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De regreso a ti por Brianda Escocia

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PRÓLOGO

El sol de la mañana la iluminó cuando salió de la cabaña. Por primera vez en sus 24 años de vida que se había levantado tarde. Movió la cabeza hacia los lados para buscar al hombre que se había convertido en su esposo unos meses atrás, pero no lo encontró. ¿Dónde se habría metido? Se cogió la barbilla para pensar el lugar dónde podría estar, pero unos brazos rodeándole la cintura, la distrajeron. No lo había oído llegar, pero, aun así, sonrió. Colocó sus manos sobre la de él y luego apoyó su espalda en su pecho. Esas manos callosas por el trabajo con la tierra y la espada, sólo podía pertenecerlas a un hombre; al único que la había tocado y le acariciaba cada noche. Notó como la barba de su esposo le hacía cosquillas en la mejilla cuando él le besó en ese lugar. Sin previo aviso, él la cogió en brazos provocando que ella soltara un pequeño grito de sorpresa. Luego, él comenzó a dar vueltas mientras que ella reía. Pocos minutos después, él la dejó de nuevo en el suelo, puso sus manos sobre las mejillas y le besó en los labios, al cual ella correspondió con una sonrisa. Cuando se separaron y se miraron a los ojos, él le acarició la mejilla y le dio un pequeño beso en la nariz.

-God dag!, mi cielo – le dijo él sonriendo.

-God dag!, mi amor – se puso de puntillas y le besó en los labios de nuevo. – ¿Me he levantado muy tarde?

-Un poco, pero no quería despertarte – se separaron, pero siguieron mirándose a los ojos. – Estabas tan hermosa que me daba pena despertarte.

-Pues deberías haberlo hecho, Gunnar – se puso las manos en las caderas. – Hay mucho trabajo como para que lo hagas tu solo.

-Lo he estado haciendo antes de desposarme contigo, Sigyn. Esto ha sido mi vida siempre.

-Pero, Gunnar… – se calló al ver que le miraba sonriendo levemente. – Está bien. Aunque ya te he dicho muchas veces que deseo ayudarte, para que no tengas tanto trabajo. Además, Rollo me dijo que os marchareis dentro de dos días hacia donde el Rey Jarl Borg – Gunnar le rodeó la cintura con ambos brazos y ella puso una mano sobre su torso. – Ese hombre no me gusta… Por favor, no vayas.

-Tengo que ir. El Jarl Ivar cuenta con que vaya en su lugar y mantenga la paz entre nuestras gentes.

-Puede ser una trampa, Gunnar – escondió el rostro contra el pecho de su esposo.

El guerrero vikingo besó el cabello rubio de su esposa y la atrajo más hacia él. Gunnar también tenía la sensación de ser una trampa, pero debía ir. Odiaba dejarla sola, por si un hombre quería hacerle daño o robársela. Si aquello pasara, se volvería loco. Sigyn, por el contrario, temía que él muriera en la batalla. Le agarró más fuerte de la camisa amplia que llevaba todos los días para las labores de la granja con los ojos cerrados. De pronto, notó como él deshacía el abrazo y, cuando se giró, vio a una mujer menuda y de contextura delgada. Tenía el caballo entre cano, recogido en una trenza que descansaba sobre el hombro. Sus ojos eran verde musgo. Sus manos parecían huesudas, pero fuertes. Esa mujer sonrió mostrando unos dientes blancos. Gunnar se le acercó mientras Sigyn los veían alejada. Intuía quién podía ser, pero deseó dejarles intimidad antes de que le presentase a esa mujer. Él la abrazó con cariño y ambos permanecieron abrazados durante varios minutos.

-Sigyn, ven – le pidió él a su esposa. Ella se acercó hasta ponerse al lado del guerrero. – Ella es Eyra. Es como una segunda madre para mí. Eyra me cuidó toda mi infancia – le dijo a la joven. – Eyra, te presento a mi esposa, Sigyn.

-Al fin conozco a la mujer que crio a este gigante – comentó Sigyn divertida.

-Sí, esa misma soy yo. Fueron días muy difíciles – bromeó Eyra, haciendo que Gunnar arquease una ceja. – Aun así, era un niño muy bueno… hasta que se empezó a interesar por las armas.

