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Nieve por yuukychan

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Notas:

Wenassss aquí os dejo otro capitulo haber si os anima a dar vuestra opinion sobre la historia XD

-          Porque es mía.

 

Jon se levanto sobresaltado con el sudor perlando su cuerpo. Las palabras en sus labios le quemaban como brasas ardientes que se perdían en la oscuridad de su habitación. Se levanto antes de que el sol saliera, pero no quería volver a dormirse, no podía. Torpe, se levanto de la cama. Estaba desnudo y la ropa estaba desperdigada por el suelo, sin embargo no recordaba haberse desnudado la noche anterior. Se lavo la cara en el pequeño plato que tenía encima de su escritorio; necesitaba quitarse aquellos pensamientos que todavía rondaban por su cabeza impidiéndole pensar con claridad. El agua fresca y dulce con olor a rosas y jazmín le devolvió a la realidad y le recordó que Dany se marcharía esa tarde. Aquel olor era su forma de despedirse. Normalmente los tres días que duraba su visita dormían juntos todas las noches esperando engendrar un heredero, pero en aquella ocasión se marchaba un día antes y solo había dormido una noche en el mismo lecho. Eso le costaría caro con Ser Barristan. A veces Jon pensaba que el hombre se extralimitaba en sus funciones, pero él no era quien para decirle nada. Acordaron el día de la coronación que él se encargaría del norte y solo del norte. Lo demás era cosa de Dany y su consejo.

 

Los golpes bruscos en la puerta le molestaron. Era demasiado temprano y no estaba de humor, no después de la noche que había pasado.

 

-          Entre – contesto con desgana. Busco alguna camisa que ponerse, pero al ver entrar a Dany simplemente se encogió de hombros. No había nada en su cuerpo que la muchacha no hubiera visto.

 

Dany entro dejando a su leal comandante Ser Barristan en la puerta esperando. El hombre arrugaba la frente y fruncía el ceño cada vez que creía que Jon no cumplía con su deber; y aquella mañana su cara parecía tener más arrugas de lo normal. Dany se sentó en una de las sillas y clavo sus ojos violáceos en él. Agotado y sin ganas de discutir Jon se tiro sobre la silla de enfrente esperando que la conversación entre ambos no se alargara más de lo necesario. En un principio solo había silencio. Un silencio incomodo y rallante, como el que precedía a una batalla o, como en este caso, a una discusión.

 

-          Jamás te he exigido nada – le espeto Dany. – He respetado absolutamente todos tus derechos y aceptado que vivas en el norte, lejos de Desembarco. – Jon asintió mientras Dany se explicaba. La muchacha intentaba no alzar la voz, pero sus ojos, su cara; era una mascara de ira contenida que se desbordaba a cada palabra. – Lo único que te exigí, y te lo dije antes de casarnos, es que cumplieras con tus obligaciones tres veces al año para dar un heredero a Poniente.

 

-          Lo sé y…

 

-          ¡Cállate! – bramó Dany alzando por primera vez la voz. – No sabes nada, ni entiendes nada. A veces eres como un niño. En Desembarco del rey tengo que aguantar a todo el mundo exigiéndome que traiga un heredero del norte o del desierto de Dorne. Tú no eres el que día tras día durante un año entero tiene que escuchar la misma canción. – Jon la miraba en silencio viendo como poco a poco se calmaba. Tras un largo suspiro Dany fue capaz de continuar con voz tranquila. – Me marcho ahora mismo y no volveré hasta dentro de un año. Espero que arregles las cosas de una vez con tu hermana. No me importa que tengas amantes o te cases con ella, es algo muy normal en los Targaryan, pero quiero que soluciones las cosas.

 

-          Dany, Dany – la cortó Jon sorprendido de escucharla hablar con esa tranquilidad de su relación con su hermana. – No es lo que crees, te lo juro. Arya es mi hermana, mi hermanita.

