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Nieve por yuukychan

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Notas:

Aqui os traigo la conti. Ya me direis.

La voz de Arya quedo apagada por el aullido de un lobo. Sansa pensó en Fantasma, pero Jon sabía que no; su lobo no aullaba.

 

Las puertas del salón se abrieron de par en par dejando que el aire avivara las ascuas de las chimeneas. Entre las cenizas, el viento y la nieve la enorme loba negra más grande que un león parecía un demonio salido del mismo Bosque espeso. A base de dentelladas al aire se abrió paso entre los guardias asustados que solo veían sus afilados dientes brillar a la luz del fuego. En dos zancadas el enorme animal se situó al lado de Arya lamiéndole las lágrimas como si solo hubiera pasado un minuto desde que se separaron. Torpemente con la ayuda Nymeria Arya se libro de las ataduras  y se puso en pie abrazando al animal que no dejaba de mirar con desconfianza a todos en la sala. Su pelaje, su olor a salvaje, nada en su amiga había cambiado desde el día en que la tuvo que echar de su lado; solo su tamaño la hacia diferente. Miro a su alrededor y solo veía el miedo y el asombro que provocaba la presencia del animal en el salón. Pronto eso pasaría y llegarían las preguntas, las lamentaciones… no quería estar allí.  Una idea loca se paso por su cabeza al recordar los rumores que circulaba sobre Robb y Viento gris cuando salían a la batalla. Sin mirar atrás se monto sobre la loba como si lo hubiese hecho siempre y se lanzo a la carrera hacia la salida. Los gritos de Jon sonaban a sus espaldas llamándola, pero no quería parar, no quería enfrentarse a él. Quería ir lejos, al bosque y dejar que el dolor se enfriara hasta poder enfrentarse a todos ellos como una mujer, no como una niña llorona.

 

Ni Jon, ni Sansa daban crédito a lo que veían. Sin lugar a dudas aquella muchacha era Arya. Su forma de ser, de comportarse, eso no había cambiado. Jon se quedo mirando al vacio que había dejado su hermana. Sentía como su corazón latía con fuerza al haberla recuperado de verdad, esta vez si que era de verdad. Sansa no podía dejar de temblar, solo cuando reconoció los gestos de su hermana fue capaz de reconocerla bajo aquella apariencia de niña-mujer. Sus ojos se clavaron en la otra muchacha a la que había tomado por su hermana. ¿Quién demonios es? ¿Y que hacia suplantando a su hermana? eran las preguntas que se cruzaban por su cabeza.  

 

-          Quiero una explicación. – La amenaza en su voz hizo que Jayne Pool se derrumbara en el suelo sin poder hablar ahogándose con sus propias lágrimas.

 

-          Es tu amiga. La hija de Pool, el que cuidaba las perreras. – Theon se arrodillo para consolar a su mujer. Después de todos aquellos años, lo que empezó siendo una vía de escape para ambos se había convertido en algo muy real.

 

Sansa miro a su amiga y su rostro se suavizo. Durante la guerra todos habían cometido muchos errores y hecho muchas cosas para sobrevivir; ella misma había permitido que su marido matara a su tía aunque en cierta forma fue para salvarla. Theon explico como los Lannister la hicieron pasar por Arya y la casaron con el bastardo del los Bolton. Nadie sabía donde estaba la pequeña loba ni si seguía viva por lo que dejaron que la mentira siguiera su curso hasta que fue demasiado tarde para decir la verdad.

 

-          Lo siento Sansa. Te juro que no quise, pero amenazaron con matarme si me negaba o si decía la verdad. – Los sollozos la hacían tartamudear, pero sus ojos reflejaban una angustia que Sansa no había visto en mucho tiempo. No desde que abandonara Desembarco del rey y huyera de Cersei, de Jofrey y del resto de asesinos que se hacían pasar por sirvientes y amigos.

 

-          Jeyne tranquila – dijo abrazándola – todo esta bien. No te preocupes. Pero entonces que paso con Arya.

