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Nieve por yuukychan

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Notas:

Holaaaa siento haber tardado tanto, pero es lo que tiene el verano que no se para por casa XD

Espero que os guste la continuacion y

Desde el alba las sirvientas se afanaban por limpiar los salones de Invernalia. Mientras que unas se dedicaban a pulir la madera de las mesas y limpiar las telarañas que se empeñaban en esconderse tras las columnas, otras intentaban que los suelos de piedra relucieran como el sol de la mañana. Unas cuantas maldiciones se escapaban de los labios de las muchachas al ver las persistentes manchas de vino que algún señor borracho dejaría caer por culpa de la embriaguez.

 

-          Estos serán muy señores, pero beben como los borrachos del lecho de pulgas – se quejo una muchacha recién llegada de la capital. La ropa de lana vasta y el pelo mal recogido no podían ocultar las manos delicadas y los aires de joven coqueta que nunca había trabajado como sirvienta.

 

-          Loreley – la llamo Sallyn la anciana ama de llaves que controlaba las tareas desde que Sansa la puso al mando. El pelo recogido en un alto moño la daba una autoridad que su delicada figura de anciana era incapaz de conseguir. – Si no te gusta fregar puedes volver a abrirte de piernas cuando quieras en el burdel. Pero ni una sola queja más.

 

-          Lo siento señora.

 

La muchacha ruborizada hasta las orejas agacho la mirada y siguió frotando el suelo entre quejidos y resoplidos de indignación. “Por lo menos abriéndome de piernas ganaba más dinero que estando aquí a cuatro patas” pensó. Lo único que la retenía en aquel trabajo era el miedo que sentía a las palizas de su antigua jefa y dueña del burdel.

 

El bufido de rabia siguió a la mujer hasta las habitaciones de Sansa. Conocía a la dama desde que era una niña, ella misma la había enseñado a coser antes de que su hermana, la que se metiera a Septa, llegara para intentar educar a las hijas de Lord Stark. Todavía recordaba la guerra que le daba la más pequeña a la vieja Septa y los berrinches que tenía luego la pobre mujer al no poder controlar a la niña, ni convertirla en una dama. “Con el tiempo madurara. Todas las muchachas lo hacen antes o después” le decía ella en aquellas noches  en que ambas se sentaban un rato en el salón con una copa de vino y recordaban su niñez en los campos del dominio.

 

Todavía recordaba como siendo niñas jugaban en el rio que cruzaba el valle. Daba igual si se era hijo del molinero o del señor del castillo; en los días que el sol azotaba con fuerza todos los niños acababan jugando entre las piedras de lecho y se empapaban de arriba abajo corriendo en un juego que no tenía final hasta que no se oía las voces de sus madres llamándoles. Fue la época más feliz para ambas antes de que cometieran uno de los peores errores de su vida.

 

Eran ya adolescentes cuando ambas se fijaron en el hijo menor de unos de los vasallos de los Tyrell, después de tantos años Sallyn ya ni recordaba su apellido o su rostro, solo aquellos ojos azules que la prometieron el cielo para después enviarla al mismo infierno. No habría sucedido nada si alguna de las dos hermanas hubiese confesado lo que hacían entre los juncos las noches de calor con el muchacho o como se escabullían a los graneros en los días de fiesta, pero se callaron y él se aprovecho de ello. Al final, después de dos años jugando con ellas, tuvieron que marcharse; el muchacho se iba a casar con una de las hijas de los Tyrell y no estaba dispuesto a renunciar a los privilegios que obtendría de esa unión.

 

-          Pero acaso la amas – le grito Sallyn llorando la noche que se lo dijo después de haber estado juntos.

 

-          No, pero no importa. Ella puede llegar a ser la señora de Altojardín si fallece su hermano. – La sonrisa de sus labios y la avaricia en sus ojos no se borraba ni siquiera cuando intento volver a besarla. Dolida ella se aparto. – Pero que te pasa, tengo ganas de más.

 

-          Solo soy eso para ti, ¿no es cierto? Un revolcón fácil. Una ramera. Tú prostituta. – La sonrisa de él le decía todo. Por fin se había dado cuenta de que aquello no iba a ningún lado y sin embargo eso no la aliviaba, seguía teniendo las esperanzas de que cambiara de opinión como siempre hacia. Pero tuvo que oírle, tuvo que escucharle decir aquellas palabras que la marcarían a fuego para el resto de su vida.