-Me encantaría conocer un poco más al Gunnar de niño – dijo mirando a su esposo.

- ¿A qué has venido, Eyra? – Interrumpió la conversación entre las mujeres. Sigyn puso los ojos en blancos al oírlo.

-A verte. Sino vengo yo, tú no vas a verme y no puedo evitar preocuparme por ti – le regañó con cariño Eyra.

-Gunnar se marchará dentro de dos días. ¿Por qué no te quedas hasta que él vuelva? Así no me sentiré sola ni lo estaré – le propuso la joven con una sonrisa y luego miró hacia Gunnar. – ¿Te parece buena idea?

-Una magnífica idea – contestó él mirándola con cariño.

El sonido de un cuerpo hizo que los tres mirasen en dirección hacia el hundred. El guerrero se separó de su esposa y les ordenó, a ambas, que entrasen dentro mientras que él se dirigía hacia la plaza del asentamiento. No vivían muy lejos, pero estaban apartados para tener cierta privacidad. Mientras que él averiguaba qué ocurría, Eyra y Sigyn se adentraron en la cabaña. La más joven se acercó al hogar y atizó las ascuas para avivar el fuego. Echó otro tronco de leña para mantener caldeado el interior. Eyra, en cambio, la observaba con detenimiento. La mujer mayor guardaba un secreto que solamente ella y el padre de Gunnar sabían y que no estaba dispuesta a revelar a nadie, ni si quiera a la persona que le afectaba de lleno. “Parece una gran chica y se nota que lo ama” pensó Eyra sin quitar ojo sobre Sigyn. Sin embargo, cuando vio que la muchacha cerraba los ojos, se aproximó preocupada. La sostuvo antes de que cayese al suelo y la ayudó a que se sentara en uno de los asientos con cuidado. Sin pensarlo, fue a la mesa principal para coger un vaso que llenó de agua. Se lo hizo beber a pequeños sorbos. Luego, Sigyn cerró los ojos durante unos segundos antes de volver a abrirlos y le sonrió.

-No le digas esto a Gunnar. Se preocuparía y ya tiene mucho trabajo con ser el hersir – le pidió.

- ¿Llevas mucho tiempo así? – Le preguntó Eyra.

-Unos días. Intento estar bien delante de él – bebió un poco de agua.

-No quiero ser indiscreta, pero me he dado cuenta que no hay ningún niño… ni si quiera he escuchado el llanto de un bebé – comentó la mujer y Sigyn entrecerró los ojos, ladeando la cabeza hacia un lado. – ¿Cuánto tiempo lleváis casados?

-Seis meses – la miró. – Sé que ahora debería llevar un niño en mi vientre, pero… por alguna razón, no me he quedado encinta. Temo no poder darle hijos a Gunnar y que se busque a otra mujer que se los dé.

-Él no hará eso. Por lo que he podido ver, él está muy enamorado de ti… y por lo que veo, tú de él también – le cogió de las manos. – No debéis tener prisa. Sois recién casados.

De repente, Sigyn se tuvo que levantar y buscar una palangana donde vomitó. Al cabo de unos minutos, dejó de echar la cena de la noche anterior. Eyra le había cogido el pelo para que no se le manchara. La joven no entendía qué era lo que le ocurría a su cuerpo desde hacía algunas jornadas. Tampoco le había contado a su esposo que llevaba unos días de retraso de su menstruación. Más bien, había contado los días que le quedaban para estar junto a Gunnar antes de su partida. Con ayuda de Eyra, Sigyn volvió a sentarse frente al fuego y continuaron hablando cuando el guerrero vikingo entró en la cabaña. Se le veía cansado al sentarse junto a su esposa. Le cogió la mano y se la besó con cariño. Durante unos segundos, Gunnar se quedó mirando esos extraños, pero hermosos ojos violetas. Al percatarse que sus ojos reflejaban cansancio, le preguntó:

- ¿Estás enferma?

- ¿Eh? No, claro que no. ¿Por qué lo preguntas?

-Tus ojos no me dicen lo mismo – dijo él mirándole fijamente.

-Estoy bien, de verdad – le puso una mano en la mejilla y se la acarició. – No te preocupes. Pero, en cambio, tú…

- ¡Gunnar! – Se escuchó fuera de la cabaña, interrumpiéndola. – ¡Hersir Gunnar!

