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Nieve por yuukychan

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El amanecer en el mar era lo más hermoso que Arya recordaba haber visto durante sus años en Braavos. Ver los destellos del sol filtrarse entre las cristalinas aguas robándole los colores del arcoíris y regalándoselos al cielo era increíble. Aquel día el rosa había luchado por imponerse a los demás y las nubes parecían teñidas de ese color tan claro y dulce que ahora le parecía mágico. En aquella soledad, mientras los hombres de su hermano dormían y solo el capitán se mantenía despierto al otro lado del barco, era que se sentía tranquila, se sentía ella misma sin necesidad de fingir. Estar con los hombres del hierro la había recordado su antigua libertad cuando era Nadie. Había podido tomar todo lo que quería, bailar, jugar y divertirse sin necesidad de aparentar ser una dama o comportarse como una. Pero de vuelta en Invernalia todo aquello cambiaria, su hermana ya se lo había avisado.

 

-          Ya eres una mujer, Arya. Es hora de que te comportes como tal – le había dicho Sansa la misma mañana en la que ella se escapo para ir con Jon. Las palabras “ya eres una mujer” resonaban en su mente dándole dolor de cabeza.

 

Un bufido de frustración se escapo de sus labios al contemplar la orilla de la playa. Unas horas más y pronto estarían en tierra. Estaban lejos todavía, pero ya se podían distinguir los pequeños bultos caminando por la playa camino de sus barcas. Pronto los pescadores saldrían al mar en busca del sustento para sus familias. Cabizbaja y malhumorada Arya se apoyaba sobre la barandilla viendo cada vez más cerca su futuro en Invernalia. Había echado de menos su hogar hasta que volvió a él, ahora añoraba poder viajar a sus anchas por el mundo, sin preocupaciones, sin responsabilidades.

 

-          Podía haberme quedado en las Islas y haberme unido a un barco en cuanto Jon se marchara – susurro al recordar como Asha, la hermana de Theon le había suplicado que lo hiciera. Ella misma estaba a punto de ir hacia las ciudades libres al otro lado del mar para ver las nuevas maravillas.

 

La mujer había intentado convencerla de que se quedase por todos los métodos, incluso intento tentarla enseñándole el poder y la libertad de la que gozaban las hijas del hierro. Entre risas Arya consiguió despedirse antes de que su voluntad la traicionara. “Te echaremos de menos lobita. Espero que vuelvas pronto a visitarnos” se había despedido Asha guiñándole un ojo señalando a uno de sus barcos. A su lado Theon y Jeyne se despedían con la mano deseándoles buen viaje. Incluso en ese momento en el que el barco levo anclas deseo poder tirarse “todavía estoy a tiempo” se dijo a si misma. Hasta que no perdió de vista la costa siguió repitiéndose lo mismo.

 

-          Maldita sea – susurro golpeando con fuerza la barandilla.

 

-          Cuidado o se caerá, lady Arya. – Gendry había aparecido a su lado sin hacer ni un solo ruido. La había estado observando desde que la joven se despertó y se escabullo escaleras arriba desde su camarote. No se había atrevido a molestarla hasta que Jon le mando buscarla.

 

-          Gendry no te había visto – dijo acariciándose la mano dolorida sin apartar la vista del horizonte. “Vuelta a la rutina” pensó hastiada. Incluso el muchacho que era su amigo se empeñaba en llamarla “lady” a pesar de que ella lo odiase.

 

-          Tu hermano me envía. Esta reunido con el capitán, pero dice que no volveréis tan pronto a Invernalia. Ha decidido visitar a sus siervos y vos le acompañareis para que el norte os reconozca como una Stark.

 

-          ¿De verdad? – se emociono Arya. Por un momento incluso su voz la repelió al parecerse tanto a la que ponía su hermana cuando su padre invitaba algún bardo por las fiestas, pero tener la oportunidad de conocer el norte y viajar por él era mejor que volver a encerrarse entre los cuatro muros de Invernalia.

