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Nieve por yuukychan

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Notas:

CAPITULO FINAL

El verano en Braavos podía pasar de la cálida brisa que acaricia la piel hasta erizarla como un amante apasionado a volverse el mismo infierno y abrasar todo a su paso como las tormentas del desierto. La isla compuesta de muchas islas unidas entre sí por puentes y canales se podía convertir en un horno en cuestión de segundos, sobre todo en el centro de la ciudad, donde los edificios construidos uno al lado de otro impedían la mínima corriente de aire y sus tortuosos callejones no daban ni un ápice de sombra. Solo toldos de colores de seda sobre las tiendas más prosperas y artillero en la más humildes protegían del sol a los viandantes en su recorrido por la ciudad.

 

Era en esos días donde la gente pobre o los marineros que salían a pescar disfrutaban de su bajo status. Al borde del océano la temperatura siempre era la misma. No importaba el invierno o la primavera, solo la estación de lluvias controlaba su vida. Cuando la época de tormentas empezaba su mundo se pausaba en torno a un mar embravecido que no les permitía salir a pescar. Las maldiciones de los viejos pescadores se ahogaban en cerveza aguada y vino agrio hasta que el Dios del mar descansara en sus profundidades. Los marineros bromeaban sobre ello. “Es un Dios muy cabron, pero se porta bien después de estas” gritaban en las tabernas entre el rugido de sus camaradas y las olas estrellándose contra el puerto. Lo cierto era que después de las tormentas que se llevaban alguna que otra vida por delante siempre venia una buena época de pesca. Las redes se llenaban nada más echarlas al mar como si así pudieran compensar las muertes de los insensatos que habían intentado salir durante los temporales.

 

Para los comerciantes no era mejor. Los barcos que quedaban arrinconados con sus bodegas llenas eran como joyas preciosas en medio de la negrura de la noche. No era extraño que una carga o un botín desapareciese en los muelles y se perdiese entre todas las tabernas y putas de la isla. Los capitanes no solo debían estar atentos a los ladronzuelos que recorrían las calles a sus anchas sino también a sus propios hombres. La pesada espera, el calor a pesar de la lluvia y la ardiente sonrisa de alguna mujer podían hacer cometer a los hombres muchas locuras cuando no se tenía nada que hacer. Durante esas noches los capitanes se apostaban, a base de amenazas o promesas de más dinero por la espera, su vida en los dados y las cartas, o juegos más peligrosos como los combates a cuchillo. Un dedo roto o un par de heridas eran preferibles a un motín. También la bebida y las putas ayudaban, aunque muchas de las veces eran más el problema que solución. Al final cuando las tormentas amainaban sin más incidentes que un par de latigazos los capitanes rezaban a su Dioses dándoles las gracias; al menos la mitad del viaje estaba concluido e izaban las velas a con los primero rayos de sol.

 

Pero no solo las tormentas controlaban el comercio de Braavos. A mediados del mes, durante tres o cuatro días, las cuatro corrientes de aire que atravesaban los mares y que los marineros decían conocer como la palma de su mano se concentraban cerca de Braavos, hacia el este, en algún punto del mar de los Escalofríos. La corriente más próxima a ellos, atravesándola por el canal más ancho que separaba la ciudad, era la que venía desde las islas del Verano y  traía las olas de calor que aletargaban a la ciudad avivándola cuando el sol se ocultaba tras el horizonte. Era durante esos días que los barcos salían y entraban aprovechando el constate flujo de aire para seguir su ruta izando las velas que se inflaban hasta que parecía sobrevolar la mar.

