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Saga Hasta los huesos 5. El Despertar del Fénix por Chloe_Moony

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Notas del fanfic:

Adaptación de la novela homónima de Lena Valenti.

Notas:

Disfruten de la lectura!!

 

Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

Uno

 

Anteriormente.

Ancient Burying Ground. 

Aparcados en los derredores, los dos saboreamos un frapuccino del Starbucks, con los nervios a flor de piel por lo que estábamos haciendo. Sasuke permanecía como un témpano de hielo, manteniendo la calma y la seguridad que me faltaba. Era el clavo al que me agarraba en aquella locura.

Lo miraba de reojo absorbiendo la deliciosa bebida mientras escuchábamos la música del Bluetooth de mi coche. Entonces, sonaba Helium de Shia.

—¿Seguro que te ha dicho aquí? —me preguntó él. Miré mi reloj y asentí.

—Sí. Todavía quedan veinte minutos para la hora. No te angusties.

Había llamado al segundo teléfono. Por fin había gastado la segunda llamada, y la voz que me contestó fue la de una mujer que en cuanto oyó la palabra «recipiente» musitó un «Oh, Dios mío. Está pasando». Dicho esto, me dijo de vernos a las siete de la tarde, hora del Crepúsculo en el cementerio antiguo de Hartford.

Aquel lugar sereno y lleno de respeto estaba cubierto por enormes árboles que le ofrecían sombra y refugio.

Había aprendido a ver el romanticismo de los campo santos y la verdad era que la muerte también tenía música y poesía.

No sabía a quién debía esperar ni qué, pero al menos me gustaba el modo en que esperaba, al lado de Sasuke.

—¿No has reconocido la voz de esa mujer? —me preguntó.

—Por teléfono no.

—¿Estás nerviosa? —sorbió su frapuccino de café.

—Sí —asentí.

Él me tomó de la mano y la dejó sobre su muslo.

—Tranquila. Yo voy a estar contigo en todo momento. Si la muerte nos lleva, que nos lleve a los dos.

—No digas eso, por favor —le pedí.

Él puso aquella cara de estar gastándome una broma, y me relajé. Tenía ese efecto en mí. En cada una de mis células.

—Tu padre te ha dicho que te quiere —le recordé—. Ha sido bonito.

Él se intentó hacer el duro, aunque sabía lo mucho que le habían emocionado esas palabras.

—Tu padre no es tan duro como crees.

—Puede que no lo sea —no le quiso dar importancia.

—Se veía preocupado por ti.

—Sí.

—Bueno —al ver que no quería hablar de aquello, porque le desorientaba, decidí hablar de su madre—. Me encantó tu familia, Sasuke. Tú madre es increíble. Mikoto tiene un carácter descomunal.

—Sí. Sí lo es —sonrió como un hijo que sentía adoración—. Nunca la vi así. Siempre guardó las formas, aunque yo sabía que no se le escapaba ni un solo detalle. Creo que le va a poner las pilas a mi padre muy rapidito.

—Seguro que sí. Y Suigetsu, cuando se sienta fuerte y empiece a recuperarse, debe hablar con Karin, ¿no crees?

Sasuke apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y suspiró.

—Lo de Suigetsu me dejó totalmente perdido. No lo imaginé. Pensé que era todo por un asunto de competitividad. No creí que... —meditó con incredulidad.

—Las cosas nunca son lo que parecen, ¿verdad? Inclinó la cabeza a un lado y me miró.

—No. Nunca lo son —parecía que intentaba memorizar cada uno de mis rasgos. Como si más tarde quisiera pintarme—. ¿Te das cuenta, Sakura?

—¿De qué?

—¿Te das cuentas de cómo has cambiado mi vida? —me preguntó de golpe, con una intensidad en los ojos fuera de lo común.

Fue algo tan precipitado que dejé de sorber de golpe.

—¿Para bien o para mal?

—Para bien —me dijo—. Yo... tengo algo para ti —se llevó la mano al interior de la cazadora negra Philipp Plein con la calavera en relieve en la espalda y sacó un paquetito envuelto en papel de regalo rojo, con un lazo dorado—. Debí dártelo en tu cumpleaños. Pero entonces no estaba de humor.

—¿No me digas? No lo había notado —repuse con sarcasmo. Sasuke osciló los ojos hacia arriba y me entregó el regalo.

—¿Lo has llevado todo este tiempo ahí?

—Sí. Quería encontrar un buen momento para dártelo. Los muertos no se levantarán de sus tumbas para molestarnos.

—Bueno. Hay de todo —murmuré—. Pero Sasuke... — susurré sin palabras—. No hacía falta que...

—Hago lo que quiero, Sakura —sentenció—. Ahora ábrelo. Retiré el papel y abrí la cajita que tenía una corona preciosa y dorada con el nombre de Nina Queen. En su interior

había una preciosa pulsera con varios abalorios ya puestos. Una mano de fátima, una lupa, una calavera y un corazón. Los charms tenían todo tipo de detalles. Desde piedras preciosas y brillantes a colores de todo tipo, en los que preponderaban los dorados y negros.

