Fanfic Es
Fanfics en español

Entre clanes y sentimientos por BolaZ

[Comentarios - 7]   Tabla de Contenidos

- Tamaño del Texto +

No hacía mucho que sentía que su cuerpo podía moverse de nuevo. Miró sus manos, con aquellos guantes negros que solía llevar para las batallas. Y es que, de hecho, iba vestido con la indumentaria típica del Clan Uchiha, la que utilizaban para luchar: una armadura roja, con vestimenta negra debajo. Abrió los ojos y vio delante de él al Segundo Tsuchikage. No le extrañaba que también estuviera revivido. Porque bien cierto era que vivos no estaban, al menos, del todo.

En su cabeza, la explicación de todo lo sucedido era narrada por el precursor de aquel Edo Tensei, esa técnica que Senju Tobirama había creado y de la que se beneficiaría en un futuro bastante próximo. A sus pies, un ejército de ninjas de diferentes aldeas le observaba, temerosos, al conocer su identidad. Él, de brazos cruzados, se percataba que aquello era una guerra diferente, nada de lo que él había vivido en su juventud. Pero no le importaba. Nada de aquella alianza tenía sentido, pues lo único que él había deseado con tanta ansia era realizar aquel dichoso Tsukuyomi Infinito, donde todos dormirían y donde la paz llegaría finalmente a aquel mundo.

La paz…pensó Uchiha Madara, mientras se preparaba para asesinar a todo aquel que se entrometiera en su camino. Así lo hizo, durante un par de minutos, hasta que un ninja rubio logró sorprenderle con una habilidad de viento bastante extraña. Aquello, de hecho, no le haría nada, sino que incrementaría su poder hasta despertar de nuevo el Rinnegan. Volvió a ver con ese poder ocular que tanto le había costado despertar. Pero quería más, mucho más. Se dio cuenta de que aquel joven ninja de cabellos rubios era el jinchuriki del Kyuubi, por lo que no podría extraerlo con tanta facilidad.

Su mirada se marchó a otro plano, donde dos individuos acababan de llegar, estropeando uno de sus ataques. Dos Kages más, los cinco estaban allí para enfrentarse a él y aquello, en cierto modo, le motivaba. Le gustaba saber que toda aquella gente, supuestamente poderosa, estaba allí para combatir con él. Divisó a la nieta de Hashirama, podría reconocerla, pero se sorprendió al saber que se había convertido en la Quinta Hokage. Pero su mente quería estar en marcha, se había pasado, al menos, una década muerta y su cuerpo necesitaba movimiento. Inició un ataque con haciendo uso de su Susano, un movimiento sorpresa que no habían previsto llegar.

Sin embargo, cuando la espada legendaria de aquel Susanoo azul estaba a punto de hacer retumbar el suelo, unas ramas grandes, fuertes, largas y llenas de chakra evitaron el desastre. Madara visualizó con detenimiento de qué se trataba aquello, hasta que comprendió quién estaba allí. Esperó unos segundos a que hiciera su aparición, sabía la manera en la que luchaba y no quería salir malherido de algo así. Empezó a sentir una enorme presión que incluso hizo arrodillarse al Susanoo, por lo que miró hacia el cielo, viendo la silueta de una mujer golpeando con fuerza la parte superior de su Susanoo. No iba a dejarse ganar por ella, por lo que se movió a un lado, evitando más presión, pero aquella mujer detestable logró golpear el suelo, haciendo retumbar hasta los cimientos de la tierra.

Madara conocía su poder, bastante de cerca, pero ya no recordaba cuán poderosa era. Volvió a sentir aquella presión, esta vez, proveniente de otro lugar. Esta vez sí, un enorme meteoro iba a caer sobre él, pero logró cortarlo. El Uchiha vio que aquella mujer se apuró en ayudar a los que estaban allí, convirtiendo en cenizas el meteorito que él había cortado. Aquello le dio un respiro para pensar con claridad, pero sus ojos no podían dejar de observar a esa mujer de cabellos castaños oscuros, largos, de ojos rojizos, de piel pálida y con un símbolo en la frente.