 

La pregunta iba directamente hacia su marido. Si en algo era bueno esté era en saber todo de todo el mundo. Se quejaba de que la araña tenía sus pajaritos volando por todo Poniente y muchas ciudades libres, pero él no se quedaba atrás. Lord Petyr se encogió de hombros mirando a su mujer. Desde que la niña se escapara nadie había vuelto a saber nada de ella.

 

-          Arya viajo conmigo y con Pastel. Otro chico que iba a alistarse al muro. – Gendry que había estado todo el rato callado no pudo seguir guardando silencio. – Viajamos juntos hasta que nos atraparon la hermandad sin estandartes. Yo me uní a ellos y querían a Arya para pedir un rescate a los Tully. No iban a hacerle nada – se excuso antes de que ninguno dijera algo – solo querían una recompensa por llevarla a su hogar.

 

-          Y que paso. – Jon había escuchado en silencio todo el rato más pendiente de enviar guardias tras su hermana que de lo que Theon o los demás pudieran decir. Pero ahora la historia cambiaba. Ahora si era Arya la que había ido con ese muchacho.

 

-          No lo se señor – le respondió Gendry. – Se escapo y no volví a verla hasta ahora.

 

Jon miraba al muchacho sin gustarle lo que veía. Aquel chico no solo había viajado a solas con su hermana sino que además el brillo de sus ojos le delataba. Sentía algo más fuerte que una amistad de compañeros por su hermana y no le gustaba. Era caballero, y uno de los mejores, lo admitía. Su manejo de la espada no era excesivamente bueno, pero con un martillo en la mano aquel chico se volvía un autentico guerrero. “Pero eso no es suficiente para mi hermanita”

 

-          Preparad mi caballo iré a buscarla. – Jon se levanto del trono sin dar más explicaciones a nadie. Solo pensaba en encontrar a su hermana, en encontrarla y... “en revolverla el pelo” pensó.

 

Arreglado el asunto Dany se levanto disculpándose por su cansancio. A una orden varias criadas dejaron los regalos de Arya a Sansa.

 

-          No sé cual es su cuarto, pero te aconsejo una torre. Rhaegal se a encariñado con ella y es capaz de quemar las murallas hasta encontrar su olor – la había dicho antes de marcharse de la sala.

 

El viaje había sido largo y duro y lo único que quería era descansar y dormir un rato hasta la fiesta. Había conocido lo suficiente de la chica durante el viaje para saber que nada la ocurriría por lo que no se preocupaba. “Tiene más agallas que muchos de los caballeros que conozco” pensó. A un paso por atrás Ser Barristan la seguía con el ceño más fruncido de lo habitual.

 

-          Sucede algo Ser – le pregunto Dany. Llevaba con aquel gesto desde que conoció a la muchacha y no era normal, después de todo resultaba ser parte de la familia.

 

-          Señora ya se de que me suena la muchacha. Cuando era pequeña tenía cierto parecido, pero no era muy guapa. Pero ahora es diferente. Esa niña es el vivo retrato de Lyanna Stark y no me gusta. No me gusta nada.

 

-          Que tiene de malo en que una muchacha sea hermosa. – Andando ya habían llegado hasta la habitación que compartían Jon y ella. – Si solo es por eso Ser no tiene ningún sentido. La belleza no es un crimen. De ser así las mazmorras estarían llenas de mujeres – se rió.

 

-          Mi señora esa belleza es peligrosa. Una niña hermosa inicio la guerra que os quito el trono a los Targaryan. Una niña hizo que vuestro hermano se enfrentase a todo el reino solo para poder estar con ella. Una niña engendro a vuestro marido, el mismo que se niega a vivir en Desembarco del rey. Y esa niña es el vivo retrato de su tía.

 

-          Ser no es más que una niña. Y si Jon no quiere vivir en el sur es porque es un hombre del norte y a mi no me molesta. Sabes también como yo que este matrimonio, como casi todos los matrimonios reales son por conveniencia. Me conformo con vernos una vez al año al igual que hago con Aegon cuando viajo a Dorne.

