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Nuevas emociones por Lily_de_Wakabayashi

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Notas del fanfic:

–        Captain Tsubasa y sus personajes pertenecen a Yoichi Takahashi ©, incluyendo el padre y los hermanos de Genzo Wakabayashi pero sus nombres son idea original de Lily de Wakabayashi.

–        Elieth y Leo Shanks son personajes creados por Elieth Schneider.

–        Lily Del Valle es un personaje creado por Lily de Wakabayashi.

Nuevas emociones.

 

            Capítulo 1. Me miraste y atrapaste mi corazón.

            Alemania.

 

El avión aterrizó sin contratiempos en el Aeropuerto Internacional de Fráncfort del Meno, en Alemania, proveniente de la Ciudad de México; por fortuna, la potente nevada que por unas horas amenazó con cerrar el aeropuerto había amainado ya y sus pasajeros suspiraron aliviados al comprobar que su vuelo no sería desviado hacia otra ciudad. Estaban ya en el primer día de diciembre y el invierno se había dejado sentir con toda su potencia sobre Europa, cubriéndola ya con su gélido manto blanco.

 

Una vez en tierra, los pasajeros se apresuraron a pasar por las oficinas de Inmigración para hacer los trámites correspondientes que les permitieran volver a pisar el suelo alemán; muchos de ellos se arrebujaban en sus abrigos pues el cambio de clima había resultado muy contrastante entre las tierras templadas de México y las gélidas de Alemania. Entre los viajantes se encontraba Genzo Wakabayashi, el flamante portero del Bayern Múnich y representante de la Selección de Japón, quien después de haber disputado un partido amistoso contra la Selección de México, volvía a su hogar en Alemania para pasar las vacaciones de invierno, ahora que el torneo de la Bundesliga había llegado a la pausa invernal. El joven durante un tiempo estuvo considerando la idea de viajar a Japón para convivir unos días con su familia pero, tras tantos años de estar lejos de ellos, Genzo no sentía que sus lazos fuesen lo suficientemente fuertes como para que valiera la pena atravesar el mundo sólo para verlos; llegó a pensar también en visitar a los Draxler, la familia alemana que lo acogió cuando estuvo en el equipo juvenil de Hamburgo, pero ellos solían viajar a otra ciudad para visitar a sus parientes durante esas épocas y a Genzo no le agradaba la idea de estorbar en casa ajena, así que para las fiestas decembrinas seguramente haría lo mismo que hizo en años anteriores: quedarse en Múnich y celebrar en casa de algún amigo.

 

Tras el largo viaje lo más que deseaba Genzo era recoger su automóvil, que había dejado en una pensión cercana al aeropuerto, para buscar después una habitación en algún buen hotel de Fráncfort, dormir hasta que la cama lo soltara y después irse a su departamento en Múnich. Si bien el vuelo no llegó muy tarde, Genzo deseaba descansar porque se le habían juntado el problema del jet lag y el cansancio del partido jugado. Dice el dicho que “No es lo mismo los Tres Mosqueteros que Veinte Años Después” y el portero comenzaba a darse cuenta de que su cuerpo ya no resistía como antes, cuando era un joven adulto de veinte años que podía atravesar el mundo y jugar varios partidos sin problemas. Cumpliría los treinta años en unos cuantos días y, para un futbolista, alcanzar la tercera década de la vida era casi como llegar a la vejez, según las palabras de su amigo Hermann Kaltz. Wakabayashi siempre replicaba que para un portero las cosas son diferentes y que él podría continuar jugando hasta que tuviera cuarenta, pero lo cierto era que su fisiología no pensaba lo mismo que él.

 

“Espero que el ya no soportar estos viajes como antes no sea el primer síntoma de la vejez”, pensó. “También es verdad que los últimos partidos de la Bundesliga fueron pesados y que no he tenido tiempo de reponerme adecuadamente…”.

 

 Genzo se acercó al encargado de la pensión en donde tenía su BMW negro para pagar el monto de los días que mantuvo el auto a resguardo con una de sus tarjetas bancarias. El hombre lo miró con cierta curiosidad como si lo hubiera reconocido, tras lo cual tomó la tarjeta que el joven le ofrecía para realizar el cobro correspondiente, pero en cuanto la introdujo en la terminal bancaria, ésta pitó de una forma en la que Wakabayashi no había escuchado antes.

