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La mirada de los inocentes por BolaZ

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Detestaba estar sumamente controlada por su madre; a la tierna edad de seis años, ya tenía un pensamiento bastante lógico y maduro, seguramente, debido a los acontecimientos que había presenciado cuando era más pequeña aún. Aunque era consciente de que era una niña pequeña, odiaba tener que escuchar a su madre repetirle una y otra vez que debía llevar su cabellos largo y fino bien peinado, sin tirones, sin parecer una salvaje, como la llamaba su madre infinidad de veces. Pero ella jamás caía en la cuenta de que debía ser un poco más coqueta, pues, simplemente, era una niña, no le importaba ni su aspecto. Pero aquel no era el caso de su madre.


Se encontraban en la sala de estar, con la luz del día asomándose por aquel enorme ventanal, arrodilladas en el suelo; Senya bostezaba mientras sentía el peine pasar por todo su cabello y cómo las manos finas y delicadas de su madre le acariciaban cada uno de aquellos cabellos que se escapaban. A penas hablaban, al menos, por las mañanas, pero aquel día era diferente. Diferente para Senya.


—      Te he preparado algo muy rico para que te lleves a la Academia. No quiero que pases hambre tu primer día de clase— dijo Hwasa, con su voz dulce, con aquella ternura que Senya jamás había sentido con nadie más; ella, simplemente, asintió—. A ver. Mírame— con su dedo índice en la barbilla de Senya le hizo girar su pequeño, fino y perfecto rostro de niña—. Estás perfecta. Pero, ¡sonríe! Hoy es un día especial para cualquier ninja…


—      Estoy contenta, mamá— dibujó una pequeña sonrisa en su rostro—. Pero estoy algo cansada…—volvió a bostezar—. ¿No es un poquito pronto?— su madre se levantó ayudándose de un bastó que, normalmente, llevaba con ella a todas partes; Senya observó cómo le costaba hacerlo, por lo que la ayudó inmediatamente.


—      Ve a la cocina y coge lo que he dejado encima de la mesa. Te espero aquí para salir juntas hacia la academia, ¿de acuerdo?— dijo Hwasa, mientras Senya asentía y salía disparada hacia la cocina.


Mientras la pequeña abandonaba la sala de estar, Hwasa descansó sobre el pequeño asiento de debajo de la ventana. Apoyó ambas manos en el pomo del bastón y lo miró fijamente durante un par de segundos; después, su instinto le decía que debía mirar hacia la derecha, donde estaba aquella cómoda de madera oscura y donde, como siempre, había algunas fotos de sus familiares, lejanos y cercanos, así como los símbolos de la unión de dos clanes legendarios. Se acercó a aquel pequeño rincón de la casa, en el cual ella creía que había cierta carga de energía de todas aquellas personas que habían formado parte de su vida.


Cogió una de aquellas fotografías, una de las más grandes, sin duda, pero no era lo suficientemente grande como para guardar tanta belleza. En ella, salía su marido, Kinorama, de mirada seria, pero con una sonrisa que podría derretir un glaciar entero; todavía recordaba el día de su boda, aquella unión, aquella alegría. Alegría que se acrecentó aún más con la llegada de Senya a sus vidas. Miró al otro lado de la habitación, donde se encontraba la katana que su marido había heredado de Tobirama, como símbolo de los Senju;  dejó la fotografía en su sitio y volvió su mirada hacia la cómoda, para después coger otra de su hija. En aquel momento, se percató de lo rápido que pasaba el tiempo, ya que ahora Senya tenía seis años e iba a asistir a su primer día en la Academia Ninja.


—      ¿Mamá?— escuchó desde el marco de la puerta—. Estoy lista.


—      Vamos, entonces— dijo ella, abandonando aquel rincón, aunque no por última vez.


Mientras caminaban por las calles de Konoha para llegar a la academia, Senya se dio cuenta de que unos pasos más adelante estaba una de sus mejores amigas: Kento Reiko, una niña, también, de seis años, de cabellos castaños y ondulados y de grandes ojos color miel. Destacaba a la vista que era una niña dulce, amable y perfecta, que sonreía cuando identificó a Senya, corriendo hacia ella. Ambas se abrazaron, pues estaban bastante nerviosas y sus madres las observaban con una pequeña sonrisa inocente en el rostro.


—      ¿Cómo estás, Hwasa?— preguntó Yuko, la madre de Reiko.


—      Ya sabes, Yuko-san— Yuko era un poco más mayor que Hwasa—. Intentando llevar adelante esta vida que nos ha tocado vivir. ¿Cómo estáis en casa? ¿Todo bien? ¿Tu marido?


—      Estamos todos bien. Mi marido está en el trabajo, como siempre— el marido de Yuko trabajaba de administrativo en la oficina del Hokage—. Ya sabes que puedes traer a la niña siempre que quieras, al igual que podemos acercarnos a vuestra casa a pasar el día, de verdad.


—      No importa, de verdad, Yuko-san. Muchas gracias— dijo Hwasa, levantando la mirada y viendo que las niñas ya habían empezado a andar—. Nos dejan atrás. Vamos— habían sido grandes amigas en su juventud y, a pesar de distanciarse debido a los años, todavía seguían con aquella pequeña confianza que se tenían, por lo que Yuko agarró a Hwasa del brazo para ayudarla a caminar.