 

-          Señora. Perdone que os lo recuerde, pero necesitáis hijos, descendientes. Príncipes.– El tono de Ser Barristan comenzaba a impacientar a Dany. Era cierto que necesitaban hijos y en su momento, hace mucho tiempo ella también quería tener un hijo con su Khal. Pero en esos momentos ni sabía si podía tener hijos, o si en verdad quería tenerlos ahora que disfrutaba de su libertad. El estar casada y no tener que dar explicaciones era un lujo que pocas mujeres podían permitirse.

 

-          Me voy a dormir, Ser. Que descanséis – se despidió Dany cerrando la puerta. Apreciaba a su comandante de la guardia real, pero a veces la desesperaba como nadie.

 

Acostada sobre su cama pensó en Jon. Lo cierto era que aunque no la quisiera se comportaba como un autentico caballero siempre que estaban juntos, y cumplía con sus obligaciones no lo podía negar. Se sonrojaba al pensar en él desnudo. Pero ella quería más. Poco a poco se había empezado a enamorar del chico frio y distante que conoció en el campo de batalla y al cual deseo desde el primer momento. Sin embargo, y a pesar de los años, Jon no hacía nada; ni por alejarse, ni para juntarse más. Se limitaba a cumplir con su función de rey, pero su mente se distraía con sus propias cosas. Solo le había visto sonreír de verdad cuando hablaba de su hermano Robb, de las peleas que tenían de niños y de cómo gastaban bromas a la vieja tata. Y también cuando hablaba de Arya. El afecto y el cariño que sentía por su hermanita era mayor que cualquiera de los gestos que la había dedicado a ella.

 

 

 

En el patio, Jon se movía inquieto dando órdenes a los caballerizos que corrían de un lugar a otro. Su caballo apenas estaría descansado del viaje y necesitaba otro descansado y rápido para buscar a su hermana lo antes posible. Estaba seguro de que la mocosa que les seguía de pequeña cuando iban de caza se conocía aquellos bosques como la palma de su mano, y de todas formas Nymeria jamás la dejaría que la pasase nada malo. Aun así tenía que ir a buscarla ya. No estaría a gusto hasta tenerla bajo los techos de Invernalia, a salvo, con él.

 

Cuando por fin el caballo, un garañón castaño recién traído del sur, estuvo preparado varios de los invitados a aquella fiesta comenzaron a llegar.

 

Unos tras otros los grandes carruajes se amontonaban en el patio principal a la espera de que los criados y caballerizos les atendiesen. Los blasones de las casas ondeaban sobre los carros como las velas de un barco. Desde su caballo Jon pudo distinguir el oso de sable sobre un campo sinople de los Mormont y el gigante de la casa Umber. Sabía que tenía que bajarse, atender a sus invitados y ofrecerles la hospitalidad de su hogar, de Invernalia. En vez de eso salió al galope seguido de su guardia sin volver la vista atrás. Aquello le costaría caro, estaba seguro que en la noche lo pagaría con creces, pero no le importaba. Ahora solo tenía una prioridad, y era encontrarla.

 

 

 

En el gran salón las sirvientas servían el vino que había pedido Sansa para tranquilizar a Jayne. La muchacha todavía tiritaba presa del miedo y la angustia que sentía por su futuro. Theon, a su lado, no se apartaba de ella. Estaba dispuesto a asumir cualquier castigo que pudieran encomendarle a su mujer. Conocía la ley y había obligado a los hijos del hierro a cumplirla, incluido él. Otro error más según su hermana. “No se lo impongas y obedecerán. Impónselo y te odiaran” le había dicho Asha.

 

Jayne tartamudeaba todavía cuando le conto todo lo que tuvo que pasar para sobrevivir.