 

-          Tranquila. Tú y tu hermana sois de las mejores. Será porque os entrenado yo – se rió.

 

No supo cuanto tiempo se quedo en silencio, pero para cuando fue capaz de reaccionar él ya no estaba. Se encontraba sola entre los matorrales llena del polvo, hierba, dolida y humillada.

 

Toda la noche estuvo en su casa llorando. No podía creer lo idiota que había sido al confiar en él. A los tres días apareció en su puerta con una bolsa de monedas de oro y le confeso todo a su padre. Les exigió marcharse inmediatamente sino querían tener que irse, pero sin nada y con alguna que otra herida. Ese mismo día su padre las molió a golpes, a ella y a su hermana, y las echo de su casa. La última imagen que tenía de él era arrodillado frente al hombre que la engaño jurándole su eterna lealtad y silencio. Hoy día todavía sentía que la piel le quemaba cuando su padre las azoto por lo que hicieron, pero la dolía más la poca importancia que tenían para él. Al final Sallyn decidió buscar suerte como sirvienta mientras que su hermana se metía para ser Septa. Ambas habían decidido renunciar a tener familia o un hogar propio, se conformaron con poder simplemente vivir sin tener que recordar aquellos días.

 

Sansa encontró a Sallyn en su puerta con la mirada perdida. Las lágrimas de la mujer la preocuparon.

 

-          Se encuentra bien, Sallyn. ¿Ha ocurrido algo? ¿La pasa algo?

 

-          No señora. Vengo a preguntarle si necesita algo. – Tan rápido escucho la voz de Sansa, la mujer se recompuso al instante. Aquella vergüenza de su juventud era un secreto que se llevaría a la tumba. Más de una vez en su juventud quisieron volver y vengarse, pero como todo, eso quedo en un sueño del que solían bromear. De todas formas se alegraron al saber que jamás consiguió casarse con la hija de los Tyrell. La muchacha el día de la boda se fugo con otro hombre, un simple jardinero que trabajaba en el castillo. La humillación y la deshonra fueron como una llaga abierta dibujada en su rostro y una venda en el corazón de la dos mujeres que nunca se curaría del todo, pero por lo menos no estaba tan herido como al principio.

 

 

 

Sansa se paseaba de vez en cuando para comprobar que no quedase ni una sola mancha, pero la mayoría del tiempo se la pasaba charlando con Jeyne. Desde que descubriera que su amiga también sobreviviera a la guerra no dejaban de contarse por todo lo que habían pasado. Era sorprendente como su futuro era tan distinto del que imaginaron cuando eran niñas y cosían en el salón bajo la supervisión de la Septa Mordane.

 

-          Estas preocupada – la espeto Jeyne al verla mordiéndose la uña distraída. – ¿Me vas a decir que te inquieta?

 

-          Arya – la contesto Sansa. Jeyne meneo la cabeza y sonrió. Ambas sabían lo temperamental que era la loba salvaje y como se comportaba cuando era pequeña.

 

-          Entonces era una cría. Ahora no te digo que vaya a ser una dama, pero se comportara.

 

-          Eso espero – suspiro. – Muchacha limpia mejor este suelo. Acaso no ves las manchas – ordeno Sansa a una de las sirvientas que andaban de un lado para otro con la fregona.

 

-          No lo pagues con las chicas – le susurro su amiga mientras seguían caminando entre los muros del castillo con Sansa ordenando y disponiendo como la señora del castillo. La encantaba y había nacido para ello.

 

 

 

Los salones de Invernalia tan grises y oscuros siempre, brillaban con todo su esplendor en los grandes banquetes. Los colores normalmente grises de las paredes se habían revestido con los colores de las casas más importantes del norte y justo sobre la cabecera de la mesa real el lobo de los Stark junto al dragón de tres cabezas de los Targaryan presidian el salón como una vez hicieron el venado coronado de los Baratheon y el león de los Lannister. Jon no le pidió a Dany poner la casa de su madre – aunque siempre pensaban en Eddard Stark –  al mismo nivel que la suya; la muchacha lo había hecho por si misma bajo la negativa de Ser Barristan. “Tu gente se lo merece. Nuestro matrimonio une el reino, pero no el corazón de las personas. Esto es el norte y no lo olvido” le dijo cuando ordeno colocar el blasón.