 

–        ¿Hay algún problema? –preguntó el portero, inquieto.

–        La terminal me reporta que su tarjeta está bloqueada –comentó el hombre, confundido.

–        ¿Cómo? –Genzo se sorprendió–. ¿Bloqueada, dice?

–        Así es, señor –asintió el encargado.- Quizás es un error temporal pero debería de verificar eso.

–        Sí, por supuesto –aceptó Wakabayashi, sacando otra de sus tarjetas de la cartera–. Cobre con ésta, por favor.

–        Muy bien. –El hombre tomó el plástico, tras lo cual añadió a manera de justificación–: Es algo que pasa muy seguido, a veces se vencen las tarjetas o hay problemas con el sistema de los bancos y por eso suelen fallar.

–        Seguro que sí –respondió Genzo, por mera cortesía.

 

La terminal bancaria volvió a pitar, anunciando que la segunda tarjeta tampoco fue aceptada. El encargado y el portero se contemplaron el uno al otro con la misma expresión de sorpresa. ¿Qué estaría sucediendo? Genzo se sintió incómodo mientras sacaba algunos billetes de su cartera para pagar la cuenta y no seguir haciendo el ridículo.

 

“¿Habrá habido algún problema con mis cuentas mientras estuve fuera?”, pensó Genzo, mientras recibía el cambio y las llaves de su BMW. “Tendré que hacerme cargo de eso en cuanto descanse un poco”.

Al tomar la avenida principal que lo llevaría hasta la ciudad, Wakabayashi decidió pasar a un cajero automático para verificar si el lío con sus tarjetas se limitaba tan sólo a la terminal bancaria de la pensión; con un poco de suerte, quizás el problema estaría ahí y por tanto ya no tendría que ir al banco con tanta premura a verificar sus cuentas. Así pues, el joven se detuvo en la primera sucursal que encontró en el camino para acudir al cajero automático. Sin embargo, al intentar verificar su estado de cuenta, la pantalla del cajero le avisó que estaba bloqueada y que se comunicara directamente con un ejecutivo.

 

–        ¿Qué carajos está sucediendo? –Genzo maldijo por bajo–. ¿Por qué no puedo acceder a mi cuenta? ¡Ni siquiera puedo disponer de efectivo!

 

En ese momento, presintiendo que iba a presentar el mismo problema con sus otras cuentas, Genzo entró a la sucursal y pidió ser atendido por un ejecutivo, quien lo recibió con la zalamería de alguien que sabe que está frente a alguien famoso. Para cualquier otro, este detalle podría resultar halagador pero a Wakabayashi le incomodaba que la gente se diera cuenta de que estaba presentando problemas con su dinero. La zalamería del ejecutivo, sin embargo, se esfumó en cuanto tecleó los datos de su famoso cliente, pues torció la boca en un gesto y le lanzó a éste una mirada extraña.

 

–        Señor Wakabayashi, lamento informarle que el problema es mayor de lo que pensé, no será suficiente con mi intervención –anunció el hombre–. Tendrá que hablar con el gerente.

–        De acuerdo. –Genzo parpadeó, confundido–. ¿Cuándo puedo hablar con él?

–        Ahora mismo, si lo desea –contestó el ejecutivo. Cuando el portero asintió, se puso en pie y añadió–: Sígame, por favor.

 

El hombre lo condujo a través del elegante edificio para hacerlo llegar ante una pequeña puerta de cristal, a través de la cual se veía a un hombre regordete sentado en una silla rimbombante. El ejecutivo entró y habló rápidamente con el hombre antes de hacer pasar a Genzo.

 

–        Siéntese, señor Wakabayashi –pidió el gerente, tras estrecharle la mano–. Me han informado que hay un problema con su cuenta que no se puede resolver tan fácilmente, así que investigaré qué sucede para darle una rápida solución. Me imagino que lo que le preocupa es que no pueda acceder a su dinero, ¿cierto?

–        Así es –asintió Genzo–. Casi no tengo efectivo disponible y con mis cuentas bloqueadas estoy en una situación complicada.