 

 

 

El norte, siempre imperturbable desde la época de Aegon el conquistador, había cambiado muchísimo en los pocos años que Jon gobernaba. Desde su yegua Arya contemplaba enmudecida como las tierras que fueron de su padre, otrora yermas y vacías, ahora eran un bullicio de vida. Las aldeas y ciudades antes inexistentes salían a su paso a ambos lados del camino real solo separadas por unos cuantos kilómetros, sino fuera por la nieve hubiera jurado que iban rumbo a Desembarco del Rey. La caravana real, presidida por Jon y ella rodeados de guardias, compartía el viaje con numerosos comerciantes que venían desde todas partes del reino. Por primera vez en su vida Arya veía como sureños de todo el reino, desde la lejana Dorne hasta comerciantes de la capital, viajaban en dirección al norte para comerciar.

 

-          Es impresionante, Jon – susurro admirada al ver lo que había conseguido su hermano. Sabía que ninguna de aquellas personas acostumbradas al sol incluso en invierno sobreviviría allí, pero hacer del norte una vía comercial… la dejaba sin palabras.

 

-          No fue tan difícil – le sonrió Jon a la vez que saludaba a varios campesinos y ordenaba a sus hombres parar a descansar en la humilde taberna que se asentaba entre la ciudad que pasaron y Bastión Kar. – Hubo problemas más allá del muro y varios hombres del pueblo libre quisieron pasarse a este lado. Danearys y yo llegamos a un acuerdo con ellos y lo demás vino solo. – Tendió la mano a su hermana para ayudarla a bajar a la vez que dos de sus hombres se ocupaban de los caballos.

 

Arya asintió con la cabeza mientras seguía a Jon al interior de la posada. El olor a pan recién hecho, cerveza y cordero asado hacia que la boca se la hiciese agua de solo pensar en la crujiente carne asada. Al pasar varios hombres hincaron la rodilla frente a Jon. Arya pudo distinguir los emblemas de las casas más antiguas del norte, el tritón de los Manderly, el oso de lady Mormont, o el puño de hierro de los Glover. Había muchos otros que no reconoció; las clases de historia con el maestre Luwin le aburrían demasiado como para prestarles atención.

 

-          Mi señor y rey a vuestro servicio. Soy Edmure Manderly, sobrino de vuestro más fiel vasallo. Para mi sería un autentico honor servirle como caballero de su guardia. – El muchacho atractivo de pelo castaño postrado ante Jon no podía tener más de 16 años. La brillante armadura esmaltada en azul oscuro con el tritón de los señores de Puerto Blanco no podía engañar a Jon. El mozo seguramente acababa de ser ascendido a caballero, o lo que se consideraba caballero en el norte, y deseaba ganarse la fama de los antiguos héroes cuanto antes.

 

-          Ahora no tengo lugar para ti en mi guardia, pero si lo deseas puedes ir a Invernalia, a Dorne o la Fortaleza Roja. Una buena espada siempre es bienvenida, Edmure Manderly. – Jon soltó aquellas palabras como soltaba la lección de pequeño el día que el maestre le preguntaba, rápido y claro. Sabía que el muchacho se ofendería por no aceptarle inmediatamente, pero el olor a verano todavía estaba impregnado en su pelo.

 

Parecía haber pasado una eternidad cuando por fin Jon y Arya consiguieron sentarse en la mesa del final, cerca de la chimenea. Los saludos y cortesías a Jon era algo que Arya sabia que tenía que aguantar, al fin y al cabo, era el rey y el deber de los vasallos era rendirle pleitesías. Pero detestaba que tras ese saludo que no duraba mucho viniese la cantidad de filigranas que muchos caballeros tenían con ella buscando los Otros sabrían que cosa. Se había hartado de escuchar bravuconadas como: “Mi señora es usted hermosísima” “Las rosas azules no se pueden comparar con su belleza” “Mi lady solo por vos me enfrentaría a un ejercito”. No entendía como tantas estupideces podían salir por boca de aquellos que se suponían que defendían el reino.

 

Jon observaba divertido a su hermanita. Había notado como después de los primeros halagos las ganas de esta de desenvainar el puñal de acero valyrio que llevaba a la cintura iban en aumento. Al final tuvo que cogerla de la mano para impedírselo.

