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Resplandor entre Tinieblas por WingzemonX

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Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 03.
De una naturaleza diferente

El miércoles de su primera semana en Oregón, Matilda tuvo su tercera sesión con Samara, y fue la primera en la que logró que pudieran hablar fuera de esa sala de interrogatorios en las que las habían metido los dos anteriores. Matilda había sugerido la cafetería, pero la buena voluntad del Dr. Scott no llegó tan lejos. En su lugar, les permitió usar una sala especial para entrevistar a niños, más pequeños que Samara. Era una habitación estructuralmente parecida a la otra: mismas dimensiones, totalmente blanca, una sola puerta, y un espejo doble en un extremo. Sin embargo, tenía varias cosas en su interior que la hacían ver y sentir más agradable: sillas pequeñas, un par de sillones, juguetes, pelotas, libros para colorear y, claro, colores. Había además un tapiz de flores y césped cubriendo la parte baja de la pared, y figuras de papel colgando del techo.

Dicha sala de seguro haría sentir más cómodo a un niño de cinco, seis, quizás hasta diez años, pero no estaba segura de que pudiera funcionar con una jovencita ya de doce como Samara. Igual, esperaba que cualquier cosa fuera mejor que aquella habitación blanca.

En primera instancia, Samara no pareció demostrar ni emoción, ni repudio al nuevo escenario; la frialdad y la indiferencia de su rostro, se habían mantenido constantes desde su plática del lunes pasado. La guio hacia una de las mesas para colorear, e hizo que sentaran en las sillas, que aparentemente eran bastantes pequeñas para ambas, pero al menos la jovencita de largos cabellos negros podía acomodarse mejor.

Luego de unos minutos casuales qué básicamente se compusieron de preguntar sobre cómo se sentía, si había comido bien, y si deseaba platicar o hablarle de algo en especial (cosa que ella respondió simplemente negando con su cabeza), Matilda pasó rápidamente a otra cosa. De su maletín, que siempre traía consigo, sacó un rectángulo algo grueso, apenas un poco más alto y largo que una hoja tamaño oficio. Samara la miró con curiosidad. A simple vista parecía un paquete de hojas blancas, pero fue evidente que eran más gruesas que simples hojas. Eran, según le parecieron a la joven, como pequeños cartones para pintar. Matilda sacó uno de ellos y lo colocó sobre la mesa, justo delante de ella.

—Quisiera que dibujaras algo para mí, si te apetece hacerlo —le indicó con suavidad, ensanchando su sonrisa.

Samara la miró de reojo por un rato, en silencio.

—¿Qué cosa?

—Lo que tú quieras —se encogió de hombros y se sentó derecha en su pequeña silla—. Lo que se te venga a la mente.

Samara siguió mirándola callada unos instantes más, como si dudara entre hacerlo o no. Al final, pareció aceptar, pues extendió su mano derecho hacia el bote con lápices que estaba cerca de ella sobre la mesa. Sin embargo, Matilda la detuvo.

—Si quieres hacerlo con lápiz, pluma o acuarela, está muy bien —señaló la psiquiatra—. Pero si no es molestia para ti, quisiera que lo hicieras de la otra forma. —Hubo una pequeña pausa—. Ya sabes, de esa que sólo tú puedes hacer.

Había un curioso tono juguetón acompañando a las palabras de Matilda. Samara vaciló; no tuvo problema en entender lo que deseaba, pero no parecía del todo dispuesta a hacerlo.

—Sin presiones, Samara —se apresuró a mencionar la ojos azules, e inconscientemente extendió su mano con la intención de tocarle el hombro, pero se arrepintió de dicho acto a medio camino, y rápidamente retrocedió. Podría ser muy pronto para cruzar la línea del contacto físico—. Recuerda, conmigo no tienes que hacer o decir nada que no quieras. ¿De acuerdo?

Samara siguió callada. Era tan difícil lograr entender qué era lo que le pasaba por la mente. Era en momentos como ese en el que pensaba que le hubiera gustado tener un poco menos de telequinesis, si a cambio lograba tener un poco más de telepatía; eso habría hecho su trabajo tan sencillo. Pero no hacía eso porque fuera sencillo o difícil, y de alguna u otra forma tenía que arreglárselas para cumplir su labor.

El silencio se prolongó por más de un minuto en los cuales Matilda esperó paciente. Cuando Samara al fin reaccionó, fue tan repentino que se perdió el momento en que su mano derecha se posó sobre el rectángulo blanco ante ella, y presionó sus dedos sobre el material. Sus ojos se enfocaron fijamente en él, e hizo una pequeña mueca como si intentara levantar algo pesado.