 

-          Jon – le llamo Dany levantándose de la silla. – Cree lo que quieras, pero arregla esto. ¿Entendido? Eres un Targaryan, eres un rey, compórtate como tal. O la próxima vez responderás ante mí, ante Poniente, y lo harás a “fuego y sangre”. – El lema de los dragones parecía abrasar el aire, a pesar de ser simples palabras en boca de una mujer enfurecida parecía un autentico lema de venganza. Toda la noche en vela y la única solución que se la ocurrió fue aceptar los sentimientos de su marido siempre y cuando no se interpusieran con los deberes del reino y sin embargo esté seguía sin darse cuenta de lo que ansiaba.

 

No hubo más despedidas, ni besos, ni abrazos. Danaerys salió por la puerta dejando a Jon a solas con sus pensamientos. Seguida por su bravo soldado descendió las escaleras de la torre y se dirigió hacia el patio. Fuera les esperaban todos sus hombres a lomos de sus caballos esperando que su reina montase en el fiero dragón que consideraba su hijo. Dany se fijo en como dos muchachos, simples niños que ya se creían hombres, cargaban su equipaje en un de los caballos de tiro. El enorme arcón de madera de cedro decorado con imágenes de animales debía pesar más que ellos dos juntos.

 

Observando que su dragón seguía tranquilo y más ahora con su presencia paso por delante de los guardias y se dirigió hacia ellos.

 

-          Vosotros dejad eso – les ordeno enfundándose los guantes de cuero con lo que montaba a Drogon.

 

-          Señora. Ha sido una orden de vuestro caballero – se disculpo uno de los niños mirando al suelo para evitar la posible mirada llena de ira del caballero.

 

-          No estábamos robando ni nada por el estilo – dijo el otro más valiente hinchando el pecho como si con eso pudiera hacer frente a Ser Barristan.

 

-          Es cierto. Yo se lo ordene, mi reina – se rio el anciano caballero al ver como el muchacho se enfrentaba a él. Tenía madera de guerrero y eso le gustaba.

 

-          Quiero que dejéis toda mi ropa aquí, en Invernalia. Lady Arya no tiene con que vestirse y si ahí algo que me sobre son atuendos, Ser.

 

-          ¿Señora, esta segura? – le pregunto el caballero. Dany ignoro la pregunta clavando sus ojos en los de los niños.

 

-          Encargaos de que alguien se lleve el baúl a las habitaciones de la dama. Tened dos monedas de plata, una para cada uno, por cumplir mi orden – dijo entregándoles las monedas con una sonrisa de regalo. El rubor de las mejillas de los niños se extendió hasta las orejas. Antes de seguir a su reina el viejo caballero se dirigió al niño envalentonado que seguía mirándole con desconfianza.

 

-          Si algún día te aburres de las caballerizas de los Stark ve al sur. En Desembarco del rey tendrás futuro como soldado de la guardia, y quien sabe, a lo mejor incluso llegas a caballero – le sonrió el anciano.

 

-          Soy del norte y moriré en el norte – le respondió el niño hinchando el pecho como había visto hacer a sus mayores.

 

-          Como quieras renacuajo – le sonrió el comandante revolviéndole el pelo antes de irse.

 

Ser Barristan seguía de cerca el andar tranquilo y cansado de su reina. Había estado pendiente de ella toda la noche y estaba seguro de que el sueño se había escabullido de la habitación por estar pensando en el patán de su marido. Entendía que no la gustase obligar a nadie a que viviera con ella a la fuerza, eso mismo fue lo que hicieron con ella al casarla con el Khal con tan solo 13 años aunque acabo amándolo, pero sus maridos debían comprender que su hogar, les gustase o no, estaba junto a ella.

 

-          Mi señora. Todavía puede exigirles… - la mirada de Danearys le cortó antes de que pudiera acabar la frase.