 

-          Acaso no te gustan los piropos. – La mirada enfurecida de Arya era el único lenguaje que necesitaba para entenderla. Se sentía molesta y no iba hablar sobre ello. Jon meneo la cabeza y pidió a la camarera que les sirviera lo que tuviera en la cocina.

 

-          Mi rey acabamos de asar un excelente cordero que se deshace en la boca. En seguida se lo traigo – le sonrió la corpulenta mujer alejándose entre las mesas con una elegancia casi felina.

 

Sentada en la mesa Arya escuchaba distraída como Jon le explicaba lo del muro. Sansa le había contado más o menos como estaba la situación y como su hermano acabo siendo rey. La traición de los hermanos negros cuando intento hacer aquello mismo siendo su Lord Comandante la enfureció. Siempre había pensado que aquellos hombres que les defendían de los peligros del norte eran hombre honorables como su tío y como Jon. “Que ingenua era” pensó al enterarse de la verdad. Aun así Jon consiguió salirse con la suya cuando subió al trono lo primero que hizo fue darles una oportunidad.

 

-          Mi señora, mi señora. Un hermoso vestido con encaje de Myr recién traído del mar Angosto. Es perfecto para usted. ¡Mi señora!

 

-          Arya es a ti – le dijo Jon señalando a un hombre bajito y calvo que intentaba convencer a Ser Gendry de dejarle acercarse.

 

-          ¿Un vestido? – Arya miro dudosa a Jon. ¿Qué iba hacer ella con un vestido? Si. Se los había puesto para el banquete en Invernalia, pero desde entonces había asaltado el armario de su hermano y usado las prendas de montar que le había dejado Danearys antes de marcharse.

 

Jon se rio y lanzo una moneda de oro al hombre.

 

-          Muchas gracias buen hombre – le dijo despidiéndose de él. Arya le miro levantando una ceja. – Necesitas algo bonito que ponerte para el torneo de Bastión Kar. No puedes ir vestida siempre como un hombre, ya eres una mujer.

 

-          Sabes que no me gustan los vestidos – le espeto Arya mirando con recelo el hermoso vestido verde con encajes en los puños y rosas doradas hiladas en el corsé. No soportaba ver aquellos encajes.

 

-          Ya eres una mujer – le repitió Jon – no puedes pasarte la vida vistiendo como un mozo de cuadras.

 

-          No entiendes nada, Jon – le grito Arya levantándose de la mesa. Al pasar junto a la posadera casi la tira al suelo al no fijarse donde ponía los pies. Un lo siento casi inaudible se escapo de sus labios antes de salir por la puerta directa a los establos.

 

-          Esta niña – se quejo Jon meneando la cabeza y mandando a uno de sus guardias tras ella.

 

-          No se enfade con ella, mi señor. Es normal que una joven de su edad le tenga cierto miedo a… bueno. Ya sabe. – La mujer limpiaba la mesa bajo la atenta mirada de Jon que seguía sin saber de que le hablaba.

 

-          ¿Qué quiere decir? – le pregunto parando la mano de la señora para que le prestara toda su atención.

 

-          El encaje de Myr es símbolo de matrimonio. Cuando una joven en edad casadera va vestida con este tipo de ropa suele indicar que busca marido. Desde que el comercio se ha extendido hasta aquí todas las muchachas norteñas van buscando su vestido – le sonrió la mujer antes de alejarse de él.

 

Sin mediar palabra Jon cogió el trapo que era el vestido y lo tiro sobre las brasas de la chimenea avivando el fuego. Oír juntas las palabras Arya y matrimonio era algo que le encendía por dentro toda la rabia contenida.

 

Fuera de la taberna Arya esperaba junto a los guardias a que su hermano saliese. Los hombres se mantenían lo suficientemente apartados de la pequeña loba, uno de ellos ya había sufrido en su piel el mal humor de la muchacha cuando la encerraron por usurpadora. Cuando Jon salió de la posada enfundándose los guantes de cuero y sin el vestido Arya sintió que ya volvía a respirar tranquila. Sus ojos se encontraron con los de su hermano y le sonrió. Sin palabras, ni gritos, solo con aquella mirada todo quedaba zanjado y olvidado en aquella taberna.

