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Sasuke por Juana0116

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Notas del fanfic:

Es un libro largo pero muy salvaje espero lo disfruten.

Notas:

Espero les gusten.

9 de Mayo, 9548 A.C.

—¡Mata a ese bebé!

El furioso decreto de Danzo hacía eco en los oídos de Mikoto cuando voló a través de los marmóreos pasillos de Katoteros. Había un rabioso viento que soplaba bajando por los pasillos, aplastando su vestido contra su embarazado cuerpo y azotando su remolineando cabello rubio resplandeciente como zarcillos. Cuatro de sus demonios corrían detrás de ella, protegiéndola de los otros dioses que estaban más que ansiosos por cumplir las órdenes de Danzo. Sus demonios Caronte y ella ya habían despedazado a la mitad de su panteón. Y estaba dispuesta a matar al resto.

¡No cogerían a su hijo!

La traición ardió en lo más profundo de su corazón. Desde el momento de su unión, siempre había confiado en su marido. Incluso cuando había descubierto que Danzo la había engañado, todavía lo amaba y había dado la bienvenida a sus bastardos en su hogar.

Ahora él quería la vida de su hijo nonato.

¿Cómo podía hacerle eso? Durante siglos había estado intentando concebir el hijo de Danzo… Era todo lo que siempre había querido.

Su propio bebé.

Ahora debido a la profecía de las tres pequeñas… celosas bastardas de Danzo, su hijo iba a ser sacrificado y asesinado. ¿A causa de qué? ¿Las palabras que esas pequeñas mocosas habían susurrado?

Nunca.

Este era su bebé. ¡Suyo! Y mataría a cualquier dios atlante que existiera para protegerle.

—¡Tayuya! —Gritó por su sobrina.

Tayuya se apareció en el pasillo ante ella tambaleándose hasta que se sujetó contra la pared. 

Como la diosa de los excesos, a menudo estaba borracha… Lo cual casaba perfectamente con el plan de Mikoto.

Tayuya hipó y se rió tontamente.

—¿Me necesitas, Tíita? Por cierto, ¿Por qué está todo el mundo tan cabreado? ¿Me he perdido algo importante?

Mikotoi la agarró por la muñeca y entonces se tele transportaron fuera de Katoteros donde los dioses atlantes tenían su hogar para bajar al infernal reino de Kalosis donde gobernaba su hermano.

Ella había nacido allí en ese húmedo, prohibido lugar. Ese era el único reino que realmente asustaba a Danzo. Incluso con todo su poder, conocía la oscuridad con la que Mikoto ejercía su supremacía. Aquí, con sus poderes reforzados, podría destruirle.

Como diosa de la muerte, destrucción y la guerra, Mikoto tenía una habitación en el opulento palacio de ébano de su hermano para recordarle su posición.

Allí fue a donde llevó a Tayuya.

Mikoto cerró las puertas y las ventanas de su habitación antes de convocar a sus dos más confiables demonios protectores.

—Naori, Obito, os necesito.

Los dos demonios que residían en ella como marcados tatuajes se elevaron de su cuerpo y se manifestaron ante ella.

En su actual reencarnación, el tono de piel siempre cambiante de Naori era rojo, jaspeado con blanco. El largo pelo morado enmarcaba una cara de duende donde unos enormes ojos rojos brillaban con preocupación. Obito, el hijo de Naori compartía sus rasgos, pero su piel estaba jaspeada con rojo y naranja, algo que sucedía a menudo cuando estaba nervioso.

—¿Qué necesitas, akra? —Preguntó Naori, dirigiéndose a ella con el término atlante para Señora y Ama.

Mikoto no tenía idea de por qué Naori insistía en llamarla akra cuando ellas eran más hermanas que amo y siervo.

—Proteged esta habitación de todo el mundo. No me importa si el mismísimo Danzo exige entrar, lo matáis. ¿Entendido?