 

Las mesas ordenadas en largas filas abrían un gran pasillo por donde los señores esperaban a la familia real. Gendry vestido con un jubón de lana negra con el blasón de su padre bordado con hebras de oro estaba sentado entre sus hombres a pesar de que hacia tiempo ya había sido reconocido como hijo del difunto Robert Baratheon y único heredero de Bastión de tormentas. Su tío Stannis fue quien le proclamo que sería su sucesor cuando él muriera en el último banquete al que asistió en su casa. Pero ser lord o no le daba igual, o por lo menos le había dado igual hasta ahora.

 

Ensimismado observaba como empezaba a subir de calor el ambiente. El vino y la cerveza hacia rato que rondaban las mesas y varios hombres ya no podían ni mantenerse en pie. Los chistes subidos de tono y las bromas volaban a su alrededor encendidos por los generosos pechos encorsetados de las muchachas que les servían, pero él estaba más concentrado en la familia de Jon. Solo Sansa y su esposo estaban sentados en la mesa principal. La dama vestida elegantemente de verde de pies a cabeza miraba a la puerta impaciente porque su hermano llegase y rezaba a los dioses porque Arya apareciera lo más arreglada posible.  No sabía nada de ella desde la noche anterior y esa mañana no consiguió encontrarla por ningún lado. Petyr y Jeynne le aseguraban que la chica se comportaría, pero la costaba creerlo.

 

-          La conoces. Ya aparecerá en un rato cuando nadie este pendiente – la susurro Petyr al oído.

 

Por fin Jon, vestido de lana negra con el lobo de los Stark bordado en el pecho con hilo de oro y plata apareció junto a Daenerys. Su vestimenta era de lo más sencilla para un rey, sin coronas, ni joyas, ni adornos. La reina, sin embargo, sabia como sorprender cada vez que iba al norte, y a pesar del frio llevaba un precioso vestido dorado que se ataba en la espalda al estilo dothraki sin más decoración que el intrincado peinado hecho de trenzas que sujetaba con fuerza su corona. Solo en el último momento había decidido ponerse sobre los hombros una estola de piel para protegerse del frío del norte.

 

Gendry se desilusiono al no ver a la muchacha ir tras los jóvenes reyes. Esperaba poder hablar con ella y a lo mejor bailar un rato ahora que si tenía alguna oportunidad. Ya no era el simple aprendiz de herrero con el que viajo, sino un hijo legitimo de la casa Baratheon. Los guardias que le acompañaban se rieron al ver el disgusto en sus ojos.

 

-          Ni que esperaras a una mujer, Ser Gendry. Con todas las que tenemos aquí para elegir – se rieron sus compañeros señalando a varias chicas que no dejaban de mirarle y sonreírle.

 

-          Beber y callar sabandijas – les rio la broma Gendry. Dio un largo trago al vino sin dejar de mirar a la muchacha de grandes pechos que no dejaba de hacerle ojitos. “Si no viene al menos me divertiré” pensó sonriéndola a la chica. En dos segundos la muchacha ya estaba sentada a su lado sirviéndole más vino mientras cada centímetro de piel al descubierto se apoyaba en él. Una parte de si mismo deseo seguirle el juego, aquellos pechos bien lo merecían, pero no dejaba de pensar en la lobita. Con una sonrisa y un leve gesto la muchacha se marcho ofendida hasta que otro de los caballeros la cogió por los aires sentándola a su lado.

 

-          Se la paso rápido el disgusto, señor – se rio su compañero sirviéndose más vino en la copa todavía llena. Gendry sonrió con desgana, aquella clase de mujeres las había conocido toda su vida. Mujeres hermosas y volubles que se iban con cualquier hombre al igual que el viento sopla cualquier barco. Ahora no quería eso, quería una autentica mujer que fuera solo suya.

