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Nieve por yuukychan

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Notas:

ULTIMO CAPITULO

La habitación estaba en una total oscuridad solo rota por los escasos rayos que se adentraban por una de las ventanas que daban al bosque de lobos. Caminó hacia la cama ahogando el ruido de sus pasos contra la alfombra marrón de un ciervo que se extendía por el suelo. Silenciosa atravesó la habitación hasta quedar frente a la cama de su hermano, solo su respiración la delataba.

 

Una débil tos a sus espaldas la sorprendió. De entre las sombras sentado a la mesa un anciano se levanto haciendo tintinear la cadena que le colgaba del cuello. No la dijo nada, ni siquiera menciono su propio nombre. En el más absoluto de los silencios se dirigió hacia la chimenea intentando avivar las brasas que quedaban. Al final con voz suave se dirigió a ella al notar que el calor del fuego no le alcanzaba.

 

-          Serias tan amable de acercarme un leño. – Arya miro alrededor. – Junto a la ventana del fondo – le señalo.

 

Aún en silencio, cargada con dos troncos del tamaño de sus brazos fue hacia la chimenea. Cerca las brasas calentaban iluminando tenuemente el rostro del anciano. A su luz no parecía tan mayor. Unas cuantas arrugas profundas se formaban alrededor de los ojos cerrados y la comisura de los labios, pero él no debía de tener más de setenta días del nombre. Cuando la miro no esperaba ver una neblina grisácea que opacaba los ojos que una vez tuvieron que ser marrones. Estaba ciego y aun así  todavía se movía con soltura pudo comprobar Arya al verle dirigirse hasta la cama de su hermano. No era un hombre gordo, pero tampoco se parecía a los hombres enjutos a los que estaba acostumbrada a ver. Conservaba la vitalidad de un hombre de armas y una forma de moverse precisa, no malgastaba movimientos en acciones inútiles. Con manos firmes toco el rostro de Jon: frente, mejillas, manos, hombros, cuello. Hundió un dedo en la boca y comprobó el olor de la saliva. El muchacho ya estaba bien, el veneno había desaparecido casi por completo asique no podía tardar mucho en despertar. Aunque no estaba de mas asegurarse.

 

-          Acércame un poco de ese guiso por favor. El que está sobre la mesa. – Carne con verduras y algo más pudo detectar Arya con solo olerlo. El hombre sonrió aunque ella no pudiera verlo. – Puedes probarlo.

 

Y así lo hizo. En ese mismo castillo había sido envenenado Jon con una serpiente. Cogió la cuchara de madera. La textura tan liquida era para que el enfermo lo tragara y el sabor normalmente fuerte de la carne de jabalí o ciervo lo habían suavizado con algún otro animal de corral. Pero había algo más. Un sabor amargo y desagradable que se quedaba en la garganta. Miro al hombre que la esperaba.

 

-          ¿Qué le has echado? – pregunto desconfiada.

 

-          Manzanilla, corteza de sauce y una gotas de un elixir extraído de los pétalos de una flor. La rosa de los muertos. – La mano extendida todavía esperaba a que le diera el cuenco.

 

-          ¿Le importaría que se lo diera yo? – el maestre se encogió de hombros levantándose del lecho con la elegancia que solo dan los años. – Gracias – susurro Arya al ocupar su lugar.

 

-          Os dejo a solas con vuestro primo, mi señora.

 

-          Como habéis sabido si sois…

 

-          ¿Ciego? – sonrió – eso sí que es educación, mi lady. No os disgustéis prefiero la honestidad a la hipocresía. La verdad es mi señora que no sois la única con un buen olfato. – Al dirigirse hacia la puerta recogió el bastón que se apoyaba junto a la pared de la derecha. – Que tengáis un buen día, Lady Arya de la casa Stark.

 

La pequeña loba le observo salir cerrando la puerta tras él. Al otro lado escucho el ruido del acero y supuso que la guardia real se había movido en el estrecho pasillo para dejarle pasar. Recordó de forma lejana los días en que su mundo se redujo a las mismas tinieblas por las que caminaba el hombre. Fue culpa suya; había cometido un asesinato, un crimen contra la casa del blanco y el negro. Arrebato una vida que no debía, una vida que el dios de muchos rostros no había solicitado y por ello la castigaron condenándola a la oscuridad.