Pasaron unos diez segundos en los que no ocurrió nada, evidentemente. Pero de pronto, ante los ojos pendientes de la psiquiatra, varias líneas marrones comenzaron a distribuirse por el papel, como si alguien hubiera vertido tinta en él. Se extendieron hacia los lados y hacia arriba, dibujando varias curvas. Pero no era dibujo precisamente: era como si algo muy caliente, pero muy fino a la vez, tocara el cartón y lo quemara, dejando una marca en la superficie. Se veía así, pero no era lo mismo. No olía a quemado, y las líneas no se encontraban sobre la superficie o creaban hendiduras en ella: era como si fueran parte del mismo material, como si así hubiera sido fabricado desde un inicio.

Las curvas, al inicio inconexas y sin un orden lógico, pronto comenzaron a tomar forma: todas juntas creaban la imagen de un árbol, grande, pero con sus ramas desnudas, sin ninguna hoja  en él. Y era bastante detallado y realista, como el dibujo de un verdadero artista profesional.

Una vez que el dibujo quedó plasmado, Samara retiró lentamente su mano del papel, y la ocultó sobre sus piernas, debajo de la mesa. Agachó la cabeza, y su cabello le cayó sobre el rostro, como si intentara ocultarlo por la pena.

Matilda tomó cartón con cuidado con ambas manos y le echó un vistazo con más cuidado. Pasó sus dedos sobre la superficie; en efecto, no se sentía como si hubiera sido tallado o presionado sobre él; sencillamente, apareció ahí. No le sorprendió que hiciera ese árbol; de hecho, lo esperaba.

—Es muy bonito, Samara —le comentó con genuina admiración—. He visto que plasmas seguido este árbol en las demás ilustraciones que me enseñó el Dr. Scott. ¿Es alguno que esté en tu casa?

—No —se apresuró a responder la niña, sorprendentemente rápido considerando que habitualmente se tomaba su tiempo de cavilación—. Es un árbol que veo a veces… en mis sueños.

Matilda tomó nota rápidamente de ese dato, en la libreta que traía consigo. En un mundo en el que al parecer todos preferían usar tabletas con pantallas táctiles, ella aún seguía prefiriendo el papel y lápiz para casi todo.

No estaba directamente relacionado, pero dicho comentario le hizo pensar en algo que deseaba preguntarle con anticipación.

—Dicen que sigues sin poder dormir con regularidad. —Aguardó a ver si había una reacción en ella, pero no la hubo—. ¿Hay algo en especial que te hace mantenerte despierta? ¿Tienes pesadillas?

Ahí sí se notó una pequeña reacción de su parte: un pequeño respingo que le hizo alzar su cabeza, casi por mero reflejo.

—Casi siempre —murmuró muy despacio.

—¿Qué tipo de pesadillas?

—Con agua… siempre hay agua. A veces siento que me ahogo y no puedo salir.

Matilda se sintió intrigada por ello. ¿Agua?, eso podría significar muchas cosas. ¿Podría estar ligado al incidente de los caballos que se ahogaron?

—¿Cómo te sientes en esos momentos? ¿Desesperada? ¿Asustada?

— Todo eso… Y más.

Matilda se apresuró a anotar todo lo que pudo. Ese definitivamente sería un tema que tocaría seguido, pero de momento decidió dejarlo por la paz y pasar a otro.

—Quisiera que habláramos un poco sobre tu madre. Me dijeron que ella también está aquí. ¿Hablas seguido con ella?

De nuevo una reacción, pero no una del todo positiva. Su rostro se agachó una vez más, y bajo la mesa, sus dedos se movían nerviosos entre ellos.

—Nunca quiere verme —respondió—. Ella me odia.

—Estoy segura de que no es así —se apresuró Matilda a aclarar—. Ella simplemente está asustada, y está aquí para que la ayuden, igual que a ti…

—No podrán ayudarla —espetó Samara repentinamente con un tono algo agresivo—. Así como no pueden ayudarme a mí…

Matilda se dio cuenta que más que agresividad, sus palabras estaban cargadas de cierta melancolía, fácilmente contagiosa.

El Señor Morgan le había indicado que la relación entre Samara y su madre se había diluido con el paso de los meses, y el incidente de los caballos había sido el acabose de ello. Cómo alguien que desde el día mismo de su nacimiento nunca fue ni remotamente cercana a su madre biológica, y desde el momento de su primer día de clases en la primaria ha tenido una relación bastante buena, cariñosa y respetuosa con su ahora madre adoptiva, le era un poco difícil imaginarse de cuenta propia lo que era tener una madre que crees que te ama, y al día siguiente sentir que te odia.