–        No se preocupe, resolveremos esto en un instante –aseguró el gerente, tras lo cual se puso a teclear en su computadora.

 

Sin embargo, no habían pasado ni cinco minutos desde que lo hizo cuando se detuvo abruptamente, haciendo un gesto de sorpresa que le dio mala espina a Wakabayashi.

 

–        ¿Qué ocurre? –preguntó el portero.

–        Lamento decirle que tengo malas noticias –anunció el gerente, con expresión seria–. Sus cuentas están bloqueadas de manera legal, no es problema de nuestro banco.

–        ¿De manera legal? –exclamó Genzo–. ¿Qué quiere decir con eso?

–        Que sus cuentas están bloqueadas debido a que las autoridades japonesas han emitido una orden internacional –reveló el hombre–. Al parecer, son objeto de una investigación y por tanto nuestro banco recibió la orden de impedirle el acceso a ellas.

 

La explicación le pareció tan irreal a Wakabayashi que se quedó por unos instantes con la boca abierta, sin saber qué decir. Fue esta expresión de auténtica sorpresa la que convenció al gerente de que el joven no era un criminal y lo salvó de llamar a la policía para que lo arrestara en ese instante.

 

–        Quizás sea un error, pero es algo que ya no está en manos de nadie de este banco el resolverlo –comentó el gerente, con tono conciliador–. Si tiene algún abogado, llámele y explíquele la situación para que busque la forma de resolverla lo antes posible.

–        Eso haré, porque definitivamente tiene que ser un error –aseguró Genzo, poniéndose en pie y tendiendo su mano hacia el gerente–. Gracias por su ayuda.

 

Sin embargo, en vez de hablar con su abogado, que por cierto no tenía, Wakabayashi decidió contactar a alguien de su familia, más específicamente a su hermano mayor. El hecho de que el gerente le dijera a Genzo que la orden de bloquear sus cuentas provenía desde Japón, le hizo pensar que quizás su familia había tenido algo que ver en eso así que lo más prudente sería comunicarse con alguno de sus miembros para que le aclarara la situación.

Shuichi Wakabayashi, el mayor de los hermanos de Genzo, estaba próximo a suceder a Akira Wakabayashi en el puesto de presidente de la empresa familiar y, por tanto, debía estar enterado de lo que sucedía con relación a su familia. Para fortuna de Genzo, su hermano respondió al segundo timbrazo, con un tono de voz que le hizo saber que algo serio estaba sucediendo.

 

–        ¿Qué hay, Shuichi? –habló Genzo, con voz neutral–. ¿Cómo va todo por allá?

–        ¿Genzo? –El mayor de los Wakabayashi se sorprendió por la llamada–. ¿De verdad eres tú? ¡Qué milagro! ¿Qué ha ocurrido en Alemania para que te dignes a hablar conmigo?

–        Algo muy serio –respondió Genzo, avergonzado. Le molestaba tener que concederle ese punto a su hermano pues al llamarle por cuestiones monetarias confirmaba las palabras que él acababa de decirle–. ¿Tienes alguna idea de por qué están bloqueadas mis cuentas bancarias desde Japón? No tengo acceso a mi dinero y ni siquiera sé por qué.

–        Ay, no, no me digas que a ti también –farfulló Shuichi–. No creí que esto se convertiría en algo tan grave.

–        ¿De qué hablas? –La última esperanza de Genzo de que todo fuese un malentendido se esfumó en un instante–. ¿Qué está sucediendo?

–        Algunas cosas un tanto serias. –Shuichi se escuchaba ahora muy nervioso–. Algo que estamos en proceso de resolver pero…

–        Sin rodeos, Shuichi –lo interrumpió Genzo, ácidamente–. Estoy atorado en Fráncfort, sin dinero, y quiero saber al menos a qué me estoy enfrentando.