—Tus deseos son órdenes, akra. Nadie te molestará.

—¿Sus cuernos tienen que hacer juego con sus alas? —Preguntó Tayuya girando alrededor del poste de la cama mientras miraba a los demonios—. Es decir, realmente crees que ya que son tan  coloridos, tendrían más variedad. Creo que Obito se vería mejor si fuese naranja.

Mikoto la ignoró. No tenía tiempo para la estupidez de Tayuya. No si quería salvar la vida de su hijo.

Quería ese niño y haría cualquier cosa por él.

Cualquier cosa.

Con el corazón martilleándole, cogió su daga Atlante del cajón del tocador y la sostuvo en las manos. La empuñadura de oro estaba fría contra su piel. Rosas negras y huesos se entrelazaban y gravaban a lo largo de la hoja de acero que brillaba en la tenue luz. Esta era una daga creada para acabar con la vida.

Hoy se usaría para darla.

Dio un respingo ante el pensamiento de lo que estaba por venir, pero no había otra manera de salvarle. Cerrando los ojos y agarrando la fría daga, intentó no llorar, pero una solitaria lágrima se deslizó desde la esquina del ojo.

¡Basta! Se rugió a sí misma antes de enjuagársela enfadada. Era momento para las acciones, no para las emociones. Su hijo la necesitaba.

Su mano temblando a causa de la furia y el temor, fue hacia la cama y se tendió. Tiró de su vestido para exponer su vientre. Pasó una mano sobre su distendido estómago donde su hijo estaba esperando, protegido y todavía en peligro. Jamás volvería a estar así de cerca de él. Jamás lo sentiría patear y revolverse sin descanso mientras ella sonreía en tierna paciencia. Iba a separarlos incluso aunque no era tiempo siquiera para que Sasuke naciera.

Pero no tenía elección.

—Sé fuerte por mí, hijo mío —susurró ella antes de rajarse el vientre para exponerlo.

—¡Oh, que repugnante! —Gimoteó Tayuya— Voy a…

—¡No te muevas! —Rugió Mikoto—. Deja esta habitación y te arrancaré el corazón.

Abriendo los ojos desmesuradamente, Tayuya se congeló.

Como si supiera que estaba sucediendo, Naori apareció a su lado. La piel roja y blanca del demonio era la más hermosa y leal de todo el ejército de Mikoto. En silencioso entendimiento, Naori extrajo al bebé de ella y ayudó a Mikoto a cerrarse la herida.

La demonio quitó la bufanda rojo sangre que rodeaba su cuello y envolvió a Sasuke en ella antes de tendérselo a Mikoto y hacerle una profunda reverencia.

Mikoto hizo el dolor físico a un lado y tomó a su hijo entre sus brazos y lo sostuvo por primera vez. La alegría la atravesó al darse cuenta de que él estaba completo y vivo. Era tan diminuto, tan frágil, perfecto y hermoso.

Más que nada, era suyo y lo amaba con cada parte de sí misma.

—Vive por mí, Sasuke —dijo ella, sus lágrimas fluyendo finalmente. Estas caían igual que hielo bajando por sus frías mejillas, brillando en la oscuridad.

—Cuando sea el momento oportuno, volverás aquí y reclamarás tu lugar por derecho como rey de los dioses. Me aseguraré de ello —bajó los labios sobre su frente azul.

Sus ojos se abrieron entonces para mirarla. Mercurio y plata, iguales a los de ella, remolinantes. Y contenían una sabiduría lejos de incluso de la suya. Sería por aquellos ojos que la humanidad reconocería su divinidad y por consiguiente lo amenazarían. Acarició su mejilla con un diminuto puño como si entendiese que lo hacía por él.

Ella sollozó ante el contacto. Dioses, ¡No era justo! Era su bebé. Había esperado toda una vida 

por esto y ahora…

—¡Maldito seas, Danzo, maldito seas! Nunca te perdonaré por esto.

