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Notas del fanfic:

Una historia con un poco de drama y romance.

Es una fanfic que tenía tiempo en mis archivos pero no me decidía si subirlo o no. También sucede que me desaparecí por muchos años, pero aquí estoy, decidida a compartir esta historia con el fin de entreterlos.

Espero le den una oportunidad y le den mucho amor.

 

Un bostezo volvió a salir de mi boca de manera perezosa, estaba aburrida de la clase desde hacía más de una hora. Agarré el lápiz una vez más y me puse a jugar de nuevo con él mientras veía el reloj pasar de manera lenta, como si estuviese burlándose de mí. Era la última clase que tenía hasta dentro de 2 meses pues estaba a 10 minutos de salir de vacaciones de verano y me olvidaría por completo de la universidad y de toda la gente que había ahí. Estaba lista física y psicológicamente para encerrarme en mi habitación a jugar videojuegos, estar en internet y comer como si no hubiese un mañana. Era mi digno ritual y tradición hacerlo desde que me había mudado hacía más de 4 años. 

La verdad era que yo no tenía muchos amigos en aquella ciudad, desde que mi madre me había obligado a mudarme con ella y empezar una nueva vida después de que ella y mi padre se separaron, apenas ahora me estaba adaptando a mi “nueva vida”. A mí me gustaba la vida que tenía en mi ciudad natal, acogedora, tranquila, podría decirse que hasta pueblerina.

Suspiré recordando toda mi infancia en mi vieja casa con mis padres felizmente casados y mi perro, mis amigos y casi toda mi vida.

La verdad es que me estaba engañando a mí misma, quizás estaba en una etapa de nostalgia y ya. Durante mi vida fui sometida a burlas por mi peso, mi forma de ser un poco “de niño” y por ser una persona aplicada en la escuela. Después que mi madre me dijo que nos íbamos a mudar decidí cambiar, comencé a vestirme más femenina, bajé todo el peso que tenía de más en mi cuerpo y seguí siendo estudiosa como siempre era. Después que salí de la secundaria muchas universidades me aceptaron y me ofrecieron becas. Sí me gustaba vivir en esa ciudad, había más cosas, mi madre tenía un mejor trabajo por lo que teníamos muchos más lujos que antes, teníamos muchas cosas que no teníamos en la otra ciudad, tenía también un par de amigas y uno que otro compañero de clase que a veces consideraba mi amigo, pero igualmente extrañaba mi casa. Como mi madre ahora había canalizado todas sus emociones negativas de la separación con mi padre en el trabajo, ahora era adicta a él por lo que muy pocas veces nos veíamos, aunque sí nos llevábamos bien.

El reloj finalmente marcó las tres de la tarde en punto.  El profesor finalmente mandó a guardar todo y dejó que todos saliéramos. Muchos salieron corriendo en cuanto el profesor dio la orden. Yo me tomé mi tiempo en recoger mis cosas y salir del salón haciéndole un saludo amistoso al profesor.

Caminé por los pasillos de la universidad por última vez hasta dentro de dos meses y medio. Estaba emocionada que no tendría que volver a ese lugar por un largo tiempo.

Sentí que mi bolso comenzaba a vibrar, intenté buscar el celular sin ver y no lo encontraba, me quité el bolso del hombro y comencé a buscarlo bien, seguía vibrando y sonando.

-¿Dónde estás? Maldición –me mordí el labio inferior y cuando lo conseguí, sentí que me chochaba contra alguien y mi celular caía al suelo. Me agaché a recoger mi celular, frunciendo el entrecejo.

-Fíjate por dónde caminas –escuché una voz masculina decir con sorna. Levanté la vista y por unos tres segundos me sentí un poco intimidada por la altura de aquel muchacho. Por un momento me sentí como si estuviera en la secundaria otra vez y el tipo que tenía enfrente de mí me parecía extremadamente familiar. Tragué saliva y volví a poner mi expresión facial seria.

-Qué caballeroso, veo que sabes mucho sobre modales, ¿no? –posé mi atención a mi celular para ver quién me llamaba y le pasé por un lado a ese cretino.

-Hey –escuché de nuevo la voz ronca y gruesa detrás de mí.