Para Matilda era obvio, desde aún antes de subirse al avión que la había llevado hasta ese paraje, que el asunto con su madre era un factor importante, si es que no era acaso el principal, de ese estado cerrado, frío y agresivo en el que la pequeña Samara se había sumido. Si quería tener alguna posibilidad de sacarla de ello, la clave era la señora Morgan.

—¿Te gustaría que arreglara que pudieras hablar con tu mamá? —Le cuestionó con gentileza en su voz, haciendo que Samara tuviera la mayor reacción del día.

Sus ojos se abrieron de par en par, y de inmediato alzó su rostro y la volteó a ver directamente, expectante; le pareció muy parecido a cómo se había puesto al decirle que la ayudaría a salir de ahí.

—¿Puedes hacer eso?

—Puedo intentarlo. ¿Eso te gustaría?

Sin dudarlo, la pequeña asintió rápidamente con su cabeza. Matilda pensó que quizás había plantado demasiadas esperanzas en ella. Pero había prometido intentar, así que eso mismo haría.

—Entonces déjalo en mis manos, ¿sí? —Le guiñó el ojo con complicidad, y le pareció ver un pequeño rastro de sonrisa en esos labios levemente rosados—. Por cierto, es probable que mañana no podamos vernos. Justamente iré a tu casa a hablar con tu padre. ¿Hay algo que quieras que le diga?

Samara vaciló un instante, y luego negó con cuidado con su cabeza. Al parecer las ansías que tenía de ver a su padre, no se equiparaban a las que tenía de ver a su madre. Quizás en su mente sentía algo de resentimiento hacia él, viéndolo como la persona que las metió a ambas en ese sitio.

—Bien, ¿quizás hay algo que quieras que te traiga de tu casa?

De nuevo, un instante de silencio previo a su respuesta.

—Una de mis muñecas.

Matilda se sorprendió un poco, pero procuró que su rostro no lo reflejara. No pensaba que las niñas de esa época aún jugaran con muñecas, menos las de doce años, que ya para esa edad se preocupaban más de los artistas de moda y navegar por internet. ¿Sería acaso señal de una pequeña regresión? No quiso ser tan obvia para anotarlo en el momento, pero tomó una nota mental para después. Quizás exageraba, y simplemente era una niña de doce años que aún le gustaban las muñecas.

—¿Hay alguna muñeca en especial que quieras que te traiga?

—Nancy —respondió Samara con un susurró—. Nancy podría hacerme compañía.

- - - -

Después de terminada la sesión y que se llevaran a Samara a descansar a su cuarto, el mismo cuarto de contención del que no había logrado que la sacaran, Matilda pasó al despacho del Dr. Scott para hablar de algunas cuestiones importantes. La primera, y quizás más sencilla, el tema de la muñeca, a lo que el buen doctor le respondió sin dudarlo mucho con una serie de puntos sobre las medidas de seguridad de la institución, para proteger tanto al personal como a otros pacientes.

—Es una muñeca de la que estamos hablando, no un machete —exclamó Matilda casi indignada, sentada en una de las sillas frente al minimalista escritorio de John.

—Si tuviera la experiencia suficiente en este tipo de instituciones, Doctora —comenzó a decirle, sin despegar sus ojos del monitor plano de su computadora, mientras tecleaba con rapidez y atención; Matilda esperaba que no estuviera chateando con alguien más mientras hablaban—, sabría que hasta el objeto menos pensado puede convertirse en un arma en las manos de pacientes agresivos con la disposición de hacerle daño a alguien. Y este paciente en especial, es ya lo suficientemente agresivo sin ello.

—Ya todos han dejado muy claro que se sienten incómodos en presencia de esta niña. Pero la tras estas tres sesiones, comienzo a preguntarme si no son ustedes los agresivos con ella, y los que la incitan a hacer lo que sea que les haya hecho.

Scott separó sus ojos del monitor, y volteó a mirarla sobre el armazón de sus lentes con una nada disimulada molestia. Era bueno saber que poco a poco se volvían más honestos el uno con el otro con el pasar de los días.

—Cómo le dije antes, sólo espere un poco más de tiempo, y usted misa lo entenderá —le advirtió, o más bien amenazó, de manera tajante, antes de volverse de nuevo a su computadora.

Matilda simplemente suspiró.