 

Entre lágrimas y silencios la confeso como los Lannister la habían tenido presa todo aquel tiempo en unas habitaciones aisladas de todo. Estaba segura de que estaban en el sótano o en las mazmorras porque no se escuchaba nada. Ni los ruidos del castillo, ni los del patio, no se oía absolutamente nada. La única compañía que recibía era la de una criada vieja y arrugada que se tapaba la boca por el penetrante olor a humedad. No supo cuanto tiempo estuvo encerrada, ni que ocurría en el exterior. Creía ciegamente en que moriría entre aquellas cuatro paredes cuando un día un gran señor se presento en su habitación. Le dijo que se llamaba Tywin Lannister.

 

A la mañana siguiente la vistieron como a una dama y la llevaron con los Bolton. Aquel hombre le dijo que si confesaba la verdad a cualquiera de los Bolton, padre o hijo, la matarían en el acto, y que sino le obedecía a él también la mataría. “Puedes elegir, pequeña. Morir ahora, morir más tarde o serme útil y mantener la boca cerrada” El terror la recorrió cada fibra del cuerpo y acepto.

 

-          Me hice pasar por Arya y me case con aquel demonio que me torturo, me violo y… - Jeyne se asfixiaba por la ansiedad. Volver a recordar todo aquello después de tanto tiempo, después de creerlo olvidado… deseo morirse de nuevo. Sus ojos se encontraron con los de Theon que apretaban su mano sin perderla de vista. – Si sigo viva – susurro encontrándose con la mirada de Sansa – es por él. Si Theon no llega a rescatarme hubiese sido capaz de arrojarme desde la torre.

 

Sansa asintió. El desprecio que sentía por Theon no disminuía a pesar de lo que le dijera su amiga de la infancia, pero solo por ella estaba dispuesta a fingir la debida cortesía que se negaba a darle a aquel traidor.

 

La puerta que daba a la cocina se abrió de golpe. Una muchacha castaña de pelo rizado, recién llegada de los pantanos caminaba nerviosa buscando a alguien con la mirada. El olor a especias en el pelo y las manchas de hollín en la ropa le decían que era una de las pinches.

 

-          Que ocurre – exigió saber Sansa que comenzaba a oír los gritos de los hombres en el patio.

 

-          Señora. Los señores amenazan con marcharse. Exigen hablar con la reina.

 

 

 

El patio era un hervidero de gritos y maldiciones. Los aprendices y caballerizos no daban abasto con las monturas que se amontonaban en el patio principal y que los señores se negaban a mover haciendo una larga cola que ya invadía el puente de madera. Los relinchos de los caballos despertaron a los dragones que hambrientos miraban con ojos de depredador a las monturas.

 

Sansa miraba aquello desde la puerta sin saber que hacer. Nerviosa se mordisqueaba la uña pensando en que haría su madre si estuviera allí en su lugar. Señores gritando, caballos descontrolados y dragones a los que tenía pánico con solo mirarlos. Solo quería volverse adentro, a sus habitaciones y esconder la cabeza hasta que Jon regresara.

 

-          Deja eso o te harás daño. – La mano de Petyr se deslizo suavemente sobre la suya para tranquilizarla. Con aquella sonrisa prepotente miraba a los norteños como animales enjaulados. – La reina esta indispuesta y el rey anda como un loco buscando a tu hermana. Es tu momento, compórtate como una buena anfitriona y doma a esas fieras. – Los ojos le brillaban cuando se sentía poderoso.

 

-          Tu nunca cambiaras ¿verdad? – resoplo Sansa.

 

Sacando pecho y con la espalda recta como le enseño la Septa se dirigió a los hombres que vociferaban en el patio. A cada paso se sentía la señora de la casa tal y como la pasaba cuando estaba en el Valle de Arryn. “Aquello no es muy diferente de esto” se decía una y otra vez. Un paso tras otro se convencía más de que aquello era lo suyo. Los chicos tenía sus espadas, Arya tenía su arco y ella; ella era una autentica dama. Una gran señora capaz de domar a las fieras como decía su marido.