-Ve, te necesitan – le dijo ella con pequeña sonrisa.

-Cuídala – le pidió a Eyra. La mujer asintió con cariño hacia el guerrero. – Volveré pronto – su esposa asintió.

A la mañana siguiente, Sigyn se despertó peor que el día anterior. Pasó todo el día en el lecho sin poder levantarse y durmiendo todo el día. Por la noche, Eyra tenía algunas dudas sobre lo que podía ser y Gunnar no se separó de su esposa por miedo a que alguna enfermedad se la estuviese arrebatando. Al siguiente día, al ver que Sigyn se había levantado bien y aprovechando que el gigante estaba en la aldea comprando algunos pescados para la comida, Eyra le hizo un examen bajo la extraña mirada de la joven violeta. No pudo evitar abrir los ojos cuando la mujer le dijo su estado. Sus ojos se llenaron de lágrimas y se tapó la boca con las manos. Aquello era una buena noticia. Sin tiempo que perder, Sigyn corrió hasta la aldea. Lo encontró en un puesto de pescados salados y se colgó su cuello por la espalda. Gunnar, que no se esperaba aquello, pegó un respingo, pero, cuando giró la cabeza hacia un lado y notó el beso en la mejilla, sonrió. El olor a lavanda que desprendía aquel cuerpo, sabía a quién pertenecía. Notó como las piernas de su esposa le rodeaban la cintura. El hombre del puesto de pescado rio al ver la escena. Todo el hundred conocía a la esposa del hersir y sus extraños ojos, mas era tan dulce que era imposible que cayera mal a nadie. Ella se bajó de la espalda de su guerrero y esperó a que él se diera la vuelta.

-Deberías venir más veces por el asentamiento, Sigyn – le dijo el pescadero. Ella le miró ladeando la cabeza. – La gente desea verte más por aquí.

-Me gusta más estar en la granja. Allí siempre hay cosas que hacer – agarró el brazo de su esposo y lo miró. – Será mejor que volvamos. Prometo que volveré, Horik – le dijo al hombre mayor mirándolo.

-Te tomo la palabra, Sigyn – comentó divertido el hombre. Ella le mostró una sonrisa antes de girarse.

Se despidieron y la pareja de recién caminaron de vuelta a su cabaña felices, bajo la afectuosa mirada de los aldeanos. Sigyn tenía algo que decirle y no veía el momento de hacerlo y no podía dejar de sonreír. Aquello llamó la atención de Gunnar, pero decidió esperar a que ella se lo dijese. También estaba feliz de verla fuera del lecho, ya que había estado muy preocupado por su salud. Ella le miró y sonrió después de morderse el labio inferior. Se pegó a su brazo pensando en cómo sus vidas cambiarían en unos meses. Pero también se imaginaba cómo sería y si se parecería a Gunnar o a ella. Lo volvió a mirar y se imaginó a Gunnar siendo padre. Antes de llegar, ya nerviosa por la reacción de su esposo, se detuvo delante de él impidiéndole que continuase su camino. Se cogió las manos y soltó:

-Estoy encinta, Gunnar.

- ¿Cómo? – Murmuró sorprendido.

-Estoy esperando un hijo. Un pequeño Gunnar viene en camino, amor mío – le anunció con las manos sobre el vientre. Él la miraba con los ojos bien abiertos, emocionado. – Cuando te has ido, Eyra me lo ha dicho.

- ¿De…verdad…vamos a tener un hijo? – Habló como pudo.

-Sí – contestó sonriendo.

