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Sálvame de la Soledad por Catherine

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Notas del fanfic:

 

Todos los personajes pertenecen a la gran Rumiko Takahashi.

Notas:

 

Holisss es un gusto estar de nuevo :’) la verdad no pensaba volver tan rápido pero la idea de este fic me gustó y bueno quería compartirla. Espero que a ustedes también les guste. Y como prometí anteriormente este fic será InuxKag

 

La vida es tan buena maestra, que si no aprendes una lección, te la repite.

Y con ella, esa vida no había tenido limitaciones para el sufrimiento. Golpe tras golpe, caída tras caída.

Luego de años se dio cuenta que la felicidad no estaba en su plan de vida y mucho menos a la vuelta de la esquina. Si quería algo tenía que conseguirlo por su cuenta. Jamás dependía de nadie y nadie necesitaba de ella. Era lo que su triste existencia le había predestinado o al menos eso creía... hasta que lo conoció.

 

"Noticia de último momento.  La internacionalmente famosa cantante Kagome Higurashi sufrió un brutal ataque esta tarde luego de uno de sus conciertos."

"La joven figura de apenas 21 años fue víctima de un secuestro mal ejecutado que desencadenó en un altercado contra su persecutor"

"Fue llevada de urgencia a una clínica privada, la cual se desconoce, luego de que los agentes de seguridad  pudiera detener al agresor. Sigan con nosotros para mas noticias"

 

La aturdida chica acababa de dar declaración a la policía sobre lo sucedido; y ahora intentaba recuperar fuerzas sobre la cama de la clínica en compañía de la soledad, un millón de flores de fans desconocidos y llantos ahogados de otros pacientes de la institución.

 

Abrió los ojos indignada luego de convencerse de que había escuchado el último lamento. Alcanzó su celular que estaba a la par sobre una pequeña mesa de luz junto a la cama. —Ven a buscarme. —Ordenó sin darle vueltas al asunto.

—     Los médicos dijeron....

—     Me importa un cuerno lo que los médicos hayan dicho, Miroku. Eres mi representante, trabajas para mí y te estoy diciendo que vengas a recogerme, AHORA.  —Finalizó molesta. No estaba para juegos, suficiente diversión había tenido por un día.

Bajó ambos pies de la cama con la suavidad y delicadeza propia de ella. Llevaba puesto un camisón blanco de seda. Acababa de decidirlo, jamás volvería a usarlo. Caminó hasta el cuarto del baño. Alzó la mirada ante el reflejo que el espejo le devolvía. Estaba pálida, el alisado de su cabello estaba desecho y sus ondas naturales recorrían su cuello.
Hizo a un lado la fina tela y vio las marcas que ese maldito le había dejado en el cuello a causa del agarre.  —Casi muero. —Deslizó su mano, el tacto parecía quemar. Era como si todavía estuviera estrangulándola. Dio media vuelta, recogió la ropa que había a los pies de la cama y se cambió.

Media hora después ya estaba de camino a casa, escoltada por su joven representante. Conducía un  Porsche 918 Spyder a toda velocidad. El exterior se veía distorsionado, poco podía apreciarse del paisaje.

—     Vas muy rápido. —No tomó el tiempo ni de voltear a verlo.

—     Pensé que querías llegar rápido. —Dijo con calma mientras rebasaba a otro auto por el lado derecho de la autopista.

—     Lo que quiero es llegar a mi hogar con vida. —“Hogar” pensó. ¿Era esa obra maestra arquitectónica en la que vivía realmente un hogar? Era feliz cuando estaba en casa pero algo le faltaba, tal vez la calidez que la compañía proporciona. ¿Por qué se había encaprichado con una mansión tan grande si no tenía con quien compartirla?

—      ¿Estás bien? —La veía ausente. —Si quieres puedo pedir una cita con Kikyo.

—     No quiero.

—     Dicen que esta clase de situaciones pueden ser traumáticas para las personas que las experimentan.  

—     ¡Dije No! —La respuesta fue definitiva. No hubo más palabras hasta llegar a la mansión de la cantante.

Las puertas se abrieron automáticamente luego de pasar por seguridad. Recorrieron la extensa distancia desde la entrada de la propiedad hasta donde se encontraba la casa. Casi diez minutos más de viaje en auto.  
Miroku con la delicadeza propia de siempre, ayudó a Kagome a bajar del auto y luego a entrar a la casa. Aunque ella insistía en que estaba mejor, podía sentir como sus delgadas piernas temblaban, impidiéndole estar de pie demasiado tiempo.

Ausencia, soledad, fantasmas del olvido recorrían cada rincón arrastrando memorias tortuosas. Una enorme tristeza le oprimió el pecho.

—     Me quedaré esta noche. —Dijo adivinando lo que la chica quería pedirle pero no se atrevía. —Tú siéntate y descansa. — La guió hasta el sofá Suite y fue en busca de unas mantas. Ella no dijo nada, no le dio las gracias  y Miroku no las esperó. —Tengo que hacer una llamada, ya regreso. — Se alejó, tomando la distancia prudente para no ser escuchado.

 

Kagome recorrió con la mirada una vez más la inmensa estructura, los ventanales gigantes, los pasillos sin fin, las sombras en los rincones, las enredaderas, los muebles innecesariamente grandes. Esa casa estilo minimalista de la que se había enamorado, ahora la asustaba. —¡¡Miroku!! —Gritó sin saber por qué.

—     ¡¿Qué ocurre?! —Había vuelto corriendo. Esperó una respuesta, pero ella no dijo nada. Volvió a llevar el celular hasta su oreja. Al parecer no había terminado de hablar. —Y date prisa. —Fue lo único que dijo antes de colgar la llamada.