 

-          Esto es un atropello. Somos su siervos, si. Pero nosotros también tenemos dignidad. – Se gritaban unos a otros encolerizados.

 

-          Señores, señores. – La dulce voz de Sansa quedaba apagada por los continuos gritos que invadían el patio. – ¡Señores! – acabo gritando haciendo que cada hombre y mujer reunido se volviera hacia ella. – Gracias por su atención. El rey Jon se ha marchado por circunstancias que se escapaban a nuestro control. Por favor no lo tengáis en cuenta ya que cuando él regrese os tratara con todos los honores que mis señores se merecen. Mientras tanto yo, Sansa Stark, os ofrezco la hospitalidad de Invernalia. – La frase salió tan natural de sus labios que por un momento se sintió la reina de todo aquello.

 

-          ¿Y a donde se ha marchado?. – Sansa miro al hombre que le había preguntado. Aquel hombre gordo y calvo no lo reconocía. El resto de hombres la miraron esperando una respuesta. “Y que debo decirles ahora” pensó desesperada. Aquello se escapaba de su control. Por nimia que fuera la influencia de Arya, aquello era un acto de usurpación que implicaba a demasiada gente; los hijos del hierro creían tener una Stark en su poder y eso lo valoraban.

 

-          Señor Manderly, señores – se adelanto unos paso Petyr hasta estar al lado de su esposa. – Mi mujer y yo os rogamos paciencia, pero sobretodo compresión. Arya Stark se ha escapado al bosque y Jon ha ido en su búsqueda. Pero por favor esto sería más fácil de explicároslo acompañado de un buen vaso de vino.

 

El gesto de Meñique no paso inadvertido para Sansa que entro al gran comedor ordenando a las criadas servir grandes jarras de vino. Si algo había aprendido de los banquetes es que cualquier discusión fuerte se arregla con vino y sin son tontas acaban en pelea.

 

Dentro del salón los hombres se movían inquietos mirando con desprecio al marido de Sansa. Ninguno de ellos podía olvidar que aquel hombrecito había permitido la muerte Eddard Stark y no contento con ello había logrado casarse con la versión joven de Lady Catelyn. Tras un momento de titubeo en el que las miradas de Petyr y Sansa se cruzaron les explico la delicada situación en la que se encontraban las muchachas Aryas Stark.

 

El silencio reino en la sala. Aquello resultaba tan increíble que costaba entenderlo. Pero lo que más les preocupaba eran las repercusiones. Los hijos del hierro no se quedarían tranquilos con una explicación, exigirían algo más. La pregunta que les rondaba a todos por la cabeza era ¿Cuál seria el precio a pagar?. El silencio incomodo y pesado ahogaba cualquier susurro en el salón. Solo las sonoras carcajadas del jefe de la casa de los Umber lograron disipar y calmar los ánimos de los norteños que ya esperaban un levantamiento en las islas.

 

-          Que los otros se la lleven. Esa niña es un pequeño demonio desde el día en que nació – se reía Gran Jon. El gigante barbudo no era ni la sombra de lo que fue cuando partió con Robb. Su pelo encanecido y sus ojos tristes mostraban la apariencia de un hombre cansado. Pero en esa ocasión su risa tronaba entre las cuatro paredes. – Bueno por mi entonces no hay ningún problema. Muchachos a que esperan. Adecenten a mis bestias – ordeno a sus escuderos mientras otra sirvienta le rellenaba la copa de vino.

 

Sansa suspiro aliviada al ver como uno por uno los señores iban aceptando la situación. Todavía veía algún rostro resentido que acabaría cediendo embriagado por el vino, pero estaba contenta; la mayoría empezaba a bromear y hablar sobre perros y caza.

 

-          Todo bien mi señora – le sonrió Petyr con dos copas de vino en las manos. Sansa cogió su copa y se llevo a parte a su esposo lejos de las miradas de los señores. El beso, largo e intenso como el que él la dio cuando jugaba en la nieve allí donde el nido de águilas, no se podía comparar.