Abrazaba a su hijo contra ella y no quería dejarlo ir.

Pero debía hacerlo.

—¿Tayuya? —Chasqueó ante su sobrina quién todavía daba vueltas alrededor del poste de la 

cama.

—¿Mmm?

—Cógelo. Ponlo en el vientre de una reina embarazada. ¿Lo has entendido?

Ella se dejó ir y se enderezó.

—Um, puedo hacerlo. ¿Qué pasa con el niño de la reina?

—Une la fuerza vital de Sasuke con la del hijo de la reina. Deja que sepa por los oráculos que si mi hijo muere, lo hará el suyo. —Eso debería protegerle más que nada.

Pero había una cosa más que hacer. Mikoto arrancó el esfora blanca de su cuello y la sostuvo sobre el pecho de Sasuke. Si alguien sospechaba que era su hijo o algún dios detectaba su presencia en el reino humano, lo matarían al instante.

Sus poderes serían vinculados y sellados hasta que fuera lo bastante mayor y fuerte para volver a luchar. Colocó el orbe sobre su pecho y observó como su divinidad se deslizaba de él al esfora. Su diminuto cuerpo se volvió del azul a la pálida piel de la humanidad.

Ahora estaría a salvo. Ni siquiera los dioses sabrían lo que había hecho.

Agarrando el esfora fuertemente en su mano, besó su frente una vez más antes de tendérselo a su sobrina.

—Tómalo. Y no me traiciones, Tayuya. Si lo haces, Danzo será el último de tus temores. Así que ayúdame, o no descansaré hasta bañarme en tus entrañas.

Los ojos marrones de Tayuya se ensancharon.

—Bebé en vientre. Reino humano. No decírselo a nadie y no desobedecer. Lo tengo —se desvaneció instantáneamente.

Mikoto se sentó allí, observando el vacío donde habían estado. Su corazón gritaba, 

queriendo que volviese su bebé.

Si tan sólo…

—Naori, síguela y asegúrate de que hace lo que se le ha ordenado.

La demonio hizo una reverencia antes de desvanecerse.

Con el corazón roto, Mikoto se tendió en su sangrienta cama. Quería sollozar y gritar, ¿Pero de qué serviría? Eso no haría ningún bien. Sus lágrimas y ruegos no evitarían que Danzo matara a su hijo. Sus bastardas le habían convencido de que Sasuke destruiría su panteón y reemplazaría a Archon como rey de los dioses.

Así sería.

Con el cuerpo dolorido, se incorporó de la cama.

—¿Obito?

El hijo de Naori se apareció ante ella.

—Sí, akra.

—Consígueme una piedra del fondo del mar, por favor.

Pareció confuso por la orden, pero la cumplió rápidamente.

Cuando regresó, ella envolvió la piedra en sus brazos. Débil por el nacimiento de su hijo y su propia rabia y dolor, se inclinó contra Obito y él la sostuvo en sus brazos.

—Llévame con Danzo.

—¿Estás segura, akra?

Ella asintió.

El demonio la ayudó a volver a Katoteros. Aparecieron en el centro de halla donde Danzo estaba sentado con sus hijas Mito y Fu… Irónicamente las diosas de la alegría y el amor. Las dos habían nacido partenogenéticamente la primera vez que Danzo había mirado a Mikoto. 

Juntas las diosas habían brotado de su pecho. Su amor por Mikoto había sido legendario. Hasta que lo había destruido por pedirle la única cosa que ella jamás le daría.

La vida de su hijo.

Las facciones de Danzl estaban perfectamente formadas. Alto y musculoso, permanecía con su pelo azabache brillando en la tenue luz. Realmente, era el más hermoso de todos los dioses. Una pena que la belleza sólo fuera superficial.

Sus ojos oscuros se entrecerraron ante el bulto en sus brazos.

—Era hora de que entraras en razón. Dame ese niño.