Me detuve y me volteé indiferente cruzándome de brazos.

-¿Qué? –pregunté impaciente.

-Tú te chocaste conmigo –dijo, mientras se acercaba lo que me había alejado.  Tenía el cabello negro como la noche y los ojos verdes. Sus facciones estaban bien definidas al igual que los músculos que se podían ver por el cuello de su camisa, su espalda era ancha y sus brazos se les notaba el músculo sin siquiera hacer fuerza. Parecía un muchacho de esos sacados de películas que se creían la tapa del frasco, que sabían que estaban como querían y querían que todas las mujeres estuviesen detrás de él.

-Como digas, galán –tardé unos segundos en contestar, poniendo los ojos en blanco mientras me daba de nuevo la vuelta para irme. Miré de nuevo el celular, tenía un mensaje.

-Espera –me volvió a llamar. Esta vez me puso una mano en el brazo para que me impidiera irme.

-¿Sí? –dije aún más impaciente. Miré fijamente sus ojos verdes.

-Me pareces conocida, ¿nos conocemos de algún lado? ­–levantó una ceja como si estuviera tramando algo.

-No creo que en mi vida haya conocido a alguien como tú.

-¿Alguien como yo? –sonrió de medio lado.

-Sí, tan cretino –sonreí sarcástica.

-¿Cómo te llamas? –ignoró mi prepotencia y me miraba curioso. ¿Cómo era posible que no le importara mi manera de tratarlo? Lo miré fijamente con los ojos entrecerrados. ¿Quién era este tipo? Me moví para que soltara mi brazo.

-Emma–dije finalmente. Su expresión cambió de una sorprendida a una con sonrisa coqueta que me hizo alejarme un poco.

-¿Eastwood? ¿De verdad eres tú? –preguntó algo sorprendido.

-¿Cómo sabes mi apellido? –me alejé un poco más. Este tipo me inspiraba de todo menos confianza.

-¿De verdad no me reconoces? –preguntó, mostrándome una sonrisa con dentadura perfecta, mientras se acercaba un poco más de lo que pensaba.

Negué con la cabeza.

-Está bien –dijo como si estuviera pensando algo.

-¿Está bien? ¿Quién rayos eres? ¿Cómo sabes mi apellido? –pregunté ligeramente alterada, mientras yo daba un paso hacia adelante.

-Nos veremos pronto, Emma –dijo, mientras se alejaba de mí, pasando entre la gente.

Me quedé pasmada en mi sitio. ¿Acaso estaba alucinando? ¿Quién rayos era ese idiota y cómo sabía mi nombre? Respiré profundo, yo no recordaba haber conocido a alguien con sus características, ni aquí ni en donde vivía antes.

Sacudí la cabeza para borrar el tema de mi cabeza y me di la vuelta para seguir mi camino. Desbloqueé el teléfono y me di cuenta que tenía un mensaje de Cloe, decía que debía encontrarla en la salida hace cinco minutos atrás.

Caminé rápido a la salida de la universidad y la vi parada en una esquina esperando, cuando me vio a lo lejos sonrió con alegría, pero después negó con la cabeza por haberle hecho esperar. Cuando llegué hasta donde estaba ella, me apoyé de  las rodillas y respiraba agitada.

-¿Dónde estabas? Llevo esperándote más de diez minutos.

-Lo siento, es que me he distraído –dije sin dar mucho detalle.

-No importa, adivina qué –dijo mientras comenzaba a caminar hacia la calle, yo la alcancé y caminé a su lado, guardando mi celular en mi bolsillo.

Cloe era la típica chica que parecía Barbie, tenía un muy buen cuerpo, su cabello le llegaba a los hombros, lo tenía rubio natural y liso extremo (cosa que le envidiaba) y además, nació con los ojos azules. Era alta como yo y era todo lo contrario a lo que la gente piensa de las personas como ella, era tan aplicada como yo y tenía buenas calificaciones. Era una lástima que las dos estudiáramos cosas totalmente diferentes.

 -¿Qué pasó? –pregunté con interés. Ella era la mejor amiga que pude haber tenido, las dos parecíamos arena del mismo costal, excepto por el físico, pues yo era casi todo lo contrario a ella.