 

-          Ser, no se equivoque. ¿Me molesta la situación? Si. Pero también obtengo una libertad que nadie me puede arrebatar. El precio es caro, pero la recompensa lo vale. – No estaba dispuesta a admitir que los celos y la impotencia por no poder hacer nada no la habían dejado dormir en toda la noche.

 

Danearys siguió caminando hasta su dragón. Al ver a los guardias le saludo con un pequeño ademán que indicaba que se preparasen. El dragón negro que era su montura habitual la saludo con cariño expulsando una hilera de humo al verla. Dany miro alrededor buscando a Rhaegal. Su otro dragón ya estaría sobrevolando el cielo en busca de algún venado o simplemente estirando las alas. Dolida por no poder despedirse Dany se monto en su bestia. Pronto llegaría a Desembarco del rey y tendría que aguantar durante un mes las constantes revisiones del gran maestre para saber si estaba embarazada.

 

Ya era más de medio día cuando la insistencia en la puerta hizo que Arya abriera los ojos perezosa. No había dado la orden de que nadie entrara, pero la puerta se abrió de golpe dejando que dos hombres vestidos con los colores de su hermano entraran cargando un hermoso baúl que no reconocía.

 

-          Estos señores hacen siempre lo mismo. Nos cargan el trabajo más pesado mientas que ellos disfrutan de la mañana combatiendo – se quejo uno de ellos. La espesa barba que crecía alrededor de su rostro amortiguaba los resoplidos de cansancio que dejaba escapar bajo el peso del enorme mueble.

 

-          Se puede saber quienes sois y de quien demonios es el baúl. – El malhumor en la voz de Arya hizo que los dos hombres se dieran cuenta de que había alguien más en la habitación.

 

-          Disculpe mi lady, pero son ordenes de vuestra hermana – se disculpo el otro de ellos avergonzado dejando el enorme baúl a los pies de la cama de la muchacha para hacer una reverencia demasiado exagerada para cualquier hombre.

 

Arya iba a aquejarse por la manía de controlar de su hermana cuando Sansa apareció por la puerta. Ese día había decidido vestirse con colores más veraniegos y había apostado por los tonos naranjas en toda su ropa que hacían juego con el color cobrizo de su cabello. Nada más entrar sus ojos se clavaron en los de su hermana y una mueca de disgusto se dibujo en sus labios tan parecida a la que le dedicaba su madre cuando era pequeña que una punzada de nostalgia le atravesó como una lanza.

 

-          Todavía en la cama. Cuantas veces te he dicho…

 

Arya no llego a oír lo que la decía escabulléndose entre las sabanas y las mantas que la aislaban del mundo exterior. Podía escuchar como las maldiciones de su hermana se apagaban tan rápido como se encendían a la vez que se despedía de los hombres que le había llevado el arcón.

 

Por fin cuando solo el silencio se escuchaba Arya asomo la cabeza por los pies de su cama para encontrarse con su hermana sentada en la silla del escritorio esperándola.

 

-          Ha sido la reina – la dijo señalándola el baúl con la cabeza.

 

-          Dany – sonrió Arya saltando al suelo vestida solo con un camisón viejo de Sansa. 

 

-          La reina o Danearys. No te tomes esas confianzas, Arya. No es de damas – la regaño Sansa recolocándose el pelo en el espejo mientras su hermana buscaba algo que ponerse.

 

Al principio Arya solo encontraba hermosos vestidos de seda, lino y algodón, con toda clase de pedrerías desde zafiros hasta esmeraldas que no la interesaban, pero después de estar sacando toda la ropa encontró lo que buscaba. Con una sonrisa de oreja a oreja saco del fondo del baúl varias prendas de cuero negro y otras en tonos marrones que eran para montar a caballo, varias camisas de lino aparecieron arrugadas en una de las esquinas junto a un saco de arpillera que escondía unas preciosas botas negras de cuero suave y flexible con remaches de plata.

 

Sansa la miro y suspiro.