—La mano para que te proteja —me explicó—. La lupa porque vas a ser una criminóloga impresionante. Y la calavera y el corazón, porque tienes en tu poder el corazón de un Huesos.

Sus palabras me llegaron al alma. No sabía ni qué decir, nunca había recibido un regalo así. ¿Tenía su corazón? ¿De verdad?

—Tú lo tienes, Sakura —me repitió como si me hubiera leído la mente—. No lo dudes.

—Cuidaré de él —le prometí con nuestros ojos perdidos el uno en el interior del otro.

—Y yo de ti —me contestó.

Tocada y hundida. Le entregué la pulsera y estiré mi muñeca hacia él.

—Pónmela —le pedí.

Me la colocó en la muñeca derecha. Y cuando la cerró y se oyó el clic, me dio un beso en el dorso de la mano, como si fuera una princesa.

—Felicidades, mi cachorrita.

Me mordí el labio inferior, lo tomé del rostro y le di un beso de tornillo que nos dejó a los dos jadeantes y sin aire. Porque era así como me apetecía besarle. Con todo mi cuerpo y toda mi alma.

—¿Qué crees que va a pasar ahora? ¿A quién me voy a encontrar ahí adentro? —susurré acariciándome la mejilla.

—Sea quien sea, Sakura, vamos a ir juntos. Le abracé fuerte y él a mí.

Se acercaba el momento de salir del coche y asistir al lugar exacto en el que había quedado con la desconocida.

Al acabar el día, ya nada volvería a ser igual.

 

***

 

A todos nos llega la muerte en algún momento. Y aquel lugar, repleto de piedras talladas en el suelo, con recordatorios, esquelas y fechas, hablaba abiertamente de ello. Paseaba entre las tumbas con Sasuke a mi lado, que me cogía la mano como el puerto seguro al que me agarraba en aquella marea de emociones que sentía en mi interior.

La desconocida me dijo que me esperaba en la tumba más antigua de todas. La de Timothy Stanly, que databa en el 1648. Sasuke se quedó rezagado pero mantuvo una distancia prudencial conmigo.

Al fondo del caminito de césped, entre lápidas, vi la silueta de una mujer, que tenía la cabeza cubierta por un pañuelo negro que no dejaba ver nada de su pelo.

Vestía con una parca larga marrón, y parecía esbelta. Llevaba pantalones negros y unas botas de tacón tipo amazona de piel oscura.

Cogí aire a cada paso. Había visto muchas películas en las que una mujer de ese tipo, se giraba con un arma con silenciador, y mataba al protagonista.

Esperaba que ese no fuera mi caso.

El olor a humedad y a atardecer me embriagó. Cuando llegué, me detuve a medio metro de su espalda. Ella leía la lápida con las manos ocultas en los bolsillos de su parca.

Parecía concentrada. Eran las siete en punto.

—¿Señora?

La mujer se envaró pero no se dio la vuelta.

—Hábleme del Recipiente —repetí las palabras que me dijo Asuma.

Entonces, la mujer se dio la vuelta lentamente, y cuando me vio, a ambas se nos cayó el mundo al suelo y nos quedamos paralizadas. Ella abrió sus ojos azules con consternación.

—Dios mío, Sakura. No es posible... —murmuró—. No puedes ser tú —me miró de arriba abajo.

Yo fruncí el ceño y sentí que el corazón se me paralizaba.

—¿Tsunade? ¿De qué va todo esto?

Esperaba con mucha paciencia una respuesta. Pero en vez de eso, ella sacó la mano de uno de sus bolsillos y vi que sostenía una carta totalmente sellada. Esta vez, a diferencia de lo que vi en la biblioteca, la mano le temblaba notablemente. Ese sobre parecía no haber sido abierto jamás.

—No puedo decirte mucho por ahora. Antes tienes que leer esto —me entregó la carta.

—¿Qué? ¿Qué significa...? ¿De quién es?

—No estoy segura... —dijo confundida, intentando cuadrar su tetris en la cabeza—. He guardado esta carta desde hace veinte años —me aseguró igual de impresionada que yo—. La persona que me la entregó, me dijo que la guardara, porque llegaría un día en que alguien me llamaría para hablarme del Recipiente. Cuando eso sucediera, yo tenía que entregarle a esa persona esta carta.

—¿Quién te la entregó, Tsunade? —exigí saber presa de sacudidas nerviosas. Tsunade se humedeció los labios y dio un paso hacia mí.

—Mi compañera. Mi amiga. Mary Haruno.

Me sentí fría. Fría y desubicada. ¿Podía ser que...? —¿Qué tiene que ver ella contigo? — continuó.