–        Estamos acusados de haber cometido un enorme fraude internacional –exhaló su hermano, con fuerza–. Hay una grave acusación de malversación de fondos por parte de nuestra empresa y no se ha determinado aún quién lo hizo así que la policía japonesa ha decidido que todos los que llevamos el apellido Wakabayashi somos potenciales sospechosos y nos han bloqueado el acceso a las cuentas e inmuebles que están a nuestro nombre desde ayer, lo que quiere decir que todos estamos igual que tú, sin dinero y sin lugar en dónde dormir. En honor a la verdad, no pensé que a ti también te afectaría, llevas demasiado tiempo fuera de Japón y eres el menos sospechoso de todos.

–        ¿QUÉ? –exclamó Genzo, atónito–. ¿Por qué demonios estamos acusados de fraude?

–        Ni a mí me queda claro el asunto pero es así. –Shuichi se tornó serio–. Es algo muy grave, hermano, pero no debes preocuparte pues cuando se atrape al culpable tus cuentas volverán a liberarse. Eres inocente y por tanto no harán nada más que fastidiarte un rato, sólo es cuestión de que sobrevivas mientras tanto.

–        ¿Y cuándo tiempo va a durar esto? –preguntó Genzo, mesándose el cabello con cierta desesperación–. Tampoco me agrada la posibilidad de que alguno de ustedes vaya a la cárcel por fraude. ¡Es que no lo puedo creer! ¿Cómo fue que acabaron involucrados en algo así?

–        Ya me lo preguntaste y te lo acabo de responder: es algo bastante complicado –suspiró Shuichi–. Hubo algunos movimientos en la empresa que no están justificados y que no se sabe quién los hizo, por eso es que todos los que tengamos acceso a las cuentas de la compañía somos sospechosos, lo que en teoría involucraría a todos los Wakabayashi. Menos a ti, por supuesto, porque creo que nunca has puesto un pie en el edificio principal pero por lo que veo a la justicia japonesa eso le importa muy poco. ¿Tienes a quién pedirle un préstamo, mientras tanto? Créeme que, si pudiera, te mandaría dinero pero yo mismo estoy batallando para mantener a mi familia.

–        No te preocupes, ya me las arreglaré –contestó Genzo, repasando en su mente a quién podría pedirle el favor, pues era un hombre muy orgulloso y no reconocería ante cualquiera su predicamento.

–        ¿Por qué no le pides ayuda a los Shanks? –sugirió Shuichi–. Leo y Elieth están viviendo en Alemania también, ¿no? Es seguro que ellos te ayudarán sin hacer muchas preguntas.

–        Podría ser –aceptó Genzo–. Mantenme informado de cualquier cosa que suceda, ¿de acuerdo?

 

            Shuichi le prometió que así lo haría, tras lo cual le deseó buena suerte y se despidió. Genzo maldijo por lo bajo al darse cuenta de que se habían ido al traste sus planes de quedarse a descansar en Frankfurt, pues no tenía dinero para solventar el hotel así que tendría que irse a Múnich en ese mismo instante. Gracias a que tuvo que pagar la pensión con dinero en efectivo, no le quedaba mucho disponible pero por un raro golpe de suerte el tanque de su automóvil estaba casi lleno, lo que le permitiría llegar a Múnich sin complicaciones, tan sólo tendría que arreglárselas para permanecer despierto durante las casi cinco horas de camino.

 

–        Pudo haber sido peor –murmuró Genzo, mientras arrancaba su BMW–. Hamburgo está más lejos.

 

            Casi cuatrocientos kilómetros después, con un cansancio terrible y unas enormes ganas de comer algo, el portero arribó por fin a Múnich, con la firme intención de llegar a su departamento, acabarse lo que sea que hubiese dejado en el refrigerador y/o en la alacena, dormir un buen rato y después contactarse con alguien que pudiera ayudarlo. Y quizás también se daría un baño. Sin embargo, cuando subió a su departamento tras haber dejado el automóvil negro en el estacionamiento del edificio en donde se encontraba, descubrió que aquél estaba clausurado.

 

–        ¿Pero qué demonios? –bufó Genzo, muy frustrado–. ¿También aquí?

 

            Él recordó entonces que Shuichi le había comentado que de igual manera habían confiscado los inmuebles que estuviesen a nombre de los Wakabayashi. De haberlo pensado un poco, Genzo habría llegado a la conclusión de que era posible que también hubiese problemas con su departamento pero no creyó que eso pudiera llegar a suceder, tomando en cuenta que se encontraba en Alemania.