 

-          Te regañaría, pero estoy cansada de que te intentes vestir y comportar como una dama. Me conformo con que te arregles los días en que tengas que estar presentable para el reino; como ayer. En verdad estabas preciosa, lástima que te empeñes en ir como una sierva. – Con aquel aire de dama resignada que siempre la envolvía desde que era niña salió de la habitación. Estaba en el marco de la puerta cuando se volvió y su rostro se dulcifico un poco. – Cuando acabes baja a desayunar. Mandaré que te guarden algo de tocino y carne.

 

Arya asintió agradecida. Era la primera vez que realmente veía a su hermana preocuparse por ella. Llevaba sin comer desde el día anterior, pero creía que Sansa no se había dado cuenta. Llevaba tantos años viviendo con la soledad y la muerte que la costaba creer que su familia se preocupaba por ella.

 

 

 

Tan pronto estuvo vestida salió corriendo de su habitación bajo la mirada asombrada de los guardias que apenas tuvieron tiempo de seguirla. Arya atravesó varias habitaciones contiguas hasta llegar a la entrada del patio donde descansaba Rhaegal. Los restos de sangre y carne en su hocico eran la prueba de que la enorme bestia se había ido de caza aquella misma mañana y había regresado con un suculento venado que le había saciado por el momento. Arya estaba a punto de acercarse al animal cuando el ruido de espadas, gritos y órdenes llamo su atención.

 

Atravesando el patio se salía a otro casi del mismo tamaño donde los hombres estaban entrenando. Después de la guerra Invernalia se había tenido que reconstruir en muchísimas zonas, pero el antiguo patio de armas seguía siendo el mismo que Arya recordaba de su niñez. El mismo donde había visto cientos de veces a Robb y Jon luchar mano con mano intentando superarse. Curiosa por ver quien estaría entrenando dudaba en si ir directamente hacia allí o ir a al gran salón como le había dicho Sansa.

 

En el patio los hombres se divertían enseñando a los más pequeños a sujetar una espada bajo la atenta mirada de Jon que les observaba desde la ventana de su habitación. Aquella mañana tenía muchos preparativos que hacer si quería partir cuanto antes a las Islas del hierro. Esperaba que al menos aquel problema se solucionara sin mayores dificultades que pagar unas cuantas monedas de oro, pero conociendo el carácter de los isleños lo dudaba. En su interior sabía que tendrían problemas.

 

Varios hombres empezaban a gritas y a apostar por quien de los mocosos que luchaban con espadas de madera sería el primero en derrumbarse llorando por las heridas y el cansancio. Después de un rato de risas y varios sueldos perdidos fue el turno de los mayores. Las reglas eran claras el que perdía dejaba turno a otro, pero el que ganaba seguía luchando hasta ser derrotado, aunque normalmente después de cuatro o cinco combates el ganador solía retirarse agotado. El primero en salir fue un hombre que llevaba un radiante sol blanco bordado en la pechera de la casa Karstark. Su rostro serio y lleno de cicatrices era el resultado de la guerra. La sonrisa burlona que dibujo su rostro al ver a su contrincante hizo que los presentes se echaran a reír. El joven escudero con el blasón de un sol rojo de la reciente casa Thenn que le había tocado le miraba con precaución intentando valorar sus oportunidades. La sonrisa del hombre se ensancho al ver su emblema. Ambas casas compartían el mismo blasón debido a que la señora de Thenn era una antigua Karstark que encontró refugio en los brazos de un salvaje durante la guerra.

 

-          Apuesto 10 monedas de plata a que el imberbe no dura ni un asalto – se rio Gendry echando las monedas en una bolsa. A su lado Petyr asentía con aquella sonrisa picara del que apuesta para ganar.

 

-          Que sean 30 monedas más, ¿quien se apunta? – sonrió mirando a los demás. – Alguien puede hacerse rico si apuesta por el muchacho. – El tintineo de la bolsa atraía más de una mirada, pero nadie estaba dispuesto a perder 40 monedas por un muchacho que en su vida había luchado de verdad.