 

A pesar del calor el aire olía vida durante esos días. El cruce de corrientes coincidió con el día de la ciudad. Los templos, edificios y casas se engalanaban con brillantes sedas rojas, doradas y verdes que transformaban a Braavos en una ciudad de oro, rubíes y esmeraldas. Pero el Templo que destacaba por encima de cualquier otro era el de las cantoras lunares. No había nada más respetado y sagrado en la ciudad que aquellas sacerdotisas; incluso si una de esas solas mujeres anduviese como en el día de su nombre por las calles de la ciudad ni unos solo de los hombres se atrevería a tocarla, ni a mirarla siquiera. La leyenda decía que fueron las sacerdotisas lunares quienes vieron en sus sueños la salvación, la ciudad en medio del mar que les protegería, la isla y la bruma que daría cobijo a los esclavos, prostitutas y fugitivos de la vieja y caída Valyria.

 

Allí de pie frente a su templo quietas como estatuas de mármol ocho mujeres, una mujer por cada columna que sujetaba el techo del templo, se ocultaban tras un velo blanco que solo dejaba ver sus ojos. Azules, negros, grises, todos los ojos eran distintos pero transmitían la misma paz, el mismo sentimiento de calma. Esperaban en silencio a que la plaza se llenase con el sol de frente e inmutables ante calor. La novena sacerdotisa; la Gran Sacerdotisa vestida de dorado que dirigía la ceremonia esperaba sentada en medio de las puertas del templo observando a los hijos de Braavos. En sus inicios no existía comunidad alguna, el esclavo se sentaba junto al fugitivo, las prostitutas junto a eunucos, nadie era nada, todos eran todo. Ahora los nobles de Braavos ocupaban los asientos delanteros que compartían con las cortesanas. Tras ellos, burlones y desafiantes, los jaques se confundían con el populacho que esperaba de pie entre gritos y risas, broncas y altercados.

 

El sol ya estaba alto cuando los poderosos de la ciudad la atravesaban subidos en carros forrados con pan de oro y caballos blancos y negros tirando con vigor entre las estrechas calles. ¡Carros en bravos! Era lo más absurdo que los hombre podían ver y sin embargo era uno de los símbolo del poder y el dinero. En una tierra donde apenas había suelo firme, hierba o árboles; poseer una bestia de aquellas era la extravagancia por derecho, el despilfarro por mantener a un animal que necesitaba pastar todos los días en una tierra yerma de agua salada. Muchos de aquellos animales gastaban más en un mes que todos los hijos de un vendedor de marisco en todo un año. Al primer sonido de trompeta los hombres a pie se abrían paso dejando pasar engalanados en sus oscuras prendas de seda y satén a la nobleza que lanzaba pequeñas limosnas mientras se dirigían al Templo de las cantoras lunares. Las damas que se concentraban en el templo fingían no ver como sus maridos e hijos presenciaban encandilados a las cortesanas que empezaban a llegar, algunas en carruajes pequeños de dos ruedas que eran conducidos por hombres y otras sobre literas mullidas y tapizadas con sedas que porteaban sus sirvientes. El resto llegaría por los canales.

 

Una larga cola de barcas se amontonaba cerca del canal principal dejando en el aire un intenso olor a flores. Jazmín, rosas, narcisos, el olor de la primavera salía de aquellas mujeres tan hermosas que cubrían sus cuerpos con telas de raso, encaje y sedas. De sus cuellos y orejas los rubíes, las esmeraldas o las perlas reflejaban los rayos del sol. Niñas pequeñas con trajes sencillos de algodón blanco y peinadas con moños y coletas las seguían con grandes abanicos de plumas de pavo real. En sus rostros infantiles se veían las sonrisas de las que algún día ocuparían el lugar de las más mayores.

 

Apartados, más por respeto que por obligación, sacerdotes y sacerdotisas de otros dioses y templos acudían con sus mejores galas para ver la ceremonia. Comprensión aunque no participación se podía ver en sus rostros mientras observaban aquel día en el que sus dioses no tenían importancia. Entre ellos un hombre de aspecto humilde y tranquilo observaba con curiosidad, no al templo y sus mujeres, sino a una chica en concreto en medio de la multitud. Era como una isla en medio de una mar tormentoso y agitado.  