 

 

 

No era de extrañar que Petyr, el marido de Sansa y antiguo tesorero de la corona, adorase los torneos; era una de las pocas festividades que llenaban las arcas del reino y algún que otro bolsillo deshonesto salía beneficiado. Toda clase de caballeros, desde los más ricos hasta simples mozos con suerte, llegaban desde todos los rincones del reino para participar en el torneo de Bastión Kar. En apenas unas horas y sin haber entrado siquiera a la capital Arya había vistos más pendones y blasones juntos que en toda su vida. A la mayoría de casas importantes las reconocía, pero había otras, tan pequeñas e insignificantes que apenas se acordaba de blasón y mucho menos de su lema. Todas las tabernas hasta la entrada de la ciudad estaban repletas, ni siquiera quedaba espacio en las cuadras para aquellos menos adinerados. La alta nobleza y familiares cercanos de los Karstark se hospedarían en las posadas del interior o aceptarían la comodidad de la fortaleza de los anfitriones; allí era donde se dirigía Jon. Al borde del camino Arya se fijo en que muchos caballeros errantes levantaban sus pequeñas tiendas donde por la noche podrían celebrar o ahogar sus penas sin tener que someterse a las leyes de los guardias de la ciudad. Varias mujeres que viajaban con los numerosos grupos se escabullían en distintas direcciones buscando esas mismas tiendas.

 

-          Son prostitutas nómadas. Van allá donde puedan conseguir dinero, pero no entraran en la ciudad. Podría costarles la vida con las lugareñas – le explico Gendry al ver como Arya observaba a aquellas mujeres de colores chillones y sonrisas fáciles.

 

“Son tan diferentes – pensó Arya al verlas escabullirse entre la maleza. En sus recuerdos aquellas mujeres de la noche solían tener un aire tan misterioso que embaucaban a los hombres solo con respirar su mismo aire“

 

En Braavos ser una prostituta era tan exclusivo y misterioso que todas las muchachas deseaban que alguna cortesana de renombre las acogiera como hijas de su casa. Al final solo las más hermosas e inteligentes conseguían llegar a ser cortesanas, autenticas joyas valoradas por los más poderosos hombres de todo el mundo; el resto acabarían siendo prostitutas de tabernas y muelles. Mientras vivió en las calles de Braavos siendo Gata de los canales varias veces la ofrecieron trabajar al servicio de la Madamme de hielo. La mujer que ya rondaría los 70 veranos era una de las personas más ricas de toda la isla. En su juventud llego a entretener a tantos reyes y príncipes que muchos todavía la apodaban “La reina del mundo” y “La mujer de hielo”.

 

Arya escucho hablar mucho de ella antes de conocerla. Una cortesana de su escuela solía comprarle pescado, pero aquel día la vio por las calles vendiendo ostras frescas y la pidió que se las llevara. La enorme casa señorial imponía desde la calle. Las columnas y suelos de mármol reflejaba la belleza del sol e iluminaba cada piedra haciéndola tan brillante como un diamante. Las escaleras de grandes escalones llevaban hasta una puerta doble dorada que se abrió incluso antes de que Arya llamase.

 

-          Me envía Lady Nief – le dijo Arya a la mujer arrugada de ceño fruncido que la miraba desde el marco de la puerta.

 

-          Tu debes ser la mocosa de la que tanto habla esa idiota. Trae y pasa – la contesto agarrándola la bolsa de las ostras y empujándola hacia el interior de una sala.

 

La sala a donde la empujaron era un autentico palacio de cuento. Las alfombras cubrían cada centímetro del suelo y sobre estas exquisitos cojines tan mullidos y elegantes formaba un extraño tapiz de perfección. Dentro de la sala las muchachas que atendían las necesidades de las cortesanas, ilusas con sueños de poder en opinión de Arya, la observaron con aquel aire de superioridad como el que tenía Sansa cada vez que las dos eran presentadas a un nuevo amigo de su padre.