 

-          Panda de cobardes. – Entre risas el antiguo aprendiz de herrero fue a recoger su dinero cuando escucho la voz de ella.

 

-          Que sean 50 monedas y acepto. – Gendry y Petyr se giraron a la vez al oír la voz de Arya. La sonrisa de Petyr se ensancho al ver la bolsa tintineante que le tiraba la hermana de su mujer.

 

-          Acepto pequeña, pero luego no llores si pierdes. – Sus ojos se clavaron en Gendry que asintió con la cabeza sin quitar la vista de Arya. Ella ni siquiera le dirigía la mirada sino que estaba más pendiente de ver el combate por el que había apostado todo su dinero.

 

El combate que en principio parecía sencillo fue una lucha que duro casi un cuarto de hora. Aunque el hombre de los Karstark estaba curtido en numerosas batallas apenas podía seguirle el ritmo al mocoso de su contrincante. Cada golpe que le daba el otro lo esquivaba y se lo devolvía. No era la misma fuerza, pero poco a poco comenzaba a hacerle mella. El muchacho por su parte buscaba que el hombre bajara la guardia para acabar el combate de una vez. Estaba tan cansado de sostener la espada y medir las distancias que casi pasó por alto el hueco vacio que había dejado el hombre al levantar la espada por encima de su cabeza. Rápido como una serpiente marco el punto debajo de la axila sin que el otro pudiera moverse a tiempo para impedirlo. Por fin el combate se había terminado.

 

-          Muerto. Págame – rugió la voz de Arya incluso antes de que ninguno de los presentes se diera cuenta del final de la pelea. Con la mano extendida esperaba que Petyr le devolviera su bolsa más llena.

 

-          Vaya con la niña – le sonrió el hombre entregándole la bolsa y extendiendo las manos hacia arriba. – Me has dejado sin monedas lobezna.

 

-          Los sinsajos no deberían apostar contra los lobos – le respondió mordaz al fijarse en el broche de plata con el que se ataba la capa. Contenta por su victoria Arya estaba a punto de marcharse hacia el gran salón cuando la mano de Gendry la cogió por el brazo sin dejarla irse.

 

-          Tenemos que hablar. – La orden en su voz hizo que a Arya le hirviera la sangre. Había sido él quien metió la pata la noche anterior y aquel día la estaba metiendo hasta el fondo si pensaba que ella accedería sin más.

 

-          Claro – dijo cogiendo una espada del montón y elevándola hasta su pecho haciendo una perfecta línea en el aire. Sus ojos grises se clavaron en los ojos azules del muchacho que no dejaba de mirarla asombrado. – Si me vences hablare contigo. De lo contrario me dejaras tranquila.

 

Los ojos de Gendry se clavaron en ella. ¿Cómo de buena podía ser con la espada para retarle de esa manera? La respuesta estaba clara: no lo sabía pero lo averiguaría.

 

Arya le esperaba en el centro del improvisado círculo que habían formado los hombres a su alrededor. Le era curioso pensar lo brutos que eran para algunas cosas y como para otras se organizaban de forma tan rápida y sin mediar palabra. Vio como entre la multitud se cruzaban varias miradas desaprobatorias y muchas otras sarcásticas. Nadie de los presentes creía que una muchacha como ella, una dama de alta alcurnia, pudiera saber manejar la espada. Eso la daba ventaja.