—Bien, ¿y qué tal si le traigo su muñeca y sólo la usa mientras esté en sesión conmigo? No creo que realmente le importe mucho mi seguridad, ¿o sí? En la habitación que estuvimos hoy hubo muchos peligrosos lápices de colores y juguetes.

—No sé si el papeleo lo valga. Pero como guste, Doctora.

Bien, un triunfo, o algo así. Y a pesar de todo, esa había sido la cuestión sencilla; no quería ni imaginarse como sería la siguiente.

—Una cosa más. Me gustaría hablar con la señora Morgan.

—No será posible —respondió Scott con bastante más normalidad y rapidez de la que se esperaba—. Ella no habla con nadie, y menos lo hará con usted. Su conducta se ha vuelto tan violenta, que tengo que mantenerla sedada casi todo el tiempo.

—Algo escuché de eso, pero tendré que insistir. Curar la relación con su madre, será pieza clave para la recuperación de Samara. Ella siente que la odia por lo ocurrido, y es importante que sepa que no es así.

—Pues será difícil, porque sí lo es.

Matilda se sobresaltó un poco al escucharlo decir tal cosa, y su mirada casi asesina fue suficiente para demostrar que no le había parecido en lo más mínimo. O el tema requería más de su atención o quizás había terminado la cosa muy importante que estuviera haciendo, pues en ese momento Scott al fin quitó sus ojos del monitor, y giró por completo su silla hacia ella.

—Escuché, usted sólo lleva tres días hablando con esta niña, y quizás crea qué con eso, y con su supuesta experiencia en este campo, ya sabe todo lo que debe saber. Pero no es así. Las imágenes que ella crea con su mente, no sólo lo hace sobre el papel o las radiografías; puede hacerlo en las cabezas y sueños de las personas.

—Eso ya lo sé…

—No, no lo sabe —recalcó Scott enérgicamente—. Lo hizo con sus caballos en la granja, y lo hizo también con su madre prácticamente desde que era una bebé. Los caballos saltaron a un barranco gracias a ello. La señora Morgan no tuvo tanta suerte.

—Ella no lo controla aún —respondió Matilda, intentando sonar lo más segura posible—. Nada de lo que ha hecho, y eso incluye aquí en este hospital, ha sido intencionalmente.

—Intente explicarle eso a su madre.

—Lo haré con gusto, si arregla que pueda hablar con ella. No ahora mismo, pero sí pronto.

Scott bufó, molesto, y no respondió nada más.

—Por favor, al menos intente preguntarle si me recibiría. Veré al señor Morgan mañana. Se lo puedo pedir a él directamente, pero sería más sencillo si usted lo arregla, ¿no lo cree?

Scott la miró de forma condescendiente, como un adulto ve a un niño terco que le pide una y otra vez lo mismo, por más que le dices que no. Aun así, al final se encogió de hombros, resignado.

—Vivo para servirle, Doctora.

Y se giró entonces de nuevo a su computadora, dando quizás por terminada su plática de esa forma. A Matilda le pareció bien; lo que menos deseaba era estar un segundo más en esa oficina que apestaba a su loción sobrecargada, quizás marinada un poco con su propio ego.

Matilda se paró, y se retiró en silencio. Se dirigió de inmediato a su hotel para prepararse. Tenía una llamada importante esa noche, después de todo.

- - - -

A las ocho en punto, hora del oeste, Matilda ya se encontraba bañada, arreglada, peinada, y ligeramente maquillada; nada exagerado, apenas un poco para ocultar las pequeñas ojeras que el cansancio del viaje comenzaba a dibujarle, y algo de rubor para darle color a sus mejillas. Se puso ropa casual, pero limpia y planchada. Ni siquiera cuando tenía una cita con algún chico, las pocas veces que la había tenido en realidad, se arreglaba con tanta anticipación y cuidado. Y lo peor era que ni siquiera iba a salir de la habitación; bien, quizás aprovechando que ya estaba arreglada, saldría a cenar rápido a algún restaurante cercano después. Pero la intención inicial de su arreglo, era una simple videollamada por Skype.

Pero en realidad, esa llamada de “simple” no tenía nada. Nada era realmente simple cuando se trataba de hablar con Jane Wheeler, la fundadora y cabeza de la Fundación Eleven. A pesar de todos los años que llevaba de conocerla, seguía poniéndose nerviosa cada vez que la veía; y eso incluía incluso si simplemente era su imagen en una pantalla. Y era algo más que por el hecho de ser su jefa; para Matilda, Jane era mucho más que eso. Además de que debajo de esa eterna sonrisa y actitud amistosa, siempre había percibido algo ligeramente atemorizante en ella, algo que te inspiraba a doblegarte por su sola mirada, incluso a ella que se suponía no se doblegaba a nadie. Fuera lo que fuera ese algo, estaba segura de que iba más allá de su resplandor. Por qué, en efecto, ella también lo tenía, y uno realmente poderoso.