Yo tenía el cabello mucho más largo que ella, me llegaba a la mitad de la espalda y era un estilo de liso con rizos cosa que era muy difícil de manejar, mi cabello era castaño con algunos destellos como rojizos. Tenía los ojos marrones oscuros y tenía la piel un poco más oscura que la de la Barbie andante que tenía como amiga.

-¡Finalmente estamos de vacaciones! –dio unos saltitos mientras seguíamos caminando. Yo suspiré aliviada, de verdad que necesitaba las vacaciones.

-¡Lo sé, finalmente! –su emoción me contagió.

-Sí, pero eso no era lo que quería decirte –dijo, unos segundos después con una sonrisa.

-¿Entonces? –pregunté, mientras sentía que el celular me vibraba en la pierna. Saqué mi celular y lo revisé, era un mensaje de mi madre diciendo que debía llegar temprano a casa. Era extraño, ella nunca me decía que llegara temprano a casa, casi nunca estaba en ella.

-Mientras estaba con Kat hemos visto a un bombón entrar en nuestra aula –dijo, emocionada. Eso era lo único que entre ella y yo era diferente (además del físico), siempre estaba pendiente de los hombres. Sabía los nombres y hobbies de cada hombre que valiera la pena, físicamente, en la universidad.

-¿Sí? –pensé en el imbécil que me había encontrado antes de llegar con Cloe. Aunque era un total idiota, no podía negar que tenía un buen físico.

-¡Sí! Se llama Sebastián, es alto, tiene el cabello negro y los ojos verdes, ¡es la combinación perfecta! –dijo mi amiga emocionada. Sonreí, riéndome por lo bajo. La verdad es que me daba mucha risa la manera de ser de mi amiga, creo que era por eso que me encantaba estar con ella.

Caí en cuenta en su descripción, se parecía muchísimo al tipo con quien me había chocado, con que podía llamarse Sebastián.

-¿En serio? ¿Y no era un total imbécil, por casualidad? –pregunté de la manera más inocente posible. Mi amiga se puso un dedo índice en la barbilla y miró al cielo como si estuviera recordando.

-No, era perfecto –sentenció al final- ¿Por qué? ¿Hablaste con él? –me miró emocionada.

-Algo así –dije, haciendo un movimiento con la mano restándole importancia al asunto –creo que me choqué con él, pero la verdad es que se comportó como un total idiota, ¡ni siquiera me pidió disculpas! –exclamé, alterándome, me hervía la sangre de solo recordarlo.

-Oh, vamos. Tampoco es tan malo, a cualquiera le puede pasar. Quizá se sintió intimidado con tu mirada, recuerda que cuando miras de forma asesina, intimidas hasta a un dragón.

Nos quedamos mirando un segundo y luego comenzamos a reír. Me calmé un poco y negué con la cabeza.

-Eso no quita lo imbécil que fue. Bueno, espero no encontrármelo de nuevo por la universidad –dije, esperando con ansias que ese deseo se me cumpliera.

Mientras caminábamos en dirección a los autobuses que mi amiga debía tomar para llegar a su casa, seguimos hablando de banalidades y chistes internos que teníamos entre nosotras. No tardamos en llegar a los autobuses y nos despedimos sin ganas. Aunque pronto nos volveríamos a ver, siempre me entristecía despedirme de mi única amiga. Seguí caminando tranquilamente hacia mi casa, pues no quedaba lejos de la universidad y además, el ejercicio nunca estaba de más.

Cuando llegué a la urbanización en la que vivía, me di cuenta que afuera había un camión de mudanza, caminé hasta mi casa y me di cuenta que la casa de al lado a la mía estaba siendo amueblada con otro camión que había enfrente de la casa estacionado. Me pregunté quién se estaría mudando, esperaba que fuera alguien amistoso con quien al menos pudiera llevarme bien.

El auto de mi madre estaba estacionado en la parte de afuera del garaje, la casa se podía decir que era típica de alguna película norte americana. Casi todas las casas eran parecidas excepto los colores y que las últimas casas que era donde estábamos nosotros, eran las más lujosas y grandes que las demás. La nuestra era de color blanca y la que teníamos al lado donde se estaban mudando tenía un color azul pastel. Entré en la casa y mi madre estaba en la cocina hablando con la cocinera.