Gunnar, de pronto, dejó caer las lágrimas de sus ojos, se puso de rodillas frente a ella y colocó su frente en el vientre de su mujer. Ella sabía los deseos de Gunnar por formar una familia. Su madre no lo había querido en ningún momento y tampoco había recibido cariño por parte de su padre. Aquello no lo había entendido durante su infancia y, ahora que era un adulto, seguía sin entenderlo. Su madre siempre lo había tratado mal y había mirado siempre por el bienestar de su hermano pequeño. La única persona que lo había querido había sido Eyra, a la cual quería como una madre. Eyra siempre había estado ahí para él. Por eso, siempre deseó tener muchos hijos, a los cuales los querría a todos por igual y jugarían con todos ellos. Sigyn acarició la melena castaña con mimo, aguantándose las ganas de llorar que le habían dado al verlo de aquella manera. Se separó de él para ponerse de rodillas frente él y le acarició las mejillas, a la vez que le limpiaba las lágrimas. Sin previo aviso, él se levantó, llevándosela consigo, le abrazó por las piernas y comenzó a dar vueltas mientras gritaba feliz. Los demás aldeanos se asomaron para saber por qué su hersir gritaba de aquella manera. Fue en ese momento cuando anunció el estado de buena esperanza de su esposa, abrazándola todavía de las piernas, a pesar de las súplicas para que la bajase.

Esa noche, tras celebrar con todo el hundred la buena noticia, Eyra, Sigyn y Gunnar se encontraban solos en la gran cabaña del hersir. Estaban sentados frente al hogar. El guerrero vikingo no paraba de tocarle la barriga y acariciársela, incrédulo por la fantástica noticia. Tampoco paraba de hablarle, haciendo que las dos mujeres se rieran. Eyra lo miró con ojos tiernos, mientras que Sigyn se reía por la actitud de su esposo. Sigyn le puso una mano en la mejilla y se la rozó con las yemas de los dedos. Eyra los observó con detenimiento. “Me alegro de que hayas encontrado a tu alma gemela” pensó la mujer mayor sin dejar de mirarlos con una sonrisa en los labios. Aun así, había algo que le producía mucha curiosidad. Y aquello era…

- ¿Puedo hacerte una pregunta, Sigyn?

-Claro, Eyra – respondió la muchacha mirándola.

-Tus ojos… ¿Por qué tienen ese color tan extraño? – Sigyn entrecerró los ojos al oírla y suspiró.

-Según me contó mi padre fue por una maldición. Cuando mi madre estaba encinta, un hechicero del oeste le dijo que el fruto de vientre sería el causante de…

-Eyra – la interrumpió Gunnar con el semblante adusto. – A Sigyn no le gusta hablar de ello.

-No pasa nada, Gunnar. Debe saberlo. Tú mismo me has dicho que ella es como tu madre – le dijo ella con una sonrisa y una mano sobre el brazo de él. – Según dijo aquel hechicero, yo seré la causante de una gran guerra y de muchas muertes. Por eso mi padre no me desposó antes. Bueno, por eso y porque me prometió que sólo me desposaría con el hombre a quien yo amase. En esta época es extraño, pero mi padre accedió ya que fue la última voluntad de mi madre.

- ¿Tú madre está…? – Sigyn asintió. – Cuánto lo siento. No debí preguntar.

-No te preocupes – miró hacia Gunnar y sonrió. – A Gunnar no le importa y se desposó conmigo sabiendo eso – le cogió de la mano.

-Me desposaría contigo una y mil veces, Sigyn – le aseguró él.

-Y yo contigo, mi guerrero – le susurró ella.

 

Se enderezó después de haber estado varios minutos echada hacia adelante mientras recogía las cebollas. Desde que estaba encinta, la espalda le dolía cuando pasaba mucho tiempo en esa postura. Llevaba tres meses sin Gunnar y deseaba que regresase pronto. Lo echaba de menos. No pudo evitar tocarse su vientre, donde crecía su pequeño guerrero. Inconscientemente, se giró hacia el hundred y se sorprendió al ver una comitiva acercándose. Se limpió las manos en el delantal, mientras esperaba a que llegasen hasta ella. Eyra se aproximó a la joven y esperó junto a ella. Algo le decía que ese hombre no venía con buenas intenciones. Cuando la comitiva se detuvo frente a las mujeres, el que iba a la cabeza se bajó del caballo de un salto. Era un hombre alto, con el cabello bastante largo recogido en trenzas hechas desde la raíz y recogidas por un cordón atrás. Su nariz era algo ganchuda, su boca larga y mostró unos dientes blancos cuando sonrió de medio lado y la miró de arriba abajo. Aquello le produjo a Sigyn un escalofrío por toda la espalda, pero no se achantó. Pese a eso, podía afirmar que era un hombre muy apuesto. Sus ojos tenían un color oliva claro y pestañas negras tupidas. A pesar de su puesto, que le hacía pensar que podía ser algún noble por las ropas que llevaba puesta, conservaba un buen cuerpo de guerrero, con la espada ancha y las piernas largas. Sus ojos eran tan negros como la noche cerrada.