 

La joven vestida con una blusa blanca de gran escote y una falda negra que la llegaba hasta los tobillos no apartaba la mirada de templo como si fuera lo más importante, aunque se podía ver en sus ojos grises que no pensaba en lo que allí ocurría sino que su mente estaba más allá. Los hombres y mujeres que paseaban a su alrededor eran meras distracciones que la entretenían. Jugaba a averiguar qué hombre era infiel o que mujer escondía a su amante a pocos pasos de su marido. Varias veces descubrió a los pequeños rateros intentando robar deslizando sus pequeñas manos y como la mayoría se salía con la suya. Una niña pequeña con apenas cinco años habían intentado meterla mano en su cadera. La había pillado en el momento, incluso antes sus pasos apresurados la delataban, aunque la dejo llevarse la moneda de plata que tenía guardada ahí a propósito. Un Jaque de ojos claros, sonrisa ladina y pelo castaño aceitado para atrás como era la moda también lo había visto. El color de su ropa de un azul muy estridente le hacía resaltar entre la multitud incluso a varios metros de distancia. La espada bastarda en su cadera se bamboleo como un trozo de madera cuando se puso junto a la muchacha.

 

-          ¡Ten! – la dijo entregándole la moneda mientras que con la otra mano sostenía a la niña. Las lágrimas y el moratón en la mejilla no paso desapercibido para los ojos de la joven que la miraba extendiendo la mano hacia el hombre.

 

-          Gracias. - Su voz sonó seca, hueca. Aunque el Jaque no pareció darse por entendido.

 

-          Podrías agradecérmelo de otro modo – sonrío deslizándole la mano por el pecho. La sorpresa llego antes que el dolor. Sin saber cómo se encontraba sentado en el suelo con la mejilla ardiéndole y un dedo roto. - ¡¿Pero estas loca?! – la grito sin dejar de mirar su dedo en aquella forma tan antinatural. Al tocarlo el grito ahogo su garganta.

 

-          ¡Cállate sucia bestia! – le contesto dirigiéndole una mirada asqueada y tapándole la boca con paño ennegrecido por el uso. Se volvió hacia la niña que había dejado de llorar por el susto. – Ten – la niña cogió la moneda. Iba a decir algo pero la muchacha la dio un empujoncito. - ¡Ahora vete!

 

Los gritos del hombre quedaron atrás cuando se marchaba. No la interesaba la función, el ritual o la farsa que fuera. Solo había ido por entretenerse en un día donde el aburrimiento la golpeaba con cada minuto que pasaba. Sus días eran así, largos y aburridos; solo las noches traían algo de emoción en la taberna en la que trabajaba. A veces peleas, riñas, o incluso algún chismorreo digno de ser escuchado. Realmente donde trabajaba era más un prostíbulo que una taberna, aunque la posadera la conocía demasiado bien como para intentar convencerla de ser una de sus chicas. Para su desgracia eso significaba que era la que más trabajaba. Tenía que atender las mesas, estar pendiente de las habitaciones y vigilar de vez en cuando que las chicas trabajaban. Las mozas más jóvenes se encargaba de los baños y las tareas más pesadas, al menos hasta que no tuviera edad para trabajar como el resto. El lugar no estaba mal. Le recordaba a los prostíbulos de Meñique de los que solía presumir a espaldas de su mujer. Solo los hombres con dinero podían entrar, no eran tan ricos como para permitirse una cortesana, pero tampoco tan pobres como para tener que conformarse con alguna puta del muelle. La mayoría eran prestamistas de bajos recursos del Banco de hierro de Braavos, nobles de baja cuna o comerciantes adinerados que buscaban algún capricho en las calurosas noches.

 

Era hacia allí donde se dirigía cuando una voz cálida y familiar la llamo desde una litera.

 

-          Te equivocas de dirección, querida. ¡Ayúdame moza! – ordeno a una chiquilla que la seguía cargando un abanico de grandes plumas rojas.  La cortesana que se bajo de la litera la abrazo con la confianza de una hermana besándola en la mejilla. Al acercarse se podía oler el agua de Rosas con la que se lavaba el pelo negro azabache todas las mañanas. - ¿Y bien gata escurridiza?