 

Tuvo que pasar cerca de una semana cuando comenzó a ver en sus tinieblas. Sus oídos se abrieron a un mundo desconocido, era capaz de saber cuando las tormentas se avecinaban solo con escuchar el rumor del agua o cuando el puerto se cerraría por los temporales con solo estar pendiente del viento. El olfato la enseño a distinguir cosas que ni sus ojos hubieran podido ver. El olor del miedo,  del dolor era dulce, casi empalagoso en el paladar; lo contrario que la tristeza que olía a sal. La felicidad sin embargo olía a los primeros días de primavera cuando el sol rompe el hielo dejando libre el frescor de la hierba, o al perfume que sueltan las rosas salvajes en los bosques del Norte; la felicidad era el olor de Invernalia.

 

Se aprendió la estructura del templo solo con sus manos y sus pies igual que se había aprendido como eran las catacumbas de Invernalia. Tres mil setecientos cincuenta pasos recorrían el templo en círculo, tres escalones de bajada cuando descendía de la piscina y tres de subida cuando tenia que ayudar a la Niña abandona. El bordillo elevado un palmo y tres dedos del suelo formaba un rectángulo perfecto, donde el agua negra que otorgaba el don del Dios olía a muerte, a descanso, a vino dulce del Dominio. Las figuras de los dioses que decoraban el templo se distribuían a lo largo de las paredes laterales, veinte eran en total, desde el “Desconocido” de Poniente hasta el Dios de fuego “R’hllor”. Cada día seguía el resplandor de las velas o el olor de la cera derretida para encontrar los cuerpos sin vida de los que pedían el favor divino a los pies de cada Dios. Cuando veía nunca se fijo en las estatuas, no la importaban, pero después en su ceguera las recorrió con los dedos desde la cabeza hasta la punta de los pies.

 

El desconocido era una estatua de mármol al que le habían puesto una túnica de cuero marrón suave y desgastada por el tiempo. Su rostro era liso, no tenía boca, ni nariz, solo los ojos estaban vagamente cincelados. “La muerte no habla, no huele, pero si puede verte por eso te lleva” había oído a un Septon cuando su madre, Lady Catelyn la llevaba al Septo. La llama de R’hllor ardía con fuerza justo al otro extremo frente al Desconocido. Siempre estaba encendida, día y noche, los acólitos hacían turnos para avivar el fuego. “No importa tus creencias, ahora sirve al Dios de muchos rostros” le había dicho el hombre Bondadoso cuando ella se negó a alimentar la llama. A unos pasos del Dios de fuego estaba la estatua de mármol de una mujer sin rostro. Tenía al vientre hinchado y la forma de los pechos le colgaban hasta la cintura. Era la Diosa de los hombres cordero de los mares de hierba.

 

La mayoría de las estatuas eran hombres o símbolos desconocidos. Pocas mujeres había entre los Dioses, la de los hombres cordero y otra igual de vieja y decrepita de alguna de las ciudades libres. Pero la que más le llamo su atención fue la que brillaba escondida tras una columna. Paso sus dedos por piedras preciosas pulidas y brillantes que iban dando forma a un cuerpo voluminoso de generosas caderas. Deslizo su mano desde los zafiros que formaban su falda hasta la estrecha cintura de plata con un jade haciendo de ombligo y que ascendía hacia arriba con suavidad hasta acabar en un rostro cuyos ojos eran esmeraldas y el pelo rubíes engarzados en hebras de oro. Su creador debía conocer el cuerpo de la mujer a la perfección para crear aquella obra con tal semejanza. A su lado escucho los pasos suaves que producían las sandalias de cuero y lana que usaba el hombre Bondadoso.

 

-          Has descubierto a nuestra Diosa secreta – le susurro al oído.

 

-          ¿Quién es? – pregunto acabando el recorrido en la cabeza y dándose cuenta de que la estatua tenía una altura parecida a la suya.

 

-          Es la Diosa “Sikharg”. La Diosa de la muerte para los antiguos Nimienitas.

 

El hombre Bondadoso se sentó a los pies de la estatua contemplando la vida inexistente que brillaba en sus ojos. Su voz era apenas un susurro cuando la explico que para los antiguos Nimienitas la muerte era lo más bello que la naturaleza podía entregar ya que donde había muerte nacía la vida; no existía lo uno sin lo otro. Durante siglos la paz con sus Dioses y la compresión de sus regalos les hizo prosperar ya que no fueron un pueblo que disfrutase de la guerra, al menos no en un principio. Eran simples nómadas que recorrían las tierras de un lado para otro buscando la fortuna donde les dictasen sus dioses. Atravesaron el mar de hierba y el desierto del fin del mundo hasta llegar a los océanos de agua salada de Astapor. Allí algunos abandonaron a sus hermanos para subirse a los barcos mercantes que cruzaban el mundo, los demás fueron engullidos con el paso del tiempo por los amos de las ciudades convirtiéndose en esclavos, en lanistas, en los propios amos. Los que cruzaron el mar llegaron a las antiguas islas de Sureste donde se instalaron. El pueblo pacífico que fueron una vez quedo en el olvido. Las guerras y el deseo hicieron olvidar el don de la muerte como un regalo, olvidaron las antiguas costumbres de los nómadas que fueron. Incluso ellos mismos se perdieron para siempre cuando la Reina Nymeria se hizo a la mar de nuevo llevándose a su pueblo.