 

-          La servidumbre no puede entrar en esta sala. – La muchacha que le hablo, una adolescente rubia de ojos azules unos años mayor que ella se levanto con los brazos en jarras. Era tan alta y delgada que Arya pensó si no la matarían de hambre. – Con esas pintas tu lugar esta en la cuadra. – Era cierto. Comparada con los elegantes y frescos vestidos de seda que llevaban las muchachas, Arya iba sucia y harapienta. Llevaba un pantalón de chico desgastado y lleno de parches, la camisa estaba tan vieja y olía tanto a pescado que muchas veces los gatos la seguían e iba descalza. Pero era una Stark.  

 

-          Y que te ofende más; mi presencia aquí o que siendo tan mayor todavía no has conseguido ser una cortesana de todo derecho. Acaso temes acabar en los mismos muelles que yo, eso sí, tu por debajo. Siempre debajo. – Las palabras hirientes de Arya hicieron estallar a la chica. Las lágrimas de rabia que corrían por sus ojos la obcecaron cuando intento agarrarla. El restallido de una voz fue lo único que la paro en seco.

 

-          Si no soportas la verdad… no la busques, Ariadna. – En la puerta apoyada en un lujoso bastón hecho de marfil y madera de fresno decorado con exquisitas joyas descansaba la mujer de la que todo Braavos murmuraba. Incluso en su vejez la belleza del pasado todavía se resistía a abandonarla del todo. Con aire tranquilo y pasos suaves la señora camino hasta la única butaca que había en la sala y se sentó. – Además deberías mirar bien a tus adversarios. – La chica se fijo en los puños cerrados de Arya y en la posición de su cuerpo ladeado. La chica no se echaría para atrás la golpearía con todas sus fuerzas si ella se hubiera llegado ha acercar. – Marchaos – ordeno con voz suave haciendo restallar el bastón, al instante en la sala solo quedaban ella y Arya.

 

-          Señora necesito cobrar las ostras de mi jefe – le dijo Arya no muy segura de lo que en verdad querían los ojos de aquella mujer.  

 

-          Ya están pagadas. He mandado a una de mis muchachas en persona.

 

-          Entonces si todo esta resuelto – se disculpo Arya haciendo una pequeña reverencia. Estaba saliendo por la puerta cuando el golpe seco del bastón la hizo parar para girarse.

 

-          Ahora entiendo que es lo que ve en ti Nief. Eres bella aunque no te lo crees – puntualizo al ver los ojos esquivos de la chica. – Muy inteligente y audaz, aunque eso a veces te habrá metido en problemas. Pero sobre todo eres valiente, valiente y… peligrosa. Todas ellas cualidades de una autentica cortesana. De una próxima reina del mundo y aun así has rechazado la oferta de una de mis hijas. Y no solo una – sonrió – sino tres veces. ¿Puedo preguntar por qué? – Los ojos de la Madamme no perdían de vista ninguno de los gestos de Arya. Sentía curiosidad por el pasado de una muchacha tan culta y a la vez tan salvaje.

 

Sin decir palabra Arya agacho la cabeza en una suave inclinación y se dio la vuelta sin decir palabra. No quería dar explicaciones a nadie, no tenía porque. En ese momento, con el sabor del honor y el orgullo en la boca, se sintió de nuevo una Stark de Invernalia.

 

-          Buena suerte con tu destino muchacha – se despidió la mujer sin dejar de mirar el andar lento y constante de la chica. “Pasos altaneros donde los haya. Seguro que tiene noble cuna” sonrió cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás. Tendría que seguir buscando una autentica hija que heredase su mundo. Un mundo que ella jamás eligió, pero supo hacerse con él. – Solo el amor me hubiese podido vencer.

 

 

 

 

 

El sonido de la trompeta retumbo por toda la ciudad haciendo que hombres y mujeres abrieran un camino libre para comitiva real. Jon erguido sobre su caballo saluda a la multitud con aire regio y distante. “Ahora se comporta como un autentico rey” pensó Arya al ver la actitud de su hermano. En Invernalia, incluso siendo el rey, parecía más accesible. Le había visto bromear con sus guardias y jugar con los críos de las sirvientas a las espadas como hacia cuando simplemente era el bastardo de Eddard Stark. “Me gusta más como es en casa o como era antes cuando era Jon Nieve, Jon… mi… hermano” se dijo a si misma mientras le seguía de cerca.