 

-          Vuelvo a casa. No soporto las multitudes. Y en definitiva solo van hacer un poco de magia barata y unas cuantas oraciones.

 

-          Pues ya que lo pones así – la agarro del brazo – volvamos a casa. A mi señora la encantaría verte de nuevo ¿lo sabes, verdad?. – La joven comprendió aquellas palabras mejor que si se la hubiese gritado. Con un suspiro asintió y la cortesana se subió de nuevo a la litera tendiéndola la mano.

 

Las literas eran una de las formas más rápidas y cómodas de pasear por Braavos, la primera por supuesto era en barca. Normalmente solo usaban literas las cortesanas, eran parte de su imagen, una especie de marca personal. Por toda la isla se podía decir quién iba en cada una de ellas solo con ver el color de sus sedas, o las tallas grabadas en su madera. Nief, su vieja amiga, siempre viajaba en la litera de su señora, la anciana la había adoptado hacía varios años como su única heredera, aunque las malas lenguas decían que en verdad había algo más entre ellas. Realmente algo disparatado cuando la anciana la sacaba más de cuarenta años. La litera era grande y cómoda, forrada y mullida con gruesos cojines que amortiguaban el movimiento de los porteadores, dos hijos de las islas del verano con músculos tan marcados y fuertes como piedras. Sus cuatro postes estaban tallados representando rosas y espinas forradas con pan de oro y virutas de zafiro. El techo de madera estaba pintado como un cielo nocturno lleno de estrellas hechas con diamantes y colgaban sedas azules que escondían su pequeño mundo de las miradas indiscretas que a la vez las dejaba contemplar por donde iban.

 

-          Es un lujo vivir tan cerca del centro ¿no crees? – sonrió Nief al ver a través de los cortinajes la casa de su señora.

 

-          Demasiado calor. – Los ojos de la cortesana se clavaron en ella como dos flechas. La muchacha se encogió de hombros.

 

-          Nunca te han dicho que eres demasiado sincera – la pregunto mordazmente.

 

-          Si. Muchas veces. Aunque suelen emplear la palabra Bocazas.

 

La risa de la cortesana se seguía escuchando hasta haber atravesado el patio. En la puerta varias mujeres las esperaban, entre ellas una joven rubia de ojos azules. Vestidas con trajes de buena tela pero en gris no era más que sirvientas al servicio de la casa. Muchas de ellas solían provenir de las mismas alumnas que no conseguían prosperar en aquel mundo duro y competitivo. Al verlas bajar la joven se retiro antes de que ninguna de las dos pudiera verla.

 

-          Señora – saludaron las sirvientas inclinando la cabeza.

 

Ambas mujeres pasaron de largo directamente hacia el gran recibidor. Esté era blanco, desde el mármol de las escaleras hasta las columnas, las paredes y el suelo; un par de plantas colgantes y unas palmeras a ambos lados de las escalera le daba algo de color al lugar. Atravesaron la habitación por una de las puertas laterales para encontrarse en otra habitación igual de blanca con centenares de cojines de colores. Normalmente aquel lugar estaría lleno de mujeres, pero con la festividad todas estarían en el templo. Sin prestar atención siguieron hasta una habitación lejana al bullicio de la entrada que se encontraba lo más apartada del ala oeste junto al jardín interior.

 

Sin llamar Nief atravesó la puerta descorriendo las cortinas y abriendo las ventanas que mantenían la habitación a oscuras. El sol de la ventana ilumino una cama de madera negra lacada que resplandecía como si alguien acabara de barnizarla. Tendida sobre las sabanas de seda roja yacía una mujer que miraba directamente hacia la puerta. El pelo caía a su alrededor blanco como las primeras nieves del invierno, incluso tenía algún matiz azulado que la joven no supo de donde venia. El rostro surcado de arrugas guardaba la belleza de las flores marchitas, ese rastro casi extinto que no llega a morir del todo.