 

-          ¿La Reina Nymeria? Te refieres a la Reina guerrera que llego hasta Poniente.

 

-          Si. Y aún olvidado el Don de su Diosa ella nunca les olvido, porque donde Nymeria dejo morir una vida, una cultura; empezó otra en Poniente. Ahora – le tendió un trapo húmedo – límpiala.

 

Y así paso sus días. Hora tras hora, semana tras semana hasta que una tarde antes del ocaso el hombre bondadoso la llamo y la devolvió sus ojos.

 

-          ¿Qué has aprendido?. – Su voz suave como la espuma del mar que se queda a orillas de la playa escondía el castigo ante la posible respuesta.

 

-          Soy una sierva del Dios. Debo dejar guiarme por él igual que lo he hecho por mis sentidos. – Alzo los ojos mudando su expresión a ninguna. Su rostro no era más que una máscara donde no había nada; ni felicidad, ni odio, ni rencor, simplemente nada. Su voz inmutable respondió con un leve susurro: – Soy Nadie.

 

Aquella noche fue su primera misión.

 

Pero esa vida quedaba ya muy lejos. Ahora debía enfrentarse a su presente. Miro a Jon. Su hermano, su rey, yacía dormido, tranquilo y ajeno al mundo que le rodeaba. Estaría corriendo con Fantasma por el bosque; olfateando los olores de la naturaleza, el olor de la hierba, de la carne, de la vida. Libre y lejos de las murallas del castillo, lejos de ella. “Se le ve tranquilo” pensó apartando un mechón rebelde de su rostro. Le vio sonreír ligeramente y deseo unirse a él. Sentir bajo sus pies el crujir de las hojas, saborear la sangre de algún animal, correr hasta donde nadie pudiera encontrarla y dormirse en el hueco del árbol con la sensación caliente de tener la tripa llena y escuchando el rítmico respirar de su hermano albino.

 

La cama crujió al moverse el Rey. Los labios se movían y su rostro se tensaba. Al arrimarle el liquido lo bebió con ansia. Los músculos de su garganta se movían sin dificultad haciendo un sonoro ruido al tragar. Arya se quedo mirándole. Tenía el rostro algo más blanco de lo normal y había perdido peso, la barba negra le crecía sin control dándole un aspecto fiero y salvaje. Se parecía a su padre, no al Targaryan, sino al que le crio, a Eddard Stark.

 

-          Podrías despertarte ya, ¿no crees? – Acaricio su pelo como él había hecho con ella en el pasado cuando se encontraba enferma. De repente su voz tembló rabiosa al pronunciar su nombre. – Jon…

 

Hubiese deseado llorar con todas sus fuerzas, pero ni una sola lágrima salió de sus ojos. Simplemente no podía. Agarro de los hombros a su hermano deseando zarandearle, golpearle, obligarle a despertarse; y sin embargo solo lo agarro. Un golpe torpe y sin fuerza más parecido a una caricia. Se sentía agotada. Su mundo se estaba derrumbando igual que el día en que salió de Invernalia junto a su padre y tenía la misma sensación de soledad.

 

-          Vuelves a irte al muro sin mí. Me vuelve a abandonar – le susurro.

 

 

 

Había dejado a Ser Gendry al cuidado de sus guardas lejos de las miradas indiscretas de los nobles. El consejo cansado del frio del Norte y de sus incomodidades estaba empeñado en continuar con el juicio, sobretodo Lady Fowler insistía más que ninguno. La dorniense no hacía más que cuchichear a sus espaldas instando al resto a volverse contra sus órdenes. Sus palabras rozaban casi la traición para su gusto. Al final Dany había tenido que recordarla cual era su lugar. La haría comprender que una serpiente nunca estaría a la altura de un dragón.

 

La llevo hasta el patio donde descansaba Drogo. Los guardias se apartaron a un gesto de su mano dejándola a solas con la mujer dorniense.