-Serán aproximadamente unos… 60 invitados, cariño, por lo que considero que con unos entremeses estaría bien, no haremos nada grande tampoco y dile a Richard que recuerde de comprar las botellas de champagne y Wis-

-¿Hola? –interrumpí, mientras dejaba mi bolso en la mesa.

-¡HIola cariño! –dijo mi madre animada. Ella tenía el cabello castaño y sus ojos eran de color avellana. Me saludó con un beso en la mejilla y un abrazo. Yo correspondí al abrazo sin entender mucho por qué tanto movimiento en la casa.

Estaba siendo decorada por el personal de la casa.

-¿Qué pasa, mamá? ¿Quién cumple años? –pregunté, mientras veía que todos limpiaban y ponían la casa presentable.

-Nadie, cariño. Es que acabo de cerrar un negocio muy importante y mi nuevo socio y yo consideramos que era un motivo para celebrar, por lo que ofrecí mi casa para celebrarlo. Él se acaba de mudar y no tiene la casa presentable como nosotras.

-Entiendo, ¿entonces por eso me mandaste a llegar temprano? –pregunté sin sonar muy grosera.

-Te pedí que llegaras temprano para que te arreglaras, la fiesta comienza a las 7pm y sé que tú te tomas tu tiempo para arreglarte, te quiero totalmente hermosa para esta noche.

-¿Debe ser algo formal? –pregunté mientras tomaba mis cosas y me dirigía hacia las escaleras. Si quería que en serio deslumbrara esta noche, debía irme a mi habitación desde ya.

-Sí, cariño. Te mandaré a buscar cuando los invitados hayan llegado

Dijo mi madre desde la cocina, yo le hice una seña con la mano y fui corriendo a mi habitación. Abrí la puerta y dejé caer mi bolso a un lado en el suelo, me quité la ropa y me quedé en ropa interior.

Vi que la ventana estaba abierta pero no me importaba, hacía un largo tiempo que la casa que estaba al lado de la mía estaba deshabitada (hasta ahora, pero apenas estaban bajando los muebles) por lo que era muy poco probable que alguien me estuviera viendo. Puse algo de música y comencé con mi ritual para arreglarme.

Cuando habían pasado ya dos horas, estaba casi lista. Alisé por última vez el vestido color azul marino que tenía puesto y  me acomodé la parte del busto. Me miré una vez más en el espejo. Estaba radiante la verdad, este cambio nuevo de cuerpo que me había hecho un tiempo atrás era la mejor decisión que había tomado en siglos. Me sentía hermosa. Sonreí para mí misma y me acomodé el cabello que estaba hecho con trenzas y terminaba en un moño en la parte de atrás de la cabeza. Me pasé una vez más el labial y me limpié lo que quedaba y escuché la puerta tocar.

-¡Adelante! –grité desde el baño.

Escuché que alguien abría la puerta. Era Leonor, una señora de edad que desde que nos habíamos mudado para esa cuidad trabajaba para mi madre.

-Señorita Eastwood, se ve hermosa –dijo, sonriendo mientras se acercaba a acomodarme el vestido por la parte de atrás.

-Menos mal, porque o sino iba ser muy incómodo tener que hacer todo el ritual de nuevo –dije en forma de broma mientras Leonor reía.

Ella era mucho más baja que yo y aún más cuando tenía tacones puestos.

-Es hora de que baje, la mayoría de los invitados ya están aquí y el socio de tu madre acaba de llegar. Quiere que bajes para que lo conozcas –dijo Leonor mientras se dirigía a la puerta.

-Está bien, enseguida bajo –dije sonriente.

Me miré por última vez en el espejo, esperando que todo estuviera en su lugar y por último me eché un perfume que usaba sólo en ocasiones especiales. Me lo había regalado mi padre antes de que ellos se separaran y el olor era embriagador, según mi nariz, por lo que eran pocas las veces que lo usaba.

Salí de mi habitación y bajé las escaleras agarrándome del barandal y tomando un poco el vestido para no caerme como una tonta. Me di cuenta que muchas personas se me habían quedado mirando, sentí que mis mejillas se calentaron, por lo que bajé lo que quedaba de escaleras a un paso más acelerado e intenté irme de ahí. Un mesonero me ofreció una copa de champagne y yo la acepté sonriendo,  había mucha gente y todo estaban vestidos tan elegantes como yo.