 

–        ¿Esto será legal? –farfulló, molesto, al ver los sellos de clausura y un pequeño aviso que decía que, ante cualquier queja o aclaración, se comunicara al número escrito–. ¡Maldita sea, necesito un abogado!

 

            Wakabayashi maldijo en voz baja una y otra vez a la justicia japonesa y se recargó contra la pared. ¿Qué iba a hacer ahora? No tenía un lugar en dónde dormir ni dinero, se estaba quedando sin opciones y el cansancio no le permitía pensar con lucidez. Bien, aunque no quisiera, no tendría más remedio que hacer lo que había estado posponiendo: llamarle a alguien de sus escasos amigos para pedirle ayuda. Considerando que él era un hombre excesivamente orgulloso, hacer esto iba a requerir de toda su fuerza de voluntad.

 

Ahora bien, la pregunta era: ¿A quién llamar? Genzo pensó inmediatamente en Karl Heinz Schneider, quien no sólo era su capitán sino también uno de sus amigos más cercanos, alguien que no haría preguntas ni juzgaría la situación por la que estaba pasando su familia. En teoría, Schneider debía estar en la ciudad pero por alguna razón no pudo contactarlo: cada vez que el portero marcaba el número de su amigo, la llamada se desviaba directamente al buzón de voz.

 

–        Buen momento elegiste para irte de vacaciones, Schneider –gruñó Wakabayashi, pensando en qué otras opciones tenía.

 

            Hermann Kaltz, la otra persona en la que él podría confiar, estaba al otro lado del país y ya no había suficiente gasolina en el tanque de su automóvil, ni dinero para comprar más, para llevarlo hasta Hamburgo, así que Genzo lo descartó. Su siguiente opción era buscar a los Shanks, tal y como había sugerido Shuichi; Leo se había ido a África a trabajar para Médicos sin Fronteras y Erika estaba viviendo en Italia, así que la única opción disponible era Elieth; al menos, se dijo él, ella estaba viviendo también en Múnich. ¡Qué casualidad! En cualquier caso, Elieth respondió el teléfono al primer timbrazo, pero Genzo se desanimó cuando escuchó ruidos extraños de fondo, sonidos que no se oirían en una ciudad europea estándar.

 

–        ¡Hola, Genzo! ¿Ya estás de regreso en Múnich? –lo saludó Elieth, con mucha efusividad. Algo gruñó, baló o bufó en el fondo, algo que parecía ser un animal extraño y desconocido o quizás sólo eran gases estomacales luchando por salir, todo era posible.

–        ¿Qué demonios es eso? –preguntó Genzo, pensando lo peor–. ¿En dónde estás?

–        ¿Qué cosa? ¡Ah! ¿Ese gruñido? Fue un camello –contestó Elieth, muy tranquila.

–        ¿Un camello? –exclamó Wakabayashi–. ¿Qué carajos haces con un camello? ¿Estás en el zoológico?

–        Eh, no. –Ella titubeó–. Estoy en Dubai.

–        ¡En Dubai! –A Genzo se le fue el alma a los pies–. ¡Justo cuando te necesito más que nunca!

–        ¿Qué ocurre? –El tono risueño de la joven dio paso a uno angustiado, pues jamás, nunca, pero nunca Genzo Wakabayashi le había hablado con tanta urgencia–. ¿Estás bien? ¿Tuviste algún accidente?

 

            Wakabayashi le hizo un resumen detallado de la situación, decidiendo que no valía la pena omitir detalles incómodos pues Elieth lo conocía desde hacía muchos años y no lo juzgaría. Ella lo escuchó sin interrumpirlo más que para hacer algunas preguntas obvias, y si bien la muchacha estaba tan sorprendida como su amigo debido a los acontecimientos ocurridos con los Wakabayashi, no perdió el tiempo con eso y le ofreció su ayuda al portero.

 

–        No te preocupes que yo me encargo –aseguró la joven francesa–. Puedes quedarte en el departamento de Leo, él está en África y no va a volver en un buen tiempo.