 

Desde las ventanas de los burdeles varias prostitutas intentaban llamar la atención del nuevo lobo coronado que pasaba sin mirarlas. Los ojos de Jon estaban fijos en el castillo fortaleza de los Karstark. Esperaba que al llegar su vasallo le dijera como es que no se la había informado de semejante celebración. No le importaba que se celebrasen torneos, lo que si le molestaba era no saberlo; nadie representaría a Invernalia.

 

-          ¿Y bien?. – Jon avanzo hacia el asiento que le correspondía. Todas las casas nobles guardaban hermosos tronos de madera para las visitas reales. Aunque hacia años que no se usaban, los reyes sureños no eran muy partidarios de viajar tan al norte.

 

-          Señor se os mandé un cuervo a Invernalia, pero partisteis demasiado pronto hacia las Islas del hierro. Allí enviamos otro, pero… recibimos noticias de que también habíais partido en cuanto solucionasteis el pequeño incidente. – La voz antigua y desgarradora de Lord Harrion Karstark tuvo que quedarse perdida en alguna de las mazmorras de la fortaleza roja. El guerrero que otrora había acudido a la llamada de Robb Stark para ir a la guerra no era más que un simple hombre cansado que pasaba el día a día sumido en su propia melancolía.

 

-          Comprendo.

 

Jon no podía culpar al hombre después de todo lo que vivió que estuviese al tanto de todos sus deberes. Las últimas noticias que le había dado Alyss Karstark era que su hermano no era la sombra de lo que fue. La mayoría del tiempo se encerraba en la biblioteca a leer y a hablar con sus propios demonios. “Solo se anima cuando su sobrino va a verle por lo que le voy pedir que lo coja de pupilo” le había dicho la mujer el día que estuvo en Invernalia con su marido el Magnar de Thenn.

 

Jon meneo la cabeza y miro a sus hombres.

 

-          Caballeros, alguno de ustedes quiere luchar por Invernalia junto conmigo. – Todas las miradas se clavaron el él. El silencio incomodo que siguieron aquellas palabras le incomodaron. – Y bien. Hablad – les exigió.

 

-          Mi señor. – Se adelanto Ser Weber. El hombre fuerte como un toro y más astuto que un zorro según decían sus camaradas hinco la rodilla en tierra con la mirada fija en el suelo. – No es que desee negaros participar en la justa, pero… vos sois el rey. Si os hieren o… - meneo la cabeza ante la posibilidad de la muerte – si os hieren el reino pagaría las consecuencias.

 

-          Además Jon, nadie osara tocaros. Tened por seguro que si participáis en la justa, venceréis. – Lord Harrion se levanto poniendo una mano sobre el muchacho que llevaba tan gran peso sobre su cabeza. – Tener el poder y ser un hombre libre son dos caminos que nunca van juntos, mi rey.

 

Jon miro el rostro de sus hombres. Las palabras de Karstark eran sinceras. Ninguno de ellos se enfrentaría a él por miedo. Arya se encontraba sentada en una de las grandes mesas dispuestas. Las manos le temblaban desde que cruzo las puertas de la ciudad y vio a tantos guerreros y caballeros juntos. Deseaba poder competir, sentir el calor de su montura y esgrimir la lanza representando a su tierra, a su casa, y sobretodo a si misma.

 

“Si se lo pido a Jon estoy segura de que podre participar – se dijo. – He escuchado de mujeres que han participado en torneos y combatido en la guerra. Sansa le conto a Jeyne que una mujer fea y sin gracia, pero un autentico demonio en la batalla, se había casado hacia cuatro años con Jaime Lannister”

 

-          Jon… - intento llamarle.

 

-          Mi rey. Yo luchare por Invernalia. – Gendry se había acercado unos cuantos pasos antes de hincar la rodilla en el suelo frente a Jon ahogando la voz de Arya con sus pasos.