—     ¿Por qué está ella aquí?— preguntó Madara, en voz alta, al Segundo Tsuchikage, con quien Kabuto se comunicaba.

—     Pensé que podría ayudarnos con nuestro objetivo común, pero se ha escapado de mi control nada más resucitarla con el Edo-Tensei— explicó Kabuto.

—     Idiota— respondió Madara—. Su hermano es el creador de esa técnica, ¿crees que no prepararía a su querida hermana pequeña para un posible resurgir de los muertos? Él no quería que su hermana fuese resucitada, debe llevar algún sello extraño que impide que la controles.

—     Te veo preocupado, Madara…

Él no respondió, pero, en el fondo de su corazón jamás esperaba encontrarse con ella en aquel lugar, en aquel momento, en una situación de aquel tipo. Volvió a buscarla con la mirada, encontrándola ahora junto a los cinco kages, que preparaban alguna estrategia. Llevaba aquel vestido blanco, ajustado a su cuerpo, como solía hacer antaño. Por su apariencia, Madara supo que aquella mujer había muerto relativamente pronto y, en cierto modo, aquello le apenó. Cerró los ojos, respirando profundamente. No debía desviarse de su camino, pero escuchó una voz. No pudo evitar recordar cómo se sentía escuchar aquella voz, pero fue consumido por un terrible dolor en el pecho, haciéndole rememorar viejas partes de su vida que creía ocultas en lo más profundo de su corazón.

—     ¿Qué clase de ninja eres que le temes a una mujer?— dijo Kabuto.

—     Las mujeres ninjas son respetadas, las que no, también. Pero esta mujer, no es una mujer cualquiera— dijo Madara—. Es una Senju…

Por primera vez, desde que había sido resucitado, se le presentó la idea a la mente de poder detener todo aquello que quería llevar a cabo. Pararlo todo, quedarse, simplemente, observándola. Sin embargo, un duro golpe de la realidad le despertó. Sus pensamientos le habían hecho alejarse del campo de batalla y, ahora, Senju Ynnarama estaba delante de él, había llegado con una rapidez enorme, y le propinó uno de aquellos golpes bajo presión que tanto la caracterizaban. Antes de chocar, levantó su mirada, ahora lila por el Rinegan, para verla allí, empoderada, mujer, suya propia. Y de nadie más.

Eso no podía negarlo ni si quiera él, el propio Uchiha Madara.

...Muchas décadas antes, en un campamento alejado en lo más profundo de un bosque…

Aquella era una de sus actividades preferidas del día. Era de tarde, los ninjas como su padre solían estar alejados de allí y eso le permitía entrenar con completa libertad con su hermano Tobirama, puesto que Hashirama desaparecía muchas veces y sus dos hermanos menores habían muerto en batalla. Siempre que solía pensar en ellos, se imaginaba a si misma como una mujer fuerte, una ninja talentosa, capaz de vencer a cualquier adversario. En cierto modo, su hermano Tobirama la estaba ayudando a eso, entrenando prácticamente todos los días a un nivel duro y de gran presión.

—     ¡Muy bien!— dijo Tobirama—. Pero creo que deberíamos volver ya. Llevamos un par de horas y, seguramente, la abuela te estará buscando para tus lecciones de curación—le dijo su hermano, pero ella continuaba luchando—. Ynnarama, basta ya…

—     Tengo que aprovechar al máximo, porque luego os vais y no hay nadie con quien pueda entrenar…—confesó Senju Ynnarama, con su largo pelo castaño oscuro y sus ojos rojizos, una mezcla entre su hermano Hashirama y su hermano mediano, Tobirama.

—     Está bien, podemos continuar, un poco más— dijo Tobirama, reiniciando la lucha.