Cuando escuché la característica risa de mi madre, la vi hablando con tres personas, estaba una señora y dos hombres. Me acerqué un poco a ellos y mi madre me miró por sobre el hombro de la señora y me señaló, los tres desconocidos se voltearon a verme, me quedé mirando a la señora que a mi parecer era hermosa, pues tenía el cabello rubio y su piel era blanca como la leche, sus facciones me parecían de porcelana, al lado de ella tenía a un hombre alto, ella le llegaba por el hombro a ese hombre, era bastante apuesto, tenía lentes y había rastro de unas cuantas canas en su cabello y al lado de ese hombre, un poco más alto que él vi que era un joven. Me quedé en mi sitio en cuanto lo vi en al lado de mi madre y en mi casa.

¿Qué demonios hacía ese imbécil en mi casa? ¡Y en la fiesta de mi madre!

-¿Cariño? Acércate, ellos no te van a morder –dijo mi madre, tomándome del brazo para acercarme a ellos. Se rió por su chiste, esperando la aprobación de los mencionados, riéndose levemente también.

-Te presento a la familia White. Él es William –mi madre señaló al hombre mayor.

-Emma, encantada –le ofrecí la mano y él me la tomó de manera cálida.

-El placer es todo mío, señorita Emma –dijo de manera educada. Sonreí cortés.

-Ella es Lilian, su esposa –dijo mi madre.

-Es un placer conocerla, señora White–dije amable, haciendo lo mismo que con el hombre. Ella aceptó mi mano y me sonrió de manera cálida mostrando sus dientes perfectos.

-Lo mismo digo, cariño –dijo mientras abrazaba a su esposo en cuanto nos soltamos las manos.

-Y por último, pero no menos importante, él es su hijo, Sebastián –mi mamá lo señaló y luego tuve que posar mi mirada hacia él. Vacilé si le daba o no la mano. La mirada de nuestros padres estaba sobre nosotros, por lo que tenía que hacerlo sí o sí.

Le sonreí amable y le ofrecí la mano.

-Es un placer conocerte finalmente, tu madre ha hablado mucho de ti –dijo mientras me miraba intensamente. Me tomó la mano y  la estrechó de manera suave. Sentí una especie de electricidad que hizo que la soltara casi enseguida.

-¿Sí? Qué vergüenza, madre  -debía actuar enfrente de todos ellos y eso era algo que se me daba muy bien.

-Oh cariño, no tiene nada de malo que esté orgullosa de ti –dijo mi madre, estrechándome en un abrazo. El señor William y su esposa asintieron, mirando de la misma forma que me miraba mi madre a mí, a su hijo. Todos teníamos una copa de champagne en la mano.

-Bueno, creo que estaría bien ahora que hagamos el brindis –dijo William alzando su copa– Por un próspero futuro para las empresas –dijo un poco más alto para que todos los socios y empleados importantes que estaban en la sala de mi casa escucharan.

Todos gritaron de manera alegre un “¡Salud!” y chocaron de manera suave la copa. Yo choqué la copa con las cuatro personas que estaban ahí. Intentaba mirar hacia otro lado pero me había dado cuenta que la mirada de Sebastián estuvo sobre mí todo el tiempo. Ahora entendía lo que decía Cloe con respecto a mi mirada.

Cuando me logré escapar de mi madre después de más de una hora presentándome a sus socios y empleados, tomé un momento para poder despejarme, en el balcón de la sala que daba hacia una vista preciosa de la ciudad. Me apoyé del murito de mármol y respiré profundamente el aire frío que hacía en la noche, por la altura donde estaba la urbanización y sobre todo mi casa.

Escuché que alguien se acercaba por lo que me volteé enseguida. Puse los ojos en blanco y me volteé de nuevo. Sebastián se paró a mi lado y dejó la copa de champagne en el murito.

-Es una hermosa vista –dijo, borrando el silencio que había. Su voz sonaba un poco más gruesa y grave a como recordaba.

-Lo sé –dije sin mucho interés.