Ya lista, se sentó en el escritorio del cuarto, colocó su laptop sobre éste y la encendió. Unos minutos más tarde, la persona que esperaba apareció como conectada, y empezó la llamada. Matilda respiró hondo y se sentó derecha en su silla; se sintió por unos instantes como una niña pasando de un momento de relajación a uno de completa seriedad, cuando el profesor entra al aula de clases.

En la pantalla se mostró en un parpadeo el video en primer plano del rostro de una mujer, ya cerca de los cincuenta, pero aún con un look bastante conservado y elegante, de cabello café oscuro, ligeramente rizado, muy natural, y corto, suelto hasta los hombros; se le veía realmente bien. Le sonrió ampliamente de oreja a oreja en cuanto, de seguro, vio la imagen de Matilda en su propia computadora; sus labios se encontraban discretamente pintados de rosado. 

—Matilda Linda —se escuchó su voz a través de las bocinas de la portátil. No estaba segura si le gustaba o no que le dijera así—. ¿Cómo te trata la Costa Oeste?

—Buenas noches, señora Wheeler —respondió apresurada, y luego tuvo que aclararse un poco la garganta antes de proceder—. Mejor de lo que esperaba. Gracias por preguntar.

La mujer en la pantalla la miró con ligera severidad en sus ojos grandes y brillantes, color café claro.

—Matilda, ya estás muy vieja para que te tenga que estar recordando cada vez que no me tienes que llamar “Señora Wheeler” o “Señora Jane”. ¿O no?

Matilda se ruborizó un poco ante ese pequeño regaño. El trato formal era algo que hacía casi sin pensar ante ciertas personas que le infundían un enorme respeto; a su propia madre seguía llamándola “Señorita Honey” muchas veces, sin darse cuenta.

—Lo siento, lo siento —repitió apresurada, inhalando algo de aire por la nariz—. Me encuentro bien, Eleven…

La mujer en la pantalla sonrió satisfecha.

Nunca olvidaría las palabras que había usado para presentarse la primera vez que la vio, cuando tenía quizás diez u once años: “Me llamo Jane, pero tú puedes decirme Eleven. Todos mis amigos lo hacen.” Y al parecer eso se lo decía a todos los niños que llegaba a conocer en su labor, pues todos sus conocidos de la Fundación, especialmente aquellos con el resplandor como ella misma, le decían así. Era su Tía Eleven, su Mamá Eleven, y su Maestra Eleven, aunque ella insistía mucho en que sólo era su Amiga Eleven.

Muchos le habían llegado a preguntar el porqué de ese apodo, que daba igualmente nombre a la Fundación, pero sólo a unos pocos, incluida la propia Matilda, les había respondido con la historia completa. Y sobre porqué había decidido llamar a la Fundación de esa forma, ella simplemente decía: “No fue idea mía, fue una sugerencia bastante firme de mi ahora esposo y mis demás amigos. Al final, creo que me acostumbré a llamarla así”.

—¿Ya visitaste a tu madre? —Cuestionó la Amiga Eleven, curiosa.

—No aún. Lo haré una vez que termine aquí.

—Perfecto; sé que le molestaría mucho que no lo hicieras. A mí molestaría.

La hija mayor de la Sra. Wheeler ya había terminado la universidad y trabajaba en New York en algún negocio de Bienes Raíces, del que Matilda no estaba del todo bien informada; de seguro a eso venía el comentario. Su segundo hijo, un chico de veinte años, estudiaba en Bloomington, y aún le quedaba en casa una jovencita de dieciséis, de la cual ocuparse. Y aun así, seguía dirigiendo cada paso de la fundación desde su casa en el apacible Hawkins, Indiana. Y no se le escapaba nada… nunca.

El semblante de Jane se puso relativamente más serio de pronto.

—Bien, antes de comenzar, ¿tienes algo más que agregar a la información que ya me habías enviado?

Matilda igualmente optó por una postura más seria. El motivo de la llamada era hablar sobre la labor que la había llevado a Oregón, y más específico de su actual paciente: la pequeña Samara Morgan, y de sus primeras impresiones tras esos primeros días.