 

El ruido de las espadas apenas era un susurro comparado con las del combate anterior. Gendry la estaba tratando como a un niño, no, peor, como a una dama. Los golpes que la daba eran flojos, débiles, aquellas estocadas no romperían ni el cristal de una ventana. Entre golpe y golpe tardaba una eternidad y ni siquiera se molestaba en cubrir sus puntos débiles. “Como quieras. Sino me quieres atacar lo vas a pasar muy mal” pensó Arya para sus adentros. Golpe tras golpe empezó a obligarle a defenderse; su espada, una simple tira de acero forjado una y otra vez para hacerla tan fina, volaba en todas las direcciones que ella quería sin que Gendry pudiera pararlas todas. No fue hasta que el dolor le atravesó y la sangre le recorrió por el brazo que supo que la había subestimado. Sus ojos se fijaron en ella, en la posición de sus manos, de su cuerpo, incluso de sus pies. No se estaba enfrentando a una dama, se estaba enfrentando a un guerrero experimentado que no temía a la sangre, es más sus ojos permanecían impasibles al verla correr.

 

-          Eres imbécil – le soltó Arya de repente tirando la espada bastarda al suelo y marchándose. Gendry intento seguirla pero varios de los señores le detuvieron.

 

-          Estas sangrando muchacho. Tiene que verte el maestre.

 

Los comentarios y risas fueron el sonido de fondo que le acompaño hasta la torre donde tenía el nuevo maestre sus aposentos. Mientras Gendry subía las escaleras no dejaba de recordar los ojos fríos como el hielo de Arya, eran clavados a los que Jon ponía cuando estaba furioso.

 

-          Quien te haya hecho este corte es muy bueno – le decía el maestre mientras le limpiaba la herida con un liquido azulado que le quemaba la piel. – Ha profundizado lo justo para hacerte sangrar, pero no tanto como para llegar al nervio y eso es muy complicado. Debéis tener cuidado la próxima vez con el caballero en cuestión, Ser Gendry. Si hubiese llegado al nervio os quedarías sin brazo.

 

Gendry se quedo en silencio viendo como el hombre limpiaba y cosía la herida sin responderle a ninguna de sus preguntas. Su mente se encontraba pensando en Arya y en donde habría aprendido a defenderse de esa manera.

 

 

 

El eco de sus pasos resonaba en los pulidos suelos del castillo. Ciega corría entre los pasillos que la llevaban hacia el gran salón de Invernalia atravesando las numerosas habitaciones que formaban el entretejido esqueleto que era su hogar. Al dar la vuelta a una de las esquinas se sintió desfallecer. En alguna parte tuvo que girar mal o ir por donde no debía ya que no estaba frente a las puertas del salón, sino ante una pared de ladrillos macizos. Con aire ausente Arya deslizo su mano entre las paredes casi recién reconstruidas del nuevo castillo. Pensó en todas las historias que le conto su padre sobre Brandon el constructor, el primero de los Stark, el que hizo de ellos una casa antigua, los reyes en el norte hasta la conquista de Aegon I. ¿Qué diría si viera lo que hicieron con su castillo? ¿Con su pedazo de paraíso? Pensaría que no importaba el exterior siempre y cuando el calor y la fuerza manaran de sus entrañas o creería que su obra maestra, su legado, había muerto el día en que cayeron sus paredes.

 

Arya sintió como sus piernas fallaban y caía al suelo igual que un peso muerto. El frío de la pared la reconforto la espalda, encogida con la cabeza escondida entre las piernas temblaba presa de sus propios pensamientos.

 

“Soy igual que este castillo. Por fuera parezco Arya, pero en mi interior no sé quien soy. Por un momento, solo por un segundo, desee matar a Gendry por subestimarme. Nadie deseo matar a Gendry y volver con sus hermanos. Arya deseo abrazarle anoche en la posada, antes de que metiera la pata deseo abrazarle y sentir otra vez la calidez de sus manos como cuando bailaron. Mierda ¿Quién soy? ¿Quién quiero ser? ¿Quién debería ser? Te necesito, Jon”

 

-          En el suelo cogerás frio – le dijo alguien revolviéndola el pelo. Al levantar la vista Arya se encontró con los ojos grises de su hermano que la tendía la mano igual que cuando era pequeña. – Vamos a comer algo, Arya.