 

-          Que así sea – le respondió Jon.

 

Gendry sonrió emocionado. No era el primer torneo en el que participaba, pero por primera vez deseaba ganar para coronar a la reina del amor y la belleza. Sus ojos buscaron a Arya, quería ver su sonrisa, pero la vio salir por una de las puertas sin mirar atrás.

 

El bullicio del patio era música para sus oídos. Arya paseaba mirando entretenida como los mozos y criados se paseaban de un lado para otro organizando todo para el gran evento. El torneo se celebraría en el patio exterior de la fortaleza. Varios hombres estaban colocando ya las tronas donde la nobleza se sentaría mientras otros se dedicaban a colocar la zona de la gente humilde. Un maestre ya anciano caminaba de un lado para otro en la pista contando en voz baja los pasos.

 

-          … cinco, seis, siete. Siete pasos de gigante es igual a cinco de caballo… Aquí. Pon aquí la marca de la embestida – le dijo el anciano a un niño que cargaba con varios maderos.

 

Arya observaba entretenida al hombre hasta que la voz de Gendry la sorprendió llamándola.

 

-          Estas aquí. Te he estado buscando, Arya – le sonrió pensando que si la llamaba por su nombre sin usar el lady la muchacha se alegraría.

 

-          ¿Qué quieres? – le pregunto sin dejar de mirar las medidas y cuentas que hacia el maestre. No tenían lógica para ella, pero el hombre parecía muy convencido de que los gigantes y los caballos era muy similares en la distancia.

 

-          Quiero que sepas que conseguiré esa corona de rosas azules para ti. En este torneo tú serás la reina.

 

Arya se giro sorprendida al ver lo poco que la conocía su propio amigo. Que le importaba a ella una corona o ser reina de no sé que tontería. Ella deseaba participar y demostrar lo que valía, no que la trataran como una chiquilla indefensa o una damisela en apuros como la de las leyendas.

 

-          No entiendes nada ¿verdad? – le respondió simplemente decepcionada. Arya se levanto sacudiéndose el polvo de los pantalones y se marcho de nuevo hacia la fortaleza. Gendry la vio alejarse sin entender a que venia su disgusto.

 

-          Mujeres ¿eh? Joven. No se puede vivir sin ellas ni tampoco con ellas ¿verdad? – se rio el maestre sentándose a su lado el muchacho que le ayudaba seguía colocando los maderos allí donde le habían indicado. – Tu tranquilo, esa joven seguro que cae en tu brazos. Solo tienes que darla tiempo – le dijo palmeándole la espalda. Gendry le miro y volvió a mirar por donde se había marchado Arya.

 

-          No es tan fácil – le respondió al final callándose lo que en verdad pensaba. Sabía que su amiga, la muchacha con la que viajo todo aquel tiempo era diferente. No la gustaba los halagos, ni las sensiblerías. No quería ser la reina de un torneo, preferiría participar en él. El problema era que no era como el resto de las damas y él no sabía tratarla distinto por mucho que quería.

 

 

 

Frustrada y rabiosa las cuatro paredes de su habitación se la quedaban vacías. Durante todos esos años en la isla de Braavos Arya se había acostumbrado a ir a su aire sin tener que dar explicaciones más allá de las razonables al hombre bondadoso. Ahora tener que explicarle a todo el mundo donde iba, que hacia o que quería. La molestaba, la parecía ridículo. Ni siquiera cuando vivía con su familia su padre había sido tan controlador, pero Jon se empeñaba en saber donde estaba en todo momento.

 

-          He ido a ver como preparan el torneo. Me interesa saber como el maestre cuenta aquí los metros que ahí de una punta a otra.

 

-          Pero no me pediste permiso, Arya. Estaba preocupado. Esto no es como en casa. Aquí te puede pasar cualquier cosa – había insistido Jon más tranquilo al verla bajo el mismo techo que él. – Llevadla a su habitación – les había ordenado a sus guardias sin darle si quiera la oportunidad de replicarle.

 

 

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