Mientras se acercaban a la entrada, Hwasa se percató de que parte de la gente que se encontraba allí la miraba. Algunos, estupefactos de ver en lo que se había convertido, otros, sorprendidos de ver y saber que Hyuga Hwasa había tenido descendencia. Sin embargo, aquellos solo eran unos pocos, ya que la gran mayoría de la muchedumbre, que se encontraba aglomerada despidiendo a sus hijos, la miraban con cierta pena. No les culpaba, pero tampoco le importaba que sintiesen eso por ella; no se comparaba en nada a lo que ella había sufrido, no solo físicamente, como era visible, sino, también, mentalmente.


Pero aquello había cambiado y había tenido que luchar contra aquel dolor desgarrador de hacía solo unos años atrás, pues tenía que mostrarle a su hija que, aunque en la vida también había dolor, lo más importante era salir adelante, ser feliz, adaptarse a los cambios y a las diferentes situaciones que la vida iba planteándoles. Por tanto, buscó con su mirada blanca a su pequeña hija; estaba esperándola, junto a Reiko, un poco más apartadas de todas aquellas personas. Al menos, Senya era sensata, pero testaruda como su padre.


—      ¿Estáis preparadas?— les preguntó Yuko; aunque ambas niñas asintieron, Hwasa notó en la mirada de Senya cierto temor, por lo que dejó que Yuko y Reiko se adelantaran a entrar a la academia, quedándose asolas con su hija durante unos minutos.


—      Mamá…¿soy rara?— dijo Senya, algo preocupada.


—      ¿Rara? Anda. Dime por qué piensas eso…— dijo Hwasa, intentando bajar hasta la altura de su pequeña hija.


—      La gente… la gente me mira— confesó Senya—. Y no sé demasiado bien por qué— Hwasa sí lo sabía: por ella, por su marido, por lo sucedido, por la apariencia de su hija, un poco de todo.


—      No importa lo que la gente diga, piense u opine sobre ti, ¿recuerdas? Eres perfecta. Así. Como eres tú, sin cambiar nada, ni un solo tapice de tu personalidad ni de tu apariencia— intentó animarle—. Irá todo bien, cariño. Ya lo verás.


—      Espero que sí... pero, mamá. ¿Puedo preguntarte algo antes de entrar a la academia?— dijo Senya y Hwasa asintió con la cabeza—. ¿Crees que papá tiene algo que ver? ¿Con esas miradas de… lástima?


—      No lo sé, cariño— mintió su madre—. Además, eso no importa ahora. Debes entrar, Reiko te está esperando. Ve— Senya dudó por unos instantes, pero cerró los ojos, respiró hondo y se puso de puntillas para abrazar a su madre—. Qué vaya bien el día, cielo.


—      Gracias. ¡Adiós mamá!— dijo Senya, caminando y despidiéndose de su querida madre.


Junto a Reiko, fueron de las últimas en llegar a la entrada, donde un profesor de cabello negro y bastante alto les esperaba. Llevaba una carpeta con hojas, con todos los nombres de los alumnos que irían a asistir aquel primer año; mientras esperaban en círculo a que el profesor empezara a nombrarlos uno por uno para entrar, Senya notó que uno de los niños que tenía a su lado no dejaba de mirarle el cabello y los ojos.


—      ¿Vas a conjunto?— se burló aquel niño; Senya le dedicó una mirada furiosa, pero se relajó, sabía que hacer enemigos el primer día de clase no sería bueno.


—      Akira Suno— la primera en ser nombrada fue una niña de cabellos oscuros, que asintió y caminó hacia el interior de la academia; estuvieron unos minutos más paradas, hasta que llamaron a Reiko, quien dejó sola a Senya.


Empezaba a ponerse nerviosa, ya que el profesor se aseguraba de que todos estuvieran dentro. Después, volvió a centrarse en los alumnos que quedaban, hasta que solo quedaron dos. Con sus ojos blancos de tono púrpura, vio que el niño que se encontraba a unos pocos pasos de ella, tenía el cabello negro, oscuro, al igual que sus ojos. Este también la miró, sintiendo algo de curiosidad por Senya, pero ella apartó su clara mirada de la suya, ya que no quería que nadie más la mirara ni opinara sobre su aspecto. Sin embargo, aquel niño parecía no importarle qué clase de aspecto tenía ella, ya que dibujó una pequeña mueca en su rostro cuando Senya desvió sus ojos hacia otro lado.


—      Senju… Senya— el profesor nombró su nombre—. Y… Uchiha… Itachi.


Automáticamente, ambos se miraron de nuevo. A la mente de Senya llegó un leve recuerdo de su padre y cómo él explicaba el odio que su padre tenía hacia los Uchiha. Se sintió bastante mal por recordar aquello, pues no debía juzgar a nadie sin antes conocerle. También sabía que los Uchiha habían sido un clan poderoso, de hecho, seguían siéndolo, pero una parte de ella rechazaba cualquier tipo de relación con una persona de aquel clan, por todo lo que había escuchado sobre aquellas historias antiguas, que seguían recientes en la actualidad.