 

-          Pasa niña cabezota. ¡Y ponte a la luz! Mi vista ya no es lo que era – bufo con voz débil.

 

La muchacha se adelanto hasta que los rayos la dieron de lleno. La sonrisa de la anciana se ensancho dejando ver los dientes que la faltaban aunque todavía conservaba la sonrisa maliciosa de los que han sido poderosos. Murmuraba para sí palabras y frases que no llegaban a salir de su boca, pero después se dirigió a Nief.

 

-          ¡Té! – La cortesana asintió saliendo por la puerta cerrándola tras ella. La joven observo el hueco que había dejado al desaparecer. La anciana tosió recordándola donde estaba. – Sabe que no quiero nada. Solo estar a solas contigo por eso no vendrá – dijo volviendo a toser.

 

-          ¿Y qué quiere de mi señora? – pregunto la joven cruzándose de brazos y apoyándose contra el marco de la ventana. Parecían dos depredadoras mirándose entre sí buscando un punto débil por el que atacar.

 

-          Los mismo que te pedí hace siete años ¿te acuerdas? – enarco una ceja.

 

-          Si. Y la respuesta sigue siendo no. – Su tono sonaba triste aunque no su expresión. Nunca había deseado entrar en aquel mundo.

 

-          ¿Y qué te ata? – la pregunta la pillo desprevenida cosa la que la vieja aprovecho había tocado un punto y lo saborearía. – No tienes hijos, marido, ni familia. Acaso estas esperando a alguien o algo.

 

La joven sonrió acercándose hasta la cama y beso a la mujer en la frente. Olía a jazmín y a ese perfume dulce al que estaba acostumbrada: a muerte.

 

-          Me descubriste vieja zorra de hielo. Espero todas las noches a que salga la luna llena – la susurro junto a su oído.

 

La anciana asintió en silencio observando cómo se marchaba por la puerta. No volvería a verla jamás y sin embargo estaba tranquila. “Siempre saldrá la luna llena, pequeña, siempre” se dijo cerrando los ojos. Escuchando en silencio la respiración  de su hogar, los pasos de la criadas, el susurro de su hija adoptiva y la despedida de la muchacha se quedo arrullada por esos sonidos hasta volver a dormirse.

 

La tarde comenzaba a caer cuando la muchacha se dirigió hacia la taberna. A su alrededor el ruido de risas y platos comenzaba a encenderse como una hoguera que duraría toda la noche. La música y las canciones durarían hasta el alba si lo músicos no se emborrachaban hasta desmayarse o se dispersaban en busca de rincones oscuros donde tocar otro tipo de instrumentos. Justo entre esas risas entro en la posada que ya estaba hasta arriba. La mirada ceñuda de la jefa se disperso cuando la vio agarrar el delantal y servir las primeras copas de Ron.

 

La noche comenzó animada cuando uno de los clientes la agarro desde atrás sentándola sobre sus rodillas. El silencio se hizo patente cuando las chicas se la quedaron mirando esperando su reacción. Era normal que durante parte de la noche la prostitutas disfrutaran de las atenciones entre las caricias y susurros acompañado a esas palabras delicias de chocolate y Whisky viejo. A Wend, una dothraki por parte de padre con la piel de aceituna, le encantaba que los hombres cantaran y bailaran con ella antes de llevárselos a su cuarto. Los ojos negros como la noche parecían encenderse cuando encontraba a un hombre que supiera bailar como la gente de su padre. La exiliada dorniense, una beldad rubia de ojos verdes prefería las sedas y el licor de cereza mientras coqueteaba y seducía a los hombres hablándoles en antiguo valyrio. Cada una de las chicas tenía sus gustos y preferencias, pero ninguna conocía bastante bien a la camarera para saber lo que haría. La última vez que un hombre la toco el culo le rompió la nariz.

 

Esta vez la muchacha se quedo mirando la sonrisa grotesca de aquel animal mientras intentaba manosearla. Sobre su regazo todavía tenía la cerveza aguada que le había pedido Nabisa, la mujer de las islas del verano que se paseaba vestida con pieles de caballos moteados. Sin pensarlo derramo la bebida sobre la cabeza del hombre que la soltó en el acto.