Le contó de manera resumida la situación entre Matilda y su madre, y como ésta al parecer estaba afectando gravemente a la pequeña. Le comentó que deseaba hablar con la señora Morgan en persona, y luego intentar pactar que ambas se vieran, si lo veía conveniente. Eleven escuchó todo ello con detenimiento, solamente asintiendo con su cabeza de vez en cuando.

—Es bastante difícil para un niño que resplandece, sentir el rechazo de todos, especialmente de sus propios padres.

—Eso lo sé muy bien. —Y en verdad lo sabía—. ¿Qué opinas? ¿Crees que mi enfoque ha sido el correcto?

—Tus decisiones hasta ahora me parecen más que adecuadas, como siempre lo son.

Esas palabras iluminaron el rostro de la joven psiquiatra, sin que se diera cuenta. Era algo extraño como aún podían causarle un efecto como ese las palabras de aliento de la persona adecuada.

—¿Hay algo en especial que pienses que deba hacer de aquí en adelante?

—Sí. —El tono y el rostro de Eleven tomaron un sentimiento algo extraño, casi melancólico, que a Matilda tomó un poco por sorpresa—. No quiero que lo tomes a mal, Matilda… Pero creo que debes retirarte de este caso.

La alegría y emoción que había surgido en ella, se desvaneció de golpe al escucharla decir eso último, que ahora la dejó totalmente anonadada. Pensó que quizás había escuchado o entendido mal, pero el mensaje era totalmente claro, y no entendía en lo más mínimo de dónde había surgido.

—¿Qué? Pero… ¿por qué? —Exclamó casi alarmada—. Si sólo llevó tres días aquí, y siento que estoy haciendo un gran progreso. Me acabas de decir que mis decisiones hasta ahora han sido las adecuadas; ¿qué hice mal?

—No hiciste nada mal —recalcó Jane, alzando sus manos al frente en señala de calma—. Lo estás haciendo de maravilla, justo como esperaba de ti. Pero revisando la información que han recopilado tú y los otros doctores, siento que hay algo en este caso que te podría llegar a sobrepasar. Eres una persona bastante capaz, y el hecho de que te haya pedido que fueras tú misma a revisar la situación, lo demuestra. Pero en verdad creo que esta niña puede estar más allá de lo que has visto antes. Y por tu propia seguridad, no te puedo pedir que sigas hurgando en esto.

Matilda se sentía confundida, hasta algo mareada con todo lo que le decía. Hace unas horas atrás, le acababa de decir al Dr. Scott que el miedo que todos ahí profesaban a Samara era bastante infundado, ¿y ahora su propia mentora le estaba diciendo prácticamente lo mismo?

“Cómo le dije antes, sólo esperé un poco más de tiempo, y usted misa lo entenderá”, le había sentenciado el buen doctor.

—¿A qué viene todo esto? —Cuestionó Matilda, inconscientemente ya algo a la defensiva—.  ¿Qué es lo que has visto que yo no?

—Es más lo que no vi —le respondió de una forma casi lúgubre—. Hay algo en esta niña que es muy diferente a lo que ya conoces, Matilda. Algo… —Hizo una pequeña pausa de vacilación—. Sólo puedo decir que su resplandor, podría ser de una naturaleza diferente.

—¿Diferente? ¿Qué se supone que significa eso? —Su tono se había puesto algo más agresivo, y eso fue fácilmente percibido por la mujer en la pantalla.

—Escucha…

—No, tú escucha —le interrumpió con fuerza—. No sé a qué venga todo esto, pero es de una niña inocente de la que estamos hablando; una niña que necesita de nuestra ayuda, a la que sus padres, y todo su pueblo, casi le han dado la espalda por completo, y si por ellos fuera la dejarían el resto de su vida ahí encerrada. Es exactamente para ayudar a niños como ella por lo que estoy en la Fundación, y no la voy a abandonar.

—No te digo que la abandones. —El tono de Jane también se cargó de cierto impulso— Sólo considero que sería pertinente, por el bien de la niña, y el tuyo propio, que pongas el caso en manos de alguien con otro tipo experiencia.

—¿Quién tiene más experiencia en tratar a niños con este tipo de problemas que yo?

—No dije más experiencia. Dije “otro” tipo de experiencia.

Matilda arqueó una ceja, intrigada.

—¿Qué otro tipo de experiencia?

Eleven guardó silencio, sosteniendo con intensidad la mirada de Matilda en su respectiva pantalla.