 

 

 

El camino real fue uno de los mayores logros de los Targaryan, nadie lo discutía. A lo largo de todo el reino, desde una punta a otra de Poniente, el camino unía todas las regiones hasta llevar directamente a Desembarco del rey. Eso y la paz del rey fueron los orígenes de un autentico comercio en Poniente. No entre pueblos o reinos vecinos, no. Sino que las mercancías recorrían el reino como uno solo sin importar la procedencia. Posadas y prostíbulos invadían las lindes y las encrucijadas invitando a los viajeros y comerciantes a hospedarse y disfrutar de una cama caliente. Solo en el norte era diferente. El frio y la nieve alejaban el comercio y el camino se encontraba medio abandonado. Las pocas posadas que persistían en su empeño estaban cerca de los pueblos y ciudades donde nunca faltaban hombres. Solo Villa topo, un pueblo casi subterráneo había conseguido prosperar más allá del norte, a pocos kilómetros del muro.

 

Jon se removía sobre su caballo. La guardia tan empeñada en acompañarle le estorbaba. Solo un autentico hijo del norte, alguien que hubiese mamado desde niño el frio de la nieve, era capaz de recorrer los caminos de aquellas tierras sin perderse en las ventiscas y tormentas que se desataban en cualquier época del año.

 

-          Por aquí – grito Jon llevando a su caballo bosque adentro. Sus guardias se empeñaban en ir por el camino pensando que la muchacha tendría miedo de internarse dentro de aquel sombrío bosque. – No conocéis a esa loba – se rio Jon espoleando su caballo y dejándolos atrás.

 

Varios metros dentro del bosque Jon dejo de oír las voces de sus hombres. No le importaba, quería encontrarle él. Tarde o temprano encontrarían sus huellas en la nieve o sus marcas en los arboles. Había enseñado a Gendry y algunos otros a orientarse entre aquellos bosques y a seguir las pistas que dejaban los animales y las personas cuando se movían; no solo las huellas revelaban la dirección. El aullido de varios lobos cerca lo desoriento por un momento e inquietaron a su semental. Una rápida caricia y el manso animal se relajaba bajo su tacto. Estaba seguro de que Nymeria habría pasado tiempo entre esos lobos pero no creía que fuera a ir allí, de ser así Arya estaría en peligro. Ese pensamiento le erizaba la piel.

 

Entre la densidad del bosque un par de ojos oscuros le miraban siguiendo cada uno de sus pasos. El caballo, percibiendo el peligro, se removía piafando desesperado por huir. De pronto se encabrito levantándose sobres sus patas. Jon intento apaciguarlo con palabras suaves, pero el animal enloqueció. En un intento por tranquilizarlo Jon perdió las riendas y cayo al suelo. La enorme herradura cerca de su cara hizo que rodase hacia un lado para que el animal no le coceara en su ataque. Los relinchos enloquecidos ensordecían el lugar mientras que le veía como corría despavorido hasta perderse fuera de su vista.

 

-          Maldito caballo sureño. Tan cobarde como sus hombres – murmuro levantándose con dificultad sacudiéndose la nieve. El rugido a su espalda le helo la sangre. Una enorme mole de pelo corría hacia él salivando. “Tenía que haber traído a Fantasma” pensó esquivando la primera dentellada del enorme huargo.

 

Recostada contra una enorme roca protegida del viento helado Arya acariciaba a su loba perdida en sus propios pensamientos. Se sentía humillada y no solo por ellos, sino por si misma. Se había comportado como una cría, una cría pequeña y llorona que solucionaba sus problemas huyendo. Eso es lo que hacia la vieja Arya, pero no la de ahora. Había sido capaz de matar y pelear, desnudar cadáveres y ayudarles a morir y sin embargo tenía miedo de volver a Invernalia.

 

-          Nymeria tengo miedo de decirles que he hecho durante estos años. – Las lágrimas resbalaban por sus mejillas al pensar en lo que podrían pensar de ella. Sansa la miraría con horror, de eso estaba segura, pero… y Jon.