Ella se apartó de Obito y depositó la piedra en brazos de su marido.

Danzo la fulminó con la mirada.

—¿Qué es esto?

—Eso es lo que te mereces, bastardo, y es todo lo que obtendrás de mí.

Por la luz en sus ojos, sabía que él quería golpearla. No se atrevía. Ambos sabían quien era el dios más fuerte y ese no era él. Gobernaba sólo porque ella se sentaba a su lado. Alzarse contra ella sería el último error que habría cometido.

Por la ley Chthonian, un dios tenía prohibido matar a otro. Hacerlo desataría su furia sobre el estúpido dios que los hubiera cabreado. El castigo por tales acciones era rápido, brutal e irreversible.

Ahora mismo, Mikoto estaba abrazando su racional pensamiento sobre sus turbulentas emociones por un escaso margen. Si Danzo la golpeaba la dejaría al borde de esto y él lo sabía. 

Eso la haría olvidarse del temor a los Chthonians y entonces desataría toda su furia contra él. No le importaba quién fuese castigado y quien muriera… siempre que no fuese ella misma.

Paciencia para la araña… Se recordó la cita favorita de su madre.

Esperaría el momento propicio a que Sasuke creciera. Cuando él gobernara en el palacio de Danzo y mostrase al rey de los dioses lo que significaba ser todo poderoso.

Por la seguridad de su hijo, no molestaría a los caprichosos Chthonians quienes se pondrían del lado de Danzo y asesinarían a su hijo. Eran los únicos que podían arrancarle permanentemente sus poderes y destruir a Sasuke.

Después de todo, a las hijas bastardas de Danzo y su amante Konan se les había sido concedido el poder del destino sobre todos y todo. Y más allá de su estupidez y temor, las Destinos Griegas habían maldecido accidentalmente a su hijo.

Eso sólo era suficiente para hacerla querer matar a su marido quien permanecía ante ella con el ceño fruncido.

—¿Nos condenarías a todos por un niño?—Preguntó Danzo.

—¿Condenarías a mi bebé por tres bastardas medio griegas?

Sus fosas nasales se dilataron.

—Por una vez se razonable. Las niñas no se dieron cuenta de que lo estaban condenando cuando hablaron. Todavía están aprendiendo sus poderes. Temían que él las suplantara en mi afecto. Es por eso que nosotros les sostenemos las manos cuando nos hablan de sus miedos. Y a causa de eso, su palabra es ley y no puede ser deshecho. Si vive, nosotros moriremos.

—Entonces moriremos, porque él vivirá. Me he asegurado de ello.

Danzo bramó antes de lanzar la envuelta piedra por a través de la pared. Se unió a Mito y Fu y empezaron a cantar.

Los ojos de Mikoto se volvieron rojos ante lo que estaban haciendo. Estaban aprisionando un alma.

La suya.

Y a causa de sus poderes unidos, podrían ser capaces de ponerla de rodillas.

Incluso así, se rió. Pero más que nada, tomó nota de cada dios que se unió para ayudar a su marido a atarla.

—Todos vosotros os arrepentiréis de lo que habéis hecho este día. Cuando Sasuke regrese, lo pagareis caro.

Obito se puso a sí mismo entre ella y los otros. Mikoto colocó una mano sobre su hombro para evitar que atacase.

—No van a hacernos daño, Obito. No pueden.

—No —dijo con amargura Danzo—, pero permanecerás encerrada en Kalosis hasta que nos reveles la localización de Sasuke o él muera. Sólo entonces regresarás a Katoteros.

Mikoto se rió.

—Mi hijo, en su madurez, tendrá el poder de venir a mí. Cuando me libere, el mundo que conoces morirá. Y te derrotaré. A todos vosotros.

Dsnzo sacudió la cabeza.

—Lo encontraremos. Le mataremos.

—Fracasarás y yo bailaré sobre tu tumba

 

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