—No es algo que se pueda hablar por Skype. Sólo te puedo decir que hay un aspecto muy grande del resplandor que aún desconoces. Y esta niña puede que sea más de este otro aspecto.

Más palabras evasivas y respuestas no claras; todo esto a Matilda parecía estarle desesperando poco a poco. Era la primera vez que Eleven le hacía sentir así; al menos que recordara.

—Mira, no entiendo de qué estás hablando —soltó con firmeza, alzando un poco la voz sin querer—. Pero con todo el respeto que te tengo, debo decirte que sería un error que me sacaras de este caso. Samara ya se está empezando a abrir conmigo; creo que estoy formando una conexión con ella, algo que Scott y su grupo de doctores locos no han logrado en más de un mes. Y si me quitas y pones a alguien más, eso podría echar por la borda todo ese progreso, y quizás no vuelva a abrirse así de nuevo otra vez. Empecé esto, y estoy dispuesta a terminarlo, así tenga que pasar sobre ti.

Se sentó firme en silla y respiró hondo, intentando incluso no pestañear.

—He dicho.

Y expuestas sus intenciones, se quedó en la misma posición, reflejando seguridad, madurez, y decisión, desde su mirada hasta su postura. Sin embargo, por dentro, su corazón latía al mil por hora, y una voz interna le gritaba: “¡¿Acaso le acabas de alzar la voz a Eleven?! ¡¿Te has vuelto loca?!”

Le había hablado de esa forma a muchas personas antes, pero nunca a dos: Eleven y su madre adoptiva. Ahora sólo quedaba esta última. Quizás se había dejado llevar de más por su coraje, y no se había detenido a contemplar las consecuencias, y eso ahora la tenía muerta del miedo, aunque por fuera siguiera firme.

Jane, por su lado, permanecía en silencio, mirándola desde el otro lado de la llamada, con una expresión casi sombría que Matilda no sabía cómo interpretar. Esa “eterna sonrisa”, ya no estaba ahí. Esa situación se prolongó por casi un minuto, en el cual Matilda consideró varias veces el gritar que lo sentía y que no había querido decirlo de esa forma. Sin embargo, para su alivio… aunque en realidad no lo fue tanto, al final Eleven volvió a sonreír; de hecho, soltó una pequeña carcajada de diversión.

—¿Sabías que hasta cuando intentas ser amenazante, no puedes evitar ser adorable? —Le soltó de pronto, haciendo que Matilda se ruborizara gravemente tras el comentario —. Siempre he admirado tu pasión, Matilda Linda. Y me alegra ver que tienes tanta determinación para llevar a esto al mejor término posible. —Sin embargo, su rostro se puso serio nuevamente de pronto—. Pero tienes que tener muy claro que esta niña… no es Carrie White.

Matilda se sobresaltó, casi asustada, al oírla decir eso, y su respiración se cortó. Cualquier determinación, firmeza y seguridad que le hubiera quedado de hace un rato, se le fue al piso al escuchar ese sólo nombre.

Fue incapaz de responderle.

—Las similitudes entre ambos casos son más que evidentes. No las vas a negar, ¿verdad? —Matilda siguió sin decir nada—. No puedes dejar que tus emociones sobre lo ocurrido en aquel entonces, se proyecten en esta niña, Matilda. No es correcto, y puede ser peligroso.

Matilda vaciló un poco, y cuando al fin intentó hablar, casi tartamudeó. Se tomó un segundo y respiró hondo para tranquilizarse. No era justo que sacara ese tema a relucir; ella sabía muy bien cómo le afectaba. Sin embargo, en el fondo, sabía exactamente qué si lo hacía, era por un motivo.

Carrie White… Hacía mucho tiempo que no escuchaba a alguien pronunciar ese nombre en voz alta, a pesar de rondaba su cabeza bastante seguido.

— No lo hacen —respondió al fin, con toda la firmeza que pudo—. Estoy consciente de todo lo que me estás diciendo, y aun así me mantengo firme en mi decisión.

Matilda esperaba más replica, pero para su sorpresa, Eleven sólo suspiró, se encogió de hombros, y le volvió a sonreír, aunque menos efusiva que antes.

—Está bien; no sería correcto insistir en algo que obviamente ya decidiste con tanta firmeza. Pero al menos permíteme buscar a alguien más que pueda apoyarte con esto.

—Creo que Cody está trabajando en Seattle —comentó la joven psiquiatra rápidamente; la idea ya le había cruzado con anticipación por la cabeza, y de hecho esperaba poder comentar el punto a lo largo de dicha llamada—. Él podría ayudarme. De hecho, comienzo a pensar que su resplandor comparte ciertas similitudes con el de Samara.