 

 

 

Fuera, en el patio, Arya no dejaba de dar vueltas. Sabía que tendría que entrar en algún momento, era su obligación como diría Sansa. Pero algo en su interior la paralizaba, el miedo ha hacer el ridículo delante de todos aquellos hombres y mujeres la oprimía por dentro. Ella no era una dama, no llevaba vestidos, ni tenía modales. “Ni siquiera soy hermosa” pensó angustiada apartándose el pelo de la frente. Ella seguía siendo Arya caracaballo; la misma loba salvaje que disfrutaba montando a caballo, vistiendo pantalones y tirando con el arco. “Además de un miembro de la hermandad sin rostro, una asesina” se recordó. ¿Las asesinas acaso eran damas? Claro que sí, hay estaba la antigua reina del rey Robert, Cersei Lannister, tan hermosa como despiadada. De no haber sido su enemiga Arya estaba segura de que la habría idolatrado como a su heroína la reina Nymeria. Pero la pregunta era si ella podía ser una dama.

 

Al otro lado de la puerta la música se empezaba a oír cada vez más animada. La voz de barítono del juglar contratado para la ocasión era capaz de cantar desde el oso y la doncella más extravagante hasta la más dulce balada que haría llorar a su hermana. El ruido de risas y alboroto la ponía más nerviosa, pero aquel era el momento. Hombres y mujeres se prepararían para bailar y reír al son de la música y ella podría aprovechar para escabullirse en algún asiento apartado.

 

Los grandes señores ebrios como jóvenes muchachos pillándose su primera resaca sacaban en volandas a sus mujeres a pesar de las tímidas y nada creíbles protestas de estás. La reciente casa Thenn fundada por uno de los barbaros venidos de más allá del muro sacaba a su joven esposa Karstark en volandas acompañado de la risa de la mujer que no hacia más que darle patadas suaves para que la bajase. Jon animado por sus amigos saco a bailar a su esposa. Dany parecía la mujer más feliz de la tierra cuando Jon le tendió la mano como todo un caballero y empezó a bailar con ella aquellas canciones tan antiguas como los héroes. La encantaba escuchar como los grandes caballeros rescataban a sus doncellas de las manos del mal o como un oso quería cortejar a una dama; es esos momentos se sentía una más de esas doncellas bailando al son con su caballero de brillante armadura. Desde su asiento Gendry contemplaba como todo el mundo empezaba a juntarse. Varios hombres de la guardia se perdían entre la multitud con las muchachas que les habían servido la comida y otro tantos se arrejuntaban para escabullirse hacia los burdeles. El calor de la sala subía la temperatura de sus hombres que ansiaban una sola distracción para marcharse sin ser vistos.

 

Las puertas se abrieron apenas un resquicio, lo suficiente para que Arya entrara sin que el viento helado la siguiera adentro de la sala. Nadie se habría dado cuenta de su llegada si no fuera por los guardias que habían intentado marcharse en el mismo instante en que ella entraba. El golpe sordo de la puerta al cerrarla los hombres hizo que todas las miradas se clavaran en ella. Nerviosa trago saliva a la vez que avanzaba a pasos cortos con aquel vestido azul, el mismo que le había regalado Daenarys en Desembarco del rey. No entendía mucho de moda y viendo como iban el resto de damas vestidas – el rojo, el verde y amarillo debían estar de moda – estaba segura de que desentonaba, pero aquel vestido la había encantado. El color azul oscuro del vestido que iba clareándose en las mangas acampanadas hasta acabar en unos calentitos puños de pelo blanco le recordaba al norte. Al cielo norteño con el que había crecido. Su melena rizada y sedosa, sin ningún tipo de recogido o adorno, enmarcaba su rostro disimulando el rubor que le provocaba estar tan nerviosa delante de todos los vasallos de su hermano.

 

Al verla Jon no podía dejar de mirarla. Se había olvidado de todo, de Dany, de los invitados, absolutamente de todo. Dio unos cortos pasos hacia ella hasta que sintió la mano que le apretaba el brazo. Había intentado avanzar sin soltarse de Dany. La muchacha tuvo que agarrarse con fuerza para no caerse tras él.

 

-          Perdona. No me di cuenta – se disculpo Jon. Iba a decirle algo más cuando oyó la voz de Ser Gendry adelantándose a sus propios deseos.

 

-          Me concedería este baile, lady Arya.

 

Silencio. Jon solo oía el silencio de su hermanita y deseo que se negara. Rezo a los dioses antiguos por que la muchacha dijera que no.