 

Arya extendió su brazo para coger la mano de su hermano. Sabía que debería estar furiosa con él, por desconfiar de ella, por abofetearla. Pero Jon, era Jon y siempre sería Jon para ella. El deseo de abrazarle se apodero de ella incluso antes de que su mente pudiera oponerse. Sentir el calor de su hermano, la seguridad que manaba de su cuerpo la tranquilizaba. En esos momentos sabía quien era; era la hermana de Jon, y él era suyo, allí y ahora era suyo. 

 

 

 

El salón de Invernalia parecía que nunca se vaciase durante las visitas. Varios de los señores, sobretodo los que vivían bastante lejos, se marcharon al alba junto a la reina Danearys, pero la mayoría de ellos permanecerían en Invernalia al menos 3 días más disfrutando de la hospitalidad del rey en el norte. Criadas y sirvientes trabajaban como hormigas durante todos esos días sin apenas descansar ni comer. Nada más terminar sus obligaciones les surgían muchísimas otras que no se podían aplazar. El fuego de las cocinas estaba encendido todo el día guisando y preparando toda clase de comidas suculentas. Lo caballerizos se pasaban en las cuadras todo el día atendiendo los cientos de caballos que traían los señores consigo; muchos, los que no cabían dentro se llevaban a los improvisados cobertizos que se construían para la ocasión. Los criados y sirvientes recorrían más de mil veces los pasillos del castillo llevando noticias de un lado para otro, o ayudando a determinados señores con sus quehaceres mientras que las doncellas hacían lo mismo con las damas. Pero todo el esfuerzo les merecía la pena. Al acabar la visita recibirían una moneda de plata o de oro según su oficio. Podía no parecer mucho, pero aquella simple moneda constituía el salario de todo un año para muchos de ellos.

 

Arya rezo por que el salón se encontrase vacio, pero si sus plegarias llegaron a alguno de los innumerables dioses que conocía decidieron ignorarla. Dentro del gran salón las mesas estaban a rebosar de caballeros y guardias bebiendo cerveza y vino junto a sus señores. La mesa principal donde comían sus hermanos y su familia más próxima estaba totalmente vacía. Sansa estaría dando vueltas por el castillo organizando sabían solo los dioses cualquier cosa.

 

Nada más sentarse Jon, las criadas pusieron ante él una exquisita fuente decorada con incrustación de oro con un jugoso lechón recién salido de la cocina. La grasa que goteaba por el plato bañando las cebollas y patatas asadas hacia que a Arya se le hiciese la boca agua. Nunca había sido de las que comiese mucho, pero desde que llegara a Invernalia no había comido más que pan y agua cuando la encerraron en el calabozo y poco más después de salir de él. El crujido de la corteza cuando Jon partió la carne la hizo salivar como a su loba cuando le ponían un venado delante del hocico. 

 

-          Veo que no tienes mucha hambre – se rio Jon al verla comer directamente con las manos. De haber estado Sansa seguramente habría puesto el grito en el cielo al verla comportarse de una forma tan poco femenina, pero delante de Jon no tenía porque contenerse.

 

-          Soy una loba huargo. No lo olvides – le sonrió burlonamente mientras hincaba los dientes a una patata asada.

 

No habían acabado de comer cuando Theon Greyjoy entro por la puerta con su esposa. El rostro alegre del muchacho cuando miraba a su mujer desentonaba con las miradas cargadas de odio y reproche que le lanzaban el resto de los señores. Arya vio como varios de ellos les negaban el asiento al poner los pies encima de los bancos tan descaradamente que le hizo hervir la sangre; nadie se merecía eso si se le había perdonado. Giro el rostro para ver si Jon haría algo por el que una vez fue su amigo, casi como su hermano, pero  el rey se limito a mirar hacia otro lado. “Padre jamás lo hubiera permitido” pensó con una punzada de tristeza.