 

-          Enfrié a su amigo señor. La noche todavía es muy larga.

 

La mirada de la jefa desde detrás de la barra no se apartaba de ella. Con un gesto de su mano Nabisa corrió a sentarse sobre el hombre antes de que la mente, opacada por el vino, se diera cuenta de lo que había pasado. Las risas y besos de la mujer con piel de ébano le hizo olvidar cualquier cosa que no estuviera al alcance de sus manos.

 

-          Todavía no sé porque te sigo contratando – se quejo hastiada la jefa del burdel cuando la joven dejo la bandeja.

 

-          Porque soy la única que es capaz de parar a uno de esos bestias cuando le da por joderte tu negocio – la contesto burlonamente sirviéndose una jarra de cerveza.

 

-          De verdad no sé que voy hacer contigo – se encogió de hombros perdiéndose en el interior de las cocinas.

 

Sonriendo la muchacha se bebió la mitad de la jarra de un trago. Estaba tan fuerte que por un momento se sintió mareada. Se acerco hasta la ventana buscando alguna brisa y se fijo en la luna. Estaba tan cerca que casi creía poder tocarla con alargar la mano. “¿Qué estarás haciendo esta noche?” susurro para sí. El ruido de la bandeja sobre la mesa la hizo volverse. Suspiro. Todavía quedaba muchas horas.

 

 

 

Al otro lado de la ciudad el último de los barcos entro por las puertas del Titán de Braavos antes de que se cerrasen como todas las noches. Los marineros que llegaron al puerto atracaron junto a un galeón con el emblema de Volantis en sus velas todavía izadas. Varios ojos hoscos se clavaron en los hombres que bajaban uno tras otro entre risas y maldiciones. El último, un hombre que se ocultaba tras una capa ajada con capucha, dio unas cuantas monedas al capitán.

 

-          Mañana con los barriles llenos de agua y ron vuelvo a zarpar. No puedo esperaros. ¿Estáis seguro? – Pregunto aunque ya se había guardado el dinero y el hombre se alejaba.

 

La oscuridad solo era rota por las luces de las tabernas, el resto de las casas se sumía en una tranquilidad que costaba mucho de creer con los ruidos que salían de cualquier lugar al que se mirase. Carcajadas borrachas y música desafinada invadían las calles de la ciudad ahogando hasta el sonido de sus pasos. El hombre camino sin rumbo atravesando la ciudad de taberna en taberna. Las monedas se caían de entre sus manos como una cascada dorada mientras buscaba información. Una y otra vez recibía pistas falsas que los llevaban de una parte a otra. Llevaba dos años vagando por mundo, demasiado grande como para recorrerlo en una vida y aún así estaba dispuesto a intentarlo. Después de Braavos iría a las ciudades sin nombre del oeste y a las montañas verdes del sur.

 

Al llegar al centro de la ciudad vio el famoso templo de Braavos: el de las cantoras lunares. Debía ser un día especial pues la plaza estaba iluminada por un gran fuego en el que mujeres vestidas de blanco lo avivaban y mantenían encendido. Fue a acercarse cuando una mano, suave y delicada, le cogió por el codo. Le hablo pero no entendió nada de lo que decían sus labios. Una sonrisa se abrió paso entre ellos cuando volvió a hablarle, esta vez en la lengua de Poniente.

 

-          Es una tradición solo para las mujeres – le susurro haciéndole mirar alrededor. Blancas y negras; rubias, morenas, pelirrojas; ricas o pobres. Daba igual todas eran mujeres que contemplaban el fuego que se alzaban en la noche cada una sumida en sus propios ruegos o pensamientos. – Ven por aquí. – Y le llevo lejos de la plaza hacia una calle que salía justo frente al templo.

 

-          Disculpad no sabía… y… mi lengua… ¿Cómo es que usted…?. – La palabras se atravesaban en su garganta luchando por hacerse entender ante los gestos de la mujer.