Sin embargo, las horas pasaron y no se dieron cuenta de que era ya demasiado tarde. Cuando Tobirama iba a finalizar su ataque, alguien les descubrió, interfiriendo en el entrenamiento y mirándolos bastante enfurecido. Ninguno de los dos esperaba que fuese él el que hubiese detenido aquel peculiar entrenamiento entre hermanos, pero lo que sí sabían era el tremendo castigo ejemplar que su padre, Senju Butsuma, les iba a dar.

Miró desafiante a su hijo allí presente, lleno de odio por lo que estaba haciendo. Tobirama, simplemente, asintió con la cabeza, aceptando cualquier sermón, pues él era un chico obediente y conocía la realidad existente y la opinión de su padre respecto a entrenar a una niña pequeña. Pero no era con Tobirama con quien Butsuma estaba más enfadado, no. Giró su mirada oscura hacia su pequeña hija. Esta le aguantaba su posición, preparada para cualquier cosa, aunque desconocía por completo qué sería de ella, ya que su padre nunca la había pillado entrenando. Jamás.

—     ¡Ynnarama!— le gritó su padre, haciéndola estremecer.

Tan solo fue necesario aquel grito para que Ynnarama se pusiera nerviosa, sin embargo, se había prometido no llorar, por lo que aguantaba con firmeza. Butsuma cambió su mirada llena de rabia a una llena de desilusión, respirando profundamente. Ynnarama ya sabía lo que su padre pensaba de que ella entrenara o si quiera pensara en prepararse para un combate o guerra.

Históricamente, los Senju eran ninjas, nacían, crecían y vivían con ese único objetivo y, para ella, aunque tuviera siete años, aquello también era un modelo a seguir que respetaba y deseaba. Sus dos hermanos mayores eran ninjas, sus hermanos menos ya caídos en combate, también lo fueron. Y ella vivía alejada de todo aquello porque su padre perdió a su madre en el campo de batalla años atrás. Desde entonces, Butsuma se había prometido no dejar que ninguna mujer a su cargo sufriría aquella dicha tan devastadora, incluyendo a su pequeña y única hija mujer.

—     Espero que tengas la decencia de olvidar esa idea tan descabellada que corre por tu mente. Creo que te dejé bastante claro el futuro que te espera— dijo Butsuma, ahora un poco más relajado, pero serio como de costumbre.

—     ¿Por qué …?— los ojos rojizos de Ynnarama empezaron a llenarse de lágrimas—. ¿Por qué no puedo elegir sobre mi propia vida…? ¡Por qué!—gritó Ynnarama, llena de furia y tratando de buscar una razón para aquel dolor que sentía por no poder tener su propio futuro, su propia elección—. ¡Que mamá muriese no significa que yo vaya a hacerlo!— Ynnarama sabía que aquel tema no debía ser sacado cuando su padre estaba delante, pues este había sufrido desde el último aliento de Senju Maide, su única esposa y madre de sus cinco hijos; Butsuma llenó su pecho de aire y se dispuso a golpear en el rostro a su pequeña hija, pero, entonces, alguien le agarró la mano para detenerle. Butsuma no necesitaba girar sus ojos para ver de quién se trataba, ¿quién sino su propia madre se entrometería en algo referente con Ynnarama?

Senju Oyumo, una mujer de avanzada edad, pero todavía de espíritu fuerte y joven, había sido la protagonista de aquella escena. Oyumo era una mujer sabia, inteligente, una de las mejores mujeres que conocía el arte de la curación en aquel clan y algo de lo que Ynnarama estaba aprendiendo cada día más. Tanto Oyumo como Ynnarama eran las únicas Senju de la rama principal que estaban con vida, por lo que su entendimiento mutuo era casi innato desde el día en el que Ynnarama nació. Butsuma sabía aquello y, en cierto modo, admiraba a su madre por ser tan dulce con sus hijos, puesto que él no podía serlo.