–        Te lo agradezco –dijo Genzo, aliviado–. ¿Cómo consigo que alguien me deje entrar?

–        Las llaves las tiene mi mejor amiga, a ella la encuentras en el departamento de al lado –contestó Elieth–. O el de enfrente, según como quieras verlo. Le hablaré para avisarle que vas a ir para allá y le haré una transferencia bancaria para que te dé dinero en efectivo. ¿Necesitas alguna otra cosa, como un abogado? Para ponerme en contacto con Marcel.

–        No, por el momento –negó Wakabayashi–. No sé bien cómo está este asunto pero Shuichi me ha asegurado que no tengo de qué preocuparme y no me queda más que confiar en él.

–        Espero que sea cierto –replicó Elieth–. ¿Sabes qué me sorprende de todo? Que no creo capaz a nadie de tu familia de cometer un crimen de esas proporciones.

–        Yo tampoco –concordó Genzo–. Podremos ser tercos, orgullosos y engreídos, pero no ladrones. Tiene que haber algún error.

–        O alguien les tendió una trampa –sugirió Elieth–. En fin, que no importa, espero que el problema se resuelva pronto. Mientras tanto no te preocupes, si te hace falta más dinero avísame y le transferiré más a mi amiga para que no sufras carencias.

–        Está bien, será suficiente con lo que me envíes –aseguró Genzo, a pesar de que ni sabía cuánto dinero pensaba mandarle ella pero su orgullo podía más–. De verdad que te lo agradezco mucho. Por cierto, ¿te marchaste sola a Dubái?

–        No –negó la joven, con una risita nerviosa.

–        ¿Con quién te fuiste? –preguntó el portero, con malicia–. No te acompañó tu hermana, ¿o sí?

–        No, Erika sigue en Italia, con Gino –negó Elieth; tras un leve momento de titubeo, añadió–: Vine con Karl.

–        ¿Qué Karl? ¿Karl Heinz Schneider? –cuestionó Genzo, sorprendido.

–        Pues sí, ese Karl –aceptó ella, incómoda–. ¿Qué conoces a otro?

–        Ahora entiendo por qué Schneider no atiende su teléfono. –Wakabayashi se echó a reír–. Lo bueno es que ustedes aseguraban que sólo eran amigos.

–        Sólo somos amigos –replicó Elieth, apresuradamente, mientras que de fondo se dejaba oír una risa que se parecía mucho a la del Káiser de Alemania.

–        Vaya, no sabía que los amigos se iban de viaje juntos a un carísimo destino vacacional –se burló Genzo–. Usen protección, por favor.

–        ¡Idiota! –siseó Elieth, enojada–. ¡Ya no te voy a enviar dinero, a ver cómo le haces!

–        ¡Era broma! –El portero no podía dejar de reírse–. ¡De verdad que lo necesito!

 

            Tras unas cuantas bromas más, Elieth le pasó a Genzo la dirección en donde se encontraba el edificio de departamentos a donde debía dirigirse. La joven le aclaró que el apartamento en el que él se quedaría sería el 7-B y que las llaves y el dinero se los entregarían en el 7-A. Wakabayashi agradeció una vez más antes de colgar y dirigirse al estacionamiento a recoger su automóvil. Cuando estaba por subirse al mismo, el conserje del edificio le pidió que tuviera cuidado pues vio a un gato meterse dentro del motor.

 

–        Es un animalito sin hogar que lleva días rondando por aquí –explicó el hombre–. Es común que se metan en los motores de los carros cuando hace frío así que debe de andarse uno con cuidado para no matarlos.

–        Ya veo –respondió Genzo–. Gracias por el aviso.

            El joven se acercó entonces al cofre y lo abrió, encontrando una bola de pelos negros que lo miró con unos profundos ojos verdes. El gatito era pequeño y se notaba que no había comido bien últimamente pues le maulló a Genzo con desgana.

 

–        Éste no es un buen lugar para ti, amigo. –Wakabayashi se estiró para tomarlo; al hacerlo, el gato se removió y maulló una vez más–. ¿Es cierto que tú también estás sin hogar?

 

            El minino continuó maullando sin parar, como si estuviese contándole todas sus penurias al portero. Éste sintió una inexplicable lástima por el animalito abandonado y tomó una decisión sorprendente, pues a él siempre le habían gustado más los perros.

