en lo alto de la cabeza colocándole una diadema de esmeraldas.

-          Lo sé. Y ten cuidado con la diadema – se limito a decir Sansa retocándose un mechón aquí y otro allá.

Aquella diadema significaba más para ella de lo que la mujer podía suponer. Era el triunfo de su casa, de su honor y de su libertad. Tyrion se la regalo el día que se separaron legalmente y el pudo hacer su vida con Tysha. Se la quito de la cabeza de Cersei el mismo día que la reina fue coronada en Desembarco del Rey y se la regalo ante todas las casas de Poniente como símbolo de la sumisión de los Lannister a la corona. Sus ojos la decían mucho más que sus palabras y ella se lo agradeció, no hubiera soportado estar más cerca de aquella mujer que la hizo la vida tan imposible. Todavía había noches en las que se levantaba temblando, con miedo a si todo aquello era un sueño y ella seguía prisionera en la Fortaleza roja.

Los golpes en la puerta hicieron que las criadas se movieran como palomas amaestradas más nerviosas por la incipiente fiesta de esa noche que los mismísimos invitados que en aquellos momentos ya estarían de camino.

-          Estas radiante, esposa mía – le sonrió el hombre de la puerta al ver a Sansa de pie. Los pequeños ojos calculadores y aquella barbita bien recortada no parecía sufrir los efectos de la edad, sin embargo Lord Petyr ya dejaba ver alguna que otra cana más pronunciada en su pelo.

Sansa le sonrió cuando su esposo le cogió de las manos para besárselas. Era extraño pensar en que momento dejo de verle como el amigo de la infancia de su madre y paso a ser alguien a quien de verdad amaba. Nunca creyó en enamorarse de un hombre tan opuesto a su ideal de marido, pero después de pasar con él casi toda la guerra fingiendo ser su hija no pudo evitarlo. Discutieron, se gritaron y se odiaron, pero al final aquel arrogante y avaricioso hombre cedió a conformarse con lo que ambos podían obtener si se rendían al poder de la casa Targaryan. Antes de su boda Petyr la confeso que pudo salvar a su padre, pero no lo hizo. Siempre estuvo obsesionado con su madre y aquello para él había sido su pequeña venganza. En un principio Sansa lo odio por ello, y todavía se sentía resentida cuando bajaba a las criptas a ver la tumba de su padre y de su hermano.

Pero el hombre al que llamaba esposo la había demostrado que moriría por ella. Lo hizo cuando se interpuso en camino del cuchillo entre Cersei y ella el día en que Dany subió al poder.  Aun encadenada aquella maldita Lannister era una leona hasta la última fibra de su ser; la única de la que en verdad Tywyn Lannister debería haberse sentido orgulloso. Juro vengarse y lo intento de verdad, no eran palabras que cayesen al rio y se las llevara el mar. Ese día, al lado de la cama de Petyr, rezo a los siete por su salvación. Doliera a quien doliera le quería de vuelta y con ella.

-          Que los otros se te lleven. Te juro que si no despiertas y nos casamos te revivo y te mato yo misma.

La risa de Petyr fue el sonido más dulce que escucho en aquella larga semana. El hombre le miraba divertido desde la cama contestándola que si no había más remedio. Las lágrimas se escapaban de los ojos de Sansa al mirarle. No veía su rostro, ni escuchaba sus palabras; solo podía pensar en que estaba vivo.

Petyr sonrió.

-          Eres más hermosa que esa reina sureña. – Su rostro dibujo aquella sonrisa traviesa que tanto recordaba a la de un niño a punto de hacer una bravuconada.

-          Y tú sigues siendo tan mentiroso como siempre. – Le señalo la silla de su habitación donde alguno de los dos siempre leía. – Siéntate. Me falta todavía un poco.

-          Me encantaría cariño, pero… - la mirada de Petyr la decía todo; había problemas.