 

-          Su alteza para que deseabais hablar conmigo. – El tono musical de sus palabras escondía los matices burlones con los que la hablaba. Igual que el tintineo de una cobra.

 

De espaldas a ella Dany acariciaba al más grande de sus hijos. Las escamas negras de tonos rojizos brillaban como el fuego de las hogueras y su tacto era tan caliente que la gente llegaba a pensar que su sangre era lava pura como la que sale de los volcanes. Después de unos momentos se volvió. Tenía ante sí a una mujer hermosa de rasgos finos y sonrisa coqueta. El rosa oscuro de su vestido resaltaba el blanco de su piel. Las perlas negras, traídas de los mares de Dorne, con las que se recogía el moño lucían como piedras preciosas en su cabellera rubia, del mismo color del maíz en verano. Era una mujer bella y lo sabía. Como las serpientes dejaba que su belleza acariciase el deseo de su presa antes de lanzarse sobre ella.

 

Pero para Daenarys no era más que otra serpiente a la que debía extraer el veneno antes de que infectase a su reino.

 

-          ¡No se la juegue, mi lady! Mi esposo ya me comento como ha intentado meterse en su cama más de una vez… al parecer sin existo.

 

-          Alteza esa no era.

 

-          ¡No me interrumpa! – la acallo. – No solo sé eso sino que además ha comprado su puesto en el consejo. Al parecer a prometido a Lord Castell la mano de una de sus primas a cambio de una silla. De verdad lo lamento por la joven. – La mujer palideció pero no se amedrento. Su ojos azules seguían desafiándola mientras una estúpida sonrisa bailaba en su labios. “Bien pues tendré que ser más explícita” se dijo encarando la situación con las manos en las caderas. – No me importa lo que suceda en la intimidad de las habitaciones de mi marido. Ya es mayorcito para saber con qué clase de serpientes puede y no puede jugar. Pero no se confunda mi señora. Me da igual como los antiguos usurpadores controlasen Poniente. ¡No permitiré que juegue con mi reino! Antes de que eso suceda le mostraría el talento de mis dragones. – Acaricio la mejilla de su mascota. – Creo que ya sabéis lo que les ocurrió a los antiguos Amos. – Se aparto unos pasos, después siseo. – ¡Drakarys!

 

Drogon levanto la cabeza y un humillo grisáceo con olor a azufre salió de su garganta cuando bostezo. Se puso en pie y solo la mano de Daenarys sobre su hocico en el último momento le obligaba a mantenerse quieto. La rabia y el miedo nublaron el rostro de Denis como una máscara de porcelana. Al hacer la reverencia su voz se fue apagando hasta solo escuchar el “sí, mi Reina”.

 

Tras la pequeña charla Dany ordeno a los hombres custodiar al dragón mientras ellas se marchaban. Al entrar por la puerta Dany tuvo la cortesía de besar la mejilla de la mujer para despedirse. Tomo el camino de la derecha donde la esperaba Ser Barristan. El caballero no se había movido del sitio donde le había pedido que le esperase y contemplaba con una sonrisa mal disimulada la forma de andar de la dorniense, a  cada pocos pasos la mujer necesitaba apoyarse en la pared mientras que con la otra mano se sujetaba el pecho.

 

-          Todo bien con Lady Fowler, su alteza.

 

-          Si. La he presentado a Drogon y creo que no le ha gustado. – Camino agarrada del brazo del caballero en dirección a la torre. – No quiero serpientes en el consejo.

 

-          Comprendo – asintió Ser Barristan – me encargare de ello. Por cierto la espada que me pedisteis.

 

Dany cogió la funda de cuero vasto y desgastado y desenfundo la delgada espada fina y afilada a conciencia. Se veía que la trataban con cariño. La espada tenía algunas mellas y se notaba su uso, pero seguía luciendo como si el herrero la acabara de sacar de la forja.

 

-          Esa espada... no creeis que es peligroso.

 

-          Espada, no, “Aguja”. – Sonrió Dany. – Y no. No lo creo. Necesito ganarme su confianza, o al menos algo parecido.

 

Los pasillos de Bastion Kar eran versiones más pequeñas que las de Invernalia. Rodearon el bosque de Dioses hasta llegar a la torre donde descansaba Jon. Sentado en un banco de piedra junto a la puerta el maestre descansaba aprovechando los rayos del sol. Al sentir los pasos ligeros junto a unas pisadas que se clavaban en el suelo se levanto haciendo una reverencia. La cadena de su cuello tintineo al levantarse. El bastón con el que se guiaba descansaba en el suelo a sus pies.