-¿Sabes? Todavía espero una disculpa por haberme pisado y chocado conmigo esta tarde –la voz de Sebastián sonaba tranquila. Me volteé a verlo y me reí. ¿Estaba hablando en serio?

-Debes estar bromeando –dije

Sebastián me miró, levantando las cejas  y ladeando un poco la cabeza. Me sentí un poco mal cuando me di cuenta que me miraba prácticamente hacia abajo. Entre cerré los ojos.

-No te debo ninguna disculpa, además, ni siquiera te pisé. ¿Por qué no me pides disculpas por haberme hecho caer mi celular? –dije, poniendo mis manos sobre las caderas.

-Yo no hice nada, tú no estabas mirando por donde caminabas –dijo, dando un sorbo a su copa, mientras se apoyaba con la cadera en el murito y sonreía juguetonamente.

Me mordí la lengua para no soltar unas cuantas palabrotas. No podía creer que me sacara tanto de mis casillas.

-¡No te voy a pedir disculpas! –dije, mientras me alejaba hacia adentro de la casa.

-Hey –me llamó antes de que entrara. Me detuve y ladeé la cabeza solo un poco.

-¿Qué? –bramé molesta.

-Se me olvidaba decirte –se acercó a mí bastante. Sentía su respiración en mi oído. Tragué saliva algo nerviosa. Podía sentir su perfume entrar por mis fosas nasales, de verdad que olía exquisito– estás hermosa esta noche –sentí que se acercaba un poco más y sus labios rozaron mi oreja, sentí que sonreía- sobre todo el conjunto negro de encaje que traes debajo.

Dijo en forma de susurro, mientras se alejaba de mí, pasando a un lado de mí con una caminata de triunfador y bebiendo lo que quedaba en su copa. Lo miré alejarse mientras sentía que mis mejillas iban a explotar. ¿Cómo diablos él sabía que yo tenía ropa interior de encaje negra? ¡Era imposible que supiera eso! ¡Yo no había salido de la habitación así! La única manera que me hubiera visto era que por…

Salí corriendo hacia mi madre, ella estaba hablando con unas personas así que llegué de manera tranquila a donde ella estaba.

-Madre, ¿puedo hablar contigo un segundo? –pregunté, excusándome con los demás.

-Disculpen un segundo –dijo mi madre, sonriendo con pena- ¿qué sucede, cariño?

-Tú dijiste que tu socio se había recién mudado –dije, intentando hacer que ella fuera conmigo en mi hilo de pensamientos.

-Sí –dijo, siguiendo mis ideas.

-¿A quién te referías?

-A los White, por supuesto –dijo mi madre de manera obvia.

-¿A qué casa se mudaron? – Por favor que no diga la que pienso, por favor que no la diga.

-A la de al lado, ¿no es genial? –dijo mi madre con una sonrisa.

Sentí que mi mundo se me caía más allá de los pies. ¿Por qué tenía que pasarme eso a mí? Si en algún momento había estado sonrojada ahora estaba todo lo contrario, toda la sangre se me había ido de la cabeza y estaba con mi mundo más allá del subsuelo.

-¿Cariño, te sientes bien? –dijo mi madre ahora preocupada al ver que yo no decía nada, si acaso respiraba.

-No, necesito ir a acostarme –dije, mientras miraba hacia la nada y caminaba con inercia hacia mi habitación.

Cuando llegué lo primero que hice fue cerrar la ventana y correr las cortinas. Me senté en el suelo debajo de la ventana y me quedé ahí sentada en la oscuridad. ¿Por qué ese idiota se tenía que haber mudado al lado de mi casa? ¿Por qué debía ser hijo del socio de mi madre? ¡Maldición!

Puse mi cabeza entre ambas manos y la apoyé en mi rodilla. Sentía que iba a vomitar. Yo que pensaba que mis vacaciones de verano serían como cualquier otra, esta vez estaba equivocada. Ahora un idiota se había aparecido en mi vida para arruinármela. O al menos eso pensaba.

Notas finales:

¿Qué tal les pareció? ¡Espero haya captado su atención y quieran un poco más!

Si lo desean, pueden dejar comentarios para saber si puedo continuarla o no!

Un besito.

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