Cerré los ojos y, de repente, caí de rodillas delante de ella, porque no me sostenían. Me quedé débil. Como si me hubieran arrancado la vida de repente.

—Mary Mebuki Haruno O'Malley-Miller —repetí lentamente. Se me cortó la respiración. Cubrí mi boca con mis manos, y sentí a Sasuke acercándose a mí a toda prisa. Era el nombre completo de mi madre—. Mary Mebuki Haruno O'Malley-Miller. Mi madre —certifiqué acongojada.

Tsunade se llevó la mano al pecho.

—No puede ser... Yo solo la recuerdo como Mary Haruno.

¿Se quedó solo con dos apellidos cuando continuó con sus estudios en Barcelona? ¿Los cambió? ¿Qué hizo? Mi padre la conoció como Mebuki Miller. ¿Por qué en Yale poseía otro nombre? ¿Por qué decidió cambiárselo? Esa era la pregunta que me rondaba por la cabeza. Pero estaba segura que era mi madre, porque el apellido Haruno era irlandés y nada común. Y porque la nuca me hormigueaba como nunca, como si su espíritu me rondara para decirme que sí, que era ella.

—Mi padre conoció a mi madre como Mebuki Miller — dije. Mis lágrimas humedecían el sobre—. Pero su nombre completo era Mary Mebuki Haruno O´Malley-Miller. Nos reíamos de ello por lo largo que era. Su família tenía la manía de conservar los apellidos, a diferencia de otras de Irlanda e Inglaterra. Es... es ella. Hay muy pocas Haruno en el mundo —dije pasando los dedos por el papel envejecido de la carta. La había guardado durante veinte años esperando por una persona que buscara información sobre un «recipiente».

—No sé qué decirte, Sakura —me dijo—. Ella era mi mejor amiga. Y me dejó esta carta para... para ti, parece ser —estaba tan sorprendida como yo—. ¿La vas a abrir? —me urgió nerviosa.

Miré hacia atrás. Sasuke tampoco comprendía nada, pues lo había oído todo, pero él también tenía algo que decirme, por increíble que pareciese.

—¿Sasuke Uchiha? —se preguntó Tsunade extrañada. Entrecerró los ojos. No entendía nada— ¿Qué haces aquí?

Todo se precipitaba a una velocidad de vértigo. Como en las mejores películas. Como en los mejores thrillers.

—Sakura —él posó su mano en mi hombro y, sin más, me enseñó la pantalla de su móvil. En ella había escrito:

De: Padres de Konan

Querido Sasuke, nos alegra decirte que Konan, por fin, ha despertado. Ya ha abierto los ojos.

 

***

 

En la Tumba.

A la misma hora. 

Ellos siempre creyeron ser hombres de palabra. Creyeron hacer lo correcto. Dentro de su mundo, eran seres con privilegios, pero para ello debían prestar sus servicios a la sociedad Bones.

Ahora, la sociedad Bones les había traicionado.

Habían jugado con sus inversiones, les habían dado la espalda y les mantuvieron engañados y desinformados sobre la Luz. Como siempre sucedía, solo unos pocos movían los hilos. Y ellos no eran hombres a los que les gustara que nadie les pasara por encima. Los veinte maeses que residían en Connecticut y que estaban al corriente de todo lo que sucedía gracias a la información de Fugaku Uchiha, se habían unido para cerrar la Tumba. Para enterrarla para siempre.

Todos formaron un círculo en la sala central. Poseían una antorcha en las manos. En el centro del círculo, cada uno había depositado su anillo Bones. Veinte alianzas con calaveras que para ellos, ya no tenían ningún sentido.

Uno de los maeses roció toda la sala y los subterráneos con líquido inflamable. Iban a acabar con todo, y a demostrar a las arcas superiores, que la fraternidad de Huesos y Cenizas se disolvía si no había coalición y no se actuaba en base a unas normas morales que la presente Cúpula, con Josh Klue a la cabeza, había violado.

Fugaku fue el primero en lanzar su antorcha contra la librería de la Tumba. El fuego prendió a gran velocidad. Uno a uno, los maeses rebeldes que habían decidido acabar con la fraternidad, fueron haciendo lo mismo y siguiendo los pasos de Fugaku.

Ser Bones no debía significar ser corrupto y malintencionado. Ser Bones no tenía por qué ser irresponsable con el poder que se otorgaba ni abusivo con él.

Aquella, fue su manera de decir basta. De cortar con todo.

Los veinte maeses salieron ilesos de la Tumba, a través de sus pasadizos secretos, con una idea en mente: que los cuatro maeses de la Cúpula se hicieran cargo de lo que acababa de pasar. Si ellos querían representar aquella rama casi fascista de los Huesos, que lo hicieran. Si querían guiarse por dioses, entonces que dejaran de contar con los demás maeses que se consideraban todavía humanos.

Ahora era momento de dejar la Tumba en Llamas.

Notas finales:

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