—     ¿Qué demonios está pasando aquí?— dijo Oyumo, viendo que su nieta empezaba a llorar—. Butsuma, no era necesario…

—     ¡Madre!— dijo él, asustándola; Oyumo comprendió que no podía cuestionar las órdenes del líder de un clan, de su clan, aunque fuese su propio y único hijo vivo—. Ynnarama estará bajo tu supervisión. Intente no dejar que se vaya muy lejos y que se vaya olvidando de sus tardes libres. Incrementará el estudio de las plantas curativas. Ya está bien de hacer tonterías. Es hora de que te conviertas en una mujer.

Aquellas palabras fueron hasta lo más fondo del corazón de Ynnarama. Cerró los ojos, dejando de llorar. Estaba agradecida por aquel acto tan valiente de su abuela, y se lo agradecería más tarde en voz alta, pero ahora necesitaba escapar. Irse de allí. Empezó a correr, alejándose de ambos adultos. Oyumo hizo ademán de seguirla, pero su hijo la detuvo.

—     Deja que se vaya. Es su último día con libertad— dijo este, haciendo que Oyumo sintiese pena por aquella dulce niña de cabellos castaños oscuros que se alejaba de allí.

Ynnarama corrió y corrió, deseando desaparecer del mundo, deseando ser otra persona, cualquier niña bastaría con no ser la hija de Senju Butsuma. Le odiaba y quería a partes iguales, pues era su padre y sabía que aquello lo hacía para protegerla, pero, ¿de qué exactamente? Ella quería vivir y, si no hacía lo que de verdad quería, no viviría. Al menos, no de verdad. Pensó en su madre, la conoció durante sus primeros años de vida. Tenía el pelo blanco y los mismos ojos rojizos que Tobirama y ella. Recordaba que tenía la piel pálida y, también, el día en el que su abuela les dijo que había fallecido. Aquel fue el día más triste de su vida y, aunque había perdido a su madre, había perdido a la mujer que la habría comprendido. Su abuela no era una ninja que luchaba, su abuela curaba y salvaba vidas, lo cual también era noble y le interesaba. Pero ella quería luchar y, para ello, necesitaba a su madre.

Durante su corta existencia, y su madurez a la carrera, Ynnarama le preguntó una y mil veces a su padre y a su abuela qué clase de ninja fue su madre. Detestaba no conocerla, odiaba no saber nada de ella más que fue su progenitora. Quería descubrir sus hazañas, sus logros, sus poderes, todo sobre ella, pero su padre siempre evitaba hablar de Maide. No lo soportaba y, en cierto modo, Ynnarama había vivido ajena a ella. Por mucho que le pesase.

Ahora, mientras lloraba, descubrió que había llegado a un bosque profundo y que tan solo la luz de las estrellas iluminaba aquella zona. Divisó un riachuelo y, en silencio, fue a sentarse allí. Observó el agua correr bajo sus pies y, con su mano derecha, apoyó su palma sobre el agua, sacando pequeñas burbujas que se deshacían allí. Era una de las habilidades que había aprendido con su abuela, así extraían el veneno de los cuerpos de las personas. De pronto, sintió algo aproximándose a ella. Con rapidez. Pero otro objeto evitó que la golpeara directamente en la cabeza.

—     ¡¡¡Hashirama!!!— gritó una voz extraña para ella—. Eres un inútil, ibas a matar a esa niña.

—     Es… mi… hermana…—Ynnarama escuchó a su hermano mayor por primera vez en todo el día, por lo que se levantó para verle—. Ynna, ¿estás bien? Pensaba que… pensaba que eras otra persona…

—     ¿Qué haces aquí?— dijo Ynnarama, obviando la pregunta de su hermano y, ahora, mirando a aquel chico de pelo negro y ojos del mismo color—. Y, ¿quién es este?

—     ¿Qué clase de educación tiene esta mocosa?— preguntó, ahora, el susodicho.

—     Él es Madara— dijo sonriente Hashirama—. Es un amigo— Ynnarama miraba con desconfianza a aquel chico, pero si Hashirama le consideraba amigo suyo, debía ser de fiar—. Madara, esta es mi hermana pequeña, Ynnarama— pero este ni se inmutó ante aquel comentario.