 

–        Supongo que debes de tener hambre –dijo Genzo, mientras abría la puerta de su BMW para acomodar al gato negro en el asiento del copiloto, en donde él había dejado olvidada una chamarra–. Ven, únete al club de los que estamos sin hogar.

 

            El gatito dio dos o tres vueltas sobre la chamarra de Genzo, tras lo cual se acurrucó y lo miró con sus ojos verdes. Wakabayashi suspiró y encendió el automóvil para salir del lugar, resignándose al hecho de que, por el momento, ya tenía un gato. Como el hambre estaba ocasionando que comenzara a dolerle la cabeza, Genzo se detuvo en una tienda de comestibles y con los pocos euros que le quedaban compró algo para comer y un bote de leche para su nuevo amigo. Ya cuando tuviera más dinero conseguiría comida más sustanciosa pero por el momento tendrían que conformarse los dos con eso. Una vez hechas sus compras, Wakabayashi se dispuso a comer junto a un parque, recargado contra el automóvil, mientras el gato lamía la leche con avidez de un plato de plástico. Genzo no tenía idea de qué iba a hacer con el animalito pero se dijo que no podía dejarlo en la calle por un sentimiento de solidaridad así que esperaba que la amiga de Elieth no pusiera mala cara por verlo llegar con el gato.

 

Casi una hora después de que hablara con la chica Shanks, Genzo se encontró al fin en la dirección que ella le pasara. El joven dejó el automóvil en el cajón de estacionamiento que correspondía al 7-B y tomó su maleta, su chamarra y al gato, tras lo cual se dirigió hacia la recepción para avisarle al portero (que cuida puertas, no porterías) de su llegada; el hombre le preguntó su nombre y al confirmar que sí estaba programada su visita lo dejó pasar. Mientras iba en el ascensor, los ojos comenzaron a cerrársele de sueño a Wakabayashi pero se dijo que en cuanto tuviera las llaves se echaría a descansar un buen rato para después hacerse cargo de todo lo demás, incluyendo eso de encontrarle más comida a su nuevo amigo.

Los departamentos 7-A y 7-B estaban ubicados en el último piso, uno frente al otro. Si bien la construcción no era de excesivo lujo como lo era el edificio de Genzo, sí era elegante y estaba pintada en colores suaves que le daban un aspecto acogedor al pasillo que conectaba ambas viviendas. El joven se acercó entonces a la puerta del 7-A y tocó con fuerza en un par de ocasiones; tras lo que le parecieron unos pocos segundos, le abrió una joven morena de ojos oscuros, cuyo largo cabello castaño estaba recogido en una coleta baja. Ella le sonrió con confianza y seguridad y él, sin saber por qué, se sintió repentinamente avergonzado.

 

–        Guten tag –saludó Genzo, siendo consciente de que debía verse fatal y quizás también hasta olía fatal, gracias a las horas de viaje y a su largo peregrinar–. Soy Genzo Wakabayashi, amigo de Elieth Shanks. Ella me ha dicho que pase aquí a recoger las llaves del departamento de enfrente.

–        Claro, Wakabayashi, te estaba esperando –contestó la muchacha, muy sonriente y cordial. Ella salió del apartamento 7-A y cerró la puerta tras de sí, después de lo cual echó a andar hacia el 7-B para abrirlo e invitar a Genzo a entrar–. El departamento de Leo tiene todo lo que puedas necesitar, recién se acaba de asear hace un par de días así que debe de seguir en buenas condiciones.

–        Gracias –dijo Wakabayashi, entrando al lugar junto con el gato, al que seguía llevando en brazos.

–        Las cuentas de los servicios están pagadas así que no te faltará nada –continuó la chica, como si estuviese rentando el lugar–. Tiene televisión por cable e Internet, los cuales se comparten con el departamento en el que estoy y también hay refrigerador, horno de microondas y su estación de colada con lavadora y secadora. No te va a faltar nada, aquí estarás bien.

–        Eso espero. –Él le sonrió tímidamente y suspiró.