 

Sera un placer – le sonrió. La mano extendida del muchacho y aquella sonrisa tan dulce la incito a aceptar. – Creo que se dice así ¿no? – le murmuro en el oído para que solo él lo oyera. La mueca de humor del hombre le decía que si.

 

Jon maldijo por lo bajo al verles avanzar hacia la sala para no quedarse en la puerta. Unos cuantos pasos y Gendry ya la tenía agarrada bailando la dulce melodía que tocaba en ese momento los músicos.

 

La música seguía sonando y las parejas bailaban a su alrededor, pero Arya sentía en la nuca la mirada de cien ojos clavados en ella. Los murmullos la distraían y la hacían perder el compas que Gendry llevaba por los dos. Escucho a varios hombres comentar lo mucho que había crecido y lo parecida que era a Lyanna. Aquello de que se parecía a la difunta hermana de su padre lo había escuchado muy a menudo, pero lo dudaba. Por la belleza de Lyanna comenzó una guerra que solo la muerte de casi todos los Targaryan y la propia muchacha pudo parar. Un traspiés por estar concentrada en sus pensamientos y el miedo ha hacer el ridículo se acentuó hasta que las manos de Gendry en las caderas la hicieron olvidarse de todo, de todo menos de Jon. No la molestaba que su antiguo amigo de fatigas la agarrase de aquella forma, en cierto modo – mirándole a aquellos profundos ojos azules – le gustaba. Pero no podía dejar de preguntarse como sería bailar con su hermano. Un rápido vistazo a donde él estaba y un pinchazo dentro de ella la hizo marearse y enfadarse al mismo tiempo. Dany lo tenia agarrado por el cuello, como ella hacia con Gendry, y lo estaba besando, sus manos entrelazadas detrás del cuello lo acercaban más a ella, más de lo que nunca había estado de Arya.

 

-          ¿Te sucede algo?. – Gendry vio como los ojos grises de la muchacha pasaban de la tranquilidad al dolor en apenas unos segundos y luego se opacaban cuando él le pregunto.

 

-          Hace demasiado calor aquí. Salgamos fuera – le contesto Arya sin darle tiempo a reaccionar. Agarro su mano y le arrastro entre la multitud hacia la puerta del patio por donde había entrado.

 

Los ojos de Jon se abrieron al ver a su hermanita salir con el muchacho entre risas y miradas. No le gustaba ni un pelo aquella complicidad que tenían los dos desde el momento en que empezaron a bailar y sus cuerpos se iban estrechando cada vez más. Cuando Gendry puso las manos sobre las caderas de su hermana sintió que la cabeza se le iba, pero que saliese a solas con ella le inquietaba más. Intento salir a buscarla. Quería meterla dentro del salón donde podía tenerla vigilada, él o cualquiera de sus guardias, pero otra vez fue Dany el que paro sus pasos.

 

-          ¿Dónde vas ahora? – le pregunto cansada. Desde que su hermana entrara por la puerta no había dejado de observarla todo el rato. Incluso los pocos besos que había conseguido darle era ella quien movía los labios, Jon solo se estaba quieto, rígido como un mástil esperando a que acabara.

 

-          Mi hermana ha salido a solas con Ser Gendry Baratheon. Ya sabes la reputación que tiene ese muchacho. No hay ni una sola criada que no haya tenido alguna relación con él.

 

-          Sabes que la mayoría de esos comentarios son falsos – suspiro Dany. – Además si algo le llega ha hacer a tu hermana lo casamos con ella y punto.

 

-          ¡Eso jamás! – Jon no se dio cuenta de la brusquedad de su voz hasta que no vio los ojos sorprendidos de Dany mirándole confundida. – Ser Gendry no es lo suficientemente bueno para mi hermana.

 

-          Si será eso. – Dany comenzaba a ver la clase de cariño que sentía Jon hacia Arya, lo curioso era que el hombre que era su esposo no se diera cuenta. – De todas formas – siguió – Arya no es de las que se deja “manipular”. Dala un poco de confianza – le aconsejo retirándose hacia su habitación. Comenzaba a tener sentimientos contradictorios por la muchacha que decía ser la hermanita de Jon, su prima o lo que fuera realmente.