Nerviosa y enfurecida Sansa recorrió los pasillos de Invernalia hasta llegar al gran salón. Sus pasos repiqueteaban sobre aquel suelo desconocido a medida que avanzaba entre las habitaciones buscando el camino más corto. Lo que le había dicho su marido no tenía ningún sentido. ¿Que disparate era aquel de que Arya había venido con la reina montada en un dragón y que además era totalmente diferente a la Arya que conocieron? Era cierto que la última vez que la vio fue de lejos, ella estaba subida en un barco rumbo a las Islas del Hierro con Theon Greyjoy, pero reconoció su figura estrecha y su pelo indomable.

El gran salón era una enorme habitación donde más de mil personas podían comer sin molestarse unas a otras. Incluso lejos de los invitados importantes, cerca de las puertas para que no molestaran, había un sitio donde los caballerizos, guardias y otros hombres se sentaban a pasar la noche entre alcohol, perros, juegos y mujeres. Colgados de las paredes el lobo huargo de los Stark presidia la sala como lo había hecho desde tiempos inmemoriales en Invernalia. Las mesas ya estaban dispuestas en dobles filas para la cena de aquella noche, solo faltaba que los invitados fueran llegando. El calor de la sala se mantenía por las enormes chimeneas que se alimentaban todo el día y durante la noche algún criado seguiría echando leños para mantener la temperatura. Sansa agradecía que el resto de la fortaleza se calentara gracias al agua caliente que corría entre los muros y hacia que las rocas desprendieran calor durante todo el día.

Cuando Sansa llego al gran salón se encontró con la reina Daenerys hablando vulgarmente con otra muchacha. No podía negarse que la chica era del norte; su pelo castaño, sus rasgos, todo en ella era norteño, pero era imposible que aquella chica tan atractiva fuera su hermana. Busco a los guardias con la mirada y conto siete. “Más que de sobra para que la apresen” pensó.

-          Guardias cogedla. Es una impostora. – No había dado ni la orden cuando dos de los hombres cogieron a Arya amordazándola en el acto.

-          Que significa esto. Acaso esta chica no es de aquí. – La duda en el rostro de Dany al levantarse reflejaba que no sabía tampoco quien era.

-          Mi reina. – Hizo una reverencia. – Esta chica dice que es Arya Stark, mi hermana. Eso es imposible. Mi hermana pequeña se caso con un Greyjoy y vive en las Islas del hierro. Jon ha ido a buscarla.

Arya contemplaba la escena sin creérselo. Alguien se había hecho pasar por ella y en verdad había conseguido hacerse con su identidad. “Tanto tiempo siendo Nadie me ha costado caro” pensó desesperada intentando quitarse la mordaza.

-          Os dije que esta chica no era de fiar, mi reina. Quítenla las armas – ordeno Ser Barristan a los guardias.

Dany todavía miraba como la muchacha luchaba por deshacerse de los guardias. Solo pensaba en que aquella chica no podía ser mala, Rhaegal no la habría permitido montarse en él si sintiera que fuese peligrosa.

-          Entiendo que tengáis que prenderla. Pero hasta que no venga Jon – dijo clavando la mirada en Sansa – no, repito, no; podéis hacerla ningún daño. Yo me hago responsable de ella.

Dany conocía bien la ley; ella misma había escrito de su puño y letra el castigo que se recibía. La usurpación se pagaba con la muerte.

 

Todo el viaje de regreso Gendry no se había atrevido a hablar con Arya. La había visto de pasada, bueno solo su cabellera castaña, antes de que se subiera al carruaje. Deseaba hablar con ella para saber si le recordaba o si alguna vez había pensado en él. Pero ya era tarde. El hombre que iba por delante de él junto a Jon, aunque manteniendo la distancia, era su marido. En Invernalia Gendry había escuchado a las doncellas decir que el Greyjoy fue uno de los hombres más atractivos de todo Poniente antes de que el bastardo de los Bolton lo torturara. Aun así muchas seguían viéndole atractivo a pesar de que le faltaran varios dedos de las manos y de los pies. “Si sabe usar el resto no le hacen falta” escucho decir entre risas a una muchacha esa misma mañana antes de partir. Las risas de sus amigas seguían metidas en su cabeza.