-Veo que los rumores eran ciertos – comentó el hombre acercándose. – Eres tan hermosa como dicen. Incluso tus ojos.

- ¿Quién eres? – Preguntó Sigyn dando un paso hacia atrás. No era por miedo, pero algo le decía que tuviera prudencia con ese hombre.

-Tu Jarl. Soy el Jarl de estas tierras, Ivar – se preguntó él y sonrió de medio lado. – ¿Cómo te llamas?

-Sigyn – respondió escurridiza.

-Amiga de la victoria – tradujo él. – Bonito nombre.

–Mi esposo no está…

-Lo sé, yo mismo le mandé una misión falsa para que no estuviera cuando decidiera hacerte una visita – Sigyn abrió los ojos, sorprendida. – Quería conocer a la dueña de los ojos violetas. Y ver, por mi propia cuenta, lo hermosa que eras.

-Gracias por el cumplido, pero no creo que debió hacer un largo viaje para ver a una mujer casada – discrepó ella.

-Esta noche me quedaré en tu cabaña.

-No creo que sea conveniente que se quede en casa de una mujer que está sin su esposo. Las malas lenguas podrían…

-La Ley de Hospitalidad te obliga a acogernos, mi señora – Sigyn apretó los puños. – Debes saberlo bien. Eres hija del Jarl Holger, del sur – Sigyn le miró sorprendida y preocupada a la vez. – Tu padre debe recibir muchas visitas – sonrió maliciosamente cuando vio que ella empezaba a temblar. – Tu padre está mayor y su hijo Einar, tu hermano, no tardará en sucederle. No me hagas mandar a un ejército a atacar tu antiguo hogar.

 

Rollo, Ubbe, Eirík y Gunnar regresaban al asentamiento tras tres meses de un absurdo viaje. Cuando habían llegado a las tierras del Rey Jarl Borg, todo estaba bien. Al enterarse que aquel desplazamiento había sido una mentira y una pérdida de tiempo, decidieron regresar a casa lo más pronto que pudieron. Por suerte, el regreso había sido rápido y habían tardado sólo unos pocos días en volver al hundred. Gunnar tenía muchas ganas de ver a su esposa y acariciarle el vientre. Pensar en su hijo o hija le hizo sonreír. Deseaba que naciera pronto para tenerlo o tenerla en sus brazos. Durante el viaje de vuelta, y más desde que sus amigos supieran sobre el estado de buena esperanza de la esposa de su amigo, no pararon de meterse con él. Pero el hersir no les hizo caso. En más de una ocasión, los amenazó con que a ellos les llegaría el momento de estar en su lugar, provocando que sus tres amigos se carcajeasen. Ninguno de ellos quería estar en el puesto de Gunnar.

Los guerreros vikingos deseaban regresar a sus hogares para disfrutar de la fiesta del hundred. Pero, en la entrada del asentamiento no escucharon los tambores y ni los cánticos. Los cuatro amigos se miraron extrañados. ¿Por qué no había ni música, ni se escuchaba los gritos de los aldeanos divirtiéndose? Traspasaron la entrada, desmontaron lentamente de sus corceles y se acercaron a la plaza del asentamiento. Se asombraron al ver los thingmen del Jarl con las manos en sus empuñaduras. Que ellos estuvieran allí, no sabían si era o no buena señal. Continuaron aproximándose hasta que vieron al Jarl con su espada en su mano izquierda manchada de sangre. Los thingmen, al reconocer a Gunnar, lo detuvieron el paso y les impidieron avanzar a ninguno de los cuatro. Cuando el hersir se centró en el cuerpo que yacía en el suelo, sintió como su alma se desgarraba por momentos. Ahí se encontraba su esposa, la había reconocido por el vestido malva que él le había regalado poco después de desposarse. Se deshizo del muro de los thingmen y se acercó a su esposa. Se puso de rodillas junto al cuerpo, pero no pudo tocarla. Levantó la cabeza y, al mirar al Jarl, no le gustó la sonrisa que le mostraba. ¿Por qué la había matado? Ivar guardó su espada en el cinto y se dio la vuelta. Caminó hacia su guardia personal y se marcharon del poblado. Pocos minutos después, Gunnar consiguió cogerla entre sus brazos y gritó con todas sus fuerzas. Aquel grito pareció más a un aullido de un lobo. Se la acercó a su pecho mientras que le pedía una y otra vez que le hablase de nuevo y le sonriera, mientras que sus ojos derramaban ríos de lágrimas.