 

El lugar era acogedor y se notaba que había sido decorado por un hombre con buen gusto: paredes de colores sobrios, muebles oscuros y prácticos, cuadros con fotografías a blanco y negro que mostraban escenas deportivas o de paisajes europeos; además, el lugar olía a naranja y cedro, una combinación bastante agradable para las fosas nasales.

 

–        Por cierto, Eli me pidió que te diera esto. –La joven le ofreció un sobre, el cual Genzo tomó al creer que se trataba del dinero. Al ver al gato, ella añadió–: Aunque no me dijo que ibas a traer una mascota.

–        Espero que eso no sea problema –comentó Wakabayashi, frunciendo el ceño.

–        No, para nada, pero de haberlo sabido habría conseguido comida para gato –negó la muchacha, con tanta naturalidad que él le creyó.

–        No te preocupes, ya comió y después le compraré algo más consistente. –Genzo le sonrió con más confianza, al notar que en los femeninos ojos color chocolate había todo menos recelo.

–        De acuerdo. –La muchacha asintió y lo miró un momento con actitud pensativa antes de continuar–: Espera un momento, creo que tengo algo que te puede servir.

 

La joven salió del lugar y regresó a los pocos minutos con una bandeja cubierta en las manos, de la cual emanaba un sabroso olor. Ella se la ofreció a Genzo y éste la tomó con la mano que tenía libre. El minino, al percibir el aroma, se puso a olfatear el aire con inquietud contenida.

 

–        Hace rato encargué comida y sobró bastante –explicó ella–. Puedes comértela, seguro que te gustará.

–        ¿No es para ti? –Genzo alzó las cejas en un gesto interrogativo.

–        Sí y no –bufó la chica, frunciendo el ceño–. Había encargado comida para alguien que me dejó esperando pero como estoy segura de que ya no vendrá, puedes comértela pues yo ya he tomado mi porción.

–        De acuerdo. –Él la miró con curiosidad–. Has sido muy amable conmigo a pesar de que no me conoces, señorita, te estoy agradecido en verdad.

–        Eres amigo íntimo de Eli y de Karl, eso es suficiente para que te trate bien –respondió la muchacha, cálidamente–. Ella me ha contado además que no has tenido un buen día y sé lo que es eso. A veces, en situaciones así lo único que uno necesita es que alguien sea amable contigo y te dé de comer para sentir que el mundo no es tan miserable.

–        Eso es exactamente lo que tú has hecho conmigo –replicó Genzo, sonriendo por tercera ocasión en ese día pésimo–. Pero sigo sin saber tu nombre.

–        Me llamo Lily –aclaró ella, sonriendo–. Cualquier cosa que necesites estoy en el departamento de enfrente. Por las mañanas trabajo y a veces también por las noches pero puedes aventar una nota por debajo de la puerta.

–        De acuerdo, Lily. –Él pronunció su nombre muy despacio, pues todavía batallaba con la pronunciación de la letra “L” aunque llevara años viviendo en Alemania.

–        Me voy para que descanses –se despidió Lily, no sin antes acariciar la cabeza del gato–. Guten tag.

 

Wakabayashi había tenido toda la intención de comerse la comida de la bandeja en cuanto Lily se marchara, pero una vez que estuvo a solas le cayó de golpe el cansancio acumulado. Él maldijo una vez más a los años que estaba por cumplir y se dirigió hacia la habitación, en donde se dejó caer sobre la cama tendida, quitándose únicamente los tenis. El gato se subió tras él, dio vueltas por aquí y por allá y al final acabó echándose junto a sus piernas. Genzo se quedó dormido casi de inmediato, no sin antes pensar que Lily tenía unos ojos color chocolate realmente hermosos.

 

Me miraste y atrapaste mi corazón…

Notas finales:

–        Para las fechas en las que ocurre este fic todavía debería de estarse jugando la Bundesliga pero yo modifiqué eso por cuestiones de trama.

 –        Éste es el fanfic que escribo todos los años para el cumpleaños de Genzo Wakabayashi, el cual se celebra el 7 de diciembre. Al igual que como hice el año pasado, dividí este fic en varios capítulos porque me quedó muy largo, los cuales iré publicando cada determinado tiempo.

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