—     ¿Por qué estáis aquí… solos…?— dijo Ynnarama, asustando a Hashirama con sus preguntas.

—     Eh,… esto…. La pregunta es, ¿qué haces tú aquí? Deberías estar en casa— dijo Hashirama, pero, al decir aquello, Ynnarama se deprimió un poco, recordando la reciente pelea con su padre.

—     Nos han pillado— dijo Ynna y, con tan solo esa frase, Hashirama comprendió lo que había ocurrido con su padre; se acercó a ella para consolarla—. Yo solo quería aprender a defenderme, tratar de ser buena…

—     No importa, podrás entrenar con nosotros— dijo Hashirama y automáticamente, Ynnarama sonrió ampliamente—. Verdad, ¿Madara?

—     Hashirama, no podemos entrenar con una niña— dijo Madara—. Mucho menos con una niña tan desagradable— Hashirama se reía ante aquellos comentarios.

—     No sabes lo que dices, Madara— respondió el Senju—. Ynna es tan buena como yo. Te sorprendería verla luchando— miró a su hermana ahora—. Sin embargo, no podrás venir siempre, de hecho, porque pueden… sospechar.

—     Tan solo serán unos días, hasta que encuentre otra manera de aprender en la que padre no me vea— dijo Ynnarama—. ¿Empezamos?— dijo la de ojos rojizos mientras chocaba sus puños para prepararse, mirando a Madara que la observaba por encima del hombro—. Sé cómo lucha mi hermano, ahora quiero aprender de otros…—Madara la miraba con desagrado, preparándose para luchar contra ella; no tenía tiempo para tonterías, pues Ynnarama se abalanzó sobre él, golpeándole con fuerza, pero Madara detenía sus puños, aunque estuvo cerca de ser dañado por ella.

Aquella fue la primera vez que Senju Ynnarama y Uchiha Madara se vieron, sin saber realmente quiénes eran ni quiénes iban a ser. Al terminar la pelea, en la que Madara se coronó vencedor, Hashirama le indicó a su hermana que se adelantara para irse a casa y que la alcanzaría después de despedirse de su amigo. Madara todavía se estaba recomponiendo después del pequeño entrenamiento.

—     ¿Cansado?— dijo Hashirama, riendo—. Mi hermana es especial, siempre lo he sabido. Es una lástima que mi padre no quiera que sea shinobi.

—     No entiendo el por qué— confesó Madara—. Pelea mejor que muchos hombres, no deberían apartarla tan injustamente de su sueño— Hashirama asintió.

—     Creo que tendrá unos cuantos problemas si decide perseguir su sueño— dijo su hermano—. Pero los sueños y las metas no son fáciles de conseguir, de ahí que sean tan placenteros cuando son alcanzados.

—     ¡¡Hashirama!!— le gritó Ynnarama desde el interior del bosque para que se apresurara—. ¡Venga! — el de cabellos castaños miró hacia atrás, sonriendo.

—     Tengo que irme— dijo este—. Nos vemos mañana.

—     ¿También vendrá ella? — quiso saber Madara.

—     Quién sabe— respondió Hashirama, sonriendo—. ¡Hasta mañana!

Madara se quedó observando cómo ambos hermanos se marchaban del lugar, fijando su mirada en la pequeña de diez años que empezaba a correr cuando su hermano llegaba a su lado. Tenía el pelo largo, acabado en forma de punta, del mismo color que Hashirama, pero con una piel mucho más blanca y con unos ojos marrones con tonos rojos. Sin saber por qué, dibujó una pequeña sonrisa, alejándose del lugar antes de que le viera alguien con aquella cara de idiota.

Al llegar al campamento base, encontró a su hermano pequeño lanzando shurikens contra un árbol. Se unió a él, disfrutando de su compañía, sin evitar recordar la manera en la que Hashirama cuidaba de aquella niña.

 

 

Usted debe login (registrarse) para comentar.