Las horas pasaban, Kagome seguía acurrucada en el sofá, Miroku la vigilaba desde la barra a unos metros mientras degustaba alguna bebida de color  azul intenso. Ambos “veían” una película, aunque solo era una excusa para no tener que hablar.

El celular de Miroku comenzó a vibrar sobre la madera de la barra, ambos lo notaron de inmediato. El apoderado contestó. —Déjenlo pasar. —Cortó sin más.

—     ¿Alguien viene? —Interrogó por lo escuchado.

—     Sí.

—      ¿Quién? —Su tono mostraba molestia ante la vaga respuesta de su representante.

—     Un amigo.

—     ¿Un amigo?

—     Ya lo conocerás.

En otras condiciones se hubiera negado rotundamente a que un desconocido entrara a su casa, pero no se sentía con la energía suficiente como para protestar. Si aquella persona estaba allí debía ser por una buena razón.

La transparencia de la puerta de entrada dejó en evidencia como un auto se estacionaba justo enfrente a la casa. Un joven de buen porte, alto y elegante bajó. No tardó en acercarse a la entrada, Miroku se dirigió a su encuentro.

—     Me alegra que hayas venido, amigo. —Se saludaron con un abrazo y luego avanzaron hasta donde se encontraba la azabache contemplando con ojos de desconcierto. —Kagome... él es Inuyasha, y a partir de hoy será tu guardaespaldas.

Los orbes de la chica se abrieron de la impresión. No tardó en hacer frente. — ¿Disculpa? —Se dirigió a Miroku, pero fue el muchacho de cabello plateado el que respondió por él.

—     Por favor no se moleste señorita, Kagome. Si Miroku me llamó es porque se encuentra muy preocupado.

—     Inuyasha… ¿así te llamas no? Bien, escucha esto ¡No necesito un guardaespaldas! No necesito otra sombra detrás de mí.

—     Las marcas alrededor de su cuello dicen otra cosa. —Se acercó a ella, observando detenidamente su piel. —Escuché las noticias. Debió ser una experiencia de lo más aterradora. Lo siento por usted. —Detuvo su mirada en los ojos cafés de la chica, que resplandecían más que antes por el rojo de sus mejillas.

¿Cómo se daba el lujo de mirarla así? ¿De hacerla sonrojar y desestabilizar los latidos de su corazón? —No pido la lástima de nadie.

—     No es lástima, señorita.

—     ¿Entonces qué es?

—     Es rabia, furia por saber que esa delicada y bella piel se vio en manos de un desagradable criminal.

La mirada de la chica se paseó desde los ojos de Inuyasha hasta a los de Miroku, rogando por una explicación. Se vio obligada a retroceder, las piernas volvían a flaquearle. Inuyasha la sostuvo desde la cintura con nula dificultad en su hacer. — ¡¿Qué crees que haces?! —Interrogó más roja que antes cuando él la tomó en brazos elevando sus pequeños pies del suelo.

—     Debería descansar. La llevaré hasta su cuarto.

—     ¡¿Qué?! —Sus mejillas enrojecieron con mayor intensidad que antes.

—     Arriba, a la derecha en el pasillo, ultima puerta. —Indicó su Miroku con una sonrisa graciosa.

—     ¡¡Miroku!! ¿Estás de broma?

—     Lo siento, Kagome. Pero estarás mejor en manos de Inuyasha, yo debo irme a arreglar algunos molestos inconvenientes que han surgido a raíz de esto.

—      ¿¡Me dejarás sola con él!?

—     No has a mí a quien debe temer, señorita Higurashi.

—     ¡¡No te tengo miedo!!

—     Mi único objetivo aquí es protegerla. —Comenzó a subir las escaleras. Miroku caminó en dirección contraria.

—     Volveré por la mañana. —Se despidió.

—     ¡¡Miroku!! —Gritó por última vez antes de perderlo de vista por completo. Devolvió su atención al joven que la cargaba en brazos. —Mira… no me interesa si te contrataron para cuidarme y todo eso, no te necesito. Solo déjame y vete.

—     ¿Es eso lo que realmente quiere?

Ella evitó su mirada. No respondió, no quería quedarse sola pero tampoco pasar la noche en compañía de un desconocido. Maldito Miroku la había traicionado. Descontaría esto de su salario. —Solo déjame en mi habitación y aléjate. —El orgullo era un martirio. Ella que jamás había dependido de nadie, ahora era llevada en brazos, sin ser capaz de caminar por cuenta propia. Que bajo había caído.

Inuyasha abrió la puerta empujándola con el pie. La oscuridad cubría todo el cuarto. Kagome tragó duro, un escalofrío le recorrió el cuerpo entero.

—     ¿Le da miedo la oscuridad, señorita Higurashi?

—     Já ¿Qué tontería es esa? ¿Cómo una mujer como yo podría temerle a algo tan absurdo como la oscuridad?

—     Es normal. El miedo es parte de nosotros. Gracias a él conocemos nuestras fortalezas.

—     ¿Nuestras fortalezas? —Repitió sorprendida. —Deja de llamarme “Señorita” no me gusta.

—     Como usted diga. —La dejó con delicadeza sobre la cama y se apresuró a encender la luz de una pequeña lámpara junto a la cama. —Estaré del otro lado de la puerta si me necesita. —Le dedicó una última mirada carente de emociones con modales ensayados. Dio media vuelta y se dispuso a salir de la habitación sin prisa.

—      ¿Inuyasha…? —La palabra había escapado sola de sus labios, sin su consentimiento. Maldijo por sus adentros.

—     ¿Sí?

—     Nada. —Bajó la mirada avergonzada y se apresuró a esconderse bajo las sábanas de seda.

—     Que descanse, señori…Kagome. —Habría jurado que la escuchó decir “Gracias” pero tal vez solo había sido su imaginación.

 

Continuará… 

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