—Sí, la ayuda de Cody te sería útil —asintió Eleven con cautela—. Pero aun creo que te hará falta alguien más.

—¿Alguien con ese… “otro” tipo de experiencia?

Una pequeña carcajada divertida se escapó de los labios de la mujer en la computadora.

—Siempre has sido la más lista de la habitación, Matilda. O… de la ventana de chat. Haré unas llamadas; tengo a alguien en mente, pero debo ver si está disponible. Mientras tanto, te sugiero investigar un poco más la historia de la niña.

—¿Su historia? —Cuestionó Matilda, extrañada—. ¿Qué ocurre con su historia? Si te refieres al incidente de los caballos, ya…

—No —interrumpió Eleven abruptamente—, no hablo de eso, sino de su historia mucho más atrás. Uno de nuestros colaboradores me pasó más datos sobre ella, que deberías revisar si piensas continuar tratándola. Te los enviaré en cuanto colguemos.

De pronto, Eleven se inclinó hacia la cámara, como si intentara de alguna forma acercársele lo suficiente para susurrarle un secreto en su oído. Su mirada de nuevo se volvió dura, casi aterradora. Y cómo narrador al fuego de una fogata, terminando de contar una historia, le susurró con tono apagado y lento…

—Ten mucho cuidado, Matilda…

Un instante después, antes de que la joven doctora pudiera responderle algo, la llamada terminó, abruptamente, sin ningún adiós o buenos deseos.

Matilda se preguntó si quizás había algo de enojo en Eleven por su desplante. Le gustaba pensar que no era el tipo de persona que reaccionaría de esa forma; quizás era más algo de aprensión, por la situación que tanto le preocupaba, aunque ella seguía sin entender exactamente porqué.

¿Qué quería decir exactamente cuando decía que el resplandor de Samara podía ser de una naturaleza diferente? ¿Qué clase de “otra” experiencia tendría la persona que pensaba enviarle? ¿Qué es lo que Eleven, y al parecer igual el Dr. Scott y su grupo, han visto en esta niña que ella simplemente no? ¿Y si tenían razón? ¿Y si en verdad había algo en todo eso que la superaba? ¿Y si no era la adecuada en verdad para ayudarla?

No, nada de eso.

Lo que acababa de decir en esa llamada era la pura verdad: estaba ahí para ayudar a Samara Morgan, y lo haría sin importar qué…

No fue consciente de qué tanto tiempo se quedó cavilando justo ahí, sentada frente a la computadora, hasta que escuchó el sonido de un correo entrando a su bandeja de entrada, acompañada de una notificación en la esquina inferior derecha de su computadora. El remitente era precisamente, la propia Eleven.

Lo abrió en ese mismo momento, curiosa de saber qué era exactamente eso que había descubierto del pasado de Samara, especialmente si ello le podría dar algo luz sobre qué incomodaba tanto a su antigua mentora. Adjunto al correo, venían varios documentos, pero sólo le bastó abrir uno de ellos. Lamentablemente no le sirvió justamente para entender el mensaje tan críptico que Eleven le había dejado con sus palabras… pero igualmente, lo que decía dicho documento, la dejó casi con prácticamente con la boca abierta.

Anonadada, revisó el resto de los documentos, pero todos eran básicamente un complemento del primero.

Se apoyó contra su respaldo, se volteó pensativa hacia un lado, mirando un punto cualquiera en la alfombra del cuarto, e intentó entender cómo reaccionar en base a lo que acababa de leer.

 

FIN DEL CAPÍTULO 03

 

NOTAS DEL AUTOR:

- Jane Wheeler está basada en el personaje de Eleven de la serie de Netflix, Stranger Things del 2016. Jane es el nombre real del personaje, de acuerdo al nombre que había sido elegido por su madre, siendo su nombre completo real Jane Ives. Wheeler es el apellido de Mike, protagonista de la serie, con quien en esta historia se encuentra casada. En la serie original, en su primera temporada que ocurre en 1983, ella tiene sólo 12 años. Para este tiempo, sin embargo, tendrá alrededor de 46. Para el momento en el que se escribe este capítulo, sólo se ha sacado la Primera Temporada de la serie, y se espera dentro de poco el estreno de la Segunda, por lo que de momento sólo se tomará en cuenta la Primera como referencia para esta historia de aquí en adelante, a reserva de que tras ver su Segunda Temporada haya algún dato, situación o momento que considere sirva a la trama.

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