 

-          Tranquilo. En mi trabajo se aprenden muchos idiomas, no tan bien como puede imaginarse, pero lo suficiente – sonrió. El acento exótico de su voz le daba un aire de misterio que no hacía más que acrecentarse cuando se tapaba el rostro con el abanico que sostenía en la mano.

 

Fue entonces cuando el hombre se fijo en la mujer. Incluso en la oscuridad sus ropas brillaban y su tacto al rozarle era suave y ligero, como el agua.

 

-          Sois una cortesana – dijo en voz alta. – Disculpadme hasta ahora… he recorrido muchos lugares pero no he prestado mucha atención.

 

-          Tranquilo. Sois como un niño – susurro casi para sí misma al rozarle la barbilla y ver como su cuerpo retrocedía casi por instinto. “Igual que un niño” – Debéis estar cansado y todavía oléis a mar. Os aconsejo que vayáis a la posada “La última sonrisa”. Esta por allí – señalo hacia el final de la calle cerca de uno de los canales. – Si giráis a la derecha, a la derecha y después a la izquierda la encontrareis. Es la única que tiene acceso por el canal también. Y no os preocupéis por el nombre, son buenas chicas. Decid que vais de mi parte – se despidió con la mano mientras ya se marchaba.

 

-          Gracias mi señora, pero ¿a quién debo agradecérselo?

 

La risa de la mujer todavía sonaba en el aire cuando escucho su nombre.

 

-          Nief. La cortesana Nief Bonsoir.

 

La taberna parecía un faro en medio de la oscuridad. Una isla animada en el medio de un mar silencioso. Esos sitios no le gustaban y sin embargo con la mano en el pomo de la puerta no dudo en entrar. La luz le cegó por un instante. El olor a vino y cerveza inundaba el aire mezclándose con el olor del incienso y las velas. La atmosfera era como una pesada capa que dejaba ver entre borroso. Mujeres hermosas y hombres de todas las clases sonreían al infinito felices, al menos por un rato. Los rostros se volvieron hacia él. Detrás de la barra una mujer de generosos pechos le observaba con la mirada fija en sus sucias prendas arrugando el ceño. Su voz carraspeo cuando pronuncio el nombre de la cortesana.

 

-          Vengo de parte de Lady Nief Bonsoir. Me dijo que un buen sitio para descansar.

 

El murmullo de la dueña quedo ensordecido al verla volverse. El pelo castaño la bajaba como una cascada hasta la mitad de la espalda y los ojos grises le miraban brillando como si tras ellos hubiese llamas encendidas. La boca dibujo una sonrisa que hacía años que no veía. Y sin embargo tenía miedo de pronunciar su nombre. ¿Sueños? ¿Imaginaciones? Solo había una forma de saberlo.

 

-          Arya…

 

Creyó susurrar mientras que las risas se tragaban su voz y aun así la escucho moverse mientras atravesaba la habitación los pocos pasos que les separaban. Lo escucho tan fuerte y claro como si solo estuviera ella. Sintió el calor de su cuerpo al acercarse, el tacto su piel cuando le cogió de la mano y le saco de nuevo al frescor de la calle y el sabor de sus labios cuando de puntillas le beso.

 

-          ¡Eres tú! – la oyó susurrar pegada a su pecho acompasando su respiración. – Sabía que vendrías con la luna llena.

 

Al levantar la vista la vio más cerca de ellos que en toda su vida.

Notas finales:

Bueno ya os habreis dado cuenta que no he mencionado el nombre de chico en ningún momento. Lo he hecho para que cada quien se lo imagine como quiera, tampoco os voy a engañar mientras lo escribia pensaba en Jon porque es una pareja que me gusta, pero creo que ha quedado bastante "libre"

Y hasta aquí ha llegado la historia. Agradezco muchos las visitas y comentarios y solo deciros que quien me quiera dar su opinion ya sabe. Prometo contestar XD jajaj

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