 

Testaruda como solo una Stark podía ser se levanto ante la mirada asombrada de todos los norteños y llamo a Theon a gritos. La sorpresa no vino por que se levantara o le hablase, sino por las palabras que le dirigió tan claras como el agua.

 

-          Theon, hermano, aquí – le grito señalando la silla que descansaba a su lado.

 

Arya nunca le había considerado un extraño en su familia, sino más bien como un hermano demasiado mayor con el que jugar o un primo cercano que solo juega con lo chicos. Las miradas llenas de reproche y celos se clavaron en la nuca del Greyjoy hasta llegar a la mesa principal. Jon parecía dispuesto a permitirle sentarse, pero nada más. Sus ojos estaban clavados en los de su hermana castigándola con la mirada. “Ya hablaremos” la decían para luego desviar la mirada hacia otro lado de la sala.

 

-          Gracias, mi señora – le agradeció el isleño haciendo una profunda reverencia al igual que su mujer.

 

-          Idiota – le sonrió Arya. – Ven y siéntate – le animo cogiéndole del brazo como había hecho Bran miles de veces antes que ella cuando eran pequeños.

 

Tan pronto como la comida acabo y se despidió de Jayne y Theon, Arya se levanto dispuesta a ir a ver a su loba a las perreras. El animal todavía no se había recuperado del todo desde la mordida del huargo solitario y eso la preocupaba. Al salir por la puerta la voz de Jon  la llamo. Su seriedad y mal humor los noto incluso antes de darse la vuelta.

 

-          No tienes ningún derecho de invitar a ese traidor a mi mesa. Por ser mi hermana esta vez te perdonare, pero la próxima… estas avisada.

 

Jon pensó que con su amenaza sería más que suficiente; se olvidaba de con quien estaba hablando. Iba a volver al salón con sus hombres cuando Arya le hablo con aquel tono de niña insolente que empleaba con su madre o con Sansa cuando quería enfurecerlas.

 

-          Invitare a Theon a mi mesa cuantas veces me plazca. Para mí sigue siendo parte de mi familia a pesar de lo que haya hecho.

 

-          No te atrevas a… - la amenaza de Jon quedo silenciada por la voz de Arya.

 

-          … y si no quieres que este en tu mesa no te preocupes. Seré yo quien se siente con ellos.

 

-          Mato a hombres, mujeres y niños. Todavía no sabernos donde esta Bran, ni siquiera sabemos si sigue vivo y tú le perdonas así. Acaso no tienes orgullo – la grito elevando la voz tan alto que varios sirvientes se quedaron quietos en el sitio.

 

-          No entiendes nada, Jon. No entiendes nada – le contesto Arya. Por un momento Jon creyó ver a Ygritte hablando. Aquella salvaje le recordaba tanto a su hermana.

 

Jon clavo sus ojos en ella. La mirara como la mirara solo era capaz de ver a una loba salvaje que no podía dominar. Y encima le gustaba que fuera así. Con un resoplido de resignación y mas calmado se dirigió a ella.

 

-          Cambiando de tema. Compórtate bien con Sansa durante estos días ya que me voy a las Islas del hierro con el Greyjoy.

 

Los ojos de Arya se mantuvieron inexpresivos en todo momento, pero había algo en ellos, algo en su rostro que le hizo dudar de ella.

 

-          ¿Cuando partes? – le pregunto sacándole de sus pensamientos.

 

-          Mañana. Al alba.

 

Sin decir nada más Arya se dio la vuelta. Su forma de andar y de moverse era tan hipnótica que Jon vio como muchos de los hombres se paraban a contemplarla. “Tendré problemas; antes de mañana tendré problemas” pensó para sí mismo. Una orden y una dura mirada y consiguió que todos los hombres volvieran a sus trabajos. Un instante después Arya había desaparecido perdiéndose por algún rincón del castillo.

Notas finales:

Bueno y hasta que el capitulo de hoy jejeje

 

Cuidaros

Bye*****

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