Rollo, Ubbe y Eirík se acercaron a su amigo con el gesto triste. Sabían cuánto se amaban y lo que supondría la pérdida de Sigyn para Gunnar. Rollo miró hacia los lados y vio como los habitantes se fueron acercando. Por lo que habían podido ver, los thingmen no habían permitido que nadie ayudase a la joven. Ubbe y Eirík se apartaron del pequeño grupo y fueron en busca de Eyra, ya que no la veían por ningún lado y eso les inquietaba. Temían que también la hubieran matado. La encontraron en la granja con varios golpes en la cara y con rastro de sangre en el rostro. La mujer los miró con el semblante triste, pero, al darse cuenta de quienes eran, rompió a llorar tapándose la cara. Los guerreros la miraron con aflicción, sin embargo, no se aproximaron. Querían dejar su espacio a la mujer para que, cuando Gunnar entrase en la granja, le contase qué había pasado. Rollo comenzó a caminar hacia su amigo, pero se detuvo a unos pocos pasos de él. Los gritos que daba eran aullidos de lobos, desgarradores y lastimeros. Él no paraba de pedirle a su esposa que le hablara, pero no lo hizo en ningún momento. La lluvia mojaba su hermoso rostro tanto de él como el de ella.

-Gunnar… será mejor que vayamos a la granja – habló Rollo. – Y busquemos a Eyra – Gunnar no respondió, ni si quiera le miró. – Tenemos que pensar en lo que haremos ahora.

-No haremos nada – respondió antes de coger a su esposa en brazos y se levantó. Sin decir nada más, caminó hacia su hogar bajo la atenta mirada del hundred.

- ¡No podemos quedarnos quietos! ¡Han matado a Sigyn! – Estalló Rollo sorprendido por la pasividad de su amigo, a la misma vez que lo seguía.

-Gu…nnar – murmuró débilmente la joven, provocando que ambos la mirasen. Al fijarse, tenía un fino hilo de sangre que salía de su boca.

-Sigyn, mi amor… – susurró el guerrero con los ojos llorosos.

-Debemos llevársela a Eyra. Ella podrá ayudarla – opinó Rollo. Sigyn meneó la cabeza. – Pero…

-Haremos todo lo posible para que te salves, mi amor – le interrumpió Gunnar caminando hacia su granja con el paso más acelerado que al principio.

El hersir caminó con grandes zancadas para llegar lo más rápido posible a su casa. Debía darse prisa para salvar a su esposa y a su hijo. Cuando llegó, encontró a Eyra junto a Ubbe y Eirík. Los tres estaban en silencio. La mujer, al ver al hombre que cuidó con la joven en brazos, se levantó rápida de la silla donde estaba sentada y se acercó. Gunnar le imploró que hiciera todo lo posible para salvarla. Y eso fue lo que hizo, pero no prometió que pudiera curarla. Estaba muy mal y todos lo sabían. Durante varias horas, mientras afuera caía una tormenta como hacía tiempo no había habido, el salón de la granja parecía desierto. Ninguno hablaba, ninguno hacía el menor ruido y ninguno se movía, hasta que Gunnar se levantó y comenzó a dar vueltas. Los cuatros estaban ansiosos por saber sobre el estado de la esposa del hersir. El tiempo corría y Eyra no les contaba que estaba pasando en aquella habitación donde se había encerrado. Fueron las horas más agónicas para Gunnar, que parecía un león encerrado dentro de una jaula, dando vueltas de un lado para otro. Sus amigos, lo miraban atentos a la vez que tenían sus cuernos llenos de hidromiel. Intuían que, si Sigyn moría, a Gunnar se le iría la cabeza y moriría con ella y con su hijo no nato. Se miraron entre ellos y asintieron sin decirse nada. Se quedarían a vivir con él si ella acaba en el Valhalla. En el momento que estaba saliendo el sol, Eyra salió limpiándose las manos manchadas de sangre en un trapo. Su mirada reflejaba tristeza, por lo que estaba a punto de pasar y por la tristeza que sentiría su niño cuando ocurriese todo. Se acercó a ellos y le dijo a Gunnar:

-Será mejor que entres.