 

 

 

 

 

Arya y Gendry caminaron hasta las afueras del castillo. Varios hombres los observaron marcharse preguntándose sino deberían avisar al rey de que su hermana se veía a solas con un hombre. Uno de ellos le pregunto directamente a Arya que le contesto que su hermano les había visto irse juntos. Alumbrados solo por la luna caminaron entre la oscuridad del camino hasta una pequeña posada que todavía permanecía abierta a esas horas de la noche. Una mirada al interior y Gendry supo que más que taberna era un burdel, prefería seguir caminando antes que entrar en esa pocilga, pero Arya le sonrió y entro. El hombre avergonzado por la suciedad ante la dama intentaba disculparse de mil formas diferentes.

 

-          No me huele a sucio sino a vida. Así que tráiganos un par de cervezas y sírvase otra usted buen hombre – le sonrió Arya dejando una moneda de oro sobre el mostrador y sentándose en la primera mesa que vio junto al fuego.

 

Arya adoraba aquella clase de sitios donde los distintos olores la transportaban a lugares lejanos. En Braavos había una taberna más pequeña y sucia que aquella donde los marineros iban a beber y a contar sus historias a cada cual más fantástica. Una vez que Nadie tuvo que trabajar como mesera para cumplir un encargo pudo escuchar la historia de un hombre que había luchado contra un Kraken. Emocionado, lo describía cada vez más grande, más maligno y más fiero. Solo paro cuando una mujer, una famosa cortesana que visitaba aquel tugurio solo para ver a su tío, cansada de sus cuentos le dio a elegir entre callarse con una copa de vino o con un puñetazo en el ojo. Arya no supo como ni porque, pero aquella noche la pareja durmió junta y se marcharon al día siguiente juntos. El hombre iba gritando por la calle que la enseñaría al Kraken más grande de todo el mundo si le acompañaba y entonces tendría que servirle para siempre. La mujer entre risas le prometió que si tenía razón se casaría con él.

 

La noche iba pasando entre cerveza y cerveza. Gendry no dejaba de hablar como fue su vida y como acabo siendo reconocido como un Baratheon. Pensaba que eso haría que Arya le mirase con otros ojos. Los mismos que le ponían las doncellas sin importar la cuna rogándole por que se casara con ellas. Sin embargo Arya seguía mirándole igual; nada en sus ojos, en su cuerpo o en sus gestos le decía que le desease. Y no entendía porque. Nada más sentarse varias mujeres de las que había en la posada había suspirado y murmurado por lo bajo lo que deseaban tocarle aquellos poderosos músculos o hundir las manos en la mata de pelo negro que era su cabeza. Solo Arya parecía impasible mirándole con esos ojos grises.

 

-          ¿Y que fue de tu vida cuando te escapaste de la hermandad sin estandartes?. – Durante toda la noche Arya había controlado la conversación evadiendo sus preguntas y los celos de que otro hombre la hubiese tocado en esos años le reconcomían por dentro.

 

-          La verdad que nada importante. Sandor Clegane me rapto y acabe trabajando en posadas como mesera allá en… otras ciudades – le sonrió Arya.

 

Siempre hacia eso, siempre sonreía cuando contaba una verdad a medias. En esa historia no aparecían los asesinatos, ni la hermandad, ni el templo. Eso era parte de la vida de Nadie, no de la de Arya se dijo a si misma. Gendry la miraba intentando encontrar la verdad en su rostro. Quería, no, necesitaba saber si Arya seguía siendo la muchacha inocente que conoció. ¿Pero como preguntarla algo como aquello sin ofenderla?

 

-          ¿Y tuviste algún pretendiente? – la preguntó disimulando su impaciencia dando sorbos a la cerveza.

 

-          Acaso quieres saber si soy doncella – le espeto claramente Arya mirándole fijamente a los ojos. Gendry negó con la cabeza y sus ojos se entrecerraron hasta dibujar una fina línea cargada de reproche. – Y encima me mientes. – Furiosa se levanto de la silla dejando a Gendry confundido y solo en la posada.

 

Caminaba molesta hundiendo los pies en la nieve. No estaba dispuesta a que nadie intentara controlar su vida de alguna forma. Si había habido alguien en su vida era problema suyo, no de Gendry, ni de Sansa y mucho menos de Jon. Estaba tan enfadada con el antiguo herrero que no se dio cuenta de que Jon iba hacia ella montado en su semental. Al verle de cerca su rostro se suavizo; no quería que su hermano pensara no lo que no era.