Otra vez aquel ruido entre los arboles hizo que Gendry se parara. Llevaba escuchando el mismo sonido desde que salieron aquella mañana y comenzaba a molestarle. “Sera Fantasma” – le había dicho Jon, pero el lo dudaba. Fantasma no hacia ruido, no lo hacia ni para comer, ni para beber, ni para atacar, ni para moverse, ni para nada. Sin embargo allí seguía ese constante ruido como si alguien o algo los espiara.

Cuando entraron por las puertas de la ciudad el sol ya estaba casi oculto entre el horizonte. Los últimos rayos que se reflejaban en la nieve daban a la fortaleza la sensación de ser un castillo de cristal cuyas altas torres escondían secretos solo para aquellos valientes que se atrevieran a cruzar sus puertas. Los ojos de Theon recorrieron de una punta a otra los enormes muros. Trago saliva. Allí fue donde vivió los mejores años de su vida y donde los perdió todos por culpa de su estúpido orgullo. Un orgullo que no le había servido de nada, ni siquiera en su tierra donde soportaba las burlas de sus súbditos al haber sido cogido por idiota. “Tenía que haber hecho caso Asha y haber elegido bien el bando. Tenía que haberme quedado con mi autentico hermano” pensó con un nudo en la garganta al recordar a Robb y como le había traicionado. Todas las noches desde que se entero de su muerte se encerraba a rezarle, al dios ahogados, a los siete, incluso viajaba hasta algún bosque solo para rezarle ante los arcianos.

-          Vamos. No esperaras que estemos aquí todo el día. – Jon espoleo su caballo entrando por la puerta principal. – Dejarla abierta. Tendremos invitados, pero que alguien se quede en las almenas. Ya hemos tenido suficientes traiciones. – Aunque su mirada no se dirigiera a nadie Theon agacho la cabeza. Cuando lo rescataron confeso que los niños Stark seguían vivos, pero solo encontraron a Rickson que estaba de pupilo con los Karstark. Bran seguía desaparecido y eso nadie se lo perdonaba, eso y muchas otras cosas.

Los caballos se movieron inquietos mucho antes de ver a los dragones. El olor a azufre no era molesto, pero si ponía nerviosa a la gente que andaba de un lugar para otro esquivando el patio que se había construido precisamente para las bestias. Los enormes dragones descansaban sobre el patio adormecidos después del largo viaje con restos de carne quemada a su alrededor. A Jon le sorprendió ver a Drogon allí también, contaba con que Dany fuera montada en Rhaegal y después volviera a caballo o en carruaje.

-          Encargaos de esto – ordeno Jon a uno de los caballerizos bajando del caballo. – Cuando tú y Arya estéis o espero en el gran salón. Te acuerdas de donde esta ¿no?. – Theon se mordió la lengua asintiendo con la cabeza. Esperaba que aquellas groserías durasen pocos días. Pero no solo era eso lo que le ponía nervioso. Durante todo el camino no dejo de mirar el carruaje.

Jon se adelanto al resto. Se moría de ganas de ver y de abrazar a su hermanita, pero debía esperar. Tenía que comportarse como el rey que era, no como el hermano que quería ser.