-Sigyn… – se interrumpió. No podía imaginarse un mundo donde no se encontraba ella.

-Todavía está viva, pero por poco tiempo. Las heridas que tiene son bastante graves. He hecho todo lo que he podido – intentó tocarlo, pero Gunnar se apartó. – Lo siento... – Aquello le dio a Eyra, mas sólo cerró los ojos para evitar que las lágrimas salieran de sus ojos.

Gunnar entró en la habitación donde su esposa descansaba después de varios días, tras lo ocurrido en la plaza del asentamiento. No se había atrevido hacerlo antes por medio. Eyra les había contado lo que había sucedido y, si no hubiera sido por sus amigos, hubiera marchado a Kattegat para que su Jarl le explicara por qué la había matado. Se acercó despacio, se puso de rodillas al lado del lecho y se quedó mirándola. Parecía que estaba dormida, con el cabello rubio desordenados sobre la almohada. Alargó la mano hasta que las yemas de sus dedos tocaron la suave mejilla y sus labios poco rellenos y rosados. Fue en ese momento en que ella abrió un poco los ojos, lo justo para verle y sonreírle. Ambos sabían que aquello era una despedida. Gunnar le dio un beso en los labios y luego apoyó la frente en la de ella. Despacio, ella levantó el brazo y sus yemas se posó sobre la mejilla de su esposo. Los ojos se le humedecieron al pensar en lo solo que se quedaría sin ella y el hijo que llevaba en su vientre. Estaba más preocupada por él, que por los pocos minutos que le quedaba de vida. Acarició su nariz con la de él y luego se la besó. Todo eso, le resultó provocarle un gran esfuerzo y se cansase más.

-Te recuperarás, mi amor – le dijo él, pero ella no paraba de negar con la cabeza. – Tienes que hacerlo, porque sin ti, no puedo vivir, Sigyn. No puedo, ni quiero hacerlo – puso su cabeza sobre el pecho de su esposa y una mano sobre el vientre. – No puedes dejarme, mi amor. Nuestro hijo debe nacer y los que tendremos después. Tendremos muchos y se parecerán a ti, tendrán tu belleza, tu corazón…

-Y tu fuerza… – murmuró ella. – Y tu valentía…

-Por eso debes vivir – ella le sonrió débilmente. – Te amo, Sigyn. No quiero estar sin ti – le colocó ambas manos en cada mejilla y pegó su frente en la de ella. – Me vengaré, te juro que lo haré. El Jarl obtendrá su castigo…

-N-no lo hagas. N-no te enfrentes a él… Gu…nnar – habló con dificultad. – Es… es un tra-traidor… No… no te fíes…

-No lo haré, mi amor. Pero debes recuperarte – le pidió con lágrimas en los ojos.

-Te amo… mi vikingo…

Sigyn cerró los ojos y su cabeza se ladeó levemente hacia el lado. Durante unos segundos, Gunnar se quedó paralizado, pero, cuando fue consciente de lo que pasaba, comenzó a llamarla y a pedirle que se quedase junto a él. Sin embargo, era demasiado tarde. Su amada y joven esposa había muerto tras haberle pedido que no se vengara y decirle que lo amaba. Los gritos de dolor del hersir parecían más aullidos de un lobo que un grito humano. Aquello provocó que sus amigos y Eyra entrasen en la alcoba. La mujer intentó acercarse, mas Rollo se lo impidió. Era mejor que Gunnar estuviera solo durante unos minutos. Gunnar colocó su cabeza sobre el abdomen de su esposa y continuó llorando ajeno a las miradas de tristeza de las otras cuatro personas que había en la estancia. La llamaba en susurros, pidiéndole que volverá a su lado, pero ella no lo hizo. Había muerto. El Jarl Ivar el Traidor, le había apartado de la mujer que amaba y de su hijo. Y pagaría por ello.

Notas finales:

Brianda Escocia

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