 

La loba se levanto para lamer las lágrimas de su dueña en respuesta. La lengua fría y áspera hizo sonreír a Arya. No porque la consolara, sino al recordar como juntas habían salido de la fortaleza. Montar a Nymeria había sido impresionante. Los músculos de la loba parecían ajustarse a su propio cuerpo. Sin palabras ni gestos, solo con la tensión de sus músculos la loba iba donde ella quería ir y se movía donde ella quería que se moviese. No era como montar a Rhaegal, esté hacia lo que quería. Rasco la cabeza del animal pensando en su hermano. Nunca creyó en los rumores que decían de su él y Viento gris, pero estaba segura que de haber entrado en combate con el lobo Robb todavía seguiría vivo. “No murió por ser un mal guerrero, sino porque le traicionaron” se recordó. Ella estaba presente cuando ese Perro faldero de Jofrey, ese Sandor Clegane, se la llevo antes de que cometiera una locura.

 

No solía pensar en Robb, en su madre o en su padre. La casa del Blanco y Negro la enseño a ver la muerte como una amiga, algo tan natura como era respirar, comer o estar con un hombre. Todavía se sonrojaba cuando recordaba como se lo explico la niña abandona. Aun así cuando pensaba en ellos no tenía claro lo que sentía. Su hermano no había sido tan cercano con ella; su atención siempre estaba en Bran y después en Rickson. Su madre lady Catelyn intentaba que fuese una dama, una señorita, en definitiva una segunda Sansa y su padre, bueno, su padre simplemente no la entendía. Todo lo que recordaba de su infancia era estar con Jon; siempre con Jon. Recordaba jugar con Jon en la nieve y entrenar con espadas hasta que la Septa los regañaba y le recordaba a Jon que ella era una señorita, no una campesina que pudiera perder el tiempo. Recordaba como se escabullían en el bosque cercano al castillo y la enseñaba a disparar con arco o las noches de tormenta en las que se refugiaba en su cama y se abrazaba a él hasta quedarse dormida. Incluso cuando solo tenía cuatro años llego a decirle que se casaría con él. Su madre casi la mata al oírla decir aquello; el odio irracional por Jon aumentaba cada vez que la veía con él y no dejaba de recordarla que era su hermanastro, y que todo su cariño debería ser para el resto de sus verdaderos hermanos. Arya se negaba a aceptar aquello y aseguraba que se casaría con Jon sin importar lo que pasase. Eddard Stark tuvo que explicarla que aquello era imposible, que Jon era su hermanastro y por lo tanto jamás podrían ser otra cosa. “Pues no me casaré jamás. No quiero a nadie que no sea Jon” le grito a su padre encerrándose en su habitación.  

 

-          Era muy ilusa ¿no crees? – La loba levanto la cabeza al oír la voz de Arya exigiéndola con la cabeza que la acariciase. – Aunque lo cierto es que mi infancia fue muy feliz hasta que vino el rey Robert. – Arya jamás perdono a su padre ir hacia el sur. Ni siquiera ahora después de tanto tiempo le perdonaba haber roto la manada por lealtad a ese gordo barrigudo que solo sabía beber, comer y de putas. – Sera mejor volver. Antes de que anochezca.

 

Arya se levanto sacudiéndose la nieve de las piernas. Pronto anochecería y el bosque se llenaría de alimañas y animales salvajes. El rugido de un lobo cerca de ella se escucho por todo el bosque ahuyentando a varios cuervos salvajes que dormitaban entre las ramas de los pinos.

 

-          Será mejor que nos vayamos – le acaricio la cabeza a la loba.

 

Unos cuantos pasos entre la nieve y el grito que escucho la helo la sangre, hasta la última gota. No importaba ni el tiempo, ni la distancia. Reconocería esa voz en cualquier parte del mundo, era Jon.

Notas finales:

Bye*****

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