 

En cuanto Jon cruzo la puerta supo que había problemas y no los de costumbre. Sansa se sentaba junto a Daenerys un peldaño por debajo de ella. La mirada perdida y ese morderse la uña no indicaba nada bueno. Dany se sentaba en una silla aparte junto al trono de Invernalia, decorada con tres cabezas de dragón que representaban a sus dragones. Era algo que Jon valoraba de ella, sabía la importancia que tenía ese trono para los norteños y lo había respetado sin importar las quejas de Ser Barristan recordándola que ella era la reina de los siete reinos, incluido el norte. Jon camino a través del pasillo que formaban las mesas quitándose la nieve a cada paso y dejándola caer al suelo tras él. Un suspiro de cansancio salió de su boca antes de comenzar a hablar. Le agotaba que todos los días sucediese algo, incluso ese día en el que todo debería ser una fiesta, más cuando era la primera vez que en cinco años vería a su hermana favorita.

-          ¿Qué demonios pasa ahora? – Dany y Sansa se miraron. No sabían quien debía hablar primero. Jon busco al único que no dudaba en decir lo que pensaba en cada momento. – Ser Barristan. – Sansa tembló al oír su voz. Ya no hablaba como Jon su hermanastro, ahora hablaba como Jon el rey.

El hombre termino de contarle todo lo sucedido cuando Arya entro por la puerta acompañada de Theon. Sansa se levanto emocionada a abrazar a su hermana pequeña. No había nada en ella que la recordara a la Arya con la que tantas veces se peleaba de niña. La cara estaba más achatada y había engordado un poquito, pero sin dudas estaba lindísima.

-          Ya no te puedo llamar Arya Caracaballo – la dijo en el oído sin dejar de abrazarla.

Jon la miraba desde el trono. No tenía porque dudar de que aquella fuera su hermana, pero era demasiado distinta. Su cara, su cuerpo, sus facciones. Si esa era su Arya había cambiado mucho. “Estoy decepcionado” pensó con una punzada de culpabilidad al pensar en su hermanita de ese modo. Busco a Gendry con la mirada y lo vio al final de la sala con el resto de guardias. Una señal de su mano y el muchacho se presento ante él quitándose el yelmo. Más de un suspiro se pudo oír en la sala haciendo que el chico se ruborizase.

-          Ordena que traigan a la impostora. No quiero que esto se posponga.

Tan rápido Gendry escucho la orden ya tenía a dos hombres preparados para salir en busca de la muchacha. Al salir sus ojos se cruzaron con los de Arya. La muchacha no le presto más atención que a un simple perro. Aquello le dolió. Creía ciegamente en que fue algo más que un simple acompañante, al menos creía haber sido un amigo.

La orden de Jon hizo temblar la mano de Theon que sujetaba la de su esposa. El temblor paso tan rápido como vino, pero los ojos de Petyr no perdían de vista cada detalle del muchacho. Volvió a mirar a la chica más detenidamente y una malévola sonrisa se dibujo en su cara.

-          Esto será divertido – susurro sentándose junto a su esposa. Sansa le miro sin comprender. – Nada. Solo disfrutemos de la función – dijo dándola un cálido besito en la mejilla.

Maniatada y amordazada varios hombres escoltaron a la muchacha hasta la sala entre quejidos y maldiciones. Varios de ellos la miraban con odio y Jon pudo ver un par de dientes rotos y una nariz con restos de sangre. “Habrá sido ella” pensó disimulando la sonrisa que amenazaba con asomar a sus labios. Con un gesto le pidió a su supuesta hermana que se acercara hasta donde estaba la muchacha para compararlas a las dos. Sansa se levanto de golpe mirándole como si estuviese loco, pero la ignoro.

Las dos muchachas juntas median más o menos lo mismo y vestían adecuadamente para montar. Una de ellas llevaba el blasón del Kraken, símbolo de las Islas del hierro y la otra lucia el dragón de tres cabezas, pero ahí acababan sus similitudes si es que se les podía llamar así. Las dos Aryas eran tan diferentes como la noche y el día, como el norte y el sur. Sus cuerpos, sus gestos, su forma de comportarse, su forma de actuar. Desde que había entrado la impostora no dejaba de mirarle resentida y malhumorada clavándole aquellos grises ojos tan parecidos a los suyos, sin embargo su hermana evitaba mirarle en todo momento, ni siquiera veía el color de sus mejillas de tan gacha que tenía la cabeza.