 

-          ¿Su alteza? – pregunto Dany al hombre.

 

-          Junto a Lady Arya. En la tercera planta.

 

La Reina asintió y se separo del brazo Ser Barristan adentrándose en la torre. La puerta de madera rechino al cerrarse tras el caballero. Las antorchas iluminaban con fuerza las escaleras de piedra gastada por los años. Pequeñas ventanas, se abrían en las paredes como heridas en la roca mostrando el bosque a su alrededor a la vez que subían. Al llegar a la tercera planta Daenerys respiraba con dificultad por el corsé color violeta que le oprimía el pecho y Ser Barristan aunque callado intentaba controlar su respiración. “Soy muy mayor para esto” pensaba al seguir a su Reina sujetándose con disimulo el costado. Al verlos los guardias juramentados se pusieron de pie inclinando la cabeza.

 

-          ¡Alteza. Capitán! – se inclinaron ambos haciendo resonar sus armaduras en el estrecho pasillo para una espaldas tan anchas.

 

-          Buen trabajo, señores. Ser Barristan entrare sola – aviso Dany a su caballero mientras uno de los guardias vestidos de blanco le abría la puerta.

 

Dentro la penumbra era casi total. Distinguió la figura de Arya sentada sobre la cama de su hermano dándole a beber pequeños tragos. Sabía que la muchacha la había sentido, pero ni eso la inmuto. Con unos cuantos pasos se acerco a las ventanas más alejadas abriendo las cortinas para dejar pasar la luz y el aire fresco. Nunca había entendido porque los maestres se empeñaban en oscurecer todo cuando el sol era lo que daba la vida. Miro la habitación complacida. Esa misma mañana Lord Karstark había ordenado limpiar la habitación a conciencia al saber que estaban tan cerca. La madera brillaba y los juncos del suelo se habían cambiado. El olor de las flores inundaba la habitación. Sobre la mesa en un bol pétalos de rosas y jazmines, esparcidas por el suelo amapolas y margaritas y en la cabecera de Jon una corona de lavanda. Las criadas habían creado una pequeña primavera dentro de la habitación.

 

Cogió una de las sillas acolchadas y bordadas con hilos de plata dibujando una radiante luna de la ventana y la acerco hasta el otro lado de la cama, lo suficientemente lejos de Arya para darla su espacio.

 

-          ¿Te encuentras bien? – Silencio. - ¿Necesitas algo?. – De nuevo el silencio. – ¿Has pensado en la propuesta con el Baratheon?.

 

Más silencio. No conseguiría nada de ella. La muchacha hablaría cuando quisiera hablar. Pasaron unos minutos hasta que los ojos grises tan parecidos a los de Jon la miraron, pero los labios se mantenían sellados. Seguía esperando a que hablase la Reina. La joven Targaryan suspiro. De una forma extraña la recordaba a ella cuando no era más que una cría que deseaba volver a su casita de la puerta roja. Una niña al fin y al cabo.

 

-          Tendría tu edad más o menos cuando mi hermano me vendió a Khal Drogo por un reino que jamás vería, por una corona que nunca poseería. Era mi hermano y lo quería, pero lo cierto es que no tenía la sangre y la mente para ser rey. Ser Barristan me dijo una vez que los Dioses lanzan una moneda cuando nace un Targaryan para ver si será un loco; y le creo. – Hizo una pausa al pensar en su hermano. Las bofetadas, los golpes, hizo de su vida un infierno con pequeños momentos de felicidad. Los cuentos, las historias que le contaba sobre Poniente y su familia, esa era la parte que amaba de su hermano y que iba desapareciendo cada noche de su mente, borrada por los gritos, el rostro cubierto de oro y su forma de pedirla ayuda. Despertaba empapada y con la sonrisa de su Khal grabada a fuego en su rostro. “Yo era de la sangre del dragón. Él…” Por un momento tembló ante de volver a la realidad. – No sé si los conocerás pero los Dothrakis son un pueblo bastante salvaje. Luchan, viven y aman con agresividad. La primera noche que pase junto a mi sol y mis estrellas sentía tanto miedo que lo único que deseaba era huir. Volver a un hogar que no tenía. A mi puerta roja. Pero al final con el tiempo llegue a amarlo, hasta el punto de que no me importaba arriesgar mi vida por él. – La miro. Cuando pronuncio aquellas palabras, en ese momento la pequeña Stark contemplaba fijamente el rostro de su hermano. “Comprendo” pensó con tristeza y unas punzadas de celos. Se levanto alisando los pliegues de su vestido malva y se volvió hacia ella. Camino la poca distancia que las separaba y dejo a su lado la espada. Recobro la tranquilidad cuando la hablo. – Yo no te obligare a casarte pero has de tomar una decisión. Tienes una hora antes de condenar a ese hombre. – Miro la espada y luego a ella. Ambas sabían lo que quería decir. No sería con ese arma, pero Arya sería quien dictase su sentencia con una simple palabra.