Entraron juntos a clase, sin dirigirse una palabra, y tomaron asiento uno al lado del otro, como les correspondería hacerlo durante el resto del año. No hablaron, pero Senya sí notó ciertas miradas de reojo que le estaban poniendo nerviosa; tras dos horas de explicaciones básicas, algo que ella ya sabía, les permitieron salir un poco para comer y disfrutar del sol. Esperó a Reiko en el pasillo y observó que Itachi salía con las manos en los bolsillos, solitario, sin decir nada a nadie; pensó en hablarle, en preguntarle si quería ir con ellas, pero ni si quiera las miró cuando pasó por delante de ellas.


Una vez en el jardín, Senya disfrutaba del perfecto combo de galletas de chocolate que su madre le había preparado. Reiko no dejaba de hablar de que su compañero de al lado había sido bastante simpático, algo totalmente diferente a lo que había hecho Itachi durante esas largas horas; aunque ella tampoco se atrevió a hablarle, pues el aura que tenía aquel chico era oscura, era curiosa y aquello hacía que Senya no dejara de pensar en por qué. Por qué era así. Echó un vistazo por el jardín, pero no lo ubicó, hasta que giró su cabeza hacia la derecha, por mera curiosidad, encontrándoselo allí.


—      ¡Ah!— dio un grito Reiko, a su lado—. ¡Pero qué susto! ¡No hagas eso nunca más! Es que, ¿acaso eres un bicho raro?— Reiko se levantó del suelo—. Vámonos, Senya. Los demás dicen que es un chico bastante extraño y peligroso, no deberíamos estar con él.


Sin embargo, Senya no podía dejar de mirar a Itachi.


—      Ve… ve tú. Ahora voy— le dijo a su amiga, la cual asintió y se marchó, sin darle importancia a lo que iba a suceder—. Hola… Itachi, ¿verdad?— él asintió, sentándose en el suelo, junto a ella, observando al cielo—. No he tenido la oportunidad de presentarme, soy …


—      Senju Senya. Lo he escuchado antes— dijo él; Senya notó que, para tener seis años, su tono de voz era madura.


—      Sí…— dijo ella, algo nerviosa—. ¿Quieres una?— le ofreció una galleta, a lo que Itachi asintió; Senya observó una oportunidad y la aprovechó—. ¿Por qué te llaman bicho raro? Es el primer día de clase. Ni si quiera te conocen…¿no?


—      No le doy importancia a esa clase de cosas— dijo él—. Aunque, creo que tiene algo que ver con que soy Uchiha Itachi. Uchiha, sobre todo— Senya dibujó una mueca.


—      Pues entonces, solo saben tu nombre. No te conocen. Y, eso, no les da derecho a juzgarte previamente, ¿no crees?— preguntó ella, pero Itachi se encogió de hombros—. Si te sirve de consuelo… yo también soy un bicho raro. Depende de para quién, pero algunos de nuestros nuevos compañeros me han mirado… de una manera… que no sabría demasiado bien cómo explicar. Desprecio, lástima, tolerancia…


—      Lo sé— dijo Itachi—. Pero, no importa nada de lo que ellos piensen, ¿verdad? Le tienen miedo a lo diferente, a lo que no es rutinario y aburrido, supongo— confesó Itachi—. Seguramente, a tu abuelo, Senju Tobirama, no le importaría mucho lo que pensaran de él y de sus actos— aquello llamó la atención de Senya.


—      ¿Cómo sabes que el Nidaime Hokage fue mi… abuelo?


—      Te apellidas como su clan, Senju, y tienes… tienes el pelo de color plata, como dicen que él lo tenía— explicó Itachi—. Pero tus ojos son de los Hyuga, ¿me equivoco?— Senya negó con la cabeza—. Pues, en vez de juzgarte… yo creo que lo que deberían es temerte. Posees sangre de dos clanes legendarios en Konoha…


—      Tampoco quiero que me teman. El miedo… no lleva a ninguna parte— dijo ella—. Aunque algunos piensen que con el terror más absoluto se puede conseguir todo.


—      Tendríamos que averiguarlo para saberlo, pero el ser temidos, como has dicho, no entra en nuestros planes— Itachi se levantó—. Entraré a clase.


—      Todavía quedan cinco minutos— dijo Senya—. Y… Y no tengo a nadie que quiera estar conmigo… Reiko… creo que sus amigos no me van a caer muy bien.


—      Si no lo intentas, no lo sabrás— dijo Itachi, empezando a andar y dejándola allí sola.


Por un momento, pensó en correr detrás de él y alcanzarle, pues había estado a gusto charlando con él. Pero, ¿y si él no quería conversar más con ella? Tampoco quería obligarle, así que intentaría, como le había dicho, hacer migas con los demás niños y niñas que rondaban por allí, aunque no dejara de pensar ni por un segundo en cuán extraño había resultado ser aquel niño de ojos negros. No obstante, sentía que aquel concepto de extraños encajaba a la perfección con lo que eran ellos.

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