 

-          ¿Por qué demonios te has ido sola con Ser Gendry? Contesta – la ordeno bajándose del caballo más rápido de lo que nunca había visto hacer a otro hombre. – Acaso te gusta. Te has entregado a él Arya. Lo has hecho. Contéstame. Contéstame de inmediato – la abofeteo. Arya sorprendida se llevo la mano a la mejilla que empezaba a enrojecerse. No recordaba haber visto a Jon nunca tan furioso como ahora, jamás la había lastimado. Aquel temperamento le recordaba a Drogon escupiendo fuego cuando se enfadaba. Pero si él era un dragón, un Targaryan como ya se había enterado por boca de su hermana, ella era una loba salvaje del norte. Y aquel era su territorio.

 

-          Y a ti que te importa. Llevo más de cinco años cuidando de mi misma, ahora no tienes ningún derecho a cuestionarme nada. No eres quien, no eres mi padre, ni mi hermano, ni nadie que me importe – rugió furiosa jadeando por la falta de aire. Sus ojos empezaban a llenarse de lágrimas, tenía que marcharse antes de que se derrumbara por completo. – Tú estabas con tu mujer, con Daenarys. Así que déjame en paz. Ya te has librado de mi por segunda vez. – El empujón pillo de sorpresa a Jon que callo a la blanda nieve viendo como Arya montaba con tanta facilidad en su caballo y salía a la carrera sin que esté se encabritara. Todavía no sabía porque la había abofeteado. No quería hacerlo, jamás se le cruzaría por la mente maltratar a su hermanita. Pero pensar que había estado con Gendry a solas le había nublado la razón, más de lo que pensaba.

 

 

 

Jon atravesó las puertas del castillo empapado hasta los huesos. La suave llovizna que caía al regresar a su hogar se había convertido en un aguacero que no había dejado sin recorrer cada parte de su cuerpo. Nada más verle llegar varios hombres con Dany y Ser Barristan a la cabeza salían a su encuentro. Una mirada de Jon y las preguntas de Dany quedaron en su garganta. A una orden el hombre que estaba más cerca de ella le tendió su capa que puso sobre los hombros de su marido. Jon entumecido por la lluvia no sentía el frio, pero notaba como su cuerpo hormigueaba adormeciéndose. Atravesaron los establos donde su semental se encontraba pastando. En la puerta Sansa esperaba arrebujada bajo su capa de piel. El frio la enrojecía las mejillas que de por sí tenia ya rojas por culpa del vino cuando se marcho en busca de Arya.

 

-          ¿Qué ha pasado, Jon? Arya ha llegado hecha una furia y se ido corriendo a su cuarto.

 

El silencio de su hermano al pasar por su lado se lo dejaba bien claro. No quería hablar, ni tampoco preguntas.

 

Jon se tiro en la cama de su habitación, aquella que usaba casi todo el año cuando no estaba Danearys en Invernalia. El cuarto era sencillo, estaba acostumbrado a la comodidad simple y basta del muro. El pequeño cuarto solo tenía un escritorio con dos sillas, su cama y el arcón donde guardaba su ropa, además de una estantería donde había varios libros antiguos y polvorientos que se había llevado del muro. El mullido colchón de plumas le invitaba al sueño, pero su mente era una tormenta de pensamientos; la mayoría de ellos ni los entendía. Incluso en sus sueños se veía atormentado por las dudas. ¿Por qué necesitaba proteger tanto a su hermana? Porque realmente no era su hermana. ¿Sabía que Gendry era un buen hombre, el marido que cualquier muchacha en edad de casarse querría o cualquier viuda que buscase un nuevo esposo. El chico era atractivo, no lo negaba? Aun así no estaba dispuesto a que cortejase a su hermana. ¿Y si ella quería? Meneo la cabeza. Arya nunca había querido casarse. ¿La antigua Arya no, la niña no. Pero y la Arya mujer de ahora? Pues tendrá que casarse. ¿Y tú lo aceptaras? No; jamás. ¿Por qué?

Notas finales:

Hasta la proxima actualización

Bye*****

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