 

Junto a la puerta la Reina se volvió hacia ella.

 

-          A fuego y sangre – recalco – se conquistan reinos. Aquí y en todo el mundo, chica. No lo olvides.

 

-          Mi Reina – hablo por fin Arya. El alivio en los ojos de Dany se borro cuando escucho lo que la dijo. – Las casas también terminan bajo el fuego y la sangre.

 

 

 

Indignada o furiosa; Arya no lo supo. La puerta se cerró de un portazo dejándola otra vez a solas con su mundo, con su caos. Se tumbo en la cama junto a Jon. Apoyo la cabeza sobre el pecho de su hermano colocando el brazo por encima de ella y se dejo aletargar por el rítmico palpitar de su corazón como cuando era una niña. “Solo faltarían los truenos” se dijo. De pequeña el sonido de los rayos la hacía temblar igual que a una hoja. Lloraba asustada y avergonzada y se escondía debajo de las mantas hasta que el mismo miedo la hacía correr descalza por las frías baldosas de piedra. Huir hacia la única puerta que se mantendría abierta toda la noche por ella, esperándola. Arropada bajo las mantas con su brazo por encima protegiéndola de un temor que estaba más allá de la lógica. Jon siempre la sonreía y la decía que se durmiera, que la nieve nunca dejaría que los rayos la atraparan.

 

-          Pero es verano y la nieve ya se ha derretido – susurro dejando caer ese mismo brazo a un lado.

 

Pensó en la historia de Daenerys, en como la habían tratado igual que a una mercancía. “Y al final se enamoro de su Khal, igual yo…con Gendry”. Era un hombre fuerte, atractivo, no sería difícil. Fue él quien la robo su primer beso cuando no eran más que un par de críos después de todo. Meneo la cabeza dejándola reposar sobre la almohada. ¿Tan difícil era decir sí? Se llevaba bien con ese cabezota, se compenetraban y no era un noble estirado como los que rodeaban a la Reina o la habían besado la mano durante el torneo.

 

“Ese idiota – resoplo – si se hubiera estado quietecito durante el torneo en vez de ir a ella con la estúpida corona de flores. ¡Nada de esto hubiera pasado! – bufo para sus adentros aunque una sonrisilla le bailaba en los labios. Le gusto ser por una vez el centro de las miradas y que no fuera por estar llena de barro, tener la cara sucia o haber hecho alguna travesura. No. Era una sensación distinta la que la recorrió por la espalda cuando la corona de flores se poso sobre su cabeza. No era la hija de nadie, o la hermana o la niña; era una dama… una chica. La Reina, al menos ese día, del amor y la belleza. Se pregunto si su tía se había sentido así cuando Rhaegal le entrego la corona. – Fue por eso. Porque alguien te reconoció como a una persona sin ligaduras, ni ataduras; simplemente tú”

 

El techo era de madera oscura lleno de grietas y eso le recordó al pelo de Gendry, a su ceño fruncido cuando pensaba. Sonrió. Él era distinto, había conocido el lecho de pulgas, se había criado en él comiendo el estofado sorpresa que todo el mundo sabía que se hacía con las ratas del puerto y aun así se lo tragaban agradeciendo tener algo caliente en el estomago. Sobrevivió en los caminos junto a ella y había conseguido llegar a ser el caballero que era por su propia fuerza. Se mordió el labio con fuerza. Era verdad que era todo eso, pero también era el mismo que la traiciono, que la vendió como una mercancía, que la dejo vagar como una loba solitaria.

 

Incomoda se dio la vuelta. El perfil de Jon se dibujaba como una sombra contra la pared. Su respiración regular aceleraba su propio corazón. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que saliera Daenarys pero el sol en el cielo comenzaba a descender. Veinte minutos, media hora a lo sumo; es lo que tenía para decidir sobre el resto de su vida. Por primera vez en toda su existencia hubiera necesitado hablar con Sansa. Contarla el caos en que golpeaba y arañaba su cabeza deseando salir, como las olas cuando se estrellan contra la playa buscando un final a toda su travesía.