-          Quitarla la mordaza. Quiero oír lo que tenga que decir – ordeno Jon.

Ser Barristan iba a protestar, pero sus quejas llegaron tarde. Gendry se acerco hasta la muchacha sin dejar de mirar de reojo a la que creía Arya. No fue hasta que estuvo frente a frente con la chica que se fijo en su rostro. “Realmente es hermosa” pensó con lastima del destino que la esperaba si la declaraban culpable de usurpación. Aquellos ojos no perdían de vista ninguno de los movimientos del muchacho a medida que esté iba desatándole la mordaza.

Cuando por fin su boca quedo libre el grito de Arya resonó por todo el gran salón.

-          ¡Tú!. – El empujón pillo desprevenido a Gendry que cayó al suelo bajo el peso de su armadura y enredado con sus propios pies. Maniatada y furiosa Arya callo encima de él golpeando todo lo que sus manos atadas le permitían. – Me traicionas y luego dejas que me cojan prisionera esos imbéciles del sin estandarte. Te mato. Aquí y ahora te mato.

Cada grito iba acompañado de un golpe que resonaba a través de la armadura y alguno que otro le daba en el rostro. Gendry era incapaz de moverse por la sorpresa. Solo cuando los guardias se acercaron para levantarla fue que volvió a la realidad y la miro más detenidamente. Cierto que su cuerpo había crecido, ya no era el de la niña que conoció, pero aquellos ojos no habían cambiado, su fuerza y su prepotencia seguían allí dentro, indomables como el frío del invierno. Aquella era su Arya, no tenía ninguna duda.

Nerviosa y enfurecida Arya luchaba contra aquellos imbéciles que la llevaban volando por los aires ante Jon y su esposa. “Esta casado con Daenerys” pensó con una punzada de dolor. No era tonta y si Jon se sentaba en el trono que fue de su padre y la reina a su lado solo podía significar una cosa. Una patada certera en la espinilla de uno de los guardias hizo que la soltase. Sin darle tiempo al otro le pego allí donde las piernas se unían doblándolo por la mitad. Otra patada tuvo que darle al imbécil que se negaba a soltarla el pie incluso desde el suelo. La fuerza del hombre al tirar de ella para que no le diera hizo que Arya cállese de golpe sobre su propio trasero pegandole una patada en el rostro al caer. La rabia y la humillación la recorría cada fibra del cuerpo. Pero sobre todo se sentía dolida, no porque Sansa no la reconociera, eso se lo imaginaba. Pero Jon, su hermano, a la persona que más quería en el mundo estaba frente a ella mirándole con aquellos ojos tan duros como los que le ponía su padre cuando hacia algo mal. Y no solo eso. Ya no era suyo, era de otra.

-          Te odio – susurro con lágrimas en los ojos. Odiaba que la gente la viera llorar y eso no había cambiado. Aguantando todo lo que pudo enjuago las lágrimas con los puños de la camisa y se volvió hacia su hermano. – Te odio. – Esta vez su voz sonó clara como el agua en el silencio del salón. Nadie podía creer que una simple impostora se revelara de esa manera contra su rey. – Y tú decías que me querías cuando ni siquiera me reconoces, hermano. Que era la persona más importante en Invernalia para ti y no eres capaz de distinguirme. – El dolor estaba volviendo a ella con cada palabra y su voz empezaba a trabarse. Necesitaba salir de allí, necesitaba respirar sino quería que las lágrimas volvieran a traicionarla. Se estaba ahogando con sus propias ganas de llorar. En esos momentos solo quería ver a la única que la reconocería en cualquier parte. Solo quería verla a ella. Un grito desesperado salió de su labios llamándola – ¡¡Nymeria!!

 

 

Notas finales:

Bye*****

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