 

“Estúpida. – Se levanto de la cama inquieta. – Solo quieres que Sansa te obligue a elegir la opción más obvia para poder culparla luego porque simplemente ¡tú! no eres capaz de elegir. – Miro por la ventana y solo pudo ver el bosque. El penetrante y denso bosque que acababa más allá del horizonte. La fuerte respiración de Jon la hizo volverse hacia él. – Admítelo ya. No hay nadie más alrededor. ¡Solo dilo! – la gritaba una parte de su ser. Esa Arya diminuta, la niña triste que buscaba por las noches a las personas que necesitaba tener al lado, a la que había mantenido encerrada en la mazmorra más oscura y oculta de su corazón para poder sobrevivir todo aquel tiempo en soledad. Cerró los ojos buscándola en su interior, dejándola salir. Por fin se admitiría a si misma los celos que la recorrían la piel cuando veía a Gendry con otras mujeres o el dolor que la provocaba la presencia de Daenarys junto a Jon. – Yo…”

 

-          No quiero elegir entre un hombre que me traiciono y otro con el que me crié y me abandono. Eso no me haría diferente de la zorra de Cersei – apretó los puños hasta que una sensación de calma la invadió.

 

Arropo a su hermano y le acomodo la almohada. Era extraño pero al fin se sentía tranquila, más de lo que había estado en todo aquel tiempo encerrada en la habitación con Mary. Los aullidos de los lobos sonaban como una música lejana acompañando los gritos y las ordenes de los hombres que custodiaban al pie de la torre. Desde la ventana eran punto de colores que se movían nervioso, igual que las hormigas. Se sentó junto a Jon y le dio los últimos tragos del brebaje del maestre.

 

-          Perdóname por reaparecer en tu vida y en la de Gendry – le susurro –, pero sé que estaríais mucho mejor sin mí. No estoy hecha para la nobleza, no soy una leal compañera y ni siquiera he sabido ser una buena hermana pequeña. Las hermanas no deberían sentir lo que yo siento. – Sin pensarlo deposito un beso sobre la frente. – Recupérate pronto - le dijo junto a su oído.

 

Como una sombra se dirigió hacia la ventana.“Aguja” descansaba sobre la cama al lado de Jon junto a un sobrecito azul que los guardias no tardarían en encontrar. Miro una última vez a su hermano y se lanzo de la torre al vacio.

 

 

 

La puerta no se abría y nadie contestaba al otro lado. Los golpes suaves de Daenarys cesaron para dejar a Ser Barristan. El capitán de la guardia blanca aporreaba la puerta con la funda de cuero y hierro de su espada. En la madera se abrían grietas debido a la fuerza que usaba el caballero, pero la puerta no cedía ni unos centímetros. A su lado la Reina asintió con la cabeza cuando el hombre se volvió hacia ella.

 

-          ¡Guardias. Derríbenla! – ordeno a los dos hombres que se mantenían firmes detrás de la Reina.

 

El crujido de la puerta al partirse resonó hasta lo más profundo del cerebro de Dany. Era un sonido que no la traía buenos recuerdos, pero ahora no era el momento de pensar en los tiempos en los que vivió con miedo a los asesinos del usurpador, esos años ya habían pasado; ahora tenía otros enemigos igual de peligrosos que no llevaban dagas sino sonrisas.

 

La mitad de la puerta quedo colgando de sus goznes mientras el resto se esparcía más allá de las alfombras. Los guardias la pusieron a un lado mientras entraban ellos primero. El ruido de sus armaduras al moverse por toda la habitación la ponía nerviosa. “Si no dicen nada todavía es porque todo está bien” se decía una y otra vez. Los dos guardias no tardaron más de un minuto, que se la hizo una eternidad. Al salir uno de ellos se dirigió directamente a Ser Barristan. Le susurro algo en el oído que Dany no pudo oír y le entrego un hierro de la chimenea. Los labios de su anciano caballero formaron un gesto de preocupación que le era tan familiar como su propio reflejo.

 

-          ¡¿Qué ha pasado?! – exigió saber. El silencio de Ser Barristan la hizo adentrarse en la habitación.

 

Miro alrededor y nada parecía fuera de lugar. Jon seguía sobre la cama con el otro guardia a su lado. La tranquilidad que reflejaba su rostro y que la espada estuviese envainada eran una buena señal; no le había ocurrido nada. Por lo demás las cosas seguían en su sitio, la mesa, las flores, los utensilios del maestre. Solo faltaba…

 

-          ¡Lady, Arya!– grito buscándola en vano. – ¡Arya!. – No había ningún sitio donde esconderse. Al abrir el armario le encontró vacio. “No puede ser y el resto de las ropas” se dijo. Corrió hacia la ventana, ya fuera por intuición o porque nadie la había visto salir por  la puerta, encontro atada con un nudo de marinero las sabanas y cualquier tipo de ropa estaba hecha jirones y trenzada haciendo una vasta cuerda. – Es imposible – susurro. Ser Barristan llego a su lado y el gesto de su rostro se endureció. Su voz al dirigirse a los guardias sonó tan ruda y grave que no aparentaba su edad.

 

-          ¡Buscadla! No puede andar muy lejos. – El hierro todavía se encontraba entre sus manos. – Atrancaron la puerta por dentro con esto.

 

Los hombres desaparecieron por la puerta dejando una estela ondeante de su capa blanca. Dany se sentó sobre la silla sin saber cómo proceder. Las manos la temblaban de forma descontrolada cuando el caballero las cogió entre las suyas. Sus ojos reflejaban un miedo que solo podía mostrarle a él. Ser Barristan se había convertido en una especie de padre para ella, el único padre que había conocido y en el que podía confiar. Aerys o el rey loco como lo llamaba la gente era un vago recuerdo fruto de los cuentos de su hermano. Una mancha en su mente y en la historia que la recordaba que ella también podía caer en la misma locura.

 

-          No sé qué hacer – consiguió susurrar. Tenía a un noble acusado, una fugitiva de la realeza y una decisión que tomar que podría condenar al Baratheon. – Si me equivoco puedo hacer estallar otra guerra. Muchas casas del sur desean que vuelvan los Baratheon. Robert, ese maldito usurpador, sería un alcohólico y un mal rey, pero era querido. De mi… . – Se levanto nerviosa caminando de un lado a otro de la habitación. Ser Barristan apoyado sobre la mesa la observaba jugar inquieta con sus manos. Su voz sonaba cada vez más triste y lejana. – El pueblo solo ve a otra Targaryan que puede perder la cabeza como mi padre en cualquier momento y hacer que los siete reinos ardan en llamas. ¡Me odian! A mí, a mis dragones… Dorne está tranquila con Aegon, y el Norte siempre respaldara a un Stark, aunque solo lleve la mitad de su sangre. Pero Desembarco del Rey, el Valle, el Nido de águilas, el Dominio; solo esperan un motivo para alzarse de nuevo.

 

-          Mi Reina – acaricio la mejilla de la joven que estaba al borde del colapso. – Encontraremos a la muchacha y sino… bueno. Mis hombres han encontrado esto – le dijo tendiéndole un sobre azul con unas finas líneas donde se podía leer: Daenarys.

 

Cogió el sobre y al abrirlo encontró una nota emborronada con una caligrafía rápida y sucia de quien nunca ha prestado mucha atención. La leyó en voz baja sintiendo como el miedo se desvanecía sustituido por la confusión y después por la resignación. Ser Barristan apoyado sobre su espada no apartaba la vista de cada gesto de su Reina.

 

-          Al final se ha salido con la suya – le dijo al fin tendiéndole la nota.

 

El viejo caballero leyó la nota frunciendo el ceño. Una pocas palabras habían solucionado el problema de la reina con los Baratheon, pero no estaba seguro de lo que ocurriría en el futuro. Miro con disimulo al Rey del Norte, aquello sería un problema que tendrían que solucionar y no le gustaba. Deprisa y con tachones volvió a releerla:

 

Arya Stark, hija de los difuntos Lord Eddard Stark y Lady Catelyn Tully a muerto.

 

Larga vida a los Targaryan.

 

El capitán de la guardia se acerco hasta las ascuas que quedaban en la chimenea y quemo la nota. Dany fue protestar, pero la mano de esté le paro negando con la cabeza.

 

-          Los muertos no dejan notas. – Los dos hombres que habían enviado regresaron exhaustos y cubiertos de barro. Dejaron caer una rodilla más por tomar un descanso que por obligación. - ¿Y bien? – les pregunto su capitán.

 

-          Nada; Señor. La chica ha desaparecido y los mozos de las perreras dicen que el lobo huargo se ha escapado.

 

Ser Barristan y Dany intercambiaron una mirada.

Notas finales:

JAJAJAJAJAJAJ es broma de último NADA

Solo os adelanto que proximo si será el último estoy segura al menos en un 90% (todavia no lo he empezado y no sé como de largo o corto me puede salir)

Mmmmm pero vamos os animo a que deis vuestra opinion de como será el final. 

 

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